El blog del padre Alfredo / Fr. Alfredo's blog
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domingo, 15 de mayo de 2016
«LOS SIETE DONDES DEL ESPÍRITU SANTO»... Siete regalos de Dios que hay que valorar
Los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma para recibir y secundar con facilidad las mociones del propio Espíritu Santo al modo divino o sobrehumano. El alma no podría adquirir los dones por sus propias fuerzas ya que transcienden infinitamente todo el orden puramente natural. Los dones los poseen en algún grado todas las almas en gracia, perfeccionan el acto sobrenatural de las las virtudes infusas y son incompatibles con el pecado mortal.
El Espíritu Santo actúa los dones directa e inmediatamente como causa motora y principal, a diferencia de las virtudes infusas que son movidas o actuadas por el mismo hombre como causa motora y principal, aunque siempre bajo la previa moción de una gracia actual. Por la moción divina de los dones, el Espíritu Santo, inhabitante en el alma, rige y gobierna inmediatamente nuestra vida sobrenatural. Ya no es la razón humana la que manda y gobierna; es el Espíritu Santo mismo, que actúa como regla, motor y causa principal única de nuestros actos virtuosos, poniendo en movimiento todo el organismo de nuestra vida sobrenatural hasta llevarlo a su pleno desarrollo.
La tradición espiritual y teológica de la Iglesia nos enseña que los dones del Espíritu Santo son siete, y halla la raíz de su convencimiento en la Sagrada Escritura, especialmente en algunos lugares principales.
En Isaías 11, 2-3 se mencionan seis de los dones (falta el don de piedad): "Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh. Concretamente, se asegura en este texto, que en el Mesías esperado habrá una plenitud total de los dones del Espíritu divino. No le serán dados estos dones con medida, como a Salomón se le da la sabiduría o a Sansón la fortaleza, sino que sobre él reposará el Espíritu de Yahvé con absoluta plenitud. No entro aquí acerca de si los dones son seis o son siete, según este texto y la versión de los Setenta y de la Vulgata, pues habríamos de analizar cuestiones exegéticas demasiado especializadas para nuestra reflexión.
Hay que recalcar que este texto es mesiánico. Se refiere propiamente, como dije, al Mesías. No obstante, los Santos Padres lo extienden también a los fieles de Cristo en virtud del principio universal de la economía de la gracia que enuncia San Pablo cuando dice: "Porque a los que de antes conoció, a ésos los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo" Rm 8,29.
San Pablo es quien nos describe el don de Piedad: "No han recibido el espíritu de siervos para recaer en el temor, antes han recibido el espíritu de adopción, por el que clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio de que somos hijos de Dios" Rm 8,14-17
Otros textos que revelan los dones son: En el Antiguo Testamento: Gen 41,38; Ex 31,3; Núm 24,2; Dt 34,9; Sal 31,8; 32,9; 118, 120; 142,10; Sab 7,28; 7,7; 7,22; 9,17; 10,10; Eclo 15,5; Is 11,2; 61,1; Miq 3,8. En el Nuevo Testamento: Lc 12,12; 24,25; Jn 3,8; 14,17; 14,26; Hch 2,2; 2,38; Rm 8,14; 8,26; 1 Cor 2,10; 12,8; Apoc 1,4; 3,1; 4,5; 5,6.
Los Padres de la Iglesia vieron también aludidos los siete dones del Espíritu Santo en aquellos septenarios del Apocalipsis que hablan de siete espíritus de Dios (1,4; 5,6), siete candeleros de oro (1,12), siete estrellas (1,16), siete antorchas (4,5), siete sellos (5, 1.5), siete ojos y siete cuernos del Cordero (5,6).
Éstos y otros lugares de la Biblia fueron estimulando en la historia de la teología y de la espiritualidad una doctrina sistemática de los siete dones del Espíritu Santo, que alcanza su madurez en la teología de Santo Tomás de Aquino, quien enseña que todos los dones del Espíritu Santo están vinculados entre sí, de tal modo que se potencian mutuamente: el don de fortaleza, por ejemplo, ayuda al de consejo, y éste abre camino al don de ciencia, etc. Y a su vez todos los dones están vinculados con la caridad teologal (STh I-II,68,5). A esa doctrina muy firme, añade el Doctor común otras explicaciones más opinables, en las que señala que hay también una especial correspondencia entre cada una de las virtudes y los dones del Espíritu Santo, que vienen a perfeccionarlas en su ejercicio (STh I-II,68-69; II-II, 8. 9. 19. 45. 52. 121. 139.141 ad3m).
El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que : La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo (1830) y que estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo (1831). Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11, 1-2). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.
Sabiduría
Nos hace ver todas las cosas a través de Dios y nos impulsa a buscarlo sobre todas las cosas.
«Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el hombre que se cobija en Él» (Salmo 34, 9).
La sabiduría ocupa el primer lugar entre los siete dones del Espíritu Santo. Tener el don de la sabiduría nos permite ver las cosas de acuerdo a como Dios las ve. Podemos adquirirla mediante la búsqueda de la mente y la voluntad del Señor a través de una comunicación regular en la oración, en el estudio de las Escrituras y cultivando una relación íntima con él. La sabiduría nos dirige a la hora de juzgar todo de acuerdo a la perspectiva divina.
Entendimiento
Nos ayuda a comprender la Palabra de Dios y los misterios de la fe.
«Iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús… Y sucedió que mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le reconocieran… Y sucedió que cuando se puso a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición… Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron… Se dijeron uno a otro ¿no estaba ardiendo nuestro corazón cuando nos hablaba…?» (Lucas 24, 13-31).
La comprensión es el regalo que nos da una mejor y más profunda visión de los misterios de la fe cristiana. Este don, también llamado «Inteligencia», nos ayuda a tener un conocimiento más claro de las enseñanzas y las verdades de la iglesia. Da una gran confianza en la palabra revelada de Dios y conduce a los que la tienen para llegar a conclusiones verdaderas a partir de los principios revelados.
Consejo
Nos anima a seguir la solución que más concuerda con la gloria de Dios y el bien de los demás.
«No son mis pensamientos vuestros pensamientos ni vuestros caminos son mis caminos, porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros…» (Isaías 55, 8-9).
El don del consejo nos da la intuición de hacer lo correcto en circunstancias difíciles. Esto nos permite practicar y perfeccionar la virtud de la prudencia, o saber qué hacer y qué evitar en diferentes situaciones.
Fortaleza
Nos alienta continuamente y nos ayuda a superar con fe las dificultades.
«Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: “¡Señor, sálvame!”. Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: “Hombre de poca fe ¿por qué dudaste?”. Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: “Verdaderamente eres hijo de Dios”» (Mateo 14, 29-33).
La fortaleza es el don de la fuerza, la perseverancia y el coraje que nos permite obedecer y seguir la voluntad de Dios en todo momento. Nos ayuda a superar los obstáculos y a perseverar en nuestra fe, siempre confiando en la divina providencia de Dios para equiparnos con la virtud necesaria.
Ciencia
Nos ayuda a conocer rectamente a Dios y a discernir y descubrir su voluntad para seguirla.
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios…» (Juan 3, 3).
Con el don de ciencia —llamado también don del «Conocimiento»—, somos capaces de discernir y descubrir la voluntad de Dios en todas las cosas y juzgar todo de acuerdo con esta perspectiva divina. Este don de ciencia es a menudo llamado «la ciencia de los santos», ya que permite a los que lo tienen discernir rápidamente entre los impulsos de la tentación y las inspiraciones de la gracia".
Piedad
Nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que un hijo trata a su padre.
«Vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba sobre él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”» (Marcos 1, 10-11).
El don de piedad perfecciona nuestro amor a Dios. Desarrolla este amor instintivo por él como nuestro Padre, lo que nos permite obedecer de forma más natural y confiada, ya que comprendemos plenamente su amor por nosotros.
Temor del Señor
Nos induce a huir de las ocasiones de pecado para elegir siempre agradar a Dios.
«La riqueza y la fuerza realzan el corazón, pero más que las dos, el temor del Señor. En el temor del Señor no existe mengua, con él no hay ya por qué buscar ayuda. El temor del Señor como un paraíso de bendición, protege él más que toda gloria» (Eclesiástico 40, 26-27).
El temor del Señor nos equipa con un temor del pecado y de ofender a Dios. No es por miedo al castigo del Señor, sino que brota naturalmente de nuestro profundo amor y respeto por Dios.
Que el Espíritu Santo, a través de sus dones, nos conceda el verdadero conocimiento deDios para que seamos uno con Él y «…que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios» (Ef 3, 17-19).
Les dejo una oración para pedir al Espíritu Santo que derrame sus siete dones:
¡Oh Espíritu Santo!, llena de nuevo mi alma con la abundancia de tus dones y frutos.
Haz que yo sepa, con el don de Sabiduría,
tener este gusto por las cosas de Dios
que me haga apartar de las terrenas.
Que sepa, con el don del Entendimiento,
ver con fe viva la importancia y la belleza de la verdad cristiana.
Que, con el don del Consejo,
ponga los medios más conducentes para santificarme,
perseverar y salvarme.
Que el don de Fortaleza me haga vencer
todos los obstáculos en la confesión de la fe
y en el camino de la salvación.
