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domingo, 26 de enero de 2025

«Diez características de un buen discípulo–misionero»...


1.- Un buen discípulo–misionero ha de asumir el llamado o vocación cualquiera que sea (religiosa, laical, sacerdotal, misionera) con responsabilidad.

2.- Un buen discípulo–misionero debe estar unido a Jesús para ser uno con Él y amar al prójimo con alegría y sencillez ofrendando la vida por Él, con Él y en Él bajo la mirada de María, la Madre de Dios, la primera discípula–misionera.

3.- Un buen discípulo–misionero debe ser alma de oración, fuerza invisible para toda vocación (misionera, laica, religiosa o sacerdotal) impregnada en las estructuras espirituales y sociales.

4.- Un buen discípulo–misionero debe ser transmisor de lo que ha vivido en el encuentro con Cristo sirviendo a los demás con gratitud, fidelidad y generosidad

5.- Un buen discípulo–misionero vive en plenitud los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación para volver a siempre a Cristo y transmitir su experiencia en el amor al prójimo.

6.- Un buen discípulo–misionero está convencido de que el amor de Dios es capaz de aniquilar la acción del maligno por eso se abandona con confianza a la Providencia divina.

7.- Un buen discípulo–misionero vive en estado de conversión mirando al cambio social, con un testimonio valiente para predicar el Evangelio, siempre con humildad y respeto buscando impregnar a la sociedad con el Espíritu Santo.

8.- Un buen discípulo–misionero está en el mundo y busca iluminarlo cristianamente con la fe inquebrantable en Jesús, asistiendo al más necesitado, adaptándose a las circunstancias y lugares en donde vive y desarrolla su tarea apostólica.

9.- Un buen discípulo–misionero es un gran defensor de la vida y la familia y lucha contra las cosas negativas de las ideologías que apartan del plan de Dios para cada hombre y mujer.

10.- Uu buen discípulo–misionero construye bases solidas en los valores cristianos dentro de los hogares, instruyendo a todos en el Evangelio, viviendo y compartiendo la vida en la comunicación siempre lleno de esperanza.

Padre Alfredo.

lunes, 31 de julio de 2017

Aprender de todo y para todo, aprender de Dios, aprender del Papa...

El ser humano, cuando nace, llega a este mundo como el más indefenso de todos los seres vivientes. Muchos de nosotros sabemos que, por ejemplo, un potrillo, cuando nace, casi de inmediato se pone en pie; o hemos visto cómo los pollos rompen por sí solos su cascarón y así, la mayoría de los seres, empiezan a valerse por sí mismos desde muy pequeños. No así el hombre, a quien, cuando nace, hay que enseñarle a todo y de todo. Si algún papá o mamá está leyendo esto, recordarán la experiencia de los primeros días de sus criaturas... ¡El ser humano debe ser enseñado incluso a conocer y a amar a Dios!

¿Cómo van a invocar al Señor —dice san Pablo en la carta a los romanos— si no creen en él? ¿Y cómo van a creer en él —continúa cuestionando el Apóstol— si no han oído hablar de él? ¿Y cómo van a oír hablar de él —dice más adelante— si no hay nadie que lo anuncie? ¿Y como va ha haber quienes lo anuncien —remata san Pablo— si no son enviados? (Rm 10,14-15). Preguntaría yo hoy: ¿Cómo es que nuestro mundo va a creer en Cristo si no hay que enseñe quién es él desde que el ser humano llega a este mundo?

Desde que Jesús resucitó, envió a los Apóstoles a predicar, a enseñar, a dar la Buena Nueva, el Evangelio como anuncio y fuente de gozo y salvación: «Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). Los Apóstoles obedecieron el mandato y se comprometieron a predicar. La Escritura nos dice que arrojaban demonios en nombre del Señor, hablaban en lenguas nuevas, curaban a los enfermos y ponían su confianza en el Señor (cf. Mc 16,17) confirmando así, con los milagros que hacían, que lo hacían todo en nombre de Jesús. Este mandato misionero, de ir y enseñar el Evangelio a todas las gentes, es siempre válido y actual, porque este fragmento evangélico nos deja en claro que la Iglesia es misionera por naturaleza (cf. Ad gentes 1).

Hoy en día, el hombre aprende muchas cosas desde pequeño, además de lo que es esencial. Hay cursos de natación para bebés, y antes de el primer año de vida, ya nadan; se dan clases de todo lo que se pueda imaginar para pequeñitos en los primeros años de su vida. Se estudia para todo y de todo con muchísima facilidad. El hombre ha enseñado al mismo hombre infinidad de cosas que lo han llevado a un sorprendente desarrollo técnico y científico. Desde muy pequeños, muchos saben manejar la computadora, las tabletas y los teléfonos inteligentes, porque hay quien les vaya enseñando. Desde pequeños, muchos aprendimos a tocar algún instrumento, porque hubo quien nos enseñara y por desgracia, desde pequeño también, el ser humano va aprendiendo un sin fin de cosas que no debería aprender: «Dile al cobrador que no estoy», le enseña la mamá al pequeñito, y luego el aprenderá y dirá: «No te doy de mi dulce, porque pica»... ¡La mamá le enseñó a mentir!

La Buena Nueva también es algo que se tiene que enseñar. El niño desde pequeñito le enseñan: «pídale pan a Diosito», luego lo enseñarán a ir al catecismo y, como los papás no van a la Iglesia, no aprenderá más y regresará al templo el día de su boda. Bueno, si es mujer tendrá más suerte, pues irá el día de sus XV años. ¿Cuánto tiempo invierte una persona en aprender asuntos académicos? ¿Cuánto tiempo en cursos de natación, karate, arreglo de flores, costura, tenis o buceo? ¿Cuánto tiempo se necesita para enseñar a alguien a hablar inglés o a tocar el arpa? ¿Cuánto tiempo se invierte en enseñar el Evangelio a los hijos? El niño va uno o dos años al catecismo y basta; se siente titulado en Evangelio y con eso habrá de sobrevivir toda su existencia en el campo de la fe.

