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sábado, 9 de febrero de 2019

LA ÉTICA Y BIOÉTICA EN EL MUNDO ACTUAL... Un tema de estudio y reflexión.

Entre las diferentes tareas que me han asignado en mi ministerio sacerdotal como religioso y como misionero, ha estado la enseñanza, conforme a uno de los fines específicos de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, que es trabajar en la enseñanza a todos los niveles. A nivel universitario, he tenido la hermosa tarea de haber sido, por un tiempo, profesor de Bioética en la Universidad de Las Salle en Morelia. De aquellos años brota esta reflexión que ahora comparto con ustedes.

La investigación con seres humanos, los trasplantes de órganos, entre vivos o de un muerto a un vivo, la manipulación del código genético, la fertilización in vitro, la prolongación artificial de la vida en enfermos terminales, la clonación y varias cosas más de la biología y la medicina modernas, han suscitado problemas que no dejan de dejar a la humanidad anonadada. Ante tantas situaciones nuevas que en descubrimientos biológicos y médicos se presentan, se escuchan diversas preguntas: ¿Debemos hacer todo lo que podemos hacer? ¿No necesitamos una ética adecuada a la nueva situación? ¿No son los nuevos logros asuntos del diablo? ¿Es esto el comienzo del fin del mundo? 

La necesidad de dar explicaciones adecuadas y el ansia de encontrar respuestas claras, hizo nacer y prosperar rápidamente el desarrollo de una disciplina nueva, centrada en el estudio de los problemas éticos que plantea el desarrollo de las diferentes ciencias y tecnologías que pueden aplicarse y modificar o influir en el desarrollo de las diversas etapas de la vida humana. Hablamos de la «Bioética», la ciencia que tiene esta finalidad de orientar el «discernimiento de la eticidad de las acciones que sobre la vida humana pueden ejercer las ciencias biomédicas». (1).

El término fue utilizado por primera vez en 1971 por Van Rennsselaer Potter, profesor de Oncología en la Universidad de Wisconsin y, al año siguiente, nacía el primer centro con el nombre oficial de «Instituto de Bioética» en Washington. (2).

En esta reflexión hago una consideración de todos estos aspectos que tocan directamente a la vida humana desde diversos puntos de vista y presento de una manera sencilla la visión y la postura de la Iglesia al respecto.

¿Qué dice pues la Iglesia de todo esto? ¿Cómo ve las cosas? ¿Existe una manera clara de distinguir lo lícito de lo reprobable, desde el aspecto de la fe? 

Nunca antes, como en la época actual, se ha hablado tanto de la dignidad de la persona. Aquellos derechos humanos, que vieron la luz el 10 de diciembre de 1948, nunca habían sido tan repasados y tan citados, tan defendidos y tan aplaudidos como ahora; pero también, nunca antes como en esta época, se había experimentado tanto con la persona misma sin considerar la nobleza del ser, y nunca, como ahora, la crueldad y la violencia habían llegado hasta los límites que hemos visto en el campo de la investigación científica. Uno de los fenómenos más sobresalientes de nuestros días y digno de estudio profundo, es precisamente la ambigua situación de la dignidad humana. Por un lado se lucha por los pobres y marginados y por otro, se desperdician en alguno de los países del primer mundo más de «1,300 millones de toneladas de alimento» (3). Una radiografía de la sociedad actual nos mostraría muchas cosas más. 

Ciertamente que no es lo mismo considerar al hombre como un mono con suerte de haber cambiado algo, que como imagen de Dios. Parece ser, que en mucho, en la época actual, los grandes científicos han olvidado lo segundo, han hecho a un lado la concepción del hombre como alguien delante de Dios y como alguien que existe para siempre. Para la Iglesia la cuestión es sencilla. Cuando se trata de poner de manifiesto las consecuencias éticas de las nuevas técnicas biomédicas, la excelencia del hombre, el alto valor proporcionado a la grandeza de su ser constituye el secreto para discernir lo permisible de lo censurable. El respeto y la promoción de la persona, el carácter inviolable de su dignidad, son los límites infranqueables de las técnicas aplicables a la vida humana. 

Cuando se hace a un lado la visión del hombre como «Imagen de Dios», el hombre deja de ser fin en sí mismo y se convierte en estadio intermedio que se puede atravesar, como si nada, para alcanzar otras metas disponiendo funcionalmente de él. La dignidad no es un derecho más que se tenga y del que quepa ser privado, sino una excelencia que se es: el origen inexpoliable de todo derecho. Ningún hombre está privado de dignidad. Toda existencia humana sobre la tierra, ya sea aplaudida o denostada, triunfante o derrotada, feliz o desgraciada, generosa o ruin, representa la irrupción en la historia de una novedad radical, la presencia de una excelencia de ser superior a la de cualquier otro ente observable. 

