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domingo, 18 de noviembre de 2018

«La II Jornada Mundial de los Pobres»... Un pequeño pensamiento para hoy

Este domingo —XXXIII del Tiempo Ordinario—, la Iglesia celebra la «Jornada Mundial de los Pobres», una celebración que instituyó el Papa Francisco el año pasado y que, deseoso de que se celebra cada año, nos ha dado como lema para este 2018 este: «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34,7). En esta jornada el Papa nos invita a que vivamos esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con los pobres, para que tendiendo recíprocamente las manos, uno hacia otro, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, hace activa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en el camino hacia el Señor que viene y que, como Rey, se sentará en su trono para juzgar nuestro ser y quehacer de acuerdo a las obras de caridad que hayamos ejercido. El Papa, en su mensaje dice: «La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia —que es necesaria y providencial en un primer momento—, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199), que honra al otro como persona y busca su bien». 

El Papa habla de «los pobres de todo tipo y de cualquier lugar» y yo pensaría en tantos pobres carentes de amor. Hoy hay, en nuestra sociedad, tan enredada en una nunca antes vista confusión de valores, gente de todas las edades y condiciones que no se quiere, que se autodestruye, que ni siquiera practica lo que el instinto de conservación manda, además de que la pobreza material, en un mundo aparentemente rico, se extiende cada día más. El desamor es una pobreza terrible que produce destrucción. Desde nuestra pobreza —porque a fin de cuentas todos somos siempre pobres, necesitados de Dios— amemos a Dios, a los hermanos, a nosotros mismos, a la tierra, al paisaje, al aire que respiramos. Esa pobreza del desamor, se da por la falta de solidaridad que reina en el mundo egoísta en que vivimos. El Papa dice: «Quisiera que también este año, y en el futuro, esta Jornada se celebrara bajo el signo de la alegría de redescubrir el valor de estar juntos. Orar juntos en comunidad y compartir la comida en el domingo. Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y sencillez: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. [....] Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,42.44-45)». 

Estamos por terminar el año litúrgico y por empezar el Adviento el 2 de diciembre. Hoy cerramos la lectura continuada que hemos venido haciendo varios domingos, como segunda lectura, de la carta a los hebreos (Heb 10,11-14.18) y el escrito sagrado nos recuerda que Cristo ofreció un solo sacrificio para salvarnos de nuestra pobreza, el sacrificio de sí mismo, un sacrificio perfecto capaz de expiar los pecados de todos los hombres. Si nos acercamos a Él, cuando llegue el final de los tiempos, como nos lo recuerda el Evangelio de hoy (Mc 13,24-32), este Sumo y Eterno Sacerdote manifestará en plenitud su victoria y querrá vernos felices, dando de comer al hambriento y de beber al sediento... si hemos cumplido su voluntad, haciendo algo por el pobre y alentándonos unos a otros, viviendo de verdad el amor a su Padre Dios y al prójimo, cumpliendo los mandamientos y viviendo las bienaventuranzas en esas sencillas obras de misericordia que todos conocemos, formaremos parte de los justos, esos que buscan cumplir la voluntad de Dios, para recibir el premio de la vida eterna. Esta es la promesa de Jesús. Nuestra vida, por tanto, entre las luchas de cada día, ha de ser una preparación para este día que Cristo nos anuncia hoy. Que la Eucaristía de este domingo, bajo la mirada de María, la Madre de Jesús siempre compasiva y velando por nuestra pobreza, sea un momento de encuentro con el Señor, que Él nos llene de esperanza en este tiempo final del año litúrgico para descubrir que, aunque pobres nosotros también, siempre tendremos algo para dar. El Papa espera que este día ayude a todos los discípulos–misioneros de Cristo a mirar con ojos nuevos las diversas formas de pobreza que existen en el mundo y a no quedarnos con los brazos cruzados. ¡Bendecido domingo en esta Jornada Mundial de los Pobres! 

Padre Alfredo.

domingo, 30 de septiembre de 2018

«No podemos aliarnos ni aislarnos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Un cristiano que no se duela ante la corrupción y los abusos de quienes se aprovechan de los demás no puede llamarse discípulo–misionero de Cristo. Y las fuertes y duras palabras del mismo Jesús, en el apóstol Santiago y en muchos otros profetas bíblicos, son para aplicárnoslas también cada uno de nosotros, aunque no seamos económicamente millonarios. Cualquiera de nosotros que abuse de su superioridad, en el trato con los que son inferiores a él, es corrupto y está explícitamente condenado por las palabras bíblicas contra los ricos corruptos (St 5,1-6). El Apóstol Santiago nos sigue insistiendo, a lo largo de su carta, que no se puede vivir la fe sin obras. Hemos estado leyendo esta carta en las últimas semanas y en los últimos párrafos de su Carta —que son los de este domingo— y vemos cómo condena toda clase de opresión y corrupción. La acumulación de riquezas lleva al abuso, nos hace ver el apóstol y escritor sagrado. Es el amor a Cristo y al hermano en él, lo que tiene que dirigir nuestro corazón y no el amor al dinero ni al lugar privilegiado que en la sociedad se pueda ocupar. El amor profundo y sincero a Dios y al prójimo impide la injusticia, pero también el engaño, la mentira y el escándalo. La dureza de las palabras de Santiago, responden a la crueldad y dureza de los delitos de quienes al tener el poder abusan de los más débiles. 

