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lunes, 15 de octubre de 2012

ROGELIO CABRERA LÓPEZ... Conozcamos un poco al nuevo arzobispo de Monterrey

El Santo Padre Benedicto XVI nombró hace unos días a monseñor Rogelio Cabrera López como nuevo arzobispo de Monterrey, una sede episcopal con más de siete millones de habitantes, seis millones de católicos, 550 sacerdotes y más de mil religiosos. El nombramiento se hizo público el miércoles 3 de octubre.

Monseñor Cabrera nació el 24 de enero de 1951 en Santa Catalina, en el estado de Guanajuato hace 61 años. recibió su formción inicial en el seminario de Querétaro (1961-1969). Fue ordenado sacerdote en la Parroquia de Santa Catarina, Guanajuato, el 17 de noviembre de 1978. Estudió teología en la Universidad Gregoriana de Roma, y Sagradas Escrituras en el Instituto Bíblicode Roma (1979-1981). Es originario de Guanajuato y además del español y de las lenguas clásicas, habla inglés, italiano y francés.

Después de ordenado sacerdote ocupó algunos cargos y parroquias en la diócesis de Querétaro. Su Santidad Juan Pablo II lo nombró Obispo de Tacámbaro el 29 de abril de 1996 y fue consagrado Obispo el 30 de mayo de 1996. En 2001 fue nombrado obispo de Tapachula. El 25 de noviembre de 2006. Como consecuencia de la creación de la Provincia Eclesiástica de Chiapas, con elevación de Tuxtla Gutiérrez al nivel de sede metropolitana Su Santidad Benedicto XVI lo nombró primer arzobispo de Tuxtla Gutiérrez. Actualmente es vicepresidente de la Conferencia Episcopal Mexicana para el trienio 2009-2012 que termina en noviembre próximo.

Monseñor Rogelio Cabrera López tomará posesión como arzobispo de Monterrey el 5 de diciembre próximo y sucederá como pastor de la Arquidiócesis de Monterrey al cardenal Francisco Robles Ortega, quien en diciembre de 2011 tuvo la designación papal como nuevo arzobispo de Guadalajara para suceder al cardenal Juan Sandoval Íñiguez.

Que nuestra Señora del Roble, Patrona de esta querida Arquidiócesis de Monterrey, ilumine su ministerio y lo haga muy fecundo para el bien de esta Iglesia Arquidiocesana y de la Iglesia Universal.

viernes, 30 de septiembre de 2011

¡Qué reine el Dios de la Vida!... Defensa la vida desde su concepción...

"Para la Iglesia Católica, la defensa de la vida desde el seno materno no emerge de una postura dogmática ni de un afán por imponer sus propias ideas, sino de la certeza que la ciencia moderna nos brinda y de la convicción ética de su responsabilidad de salvaguardar la vida humana en cualquier etapa de su desarrollo, como base y fundamento de la convivencia social" afirmó el Cardenal Norberto Rivera, en el marco del día —29 de septiembre, en que se festejan los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael— en el que la Corte Suprema de la Nación no alcanzó la mayoría legal de votos para derribar las reformas constitucionales que blindaron la vida ante el aborto en México.

Ahora que se ha manifestado en pleno, el respeto por la vida, quiero, mediante este artículo, manifestar mi punto de vista y compartirlo con todos ustedes, mis queridos lectores, que aman la vida. El aborto — es evidente — es un asesinato. Porque todos sabemos que desde el momento de la concepción ya hay vida. La vida no pude iniciar de otra manera, (incluso tantos descubrimientos científicos actuales como la fecundación in vitro requieren de un óvulo y un espermatozoide). ¿De qué otra manera podremos llamar a la acción de interrumpir la vida, si nos es con la palabra «asesinato»?

