sábado, 12 de noviembre de 2011

Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento... hacia la beatificación

MARÍA INÉS TERESA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Siempre es difícil escribir sobre los hombres y mujeres que han dejado huella porque han seguido muy de cerca las pisadas de Jesús. En México estamos en tierra de santos y el tema de la santidad de tantos hombres y mujeres de nuestro pueblo mexicans nunca se agotará. La Familia «Inesiana», como familia misionera que somos, tenemos nuestro origen precisamente en un corazón santo, en un corazón sencillo, noble y sin fronteras de una mujer que también es paisana nuestra por ser mexicana y cariñosamente la llamamos «Nuestra Madre» porque ella nos engendró en esta vida espiritual de seguimiento de Cristo.
«Nuestra Madre» será seguramente una de las más universales beatas, ya que su figura misionera es ya modelo de las clases populares y de los ilustrados de muchas naciones: de sacerdotes, religiosos y laicos; de jóvenes y adultos, niños, ancianos; hombres y mujeres.
Ya encontramos su estampita en casas de familias, en oficinas de sacerdotes, en conventos y seminarios; la vemos en algunos negocios, en hospitales y asilos... es ya la próxima beata universal.
Después de mucho que he leído de ella y de otro tanto que he escrito, me encuentro, al verla, ante un misterio. Es un misterio, al menos para mí, lo profundo de su experiencia mística y su relación con Jesús; es un misterio su capacidad tan grande de poseer un corazón universal que a todos hacía sentirse amados y tenidos como lo único en aquellos momentos, como los encuentros de Cristo con la Samaritana o con Zaqueo entre otros. Madre Inés aparece como única, especial, sin precedentes e irrepetible.
La gente «santa» como ella —y al decir «santa» no quiero adelantarme al juicio de la Iglesia, sino usar el lenguaje popular— ha sido, como nosotros, de carne y hueso. Los beatos y los santos no han nacido tales, sino se han hecho santos viviendo. Tenemos que desechar la idea de que eran personas diferentes a nosotros.
Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento nos recuerda mucho al Cristo del Evangelio en su estilo de vida y en su apostolado, en sus rasgos simpáticos y anecdóticos. Ha acercado a muchos a Cristo y a alentado a muchas almas a seguir a Cristo viviendo plenamente la vocación a la que cada uno ha sido llamado. En su vida misionera y en sus meditaciones acompañaba a Cristo con igual entusiasmo al Calvario que a las Bodas de Caná.
Poseedora de una personalidad altamente carismática, creadora, fuera de lo común y libre para amar, Manuelita de Jesús —ese era su nombre de pila— irrumpe en el mundo para invitar a todos a romper las barreras del corazón. Con un gran sentido común y una humildad que se desbordaba en su sencillez, se lanzó a la conquista del mundo para Cristo. Ella se desposó con Cristo. Su doctrina nos sigue conduciendo a la caridad fraterna sin fronteras y a la auténtica solidaridad. Desde pequeña supo ir descubriendo que Dios la amaba sin condiciones y que podría hacer maravillas a través de ella en beneficio de los demás.
Para esa conquista de las almas, contaba, como ella solía decirlo, con la propia miseria puesta al servicio de la misericordia. Tenía una profunda conciencia de su miseria sin término y una experiencia viva de la misericordia de Dios. En ella, esta constante de la búsqueda de la santidad cristiana, fue algo sobresaliente. Unía la convicción de ser “la nada, pecadora”, una “humilde piltrafilla”, a la del amor de Dios, mayor que su miseria y su corazón. La misericordia de Dios era tan real para ella, que no le sorprendía ni le era motivo de vanidad que Dios la hubiera llamado a una misión tan extraordinaria como el fundar una familia misionera, porque igualmente podía darla o haberla dado a cualquier otra persona. “Tú y yo, María Inés, valemos tan poca cosa...", le decía en una carta a un joven hablándole de la vocación.  Día a Día, la Sierva de Dios discernió y confirmó a cada paso la voluntad de Dios, por eso su vida y su obra aparece siempre guiada por la Providencia de Dios y no por sus propósitos.
«Nuestra Madre» es testigo de la libertad absoluta de Dios para actuar a través de cualquier criatura, y del poder de Dios para servirse de la miseria humana. Gozaba del trabajo en los colegios y de los ratos agradables de oración en los noviciados de nuestras hermanas Misioneras Clarisas. Contemplativa y activa, siempre alegre imitó a Cristo y ayudó en vida, como lo sigue haciendo ahora, a que muchos tuviéramos la inquietud de imitarlo. Vivía, podemos decir, utilizando la misma palabra que mucho usaba, «sumergida» en Dios y en las almas. Es fácil percibir en ella un amor a la Iglesia extraordinario y apasionado. “Si no es para salvar almas, no vale la pena vivir”, solía decir. Tuvo, de la Iglesia, una percepción que muy pocos han tenido y un amor incomparable, decía que quería dejarse bañar por la Sangre redentora de Cristo en la Cruz. Esto era fruto de su pasión por las almas, por la Iglesia. Vivió siempre, hasta el último latido de su corazón, como fiel hija de la Iglesia.
Por este amor extraordinario a las almas abandonó su vida en el claustro, en donde vivió dieciséis años,  para unir a Martha y a María en una vida contemplativa y activa, o activa y contemplativa, quizá más bien dicho: “contemplativa-activa, activa-contemplativa”. Fue un alma misionera que se puso al servicio de todos sus prójimos, especialmente los pobres y los pecadores, los alejados de Dios. Supo infundir el amor a la Iglesia y el espíritu misionero en quienes le seguían los pasos de cerca. Ese corazón misionero le hizo viajar por el mundo entero visitando a sus misioneras, a sus misioneros, a sus vanclaristas. ¿Cómo no recordar, quienes la conocimos, aquellas visitas? Eran visitas de Cristo misionero que llegaba a dar alegría, paz, amor, comprensión, cariño y aliento. Era un genio de la organización y de las finanzas, había empezado la familia misionera con una cajita de cartón como caja fuerte, por cierto siempre vacía, y hacía rendir todo sin caer en la arrogancia o en la exageración. Siempre alegre, participaba del gozo de los pequeños detalles de cada día. Imitó la dolorosa paciencia de Cristo, en las frustraciones reiteradas, en las contradicciones y calumnias que sufrió en la congregación de misioneras que fundó, en los incontables viajes, fundaciones, obras y preocupaciones. Su voto privado de ofrecerse como víctima al amor misericordioso, significó para ella tender a lo más perfecto, a lo que daba más alegría y gloria al corazón de su Señor.
Cuando ella presentaba aquel proyecto de fundar una nueva familia misionera, casi nadie estaba dispuesto a arriesgar nada, le decían que no querían nuevos experimentos. Se trataba de una pequeña semilla sembrada en la tierra de nuestra patria. Después de muchos años de vida, aquella semilla se ha desarrollado y aunque permanece en los límites de una “pequeña familia”, como a ella le gustaba pensarla, ha echado raíces en muchos países.
Hay un aspecto importantísimo en la vida de la próxima beata mexicana, una característica primordial, lo que ella llama "mi primera vocación”, se trata de su experiencia y su doctrina sobre la oración, esa oración misionera que arrancó tantas gracias del corazón de Jesús. “La oración —decía— es para mí como el agua para el pez, como el aire para el ave”. Su oración privilegiaba la contemplación afectiva y urgía la acción y el compromiso misionero. Gran parte de su doctrina sobre la oración quedó plasmada en innumerables escritos de sus meditaciones y ejercicios espirituales. Aferrada a la ortodoxia católica nos dejó un cúmulo de escritos que hoy pueden guiar nuestras meditaciones y nos ofrecen pistas para la oración personal y comunitaria. 
Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento experimentó en su oración gracias extraordinarias desde su juventud, regalos que descendiendo de lo alto hicieron que se acrecentaran en ella grandes ideales de seguir a Cristo, “el esposo de Sangre” como ella lo llamaba. Ni un segundo se separaba de su Madre Santísima del Cielo, “la Dulce Morenita del Tepeyac” a quien siempre sintió a su lado, siendo típivo escucharle decir: "¡Vamos María!". La Virgen le había hecho una promesa que nunca olvidará: "Si entra en los designios de de Dios servirse de ti para las obras de apostolado, me comprometo a poner en tus labios la palabra persuasiva que ablande los corazones... y en estos la gracia santificante y la perseverancia final". 
La acompañaron a veces tiempos de aridez y noches oscuras, pero ella avanzó siempre por la vida con esa seguridad de los santos. “Dios lo quiere así”. Llegó a grandes alturas en su total confianza en Dios buscando los intereses del Sagrado Corazón. “Yo me ocuparé de tus intereses y Tú te ocuparás de los míos” decía en un sencillo diálogo al Señor en la oración. Teresita del Niño Jesús se convirtió para ella en su “santita predilecta” que la llevó por un caminito sencillo hasta las alturas del cielo, ella la ayudó a que la fe, la esperanza y la caridad se hicieran instintivas en su vida por obra del Espíritu Santo. El itinerario de su vida estuvo constantemente inspirado, en la oración, por la fe. “Si todo se acaba, volveremos a empezar”.
Pobreza, castidad y obediencia marcaron su vida religiosa en una vida sencillamente ordinaria. A simple vista no había que decir mucho de ella, no se notaba nada especial, a pesar de que día a día practicó la confianza ciega en Jesús y vivió de amor y con amor todas las circunstancias de la vida, de modo tan natural como heroico. Siempre con una sonrisa que hablaba de amor, una sonrisa discreta que contagiaba y hacía pensar en Dios, fuente de vida y alegría.
Viajó en las condiciones más austeras, en barcos de carga o camiones de segunda, y fundó en lugares inhóspitos en aquellos años, como Indonesia o las tierras de África, eso la hacía feliz: “Que todos te conozcan y te amen es la única recompensa que quiero”. Quiso vivir en Roma hasta su muerte, porque allí estaba en el corazón de la Iglesia junto al dulce Cristo de la Tierra, como llamaba al Santo Padre. Desde allí era un fuego universal que incendiaba al mundo en todas direcciones.
Creo que nunca termino de hablar de «Nuestra Madre» y no estoy seguro de conocerla bien, pero desde hace años, la he tratado muy de cerca. Más que hablar de conocer a nuestra fundadora en su persona, ya que sólo la traté en dos ocasiones, puedo hablar de conocerla a través de sus escritos, esa rica doctrina espiritual que como herencia nos ha dejado a las Misioneras Clarisas, a los Vanclaristas y a los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal. Hay mucho más que descubrir y conocer de esta maravillosa mujer, que ya pronto será beatificada.
Entre los desafíos de la misión contemporánea encontramos en ella a una santa moderna. Me he preguntado muchas veces que haría hoy, si viviera, de cara a la nueva evangelización y la misión en el tercer milenio. ¿Qué haría ella para hablar de Cristo al mundo de hoy y para suscitar la conversión? En realidad no se bien como trabajaría, qué métodos utilizaría y como le haría, pero sí se que no se quedaría tranquila y complacida con poco. Rezaría mucho, seguiría ofreciendo sus sacrificios ocultos y esos gestos de amor a Dios y a María en ofrecimientos especiales como víctima del amor misericordioso. Ella encontraría las maneras que la santidad y la pasión misionera suelen inventar para conquistar el mundo para Cristo. Su celo misionero persistente y atrevido, la universalidad de su misericordia, la grandeza y sencillez de su oración nos seguirían hablando al corazón.
Estoy convencido, con el pasar de los años y luego de conocerla cada día más, que tenemos por fundadora, a una de las personas más contemplativas y a la vez, a una de las personas más activas que hayan existido. No sé luego de leer todo esto que he compartido, que dirían ustedes.

