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sábado, 4 de abril de 2020

Los sacerdotes, las redes sociales, la Iglesia, los sacramentos y los sacramentales...


El concepto de «redes sociales» entró en el magisterio de la Iglesia a partir del año 2009 con el Mensaje del Papa Benedicto XVI para la XLIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales que se celebró el 24 de mayo y que fue dedicado al tema «Nuevas tecnologías, nuevas relaciones. Promover una cultura de respeto, de diálogo, de amistad».

Pero sobre medios de comunicación en general, las enseñanzas y valoraciones de la Iglesia son abundantes y vienen desde antiguo. El documento conciliar «Inter Mirifica» —de 1963— habla de ello, y luego se tienen los mensajes anuales para las jornadas dedicadas a la comunicación social —el primero fue de San Pablo VI en 1967—.  Está, como un documento de gran valor, la Carta Apostólica de San Juan Pablo II: «El rápido desarrollo de los medios de comunicación», del 24 de enero de 2005.

En los últimos años, con el adelanto de las tecnologías, Internet ha merecido la atención del magisterio de la Iglesia. Fruto de esa consideración son los documentos del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales «Ética en Internet» y «La Iglesia e Internet», ambos del 28 de febrero de 2002.

El año 2010, el mensaje para la jornada de las comunicaciones sociales recibió por título «El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra». El contexto general del año sacerdotal que en ese entonces se desarrollaba, brindó al Papa la posibilidad de repasar algunos puntos sobre el papel del sacerdote en el mundo digital.

El mensaje del Papa Benedicto XVI iniciaba con una clarificación necesaria: «La tarea primaria del sacerdote es la de anunciar a Cristo, la Palabra de Dios hecha carne, y comunicar la multiforme gracia divina que nos salva mediante los Sacramentos». Partiendo de esta base tocaba tres ámbitos: 1) los riesgos y oportunidades para los sacerdotes, 2) la acción propia del sacerdote en el mundo digital y 3) la especificidad del consagrado en general en las redes sociales. Me detengo para destacar algo de cada uno de ellos:

1) Los riesgos y oportunidades para los sacerdotes:

«La creciente multimedialidad y la gran variedad de funciones que hay en la comunicación, pueden comportar el riesgo de un uso dictado sobre todo por la mera exigencia de hacerse presentes, considerando internet solamente, y de manera errónea, como un espacio que debe ocuparse. Por el contrario, se pide a los presbíteros la capacidad de participar en el mundo digital en constante fidelidad al mensaje del Evangelio, para ejercer su papel de animadores de comunidades que se expresan cada vez más a través de las muchas «voces» surgidas en el mundo digital. Deben anunciar el Evangelio valiéndose no sólo de los medios tradicionales, sino también de los que aporta la nueva generación de medios audiovisuales (foto, vídeo, animaciones, blogs, sitios web), ocasiones inéditas de diálogo e instrumentos útiles para la evangelización y la catequesis».

2) La acción propia del sacerdote en el mundo digital:

«En el contacto con el mundo digital, el presbítero debe trasparentar, más que la mano de un simple usuario de los medios, su corazón de consagrado que da alma no sólo al compromiso pastoral que le es propio, sino al continuo flujo comunicativo de la «red». También en el mundo digital, se debe poner de manifiesto que la solicitud amorosa de Dios en Cristo por nosotros no es algo del pasado, ni el resultado de teorías eruditas, sino una realidad muy concreta y actual. En efecto, la pastoral en el mundo digital debe mostrar a las personas de nuestro tiempo y a la humanidad desorientada de hoy que «Dios está cerca; que en Cristo todos nos pertenecemos mutuamente. ¿Quién mejor que un hombre de Dios puede desarrollar y poner en práctica, a través de la propia competencia en el campo de los nuevos medios digitales, una pastoral que haga vivo y actual a Dios en la realidad de hoy? ¿Quién mejor que él para presentar la sabiduría religiosa del pasado como una riqueza a la que recurrir para vivir dignamente el hoy y construir adecuadamente el futuro?».

3) La especificidad del consagrado en general en las redes sociales:

«Quien trabaja como consagrado en los medios, tiene la tarea de allanar el camino a nuevos encuentros, asegurando siempre la calidad del contacto humano y la atención a las personas y a sus auténticas necesidades espirituales. Le corresponde ofrecer a quienes viven éste nuestro tiempo «digital» los signos necesarios para reconocer al Señor; darles la oportunidad de educarse para la espera y la esperanza, y de acercarse a la Palabra de Dios que salva y favorece el desarrollo humano integral. La Palabra podrá así navegar mar adentro hacia las numerosas encrucijadas que crea la tupida red de autopistas del ciberespacio, y afirmar el derecho de ciudadanía de Dios en cada época, para que Él pueda avanzar a través de las nuevas formas de comunicación por las calles de las ciudades y detenerse ante los umbrales de las casas y de los corazones…».

Hasta el día de hoy, la Iglesia con su magisterio nos dice que muchas cosas se pueden hacer por Internet utilizando las redes sociales, pero hay cosas que aunque parezca fácil y al alcance, no se pueden realizar porque perderían su sentido. 

No se puede uno confesar por teléfono o por medio de alguna de las redes sociales, pues las normas actuales de la Iglesia Católica no permiten el uso de esas tecnologías para la recepción de los sacramentos. Y es que, en concreto para el caso de la confesión, estos medios no salvaguardan la secrecía que exige el sigilo sacramental, porque sabemos que cualquier cosa que se sube a una red queda allí, ya para siempre, mientras exista esa red, y es vulnerable a cualquier tipo de violación. En este caso, si se necesita la confesión y no hay un sacerdote presente, la Iglesia nos recuerda que hay que hacer un acto de contrición perfecta, es decir arrepentirse de todo corazón de todos los pecados cometidos haciendo el propósito de confesarse a la brevedad posible.

Se puede ver a través de la televisión, la radio o Internet una Misa, pero no es propiamente una participación en el sacramento, pues la Misa se vive de manera «presencial». El precepto de participar en la Santa Misa consiste en asistir «personalmente» al Templo. No satisface el precepto quien la sigue por televisión. Aunque ver y oír Misa por televisión, radio o Internet siempre será algo muy recomendable (en lugar de ver otros programas televisivos inútiles), pero hay que ser conscientes de que esto no suple la obligación. En caso grave, como sucede cuando hay alguna guerra o epidemia, es muy saludable que, si por estos u otros motivos han de ser cerrados los templos, se pueda seguir la Misa por esos medios, pero nunca será un cumplir con el precepto: Por eso, cuando algo así sucede, el Obispo o el ordinario del lugar «dispensa» de la obligación de asistir pero no puede obligar a ver u oír la Misa por televisión, radio o Internet, porque es consciente de que esto no suple la participación en la Misa. Es un medio que ayuda y así se participa o se sigue la celebración. La liturgia exige que se haga uso de todos los elementos corporales: el tacto, el gusto, el olfato, la vista y el oído. Además, el precepto festivo de la misa no puede ser satisfecho más que con la participación personal a la Eucaristía dominical. 

Hay un principio moral que dicta que «ninguno está obligado a cumplir actos “imposibles”». de esta manera sabemos que quedan disculpados de asistir a la Misa dominical los que tienen algún grave impedimento, como puede ser una enfermedad que no permita salir de casa, un viaje que no te dé tiempo de asistir a misa, el vivir lejos de la iglesia y no tener transporte o alguien que lo pueda llevar, o una ocupación que no puede abandonarse, por ejemplo: los que cuidan enfermos y no tienen quien los sustituya, en estos casos o circunstancias es muy saludable el seguir la celebración Eucarística por los diversos medios de comunicación y redes sociales. 

Viendo las cosas de esta manera, es evidente que una Misa en televisión, en radio o Internet, que de ninguna manera sustituye la participación directa y personal a la asamblea eucarística, tiene sus aspectos positivos: la palabra de Dios es proclamada y comentada «en directo», y puede suscitar a la oración; en especial el enfermo y el anciano pueden unirse espiritualmente a la comunidad que en ese mismo momento celebra el rito eucarístico; la oración universal puede ser compartida y participada. Falta ciertamente la presencia física, pero la imposibilidad de llevar una ofrenda al altar no excluye la de hacer de la propia vida (enfermedad, debilidad, memorias, esperanzas, temores) una ofrenda para unir a la de Cristo. Y la imposibilidad de acercarse al banquete eucarístico puede ser hoy superada, en muchos casos, por el puntual servicio de los ministros extraordinarios de la comunión En todo caso, cuando se está en la Misa por televisión, radio o Internet es conveniente a la hora de la comunión, hacer la ya conocida «comunión espiritual».

Así, ver las misas por televisión es excelente, pero a sabiendas de que los sacramentos no se dan a larga distancia. Jesús se nos hace presente a través de signos visibles y nosotros tenemos que estar presentes a Él en ese momento.

Hablando de la Adoración al Santísimo también hay algo que decir: Nada —ya nos ha quedado claro— sustituye la visita personal al Templo. Orar físicamente ante el Santísimo es estar ante Jesús, realmente presente en la Eucaristía; percibirlo oculto bajo la apariencia del Pan Eucarístico, tal como lo prometió (ver Mt 26, 26-27; 28,20). Pero si por enfermedad, avanzada edad u otra razón válida no se puede ir a visitarlo, Internet ofrece una gran alternativa, considerando lo siguiente: En la pantalla no está el Señor, sino su imagen. No se trata de adorar la pantalla ni la imagen en la pantalla. La transmisión en vivo es mejor que ver una foto, pues facilita «trasladarse espiritualmente» a adorarlo allí donde está siendo expuesto. Aunque no esté físicamente el Señor, se respeta su imagen.

