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jueves, 14 de diciembre de 2017

«Gusanito de Jacob»... Un pequeño pensamiento para hoy

Qué consoladoras las palabras que Isaías nos transmite de parte de Dios para meditar el día de hoy. Dios es un Padre bueno y cariñoso que, al ver a su pueblo, exiliado en tierra extranjera y pasándola mal le dice: «No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel, que soy yo el que te ayuda» (Is 41,14). El Señor recuerda a sus hijos lo mucho que los quiere, que no ha dejado nunca de quererle y que va a seguir queriéndoles siempre: «Te tengo asido por la diestra y yo mismo soy el que te ayuda (Is 41,13). Los pecados del pueblo eran tan graves que por eso la deportación que sufrieron en Babilonia (Is. 39,6, 7) es interpretada por el profeta como una medida terapéutica de Dios, que quería curar a su pueblo despojándolo de las seguridades en las que se había instalado y que les había llevado a alejarse de Dios. Sin embargo, cuando Isaías –inspirado por el mismo Dios– escribió estas líneas, Dios ya estaba pensando en el futuro, cuando liberaría a quienes se arrepintieran y volvieran a él (Is. 41,8-9; 49,8). El Señor es siempre misericordioso con los que de verdad quieren convertirse y regresar a él (Sal. 51,1).

En el aquí y ahora, Dios sigue hablando a su pueblo como Padre amoroso, con dulzura y ecuanimidad, porque, a pesar de su ternura, no es un Dios de «manga ancha», sino un Dios celoso cuya mano guía y sostiene (Is 41,20). Él ha hablado innumerables veces al hombre con esa misma ternura, pero al dejarnos deslumbrar por el enemigo, que disfraza el pecado de tantas cosas suculentas en el tener, en el poder y en el placer, no lo logramos entender, pues la imagen divina, en general, aún en el pueblo católico, se ha deformado para la mayoría, y lo único que va resaltando, es la maldad en esa «cultura de la muerte» que entristece y arruina la vida de muchos, como afirmaba constantemente san Juan Pablo II. Frente a esta realidad nos coloca hoy el profeta Isaías. Él nos muestra cómo podemos dar pasos de superación si nos dejamos agarrar y levantar por la mano creadora de Dios, que sabe que muchas veces en la vida, sus hijos, seducidos por las tentaciones, sentimos una gran impotencia, nos sentimos pequeñitos como un «gusanito» frente a los demás, con la sensación de que no vamos a poder salir adelante porque las faltas, los problemas y desafíos nos sobrepasan.

Es tiempo de Adviento, tiempo de abrir el corazón reconociendo nuestra pequeñez, pero también esa mano cariñosa de nuestro Padre Dios que envía a su Hijo Jesús para nuestra salvación. Cuando llegó Cristo, el Mesías, a nuestra tierra, hizo un pacto de amor con todos y fue el Redentor de todos. Y ha prometido, a todos, que su Reino no tendrá fin, que volverá para concedernos una vida de total felicidad y para siempre. Este Reino que Cristo nos promete y que ya ha empezado a establecer, consiste, por parte nuestra, en aceptar a Dios como Padre bueno y cariñoso que nos ama, dejando que él guíe nuestros pasos, rechazando a tantos falsos dioses, como pueden ser el dinero mal habido, el prestigio a costa de aplastar a otros, el placer fuera de la moral, el egoísmo que no ve por el otro que llama a la puerta de nuestro corazón. En el Evangelio de hoy, el Señor nos recuerda que «el Reino de los cielos exige esfuerzo y los esforzados lo conquistarán» (Mt 11,11-15). Cada día, el Padre bueno y cariñoso sale a nuestro encuentro para que advirtamos su cercanía, su voluntad, nos pide un «sí» y un «hágase» como el de María, la Madre cariñosa del verdadero Dios por quien se vive, la mujer que se hizo la más pequeña siendo la más grande. Junto a ella, en estos días, es fácil adivinar cercano el cielo de Belén, los pastores, los ángeles, la estrella, los Magos… Allá, mientras esperamos la segunda venida de Cristo, haremos un alto en el camino, un tiempo pausado y sabroso, para adorarlo como pequeño Niño Dios. Luego, le seguiremos –con María y José– a dondequiera que vaya. ¡Es jueves, día eucarístico y sacerdotal... me encomiendo!

Padre Alfredo.

jueves, 30 de noviembre de 2017

«Palabras que hay que re-estrenar cada día»... Un pequeño pensamiento para hoy

«Invitar» y «venir» son dos verbos sencillos y claros pero que, en el lenguaje de todo discípulo-misionero del Señor Jesús, dicen mucho. Con estas dos palabras Cristo nos pide situarnos en el camino; movernos de la misma forma y a la misma velocidad que Él. ¡Es agradable empezar el día pensando en ellas dos: «invitar» y «venir»! porque cuando dejamos que Cristo las pronuncie, las escuchamos no solo con el oído, sino sobre todo con el corazón y todo se convierte en respuesta de amor. ¡Qué agradable resulta recibir una invitación! Me imagino el gusto de aquellos dos hermanos que, tocados por la mirada de Cristo, recibieron la invitación a seguirle (Mt 4,18-22). Hoy no tenemos para meditar el Evangelio de san Lucas que ordinariamente la Iglesia nos ha estado regalando en estos últimos días del tiempo ordinario, sino que recibimos la visita inesperada de san Andrés el Apóstol hermano de san Pedro, cuya fiesta la Iglesia universal celebra hoy para recordarnos que, al dejar resonar estas sencillas palabras en nuestro interior: «invitar» y «venir», nuestra vida se convierte en un camino por recorrer detrás de Él para conocerle más, amarle más y llevarlo al corazón de muchos más. «Los haré pescadores de hombres» (Mt 4,19), es la promesa de la invitación que hace Cristo. Solo basta asumir la invitación como algo personal y Él nos mostrará el camino para ir detrás de Él.

Y entonces, reflexionando el pasaje evangélico de esta fiesta, resuenan en mi ser otros dos verbos, dos palabras que calan: «dejar» y «seguir». El evangelista dice: «dejaron las redes y lo siguieron» (Mt 4,20). Los dos hermanos, Pedro y Andrés, que fueron los dos primeros llamados, se convierten para nosotros en un ejemplo clarísimo, valiente y convincente de respuesta vocacional. Ellos nos enseñan las cosas que hay que hacer para ir tras las huellas de Cristo, los movimientos que hay que hacer y la elección determinante que hay que tomar: «dejar» y «seguir». Estas dos palabras, junto a las dos anteriores «invitar» y «venir», llegan a ser los verbos claves y las palabras que deben quedar escritas en el corazón de todo cristiano católico que, desde el bautismo, es llamado a ser de Cristo, a vivir en Él y a darlo a todos. estas palabras deben de resonar cada día en lo secreto del alma y en el corazón; allí es donde solo cada uno puede escuchar de manera personal este maravilloso cuarteto integrado por esas sorprendentes palabras del Evangelio, que son tan vivas y fuertes, y que cambian la vida de quien las escucha, medita y hace vida.

A tan sólo dos días para terminar el año litúrgico en la Iglesia católica, estas cuatro palabras de hoy, no suenan a final, sino a principio, al nacimiento de la vocación de todo discípulo-misionero: ser testigos de Cristo anunciando su Evangelio. Gracias a la fiesta de San Andrés, re-estrenamos el anuncio del Evangelio y su fuerza salvadora. María, la Madre de Dios, vivió estas cuatro palabras cada día. María se presenta como una sencilla síntesis de estos verbos vividos a la luz de la voluntad de Dios. Ella es la sierva del Señor y la reina de los apóstoles; es discípula y misionera que se sabe invitada a formar parte de un plan de salvación para venir a cada corazón haciendo que su Hijo Jesús nazca y renazca. Ella deja todos sus planes personales para seguir el plan de Dios equilibrando estos cuatro verbos y haciendo vida con gozo el gran ideal para el desarrollo de su tarea como discípula-misionera y para la eficacia de la misión apostólica de que todos conozcan y amen al Señor Jesús. «Invitar», «venir», «dejar» y «seguir», cuatro verbos que hacen de nuestra vida una acción en una misión que no es a nuestro estilo o a nuestros planes, sino al estilo y conforme al plan de Cristo que, para mí y para todos, es siempre lo mejor, aunque nos sorprenda en medio de nuestra aparente felicidad, bien instalados: «Ellos dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron» (Mt 4,22). ¡Bendecido jueves eucarístico y sacerdotal! Les suplico la limosna de sus oraciones por mí a quienes tendrán hoy la oportunidad de participar en la «Hora Santa» en sus parroquias, capillas, seminarios y conventos.