Video con fotografías de Madre Inés

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Día de muertos...

El día 2 de noviembre, por una tradición ancestral recordamos y rezamos de una manera especial por nuestros familiares y amigos difuntos y en general por todos los fieles difuntos. Es algo que hacemos con fe y con confianza, porque sabemos que Dios nos ama y nos llena siempre de su amor. Por esto en este día nos acercamos al Dios de la vida y le pedimos, con el corazón lleno de paz, que tenga con Él para siempre a nuestros familiares y amigos que han muerto, y también a todos los difuntos, conocidos y desconocidos, hombres y mujeres de cualquier lugar del mundo, y, como misioneros que somos, encomendamos especialmente a quienes no tienen quién ore por su eterno descanso.

Este recuerdo y esta oración, la hacemos de manera especialísima en la celebración de la Eucaristía de este día, para lo cual la liturgia nos propone diversos formularios a seguir. Sabemos que al celebrar la santa Misa por los difuntos, Jesús se hace presente en medio nuestro con su palabra y con su Cuerpo y su Sangre, que son alimento de vida eterna y nos unimos a Él renovando nuestra fe y nuestra esperanza en la resurrección.

Todos sabemos el día que nacimos, pero no sabemos el día que moriremos. Algunas personas mueren jóvenes, otras ya tienen edad avanzada, pero todos tenemos el deseo de vivir para siempre, y este deseo, Dios lo ha puesto en nuestro corazón. Y cuando el corazón de una persona deja de latir, parece el fin de aquel que ha muerto, parece que la persona está condenada a la destrucción total, pero, nuestra fe en Jesucristo nos dice que la vida de la persona no acaba con la muerte, sino que está destinada a vivir eternamente en la presencia del Señor. Recordamos aquellas palabras de Jesucristo: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre” (Jn11,25-26). Y aquellas otras en las que dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn14,6).

A lo largo de nuestro camino en este mundo, la reflexión de la fe va iluminando nuestra mente y nuestro corazón y vamos encontrando la serenidad que dan la esperanza y la certeza del amor incondicional de Dios, que no nos fallará. Jesús resucitado es la garantía de que la muerte nos abrirá las puertas de la vida eterna con Dios para verlo cara a cara. Será el momento del encuentro definitivo con la familia en la casa del Padre, donde viviremos plenamente la comunión de los santos. Sabemos que nuestro Padre Dios nos recibirá con los brazos abiertos y aunque, como el hijo pródigo, lleguemos a la casa con los vestidos casi desgarrados o sucios, si nosotros aceptamos su abrazo, su amor nos revestirá de la túnica de fiesta de la gracia y entraremos a su casa, que también es la nuestra.

Creo que si hablamos con sinceridad, todos experimentamos cierto miedo a la muerte, unos menos, otros más. Jesucristo también tuvo miedo y se mostró nervioso en Getsemaní pidiendo que el Padre apartara «ese cáliz» de su existencia. Cristo había recorrido los caminos de Palestina haciendo el bien, curando enfermos, resucitando a los muertos y poniendo la vida en el corazón y en el cuerpo de todas las personas sin distinción alguna. Pero ahora, delante de la muerte, sintió la necesidad de estar solo y a la vez de estar con los más íntimos.

San Lucas nos narra que Jesús se fue al Monte de los Olivos seguido por sus discípulos. Nos dice que estando en un lugar apartado se levantó y les dijo: “Oren para que no caigan en la tentación”. Y él, apartado a una distancia de un tiro de piedra, se puso de hinojos y oró diciendo: “Padre, si quieres aparta de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,39-42).

En la Misa, uno de los prefacios de difuntos (el segundo) nos dice que Él, uno solo, murió para que no muriéramos todos nosotros. Él solo se dignó sufrir la muerte, para que todos viviéramos en Dios eternamente. Otro, (el primero) dice que en Él brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección y así, aunque la certeza de morir nos entristece nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.

San Pablo, nos indica que el tiempo que pasamos en este mundo es corto y que este mundo pasa (cf. 1 Cor 7,29-32), y nos invita a vivir sin preocupaciones y congojas innecesarias. Madre María Inés Teresa dice que “el tiempo es cortísimo comparado con la eternidad ¿qué son 100 años?” y además nos dice algo que todos sabemos y que conviene meditar el día de hoy: “no sabemos los años que tendremos de vida, no sabemos cuándo nos sorprenderá la muerte” (ver Cartas Colectivas, f. 3423).

“El tiempo es corto; ¿qué quisiéramos haber hecho cuando nos llegue la muerte?” (Carta 3303) “¡Ánimo para luchar, para trabajar por él, para vencer aún en medio de las dificultades!“ (ib.)
San Pablo nos recuerda que la vida corre rápidamente hacia su fin, y que el gran negocio y diseño de ella es prepararse para morir. Debemos hacer los planes de la vida teniendo presente siempre que el tiempo es corto. Ninguna relación de la vida debe detenernos o impedirnos en el desarrollo de nuestra vida espiritual. San Pedro apunta: "Mas el fin de todas las cosas se acerca; estén, pues, sobrios, y velen en oración" (1 Ped 4,7)

Ciertamente que, con la llegada de la muerte, todos los vínculos o lazos de la vida terrenal, que son muy frágiles, serán disueltos. Abraham hizo duelo por Sara y la lloró (Gén 23,2); Raquel lloró a sus hijos (Mat 2,18). Es del todo normal y natural llorar cuando perdemos algún ser querido, pero es necesario que nuestra relación con Cristo sea siempre superior a los lazos familiares (Mat 10,37; Lc 14,26). Debemos ser fieles al Señor si tenemos familia de sangre o si no tenemos familia. El creyente con familia debe ser tan fiel al Señor como el que no tiene una familia. Sabemos que la relación matrimonial no sobrevive a la muerte; no existirá en el cielo. (Mat 22,30). El hogar es divino, pero no es eterno. Los lazos con Cristo sí que son eternos; por lo tanto, nuestra primera lealtad en la vida es con Cristo y de allí brota la fidelidad con lo que somos y con lo que hacemos.

Esto significa que los eventos pasajeros de esta vida no afectan al creyente como afectan a los no creyentes (1 Tes 4,13). Este mundo es, como decimos en la oración: «un valle de lágrimas», pero el cristiano no es vencido por las pruebas de esta vida.

David, cuando murió su hijito dice: "Yo voy a él, mas él no volverá a mí". (2 Sam 12,23). Y la Biblia nos dice que David dejó de llorar. No debemos abandonar a Dios por causa de la tristeza, pero muchos lo hacen y se quedan instalados en ese dolor sin superarlo. Durante las tormentas y calamidades de la vida, la fe en Hijo de Dios calma nuestro espíritu agitado y produce una sonrisa aunque haya lágrimas de dolor en el interior. El hombre y la mujer de fe son controlados por su fe y no por su tristeza. El cristiano debe practicar el dominio propio en el tiempo de tristeza, recordando que las experiencias amargas de la vida son pasajeras. De otro modo la tristeza puede desanimar y debilitar el alma y dejarle siempre triste. Tanto el exceso de alegría como el exceso de tristeza perjudican la vida espiritual. Para algunos la vida es un valle de lágrimas; para otros es una montaña de alegría, fiesta y diversión. En los dos ambientes el alma sufre si se va a los extremos. 