Probablemente las palabras de Santiago que hoy leemos en la segunda lectura de Misa, son las líneas más fuertes contra la riqueza en el Nuevo Testamento, pues no es solamente una simple exhortación, sino una imprecación o escarnio, con un acento extremadamente duro al denunciar esta situación que, tristemente, subsiste hasta nuestros días en aquellos que se aferran de un modo culpable a sus bienes (St 5,2-3) hasta el extremo de no pagar debidamente a sus obreros (St 5,4) y de oprimir, por añadidura, a las personas menos afortunadas. Santiago adopta contra estos ricos el estilo de las invectivas empleado por los profetas en el Antiguo Testamento (cf. Mal 3,5; Eclo 31,4; 34,21-27. Ver también el pasaje de la viña de Nabot, 1 Re 21). Muchos de los pocos que viven bien, deben su bienestar a que más de dos mil millones de personas viven en la miseria alrededor del mundo. La defensa de los privilegios de ese pequeño porcentaje de gente bien, trae cada año como consecuencia inevitable la muerte injusta de millones de personas por hambre, represión y guerras. Alrededor de 795​ millones de personas en el mundo no tienen suficientes alimentos para llevar una vida saludable y activa. Eso es casi uno de cada nueve personas en la tierra. 66 millones de niños en edad escolar primaria asisten a clases con hambre en los países en desarrollo. Sólo en África —en donde está nuestra querida misión de Mange Bureh en Sierra Leona— hay 23 millones (fuente es.wfp.org). Muchos defensores, según ellos de los derechos de Dios, se defienden y tratan de sostener en realidad defendiendo su propio recinto. Y todo lo que tienen basándose en la premisa de que nadie escogimos dónde ni en que condiciones nacer. 

El hombre, si quiere de veras amar a Dios y a sus hermanos siguiendo los caminos por el trazados, necesita de vez en cuando advertencias distintas que parece que son contradictorias pero que vienen de Dios y abren el corazón. La sentencia con la que Jesús cierra la enseñanza del Evangelio del día de hoy (Mc 9,38-43.45.47-48) es sorprendente: «El que no está contra nosotros, está con nosotros». Y es exactamente lo contrario de otra sentencia de lo que él enseña (Mt 12, 30; Lc 11, 23): «El que no está conmigo, está contra mí». En la guerra de César contra Pompeyo, éste último consideraba enemigos a cuantos no estaban abiertamente con él; pero César, mucho más generoso e inteligente, consideró aliados suyos a cuantos no luchaban en contra suya. Jesús, como digo, adopta en sus enseñanzas una u otra actitud de acuerdo a las circunstancias. En los tiempos de César, de Cristo y en los tiempos de todos habrá siempre quienes, con el peso de su autoridad y con la fascinación de su prestigio, se llenen de vacilaciones y de excusas demasiado fáciles para no hacer nada por cambiar la realidad. Para nosotros, que somos hombres y mujeres de fe, queda claro que el seguimiento de Cristo prohíbe toda cerrazón ortodoxa que nos acomode o nos instale sin pensar en el otro. La Palabra de Dios que vamos escuchamos en cada celebración de la Eucaristía nos va educando, nos ayuda a abrir los ojos para confrontar nuestra escala de valores con la mentalidad de Cristo. A veces esta Palabra es incómoda, pero es necesaria, para que no conformemos nuestra vida según este mundo, sino según la voluntad de Dios que nos enseña Jesús. Hoy cerramos septiembre recordando a San Jerónimo, un hombre nacido en Dalmacia —hoy Yugoslavia— en el año 342. Un hombre rico, cuyos padres de muy buena posición económica, pudieron enviarlo a estudiar a Roma. Un hombre lleno de Dios y amante incansable de María que escuchaba la Palabra y la ponía en práctica. Un hombre que nos dejó una sencilla frase que lo doce todo: «Ignorar la Escritura, es ignorar a Cristo». ¡Bendecido domingo, fin de mes y día de nuestra kermés parroquial en Fátima de la colonia Prohogar! 