Sucede lo mismo con las bendiciones, en las que se requiere la presencia de la persona o el objeto a bendecir (exceptuando las bendiciones que se hacen como saludo o despedida en la conversaciones por teléfono o redes sociales, que son de otro carácter no sacramental). La única bendición que llega a todo el mundo por los medios de comunicación y por redes sociales «siempre que sea en vivo y en directo», es decir en el preciso momento en que se está impartiendo, es la bendición «Urbi et Orbi» que imparte el Papa, que es el único autorizado para hacer esto por su calidad de Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, recordando que «católica» significa universal.

Por último cabe decir que la Iglesia católica trabaja y seguirá trabajando en Televisión, radio e Internet, pero no para sustituir la riqueza del trato personal real de la vivencia de nuestra fe. Los medios electrónicos de que ahora disponemos son eso «un medio», no un fin. La era digital que nos está tocando vivir, nos ofrece innumerables posibilidades y abre las puertas a participar de muchas maneras en la vida de la Iglesia, ofreciendo una manera en la cual los fieles puedan acercarse a la vida de la gracia e incrementar su fe.

Padre Alfredo.

viernes, 27 de julio de 2018

EL PAPA PROPONE UN SENCILLO EXAMEN DE CONCIENCIA...


El examen de conciencia se hace antes de la confesión para decir después al confesor todos los pecados que se han recordado. El examen debe hacerse con diligencia, seriedad y sinceridad, pero sin angustias. La confesión no es un suplicio ni una tortura, sino un acto de confianza y amor a Dios. No se trata de atormentar el alma, sino de dar a Dios cuenta filial.

Esta serie de preguntas sencillas que hace el Papa Francisco, ayudan a hacer un buen examen de conciencia procurando recordar los pecados cometidos de pensamiento, palabra y obra, o por omisión, contra los mandamientos de la ley de Dios, de la Iglesia o contra las obligaciones particulares. Todo desde la última confesión bien hecha. 

Estas son las preguntas que el papa Francisco propone para examinarse y hacer una buena confesión:

EN RELACIÓN A DIOS:

¿Solo me dirijo a Dios en caso de necesidad? 

¿Participo regularmente en la Misa los domingos y días de fiesta? 

¿Comienzo y termino mi jornada con la oración? 

¿Blasfemo en vano el nombre de Dios, de la Virgen, de los santos? 

¿Me he avergonzado de manifestarme como católico? 

¿Qué hago para crecer espiritualmente, cómo lo hago, cuándo lo hago? 

¿Me rebelo contra los designios de Dios? 

¿Pretendo que Él haga mi voluntad?

EN RELACIÓN AL PRÓJIMO:

¿Sé perdonar, tengo comprensión, ayudo a mi prójimo? 

¿Juzgo sin piedad tanto de pensamiento como con palabras? 

¿He calumniado, robado, despreciado a los humildes y a los indefensos? 

¿Soy envidioso, colérico, o parcial? 

¿Me avergüenzo de la carne de mis hermanos, me preocupo de los pobres y de los enfermos?

¿Soy honesto y justo con todos o alimento la cultura del descarte? 

¿Incito a otros a hacer el mal? 

¿Observo la moral conyugal y familiar enseñada por el Evangelio? 

¿Cómo cumplo mi responsabilidad de la educación de mis hijos? 

¿Honro a mis padres? 

¿He rechazado la vida recién concebida? 

¿He colaborado a hacerlo? 

¿Respeto el medio ambiente?

EN RELACIÓN A MÍ MISMO:

¿Soy un poco mundano y un poco creyente? 

¿Como, bebo, fumo o me divierto en exceso? 

¿Me preocupo demasiado de mi salud física, de mis bienes? 

¿Cómo utilizo mi tiempo? 

¿Soy perezoso? 

¿Me gusta ser servido? 

¿Amo y cultivo la pureza de corazón, de pensamientos, de acciones? 

¿Nutro venganzas, alimento rencores? 

¿Soy misericordioso, humilde, y constructor de paz?

Padre Alfredo.

sábado, 26 de mayo de 2018

«Hay que orar siempre y en toda circunstancia»... Un pequeño pensamiento para hoy


En este mundo tan ajetreado, no es fácil recogerse en los sentidos y entablar ese necesario diálogo con Dios en la oración y menos cuando las cosas en nosotros o en quienes están a nuestro lado no van bien. Al creyente actual le urgente buscar espacios a lo largo del día para serenarse y dialogar con el Señor cuidando y manteniendo la disposición interior adecuada para vivir en la presencia de Dios sintonizando con su voluntad. A través de la oración el hombre y la mujer de fe reciben la gracia de Dios para afrontar la vida con ilusión y entrega, venga ésta como venga. Es en la oración donde se pueden encontrar las fuerzas para llevar adelante la lucha de todos los días experimentando esa presencia profunda de nuestro Dios que da valor auténtico a todo lo que vamos viviendo, incluso los momentos más duros, cuando la enfermedad y el dolor se hacen presentes y parecen no soltarnos. Es verdad que el Señor Jesús nunca se quejó, que nunca se rebeló ante el sufrimiento, ante el dolor del alma o del cuerpo pero lo sufrió. Con su propia vida y su entrega él, subiendo a la Cruz, experimentando el terrible dolor de un crucificado que antes había sido azotado y coronado de espinas, nos enseñó que el dolor tiene un sentido. «El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8,17; cf Is 53,4). Y hoy, la carta del apóstol Santiago toca este tema (St 5,13-20). 

El cristiano sabe que la enfermedad no es una maldición, sino un medio de santificación para el enfermo y para quien cuida de él, un medio para acercarse más a Dios. Pero ¿cómo? Desde que Jesús ofreció su dolor para la salvación de todos nosotros, cualquier persona puede ofrecer su enfermedad por su salvación o por la de los demás. La enfermedad y el dolor, adquieren así un valor que en si mismo no poseía. Además, la enfermedad puede también ayudarnos a que nos preparemos mejor para nuestro encuentro con el Señor de nuestra vida. Jesús, en una muestra más de amor, quiso dejarnos el sacramento de la «Unción de los enfermos» para vivir mejor estos momentos acompañados de la oración. Con la sagrada unción de los enfermos y con la oración de los presbíteros y quienes les acompañan, es la Iglesia entera quien encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve si es su voluntad, y los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo contribuyendo, así, al bien del Pueblo de Dios. Este pasaje de hoy, en la primera lectura, se ha interpretado siempre como un primer testimonio del sacramento cristiano de la Unción de enfermos: «¿Está enfermo alguno de ustedes? Llame a los presbíteros de la Iglesia y que recen sobre él, y la oración de fe salvará al enfermo y el Señor lo curará». 

Lo cierto es que no solamente en esos momentos del sacramento de la unción necesitamos orar —aunque muchos lo hacen solo en esas ocasiones—. La beata María Inés decía que la oración era para ella lo que el agua para el pez o el aire para el ave... ¡es decir, algo definitivamente esencial! «La oración es la vocación esencial de mi vida», escribió en sus Meditaciones (f. 518). Y esa oración, ha de ser la oración confiada como la de un niño que todo lo espera de su padre porque sabe —aunque a veces quiera hacer sus caprichos— que le dará siempre lo mejor, lo que más convenga. ¡Con razón Jesús pone el ejemplo de los niños (Mc 10,13-16) para entrar en el «Reino de los cielos». Al adulto de hoy no puede bastarle haber conquistado la luna, domesticado el átomo clonar la vida... esa búsqueda incesante nunca terminará y es más, nunca le llenará. No fuimos creados para quedarnos en este mundo y hacerlo nuestro, sino para dominarlo e ir más allá. Por eso es preciso que el hombre sepa distinguir siempre «el bien del mal», y mantenga un corazón de niño que se ilusione, que domine sus violencias y sus instintos, que se abra al amor de Dios como un niño lleno de confianza. Y eso, eso solamente puede alcanzarlo quien ora, quien sabe que todo viene de Dios y que cada día hay que caminar en la voluntad del Padre en un tono, como decía santa Teresa de Ávila «de amistad con Aquel que sabemos que nos ama». «La oración intensa del justo puede mucho», dice Santiago (St 5,16); con razón María Santísima alcanzó tanto, con su «sí» al Señor lo dijo todo, con su «hágase» caminó en una oración perenne en una vida que cada sábado de manera especial ilumina nuestro ser y quehacer de discípulos–misioneros. A ella, la mujer de fe, la mujer que es maestra de oración, digámosle en oración este día y siempre: «Dulce Madre, no te alejes, tu vista de mí no apartes... haz que me bendiga el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo. Amén». ¡Que tengan un estupendo sábado encontrando un momento para orar y haciendo de todo su día una oración! 

Padre Alfredo.

lunes, 29 de enero de 2018

EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN...


A manera de Introducción.

El diálogo que Dios entabla con nosotros por medio de los sacramentos, es un diálogo transformador y vivificante. A quienes toman en serio ese diálogo, se les va transmitiendo la vida de Dios y es deber del creyente bautizado cuidar, fortalecer y nutrir esa vida, poderosa en sus raíces, pero frágil y amenazada constantemente.