El cristiano es una persona feliz; por eso, le convienen la sonrisa y la risa. Pero el alegrarse no es su propósito en este mundo, sino el servir a Dios y a sus semejantes. En esto halla su gozo. Por lo tanto, el cristiano siempre vive como si no se alegrase; es decir, sigue fiel y activo en las cosas de Dios. Si hay tristeza, bien. Si hay alegría, bien. Pero de todas maneras, sigue fiel al Señor. No es desviado de este servicio por la tristeza ni tampoco por la alegría. Somos viajeros. Somos peregrinos y extranjeros (1 Pe 1,17; 2,11). Nuestro peregrinaje nos lleva a través de este mundo, pero no somos ciudadanos permanentes porque no puede el mundo ser nuestro hogar: ¡El cielo nos espera!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

viernes, 21 de octubre de 2011

El compromiso del Vanclarista y su vida espiritual como amigo de Dios...

El mes de octubre, además de ser el mes del Rosario, ha sido siempre el mes de las misiones. En octubre, cada año, la Iglesia celebra el DOMUND (DOmingoMUNDial de las misiones) y todos los Vanclaristas, en el mundo entero, renuevan su compromiso.

Nuestra Madre espera de los vanclaristas laicos «líderes» que sean fermento del evangelio en medio del mundo, que sepan “ante todo dar testimonio de Cristo con una vida recta, limpia… un grupo que de veras se entregue al servicio de Dios y del prójimo”. Hoy quisiera invitar a todos nuestros hermanos vanclaristas a hacer un alto en el caminar y detenerse para reflexionar juntos en una cosa que expreso tomando textualmente unas palabras de Mons. Juan Esquerda Bifet en su libro sobre Van-Clar “VEN Y VERAS”:

“Si «VIVIR PARA CRISTO» es el lema del Vanclarista, ese vivir no sería auténtico sin una fuerte experiencia de Cristo, en diálogo con Él, escondido en la Eucaristía y en el Evangelio, esperando en el corazón de cada hermano.”

Un Vanclarista es, en primer lugar, una persona que se tiene que dejar poseer por el amor de Dios. La Iglesia los necesita as¡: “La Iglesia necesita de estos elementos juveniles y aún de mayor edad, para sembrar el bien por todas partes por donde pasen, asemejándose as¡ a su Divino Maestro que: PASÓ POR EL MUNDO HACIENDO EL BIEN…” (Carta de N.M. a V.C. 1973).

Cada vanclarista, en cualquier rincón del mundo en donde se encuentre, cerca o lejos de su grupo, ocupa un lugar muy importante en el Corazón de Dios, cada uno es único e irrepetible, no hay nadie como él o como ella. Ni siquiera si hay unos gemelos idénticos que sean vanclaristas son iguales, hay algo que los hace distintos. Para Dios, cada uno de nosotros somos un amigo como no hay otro. Así que para anunciar a Cristo como Misioneros hay que ser primero amigos de Él, es as¡ que el primer paso que ha de dar un vanclarista para evangelizar es hacerse amigo de Jesús, porque «vive para Él».

Muchas personas, hoy en día, piensan que es imposible establecer una amistad con Dios. Dios nos invita como Amigo a experimentar su amor amándole a Él y a nuestros Hermanos. Una persona que llega a un grupo de Van-Clar, debe hacer crecer en ella lo que llamamos «Espiritualidad», que es el camino que se ha de recorrer para cumplir la Voluntad de Dios como amigo suyo.

Los santos, para mucha gente, han pasado de moda junto con palabras como ésta de espiritualidad. Hay quienes piensan que son términos del pasado, da la impresión de que algunas palabras no las quisieran ni escuchar porque estorban a la vida de la sociedad de hoy: rezar, moral, confesarse, virginidad, rosario, espiritualidad y otras más.

Sin espiritualidad la persona no puede vivir. ¿Sin un camino, será posible llegar a alguna parte?… La Espiritualidad nos debe mover a querer estar con Jesús que es el que nos ha llamado a ser misioneros. Dice Nuestra Madre en una de sus cartas a Van-Clar: “Como quisiera que todos mis Vanclaristas se actuaran muy bien de su gran responsabilidad de almas de apóstoles, especialmente llamadas a estar con el Señor. Estando muy unidos a El, cuánto bien aún sin sentirlo, sin saberlo irán sembrando, y predicando a sus compañeros de estudios, de trabajo, de oficina, de viaje, etc. etc.”.

No sólo en el día del DOMUND al renovar el compromiso, sino siempre, Dios sale al encuentro de cada Vanclarista. Nuestro Señor quiere abrir a cada uno los brazos de su amistad, El está deseoso de tener amigos y tiene cosas especiales reservadas para ellos que quizá los que van por el camino de la mediocridad y lo rodean no entienden. No hay razón alguna que valga para que un Vanclarista se aparte de esta amistad con Dios.

Nuestros grupos de Vanclar ha crecido, pero no debemos ver solamente el número de grupos o de miembros, debemos preguntarnos: ¿Ha crecido junto con eso la espiritualidad de cada vanclarista? ¿Se ha hecho más grande nuestro deseo de ser amigos de Dios? ¿Hemos sabido sacar provecho de este amor de predilección que Dios nos tiene? ¿Nos hemos hecho más amigos de su Madre Santísima? ¨Hemos recorrido la vida en Vanclar solos o de la mano del Señor bajo la protección de María?

A mi siempre me ha impresionado abrir la Escritura y volver a leer una y otra vez los pasajes en los que Jesús llama, (Jn 1,46; Jn 1,39; Mc 3,13-14;Jn 1,43; Jn 15,16; Mt 9,13; Mt 4,19; Mt 8, 22; Mt 9,9 y muchos textos más). El Papa, en su mensaje del DOMUND de este año 2011 nos recuerda un llamado especial: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21)

La llamada de Cristo y la invitación a prolongar su misión sigue resonando en muchos corazones de hoy, pero el riesgo de nuestros días sigue siendo el mismo que en tiempos del Maestro, cuando aquel joven rico no valoró la mirada de amor que Jesús amigo le dirigió, y entonces se marchó lleno de tristeza apegado a sus riquezas (Mc 10,21-22). No me gustaría ver que son muchos los Vanclaristas que se quisieran quedar apegados a sus cosas y no se lanzan a responder a Cristo, y ya no digo a una vida de consagración en la vida sacerdotal y religiosa −a la que de por s¡ ven como algo ajeno o “peligroso”− sino que ni siquiera se viera en algunos el deseo de responder a una vida cristiana en el mundo. ¡Dios nos libre! ¿Dónde quedaría el compromiso?

Nuestra Madre deseó en todo momento que el Vanclarista fuera el brazo derecho de la Congregación. ¿Se podrá ser brazo derecho sin espiritualidad? Van-Clar ofrece un gran regalo de Dios al laico de hoy: “Vivir para Cristo”. La espiritualidad ayuda al Vanclarista a caminar en la búsqueda de la realización de su opción fundamental y determinante. Esa opción es aquello que nos hace pensar cosas como esta: ¿Qué vine a buscar a Vanclar? ¿Qué es lo que espero del grupo? ¿Qué es lo que yo puedo dar?

No hay nada que pueda destruir tanto nuestra vida, dice San Juan Crisóstomo, un gran santo en la Iglesia, como el ir dejando las buenas obras para hacerlas más adelante, porque esto hace muchas veces que perdamos todos los bienes, los buenos deseos, los anhelos. Hay que desterrar de nuestra mente y de nuestro corazón esa frase tan común y extendida que dice: “¡Mañana empiezo!”. Si todo cristiano, por el hecho de ser bautizado, está llamado a ser santo, ¿qué podremos decir de un Vanclarista? Aquí no hay descuentos para nadie. La espiritualidad es el camino que irá formando al Vanclarista en esa carrera de la santidad.

Dice Monseñor Esquerda en el librito que ya mencioné: “Con personas entregadas, aunque sean limitadas y pobres, «Vanclar» puede hacer mucho para amar y hacer amar a Cristo y a la Iglesia. Con pesos muertos, «Vanclar» se reducir¡a a un taller de reparaciones o, peor aún, a un museo de antigüedades o de cacharros inútiles. Pero cuando uno reconoce su realidad y quiere empezar de nuevo, entonces se recupera el tono del seguimiento evangélico del Amigo Jesús en el corazón y en el grupo”.


La vida de un grupo, en todos sus aspectos, siempre es un reflejo de la vida de las personas que la integran. Si nosotros vemos que el grupo marcha bien, que hay armonía, que hay generosidad, cooperación y fidelidad, es que estos valores se están viviendo en cada uno; pero, si hay discordia, rivalidades, falta de seriedad en las relaciones fraternas, cazanovios y tumbanovias…. ¿qué hay en el corazón de cada uno? La Escritura es clara, “donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21), “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre.” (Mc 7, 15).


Hermanos y hermanas vanclaristas, en este día del DOMUND renuevan su compromiso de amistad con Jesús. Necesitamos que esparzan esta espiritualidad por el mundo, necesitamos que recorran este camino para, como dice Nuestra Madre : “VIVAN PARA CRISTO, sanando el ambiente con el «buen olor» de Cristo, con el perfume de las virtudes cristianas” (cf. Cta. a Vanclar).


¿Qué pudiera hacer falta? Sin duda, ponerse en camino, no instalarse para poder repartir amor sin medida; tener coraje para vivir esa espiritualidad que les debe sostener, deseo ardiente que haga que su vida no se diluya y termine vacía, perdida en medio de las rivalidades, de la violencia y discordias de la sociedad en que vivimos, por un lado atacada por la inseguridad causada por el narcotráfico y por otra parte fascinada con el ansia de vivir a la moda a costa de lo que sea,


La Espiritualidad debe impregnar la vida diaria del Vanclarista. Como dijo el beato Juan Pablo II en la Redemptoris Missio: “Viviendo con plena docilidad al Espíritu; ella compromete a dejarse plasmar interiormente por él, para hacerse cada vez más semejantes a Cristo. No se puede dar testimonio de Cristo sin reflejar su imagen, la cual se hace viva en nosotros por la gracia y por obra del Esp¡ritu”. (R.Mi. 87). Hay que recordar que el espíritu del Vanclarista es Misionero por excelencia y está plasmado en una espiritualidad que nos ha dejado Nuestra Madre y que es Eucar¡stica, Sacerdotal, Mariana y Misionera vivida en la alegre entrega. Siguiendo el camino de la espiritualidad, el vanclarista se va formando un ideal, un ideal que es una aspiración suprema, un ideal que lo lleva a hacerse amigo de Jesús y a hacerle amigos a Jesús en la misión.