Por pequeño e insignificante que parezca aquel ser que vive dentro de otro sus 9 primeros meses de vida, ha sido creado por Dios como ser humano, y es claro que «tiene vida». San Pablo, en una de sus múltiples enseñanzas, nos dice: «Este Dios que honran sin conocerlo -les decía-, éste les vengo yo a anunciar. Dios, que ha hecho el mundo y cuanto en él hay, es el Señor de cielo y tierra y no habita en templos que las manos del hombre edificaron, ni recibe honor con las obras de esas manos, como si necesitara de alguna cosa, ya que a todos da la vida, la respiración y todas las cosas... Los hombres deben buscar a Dios y esforzarse por tocarle con sus manos, pues no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en Él tenemos vida, movimiento y ser; y, como algunos de sus poetas dijeron somos raza de Dios. Si, pues, somos raza de Dios, no debemos creer que sea la divinidad semejante al oro o a la plata» (Hech 17,23-29).

El Beato Juan Pablo II, en la visita que hizo a México en 1999 decía: ”El progreso actual, sin parangón en el pasado, debe permitir a todos los seres humanos asegurar su dignidad y ofrecerles mayor conciencia de la grandeza de su propio destino. Pero, al mismo tiempo, expone al hombre -tanto al más poderoso como al más frágil social y políticamente- al peligro de convertirse en un número o en un puro factor económico (Cfr. Centésimus annus 49). En esta hipótesis, el ser humano podría perder progresivamente la conciencia de su valor trascendente. Esta conciencia -unas veces clara y otras implícita- es la que hace al hombre distinto de todos los demás seres de la naturaleza”. (JUAN PABLO II, “Encuentro con el cuerpo diplomático”, México, 23 de enero de 1999). Pienso, en definitiva, que todo este asunto de buscar la legalización del aborto, responde a esa visión torpe y cerrada que busca convertir al ser humano en «un número o en un puro factor económico» y que hace que se pierda todo valor trascendente. Basta ver lo que una inmensa masa de nuestra sociedad de «creyentes» ha hecho con los valores.

En medio de todo esto, que nos permite contemplar a los que creemos en Dios el don de la creación y reafirmar nuestro amor a la vida, podemos pensar: Dios me da la vida, la respiración y todas las cosas. Vivo en Él. Yo soy de Dios (Cf. Sal 72,28). Sí, todo este mundo maravilloso y variado de la gracia en las almas es creación de Dios: todo hombre, toda mujer, es obra de sus manos. San Juan nos dice que hemos nacido de Dios (Jn 1,13). ¡Qué cerca está Dios de todas sus criaturas, presente en todo, sabiéndolo todo! (Sal 138,5ss). Le pertenezco a Dios, me ha creado, me ha llamado a la existencia, me ha creado a su imagen y semejanza. ¡Tuvimos el regalo de nacer!

Las criaturas, esencialmente, no son otra cosa que pensamientos, imágenes, ejemplos vivientes de la bondad creadora de Dios. Existen en cuanto Dios quiere y opera; y su existencia, su esencia y acción son como imágenes o reflejos de su bondad y de su hermosura desde su concepción. Se las podría comparar, bien entendido, a rayos que emanan de Dios como de su propio sol. Y a la manera que los rayos nunca se separan del sol, las criaturas, desde que empiezan a existir, nunca se separan de su Dios. Existen por Dios, con Dios y en Dios. Ningún ser reposa en el seno de su origen como el ser humano reposa en el seno de su Creador, porque está concebido a su imagen y semejanza. Y está en Dios por su pasado, por su presente y su porvenir. El ser humano pertenece a Dios como causa de su origen (causa exemplaris), como a causa de su existencia (causa efficiens) y como a causa de su felicidad (causa finalis).

La finalidad de la creación, según san Pablo en la Carta a los Efesios, cuando dice: «Por cuanto que en Él nos eligió antes de la constitución del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante Él en el amor, y nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad» (Ef 1,4-5), evidencia nuestra llamada a ser hijos en el Hijo y a ser santos desde que nos eligió para vivir. Esta idea central nos permite comprender el misterio de la creación del hombre (El relato de la creación del hombre está en Gen 1,26-2,3). El hombre fue creado «a imagen y semejanza de Dios». ¡Esto no se dice de ninguna otra criatura! Es más, en el relato de la creación, luego de crear los seres y las cosas, el escritor sagrado dice: «y vio Dios que era bueno», pero, cuando se trata de la creación del hombre, nos dice: «y vio Dios que era muy bueno». Esto es una señal de que en el hombre la creación había alcanzado su cumplimiento. ''La gloria de Dios es el hombre viviente" decía San Ireneo (Adv. Haer., lib. IV 20,7,184). La belleza del salmo 8, entre otros salmos, relatos y pasajes bíblicos del Antiguo Testamento nos habla de ello.

