Mostrando entradas con la etiqueta Pecado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pecado. Mostrar todas las entradas

martes, 30 de agosto de 2022

Que el Señor nos libre del maligno enemigo... (Un tema para reflexionar)


El diablo es un vil engañador y actúa de forma sutil para adentrarse en las vidas de quienes, por debilidad, caen en sus garras. El 26 de septiembre de 2018, el Papa Francisco afirmó que el diablo está vivo, que goza de buena salud y que está haciendo horas extra para erosionar a la Iglesia Católica.

En la época actual, hay muchas personas que no creen en el diablo, y es que en nuestra sociedad, sobre todo en las películas, casi siempre se retrata incorrectamente quién es el diablo y cómo trabaja. Al contrario, la Biblia, en muchos lugares nos da buenas pistas sobre el diablo y cómo tratar con él. La Biblia nos dice que él es un ángel caído que rebeló contra Dios, y que debemos ser cautelosos en nuestro trato con él porque es muy astuto. 

A continuación comparto algunas de las citas bíblicas en las que se le menciona:

«Practiquen el dominio propio y manténganse alerta. Su enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar» (1 Pedro 5,8).

«Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales». (Efesios 6,12).

«Pónganse toda la armadura de Dios para que puedan hacer frente a las artimañas del diablo». (Efesios 6,11).

«Pero el Señor es fiel, y él los fortalecerá y los protegerá del maligno». (2 Tesalonicenses 3,3).

«Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo, y él huirá de ustedes». (Santiago 4,7).

«Si se enojan, no pequen. No permitan que el enojo les dure hasta la puesta del sol, ni den cabida al diablo». (Efesios 4,26-27).

«El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo ha estado pecando desde el principio. El Hijo de Dios fue enviado precisamente para destruir las obras del diablo» (1 Juan 3,8).

«Ustedes son de su padre, el diablo, cuyos deseos quieren cumplir. Desde el principio este ha sido un asesino, y no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, expresa su propia naturaleza, porque es un mentiroso. ¡Es el padre de la mentira!» (Juan 8,44).

«Ustedes no han sufrido ninguna tentación que no sea común al género humano. Pero Dios es fiel, y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que puedan aguantar. Más bien, cuando llegue la tentación, él les dará también una salida a fin de que puedan resistir» (1 Corintios 10,13).

«Muy pronto el Dios de paz aplastará a Satanás bajo los pies de ustedes. Que la gracia de nuestro Señor Jesús sea con ustedes. (Romanos 16,20).

«Muy bien —le contestó el Señor—. Todas sus posesiones están en tus manos, con la condición de que a él no le pongas la mano encima. Dicho esto, Satanás se retiró de la presencia del Señor» (Job 1,12).

«Por lo tanto, pónganse toda la armadura de Dios, para que cuando llegue el día malo puedan resistir hasta el fin con firmeza» (Efesios 6,13).

«No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno» (Juan 17,15).

«Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno» (Mateo 6,13).

«No se nieguen el uno al otro, a no ser de común acuerdo, y solo por un tiempo, para dedicarse a la oración. No tarden en volver a unirse nuevamente; de lo contrario, pueden caer en tentación de Satanás, por falta de dominio propio» (1 Corintios 7,5).

«Ananías —le reclamó Pedro—, ¿cómo es posible que Satanás haya llenado tu corazón para que le mintieras al Espíritu Santo y te quedaras con parte del dinero que recibiste por el terreno? ¿Acaso no era tuyo antes de venderlo? Y una vez vendido, ¿no estaba el dinero en tu poder? ¿Cómo se te ocurrió hacer esto? ¡No has mentido a los hombres, sino a Dios!» (Hechos 5,3-4).

«Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto. Allí estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada durante esos días, pasados los cuales tuvo hambre» (Lucas 4,1-2).

Nuestra Iglesia Católica ha confirmado y ampliado estas ideas bíblicas a lo largo de los 2000 años de nuestra historia. Si bien debemos ser conscientes de la existencia del diablo y cautelosos en nuestro trato con él, tanto la Biblia como la Iglesia nos enseñan que no debemos tenerle miedo porque nuestro Dios es mucho más poderoso que él, ya que el diablo solo es una criatura, pero debemos estar atentos a sus artimañas, porque engaña fácilmente. Como dijo muy bien San Agustín hace muchos siglos, el diablo es como un perro encadenado que ladra; puede ladrar mucho, pero se mantendrá encadenado, a menos que nosotros lo desencadenemos por nuestras decisiones pecaminosas. Así que, mientras sigamos a Jesús y tratemos de hacer la voluntad de Dios en nuestras vidas, el diablo no puede dañarnos. Sin embargo, lo que el diablo puede hacernos es que puede tentarnos y tratar de alejarnos de nuestra relación con Dios, que es Amor y Verdad. 