Padre Alfredo.

jueves, 23 de noviembre de 2017

«Jesús lloró por Jerusalén»... Un pequeño pensamiento para hoy

Estamos casi por terminar el año litúrgico y san Lucas nos ha llevado en la lectura diaria del Evangelio de la mano de Jesús en un largo viaje que culmina en Jerusalén (Lc 19,41-44). Es precisamente en las cercanías de esta ciudad, en donde se sitúa el pasaje que se nos propone meditar para el día de hoy. Después de la entrada mesiánica de Cristo en las afueras de la gran ciudad, san Lucas nos comparte esta «lamentación por Jerusalén». Jesús llora contemplando la ciudad y sus habitantes (Lc 19,41). Algunos detalles del texto son impactantes por su contenido. En primer lugar hay un notable contraste entre la alegría de la escena de la entrada mesiánica (Lc 19,36-38)  y el llanto de Jesús de este momento. En las afueras, Jesús fue aclamado festivamente como Mesías, pero ahora se detiene y llora de pena por la ciudad cuyo nombre viene del latín «hierosolima» (del hebreo «Ierushalaim» ירושלים) que significa «Ciudad de la Paz», evocando la ruina de Jerusalén que puede hacer alusión a la del año 587 o a la del año 70 de nuestra era, de la cual no describe ninguno de sus rasgos característicos, pero presenta una profecía llena de realismo.

Esa realidad de destrucción histórica que contempla proféticamente el Mesías, es, en definitiva, signo de algo más profundo: Jerusalén no reconoce en este día la presencia de su divino salvador que es portador de la gracia divina y no lo reconocerá. Ese es el gran contraste. Ese es el misterio que encierra el pasaje. Los representantes religiosos de la «Ciudad de la Paz» rechazan al Mesías, príncipe de paz. No reconocen que este es para ellos su momento decisivo, que aquella visita constituye una gran oportunidad de encuentro con Dios. No reconocen el tiempo de gracia y rechazan a su salvador. ¡Qué gran paradoja: lo tienen delante y no lo ven! Le es enviado al pueblo un Mesías redentor que viene a establecer la paz y no lo reconocen. Con razón san Juan en su hermoso y profundo prólogo escribirá: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Dios está oculto a sus ojos como lo está aún a los ojos de muchos que hoy tampoco lo quieren ver o que no lo ven porque nadie les ha hablado de Él. Así, todo discípulo-misionero del Señor, debe comprender y asimilar que el motivo del llanto de Jesús no es simplemente la suerte de la ciudad con toda su belleza y esplendor. Cristo, después de arribar a Jerusalén luego de una larga peregrinación y después de ser aclamado momentáneamente, no está pensando sólo en el sufrimiento de sus habitantes; está pensando en la negativa humana a recibir la salvación rechazando la paz. Pero Él sabe también que ese poder de rechazarle no va impedir el amor salvador de su Padre Dios. Simplemente la historia de la salvación seguirá otros caminos gracias a la acción del Espíritu Santo.

Jesús entra en Jerusalén, montado en un burro –como lo recordamos cada Domingo de Ramos– y sus discípulos y la demás gente lo aclama gritando «¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Mt 21,9). Todo es júbilo y algazara entre la gente, pero aquello contrasta con un Cristo de ojos llorosos sufriendo y profetizando, a la «Ciudad de la paz», su destrucción. Hoy nosotros vivimos, en muchas de nuestras ciudades asoladas, un tiempo en el que nos vemos sacudidos por la violencia, en el que reinan e imperan una serie de criterios fundamentalistas y egoístas que fracturan la convivencia pacífica causando más daño y víctimas que el pasado terremoto del 19 de septiembre en Ciudad de México. Nuestra fe en el Mesías está erigida sobre la paz y el amor entre todos, pero se malinterpreta y se usa como excusa para la indiferencia, quedándose muchas veces en la vivencia de una fe de una especie de sensacionalismo equiparable al de aquella entrada triunfal. Jesús, en este momento tan crucial de su vida, perdona, no impone, pero tampoco se queda callado haciéndoles creer que bastará con esa fiesta provisional y momentánea para hacerle sentir que su obra redentora está completa. Él, entrando así a la ciudad, montado en un burrito y llorando de tristeza, habrá de subir también a la Cruz, invitándonos a ser como Él: «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Aprendamos, pues, a ser como Él y su Madre santísima, no gente de fe enclenque y de una emotividad superficial y ruidosa, sino serenos constructores de paz, sembradores de concordia, heraldos de amor. Hoy es jueves eucarístico y sacerdotal, una buena oportunidad para estar con Él y acompañarle en su dolor. ¡Han de dispensar mi larga reflexión de hoy!

Padre Alfredo.

jueves, 16 de noviembre de 2017

«Un “YA” pero “TODAVÍA NO”»... Un pequeño pensamiento para hoy


La inquietud sobre el día del fin del mundo la conozco desde que tuve uso de razón. Recuerdo que de pequeño escuchaba que nuestros hermanos Testigos de Jehová decían que en 1974 se iba a acabar el mundo. Pero eso no era una novedad, los fariseos del tiempo de Jesús ya tenían esa turbación en sus vidas. Es que ellos esperaban un Mesías triunfante, que restableciera el antiguo esplendor de Israel y Jesús, desde el comienzo, decía que su Reino no era de este mundo. El Reino es algo más espiritual, invisible, pero presente desde el momento en que Jesús se encarnó. Como nos enseñaba el padre José Antonio Muguerza en la clase de Liturgia cuando era seminarista: «Un “YA” pero “TODAVÍA NO”» (Lc 17,21). Es que el Reino, si nos hemos dejado alcanzar por Jesús, está ya dentro de nosotros. Y por eso no debemos ponernos nerviosos, pensando en la llegada del último día. Lo importante es centrarse en el «aquí y ahora» y estar preparados como discípulos-misioneros. Este es el tema del Evangelio de hoy (Lc 17,20-25) y de los próximos días en que la liturgia nos hablará de la llegada del fin de los tiempos.

El Reino de Dios ya está entre nosotros pues, pero no completamente. Está entre nosotros porque Jesús ya ha venido a la tierra y nos ha dejado su presencia. Pero todavía falta algo. Es necesario que el Reino llegue al corazón de cada hombre. Sólo entonces podremos decir que ya ha llegado en toda su plenitud. Y esa llegada de la plenitud Reino no depende de los pronósticos que se hagan por las guerras, terremotos o situaciones de cambio social que se presenten... ¡estos han existido siempre!, sino que es algo mucho más sutil, menos notorio. Es un gobierno sobre los corazones, cuya ley es la caridad y Cristo es el soberano. Pero, una cosa si es cierta, antes de la llegada de ese Reino está la presencia de la Cruz (Lc 17,25). «Así será la venida del Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser rechazado por los hombres de esta generación». La Cruz siempre nos acompañará como «expresión de la sabiduría y del poder de Dios (1Cor 1,23). El camino para la Gloria, cuando se completará el gozo que el Reino nos trae, tiene que pasar necesariamente por la cruz. La vida de Jesús es nuestro canon, es la norma canónica para todos nosotros, no hay otra manera de alcanzar esta plenitud.

Creer en Jesús y en Su Reino es lo que a nosotros nos toca. Pero este no es un asunto racional, al que llegaremos por el convencimiento basado en el método científico. Es cuestión de Fe. Para esto es preciso dejarse alcanzar por Jesús, oírle, dejar que su Palabra penetre en nuestras vidas; amarle y hacerle amar. Si pretendemos desentrañar y demostrar científicamente que esto es lo que debemos hacer, nos perderemos en disquisiciones. Solo abrazando la Cruz y poniéndonos en manos de Dios nuestro testimonio de vida podrá ser tan claro y diáfano —«como el relámpago que atraviesa e ilumina todo el cielo de extremo a extremo» (Lc 17,24)—que hable de la llegada del Reino a los demás demostrando que Dios es el centro de nuestras vidas, de nuestra historia y del universo entero. Y todo lo que tenemos que hacer para mostrar que el Reino ya está entre nosotros es amar: amar a Dios por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mc 12,30-31). Una ley que parece adversa a la del mundo actual que se empeña en propiciar la defensa egoísta de nuestro bienestar, de nuestro prestigio, de nuestro poder, de nuestra comodidad y de nuestras riquezas. El seguimiento de Jesús exige el amar como María, en cuyo corazón el Reino se empezó a establecer cuando pronunció su «Sí» a los planes de Dios. Su reino es el Reino de Cristo, un reino de amor porque de su eximia caridad nos ama con corazón maternal como hijos suyos y hermanos de su Hijo (cfr. 1 Cor 13,8). ¡Bendecido Jueves rogando a Jesús Eucaristía que «Venga a nosotros su Reino»!

