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viernes, 26 de junio de 2026

«LA FORMACIÓN PERMANENTE EN LA VIDA CONSAGRADA»


La vocación, respuesta del hombre a la llamada de Dios, encierra en su misterio, unas realidades que encienden el corazón que quiere entregar su vida por la causa de Cristo.

En medio de una sociedad profundamente materialista, marcada por el egoísmo y que anega las aspiraciones más nobles del corazón, percibimos que la vocación es una respuesta, a la llamada que Dios hace para seguirlo, que no puede ser pasajera. Aceptar la vocación y perseverar en ella, quiere decir «creer en el amor» (Cfr. 1 Jn 4,16.  Cada uno es «amado y escogido providencialmente por el dueño de la viña» (ESQUERDA BIFET Juan, "Ven y verás", Roma 1993, p. 8). Nuestra vocación es ante todo, una vocación de amor. 

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, supo descubrir esto y trazó un programa para su vida, un programa tan sencillo como esto: «Que mi vida sea un programa de amor. Que mi vida sea un acto de continua oblación» (ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, "Recuerdo de mis santos ejercicios", julio 6-17 de 1941).

Viendo nuestra respuesta vocacional en esta clave de amor, encontraremos siempre motivos más que suficientes para perseverar con alegría. Nuestra vida consagrada debe ser una vida impregnada de amor, porque nos sabemos amados por Dios. El Señor nos llama cada día a reestrenar la gracia de la vocación, a «volver al primer amor» (Cfr. Ap 2,2-5), a reavivar la ilusión de vivir pata él, recordando que «salimos de la mano de Dios, como obra y fruto de su amor» (CASTRILLÓN HOYOS Darío, "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 21).

Desde hace algunos años se habla mucho de «formación permanente» y está bastante claro que no se trata de algo nuevo, pero hoy, «en medio de nuestro mundo, en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, en donde el hombre busca desesperadamente en su mayoría, su seguridad existencial en el progreso científico y técnico, en el poder, en el dinero, en la comodidad, esta formación permanente se hace urgente, para que el consagrado no se deje arrastrar por modas o tendencias pasajeras.» (cfr. DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "Cristo, fundamento del sacerdocio; sacerdote, sacramento de Cristo", manuscrito sin fecha).

Jesús llamó a los que él quiso, nos llamó a nosotros también. Él llama siempre para estar con él y para enviar, a los llamados, a predicar la Buena Nueva(Cfr. Mc 3,13-14). La vocación, entonces, es «una llamada a compartir la vida de Cristo en un encuentro permanente y una misión totalizante» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "La miseria al servicio de la misericordia", manuscrito sin fecha). El «sígueme» de Jesús, se sigue repitiendo en cada llamada, en cada vocación, y no sólo eso, sino que se va renovando cada día, de tal manera que el que se sabe llamado, ha sido amado por Cristo y debe ir motivado por una respuesta dinámica a la llamada. 

«El amor de Dios nos persigue» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "El pecado, Un ¡no! al amor de Dios”, manuscrito, 1994). Jesús se encuentra con nosotros, nos arrastra, nos cautiva, nos convence y nos va transformando. Por eso la beata María Inés decía: «Quiero transformarme en tu amor, quiero vivir de amor, quiero morir de amor» (ARIAS ESPINOSA María-Inés-Teresa O.S.C., "Ejercicios espirituales", 1943).

En la mirada de  nuestro Señor Jesucristo, «imagen de Dios invisible» resplandor de la gloria del Padre, se percibe la profundidad de ese amor eterno e infinito que toca las raíces del ser. La persona que se deja seducir por él, abandona todo y lo sigue. Como san Pablo considera que todo lo demás es «pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús», ante el cual no duda en tener todas las cosas «por basura para ganar a Cristo». Su aspiración es identificarse con él, asumiendo sus sentimientos y su forma de vida". (Cfr. Vita Consecrata 18). 

Recordando que «el fin de la vida consagrada consiste en la configuración con el Señor Jesús y con su oblación total, es sobre todo a esto a lo que debe aspirar la formación (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 36-37). Desde esta perspectiva se entiende que la vocación religiosa auténtica, es una vigorosa experiencia de encuentro con el Padre de las Misericordias en Cristo. Es literalmente una «vivencia». El verdadero religioso, como vemos en la beata María Inés, es un enamorado de Cristo que, como san Pablo, pretende alcanzar a Cristo, porque se sabe previamente alcanzado por él. (Cfr. DELGADO RANGEL, Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "La expresión de un único sí", manuscrito, 1994)

La formación permanente, es el esfuerzo integral que hemos de asumir, con la gracia de Dios, para permanecer dinámicamente fieles a la propia identidad espiritual y eclesial y para ser capaces de adaptamos y responder positivamente, en el nombre del Señor, a las exigencias históricas de la vocación (Cfr. MISIONERAS CLARISAS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO, "Guía de formación", Roma, diciembre de 1997). Se trata de una cuestión de «perseverancia» y «fidelidad», como muchas veces lo he repetido y experimentado. «¿Cómo olvidar que el Señor nos llamó?.. nos llamó por el nombre y no nos dejará jamás. Nadie nos puede suplir ni representar en la llamada que nos hace cada día a seguirle pobre, casto y obediente» (DELGADO RANGEL, Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "Me considero feliz", manuscrito, 1996).