Esa vida humana no es sólo la de una realidad de un animal racional, sino un «misterio» en todas sus fases, un don de Dios, un reflejo de la vida divina creado a "imagen" del mismo Dios (cfr. Gen 1,26-27). El ser humano ha sido «coronado de gloria y esplendor», canta el salmista en el salmo 86. El valor de la vida, presente dese la concepción de un nuevo ser, se mide por su trascendencia, pero es ya valor en sí mismo. "La gloria de Dios es el hombre viviente y la vida del hombre es la visión de Dios" (San Ireneo, Adv. Haer., lib. IV 20,7,184). El fin último de la vida humana está en Dios. La espera de la vida eterna estimula «la preocupación de perfeccionar esta tierra» (GS 39).Por esta tensión hacia el más allá, la vida humana, desde que empieza a existir en el seno materno trasciende la muerte.

En medio de toda esta controversia que ha surgido en nuestro país y en la que, finalmente —por lo menos hasta ahora— ha vencido el bien y el amor a la vida, y con la que se animan más nuestros corazones para seguir buscando la recuperación de la paz nacional en la confianza y en la solidaridad, nosotros, los que creemos y confiamos en el amor de Dios, podemos defender la paternidad de Dios y el valor de la vida. ¿No es acaso nuestro Padre en el orden natural y en orden sobrenatural? ¡Es el Padre que pensó en mí y me trajo a este mundo! Este es el misterio de la creación: por un lado pobreza, indigencia, debilidad, nada; por otro, lo grande, lo sublime, lo divino. “Tenemos que estar convencidos de que Dios es nuestro Padre y que nos ama. Y por tanto hemos de ser consecuentes con este amor sin límites que nos tiene.” (Matilde Núñez, “Ejercicios Espirituales Inesianos”, Manuscrito, Roma 1995, p. 12). Dios hizo en el hombre una criatura a su imagen y semejanza, de tal manera que si el hombre prescinde de Dios para hablar de la vida y prescinde del amor a la vida para hablar de los «derechos de la vida», no puede comprenderse en absoluto y entonces la defensa de la legalidad del aborto resulta contradictoria en sí misma. Prescindir de del amor a la vida para defender derechos significaría negarse, suicidarse moralmente. "Creación, evolución, historia..., todo es un libro abierto que habla de «Alguien»" (Juan Esquerda Bifet, "El Padre os ama", editorial O.M.P.E., México 1998, p. 15).

De la naturaleza del hombre, que es criatura, puede deducirse, en general, su concepción, su destino y su fin. Su primer deber, su solo y completo deber, es reconocer a Dios como su Criador y Padre, y reconocerse a sí mismo como criatura de Dios que no se pertenece a sí mismo. De manera que «interrumpir un embarazo» es acabar con algo, o mejor dicho «alguien» que ya tiene vida, aunque sea dentro de su propia madre o de una madre en alquiler como se estila ahora para algunos excéntricos que «poco» o «casi nada» entienden del valor de la vida como don.

En todo momento los hombres y mujeres de fe podemos dar gracias a Dios y reconocer aún en medio de las tinieblas y contradicciones de la vida, la bondad con que Dios nos ama —aún en una situación dolorosa tan concreta como ésta—. Yo sé que hay maldad en el mundo, no lo niego ni me ciego ante ello. Y pienso también en tantas situaciones difíciles para algunas mujeres, que, por alguna situación sumamente dolorosa, han quedado embarazadas sin desearlo o si quiera imaginarlo, pero como creyentes tenemos que estar convencidos de una cosa: ¡Dios no abandona! y ejemplos vivos hemos visto muchos, de lejos y de cerca y además, hemos palpado la felicidad de aquellas vidas a las que se les dio la oportunidad de vivir.

En uno de sus escritos más hermosos, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribió: “Más que dulce es pensar que soy de Dios, que de Él salí y que a Él debo volver. Que desde toda la eternidad Él me tiene en su mente, que soy: Un pensamiento de Dios, un deseo de Dios, un latido de su corazón”. (“Ejercicios Espirituales”, 1941).