Cada bautizado es un misionero, un apóstol, un enviado; cada bautizado está comprometido a enseñar a otros, a dar un gozoso testimonio de la Buena Nueva compartiendo la fe. «La fe se fortalece dándola» decía san Juan Pablo II. ¿No hemos aprendido que contamos con la presencia de Jesús como discípulos-misioneros y con la fuerza del Espíritu Santo para enseñar al que no sabe? ¿Acaso se toma un curso de cómo alimentar a un bebé para que la madre enseñe a su hijo a comer? ¿Se estudia un curso de administración doméstica para poder administrar una casa de familia? Hay capacidades que llegan con la vocación y se desarrollan con la práctica. ¿Por qué para ejercer nuestro ser misionero y enseñar, no somos audaces y no queremos vencer dificultades e indiferencia venciendo los posibles fracasos que se puedan presentar?

Cada vez que estamos frente al Señor, en la Eucaristía o en un  momento de oración a solas, tenemos la ocasión especialísima de pedirle al Señor enamorarnos de enseñar el Evangelio. El Papa Francisco, con su testimonio de vida nos enseña que, enseñar al que no sabe es el primer y mayor servicio que un discípulo-misionero puede prestar a los hombres de nuestro tiempo, maduros en conocimientos técnicos y científicos y pequeños aprendices en el campo de la fe.

«¡Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que trae buenas noticias!» (Is 52,7). La Iglesia es misionera por naturaleza y cada bautizado es un discípulo-misionero. ¿Qué hemos hecho con el mandato misionero, que, ahora la Iglesia, en lugar de crecer, viene a menos? En lugar de enseñar y anunciar la Buena Nueva, quizá haya sido más fácil encerrarnos en nuestro confort y no hemos querido «batallar» dando de nuestra pobreza. La crisis económica se ha convertido en un escudo maravilloso y efectivo para cerrarnos a la caridad y al compartir no solo material, sino espiritual. Ha faltado entender que lo que no hay es dinero; pero sí hay tiempo para compartir y enseñar.

El Papa en varias ocasiones ha cuestionado a los fieles diciendo que una Iglesia en la que sus miembros se atacan unos a otros, una Iglesia en la que se difama en chismes a sus elementos,  una Iglesia que no camina unida, nunca llegará a ser una Iglesia misionera. El Papa Francisco afirma: «La Iglesia no crece por proselitismo sino “por atracción”»; y, en una nota, remite a una homilía de Benedicto XVI: «La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por "atracción": como Cristo "atrae a todos a sí" con la fuerza de su amor, que culminó en el sacrificio de la cruz, así la Iglesia cumple su misión en la medida en que, asociada a Cristo, realiza  su obra conformándose en espíritu y concretamente con la caridad de su Señor» (Benedicto XVI, Homilía, 13-V-2007). Una Iglesia en donde no se diera la vida por Cristo, una iglesia que se convirtiera en pasatiempo o en donde los miembros tuvieran habitualmente cara de funeral, no sería misionera y por lo tanto, no sería nada.

El Papa Francisco nos enseña con su propia vida a anunciar a Cristo con la palabra, con manifestaciones concretas de solidaridad haciendo visible al hombre la misericordia infinita de Dios, con la Iglesia y en la Iglesia en la primera línea de la caridad. El Papa nos enseña que necesitamos cristianos que no se queden encerrados sino que sean conscientes de que forman parte de una Iglesia de puertas abiertas.

Entre la gente de nuestro tiempo, hay grandes misioneros, cuya tarea apostólica no roba la atención de ningún noticiero, periódico o página informativa de Internet, porque ciertamente no podemos resaltar solamente el aspecto negativo de situaciones dolorosas en la Iglesia. Me consta que hay quienes donan su tiempo, ofrecen sus sacrificios, elevan sus oraciones, entregan su enfermedad, su dinero, sus bienes  materiales y se ponen al servicio de la Iglesia misionera.

No hay que dejarnos atemorizar por dudas, dificultades, rechazos y persecuciones que nos impidan ser transmisores de fe y esperanza amando a quienes nos rodean y enseñando al que no sabe confiando que, el manto de María, «Trono de la Sabiduría» cubrirá al mundo entero en donde reinará su Hijo Jesús.

P. Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

lunes, 24 de julio de 2017

Unas vacaciones de verano bien empleadas...


En un mundo globalizado y a la vez, paradójicamente tan dividido, preocupado por tantas y tantas cosas y que vive una especie de ausencia de Dios, es reconfortante saber de misioneros que quieran emplear sus «vacaciones de verano» en llevar a Cristo a quienes no le conocen aún.

«Yo les aseguro —dice Jesús en el Evangelio— que todo aquel que me reconozca abiertamente ante los hombres, lo reconocerá abiertamente el Hijo del hombre ante los ángeles de Dios» (cf. Lc 12,8-12). ¡Qué bien que el Señor nos dice esto en su Palabra! Es la tarea de nuestros Vanclaristas y misioneros voluntarios... ¡Ésta debería ser la vida de cada uno de los bautizados! Reconocer abiertamente en la familia, en el trabajo, en donde sea, que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, el Salvador. Reconocer abiertamente que Dios nos ama y que nuestra respuesta de amor se debe concretizar en un «vivir para el Señor» dando testimonio de vida en todas partes. Por eso es tan importante que seamos conscientes de que, desde nuestro bautismo, hemos recibido la fuerza del Espíritu, a quien podemos pedir su gracia porque está claro que, como dice Jesús en la Escritura: «Él les enseñará en aquel momento lo que tengan que decir» (Lc 12,12).