El diablo tiene un sin fin de mentiras que utiliza para seducir y si no estamos atentos podemos caer en la tentación. Él es un mentiroso y por eso llamado el padre de la mentira. Trabaja en nuestras vidas para tentarnos, hacernos caer en el pecado y así alejarnos de Dios, y también en el mundo tratando de engañarnos confundiéndonos. Él quiere que perdamos la fe y que nos alejemos de Dios.

HE aquí algunas de las mentiras que nos quiere hacer creer y ante las que hay que estar muy atentos:

1.-No pasa nada si eso te hace feliz. 

2.-Dios es un sentimiento y no religión, la religión no salva. 

3.-No existen las verdades absolutas. 

4.-El diablo no existe. 

5. Todos somos hijos de Dios 

6.-Todas las religiones llevan a Dios. 

7.- Los dogmas nos unen a la   ignorancia. 

8. -¿Por qué confesarle a un hombre cuando puedes hablar con Dios directamente? 

9.-Es mi cuerpo y yo decido. 

10.- ¿Para qué bautizar al bebé? Espera hasta que haya crecido y que él elija lo que quiere. 

11. -María murió como todas las mujeres. 

12.-El infierno es un invento medieval 

13.- El Purgatorio es un invento de la Iglesia para sacarle el dinero a los fieles. 

14.- ¿Para que ir a misa? Solo hay hipócritas!

15.- ¿Por qué casarse? El amor no tiene compromisos. 

16.-Solo se vive una vez, disfruta la vida antes de arrepentirte. 

17.-No hay manera. Dios nunca te perdonará. 

18.- Tener familia es cosa del pasado. 

19.- ¡No te preocupes! Cuando mueres, termina ahí, no hay nada después. 

Cuidado con el diablo, no conviene jugar con él. Hay que recordar que debemos ser sobrios y vigilantes recordando que la misericordia de Dios es infinita y perdona todo pero, siempre y cuando, se perciba nuestra condición de pecadores. Por eso se dice que Dios ama y salva a los humildes. En cambio, el corrupto no conoce humildad, no se considera necesitado de ayuda, disfraza su vicio con la buena educación, intentando siempre salvar las apariencias. ¡Cuidado con las mentiras y asechanzas del demonio!

Si recurrimos a María santísima, ella nos ayudará a librarnos de las garras del enemigo. Sabemos que dentro de las armas poderosas para vencer al demonio está el Rosario, tal como se lo reveló la Santísima Virgen a Santo Domingo de Guzmán.

Una de las imágenes que más retrata la fuerza de María es en la que aparece ella aplastando la cabeza de la serpiente y que tiene referencia al libro del Génesis (3, 15), cuando Dios dice al enemigo: «enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar».

San Juan Pablo II afirmó que «el Hijo de María obtuvo la victoria definitiva sobre Satanás e hizo beneficiaria anticipadamente a su Madre, preservándola del pecado. Como consecuencia, el Hijo le concedió el poder de resistir al demonio, realizando así en el misterio de la Inmaculada Concepción el más notable efecto de su obra redentora».

Ya saben ustedes que yo le tengo gran devoción a san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, así que no puedo dejar de mencionar algo quede él se sabe: En cierta ocasión el Santo Cura de Ars interrogó a un poseso: «¿Te posesionarás tú de nuestro país (Francia)?» –Y él contestó: «No puedo hacerlo porque esa Señora que ustedes llaman Virgen María, se pasea de norte a sur y de occidente a oriente impidiéndome actuar».

Mi otra santita a la que tanto me encomiendo es santa Teresita del niño Jesús. En su vida, como en la de todos los santos, el diablo, con el permiso de Dios, intentó obstaculizar su camino hacia la santidad. Ella misma consideró como obra del demonio la misteriosa enfermedad que la atacó a los nueve años. Del mismo modo, consideró como una tentación diabólica la angustia que sintió en la vigilia de su profesión religiosa, a tal punto que pidió luz a la maestra de las novicias y a la madre superiora.

Su hermana Celina, en la fe sor Genoveva, dio este testimonio de lo que sucedió casi al final de la vida de santa Teresita: «Una mañana, al despertar, la encontré angustiadísima; parecía encontrarse en una lucha violenta y penosa. Me dijo: ‘Esta noche sucedió algo misterioso: Dios me pidió que sufriera por ustedes y acepté; inmediatamente mis sufrimientos se duplicaron. Tú sabes que me duele particularmente el costado derecho; bien: de repente ha empezado a dolerme también el izquierdo y con una intensidad casi insoportable. Entonces entendí la acción tangible del demonio, que no quiere que yo sufra por ustedes. Me estrechó como con una mano de hierro, impidiéndome tener el más mínimo alivio y llevándome a la desesperación. ¡Sufro por ustedes y el demonio no quiere!’».