«Ninguna fase de la vida puede ser considerada tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad de ser asistida y poder tener mayores garantías de "perseverancia" en la "fidelidad", ni existe edad alguna en la que se pueda dar por concluida la completa madurez de la persona» (Vita Consecrata 69). «La vida del presbítero y de la persona consagrada es formación es formación en sí misma» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 37).

Los sacerdotes y los consagrados, debemos tener muy en claro que vivimos en una constante formación, por se habla de formación permanente, el «sígueme» del primer día, se repite cada día y se reafirma en una respuesta de plenitud de entrega que continúa siempre actual. «Nadie deja nunca de sentirse llamado, hay un llamamiento constante en nuestra vida» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "Dos caminos", manuscrito, 1994). La formación permanente nos lleva a permanecer sumergidos en Cristo, en el misterio dramático de su corazón para que día con día, según las etapas de la vida que vayamos atravesando, aprendamos a vibrar de su pasión por hacer la voluntad del Padre que nos ama (Jn 16,27) y por salvar a la humanidad llenándola de vida (Jn 10,10).

La formación permanente no se funda en racionalismos ni en sentimentalismos ni en estados anímicos como muchos, llevados por modas actuales, se dejan llevar. Quizá por esa realidad que muchos viven en la entrega vocacional de vivir así, el «sí» de un día se convierte fácilmente en un «no» que impide seguir respondiendo. «La formación permanente es ante todo gracia que viene de lo alto, cada día, un don cotidiano, seguro, infalible y providencial» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 38). La formación permanente viene a ser una ayuda para no dejamos guiar por nuestro modo de sentir y pensar, sino por los criterios de Cristo. «Mi vida debe ser un espejo en el que se reproduzcan las virtudes de Nuestro Señor» (ARIAS ESPINOSA, María Inés Teresa, "Ejercicios espirituales", 1933). Por eso es una tarea de toda la vida. «No bastan unos años de rutina, es toda una vida la que se compromete por él». (ESQUERDA BIFET Juan, "Encuentro con Cristo", editorial Sígueme, Salamanca 1987).

En la vida consagrada no basta con ser ya de votos perpetuos para sentirse «formado». Todos necesitamos de los diversos medios de la formación permanente que, de por sí, ya los conocemos: la oración como encuentro con Cristo especialmente en la Eucaristía, la Palabra de Dios, los sacramentos, la profundización en la doctrina sobre vida religiosa, la doctrina sacerdotal para los que somos sacerdotes o nos preparamos a serlo, la dirección espiritual, la vida de sacrificio y entrega, la vida fratena en comunidad, el amor a María, el compromiso misionero, el conocimiento cada vez más profundo y la vivencia del carisma de nuestros fundadores. «Se necesita una formación permanente que abarque los niveles de espiritualidad, cultura teológica y humana, metodología pastoral, convivencia en la comunidad, etc.» (ESQUERDA BIFET Juan, "Te hemos seguido", Biblioteca de autores cristianos, Madrid 1996, p. 52).

Hablamos, entonces, de una formación continua que se lleva a cabo como «un proceso global de renovación que abarca todos los aspectos de la persona del religioso y el conjunto del instituto mismo» (“Orientaciones sobre la formación en los institutos religiosos”, # 68). Esta formación permanente no es cosa fácil, que se pueda realizar en un día, es todo un proceso que requiere de mucho esfuerzo —ascética— y por supuesto, de la gracia de Dios —mística— y que empieza desde las primeras etapas de la formación inicial que prepara a la ordenación sacerdotal o a la profesión perpetua. 

Luego esa formación continúa en el día a día del ministerio, en la vida común, en el servicio desinteresado, en la disponibilidad a la misión, etc. La formación no se puede cerrar en un paréntesis juvenil, sino que tiene que estar abierta a todo el arco existencial, hasta alcanzar el máximo de disponibilidad en la fase final de la existencia. Por eso la muerte forma parte importante del proceso de formación continua, porque hay que prepararse de manera individual y comunitaria al momento de la muerte. La muerte es el punto más elevado del proceso de identificación con la pasión de Cristo por Dios y por los hombres.

Hemos de pensar siempre que nuestra vida, tanto en el ministerio como en la vida consagrada, es larga y dificultosa, porque se trata de responder a una misión muy grande. El éxito de la tarea misionera de nuestra vocación depende, en mucho, de la calidad de formación permanente que tengamos. Porque «no puede darse un solo momento en el que el Padre no se ha movido por aquel gran deseo de formar en cada uno de nosotros, el corazón de su amado Hijo.» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 43)

A mayor formación humana, espiritual, apostólica, intelectual, en el propio carisma, mayor será lo que una diócesis, un instituto o una familia religiosa ofrezcan a la Iglesia y al mundo. «La vida se confía al hombre como un tesoro que no se debe malgastar, como un talento a negociar. El hombre debe rendir cuentas de ella a su Señor» ("Evangelium vitae", # 52).