Cuando la beata María Inés Tersa del Santísimo Sacramento, pensó en la tarea de los seglares en la Iglesia y, sobre todo en Van-Clar, pensó en laicos que se apasionaran por Cristo, que quisieran vivir para Él, que quisieran reconocerlo en todas partes y lo llevaran, ellos mismos, a todas partes. Por la gracia y la acción del Espíritu Santo, los Vanclaristas, los miembros de Familia Eucarística y los voluntarios misioneros de la Familia Inesiana, en su condición de laicos cumplen su misión en medio del mundo caminando como Abraham, nuestro padre en la fe «esperando contra toda esperanza» (Rm 4,18) y creyendo que el plan de Dios, de que todos le conozcan y le amen se cumplirá porque, como dice el salmista (Salmo 104): «El Señor nunca olvida sus promesas».

¡Qué reconfortante es ver a nuestros misioneros laicos llevar la Buena Nueva con audacia a todos los rincones del mundo! San Juan Pablo II, ese misionero incansable que dio la vuelta al mundo varias veces llevando el mensaje de salvación, decía que «todo creyente está llamado a cooperar en la difusión del Evangelio y a vivir el espíritu y los gestos de la misión entregándose con generosidad a los hermanos» (Mensaje para el Domund de 1995). ¿Qué significa la herencia maravillosa de este santo misionero sino una invitación a reconocer a Cristo en todas partes y a llevarlo a donde aún no lo conocen y lo aman?

¡Qué hermoso y comprometedor el lema que Madre Inés dejó a los Vanclaristas: «Vivir para Cristo» y que hermosa también la tarea encomendada a los seglares de la Familia Inesiana: «Dar testimonio de vida cristiana en el lugar en que te encuentres». La beata, que leía, meditaba el Evangelio cada día, sabía que lo que pedía a los laicos era lo que Dios quiere de todo bautizado. Los seglares de la Familia Inesiana: Vanclaristas, miembros de Familia Eucarística, misioneros voluntarios, amigos de Madre Inés, maestros y evangelizadores, etc. no pueden dudar de su vocación misionera, no pueden dudar de que el Señor los ha elegido desde su bautismo de una manera muy especial para llevarlos a todo el mundo. No pueden dudar de que Dios les pide su presencia, su palabra, su sonrisa, su oración, su trabajo, su dolor, su enfermedad... para que el mundo lo conozca y lo ame.

Estoy convencido, con ustedes, de que la tarea no es nada fácil... ¡Que no lo ha sido hasta ahora, que es difícil caminar evangelizando contra toda esperanza (cf. Rm 4,18). Les invito a ir conmigo a unas bodas, las bodas de Caná de las que nos habla el evangelista san Juan: «Hubo unas bodas en Caná de Galilea a las que asistió la Madre de Jesús...» En esa ocasión, Jesús dio principio a sus milagros, manifestó su poder «y sus discípulos creyeron en Él» (cf Jn 2,1.11). La Virgen María, en aquella ocasión, solamente dijo unas cuantas palabras que siguen resonando hoy en corazón de todo discípulo-misionero de Jesucristo: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,25). Sí, esta es la clave del laico discípulo-misionero que vive en medio del mundo. Sí, hay que hacer «lo que Él les diga», dejándose guiar por la fuerza del Espíritu Santo. «Hagan lo que Él les diga» como dijo María y como ella misma siempre lo hizo; así como lo hizo Abraham, así como lo hizo Madre Inés y esto bastará. 

Volviendo a san Juan Pablo II, quiero recordar ahora algo más de lo que Él, en tan bastos mensajes y escritos nos dejó en herencia: «El Espíritu del Señor anima y lleva a su realización todo proyecto misionero»... Hagan, hermanos laicos, lo que el Señor Jesús les diga como personas, como familia, como Iglesia doméstica, como misioneros de todo tiempo y lugar.  hagan lo que Él les diga y no se queden instalados. Hagan lo que Él les diga como estudiantes, como hombres y mujeres de oficina, como obreros, como empresarios, como choferes, como casados, como solteros, como gente de la tercera edad, como adolescentes, como enfermos, como hijos, como hermanos y amigos... Él siempre nos va a decir a todos los bautizados: «Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio» (Mc 16,15).

Gracias a todos nuestros misioneros seglares por enseñarnos a vivir unas vacaciones bien empleadas.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

La vocación misionera... Siempre válida y actual.

«Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15) dice el Evangelio, este Evangelio que es anuncio y fuente de gozo y salvación que nos recuerda que la Iglesia, nuestra amada Iglesia, es misionera por naturaleza (AG 1) y que cada uno de nosotros, desde nuestro bautismo, somos un «discípulo-misionero».

La vocación misionera —siempre válida y actual— llenaba el corazón de la beata María Inés Teresa. Los miembros de la Familia Inesiana somos hijos de un corazón misionero que supo escuchar el Evangelio y se lanzó, como los Apóstoles, a vivirlo: «Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían» (Mc 16,20). La beata María Inés Teresa escuchó e hizo vida estas palabras y no le bastó aplicarlo solamente a su persona, quiso una legión de misioneros, quizo que muchos discípulos-misioneros vivieran también este mandato evangélico. Hoy se necesita que muchos digan «Yo también voy».

El Señor, a cada bautizado, le pide la plena entrega de todo su ser para difundir el Evangelio, la Buena Nueva de salvación. Nadie puede replegarse en sí mismo. Hay que abrir la mente y el corazón a los horizontes infinitos de la misión. ¡No hay que temer ser misioneros en medio de este mundo globalizado y contaminado por tantos virus de indiferencia y de un materialismo desmedido! Nuestro tercer milenio necesita de misioneros de la oración, del sacrificio, de la ofrenda de sí mismos en cualquier clase y condición que dejen que el Espíritu del Señor los anime y los sostenga para que, por su testimonio y entrega apostólica, sean muchos más los que conozcan, amen y sigan al Señor. 

