Mostrando entradas con la etiqueta Recuerdos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Recuerdos. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de abril de 2020

Mons. Juan José Hinojosa Vela... Recordando a mi padrino de Ordenación Sacerdotal.


El 18 de junio de 2015, fue llamado a la Casa del Padre quien fuera junto con Mons. Juan Esquerda Bifet, mi padrino de ordenación sacerdotal, Mons. Juan José Hinojosa Vela. Hoy, a unos meses de celebrar sus cinco años de haber terminado su andar en la tierra, quiero recordarlo de manera muy especial agradeciendo su acompañamiento vocacional, su dirección espiritual, sus sabios consejos y su valiosa amistad que se prolongó hasta sus últimos meses de vida. 

Juan José nació el 9 de diciembre de 1935, en General Treviño, Nuevo León, México. Sus padres fueron el señor don Manuel Eleuterio Hinojosa Chapa y la señora doña Dominga Vela Vela. Nació un día antes de que falleciera su tío abuelo segundo, el padre Juan José Hinojosa Cantú, actual Siervo de Dios, y cuya causa de beatificación está en proceso.

Con su sencillez característica, monseñor nos contaba, cuando éramos seminaristas, que su abuelo don Lucas, que era primo del Siervo de Dios Juan José, supo la noticia de la muerte de este sacerdote ejemplar que quería mucho, fue a la casa de sus papás y les dijo que deberían bautizar al niño con el nombre de Juan José, a ver si hacemos de él un sacerdote como el primo. Sus papás aceptaron y lo bautizaron en Cerralvo, Nuevo León con el nombre de Juan José. Su confirmación se celebró en Agualeguas, Nuevo León por el Siervo de Dios, Mons. Guillermo Tritschler.

Juanjo —como lo llamamos muchos—, pasó su infancia y su adolescencia en su pueblo natal, donde estudió la primaria. Cuando tenía doce años lo mandaron a Monterrey, la capital del estado de Nuevo León a estudiar en la Escuela Práctica de Comercio, donde estuvo por más de dos años; terminando sus estudios a la edad de 15 años. 

Posteriormente, se fue a trabajar con su hermano Rodrigo a la Ciudad de México. Fue allá en donde tuvo su primer llamado al sacerdocio. Pasado del año, vino de vacaciones a Monterrey con su familia, y fue ahí donde recibió la segunda y definitiva llamada para seguir al Señor en la vocación sacerdotal. Ingresó entonces al Seminario que estaba en donde ahora se ubica el Templo de San Luis Gonzaga en el centro de Monterrey en 1954, a la edad de 18 años. Allí cursó los cuatro años de humanidades y empezó el primero de filosofía, el cual terminó en el Seminario de San Pedro, en Corregidora. 

Con gusto y mucha simpatía compartía con nosotros, en nuestro tiempo de formación en el seminario anécdotas y hechos de su vida como seminarista, compartiéndonos que su vida de seminarista fue hermosísima y recordaba con mucha alegría las vacaciones que pasaban en Saltillo, Coahuila, en donde a algunos de nosotros nos tocó hacer el Curso Introductorio. Estas vacaciones comunitarias no eran vacaciones de esas de no hacer nada —decía—, ya que estudiaban un poco por las mañanas, tenía sus recreaciones, y continuaban con algo de estudio y deportes por las tardes. También daban catecismo en lugares cercanos, tenían tardeadas, días de campo y funciones de cine y de teatro una vez a la semana. Un poco al estilo de como nuestras generaciones vivimos el Curso Introductorio en los años ochentas.

Juan José terminó sus estudios de filosofía y enseguida lo mandaron a estudiar Teología durante cuatro años al Seminario de Montezuma, en Nuevo México, Estados Unidos. Allí recibió la ordenación diaconal el 19 de abril de 1963. Estando por acabar el estudio de Teología, meses antes de ordenarse sacerdote, escribió una carta bellísima a sus padres, que gracias a su hermana Cuquita se conserva hasta nuestros días y en la que les dice: «Queridos papás: contesto a lo que me escribieron en días pasados. Espero que papá este completamente bien; lo encomiendo a diario, así que no puede ser de otro modo. Estoy bien, bien de todo, pues nuestro Señor me concede muchas gracias espirituales.  Recen más por nosotros, pues sólo faltan siete meses para ordenarnos... los abrazo a todos».