La falta de la formación permanente no se podrá suplir con nada, ni con el fervor, ni con un gran corazón, ni con talento, ni con amplios planes de conquistas de almas, y ciertamente su ausencia se dejará sentir en una mundanización de los miembros, en una vida seca, áspera, sin frutos. Nadie puede ser santo si no se mantiene en este estado de formación permanente. Dicen que San Francisco de Sales, al llegar a Chablais, infestado de Calvinistas, dijo: «Esto está en manos de los protestantes porque nosotros hemos rezado el breviario pero no hemos aumentado nuestro saber». 

Los santos y los fundadores, en general, vivieron siempre reconcentrados en la formación permanente. «Imitar a los santos, no es copiar un ideal; no es copiar a los santos. Significa, siguiendo su ejemplo, dejarse conducir, como ellos, por un Otro adonde tú no querrías ir, dejar que el amor te configure desde dentro con la forma en que trasciende toda formas, significa precisamente llegar a ser un original, no una copia» (JACQUES MARITAIN, “Frontiere della poesia”, Brescia 1981, p. 104). De hecho, en mi caso concreto, como Misionero de Cristo, he podido ver algunos de los libros en los que la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, sostuvo su formación permanente y la de nuestra Familia Inesiana. Su Biblia de estudio estaba más que gastada. En algunos de sus escritos deja ver la importancia que la formación permanente y la autoformación tenía para ella: 

«El estudio principal para todo misionero es la Sagrada Escritura. Allí se han forjado los santos; de allí han sacado toda su ciencia, como un santo Tomás y un San Buenaventura». (Carta colectiva de mayo de 1974). «Los cursos intensivos siguen en su apogeo; me van a costar muchísimo, que sólo Dios sabe cómo va a proveer a sus pagos, pero espero en Dios que se aprovechan con ganas y, poco a poco, vayamos ganando cultura y, con ella, almas para Dios». (Carta del 26 de diciembre de 1954). «Cada misionero tome muy en cuenta la autoformación, que se adquiere, ante todo, en la oración recogida y silenciosa, ya sea al pie del Sagrario o en algún otro sitio; y en la lectura de seleccionados libros, empezando por la Sagrada Escritura, decretos conciliares, y de aquellos otros que nos renueven, tanto en lo espiritual y religioso, como en lo humanístico, social y pedagógico». (Carta circular del 8 de diciembre de 1969).

La formación permanente, por tanto abarca todas las áreas de nuestro existir. «Ninguno puede estar exento de aplicarse al propio crecimiento humano y religioso; como nadie puede tampoco presumir de sí mismo y llevar su vida con autosuficiencia» (CASTRILLÓN DE HOYOS Darío, "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 76).

Dentro de este tema de la formación permanente, merece un apartado especial el tiempo que se dedica a la autoformación, porque la formación permanente será, seguramente, llevada a cabo sí, en la vida ordinaria pero ayudándose de diversos medios que estarán al alcance de cada uno en el lugar y circunstancia en donde esté. La autoformación es crucial para el sacerdote y para todo consagrado, porque fomenta la adaptabilidad a cambios rápidos, desarrolla la autonomía, mejora la empleabilidad y el rendimiento al permitir el aprendizaje a su propio ritmo conforme a etapa de la vida que atraviese, y fortalece la confianza y la independencia, siendo un motor de crecimiento personal y profesional continuo en un mundo en constante evolución. 

La autoformación es crucial porque fomenta la adaptabilidad a cambios rápidos, desarrolla la autonomía, mejora la empleabilidad y el rendimiento al permitir el aprendizaje a tu propio ritmo, y fortalece la confianza y la independencia, siendo un motor de crecimiento personal y profesional continuo en un mundo en constante evolución. Termino esta reflexión con la esperanza de que sea útil, o por lo menos no estorbe en este proceso de formación. El Padre Celestial quiere que  seamos santos como él es santo. Ruego a la santísima Virgen María que a cada uno nos de luz, nos haga comprender la necesidad de formamos en todo tiempo y lugar y que viendo a Jesucristo y a tantos santos fundadores, vivamos cada día sin tedio y sin rutina inútil, viviendo y perseverando con sencillez y entrega fiel.

Algunos puntos de reflexión biblica:

Iniciativa de Cristo en la llamada: Jn 15,16.
La vocación es un don de Dios: Mc 3, 13s; Mt 9,38; 6,65.
Consagración y misión: Le 4,18; Jn 10,36.