Cristo se ha quedado en la Eucaristía para ser la fuerza y el sostén de cada discípulo-misionero. Desde el Sagrario nos acompaña en todo momento. En la celebración de cada Eucaristía, él nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre para que nuestro ardor misionero se mantenga vivo en él y se renueve con su Palabra y el gozo de la comunidad bajo la mirada de María, la primera entre los creyentes.

Si cada bautizado, consciente de su condición de discípulo-misionero, se lanzara a dar un gozoso testimonio de la Buena Nueva a los que están cerca y a los que están lejos, este mundo sería diferente. Cada uno es un valioso instrumento del Señor, como lo fue Madre Inés y tantos otros santos que de distinta clase y condición, conscientes de su condición de discípulos-misioneros, no se dieron descanso alguno para anunciar la Buena Nueva. «¡Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que trae buenas noticias! (Is 52,7)

Que nuestro ardor misionero se renueve hoy y cdaa día para anunciar a Cristo con la palabra, con la presencia, con la gracia de nuestro ser y quehacer de discípulos-misioneros. Me parece escuchar a la beata María Inés Teresa que nos vuelve a repetir una palabras que dijo hace mucho tiempo y que siguen siendo siempre actuales: «Dios nos quiere optimistas, trabajadores, generosos en nuestra entrega; vale la pena vivir así y luchar por que los demás lo vivan también, porque la realidad eterna que nos espera, es sublime» (Cartas).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

jueves, 13 de julio de 2017

La pobreza evangélica en el discípulo-misionero hoy...


Desde que la Palabra Encarnada, Jesucristo, asumió nuestra naturaleza humana, pertenece también, como todos nosotros, al mundo del «tener y no tener». De ahí, que es de Cristo mismo de quien aprendemos el significado verdadero de la pobreza evangélica, porque el Señor Jesús no se pertenece en nada —Dios de Dios, Luz de Luz—. Su mismo ser pertenece al Padre y a nosotros, a los que ha sido enviado en misión de amor.

La pobreza evangélica es algo que el que quiere seguir a Cristo más de cerca no puede hacer a un lado. La pobreza, vivida como seguimiento del Señor, no puede limitarse al mero atenerse a una reglamentación de orden económico y financiero de alguna institución. La pobreza evangélica implica un  don de sí, de la misma manera que constituye el ser mismo del Señor, que engloba su ser casto (puro) y obediente. Eso es lo que San Ignacio llamaba «suma pobreza espiritual» (EE 147), don que debe pedirse en un coloquio, de corazón a corazón, con el Señor pobre, porque se trata de una conversión del corazón. 

Para que el discípulo y misionero sea pobre evangélicamente, debe cultivar conscientemente los mismos sentimientos de Cristo, quien siendo de condición divina, no hizo alarde de ello, sino que se humilló, tomando la condición de siervo y haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (cf. Flp 2,6-8). Siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8.9). Y ha elegido identificarse con los pequeños (cf. Mt 25,31-46). 

Jesús nació pobre —el más pobre entre los pobres— nació en un establo y fue recostado en un pesebre. Ante el misterio de Cristo recién nacido, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento hace esta reflexión: «Todo lo que puede tener de despreciable y repulsivo en sí la pobreza, desaparece en vista de este Niñito adorable, quien siendo Dios elige para sí una manera tan desusada para nacer, con un séquito de privaciones y pobrezas, que después de Él, ninguno ha venido al mundo como Él» (Ejercicios Espirituales de 1941).

Sí, como ella dice: «ninguno ha venido al mundo como Él». Su nacimiento fue el de una persona pobre, muy pobre, la más pobre, pues nació en un establo y su madre lo colocó en un pesebre (Cf. Lc 2,7c). Es más, desde antes de nacer, experimentó la pobreza en el seno materno, porque no había lugar «para ellos» en las posadas. Desde bebé fue llevado a otro  país (Mt 2,13-18). Luego, su vida toda fue la de un pobre que durante treinta años vivió en una familia en la que su padre se ganó el pan de cada día trabajando como  carpintero, y Él mismo compartió este trabajo. Fue siempre pobre y era conocido como «el carpintero» (Mc 6,3). Después, en su vida pública, Jesús dijo de Él mismo: «El Hijo de Hombre no tiene donde reclinar su cabeza». Ejerció un extenso ministerio, durante tres años, en los que evangelizó a los pobres, dio la vista a los ciegos y redimió a quienes eran cautivos de diversas dolencias 

En su ministerio misionero, Cristo recorrió aldeas y pueblos, privilegiando a los pobres cuyas dolencias y miserias curó, aun contra prejuicios institucionales. Murió en la cruz. En su Triduo Pascual, nos redimió de la dolencia más radical, la del pecado. Murió sobre una cruz como un esclavo, literalmente despojado de todo. En su humanidad, Cristo nos mostró la gloria de Dios, como amor fiel que brilla en las tinieblas del mundo. Esa gloria de Dios pudimos contemplarla en Belén, como la omnipotencia de Dios reducida, por amor a los hombres, a la impotencia de un niño recién nacido y envuelto en pañales. En el Tabor, admiramos su gloria en el brillo deslumbrante de su ropa resplandeciente y en su rostro transfigurado. En el Gólgota la adoramos en su rostro desfigurado como el Siervo de Dios, despreciado, desecho de hombres, varón de dolores ante quien se oculta el rostro. La omnipotencia de Dios se manifestó allí en la impotencia de un varón semidesnudo como cuando había nacido, clavado en una cruz, coronado de espinas y con el costado herido. Se trata del amor manifestado como la vida que se entrega voluntariamente: «la sangre», y se comunica libremente: «el Espíritu».

