viernes, 12 de diciembre de 2014

La Misa del Papa Francisco en honor de Nuestra Señora de Guadalupe...

«La Virgen de Guadalupe, nos enseña a vivir con la prisa del anuncio de la Buena Nueva…

HOMILIA DEL 12 DE DICIEMBRE DE 2014 EN COSTA RICA

Como cada año, nos reunimos como familia Inesiana a celebrar en la Eucaristía el acontecimiento Guadalupano. Nuestra Madre la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, nos la dejó como Patrona Principal. Ella quiso que la Santísima Virgen de Guadalupe fuera el alma del alma de Nuestra Familia Misionera.

 

María es Misionera, Ella nos enseña a vivir así.... ­¡Se encaminó presurosa! dice el Evangelio que acabamos de escuchar. Se dirigió a servir a su parienta Isabel, a llevar el gozo de Cristo. A darle al Señor.

 

Al celebrar a Santa María de Guadalupe, celebramos a la Madre Misionera. Ella, la llena de gracia, es la Madre del amor hermoso, la Madre del verdadero Dios por quien se vive y que debe ser conocido y amado por todos.

 

María se encaminó presurosa a las montañas de Judea... ella es la misma María que, vestida de Guadalupana, se encaminó también a nuestro Continente hace casi 500 años a traer la fe. Ella, la llena de gracia, no puede permanecer ni un solo instante sin mostrarnos a su Hijo, el Hijo del verdadero Dios por quien se vive.

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Hoy con ella, estamos de fiesta. ¿Qué nos dice a todos el celebrar esta fiesta un año más y ahora de una manera extraordinaria, con representantes de casi todas las ramas de esta obra misional de la beata María Inés? 

 

La Madre del Cielo, con la tierna y maternal sonrisa que caracteriza su Imagen de Guadalupe nos invita a vivir en fiesta nuestra misión. Hoy, ante su bendita imagen debemos cuestionarnos... ¿Qué tanto me encamino yo también presuroso, siguiendo la voluntad de Dios como misionero, como misionera, al encuentro y al servicio de mis hermanos? 

 

Nuestra beata madre fundadora vivió el ansia misionera. Nosotros somos sus hijos, nos dejó el amor entrañable a la Morenita del Tepeyac que se encamina presurosa al ver que muchos, en nuestras tierras de América, no habían  escuchado hablar de su Hijo porque no lo conocían. Nuestra Madre sintió la misma ansia y sintonizó con Ella en ese ir presurosa, porque, como ella misma decía: “Si no es para salvar almas, no vale la pena vivir”. 

 

Nuestra Madre fundadora, cuyas reliquias yacen ahora a los pies de esta imagen sagrada, quiso, al llevar el conocimiento de Cristo a todos, llevar también el amor a tan dulce Madre y nos dice: "Así pagar‚ a mi dulce Madre un poquito de lo muchísimo que le debo... quisiera que todas las almas de los infieles se enamoraran de María, que la amaran con la ternura y confianza que el niño pequeñito ama y espera todo de su Madre" (Notas I. 10, dic. 1940).

 

Hoy la familia Inesiana está de fiesta en el mundo entero. Es la celebración de Nuestra Patrona principal, es la Celebración de la gran familia: Misioneros de Cristo, Misioneras Clarisas, Misioneras Inesianas y Vanclaristas nos congregamos en esta Casa Pastoral, en esta Casa de Misión para celebrarla. 

 

En nuestros tiempos, hermanos y amigos, hay también muchos que aún no conocen a Jesús, aquí, muy cerquita, tal vez en nuestro mismo barrio, en nuestro mismo grupo de amigos... 

 

Hoy es fiesta de toda la familia Misionera pero también es día del Vanclarista. Día del misionero seglar que la beata soñó, para que Cristo llegara hasta los últimos rincones de la tierra. Pequeños, grandes, solteros, casados, en fin... una vocación para muchos. Una vocación que no es un adorno. Ella los llamó "Brazo derecho" ¿saben lo que eso significa? "Brazo derecho" y lo dice un alma netamente misionera que no tuvo tiempo de quedarse en planeaciones que nunca se realizan, en ilusiones que nunca se ponen en práctica, en lamentaciones de pequeños o grandes fracasos.

 

EL Vanclarista es Misionero y si no está  viviendo ese ser, si se reúne para todo, menos para dar a Dios a los demás, si vive y conoce de todo lo del mundo, menos a Dios, si se llena de todo menos de Dios... ¿Qué es?

Ustedes lo saben... nada.

 

María se encaminó presurosa... ¿cuánto tiempo más podrá esperará  Ella a que nos encaminemos por la senda trazada por Nuestra Madre? ¿cuánto tiempo más tendrá  que esperar el mundo para ver nuestra acción misionera?

 

Todos los que estamos aquí en esta Eucaristáa en donde el Misionero por Excelencia quiere venir a nosotros, sabemos lo que se espera de nosotros. Somos hijos de un corazón misionero que no conoció fronteras de ninguna clase. Un corazón como el de María, sin fronteras para Dios, sin fronteras para los hermanos, un corazón que en todo sintoniza con el la prisa guadalupana por evangelizar, que s la única precisa que deberíamos tener. 

 

Hermanos y Hermanas. El acontecimiento de las apariciones de la tierna Morenita, algo nos debe de decir: Como Misioneras Clarisas, esposas de Cristo, consagradas a El a imitación de María; algo nos debe de decir a los Misioneros de Cristo, que queremos ser apóstoles del verdadero Dios por quien se vive; algo quiere decir a nuestras hermanas Misioneras Inesianas que en medio del mundo llevan a Cristo con prisa en medio del mundo como consagradas; algo debe decir a los Vanclaristas en su día, hombres y mujeres que van por el mundo como san Juan Diego, en su condición de laicos buscando a Dios... ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?

 

La beata, esta tarde, nos diría algo: "Al comenzar las faenas diarias, si es posible, una a una mientras te dispones a practicarlas, se las entregarás, y cuando ya está concluida la dejarás en su regazo maternal diciéndole: por tu amor, por los intereses de Jesús he hecho esto Madre mía... Y permíteme Madre, que sin dejar de ser ABSOLUTAMENTE tuyos mis sacrificios, acciones y oraciones, se los entregue también ABSOLUTAMENTE a Jesús. Contigo trabajar‚ por los intereses de tu Hijo, y con El por los tuyos… ¿no quieres que juguemos a la banca del amor?

 

P. Alfredo Delgado, M.C.I.U.

Moravia, Costa Rica.

jueves, 4 de diciembre de 2014

«ADVIENTO»: TIEMPO DE ESPERA...

Con el tiempo de adviento comienza otro año en la vida litúrgica de los católicos. Adviento es un vocablo latino que significa «espera de lo que ha de venir», expectación de algo que está en advenimiento, de lo que llega, de lo que vendrá y plenificará el presente.

No se si alguna vez te hayas preguntado ¿Que sería de la vida del ser humano sin la esperanza? ¿Qué sería de nuestro ser y quehacer si no esperáramos nada? Naufragaríamos en el mar de la incertidumbre, del sufrimiento, del dolor, del mal, sin que nada nos alentara a seguir confiando, luchando, trabajando, proyectando, amando, confiando, creyendo, esperando...

Todos los católicos somos, esencial y fundamentalmente, hombres y mujeres de esperanza. Es decir, hombres y mujeres que viven en permanente adviento: en la espera de la segunda venida de nuestro Salvador, en la espera de que el nacimiento de Dios llegue en la navidad; en la espera de los encuentros cotidianos con Dios mediante su creación, mediante el hermano, especialmente el más pobre y necesitado.

Mediante la liturgia de este tiempo, mediante la vivencia de los sacramentos y la escucha de la Palabra, mediante tantos signos y circunstancias Dios se nos hace cercano en el Adviento y viene a nuestro encuentro cada día. El cristiano vive en la espera de que las promesas de Dios lleguen a su cumplimiento, que el Reinado de Dios triunfe sobre el reinado del mundo, que la misericordia de Dios triunfe sobre el desamor y que el poder de Dios venza sobre los poderes mezquinos del hombre.

Pero el cumplimiento de estas esperanzas, para que —como dicen un salmo y algunos cantos del adviento— en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente, exige que los discípulos misioneros construyamos, con nuestros hechos y palabras, con nuestros anuncios y denuncias, nuestros comportamientos, actitudes y trabajos; espacios y tiempos en los que la esperanza cristiana sea posible, es decir, espacios «teológicos» en los que el Reinado de Dios se haga presente por medio nuestro.

Así, la esperanza que vivimos nos saca de una actitud resignada y pasiva y nos mueve a construir la civilización del amor que esperamos, el cielo y la tierra nueva que anhelamos. Más aún, el católico sabe que las esperas cotidianas de felicidad se plenifican sólo en nuestra esperanza: Cristo y su vida en nosotros. 

La esperanza cristiana no es una esperanza que se agota en las satisfacciones temporales y efímeras del consumismo desmedido de este tiempo previo a la Navidad, sino que empuja todo nuestro presente hacia un futuro plenificador y totalizante en Dios... ¡Qué nazca el Salvador!... ¡Ven Señor, no tardes más!... 

Adviento, este tiempo litúrgico que antecede a la espera de la Navidad, es más que un tiempo litúrgico, una actitud de vida y un compromiso personal y comunitario de los que en la Iglesia creemos en el Evangelio de Jesucristo y de un mundo en el que lo divino nazca, aparezca y se manifieste en lo más humano y cotidiano de nuestra historia presente.

De esta esperanza que no se agota en el día a día, de la esperanza que anima todos nuestros instantes, de la esperanza infinita y sin condiciones, de la esperanza que no pasa y no muere, de la esperanza que nos abre al mas allá de esta intrahistoria limitada, de la esperanza que vence toda forma de mal, de dolor y de muerte, de esto nos habla la liturgia en este tiempo de Adviento para inundar toda nuestra vida.