Padre Alfredo.

lunes, 27 de noviembre de 2017

«La enseñanza de los pobres»... Un pequeño pensamiento para hoy

Estamos en la última semana del tiempo litúrgico en la Iglesia. El domingo entrante será el primer domingo de adviento y empezará con eso un nuevo ciclo. El Evangelio de san Lucas nos sigue llevando a pensar en los valores del reino y en concreto hoy, el Señor exalta a una viuda que, sabiendo que no tiene casi nada que dar, comparte mucho más que algunos de los ricos de aquellos tiempos (Lc 21,1-4). ¡Cuánto nos enseña tanta gente pobre que, como aquella sencilla mujer, parece no tener nada y lo tiene todo y todo para dar! Nunca olvidaré aquella misión pobrísima en uno de los lugares más olvidados de nuestro México, cuando una viejecita nos invitó a tomar «café», así llamó ella a una bebida hecha con tortillas de maíz quemadas en las brasas y luego machacadas en una especie de metate todo chueco, disueltas luego en agua hervida con azúcar en la humilde cocina de su choza. Ese delicioso «café» fue aderezado con una plática que fue toda una catequesis de esas que atrapan. Vivimos inmersos en un mundo así, un poco raro. Por un lado tenemos poca gente rica, muy rica, a quienes parece nada faltarles, pero que no quieren y no saben compartir. Por el otro, infinidad de gente pobre que no tiene casi nada, pero que quiere compartir lo que tiene, como aquella otra viejecita que llegó descalza a dar su donativo los días posteriores al terremoto que sufrimos hace poco en esta jungla de cemento en la que vivo desde hace un año.

Los pobres no sólo son personas a las que les podemos dar algo. También ellos tienen algo que ofrecernos, que enseñarnos. ¡Tenemos tanto que aprender de la sabiduría de los pobres! El texto de hoy nos enseña la actitud de dar, de pensar en el otro, no importando cuanto, sino dando desde el corazón. ¡Es lo que esa viuda nos enseña! Cuando damos algo, tal vez en algún servicio voluntario, una caridad a alguien que sabemos que tiene mucho menos que nosotros, u otra cosa que tal vez no implica algo económico, hemos de darlo con corazón de pobre y sin esperar recompensa; porque bien sabemos que todo lo que tenemos —aunque sea por el esfuerzo de nuestro trabajo— viene de Dios y es bendecido por Él. La viuda no fue al Templo a invertir, sino a dar. Cristo no se ha quedado indiferente ante tan grandioso gesto y quiere que aprendamos de esa mujer lo que es creer de veras en Dios: Dar de corazón. Dar —como decía santa Teresa de Calcuta— ¡hasta que duela! Y gracias a Dios hay tanta gente —ricos y pobres— que lo dan todo en nuestro mundo globalizado a pesar de que el materialismo galopante lo opaque y no deje verlo. Y tal vez sea mejor permanezca en lo oculto sin que sea por exhibicionismo.

¿Qué sería de nuestras misiones si no hubiera gente generosa que da a lo grande, sea poco o mucho?, ¿cómo sostendríamos muchas de nuestras obras si no fuera por esa gente que mira con la mirada de Cristo y obra con la generosidad de esa viuda? Porque la cosa, insisto, no es si se tiene poco o mucho; sino si se da poco o mucho. La frase «todo lo que tenía para vivir» (Lc 21,4), que Jesús emplea al hablar de la viuda, muestra que esa mujer entregó aquello de lo cual pendía su existencia. Así, me vienen unas preguntas para meditar: ¿Lo que doy —tiempo, dinero, servicio voluntario—, lo doy desde mi corazón, es decir sin ningún interés y con buena voluntad?, ¿Soy capaz de dar lo que esté a mi alcance al indigente, a mis hermanos, a mis semejantes, a mí comunidad eclesial? Y por último, pienso en María, la Madre de Dios, que en un «sí» ininterrumpido a la voluntad de Dios, dio todo lo suyo y entonces entiendo más de qué se trata todo esto para entrar al Reino de Dios. ¡Bendecida semana para todos!

Padre Alfredo.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

«AUSTERIDAD»... Un pequeño pensamiento para hoy

El Evangelio nos narra, de una manera muy emotiva y real, que los Apóstoles fueron enviados por Jesús a predicar; el mensaje que llevaron fue el mismo que nos han dejado como herencia del Señor: «Anunciar la llegada del Reino de Dios» (Lc 9,2). Ese Reino que ya está, pero todavía no; es decir, ya se ha empezado a establecer, pero no se ha realizado en plenitud. ¡Qué maravilla darnos cuenta de que cuando hacemos un espacio en el corazón para albergar ese mensaje del Reino, éste llega y se amplía la experiencia de salvación y dignidad de quienes buscamos acoger la Palabra y la queremos hacer germinar en nuestra existencia! San Lucas nos revela, además, en su Evangelio, la estrategia que debe acompañar nuestra tarea del anuncio del Reino: «Austeridad». Jesús, al enviar a predicar a los Apóstoles les dijo: «No lleven nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengan dos túnicas cada uno» (Lc 9,3)... ¡Si los Apóstoles vieran todo lo que ahora cargamos con la excusa de que es «para evangelizar», se asustaban! 