Quisiera invitarles ahora a escuchar a Nuestra Madre hablar del ideal:

“Tengo para mí, íntimamente, que el ideal es la muralla donde se estrellan las sugestiones diabólicas, es el escudo, donde rebotan las flechas enemigas, es el baluarte desde donde se ve venir con calma al enemigo, porque se está seguro”.

“El ideal acrecienta las fuerzas del alma, la sostiene y robustece en sus debilidades, le hace dulce lo que es amargo, la llena de santos deseos, la inflama en el amor divino, y aquilata su celo por la salvación de las almas”.

“A pesar de mis muchos defectos y faltas, mi alma está enamorada del ideal, el es, el que me ha de salvar, de corregir, de perfeccionar. En la sed ardiente que siento por la salvación de las almas, él es el que me ha de proporcionar medios y ocasiones, de renunciamientos, de vencimientos, de peque¤os y ocultos sacrificios, que son las monedas con que se compran las almas para Jesús”.

Hermano y amigo vanclarista, hermana y amiga vanclarista, permíteme que termine esta reflexión con una pregunta para prepararte a renovar tu compromiso en el DOMUND:

¿Cuál ha sido el ideal de tu vida? ¿Haz sacrificado por él otros valores? S¡, piensa ahora, como Vanclarista, ¿cuál es el ideal de tu vida?

Revisa en ti y en tu entorno…

– La unión con Dios en cuanto relación de amor.
– La búsqueda de la santidad.
– El proyecto de Dios sobre ti y los que te rodean.
– El ansia misionera que vives.
– La coherencia en tu vida de fe como misionero.
– el anhelo para transformar nuestra sociedad luchando por la justicia y la paz.
– El amor los pobres, a los deprimidos, a los solos, a los olvidados.
– La presencia de María.
– El gozo por la próxima beatificación de Madre Inés…

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

El gozo de ser Misionero de Cristo para la Iglesia Universal...

 Hace algunos años ya que estuve en África, este continente que, a pesar de estar en pleno siglo XXI, lleno de adelantos, sigue siendo un continente desconocido, enigmático y misterioso. Mi vocación a ser misionero «Ad gentes», ha traído siempre consigo la especial atracción a tierras lejanas en donde no se conoce a Dios. Los misioneros somos hombres de aventuras que quisiéramos volar hasta los últimos rincones del mundo para gritar a los cuatro vientos que ¡Dios nos ama y es la razón de nuestro existir!  

En este mes de octubre, dedicado a las misiones y al rosario, he traído en la mente y en el corazón esa querida misión de Sierra Leona en la que mi visita, inicialmente programada para un mes, se prolongó por casi cuatro meses maravillosos que nunca olvidaré. He pensado también en aquel viaje que María hizo a las montañas para encontrarse con su parienta Isabel, o en los primeros cristianos que junto a San Pablo «el Apóstol de las gentes» hicieron aquellos viajes para extender la Iglesia. He pensado en san Francisco Xavier, en santa Teresita del Niño Jesús, en san Daniel Comboni o en el beato Guido Conforti, que será canonizado el día del DOMUND. He pensado en nuestros misioneros mexicanos como san Felipe de Jesús, San Margarito Flores, el beato Miguel Agustín Pro y por supuesto en esa mujer excepcional con un corazón sin fronteras: La Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, la próxima beata mexicana fundadora del instituto misionero al que pertenezco desde hace más de 30 años.

La frase de Jesús que impulsa la jornada del DOMUND para este año: “Así os envío yo” (Juan 20,21), el recuerdo de aquella visita a nuestra querida misión de África y la vida de estos misioneros, me ha movido el corazón para compartir en unas cuantas líneas el gozo que tengo de ser misionero, pensando que tal vez, este testimonio, de alguien tan ordinario como yo, mueva el corazón de muchos otros a responder al llamado del Señor.

Mi vocación misionera —lo recuerdo muy bien, porque hay momentos que nunca se van de nuestra mente— viene desde pequeño, cuando veía aquellas pequeñas revistas que llegaban a casa y que hablaban de las misiones en Japón, en Kenya y en otros lugares lejanos en donde con amenos artículos y hermosas fotos, los misioneros mexicanos contaban sus vivencias para llevar el mensaje de salvación a quienes no conocían a Dios. En aquel entonces no pensaba en ser sacerdote, ni entendía muy bien lo que era ser un religioso, pero el espíritu misionero ya corría por mi ser; sobre todo cuando junto con mi hermano veíamos a papá preparar a algunos adultos para recibir los sacramentos de iniciación o a mamá disponiendo lo necesario para sus clases de teología y espiritualidad para sus grupos de señoras. Quizá nunca pensé que sería misionero de tiempo completo, pensaba en «colaborar» con las misiones, pero Dios, que conoce el interior del corazón, vio que esa sería mi vocación para todo el resto de mi vida.

Cuando entré a Vanclar (El grupo misionero “Vanguardias Clarisas”, fundado por la Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento), mi deseo se concretizó al empezar a dar parte de mi tiempo y de mi vida en las misiones de verano y de Semana Santa en Chiapas, en Tamaulipas y en algunos ranchos y ejidos de Nuevo León en donde el sacerdote casi no llegaba nunca.

Yo estudiaba en la Universidad la carrera de Administración de Empresas, para luego continuar con Arquitectura y establecer un buffet de arquitectos, pero el Señor tenía otros planes para mí. En una kermesse, colaborando como vanclarista con las hermanas Misioneras Clarisas (las religiosas fundadas también por la Madre María Inés) mientras conectaba unos cables de luz, arriba de un poste, sentí como si el Señor me hablara y me dijera que quería que le siguiera, porque por otro motivo fuera de él, yo hubiera sido incapaz de hacer lo que estaba haciendo encaramado en aquel poste. Cuando bajé, mi vida empezó a dar un giro totalmente inesperado y el sentimiento de lo que experimenté aún lo recuerdo con fuerza. En aquel entonces tenía yo 15 años.

Un poco después, en mi oración, apenas incipiente, sin decir nada a nadie, le pedía a Jesús que si quería que le consagrara mi vida por entero, me diera una congregación como la de las “Misioneras Clarisas”… ¡Sin siquiera saber que existían ya los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal! 

Cuando tenía 18 años ingresé en este nuevo instituto misionero fundado también por la Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento para dedicarse a la misión “Ad gentes” y apenas en sus inicios. De hecho cuando yo ingresé no teníamos ni siquiera una casa donde vivir. El Seminario de Monterrey nos abrió las puertas y allí vivimos los primeros Misioneros de Cristo.

Las misiones me apasionaban. Recuerdo que me leí la vida de los grandes misioneros y por supuesto, “Historia de un alma”, escrito por Santa Teresita del Niño Jesús, la santita predilecta de Madre Inés que también se hizo mi «amiga» hasta la fecha y me hizo comprender, junto con Nuestra Madre Fundadora, el valor de la entrega de las cosas pequeñas de cada día para afianzar la misión. Nuestra Fundadora murió a los dos años de habernos fundado y dejó en mi corazón una chispa misionera que nada ni nadie, a lo largo de los años, ha podido apagar.

En los escritos de Madre Inés —Notas Íntimas, Estudios y meditaciones, Ejercicios, Cartas, etc.— y en los estudios de filosofía y teología, ayudado además de la vida de muchos y variados santos, beatos, venerables, siervos de Dios y vidas ejemplares de grandes misioneros y gente de bien, fui viviendo el encuentro personal con Jesús, el Misionero del Padre, que me ha acompañado y durante toda mi vida, bajo la mirada amorosa de María su Madre.

Pasaron muchos años para que pisara una de esas lejanas tierras de misión con las que soñaba desde pequeño. Mi corazón era misionero y lo es. Sierra Leona es un pequeño país de 71,740 km² en el Oeste de África que fue colonizado por los ingleses y en el que hace pocos años terminó la guerra. Recuerdo muy bien que cuando me dijeron que iba a ir para allá, mi corazón se llenó de gozo; estaba en Roma y el viaje desde allí costaba sólo tomar un avión a Bruselas y literalmente correr para alcanzar la conexión a Freetown. Mi maleta llegó una semana después y no tenía ni para cambiarme de ropa… Ya en Sierra Leona, me llevaron a Lunsar, a la casa misión de nuestras hermanas misioneras, y al día siguiente llegamos a Mange Bureh, el pueblito situado en un área rural que, como todo el país, carecede electricidad y agua potable y en el que tenemos la parroquia de “Nuestra Señora del Rosario”, en cuyo territorio tenemos la administración de un kínder, seis primarias, una secundaria y una preparatoria. A los pocos días de mi llegada, palpé la malicia de la malaria en algunos de los habitantes del lugar, al mismo tiempo que me encontré con una gente de un corazón noble deseoso de acercarse más al Dios apenas conocido.