La moral cristiana de todas las épocas, ha tenido una preocupación notable por los problemas relacionados con la vida humana. Dentro de los cuadros de la virtud de la justicia o del quinto mandamiento «no matarás», la tradición teológico-moral ha analizado múltiples problemas en conexión con la vida corporal. En las dos últimas décadas, desde la aparición de la bioética, la moral cristiana ha dedicado tiempo y esfuerzo a contemplar y valorar, para alentar o reprobar, los avances de las ciencias médicas que plantean nuevos interrogantes a la conciencia moral. 

Hablar de bioética cristiana no es renunciar a la argumentación para quedarse en recomendaciones piadosas, sino discutir todos los argumentos relevantes para valorar éticamente los nuevos procedimientos y técnicas médicos y biológicos, que ahora se han vuelto problemáticos. La bioética cristiana toma en cuenta los derechos humanos y la legislación de las naciones, pero ante todo, su peculiaridad reside en que pone al descubierto sus convicciones fundamentales, que ya hemos mencionado en parte: La dignidad del hombre y su condición de imagen de Dios, la concepción del cuerpo como templo de Dios, el sentido del sufrimiento y la idea de que la muerte no supone un fin absoluto. 

Para la bioética cristiana la situación principal de toda la problemática actual en torno a la biología y a la medicina, está en la vida humana. La vida humana no adquiere ni pierde valor ético por situarse en condiciones de aparente descrédito, como pueden ser la vejez, la discapacidad, la inutilidad, etc. La bioética cristiana considera que la humanidad actual necesita una elevación moral que dé al hombre el lugar que le corresponde. La bioética cristiana valora la vida humana desde sus comienzos, desde aquel momento de la fusión de los gametos por el que aparece un genotipo distinto del padre y de la madre con posibilidades de autodesarrollo homogéneo. (4).

Ante la infinidad de problemas que se presentan en torno a la biología molecular, el estudio del código genético, la eugenesia, la fertilización in vitro, las madres de alquiler, el sida, la eutanasia, la distanasia, el aborto y demás, la bioética cristiana toma una postura en la que en primer lugar está el respeto a la dignidad de la persona como imagen de Dios. La concepción cristiana del hombre ve al ser humano como criatura en presencia del Creador y le hace detenerse para no someter a los seres humanos a un cálculo orientado por razones puramente técnicas o de utilidad. 

La Iglesia aprueba las investigaciones y experimentos que respetan y realizan la dignidad del hombre. Los experimentos biológicos que respetan a la persona humana y contribuyen al bien general del hombre son legítimos, sin hacer a un lado aquello de que los cristianos deben la salvación a Jesús que sufrió y murió en la cruz, y pueden percibir y vivir la limitación de posibilidades de la vida humana sin sentirla, por paradójico que pueda parecer, como una privación, porque, el sufrimiento y el dolor son elementos constitutivos de la existencia humana. (5).

Debemos esperar que los nuevos descubrimientos representen un fundamento de esperanza para muchos hombres aquejados por diversos problemas médicos (6), pero, la Iglesia está plenamente convencida de que no se puede esperar la salvación y la redención de las posibilidades de la ingeniería genética. Su esperanza está puesta en Dios, autor y dueño de la vida. Confiando en Él, la acción humana queda libre para avanzar sensata y prudentemente, sin olvidar la limitación de las posibilidades humanas. «El hombre no debe ser reducido a la condición de objeto, ni tratado con criterios que no tienen su fundamento en la realidad total de la persona humana y entrañan el peligro de lesionar su dignidad». (7).

El progreso médico debe conservar siempre un extraordinario respeto a los valores morales, el derecho y la legislación, deben proteger siempre al hombre y su dignidad. En principio, se debe evitar toda forma de daño; después se puede investigar y perseguir el bien. A veces, la medicina moderna científico-técnica pierde de vista con suma facilidad el valor y la dignidad personal del hombre. «La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte.» (8).