Padre Alfredo.

lunes, 4 de marzo de 2019

«Señor Jesús que me conozca a mí, que te conozca a Ti»... La hermosa oración de san Agustín

Señor Jesús, que me conozca a mi, 
y que te conozca a Ti.
Que no desee otra cosa sino a Ti.
Que me odie a mí y te ame a Ti,
y que todo lo haga siempre por Ti.
Que me humille y que te exalte a Ti.
Que no piense nada más que en Ti.
Que me mortifique, para vivir en Ti,
y que acepte todo como venido de Ti.
Que renuncie a lo mío y te siga sólo a Ti.
Que siempre escoja seguirte a Ti.
Que huya de mí y me refugie en Ti,
y que merezca ser protegido por Ti.
Que me tema a mí y tema ofenderte a Ti.
Que sea contado entre los elegidos por Ti.
Que desconfíe de mí
y ponga toda mi confianza en Ti,
Y que obedezca a otros por amor a Ti.
Que a nada dé importancia sino tan sólo a Ti.
Que quiera ser pobre por amor a Ti.
Mírame, para que sólo te ame a Ti.
Llámame, para que sólo te busque a Ti,
y concédeme la gracia
de gozar para siempre de Ti. Amén.

Agustín.

sábado, 1 de julio de 2017

«FORMACIÓN PERMANENTE»... Una respuesta de amor


La vocación a la vida y a ser cristianos, exige una respuesta del hombre a la llamada de Dios. Esta respuesta encierra en su misterio, unas realidades que encienden el corazón que quiere entregar su vida como discípulo-misionero por la causa de Cristo. En medio de una sociedad globalizada y profundamente materialista, marcada por el egoísmo y el relativismo, que anega las aspiraciones más nobles del corazón, percibimos que la vocación a ser cristiano es una respuesta a la llamada que Dios hace para seguirlo; una respuesta que no puede ser pasajera. Aceptar la vocación cristiana y perseverar en ella, quiere decir «creer en el amor» (Cf. 1 Jn 4,16. «Cada uno es amado y escogido providencialmente por el dueño de la viña», Juan Esquerda Bifet, "Ven y verás", Roma 1993, p. 8). Nuestra vocación es ante todo, una vocación de amor. La beata Madre María Inés Teresa Arias, supo descubrir esto y trazó un programa para su vida, un programa tan sencillo como esto: «Que mi vida sea un programa de amor. Que mi vida sea un acto de continua oblación». (Ejercicios Espirituales de 1941).  

Viendo nuestra respuesta vocacional en esta clave de amor desde la perspectiva de nuestro bautismo, que nos hace hijos de Dios y responsables de esa respuesta a la llamada de Dios, encontraremos siempre motivos más que suficientes para perseverar con alegría. Nuestra vida como católicos debe ser una vida impregnada de amor, porque nos sabemos amados por Dios. El Señor nos llama cada día a reestrenar la gracia de la vocación, a «volver al primer amor» (Cf. Ap 2,2-5), a reavivar la ilusión de vivir pata él, recordando que «salimos de la mano de Dios, como obra y fruto de su amor» (Darío Castrillón Hoyos,  "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 21). 

Hoy se habla mucho de «formación permanente» y está bastante claro que no se trata de algo nuevo, pero hoy, en medio de nuestro mundo, en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, en donde el hombre busca desesperadamente en su mayoría, su seguridad existencial en el progreso científico y técnico, en el poder, en el dinero, en la comodidad, esta formación permanente se hace urgente, para que el cristiano de cualquier clase y condición no se deje arrastrar por modas o tendencias pasajeras. Jesús llamó a los que él quiso, nos llamó a nosotros también para formar parte de su Iglesia. Él llama siempre para estar con él y para enviar, a los llamados, a predicar la Buena Nueva (Cf. Mc 3,13-14).

La vocación, entonces, es una llamada a compartir la vida de Cristo en un encuentro permanente y una misión totalizante. El «sígueme» de Jesús, se sigue repitiendo en cada llamada, en cada cristiano, en cada vocación específica, y no sólo eso, sino que se va renovando cada día, de tal manera que el que se sabe llamado, ha sido amado por Cristo y debe ir motivado por una respuesta dinámica a la llamada. «El amor de Dios nos persigue y nos urge» (Cf 2 Cor 15,14). En la Iglesia, como comunidad de llamados que buscan responder a la llamada, Jesús se encuentra con nosotros, nos arrastra, nos cautiva, nos convence y nos va transformando. Por eso la beata María Inés decía: «Quiero transformarme en tu amor, quiero vivir de amor, quiero morir de amor» (Ejercicios Espirituales de 1943). «En la mirada de Cristo, "imagen de Dios invisible" resplandor de la gloria del Padre, se percibe la profundidad de un amor eterno e infinito que toca las raíces del ser. La persona que se deja seducir por él, tiene que abandonar todo y seguirlo. Como san Pablo considera que todo lo demás es "pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús", ante el cual no duda en tener todas las cosas "por basura para ganar a Cristo". Su aspiración es identificarse con él, asumiendo sus sentimientos y su forma de vida» (V.C. 18).  