El 29 de junio de 1965, día de San Pedro y San Pablo, fue ordenado sacerdote en el Santuario de Nuestra Señora del Roble, de manos del Excmo. Sr. D. Alfonso Espino y Silva, VIII Arzobispo de Monterrey. Junto con él fueron ordenados sacerdotes otros once diáconos, sus compañeros Gildardo Javier Chávez Ramos, Jesús Garza Guerra, Tomás Herrera Hernández, José Guadalupe Galván Galindo, Santiago Gerardo Cavazos Almaguer, Emigdio Alberto Villarreal Bacco, Marcelino Arrieta de la Fuente, José de Jesús Aviña Silva, Cosme Carlos Ríos, Benito García Rivas y Héctor Jaime Valenzuela Mendívil.

El 1 de julio de 1965 realizó su primera misa rezada —como antiguamente se conocía—, en la parroquia de María Auxiliadora —en el templo antiguo— de la Colonia Linda Vista, en Guadalupe Nuevo León, y el 3 de julio, ofició su «Cantamisa» en el templo de San José, en General Treviño, Nuevo León.

Sus primeros tres años de su ministerio —de 1965 a 1968— los vivió como vicario en la Catedral de Nuestra Señora de Monterrey y fue durante este periodo que fue nombrado asesor de ACJM Diocesana.

En 1968 fue llamado a servir al Seminario de Monterrey, donde permaneció por 26 años hasta 1994. Fue allí donde lo conocí desde que ingresé en 1980 y de inmediato su personalidad sencilla, cálida, sacerdotal, profunda de hombre santo, me cautivó. Nos daba la clase de espiritualidad en el Curso Especial del Seminario Menor a quienes habíamos ingresado con estudios superiores.

Con él convivimos mucho porque a algunos de nosotros nos invitó a participar en los «Grupos de Meditación Bíblica», que él, inspirado por Dios, fundó.

Los últimos cuatro años de estudio en el Seminario de Monterrey, el tiempo de la Teología, nos acompañó como director espiritual del instituto y presidía la Misa casi todos los días en la Capilla del Seminario Mayor.

Me tocó compartir con él el curso de espiritualidad en el Santo Desierto en Tenancingo, Estado de México y otros momentos en viajes misioneros en donde como sacerdote se desbordaba en generosidad. Era un gozo compartir con el rezo del Rosario o el Viacrucis meditado muchas veces con pensamientos que brotaban de su corazón. Era un gran amante de la Virgen María. Cuando hablaba de ella parecía transportarse y transportarnos a su lado. Él mi impuso la estola el día de mi ordenación sacerdotal el 4 de agosto de 1989 en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, en Monterrey, Nuevo León, México y Mons. Juan Esquerda Bifet la Casulla. Estos dos santos varones fueron mis padrinos de Ordenación.

En agosto de 1994 fue nombrado párroco de Jesús el Buen Pastor y Vicario Episcopal de la Zona I. Permaneció ahí hasta el año 2000 impulsando la comunidad sobre todo en el amor a la Eucaristía, a María y a la Palabra de Dios. Fue en este periodo, que en 1995, fundó el «Grupo de Misiones en Familia» como fruto de un sueño, de un ideal de que fueran las familias misioneras a los lugares necesitados de evangelización. Mi padrino se destacó por ser siempre un promotor incansable de la Palabra de Dios y bondadoso con todos, pero, especialmente, así lo pude constar, con las personas más vulnerables a quienes socorría de una manera impresionante. A mí, siendo seminarista, me tocó más de una vez distribuir la ayuda monetaria que lograba reunir de gente de gran corazón, para ayudar a familias en situación de calle.

La labor pastoral del padre Juan José Hinojosa le llevó a ser nombrado «Monseñor» por el Papa san Juan Pablo II. En el año 2000 fue trasladado a la Parroquia y Santuario de Nuestra Señora de Fátima como párroco y además, nombrado Vicario Episcopal de la Zona V.

Recuerdo cómo cada tarde, aún con el arduo trabajo de párroco y Vicario Episcopal, reservaba un espacio de una hora para estar frente a Jesús Eucaristía en su Capilla privada. Varias veces me tocó compartir esos momentos en que en silencio permanecía él estático con una significativa sonrisa y su rostro fijo en la custodia enfundado en su sotana blanca. 

En una entrevista periodística que le hicieron el 16 de enero de 1998, le preguntaron sobre lo que más le gustaba y desagradaba, a lo cual respondió con su característica sencillez: «Me gusta todo lo que hago en mi ministerio: celebrar la Santa Eucaristía, predicar, confesar, presidir grupos, ir a retiros y atender a la gente; lo que me desagrada es no tener tiempo para hacer todo lo que quisiera».

La noche del 26 de abril de 2015, regresaba de una de las reuniones de sus grupos de meditación. Él no venía conduciendo esa vez, aunque cabe decir que lo hacía siempre con mucha precaución. Intempestivamente, un automóvil se salió del segundo piso de una de las avenidas principales de Monterrey y calló sobre el vehículo en el que viajaba resultando terriblemente lesionado. 