Hoy más que nunca, urge vivir el espíritu del Adviento. Nos circundan por todas partes manifestaciones de crisis: crisis del espíritu humano, crisis de logros que otrora soñó la humanidad, crisis de confianza en lo que puede el hombre y sus instituciones; hay crisis de confianza en los gobiernos, en las instituciones, en los modelos económicos; hay desconfianza entre los pueblos y las naciones, hay incredulidad en los líderes espirituales, hay desilusión; hay desesperanza porque hay hambre y mil formas de inequidad, de injusticia, de violencia y de muerte. Hay un sentir colectivo según el cual nuestro presente es de no-futuro; hay incertidumbre, hay pérdida del sentido de la vida, hay angustia. Vivimos tiempos difíciles en todos los ámbitos del ser y quehacer humano y sin embargo, la liturgia católica, en este tiempo de Adviento nos invita, una vez más, a la espera de la esperanza, al compromiso y construcción de tiempos mejores...

En una carta escrita en este tiempo litúrgico, la beata María Inés anota: “Espero que este Adviento sea de pequeñas penitencias, para lograr, de su misericordia, el perdón de tantos pecados en la humanidad”. La beata María Inés fue una mujer de esperanza, una mujer que buscaba para ella y para todos, vida nueva. Decía que “la esperanza es una virtud obligatoria; que radica en el espíritu, pero que irradia en todo el ser.” (Ejercicios Espirituales de 1933). No perdamos la esperanza ni dejemos que nadie nos la arrebate. Preparemos la llegada del Salvador a nuestros corazones. ¿Tú, qué esperas?

Deseo a todos que este Adviento nos llene de esperanza, de un aliento siempre renovado para hacer posible nuestra esperanza: el Evangelio de Jesucristo entre nosotros, vivido y anunciado por nosotros, para la construcción de un mundo mejor, más justo, más humano y con ello más según el querer de Dios.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

miércoles, 27 de agosto de 2014

HACIA EL SÍNODO EXTRAORDINARIO DE LA FAMILIA...

Como todos sabemos, el Papa Francisco convocó a la III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos que se celebrará del 5 al 19 de octubre de este año bajo el lema «Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización».

Se ha presentado ya el "Instrumentum Laboris" (Material de estudio para el Sínodo) que será analizado por los obispos durante este Sínodo a fin de responder a los nuevos desafíos de la familia actual.

Con este artículo, quiero dar mi pequeña aportación para irnos adentrando en el tema. Primero hago un resumen de lo que trata el "Instrumentum Laboris" y luego comparto algunos de mis puntos de vista sobre la familia hoy.

El material a estudiar se divide en tres partes:

La primera parte está dedicada al Evangelio de la familia, el plan de Dios, el conocimiento bíblico, magisterial y la recepción de la ley natural y de la vocación del ser humano. 

La segunda parte afronta los desafíos pastorales inherentes a la familia, como la crisis de la fe, las situaciones críticas internas, las presiones externas y otros problemas, como las situaciones pastorales difíciles que tienen que ver con las parejas que viven juntas y las parejas de hecho, los separados, los divorciados, los divorciados vueltos a casar y sus hijos, las madres adolescentes, los que se encuentran en condiciones de irregularidad canónica y los que piden el matrimonio sin ser creyentes o practicantes. 

Se ve, en todo este material, como la Iglesia desea encontrar soluciones compatibles con su enseñanza, que conduzcan a una vida serena y reconciliada, contemplando incluso la necesidad de simplificar y acelerar los procedimientos judiciales de nulidad matrimonial. Se habla de la propuesta de cursos de formación al matrimonio más bien desarrollados y de la necesidad de hacer un seguimiento al matrimonio después de la boda. 

La tercera parte de este documento presenta temáticas relativas a la apertura a la vida, sugerencias pastorales, la praxis sacramental y la promoción de una mentalidad abierta a la vida. Se habla también de la responsabilidad educativa de los padres de familia.

Ahora mi aportación:

Son muchos los que desde hace años, más o menos angustiados o con tono de burla; con incertidumbre o confianza en Dios, con temor del futuro o buscando caminos, se preguntan por el sentido y el destino, que en el futuro puedan tener el amor humano, el matrimonio y la familia en el mundo.

Los problemas conyugales y su contorno inciden hoy con insistencia en el primer plano de noticias y novelas, basta pensar en las tan populares novelas mexicanas, en donde la familia se ve muy golpeada. Hay un creciente contraste entre los valores que propone la Iglesia sobre el matrimonio y la familia y la situación social y cultural diversificada en todo el planeta y promovida en los medios de comunicación (Cf. Instrumentum Laboris 15)..

La familia es un don de Dios y la Iglesia ha sido siempre fiel custodia de la familia consciente de que toda familia difiere de las demás familias de la misma manera en que difiere toda impresión digital, toda personalidad o todo rostro. 

Desde que un niño va tomando uso de razón y se acerca a la catequesis, ya sea realizada por sus padres o por una institución, le queda claro que Dios no solamente ha establecido la unión del hombre y la mujer como una ley, sino que hace una llamada al amor. A lo largo de los siglos, la Iglesia no ha dejado de ofrecer su enseñanza constante sobre el matrimonio y la familia (Cfr. Instrumentum Laboris 4). 

Según la experiencia de todos los pueblos, un hecho es bien evidente: la familia se funda en el matrimonio, unión de amor de comunión profunda entre el varón y la mujer. Este hecho, aunque muchos no lo vean claramente, ha sido el proyecto de Dios. Desde la creación, al haber creado la historia como tiempo y espacio para el encuentro con el hombre, decidió la creación de la mujer para que el hombre no fuera un solitario en el mundo (Cfr. Instrumentum Laboris 1).

Desde esta perspectiva bíblica es fácil comprender la importancia que tiene el amor entre la pareja para la constitución de la familia. No puede haber nada más contrario a la concepción cristiana del matrimonio que entender el amor como un valor secundario o accidental en la dinámica del matrimonio.

A veces se escucha decir: “Lo primero son los hijos”, y muchos  han entendido este principio, como si el amor del que los hijos son fruto importara poco, como si la comunión entre los esposos quedara desvalorizada y marginada ante la fecundidad y hubiera que entender la institución matrimonial sólo como una institución reproductora. El amor entre los esposos debe ser considerado como la “causa y razón primera” de la familia. También desde el Génesis, Dios “los bendijo y les dijo: Creced, multiplicaos, llenad la tierra”.  El proyecto de Dios al instituir el matrimonio como origen de la familia, es un proyecto de amor y fecundidad otro (cfr. Gen 1,24-31; 2,4b-25).

Cuando Cristo eleva a sacramento la dignidad del matrimonio, la relación entre los esposos cristianos adquiere una nueva significación, representa la unión amorosa entre Cristo y la Iglesia que engendra un pueblo(cfr. Ef5,31-32).  Los esposos representan a Cristo y a la Iglesia y su alianza conyugal representa una alianza superior: la que Dios ha hecho con su Pueblo y cuya máxima expresión ha sido el amor demostrado por Cristo con su Iglesia en el sacrificio de la Cruz. Amándose de esta manera, los esposos se santifican y superan la fragilidad y la pobreza del amor humano. Esta es la gracia, este es el “don” del sacramento que engendra la familia (Cfr. Instrumentum Laboris 3).

Hoy hay un problema muy grave, cada día son más las parejas que llegan al matrimonio tomándolo como una opción apasionada o como un contrato de intereses. Para algunos el matrimonio eclesiástico es solamente un conjunto de trámites eclesiales para quedar bien con los demás. Muchas parejas desde antes de casarse, empiezan a tomar los populares anticonceptivos, porque quieren esperarse... ¿esperarse a qué?... ¿qué no se trata de una opción de fe para hacer fecundo el amor en una familia?... ¿qué la realización del matrimonio no está dentro de la vivencia del núcleo familiar? (Cfr. Instrumentum Laboris 129).

Tal vez todo esto responda a tantas cuestiones de infidelidad, no solamente de parte del hombre, como era lo tradicional, sino que ahora de parte de la mujer, que haciendo a un lado las entrañas de madre es capaz de abandonar a los hijos y dejarlo todo por lo que llama “un verdadero amor”. El hombre y la mujer modernos se han dejado influenciar por la idea del “amor libre” que ve en la unión matrimonial no más que un yugo insoportable al que se une el peso de los hijos.

Según la tradición cristiana del matrimonio es indisociable, la fecundidad, ensalzada en la Sagrada Escritura como bendición de Dios. La Iglesia siempre ha enseñado que el amor de los esposos ha de ser un amor fecundo. La familia no es solamente un instrumento de socorro, ni mucho menos una inversión que los padres hacen en los hijos para después cobrar con intereses, es ante todo, una comunidad creadora que se reconoce como “don” de Dios (Cfr. Instrumentum Laboris 122). No quiero decir con esto que la fecundidad de los esposos o el cumplimiento pleno de su matrimonio, o la perfección de la familia se mida sin más por el “número” de hijos. Los esposos cristianos han de cumplir su deber de ser fecundos, actualizando una paternidad responsable que no se deja llevar solamente por el instinto ciego de la reproducción o del placer, sino que se guía por la luz de la razón humana, atendiendo a que “ser padres” no supone solamente engendrar, sino también educar humana y espiritualmente a una persona, dos, tres o más (Cfr. Instrumentum Laboris 3). Desde la más antigua tradición católica, la familia ha sido llamada: “pequeña Iglesia” o “Iglesia doméstica”.

Todo hombre, con una que otra excepción, convive en el seno de una familia. Este es un hecho primordial que no podemos perder de vista. La familia es la célula primera y vital de la sociedad. “La familia es el núcleo para el desarrollo del hombre”,   es formada de personas, allí el individuo nace a la vida y va conociendo las realidades que envuelven su misma vida. La familia es el medio de transformación de la persona y allí va aprendiendo todo, o casi todo. En la familia se van desarrollando las ideas que forman el pensamiento de las personas que integran una sociedad (Todo el Capítulo II del Instrumentum Laboris trata este tema).

La familia en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura. Actualmente la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo esplendor,  porque vemos la realidad que nos rodea de familias desintegradas por el egoísmo, por el alcohol, por las sectas )Cfr. Instrumentum Laboris 68).