La vida cristiana en la Iglesia Católica, es una vigorosa experiencia de encuentro con el Padre de las Misericordias en Cristo como familia de Fe. Es literalmente una «vivencia». El auténtico bautizado como nos diría Madre Inés, es un enamorado de Cristo que, como san Pablo, pretende alcanzar a Cristo, porque se sabe previamente alcanzado por él (Cf. Flp 3,12). La formación permanente es el esfuerzo integral que cada bautizado ha de asumir, con la gracia de Dios, para permanecer dinámicamente fieles a la propia identidad espiritual y eclesial y para ser capaces de adaptamos y responder positivamente, en el nombre del Señor, a las exigencias históricas de la vocación cristiana. (Cf. Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, "Guía de formación", Roma, diciembre de 1997). Se trata de una cuestión de «perseverancia y fidelidad», como muchas veces lo he repetido y experimentado a lo largo de mi ministerio sacerdotal. 

¿Cómo olvidar que el Señor nos llamó a tener vida y a ser sus hijos? Él nos llamó por nuestro nombre y no nos dejará jamás. Nadie nos puede suplir ni representar en la llamada que nos hace cada día a seguirle en la Iglesia para conquistar el mundo para Él. «Ninguna fase de la vida puede ser considerada tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad de ser asistida y poder tener mayores garantías de "perseverancia" en la "fidelidad", ni existe edad alguna en la que se pueda dar por concluida la completa madurez de la persona (V.C. 69).

Si vivimos en esta constante formación permanente, el «sígueme» que en nuestro nombre pronunciaron quienes nos llevaron a la pila bautismal, se repite cada día conscientemente desde nuestro uso de razón y se reafirma en una respuesta de plenitud de entrega que continúa siempre actual. Nadie deja nunca de sentirse llamado, hay un llamamiento constante en nuestra vida.

La formación permanente del católco, no se funda en racionalismos ni en sentimentalismos, ni en estados anímicos —como muchos, llevados por modas actuales, se dejan llevar—. Quizá por haberse dejado envolver por esta realidad del relativismo que muchos viven en la Iglesia sea cual sea su vocación específica, el «sí» de un día, se convierte fácilmente en un «no», que impide seguir respondiendo. La formación permanente viene a ser una ayuda para no dejamos guiar por nuestro modo de sentir y pensar, por nuestro egoísmo, sino por los criterios de Cristo. «Mi vida debe ser un espejo en el que se reproduzcan las virtudes de Nuestro Señor», decía la beata Madre María Inés (Ejercicios Espirituales de 1933). Por eso es una tarea de toda la vida. «No bastan unos años de rutina, es toda una vida la que se compromete por él» (Juan Esquerda Bifet, "Encuentro con Cristo", editorial Sígueme, Salamanca 2015).  No basta ser bautizado y haber ido al Catecismo para sentirse «formado» en la fe.

Los medios de la formación permanente ya los conocemos: la oración diaria como encuentro con Cristo especialmente en la Eucaristía, la Palabra de Dios, los sacramentos, la profundización en la doctrina sobre vida cristiana, la dirección espiritual, la vida de sacrificio y entrega, la vida fraterna en una comunidad familiar y de amigos en la fe, el amor a María y el compromiso como discípulos-misioneros. Además, siempre las parroquias e instituciones ofrecen el conocimiento cada vez más profundo y la vivencia de nuestra fe. «Se necesita una formación permanente que abarque los niveles de espiritualidad, cultura teológica y humana, metodología pastoral, convivencia en la comunidad, etc.» (Juan Esquerda Bifet, "Te hemos seguido", BAC, Madrid 1996, p. 52).  Es una formación continua que se lleva a cabo como un proceso global de renovación que abarca todos los aspectos de la persona. 

Esta formación permanente no es cosa fácil, algo que se pueda realizar en un día, es todo un proceso que requiere de mucho esfuerzo (ascética) y por supuesto, de la gracia de Dios (mística). Hemos de pensar siempre que nuestra vida de fe es larga y dificultosa, porque se trata de responder a una misión muy grande, el éxito de la tarea misionera de la Iglesia depende, en mucho, de esta formación permanente de cada bautizado y de una mayor formación humana, espiritual, apostólica, intelectual. La vida se confía al hombre como un tesoro que no se debe malgastar, como un talento a negociar. El hombre debe rendir cuentas de ella a su Señor.

La falta de esta formación permanente no se podrá suplir en la Iglesia con nada, ni con el fervor, ni con un gran corazón, ni con talento, ni con amplios planes de conquistas de almas. Nadie puede ser santo si no se mantiene en este estado de formación permanente. San Francisco de Sales, al llegar a Chablais, infestado de Calvinistas, dijo: «Esto está en manos de los protestantes porque nosotros hemos rezado el breviario pero no hemos aumentado nuestro saber»(Darío Castrillón Hoyos, "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 76). Ninguno puede estar exento de aplicarse al propio crecimiento humano y religioso; como nadie puede tampoco presumir de sí mismo y llevar su vida con autosuficiencia.