El sacramento de la Confirmación es uno de los tres sacramentos de la iniciación cristiana. La misma palabra: «Confirmación» que significa «afirmar o consolidar», nos dice mucho. Este sacramento es para cada fiel cristiano, la plena investidura de una misión a favor de la Iglesia y del mundo entero. La Confirmación es un sacramento que está íntimamente unido al del Bautismo. Es una especie de desdoblamiento de éste para significar que se trata de un bautismo en el mismo Espíritu con el que fue ungido Jesús. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres» (Lc. 4, 18). La unción de Jesús, en continuidad con la unción de los reyes del Antiguo Testamento, le capacita para ser el defensor y el salvador de los pobres (ver Sal 72,1-75). Él comunica su mismo Espíritu a los Apóstoles en Pentecostés (ver Hech 2,4). Y ellos, a la vez, lo comunican a los creyentes.

En este sacramento se fortalece y se completa la obra del Bautismo. Por la confirmación, el bautizado se fortalece con el don del Espíritu Santo. Se logra un arraigo más profundo a la filiación divina, se une más íntimamente con la Iglesia, fortaleciéndose para ser testigo de Jesucristo, de palabra y de obra. Por él es capaz de defender su fe y de transmitirla. A partir de la Confirmación, los bautizados nos convertimos en cristianos maduros y podremos llevar una vida cristiana más perfecta, más activa. Este es entonces el sacramento de la madurez cristiana que nos hace capaces de ser testigos de Cristo.

Podemos llamar cristiano adulto a quien sabe asumir sus responsabilidades en el seno de la Iglesia y toma parte activa en la edificación del Reino de Dios. Por la efusión del Espíritu Santo, el creyente que ha recibido el sacramento de la Confirmación hace un altar en cualquier actividad de su vida diaria. Sobre ese altar él se une al sacrificio de Cristo para introducir en el mundo el amor del Padre. Así, el Espíritu se manifiesta en el cristiano a través del testimonio activo y lo hace progresar hacia la Eucaristía, culmen del misterio pascual, con las manos ricas en dones de alabanza. Por la Confirmación, el Hijo encarnado de Dios nos comunica la misma misión que el Padre le dio a Él: dejarnos guiar por el Espíritu Santo, para hacer visible en este mundo su amor infinito.

1. Algunas cuestiones acerca de la Confirmación. 

El día de Pentecostés –cuando se funda la Iglesia– los apóstoles y discípulos se encontraban reunidos con la Virgen María. Estaban temerosos, no entendían lo que había pasado –creyendo que todo había sido en balde– se encontraban tristes. De repente, descendió el Espíritu Santo sobre ellos –quedaron transformados– y a partir de ese momento entendieron todo lo que había sucedido, dejaron de tener miedo, se lanzaron a predicar y a bautizar. La Confirmación es entonces un «Pentecostés personal» y un «Pentecostés Doméstico». El Espíritu Santo está actuando continuamente sobre la Iglesia de modo muy diversos. La Confirmación –al descender el Espíritu Santo sobre nosotros– es una de las formas en que Él se hace presente al pueblo de Dios. 

Hoy en día vivimos en un mundo en que hace falta gente comprometida. Muchos creemos en Dios y tenemos fe, pero vivimos como si no la tuviéramos. No damos testimonio de Cristo. Este testimonio debe ser no sólo de palabra sino de obra. Para convencer, hay que ser cristianos convencidos y aprovechar la ayuda que el Espíritu Santo nos brinda. Esa ayuda la recibimos en el sacramento de la Confirmación, una acción especial del Espíritu Santo, por el cual una persona que ha sido bautizada, recibe el regalo de la tercera persona de la Santísima Trinidad en plenitud.  Aunque en el Bautismo se recibe el Espíritu Santo y en todos los sacramentos actúa de una u otra manera, por el Sacramento de la Confirmación se reciben en plenitud todos sus dones. 

2. La Confirmación es el Sacramento del Espíritu Santo.

El Bautismo se nos da para lograr la salvación personal, pero la Confirmación busca también un compromiso del cristiano que es enviado a una misión especial y con una gran responsabilidad de defender la fe, llevarla a los demás a través del apostolado, y ser testigo de Jesucristo con la palabra y el ejemplo. La Confirmación fortalece en nosotros las virtudes de la fe, esperanza y caridad, así como los siete dones del Espíritu Santo. Estos dones, fortalecidos, nos ayudan para cumplir nuestra responsabilidad de apóstoles y defensores de la fe. 

La ceremonia del Sacramento de la Confirmación es muy sencilla, pero el valor que tiene es muy grande. Cuando el Espíritu Santo descendió el día de Pentecostés, encontró un grupo de apóstoles débiles, que no sabían cómo cumplir con la misión que Jesús les había encomendado de llevar el Evangelio a todo el mundo y bautizar a todas las naciones, pero su acción logró una transformación total e inmediata. Los Hechos de los Apóstoles nos dicen que tan sólo ese día se bautizaron más de tres mil personas.

Al recibir la Confirmación, los bautizados nos convertimos en verdaderos soldados de Cristo, siempre dispuestos a luchar de palabra y obra por nuestra fe. De acuerdo al mandato de Jesús, los apóstoles bautizaban a las personas que aceptaban la fe y después la confirmaban. Pero, ¿qué efectos tiene en nosotros la Confirmación? Aquí los mostraremos: 

Recibimos la fuerza del Espíritu Santo para comprometernos mucho más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con nuestras palabras y acciones.
Se fortalecen en nosotros los regalos de la fe, las esperanza y la caridad, así como los dones del Espíritu Santo que recibimos el día de nuestro bautizo. Estos regalos fortalecidos nos ayudarán a difundir y defender nuestra fe como auténticos soldados de Cristo.
Nos unimos más íntimamente a Cristo y a la Iglesia.
Se completa nuestra condición de hijos de Dios, ya que perfecciona la gracia que recibimos en el Bautismo.
Recibimos un sello del Espíritu Santo que impone sobre nosotros un carácter. Esta es la ra-zón de por qué se recibe una sola vez en la vida.

Toda persona que haya sido bautizada puede y debe recibir la Confirmación. Para recibir este sacramento hay que estar en estado de gracia (confesado), tener la intención de recibir la Confirmación y prepararse para cumplir con el compromiso que ésta implica. También, se recomienda buscar la ayuda espiritual de un padrino(a) que sea como una especie de guía en el compromiso.

Los obispos son los sucesores de los apóstoles que estuvieron presentes el día de Pentecostés. Por lo tanto, es el obispo el ministro de la confirmación. En una situación especial, el obispo puede auto-rizar a un sacerdote a administrar el sacramento, como me ha tocado a mí hacerlo en diversas ocasiones.

Para realizar este sacramento, el obispo extiende sus manos sobre el confirmando como símbolo del don del Espíritu Santo a quien invoca para que descienda sobre el cristiano. Después, el obispo unge la frente con el santo crisma, que es aceite de oliva perfumado bendecido por el obispo el jueves santo. Este es un signo de consagración que simboliza el sello del Espíritu Santo que marca la pertenencia total a Cristo, a cuyo servicio quedamos desde ese momento y para siempre. La imposición de las manos y la unción con el crisma constituyen la materia del Sacramento de la Confirmación. 

En el Antiguo Testamento, a los reyes o guerreros que tenían una misión especial, se les ungía con aceite para darles la fuerza que necesitaban para cumplir su misión. En el Sacramento de la Confirmación, durante la unción, el obispo repite la forma del sacramento: «Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo» y unge para dar esa fuerza del Espíritu en la tarea de ser discípulos–misioneros de Cristo. Así, esa fuerza venida de lo alto no ayuda a llevar a cabo nuestra misión como hijos de Dios. Pero el Espíritu Santo no podrá actuar ni transformarnos como lo hizo con los apóstoles si nosotros no se lo permitimos. Al recibir este Sacramento recibimos la gracia y la fuerza necesaria para responder como auténticos hijos de Dios y testigos de Cristo. Depende de nosotros aprovechar esa gracia tomando conciencia de los dones que recibimos y los compromisos que adquirimos.  Así como los discípulos recibieron al Espíritu Santo en Pentecostés y salieron a proclamar la buena Noticia de Jesús, los confirmados reciben el Espíritu Santo y sus dones para poder testimoniar, difundir y defender la fe por medio de la palabra y de las obras, como auténticos testigos de Cristo.

3. Los dones del Espíritu Santo en la Confirmación. 

El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad y si nosotros se lo permitimos, actúa en nosotros y puede hacer maravillas. Lo único que tenemos que hacer es abrir nuestro corazón para dejarlo actuar. Y si queremos ser verdaderos discípulos–misioneros y testigos de Cristo, no dejemos que nadie deje de recibir el Sacramento de la Confirmación, porque es el sacramento que transforma al creyente en soldado defensor de la fe católica. En el sacramento de la Confirmación recibimos los dones del Espíritu Santo que son siete y son regalos especiales que nos ha hecho Dios para comprender las cosas divinas y cumplir mejor su voluntad, estos son:

Temor de Dios: Este don es un santo temor de ofender a Dios porque es nuestro Padre que nos ama y nosotros también lo amamos. Este don brinda a nuestra alma la docilidad para apartarnos del pecado por temor de ofender a Dios que es el supremo bien.

Piedad: Este don es un gran regalo que Dios brinda a nuestra alma. Gracias a él, podemos amar a Dios como Padre y a todos los hombres como verdaderos hermanos.