Monseñor pasó dos meses en estado crítico, siempre hospitalizado y con todos los cuidados necesarios pero fue poco lo que se pudo lograr. 

Pocos días del accidente, celebrando Misa en su querido Seminario de Monterrey, en una misa que celebró en el Seminario Mayor de Monterrey, ante la asistencia atenta de los seminaristas regaló al Seminario un cáliz expresando sonriente: «Tal vez no llegue a mis 50 años como sacerdote, por eso de una vez quiero dejarles este obsequio», y así fué. El día 29 del mismo mes, iba a celebrar sus 50 años de vida sacerdotal, pero conociendo su vida, seguramente que el Dios de la vida eterna quería que el festejo se hiciera en el cielo.

El 18 de junio falleció luego de estar luchando entre la vida y la muerte y puedo afirmar, sin con ello querer adelantarme al juicio de la Iglesia, que mi padrino murió en olor de santidad.

El arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López, difundió un comunicado en el que expresó que «con la feliz esperanza en la resurrección, ha terminado su peregrinación terrenal nuestro querido hermano: Monseñor Juan José Hinojosa Vela». 

De entre sus libros y escritos que dejó, destaca para mí estas líneas que hablan de su pureza, de su sencillez, de su anhelo de santidad: «El hombre jamás podrá ser feliz si no está en paz con su conciencia. Y la conciencia sólo estará en paz cuando cumple la voluntad de Dios».

Padre Alfredo.

domingo, 3 de julio de 2016

«PAY DE QUESO FRÍO»... Una delicia de la abuela Márgara


¡Cómo olvidar tantas comidas ricas y postres de nuestra infancia! Muchos disfrutaron y siguen saboreando en casa de mi mamá el delicioso pay de queso frío. Aquí va la receta, salida de los mismos labios de mamá a quien una de mis sobrinas, de pequeña le decía: «Abuela Márgara» y así se le quedó. Además, mi santa madre «La abuela Márgara» dice que esta receta es facilísima:

Se necesita:

1. Una base para pay que se puede encontrar en el super.

2. Una lata de leche condensada (de marca o genérica, jiji).

3. Una barra de queso crema (dice mamá que a ella le sale excelente con la marca Philadelphia).

4.  Un sobre de gelatina sin sabor (la más conocida se llama Knox).

(Puede llevar, si gustan un poco de jugo de limón y cáscara de limón rayada como algo adicional).

Modo de prepararse:

1. Se acrema el queso con la leche condensada

2. La gelatina se disuelve en media taza de agua caliente y se le añade media taza de agua fría. Esto se añade a la mezcla del queso y la leche y se sigue batiendo.

3. Esta mezcla se pone a medio cuajar en el refrigerador y más o menos una media hora después se saca y se vuelve a batir.

4. Se vacía todo en la base para pay, se le espolvorea galleta María molida como adorno o la cáscara del limón en espiral.

5. Rezar un Padrenuestro y un Avemaría por la abuela Márgara y disfrutar bien frío.

*Acremar: Batir el queso con la leche hasta que quede esponjado o tenga una consistencia parecida a la pomada, con la ayuda de una batidora.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

miércoles, 22 de junio de 2016

Algunos de mis recuerdos de la Beata María Inés...

Es difícil escribir sobre un santo; mucho más difícil todavía cuando el santo es el propio fundador del Instituto religioso. No obstante es un deber hablar. Quisiera intentar decir algo sobre la Beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, fundadora de la congregación de los «Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal» a la cual indignamente pertenezco y de la cual, también indignamente y sin merecerlo, fui el primero a ser ordenado sacerdote, el 4 de agosto de 1989. No fueron muchos los encuentros personales que tuve con la Madre: Recuerdo solamente dos, los demás fueron de pequeño en alguna Misa o celebración de las hermanas Misioneras Clarisas. Los dos momentos que recuerdo fueron fuertemente incisivos en mi vida.

Cuando yo era Prevanclarista, durante la representación de una pequeña obra de teatro, organizada para festejar los diez años de la presencia de Van-Clar en Monterrey, México, yo tenía el papel cómico de un angelito. Entre los espectadores, estaba Madre Inés disfrutando el momento de fiesta porque celebrábamos el X Aniversario del grupo que ella misma había fundado. Estaban presentes también mis papás y mi hermano Eduardo que aún no ingresaba al grupo. Recuerdo perfectamente aquel día del mes de febrero de 1979. Yo estaba emocionado y, cuando, terminada la fiesta, me acerqué a la Madre Inés, no sabía ni siquiera como saludarla. Ella misma hizo fácil el encuentro, porque era sencilla, humana, serena, sonriente. Quien hablaba con ella se daba cuenta de que poseía la habilidad propia de las grandes almas: la de interesarse por ti y hacerte sentir como que era lo único que tenía por hacer, estar contigo. Así hacía con todos. Aquel primer encuentro me impresionó profundamente: yo lo he considerado siempre una gracia especial del Señor. El rostro de la Madre, sus ojos, su sonrisa, los tengo siempre ante mi, reflejan a Dios. Como Vanclarista, viéndola a ella, descubrí el significado del lema de Van-Clar: «Vivir para Cristo».