En torno a esto, podemos decir que hay una gran inquietud de padres de familia, maestros, políticos, sacerdotes, religiosos, de comprender y solucionar la cantidad tan grande de problemas que enfrenta la familia de hoy. Basta ver la gran cantidad de literatura al respecto. Se dan conferencias, se hacen debates, se escuchan conferencias, pero a menudo se nos olvida que siendo la familia un don de Dios hemos de recurrir a Él.

Quizá uno de los retos más difíciles para la familia hoy, sea aquella de la formación de los hijos sobre todo al llegar a la adolescencia. Es importante recalcar que es de por sí una etapa de cambios difíciles para ellos y que quieran sentirse acogidos en su casa, comprendidos, queridos. Los padres y los hijos son generaciones diferentes. Los padres saben, al igual que los hijos, que la familia es una escuela de virtudes, de valores morales, pero, esos valores.... ¿son los mismos para los padres y los hijos?

Tenemos cantidad de hijos adolescentes que han pasado más horas frente a la televisión y a Internet que frente a sus padres. Con la televisión no se puede dialogar, ni tampoco con los juegos más electrónicos ya programados. ¿Cómo se inculca en casa el valor del diálogo? ¿Qué momentos se buscan? ¿Será necesario que papá o mamá se den tiempo para hablar en la televisión o que salgan en alguno de los juegos cibernéticos? A esto hay que añadir que en México existe una verdadera colección de programas de ínfima calidad en la T.V. y en la radio que no ayudan al crecimiento o integración de la persona. Por otra parte un gran problema es que el nivel de estudios de los hijos ha superado a los papás y casi casi hay que volver a estudiar con ellos la primaria y la secundaria, pues multiplican de otra forma o componen las frases de la oración de forma diversa. ¿Cuánto se han capacitado hoy los padres de familia para dar respuestas a sus hijos?

Los muchachos quisieran encontrar un hogar cuando llegan del colegio... Primero, los recibe la servidumbre, a quien le tienen ya más confianza, mamá está ocupadísima y llegó con un pollo rostizado para comer que rapidito mete al micro y ya está, una sopita de lata y una gelatina de la tienda.... ¿No será que está preparando al adolescente para después comer más rico en la universidad? ¿No lo estarán llevando a decir: ¿para qué voy a casa? Por otra parte, se ve la falta frecuente de leyes que tutelen a la familia en el ámbito del trabajo y, en particular, a la mujer-madre trabajadora (Cfr. Instrumentum Laboris 71).. Mucho se habla de los adolescentes y de los jóvenes; de las maldades que cometen, de que no saben comprender y obedecer, pero ¿será toda la culpa de ellos?, ¿alguno de nosotros no fue adolescente?

Por otra parte, si la familia es un don de Dios... ¿qué Dios es el que infundes en ellos? ¿el Dios de amor o el Dios de temor?, ¿cómo se hace presente a Dios en la casa?, ¿cómo se continúa la clase de valores que reciben en el colegio?, ¿qué te ven a ti hacer o decir?, ¿cuando están cerca de los padres y están hablando por teléfono, qué escuchan los hijos? 

Eso sí, en la sociedad de hoy, al muchachito o a la niña se le compra todo lo que quieren, parece que muchas familias tuvieran una especie de convenio transitorio en función de la satisfacción individual, y todos los miembros de la familia van cayendo en la trampa de satisfacer y satisfacer para estar al último grito de la moda en todo. El consumismo tiene fuertes consecuencias sobre la calidad de las relaciones familiares, centradas cada vez más en “tener” en lugar que en “ser” (Cfr. Instrumentum Laboris 74).

¡Que desafíos tan grandes para la familia hoy!... Creo que en la familia actual se necesitan más padres empeñados que preocupados, que sepan recurrir a Dios para pedirle luz, esa luz que los lleve a dialogar, a convivir con sus hijos, a darles tiempo, a comprometerse. Ya si los hijos no quieren enderezar sus pasos, eso es otra cosa, pero que no quede en el corazón del padre o de la madre la certeza de que pudo haber hecho más. "El método de transmisión de la fe no muta en el tiempo, aunque se adapte a las circunstancias: camino de santificación de la pareja; oración personal y familiar; escucha de la Palabra y testimonio de la caridad. Donde se vive este estilo de vida, la transmisión de la fe está asegurada, aunque los hijos estén sometidos a presiones de signo opuesto" (Intrumentum Laboris 134).

Desde una visión de la familia como don de Dios hay que crear nuevos espacios en la familia para el tiempo de hoy. ¿Qué será más importante, comprar carro nuevo, estrenar sala o gastar en la formsción e integración de la familia? Son muchos los niños y jovencitos que están acostumbrados a oír: ¡para eso no  hay dinero!, aún viviendo en la cultura del derroche. Benditos los padres y madre de familia que destinan gran parte de su presupuesto a la educación cristiana de sus hijos, así hay que gastar todo lo que se deba, aunque se deba todo lo que gaste. Dios proveerá.

¿Cómo se podrá ganar un padre y una madre el amor, la piedad, la gratitud y el respeto de sus hijos? Hay una sentencia muy antigua que dice: “Al niño se le impone, al muchacho se le propone, al joven se le expone”. En la familia, don de Dios, los padres deben ir creciendo junto con los hijos. Muy atinadamente, Santo Tomás de Aquino, ese gran hombre de la Iglesia, hablando al respecto dice: “Para la educación de los hijos se requiere no solamente la solicitud de la madre que alimenta al hijo, sino mucho más todavía la solidaridad del padre, que debe formarle, y defenderle, y hacer que crezca en bienes interiores y exteriores” . La Iglesia actual secunda esto y hace responsable de la educación de los hijos, tanto al padre, como a la madre (Cfr. Instrumentum Laboris 133 y 134).

En la familia, actual, no valen las reglas de siempre. La familia está cambiando con rapidez y profundidad y de sus mismos miembros depende hacia donde se orienta y por eso no tenemos otra referencia, que Dios mismo, para orientar la familia. Entre los cambios más sobresaleintes está el progreso tecnológico que e"s un desafío global para la familia, en cuyo seno causa rápidos cambios de vida respecto a los valores, las relaciones y los equilibrios internos. Los puntos críticos surgen, por tanto, con más evidencia donde en familia falta una educación adecuada al uso de los medios de comunicación y de las nuevas tecnologías" (Instrumentum Laboris 69).

Imposible agotar el tema, esto ha sido un querer cuestionar y provocar una tarea para prepararse a este Sínodo Extraordinario leyendo el Instrumentum Laboris. En 1920 un pensador de la época, de apellido Lunachasky, declaró varias veces: “Nuestro problema de ahora es terminar con la familia y liberar a las mujeres del cuidado de los niños”... Hay quienes se dejaron seducir por aquello y ahora vemos las consecuencias. Sin embargo, sabemos que la familia es un don de Dios y seguirá siendo en el futuro la célula fundamental de la sociedad, aunque aparezcan formas o se adopten posturas contrarias. Yo creo y estoy convencido de que con padres y madres bien formados, la familia persistirá en el futuro. Este Sínodo extraordinario nos ofrecerá tres grandes ámbitos sobre los cuales la Iglesia desea desarrollar el debate para llegar a indicaciones que respondan a los nuevos desafíos: el Evangelio de la familia que hay que proponer en las circunstancias actuales; la pastoral familiar que hay que profundizar frente a los nuevos desafíos; la relación generativa y educativa de los padres respecto de los hijos (Cfr. Instrumentum Laboris 158).

Invito, especialmente a los padres y madres de familia, a leer el Instrumentum Laboris y a voltear sus miradas hacia sus hogares tratando de invertir siempre, el máximo esfuerzo en la formación de su familia, en ese don de Dios tan valioso que Dios les ha dado. Que cada uno descubra el tesoro tan valioso que hay en este don. Que al terminar de leer estas líneas y luego de la oración propuesta en el Instrumentum Laboris, vean su familia y contemplen aquella familia de Nazaret... Hay mucho que hacer, nada está perdido.

San Juan XIII, aquel Papa que tuvo tanto cariño a su familia. expresó alguna vez, respecto a su propia familia “A mi querida familia de aquí abajo, de la que yo no he recibido ninguna riqueza material, no puedo dejarles más que una muy grande y especial bendición, invitándoles a permanecer en el temor de Dios, que la ha hecho tan querida, pese a su modestia, y de la que nunca he tenido que avergonzarme”.

El Papa Francisco nos propone esta oración por la familia:


Jesús, María y José
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.
Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas Iglesias domésticas.
Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.
Santa Familia de Nazaret,
que el próximo Sínodo de los Obispos
haga tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.
Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica.
Amén.


P. Alfredo Leonel G. Delgado Rangel,
M.C.I.U.

lunes, 25 de agosto de 2014

El Vanclarista, su ideal y el diálogo con Cristo…

“Van-Clar” es un un grupo que conduce siempre a cada miembro a tener experiencia profunda de amistad con Jesús como discípulo-misionero desde su condición de seglar y con la valiosa ayuda del espíritu y espiritualidad de la Beata María Inés Tersa del Santísimo Sacramento, su fundadora.

Las cartas y escritos de la beata, marcan la pauta a seguir para llegar a ser lo que ella misma esperaba de un Vanclarista: “llenos de fervor, de fuego juvenil, de anhelos de pureza, de sacrificio, de abnegación”. Nuestra Madre la beata María Inés, espera de los Vanclaristas laicos “dirigentes”, como fermento del Evangelio en medio del mundo, que sepan “ante todos dar testimonio de Cristo con una vida recta, limpia… un grupo que de veras se entregue al servicio de Dios y del prójimo” decía ella con entusiasmo.

En los Últimos meses ha sido muy considerable el incremento de aspirantes y prevanclaristas que han llegado a engrosar las filas de los diversos grupos alrededor del mundo. Hoy quiero invitarlos a hacer un alto en el caminar y detenerse a reflexionar en una cosa que expreso tomando textualmente unas palabras de Mons. Juan Esquerda Bifet en su libro sobre Van-Clar “VEN Y VERAS”: «Si “VIVIR PARA CRISTO” es el lema del Vanclarista, ese vivir no sería auténtico sin una fuerte experiencia de Cristo, en diálogo con Él, escondido en la Eucaristía y en el Evangelio, esperando en el corazón de cada hermano.»