Padre Alfredo.

jueves, 9 de noviembre de 2017

«DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE SAN JUAN DE LETRÁN»... Un pequeño pensamiento para hoy


Desde que éramos pequeños, en casa nos enseñaron que Dios está en el cielo en la tierra y en todo lugar y no solo en los templos que los hombres edifican. Sin embargo, ya desde el Antiguo Testamento, Yahvé enseñaba a su pueblo la importancia de los lugares consagrados a Él. Jesús enseñó también la importancia del Templo. Cuando estaba en Jerusalén solía ir al Templo a enseñar. Él mismo había sido allí presentado por José y María a su Padre (Lc 2,21-40). El Evangelio de hoy nos enseña que el celo por la casa de Dios, su Padre, le consume (Jn 2,13-22). Pero, ¿por qué este evangelio si estábamos leyendo a san Lucas en estos días? Es que hoy la liturgia hace un paréntesis para celebrar, por una tradición antiquísima que arranca del siglo XII, el aniversario de la dedicación de la basílica construida por el emperador Constantino en el monte Laterano conocida como «La Basílica de San Juan de Letrán», que es la iglesia-madre de Roma, dedicada al Salvador y a San Juan Bautista. Ya sabemos que el Templo es, en primer lugar, el corazón del hombre que ha acogido Su Palabra (Jn 14, 23). Pero esta verdad no contradice la importancia de honrar los templos hecho de piedra. Aunque rezar en casa debe ser una práctica diaria, no es suficiente.  Jesús quiso salvarnos del pecado, no por separado, sino unidos como un pueblo.  Por eso instituyó la Iglesia y esta se congrega en el templo. 

En la Iglesia Católica se le da el nombre de Basílica a ciertos templos más famosos que los demás y a los cuales el Papa les concede ese honor especial. La primera Basílica fue esta de Letrán. Era un palacio que pertenecía a la familia Letrán. Constantino lo compró y lo regaló a la Iglesia. El Papa San Silvestre lo convirtió en templo y lo consagró el 9 de noviembre del año 324. Esta basílica es la Catedral del Papa. En su frontis tiene esta leyenda: «Madre y Cabeza de todas las iglesias de la ciudad y del mundo». Está dedicada al Salvador, porque cuando fue nuevamente consagrada, en el año 787, una imagen del Divino Salvador, al ser golpeada por un judío, derramó sangre. Se llama también Basílica de San Juan (de Letrán) porque tiene dos capillas dedicadas una a San Juan Bautista y la otra a San Juan Evangelista. Allí se celebraron cinco Concilios y en 1929 el tratado de paz entre el Vaticano y el gobierno de Italia (Tratado de Letrán). 

Celebrar la dedicación de la iglesia madre de todas las iglesias es una invitación a que los discípulos-misioneros vivamos la universalidad de nuestra fe unidos al Papa, siendo piedras vivas en la construcción de la Iglesia (universal, diocesana, parroquial...), cuyo templo, altar y víctima es Jesucristo, el Cordero Inmaculado, y en la que ofrecemos (con él, por él y en él) nuestra entrega como culto agradable a Dios. Por eso es hermoso el texto del Evangelio de hoy que nos muestra el amor entrañable de Cristo por el templo como «Casa de su Padre». «En ese momento —dice el evangelista—, sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito; El celo de tu casa me devora» (Jn 2,17). Por Jesús y en Jesús, nos convertimos en «templo de Dios». ¿No saben que son templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? (1 Cor 3,16). De hecho, los primeros cristianos durante siglos no tenían templos. Sabían —como nosotros debemos comprenderlo— que la asamblea era la comunidad donde se hacía presente el Señor. «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). ¡Cuánto respeto nos merecen los templos materiales! Pero, muchísimo más hemos de respetar y «venerar» a las personas. «Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de éstos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron» (Mt 25, 40). Pidámosle a María, Madre de la Iglesia, la mujer llena de fe y confianza en el Señor, que nuestra asistencia a la «Casa de Dios» se explaye en una vida de fe en la casa, en la vida de familia, porque ahí está nuestra «iglesia doméstica», esa que debe reflejar aquella vida de la Sagrada Familia en Nazareth que asistía al templo y prolongaba el gozo de la Palabra en el hogar. ¡No olvidemos que hoy es jueves eucarístico y sacerdotal, un buen día para asistir al Templo y contemplar a Jesús en la Eucaristía, invitando a José y a María pidiendo por nuestra familia!

Padre Alfredo.

jueves, 2 de noviembre de 2017

«DÍA DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS»... Un pequeño pensamiento para hoy

Celebrar a nuestros fieles difuntos es celebrar la esperanza de «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21,1), destino definitivo del viaje que emprendemos desde esta tierra, cuando llegamos luego de haber empezado a existir como un pensamiento de Dios —como dice Madre Inés—. Ese cielo nuevo y esa tierra nueva es el espacio eterno «donde veremos al Señor cara a cara» (1 Cor 13,12). Yo creo que todos vamos haciendo nuestro acervo de nombres de quienes se nos han adelantado y van ya en ese camino avanzado, «el purgatorio», o han llegado ya al destino final, «el cielo». No es casualidad que, después de haber celebrado ayer la fiesta de «Todos los Santos», celebremos hoy a nuestros fieles difuntos. ¡Es que vamos de camino y anhelamos ser santos para llegar al cielo! Para orar por ellos, la liturgia de hoy propone tres esquemas diferentes para celebrar la Misa con diversas lecturas de la Sagrada Escritura, entre ellas los pasajes evangélicos de Mateo 25,31-46 sobre las obras de misericordia; el de Juan 6,51-58 sobre el Pan de Vida y la resurrección en el último día; y el pasaje de Lucas 23,44-46.50.52-53;24,1-6 sobre la resurrección de Jesucristo nuestro Señor. 

Todos estos pasajes tienen que ver con la muerte y la vida eterna. Ciertamente que la muerte es una de las experiencias más radicales y más conmovedoras de nuestra vida humana. En nuestra cultura, cada vez más materialista, es frecuente ignorarla como realidad para más bien tomarla con un tono de broma para alejarla. La muerte, sin embargo, continúa siempre aquí no como una «calaverita», sino como una realidad de nuestra existencia que está en la vida y en la muerte, en las manos de Dios. Son las manos del Padre Dios las que siempre esperan al ser humano, también más allá de la muerte, que nunca es tampoco un castigo que Dios impone o una mala suerte que Dios permite. La muerte es un acontecimiento de nuestra existencia que se tiene que presentar como realidad de nuestro ser humano. Somos seres limitados, finitos, débiles. Con todo, santa Teresita del Niño Jesús, antes de morir exclamó: «No muero, entro en la vida». Es que cuando el discípulo-misionero se impregna de la vida de Jesucristo para vivir como él, queda convencido de que la vida no puede terminar nunca. Es una vida que brota del amor de Dios, y el amor no muere. Nuestro Dios es el Dios de la vida en el que tenemos vida eterna, vida que no termina (Juan 6,37-40). Cuando se está convencido de que «la vida no termina, solo se transforma», como dice uno de los prefacios de difuntos, uno no puede tener miedo a dejar la vida terrenal. Puede incluso entregarla libremente como Cristo. Darla incluso a favor de sus enemigos (Rm 5,5-11). Es ese gesto de amor el que nos da la certeza de que nuestra esperanza no nos engaña. 

Nuestra esperanza no es sólo para un más allá, sino que nos da ya un anticipo de la verdadera vida, que es amor. Cuando amamos, estamos venciendo a la muerte y experimentando que la muerte no puede nada contra el que ama. Al celebrar este día a nuestros fieles difuntos, celebremos esa salvación en la que ya han entrado nuestros queridos difuntos llamados a estar con Dios, con María, con los santos. Darnos este jueves un espacio de tiempo para orar, nos permitirá relacionarnos con ellos y descubrirlos vivos y actuantes. Hoy, aunque no los veamos, están mucho más presentes que cuando vivían, pues no tienen las limitaciones del tiempo, del espacio, del cuerpo. Ahora con Cristo, son una presencia pura que irrumpe en nuestra existencia y transforma nuestra soledad y nuestra congoja. Que ellos intercedan ante el Señor, con María santísima, para que un día nos reunamos todos en la casa del Padre. Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua. Descansen en paz, así sea. Que las almas de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén. 

Padre Alfredo.

jueves, 26 de octubre de 2017

«El fuego del Espíritu»... Un pequeño pensamiento para hoy

El Evangelio de san Lucas es muy explícito, utiliza muchas expresiones, pudiéramos decir «espectaculares», que sirven como signos para referirse a realidades que no podemos definir de otra forma. En la perícopa que la liturgia de hoy propone (Lc 12,49-53), Cristo ha venido a traer «fuego a la tierra». Esta expresión, que el evangelista pone en boca de Cristo, hemos de entenderla referida al Espíritu Santo. Jesús habla del fuego del Espíritu, ese fuego que lleva en su interior –en su corazón–, ese deseo ardiente y apasionado para anunciar y extender el Reino de Dios y prender, también, en los que le escuchan, ese fuego que debe arder. El Señor está totalmente comprometido con el Reino, pero sabe que su predicación le va a llevar a la muerte, por eso advierte que «no ha venido al mundo para traer paz, sino división» (Lc 12,51). Y es que, si nos ponemos a pensar, nos damos cuenta de que, si vivimos la fe de manera apasionada y radical, aparecen, «de cajón», los conflictos y divisiones, incluso con los más allegados a nosotros, que no entienden nada de la clase de «fuego» que traemos.