La Iglesia considera que no parece razonable renunciar a las posibilidades que los nuevos descubrimientos ofrecen, en torno a una mejor calidad de vida, pero tampoco es sensato confiar ciegamente en ellas, porque, a diferencia de los demás seres, el hombre puede atentar contra sí mismo como ser natural en su ansia de progreso. Se nos da el sacramento de la unción de los enfermos, que hace conciencia de la unión del enfermo a la pasión de Cristo, da consuelo, paz y levanta el ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad, el perdón de los pecados y el restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual, porque la Iglesia sabe que el hombre es cuerpo, es mente, es espíritu y confía en una vida eterna en donde nadie estará triste o enfermo y en donde el hombre vivirá en plenitud. 

El Código de Derecho Canónico, en la legislación de la Iglesia, dice que, «compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas.» (9). Así que en torno a todo esto de lo que aquí se habla, diremos que aun cuando la medicina moderna pueda proteger la vida humana, no es menos cierto, en nuestra época, dadas las situaciones que se presentan con la experimentación de hombres y mujeres indefensos, que también se debe proteger la vida humana contra ella. 

Una joven, que vivió hace muchos años en Nazareth, y fue elegida para ser la Madre de Dios, parece que nada tuviera que ver con esto y mucho nos enseña. Ella, la humilde sierva del Señor. Ella «conservaba cuidadosamente todas las cosas uy las meditaba en su corazón». (10). Tal vez, antes de actuar, muchos de los hombres, deberíamos meditar las cosas y sus consecuencias en el corazón. 

Para terminar esta reflexión propongo cinco exigencias que no podemos, ni debemos descuidar, que giran en torno a todo esto: 

1. Fomentar e incrementar la formación de médicos, enfermeros y terapeutas en los problemas de la ética, la bioética y la antropología filosófica, de manera que ellos mismos eduquen para la vida digna. 

2. Seguir promoviendo la investigación sin perder nunca de vista al hombre como imagen de Dios, buscando medios alternativos para el bienestar y la mejor calidad de vida, que no dañen la dignidad de la persona. 

3. Crecer en la búsqueda del sentido del sufrimiento y del dolor humano y buscar medios para ayudar a los pacientes a afrontar situaciones que en nada atentan contra su dignidad de hijos de Dios.

4. Manejar con seriedad y con ética, todo estudio y descubrimiento nuevo, en torno a la vida, respetando siempre al hombre como imagen de Dios, trabajando por la inviolabilidad de la vida humana y por la protección de la vida en desarrollo. 

5. Recordar siempre que el Señor es el autor y dueño de la vida, que la vida humana es un don recibido de Dios y que a Dios pertenece.

R.P. Alfredo L. Gpe. Delgado Rangel, M.C.I.U. 




(1) REINHARD LÖW y otros, Bioética, Editorial Rialp, Madrid 1992, p. 9.
(2) Cfr. REINHARD LÖW y otros, Bioética, Editorial Rialp, Madrid 1992, pp. 9-10.
(3) Según datos de los últimos informes de la FAO.
(4) Cfr. Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el aborto provocado, 1974.
(5) Cfr. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Salvifici Doloris. Sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano.
(6) Cfr. JUAN PABLO II, Alocución ante la Academia Pontificia de las Ciencias, 23 de octubre de 1982.
(7) JUAN PABLO II, Discurso a la Asamblea General de la Asociación Médica Mundial, 29 de octubre de 1983.
(8) Catecismo de la Iglesia Católica, # 1500,  Editorial CCM, México 1993, p. 388.
(9) Código de Derecho Canónico, # 747, Ediciones Universidad de Navarra, 5ª edición, Pamplona 1992, p. 470.
(10) Cfr. Lc 2,19; 2,51b.

jueves, 31 de enero de 2019

Los grandes aportes de Stephen Hawking que es es importante valorar...

Muchos hemos oído hablar de Stephen Hawking, el físico británico que puso las teorías sobre el origen del universo al alcance de todo y cuya enfermedad lo fue paralizando lentamente dejándolo con movimiento sólo en dos dedos y algunos músculos faciales. En 1985 perdió la voz y desde entonces se comunica a través de un sintetizador de voz. Gracias a este ordenador pudo seguir ofreciendo conferencias y divulgando sus conocimientos. Hawking murió el año pasado (2018) a los 76 años de edad.