Luego de leer este pensamiento, creo que uno queda totalmente convencido de que el embrión humano, desde su concepción humana, y aún desde que está en el seno de Dios, tiene ya la programación de toda su vida posterior. La misma Madre María Inés en una carta que dirige a una religiosa y en el que toca el tema de la vida le dice: “... cuando fuimos concebidos éramos una cosita insignificante, casi imperceptible, pero llegó del cielo el alma infundida por Dios en ese incipientísimo embrión, y nos fuimos desarrollando tan paulatinamente que, ni nuestra mamá se daba cuenta de ello, hasta que pasados más o menos unos dos meses, empezó a sentir que un ser se movía en su seno. ¡Qué maravillosa es la creación del ser humano!”. (Carta personal, 22 de junio de 1973).

Así, en nuestra reflexión, surge una serie de preguntas que valdría la pena compartir en torno a este debate: ¿No nos convendrá pensar en Dios, que piensa en nosotros continuamente?, ¿no nos convendrá consagrar a su agradecimiento y amor una vida y unas facultades que, continuamente, estamos recibiendo de Él desde que estábamos en el seno materno?, ¿no nos convendrá que, con nuestros pensamientos, seamos siempre de Él, ya que siempre hemos estado en Él por virtud de nuestra existencia física desde la concepción?, ¿no nos convendrá amar a un Dios que nos ama tanto que nos ha creado por puro amor y ha pensado siempre en nosotros?, ¿no nos convendrá morar en Él de corazón, ya que es nuestra más antigua morada, nuestra morada verdadera?

Si siempre estuviéramos ocupados en alabar, en reverenciar, y en servir a Dios, con lo que somos y hacemos, no haríamos nada de más ni de menos. Dice san Pablo: «Para nosotros no hay mas que un Dios y Padre, de quien todo procede y para quien somos nosotros» (1 Cor 8,6). Si somos criaturas, debemos dejarnos llevar por la Providencia amorosa de Dios, ese Padre bueno y cariñoso que pensó en mí, ese Hijo admirable que dio su vida para salvarme, ese Espíritu de Amor que vive en mí. Si nos vemos siempre como criaturas de Dios, si siempre le servimos, entonces la verdad está con nosotros; lo demás es mentira y desorden evidente.

La vida debe ser defendida y por supuesto «amada», porque solamente así nuestra sociedad será lo que debe ser. Ese es el verdadero problema, no el nacimiento de los niños, no la concepción de nuevos seres, sino el mundo que vienen a encontrar, el espacio que les damos para crecer, el entorno de «amor» o «desamor» que les podemos ofrecer. Decía el santo Cura de Ars: “Dios nos ama más que el padre más bueno y la madre más tierna... Si supiéramos lo que Dios nos quiere, nos moriríamos de felicidad”. Meditar bien en esta verdad, de que somos criaturas de Dios y le pertenecemos, es echar sólidos fundamentos de humildad, hacernos fáciles y naturales en la oración y el trato con Dios, hacernos inseparables de Dios y allanar el camino que conduce a la perfección, porque este es el fundamento de la santidad. El santo más grande será aquel que deduzca todas las conclusiones de esta verdad —a saber, que es criatura de Dios—, y haga de ella la completa y sola regla de su vida. Con razón decía san Agustín: “Dios es Amor y lo es en todo. Esta verdad, si se cree enteramente, consigue transformar nuestra vida”.

El Papa Benedicto XVI dice: “La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces «vivimos»” (Spes Salvi 27). ¡Cuánto amor a la vida le falta a toda esa gente que anda metida en esos líos! El misterio del Padre Dios impregna con su luz y calor toda la vida humana, el Padre se hace encontradizo con sus hijos en Jesucristo, en la presencia materna de María, en los acontecimientos, en fin, recorre toda nuestra vida, es la Providencia de Dios que se hace misericordia para salir a nuestro encuentro.