La austeridad es una exigencia ética y una virtud cristiana. Como exigencia ética es una cuestión que obliga preferentemente a quienes están al frente de la vida pública en sus diversos niveles y a los que en el ámbito privado están situados en posiciones privilegiadas, como los padres, maestros, sacerdotes, consagrados y otras personas influyentes en la sociedad. ¡Cómo nos enseña en esto el Papa Francisco! Es cierto que hablar de esta estrategia de austeridad a determinados colectivos de nuestro tiempo es muy difícil, pues casi ha pasado de moda, al estar en los mínimos niveles de subsistencia unos y en la vida superflua otros. Es muy difícil hablar de religión cuando los oyentes tienen los estómagos vacíos o cuando por otra parte casi se revientan de tanto que se han llenado. Grandes enseñanzas como ésta, corren el peligro de desaparecer estranguladas por la nada y el vacío de un consumismo agobiante que nada deja disfrutar. Los creyentes tenemos que hacer de la necesidad una virtud, y del compartir otra a través de esta estrategia de la austeridad, y no caer en la trampa de esa tendencia actual de medirse con aquellos que tienen más que nosotros para decir que somos austeros. ¡Qué raro, casi nunca nos medimos con los que tienen menos!, así siempre saldremos engañándonos para evitar la responsabilidad de ser austeros.

Este texto evangélico (Lc 9,1-6), que la Iglesia nos propone meditar hoy, nos cae como anillo al dedo. Un texto que, después de lo vivido en muchas partes la semana pasada, lo debemos recibir con inmensa alegría; porque si Jesús envió, y sigue enviando, a los suyos, es porque él está con los que envía, confía en ellos, sabe estar presente como nadie en la modesta palabra y en el sencillo testimonio de sus seguidores, que no necesitan más que su sola persona para que se proclame el Reino de Dios. El misionero vive de la fuerza de la Palabra que predica, lo hemos palpado después del terremoto; pues en medio de tantas carencias, aún para compartir, hemos visto que el Reino que Jesús nos ha revelado no es una doctrina, ni un catecismo, ni una ley. El Reino de Dios acontece y se hace presente cuando los hermanos, motivadas por su fe en Jesús, deciden darse a los demás, para así testimoniar y revelar a todos que Dios es Padre y Madre y que, por consiguiente, nosotros, los seres humanos, somos hermanos, y hermanas unos de otros. Jesús quería que la Iglesia fuera una expresión de la Alianza, del Reino, del amor de Dios como Padre, que nos hace a todos hermanos y hermanas con María su Madre y... aquí estamos. ¡Bendecido miércoles para todos!

Padre Alfredo.

jueves, 13 de julio de 2017

La pobreza evangélica en el discípulo-misionero hoy...


Desde que la Palabra Encarnada, Jesucristo, asumió nuestra naturaleza humana, pertenece también, como todos nosotros, al mundo del «tener y no tener». De ahí, que es de Cristo mismo de quien aprendemos el significado verdadero de la pobreza evangélica, porque el Señor Jesús no se pertenece en nada —Dios de Dios, Luz de Luz—. Su mismo ser pertenece al Padre y a nosotros, a los que ha sido enviado en misión de amor.

La pobreza evangélica es algo que el que quiere seguir a Cristo más de cerca no puede hacer a un lado. La pobreza, vivida como seguimiento del Señor, no puede limitarse al mero atenerse a una reglamentación de orden económico y financiero de alguna institución. La pobreza evangélica implica un  don de sí, de la misma manera que constituye el ser mismo del Señor, que engloba su ser casto (puro) y obediente. Eso es lo que San Ignacio llamaba «suma pobreza espiritual» (EE 147), don que debe pedirse en un coloquio, de corazón a corazón, con el Señor pobre, porque se trata de una conversión del corazón. 

Para que el discípulo y misionero sea pobre evangélicamente, debe cultivar conscientemente los mismos sentimientos de Cristo, quien siendo de condición divina, no hizo alarde de ello, sino que se humilló, tomando la condición de siervo y haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (cf. Flp 2,6-8). Siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8.9). Y ha elegido identificarse con los pequeños (cf. Mt 25,31-46). 

Jesús nació pobre —el más pobre entre los pobres— nació en un establo y fue recostado en un pesebre. Ante el misterio de Cristo recién nacido, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento hace esta reflexión: «Todo lo que puede tener de despreciable y repulsivo en sí la pobreza, desaparece en vista de este Niñito adorable, quien siendo Dios elige para sí una manera tan desusada para nacer, con un séquito de privaciones y pobrezas, que después de Él, ninguno ha venido al mundo como Él» (Ejercicios Espirituales de 1941).