Pero ese Jesús pobre materialmente es el «Rey del universo». Así lo anuncia el letrero que corona su cruz, en latín, griego y hebreo —INRI— (Jesús Nazareno, rey de los judíos). Y así nos lo recuerda la fiesta de Cristo Rey que celebramos cada año, el último domingo del tiempo ordinario en la liturgia, antes de iniciar el Adviento, coronando con ese título al que está despojado de todo, porque lo ha dado todo. Él es el único Salvador de todo el que siente la necesidad de un médico y un redentor. Él, el que eligió ser pobre hasta el fondo.

Este es el Cristo que contemplan los pobres de nuestro mundo globalizado y de mercados abiertos de libre comercio, sujetos sólo a las exigencias de la oferta y la demanda, del tráfico de armas y drogas, de la marginación, la desnutrición y la cultura de la muerte. Con razón, san Juan Pablo II decía: «la pobreza evangélica es un valor en sí misma, en cuanto evoca la primera de las Bienaventuranzas en la imitación de Cristo pobre. Su primer significado, en efecto, consiste en dar testimonio de Dios como la verdadera riqueza del corazón humano» (Vita Consecrata 90).

Jesús, a todo aquel que llamaba e invitaba a seguirlo, le pedía que compartiera su misma pobreza mediante la renuncia a los bienes, fueran pocos o muchos. Es el caso de la invitación que dirige al joven rico: «Cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres» (Mc 10, 2 l). Era esta una exigencia fundamental repetida muchas veces, aunque se tratara de dejar la casa o los campos (cf. Mc 10, 29; par), la barca (cf. Mt 4, 22) o incluso todo: «Cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 33). A sus discípulos, es decir, a los llamados a seguirlo mediante la entrega total de sí mismos, Jesús les decía: «Vendan sus bienes y den limosna» (Lc 12, 33). Al enviarlos para predicar la Buena Nueva del reino, lo hacía insistiendo en que no tenían necesidad de llevar nada con ellos: «No llevéis morral, ni alforja, ni sandalias...» (Lc 9,3). « Y les dijo: Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿acaso os faltó algo? Y ellos contestaron: No, nada» (Lc 22,35).

El mundo, a través de la pobreza de los discípulos-misioneros de Jesús, puede conocer el rostro compasivo de Cristo pobre entre los pobres por nuestra caridad fraterna y creativa, que no se conforma sólo con la eficacia de las ayudas prestadas, sino que sabe solidarizarse con el que sufre, «para que el gesto de ayuda sea sentido, no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno» (NMI 70). En la pobreza del discípulo-misionero de hoy, como signo, el mundo puede encontrar nuevamente el amor y la misericordia del pobre Niño de Belén, no solamente en un nacimiento colocado cuando se llega la época de Navidad, sino en la alegría de una comunidad parroquial, un instituto religioso, un grupo que se hace familia y que se ha desprendido de lo superfluo, de lo que está de más, para seguirle a Él con el deseo de que todos lo conozcan y lo amen. 

La pobreza evangélica revela a los seres humanos la actitud de Cristo que se sacrificó para mostrar una realidad que va más allá de lo que las criaturas humanas puedan poseer. La pobreza de Cristo tiene este significado salvífico como «una fuente» para enriquecer otros. Por su vida divina el Señor Jesús se hizo pobre para el bien de muchos, haciendo a quienes quisieran seguirle más de cerca, ricos en su pobreza. La pobreza evangélica es un incentivo para una justa distribución de bienes entre toda la gente (destruyendo la pobreza material) con precisión, porque esto revela a Dios más allá de sus regalos. Por el signo de pobreza, Cristo manifiesta su amor divino y humano en su entrega desinteresada. De este modo la pobreza tiene un valor que evangeliza la realidad humana.

El valor esencial de la pobreza evangélica seguirá siendo siempre «ser imitación real de Cristo», por ella se participa de la pobreza de Cristo, que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza. El Papa Francisco, en la cuaresma del año 2013 afirmaba: «La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cf. Rom 8,29)» (Mensaje de Cuaresma de 2013).

Cristo se hizo tan pobre, que se deja llevar y traer en lo que a simple vista parece un pedacito de pan y un poco de vino. El que quiera seguir las huellas de Cristo tendrá que ser así, pobre como Él. La pobreza del discípulo-misionero es participación real de la pobreza de Cristo y una expresión sacramental de su misterioso despojamiento de todo lo terreno. La virtud de la pobreza evangélica exige del bautizado un despojo verdadero para que, bastándonos Cristo, podamos decir con verdad como san Francisco de Asís: «Mi Dios y mi todo». «Experimenté el deseo de no amar más que a Dios, el de no encontrar alegría sino en él únicamente» escribía muchas años más tarde la doctora de la Iglesia santa Teresita del Niño Jesús.

El Papa Benedicto XVI escribió en su encíclica Deus Caritas Est: «Cristo ocupó el último puesto en el mundo —la cruz», y precisamente con esta humildad radical nos ha redimido y nos ayuda constantemente. Quien es capaz de ayudar reconoce que, precisamente de este modo, también él es ayudado; el poder ayudar no es mérito suyo ni motivo de orgullo. Esto es gracia. Cuanto más se esfuerza uno por los demás, mejor comprenderá y hará suya la palabra de Cristo: « Somos unos pobres siervos» (DCe 35). 

El panorama mundial, como sabemos, es de fuertes contrastes. Es un mundo dividido entre los del norte y los del sur; los del primer mundo y los del tercero. Una riqueza desmedida de un lado, y del otro, una miseria que raya en la exageración. El Documento de Puebla, escrito hace muchos años, sigue siendo actual cuando dice: «Ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres» (Tercera Conferencia del CELAM, Puebla, conclusiones n. 29).