Finalmente, hago referencia a una carta de mi madre fundadora, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, donde nos invita a vivir en la alegría para alejar así las insidias del enemigo: «Continúen alegres, sencillos, abnegados. No permitan, hijos, que el demonio les quite la alegría, tan peculiar de nuestra congregación. El diablo no puede entrar en un alma espiritualmente alegre. Y, claro, el saber sonreír en toda circunstancia, penosa o alegre, el saber vivir el momento presente con la alegría de los hijos de Dios, con la alegría de las almas consagradas, será ya anticipadamente un paraíso en la tierra» . (Carta del 27 de febrero de 1977).

Que el Señor Jesús venga siempre en nuestro auxilio.

Padre Alfredo.

viernes, 3 de abril de 2020

EL ESPÍRITU SANTO SONDEA LAS PROFUNDIDADES... Un tema para retiro


El mundo ha perdido el sentido del pecado. Se bromea, como si se tratara de la cosa más inocente del mundo. Condimenta con algunas ideas burlonas del pecado, la venta de sus productos y espectáculos para hacerlos más atractivos. La sociedad actual habla del pecado, incluso de los más graves, pero en diminutivo: pecadillos, pequeños vicios, etc... El mundo actual tiene miedo de todo, de la contaminación atmosférica, de la pérdida de la capa de ozono, de las enfermedades nuevas, de la guerra atómica, menos del pecado.

San Lucas, en su evangelio, en el capítulo 12 nos dice: «Les digo a ustedes, amigos míos: No teman a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. Les mostraré a quien deben temer: teman a Aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar a la gehena; sí, se los repito: teman a ese» (Lc 12,4-5).

La condición actual de pecado, ejerce una influencia tremenda en todos, incluso en el católico comprometido, aquel que quiere vivir profundamente el evangelio en medio del mundo. El pueblo cristiano ya no reconoce a su verdadero enemigo, muchos de los que hablan de lo que es «pecado», tienen de él una idea completamente inadecuada. 

El pecado, con frecuencia, es despersonalizado y puesto en estructuras; se acaba identificando al pecado con los de izquierda o los de derecha, con los del norte o los del sur. Pero, también del pecado vale lo que Cristo dice del reino de Dios en Lucas 17,20-21: «Habiéndole preguntado los fariseos cuándo llegaría el Reino de Dios, les respondió: “el Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: ‘Véanlo aquí o allá’, porque el Reino de Dios ya está entre ustedes”». Pudiéramos decir entonces: «Cuando les digan: el pecado está aquí, o el pecado está allá, no lo crean, ¡pues el pecado está dentro de cada uno! Más que liberarse del pecado, todo el empeño está concentrado hoy en liberarse del remordimiento del pecado y, en vez de luchar contra el pecado, se lucha contra la idea de pecado.

Vayamos al texto aquel, del evangelio de San Lucas, en el que Jesús, apareciéndose resucitado a los discípulos les dice: «Miren, yo voy a enviar sobre ustedes la Promesa de mi Padre» (Lc 24,49). La Promesa del Padre es el Espíritu Santo, el Paráclito, el «abogado» que «convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio», según el evangelio de San Juan (Jn 16,8). En este pasaje, Jesús añade una explicación que dice: «en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia, porque me voy al Padre, y ya no me verán; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado» (Jn 16,9-11).

Jesucristo ha venido al mundo para salvarlo y ha prometido la asistencia del Espíritu para que asista al hombre en su debilidad, como dice San Pablo en la carta a los Romanos: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 8,26). El Espíritu Santo, Promesa del Padre, que nos ha sellado (cf. Ef 1,13), nos convence sobre la remisión de los pecados y nos envuelve en un proceso de conversión.

En los primeros momentos, luego de Pentecostés, la acción del Espíritu Santo, queda manifestada por Pedro cuando responde a la pregunta que unos hombres le hacen: «Conviértanse y que cada uno de ustedes se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de sus pecados; y recibirán el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para ustedes y para sus hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro» (Hch 2,37-39).

“De este modo, el «convencer en lo referente al pecado», llega a ser a la vez un convencer sobre la remisión de los pecados, por virtud del Espíritu Santo. Pedro, en su discurso de Jerusalén exhorta a la conversión, como Jesús exhortaba a sus oyentes al comienzo de su actividad mesiánica (cf. Mc 1,15).

La conversión plena y definitiva, exige la convicción de que hay que renunciar al pecado, porque este es el primer paso para alcanzar la conversión, reconocer el pecado. San Juan decía que, si afirmamos estar sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y convertimos a Dios en un mentiroso (1 Jn 1,8-10). Cristo murió por nuestros pecados.