Seguir a Jesús y a su Evangelio conlleva tomar decisiones fuertes, tomar opciones preferenciales y determinantes y, por consecuencia, eso causa divisiones. ¿Quién de nosotros no ha tenido dificultades por seguir a Jesús, por querer ser fiel a la verdad, por sobreponerse a las «malas vibras» –como dice hoy mucha gente en el lenguaje moderno– y a tantos obstáculos para conservar la fe? En este sentido la Buena Noticia de Jesús es realmente siempre una fuente de división, un «signo de contradicción» (Lc 2,34). Muchas veces, donde la Iglesia anuncia la Buena Noticia, esta se vuelve un «signo de contradicción» y de división. Personas que durante años vivieron acomodadas en la rutina de su vida cristiana, y que ya no quieren ser incomodadas por las «exigencias» del Evangelio. Personas incomodadas por los cambios que la conversión plena exige, y que usan toda su inteligencia para encontrar argumentos en defensa de sus opiniones condenando esas exigencias como contrarias a lo que ellas piensan ser la verdadera fe. Así, vemos que no es que Jesús pretenda sembrar la división en los vínculos familiares, sino que quiere resaltar que lo primero en nuestras vidas es el Reino de Dios, el proyecto de salvación, su propuesta y entrega total.

¡Qué maravillosa invitación la que Cristo nos hace este jueves para vivir nuestro Bautismo de forma radical sin miedo! Él exige al discípulo-misionero una determinación sincera, tajante y total. A Jesús no le agradan las cosas a medias. Ante Él, con Él y por Él hay que decidirse. El Reino de Dios, el proyecto de Dios es lo más importante para el hombre y la mujer que quieren vivir del Evangelio. ¡O se le toma o se le deja!... no hay medias tintas, aunque esa determinación cause conflictos. En una sociedad que favorece la muerte de los no-nacidos y de los ancianos, que aplaude el crecimiento desmedido de unos pocos ricos frente a la miseria de la mayoría, los discípulos-misioneros estamos llamado a ser «signo de contradicción» como Jesús. Hombres y mujeres de Iglesia, fieles y coherentes, dispuestos a sufrir la contradicción constante de una vida entregada a la causa del Evangelio. Ese es el ardor con que Cristo propone a sus seguidores asumir su vocación de entrega, de «quemar las naves», de aceptar como lo más importante, con santa obsesión y entrega, el proyecto de Dios. Pidámosle a María Santísima, que se dejó cubrir por el fuego del Espíritu, que nos ayude a que ese fuego, que nosotros también hemos recibido y que se ha fortalecido con el sacramento de la confirmación, arda en una vida de gracia, para ser auténticos discípulos-misioneros, que contagien esta manera de vivir y así seamos sembradores de paz. Este es el cumplimiento de la bienaventuranza proclamada por el mismo Jesús: Dichosos serán ustedes cuando los injurien y los persigan, y digan contra ustedes toda clase de calumnias por causa mía (Mt 5, 11). ¡Bendecido jueves!

Padre Alfredo.

jueves, 12 de octubre de 2017

«Pidan y se les dará»... Un pequeño pensamiento para hoy

Cuando Jesús tiene algo importante que enseñar, recurre a una comparación, a lo que los creyentes conocemos como «parábola». En el Evangelio de San Lucas hay muchas parábolas, y una de ellas es la que nos cuenta en Lc 11,5-13, una historia curiosa que termina en pregunta que se amplía con una explicación para la gente de su tiempo y para nosotros. ¡Pedir, buscar, llamar! Dios no nos pone condiciones. Si pides, recibirás. Si llamas a la puerta, te abrirá. Claro que Jesús no dice cuánto tiempo va a durar el tiempo de la petición, de la búsqueda o de llamar, pero lo cierto es que vamos a obtener resultado, como lo ha demostrado la historia de tantos santos que experimentaron una oración de confianza constante en el Padre providente. La parábola contenida en este pasaje, llamada «del amigo inoportuno», es una invitación a desarrollar una oración insistente. La oración alimenta la confianza. El que reza tiene la certeza de que nunca está solo porque Dios siempre escucha, aunque el orante sea inoportuno en apariencia. El Señor nos dice en el Evangelio que pidamos. 

La oración de súplica está llena de matices: en algunos momentos se trata de reclamar, para algunas ocasiones hay que invocar, en algunos casos se trata de llamar con insistencia, incluso, en determinadas ocasiones, hay que luchar en la oración. La oración nos hace capaces de Dios y de recibir sus dones. Mediante la oración de petición reconocemos que necesitamos de Dios. Pedir es volvernos hacia Él como a nuestro Padre. Sin embargo, a veces llegamos a pedir cosas superficiales o banales, porque no sabemos pedir como conviene (Rm 8,26). Esas pequeñas esperanzas nos alejan de Dios. Entonces, ¿cómo pedir?, ¿qué pedirle en la oración? Primeramente hay que pedir perdón, porque todos somos pecadores. También tenemos que rogar que venga el Reino de Dios, así como la gracia para acogerlo y la fuerza para cooperar con su venida. Por último, todas nuestras necesidades, que pueden convertirse en objeto de petición. Con esta seguridad, oremos en toda ocasión, pero, tenemos que aprender a pedir y a esperar del Padre lo mejor. El Señor solo quiere nuestro bien, por eso nos revela algo que muchos no queremos oír…No se trata únicamente de pedir y recibir aquello que pedimos… Que es en lo que generalmente nos quedamos enganchados y demandamos, porque alegamos que Dios es bueno y nos da todo lo que pedimos. 

Se trata de pedir y recibir solo aquello que nos conviene, aquello que es mejor, aquello que constituye el bien más preciado que Dios nos puede ofrecer y que pone en nuestras manos. Este es más grande que cualquiera; por eso explícitamente lo señala Jesús: ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan! La última parte de esta perícopa de San Lucas (Lc 11,13) habla del Espíritu Santo. El evangelista dice que hay que pedir el don del Espíritu Santo: Admirable revelación, que contiene todo el secreto de la vida espiritual. Hoy podemos orar al Padre, y pedirle que nos dé el Espíritu Santo, que Jesús nos prometió en su nombre, y entonces no sólo seremos capaces de obedecerle, sino que el hacerlo nos será fácil y alegre. Una oración sencilla, humilde y confiada, propia de la fe viva y de la infancia espiritual, es la que más glorifica al divino Padre, porque le da ocasión de desplegar misericordia; y su eficacia es infalible, porque se funda en la promesa hecha aquí por Jesús. Este jueves —si es ante Jesús Eucaristía, mejor— pidamos ser dóciles al Espíritu Santo y llenarnos de Él para suplicar al estilo de María, siempre llena del Espíritu Santo: «Hijo... ¡no tienen vino! (Jn 2,13). Que, como ella, oremos a Cristo y nuestra oración no sea un monólogo egoísta, en que hablemos únicamente de nuestra vida y nuestros problemas, sino que sea una oración que tome en cuenta el hambre y las necesidades del otro. Amén.

Padre Alfredo.

jueves, 5 de octubre de 2017

«Lo que debe ser noticia»... Un pequeño pensamiento para hoy

Pasando las noticias de todo lo que el terrible sismo nos ha dejado, en combinación con la tragedia que el terrorismo ha causado en Las Vegas; seguramente la televisión y la radio volverán a las noticias que ellos consideran «novedosas» y que no nos hablarán precisamente de cosas buenas enfocadas hacia el bien común a consecuencia de lo vivido, o de personas o matrimonios y familias que, a pesar de las dificultades que vivieron entre los escombros siguen compartiendo la vida, o de personas que van consiguiendo ayudar a otros a resurgir a una nueva vida base de esfuerzos y sacrificios. Estos, que sí trabajan por el Reino de Dios, aquí y ahora, aunque no serán seguramente noticia de los medios, que no harán eco de ello. Sí, seguro volveremos a ver y a enterarnos de las noticias, escuchando lo contrario a las virtudes del Reino de Dios: robos, explotación de los demás, políticos que no cumplen, sacerdotes y seglares corruptos, personas que buscan la fama sin importarles el ridiculizar a los demás, divorcios de artistas de moda, guerras entre las naciones, y, cuando aparezcan desastres, el círculo se repetirá. Los primeros versículos del Evangelio de san Lucas (Lc 10,1-12) nos invitan a salir fuera de nosotros, fuera de los templos, fuera de nuestras zonas de confort, para anunciar la Buena Noticia de Jesús a los que aún no la conocen. Cristo nos envía de dos en dos para representar la comunidad de los creyentes que busca hacer el bien y transformar este mundo en uno nuevo, aunque no seamos noticia que aumente el rating.

Los setenta y dos del Evangelio somos nosotros, los discípulos-misioneros que queremos prolongar la tarea de los Doce. Mediante la misión de los discípulos-misioneros, Jesús trata de rescatar los valores y reestablecer su orden. Jesús, hasta nuestros días, y, a través de nosotros (o a pesar de nosotros), trata de renovar y de reorganizar las comunidades para que sean de nuevo una expresión de la Alianza, una muestra del Reino de Dios, aunque no sean noticia para los medios. Por esto, insiste en valores como la hospitalidad, el compartir, la acogida a los excluidos… cosas que en el mundo de hoy no están muy de moda. Esta insistencia de Jesús se percibe en los consejos que da a los discípulos cuando los envía a la misión. En el tiempo de Cristo había diversos otros movimientos que, al igual que Él, trataban de presentar una nueva manera de vivir y convivir; por ejemplo, Juan Bautista, los fariseos y otros. Ellos también formaban comunidades de discípulos (Jn 1,35; Lc 11,1; Hch 19,3) y tenían a sus misioneros que buscaban transformar el mundo (Mt 23,15). 