Todo esto desafía a los discípulos-misioneros de hoy, y hay que dar una respuesta: «La profesión de la pobreza evangélica, vivida de maneras diversas, y frecuentemente acompañada por un compromiso activo en la promoción de la solidaridad y de la caridad» (VC 41). Le consagramos al Señor, de una forma personal y comunitaria, nuestras capacidades, nuestros deseos y nuestra necesidad de poseer; una disposición interior, una convicción profunda de la propia indigencia y de la radical dependencia de Dios. Meditando sobre la pobreza, la beata María Inés escribe: «La pobreza pone el alma en la dulce necesidad de recurrir a su Padre Celestial en todo momento, en toda ocasión, puesto que esta excelsa virtud la tiene despojada amorosamente de todo, absolutamente de todo» (Ejercicios Espirituales de 1950).

Cuando uno se detiene a ver de cerca la figura de Madre Inés, y contempla como es que ella pudo vivir la pobreza evangélica, se da cuenta de que al sentirse siempre pobre, la beata captó, en primer lugar, que ella tenía siempre demasiado, porque al vivir plenamente el espíritu de pobreza, experimentaba con sencillez el sentimiento de tener siempre de sobra para sí. El que tiene espíritu de pobreza, siempre tiene demasiado, y el que no tiene espíritu de pobreza, siempre piensa que tiene demasiado poco. Madre Inés veía que todo cuanto tenía era un don inmerecido, gratuito y por eso escogía para ella lo más común y corriente, incluso lo peor, observando en todo las pequeñas y grandes exigencias de la pobreza religiosa por igual. Al usar las cosas, experimentaba siempre un recuerdo espontáneo de los que pasaban necesidad: una sana y espontánea «inquietud» a la hora de tener que «gastar» para ella.

La beata María Inés vivió la pobreza en una disponibilidad para el servicio desinteresado de los demás. No buscando compensaciones materiales o afectivas. Por eso pudo desarrollar una especial sensibilidad para captar las necesidades del prójimo. Una especie de connaturalidad que le permitía detectar casi instintivamente las necesidades, incluso las no expresadas, de los que le rodeaban.

La pobreza evangélica lleva siempre al discípulo-misionero en un compás de espera en la providencia del Padre, que da el pan nuestro de cada día y, así, fomenta la paciencia y la esperanza. Cristo nos enseña en el Padrenuestro, a ser pobres: «Danos hoy, nuestro pan de cada día». El Señor se complace en el pobre, en aquel que espera su pan para cada día. La pobreza evangélica es un don del Espíritu, una gracia que hay que pedir, un aprendizaje que hay que hacer a diario de la mano del Maestro. 

El valor esencial de la pobreza evangélica consiste en que es un don para que el discípulo-misionero pueda ser imitación real de Cristo. Por ella se participa de la pobreza de Cristo, que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza. El que quiera seguir las huellas de Cristo tendrá que ser pobre como Él. La pobreza evangélica es participación real de la pobreza de Cristo y una expresión sacramental de su misterioso despojamiento de todo lo terreno. Cuentan una anécdota de la vida de San Francisco que dice que una vez uno de los frailes pidió a Francisco permiso para tener como suyo un salterio. El santo le contestó: «Cuando tengas el salterio, querrás un breviario. Y cuando ya tengas el breviario, te sentarás en tu sillón como un gran prelado y dirás a un hermano tuyo: —Oye, tráeme mi breviario.

Al discípulo-misionero no le basta con ser o vivir pobre materialmente, es además necesario dar un contenido a esa pobreza, motivarla evangélica y sobrenaturalmente. «Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8,9). Cristo era rico, pero renunció a su riqueza y se hizo pobre por amor a nosotros. Así también la pobrez de quien quiera seguirle e imitarle debe pasar por la caridad y la entrega a Él. En cuanto bautizados, Cristo no nos llama a tener o poseer, sino a ser con Él, a participar de su pobreza en cualesquiera que sea nuestra vocación específica dentro de la Iglesia; esto es, participar de su vida y de su destino. Cristo es pobre por su misterio pascual; yo me hago pobre sumergiéndome por los sacramentos en su misterio. 

San Pablo en el cántico de Filipenses (Flp 2,5-11), describe la pobreza de Cristo como anonadamiento, kénosis o vaciamiento, enajenación de su condición divina, encarnación u hominización, obediencia hasta la muerte y muerte de cruz. Así también en mí: no hay pobreza sin humillación, sin vaciamiento de mi orgullo. 

Ser pobre, a imitación de Cristo, exige por lo tanto, una renuncia a los propios caprichos y veleidades, incluso a los buenos deseos y propósitos personales, en aras de un sometimiento al querer de Dios y de una obediencia a ultranza a su plan de salvación, a su llamada, a su luz, a las mociones de su Espíritu. La pobreza conlleva una mortificación constante, es un dar muerte cada día a las apetencias de la carne, creando espacios cada vez más amplios a la acción del Espíritu. 

Cristo exige pobreza a sus seguidores (cf. Mt 10,9; Mc 6,8-11) y llama bienaventurados a los pobres (Lc 6,20). Por eso hoy se pide a  todo discípulo-misionero de Cristo un nuevo y decidido testimonio de abnegación y sobriedad, un estilo de vida fraterna inspirado en criterios de sencillez que empape al mundo del espíritu de austeridad que haga espacio para recibir el reino de los cielos. La pobreza evangélica es un don que conduce, a quien la vive, a una mayor pureza y radicalidad en el seguimiento de Cristo. La pobreza no tiene fin en sí misma, sino función de medio. Comprende, por consiguiente, todo aquello que es capaz de hacer a la persona más disponible para buscar e identificar las huellas de Cristo y marchar detrás. 

