martes, 21 de julio de 2026

«Theresia Sri Mudjiati, una mujer consagrada que supo cosechar»... VIDAS CONSAGRADAS QUE DEJAN LA HUELLA DE CRISTO XCII

En la Lira del Corazón, hace muchos años, la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribió: «Mi tarea penosa, la de sembrar en el dolor, llena de lágrimas ya terminó, ahora me toca segar contigo en la alegría, y llena de júbilo santo poseerte eternamente...»

El camino de la vida consagrada, suele presentarse como un campo de cultivo exigente. El esfuerzo se realiza con lágrimas en los ojos. La vida de seguimiento de Cristo está llena de alegría que fortalece al alma para sembrar la Palabra de Dios en los campos del mundo, pero la tarea implica también sacrificios, pérdidas y el dolor que todos, en algún momento, debemos transitar. La tarea muchas veces es penosa, por las dificultades que se van presentando, pero ciertamente que ninguna cosecha nace sin antes haber enterrado una semilla en la oscuridad del suelo.

El 3 de febrero de 2016, hace ya 20 años, fue llamada a la Casa del Padre, en Indonesia, la hermana Misionera Clarisa Theresia Sri Mudjiati. Theresia dejó este mundo en la casa de Ngawi en este país en donde la Iglesia católica local cuenta con una fuerte labor de la Familia Inesiana. La sede en Ngawi funge como el noviciado oficial de las Misioneras Clarisas en Indonesia. Allí, además de encontrarse el espacio dedicado a la formación espiritual y académica de las jóvenes indonesias que aspiran a consagrar su vida al carisma inesiano, hay una ardua labor misionera de las hermanas que, fieles al legado de su fundadora, brindan asistencia social y acompañamiento espiritual en las comunidades de la región.

El Señor bendijo a la hermana Theresia con la cruz de una larga y penosa enfermedad, pues durante más de dos años, los últimos de su vida, sufrió las consecuencias de una embolia cerebral. Esta enfermedad la llevó con serenidad y paz, preparándose cada día al encuentro del Esposo convencida, como toda alma consagrada a Dios, que el dolor nunca tiene la última palabra. Nada es en vano. La enfermedad en el consagrado y en general en todo bautizado, es el agua que prepara la tierra para un fruto extraordinario. La promesa final es la transformación radical del sufrimiento en gozo. 

En la Familia Inesiana recordamos cómo nuestras hermanas de la Región de Indonesia, con fraternal solicitud estuvieron en todo momento al pendiente de ella, sobre todo en estos últimos días de su agonía y en esos momentos en que iba ya a recibir el premio de los que en esta vida han dejado todo para seguir a Cristo Esposo.

Llegar al momento de la cosecha junto a lo divino, implica, en toda comunidad religiosa, que el dolor, el cansancio, la enfermedad, se disipa para dar paso a una alegría que no es pasajera, sino profunda y permanente. Al final de la vida, luego de un largo periodo de sufrimiento, el júbilo santo viene a recordarnos que el propósito de haber sostenido la marcha en los días oscuros era alcanzar una comunión eterna en el descanso definitivo al estilo de Dios, que no es quietismo infecundo sin más, sino intercesión por quienes siguen en la tierra gracias a la comunión de los santos. La muerte fue, para la hermana Theresia, el abrazo que reparó cada herida causada por la enfermedad y la certeza de que todo lo sembrado en el dolor florece para siempre en un amor que ya nada puede marchitar.

Que María Santísima, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, nos alcance a todos el don de la perseverancia en la fe y en la vocación.

Padre Alfredo.

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