La primera tarea que los discípulos-misioneros tenemos, es rezar para que Dios siga enviando obreros (Lc 10,2). Todo discípulo-misionero debe sentirse responsable de la tarea evangelizadora de la Iglesia. Por esto se tiene que rezar al Padre para que haya continuidad en la misión. Jesús envía a sus discípulos como corderos en medio de lobos (Lc 10,3). La misión nunca ha sido tarea fácil, sino algo difícil y peligroso. Pues el sistema en que los discípulos vivían y en el que seguimos viviendo, era y sigue siendo contrario a los valores del Reino. El discípulo-misionero que va sin nada (Lc 10,4), llevando apenas la paz, muestra que Jesús nos envía a crear un mundo nuevo. Por medio de esta práctica, llevando la paz, el discípulo-misionero busca rescatar los valores del Reino. El «no saludar a nadie por el camino» (Lc 10,4), significa que no se debe perder tiempo en cosas que no pertenecen a la misión. Anunciar el Reino es llevar a una nueva manera de vivir desde la Buena Noticia que Jesús nos trae: que Dios es Padre y Madre de todos nosotros. Si le pedimos a la Madre de Dios, que nos ayude a cumplir con este encargo –aunque no seamos noticia interesante para los medios– seguro el mundo cambiará, porque por lo menos nosotros… estamos buscando cambiar. ¡Bendecido Jueves de adoración a Jesús en la Eucaristía, rogándole, envíe más y más operarios a su mies!

Padre Alfredo.

jueves, 28 de septiembre de 2017

«Conocer a Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hay personajes de la Biblia que llaman la atención, no precisamente por ser ejemplares. Ciertamente no podemos juzgar a primera vista, pero hay figuras que dejan huella y que invitan a la meditación a pesar de no ser gente de bien. Empiezo mi reflexión de este jueves pensando en el pobre de Herodes, y digo pobre en el sentido de alguien que verdaderamente no tiene nada, como él, que no tiene, según se percibe, ni amor a Dios ni amor a nadie, mas que solo a él. ¡Pobre hombre, se percibe tan lleno de inseguridad y con un corazón indigente, miserable, vacío!... ¡Con lo hermoso que es vivir amando! Supersticioso y sin escrúpulos, Herodes reconoce ser el asesino de Juan el Bautista y ahora quiere ver a Jesús, «tenía curiosidad de ver a Jesús» dice san Mateo (Lc 9,9). Pero, en un corazón así, que es solamente curioso y que no está dispuesto a cambiar, ¿qué significa ese «querer ver a Jesús». Herodes, como sabemos, no tuvo miedo de matar a Juan Bautista. No tendrá tampoco miedo a la hora de matar a Jesús. Nuestro Señor sabía perfectamente la clase de hombre que era Herodes, y, cuando se enteró de que este ser sanguinario trataba de hacerle preso, mandó a decirle: «Vayan a decir a ese zorro que yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado.» (Lc 13,32). Herodes, a pesar de sentirse poderoso, no pudo ejercer fuerza alguna sobre Jesús. Cuando en la hora de la pasión, Pilatos mandó a Jesús a donde Herodes para que investigara sobre él y Jesús no le dio ninguna respuesta (Lc 23,9). Herodes no merecía respuesta.

La curiosidad de Herodes era una curiosidad morbosa y supersticiosa, como la de alguna gente de hoy que, como él, es también solamente curiosa y quiere encontrar en Jesús «un adorno» para sus vidas o sus ceremonias pomposas. Herodes, por lo que se ve en el texto (Lc 9,7-9) no estaba interesado en el mensaje de Jesús, solo tenía «curiosidad» pensando que tal vez, así como había tenido preso a Juan y le gustaba escucharlo, en Jesús podría tener a una especie de «milagrero» para lucirlo en sus fiestas. Par Herodes y los que son como él, que buscan a Cristo solamente por curiosidad o lucimiento, Él no tiene palabras, no tiene tiempo, porque lo suyo no es el lucirse siendo un adorno; lo suyo son los caminos, las aldeas, los corazones afligidos, las almas sencillas, los que viven con humildad y se dan a los demás, sean ricos y pobres. Jesucristo es la Palabra, el Verbo encarnado e Hijo de Dios, nuestro salvador, el redentor, Él es nuestra fe, a esa fe nos adherimos con amor y la hacemos nuestra total esperanza.

¿Qué nos quiere decir el Señor con esta palabra del Evangelio en medio de esta situación de dolor nacional que aún experimentamos por el paso de los huracanes y terremotos en días pasados? Tal vez debamos preguntarnos como Herodes, ¿quién es Jesús para nosotros, pero no desde su perspectiva? ¿Lo tenemos con nosotros y lo reconocemos en el hermano necesitado o descubrimos que debemos ponernos a buscarlo? ¿Lo vemos en los damnificados de la Baja California, de Chiapas, de Oaxaca, de Guerrero, de Morelos, del Estado de México y de CDMEX? ¿Queremos realmente encontrarlo o nos conformamos con lo que nos venga en suerte solo para satisfacer nuestra curiosidad? Por lo que a mi toca, puedo decir que hoy nuevamente ha salido a mi encuentro y me he tropezado con Él, rindiéndome ante la evidencia, sobre todo en el hospital de Gabriel Mancera, en las hermanas Misioneras Clarisas en Misa en la casa de La Villa y con las incansables del centro de acopio y distribución en el SCIFI. En los rescatistas que he visto descansar un poco, sentados en la banqueta y en los rostros de la gente afuera de algunos de los edificios evacuados o derrumbados. Yo quiero seguir viendo a Jesús, porque quiero seguir encontrando sentido a mi vida. Y tú: ¿Qué motivación tienes que te empuja a ver y a encontrar a Jesús? Pidámosle a María que Ella, la Madre del Divino Rostro, nos ayude a ver a su Hijo Jesús, no por simple curiosidad, sino por amor y, hoy jueves, se le puede ver en la Eucaristía, en la Hora Santa. ¡Bendecido día!

Padre Alfredo.

jueves, 21 de septiembre de 2017

«Sígueme para llevar la Buena Nueva»... Un pequeño pensamiento para hoy

En medio de la tragedia que vivimos en CDMEX, iniciaré este día con la Santa Misa, celebrando la fiesta de san Mateo, el Apóstol que de la mesa de cobrador de impuestos pasó a ser un servidor de Dios en el anuncio de la Buena Nueva. El Evangelio dice que «Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos y le dijo: “Sígueme”» (Mt 9,9). Hoy, como ayer, siento que el Señor me vuelve a decir al oído: «sígueme Alfredo», porque muchos otros han también escuchado mi voz para llevar esa Buena Nueva a nuestros hermanos que sufren a causa del sismo. Ayer pasé el día en el Scifi –el colegio de nuestras hermanas Misioneras Clarisas– en donde a menos de tres calles, varios edificios colapsaron y otros tantos siguen cayendo, desmoronándose como castillos de arena. Nunca se puede prever un sismo, pero quien tiene fe, está preparado para el día después, como lo vivimos ayer con la incertidumbre –como hasta este momento– de escuchar de repente el zumbido de la alerta sísmica. La ciudad está levantada en una zona inestable y por eso tiembla... ¡quién de aquellos felices antepasados lo podría prever! Dios quería forjar aquí una tierra de «Mateos» que se dejaran ver con la mirada interna del amor de Jesús y se sintieran «elegidos» con el «sígueme» para llevar la Buena Nueva imitando la misericordia y la compasión del Buen Pastor. Porque ayer... todos vivimos este ambiente de «Buena Nueva».

En esta megalópolis, dramáticamente tocada por los terremotos, el transporte público funcionó gratis, acercándonos lo más posible a los necesitados. Taxis y carros privados tendieron la mano con letreros en los cristales que anunciaban el apoyo. El Gobierno de la urbe abrió alberges y centros de acopio a los que se ha sumado, como siempre, la Iglesia en donde, como en el colegio de las hermanas, bulle la acción solidaria y se va recuperando poco a poco el aliento. Ayer en la tarde el colegio se asemejaba a un campamento en plena guerra. Entre las monjitas, los policías federales, los Vanclaristas, los padres de familia, los de la marina, voluntarios y este padrecito en mano cadena; seguíamos las indicaciones de varios cartelones que nos señalan dónde iba la comida, los jabones, el agua, los productos de limpieza, las cajas y bolsas para empaquetar lo que se llevaba a hospitales y las zonas más dañadas por el sismo en Xochimilco y Morelos, a la vez que  salíamos a las calles a ofrecer tortas, agua y un poco de consuelo como «Mateos portadores de la Buena Nueva» concretizada en la misericordia y la compasión.