Que sepa con el don de Ciencia,
discernir claramente entre el bien y el mal, lo falso de lo verdadero,
descubriendo los engaños del demonio, del mundo y del pecado.
Que, con el don de Piedad, ame a Dios como Padre,
le sirva con fervorosa devoción y sea misericordioso con el prójimo.
Finalmente, que, con el don de Temor de Dios,
tenga el mayor respeto y veneración por los mandamientos de Dios,
cuidando de no ofenderle jamás con el pecado.
Lléname, sobre todo, de tu amor divino;
que sea el móvil de toda mi vida espiritual;
que, lleno de unción, sepa enseñar y hacer entender, al menos con mi ejemplo,
la belleza de tu doctrina, la bondad de tus preceptos y la dulzura de tu amor. Amén.
Alfredo Delgado R., M.C.I.U.
sábado, 26 de mayo de 2012
Carta del Espíritu Santo a un misionero... para leer en la noche de vigilia de Pentecostés
Carta del Espíritu Santo
Querido amigo que eres discípulo y misionero:¿Cómo te sientes? ¿Cómo te encuentras esta noche? Recibe esta sencilla carta con la que quiero hacerme más presente en tu vida para ayudarte a descubrir cómo actúo en tu corazón que quiere hacerse, como el de Jesús: pan partido para construir un mundo nuevo.
Son demasiados los cristianos que se contentan todavía con orar únicamente al Espíritu Santo cuando tienen que tomar una decisión importante... ¡O cuando tienen que pasar un examen difícil! Tú tienes un llamado especial, ¿Te encuentras entre esos que poco me invocan? ¡Qué lamentable si así fuera!... pero no lo creo, yo pienso que esta noche solamente buscas aumentar en mi gracia porque sabes perfectamente cómo actúo en tu vida ¿verdad? Si la vida cristiana merece ser llamada vida “espiritual” es por ser una vida suscitada y mantenida por el Espíritu.
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, habito en ti? Eres tan hijo de Dios que el Padre te concede exactamente el mismo don que hizo a su Hijo amado. No cesa de enviarme a ti, que soy el beso perpetuo del Padre a sus hijos. Eres mi templo vivo. Por eso, debes cuidarte mucho, en todos los sentidos. Y, también debes cuidar a los demás.
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te divinizo? Mi presencia en ti es dinámica, transformadora. Por mí, el Padre te hace partícipe de “la naturaleza divina” (2P 1, 4), te comunica su propia vida (Cf. Jn 3, 3-5). Esta transformación del fondo de tu ser te vuelve “gracioso” a los ojos del Padre y capaz de complacerle de verdad.
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te purifico? ¿A que es verdad que necesitas renovarte, convertirte, purificarte? Porque no vives siempre como debiera vivir un amigo de María Inés Teresa, esa maravillosa mujer que ha sido apenas beatificada y que siempre actuó dejándose llevar por mí. Te purifico ayudándote a reconocer tu verdadera culpabilidad ante Dios cuando has fallado (Cf. Jn 16, 8-10). Suavizo tu corazón para que no persistas en tu orgullo cuando quieres hacer siempre tu voluntad y te llevas de encuentro lo que esté o quien esté a tu paso. Curo tus heridas y renuevo el fondo de tu corazón cuando amas poco. Los sacramentos son auténticos baños de juventud que te invitan a trabajar para que, como decía tu amada fundadora, nunca se te acabe la juventud, sino solamente se acumule en tu vida.
¿Recuerdas esta oración del Veni Creator o los cantos con que me invocan muchos?, ¿esa oración tomada de la liturgia de la Iglesia, con la que me pides: que riegue la tierra en sequía, que sane el corazón enfermo, que lave las manchas, que infunda calor de vida en el hielo, que dome el espíritu indómito, que guíe al que tuerce el sendero”.
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te animo a mantener vivo el “SÍ” de tu compromiso bautismal? Estoy al principio de tu fe y de tu respuesta de amor al llamado de Cristo. Decía san Pablo a los corintios: “Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, si no es en el Espíritu” (1 Cor 12, 3). También decía Jesús a sus apóstoles que nadie puede ir a Él sin que le atraiga el Padre. Es decir, sin el Espíritu que el Padre te envía para que te proyecte hacia su Hijo Jesús. Estoy al principio de tu esperanza, de tus sueños, de tus ilusiones por entregarte de lleno a la misión. Dice la Escritura: “Que sobreabunde la esperanza en vosotros por la virtud del Espíritu Santo” (Rm 15, 13). Gracias a mí puedes vivir intensamente el momento presente y afrontar y vencer las tentaciones cotidianas y frecuentes de la vanidad, el desánimo, la inquietud o la angustia que atacan la vida cristiana.