Como ejemplo de esto tenemos a diversas fundaciones religiosas de los últimos siglos, que están casi todas marcadas por la pobreza. Desde un punto de vista humano, resulta paradójico que sus fundadores intenten remediar miserias morales o físicas sobre la base de una pobreza total. A los fundadores de mediados del siglo pasado y de lo que va de este, les mueve un auténtico sentido de la fe que, por medio de una oración confiada y constante, fuerza a Dios —desde su pobreza— a poner remedio cuando el hombre es impotente.

Cuando San José María de Yermo y Parres fundaba su congregación de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres decía en medio de la pobreza: «Quiero imitar a Cristo, mi buen Jesús, que vino a enseñarnos con su Palabra y con su ejemplo, el amor de preferencia para con los pobres y desgraciados que el mundo desprecia». El venerable Félix de Jesús Rougier, en plena persecución religiosa, era despojado de las propiedades de la congregación que hacía poco había fundado, los Misioneros del Espíritu Santo. Sus hijos le decían: «Nuestro Padre, ¡nos están quitando las cinco casas que tenemos!» Y él les dijo serenamente: —Denle gracias a Dios que sólo cinco tenemos.

Santa María Soledad Torres «era una profesional de la pobreza» dicen sus biógrafos. En ella, aseguran, la pobreza era «libertad y alegría». Cuenta una de sus hijas: «El día de san Isidro, patrono de Madrid, organizaba su día de campo: Hacía traer ramas y follaje verde, con las cuales adornaba una pequeña habitación, pues la casa era muy pequeña, sin huerta ni jardín, y así, arreglada a lo campestre, todas se sentaban en el suelo sobre la verde hierba, y nuestra Madre, con una santa alegría que comunicaba a todas sus hijas, repartía la pobre merienda que les había podido proporcionar, pasando todas un rato llenas de santa y verdadera alegría» (De los testimonios para su causa de canonización).

La beata madre María Inés escribe en 1950: «Hasta la Providencia se ha manifestado amorosísima hacia nosotras. No sólo no nos sobra, sino que tenemos muchas deudas, pero nos esperan pacientemente, y por lo demás nunca nos ha hecho falta el vestido y el sustento, y la obra sigue creciendo, y la Capilla, muy hermosa, está por terminarse. ¡Gracias Dios mío por tu infinita misericordia! Gracias por tus ternuras de madre para nuestra pequeñita comunidad». La verdadera pobreza nos despega de todo aquello que no es Cristo; nos enseña a valorar y a jerarquizar, a ordenar la caridad y a discernir: «El que conserve su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la conservará» (Mt 10,37-39). 

Todo es valioso y digno de ser amado, pero sólo en segundo término. Todo es relativo, sólo Cristo es el Absoluto. La pobreza evangélica trae siempre el don precioso de la libertad. Y libre es aquel que no tiene nada que perder fuera de sus propias cadenas. Y por esto tiene todo un mundo que ganar para Cristo y su Evangelio. El hombre de hoy necesita urgentemente de alguien que le esté recordando que los bienes temporales son relativos y precarios, y que los bienes absolutos y definitivos son los celestiales. La pobreza evangélica es apertura, libertad y disponibilidad que contesta enérgicamente la idolatría del dinero, presentándose como voz profética en una sociedad que, en tantas zonas del mundo del bienestar, corre el peligro de perder el sentido de la medida y hasta el significado de las cosas, perdiéndose en una carrera de consumismo desmedido que parece nunca saciar a las personas.

Pobreza, dicsipulado y misión, son conceptos que van juntos. «Vayan. No lleven oro ni plata ni calderilla en su faja; ni tampoco alforja para el camino, ni dos túnicas ni sandalias ni bastón» (Mt 10,6.9) La pobreza evangélica queda interpelada por un mundo en abundancia y a la vez sumamente necesitado. ¿Cómo reaccionar frente a esa vorágine del consumismo actual? ?Cómo vivir frente a una sociedad que ha hecho de lo superfluo una norma? ¿Qué hacer para que la pobreza evangélica vivida en la vida diaria tenga valor de testimonio evangélico y abra a nuestra sociedad a la trascendencia? 

Quisiera que viéramos a María, la mujer pobre con la que podemos encontrarnos siempre cada día. Ciertamente no encontramos textos explícitos en el Evangelio que nos hablen de la pobreza de la Virgen… pero los pocos que se refieren a Ella, nos iluminan e invitan a penetrar en el misterio de su vida, que es también misterio de pobreza. Una pobreza que es apertura humilde y que se manifiesta llena de esperanza en la Anunciación; un servicio sencillo y afectuoso en la Visitación, un caer en la cuenta de las necesidades de los demás en Caná; un saber renunciar a los gozos de Madre, cuando el Hijo se encamina definitivamente hacia la misión; una sensación de impotencia frente al misterio de la Pasión —qué doloroso debió de ser para Ella el no poder hacer nada para suavizar el destino el Hijo y aceptar ser salvada por Él—; cuánta humilde pobreza encierra en este momento su «SÍ» de fecundidad al pie de la Cruz... María, la mujer pobre de Nazareth, nos invita a enriquecer nuestra pobreza de estos matices. La vida de María, la Virgen pobre, no la podemos imaginar más que en un marco de pobreza real y efectiva, de sencillez, de humildad, de austeridad, de dependencia del Padre y del trabajo de cada día.

El «Magnificat», el Cántico de María en el principio del Evangelio (Lc 1,46-55), es una actitud que sella la pobreza ante la Palabra de Dios, manifestándose como una llamada a una misión, a la proximidad de la Epifanía de Dios, a un regalo conyugal y una reunión de la revelación final en una visión y posesión definitiva de Dios. Somos la Iglesia de los pobres. Y la Iglesia tiene como misión ser transparencia de Cristo pobre. La Iglesia, como una Epifanía de Cristo, encuentra en la Virgen María, la humilde sierva del Señor, la invitación a ser pobre, para que el Señor haga maravillas en ella y a través de ella.