Stephen Hawking fue uno de los científicos más populares desde Albert Einstein, no sólo por sus descubrimientos y teorías, sino también por las circunstancias de su vida. Cuando Stephen tenía 21 años, comenzó a notar que sus movimientos eran cada vez más torpes y se le diagnosticó un tipo de esclerosis lateral conocida como «Esclerosis Amiotrófica». Los médicos le dieron entre dos y tres años de esperanza de vida como máximo, pero desafiando los pronósticos siguió haciendo ciencia durante décadas y décadas. Aunque la enfermedad fue paralizando lentamente a este cerebrito de la ciencia, pudo seguir trabajando en sus teorías y difundiéndolas, además de participar en foros y expresar su opinión sobre los últimos avances de la ciencia.

Hawking dedicó toda su vida a trabajar sobre las leyes que gobiernan el universo. Muchos de los teoremas que ha dejado giran en torno a los agujeros negros. Un agujero negro es una región del espacio con una cantidad de masa concentrada tan grande que no existe la posibilidad de que algún objeto cercano escape a su atracción gravitacional.

La idea de los agujeros negros es muy anterior a Hawking: las primeras nociones datan del siglo XVIII y fue la «Relatividad General» de Einstein en 1915, la que hizo que se empezaran a tomar en cuenta en la ciencia de calidad. En los años 70s, Hawking tomó como base estos estudios para lograr una descripción de la evolución de los agujeros negros desde la física cuántica y, entre otras cosas, Hawking descubrió que no son totalmente negros como se pensaba.

Según Stephen, los efectos de la física cuántica hacen que estos agujeros brillen como cuerpos calientes, de ahí que pierdan parte de la negritud que inicialmente se pensaba que tenían y por cuya peculiaridad habían recibido ese nombre. En 1976, y siguiendo los enunciados de la física cuántica, Hawking concluyó en su «Teoría de la Radiación», que los agujeros negros son capaces de emitir energía, perder materia e incluso terminar por desaparecer. En el año 2004, el brillante científico rectificó su propia teoría y concluyó que los agujeros negros no lo absorben todo. «El agujero negro sólo aparece en silueta pero luego se abre y revela información sobre lo que ha caído dentro — explicaba con certeza— eso nos permite cerciorarnos sobre el pasado y prever el futuro».

El magnífico trabajo que hizo Hawking sobre los agujeros negros ayudó a probar la idea de que hubo una Gran Explosión o «Big Bang» al principio de todo, confirmando la teoría del sacerdote católico Georges Lemaitre, que es la mejor explicación científica que tenemos de cómo se creó el Universo.

Aunque había sido desarrollada en la década de los 40, la teoría del Big Bang aún no había sido aceptada por todos los cosmólogos. Sin embargo, en colaboración con el matemático británico Roger Penrose, Hawking se dio cuenta de que los agujeros negros eran como el Big Bang al revés, lo que significó que las matemáticas que había usado para describir los citados agujeros negros también servían para describir el Big Bang. Fue un momento clave para demostrar que el Big Bang realmente había ocurrido.

Uniendo todos estos conceptos, una de las afirmaciones más atrevidas de Hawking fue considerar que la Teoría General de la Relatividad de Einstein implicaba que el espacio y el tiempo tuvieron un principio en el Big Bang y tienen su fin en los agujeros negros. Aún si el universo llega a su fin, dijo el científico, esto no ocurrirá hasta dentro de al menos 20 mil millones de años. Nosotros sabemos, por nuestra fe y convicción, que esto no está en manos de los hombres sino de Dios, que llegará en el momento menos pensado se acabe así o no la existencia de los planetas y todas las galaxias del universo.

Fue tal vez su «Teoría del Todo», que sugiere que el universo evoluciona según leyes bien definidas, la que atrajo la mayor atención. «Este conjunto de leyes —afirmaba en sus conferencias— puede darnos las respuestas a preguntas como cuál fue el origen del universo». Luego decía que si se encuentran las respuestas de hacia dónde va el universo y cómo será su final «conoceremos la mente de dios», pero Stephen murió sin descubrirlo.

Pese a tanta complejidad de estos conceptos, Hawking hizo un gran esfuerzo por difundir la cosmología en términos fáciles de comprender para el público general. Su libro «Una breve historia del tiempo», de 1988, vendió más de 10 millones de copias en el mundo. Aun así, este gran científico fue consciente de que las ventas no se traducían directamente en lecturas completas, y años después publicó una versión más breve y más fácil de digerir.

El gran talento de este astrofísico, que para muchos le hizo merecedor de un premio Nobel que no le llegó en vida, fue haber combinado campos diferentes pero igualmente importantes de la física: la gravitación, la cosmología, la teoría cuántica, la termodinámica y la teoría de la información.