El Espíritu Santo, con su asistencia, nos ayuda a reconocer en nosotros la asistencia del pecado, no se aleja Él de nosotros, aunque nosotros no lo dejemos actuar. «El Espíritu, que “todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios”, conoce desde el principio lo íntimo del hombre. Precisamente por esto sólo él puede plenamente “convencer en lo referente al pecado”» (Dominum et Vivificantem, n. 35). «El hombre no puede decidir por sí solo lo que es bueno y malo, no puede “conocer el bien el mal como dioses”. Sí, en el mundo creado Dios es la fuente primera y suprema para decidir sobre el bien y el mal, mediante la íntima verdad del ser, que es reflejo del Verbo, el eterno Hijo, consubstancial al Padre. Al hombre, creado a imagen de Dios, el Espíritu Santo da como don la conciencia, para que la imagen pueda reflejar fielmente en ella su modelo, que es sabiduría y ley eterna, fuente del orden moral en el hombre y en el mundo» (Dominum et Vivificantem, n. 36).

El Espíritu Santo hace al hombre darse cuenta de su mal y, al mismo tiempo, lo orienta hacia el bien. El Espíritu Santo se hace «lumbre de los corazones» (cf. Secuencia del Espíritu santo) que ilumina el camino del hombre en el retorno al bien. En virtud de los siete dones del Espíritu santo, todos los males pueden ser destruidos y se puede producir todo bien.

El evangelio de San Lucas nos narra una parábola preciosísima en la que se muestra este primer paso para reconocer el pecado, es la bastante conocida parábola del hijo Pródigo, en la que el famoso hijo menor, luego de haber pecado y de haber despilfarrado la herencia, reconoce su pecado y se propone decirle a su padre una frase que parece que llega hasta lo profundo de su corazón y se queda grabada: «Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo...» (Lc 15,18-19). Conocemos de sobra la reacción del padre cuando el muchacho vuelve a repetir, ya de frente a él: «Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo» (El relato completo es Lc 15,11-32). Bajo el influjo del Paráclito, se realiza, por lo tanto, la conversión del corazón humano, que es condición indispensable para el perdón de los pecados.

El segundo paso para alcanzar la conversión es el arrepentirse del pecado. Para alcanzar la conversión es necesario arrepentirse del mal. La palabra «arrepentirse», del griego «metanoein», indica un cambio de pensamiento, de mentalidad. Sustituir nuestro modo de pensar por el modo de pensar de Dios. Arrepentirse es entrar en el juicio de Dios. Dios tiene un juicio sobre nosotros, sobre nuestro estado espiritual, sobre nuestra conducta, y este juicio es el único total y absolutamente verdadero; sólo Dios conoce hasta el fondo nuestro corazón, nuestras responsabilidades y también nuestros atenuantes. Dios lo sabe todo sobre nosotros. Arrepentirse es hacer nuestro ese juicio de Dios sobre nosotros, diciendo: «Dios mío, me someto a tu juicio». 

Un componente esencial del arrepentimiento, cuando es sincero es el dolor. El creyente se entristece por haber actuado mal y se duele de aquello. En el arrepentimiento obra, por supuesto, el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, «dedo del fuego de Dios», toca nuestro corazón, o sea, nuestra conciencia, que “es el «sagrario íntimo» donde «resuena la voz de Dios» (Dominum et Vivificantem, n. 43) y hace que broten deseos de renovarse. Nada regenera más la esperanza y la confianza que el decir, cuando es necesario: «¡He pecado, me he equivocado!» y, a veces, se ha de llegar hasta las lágrimas. 

Una vez, un fariseo le rogó a Jesús que fuera a su casa y comiera con él, allí acudió también una mujer pecadora que, arrepentida, lloró a los pies de Jesús por sus pecados. Ya conocemos la historia, y sabemos lo que Jesús dijo al fariseo casi al final del relato: «Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor» (Lc 7,47) y lo que dijo a la mujer: «Tus pecados quedan perdonados... tu fe te ha salvado. Vete en paz». (Conviene leer todo el relato en Lc 7,36-50).

El salmo 32, describe maravillosamente la transformación que se alcanza con el arrepentimiento: «¡Dichoso el que es perdonado de su culpa, y le queda cubierto su pecado!... Cuando yo me callaba, se sumían mis huesos en mi rugir de cada día, mientras pensaba, día y noche, tu mano sobre mí; mi corazón se alteraba como un campo en los ardores del estío... Mi pecado te reconocí, y no oculté mi culpa; dije: “Me confesaré a Yahveh de mis rebeldías”. Y tú absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado...» (Sal 32,1.3-5). Mientras el hombre conserva dentro de sí el pecado y rechaza el reconocerlo sin arrepentirse, éste lo consume y lo mantiene triste; pero cuando se arrepiente y decide confesarlo a Dios, experimenta de nuevo la paz y la dicha.