También estoy al principio de tu caridad. Gracias a mí puedes amar al Padre con todo tu corazón y ofrecerte a Él. Gracias a mí también puedes amar a Jesucristo y amar a tus hermanos, con el mismo corazón de Dios, con ese “corazón nuevo” que pides que Dios te dé. Por último, estoy al principio de tu conducta moral. Gracias a mí puedes vivir las Bienaventuranzas evangélicas. Puedes vivir algunos de estos frutos (del Espíritu Santo), de los que habla san Pablo: “amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí” (Gál 5, 22-23).
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo te ayudo a orar? Soy, de manera especialísima, el animador de tu vida de oración, porque dice en otra parte san Pablo: “nosotros no sabemos pedir como conviene, mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8, 26). Te ayudo, cuando oras, a acogerme como el don que el Padre te da por su Hijo Jesús. Entonces tu oración se vuelve apertura al amor del Padre y te dejas invadir por el río de agua viva que viene del Padre y pasa por su Hijo Jesús. Te ayudo, cuando oras, a dejarte llevar por el impulso del Hijo hacia el Padre, que te hace repetir con amor y confianza: “¡Abba! ¡Padre!”. En lo más hondo de ti me uno a tu corazón para que puedas exclamar: “¡Abba! ¡Padre!”. Te invito, al orar, que me acojas como el que viene a colmar tu corazón y a regenerarlo. Y, también como el que te lleva al Padre.
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te impulso con mis dones? ¿Percibes, en el fondo de tu corazón, mi impulso? ¿Te sientes movido por mí? Dice la Palabra de Dios: “Los verdaderos hijos de Dios son aquellos que están movidos por el Espíritu de Dios” (Rm 8,14). Si lo percibes y lo sientes, te darás cuenta de que ya no hace ninguna falta que remes con la fuerza de tus puños para avanzar hacia Dios: el Viento sopla las velas de tu vida. La tradición cristiana llama dones (del Espíritu Santo) a estas velas que, bien desplegadas, te permiten aprovechar plenamente mis invitaciones y sugerencias. Estos dones son, también, radares, unas antenas muy finas que te permiten captar nuevos mensajes. Antenas que funcionan tanto mejor cuando lo hacen a menudo. Eso supone que has de estar a la escucha de mis enseñanzas interiores que sólo se revelan a los corazones que son muy sencillos, que están persuadidos de no merecer nada y reconocen que todo les viene de Dios y es para darlo a los demás. El silencio de la oración te ayudará a todo esto.
¿Has tenido la experiencia, alguna vez, de que te “golpeara” algún pasaje del Evangelio con una enorme fuerza? ¿Qué pasó en ese momento? Fui yo el que hizo resonar en tu corazón esas palabras de Jesús, que tu memoria había grabado sin concederle mucha importancia. Fui yo el que provocó ese cambio profundo en tu existencia.
Si quieres crecer en la vida cristiana y quieres ser discípulo y misionero de verdad, debes dejarte invadir y transformar cada vez más por mí. Sintiéndote lleno de mí puedes lanzarte hacia Dios y hacia tus hermanos con un gran corazón dilatado que se da para volverse a dar sin esperar elogios, aplausos, reconocimientos, premios pasajeros, trofeos que se carcomen con el tiempo.
¿Sabes cuáles son mis dones? Recuerda lo que decía el profeta Isaías: “Brotará un retoño de la estirpe de Jesé (padre del rey David). Sobre él reposará el Espíritu del Señor, Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de conocimiento y de temor de Dios” (Is 11, 1-2).
Te dejo el regalo de mis dones para que cuides de desarrollarlos al máximo, para que te esfuerces por vivirlos intensamente, para que con ellos salgas al encuentro de los demás y te des de lleno como Jesús que se llenó de mí.
Con el temor filial quiero que descubras tu condición de criatura necesitada. Que experimentes la bienaventuranza de los pobres de espíritu. Que te llenes de sencillez. Que desees evitar todo aquello que ofenda la infinita ternura que Dios te tiene.
Con la piedad filial quiero que avances hacia Dios con sencillez y confianza. Sin ningún temor y lleno de gozo.
Con el consejo quiero que aprendas a discernir espiritualmente, a ver lo que tienes que hacer para complacer a Dios. A saber acompañar a los demás en su búsqueda de Dios.
Con la fortaleza quiero comunicarte la energía misma de Dios para que sepas combatir en la lucha diaria, buscando cumplir la voluntad de Dios. Con ella sabrás vivir y afrontar todas las dificultades.
Con la ciencia quiero que aprendas a ver a Dios actuando en el mundo, en la naturaleza y en los acontecimientos de la historia. También, que descubras su providencia obrando en el mundo y actuando en tu vida.