Sí, como ella dice: «ninguno ha venido al mundo como Él». Su nacimiento fue el de una persona pobre, muy pobre, la más pobre, pues nació en un establo y su madre lo colocó en un pesebre (Cf. Lc 2,7c). Es más, desde antes de nacer, experimentó la pobreza en el seno materno, porque no había lugar «para ellos» en las posadas. Desde bebé fue llevado a otro  país (Mt 2,13-18). Luego, su vida toda fue la de un pobre que durante treinta años vivió en una familia en la que su padre se ganó el pan de cada día trabajando como  carpintero, y Él mismo compartió este trabajo. Fue siempre pobre y era conocido como «el carpintero» (Mc 6,3). Después, en su vida pública, Jesús dijo de Él mismo: «El Hijo de Hombre no tiene donde reclinar su cabeza». Ejerció un extenso ministerio, durante tres años, en los que evangelizó a los pobres, dio la vista a los ciegos y redimió a quienes eran cautivos de diversas dolencias 

En su ministerio misionero, Cristo recorrió aldeas y pueblos, privilegiando a los pobres cuyas dolencias y miserias curó, aun contra prejuicios institucionales. Murió en la cruz. En su Triduo Pascual, nos redimió de la dolencia más radical, la del pecado. Murió sobre una cruz como un esclavo, literalmente despojado de todo. En su humanidad, Cristo nos mostró la gloria de Dios, como amor fiel que brilla en las tinieblas del mundo. Esa gloria de Dios pudimos contemplarla en Belén, como la omnipotencia de Dios reducida, por amor a los hombres, a la impotencia de un niño recién nacido y envuelto en pañales. En el Tabor, admiramos su gloria en el brillo deslumbrante de su ropa resplandeciente y en su rostro transfigurado. En el Gólgota la adoramos en su rostro desfigurado como el Siervo de Dios, despreciado, desecho de hombres, varón de dolores ante quien se oculta el rostro. La omnipotencia de Dios se manifestó allí en la impotencia de un varón semidesnudo como cuando había nacido, clavado en una cruz, coronado de espinas y con el costado herido. Se trata del amor manifestado como la vida que se entrega voluntariamente: «la sangre», y se comunica libremente: «el Espíritu».

Pero ese Jesús pobre materialmente es el «Rey del universo». Así lo anuncia el letrero que corona su cruz, en latín, griego y hebreo —INRI— (Jesús Nazareno, rey de los judíos). Y así nos lo recuerda la fiesta de Cristo Rey que celebramos cada año, el último domingo del tiempo ordinario en la liturgia, antes de iniciar el Adviento, coronando con ese título al que está despojado de todo, porque lo ha dado todo. Él es el único Salvador de todo el que siente la necesidad de un médico y un redentor. Él, el que eligió ser pobre hasta el fondo.

Este es el Cristo que contemplan los pobres de nuestro mundo globalizado y de mercados abiertos de libre comercio, sujetos sólo a las exigencias de la oferta y la demanda, del tráfico de armas y drogas, de la marginación, la desnutrición y la cultura de la muerte. Con razón, san Juan Pablo II decía: «la pobreza evangélica es un valor en sí misma, en cuanto evoca la primera de las Bienaventuranzas en la imitación de Cristo pobre. Su primer significado, en efecto, consiste en dar testimonio de Dios como la verdadera riqueza del corazón humano» (Vita Consecrata 90).

Jesús, a todo aquel que llamaba e invitaba a seguirlo, le pedía que compartiera su misma pobreza mediante la renuncia a los bienes, fueran pocos o muchos. Es el caso de la invitación que dirige al joven rico: «Cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres» (Mc 10, 2 l). Era esta una exigencia fundamental repetida muchas veces, aunque se tratara de dejar la casa o los campos (cf. Mc 10, 29; par), la barca (cf. Mt 4, 22) o incluso todo: «Cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 33). A sus discípulos, es decir, a los llamados a seguirlo mediante la entrega total de sí mismos, Jesús les decía: «Vendan sus bienes y den limosna» (Lc 12, 33). Al enviarlos para predicar la Buena Nueva del reino, lo hacía insistiendo en que no tenían necesidad de llevar nada con ellos: «No llevéis morral, ni alforja, ni sandalias...» (Lc 9,3). « Y les dijo: Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿acaso os faltó algo? Y ellos contestaron: No, nada» (Lc 22,35).

El mundo, a través de la pobreza de los discípulos-misioneros de Jesús, puede conocer el rostro compasivo de Cristo pobre entre los pobres por nuestra caridad fraterna y creativa, que no se conforma sólo con la eficacia de las ayudas prestadas, sino que sabe solidarizarse con el que sufre, «para que el gesto de ayuda sea sentido, no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno» (NMI 70). En la pobreza del discípulo-misionero de hoy, como signo, el mundo puede encontrar nuevamente el amor y la misericordia del pobre Niño de Belén, no solamente en un nacimiento colocado cuando se llega la época de Navidad, sino en la alegría de una comunidad parroquial, un instituto religioso, un grupo que se hace familia y que se ha desprendido de lo superfluo, de lo que está de más, para seguirle a Él con el deseo de que todos lo conozcan y lo amen. 

