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domingo, 19 de julio de 2026

«EL TRIGO Y LA CIZAÑA ADENTRO Y AFUERA»... Homilía en el Triduo Inesiano en la Casa Madre



HOMILÍA EN EL TRIDUO INESIANO
DOMINGO 19 DE JULIO DE 2026
CASA MADRE
CUERNAVACA, MORELOS, MÉXICO

Sáb 12,13.16-19
Sal 85
Rom 8,26-27
Mt 13,24-43

En esta época de la historia que nos toca vivir, donde con mucha frecuencia —de vez en diario— predominan la prisa, el juicio rápido, la intolerancia, el acelere; la Palabra de Dios de este domingo nos presenta, en las lecturas que hemos escuchado, a un Dios paciente y misericordioso que ofrece esperanza. En los tres trozos de la Escritura en la misa de hoy, se revela el verdadero rostro de Dios: un Dios paciente, compasivo y misericordioso. Por su parte, complementando esto, el salmo responsorial, nos recuerda que el Señor es bueno.

Nuestro Dios, queridos hermanos, no actúa como muchos fundamentalistas o extremistas apocalípticos quisieran. Dios tiene sus propios caminos, a veces a primera vista lentos e incomprensibles. Jesús, con la primera de las tres parábolas que hemos escuchado, nos sorprende mostrándonos la seguridad y confianza del dueño del campo en donde crece el trigo y la cizaña y en el que, al final, antes de la cosecha —aunque sean muy parecidos— se diferenciarán.

El día de ayer nos hablaban del mundo de hoy, de su lenguaje, de su forma de ver la vida, de la manera tan particular de llevar la vida, en donde puede ser difícil distinguir la cizaña del trigo. Hay que tener paciencia y esperar los acontecimientos finales. Esta parábola, que es exclusiva de Mateo, nos hace ver que en el campo del mundo no es solamente Dios quien siembra, hay otros que lo hacen... Pero lo importante y decisivo es saber esperar. No hace falta ser duros como el pedernal, no vale la pena actuar como inquisidores desaforados; al bien y a la bondad hay que darle sus oportunidades. ¿Por qué querer ir de prisa y adelantarse inútilmente corriendo el riesgo de arrasar con lo bueno que haya?

Nuestra Madre fue conocida y admirada por su paciencia heroica en las grandes pruebas, en las tareas ordinarias, en los incontables viajes y en la gestión de nuevas obras. En su vida de fundadora y de superiora general, vio crecer el trigo y la cizaña juntos y supo esperar a ver los frutos. A la hora de su retorno a la Casa del Padre, luego de que la cizaña se había separado del trigo, había más de 250 hermanas en 9 países, hoy la familia sigue creciendo.

Como misioneros, todos nosotros recorremos caminos, entramos en muchos corazones y sembramos la buena semilla del Evangelio. Sin embargo, a veces, no lo niego, desanima un poco el ver que, junto al fruto del esfuerzo, también crece a nuestro alrededor la división, la indiferencia o el egoísmo. Es el misterio del trigo y la cizaña que se sigue dando. Además hay que recordar que el trigo y la cizaña crecen también, al mismo tiempo, en nuestra mente y en nuestro corazón.

En dos de sus cartas, la Beata María Inés toca este tema de la cizaña e ilustra muy bien esto: En la primera de estas cartas apunta: «Bueno hijos, pidan mucho por nuestras misiones; son de Dios, y muy nuestras, de todo nuestro instituto; las debemos amar mucho y rogar y sacrificarnos para que se logre mucho fruto en las almas, y que el demonio no vaya a meter la cizaña». (Carta colectiva del 1 de junio de 1962). En la otra dice: «Ustedes, por caridad, no hagan caso de insinuaciones o críticas que les puedan llegar, no hay que constituirse en sembradores de cizaña». (Carta las Misioneras Clarisas de Costa Rica en marzo de 1970).

Jesús nos enseña que la misión principal del discípulo–misionero es cuidar el crecimiento del trigo y procurar que produzca frutos abundantes, incluso en medio de las dificultades que pueda acarrearle el crecer junto a la cizaña. Crecer junto a la cizaña para el hombre y la mujer de fe, sea cual sea su vocación específica, es crecer en Dios, porque sabemos y confiamos que Cristo nuestro Señor es nuestra defensa contra la «mala hierba». Redescubramos, a la luz de esta Palabra, el valor de la paciencia, de la comprensión y de la esperanza. El Señor sigue actuando en la historia y haciendo crecer el trigo en medio de las dificultades.

Este hermoso triduo inesiano en el que estamos participando, nos ayuda a abonar el terreno de nueva cuenta y a sembrar a sabiendas de que, como en la vida de nuestra fundadora, aparecerá la cizaña. Hay que ir adelante con esperanza. Hay que seguir gastando la vida por el Reino, sabiendo que al final de los tiempos, Dios mismo recogerá el trigo limpio en su granero. Pidamos a María santísima que n os ayude, como buena jardinera, a que nuestras vidas sigan siendo esa buena tierra donde la semilla de Dios dé fruto abundante. Amén.