Un Vanclarista es una persona que se tiene que dejar poseer por el Amor de Dios. La Iglesia los necesita así: “La Iglesia necesita de estos elementos juveniles y aún de mayor edad, para sembrar el bien por todas partes por donde pasen, asemejándose así a su Divino Maestro que: PASÓ POR EL MUNDO HACIENDO EL BIEN…” (Carta de la beata María Inés a Van-Clar en 1973). Cada uno de nosotros —lo sabemos perfectamente— ocupa un lugar muy importante en el Corazón de Dios, somos únicos e irrepetibles, no hay nadie como yo. ¡Ni siquiera los gemelos idénticos son iguales!, hay algo que los hace distintos. Para Dios, cada uno de nosotros somos un amigo como no hay otro. Para anunciar a Cristo como Misioneros hay que ser primero amigos de Él, es así que el primer paso que ha de dar un laico que llega a este grupo, es hacerse amigo de Dios. Muchos jovencitos de hoy en día y, en general, muchas personas, piensan que es imposible establecer una amistad con Dios. Dios nos invita como Amigo a experimentar su amor amándole a El y a nuestros Hermanos.

Un laico que llega a cualquier grupo de Van-Clar, debe hacer crecer en él lo que llamamos «Espiritualidad», que es el camino que se ha de recorrer para cumplir la Voluntad de Dios como amigo suyo. Los santos, para mucha gente, han pasado de moda junto con palabras como esta de espiritualidad. Hay muchos jóvenes e incluso adultos que piensan que estas son cosas del pasado, da la impresión de que algunas palabras no las quisieran ni escuchar porque estorban a la vida de la sociedad de hoy: rezar, moral, confesarse, virginidad, rosario, espiritualidad y otras más. Sin espiritualidad ningún creyente puede vivir. ¨Sin un camino, ¿será posible llegar a alguna parte?…

La Espiritualidad nos debe mover a querer estar con Jesús, que es quien nos ha llamado a ser misioneros. Dice Nuestra Madre la beata María Inés en una de sus cartas a Van-Clar: “Como quisiera que todos mis Vanclaristas se actuaran muy bien de su gran responsabilidad de almas de apóstoles, especialmente llamadas a estar con el Señor. Estando muy unidos a El, cuánto bien aún sin sentirlo, sin saberlo irán sembrando, y predicando a sus compañeros de estudios, de trabajo, de oficina, de viaje, etc. etc.”.

Dios sale al encuentro de cada Vanclarista, nuestro Señor quiere abrir a cada uno los brazos de su amistad, El está deseoso de tener amigos y tiene cosas especiales reservadas para ellos que quizá los que van por el camino de la mediocridad no entienden. No hay razón alguna que valga para que un Vanclarista se aparte de esta amistad con Dios. Los grupos de Van-Clar han crecido, pero no debemos ver solamente el número, debemos preguntarnos ahora: ¨Ha crecido junto con eso nuestra espiritualidad? ¨Se ha hecho más grande nuestro deseo de ser amigos de Dios? ¿Hemos sabido sacar provecho de este amor de predilección que Dios nos tiene? ¿Nos hemos hecho más amigos de su Madre Sant¡sima? ¿Hemos recorrido la vida en Vanclar solos o con el Señor?

A mi siempre me ha impresionado abrir la Escritura y volver a leer una y otra vez los pasajes en los que Jesús llama: Jn 1,46; Jn 1,39; Mc 3,13-14;Jn 1,43; Jn 15,16; Mt 9,13; Mt 4,19; Mt 8, 22; Mt 9,9 y muchos textos más. La llamada de Cristo sigue resonando en muchos corazones, pero el riesgo de hoy sigue siendo el mismo que en tiempos del Maestro, cuando aquel joven rico no valoró la mirada de amor que Jesús le dirigió y se marchó lleno de tristeza apegado a sus riquezas (Mc 10,21-22). Veo con tristeza, que son muchos hombres y mujeres de hoy que se quieren quedar apegados a sus cosas y no se lanzan a responder a Cristo, y ya no digo a una vida de consagración en la vida sacerdotal y religiosa, a la que de por sí muchos ven como algo ajeno o… ¡peligroso!, sino que ni siquiera se ve en algunos miembros de la Iglesia el deseo de responder a una vida cristiana en el mundo. Nuestra Madre la beata María Inés, quería que el Vanclarista fuera el brazo derecho de los consagrados de nuestra Familia Inesiana. ¿Se podrá ser brazo derecho sin espiritualidad?

Van-Clar ofrece un gran regalo de Dios al laico de hoy, la posibilidad de compartir la vida con Cristo, la posibilidad de vivir la vida en Cristo, la posibilidad de entregar la vida por Cristo. La espiritualidad ayuda al Vanclarista a caminar en la búsqueda de la realización de su opción fundamental. Esa opción es aquello que nos hace pensar cosas como esta: ¿Qué vine a buscar a Van-Clar? ¿Qué es lo que espero del grupo? ¿Qué es lo que yo puedo dar? No hay nada que pueda destruir tanto nuestra vida, dice San Juan Crisóstomo —un gran santo en la Iglesia— como el ir dejando las buenas obras para hacerlas más adelante, porque esto hace muchas veces que perdamos todos los bienes, los buenos deseos, los anhelos. Hay que desterrar de nuestra mente y de nuestro corazón esa frase tan común dque se escucha seguido: «Mañana empiezo».

Todo cristiano, por el hecho de ser bautizado, está llamado a ser santo, aquí no se le hacen descuentos o rebajas a nadie. La espiritualidad es el camino que nos irá formando en esa carrera de la santidad. Dice Mons. Esquerda en el librito que ya mencioné: “Con personas entregadas, aunque sean limitadas y pobres, Van-Clar puede hacer mucho para amar y hacer amar a Cristo y a la Iglesia. Con pesos muertos, Van-Clar se reduciría a un taller de reparaciones o, peor aún, a un museo de antigüedades o de cacharros inútiles. Pero cuando uno reconoce su realidad y quiere empezar de nuevo, entonces se recupera el tono del seguimiento evangélico en el corazón y en el grupo”.

La vida de un grupo, en todos sus aspectos, siempre ser un reflejo de la vida de las personas que la integran. Si nosotros vemos que el grupo de Van-Clar marcha bien, que hay armonía, que hay generosidad, cooperación, fidelidad, es que estos valores se están viviendo en cada uno, pero si acaso hubiera discordias, rivalidades, falta de seriedad en las relaciones fraternas, cazanovios y tumbanovias…. ¿qué hay entonces en el corazón de cada uno? La Escritura es clara, “donde está tu tesoro, allí está también tu corazón” (Mt 6,21), “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre.” (Mc 7, 15).

Hermanos y hermanas Vanclaristas, necesitamos espiritualidad, necesitamos recorrer este camino para, como dice Nuestra Madre la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: “VIVIR PARA CRISTO, sanando el ambiente con el «buen olor» de Cristo, con el perfume de las virtudes cristianas” (Cta. a Van-Clar). ¿Qué nos faltará algunas veces? Sin duda, ponernos a caminar, amar sin medida, coraje para vivir esa espiritualidad que nos debe sostener, deseo ardiente que haga que nuestra vida no se diluya y termine vacía, perdida en medio de las rivalidades y discordias de la sociedad en que vivimos. La Espiritualidad debe impregnar la vida diaria del Vanclarista y esta espiritualidad se expresa, como dice san Juan Pablo II en la Redemptoris Missio: “Viviendo con plena docilidad al Espíritu; ella compromete a dejarse plasmar interiormente por él, para hacerse cada vez más semejantes a Cristo. No se puede dar testimonio de Cristo sin reflejar su imagen, la cual se hace viva en nosotros por la gracia y por obra del Esp¡ritu”. (R.Mi. 87).

El Espíritu del Vanclarista es Misionero por excelencia, está plasmado en una espiritualidad que nos ha dejado Nuestra Madre Fundadora y que es Eucarística, Sacerdotal, Mariana y Misionera vivida en la alegre entrega. Siguiendo el camino de la espiritualidad, el Vanclarista se va formando un ideal, un ideal que es una aspiración suprema. Para terminar este mal hilvanado artículo, quisiera que escucháramos a Nuestra Madre la beata María Inés hablar del ideal: “Tengo para m¡, íntimamente, que el ideal es la muralla donde se estrellan las sugestiones diabólicas, es el escudo, donde rebotan las flechas enemigas, es el baluarte desde donde se ve venir con calma al enemigo, porque se está seguro”. “El ideal acrecienta las fuerzas del alma, la sostiene y robustece en sus debilidades, le hace dulce lo que es amargo, la llena de santos deseos, la inflama en el amor divino, y aquilata su celo por la salvación de las almas”. “A pesar de mis muchos defectos y faltas, mi alma está enamorada del ideal, él es, el que me ha de salvar, de corregir, de perfeccionar. En la sed ardiente que siento por la salvación de las almas, él es el que me ha de proporcionar medios y ocasiones, de renunciamientos, de vencimientos, de pequeños y ocultos sacrificios, que son las monedas con que se compran las almas para Jesús” (De sus Ejercicios Espirituales).

¿Cuál ha sido el ideal de tu vida?, ¿Haz sacrificado por él otros valores? Sí, piensa ahora, como Vanclarista: ¿Cuál es el ideal de tu vida? La unión con Dios en cuanto relación de amor: La santidad, la realización del proyecto de Dios sobre ti, el fuego de la misión, alcanzar la coherencia en la vida bajo la mirada amorosa de la Virgen María, la primera discípula-misionera, para  transformar la sociedad edificando la nueva civilización del amor.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

martes, 29 de julio de 2014

«EL SACERDOTE RELIGIOSO»... Un signo peculiar de Cristo Misionero del Padre

La Iglesia es misionera por naturaleza, esta es su identidad más profunda porque la Iglesia existe para ello, para que todos conozcan y amen a Dios. La misión forma parte de la esencia misma  de la vida cristiana y de todos los que formamos parte de ella, porque fimos llamados para estar con Cristo y para ser enviados por Él a predicar. Cuando se habla del seguimiento de Jesús, se pone siempre de relieve el estilo de seguimiento que tuvieron los Apóstoles. Ellos fueron llamados por Cristo para estar con él y a testimoniar y anunciar el Reino de Dios ( Mc 3,13-14). 