El Evangelio de la Misa de hoy dice que «Mateo se levantó y siguió a Jesús» (Mt 9,9). Lo escueto del texto narra la prontitud con la que aquel hombre decidió seguir a Jesús... La respuesta de Mateo (un pecador como nosotros) fue inmediata, como ha querido ser la nuestra. La rapidez en la respuesta a la llamada, la generosidad en el seguimiento y la libertad con que relativiza todos los valores antes poseídos, nos hace comprender que ha nacido un hombre nuevo. ¡Tal vez hoy, con todo lo que estamos viviendo, renazcan muchos hombres y mujeres nuevos! Estos días están llenos de momentos colectivos heroicos y pequeños milagros individuales incontables. Aquí estamos con nuestro «Sí», como el «Sí» de María, como el «Sí» de Mateo. ¡Qué enseñanza tan grande nos dan Mateo y el temblor! Si fuéramos ya perfectos, nada tendríamos que convertir y Cristo no nos fuera necesario nada más que para ilustrar nuestro ego dando dar brillo a nuestro yo. Pero si nos sentimos endebles, frágiles, afectados por el temblor, como enfermos que desean la curación, entonces estamos en el camino que lleva al verdadero encuentro con la salvación, porque Jesús hoy también nos recuerda en su Palabra: «No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan pues y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios». Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,12). Y yo, por mi parte, en medio de esta catástrofe, me siento llamado a ayudar en lo poquito que pueda. Amén.

Padre Alfredo.

jueves, 7 de septiembre de 2017

«Mar adentro»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Papa Francisco llegó ayer a Colombia en donde estará unos cuantos días. Unas de sus primeras palabras en este hermoso país de América del Sur que visité hace miles de años siendo seminarista con Vicky Valle para participar en el III COMLA, fueron dirigidas a los jóvenes anoche. El Papa les dijo: «Gracias por el coraje. No se dejen robar la alegría, no se dejen robar la esperanza. Que nadie se las robe, que nadie los engañe». Unas cuantas palabras llenas de una gran exhortación: ¡No se dejen robar ni la alegría, ni la esperanza! ¿Qué haría el cristiano de hoy sin estas? La persona alegre, no es la que siempre está viviendo a carcajada batiente, es quien incluso ante una pena, adoptando un semblante serio, da muestras de compasión, sin dejar de manifestar al mismo tiempo su alegría fundada en los sólidos motivos para la esperanza. Todo el que vive alegre es un transmisor de la luz de la esperanza. Ya el Papa había dicho en otra ocasión que «una alegría sin esperanza es una simple diversión, una alegría pasajera... y una esperanza sin alegría no es esperanza, no va más allá de un sano optimismo» (Misa en Santa Martha 13 de mayo de 2016).

El episodio de la «pesca milagrosa» que narra san Lucas en su Evangelio (Lc 5,1-11) y que la liturgia de hoy toma, es un pasaje en donde los discípulos, cansados de bregar toda la noche para pescar —con Pedro a la cabeza— sin obtener un solo charalito, se sienten fracasados. De repente se les acerca Jesús, que estaba predicando mientras ellos lavaban sus redes y le dice a Pedro: «Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar» (Lc 5,4). ¡Pero cómo no se iba a alterar Pedro, si habían estado en eso toda la noche! Sin embargo, como Jesús habla con autoridad, el pescador doblega su corazón y dice: «confiando en tu palabra echaré las redes» (Lc 5,5). Y aquel grupito de pescadores fracasados, pasa rápidamente de la desilusión total, a «una íntima alegría y una esperanza invencible». Aquellos marineros confiaron en Jesús y el resultado fue una pesca increíblemente abundante que rompía las redes. Jesús no es pecador de oficio, a diferencia de Simón y sus compañeros, pero le indica, sin embargo, lo que debe hacer. Esta orden es simbólica; es en alguna forma, una parábola en acción que invita a pasar de la tristeza y de los fracasos de este mundo, a la alegría y a la esperanza de ser «pescadores de hombres» (cf. Lc 5,10). Cristo tiene en vista una empresa mucho mayor que la pesca en el lago de Tiberíades. Al pedir a Simón que vaya mar adentro, es como si lo quisiera invitar a no quedarse en la orilla tristeando y dándole vuelta a su congoja. Él lo llama a vivir una aventura llena de alegría y esperanza en que se dejan las playas de cada día en busca de un horizonte mucho más grande. ¿Acaso me está invitando también a mí? ¡Por supuesto que sí! Pero, ¿qué me falta para remar mar adentro? Toda vocación es un llamado para ir «mar adentro», a desprenderse del pequeño horizonte de la vida ordinaria, para comprometerse con esperanza y llenos de alegría, en una obra grandiosa, la de la salvación del género humano.

El Maestro sabe mejor que nadie a dónde quiere llevar a cada discípulo–misionero y con su autoridad, hace triunfar el proyecto de cada vocación. Pero, ¿quién soy yo para ser invitado por Cristo a remar mar adentro? Ciertamente ningún ser humano merece vivir en la intimidad de Cristo y ser continuador de su tarea, porque ninguno está exento de pecado, excepto la Santísima Virgen María. Si sólo se considerara el pecado se debería pedir al Señor que se alejara, como lo hace Pedro: «¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!» (Lc 5,8). El sabernos pecadores acompañando a Jesús, no debe detener a nadie. En el llamado que se nos hace para ser discípulos–misioneros, Cristo no quita a nadie su realidad de pecador, pero la fuerza de corresponder al llamamiento a pesar de las faltas del pasado y de la indignidad del presente ayuda a sobreponerse a los legítimos temores de la debilidad humana. El ideal de vivir en alegría y esperanza puede realizarse, porque Él sostiene con su gracia. Pidamos a la Virgen, «Causa de nuestra alegría y esperanza nuestra», que nos ayude a remar mar adentro. ¡Feliz y bendecido jueves visitando a Jesús Eucaristía y orando por el viaje del Papa a Colombia y todas las vocaciones!

Padre Alfredo.

jueves, 31 de agosto de 2017

«Permanecer fieles al Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy

El Evangelio siempre acontece, es siempre actual, se cumple en toda época y lugar, aún y por supuesto en una época como la nuestra, en donde tantos católicos abandonaban la tradición de la Iglesia, dejándose atraer por el budismo, el hinduismo y una sarta de cultos sincretistas, navegando de religión en religión y de secta en secta y de creencia en creencia, sin comprometerse de lleno con ninguna. Seguir el Evangelio y hacerlo vida exige algo que es importantísimo: «fidelidad», y ciertamente esta es una palabra que no está muy de moda. El evangelista san Mateo, recoge unas palabras de Cristo en las que nos llama a la fidelidad al Señor (Mt 24,42-51). La expresión: «Velen y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor» (Mt 24,42) quiere decir: «¡manténgase fieles!». Es preciso tenerlo todo en orden para acertar en el destino definitivo de la vida. En este sentido es como se nos avisa que seamos fieles. Estemos alerta para que la muerte nos sorprenda preparados. Estemos alerta para acumular méritos para entrar en el Reino de la vida. Estemos alerta y bien despiertos para recibir la llamada definitiva. Estemos alerta y procuremos tener las cuentas claras de nuestra vida interior y presentarnos con la conciencia limpia ante nuestro Dios. Estemos alerta recordando que estamos a tiempo de cambiar. Estemos alerta a la llamada de Dios para seguirla sin condiciones estando bien atentos para responder: «¡Estoy listo!»

Jesús deja bien claro Jesús que nadie sabe nada respecto de la hora de su segunda venida y el fin del mundo: «De aquel día y hora nadie sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre« (Mt 24,36).Lo que importa entonces no es saber la hora del fin de este mundo, sino tener una mirada capaz de percibir la venida de Jesús ya presente en medio de nosotros en la persona del pobre que nos pide ayuda (cf Mt 25,40) y en tantos otros modos y acontecimientos de la vida de cada día que exigen fidelidad al Señor. Lo que importa es abrir los ojos, permanecer firmes y tener presente el ejemplo del buen empleado del que habla Jesús en la parábola del servidor fiel y prudente (Mt 24,45-51). Siempre he dicho que «perseverancia» y «fidelidad», son dos palabras que no se pueden separar. ¿Qué nos pide Jesús al llamarnos a ser fieles? Perseverar, que sigamos adelante, estemos siempre preparados, que no nos confiemos en que cumplimos a medias o a regañadientes con lo que Él nos pide, sino con la fidelidad, la ilusión y el ánimo del primer día, para que el paso del tiempo no nos haga decaer en nuestro entusiasmo y en la fidelidad. 