No dejemos de ver a María «intrépida en la pobreza» (VC 112), y de decirle que queremos, junto con ella, cantar el Magníficat. Que el testimonio de todo discípulo-misionero en la pobreza evangélica, se transforme en un desprendimiento como el de ella, que nos haga capaces de pronunciar un alegre «Fiat».

P. Alfredo L. Delgado R., M.C.I.U.

viernes, 9 de junio de 2017

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo...

Cada vez, que ya sea solos o en comunidad, pronunciamos las palabras de la Doxología: «Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo», resuena en el interior de nuestro ser, un grito de gratitud inmenso a Dios en sus tres personas, que se nos ha mostrado así de esta manera, en un misterio de amor. San Atanasio, uno de los Santos Padres de la Iglesia, dice en una de sus cartas: «Existe, pues, una Trinidad santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza y su actividad única» (Carta 1 a Serapión, 28-30: PG 26, 594-595. 599).

¿Cómo explicar este misterio a un mundo que casi se puede decir que entiende solamente de realidades terrenas, es decir materiales? ¿Cómo dar a entender este misterio a un mundo que solo quiere creer en lo tangiuble? Esto, en primer lugar, es «un misterio», el misterio de Dios «Uno y Trino» y por eso solo podemos exclamar: «Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo».

¡Qué hermoso testimonio de unidad para nosotros los miembros de la Iglesia que somos familia! ¡Qué grande enseñanza de amor y de solidaridad! Desde que el Padre es padre y el Hijo es hijo, en ese mismo instante, brota el Espíritu Santo, que con ellos existe en unidad desde siempre y para siempre. Cada una de las tres personas divinas con una misión especial que no opaca ni disminuye la de las otras dos. El Padre es amor, el Hijo es gracia y el Espíritu Santo es comunión.

Cada día, en nuestro diario obrar, el único Dios verdadero y todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, hace una fiesta de encuentro con nosotros. Cada día el Padre nos ama y nos da a su Hijo para salvarnos y para que al mismo tiempo nosotros lo amemos también. Cada día infunde su amor en nuestros corazones por medio de su Espíritu Santo, quien tal vez, como lo afirmó el beato Paulo VI, sigue siendo el gran desconocido para muchos.

No podemos sino sentirnos amados por el Padre, alimentados por el Hijo en su Palabra y en su Eucaristía y poseídos por el don del Espíritu. No podemos reconocer cuánto nos ama el Padre en el Hijo, sin esa fuerza que nos viene de lo alto por la acción del Espíritu. No podemos experimentar el gozo de la salvación que nos trae Aquel que ha enviado el Padre si no es por el fuego divino que nos incendia en amor. No podemos cumplir con nuestra tarea de discípulos-misioneros de un Dios que en la Trinidad Santísima se hace Misionero. No podemos ser «familia en la fe», es decir, comunidad, sin el don del Espíritu.

Cada vez que invocamos al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, sellamos un pacto de amor con Dios en el que reavivamos el don recibido en la elección que nos ha hecho en Cristo a ser hijos del Padre Eterno movidos por el Espíritu. ¡Bendito sea el Padre que en un arrebato de amor nos ha llamado a la existencia! ¡Bendito sea el Hijo, que nos ha llamado a ser discípulos─misioneros siguiendo sus huellas! ¡Bendito sea el Espíritu Santo que ha reavivado nuestro diario vivir en perseverancia y fidelidad!

Dice la beata María Inés Teresa: «Que mis obras todas sean un himno de alabanza, de gratitud, de adoración a la Santísima Trinidad" (Ejercicios Espirituales de 1943). Habrá que preguntarnos entonces: ¿Cuáles son mis obras? ¿Qué he dejado de hacer a la Trinidad Santa en mí? ¿Cómo me he dejado conducir por Dios? Que María Santísima, la hija predilecta del Padre, la Madre de Cristo y la esposa fiel del Espíritu Santo, nos ayude a responder como ella.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

martes, 10 de mayo de 2016

PARA VIVIR COMO DISCÍPULO MISIONERO DE CRISTO TOMA EN CUENTA QUE...

1. Si al anunciar como misionero el Reino demuestras ENTUSIASMO, los demás aprenderán el gozo de vivir gozos como discípulos del Señor en el diario vivir.

2. Si con tu testimonio de bautizado demuestras SENTIDO DEL HUMOR, los demás aprenderán lo que es la alegría del Evangelio.

3. Si vives tu compromiso bautismal con CREATIVIDAD, los demás aprenderán a no dejarse llevar por la rutina.

4. Si eres EXIGENTE contigo mismo, se irá viendo la conversión en ti y en los demás.

5. Si siempre expresas MISERICORDIA, los otros aprenderán a interesarse en los demás sin buscar interés alguno, sino solo los intereses de Cristo.

6. Si en tu vida cristiana creces en el sentido de SEGURIDAD EN DIOS, los que te rodean aprenderán a confiar siempre en Él.

7. Si llevas tu vida de discípulo misionero con RECTITUD, los demás desearán ser siempre honrados y rectos y creerán en Dios.

8. Si demuestras una ENTREGA TOTAL en tu compromiso bautismal, los otros adquirirán responsabilidad y disciplina.

9. Si demuestras COMPRENSIÓN, los que tratan contigo serán pacientes.

10. Si demuestras un puro AMOR a Dios, a su Madre Santísima, a los hermanos en la Iglesia, a la gente y a la vida, los que convivan contigo reflejarán este amor.

Así tú, como discípulo misionero muestras un pedacito de cielo, lo que será la vida eterna...

Alfredo Delgado, M.C.I.U.