Ciencia: Por medio de este don, nuestra inteligencia puede juzgar recta y sobrenaturalmente las cosas creadas de acuerdo a un fin sobrenatural. Podemos ver la mano de Dios en la Creación.

Sabiduría: Es el don de los grandes santos, es el más excelente de todos los dones, ya que nos permite entender, saborear y vivir las cosas divinas.

Fortaleza: Este don fortalece el alma para vivir heroicamente las virtudes, brindándonos una invencible confianza para superar los peligros o dificultades con los que nos encontremos en la lu-cha contra el pecado, en nuestro camino al Cielo y en la búsqueda de la santidad.

Consejo: Este don nos permite intuir rectamente lo que debemos hacer o dejar de hacer en una circunstancia determinada de nuestra vida.

Entendimiento: Este don permite entender las verdades reveladas por Dios y las verdades natu-rales comprendiéndolas a la luz de la salvación.

4. Signo, materia y forma del sacramento de la Confirmación.

El Concilio de Trento declaró que la Confirmación era un sacramento instituido por Cristo, ya que los protestantes lo rechazaron porque –según ellos– no aparecía el momento preciso de su institución. Sabemos que fue instituido por Cristo, porque sólo Dios puede unir la gracia a un signo externo.

El Nuevo Testamento nos narra como los apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, iban imponiendo las manos, comunicando el Don del Espíritu Santo, destinado a complementar la gracia del Bautismo. «Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran al Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían al Espíritu Santo». (Hech. 8, 15-17;19, 5-6).

En la Confirmación el rito es muy sencillo, básicamente es igual a lo que hacían los apóstoles con algunas partes añadidas para que sea más entendible. El signo de la Confirmación es la «unción». Desde la antigüedad se utilizaba el aceite para muchas cosas: para curar heridas, a los gladiadores de les ungía con el fin de fortalecerlos, también era símbolo de abundancia, de plenitud. Además la unción va unida al nombre de «cristiano», que significa ungido.

La materia de este sacramento —es decir el elemento que se utiliza para expresar este don de Dios– es el «Santo Crisma», que consiste en aceite de oliva mezclado con bálsamo y que es consagrado por el Obispo el día del Jueves Santo en la llamada «Misa Crismal». La unción se hace en la frente del confirmando. La forma de este sacramento está en las palabras que acompañan a la unción y a la imposición individual de las manos: «Recibe por esta señal de la cruz el don del Espíritu Santo» (CEC. 1300). La cruz es el arma con que cuenta un cristiano para defender su fe.

La celebración de este sacramento comienza con la renovación de las promesas buatismales y la profesión de fe de los confirmados. Demostrando así, que la Confirmación constituye una prolongación del Bautismo. (Cfr. SC 71; CEC. 1298). El ministro extiende las manos sobre los confirmandos como signo del Espíritu Santo e invoca a la efusión del Espíritu. Sigue el rito esencial con la unción del santo crisma en la frente, hecha imponiendo la mano y pronunciando las palabras que conforman la forma. El rito termina con el beso de paz, u otro gesto externo de paz que representa la unión del Obispo con los fieles. (Catec. n.1304).

Padre Alfredo.

viernes, 20 de enero de 2017

Algunas recomendaciones para hacer una buena confesión...



1. NO DEJES LA CONFESIÓN PARA ÚLTIMA HORA SIN HABER HECHO UN EXAMEN DE CONCIENCIA.

El «Examen de Conciencia» es una parte básica del sacramento de la Reconciliación. Si se llega al confesionario sin haberlo hecho, puede ser que se viva el momento como una experiencia frustrante.

Hay personas que le dicen al confesor: "Padre... ¿me ayuda?". Eso no debe ser, pues el sacerdote confesor no vive la misma realidad, no convive en su diario vivir y no sabe de las situaciones que cada feligrés enfrenta cada día según su situación. Presentarse a confesarse así denota que no se ha hecho un examen de conciencia.

Con anticipación, y en un ambiente de oración, hay que reflexionar, por lo menos un día o unas horas antes de ir al confesionario, sobre las acciones y actitudes negativas; incluso se puede hacer un examen por escrito.

Aquí encontrarás algunas ideas para hacer un buen examen: «Examen de conciencia».


2. HAZ UN PLAN DE VIDA EN TORNO AL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN.

Cada alma es única e irrepetible, cada alma tiene diversas necesidades para su crecimiento espiritual, recordando que el enemigo, «como león rugiendo, ronda buscando a quien devorar» (1 Pe 5,8). Así, cada uno irá cuidando de su vida espiritual recurriendo al sacramento de la Reconciliación con la frecuencia que sea necesaria, formando la conciencia para que no pasen largos periodos ni se exagere en buscar la recepción del sacramento. Los tiempos de Adviento y de Cuaresma, son espacios privilegiados para hacer una muy buena confesión y luego, durante el año, cada quien verá de buscar esa confesión frecuente según su propia conciencia por los momentos que vaya pasando, ya que la conciencia no se puede programar sino formar y cuidar.


3. NO CONFUNDAS LA CONFESIÓN CON LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL.

La Confesión es un Sacramento y en ella sólo se dicen en concreto los pecados; además, el Sacramento obliga al sacerdote al «sigilo sacramental», que implica que todo lo que se haya dicho en confesión nunca será revelado, de lo contrario se caería en pena de excomunión. Según el Derecho Canónico, canon 931, el que se confiesa puede elegir a la persona con quien más tiene confianza; jamás se le obliga a confesarse con alguien en específico, aunque es recomendable tener un confesor que te ayude a crecer en la vida espiritual.

La dirección espiritual, por su parte, es una «orientación espiritual», un proceso en el cual una sola persona «el director espiritual» ayuda a la persona en el crecimiento espiritual y puede tocar un tema continuado o según la necesidad del momento. Las visitas o entrevistas en la dirección espiritual son periódicas, para lo cual hay que programarse y prepararse mediante la oración.


4. SE BREVE Y CONCRETO EN TU CONFESIÓN.

Confiesa solamente tus propios pecados, no los de otros y hazlo de manera concreta, sin rodeos innecesarios, para eso es el examen de conciencia que haz hecho antes de llegar al confesionario. Evita contar historias en cada pecado y piensa en las demás almas que están esperando la reconciliación.


5. SIGUE LOS PASOS DEL RITO DE LA CONFESIÓN EN LO QUE A TÍ CORRESPONDE.

Ordinariamente el rito a seguir es el siguiente (aunque el sacerdote puede proceder de forma diferente para dar la absolución):

Sacerdote: Ave María Purísima.
Feligrés: Sin pecado original concebida.

Sacerdote: ¿Cuánto tiempo tienes de no confesarte?
Feligrés: (Decir cuánto tiempo, por lo menos aproximadamente).

Sacerdote: Dime tus pecados.
Feligrés: (Exponer de forma clara y concisa los pecados).

Tal vez en este momento el sacerdote de algún consejo o haga alguna recomendación.

Sacerdote: Di tu acto de contrición.
Feligrés: Pésame Dios mío...
Sacerdote: Yo te absuelvo... (da una penitencia a realizar y te invita a irte en paz).

lunes, 20 de junio de 2016

PON DE TU PARTE LO QUE TE TOCA... Ayuda al sacerdote que te confiesa

A veces el número de sacerdotes es muy limitado y el número de penitentes bastante numeroso. Hay que tener entonces algunas consideraciones para agilizar el proceso de la confesión, que es un sacramento que todos necesitamos para recobrar la gracia perdida o para incrementarla.

1. Debes llegar con tu examen de conciencia ya hecho y no decir "padre, usted ayúdeme", porque eso denota que no se ha preparado la persona para confesarse.

2. Haz de experimentar dolor de tus pecados con deseos de conversión. Si necesitas puedes escribir tus pecados y leerlos.

3. Al acercarte al sacerdote dile cuánto tiempo tienes de no confesarse y le dices los pecados: Hace… (tantos) días, semanas…meses…años, que me he confesado. Me acuso de… (confiesas tus pecados de una manera clara, breve, completa y muy sincera).

4. No confundas la confesión con la dirección espiritual y piensa en la demás gente que necesita de la reconciliación con Dios. No enredes ni canses al sacerdote con historias o cuentos de tu vida que no necesita saber. Dí solamente tus pecados y no los de los demás.

5. Si el sacerdote lo ve necesario él te ayudará en tu confesión, pero solo si lo cree conveniente. Él te dará algunos consejos y te impondrá la penitencia. Antes de recibir la absolución, puedes manifestar tu arrepentimiento con algunas palabras de contrición, por ejemplo: Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, que soy un pecador o el acto de contrición.

6. El sacerdote pronuncia las palabras de la absolución. Cuando escuches las palabras:”…Y YO TE ABSUELVO DE TUS PECADOS... Y DEL ESPÍRITU SANTO”, respondes: Amén.

7. Terminada la confesión, agradece al Señor su bondad y misericordia por haberte perdonado los pecados y haberte dado la gracia; cumple, lo antes posible, la penitencia y procura poner en práctica, los consejos recibidos. Si te es posible haz una oración por el sacerdote que te ha confesado.

sábado, 30 de abril de 2016

«La vocación a la vida matrimonial»... Para hablar a los niños y adolescentes sobre la vocación al matrimonio*.