Siempre he tenido claro que la vida consagrada es, por su misma naturaleza, una vida contemplativa y apostólica. “Toda comunidad religiosa, incluso la específicamente contemplativa no se repliega sobre sí misma, sino que se hace anuncio, “diakonía” y testimonio profético. El Resucitado que vive en ella, comunicándole su Espíritu, la hace testigo de la resurrección” (Vida Fraterna en Comunidad no. 58). El documento "Perfectae Caritatis" del Concilio Vaticano II vino a poner en claro esa relación con Dios de los religiosos con el servicio apostólico que deben vivir cuando afirma: “los miembros de cualquier instituto, buscando ante todo y únicamente a Dios, es menester que junten la contemplación, por la que se unen a Dios de mente y corazón, con el amor apostólico, por el que se esfuerzan en asociarse a la obra de la redención y a la dilatación del reino de Dios” (Perfectae Caritatis no. 5). Así, todo consagrado, como todo miembro de la Iglesia, es un discípulo-misionero.

Entre los religiosos, hay algunos que han sido llamados por el Señor a ser sacerdotes, es decir, sin dejar de ser miembros del propio instituto religioso, reciben la ordenación sacerdotal. Es decir, un sacerdote religioso es un hombre que ha hecho votos de obediencia, pobreza y castidad y vive en comunidad con otros religiosos de su instituto, en una casa que puede llamarse de diversas maneras: convento, monasterio, fraternidad, etc. Esta comunidad es para él fuente de oración, apoyo, y reto para vivir el Evangelio. En ella se enfatizan la comunión de ideales, la oración compartida y el compromiso con Dios. Aquí es muy importante hacer una aclaración fundamental: No todos los religiosos son sacerdotes ni todos los sacerdotes son religiosos. Por eso no es raro encontrar en una misma comunidad religiosos sacerdotes y religiosos no sacerdotes. En este artículo me ocuparé de hablar del sacerdote religioso.

Todo sacerdote religioso debe tener claro que la misión es parte integrante de su vida. Su consagración, por medio de la profesión religiosa de los votos  —un modo concreto de seguir a Jesús— le exige estar —como Cristo— en estado constante de misión en el mundo. Por tanto, la misión es parte fundamental de la vida de todo sacerdote religioso.  “En su llamada está incluida por tanto la tarea de dedicarse totalmente a la misión; más aún, la misma vida consagrada, bajo la acción del Espíritu Santo, que es la fuente de toda vocación y de todo carisma, se hace misión, como ha sido la vida entera de Jesús” (Vida Consagrada no. 72). En el orden de la perfección moral la vida religiosa es la más alta vocación a la que uno puede ser llamado. Pues el hombre es libre y lo es para tender hacia su Creador, no para elegir entre muchas cosas buenas. Por eso al obligarse libremente bajo voto público a darse totalmente (en todas sus potencias y operaciones) a Dios, es allí donde alcanza la mayor libertad posible; y, por lo tanto, la mayor perfección como hombre. Así, el sacerdocio ministerial, unido a la consagración religiosa es testimonio, anuncio e interpelación desde Cristo Sacerdote y Víctima. 

En la vivencia del sacerdocio ministerial, el religioso que ha recibido este sacramento debe testimoniar los valores del evangelio de las bienaventuranzas; anunciar y proclamar el proyecto de Dios e interpelar al mundo que no conoce y no ama del todo a Dios. En cuanto a la perfección ontológica, lo sabemos, el ser creado más cercano a Dios y más alto es el sacerdote de Cristo. Es el ser creado más divino. Esto es pues el carácter sacerdotal, algo que produce un cambio ontológico, aunque funcione a modo de accidente: sin hacer que deje de ser hombre, Dios constituye al ordenado en alter Christi. Y por eso su obrar es también el más alto: actúa in Persona Christi. El sacerdote religioso comparte su espiritualidad con los fieles mediante la celebración de los sacramentos, del contacto personal y de las maneras específicas de evangelización que distinguen a su instituto, como en mi caso, la espiritualidad de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. Es pues natural que las parroquias y otros ministerios, atendidos por religiosos tiendan a reflejar su espiritualidad, sin que esto vaya en detrimento o menoscabo de la libertad de cada fiel para vivir la particular espiritualidad a la que se siente llamado siempre y cuando ésta cuente con la aprobación de la Iglesia.

La misión es parte del ser de la vida consagrada y sacerdotal, porque la vida sacerdotal no es una actividad que se añada a la vocación de religioso, ni "la consagración religiosa algo sobrepuesto ni un complemento del sacerdocio, sino más bien un acto que expresa la voluntad de tomar, con mayor compromiso, las exigencias mismas de la ordenación y por tanto, una exigencia nueva a desarrollar en el Misionero de Cristo, la gracia sacramental". (Estatutos M.C.I.U. no. 25). En el sacerdote religioso se unen la mayor dignidad en el ser y la capacidad de obrar, con la mayor vocación de entrega a Dios en la misión.

En la constitución sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II, se habla de la vida religiosa como un don del Espíritu a la Iglesia y no se define como un estado intermedio “entre el de los clérigos y el de los laicos, sino que, de uno y otro, algunos cristianos son llamados por Dios para poseer un don particular en la vida de la iglesia y para que contribuyan a la misión salvífica de ésta, cada uno según su modo” (LG 43). Los votos de castidad, pobreza y obediencia impulsan siempre al sacerdote religioso a vivir, en el ministerio sacerdotal y la caridad pastoral, el amor al estilo de Cristo, lo unen con la Iglesia Esposa y su misterio y le hacen signo, entre otros (porque todos en la Iglesia somos "signo") para quienes le rodean. Bien decía la beata María Inés Teresa: “La vida del Sacerdote se pasa haciendo el bien a ejemplo de su buen Maestro; por eso en su última  hora, cuando tengamos que dejar todas las ri­quezas y bienes perecederos de esta vida, oirá de labios del Señor estas consoladoras palabras: «Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor»”.

Siempre se nos ha enseñado que la vida consagrada “imita más de cerca y representa perennemente en la Iglesia el género de vida que el Hijo de Dios tomó cuando vino a este mundo para cumplir la voluntad del Padre, y que propuso a los discípulos que le seguían. Al comprometerse con este género de vida, como sacerdote, el religioso manifiesta los bienes celestiales ya presentes en este mundo; se hace testigo de la vida nueva y eterna conquistada por Cristo y prefigura la futura resurrección; proclama de modo especial la primacía del reino de Dios y muestra la fuerza de Cristo que realiza su obra en la Iglesia hecha de personas humanas. En el pueblo de Dios la vida consagrada se hace servicio para la llegada del Reino que tiene lugar en un mundo concreto . 

El primer testimonio evangelizador que puede ofrecer un sacerdote religioso es el de una experiencia de Dios. Sin ella no se entiende su papel carismático y profético en la Iglesia como sacerdote religioso. Ese testimonio anunciará el reino si está enraizado en la experiencia del Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Dios de las bienaventuranzas, que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos (Mt 5,45); que ama a los ingratos y malos (Lc 6,35). El Padre cuyos  caminos no son nuestros caminos (cf. Is 55,8-9), que nos quiere transformar en hijos suyos y hermanos de los demás y que hace colaborar todo para nuestro bien (cf. Rm 8,28). Ese Dios que continúa revelándose en la realidad en la que está presente. Cuyo rostro aparece también en las situaciones de conflicto, en los problemas sociales, en los desafíos del mundo, en los signos de los tiempos y de los lugares. Con la vivencia de sus votos, junto al ministerio sacerdotal, el sacerdote religioso hace a Cristo presente hacia dentro y hacia afuera de su comunidad religiosa.

Con la castidad consagrada al servicio del reino anuncia la alianza liberadora de Dios con el hombre y su llamado a la fraternidad y denuncia todo lo que separa de ella y se opone a la solidaridad universal deformando el sentido y las exigencias del auténtico amor. En el sacerdote religioso el voto de castidad es un decir al Señor en una forma más espontánea: “hago voto de castidad porque soy claramente consciente de su valor positivo por el Reino de los Cielos que me lanza a una caridad siempre más universal” (Estatutos M.C.I.U. no. 29).

Con el voto de pobreza, el sacerdote religioso comparte los bienes y trabaja por la justicia, anuncia la función de los bienes materiales que es la de ser lugar de encuentro con Dios y los hermanos. Denuncia, al mismo tiempo el uso que de los bienes se hace para prestigio y poder en la sociedad. 

La obediencia religiosa, vivida en su dimensión de búsqueda comunitaria de la voluntad de Dios junto con quienes tienen el servicio de la autoridad, puede y debe aparecer en el sacerdote religioso como el anuncio del camino para resolver evangélicamente el problema que surge entre una libertad individualista y una autoridad totalitaria en las relaciones humanas. Comprometiéndose en la búsqueda fraterna de los caminos de Dios, el sacerdote religioso denuncia ese tipo de libertad y autoridad. 

De este modo los votos se sitúan proféticamente dentro del proyecto de Dios para su sacerdocio ministerial: el voto de castidad como concretización de la nueva fraternidad en Cristo en la vida comunitaria y como empeño en la lucha por la igualdad en las sociedades discriminatorias; el voto de pobreza como austeridad, solidaridad y libertad en el uso de los bienes y, al mismo tiempo, compromiso con la justicia en la sociedad y el voto de obediencia como testimonio de la necesidad de vivir como hijos de Dios en el cumplimiento responsable de la propia vocación y misión y como trabajo por los derechos humanos y por la defensa de la dignidad del hombre. El sacerdote religioso, como los demás consagrados en el mundo, vive la castidad en cuanto implica de soledad y carencia de raíces familiares y afectivas propias y permanentes; vive la pobreza en sus exigencias de renuncia al prestigio y poder que dan los bienes materiales y de solidaridad con los pobres y marginados; y vive la obediencia en cuanto compromete a asumir la misión en situaciones especialmente difíciles y peligrosas.