¿Qué podía hacer yo allá en poco tiempo? Sin saber su lengua nativa y su cultura. Gracias a Dios, la lengua se me fue soltando al entender un poco de su «inglés», diferente del que yo sabía y al hacerme entender como podía. Los días fueron pasando en la vida ordinaria de una misión. Madre Inés diría: “la misión es pura prosa prosaica” y en todo momento palpé la presencia de Dios. La gente de Mange, los niños, los jóvenes, las señoras y señores de la parroquia, los maestros, en fin, la realidad de cada día modeló mi corazón y lo rejuveneció: La visita a la misión me llenó de esperanza, me trajo alegría, me enseñó el valor del compartir, por encima del valor del tiempo que parecía no correr para ellos. Contemplé la naturaleza, sentí la hospitalidad, valoré más el sacrificio y el esfuerzo y viví una Cuaresma y una Pascua inolvidables.

Una visita de casi cuatro meses a África, me dejó el sabor del don más precioso que hemos recibido de Dios, el don de la vida hecha donación. Mange se convirtió en mi casa por poco tiempo y me marcó para siempre. ¡Me basta cerrar los ojos y volar hasta allá! En nuestros tiempos, los misioneros vamos descubriendo que no es tan difícil viajar a África, y a Mange han  llegaron algunos voluntarios de España y de Italia, de Japón y de México que van a ayudar a todos, donando uno, tres, doce o más meses de su vida. Ya loo decía el beato Juan Pablo II: “La misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal” (Juan Pablo II, Enc.Redemptoris missio, 2).

Sabemos que hoy día la misión está en todas partes, vivimos en un mundo global. El Santo Padre Benedicto XVI nos dice que estamos inmersos en un cambio cultural que está alimentado por la globalización, por movimientos de pensamiento y por el relativismo imperante, un cambio que lleva a una mentalidad y a un estilo de vida que prescinden del Mensaje evangélico, como si Dios no existiese, y que exaltan la búsqueda del bienestar, de la ganancia fácil, de la carrera y del éxito como objetivo de la vida, incluso a costa de los valores morales (cf. Mensaje del DOMUND 2011) y que por eso es importante que tanto cada bautizado como las comunidades eclesiales, estén interesados no sólo de modo esporádico e irregular en la misión, sino de modo constante, como forma de la vida cristiana. El Papa, hablando del DOMUND nos dice que la misma Jornada Misionera no es un momento aislado en el curso del año, sino que es una preciosa ocasión para pararse a reflexionar cómo respondemos los creyentes a la vocación misionera, que es una respuesta esencial para la vida de la Iglesia (cf. Mensaje del DOMUND 2011).

A mí la misión de Mange me ha rejuvenecido el corazón y el alma de manera que me sigo sintiendo siempre en estado de misión, un hombre necesitado de ser evangelizado para ir a evangelizar.

Estoy convencido de que la tarea misional de la Iglesia no es cosa fácil. La salvación nunca ha sido fácil pero es tarea primordial de cada bautizado. Pero desinteresarse de la misión “Ad gentes” significaría para mí, como dice Benedicto XVI en su mensaje del DOMUND 2011 citando al Siervo de Dios Paulo VI : “Ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el prójimo que sufre o padece necesidad” (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 31.34). La Iglesia es misionera por naturaleza. Esta es “la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (PABLO VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 14), y yo, si no fuera misionero, no estaría en sintonía con el comportamiento de Jesús, el cual “recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias” (Mt 9,35). Todavía la cuarta parte del mundo —o sea el 27% de la población mundial— no ha tenido acceso al Evangelio o ha tenido apenas un escaso acercamiento al mismo. Con razón dice Madre Inés: ¡Si no es para salvar almas, no vale la pena vivir!

“La misión universal implica a todos, todo y siempre. El Evangelio no es un bien exclusivo de quien lo ha recibido; es un don que se debe compartir, una buena noticia que es preciso comunicar. Y este don-compromiso está confiado no solo a algunos, sino a todos los bautizados, los cuales son «linaje elegido, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1P. 2,9). La Jornada mundial de las misiones no es un momento aislado en el curso del año, sino que es una valiosa ocasión para detenerse a reflexionar y ver si respondemos a la vocación misionera, y cómo lo hacemos”… (cf. Mensaje del DOMUND 2011).Yo siento dirigido a mi corazón el “Así os envío yo” (Juan 20,21) que pronuncia Jesús, el Misionero del Padre.



martes, 11 de octubre de 2011

Tío Chacho, esa eterna juventud...


El instinto de conservación y la falta de fe, hacen a mucha gente tener horror al envejecimiento irremediable. Hemos hecho como sociedad un mito de la juventud. «Juventud, divino tesoro» dijo el poeta, y perder la juventud muchos lo consideran un drama. Da pena ver a personas maduras y post-maduras, intentar defenderse de la calvicie, de las canas, de las arrugas, de la flacidez... ¡Claro que no logran engañar a nadie y menos detener el tiempo, porque el tiempo pasa de prisa!

Hace un año que tío Chacho nos dejó para regresar a la Casa Paterna. Sus cenizas fueron depositadas en un cementerio marino en la bahía de San Francisco y nos recuerdan nuestra fragilidad. Su vida se fue acabando poco a poco en una larga vida que no restó un sólo día a su avanzada edad según los planes que Dios tenía y que fueron siendo camino de santificación para él y para su inigualable esposa, amiga y compañera, la queridísima tía Rebeca.

La edad de tío Chacho puso la justa medida en lo que Dios le pedía. La enfermedad le fue acercando,—de la mano de tía Rebeca— más y más a Dios, nuestro último fin. La última vez que lo vi, unos cuantos meses antes de su muerte, era ya un anciano que casi no se podía mover y que hablaba con mucha dificultad. La entereza de tía Rebeca, a su lado, en el momento de recibir la unción, luego de confesarse, me dejó ver con claridad que los que nos van ganando en años llevan ventaja a muchos de los frágiles muchachos de última generación. Los dos fueron viviendo su realización plena en la unión matrimonial, en lo próspero y en lo adverso; en la salud y en la enfermedad y uno y otro, como toda gente mayor, fueron llegando a la meta del amor compartido hasta que la muerte da una nueva visión a ese amor.

San Pablo, en una de sus cartas a los corintios escribe: "Por eso no nos desanimamos. Al contrario, mientras nuestro exterior se va destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día. La prueba ligera y que pronto pasa, nos prepara para la eternidad una riqueza de gloria tan grande que no se puede comparar. Nosotros, pues, no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo invisible, ya que las cosas visibles duran un momento y las invisibles son para siempre." (2 Cor 4,16-18)

No escribo todo esto con el afán de que nos resignemos mansamente a lo inevitable, como es la muerte o el envejecimiento. Escribo, por el contrario, porque pienso en tío Chacho como un anciano gozoso que fue llamado por Dios y porque pienso en la fortaleza de tía Rebeca, heroica como las grandes mujeres de la Biblia. A lo largo de los años las canas y arrugas de los dos, fueron transformando sus rostros y la incapacidad para moverse de tío Chacho fue transformando su cuerpo hasta quedar como el de Cristo bajado de la cruz. Todo se fue convirtiendo en ellos dos en signos del gozoso llamado de Dios a hacer su voluntad. Y las enfermedades y achaques que se le fueron multiplicando y complicando a él le decían lo mismo a tía Rebeca y a todos: la meta está siempre cerca. Pronto el vería a Dios. 

Vivimos normalmente un determinado número de años, habiendo sufrido, como todo mundo, pocas o muchas enfermedades pasajeras. De repente un buen día, descubrimos con pena que tenemos azúcar, o cáncer, o artritis, o alta presión, o esclerosis y ese cuerpo tan fiel, tan duradero, tan útil, se empieza a desmoronar irremediablemente. Y después de muchos o pocos cuidados, en un plazo más o menos corto, morimos... caemos fulminados por un paro cardíaco o perecemos víctimas de un accidente fatal.

Al final, de una manera u otra, todos morimos. Nadie absolutamente escapará de la muerte. Es la realidad más irrefutable del mundo. Desde que somos concebidos en el vientre de nuestra madre, somos por definición, mortales. La muerte es el trance definitivo de la vida. Ante ella cobra todo su realismo la debilidad e impotencia del hombre. ¡Un misterio!
El gran San Ignacio de Antioquía, anciano y camino al martirio, avanzaba gozoso al encuentro con Dios y escribe a los romanos: "Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre. No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo»".

¡Qué maravilla llegar a comprender que la muerte es el inicio de la verdadera vida y que todo esto, en medio del sufrimiento y del dolor, del gozo y de la alegría, de la sorpresa y la esperanza, no ha sido sino un ensayo, un camino, una invitación sean los años que sean!

Tío Chacho ya perseveró y descansó. ¡Dale Señor el descanso eterno y brille para él la Luz Perpetua! Descansó aquel chiquillo travieso, descansó aquel adolescente inquieto, descansó el joven aventurero, el esposo providente, el padre fiel, el hermano, el primo, el tío, el amigo; descansó de las luchas y fatigas de esta vida y ahora, bajo la mirada consoladora de María, ve la luz para siempre, sin sombras de muerte, sin tinieblas de angustias, dudas o ignorancias esperando la llegada, algún día, de tía Rebeca y de todos los demás para contemplar juntos la luz total de contemplar la gloria de Dios en todo su esplendor, en la consumación del amor perfecto y eterno que ese si es «La Eterna Juventud».

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 30 de septiembre de 2011

¡Qué reine el Dios de la Vida!... Defensa la vida desde su concepción...

"Para la Iglesia Católica, la defensa de la vida desde el seno materno no emerge de una postura dogmática ni de un afán por imponer sus propias ideas, sino de la certeza que la ciencia moderna nos brinda y de la convicción ética de su responsabilidad de salvaguardar la vida humana en cualquier etapa de su desarrollo, como base y fundamento de la convivencia social" afirmó el Cardenal Norberto Rivera, en el marco del día —29 de septiembre, en que se festejan los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael— en el que la Corte Suprema de la Nación no alcanzó la mayoría legal de votos para derribar las reformas constitucionales que blindaron la vida ante el aborto en México.