La segunda vez que vi a Madre Inés fue en Cuernavaca, el 30 y 31 de agosto de 1980. Yo ya no era Vanclarista, era seminarista y la Madre no estaba ya en buenas condiciones de salud. La ayudaban a caminar y debía dormir sentada en un sillón. Yo había descubierto mi vocación religiosa y sacerdotal en gran parte gracias a ella, pues cuando supe que Madre Inés estaba iniciando una congregación masculina con el mismo carisma de las Misioneras Clarisas, le solicité a ella misma formar parte de la nueva obra. Fui aceptado el 1 de junio de 1980 y el 17 de agosto inicié mis estudios en el Seminario de Monterrey, renunciando a los estudios de la Facultad de Contaduría y Administración de la universidad. Por tanto, cuando vi por segunda vez a la Madre, yo era seminarista de su naciente congregación de los «Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal», nombre que no había revelado aún en aquel entonces. Recuerdo muy bien los momentos pasados cerca de ella. Eramos muchos: estaba también mi hermano Eduardo. Nos habló de los apóstoles, de la vocación y de cómo debería ser un Misionero de Cristo. En aquellos días habló personalmente con cada uno de nosotros. A mí me animó mucho a continuar el camino emprendido. 

Recuerdo que en aquel encuentro, a manera de retiro espiritual, nos habló especialmente de la Eucaristía y la Reconciliación. Nos dijo cómo debía celebrar el sacerdote la Santa Misa, centrándose en el momento de la Consagración. «Cuando se llegue el momento de la elevación, déjenos ver un momento a Nuestro Señor, permitan al pueblo adorar a Nuestro Señor y celebren con devoción» nos dijo. Respecto al sacramento de la Reconciliación se expresó de forma simpática diciendo: «A mi no me gustan esos padrecitos que, al irse uno a confesar, solamente escuchan y al final dicen: "tú la hiciste, tu la pagaste, vete en paz y no peques más". No, que la gente se vaya siempre con un consejito, con una palabrita de aliento, yo quiero a mis hijos sacerdotes hombres de fe que sean misericordiosos y que sepan perdonar en nombre de Dios nuestro Señor».

Después de estos encuentros, mis relaciones con la Beata fueron solamente por carta y duraron sólo un año más, porque el 22 de julio de 1981, volvió a la Casa del Padre. Durante estos años que han pasado desde su muerte, y más después de haberme ordenado sacerdote y empezar a trabajar en la Causa de su Canonización; he profundizado en el conocimiento de Madre Inés a través de sus hijas, mis hermanas las Misioneras Clarisas y con los demás miembros de la Familia Inesiana que la conocieron. Especialmente aprendí mucho de ella con Madre María Teresa Botello, quien por muchos años fue la vicaria general de la Beata y después su sucesora en el gobierno de las hermanas. Ha contribuido mucho también, el estudio de sus escritos y la elaboración de varios artículos sobre ella, su obra y su espiritualidad.

De la Beata he aprendido cada día a ser sacerdote. He aquí algunas líneas espirituales que he encontrado en sus escritos y que me siguen siendo de gran ayuda en mi formación sacerdotal.

• Saberse amada de Dios.
• Reconocerse «miseria» al servicio de la «Misericordia».
• La alegre entrega a la voluntad de Dios.
• La fortaleza, reflejo de su confianza en Dios.
• La paciencia para ver crecer la obra de Dios.
• El corazón misionero: «Que todos te conozcan y te amen».
• Su amor a la Eucaristía.
• Su intimidad y amistad con la Virgen María de Guadalupe en su «¡Vamos María!»
• Su amor a la Iglesia como Madre y Maestra.
• Su visión siempre alegre de la misericordia de Dios.
• Su corazón maternal para con todos.

Estas líneas de vida espiritual no solo a mí, sino a todos los miembros de la Familia Inesiana, nos llevan a la búsqueda de metas altas de santidad.

Alfredo Leonel Delgado, M.C.I.U.

sábado, 18 de junio de 2016

HACE 56 AÑOS SE CASARON MIS PADRES... ¡Gracias por su testimonio de amor!