El tercer paso en este itinerario de la conversión es «romper definitivamente con el pecado». Este paso consiste, pudiéramos decir, en «pararle el alto» al pecado. Es la fase del propósito de no pecar más. Ciertamente nadie de nosotros se convertirá en impecable y plus cuam perfecto de un día para otro. El pecado nos tiene esclavizados mientras no le decimos un verdadero y fuerte «¡Basta!». 

El pasaje de Zaqueo, en el evangelio, nos ilustra al respecto: «Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: “Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo”» (Lc 19,8). Zaqueo se hizo un propósito, tomó una determinación. «El hombre, pues, lejos de dejarse “enredar” en su condición de pecado, apoyándose en la voz de la propia conciencia, “ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo”» (Dominum et Vivificantem, n. 44). Es el Espíritu Santo el que puede ayudar a decir: ¡Basta! y a huir de las ocasiones de pecado.

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, en sus primeros años de vida religiosa, se hizo un propósito que mantuvo firme toda su vida: «Señor, en lo que hasta ahora haya delinquido, quiero repararlo con tu gracia y no cometer jamás falta deliberada» (Ejercicios Espirituales de 1933). El último paso en el que pudiéramos pensar para alcanzar la conversión es el de «destruir el cuerpo del pecado». El hombre puede cometer el pecado, pero no puede perdonarlo, hay que unir el arrepentimiento al sacramento de la Reconciliación para destruir así el cuerpo del pecado.

«La sangre de Jesús —dice San Juan— nos limpia de todo pecado» (1 Jn 1,7). La sangre de Cristo es el gran y potente «disolvente» que, en el sacramento de la penitencia, gracias a la potencia del Espíritu santo que obra en él, puede disolver el cuerpo del pecado. A la Iglesia le ha sido concedido el poder de perdonar los pecados en nombre de Jesús y en virtud del Espíritu Santo. «Reciban —dijo Jesús a sus apóstoles— el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados» (Jn 20,22). El Espíritu Santo no se limita, pues a «convencernos en lo referente al pecado», sino que Él nos libra del pecado. Más aún, es Él mismo «la remisión de los pecados».

Debemos dejar actuar al Espíritu Santo para que el sacramento de la Reconciliación no sea un rito, un hábito o una obligación, sino una necesidad del alma que se sabe amada por Dios y que busca su perdón. Luego de la confesión, hemos de sentirnos como Zaqueo y escuchar aquellas mismas palabras de Jesús: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,9-10).

A este Sacramento, por supuesto, se une la Eucaristía. Los Padres de la Iglesia y los teólogos de todos los tiempos, siempre han reconocido en la Eucaristía una eficacia general para la liberación del pecado. Cada vez que recibimos a Jesús en la Eucaristía, a ese Jesús que la noche de la Cena Pascual dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con ustedes» (Lc 22,15), el pecado sale un poco más consumido, como un bloque de hielo cuando es acercado al fuego.

La penitencia, el sacrificio, la mortificación, son elementos que nos ayudan a cooperar con lo que está de nuestra parte para la destrucción del pecado. El Espíritu inspira siempre diversas formas de hacer penitencia, de ofrecer sacrificios y de vivir la mortificación. Una joven apóstol —de la que no tengo referencias, más que sólo esta que menciono— sufrió persecución y cárcel, se llamaba Paquita Rovira Nebot, es desconocida para nosotros y es conocida para algunos, porque fundó una Institución Apostólica y trabajo muchos años en ello. Esta santa mujer decía que aprendió a «comulgar» diciendo «fiat» a todos los sacrificios que se le presentaban, cuando murió, sus últimas palabras fueron: «De mí ya no queda nada... “Fiat”, “Magnificat”» (Del Testimonio dado por Mons. Juan Esquerda Bifet en “La fuerza de la debilidad”, p. 67). La beata María Inés Teresa decía cuando estaba en la Clausura: «Practicaré los actos de penitencia prescritos por la Regla y Constituciones con espíritu de humildad y compunción por mis propias faltas y por las de los demás, ofreciéndolas a Dios unidas a sus méritos divinos para negociar con ellas en los intereses de Jesús. Si todo esto no es la santidad, sí es un medio para ir a ella» (Ejercicios Espirituales de 1943). 

María Santísima, alma pura y llena del Espíritu Santo, no hizo a un lado el sufrimiento, lo asumió con amor que unió a los méritos del Redentor, desde que escuchó aquellas palabras del anciano Simeón, que las dijo también, lleno del Espíritu Santo: «¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!» (Lc 2,35).

La vida de la gracia es maravillosa, y vivir bajo el influjo del Espíritu es don, pero también tarea, es regalo de Dios, pero también es conquista. Cuán cierto es aquello que San Agustín decía: «Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta encontrarte a ti».