Ahora que se ha manifestado en pleno, el respeto por la vida, quiero, mediante este artículo, manifestar mi punto de vista y compartirlo con todos ustedes, mis queridos lectores, que aman la vida. El aborto — es evidente — es un asesinato. Porque todos sabemos que desde el momento de la concepción ya hay vida. La vida no pude iniciar de otra manera, (incluso tantos descubrimientos científicos actuales como la fecundación in vitro requieren de un óvulo y un espermatozoide). ¿De qué otra manera podremos llamar a la acción de interrumpir la vida, si nos es con la palabra «asesinato»?

Por pequeño e insignificante que parezca aquel ser que vive dentro de otro sus 9 primeros meses de vida, ha sido creado por Dios como ser humano, y es claro que «tiene vida». San Pablo, en una de sus múltiples enseñanzas, nos dice: «Este Dios que honran sin conocerlo -les decía-, éste les vengo yo a anunciar. Dios, que ha hecho el mundo y cuanto en él hay, es el Señor de cielo y tierra y no habita en templos que las manos del hombre edificaron, ni recibe honor con las obras de esas manos, como si necesitara de alguna cosa, ya que a todos da la vida, la respiración y todas las cosas... Los hombres deben buscar a Dios y esforzarse por tocarle con sus manos, pues no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en Él tenemos vida, movimiento y ser; y, como algunos de sus poetas dijeron somos raza de Dios. Si, pues, somos raza de Dios, no debemos creer que sea la divinidad semejante al oro o a la plata» (Hech 17,23-29).

El Beato Juan Pablo II, en la visita que hizo a México en 1999 decía: ”El progreso actual, sin parangón en el pasado, debe permitir a todos los seres humanos asegurar su dignidad y ofrecerles mayor conciencia de la grandeza de su propio destino. Pero, al mismo tiempo, expone al hombre -tanto al más poderoso como al más frágil social y políticamente- al peligro de convertirse en un número o en un puro factor económico (Cfr. Centésimus annus 49). En esta hipótesis, el ser humano podría perder progresivamente la conciencia de su valor trascendente. Esta conciencia -unas veces clara y otras implícita- es la que hace al hombre distinto de todos los demás seres de la naturaleza”. (JUAN PABLO II, “Encuentro con el cuerpo diplomático”, México, 23 de enero de 1999). Pienso, en definitiva, que todo este asunto de buscar la legalización del aborto, responde a esa visión torpe y cerrada que busca convertir al ser humano en «un número o en un puro factor económico» y que hace que se pierda todo valor trascendente. Basta ver lo que una inmensa masa de nuestra sociedad de «creyentes» ha hecho con los valores.

En medio de todo esto, que nos permite contemplar a los que creemos en Dios el don de la creación y reafirmar nuestro amor a la vida, podemos pensar: Dios me da la vida, la respiración y todas las cosas. Vivo en Él. Yo soy de Dios (Cf. Sal 72,28). Sí, todo este mundo maravilloso y variado de la gracia en las almas es creación de Dios: todo hombre, toda mujer, es obra de sus manos. San Juan nos dice que hemos nacido de Dios (Jn 1,13). ¡Qué cerca está Dios de todas sus criaturas, presente en todo, sabiéndolo todo! (Sal 138,5ss). Le pertenezco a Dios, me ha creado, me ha llamado a la existencia, me ha creado a su imagen y semejanza. ¡Tuvimos el regalo de nacer!

Las criaturas, esencialmente, no son otra cosa que pensamientos, imágenes, ejemplos vivientes de la bondad creadora de Dios. Existen en cuanto Dios quiere y opera; y su existencia, su esencia y acción son como imágenes o reflejos de su bondad y de su hermosura desde su concepción. Se las podría comparar, bien entendido, a rayos que emanan de Dios como de su propio sol. Y a la manera que los rayos nunca se separan del sol, las criaturas, desde que empiezan a existir, nunca se separan de su Dios. Existen por Dios, con Dios y en Dios. Ningún ser reposa en el seno de su origen como el ser humano reposa en el seno de su Creador, porque está concebido a su imagen y semejanza. Y está en Dios por su pasado, por su presente y su porvenir. El ser humano pertenece a Dios como causa de su origen (causa exemplaris), como a causa de su existencia (causa efficiens) y como a causa de su felicidad (causa finalis).

La finalidad de la creación, según san Pablo en la Carta a los Efesios, cuando dice: «Por cuanto que en Él nos eligió antes de la constitución del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante Él en el amor, y nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad» (Ef 1,4-5), evidencia nuestra llamada a ser hijos en el Hijo y a ser santos desde que nos eligió para vivir. Esta idea central nos permite comprender el misterio de la creación del hombre (El relato de la creación del hombre está en Gen 1,26-2,3). El hombre fue creado «a imagen y semejanza de Dios». ¡Esto no se dice de ninguna otra criatura! Es más, en el relato de la creación, luego de crear los seres y las cosas, el escritor sagrado dice: «y vio Dios que era bueno», pero, cuando se trata de la creación del hombre, nos dice: «y vio Dios que era muy bueno». Esto es una señal de que en el hombre la creación había alcanzado su cumplimiento. ''La gloria de Dios es el hombre viviente" decía San Ireneo (Adv. Haer., lib. IV 20,7,184). La belleza del salmo 8, entre otros salmos, relatos y pasajes bíblicos del Antiguo Testamento nos habla de ello.

Esa vida humana no es sólo la de una realidad de un animal racional, sino un «misterio» en todas sus fases, un don de Dios, un reflejo de la vida divina creado a "imagen" del mismo Dios (cfr. Gen 1,26-27). El ser humano ha sido «coronado de gloria y esplendor», canta el salmista en el salmo 86. El valor de la vida, presente dese la concepción de un nuevo ser, se mide por su trascendencia, pero es ya valor en sí mismo. "La gloria de Dios es el hombre viviente y la vida del hombre es la visión de Dios" (San Ireneo, Adv. Haer., lib. IV 20,7,184). El fin último de la vida humana está en Dios. La espera de la vida eterna estimula «la preocupación de perfeccionar esta tierra» (GS 39).Por esta tensión hacia el más allá, la vida humana, desde que empieza a existir en el seno materno trasciende la muerte.

En medio de toda esta controversia que ha surgido en nuestro país y en la que, finalmente —por lo menos hasta ahora— ha vencido el bien y el amor a la vida, y con la que se animan más nuestros corazones para seguir buscando la recuperación de la paz nacional en la confianza y en la solidaridad, nosotros, los que creemos y confiamos en el amor de Dios, podemos defender la paternidad de Dios y el valor de la vida. ¿No es acaso nuestro Padre en el orden natural y en orden sobrenatural? ¡Es el Padre que pensó en mí y me trajo a este mundo! Este es el misterio de la creación: por un lado pobreza, indigencia, debilidad, nada; por otro, lo grande, lo sublime, lo divino. “Tenemos que estar convencidos de que Dios es nuestro Padre y que nos ama. Y por tanto hemos de ser consecuentes con este amor sin límites que nos tiene.” (Matilde Núñez, “Ejercicios Espirituales Inesianos”, Manuscrito, Roma 1995, p. 12). Dios hizo en el hombre una criatura a su imagen y semejanza, de tal manera que si el hombre prescinde de Dios para hablar de la vida y prescinde del amor a la vida para hablar de los «derechos de la vida», no puede comprenderse en absoluto y entonces la defensa de la legalidad del aborto resulta contradictoria en sí misma. Prescindir de del amor a la vida para defender derechos significaría negarse, suicidarse moralmente. "Creación, evolución, historia..., todo es un libro abierto que habla de «Alguien»" (Juan Esquerda Bifet, "El Padre os ama", editorial O.M.P.E., México 1998, p. 15).

De la naturaleza del hombre, que es criatura, puede deducirse, en general, su concepción, su destino y su fin. Su primer deber, su solo y completo deber, es reconocer a Dios como su Criador y Padre, y reconocerse a sí mismo como criatura de Dios que no se pertenece a sí mismo. De manera que «interrumpir un embarazo» es acabar con algo, o mejor dicho «alguien» que ya tiene vida, aunque sea dentro de su propia madre o de una madre en alquiler como se estila ahora para algunos excéntricos que «poco» o «casi nada» entienden del valor de la vida como don.

En todo momento los hombres y mujeres de fe podemos dar gracias a Dios y reconocer aún en medio de las tinieblas y contradicciones de la vida, la bondad con que Dios nos ama —aún en una situación dolorosa tan concreta como ésta—. Yo sé que hay maldad en el mundo, no lo niego ni me ciego ante ello. Y pienso también en tantas situaciones difíciles para algunas mujeres, que, por alguna situación sumamente dolorosa, han quedado embarazadas sin desearlo o si quiera imaginarlo, pero como creyentes tenemos que estar convencidos de una cosa: ¡Dios no abandona! y ejemplos vivos hemos visto muchos, de lejos y de cerca y además, hemos palpado la felicidad de aquellas vidas a las que se les dio la oportunidad de vivir.

En uno de sus escritos más hermosos, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribió: “Más que dulce es pensar que soy de Dios, que de Él salí y que a Él debo volver. Que desde toda la eternidad Él me tiene en su mente, que soy: Un pensamiento de Dios, un deseo de Dios, un latido de su corazón”. (“Ejercicios Espirituales”, 1941).