Hace 56 años mis padres, Alfredo y Blanca, se juraron vivir para siempre en el amor que se tienen como esposos. Esa fidelidad y perseverancia en el amor, lo sabemos, es fruto de la gracia de Dios y del re-estreno diario que hacen de ese amor. La gracia propia que se recibe en el sacramento del matrimonio no es estática, sino que fluye diariamente en un dinamismo que, en ellos dos, ha continuado viva años y años. Esa gracia siempre ha estado presente en mis padres y se ha manifestado según la voluntad de Dios y en una vida de familia en la Iglesia.

Ayer, acomodando unos libros en la Biblioteca de la casita de Alfredo y Blanca, dimos con el periódico "El Norte" del 19 de junio de 1960, en el que aparece la foto de los novios y la crónica que ahora copio tal cual: 

«Ayer, a la una de la tarde, en el Templo del Espíritu Santo, de manos del Sr. Pbro. don Salvador Martínez, recibieron la bendición nupcial la guapa y gentil Srta. Blanca Margarita Rangel Montoya y el Sr. Alfredo Leonel Delgado Laurel.

La encantadora novia entró al sagrado recinto del brazo de su señor padre el Sr. Gerónimo Rangel González, luciendo una hermosa creación de primavera (que ella misma diseñó). Siguiendo en la comitiva el novio del brazo de su señora madre doña Dora H. Laurel Vda. de Delgado y la corte de amor integrada por las guapas señoritas Elida Ayala G., María Luisa Ayala G., Sylvia Iga, Loretta Frech, Rosamagda Guajardo, Guadalupe Fernández, Rosa González y Cristian González. Las madrinas fueron las señoritas Romelia Yolanda Delgado L., de anillos; Teresita González Lozano, de ramo; Delia Sánchez Laurel, de arras; Guadalupe Fernández, de libro; Olga Peña González, de Rosario; Rosamagda Guajardo, de guantes y Ernestina Laurel de abanico. Marcela Medina, de aretes, Ana María Treviño, de pañuelo, la Sra. Margarita Valdez Vda. de Bernal, de cake; Martha Elsa Villarreal de copas y Melva Sánchez Laurel, de álbum.

Después de la ceremonia de bendición de arras y anillos, los novios escucharon la Misa de Velación estando cerca de ellos sus padres el Sr. Gerónimo Rangel González y la Sra. Dora H. Laurel Vda. de Delgado, así como sus padrinos los señores Nicolás Martínez y Sra., Joel B. García y Sr. Hugo Garza y Sra., Celestino Pineda y Sra., Alejandro Garza Galván y Sra., y los padrinos de cojines Sr. Raúl Treviño y Srta. Amelia Chavarría.

A la hora del Santo Evangelio, el Sr. José Juan Delgado Laurel y la Srta. Angélica Azucena Rangel Montoya, colocaron sobre los hombros de los contrayentes el simbólico lazo de unión.

CEREMONIA CIVIL

En la residencia de la novia, el pasado día once se celebró la ceremonia civil ante el Oficial Primero del Registro Civil Sr. Enrique Barrera Leal, formando como padrinos y testigos los señores Ildefonso Treviño y Sra., Eugenio Llanos y Sra., Julián Morales y Sra., José Sánchez González y Sra., Silvestre Peña González y Sra., Sr. Merced G. Rangel y Sra. y Mario Chejade y Sra.

Después de la ceremonia religiosa se efectuó un brindis familiar en la residencia de la familia Rangel, donde la feliz pareja recibió las felicitaciones de sus amistades y familiares.

Más tarde los novios salieron en placentero viaje de luna de miel a la capital de la República y el puerto de Acapulco y otras poblaciones del sur del país."

En una sociedad como la nuestra en que ahora se le da tanto valor al yo, a lo individual, al «ego» como dicen muchos, vemos cómo, cuando se vive de amor y se destila amor... hay unidad, hay entrega, caridad, cooperación y una actitud de protegerse y cuidarse mutuamente por años, quinquenios y décadas. El matrimonio es la base para una familia plena; y es un lugar privilegiado en donde se aprenden los valores morales, espirituales y el buen uso de la libertad, es la primera escuela de valores y el primer centro de catequesis para la niñez; es la iglesia doméstica donde aprendemos a orar, es decir, a conversar con Dios y a amar con perseverancia y fidelidad. Es lo que Alfredo y Blanca nos han heredado en vida a Eduardo mi hermano y a mí.

Un corazón enamorado es un corazón siempre despierto, ilusionado, incandescente; un corazón que sabe vivir día a día a la sorpresa de Dios; un corazón que anhela siempre dar calor en una fecundidad espiritual que sigue dando vida. 