La pobreza evangélica revela a los seres humanos la actitud de Cristo que se sacrificó para mostrar una realidad que va más allá de lo que las criaturas humanas puedan poseer. La pobreza de Cristo tiene este significado salvífico como «una fuente» para enriquecer otros. Por su vida divina el Señor Jesús se hizo pobre para el bien de muchos, haciendo a quienes quisieran seguirle más de cerca, ricos en su pobreza. La pobreza evangélica es un incentivo para una justa distribución de bienes entre toda la gente (destruyendo la pobreza material) con precisión, porque esto revela a Dios más allá de sus regalos. Por el signo de pobreza, Cristo manifiesta su amor divino y humano en su entrega desinteresada. De este modo la pobreza tiene un valor que evangeliza la realidad humana.

El valor esencial de la pobreza evangélica seguirá siendo siempre «ser imitación real de Cristo», por ella se participa de la pobreza de Cristo, que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza. El Papa Francisco, en la cuaresma del año 2013 afirmaba: «La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cf. Rom 8,29)» (Mensaje de Cuaresma de 2013).

Cristo se hizo tan pobre, que se deja llevar y traer en lo que a simple vista parece un pedacito de pan y un poco de vino. El que quiera seguir las huellas de Cristo tendrá que ser así, pobre como Él. La pobreza del discípulo-misionero es participación real de la pobreza de Cristo y una expresión sacramental de su misterioso despojamiento de todo lo terreno. La virtud de la pobreza evangélica exige del bautizado un despojo verdadero para que, bastándonos Cristo, podamos decir con verdad como san Francisco de Asís: «Mi Dios y mi todo». «Experimenté el deseo de no amar más que a Dios, el de no encontrar alegría sino en él únicamente» escribía muchas años más tarde la doctora de la Iglesia santa Teresita del Niño Jesús.

El Papa Benedicto XVI escribió en su encíclica Deus Caritas Est: «Cristo ocupó el último puesto en el mundo —la cruz», y precisamente con esta humildad radical nos ha redimido y nos ayuda constantemente. Quien es capaz de ayudar reconoce que, precisamente de este modo, también él es ayudado; el poder ayudar no es mérito suyo ni motivo de orgullo. Esto es gracia. Cuanto más se esfuerza uno por los demás, mejor comprenderá y hará suya la palabra de Cristo: « Somos unos pobres siervos» (DCe 35). 

El panorama mundial, como sabemos, es de fuertes contrastes. Es un mundo dividido entre los del norte y los del sur; los del primer mundo y los del tercero. Una riqueza desmedida de un lado, y del otro, una miseria que raya en la exageración. El Documento de Puebla, escrito hace muchos años, sigue siendo actual cuando dice: «Ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres» (Tercera Conferencia del CELAM, Puebla, conclusiones n. 29).

Todo esto desafía a los discípulos-misioneros de hoy, y hay que dar una respuesta: «La profesión de la pobreza evangélica, vivida de maneras diversas, y frecuentemente acompañada por un compromiso activo en la promoción de la solidaridad y de la caridad» (VC 41). Le consagramos al Señor, de una forma personal y comunitaria, nuestras capacidades, nuestros deseos y nuestra necesidad de poseer; una disposición interior, una convicción profunda de la propia indigencia y de la radical dependencia de Dios. Meditando sobre la pobreza, la beata María Inés escribe: «La pobreza pone el alma en la dulce necesidad de recurrir a su Padre Celestial en todo momento, en toda ocasión, puesto que esta excelsa virtud la tiene despojada amorosamente de todo, absolutamente de todo» (Ejercicios Espirituales de 1950).

Cuando uno se detiene a ver de cerca la figura de Madre Inés, y contempla como es que ella pudo vivir la pobreza evangélica, se da cuenta de que al sentirse siempre pobre, la beata captó, en primer lugar, que ella tenía siempre demasiado, porque al vivir plenamente el espíritu de pobreza, experimentaba con sencillez el sentimiento de tener siempre de sobra para sí. El que tiene espíritu de pobreza, siempre tiene demasiado, y el que no tiene espíritu de pobreza, siempre piensa que tiene demasiado poco. Madre Inés veía que todo cuanto tenía era un don inmerecido, gratuito y por eso escogía para ella lo más común y corriente, incluso lo peor, observando en todo las pequeñas y grandes exigencias de la pobreza religiosa por igual. Al usar las cosas, experimentaba siempre un recuerdo espontáneo de los que pasaban necesidad: una sana y espontánea «inquietud» a la hora de tener que «gastar» para ella.

La beata María Inés vivió la pobreza en una disponibilidad para el servicio desinteresado de los demás. No buscando compensaciones materiales o afectivas. Por eso pudo desarrollar una especial sensibilidad para captar las necesidades del prójimo. Una especie de connaturalidad que le permitía detectar casi instintivamente las necesidades, incluso las no expresadas, de los que le rodeaban.