Luego de leer este pensamiento, creo que uno queda totalmente convencido de que el embrión humano, desde su concepción humana, y aún desde que está en el seno de Dios, tiene ya la programación de toda su vida posterior. La misma Madre María Inés en una carta que dirige a una religiosa y en el que toca el tema de la vida le dice: “... cuando fuimos concebidos éramos una cosita insignificante, casi imperceptible, pero llegó del cielo el alma infundida por Dios en ese incipientísimo embrión, y nos fuimos desarrollando tan paulatinamente que, ni nuestra mamá se daba cuenta de ello, hasta que pasados más o menos unos dos meses, empezó a sentir que un ser se movía en su seno. ¡Qué maravillosa es la creación del ser humano!”. (Carta personal, 22 de junio de 1973).

Así, en nuestra reflexión, surge una serie de preguntas que valdría la pena compartir en torno a este debate: ¿No nos convendrá pensar en Dios, que piensa en nosotros continuamente?, ¿no nos convendrá consagrar a su agradecimiento y amor una vida y unas facultades que, continuamente, estamos recibiendo de Él desde que estábamos en el seno materno?, ¿no nos convendrá que, con nuestros pensamientos, seamos siempre de Él, ya que siempre hemos estado en Él por virtud de nuestra existencia física desde la concepción?, ¿no nos convendrá amar a un Dios que nos ama tanto que nos ha creado por puro amor y ha pensado siempre en nosotros?, ¿no nos convendrá morar en Él de corazón, ya que es nuestra más antigua morada, nuestra morada verdadera?

Si siempre estuviéramos ocupados en alabar, en reverenciar, y en servir a Dios, con lo que somos y hacemos, no haríamos nada de más ni de menos. Dice san Pablo: «Para nosotros no hay mas que un Dios y Padre, de quien todo procede y para quien somos nosotros» (1 Cor 8,6). Si somos criaturas, debemos dejarnos llevar por la Providencia amorosa de Dios, ese Padre bueno y cariñoso que pensó en mí, ese Hijo admirable que dio su vida para salvarme, ese Espíritu de Amor que vive en mí. Si nos vemos siempre como criaturas de Dios, si siempre le servimos, entonces la verdad está con nosotros; lo demás es mentira y desorden evidente.

La vida debe ser defendida y por supuesto «amada», porque solamente así nuestra sociedad será lo que debe ser. Ese es el verdadero problema, no el nacimiento de los niños, no la concepción de nuevos seres, sino el mundo que vienen a encontrar, el espacio que les damos para crecer, el entorno de «amor» o «desamor» que les podemos ofrecer. Decía el santo Cura de Ars: “Dios nos ama más que el padre más bueno y la madre más tierna... Si supiéramos lo que Dios nos quiere, nos moriríamos de felicidad”. Meditar bien en esta verdad, de que somos criaturas de Dios y le pertenecemos, es echar sólidos fundamentos de humildad, hacernos fáciles y naturales en la oración y el trato con Dios, hacernos inseparables de Dios y allanar el camino que conduce a la perfección, porque este es el fundamento de la santidad. El santo más grande será aquel que deduzca todas las conclusiones de esta verdad —a saber, que es criatura de Dios—, y haga de ella la completa y sola regla de su vida. Con razón decía san Agustín: “Dios es Amor y lo es en todo. Esta verdad, si se cree enteramente, consigue transformar nuestra vida”.

El Papa Benedicto XVI dice: “La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces «vivimos»” (Spes Salvi 27). ¡Cuánto amor a la vida le falta a toda esa gente que anda metida en esos líos! El misterio del Padre Dios impregna con su luz y calor toda la vida humana, el Padre se hace encontradizo con sus hijos en Jesucristo, en la presencia materna de María, en los acontecimientos, en fin, recorre toda nuestra vida, es la Providencia de Dios que se hace misericordia para salir a nuestro encuentro.

En un pueblito de Jalisco, en México, llamado "San Isidro", me acercó en una ocasión un viejecito, sentado en una banca ede la plaza del pueblito, y me dijo que quería confesarse, porque luego de ver pasar a Jesús en la Eucaristía, en una procesión que hicimos, sintió que Dios le llamaba a convertirse. Tenía muchos años sin acercarse a recibirlo, ¡más de cuarenta! Me dijo con lágrimas en los ojos: "sé que Dios me sigue esperando y no lo voy a dejar con los brazos abiertos, me hizo para él, lo quiero tener dentro de mí y morir en paz".

Aprovechemos toda esta situación para meditar, invitemos a la Virgen María a que nos acompañe en el deseo de la defensa de la vida, ella, la criatura más pura, nos alentará. Ella nos muestra el rostro materno y misericordioso de Dios, oncibiendo en su seno al Salvador y dando a luz a su Hijo Unigénito envolviéndolo en pobres pañales. ¡Aquel pequeño niño, que vino al mundo en una situación humanamente tan adversa, es el Salvador del mundo! ¡Es el Dios de la Vida!

Quisiera terminar ete artículo, reflexión, o como se le quiera llamar, con unas palabras del Santo Padre en su encíclica Spes Salvi que dicen: “La vida humana es un camino. ¿Hacia qué meta? ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su «Sí» abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)” (Spes Salvi 49).

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

martes, 23 de agosto de 2011

Las reliquias de los santos y su veneración...

El tema de las «RELIQUIAS» constituye un punto de espanto para nuestros hermanos «esperados», —como llamo yo a los «hermanos separados»—. Me gusta más el término «hermanos esperados», porque generalmente es gente que se ha ido de la Iglesia y los estamos esperando de regreso a casa.

Desde la época de los mártires —por cierto todos ellos católicos porque no había nacido otra Iglesia en aquella época— la Iglesia le ha dado reverencia especial a esos cuerpos que sirvieron en su momento de testimonio de fidelidad a Jesús y su Evangelio, más tarde esta reverencia se le dio también a los cuerpos de los Santos que en su momento fueron ungidos en el Bautismo como morada del Espíritu Santo y que actualmente alaban al Cordero delante del Trono de Dios.

Las catacumbas, en aquellos tiempos, eran cementerios bajo tierra en donde eran enterrados los cristianos. En ese lugar se sentían más protegidos para celebrar la Eucaristía y también allí guardaban, celosamente, para la veneración de los fieles las reliquias de aquellos que habían sido martirizados. Asi es como fueron surgiendo las "Reliquias" que existen en algunas de nuestras Iglesias y que a las que muchos fieles atribuyen sanaciones milagrosas, lo mismo que la veneración a objetos que tocaron el cuerpo de los santos o han sido tocados a sus restos mortales.

La palabra reliquia viene de la palabra «restos»; la reliquia de un santo o beato son los restos del cuerpo o de una vestimenta de quien fuera un «santo», es decir, alguien que vivió en serio el Evangelio y se jugó la vida de manera heroica, por el Señor. También se consideran reliquias los fragmentos de tela tocados a los restos mortales del santo, beato, venerable o siervo de Dios.

Nuestros hermanos protestantes «esperados» se asustan con esto, quizá olvidándose de que aún en la traducción de la Biblia, como la Reina Valera tan utilizada por ellos, se encuentra el pasaje del segundo libro de los Reyes capítulo 13 versículo 21 que dice así: «Y aconteció que al sepultar unos a un hombre, súbitamente vieron una banda armada y arrojaron el cadáver en el sepulcro de Eliseo; y cuando llego a tocar el muerto los huesos de Eliseo revivió y se levantó por sus pies».

Pues bien, ¿qué les parece? es Eliseo, ese personaje tan conocido del Antiguo Testamento quien nos sirve para autenticar las reliquias de los santos. Habrá entonces qué preguntarnos si se podrá acusar a un profeta con el espíritu del Profeta Elías de idólatra.

La Biblia nos dice que los huesos de Eliseo no solo sanaron, sino revivieron a un muerto. Este es, a grandes rasgos, el antecedente y la justificación Bíblica de las reliquias que tenemos de los santos, que si bien los huesos de Eliseo no estaban expuestos a la veneración, nadie puede, después de haber leído el pasaje, puede negar que tenían la virtud de sanar. Para el hombre y la mujer de fe, las reliquias expresan la santidad a la medida humana: lo concreto, lo físico, lo tangible, lo que podemos tener como un recuerdo que nos aliente a buscar también nosotros la santidad.

Hay otras partes de la Sagrada Escritura que hacen referencia a las reliquias, especialmente en los términos de sanación. Algunos de estos sucesos se encuentran narrados en Mt 9,20-22; Hch 5,15; y Hch 19,11-12.

Las reliquias se dividen en varios tipos. Están en primer lugar las de «primera clase» o también llamadas de primer grado, que son «el cuerpo o los fragmentos del cuerpo de un santo, como carne, cabello, sangre, uñas, cenizas o un hueso». En segundo lugar están las reliquias de «segunda clase» o segundo grado, que son algo que le perteneció a la persona como ropa, un rosario, un libro —o los fragmentos de esos objetos—. Finalmente tenemos las reliquias de «tercera clase» o tercer grado, que son objetos que han sido tocados a una reliquia de primera clase o al sepulcro de la persona. 

Debe quedar muy claro que las reliquias no son mágicas. Éstas no contienen un poder propio, un poder separado de Dios sino que el Señor las utiliza como un medio para hacer sus milagros porque quiere dirigir nuestra atención a los santos como «modelos e intercesores».

En cuanto a la forma en la que deben ser conservadas, se puede decir que el mayor honor que puede concederle la Iglesia a una reliquia es colocarla dentro de un altar, donde se pueda celebrar la Misa o colocarla en un lugar especial para la veneración de los fieles. Durante los primeros siglos de la Iglesia era tradición construir un templo sobre la tumba de un santo, como es el caso de las basílicas de San Pedro y la de San Pablo de Extramuros, en Roma, donde la tumba de cada santo está debajo del altar.

De esta manera vemos que la práctica de tener las reliquias en un lugar especial data desde los primeros siglos de la Iglesia. De hecho, los sepulcros de los mártires eran los altares más valiosos para la liturgia. Otra alternativa más actual es colocarlas en un nicho devocional donde la gente pueda venerarlas. Tales santuarios son importantes porque proporcionan a la gente una experiencia más profunda de la intimidad con el santo o beato.