Para terminar esta mal hecha reflexión, dejo algunas de sus frases más célebres:

— «Si los extraterrestres nos visitaran, ocurriría lo mismo que cuando Cristóbal Colón desembarcó en América y nada salió bien para los nativos americanos». 

— «La inteligencia es la habilidad de adaptarse a los cambios».

— «La humanidad tiene un margen de mil años antes de autodestruirse a manos de sus avances científicos y tecnológicos».

— «La próxima vez que hablen con alguien que niegue la existencia del cambio climático, díganle que haga un viaje a Venus. Yo me haré cargo de los gastos».

— «Einstein se equivocaba cuando decía que ‘Dios no juega a los dados con el universo’. Considerando las hipótesis de los agujeros negros, Dios no solo juega a los dados con el universo: a veces los arroja donde no podemos verlos».

— «La vida sería trágica si no fuera graciosa». 

— «El peor enemigo del conocimiento no es la ignorancia, es la ilusión del conocimiento». 

— «La voz que utilizo es la de un antiguo sintetizador hecho en 1986. Aún lo mantengo debido a que todavía no escucho alguna voz que me guste más y porque a estas alturas ya me identifico con ella».

Padre Alfredo.

miércoles, 15 de junio de 2011

El don de Ciencia en Madre Inés...

El Don de Ciencia es un hábito sobrenatural infundido por la Gracia por el cual la inteligencia del hombre bajo la acción iluminadora del Espíritu Santo, juzga rectamente de las cosas creadas en orden al fin sobrenatural.

Por el Don de Ciencia, la gente no se aferra a las cosas materiales y se hace libre de usarlas según el fin para el cual Dios las ha creado. Por ejemplo: Santa Teresa no estaba de ningún modo apegada al dinero y sin embargo cuando lo necesitaba no dudaba en buscarlo y conseguirlo. Es conocido como en momentos de necesidad económica la santa de Ávila “cobraba dinero” a ciertas personas muy ricas que querían hablar de cosas espirituales con ella. Como la santa tenía tan poco tiempo y tanto trabajo del que dependían para subsistir ella y sus hermanas, no dudaba entonces en cobrar un arancel por las charlas que tenía con algunas personas. Podríamos decir que Santa Teresa tenía un Don de Ciencia respecto del tiempo y de los bienes materiales en cuanto que eran cosas necesarias para sus hijas.

El Don de Ciencia nos hace ver claramente que detrás de todas las cosas está Dios. Necesitamos el Don de Ciencia para usar de las cosas según el fin para el cual han sido creadas. Con el Don de Ciencia puedo usar de las cosas que me acercan a Dios y alejarme de las cosas que me alejan de Él.

El Don de Ciencia me inspira el modo más apropiado de actuar frente a las demás personas en orden a la voluntad de Dios. Santo Tomás decía que por éste Don nos hacemos más prudentes, ya que al ver a Dios detrás de todas las cosas, actuamos más según su voluntad. Por ejemplo: un predicador sabe que decir a sus oyentes por este Don, una madre qué cosas enseñar y cómo según la necesidad de su hijo…

Gracias al Don de Ciencia la fe, lejos de encontrar obstáculos en las cosas creadas para remontarse hasta Dios el hombre se vale de ellas como un trampolín que lo ayuda a poder hacerlo con más facilidad.

El Señor conduce al justo por caminos rectos y le comunica la ciencia de los santos. El Espíritu Santo advierte también cuándo las cosas buenas y rectas en sí mismas pueden convertirse en malas para el hombre porque le separan de su fin sobrenatural: por un deseo desordenado de posesión, por apegamiento del corazón a estos bienes materiales de tal manera que no lo dejan libre para Dios, etcétera.

Habitualmente, el Espíritu Santo, con su gracia, hace sentir al alma pecadora la nada de las criaturas, la miseria misma. El don de ciencia desempeña entonces un papel preponderante. La Venerable Madre Inés decía que ponía “su miseria al servicio de la misericordia” y se reconocía como “la nada pecadora”, una humilde “piltrafilla”.

Ella distinguió siempre con claridad, el bien del mal y supo seguir en todo momento el camino del bien sin apegarse a nada ni nadie, pero, disponiendo de todo y disponiendo a todos a amar y servir a Dios, aún con lágrimas desgarradoras en medio de la confusión, de la crítica, de la incomprensión.

Con esta ciencia iluminó el estudio, la profundización y la vivencia de las bienaventuranzas, y es celebre un estudio que hizo al respecto, plagado de sencillez y de invitación a admirar y vivir la bondad de Dios.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.