Una característica muy particular del sacerdote religioso en el campo evangelizador ha sido siempre la de abrir caminos y de ser pioneros en el anuncio de la Buena Noticia. Los sacerdotes religiosos de muy diversos institutos, se han hecho presentes en situaciones difíciles y llenas de riesgo, abriendo caminos en el compromiso misionero y apostólico sin buscar nada a cambio. 

Los votos con los que se asumen los consejos evangélicos en su sacerdocio ministerial "por su misma estructura, permiten y exigen sal sacerdote religioso llevar a cabo la radicalidad del seguimiento hasta regiones y situaciones que no son las normales u ordinarias...  y hacen posible que el sacerdote religioso esté presente en el desierto, en la periferia y en la frontera... allí, a donde nadie quiere ir, allí donde de hecho no está nadie más, como ha sido el caso a lo largo de la historia en la presencia de los religiosos en hospitales, escuelas o modernamente en parroquias desatendidas, allí donde no hay poder, sino impotencia, allí donde hay que echar mano de toda clase de imaginación y creatividad cristiana; allí donde mayor pueda ser el riesgo; allí, donde se hace necesario el diálogo ecuménico e interreligioso hecho con respeto y sinceridad y buscando una colaboración en todo aquello que ayuda a conseguir mayor justicia y paz; allí donde más necesaria sea la actividad profética para sacudir la inercia en que se vaya petrificando la Iglesia en su totalidad o para denunciar con más energía el pecado personal y social. 

La encíclica Redemptoris Missio pone de relieve el hecho de que la Iglesia, en su actividad misionera encuentra diversas culturas y se ve comprometida en el proceso de inculturación, exigencia que ha marcado todo su camino histórico, en el que están presentes miles de sacerdotes religiosos que, aún lejos de sus comunidades de origen, han sembrado la semilla del Evangelio hasta los últimos rincones del mundo. Con ello, la Iglesia universal “se enriquece con expresiones y valores en los diferentes sectores de la vida cristiana, como la evangelización, el culto, la teología, la caridad; conoce y expresa aún mejor el misterio de Cristo, a la vez que es alentada a una continua renovación” (Redemptoris Missio no. 52).

En vísperas de la celebración  Año de la vida consagrada, y a unos cuantos días de celebrar el XXV Aniversario de mi ordenación sacerdotal en mi amado instituto de Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, reafirmo mi anhelo de permanecer fiel a este carisma que heredamos de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, nuestra Madre Fundadora y que he de vivir ante un mundo globalizado que presenta muchos desafíos.  

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

lunes, 7 de julio de 2014

La espiritualidad misionera del Vanclarista hoy...



Introducción.

Mientras Cristo vivió en la tierra, hizo muchas, muchísimas cosas que fueron «signo salvador» para una humanidad sedienta de amor. Entre esas cosas destaca la fundación de la Iglesia, de la cual todos los bautizados formamos parte. La obra de Cristo debía permanecer a través de los siglos y debía extenderse hasta los últimos confines de la tierra, por eso y para eso fundó la Iglesia. Esta Iglesia de Cristo, llamada a permanecer en la unidad, es la que «subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él» (Vaticano II, Constituión Lumen Gentium 7). En la Iglesia, todos tenemos un compromiso que realizamos en una determinada vocación como consagrados: sacerdotes, religiosos, miembros de institutos seculares, o como laicos, ya sea casados o solteros. Pero hay una vocación que todos compartimos: el ser misioneros. La Iglesia es por naturaleza misionera y por lo tanto cada bautizado es un misionero.

Conscientes de esto, los Vanclaristas, como miembros de la Familia Misionera (Familia Inesiana) fundada por la beata María Inés Teresa, están llamados a conocer, profundizar y vivir una espiritualidad más específicamente misionera, porque deben descubrir y re-estrenar cada día, el hecho de que Dios los ha llamado de una más especial y comprometida a vivir el compromiso misionero que han adquirido como bautizados.

El Vanclarista es un misionero seglar.

Los seglares son la inmensa mayoría cristiana, y por lo tanto, son quienes deben estar siempre activos en la Iglesia. Cada seglar (o laico como también es llamado) es un profeta, un sacerdote y un rey. Un seglar en el mundo de hoy es el promotor más valioso de la vida de la Iglesia. Es un hombre o una mujer que, sin formar parte del clero o sin estar consagrado como hermano o como religiosa, impregna del olor de Cristo el orden temporal. Algunos seglares específicamente están inmiscuidos en la obra misionera de la Iglesia, colaborando directamente en la causa de las misiones. Este es el caso de todo Vanclarista. Todo miembro de Van-Clar (Vanguardias Clarisas) es un bautizado que, impregnado de su fe y viviendo para Cristo, lucha por ofrecer al mundo, en el lugar donde se encuentra, un testimonio de vida cristiana, misionando más que nada con su presencia, que incluso sin hablar, debe gritar al mundo que el Padre nos ama (Jn 16,27).

El compromiso misionero del Vanclarista.

El compromiso del Vanclarista, se concretiza en la relación con Dios y con los hermanos en medio de los deberes y ocupaciones del mundo en el que vive. El compromiso misionero del Vanclarista no tiene límites de tiempo o de lugar, está en la vida cotidiana en un compromiso que debe estar impregnado por una eiritulidad sólida arraigada en el centro de su vida, que debe ser Jesús Eucaristía. El Vanclarista, como misionero seglar, lleva impresa en el corazón la consigna de la beata María Inés Teresa Arias: “Comprar almas, muchas almas, infinitas almas”.

El Vanclarista se deja guiar por el Espíritu.

La espiritualidad misionera se expresa, ante todo, viviendo con una plena docilidad al Espíritu. El Vanclarista debe dejarse tranformar cada día por el Espíritu para ser más semejante a Cristo, hasta llegar a ser, como dice la beata María Inés: “una copia fiel de Jesús”. No se puede ser misionero ni dar testimonio de Cristo sin reflejar su imagen, que se hace viva en cada uno por la gracia y por la acción del Espíritu Santo. Dice la beata María Inés que para lograr eso hay que “ser alma de oración, pedirle mucho a Nuestro Señor acierto en la palabras, pura intención en todas las obras y el único deseo de glorificarle ayudando a las almas a salvarse mediante el conocimiento y el amor de Dios”. Si el Vanclarista busca en todo momento ser dócil al Espíritu Santo, podrá acoger los dones de su fortaleza y discernimiento necesarios para dar testimonio de vida cristiana en el lugar donde se encuentre. Hay que recordar cómo los apóstoles, por la acción del Espíritu Santo y unidos a María, se convirtieron en testigos valientes de Cristo en un mundo adverso como el del Vanclarista de hoy.

Vivir el misterio de Cristo como enviados.

La comunión íntima con Cristo, es una nota esencial de la espiritualidad misionera. No se puede comprender y vivir la misión si no hacemos referencia constante a Cristo, en cuanto enviados a evangelizar. El misionero, al igual que Cristo, debe pasar por el mundo haciendo el bien. El misionero recorre el mismo camino de Cristo y, como él, se hace todo para todos, consciente de que la misión tiene su punto de llegada al pie de la Cruz, pasando por Nazareth.

La beata María Inés Teresa dice que la vida sencilla del misionero es un “trasunto de la vida de Nazareth, vida misionera por la acción y el sacrificio”. Así, el Vanclraista comprende que, en su condición de misionero, pasa por el mundo como enviado y acompañado por Cristo que le dice: “No tengas miedo porque yo estoy contigo” (cf. Hch 18,9s). Cristo, que lo ha elegido para anunciar la Buena Nueva en la vida ordinaria en medio de las ocupaciones de este mundo, lo espera en el corazón de cada hombre que se hace su hermano.

Amar a la Iglesia y a toda la humanidad al estilo de Jesús.

Definitivamente la espiritualidad misionera se caracteriza por la caridad apostólica, que es la misma caridad de Cristo el Buen Pastor. Quien tiene espíritu misionero, siente el ardor de Cristo por las almas y ama a la Iglesia como Cristo. El misionero es el hombre y la mujer de la caridad sin fronteras, es el «hermano y amigo universal» que lleva consigo el espíritu de la Iglesia, su apertura y atención a todos los pueblos, a toda la humanidad, particularmente a los más pobres y alejados. El misionero supera las fronteras y las divisiones de raza, casta e ideología. Entonces el Vanclarista, que es misionero por excelencia, se convierte en signo del amor de Dios en el mundo y se hace amor sin exclusión ni preferencia como Cristo.

Se dice que Madre Inés no tuvo tiempo de teorizar, es que el misionero vive así, encaminándose presurosamente como María, a servir, a dar amor, porque es portador de Cristo y al igual que Él ama a la Iglesia y se entrega por ella consciente de que su compromiso. Madre Inés pasó así su vida en la tierra: “Quisiera manifestar a mi Dios mi sed de almas en un continuo abnegarme, en un continuo darme por amor”.

El verdadero misionero es el santo.

La llamada a la misión deriva de la llamada a la santidad. No se es santo por el mucho quehacer, por el mucho predicar sino por el mucho amar al estilo de María y de los santos. La santidad es una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. Entre más santo se es más misionero… basta ver a la beata María Inés, quien por cierto, vivió su condición de misionera de la mano de María, diciendo constantemente: ¡Vamos María!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

miércoles, 30 de abril de 2014

EL OBISPO, EL SACERDOTE Y EL DIÁCONO... ¡El gozo de servir!

Hace 25 años, en la parroquia del Espíritu Santo, de Monterrey, México, mi ciudad natal, y en esa misma parroquia en donde fui bautizado, recibí la gracia de ser ordenado diácono, en vías a convertirme luego en sacerdote para siempre por el don de la imposición de las manos. Esto se ha unido al gozo del 23 pasado, en que daba gracias a Dios por mi 25 aniversario de Profesión Perpetua como Misionero de Cristo para la Iglesia Universal.

El tiempo ha pasado, la verdad, muy de prisa y cuando menos pienso la vida corrió. He visto algunas fotografías de aquel día, he recordado algunos detalles y sobre todo, le he dado gracias al Señor pidiéndole que nunca desaparezca de mi plan de vida sacerdotal como religioso y misionero el gozo de servir.