Con la inteligencia quiero que comprendas mejor los misterios de Dios. Que sepas leer e interpretar los mensajes de amor de Dios. Que llegues a la Verdad. Dios desea que descubras su amor a través del gran libro de la naturaleza y de la historia, pero también y sobre todo a través de los libros de la Biblia.
Con la sabiduría quiero que gustes el sabor de Dios: “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Salmo 34 (33), 9). Dios quiere que gustes en lo más hondo de tu corazón la alegría de estar invadido por mí.
Atentamente,
El Espíritu de Dios.
jueves, 9 de febrero de 2012
CARISMA, ESPÍRITU Y ESPIRITUALIDAD... Cuáles son las diferencias
En nuestros tiempos, parece muy normal de
hablar de carisma, espíritu y espiritualidad, pero muchas veces se hace de una manera confusa y sin aplicar bien el término a lo que se quiere decir. Se habla de hombres y mujeres que poseen «un carisma especial» para la predicación, para aconsejar a las personas, para conocer y transmitir a Dios, se habla de quiénes han fundado una congregación religiosa y por lo tanto tienen el «carisma de fundador». Se dice que algunos tienen «mucho carisma». Por otra parte se habla del «espíritu de servicio», del «espíritu que anima una obra» y de una «espiritualidad específica»; así, «carisma», «espiritualidad» y «espíritu» son palabras de uso común en el lenguaje de la Iglesia.
Conviene, por lo tanto, saber bien lo que cada término significa o quiere significar y cómo y dónde lo podemos aplicar. Sin adentrarnos en muchas complicaciones, explicaremos brevemente cada uno de estos tres términos:
CARISMA.
La palabra «carisma» viene del griego "χάρισμα" y significa "don gratuito". Un carisma, por tanto, es una gracia especial que el Espíritu Santo dona para el bien de la Iglesia. No existe una clasificación de carismas y así los hay de diversos tipos . Pero los elementos esenciales que los conforman serán siempre los dos siguientes: provienen del Espíritu Santo y se dan para la edificación de la Iglesia. Un carisma no está necesariamente ligado a la fundación de algún grupo apostólico, una congregación religiosa o de alguna otra obra de la Iglesia. Se dan casos de hombres y mujeres que poseen un carisma especial para la predicación, para aconsejar a las personas, para conocer y transmitir a Dios, pero que no necesariamente hayan fundado alguna institución.
Cristo es el «carisma» de Dios para todo hombre que desee recibirlo. Los carismas en la Iglesia son la presencia actuante del Espíritu Santo y como el Espíritu habita en todo bautizado, entonces podemos decir que todo bautizado es un carismático, en cuanto que Dios lo ha colmado de gracia (Ef 6,1) y le ha dado toda clase de dones (Rom 8,32). De entre todos los carismáticos —o sea de entre todos los bautizados— a algunos el Señor les ha concedido dones transitorios o dones permanentes específicos para el bien de la Iglesia.
Podemos hablar de «carismas transitorios», que son gracias circunstanciales que Dios otorga a un bautizado para la edificación de la comunidad, de manera que podemos hablar del don de profecía, el de alabanza, el de servicio, el de lenguas, etc.
Por otra parte están los «carismas específicos», que son concedidos por Dios a determinados cristianos para quesean instrumentos de su amor hacia los hombres y mujeres de este mundo, de manera que Él se manifieste en la en la historia de salvación. Dios les ofrece una gracia y ellos aceptan la misión que les encomienda realizar en la Iglesia. Tal es el caso de los fundadores.
Finalmente podemos hablar de los «carismas permanentes», que son aquellos dones que pertenecen a la misma naturaleza de la Iglesia o a su función ministerial, por ejemplo el don de gobierno, el don de dirigir, el de apóstol, el de pastor, el de enseñar.
«Carisma», se entiende entonces como una gracia que Dios ofrece a un cristiano y que éste acepta para que al ser transformado por ese don que viene de lo alto, viva y aplique ello de manera evangélica a su alrededor relacionándose con Dios de manera constante y específica cumpliendo el encargo recibido en favor de la Iglesia y de sí mismo.
ESPÍRITU.
En el pensamiento bíblico, el «espíritu» es lo que hace que una persona exista, lo que hace que tenga vida. El espíritu del hombre es entonces "revestido" del hombre nuevo (Ef 4,23-24), de manera que se hace un solo espíritu con Cristo (1 Cor 6,17; Rom 8,16) para poder mantenerse en comunicación filial con el Padre como lo hizo Jesús, que siempre estuvo unido a Él por la acción del Espíritu Santo (Rom 8,26).
Sin espíritu, no hay vida (dimensión biológica), sin espíritu, no hay sueños, anhelos, metas, gozo ni felicidad (dimensión psicológica), sin espíritu, no hay pasión, no hay dinamismo, no hay transformaciones culturales ni entrega y generosidad (dimensión social) sin espíritu, la experiencia religiosa se hace vieja y muere, no hay creación artística ni científica.