La Iglesia no prohíbe que los laicos posean reliquias. Todo laico puede tenerlas en su casa. Sin embargo, debido a los numerosos abusos perpetrados contra las reliquias —como la venta o el descuido—, la Iglesia ya no entrega reliquias de primer grado a los individuos, ni siquiera al clero si no es para la veneración pública en algún templo.

En las ceremonias de beatificación y canonización siempre se presenta una reliquia de primer grado del beato o del santo. Tras la beatificación, la Iglesia Católica solo permite la devoción local. Es decir, la devoción en los países en donde el beato vivió o desarrolló su obra o apostolado. Luego de la canonización, la Iglesia ya permite una devoción universal.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

sábado, 30 de julio de 2011

¿Y tú… ¿qué traes en tu bolsa?

Las mujeres, desde tiempos ancestrales, han estado acostumbradas a cargar con una especie de morral o por lo menos de bolsa de supermercado elegante bajo el brazo o sobre el hombro. Muchas de ellas se han hecho acreedoras al título muy merecido de “chachareras”. ¿Por qué chachareras?, pues porque acarrean con cuánta cháchara se les ocurre meter dentro de su bolsa de mano, sin la cual por supuesto, no pueden salir jamás a la calle.

La bolsa de mujer antes de salir de casa se preparara a recibir cuanto objeto podamos imaginar… ¡Virgen Santa, qué inmensidad![1] Que si el fijador, que si el pintalabios perfecto, que si la sombrita y el delineador para transformarse los ojos, que si el rímel y el pinta cachete, que si el labial, que si el enchinador de las pestañas, o como vi hace poco: ¡Una cuchara para ese fin!, el lápiz para las cejas, etc. y allí van todas esas herramientas  y artefactos extraños de belleza para retacar la bolsa y de allí al asiento del carro, del metro o del camión… ¡algo les faltó!, por si hay que darse una manita de gato o un zarpazo de tigre antes de llegar al trabajo, desayuno, reunión, clase de Biblia o lo que sea porque hay que estar bien presentada para los demás.

Obviamente que ya la bolsa con todo lo que se ha metido a última hora ha quedado bastante llena, pero durante el día, se expandirá considerablemente y seguirán echándole cosas; el celular con su cargador (por si las moscas… se le puede ofrecer a alguien) y el montón de colguijitos que suenan; la agenda electrónica y la tradicional por si falla la otra; el lunch y una coca light, sacarina o nutrasweet y unos sobrecitos de crema para el café con el vasito de plástico plegable (son dos raciones de todo, una para compartir).


No puede faltar un par de chanclitas ligeras, pañuelos desechables y demás cosas personales inmencionables aquí; una lima y una pintura para las uñas, amén de acetona y esponjitas para separar los dedos de los pies por si hay tiempo de pintarse; papeles acumulados como: Recibos de pagos propios y notas con encargos ajenos para pagarle a alguien el recibo, un block de notas, un lapicero, por supuesto sacapuntas, un pequeño directorio de teléfonos, fotografías de seres queridos, y… ¡la cartera!, ¡uf!; la cartera con sus varios compartimentos para tarjetas de crédito, débito, tarjetas de descuento y credenciales varias de identificación, la chequera, el monedero, y hasta un pequeño estuchito de manicure que consiste en un par de tijeritas, un corta-uñas, una limita discreta (otra a parte de la que ya se mencionó), un palillo y una navajita de cortar porque alguien los puede necesitar.

No obstante que el peso de la bolsa ya gime pidiendo esquina al levantarle, todavía cualquier mujer no se convence de estar tan segura de no querer atiborrarla más con un botiquín completo por lo que pudiera suceder en el trabajo o en la piñata del sobrinito: Un par de aspirinas, curitas o venditas, un frasquito pequeñito de alcohol, y una latita chiquita de Vick… en algunos casos muy cercanos a nosotros, observamos también “Vitacilina” ¡A qué buena medicina!., hipoglos, q-tips, desinfectante, repelente, y un botecito pequeño de gas lacrimógeno.

Y por supuesto lo que nunca falta en una bolsa como corolario, es una fragancia para la ocasión, bueno, dos, una locioncita por si se da un encuentro afortunado y con mucha frecuencia un perfume tamaño mini de “muestra gratis”, una crema para las manos, un spray de canelita o chicles de menta para refrescar el aliento, un aromatizante pequeño, (aunque hemos llegado a ver bolsas con “Pinol” tamaño mediano), etc. está además una pequeña selección de anillos, aretes, collares y pulseras que serán utilizadas además para préstamo a alguna amiga o familiar a la que no le combine algo..

Caray; parece que sólo nos faltó meter al perrito Chihuahua dentro de la bolsa, pero, faltó también algo esencial: ¡el pasaporte!, por si se ofrece de repente ir a Macalear o a Laredo. Por cierto, si el perrito de casa no cupo dentro de la bolsa, sí ha quedado un lugarcito para el paraguas por si llueve, un par de llaves extras del coche y de la casa, y hasta la correspondencia para revisar en el camino, puf; cuántas cosas necesitan las mujeres para salir a la calle. Ocasionalmente irán adentro otras cosas, como el Misal del domingo, un Rosario con aroma a rosas y unas medias de repuesto… a lo mejor también algunos componentes de entretenimiento. Es decir, un libro, una usb o un mp3 o en las de las señoras más mayores, el tejido con una bola de repuesto y la revista con las instrucciones. Si la mujer es muy católica estará presente, además del misal, la novena en turno, estampas de san Judas, san Antonio, santa Teresita y la oración del Ángel de la Guarda y tal vez una Biblia en edición de bolsillo.

Esto hace muy comprensible darse cuenta de que cuando una mujer busca algo no lo encuentra y tiene que vaciar la bolsa completa para hallarlo rápido, ¿conoces a alguien a quien le haya pasado? Creo que a muchos nos ha tocado ver a algunas mujeres: amigas, familiares, la esposa, etc. sacar de sus bolsas cosas tan raras como pantuflas, piedras, herramientas grandes (he llegado a ver martillo y desarmador), y un sin fin de cosas que nos tomaría siglos mencionarlas en este pequeño ensayo sobre la bolsa de mujer.

Lo que guarda una bolsa de mujer, es un dilema nunca entendible por un hombre. De allí, pueden salir fácilmente, si la susodicha es educadora, ¡Conejos y enanos de Blanca Nieves! (en foamy o de plástico), que muchas veces se vienen del kinder al acabar la faena diaria, lápices enormes de un amarillo intenso y cinta scotch si es estudiante, algunos planos en miniatura si es una arquitecta. Planeaciones de juntas y discursos del jefe si se trata de una secretaria y una bolsita con detergente… ¡por si se ofrece! entre una especie de oficina portatil, pudiendo encontrar allí grapadoras, miniguillotinas, clips y por supuesto papelitos auto adheribles para recados.

Resulta maravilloso comprobar todo lo que puede viajar en una bolsa, y el acomodo de la misma, incluída en de la mujer moderna, el lector electrónico y su cargador. Al fondo y un poco escondido, se encuentra el dichoso celular y un conector usb —todo esto enredado entre los mismos cables—, por ello llamar a una mujer mientras va de camino es perder el tiempo en querer que responsa pronto, jamás lo escuchará o no lo podrá sacar porque intentará primero encontrar la bolsita de aprove de Soriana que echó adentro para poder vaciar el contenido de la bolsa y encontrar el celular, de allí irán saliendo las mil y una cosas que utilizan en los arreglos cotidianos, otro pintalabios, pestañas postizas, maquillajes, papeles, exámenes, plumas, más colores y servilletas, monedas, una que otra etiqueta de ropa y cuanta cosa se pueda uno imaginar antes de que por último, salte el celular ¡descargado!

Qué importa que del baúl de la mujer salgan volando mariposas y colibríes, duendes, gatos y perros de papel y todos los personajes de los cuentos infantiles, puños de llaves o coloretes. La bolsa nunca se llenará y cabrá más y más porque sabes qué… esa bolsa es como el corazón que sabe amar al estilo de la Virgen María… ¡Todo cabe allí pensando en los demás, porque a fin de cuentas muchas de las cosas de una bolsa de mujer,  no son para ella, son para los demás!

En los últimos años hemos visto una tendencia muy marcada: los hombres ya tenemos que usar bolsas porque hay que cargar algunas cosas que antes no utilizábamos. Y esto no está mal, al contrario, quiere decir que ahora podremos empezar a entender un poco sobre lo que el mini universo dentro de una bolsa de mujer vale y lo útil que puede llegar a ser utilizar este accesorio.

Si se trata de un estudiante, probablemente hay que cargar con la laptop y algunos libros, por lo tanto se ocupa una bolsa o portafolio amplio con compartimentos que permitan acomodar el celular, los audífonos, etc. Si es alguien que trabaja, probablemente ocupará una bolsa con pequeñas divisiones en el interior para separar las cosas como documentos (pasaporte, visa, credenciales) y un bolígrafo, el cepillo de dientes, etc. Si es alguien que todo el día anda en la calle, que gusta de ir al gimnasio, o viste muy relajado, entonces será una mochila  en donde se pueda meter un cambio de ropa, accesorios (lentes de sol, toalla, productos para el cabello, etc.)

Como digo, el utilizar bolsa ya no es exclusivo de las mujeres aunque nosotros le llamemos "backpack", "mochila" o "portafolio". ¿De qué lo iremos a retacar? Eso será tema para otra vez.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

[1] Con todo respeto me pregunto ¿Cargaría bolsa la Virgen María? Yo creo que sí.