Como sacerdote, como religioso y como misionero, he sido enviado siempre a anunciar la Palabra y a dispensar los sacramentos entre creyentes y no creyentes; en un lugar y en otro; a tiempo y a destiempo en el estilo que la beata María Inés marcó para mi vida y la de mis demás hermanos Misioneros de Cristo.

Todos los que hemos sido llamados por el Señor al Orden Sagrado, hemos sido llamados a servir. Me he puesto mucho a pensar cómo es que aquello que me marcó como servidor en el diaconado, no debe, por ningún  momento ni en ningún lugar, desaparecer de mi vida. Antes de ser ordenado sacerdote fui diácono y quedé marcado con el sello del Espíritu para ser servidor sin buscar recompensa alguna sino solamente la misma que mi beata fundadora deseó para ella y los miembros de la Familia Inesiana: "Qué todos te conozcan y te amen Jesús, es la única recompensa que quiero".

Quiero en esta ocasión, traer a la memoria algunas de las palabras que tocante al servicio en el ministerio sacerdotal destacó el otro día el Papa Francisco en una audiencia, y que creo me ayudan a vivir en este día mi gratitud por la Diakonia (servicio) en mi vida ministerial.

"El Orden –dice el Santo Padre–, está constituido por tres grados: episcopado, presbiterado y diaconado y es el sacramento que habilita para el ejercicio del ministerio, confiado por el Señor Jesús a los Apóstoles, de apacentar su rebaño, con el poder de su Espíritu y según su corazón. Apacentar el rebaño de Jesús no con el poder de la fuerza humana o con el propio poder, sino con el poder del Espíritu y según su corazón, el corazón de Jesús que es un corazón de amor. El sacerdote, el obispo, el diácono debe apacentar el rebaño del Señor con amor. Si no lo hace con amor no sirve. Y en ese sentido, los ministros que son elegidos y consagrados para este servicio prolongan en el tiempo la presencia de Jesús, si lo hacen con el poder del Espíritu Santo en nombre de Dios y con amor".

Ojalá que si se pudiera exponer la calidad de mi servicio en el amor en este día, luego de esos 25 que han pasado en la Diakonia, se pudiera ver esa caridad al estilo de Cristo, puesto que los llamados al sacramento del Orden, tenemos que ser los representantes de ese mismo Señor que sirvió a todos con alegría.

En esa audiencia, que fue el 26 de marzo pasado, el Papa Francisco dijo también: "Aquellos que son ordenados son puestos al frente de la comunidad. Están «al frente» sí, pero para Jesús significa poner la propia autoridad al servicio, como Él mismo demostró y enseñó a los discípulos con estas palabras: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros; el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 25-28 / Mc 10, 42-45). Un obispo que no está al servicio de la comunidad no hace bien; un sacerdote, un presbítero que no está al servicio de su comunidad no hace bien, se equivoca".

Estoy en mi «Año Jubilar», el próximo 4 de agosto llegaré, si Dios permite, a mis primeros 25 años como sacerdote y el Papa decía ese día: "Una característica que deriva siempre de la unión sacramental con Cristo en el sacramento del Orden, es el amor apasionado por la Iglesia... Cristo «amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada» (5, 25-27). En virtud del Orden el ministro se entrega por entero a la propia comunidad y la ama con todo el corazón: es su familia. El obispo, el sacerdote aman a la Iglesia en la propia comunidad, la aman fuertemente. ¿Cómo? Como Cristo ama a la Iglesia... Es un misterio grande de amor: el ministerio sacerdotal... camino por el cual las personas van habitualmente al Señor".

Hoy quiero re-estrenar mi anhelo de servir. El Papa nos recordaba cómo el apóstol Pablo recomienda al discípulo Timoteo que no descuide, que reavive siempre el don que está en él. El don que le fue dado por la imposición de las manos (cf. 1 Tm 4, 14; 2 Tm 1, 6). El Santo Padre dijo: "Cuando no se alimenta el ministerio, el ministerio del obispo, el ministerio del sacerdote, con la oración, con la escucha de la Palabra de Dios y con la celebración cotidiana de la Eucaristía, y también con una frecuentación al Sacramento de la Penitencia, se termina inevitablemente por perder de vista el sentido auténtico del propio servicio y la alegría que deriva de una profunda comunión con Jesús. El obispo que no reza, el obispo que no escucha la Palabra de Dios, que no celebra todos los días, que no se confiesa regularmente, y el sacerdote mismo que no hace estas cosas, a la larga pierde la unión con Jesús y se convierte en una mediocridad que no hace bien a la Iglesia. Por ello debemos ayudar a los obispos y a los sacerdotes a rezar, a escuchar la Palabra de Dios, que es el alimento cotidiano, a celebrar cada día la Eucaristía y a confesarse habitualmente. Esto es muy importante porque concierne precisamente a la santificación de los obispos y los sacerdotes".

Gracias a todos los que por estos largos años me han acompañado con la oración, con el sacrificio, con la ayuda en todo sentido... ¡Si me pusiera a escribir los nombres de muchos que ya han sido llamados a la Casa del Padre y de tantos que continúan a mi lado, no terminaría! Dios ha sido tan bueno conmigo que no me ha dejado nunca y me ha sostenido en la oración, en la escucha de la Palabra, en los momentos de adoración y meditación, en cada día de retiro, en Ejercicios Espirituales, en la serenidad de repasar las cuentas del Santo Rosario y en el gozo de celebrar la Eucaristía siempre como si fuera la única vez que pudiera hacerlo.

Como religioso Misionero de Cristo, soy un sacerdote que no puede tener fronteras en su corazón. El camino al que he sido llamado y que libremente he elegido está bastante más que claro y cobijado por Santa María de Guadalupe como Patrona Principal de los Misioneros de Cristo. Con mi ministerio de servicio en el Señor quiero seguir colaborando a hacer el mundo cada día más humano, para luego hacerlo cada momento más divino. Quiero, siguiendo el anhelo de la beata María Inés Teresa, que todos conozcan y amen al Señor.

El Papa Francisco terminó aquella audiencia con unas preguntas y una invitación vocacional. Así quiero yo también que mi «Sí» se convierta en una pregunta y una invitación: "¿Cómo se debe hacer para llegar a ser sacerdote? ¿Dónde se venden las entradas al sacerdocio? No. No se venden –dice el Santo Padre–. Es una iniciativa que toma el Señor. El Señor llama. Llama a cada uno de los que Él quiere que lleguen a ser sacerdotes. Tal vez aquí hay algunos jóvenes que han sentido en su corazón esta llamada, el deseo de llegar a ser sacerdotes, las ganas de servir a los demás en las cosas que vienen de Dios, las ganas de estar toda la vida al servicio para catequizar, bautizar, perdonar, celebrar la Eucaristía, atender a los enfermos… y toda la vida así. Si alguno de ustedes ha sentido esto en el corazón es Jesús quien lo ha puesto allí. Cuiden esta invitación y recen para que crezca y dé fruto en toda la Iglesia.

viernes, 25 de abril de 2014

«CREO QUE ESTE ES EL TIEMPO DE LA MISERICORDIA»... La Fiesta de la Divina Misericordia y la canonización de dos Papas



“CREO QUE ESTE
ES EL TIEMPO
DE LA
MISERICORDIA”

Francisco.

En el año de 1980 el Papa Juan Pablo II  terminó de escribir su segunda encíclica[1], fechada el 30 de noviembre de 1980 y titulada "Dives in misericordia", un bellísimo escrito con el tema central de "La Misericordia Divina".

El santo Papa, anotaba al inicio el objetivo de la misma: “Una exigencia de no menor importancia, en estos tiempos críticos y nada fáciles, me impulsa a descubrir una vez más en el mismo Cristo, el rostro del Padre, que es «misericordioso y Dios de todo consuelo»; Dios, es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo”.

Este tema de la Divina Misericordia, como bien lo sabemos, está presente durante toda la vida del cristiano, en las penas y en las alegrías, en los logros y los sinsabores de nuestra existencia. Es fácil darse cuenta de que la elección del II Domingo de Pascua, que concluye la octava de la Resurrección del Señor, indica la estrecha relación que existe entre el misterio pascual de la Salvación y la fiesta de la Misericordia. La Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo son, en efecto, la más grande manifestación de la Divina Misericordia de Dios Padre hacia los hombres, especialmente hacia los pecadores. Esta relación está subrayada por la novena que precede a la fiesta, que se inicia precisamente el Viernes Santo, cuando Cristo, respondiendo y a la vez prolongando la misericordia del Padre, se entrega por nuestra salvación. La novena termina el sábado previo al II Domingo de Pascua que es el día domingo de la Divina Misericordia.

Nuestro Señor Jesucristo habló por primera vez a Santa Faustina de instituir esta fiesta, el 22 de febrero de 1931 en Plock, el mismo día en que le pidió que pintara su imagen y le dijo: "Yo deseo que haya una Fiesta de la Divina Misericordia. Quiero —le dijo nuestro Señor— que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer Domingo después de la Pascua de Resurrección; ese Domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia".

Durante los años posteriores, Jesús le repitió a Faustina este deseo en catorce ocasiones, definiendo precisamente la ubicación de esta fiesta en el calendario litúrgico de la Iglesia, el motivo y el objetivo de instituirla, el modo de prepararla y celebrarla, así como las gracias a ella vinculada.

Algunos santos y beatos, secundaron aquellos anhelos, entre ellos la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, quien llegó a decir que sor Faustina sería canonizada y se atrevió, en aquellos años, a escribir al Papa en turno para suplicarle que se estableciera una fiesta dedicada al Padre Misericordioso, porque ese era un deseo que venía del mismo Dios.

Pasaron muchos años y, sabiendo que no se puede comprender a san Juan Pablo II sin comprender lo que significa este tema de la Divina Misericordia, llegamos al día de la canonización de santa Faustina, nombrada "Apóstol de la Divina Misericordia", el 30 de abril de aquel jubileo del año 2000. El Papa, luego de la homilía, anunció el gran regalo que llenó de alegría al mundo entero: «En todo el mundo, el segundo Domingo de Pascua recibirá el nombre de "Domingo de la Divina Misericordia". Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al género humano en los años venideros», dijo el Santo Padre aquel día ante la multitud que estallaba de aplausos.