En un pueblito de Jalisco, en México, llamado "San Isidro", me acercó en una ocasión un viejecito, sentado en una banca ede la plaza del pueblito, y me dijo que quería confesarse, porque luego de ver pasar a Jesús en la Eucaristía, en una procesión que hicimos, sintió que Dios le llamaba a convertirse. Tenía muchos años sin acercarse a recibirlo, ¡más de cuarenta! Me dijo con lágrimas en los ojos: "sé que Dios me sigue esperando y no lo voy a dejar con los brazos abiertos, me hizo para él, lo quiero tener dentro de mí y morir en paz".

Aprovechemos toda esta situación para meditar, invitemos a la Virgen María a que nos acompañe en el deseo de la defensa de la vida, ella, la criatura más pura, nos alentará. Ella nos muestra el rostro materno y misericordioso de Dios, oncibiendo en su seno al Salvador y dando a luz a su Hijo Unigénito envolviéndolo en pobres pañales. ¡Aquel pequeño niño, que vino al mundo en una situación humanamente tan adversa, es el Salvador del mundo! ¡Es el Dios de la Vida!

Quisiera terminar ete artículo, reflexión, o como se le quiera llamar, con unas palabras del Santo Padre en su encíclica Spes Salvi que dicen: “La vida humana es un camino. ¿Hacia qué meta? ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su «Sí» abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)” (Spes Salvi 49).

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

martes, 31 de mayo de 2011

La visitación de María, Madre Inés y la abnegación. (San Lucas 1,39-56).

Hoy se termina el mes de mayo que hemos dedicado a María y celebramos la fiesta de la Visitación de María a su parienta Isabel.

En un carta colectiva, escrita en Tierra Santa (9 octubre 1958), la Madre María Inés describe sus impresiones personales de la visita a Ain Karim (donde, según la tradición, tuvo lugar la escena de la visitación y del Magníficat): "Me imaginaba ver llegar allí a la dulcísima María, llena de gracia, de amor y santidad, dispuesta a servir, a entregarse, para ayudar a su prima necesitada; parece que veía el abrazo cariñoso que las dos se daban, y que experimentaba la alegría del niño que venía, el cual quedó ya santificado en el seno de su madre... Después tomamos un poco de agua de un pozo, la cual manó cuando, a las palabras de María, Isabel comprendió a quién tenía ante sí, sintiéndose indigna de tanta dicha. Es muy devoto ese santuario; me gustó mucho... allí nació el Precursor" (Colectivas, 9 octubre 1958, I, pp.248-249).

Al describir esta escena evangélica de la visitación de María a su parienta Isabel, Madre Inés deja constancia de la actitud humilde, caritativa y contemplativa de la Santísima Virgen, que, con abnegación, parte hasta las montañas de Judea a visitar a su familiar que sabe está necesitada. El "Magníficat" resume "la experiencia personal de María", escribió el Beato Juan Pablo II en la Redemptoris Mater (RMa 36), porque, como dice Madre Inés, es un "cántico de humildad agradecida" (Estudios, Estudio sobre la Regla y el Evangelio, p.215, fol.648).

María es la Virgen de la abnegación, porque es la Virgen que ama, que actualiza en su vida aquellas formas de expresar el amor que Jesús presentó a sus discípulos, como clave de su seguimiento… “quien quiera venir en pos de mí tome su cruz…”, por eso se encaminó «presurosa» a servir no solamente a Isabel sino a todo aquel que fuera «el prójimo», como sucedió en las Bodas de Caná. La abnegación no tiene sentido ni razón de ser en el hombre, ni ejerce ningún atractivo sobre la naturaleza, inclinada a concederse todas las satisfacciones posibles si no es vivida a la luz de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos y con la fuerza que brota de su encarnación, la abnegación se convierte en un camino necesario de santidad y de eficacia apostólica. Por eso María es la primera que la vive con premura. La abnegación es una virtud. «Abnegación» es una de esas palabras tan poco entendida y tan poco practicada, pero fue una de la palabras favoritas en la vida y mensaje del Señor Jesús. 

María, la Virgen de la abnegación, es la que puede ir mostrando al creyente auténticos caminos para vivir esa virtud en los pequeños detalles de cada día que son caminos de amor, un amor que la lleva a ella y nos lleva a todos a cooperar con Jesús y como Jesús a la expansión del Reino.