Espíritu es entonces la forma de estar ante Dios, con Dios y en Dios para vivir desde Dios, porque se es hijo en el Hijo y se es santificado por el Espíritu Santo para ser hermano con los hermanos. Así se puede hablar por ejemplo del «espíritu misionero» que impregne una vida o una obra de la Iglesia.
ESPIRITUALIDAD.
Podemos decir, en primer lugar, que «espiritualidad» es vivir según las enseñanzas de Cristo y no según las reglas meramente humanas (Gal 5,25; 1 Cor 2,10-16). Es la forma de vivir que tienen los hijos adoptivos de Dios (Rom 8,14-18).
La espiritualidad es una parte de la teología que estudia el dinamismo que produce el Espíritu en la vida del alma: cómo nace, crece, se desarrolla, hasta alcanzar la santidad a la que Dios nos llama desde toda la eternidad, y cómo transmitirla a los demás con la palabra, con el testimonio de vida y con el apostolado eficaz.
Por lo tanto, hablamos de una doctrina teológica y vivencia cristiana a la vez, ya que si la espiritualidad sólo optara por la doctrina teológica quitando la vivencia, tendríamos una espiritualidad racional, intelectualista y sin repercusión en la propia vida. Y si por otra parte solamente optara por la vivencia cristiana, sin dar la doctrina teológica, la espiritualidad quedaría reducida a un subjetivismo arbitrario, sujeta a las modas cambiantes y expuesta al error. Así pues, la verdadera espiritualidad cristiana debe integrar doctrina y vida, principios y experiencia.
Por lo tanto, hablamos de una doctrina teológica y vivencia cristiana a la vez, ya que si la espiritualidad sólo optara por la doctrina teológica quitando la vivencia, tendríamos una espiritualidad racional, intelectualista y sin repercusión en la propia vida. Y si por otra parte solamente optara por la vivencia cristiana, sin dar la doctrina teológica, la espiritualidad quedaría reducida a un subjetivismo arbitrario, sujeta a las modas cambiantes y expuesta al error. Así pues, la verdadera espiritualidad cristiana debe integrar doctrina y vida, principios y experiencia.
La espiritualidad es la manera característica que tiene un cristiano o un grupo de la Iglesia para vivir determinados valores evangélicos que hagan a Cristo presente en sus vidas y lo proyecten a los demás. Así tenemos las diversas espiritualidad de las congregaciones religiosas o de los grupos en la Iglesia.
A MANERA DE CONCLUSIÓN.
Madre Inés solía decir que la Iglesia es como un hermoso jardín en donde los diversos carismas se entrecruzan y enriquecen la Iglesia para seguir a Cristo como María. Ella tuvo el carisma de fundadora y hablaba de que el espíritu que animó siempre su vida y la obra que nos ha dejado en herencia es un espíritu misionero por excelencia y dejó a la Iglesia una espiritualidad eucarística, sacerdotal, mariana y misionera vivida en la alegría de la entrega y fidelidad al Señor para hacerlo conocer y amar del mundo entero.
«Carisma», «espíritu» y «espiritualidad» nos hablan de que Cristo está vivo entre nosotros y continúa pasando por el mundo haciendo el bien. Dios es el artífice de TODO ESTO. Él vive en nuestras almas, para deificarnos, para espiritualizarnos. Él nos mueve internamente a toda obra buena (Rm 8, 14; 1 Cor 12, 6) y nos purifica del pecado (Mt 3, 11; Jn 3, 5-9; Tit 3, 5-7). Él enciende en nosotros la lucidez de la fe (1 Cor 2, 10-10). Él levanta nuestros corazones a la esperanza (Rm 15, 13). Él nos mueve a amar al Padre y a los hermanos como Cristo los amó (Rm 5, 5). Él llena de gozo y alegría nuestras almas (Rm 14, 17; Gal 5, 22; 1 Tes 1, 6). Él nos da fuerza y carismas para testimoniar a Cristo y fecundidad apostólica, pues la evangelización no es sólo palabras, “sino poder y acción en el Espíritu Santo” (Gal 1, 5; Hch 1,8). Él nos concede ser libres del mundo que nos rodea (2 Cor 3, 17). Él viene en ayuda de nuestra debilidad y ora en nosotros con palabras inefables (Rm 8, 15).