Termino esta reflexión con la esperanza de que sea útil, o por lo menos, no estorbe en este proceso de formación que todo bautizado debe tener. El Padre Celestial quiere que seamos santos como él es santo (Lv 11,44.45; 19,2; 20.26; 1 Pe 1,15.16).  Ruego a la santísima Virgen María que a cada uno de los miembros de la Iglesia nos de luz, nos haga comprender la necesidad de formamos en todo tiempo y lugar y que viendo a tantos santos que han hecho de nuestra Iglesia una familia en la fe como Cristo lo anheló, vivamos cada día sin tedio y sin rutina inútil, viviendo y perseverando con sencillez y entrega fiel.

Algunos puntos de reflexión biblica:

Iniciativa de Cristo en la llamada: Jn 15,16.
La vocación es un don de Dios: Mc 3, 13s; Mt 9,38; 6,65.
Discipulado y misión: Mc 3,13-14; Lc 4,18; Jn 10,36.

Alftedo L. Delgado Rangel, M.C.I.U.

lunes, 26 de junio de 2017

«LA IMPORTANCIA DE LA AUTOFORMACIÓN EN NUESTROS DÍAS»... Un compromiso de todo bautizado


Los cambios vertiginosos a los cuales esta siendo constantemente sometida nuestra sociedad, la llevan a poseer un rápido tiempo de reacción, que involucra el análisis de los mismos y su posterior adaptación a través de nuevas propuestas. Es por esto que, ante los cambios impuestos por las nuevas tendencias que influye la tecnología, el veloz acceso a la información y a la educación; la expansión incontrolable de la New Age, el amplio sincretismo religioso y la misma como nueva tendencia a hacer un «mix» de todo, incorpora nuevas formas de aprender y crecer para el creyente que forma parte de una Iglesia que está inmersa en medio de esta sociedad. Todos y cada uno de nosotros, participantes en el proceso educativo del mundo globalizado como sujetos sociales, y sobre todo como seres humanos en búsqueda de Dios para pertenecerle por completo. 

Todo bautizado requiere una formación que le permita entender los cambios sociales que actualmente experimentamos y que influyen en la vivencia de nuestra fe y de nuestra vocación específica; proyectar la importancia del aspecto humano en la fe, (es decir unir fe–vida); implementar los medios necesarios en las débiles áreas de formación que el mundo ofrece con una formación que debe ir encaminada a la reflexión de nuestro actuar frente a los demás seres humanos dentro y fuera de casa y de nuestra Iglesia, ya que cada bautizado debe ser capaz de mirarse hacia dentro y responder a sí mismo qué tanto está dispuesto a dar para ser mejor persona y transparentar a Cristo en su vida para contribuir a que la sociedad se impregne del Evangelio respondiendo al llamado de Cristo: «Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura» (Mt 16,15). En este sentido, «la educación es un campo de actividad sin límites, que se da en todos los ámbitos de la acción y de la interacción de la comunidad, y por tanto, en cierto sentido, escogemos ser agentes pasivos o activos de la educación» (cf. Arredondo, 1991).

El tema de la «autoformación» en la fe, nos lleva a considerarla como aquella que se promueve en el bautizado, sea cual sea su condición y vocación en la vida. Es una actividad eminentemente humana por medio de la cual todo hijo de Dios es capaz de recrear la cultura, esto sería conociéndola primero, ya que ¿cómo sería posible analizar y proponer posibles soluciones a los problemas de nuestra sociedad desde la vivencia de fe y lo más importante, sensibilizarme frente a ella, si no la conozco?

Con sorpresa solemos escuchar  a católicos que desconocen lo que ocurre a su alrededor, mucho más nos entristece si dicha manifestación proviene de un sacerdote o religioso, pero esto nos hace esforzarnos por presentar un modelo de creyente, hombre y mujer de fe, que sea íntegro, crítico, que en su formación constante contenga las áreas humana, intelectual, espiritual y apostólica, y además posea condiciones de ser autónomo, capaz de pensar por sí mismo, responsable en asumir la realidad con sus consecuencias y causas; capacidad de  decisión; tomar posturas equilibradas; seres sensibles a los distintos aspectos de la vida; predispuestos a conquistar su  felicidad y la de los demás; encontrando el sentido de su vida como bautizados, solidarios, en fin, lejos de limitarnos a lo que pudiera ser como el campo del profesional en el mundo, que solamente se preocupa de una sola área, la autoformación en el bautizado, invade todos los dominios; uno se forma en múltiples actividades, ya sea como sacerdote, como religioso, como laico, como misionero, como agente de pastoral es decir, en todos los niveles de responsabilidad, y de ser posible en forma permanente.

Tenemos entonces que, la autoformación se va desarrollando en la medida en que uno piensa sobre lo que hace, sobre su significación, sobre los fracasos que vive y los triunfos que alcanza viviendo cada día la fe. Es así como la autoformación nos hace recordar y experimentar que somos diferentes de las máquinas, porque somos hijos de Dios, y eso nos lleva a entrar en nosotros mismos reflexivamente para ser como Cristo. Eso nos lleva a mirar nuestras motivaciones, angustias, deseos, formas de enfrentar temores; esto es lo que nos hace real con respecto a nosotros mismos y de esta forma nos permite ésta reflexión, a su vez, llevarnos a la proyección con los demás, a la búsqueda de soluciones a las problemáticas reales que el mundo de hoy vive. El bautizado, en su autoformación en la fe, deja de centrarse en sí, para salir de sí, hacia los demás.