Todos hemos venido al mundo como fruto del amor entre una mamá y un papá. Antes de venir a este mundo éramos un pensamiento de Dios, un latido de su corazón y él quiso que naciéramos, y nuestros papás nos amaron y le prestaron sus corazones para recibirnos con amor. Muchos niños no nacen, porque hay mamás y papás que no han amado al bebé por nacer, ni han querido colaborar con Dios. Nosotros debemos estar muy agradecidos por este regalo maravilloso que Dios nos ha dado.

Los fines de esta vocación que sella con una bendición el amor entre un hombre y una mujer, nos dejan ver claramente, que el matrimonio es un regalo que Dios ha dado a la humanidad. Estos fines se pueden resumir en tres palabras: “Formar una familia”. La vocación al matrimonio fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados y el elemento esencial de la realización de esta vocación en el sacramento del matrimonio es el intercambio del consentimiento entre los esposos; “si ese consentimiento falta, no hay matrimonio”.

El “Yo, n. te acepto a ti n. …” debe ser algo libre porque como vocación es un llamado de Dios que necesita una respuesta del ser humano para perfeccionar el amor de los esposos, para fortalecer su unidad. Por medio de esta gracia "se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial y en la acogida y educación de los hijos que Dios les quiera dar". Con la vocación del matrimonio, los casados reciben una verdadera misión eclesial, que consiste en crear una verdadera «Iglesia doméstica». En la familia los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada y perpetuar la Iglesia con los hijos, a quienes deben educar en la fe.

Los papás son los principales y primeros educadores de sus hijos. En este sentido, la tarea fundamental del matrimonio y de la familia es estar al servicio de la vida. El matrimonio cristiano es así una verdadera vocación, y un camino de santidad. Para responder al llamado vocacional, la persona tiene que prepararse muy bien, por eso existe la obligación y la necesidad de prepararse bien para el matrimonio y vivir un noviazgo limpio que verdaderamente prepare para la vida matrimonial.

En la vocación al matrimonio, como en las otras vocaciones específicas de la Iglesia, el amor se funda en el Amor de Cristo, que es entrega y sacrificio... Además, como recordaba Tobías a Sara, en el relato de la Sagrada Escritura, los esposos saben que son hijos de santos, y no pueden juntarse a manera de los gentiles, que no conocen a Dios. El matrimonio y la familia se cuentan entre los bienes más valiosos de la humanidad. Son la célula fundamental de la comunidad humana: El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad nupcial y familiar.

Jesús estuvo presente en una boda en Caná de Galilea, reconociendo con su presencia el valor humano del matrimonio. Además recogiendo la imagen matrimonial de la alianza que sugieren los profetas, compara el Reino de Dios con un banquete de bodas en el que se identifica con el esposo. Durante este banquete los amigos del novio no ayunan (Mt 9, 14-15), son invitados los que están en los caminos mientras que algunos rechazan la llamada (Mt 22, 1-14; Lc 14, 16-24), y es preciso estar alerta para participar en la fiesta (Mt 25, 1-13).

En Mt 19, 3-9 Jesús reafirma el ideal originario de la creación (Gen 2,24) al defender la firmeza y permanencia de la alianza matrimonial. Jesús en este momento, supera la Ley, manifestando la profunda relación que existe entre el orden de lo creado y la Alianza. Aquí esta el origen del sacramento del matrimonio: Jesús le reconoce como instituido desde la creación, cobrando para él una dimensión especial. Esta significación particular será claramente expresada por San Pablo en la carta a los Efesios: "Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos un solo ser. Este símbolo es magnífico; yo lo estoy aplicando a Cristo y a la Iglesia, pero también vosotros, cada uno en particular, debe amar a su mujer como a sí mismo, y la mujer debe respetar al marido" (Ef 5, 31-33)

Para todos nosotros en la Iglesia, esta vocación de la mutua entrega de un hombre y una mujer bautizados es sacramento, es decir, un signo que expresa y realiza la alianza de amor y fidelidad de Cristo con su pueblo, la Iglesia. Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y de María. La Iglesia no es otra cosa que la "familia de Dios". Desde sus orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, con toda su casa, habían llegado a ser creyentes. Cuando se convertían, deseaban también que se salvase toda su casa. Estas familias convertidas eran islas de vida cristiana en un mundo no creyente.

*Con el deseo de que estas reflexiones ayuden a los catequistas para que hagan a los niños y a los adolescentes cercana la tarea de descubrir la vocación, les dejo en sus manos este material que cada uno, que cada una, podrá fácilmente ampliar.


Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

«La vocación a la vida sacerdotal»... Para hablar a los niños y adolescentes sobre la vocación IV*.

El sacerdocio es una vocación gracias a la cual la misión confiada por Cristo a sus apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Esta vocación es un único sacramento que comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado. Todos los que reciben de Dios esta vocación, quedan consagrados como verdaderos sacerdotes de la Nueva Alianza, a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote (Hb 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para anunciar el Evangelio a los fieles, para dirigirlos y para celebrar el culto divino.

Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo, hizo a los obispos partícipes de su misma misión por medio de los Apóstoles de los cuales son sucesores. Estos han confiado legítimamente la función de su ministerio en diversos grados a a los presbíteros para que, constituidos en el orden del presbiterado, fueran los colaboradores del Orden episcopal para realizar adecuadamente la misión apostólica confiada por Cristo. Los Obispos son los transmisores de la semilla apostólica. Tienen la plenitud del sacramento del Orden, están incorporados al Colegio Episcopal. En cuanto sucesores de los apóstoles y miembros el Colegio Episcopal, participan en la responsabilidad apostólica y en la misión de toda la Iglesia, enseñan y gobiernan bajo la autoridad del Papa, sucesor de San Pedro y cabeza visible de la Iglesia.

Los Presbíteros están unidos a los obispos en la dignidad sacerdotal y al mismo  tiempo dependen de ellos en el ejercicio de sus funciones pastorales. Son llamados a ser cooperadores diligentes de los obispos, forman en torno a su obispo el Presbiterio que asume con él la responsabilidad de la Iglesia particular. Reciben del obispo el cuidado de una comunidad parroquial o de una función eclesial determinada. A los presbíteros los llamamos comúnmente: «Sacerdotes» o «Padres».

Los Diáconos son ministros ordenados para las tareas de servicio de la Iglesia, no reciben el sacerdocio ministerial, pero la ordenación les confiere funciones importantes en el Ministerio de la Palabra, del culto divino, del Gobierno Pastoral y del servicio de la caridad, tareas que deben cumplir bajo la autoridad pastoral de su obispo. Ellos tienen la vocación de realizar un servicio sobre todo en la caridad, en el amor. 

La vocación sacerdotal, se da a la persona de una vez y para siempre y quien recibe este llamado ha de ser un varón bautizado. Es decir, los niños pueden ser sacerdotes, las niñas no. Esto es porque Cristo, para realizar esta vocación, llamó solamente a varones, que fueron los apóstoles y los apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores (1 Tm 3,1-13; 2 Tm 1,6; Tt 1,5-9) que les sucederían en su tarea (S.Clemente Romano Cor, 42,4; 44,3). Es así porque Cristo lo hizo y lo quiso así, y la Iglesia se siente vinculada por esta decisión del Señor.

Aquel niño o joven que cree reconocer las señales de la llamada de Dios al ministerio ordenado, debe someter humildemente su deseo a la autoridad de la Iglesia a la que corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a recibir este sacramento. Como toda gracia, el sacramento sólo puede ser recibido como un don gratuito que viene de Dios. Esta vocación, como hemos dicho, es un sacramento y en la celebración de este sacramento podemos encontrar tres partes: La primera es la preparación, que está integrada por la llamada a los candidatos, presentación al Obispo, elección y alocución del Obispo, un pequeño diálogo y las letanías de los Santos. Luego viene la imposición de manos que conlleva en toda la tradición bíblica (Núm 27, 15-23; Dt 34,9; 1 Tim 4,14; 2 Tim 2,6) la idea de la transmisión de un oficio y la oración consecratoria, que hacen de éste el momento central del sacramento. Por último está el gesto de diferentes acciones explicativas del ministerio que va a ejercerse:

Al Obispo se le otorgan el báculo y se le impone un anillo episcopal, también recibe el libro de los evangelios y se sienta en la cátedra, ungiéndosele la cabeza. Los Presbíteros reciben la patena y el cáliz, se les ungen las manos y se les coloca la estola y la casulla. A los Diáconos se les entrega el libro de los evangelios, imponiéndoles la estola cruzada por el pecho y la dalmática.

Los sacerdotes no se casan. Unida a esta vocación hay un llamado de la Iglesia a vivir el celibato como un don de Dios, y el sacerdotal tiene su razón de ser en la configuración con Cristo y la entrega entera a Dios y los hombres. El Sacerdote —sea quien sea— es siempre otro Cristo. Todos los niños y niñas del mundo entero  deben pedir para los sacerdotes, los de ahora y los que vendrán, que amen de verdad, que amen a sus hermanos los hombres, y que sepan hacerse querer de ellos.


*Con el deseo de que estas reflexiones ayuden a los catequistas para que hagan a los niños y a los adolescentes cercana la tarea de descubrir la vocación, les dejo en sus manos este material que cada uno, que cada una, podrá fácilmente ampliar.


Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

jueves, 14 de enero de 2016

Un amor misericordioso desde la Cruz hasta la Eucaristía...

