jueves, 2 de julio de 2026

«ME DA PENA EL ¡MODO PARTY! QUE PARALIZA EL ALMA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este jueves, en la liturgia de la Palabra, tenemos un pasaje del evangelio de San Mateo (Mateo 9,1-8) en el que Jesús no solo sana a un paralítico, sino que antes de eso muestra su autoridad para perdonar los pecados a los presentes, desafiando a los escribas que rechazaban a Nuestro Señor especialmente porque desafiaba su autoridad religiosa  y criticaba su enfoque legalista. Jesús les reitera que el Hijo del hombre tiene ese poder en la tierra e invita al paralítico a que tome su camilla y se vaya a casa, dejando asombrados a los presentes quienes dan gloria a Dios. Los escribas —siempre de vista corta— quieren pulverizar a Jesús acusándolo de escándalo porque se atreve a perdonar pecados, potestad que solo pertenece a Dios. Mateo relata que Jesús, «conociendo sus pensamientos», plantea una pregunta: «¿Qué es más fácil decir?». Luego, para que la multitud sepa que «el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados», manda al paralítico levantarse, tomar la camilla y andar.

Entonces, en lugar de fijar nuestra mirada en los escribas, veamos al hombre paralizado, que permanece callado en todo el relato dejándose llevar por sus amigos sin siquiera manifestar su fe ante Jesús, ni pedir él la curación. EL Señor le dice: «Ten confianza, hijo, se te perdonan tus pecados». Es que, en realidad, es el pecado lo que paraliza la existencia de todo ser humano y le impide vivir. Curar a un paralítico es dar al hombre la posibilidad de caminar, de elegir su vida, de ejercer su actividad, pero para alcanzar esto primero es necesario perdonar los pecados y liberar del sentimiento de culpa. Solo después será posible curar la parálisis, porque con frecuencia es el sentimiento de culpa lo que nos paraliza a todos. Jesús lo libera del pecado y le anima a asumir de nuevo su vida con ánimo y responsabilidad: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa».  La curación corporal confirma y manifiesta su potestad espiritual: el signo verifica la palabra.

El pecado no puede estar en nosotros sin hacernos daño y traer dolor, incertidumbre y culpabilidad que no se queda solo en el pecador, sino que se propaga. Prueba de ello son los nefandos actos cometidos en los «Fan-Fest» —festivales del mundial— de Ciudad de México, Monterrey y Tijuana, donde el pecado se ha hecho «social» y la chusma alcoholizada, con una total ausencia de Dios en su corazón, ha perdido su brújula moral—empezando por las autoridades civiles— dejándose dominar, «¡en el modo party!» por los instintos más básicos y egoístas en una dinámica que paraliza el alma y la dignidad de la persona. Deberíamos de leer a Octavio Paz, que en su Laberinto de la soledad advertía: «Nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares». En la parálisis del hombre curado los hombres y mujeres de fe podemos ver el símbolo de nuestras propias parálisis, de todo aquello que no solo como personas, sino como sociedad, nos detiene impidiéndonos avanzar en la vida. Estoy contento con el desempeño de nuestros jugadores mexicanos en el mundial, pero no con la parálisis social que esto está causando y que empobrece al ser humano en todo sentido. Que la humildad de María Madre, que seguro sufre por sus hijos, no nos deje. ¡Bendecido jueves social y eucarístico!

Padre Alfredo. 

miércoles, 1 de julio de 2026

«POR AQUELLO DEL FUTBOL»... Un pequeño pensamiento para hoy


Ayer, como pocas veces, pude disfrutar del partido de futbol entre México y Ecuador. El futbol es de las pocas cosas que me mantienen «un poco atento» a la pantalla —como se le dice ahora a la televisión—. Compartir el ver el juego con Edgar, Jimmy y Rola resultó encantador, y más por la deliciosa carne asada que acompañó el momento. ¡Gracias padre Rola por abrir las puertas de tu casa siempre! Ayer comprobamos que tanto en México como en Ecuador, el fútbol cuenta con jugadores que profesan abiertamente su fe. Vimos a varios de los jugadores santiguarse. Esta victoria no solo nos da el gusto de seguir en la batalla, sino el contemplar que mientras las naciones compiten en la cancha, la verdadera identidad y propósito de las personas se encuentran en el respeto, la fraternidad y el agradecimiento a Dios, sin importar el marcador.

Este triunfo de México 2-0 sobre Ecuador en el Estadio Azteca , que instaló al «Tri»  en los octavos de final de este Mundial, debe ser, para los hombres y mujeres de fe que somos mexicanos, una invitación a reflexionar sobre el valor de la unidad, la humildad y la verdadera victoria en los dones y propósitos de Dios, más allá de la rivalidad deportiva. Porque hay que decir que el triunfo de México no fue casualidad, sino el resultado de la disciplina, el trabajo de equipo y el enfoque inquebrantable. Esto refleja uno de los principios de nuestra fe. El esfuerzo constante y la preparación son premiados (1 Corintios 9,24) mostrándonos que el éxito terrenal requiere responsabilidad y entrega. Los jugadores saben que el equipo no les pertenece. Ellos no son los dueños sino los administradores del balón liderados por el director técnico y unidos con todo un equipo tras bambalinas que hace que puedan llegar a la cancha.

La parábola de la viña y los labradores homicidas que nos regala el Evangelio (Marcos 12,1-12), nos enseña a rendir «frutos a su tiempo» (Marcos 12,2). En el futbol, como en todo deporte, esto equivale a ser buenos administradores de los talentos recibidos, de la disciplina y del cuerpo; trabajando en equipo, jugando limpio y reconociendo que todo ha sido dado por el Creador dueño de nuestras vidas. Los labradores se creyeron dueños de la viña y olvidaron al propietario. En el mundial, si los jugadores se apropiaran de la gloria, olvidando el trabajo en equipo, la humildad y el país al que representan. En el deporte, los mandamientos de Dios y las reglas del juego no limitan la libertad, sino que guían la conducta para competir con respeto, justicia y paz recordando que todos somos hermanos. Felicitamos a los jugadores, pero nos felicitamos todos, por crear, con el deporte, un espacio de convivencia, de paz y de esperanza. En el legendario Estadio Azteca —llamado por el mundial Estadio Ciudad de México— hay una capillita, desde done la Virgen Morena del Tepeyac nos acompaña en cada juego, que Ella siga así. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.