Padre Alfredo.

domingo, 5 de abril de 2026

HOMILÍA DEL DOMINGO DE PASCUA 2026.

Uno de los grandes teólogos de nuestros tiempos, el español Juan Esquerda Bifet —mi padrino e ordenación sacerdotal— que ha escrito más de 112 libros centrados principalmente en teología, espiritualidad, misionología y la figura de la Virgen María, tiene uno que se llama Encuentro con Cristo, en el cual anota: «El corazón cristiano que cree sin ver, halla la verdadera paz».  Y antes de afirmar esto escribe: «el acto de fe no puede ser una frase rutinaria. Es un latido del corazón, además de un sí de nuestro entendimiento. Creer con toda el alma esa dirigirse a Cristo para siempre. Esto es una aventura en medio de un mundo, sin fe».  Aunque el hecho de encontrar el sepulcro vacío tiene gran importancia, en sí mismo no es un hecho que pruebe la resurrección de Jesús, sino una especie de contraprueba, un signo según la terminología teológica de Juan: el sudario, ese pañuelo que se anudaba envolviendo la cabeza del difunto, aún enrollado, no revuelto con las vendas, sino de modo diverso en su mismo sitio, y las vendas en el suelo, indicaban que el cadáver de Jesús había desaparecido, pero que no había habido violencia y, por tanto, no había sido robado —se lo hubieran llevado envuelto en el sudario, con vendas y todo lo demás—. Simplemente el evangelista nos cuenta el hecho de que el sepulcro estaba vacío. Incluso María Magdalena, que es la primera en llñegar a la tumba, interpreta el hecho como que alguien «se ha llevado del sepulcro al Señor» y no piensa en primera instancia en la resurrección. Avisa a Pedro y a Juan que corren y ven el sepulcro vacío. De entrada, Pedro y Juan tampoco piensan en resurrección hasta que, en un segundo momento, Juan «vio y creyó». Es enconces cuando el discípulo amado recuerda que «según la Escritura, Jesús debía resucitar de entre los muertos».

También a nosotros, en nuestra turbulenta época histórica que atravesamos en este cambio de época, nos parece que se han llevado al Señor… no sabemos quién ni a qué lugar. Vemos un mundo vacío de la presencia de Dios y también como a María Magdalena, a Pedro o al mismo Juan en un primer momento nos falta la fe de creer que Jesús vive. ¿Cómo es posible creer que Jesús vive en una sociedad tan vacía de su presencia física? ¿Dónde está? ¿cómo encontrarle? Vivimos en una época donde el ser humano parece no solamente haber olvidado a Dios, sino que parece haber olvidado quién es el hombre mismo. Muchas personas se confunden buscando sentido en etiquetas, sensaciones o pertenencias pasajeras. Cuando el hombre olvida qué es hombre —con su dignidad, propósito y responsabilidad— comienza una lucha interior por definirse desde lo externo, desde lo emocional o desde lo imaginado pero sin encontrarse a sí mismo. Pero cuando el ser recuerda que es imagen de Dios, deja de perderse en identidades pasajeras y encuentra su verdadero rostro y su verdadero destino de grandeza.

Al celebrar la resurrección contemplando este pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar, quiero invitarles a ir sí, al Resucitado, a Cristo vivo, pero también a Juan, el hombre que «vió y creyó». ¿Quién es ese Juan que ve y cree cuando en realidad no ve nada?  De él quiero señalar dos rasgos: es ese discípulo que en la última cena «estaba a la mesa al lado de Jesús» (Juan 13, 23) y ese mismo discípulo es el que «está junto a la cruz de Jesús…  junto a la madre de Jesús» (Juan 19, 25-26). Juan, quierods hermanos, es el que «está junto a Jesús» en dos momentos clave e la existencia de Cristo y dxe todo hombre: el momento de la «entrega y el servicio» y el «momento de la cruz».

«Estar junto a Jesús» es lo que el hombre necesita para poder entenderse a sí mismo para ver y creer. Estar junto a Jesús en el amor, en la entrega, en el servicio, en el compartir, en el reir con él, en el llorar con él, en el esperar con él. Creer en el Resucitado no es cuestión de teorías o de iluminaciones, sino del modo de estar en la vida. Cuando estamos en la vida al modo de Jesús somos capaces de descubrir su presencia resucitada y resucitadora en tantas personas y en tantos acontecimientos de este mundo que parece vernos como ilusos, atrapados en un sin sentido. Viendo el sepulcro vacío nuestra fe se fortalece, nuestra esperanza nos conforta y nuestra caridad se hace generosa y gratuita. La gracia de comprender la Escritura, y las apariciones de Jesús resucitado, fueron datos determinantes para la fe de la primera comunidad cristiana. Sin esa comprensión, no sabremos nunca quiénes somos y mucho menos, quién es Dios.