En los últimos tiempos, y en diversos países, se ha hecho presión para retirar el crucifijo de los salones de clases y de los lugares públicos. Nosotros, los católicos, lo debemos fijar entonces más que nunca en las paredes de nuestro corazón. Decía San Juan María Vianney: “La señal de la Cruz es temible para el demonio, porque por ella nos escapamos de él. Es necesario hacer la señal de la Cruz con un gran respeto. Se comienza signando la frente: es la cabeza, la creación, Dios Padre; luego el corazón: el amor, la vida, la redención, Dios Hijo; y por último los hombros: la fuerza, el Espíritu Santo. Todo nos recuerda a la Cruz. Nosotros mismos hemos sido hechos en forma de cruz”.[1]

Cristo murió por nosotros. Pero parece que el corazón de mucha gente, en el mundo de hoy, es un corazón duro, un corazón esclerotizado, impermeable a toda forma de amor que no sea el amor de sí mismo y no dice nada ante esta realidad. Cuando hace algunos años, Benedicto XVI presentó su primera encíclica apuntó: «Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan, ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: “Dios es amor”. Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar».[2] Dios es amor, y la cruz de Cristo es la prueba suprema de ello, la demostración histórica. 

Hay dos modos de manifestar el propio amor hacia alguien, decía Nicolás Cabasilas, un autor del oriente bizantino. El primero consiste en hacer el bien a la persona amada, en hacerle regalos; el segundo, mucho más comprometido, consiste en sufrir por ella. Dios nos amó en el primer modo, o sea, con amor de generosidad, en la creación, cuando nos llenó de dones, dentro y fuera de nosotros y nos amó con el segundo, un amor de sufrimiento en la redención, cuanto inventó su propio anonadamiento, sufriendo por nosotros los más terribles padecimientos, a fin de convencernos de su amor.[3] Por ello, es en la cruz donde se debe contemplar ya la verdad de que «Dios es amor». 

El amor de Cristo en la cruz, es un amor de misericordia, que disculpa y perdona, que no quiere destruir al enemigo, sino en todo caso la enemistad (Ef 2,16). Jesús muere en la cruz diciendo: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

Hay una enseñanza importantísima que nos viene del amor de Dios manifestado en la cruz de Cristo. El amor de Dios por el hombre, que es un amor misericordioso, fiel y eterno: «Con amor eterno te he amado», dice Dios al hombre en los profetas (Jr, 31,3), y también: «En mi lealtad no fallaré» (Sal 89,34). Dios se ha comprometido a amar para siempre, se ha privado de la libertad de volver atrás. Es éste el sentido profundo de la alianza que en Cristo se ha transformado en «nueva y eterna» y que queremos hacer vida en cada momento de nuestra existencia que debe ser «espacio de santificación» para quienes nos rodean. Decía el cura de Ars: "Si amáramos a Dios, amaríamos las cruces, las desearíamos, estaríamos a gusto con ellas. Estaríamos contentos de poder sufrir por el amor de quien ha querido sufrir por nosotros”.[4]. El Concilio Vaticano II habla de María al pie de la cruz como espacio de santificación para los demás: «También la Santísima Virgen —dice Lumen Gentium, 58— avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por designio divino, se mantuvo de pie, sufrió profundamente con su Hijo unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado". Consentir en la inmolación de la víctima que ella había engendrado fue como inmolarse a sí misma para hacerse ese espacio en el que los demás pudieran encontrarse con la misericordia de Dios. 

Iniciados en nuestro bautismo como católicos discípulos-misioneros, en el amor ascendente, con imperativos a cumplir o deseos ideales, vamos avanzando por el camino del amor pasando por la purificación, hasta llegar a aprender el amor consumado de la misericordia en la entrega a los demás, amando según Cristo y al estilo de Cristo que dice: “A mí nadie me quita la vida, yo la doy porque quiero” (Jn 10,18).

En la vida de cada día, el amor se traduce en autodonación que crea vida y promueve el bien del otro, un amor que se inclina por el más débil, que se olvida de sí. Es imagen del amor de Cristo, amor que culmina en la Cruz con la autodonación total y personal de Sí mismo. Con justa razón los santos hablan de una «locura de amor». No sabemos dónde está el mayor milagro, si en la locura de Dios, que nos ha llamado siendo todos diferentes, hasta hacernos vivir como él con los apóstoles; o en nuestro pobre corazón, que se atreve, con audacia incomprensible, a amar así, al estilo misericordioso de Cristo.

El amor que crucifica[5] es el subsuelo y el centro de nuestra vida de cristianos. Jesús Eucaristía, que es el mismo Cristo del Gólgota, ocupa el centro de nuestras relaciones como discípulos y misioneros. Es el diario vivir en las pequeñas cosas de cada día por Cristo, con él y en él. Desde nuestro bautismo, el amor auténtico va tomando las riendas del corazón: lo concentra, le hace perder interés por personas y cosas que antes alimentaban las energías afectivas, se comienza a ver lo relativo de todo excepto Dios mismo, se comienza a amar en otra dimensión que impulsa a ser incondicionales para seguir a Jesús cargando la cruz. “¡Oh! ¡La Cruz de Cristo! –decía San Rafael Arnáiz Barón– ¿Qué más se puede decir? Yo no se rezar… no se lo que es ser bueno… no tengo espíritu religioso, pues estoy lleno de mundo… sólo sé una cosa, una cosa que llena mi alma de alegría a pesar de verme tan pobre en virtudes y tan rico en miserias… sólo sé que tengo un tesoro que por nada ni nadie cambiaría… mi cruz… La Cruz de Jesús”.

Unas veces el amor de cruz es desgarrador, con ansias que crecen en la ausencia del Amado. Otras veces la experiencia del amor es más atemática y no se focaliza tan claramente, pero produce frutos de desasimiento, de recogimiento, etcétera. 

El santo Cura de Ars, es un alma que entendió mucho de cruz y nos dice: "Se quiera o no, hay que sufrir. Hay quienes sufren como el buen ladrón y otros como el malo. Los dos sufrían paralelamente. Pero uno supo volver sus sufrimientos meritorios; el otro expiró en la desesperación más horrible. Hay dos maneras de sufrir: sufrir amando y sufrir sin amar. Los santos sufrían todo con paciencia, alegría y perseverancia, porque amaban. Nosotros sufriremos con cólera, pesar y cansancio, porque no amamos; si amásemos a Dios, estaríamos felices de poder sufrir por el amor de quien ha querido sufrir por nosotros".[6]

“Amemos la cruz, –dice la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento– sólo ella puede salvar el mundo. Y la cruz más exquisita, la que más santifica, es la que nos viene de parte de los amigos, de los que juzgábamos bienhechores, de los propios nuestros, porque tiene el poder de llegar al fondo del alma. ¿No pasó también él por la ingratitud?”.[7]

La contemplación y la vivencia del amor de Cristo crucificado, va cambiando la dispersión interior por un despliegue de amor unificado y totalizante en Cristo; va haciendo a un lado las gratificaciones para servir con libertad interior; va transformando la oscuridad de juicio por limpieza de conciencia. Cristo vive nuestra vida y nuestra historia en este contexto de amor como consorte (esposo) y protagonista, haciendo posible que cada uno se realice libremente en el camino del amor y de la donación a Dios y a los hermanos. Se hace encontradizo con cada uno para compartir la misma suerte. Cristo ha asumido nuestra vida «esponsalmente» y se ha entregado a la muerte de cruz por nuestra salvación. En Cristo, como Iglesia, formamos una sola familia, «una sola esposa». Por esto dice San Pablo a los cristianos de Corinto: "Los he desposado con un solo marido, presentándoos a Cristo como una virgen casta" (2Cor 11,2).

La vivencia del amor en el servicio desinteresado a los hermanos, sea cual sea su credo y su condición, hace a un lado cualquier clase de orgullo y de vanidad para que reine el desprendimiento y la misericordia. Con el amor misericordioso se acaba la tendencia fácil al desaliento y se fortalece la debilidad; se quitan las ansiedades posesivas y se vive en un gozoso agradecimiento que hace experimentar el amor de Dios y del prójimo en todo.

Hablando en plata limpia, la purificación del corazón se resume en el amor que crucifica y nos hace «uno con Él». Sólo un corazón enamorado de la Cruz es capaz de purificarse y ningún corazón alcanzará la purificación si no es en el amor de Dios. Dice san Juan de la Cruz: “Si en tu amor, ¡oh buen Jesús!, no suavizas el alma, siempre perseverará en su natural dureza”.[8] ¡Y no se trata de ir en busca del sufrimiento, o inventarse cruces en cualesquiera que sea nuestra vocación! Sino de acoger con ánimo nuevo el sufrimiento y la cruz que hay de por sí en la vida de cada bautizado. 