La pobreza evangélica lleva siempre al discípulo-misionero en un compás de espera en la providencia del Padre, que da el pan nuestro de cada día y, así, fomenta la paciencia y la esperanza. Cristo nos enseña en el Padrenuestro, a ser pobres: «Danos hoy, nuestro pan de cada día». El Señor se complace en el pobre, en aquel que espera su pan para cada día. La pobreza evangélica es un don del Espíritu, una gracia que hay que pedir, un aprendizaje que hay que hacer a diario de la mano del Maestro. 

El valor esencial de la pobreza evangélica consiste en que es un don para que el discípulo-misionero pueda ser imitación real de Cristo. Por ella se participa de la pobreza de Cristo, que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza. El que quiera seguir las huellas de Cristo tendrá que ser pobre como Él. La pobreza evangélica es participación real de la pobreza de Cristo y una expresión sacramental de su misterioso despojamiento de todo lo terreno. Cuentan una anécdota de la vida de San Francisco que dice que una vez uno de los frailes pidió a Francisco permiso para tener como suyo un salterio. El santo le contestó: «Cuando tengas el salterio, querrás un breviario. Y cuando ya tengas el breviario, te sentarás en tu sillón como un gran prelado y dirás a un hermano tuyo: —Oye, tráeme mi breviario.

Al discípulo-misionero no le basta con ser o vivir pobre materialmente, es además necesario dar un contenido a esa pobreza, motivarla evangélica y sobrenaturalmente. «Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8,9). Cristo era rico, pero renunció a su riqueza y se hizo pobre por amor a nosotros. Así también la pobrez de quien quiera seguirle e imitarle debe pasar por la caridad y la entrega a Él. En cuanto bautizados, Cristo no nos llama a tener o poseer, sino a ser con Él, a participar de su pobreza en cualesquiera que sea nuestra vocación específica dentro de la Iglesia; esto es, participar de su vida y de su destino. Cristo es pobre por su misterio pascual; yo me hago pobre sumergiéndome por los sacramentos en su misterio. 

San Pablo en el cántico de Filipenses (Flp 2,5-11), describe la pobreza de Cristo como anonadamiento, kénosis o vaciamiento, enajenación de su condición divina, encarnación u hominización, obediencia hasta la muerte y muerte de cruz. Así también en mí: no hay pobreza sin humillación, sin vaciamiento de mi orgullo. 

Ser pobre, a imitación de Cristo, exige por lo tanto, una renuncia a los propios caprichos y veleidades, incluso a los buenos deseos y propósitos personales, en aras de un sometimiento al querer de Dios y de una obediencia a ultranza a su plan de salvación, a su llamada, a su luz, a las mociones de su Espíritu. La pobreza conlleva una mortificación constante, es un dar muerte cada día a las apetencias de la carne, creando espacios cada vez más amplios a la acción del Espíritu. 

Cristo exige pobreza a sus seguidores (cf. Mt 10,9; Mc 6,8-11) y llama bienaventurados a los pobres (Lc 6,20). Por eso hoy se pide a  todo discípulo-misionero de Cristo un nuevo y decidido testimonio de abnegación y sobriedad, un estilo de vida fraterna inspirado en criterios de sencillez que empape al mundo del espíritu de austeridad que haga espacio para recibir el reino de los cielos. La pobreza evangélica es un don que conduce, a quien la vive, a una mayor pureza y radicalidad en el seguimiento de Cristo. La pobreza no tiene fin en sí misma, sino función de medio. Comprende, por consiguiente, todo aquello que es capaz de hacer a la persona más disponible para buscar e identificar las huellas de Cristo y marchar detrás. 

Como ejemplo de esto tenemos a diversas fundaciones religiosas de los últimos siglos, que están casi todas marcadas por la pobreza. Desde un punto de vista humano, resulta paradójico que sus fundadores intenten remediar miserias morales o físicas sobre la base de una pobreza total. A los fundadores de mediados del siglo pasado y de lo que va de este, les mueve un auténtico sentido de la fe que, por medio de una oración confiada y constante, fuerza a Dios —desde su pobreza— a poner remedio cuando el hombre es impotente.

Cuando San José María de Yermo y Parres fundaba su congregación de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres decía en medio de la pobreza: «Quiero imitar a Cristo, mi buen Jesús, que vino a enseñarnos con su Palabra y con su ejemplo, el amor de preferencia para con los pobres y desgraciados que el mundo desprecia». El venerable Félix de Jesús Rougier, en plena persecución religiosa, era despojado de las propiedades de la congregación que hacía poco había fundado, los Misioneros del Espíritu Santo. Sus hijos le decían: «Nuestro Padre, ¡nos están quitando las cinco casas que tenemos!» Y él les dijo serenamente: —Denle gracias a Dios que sólo cinco tenemos.