Padre Alfredo.

viernes, 15 de febrero de 2019

«Agradeciendo el perdón de los pecados»... Un pequeño pensamiento para hoy


Satanás convocó a una convención mundial de demonios y en su discurso de apertura dijo: «No podemos evitar que los católicos vayan a la Iglesia. No podemos evitar que lean la Biblia y conozcan la verdad. Tampoco podemos evitar que se entreguen a una intima relación con su Salvador. Cuando llegan a esa situación, nuestro poder sobre ellos se rompe. Así que, dejémosles concurrir a sus Iglesias, dejémosles tener sus reuniones, pero robémosles el tiempo, así no tendrán oportunidad de desarrollar una relación con Dios. Esto es lo que quiero que hagan: ¡Distráiganlos durante todo el día!» ¿Cómo haremos esto?, gritaron los demonios. «Manténganlos ocupados en trivialidades e inventen innumerables cuestiones para ocupar sus mentes. Tiéntenlos a gastar, gastar, gastar, y pedir, pedir, pedir prestado. Persuadan a sus esposas a salir a trabajar por largas horas y a los maridos a trabajar 6 o 7 días cada semana, 10 a 12 horas diarias; así ellos podrán mantener ese estilo vacío de vida y estarán siempre cansados. Eviten que pasen tiempo con sus hijos y su familia se fragmentará. Sobre estimulen sus mentes. Mantengan continuamente sus TV, sus grabadoras, sus CD y sus computadoras encendidas. Asegúrense que cada negocio y restaurante en el mundo pase constantemente música popular; ello contribuirá sutilmente a llenar sus mentes y romper su unión con Cristo».

Satanás, emocionado, proseguía con su discurso: «Llenen las mesas con revistas y diarios. Repiqueteen en sus mentes con noticias mundiales 24 horas al día. Invadan las rutas con anuncios panorámicos. Inunden sus buzones con catálogos, publicidades y toda clase de propaganda y promoción ofreciendo productos gratis, servicios y falsas esperanzas. Presenten hermosas y delgadas modelos en revistas, películas y TV, así los esposos creerán que la belleza exterior es lo importante, y quedarán insatisfechos con sus esposas. Mantengan a las esposas muy cansadas. Denles dolores de cabeza, también. Si no les dan a los esposos el amor que ellos necesitan, ellos comenzarán a buscarlo afuera. Esto fragmentará la familia rápidamente. Denles cosas que les distraigan del verdadero significado de Navidad. Denles signos para no hablar de la Resurrección y el poder de Cristo sobre el pecado y la muerte. Hagan que al regreso de sus recreaciones estén exhaustos. Logren que estén tan ocupados que no puedan ir a observar la naturaleza y el reflejo de Dios en la Creación. Envíenlos a los parques de diversiones, eventos deportivos, juegos, conciertos, y cines, en su reemplazo. Manténganlos ocupados, ocupados, ocupados. ¡Ah!, cuando se reúnan para una reunión espiritual, procuren que estén atentos a chismes y habladurías para que concluyan con conciencias preocupadas. Llenen sus vidas con muchas cosas triviales de tal modo que no les quede tiempo para escuchar la Palabra. Pronto ellos estarán trabajando en su propia fuerza, sacrificando su salud y su familia». ¿Esto funcionará? ¡Era realmente un gran plan! 

Los demonios se fueron ansiosos a sus puestos asignados procurando que los católicos en todos lados estuvieran más ocupados y apurados, yendo de aquí para allá, teniendo muy poco tiempo para Dios o sus familias o para hablarles a otros del poder de Jesús. ¿Tuvo el diablo éxito? ¡Tú eres el juez! Hoy la liturgia nos ofrece uno de los salmos penitenciales, el salmo 31/32. Una acción de gracias al Señor por el perdón de los pecados del fiel que se ha arrepentido. La confesión de éstos y la obtención del perdón es la posesión de la salud total. La alegría que inunda al que ha sido perdonado de sus culpas lo hace compartir su gozo invitándonos a alabar a Dios. Quizá nosotros también, como el sordo y tartamudo del Evangelio (Mc 7,31-37) necesitamos que el Señor nos abra los oídos y nos destrabe la lengua para tener tiempo de escuchar su Palabra y proclamarla con nuestra vida. Pidámosles a la Santísima Virgen María, Madre de los pecadores, que nos ayude, como «Auxilio de los cristianos» a no caer en las garras de Satanás que confunde y aleja de Dios de una manera tan sutil como lo expresa este cuento que me encontré por ahí. Cada viernes del año es penitencial y nos da la oportunidad de agradecer al Señor que se entregó por nosotros para salvarnos corrigiendo lo que haya que cambiar en nuestras vidas. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