Podemos comportarnos con la cruz como la vela con el viento. Si lo toma por el lado adecuado, el viento la hincha e impulsa la barca por las olas; si en cambio la vela se atraviesa, el viento parte el mástil y vuelca todo. Bien tomada, la cruz nos conduce; mal tomada, nos aplasta. Dice la beata María Inés Teresa: “Quiero ser una verdadera esposa fiel, viviendo vida oculta en mi corazón Contigo y en la cruz; bien se Dios mío, que no bastan mis propósitos por sinceros y fuertes que sean, si tu gracia no los fecundiza y para que ésta no me falte, que mi oración sea sin interrupción”.[9]

Cada Domingo —si no es que diario— la comunidad de bautizados se congrega para celebrar la Eucaristía. Cada vez que participamos en la Santa Misa, plena, consciente y activamente, podemos decir con Cristo y con el sacerdote que celebra la Eucaristía: “Tomen y coman todos de él porque esto es mi cuerpo que será entregado por ustedes”. Podemos beber su cáliz y decir con él: “Tomen y beban todos de él, porque esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna derramada por ustedes y por muchos” Ese Cristo que ofrecemos, es el Crucificado, el pan de vida que dice: “Hagan esto en conmemoración mía ”. (Cf. 1 Cor 11,23-25). En la Eucaristía tenemos un encuentro íntimo con el que dio su vida por nuestra salvación y al verlo en la cruz junto a mí y junto a mis hermanos, “entonces aprendo a mirar a cada persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo”.[10]

Alfredo Delgado, M.C.I.U.
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[1] José Pedro Manglano Castellary, “Hablar con Jesús, orar con el cura de Ars”, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao 20045 p. 162
[2] Deus caritas est, n.12.
[3] Cf. N. Cabasilas, Vita in Cristo, VI, 2 (PG 150, 645)
[4] José Pedro Manglano Castellary, “Hablar con Jesús, orar con el cura de Ars”, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao 20045 p. 150.
[5] La Venerable Concepción Cabrera de Armida solía decir: “Amor que no crucifica, no es amor”.
[6] José Pedro Manglano Castellary, “Hablar con Jesús, orar con el cura de Ars”, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao 20045 p. 144.
[7] Carta de la beata que escribió desde Cuernavaca a sus hijas de Puebla el 26 de julio de 1951 confortándolas por los sucesos negativos que por la intervención de algunos eclesiásticos tuvieron lugar en aquella comunidad, e invitándolas a «no denigrar a nadie». Esta carta, por diversos mtivos, no la recibieron las hermanas. La copia se conserva en Roma, en el AgeMCSS. Fotocopia autenticada de la misma se encuentra en el AcacROM.
[8] San Juan de la Cruz, “Dichos de luz y amor”.
[9] Ejercicios Espirituales de 1933.
[10] DCe 18

miércoles, 18 de noviembre de 2015

PARA UNA BUENA CONFESIÓN...





“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso y su palabra no está en nosotros”, 1 Juan 1,9-10.





1. La Misericordia de Dios y el perdón de los pecados.

La misericordia de Dios, llega a ser algo casi incomprensible para el ser humano, porque todos pecamos una y otra vez, nos arrepentimos y luego volvemos a cometer las mismas faltas, provocamos el enojo de Dios y sin embargo él no deja de ser misericordioso con nosotros. La misericordia divina, es la perfección del Amor, tanto así, que Él envió a su propio Hijo al mundo, permitiendo su muerte en la cruz y de este modo expiar nuestros pecados. En su justicia Dios nos condena, pero en su misericordia Él mismo nos salva.

Para muchos de los católicos no es fácil ni agradable confesarse, porque reconocerse pecador frente a un sacerdote que es igual, un pecador, parece ser algo muy humillante. Sin embargo, después de la confesión todo mundo habla de una gran paz espiritual que  restituye la amistad con Dios, aumenta la gracia santificante, refuerza la fe, aumenta la fuerza para evitar cometer mas faltas, llena de vigor el alma para no caer en la tentación y compromete al hombre y a la mujer de fe a no ofender más a Dios.

Sin embargo, después de confesarse, muchas veces sucede que la persona no se siente segura si ha hecho una buena confesión, porque ocurre que cuando está frente al confesor, los nervios o el hecho de buscar reconocer las propias faltas sin olvidar ninguna, le traicionan, y se crea un estado de confusión o temor. Más de alguna vez pasa que hay gente que piensa que ciertas cosas no son faltas y no la dice o se justifica para luego quedarse con la duda. Confesarse, entonces, no es algo agradable para la mayoría, ya que hay que desnudar el alma, manifestando lo que, ordinariamente causa vergüenza.

Con todo, ese echar hacia afuera los motivos de los propios pesares resulta, una buena ayuda para sentirse liberado y perdonado, reconociendo que no se es nunca mejor que los demás. «Todos somos pecadores» ha dicho el Papa Francisco recientemente.

Para poder recibir el sacramento de la Reconciliación, se requiere una experiencia similar a la del Hijo Pródigo (Lc 15, 11-32), de manera que se experimente internamente el vacío que supone el verse alejado de Dios. Entendemos y sabemos, a través de la Sagrada Escritura, que es la confesión de cada pecado lo que hace posible y accesible el perdón de Dios. Pero sabemos que no es la confesión de pecados concretamente lo que hace que seamos perdonados. La confesión de pecados contiene en si misma un misterio, que sobrepasa todo aquello que suponemos. La confesión expone el pecado y su raíz, de esta forma recibe su sentencia de muerte cuando es confesado. Pero es la luz, la que elimina la culpa y la fuerza del pecado y no la confesión. La confesión la coloca en la luz.

La confesión expone al pecador junto con su pecado a la Luz de Dios para que los hombres vean, también muestra cómo es el hombre en su condición de pecador y cómo es Cristo en su condición de Salvador, pues confesando y viviendo de la paz que inmediatamente se experimenta al salir de la confesión, hace que las demás personas vean en el penitente la realidad de Dios, sin que la propia persona se de cuenta de eso. 

2. Condiciones para una buena confesión.

Desde hace muchísimo siglos, la Iglesia ha enseñado que para hacer una buena confesión se
requieren cinco condiciones:

2.1 Examen de conciencia. 
2.2 Dolor de los pecados. 
2.3 Confesión verbal. 
2.4 Propósito de enmienda. 
2.5 Cumplir la penitencia.

Veamos ahora cada una de ellas:

2.1 Examen de conciencia.

Así como un buen comerciante hace inventarios con frecuencia para saber cómo va el negocio, así el buen católico que piensa en su salvación, hace un «inventario» de su vida diaria, de su ser y quehacer, para ver hacia dónde se está dirigiendo su compromiso como cristiano. Esa es la razón por la que es tan importante examinar la conciencia, para así poder acusarnos de todos los pecados que realmente hayamos cometido. Claro que a la confesión sólo se llevan los pecados, pero es conveniente que reconozcamos no sólo lo malo, sino también las cosas positivas y buenas que hemos logrado en el Señor. Se deben emplear algunos minutos previos a la confesión para este punto, tratando de repasar tanto los mandamientos de Dios como los de la Iglesia, para descubrir aquello en lo que se ha fallado.

La beata madre María Inés, examinaba su conciencia de ordinario dos veces cada día. Ella escribe: “Estoy sí, grandemente arrepentida de todos mis pecados, porque con ellos he causado mucho pesar a nuestro Señor. Los borraré todos con la sangre de Jesús en el sacramento de la penitencia, y con su gracia y de la mano de María me propongo emprender en los caminos de la santificación, una carrera de gigante.” (Ejercicios Espirituales de 1936, f. 786).

2.2 Dolor de los pecados.

Si la misericordia de Dios es lo más importante, al acercarnos al confesor —pues sin ella no podríamos conseguir jamás la justificación de nuestras culpas— hay que buscarla con sincero arrepentimiento. A esto se le llama también "dolor de corazón", pues se supone que uno tiene que experimentar un vivo sentimiento de pena por haber ofendido al Señor, nuestro Dios, que sólo quiere lo bueno para nosotros. Este sentimiento no lo podemos confundir, en forma alguna, con lo que los sicólogos llaman «complejo de culpa», que es algo enfermizo, producto de una mente perturbada, y no la consecuencia de la confrontación entre nuestra miseria y la bondad y el amor de nuestro Padre.

Algunos, por querer curar esos complejos de culpa, han tratado de arrancar los legítimos sentimientos de dolor que debe experimentar un ser humano, cuando se da cuenta de que sus pecados ofenden a Dios y le ocasionan la pérdida de la eterna felicidad. Por eso nuestra sociedad adolece —como un grave mal— de falta de lo que llamaríamos «conciencia de pecado», que es mucho peor que los complejos de culpa, porque éstos últimos pueden causar muchos problemas durante la vida presente, pero lo otro nos conducen a una ruina total y definitiva.

El dolor de los pecados debe brotar cuando descubrimos cómo Dios nos ama y lo que ha hecho para nuestra eterna salvación: enviar a su propio Hijo, para que cargando sobre sus hombros nuestros pecados, pagara la deuda que a nosotros correspondía y que, de ninguna manera, podíamos saldar.

Sobre este tema del dolor de los pecados, la beata madre María Inés Teresa nos dice: “Pongamos mucho empeño en evitar la menor falta deliberada, pero aun cuando hayamos cometido alguna falta, corramos a sus brazos, confesémosle nuestra miseria llenos de paz, pidámosle perdón y esperemos su beso de reconciliación”. (Carta colectiva del 24 de abril de 1953 en altamar).

2.3 Confesión verbal.

Esto es, quizás, lo que mucha gente encuentra más difícil, por cuanto supone manifestar lo que hemos hecho de malo. Pero, ¡qué bien nos sentimos cuando, habiendo limpiado nuestra alma, sabemos que Dios nos ha perdonado! El sacerdote, ciertamente, es un ser humano igual que todos, con la misma condición pecadora, lo que, en realidad, es una ventaja, ya que puede comprender nuestros errores y entender nuestros fallos. El sacerdote es un hombre que vive en el mundo sin ser del mundo, y él nos puede ayudar a vencer la «mundanidad» que quiere adueñarse del corazón.