Bastará ver a María para captar cómo hay que vivir todo esto, Benedicto XIV decía que la Virgen “es como un río celestial por el que descienden las corrientes de todos los dones de las gracias a los corazones de los mortales” (Bula “Gloriosae Dominae” del 27 del IX de 1748) y San Pío X afirmaba que María, junto a la cruz “mereció ser la dispensadora de todos los tesoros que Jesús nos conquistó con su muerte y con su sangre. La fuente, por tanto, es Dios; pero María, como bien señala san Bernardo, es el acueducto” (Encíclica “Ad diem illum” del 2 del II de 1891) por donde nos viene todas estas gracias y estilo de vivir para que todos conozcan y amen a Dios.
Alfredo Delgado, M.C.I.U.
miércoles, 15 de junio de 2011
El don de Temor de Dios en Madre Inés...
El don de temor de Dios es la disposición común que el Espíritu Santo pone en el alma para que se porte con respeto delante de la majestad de Dios y para que, sometiéndose a su voluntad, se aleje de todo lo que pueda desagradarle. El primer paso en el camino de Dios, es la huida del mal, que es lo que consigue este don y lo que le hace ser la base y el fundamento de todos los demás. Por el temor se llega al sublime don de la sabiduría. Se empieza a gustar de Dios cuando se le empieza a temer, y la sabiduría perfecciona recíprocamente este temor. El gusto de Dios hace que nuestro temor sea amoroso, puro y libre de todo interés personal.
Este don consigue inspirar al alma los efectos maravillosos como son: una continua moderación, un santo temor y un profundo anonadamiento delante de Dios; un gran horror de todo lo que pueda ofender a Dios y una firme resolución de evitarlo aun en las cosas más pequeñas y cuándo se cae en una falta o una humilde confusión; una cuidadosa vigilancia sobre las inclinaciones desordenadas, con frecuentes vueltas sobre nosotros mismos para conocer el estado de nuestro interior y ver lo que allí sucede contra la fidelidad del perfecto servicio de Dios venciendo la tibieza.
A este don de temor pertenece la primera bienaventuranza : bienaventurados los pobres de espíritu (Mt 5,1): la desnudez de espíritu que comprende el despego total del afecto a los honores y a los bienes temporales se sigue necesariamente del perfecto temor de Dios ; siendo éste el mismo espíritu que nos lleva a someternos plenamente Dios y a no estimar más que a Dios, despreciando todo lo demás, no permite que nos elevemos ni delante de nosotros mismos buscando nuestra propia excelencia, ni por encima de los demás buscando las riquezas y las comodidades temporales.
Los santos han pasado igual que nosotros por la tierra: entre las oscuridades de la fe, en medio de las dificultades diarias, pero con inquebrantable confianza en Dios. La Venerable Madre María Inés Teresa Arias estaba persuadida de que, como San Pablo decía, nada podía apartarla del amor de Dios. El amor de Dios la llevó siempre de la mano. “Soy un pensamiento de Dios, porque desde toda la eternidad pensó en darme el ser; Él ya me veía tal cual soy, con mis defectos y mis cualidades, mis promesas y mis inconstancias, mi confianza y mi amor, y con todas mis miserias”. (María-Inés-Teresa Arias, “Ejercicios Espirituales”, 1941.)
La omnipotencia de Dios se manifestó en esta mujer de apariencia alegre y jovial. Su voluntad se vio sostenida siempre por el don de Temor de Dios. Él inspiró todos sus pensamientos, todas sus acciones, todas sus decisiones. Él puso en su ser siempre la caridad, una caridad exquisita que se dejaba sentir en todo. “Quiero transformarme en tu amor, quiero vivir de amor, quiero morir de amor, en un acto de suprema y perfecta contrición” (María-Inés-Teresa Arias, “Ejercicios Espirituales”, 1943.)
La Madre dejó que el Temor de Dios la librara de todo mal, de la soberbia, del orgullo, de la vanidad. Supo experimentar su debilidad personal, su posibilidad de caer. “Gracias Señor...” Solía ser siempre alma agradecida con el Creador por las gracias concedidas.
Hija de Dios, se sintió siempre hija de la Iglesia. Con amor entrañable a todos y cada uno de los miembros de la Iglesia. Quería, desde Roma, donde pasó sus últimos años, contemplar la Iglesia del mundo entero y transportarse a los cinco continentes para decir a todos que tenemos un Padre que es Misericordia, que es Amor.
La huella del don de Temor quedó impresa en la Venerable Sierva de Dios hasta los últimos momentos de su vida, que la puso y la mantuvo siempre en disposición de llegar a la casa paterna.
Alfredo Delgado, M.C.I.U.
El don de Fortaleza en Madre Inés...
La fortaleza es la virtud que nos asegura contra el temor de las dificultades, de los peligros y de los trabajos que se presentan en la ejecución, de nuestras empresas.