Si logramos que la autoformación de cada miembro de la Iglesia, vaya encaminada a una proyección positiva del ser humano y su entorno, tendremos entonces que nuestra vivencia bautismal, se hace una respuesta reflexiva y consecuente de la autoformación, y nos ayuda a juzgar las crudas realidades de hoy ante la violencia, el egoísmo, las expectativas amenazantes de la explosión de una guerra, y nos hace descubrir, desde el fondo de nuestro ser, qué es lo que haría Cristo frente a eso.

En este aspecto, hablamos de los bautizados que conscientes de la necesidad de su autoformación, se acercan en sus parroquias o comunidades a las distintas áreas de formación y por supuesto también a la literatura y páginas formativas en la Internet. El bautizado que es consciente de su compromiso por crecer en la vivencia de la fe, maneja una «disciplina interna». 

El proceso de «autoformarse» no puede ser más que un trabajo sobre sí mismo, libremente imaginado, deseado y perseguido, realizado a través de medios que se ofrecen o que uno mismo se procura haciendo uso de la reflexión ética, entendida como la capacidad de esclarecer, valorar, apreciar los hechos, fenómenos, situaciones de la realidad desde perspectivas globales, interdisciplinarias, con el fin de optar, de decidir por lo que se juzgue lo más significativo, lo más valioso para vivir el cristianismo en el mundo de hoy. Como miembro de la Iglesia, el bautizado debe saberse miembro de una comunidad formativa, ante los retos que el mundo le pone y ante los duelos a que está obligado a enfrentar, pues toda elección implica una renuncia y el hecho de haber elegido vivir la fe católica, representa una renuncia a muchas cosas que el mundo globalizado de hoy, relativista, materialista y consumista ofrece de forma barata y constante.

El bautizado que busca «autoformarse»  tiene que reflexionar su entorno en la familia, en la escuela, en el trabajo, y además, decidir su nivel y el tipo de participación que tendrá en su realidad inmediata como miembro de la Iglesia. L «autoformación», para el bautizado, debe ser como «un retorno sobre sí mismo, sobre sus motivaciones, deseos, angustias, maneras de tener miedo de sí mismo, del otro, o no, tratamiento del otro como un hermano, enemigo, u objeto de poder o no; cuando hace, entonces, ese trabajo, está efectuando un trabajo sobre sí mismo, que de alguna manera lo constituye en sujeto real como persona con respecto a sí mismo y no como una máquina.» (Filloux, 1996). La autoformación en todo bautizado, es una tarea que empezó desde que hay uso de razón y que se va desarrollando «en la medida en que uno piensa sobre lo que hace, sobre su significación, sobre los fracasos que uno vive...» (Filloux, 1996). De la autoformación uno espera definitivamente, el dominio de las acciones y situaciones nuevas, en fin, la vivencia plena y comprometida de la fe.

I. FORMACION ESPIRITUAL DEL BAUTIZADO.

Como hijo de Dios, cada bautizado bien haría en preguntarte: ¿Qué cimientos estoy poniendo en mi vida para poder vivir la fe que a veces me lleva a remar contra corriente? Todo bautizado debe buscar una formación espiritual recia, profunda, afincada en Dios, único fundamento que da consistencia a una vida plena, para que cuando vengan los huracanes de las dudas, las tempestades de las crisis no se derrumbe la vida. La formación espiritual debe estar centrada en Cristo, es decir, debe ser cristocéntrica, de manera que el bautizado adquiera «un conocimiento amoroso de la persona de Cristo» (CEC 429) de quiene s discípulo–misionero. De tal manera que Cristo, debe ser el criterio para juzgar todas las cosas en casa, en el estudio, en el trabajo y así ser espacio de santificación para para el mundo que le rodea. Cristo debe ser el centro, para que nadie ni nada arrebate el corazón que quiere vivir con Cristo, por él y en él —como decimos en cada Misa—. Cristo ha de ser el Modelo a quien debemos imitar en todo independientemente de la vocación que tengamos en la Iglesia y en el mundo. 

La formación espiritual, en la Iglesia Católica, se ve consolidada en las virtudes teologales que se recibieron en el bautismo y debe estar nutrida en la Sagrada Escritura, que será siempre el alimento que debemos tomar y dar a los hombres en la misión como católicos en el mundo. Hay muchas maneras de cuidar y crecer en esta área. Numerosos autores nos ofrecen sus libros con lenguaje accesible y profundo a la vez, las vidas de los santos, los cursos y talleres en las universidades católicas, instituciones, parroquias y comunidades religiosas ofrecen espacios para una formación rica, variada, sana, tan asequible en espacios y horarios que no hay excusa. 