lunes, 29 de enero de 2018

«No dejarse seducir»... Un pequeño pensamiento para hoy

El poder del mal siempre quiere oprimir, maltratar y alienar la vida de muchas personas hoy como lo ha hecho en el pasado, a veces Dios lo permite por cuestiones que, a nuestro poco alcance, no logramos comprender. La estrategia de Absalón, seducido por el mal en cuestión de política, era robar los corazones de la gente por medio de su atractivo personal, grandes apariciones, aparente preocupación por la justicia y abrazos amistosos, cosas con las que dejaba a muchos con los ojos cuadrados, sin embargo, más tarde, Absalón demostró ser un gobernante malvado. —ni que decir, que nosotros no sabemos de casos como ese—. La primera lectura de hoy (2 Sam 15,13-14.30; 16,5-13) nos ayuda, por una parte, a ver la necesidad que tenemos de evaluar a nuestros líderes para asegurarnos de que su carisma no sea una máscara que cubra sus artimañas, la decepción o el hambre de poder y por la otra a reconocer que los errores del padre, a menudo se ven reflejados en las vidas de sus hijos. En Absalón, David vio una repetición y amplificación amarga de muchos de sus propios pecados anteriores. 

Dios había predicho que la familia de David sufriría por su pecado contra Betsabé y Urías. Su corazón fue quebrantado cuando se dio cuenta de que las predicciones de Dios se estaban volviendo realidad. Dios perdonó a David, pero no canceló las consecuencias de su pecado. Absalón habría sido un excelente rey. El pueblo lo amaba. Pero en lo íntimo de su ser, carecía de buenas cualidades y del control necesarios en un buen líder. Su apariencia, habilidades y posición no lograron cubrir su falta de integridad personal. Los pecados de David lo separaron de Dios, pero el arrepentimiento lo llevó nuevamente a él. Por el contrario, Absalón pecó, y continuó pecando. No fue lo suficientemente sabio como para evaluar los consejos que recibía. Dios nos ofrece el perdón, pero no lo experimentaremos hasta que admitamos genuinamente nuestros pecados y los confesemos a Dios. Absalón rechazó el amor de su padre, y a la larga, el amor de Dios. ¿Cuán a menudo se pierde la oportunidad de regresar al amor de Dios a través de la puerta del perdón? 

Los versos iniciales del Evangelio de hoy (Mc 5,1-20), describen la situación de la gente antes de la llegada de Jesús. Marcos describe el comportamiento del endemoniado, y asocia el poder del mal al cementerio (muerte), a los puercos (impureza), al mar (caos) y a una legión (opresión). El mal es un poder sin rumbo, amenazador, descontrolado y destructor, que da miedo, como el de los malos gobernantes, o incluso cualquier tipo de gente, que se deja engatusar por el mal y se priva de conciencia, de autocontrol y de autonomía llenándose de muerte y de impureza, en un caos que le oprime el corazón y le impide amar. Ante la simple presencia del amor de Dios, el poder del mal se desmorona y se desintegra. En la manera de describir el primer contacto entre Jesús y el hombre poseído, Marcos acentúa ¡la desproporción total! El poder, que antes parecía tan fuerte, se derrite y se derrumba ante Jesús. Lo mismo ha pasado en la situación de David y de muchos, aunque se reconozcan como los más pecadores, al abrir el corazón al amor de Dios, la vida se transforma y se abre un horizonte nuevo: «Vete a tu casa —dice Jesús al exorcizado— a vivir con tu familia y cuéntales lo misericordioso que ha sido el Señor contigo». Pidamos a la Madre de Dios, «refugio de pecadores» que nos ayude a amar más el sacramento de la Reconciliación y a transformar nuestra vida para llevarla, cada día, a metas más altas de santidad. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

sábado, 27 de enero de 2018

«He pecado»... Un pequeño pensamiento para hoy

Sabemos que solamente Dios es capaz de cambiar el corazón del pecador, pero, ordinariamente, se vale de alguna persona, un acontecimiento fuerte, algo, para incitar a la conversión. Volvemos en nuestra diaria meditación al segundo libro de Samuel y hoy nos topamos con el arrepentimiento de David (2 Sam 12,1-7.10-17), para el cual ha sido necesaria la mediación de un diálogo en una conversación con el profeta Natán, de manera que David «se entendiera» y se hiciera un juicio más objetivo sobre sí mismo. «Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justo» (Lc 15,7). Ese tema del perdón es uno de los que se encuentran a todo lo largo de la Biblia: «Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores.» El verdadero sentido del pecado en la Escritura, no es solamente un sentimiento de «culpabilidad» moral, no es tan solo la «transgresión de una ley». El pecado no se entiende de veras en su profundidad más que en el marco de las relaciones personales entre el pecador y Dios, como nos enseña el caso del rey David. David creía que había podido evadirse de las consecuencias de su pecado, pero se equivocó. David viviría lamentando haber cometido aquel horrible pecado y un día Natán, uno de los profetas más valientes de la Historia Bíblica le contará una parábola que le abrirá el corazón y lo conducirá al arrepentimiento. 