Así, Juan Pablo II instituyó oficialmente esta Fiesta de la Divina Misericordia a celebrarse todos los años en esa misma fecha, domingo siguiente a la Pascua de Resurrección. Con la institución de esta Fiesta, san Juan Pablo II concluyó la tarea asignada por Nuestro Señor Jesús a Santa Faustina en Polonia, 69 años atrás, cuando en febrero de 1931 le dijo: "Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia".

En su resurrección, el Hijo de Dios ha experimentado de manera radical en sí mismo la misericordia, es decir, el amor del Padre Misericordioso que es más fuerte que la muerte y más fuerte que el pecado.

En esta fiesta de la Divina Misericordia, al igual que en el magisterio de Juan Pablo II, ocupa un lugar preponderante la Santísima Virgen María, que es quien conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina, y por eso se le llama “Madre de misericordia”, “Virgen misericordiosa” o “Madre de la divina misericordia”.

La Iglesia, que camina cobijada por el manto de María como Madre del verdadero Dios por quien se vive, tiene el derecho y el deber de recurrir a la misericordia de Dios, implorándola frente a todos los fenómenos del mal físico y moral, ante todas las amenazas que pesan sobre el entero horizonte de la vida de la humanidad contemporánea.

El Papa Francisco, con sus palabras y con su ejemplo, nos ha recordado constantemente  que la auténtica misericordia es la fuente más profunda de la justicia, la más perfecta encarnación de la igualdad entre los hombres... "Todos somos pecadores", ha exclamado varias veces en sus discursos y homilías, y "todos estamos necesitados de la infinita misericordia de Dios".

"Después que Jesús vino al mundo —exclamó en uno de sus discursos el Papa Francisco[2]no se puede hacer como si a Dios no le conociéramos. Dios tiene un rostro y un nombre: Dios es misericordia, es fidelidad, es vida que se dona a todos nosotros”.

Ahora, al canonizar a estos dos Juanes maravillosos, Juan XXIII y Juan Pablo II, Francisco nos deja dos grandes figuras que no hicieron otra cosa que vivir de la misericordia de Dios y derramarla por el mundo entero. Las mas de 60 ocasiones que tuve oportunidad de escuchar en vivo a san Juan Pablo II, en Roma, en México y aquí en Estados Unidos, dejaron en mi corazón una huella imborrable de aquel “Dulce Cristo de la Tierra” —como llamaba al Papa la beata María Inés Teresa— y no terminaría de contar mis impresiones sobre esos encuentros de los cuales, además de lo que hay en mi corazón, han quedado algunas fotografías que andan por aquí y por allá, menos en mis manos. A san Juan XXIII, no lo conocí en persona, yo nací en 1961y el murió el 3 de junio de 1963, cuando era yo muy pequeño,  sin embargo, en casa de mis padres me topé con un libro titulado “Las Florecillas del Papa Juan” y es una delicia que lo lleva a uno a conocerlo y quererlo.

En 1997, el Papa Juan Pablo II en su viaje al barrio Lagiewniki de Cracovia, donde vivió y fue sepultada sor Faustina, declaró: «El mensaje de la Divina Misericordia en cierto sentido ha formado la imagen de mi pontificado». Luego, en un libro que publicó el mismo santo Papa pocas semanas de la hora de su muerte, nos explica cómo había preparado aquel documento sobre la Divina Misericordia, del que he hablado al iniciar esta reflexión y que fue clave en todo su magisterio. El Papa escribió: “Las reflexiones de la "Divina Misericordia" fueron fruto de mis experiencias pastorales en Polonia y especialmente en Cracovia. Porque en Cracovia está la tumba de santa Faustina Kowalska, a quien Cristo concedió ser una portavoz particularmente inspirada de la verdad sobre la Divina Misericordia. Esta verdad suscitó en sor Faustina una vida mística sumamente rica. Era una persona sencilla, no muy instruida y, no obstante, quien lee el Diario de sus revelaciones se sorprende ante la profundidad de la experiencia mística que relata.

Digo esto —continúa explicando san Juan Pablo—  porque las revelaciones de sor Faustina, centradas en el misterio de la Divina Misericordia, se refieren al período precedente a la Segunda Guerra Mundial. Precisamente el tiempo en que surgieron y se desarrollaron esas ideologías del mal como el nazismo y el comunismo. Sor Faustina se convirtió en pregonera del mensaje, según el cual la única verdad capaz de contrarrestar el mal de estas ideologías es que Dios es Misericordia, la verdad del Cristo misericordioso. Por eso, al ser llamado a la Sede de Pedro, sentí la necesidad imperiosa de transmitir las experiencias vividas en mi país natal, pero que son ya acervo de la Iglesia universal”[3].

Entre otras cosas, san Juan Pablo II quiso también que la iglesia del Espíritu Santo de Roma, que se encuentra a unos pasos del Vaticano, a la entrada de la Vía de la Consolación, se convirtiera en el santuario romano de la Divina Misericordia, donde se venera la imagen del Jesús misericordioso que se manifestó a sor Faustina. San Juan Pablo II, hermanos y amigos, falleció precisamente cuando litúrgicamente comenzaba el Domingo de la Misericordia, proclamado por él mismo en aquel glorioso año 2000. Sería muy difícil o más bien imposible no ver en esta coincidencia un signo del Cielo.

La Misericordia, hermanos y amigos, no es un amor cualquiera, sino un amor gratuito, generoso, al estilo de Juan XXIII y Juan Pablo II. Un amor manifestado en el Hijo encarando, muerto y resucitado por nosotros y por nuestra salvación. Un amor que, proviniendo de Dios, es siempre más fuerte que nuestras debilidades, pues el amor misericordioso viene en búsqueda del hombre pecador para llevarlo a la salvación.

Como religioso y sacerdote misionero, estoy convencido de que la comprensión de este amor misericordioso, puede estimular un nuevo empuje misionero en el mundo entero. La comprensión de la misericordia nos hará comprender a todos que lo importante, tanto para clérigos y laicos no es ocupar los primeros lugares, tener poder de mandar o anhelar cubrirse de ropajes principescos, sino sentarse al último, como el más necesitado de la infinita misericordia del mismo Cristo que lavó los pies a sus hermanos, aun al que sabía que lo iba a traicionar.

Debemos convencernos de que, como decía san Juan Pablo II, es en la misericordia de Dios donde el mundo volverá a encontrar la paz y el hombre la felicidad.

Voy ahora a unas cuantas palabras del diario de sor Faustina en donde dice: «Ayúdame, Señor, para que mi corazón sea misericordioso de manera que participe en todos los sufrimientos del prójimo. A nadie negaré mi corazón. Me comportaré sinceramente incluso con aquellos que sé que abusarán de mi bondad, mientras yo me refugiaré en el Corazón misericordiosísimo de Jesús».

Vale la pena leer una vez más el diario de santa Faustina Kowalska y hacerlo a la luz de la “Dives in Misericordia”. Así no olvidaremos nunca que, por esta infinita misericordia, Dios nos ama con locura. Una verdad que es capaz de cambiar cualquier historia humana y de salvar al mundo de sus angustias y miserias.

Quiero terminar  esta mal hilvanada reflexión, con unas palabras del Papa Francisco, que quisiera resonaran en nuestros corazones como una preparación a esta hermosa fiesta del Divina Misericordia:

"Creo que este es el tiempo de la misericordia. Este cambio de época, también con muchos problemas de la Iglesia —como un mal testimonio de algunos presbíteros, incluso los problemas de corrupción en la Iglesia, también el problema del clericalismo, por ejemplo—, han dejado muchos heridos, muchos heridos. Y la Iglesia es Madre: debe ir a curar a los heridos, con misericordia. Pero si el Señor no se cansa de perdonar, no tenemos otra opción que esto: en primer lugar, atender a los heridos. Es madre, la Iglesia, y debe ir por este camino de la misericordia. Y encontrar una misericordia para todos. Pero creo que, cuando el hijo pródigo ha vuelto a casa, el padre no le dijo: "Pero, tú, escucha, siéntate: ¿qué hiciste con el dinero?". ¡No! ¡Hizo fiesta! Luego, tal vez, cuando el hijo ha querido hablar, ha hablado. La Iglesia tiene que hacerlo así. Cuando hay alguien... no solo esperarlo: ¡hay que ir a buscarlo! Esta es la misericordia. Y creo que este es un kairós: este tiempo es un kairós de misericordia. Pero esta primera intuición la tenía Juan Pablo II, cuando comenzó con Faustina Kowalska, la Divina Misericordia... tenía algo, se dio cuenta de que era una necesidad de este tiempo"[4].

Hermanos y amigos: Que María, Madre de la Divina Misericordia venga en nuestro auxilio y prepare nuestros corazones para esta hermosa Fiesta que hoy empezamos a celebrar uniendo a la novena estas reflexiones y la alegría de la procesión que nos recuerda nuestro andar en este mundo hasta llegar al cielo,

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.
(Conferencia pronunciada el 25 de abril de 2014 en la parroquia de Santa Martha de la Arquidiócesis de Los Angeles, California.)


[1] La palabra proviene del latín Encyclia y del griego ἐκκύκλιος ("ekkyklios") que significa "envolver en círculo". La Iglesia utiliza el término para referirse a las El título de la encíclica es normalmente tomado de sus primeras palabras en latín. En la Iglesia católica, en los últimos tiempos, una encíclica se utiliza generalmente para cuestiones importantes, y es el segundo documento más relevante emitido por los papas, después de la Constitución Apostólica. Las encíclicas papales indican una alta prioridad para un tema en un momento dado. Son los sumos pontífices quienes definen cuándo y bajo qué circunstancias deben expedirse encíclicas.
[2] Palabras en el ángelus del 18 de agosto de 2013.
[3] Juan Pablo II, Memoria e identidad, capítulo 2.
[4] Palabras del Papa Francisco sobre la Divina Misecordia, una vez finalizada la JMJ; en la Rueda de prensa posterior durante el vuelo de regreso a Roma. CIUDAD DEL VATICANO, 30 de julio de 2013