II. FORMACION INTELECTUAL DEL BAUTIZADO. 

En un miembro de la Iglesia que quiera vivir auténticamente su cristianismo, la formación intelectual debe ser sólida, de manera que no se forme como una persona endeble en conocimientos de Dios y del mundo que solamente tiene lo que estudió en el catecismo para su Primera Comunión. El mundo no necesita católicos que se caen y se desmoronan ante la primera pregunta o duda que te expongan los miembros de otras religiones, sectas, diversas creencias o los enemigos de la Iglesia. La autoformación intelectual de todo miembro de la Iglesia, en especial de los agentes de pastoral, debe ser profunda, es decir, que no se conforme con tres o cuatro cosillas mal aprendidas y atadas de un hilo en un cursillo anual de algo. 

La formación intelectual debe ser selecta y por eso hay que saber autoformarse y elegir bien. Hoy mucha gente sabe de todo nada o casi nada. Tenemos que seleccionar todo aquello que vaya conforme a nuestra fe y a nuestro compromiso como discípulos–misioneros. ¿En qué Universidad estudió por citar a algunos, Santa Teresita del Niño Jesús o la beata María Inés Teresa para saber tantas cosas? Esa es autoformación. Debemos recordar que cada bautizado es un misionero, un mensajero del Evangelio, un maestro de la fe, un  hijo de la luz, una antorcha en el mundo. Hay que luchar contra los enemigos de la formación intelectual como son la i inconsciencia, la inconstancia, la pereza, la cerrazón, la derrota anticipada, la falta de visión que no pone esfuerzo y quiere dejar todo a los padrecitos y las monjitas. 

III. FORMACION HUMANA DEL BAUTIZADO. 

La formación humana se relaciona con el desarrollo de actitudes y valores que impactan en el crecimiento personal y social del individuo. De esta manera, un sujeto formado desde la dimensión humana, actúa con esquemas valórales, coherentes, propositivos y propios. Es un ser que reconoce su papel en la sociedad, en la institución para la que trabaja y en la familia; que quiere su cuerpo, sus espacios concretos de acción y comprende la diversidad cultural en la que está inmerso; es en consecuencia un sujeto en crecimiento.

En este campo se ha de trabajar en la autoformación de la conciencia, que puede pervertirse si no la iluminamos con los criterios del evangelio, de la doctrina de la Iglesia, de nuestras propias convicciones y compromisos adoptados por el bautismo. La autoformación humana es formación de la voluntad y del carácter, formación de la educación que, como decía la beata María Inés Teresa, «sobrenaturalizada, la educación es la santidad». 

La autoformación humana lleva al cristiano a ser él mismo una escuela de valores y virtudes, una invitación al mundo de vivir plenamente el compromiso bautismal con orden y concierto en relación con los compromisos civiles y sociales. Un bautizado que se autoforma en el campo humano es limpio, ordenado, acogedor, educado, leal, cortés, jovial, etc.

IV. FORMACION APOSTOLICA DEL BAUTIZADO.

El bautizado, discípulo–misionero de Cristo, ha de formarse en el celo por la salvación de las almas al estilo de Madre Inés y tantos santos de toda clase y condición, como san José Sánchez del Río, que dio su vida por Cristo a los 14 años de edad en el martirio en medio de la persecución religiosa de México por ser un apóstol consciente del riesgo de su condición de discípulo–misionero. La autoformación apostólica despierta y alimenta en el bautizado el anhelos de que todos los hombres y mujeres del mundo conozcan y amen a Dios, que cumplan la ley de Dios, que vivan unidos en el amor y amen a María Santísima como modelo a seguir para ser trasparencia de Cristo.

La formación apostólica es oración proyectada, apostólica, comprometida lanzada a todos los espacios, situaciones y condiciones... ¡No hay tiempo para teorizar en esto! Hacer nuestro apostolado callado, silencioso y eficaz, empezando por la propia comunidad y recordando que como decía san Juan Pablo II: «El primer lugar de misión es el propio corazón». Siempre hay un lugar para el quiere ejercer su apostolado.

A MANERA DE CONCLUSIÓN.

En tus manos como bautizado, discípulo–misionero, está tu formación. Sólo tú te formas o te deformas. Hay formadores, ayudas, facilitadores, libros, páginas web y demás, pero sólo uno mismo es el responsable de autoformarse. 

Toma con mucha seriedad tu compromiso bautismal, empieza tal vez buscando tu acta de bautismo para grabarte en el corazón el regalo inmenso que Dios te dio al hacerte su hijo o su hija de quien tanto espera. Está en juego la misión y el apostolado de la Iglesia en el día de mañana. No se puede ser creyente sin una profunda formación espiritual, haríamos el payaso; y si nuestra formación intelectual está floja, tal vez desorientemos a los hombres que nos pidan consejo porque nos ven que vamos a la Iglesia o formamos parte de algún grupo. Y sin una esmerada formación humana, el mensaje quedará rebajado y diezmado, pues la formación social y humana abre las puertas allá por donde pasas la mayor parte del tiempo de tu vida, que no es precisamente el Templo al que asistes.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.