María nos indica el camino de la aceptación propia. Ella fue la sencilla mujer de Nazaret… Sólo un nombre y una aldea la definen... no hay más. Y Ella no aspira a más, aún sabiendo que la Madre del Mesías quizás tendría que ser de estirpe real, según las certezas judías… Al sentirse hechura de Dios se gusta así. Así la había querido Dios… Ella no desea grandezas que superen su capacidad y por eso dice: “Me llamarán bienaventurada todas las generaciones”.

La vida cristiana está llamada a ser un "Magníficat" permanente, que prepare la alabanza eterna en el cielo. Madre Inés asume esta actitud mariana de dimensión trinitaria, con esta oración: "¡Llévanos Jesús, al Padre. Que tu Evangelio meditado, comprendido, amado, practicado por ti y en ti, nos lleve al Padre celestial, a cantar el eterno magníficat de gloria y alabanza a la beatísima Trinidad!" (Ejercicios 1950, p.480, fol.906).

En la escena de la visitación, donde resonó el himno evangélico, Madre Inés encuentra abundante materia para imitar a María en cuanto a la abnegación y vivir, con y como ella, imitando los sentimientos del Señor que pasó por el mundo haciendo el bien y nos pidió llevar la cruz de cada día. Al explicar la visitación, ella llama a la Santísima Virgen "la contemplativa María". Subraya su humildad, su abnegación, su caridad y su espíritu contemplativo: "María, la contemplativa por excelencia... cuando todo la convidaba al retiro y a la oración silenciosa; ella la humilde María, la siempre recogida María, se «dirige presurosa a las montañas de Judea, a una ciudad de la tribu de Judá; y habiendo entrado en la casa de Zacarías, saludó a Isabel». ¿Qué iba a hacer la virgen pura, la llena de gracia... la contemplativa María? Iba a cumplir un deber de caridad" (Estudios, Sobre los santos evangelios, p.213, fol.646). Mucha gente se cruzaría con la Virgen en su largo de su viaje. Muchos no le prestarían especial atención. Otros quizá percibirían un no sé qué en el rostro, en el gesto, en la actitud, en el porte, un destello de encanto, de paz, de alegría que no sabrían explicar. El Cielo pasaba cerca.

No son cosas de poca monta lo que María fue a hacer a la casa de Isabel en esos tres meses, aunque fueron pequeños servicios. Dice Etienn Brot en uno de sus libros, que «Este episodio es uno de los más célebres y apreciados del Evangelio» (Lc 1, 39-56). 

En la visitación y en el "Magníficat" se aprecia con claridad que la vida de caridad y de misión se postulan mutuamente: "La contemplativa María, la Madre del Verbo de Dios, abandona su reposo, su soledad, el éxtasis dulcísimo de su Bien Amado, para prestar sus servicios y para santificar al precursor" (Estudios, p.215, fol.648). Así como los servicios humildes de María tuvieron su influjo en Juan Bautista, de modo semejante la conversión de muchos no cristianos será debida "a los misioneros y misioneras que por ellos oran, sufren y se abniegan" (ibídem). 

María se sabe «toda de Dios». La abnegación ante todo, se puede vivir cuando se es consciente de esto: «saberse de Dios». 

Quisiera compartir con ustedes, en este día, una oración mariana de un autor desconocido que me encontré hace poco :

María, aceptas a todos, acoges a todos, desde los pastores que van a adorar al Niño, hasta los «hermanos» de Jesús, esos hijos tuyos tozudos, ciegos, desagradecidos, que no le entendían a Jesús, que le dejan solo, que se escapan… Esos hijos que recoges a tu alrededor la mañana del sábado santo, derrochando sobre ellos ternura, alentando su esperanza. Indícanos el camino de la aceptación a los demás.

María, en Caná estás atenta… Con intuición de mujer, en una mirada de conjunto caes en la cuenta de lo esencial del momento, de lo más importante, la falta del vino, y tu caer en la cuenta provoca el milagro de Jesús. Indícanos el camino del caer en la cuenta… que supone olvido propio, atención a los demás, vivir el momento presente a tope…

María, ves marchar al Hijo y sabes asumir la soledad. Sabes que nada es tuyo, que tu Hijo no te pertenece, que tu Hijo pertenece al Padre y al plan que tiene sobre Él. Indícanos el camino del desprendimiento… Ayúdanos a vivir el desprendimiento…

María, Virgen de la abnegación, porque eres Virgen del AMOR, llévanos de tu mano para que a tu lado aprendamos a vivir nuestro compromiso, movidos por el Amor y nada más que por el amor.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

jueves, 26 de mayo de 2011

¿Dónde está tu hermano? Crisis económica, crisis de valores y crisis de fe...

