El domingo pasado, en el rezo del ángelus, el Papa León nos recordó que «en la esclavitud, Cristo es liberación; bajo el azote de la guerra, Cristo es esperanza y en la hora del pecado, Cristo es perdón». Esta —dijo el Papa— es la verdadera sabiduría, es decir, el camino que queremos recorrer juntos, unidos en su nombre. Hoy el evangelio (Mateo 10,1-17) nos narra aquel momento en el que Jesús, de entre sus discípulos, eligió a 12 para ser sus apóstoles. Este es, por así decir, un momento clave de la Iglesia que con él, va a recorrer un camino, un camino de discipulado, pero también un camino de misión.
Me parece un buen día para reflexionar en que ser discípulo y ser apóstol no son dos cosas excluyentes, sino dos etapas del mismo camino espiritual. Un discípulo es un aprendiz que sigue las enseñanzas de Jesús, mientras que un apóstol es un enviado con la misión de compartir y predicar esas enseñanzas. Con razón el Papa Francisco hablaba mucho de nuestro compromiso de ser discípulos–misioneros, es decir discípulos y apóstoles.
Cierto que primero es necesario ser discípulo —aprender, formarse y cultivar una relación con Cristo— para luego poder ser apóstol —un misionero que lleva ese mensaje al mundo—. Todo bautizado está llamado a vivir ambas facetas: nutrirse de la fe y dar testimonio activo en su entorno. El Señor eligió a doce apóstoles de entre sus muchos discípulos para capacitarlos, darles autoridad y encomendarles la misión de continuar su obra y expandir su mensaje tras su partida. A nosotros también nos ha elegido. ¿Eres consciente de la tarea que tienes como discípulo–misionero de Cristo? Con María de la mano es posible llevarlo a cabo. ¡Bendecido miércoles, día de regresar al calorón de Monterrey!
Padre Alfredo. Ver menos
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