Gracias por enseñarnos con su matrimonio que el amor verdadero es una decisión, no un sentimiento. Gracias por enseñarnos que el amor entre un hombre y una mujer puede mantenerse siempre fresco y durar hasta la muerte. Gracias por enseñarnos que el amor de esposos es fiel y como tal es constancia en lo próspero y en lo adverso; en la salud y en la enfermedad. Gracias por enseñarnos que el esposo y la esposa busca en el otro no algo para disfrutar, sino alguien a quien hacer feliz. Gracias por mostrarnos que el amor matrimonial nunca puede estar ocioso y Gracias por enseñarnos en familia a amar a Dios sobre todas las cosas con un amor total y totalizante y a valorar el significado del «Sí» como el que dio María en unión de José en la casita de Nazareth en torno siempre a Jesús.

Hoy, tanto Alfredo como Blanca, rememoran y renuevan aquel compromiso que hicieron aquel 18 de junio de 1960.

«Oh Dios, Señor del universo, 
que al principio creaste 
al hombre y a la mujer 
e instituiste el vínculo conyugal; 
bendice y confirma el amor de mis padres
y el de todos los matrimonios, 
para que expresen siempre 
en su vida, el sacramento 
que celebraron y re-estrenan cada día en la fe. 
Por Jesucristo nuestro Señor». Amén

martes, 11 de octubre de 2011

Tío Chacho, esa eterna juventud...


El instinto de conservación y la falta de fe, hacen a mucha gente tener horror al envejecimiento irremediable. Hemos hecho como sociedad un mito de la juventud. «Juventud, divino tesoro» dijo el poeta, y perder la juventud muchos lo consideran un drama. Da pena ver a personas maduras y post-maduras, intentar defenderse de la calvicie, de las canas, de las arrugas, de la flacidez... ¡Claro que no logran engañar a nadie y menos detener el tiempo, porque el tiempo pasa de prisa!

Hace un año que tío Chacho nos dejó para regresar a la Casa Paterna. Sus cenizas fueron depositadas en un cementerio marino en la bahía de San Francisco y nos recuerdan nuestra fragilidad. Su vida se fue acabando poco a poco en una larga vida que no restó un sólo día a su avanzada edad según los planes que Dios tenía y que fueron siendo camino de santificación para él y para su inigualable esposa, amiga y compañera, la queridísima tía Rebeca.

La edad de tío Chacho puso la justa medida en lo que Dios le pedía. La enfermedad le fue acercando,—de la mano de tía Rebeca— más y más a Dios, nuestro último fin. La última vez que lo vi, unos cuantos meses antes de su muerte, era ya un anciano que casi no se podía mover y que hablaba con mucha dificultad. La entereza de tía Rebeca, a su lado, en el momento de recibir la unción, luego de confesarse, me dejó ver con claridad que los que nos van ganando en años llevan ventaja a muchos de los frágiles muchachos de última generación. Los dos fueron viviendo su realización plena en la unión matrimonial, en lo próspero y en lo adverso; en la salud y en la enfermedad y uno y otro, como toda gente mayor, fueron llegando a la meta del amor compartido hasta que la muerte da una nueva visión a ese amor.

San Pablo, en una de sus cartas a los corintios escribe: "Por eso no nos desanimamos. Al contrario, mientras nuestro exterior se va destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día. La prueba ligera y que pronto pasa, nos prepara para la eternidad una riqueza de gloria tan grande que no se puede comparar. Nosotros, pues, no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo invisible, ya que las cosas visibles duran un momento y las invisibles son para siempre." (2 Cor 4,16-18)

No escribo todo esto con el afán de que nos resignemos mansamente a lo inevitable, como es la muerte o el envejecimiento. Escribo, por el contrario, porque pienso en tío Chacho como un anciano gozoso que fue llamado por Dios y porque pienso en la fortaleza de tía Rebeca, heroica como las grandes mujeres de la Biblia. A lo largo de los años las canas y arrugas de los dos, fueron transformando sus rostros y la incapacidad para moverse de tío Chacho fue transformando su cuerpo hasta quedar como el de Cristo bajado de la cruz. Todo se fue convirtiendo en ellos dos en signos del gozoso llamado de Dios a hacer su voluntad. Y las enfermedades y achaques que se le fueron multiplicando y complicando a él le decían lo mismo a tía Rebeca y a todos: la meta está siempre cerca. Pronto el vería a Dios. 