Hay un hecho que preocupa a mucha gente de hoy lo mismo que preocupó a mucha gente de los tiempos del Antiguo Testamento: me refiero al triunfo del cínico y corrupto y el fracaso del pobre y del que busca hacer el bien. Durante mucho tiempo, el pueblo de Dios creyó que eran buenos los que triunfaban en su vida familiar, profesional y social; mientras que el dolor, la enfermedad y la pobreza eran signos de maldad. Según esta concepción de algunos libros del Antiguo Testamento, Dios premiaba a los buenos y castigaba a los malos ya en esta vida.

Esto les provocó en muchos creyentes un conflicto para su fe en Dios. Porque si los éxitos son signo de que uno es bueno y los fracasos de que es malo, ¿cómo explicar que los malvados triunfen mientras que el justo está destinado a sufrir? El salmo setenta y tres expresa con toda crudeza esta desazón, cuando el orante se encara así con Dios: «Envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados. Para ellos no hay sinsabores, están sanos y orondos; no pasan las fatigas humanas ni sufren como los demás».

A nosotros puede ocurrirnos algo semejante en este momento de crisis económica y de valores generalizada y que, según los expertos, es cada día más aguda. Los que han arruinado las empresas y llevado a la ruina a muchísimas familias y particulares, quedan impunes de sus errores y se llevan indemnizaciones millonarias o fama, como el caso de los artistas que dejan mucho que desear en su moralidad. En cambio el trabajador honrado y responsable, que ha pagado religiosamente los plazos convenidos en el contrato de su hipoteca, pierde su trabajo, su dinero y sus ahorros. Y se enfrenta a un porvenir incierto y nada halagüeño.

Es innegable que la gente buena y creyente, al ver y sufrir todo esto, corre el peligro de extraviarse en su fe y desertar. ¿Dios -se pregunta- no ve lo que pasa? ¿No le preocupa nuestra suerte? ¿Para qué seguir siendo honrado y creer en Él cuando a los malos les va tan bien?

Evidentemente, todos deseamos que los desempleados vuelvan cuanto antes al trabajo, que los salarios permitan seguir pagando los plazos y la hipoteca de la casa, que las autoridades tomen medidas pertinentes para impedir que los hechos violentos se sigan dando, que se revisen los sueldos escandalosos de ciertos miembros del gobierno, que no se malgaste el dinero público, que no se permitan asumir riesgos imprudentes, que los valores desplazados vuelvan a su lugar. Pero los hechos muestran que no resuelve el problema de fondo.

La verdadera solución sólo vendrá si el justo y honrado que sufre mira a Dios y, mirándolo, ensancha su horizonte. Este nuevo horizonte consiste en descubrir que los éxitos y riquezas de los cínicos y de los ricos son pura apariencia y necia estupidez. El verdadero rico es el que posee a Dios y el verdadero éxito no es tener o consumir y gozar cada vez más, sino ser justo y honrado en esta vida y esperar una eternidad feliz y dichosa.

No se trata de una vaga esperanza en el más allá. Se trata, más bien, de despertar a la percepción de la auténtica grandeza del ser humano, de la que forma parte también la vida eterna. Los cínicos pueden pensar que la vida licenciosa y sin escrúpulos del rico y poderoso es un bien. En realidad es un mal, pues le encierra en una perspectiva meramente animal de la existencia y le cierra el horizonte del más allá.

La crisis económica y de valores puede convertirse en una ocasión para un sobresalto virtuoso de cada uno de nosotros, acompañado de una mayor pasión por la edificación común y realista de la vida desde nuestra fe. "Nadie pone un remiendo de tela nueva en un vestido viejo, porque lo añadido hará encoger el vestido y el daño se hará mayor" (Mt 9, 16). El Papa nos recuerda que en realidad, la crisis actual no es el resultado de dificultades financieras o de una sola novedad de moda, sino que es una consecuencia de la crisis cultural y moral que vivimos, cuyos síntomas son evidentes desde hace tiempo en todo el mundo. (cf. Benedicto XVI, Homilía del 1 enero de 2009).