Por otro lado, la Iglesia ha rodeado de tanto respeto este sacramento, que la persona que va a confesarse puede estar segura de que, en todo momento, su privacidad quedará a salvo, ya que uno puede escoger entre confesarse cara a cara o en el anonimato detrás de una rejilla. En todos los casos el sacerdote está obligado, bajo severísimas penas espirituales, a guardar absoluto sigilo de lo que ha oído. Se ha sabido de algunos sacerdotes, como san Juan Nepomuceno, que han padecido incluso la muerte por guardar el secreto sacramental.

El sacerdote, en el sacramento de la Reconciliación, no es un juez, sino un representante de Jesucristo, que mostró siempre una gran misericordia para con los pecadores. Por eso nadie puede temer que el confesor vaya a condenarlo, ni tan siquiera abochornarlo por los pecados, sino animarlo a que no vuelva a cometerlos.

Una buena confesión exige que uno diga todos los pecados cometidos desde la última vez que recibió este sacramento, a ser posible señalando el número de veces y las circunstancias que cambian su gravedad. Por ejemplo, una persona casada tendrá que aclarar su condición, pues esto cambiaría un pecado carnal en adulterio. Un sacerdote deberá decir que lo es y un religioso deberá presentarse como tal.

A nadie se le pide, desde luego, que haga una descripción detallada de sus pecados, ya que esto no es necesario, a no ser que el confesor, en algún caso especial, lo crea conveniente para aconsejar mejor al penitente. Aquel que, conscientemente, omitiera algún pecado grave, no sólo no quedaría perdonado, sino que cometería un sacrilegio.

Dice la beata madre María Inés: “Nuestro Señor olvida para siempre, como si jamás se hubiesen cometido, todas las faltas de las que nos hemos arrepentido”. (Ejercicios Espirituales de 1962).

2.4 Propósito de enmienda.

Es consecuencia lógica de un arrepentimiento sincero el que uno se proponga no volver a pecar. Sabemos, sin embargo, que ningún sacramento nos hace impecables, y que, pese a todo, seguiremos conservando nuestra condición pecadora durante toda nuestra vida. El propósito de enmienda supone un sincero deseo de no pecar, pero no la seguridad de que uno nunca más va a recaer en el pecado, ya que hemos de contar con nuestras limitaciones.

El propósito de enmienda supone la intención de luchar por vencer el mal, incluyendo la huida de las ocasiones de pecado. También conlleva poner todos los medios para ir superando las caídas, sobre todo los espirituales, como la oración, la práctica de los sacramente, los actos de penitencia y las acciones de amor y servicio al prójimo.

Hay pecados que logran arraigarse en uno, produciendo un hábito vicioso. Estos son muchas veces el producto de una compulsión, lo que hace más difícil vencerlos. Cuando esto ocurre no hay por qué alejarse de los sacramentos ni sentirse avergonzado de confesar siempre lo mismo. Lo que no puede faltar es el deseo de lucha, contando siempre con la ayuda del Señor.

La beata madre María Inés Teresa, en sus meditaciones escribe esto que mucho nos puede ayudar: “¡Oh belleza de la nieve blanca y pura, cómo te pareces a la belleza del alma en gracia; a la belleza del alma, rehabilitada por la sincera confesión, adquiere nuevamente su blancura perdida! Y si tanto nos encanta ese sublime espectáculo de la naturaleza, ¿qué no será el de un alma pura hecha a imagen y semejanza de Dios, y destinada a amarles eternamente en el cielo?” (Blancura de nieve).

2.5 Cumplir la penitencia. 

Hace muchos años la penitencia que se imponía a los pecadores públicos era sumamente severa. Esto fue cambiando poco a poco. Hoy en día, aunque la penitencia es más suave, el sentido es el mismo: demostrar nuestro sincero arrepentimiento mientras se ofrece una satisfacción por las culpas cometidas. Sabemos que el perdón es un don generoso y gratuito de Dios, pero con la penitencia tratamos de agradar a Dios, ofreciéndole el pequeño regalo de lo que hacemos, mostrándole así nuestro agradecimiento. Por eso todos debemos hacer penitencia, no solamente la que vaya marcando el confesor. Esta penitencia queda a juicio del confesor, que es quien la impone. Unos sacerdotes prefieren oraciones u obras buenas y otros dejan al criterio del penitente aquello que puedan hacer para cumplir esta obligación.

La beata madre María Inés apunta algo importante al respecto cuando dice: “Procuraré no dejar sin confesar ningún pecado venial, haciendo de él verdaderos actos de penitencia, para que quede todo saldado”. (Ejercicios Espirituales de 1943).

3. Cuestiones importantes en torno al sacramento de la Reconciliación.

Hemos visto, hasta ahora, las condiciones que, tradicionalmente, se han requerido para hacer una buena confesión, sin embargo, no podemos olvidar una que es, posiblemente, de las más importantes, puesto que fue impuesta por el propio Jesús.

Cristo nos enseña a orar de esta manera: "Padre... perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden..." (Mt 6,12), y a continuación añade: "Porque si ustedes perdonan a los demás sus culpas, también su Padre celestial los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco su Padre perdonará las culpas de ustedes" (Mt 6, 14-15). No dudemos, pues, que ésta es una condición indispensable si queremos ser perdonados.

Por eso, si vamos a la confesión con espíritu de venganza o negando el perdón a otros que nos han ofendido, tendríamos que posponer la búsqueda de la absolución hasta que estemos dispuestos a perdonar de corazón a las personas a las que guardamos rencor por lo que nos han hecho. Esto es, sin lugar a dudas, la condición más difícil. Por eso debemos pedir la fuerza del Espíritu Santo para entender que lo que otros nos deben no es nada en comparación a la deuda que tenemos con Dios. (Ver Mt 18, 21-35). Perdonemos, pues, de corazón, y seremos perdonados.

4. Hacer un buen examen de conciencia

Para hacer un examen de conciencia profundo y completo, debemos analizar nuestra vida y abrir nuestro corazón sin engaños. Se pueden seguir estos pasos que algunos recomiendan:

4.1 Invocación al Espíritu Santo. Llamar al Espíritu Santo para que nos ilumine y nos haga ver nuestra vida desde los ojos de Dios.

4.2 Acto de presencia de Dios. Hacer un esfuerzo para darnos cuenta de que Dios está presente en nuestra vida atento a nuestras intenciones, a nuestros deseos, a nuestras necesidades.

4.3 Acción de gracias. Recordar todos los beneficios que hemos recibido de Dios, especialmente los más cercanos y los más íntimos. Al recordar estos beneficios, brotará naturalmente dentro de nosotros el agradecimiento a Dios.

4.4 Análisis del cumplimiento de la voluntad de Dios. Llevar a cabo un examen de cómo hemos vivido desde la última confesión la voluntad de Dios. Debemos ver los aspectos positivos y negativos, examinar actitudes internas y poner mucha atención a las relaciones con Dios y con los demás. Para esto, puede resultar útil tener un cuestionario, que nos ayude a llegar a esos rincones íntimos de la conciencia que nos pueden pasar desapercibidos:

4.4.1 Analizar nuestras actitudes, acciones u omisiones hacia Dios:

¿Creo verdaderamente en Dios o confío más en brujerías, amuletos, supersticiones, horóscopos o “energías”?
¿Amo a Dios sobre todas las cosas o amo más a las cosas materiales?
¿Voy a Misa los domingos y fiestas de guardar y trato de descansar ese día para dedicarlo a Dios?
¿Me confieso y comulgo con frecuencia?
¿Hago oración, entendida como un diálogo de amistad con Dios?
¿He usado el nombre de Dios sin respeto? ¿Pido ayuda a la Virgen y al Espíritu Santo? ¿Defiendo a la Iglesia y a sus representantes?

4.4.2 Analizar mi actitud y mis acciones u omisiones hacia los demás:

¿Trato bien a mi familia?
¿Busco hacerlos felices o que se haga lo que yo digo?
¿Los respeto o los maltrato?
¿Trato bien a los demás?
¿Soy justo con todos?
¿Ayudo a los necesitados?
¿He matado, robado o mentido?
¿He hecho daño a alguien?
¿Acostumbro hablar mal o pensar mal de los demás?

4.4.3 Analizar mi actitud y mis acciones u omisiones hacia mí mismo:

¿Lucho por ser mejor cada día de acuerdo a mi vocación y condición de vida?
¿He controlado mi carácter?
¿He respetado mi cuerpo y el de los demás? ¿He alejado de mi mente los malos pensamientos?
¿He sido fiel en mi matrimonio?
¿Siento envidia de los demás, por lo que son o lo que tienen?

4.5 Petición de perdón: Ya que revisamos nuestra vida, hay que comparar la propia conducta y nuestras actitudes con los beneficios que hemos recibido de Dios. Entonces caemos en la cuenta de que nuestra respuesta al amor de Dios es muy pobre y que no hemos llegado a lo que Dios nos pide. Por eso, le pedimos perdón llenos de confianza, pues sabemos que Él nos perdonará. Dios siempre acoge gustoso nuestras buenas intenciones.

4.6 Propósito de enmienda: Debemos poner los medios para mejorar y acercarnos más al plan de Dios sobre nuestra vida. El propósito es algo concreto que nos ayuda a mejorar en aquello donde hemos visto que fallamos más.

4.7 Petición de fuerzas: Ya que formulamos un propósito de enmienda, debemos volver nuestra mirada a Dios y con mucha confianza pedirle que nos ayude a mejorar pues somos débiles, no podremos avanzar en el camino hacia Dios, hacia la santidad, si Él no nos ayuda.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.