Vivimos normalmente un determinado número de años, habiendo sufrido, como todo mundo, pocas o muchas enfermedades pasajeras. De repente un buen día, descubrimos con pena que tenemos azúcar, o cáncer, o artritis, o alta presión, o esclerosis y ese cuerpo tan fiel, tan duradero, tan útil, se empieza a desmoronar irremediablemente. Y después de muchos o pocos cuidados, en un plazo más o menos corto, morimos... caemos fulminados por un paro cardíaco o perecemos víctimas de un accidente fatal.

Al final, de una manera u otra, todos morimos. Nadie absolutamente escapará de la muerte. Es la realidad más irrefutable del mundo. Desde que somos concebidos en el vientre de nuestra madre, somos por definición, mortales. La muerte es el trance definitivo de la vida. Ante ella cobra todo su realismo la debilidad e impotencia del hombre. ¡Un misterio!
El gran San Ignacio de Antioquía, anciano y camino al martirio, avanzaba gozoso al encuentro con Dios y escribe a los romanos: "Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre. No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo»".

¡Qué maravilla llegar a comprender que la muerte es el inicio de la verdadera vida y que todo esto, en medio del sufrimiento y del dolor, del gozo y de la alegría, de la sorpresa y la esperanza, no ha sido sino un ensayo, un camino, una invitación sean los años que sean!

Tío Chacho ya perseveró y descansó. ¡Dale Señor el descanso eterno y brille para él la Luz Perpetua! Descansó aquel chiquillo travieso, descansó aquel adolescente inquieto, descansó el joven aventurero, el esposo providente, el padre fiel, el hermano, el primo, el tío, el amigo; descansó de las luchas y fatigas de esta vida y ahora, bajo la mirada consoladora de María, ve la luz para siempre, sin sombras de muerte, sin tinieblas de angustias, dudas o ignorancias esperando la llegada, algún día, de tía Rebeca y de todos los demás para contemplar juntos la luz total de contemplar la gloria de Dios en todo su esplendor, en la consumación del amor perfecto y eterno que ese si es «La Eterna Juventud».

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

lunes, 21 de febrero de 2011

Los viajes recorriendo México...

Los años pasan, la vida da vueltas y más vueltas, y como bien dicen por allí, recordar nuestro pasado enriquece nuestro presente. Soy feliz de ser misionero, volvería a hacer esta elección vocacional siempre, me siento contento de haber podido responder con un "sí" al llamado inicial que Dios me izo y que trato de reestrenar cada día.

Un misionero, por lo general, tiene que viajar mucho. Yo creo que lo traigo en la sangre como herencia de unos padres a los que, desde antes de que yo naciera, ya viajaban y, en unas líneas, quiero hacer remembranza de algunos de esos viajes que han quedado grabados en mi corazón y que me ayudaron, desde pequeño, a valorar la fe recorriendo tantas y tantas iglesias y conventos en diversos lugares. Museos, Catedrales, parques temáticos y de diversiones, ruinas arqueológicas, malls, zoológicos y tantas cosas más.

Tengo vivos recuerdos de infinidad de viajes que hicimos Lalo y yo con papá y mamá. Aquellos veranos en México, visitando al abuelo, aprovechando que papá, por el trabajo, pasaba gran parte de julio y agosto allá; o aquellas cabalgatas en la tierra coahuilense que vio nacer a papá, paseos entre Allende, Zaragoza, Piedras y por supuesto Eagle Pass. Las idas a Laredo los sábados o a McAllen con los padrinos Raúl y Amelia. Según, sé, desde el vientre materno fuí a San Antonio Texas. Me viene ahora a la mente aquel otro viaje con Lalo, Yoyina y las sobrinitas a Houston y las divertidas vacaciones en diversos años a La Isla del Padre.

Me acuerdo de vacaciones en Tampico y Veracruz, acompañados de los tíos y primos en algunas ocasiones o de los padrinos en otras. Los recorridos de San Luis Potosí y San Juan de los Lagos o Zacatecas, Guadalajara y Guanajuato con los amigos de papá y mamá en Guadalajara.

Cómo olvidar los paseos en las playas del Revolcadero o Caleta en Acapulco con los Gómez, o aquellas playas vírgenes de Tuxpan... Algunos de los primos o tíos recordarán aquel viaje que hicimos a México: unos en avión, otros en autobús o en aquella camioneta verde del tío Humberto para luego continuar a Guadalajara con una "fallida" escala en Morelia. Me veo retratado de pequeño en el acueducto de Querétaro o en una trajinera de Xochimilco junto a Lalo y aquellas tías de México que nos llevaban a la Basílica Antigua. Qué días aquellos en los que subíamos corriendo los escalones de la pirámide del sol en Teotihuacán o jugábamos carreritas Lalo y yo en Tajín.