Esa parábola le revela a David lo que él realmente era, tal como si se viera en un espejo. La Palabra de Dios es un espejo que nos manifiesta cómo realmente somos. Natán sostendría el espejo enfrente de él, para que David pudiera contemplarse bien. La parábola, acerca de dos hombres que vivían en una ciudad: uno rico y otro pobre. El rico tenía muchos ganados y rebaños. El pobre, en cambio, tenía solamente una ovejita. Era como un animal de compañía, y la mimaban y querían mucho en la familia. Era pues, todo lo que tenía el hombre pobre. David no creyó que Natán hubiera inventado esta parábola; sino que pensó que Natán le estaba contando acerca de alguien en el reino, y que estaba pidiendo a David que lo juzgara. David era también sensible en cuanto a lo bueno y a lo malo y tenía un sentido de la justicia. Allí en lo profundo de su corazón había una fe que nunca falló. Había allí un amor verdadero hacia Dios. Cuando escuchó con atención aquella parábola que Natán le contó, reaccionó con gran indignación y pensó que tal persona merecía ser ejecutada. Es interesante comprobar cuán fácil le resulta a uno ver el pecado en otro, mientras que no lo puede ver en su propia vida. Y éste, precisamente, era el problema de David. 

Pero Dios, y quien sea enviado a nosotros de parte de Dios, encontrará siempre la manera de ayudarnos a ver la realidad, por más tremenda y cruda que ésta sea. Y por nuestra fe, podremos ver la realidad para transformarla. En el Evangelio de hoy (Mc 4,35-41) Jesús cuestiona a sus discípulos: «¿Aún no tiene fe?». Aquellos hombres iban en una barquita atravesando una gran tormenta que no los dejaba ver con claridad que el Maestro, aunque durmiera, estaba ahí. Es como el alma que está en pecado y a quien Dios no abandona, Él está ahí, pero hay que dejarle actuar. Cuando un creyente peca, no valora la presencia de Dios, lo ve como dormido y nada más. También nosotros somos débiles como los apóstoles y también nosotros fallamos como David. El Salmo 50, el «miserere», que hoy tenemos como salmo responsorial, cuyo autor desconocemos, pero que se atribuye a David, es la oración modélica de un pecador que reconoce humildemente su culpa ante Dios y le pide un corazón nuevo. Es un salmo que resume los sentimientos de tantas personas que, en toda la historia de la humanidad, han experimentado la debilidad pero que se han vuelto confiadamente a la misericordia de Dios. Que María santísima, Madre de Jesús misericordioso, nos ayude a valorar esa presencia del Señor en nuestras vidas, aún en medio de la situación de pecado, porque él, el Señor, es el único que puede aplacar la tormenta que desata el mal en nuestras vidas. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 15 de septiembre de 2017

ALGUNOS TEXTOS BÍBLICOS PARA MEDITAR EN EL PECADO...


VENCER EL EGOÍSMO:
«Las Malaventuranzas» Lc 6,24-26.
«El rico Epulón y Lázaro» Lc 16,19-31.

TENER CUIDADO CON LOS PECADOS DE OMISIÓN:
«No hacen nada, eso es pecado» St 4,19.
«¡No has amado» Mt 25.

HACER A UN LADO LA MENTIRA:
«Amar las tinieblas y odiar la luz» Jn 3,19-21.
«El padre de la mentira» Jn 8,13-59.

NO ACTUAR COMO LOS FARISEOS:
«Mentira, vanidad e hipocresía» Mt 23.
«Coquetería y codicia religiosa» Mc 12,38-40.

VER LA FEALDAD DEL PECADO:
«Degeneración» Rm 1,24-32.
«Las obras de la carne» Gál 5,19-26.
«Una lista de pecados» Ef 5,1-19.

NO COMPARARSE Y SENTIRSE MÁS:
«La viruta en el ojo ajeno» Mt 7,1-5.
«La oración farisaica» Lc 18,9-14.
«Peores que las prostitutas» Mt 21,28-32.
«San Pablo, el primero de los pecadores y
el último de los apóstoles» 1 Tim 1,15-17; 1 Cor 15,9.
«Mucho se les pedirá» Lc 12,35-48.

NO DUDAR DE QUIÉN ES DIOS:
«Porque nadie lo ha visto nunca» 1 Tim 6,13-16.
«Porque no tiene acepción de personas» Hch 10,34-43.
«Porque es perfecto en su amor y misericordia» Mt 5,48.

ADMIRARSE DEL PECADO:
«¡El pecado mora en mí!» Rm 7,14-25.
«¡Soy un pecador» Lc 5,4-11.