Los católicos no podemos ser seguidores de Jesús a tiempo parcial, gente que únicamente se acuerde de Él los fines de semana para ir a Misa, y entre semana pique aquí y allá coqueteando con cosas venidas de otras religiones, cautivados por la «ensalada» que propone la New Age y buscando prosperidades pasajeras. No, esto no lo pude hacer un católico, porque la Iglesia es nuestra casa, es nuestra familia, es nuestro espacio de perseverancia y fidelidad en donde vivimos un compromiso de tiempo completo, entregándonos con alma y cuerpo a ser testigos de Jesús en medio del mundo como discípulos-misioneros. Si actuamos así, ya pueden venir vicisitudes y dificultades, guerras, terrorismo, el azote de la inseguridad ciudadana, el peligro de la delincuencia, el desbordamiento de los fenómenos naturales como las inundaciones de estos días en Texas y aquí en Ciudad de México, la amenaza de la enfermedad, la crisis económica, entre muchas otras... que todo lo superaremos como María, la sierva del Señor, con la práctica constante de la oración y con el examen de conciencia guardando y meditando las cosas en el corazón (cf. Lc 2,19.52). La fuerza nos la dan el Espíritu Santo, la Eucaristía, la lectura y meditación de la Biblia. El premio a esta perseverancia y fidelidad es la paz en el alma, la serenidad en nuestra mente y la felicidad en el corazón. ¡Bendecido jueves eucarístico y sacerdotal! Y se acabó agosto.

Padre Alfredo.

jueves, 24 de agosto de 2017

«¡SÍGUEME»... UN pequeño pensamiento para hoy

El objetivo del llamado que Dios nos hace, es siempre el mismo: «¡Sígueme!» (Mateo 8,22; 9,9; 19,21; Mc 2,14; 10,21; Lc 5,27; 9,59; 18,22; Jn 1,43; 21,19; 21,22; Hch 12,8). En el Evangelio, hay un pasaje en el que Felipe, que ha sido llamado (Jn 1,43) encuentra más adelante a Bartolomé (Llamado en el Evangelio Natanael) y habla con él sobre Jesús: «Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley y también los profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret» (Jn 1,45-51). De alguna manera podemos decir que lo invita a seguirle. Jesús es aquel hacia quien apuntaba toda la historia del Antiguo Testamento. Natanael preguntó con sencillez: «Es que, ¿puede salir algo bueno de Nazaret?» (Jn 1,46) y Felipe le dice: «¡Ven y verás!» (Jn 1,46). Cada uno de nosotros ha llegado a conocer a Cristo gracias a otra persona. Un sacerdote nos bautizó y nos da los demás sacramentos; en casa o en la parroquia nos enseñaron el catecismo; seguramente algún amigo o amiga en concreto nos ha atraído más hacia la fe... En cada cristiano, a lo largo de los siglos, se repite el evento de Felipe, Natanael y Jesús.

Cuando Jesús ve a Natanael dice: «¡Ahí tienes un verdadero israelita, sin falsedad!» (Jn 1,47) Israelita auténtico era aquel que sabe deshacerse de sus propias ideas cuando percibe que no concuerdan con el proyecto de Dios. El israelita que no está dispuesto a esta conversión no es ni auténtico, ni honesto. El esperaba al Mesías según la enseñanza oficial de la época (Jn 7,41-42.52). Por esto, inicialmente, no aceptaba a un mesías venido de Nazaret. Pero el encuentro con Jesús le ayudó a percibir que el proyecto de Dios no siempre es como la gente se lo imagina o desea que sea. Aquel hombre permaneció vacilante hasta que escuchó las palabras de Jesús, alabándole. Cristo demuestra que conoce perfectamente el interior del hombre, y por eso se permite elogiarle en público. ¿Y qué diría Jesús de nosotros? ¿Podría repetir las palabras que dirigió al santo que hoy contemplamos? Y tú, ¿qué opinión tienes de ti mismo? Natanael reconoce su engaño, cambia idea, acepta a Jesús como mesías y confiesa: «¡Maestro, tu eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel!» (Jn 1,49). La confesión que hace este Apóstol no es más que el comienzo. Quien sea fiel, verá el cielo abierto y los ángeles que suben y bajan sobre el Hijo del Hombre (Jn 1,51) y experimentará que Jesús es la nueva alianza entre Dios y nosotros, los seres humanos. 

Quien ha conocido a Cristo, ha recibido el mayor don de esta vida. Pero con el don viene una responsabilidad. ¡Cuánta gente no ha escuchado hablar de Cristo! ¡Cuántos saben de Él, pero no lo conocen en realidad, y por eso no lo aman! ¡Cuántos saben que está vivo y presente en la Eucaristía y no le visitan! Y cuántos de ellos viven a nuestro lado, trabajan junto a nosotros, pasan por nuestras mismas calles. No podemos guardarnos el mayor tesoro de la humanidad para nosotros mismos. Tenemos que compartirlo, transmitir la gran noticia: ¡hemos encontrado a Aquél que tanto anhela el corazón humano! Al igual que estos dos discípulos, nosotros hemos sido invitados a ir en busca de ese Mesías que viene como Salvador, nos ama y nos llama. Ahora jueves es un hermoso día para hacer una visita al Santísimo Sacramento y con María y los Apóstoles, meditar esta palabra de Jesús que ha cambiado la vida de tantas personas: «Sígueme»

Padre Alfredo.

jueves, 17 de agosto de 2017

«Hasta setenta veces siete»... Un pequeño pensamiento para hoy


Jesús enseña en el Evangelio, que hay que perdonar. Y habla de perdonar al hermano en todo, no de perdonar algún tipo de falta en específico. El perdón que exige el Maestro no depende del tipo de falta o la gravedad de la misma. No se puede perdonar más o menos. O sí, o no, sino simplemente «perdonar». Ello nos exige ser compasivos con los demás como el Padre es compasivo con nosotros (cf. Lc 6, 36-38). El Evangelio habla de «perdonar setenta veces siete» (cf. Mt 18,21-35.19,1) y eso quiere decir «siempre», en todas las ocasiones y todas las veces que se nos pida, porque Dios mismo perdona y da una nueva oportunidad siempre. «¡Hasta setenta veces siete!» (Mt 18,22). A veces decimos que hay que esperar a que el tiempo nos haga olvidar los malos recuerdos, esperando que las cosas se borren de la memoria.


Eso no sería perdonar, sino enterrar, y es tener dentro de nosotros una especie de cadáver que ocupa espacio y perturba. Jesús en su enseñanza y en su exigencia va más allá, se trata de perdonar, de poder recordar a esa persona con compasión, con misericordia, sin odio ni deseos de venganza, porque ciertamente no se le puede olvidar, ni a ella ni al momento, sino ponerla en la mente y en el corazón en el lugar que le corresponde, el de la misericordia. La Iglesia, como Madre y Maestra, sabe lo que esto cuesta, por eso nos ofrece algo que no es patrimonio únicamente de la Cuaresma; cuando no podamos perdonar, los sacrificios, los ayunos y todos los momentos de oración, se hacen «camino hacia el perdón», un intento de disponer nuestro interior para poder dar el paso del perdón. Pienso en la pregunta limitante que hace Pedro (Mt 18,21) y en la respuesta generosa de Jesús (Mt 18,22).

¡Qué claro y exagerado contraste desarrolla Jesús ayudándose de la parábola del siervo despiadado! (Mt 18,23-35) Medito en mi disposición a perdonar de corazón y en el anhelo permanente de ser perdonado y me vienen preguntas: ¿A quién debo perdonar de corazón y aún no lo he hecho? ¿Le pongo límites a mi perdón? ¿Soy tolerante y generoso con el perdón que espero recibir y con el que estoy dispuesto a dar? El amor de Cristo es suficiente no sólo para salvarnos de nuestros pecados, sino para aún perdonarnos y darnos, con el sacramento de la reconciliación, la garantía de que la presencia del pecado será erradicada de nosotros. Así que tenemos una pregunta pasada, una respuesta presente y una redención futura que ha de ser manifestada a plenitud. Dios nos perdona cada vez que vamos a él arrepentidos y nos confesamos. ¡Porque su gracia es mayor que las cuentas matemáticas que podamos hacer desde nuestra mezquindad!... Aprovecho para pedir perdón, otorgar mi perdón y para invitarles a vivir intensamente este Jueves agradeciendo el don que recibimos en el sacramento del perdón.

Padre Alfredo.

jueves, 10 de agosto de 2017

Si el grano de trigo no muere... Un pequeño pensamiento para hoy

El «Jueves» siempre ha sido, en la Iglesia, un día «Eucarístico», pero hoy, al celebrar a san Lorenzo mártir, lo es de una manera muy especial. En el tiempo de la Roma imperial, Lorenzo era uno de los diáconos que asistían al Papa Sixto II, el Papa que fue asesinado mientras celebraba la Eucaristía. Lorenzo era el encargado de la economía de la Iglesia de aquel tiempo . El alcalde de Roma quiso confiscar todos los bienes de la comunidad cristiana y Lorenzo se dedicó durante tres días a repartir todos los bienes eclesiásticos entre los más pobres, vendiendo cálices, copones, candeleros y demás. Cuando el alcalde fue a recoger los bienes, se encontró con un gran grupo de pobres, que Lorenzo había reunido. Y Lorenzo le dijo: «¡Este es el tesoro de la Iglesia!». El alcalde despechado, decidió darle muerte lenta, quemándolo vivo en una parrilla un día como hoy del año 258. Esta historia ha llegado hasta nuestros días a través de los escritos de san Ambrosio, san Agustín, el poeta Prudencio y una inscripción del Papa Dámaso.