Santa María Soledad Torres «era una profesional de la pobreza» dicen sus biógrafos. En ella, aseguran, la pobreza era «libertad y alegría». Cuenta una de sus hijas: «El día de san Isidro, patrono de Madrid, organizaba su día de campo: Hacía traer ramas y follaje verde, con las cuales adornaba una pequeña habitación, pues la casa era muy pequeña, sin huerta ni jardín, y así, arreglada a lo campestre, todas se sentaban en el suelo sobre la verde hierba, y nuestra Madre, con una santa alegría que comunicaba a todas sus hijas, repartía la pobre merienda que les había podido proporcionar, pasando todas un rato llenas de santa y verdadera alegría» (De los testimonios para su causa de canonización).

La beata madre María Inés escribe en 1950: «Hasta la Providencia se ha manifestado amorosísima hacia nosotras. No sólo no nos sobra, sino que tenemos muchas deudas, pero nos esperan pacientemente, y por lo demás nunca nos ha hecho falta el vestido y el sustento, y la obra sigue creciendo, y la Capilla, muy hermosa, está por terminarse. ¡Gracias Dios mío por tu infinita misericordia! Gracias por tus ternuras de madre para nuestra pequeñita comunidad». La verdadera pobreza nos despega de todo aquello que no es Cristo; nos enseña a valorar y a jerarquizar, a ordenar la caridad y a discernir: «El que conserve su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la conservará» (Mt 10,37-39). 

Todo es valioso y digno de ser amado, pero sólo en segundo término. Todo es relativo, sólo Cristo es el Absoluto. La pobreza evangélica trae siempre el don precioso de la libertad. Y libre es aquel que no tiene nada que perder fuera de sus propias cadenas. Y por esto tiene todo un mundo que ganar para Cristo y su Evangelio. El hombre de hoy necesita urgentemente de alguien que le esté recordando que los bienes temporales son relativos y precarios, y que los bienes absolutos y definitivos son los celestiales. La pobreza evangélica es apertura, libertad y disponibilidad que contesta enérgicamente la idolatría del dinero, presentándose como voz profética en una sociedad que, en tantas zonas del mundo del bienestar, corre el peligro de perder el sentido de la medida y hasta el significado de las cosas, perdiéndose en una carrera de consumismo desmedido que parece nunca saciar a las personas.

Pobreza, dicsipulado y misión, son conceptos que van juntos. «Vayan. No lleven oro ni plata ni calderilla en su faja; ni tampoco alforja para el camino, ni dos túnicas ni sandalias ni bastón» (Mt 10,6.9) La pobreza evangélica queda interpelada por un mundo en abundancia y a la vez sumamente necesitado. ¿Cómo reaccionar frente a esa vorágine del consumismo actual? ?Cómo vivir frente a una sociedad que ha hecho de lo superfluo una norma? ¿Qué hacer para que la pobreza evangélica vivida en la vida diaria tenga valor de testimonio evangélico y abra a nuestra sociedad a la trascendencia? 

Quisiera que viéramos a María, la mujer pobre con la que podemos encontrarnos siempre cada día. Ciertamente no encontramos textos explícitos en el Evangelio que nos hablen de la pobreza de la Virgen… pero los pocos que se refieren a Ella, nos iluminan e invitan a penetrar en el misterio de su vida, que es también misterio de pobreza. Una pobreza que es apertura humilde y que se manifiesta llena de esperanza en la Anunciación; un servicio sencillo y afectuoso en la Visitación, un caer en la cuenta de las necesidades de los demás en Caná; un saber renunciar a los gozos de Madre, cuando el Hijo se encamina definitivamente hacia la misión; una sensación de impotencia frente al misterio de la Pasión —qué doloroso debió de ser para Ella el no poder hacer nada para suavizar el destino el Hijo y aceptar ser salvada por Él—; cuánta humilde pobreza encierra en este momento su «SÍ» de fecundidad al pie de la Cruz... María, la mujer pobre de Nazareth, nos invita a enriquecer nuestra pobreza de estos matices. La vida de María, la Virgen pobre, no la podemos imaginar más que en un marco de pobreza real y efectiva, de sencillez, de humildad, de austeridad, de dependencia del Padre y del trabajo de cada día.

El «Magnificat», el Cántico de María en el principio del Evangelio (Lc 1,46-55), es una actitud que sella la pobreza ante la Palabra de Dios, manifestándose como una llamada a una misión, a la proximidad de la Epifanía de Dios, a un regalo conyugal y una reunión de la revelación final en una visión y posesión definitiva de Dios. Somos la Iglesia de los pobres. Y la Iglesia tiene como misión ser transparencia de Cristo pobre. La Iglesia, como una Epifanía de Cristo, encuentra en la Virgen María, la humilde sierva del Señor, la invitación a ser pobre, para que el Señor haga maravillas en ella y a través de ella.

No dejemos de ver a María «intrépida en la pobreza» (VC 112), y de decirle que queremos, junto con ella, cantar el Magníficat. Que el testimonio de todo discípulo-misionero en la pobreza evangélica, se transforme en un desprendimiento como el de ella, que nos haga capaces de pronunciar un alegre «Fiat».

P. Alfredo L. Delgado R., M.C.I.U.