A la luz de la llamada del Papa, esta situación alarmante nos interpela doblemente a quienes nos sabemos "misioneros": de una parte, nos compromete a expresar nuestra solidaridad en acciones y obras concretas, que facilite la búsqueda de soluciones a los problemas de la juventud extraviada, del desempleo, del narcotráfico, del hambre, de la migración forzosa, de la drogadicción, del consumismo, del deterioro de la salud y de la pérdida de calidad de vida de los pobres, que como siempre son las víctimas más afectadas de las crisis en todo sentido; por otra parte, nos estimula a empeñar los mejores esfuerzos de las universidades e institutos católicos, y de investigadores y agentes de pastoral social, para contribuir a la formulación de un nuevo modelo de desarrollo para el planeta.

La globalización, tan aclamada en nuestros tiempos, comporta el riesgo del fortalecimiento de los grandes monopolios y de convertir el lucro en valor supremo (cf. Documento de Aparecida, n. 60). De ahí la urgente necesidad de que la globalización deba regirse por la ética, poniendo todo al servicio de la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios (Ibíd.). La actual crisis financiera y de valores ha puesto de manifiesto el afán excesivo del consumismo por encima de la valoración del trabajo y del empleo, convirtiéndolo en un fin en sí mismo.

Hace poco leía un libro en donde se citaba a Gorgias, aquel célebre personaje de las obras de Platón, que decía que la felicidad radicaba en el poder de crearse necesidades intensas para proceder luego a la satisfacción y que se enfrenta a Sócrates y éste le dice con su acostumbrada ironía: "El hombre feliz se asemejará entonces a aquel que continuamente se provoca excoriaciones en la piel para rascarse, calmando de esa manera su necesidad" (cf. Carlos LLano, "Viaje al centro del hombre", Ed. RIALP, Madrid 2010, p. 38).

Esta inversión de valores, al ir creando necesidades, pervierte las relaciones humanas. Se ha hecho evidente que la globalización tal y como está configurada actualmente, no ha sido capaz de interpretar y reaccionar en función de valores objetivos, que se encuentran más allá del mercado de consumo y que constituyen lo más importante de la vida humana: la verdad, la justicia, el amor, y muy especialmente, la dignidad y los derechos de todos, aún de aquellos que viven al margen del propio mercado (cf. Documento de Aparecida, n. 61). La economía internacional ha concentrado el poder y la riqueza en pocas manos, excluyendo a los desfavorecidos e incrementando la desigualdad (cf. DA, n. 62) en un mundo que cada día consume más de lo que menos necesita.

Todo esto no nos puede conducir a una crisis de fe. Los valores del Evangelio y la enseñanza social de la Iglesia siguen siendo cuestiones válidas, y pueden promover una globalización marcada por la solidaridad y la racionalidad, que haga de la vida de los creyentes un testimonio de esperanza y de amor (cf. DA, n. 64). Para lograr este propósito, se hace indispensable la presencia y colaboración de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, sin discriminación religiosa, cultural, política e ideológica y que sean motivados por nosotros como misioneros.

Frente al anhelo de reconstruir la paz, una vida más digna y plena para todos y abrir caminos de esperanza a los pobres y excluidos, quiero concluir esta breve reflexión, dejando unas preguntas que hace el Papa Benedicto XVI: "¿Cómo no pensar en tantas personas y familias afectadas por las dificultades y las incertidumbres que la actual crisis ha provocado a escala mundial? ¿Cómo no evocar la crisis alimentaria y el calentamiento climático, que dificultan todavía más el acceso a los alimentos y al agua a los habitantes de las regiones más pobres del planeta?" (cf. Discurso a los Miembros del Cuerpo Diplomático, 8 de enero de 2009). Estos cuestionamientos hacen resonar hoy día con mayor vehemencia la dramática pregunta de Dios a Caín que nos afecta a todos, nos interpela y no nos puede dejar indiferentes: "¿dónde está tu hermano?" (Gen. 4, 9).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.