El afán del «poder» y del «dinero» siempre ha estado presente en el mundo. Es fruto del egoísmo económico que lleva al corazón a la esterilidad, como lo vemos en el mundo de hoy. Jesús nos dijo en su Evangelio, que si el grano de trigo no cae y muere, no produce fruto (Jn 12,24-26). La generosidad es la fuente de la multiplicación y la puerta al cielo, pero la generosidad implica morir para dar vida. La generosidad de Jesús fue palmaria: siendo rico, por nosotros se hizo pobre. En sus manos todo, todo, se multiplicaba: el vino, el pan, sus milagros, su amor por los niños y por los pobres. Él mismo, en la Eucaristía, es un «Pan» que se parte y se reparte.

Jesús Eucaristía viene también a nuestro encuentro en el que necesita. Hay que morir al «yo» para que el otro —el que está cerca y el que está lejos— tenga vida. Morir a mis quereres, a mis anhelos, a mi tiempo, a mis disposiciones, a mis necesidades y hasta a mis necedades. Morir como Lorenzo, dándolo todo. Morir como María, que con su «sí», renunció a su «yo» y nos dio a Jesús. ¡Contemplémoslo hoy Jueves en la Eucaristía y pidamos el valor de seguir muriendo para dar vida!

Padre Alfredo.

jueves, 3 de agosto de 2017

Una red, unos peces, el templo de Dios... Un pequeño pensamiento para hoy

La presencia de Dios en nuestra vida de cada día se manifiesta de diversas maneras. En el libro del Éxodo se nos narra la construcción del santuario que Moisés levanta a nuestro Dios conforme a sus indicaciones. Un santuario que asegura la presencia y la gloria de Dios en medio del Pueblo. Presencia que dirige la marcha del pueblo a través del desierto, hacia la salvación y la tierra prometida (Mt 13,47-53). Somos peregrinos en este mundo y vamos camino a la tierra prometida. Dios os acompaña en cada momento de nuestro diario andar, en cada situación que hemos de afrontar, en cada decisión que hemos de tomar, porque nosotros somos su pueblo y Él es nuestro Dios.

El Templo material (La Iglesia decimos) es así, para nosotros también, sacramento de la presencia del Reino de Dios. Cuando nos reunimos en nombre del Señor, Dios se manifiesta en medio de nosotros. En Cristo hemos sido constituidos parte del Templo espiritual que es la Iglesia, donde sigue revelándose la Palabra de Dios al mundo, y donde con nuestra oración, hacemos presente a Dios en el mundo, pero esa presencia la celebramos de una manera especial en el Templo.

La comunidad, reunida en la oración y en la celebración de los sacramentos, realiza el Reino de Dios. Jesús, a través de su Iglesia sigue haciendo signos y milagros, acoge a los pobres, enfermos y marginados, y predica con parábolas y doctrina sencilla. En su persona, se realiza el Reino. Sólo el que descubre el valor del Reino, tendrá valor al final de los tiempos, cuando los ángeles separen a los malos de los buenos. Sólo quien ha entendido el secreto del Reino alcanza la verdadera salvación amando, aportando el esfuerzo para realizar el Reino de Jesús echando la red. ¡Hoy jueves, es una buena oportunidad para visitar el Templo y adorar un rato a Jesús en la Eucaristía!

Padre Alfredo.

jueves, 27 de julio de 2017

Responsabilidad de globalizar el amor de Jesús... Un pequeño pensamiento para hoy

Sabemos bien que, como hombres y mujeres de fe, los bautizados tenemos una responsabilidad ante el mundo porque a nosotros se nos ha concedido conocer a Jesucristo y su salvación, nos recuerda el Evangelio que la liturgia del día de hoy propone en la Santa Misa (Mt 13,10-17). Y es que a nosotros, por esa misma fe, se nos han mostrado los misterios escondidos desde antes de la creación del mundo que otros, no pueden ver ni gustar. Para nosotros se abren constantemente los secretos de la Escritura y por eso podemos comprender, apreciar e imitar las enseñanzas de Jesús.

En medio de este mundo, que se globaliza cada vez más en muchos aspectos, somos nosotros, los católicos (de corazón universal) quienes tenemos la encomienda de que el amor a Jesús se globalice también. Este es el grito suplicante de Madre Inés a nuestro Dios: «Qué todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero». Inmensa responsabilidad de que el amor sea amado. Es cierto que no somos capaces de penetrar todo y que no todo lo entendemos; estamos en camino y tenemos que continuar a los pies del Señor orando y escuchando sus enseñanzas en parábolas, pero, no debemos esperar a tener un pleno conocimiento de todo para poner ante los hombres aquello que hemos visto y oído.

Ya es jueves, casi se termina la semana... ¿He leído el Evangelio con atención en esta semana pidiendo a María que me ayude a comprenderlo y guardarlo en el corazón? ¿Soy como los que no entienden nada o como aquel a quien le he dado conocer el Reino? Hoy, ante Jesús Eucaristía en un rato de adoración, es una buena pregunta que nos podemos hacer y gozar de un excelente Jueves Eucarístico. ¡Feliz y bendecido Jueves!

Padre Alfredo.

jueves, 20 de julio de 2017

«JUEVES EUCARÍSTICO»... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Feliz y bendecido «JUEVES EUCARÍSTICO»! Sí, por una tradición antiquísima y recordando que el Jueves Santo el Señor Jesús se quiso quedar con nosotros en la Eucaristía; cada jueves del año la Iglesia lo dedica a meditar en este misterio insondable de la presencia de Cristo en la Eucaristía. En la fiesta de Corpus Christi de 1993, el Papa Francisco decía: «Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirle quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don a Él y a los demás».

La Eucaristía —bien lo sabemos— es el mayor tesoro de la Iglesia ofrecido a todos para que todos puedan recibir por ella gracias abundantes y bendiciones. Es el sacramento del sacrificio de Cristo del que hacemos memoria y actualizamos en cada Misa y es también su presencia viva entre nosotros que nos invita —como dice el Papa— a salir de nosotros mismos. Adorar a Jesús en la Custodia, cada «JUEVES EUCARÍSTICO» en la Hora Santa, o visitarlo para orar un rato en silencio frente al Sagrario en este día, es entrar en íntima relación con el amigo, el hermano, el compañero en nuestro peregrinar hacia la vida eterna que nos invita a ir en su nombre especialmente los que están lejos, los que han sido olvidados, los que están más necesitados de comprensión, consuelo y ayuda.

Hoy que es «JUEVES EUCARÍSTICO» y tal vez un buen día para visitar al Señor Sacramentado y hacernos —don» pensando tal vez en alguien lejano —familiar o amigo— a quien hace tiempo no hemos saludado y sabemos que le caería muy bien un whatsapp, un e-mail, una llamada...

Padre Alfredo.

jueves, 13 de julio de 2017

La Virgen de Fátima enseña a rezar a los pastorcitos... Un pequeño pensamiento para hoy

La aparición del 13 de julio de 1917, de la Virgen de Fátima, fue en muchas formas, la parte más controversial del mensaje de Fátima, proveyendo un secreto en tres partes que los niños guardaron celosamente. Las primeras dos partes, la visión del infierno y la profecía del futuro rol de Rusia y como prevenirlo, no serían reveladas hasta que Lucía las escribió en su tercer diario, en obediencia al obispo, en 1941. La tercera parte, comúnmente conocido como el Tercer Secreto, fue más tarde comunicado al obispo, quien lo envió sin leer al Papa Pío XII.

La Virgen les dijo que continuaran rezando el Rosario todos los días para obtener la paz del mundo y el final de la guerra, que en octubre les te diría quien era y lo que quería y les prometió hacer un milagro para que todos creyeran. Este día, la Madre de Dios enseñó a rezar a Francisco, Jacinta (hoy santos) y Lucía: «Oh Jesús, esto es por amor a Ti, por la conversión de los pecadores, y en reparación por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María», les mostró el infierno y les dijo: «Si ustedes hacen lo que yo les diga, muchas almas se salvarán, y habrá paz... vengo al mundo para pedir que Rusia sea consagrada a mi Inmaculado Corazón, y pido que los primero Sábados de cada mes se hagan comuniones en reparación por todos los pecados del mundo... Cuando ustedes recen el Rosario, digan después de cada misterio: ¡Oh, Jesús mío, perdónanos y líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente aquellas más necesitadas!».

Hoy es día 13 de julio y hace 100 años que esto ocurrió. En la parroquia de Fátima, de la colonia Pro-Hogar, en Ciudad de México, a las 7 de la tarde, tendremos la celebración de la Eucaristía presidida por el Cardenal Norberto Rivera, para dar gracias al Señor por este don que hace 100 años regaló, en su Madre Santísima a la humanidad. Desde hace 100 años estas oraciones resuenan en el mundo entero en labios de millones de personas que, amantes de María, rezamos el Santo Rosario pidiendo la conversión del mundo: «¡Oh, Jesús mío, perdónanos y líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente aquellas más necesitadas!» Feliz y bendecido jueves.

Padre Alfredo.