Todo esto lo hace admirablemente el don de Fortaleza; pues es una disposición habitual que el Espíritu Santo pone, en el alma y en el cuerpo para hacer y sufrir cosas extraordinarias, para acometer las obras más difíciles, para exponerse a los más espantosos peligros y para soportar los trabajos más rudos y las penas más amargas. Y todo ello constantemente y de una manera heroica.
Este don es muy necesario en determinadas ocasiones: cuando se es combatido por grandes tentaciones, para resistir a las cuales es preciso estar dispuesto a perder las bienes, el honor o la vida. Entonces el Espíritu Santo asiste poderosamente al alma fiel con el don de, consejo y de fortaleza; porque no fiándose de ella misma y convencida de su debilidad y de su nada, implora su socorro y pone en El toda su confianza. No bastan en estas ocasiones las gracias comunes; hacen falta luces y fuerzas extraordinarias; por eso une el Profeta el don de consejo y el de fortaleza: el uno ilumina el espíritu y el otro fortalece el corazón.
Tenemos mucha necesidad de este don por la dificultad de ciertos espacios en que la obediencia puede colocarnos. Hay que convencerse de que por un solo acto de generosidad cristiana, merece uno mucho más delante de Dios que por todo el resto de su vida aunque sea muy larga. Lo mismo que si una persona, al ingresar a la vida religiosa o a un seminario, diera de un golpe todos sus bienes a los pobres, merece tanto como si, permaneciendo en el mundo, hiciera varias limosnas en diversos tiempos. ¿Y qué sabemos nosotros el tiempo que viviremos después y el estado en que estaremos para morir? ¿Qué seria ahora de Orígenes y Tertuliano si antes de su caída, permaneciendo fieles a Jesucristo hubiesen tenido la ocasión de morir por Él?
Según la promesa de Jesús, el Espíritu Santo es un Espíritu que fortalece. En la Venerable María Inés Teresa Arias se encuentran las que son, por así decir, las dos formas clásicas del don de fortaleza: El espíritu de conquista al servicio del Reino de Dios y el espíritu de sacrificio hasta la muerte.
El espíritu de conquista resplandece en ella como apóstol, no sólo en el plano externo, sino partiendo desde las dimensiones internas del amor a Dios. “Quisiera hacer a mi Dios una ofrenda de todas las naciones y para su conquista no tengo más que mi miseria puesta al servicio de su misericordia, pero se la doy de corazón, con la convicción de que Él es poderoso para obrar maravillas” (María-Inés-Teresa Arias, “Notas Íntimas”, p. 96.) –decía en su oración–.
Parece que Santa Teresita la contagió del celo por las almas y de la valentía espiritual que se apoya en la fuerza de Dios. Santa Teresita decía: “Una sola misión no me bastaría: quería, al mismo tiempo, anunciar el Evangelio por las cinco partes del mundo y hasta en las islas más remotas...” y la Venerable Sierva de Dios, como decimos, se contagió. “El martirio -decía Santa Teresita-: he aquí el sueño de mi juventud...” y la Venerable quería ser mártir como ella e hizo voto de vivir como “Víctima de Holocausto de amor”. “Me he ofrecido víctima a tu amor. Que sea una verdadera víctima, dulce y afable, que te encante y te deleite. Que ya para mi próxima profesión Perpetua quiero ser una verdadera esposa fiel, viviendo vida oculta en mi corazón Contigo y en la Cruz; bien se Dios mío, que no bastan mis propósitos por sinceros y fuertes que sean, si tu gracia no los fecundiza y para que ésta no me falte, que mi oración sea sin interrupción”. (María-Inés-Teresa Arias, “Ejercicios Espirituales”, 1933.)
El espíritu de fortaleza se manifestó en la vida de Madre Inés en el espíritu de sacrificio llevado hasta el heroísmo, aún y sobre todo, en los sacrificios ocultos que pasaban inadvertidos a los ojos de los demás. Por eso amaba la vida de Nazareth.
Su fidelidad en las cosas más pequeñas y aparentemente más insignificantes, no se explica sino por presencia de la misma Fuerza de Dios. Cumplía perfectamente todos los deberes cotidianos y había hecho voto de perfección.
La Cruz marcó su vida de muchas formas y ella fue siempre fiel. Vivió los votos religiosos en todo su esplendor y dinamismo, con una fidelidad impresionante. “Tenemos un esposo de Cruz” solía decir. Sufrió la persecución de muchas formas y se manifestó siempre serena y llena de Dios. En ella, con una extraordinaria sencillez de vida, se desarrollaron en pleno todas las virtudes con la fuerza del Espíritu. “Mi vida -decía- debe ser un espejo en el que se reproduzcan las virtudes de Nuestro Señor” (María-Inés-Teresa Arias, “Ejercicios Espirituales”, 1933).
Alfredo Delgado, M.C.I.U.
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