Y pienso también en los viajes que compartimos ya siendo yo seminarista o sacerdote a Cuernavaca, a la Casa Madre; a Tabasco, con la belleza de La Venta y Palenque; o a Puerto Madero y Tapachula en Chiapas; a "La Caldera" en Abasolo y por supuesto a muchos lugares de Michoacán como la ribera del lago de Pátzcuaro que tanto hemos disfrutado hasta hace pocos años.

Por eso ahora, cuando tengo que pasar horas enteras dentro de un autobús o de un avión... contemplo, recuerdo, revivo aquellos momentos y rezo dando gracias a Dios por esta maravillosa vocación de ser misionero y viajar para llevar el mensaje de salvación como misionero, portador del amor de Jesús, el Misionero del Padre que, desde pequeño, hubo también de viajar.

Con estas palabras, he hecho ahora también  un viaje, y conste que escribo "estando de viaje",  hospedado en el Distrito Federal en frente de la Basílica de Guadalupe y celebrando el día 2 de la Candelaria.

¿Cuántos viajes más haré? No lo sé, porque en tantos años, la tarea misionera me ha hecho ir hasta África, pero sé, definitivamente, que habrá un viaje final, y será hermoso, porque será el regreso feliz a la Casa del Cielo para contemplar a Dios cara a cara. Mientras llega el día... mañana sigo aquí para ir al funeral de la mamá de uno de nuestros vanclaristas más entregados; luego participo en un encuentro sacerdotal misionero; el sábado voy a Puebla y lunes a Cuernavaca , luego regreso a Monterrey y después... ¡Si Dios quiere, a dónde Él quiera!

domingo, 20 de febrero de 2011

Tía Reyna voló al cielo...

"Las almas de los justos están en las manos de Dios
y no los alcanzará ningún tormento".
Sab 3,1-9


Corrían los primeros minutos del sábado pasado cuando Reyna Ayala dejó este mundo luego de una enfermedad que le acompañó por un buen tiempo. "Tía Reyna", como me enseñaron mis papás a llamarle desde muy pequeño, era la comadre entrañable de mi mamá que, motivada por mi misma madre, se adentró a vivir su vocación de esposa, madre y apóstol cristiano en la "Agrupación de Esposas Cristianas" desde hace mucho tiempo.

Son muchas, muchísimas las cosas que recuerdo de esta maravillosa mujer, casada con "mi tío Samuel" (también tío de cariño y ferviente y comprometido miembro de la Iglesia Metodista) y madre de Samuelín, Carmina y la Chata. Fueron 82 años de una larga vida en la que no pude ver otra cosa que no fuera el rostro de una mujer feliz que destilaba caridad y justicia. Sí, podemos decir que esa fue una característica especial en ella: dar a cada uno lo que le corresponde y eso, acompañado de mucho amor. Así lo puede testimoniar la familia, los "sobrinos" como yo, los compadres, los chicos y chicas que se asistían en su casa, los vecinos, en fin...

De muy pequeño, era la vecina de al lado, con todas las buenas características que una vecina excepcional pueda tener. Mujer de temple y a la vez alegre, con una carcajada que para mí será siempre inolvidable y que invitaba a reír con ganas. Sencilla y generosa, ¡siempre dio y se dio con alegría! Entre las amigas de mi madre era conocida como "la comadre Reyna"

Tanto ellos, como nosotros, nos cambiamos de aquella calle de Torreón, en la colonia Chapultepec y las relaciones cordiales y de familia siguieron siendo las mismas, o quizá, más profundas. Los hijos tomamos rumbos diferentes y los compadres siguieron su mismo camino de compartir la vida en la plática alegre, las visitas mutuas, el café y la tarea hermosa de vivir para Cristo con una vida serena y llena de Dios. ¡Era sabrosa la plática con tío Samuel y tía Reyna!

Hace algunos años le diagnosticaron un cáncer en el estómago que no diezmó para nada su fe, vivió alegremente llena de esperanza obedeciendo a los médicos, siguiendo tratamientos y visitando frecuentemente el hospital. En los últimos meses, aunque ella no lo decía, sí lo decían los demás con un cierto aire de dolor: "¡Se le ve muy cansada!"

Ahora ella ya no está cansada, ella goza, estoy seguro que ha "volado" al cielo porque su vida fue un cumplir la voluntad de Dios realizándose plenamente en lo que Dios le había encomendado. El Señor me permitió acompañarle en el último adiós en la Misa Exequial en la que muchísima gente participó con fe, agradeciendo los infinitos beneficios que Dios concedió a tía Reyna y a muchos y muchas a través de ella, la mujer justa y llena de caridad. La Virgen la llevó de su mano al cielo, era sábado el día del funeral.

¡Qué hermoso es desgastar la vida así... dándose! Descanse en paz tía Reyna.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.