En este Domingo la Iglesia nos invita a participar del gozo de la Resurrección del Señor que aquí, en la parroquia, hemos celebrado desde anoche con la solemne Vigilia Pascual que ha coronado nuestras vidas de la alegría de la fe, de la esperanza y del amor. La Pascua que celebramos inaugura un tiempo de gozo muy especial, 50 días de fiesta con un prólogo maravilloso: La Octava de Pascua. Jesucristo ha resucitado como el Primero de muchos, para mostrarnos cual es nuestra verdadera escencia mostrándonos la vida que nos espera y se nos ofrece si con esperanza, damos el paso de la fe. 

Nosotros no hemos tenido la oportunidad de estar en el momento excato de la resurrección de Jesús. Ni Magdalena, ni Pedro, ni Juan, ni los demás apóstoles y las mujeres que les acompañaban estuvieron. Pero el mismo Cristo nos había dicho que son felices los que creen sin ver. Por eso el Señor no da, en primera instancia, pruebas en sentido estricto de la Resurrección, sino sólo signos... Por eso, nuestra única respuesta sintoniza con la fe del discípulo amado, que no vio a Jesús; vio las vendas caídas y el sepulcro vacío, y creyó en Jesús, al que más tarde vería... Al celebrar hoy llenos de alegría al Señor Resucitado, avivemos nuestra fe, acrecentemos nuestra esperanza con María, y dejemos que Cristo Resucitado renueve la fuerza de nuestro Amor.

AMÉN. ¡ALELUYA!

Padre Alfredo.

HOMILÍA DE LA VIGILIA PASCUAL 2026.

«No está aquí; ha resucitado, como lo había dicho». Recalca san Mateo en el relato del Evangelio que esta noche santa hemos escuchado. Cuando Jesús habló por primera vez a los Doce y a las mujeres que les acompañaban, sobre el tema de la cruz y la resurrección, seguramente se preguntaban qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos» (Mc 9,10). En esta Vigilia Pascual, en la cual hemos repasado con calma los textos sagrados (siete lecturas del Antiguo Testamento con sus salmos, la Carta de San Pablo a los Romanos y el Evangelio de san Mateo en el capítulo 28), hemos recordado que Dios «no quiere nuestra muerte», sino que somos «miembros vivos de una descendencia de salvados» que nos alegramos porque Cristo no se ha quedado en el sepulcro. 

La resurrección de Cristo es el salto más decisivo hacia una dimensión totalmente nueva, que no se ha producido nunca jamás en la historia: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia. ¡Imagino la alegría de María, la Madre de Dios y Madre nuestra, por vernos aquí en su casa en esta noche, celebrando que Jesús está vivo! Él pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; por eso en Latín, el Pregón Pascual repite una y otra vez: «¡Exultet!», haciendo que este himno de gloria celebre el triunfo de Cristo resucitado recordándonos a nosotros que somos pecadores: «¡O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem!» —¡Feliz culpa que mereció tal Redentor! Este Redentor que es el Alfa y la Omega, y que existe no sólo en el ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Hb 13,8). Pero, ¿qué significa eso de resucitar para nosotros? 

En la última Cena, él había nuevamente anticipado la muerte y la transformó en el don de sí mismo con el deseo de quedarse para siempre. Su resurrección fue como un estallido de luz que inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, de la historia. Pero eso, solamente lo podemos entender mediante la fe y las gracias que el bautismo nos otorga. Por eso el Bautismo forma parte fundamental de la Vigilia pascual. Ya sea celebrando el sacramento o renovándolo con gratitud. El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para mantenernos en este mundo como peregrinos de esperanza y anunciadores de una Buena Nueva: ¡El Señor ha resucitado y estamos llenos de gozo!

Pablo d’Ors, en su libro Biografía de la luz, escribe que «hablar de Dios, suena hoy como algo inoportuno y trasnochado. Pero nuestro olvido de Dios es, el último término, un olvido de nosotros mismos. Para conocernos, hemos de mirar a lo invisible». (Pablo d´Ors, “Biografía de la luz”, Ed. Galaxcia Gutenberg, Barcelona 2021, p. 542). Y es que, dice él mismo: «también se cifra en haber sido testigos de una desaparición, de un soltar la experiencia tangible». (Pablo d´Ors, “Biografía de la luz”, Ed. Galaxcia Gutenberg, Barcelona 2021, p. 542). Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. Llenos de gozo, ante la ausencia de Jesús en el sepulcro, hemos podido cantar una vez más el Pregón Pascual celebrando la resurrección como un acontecimiento cósmico, que comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra. El Resucitado está presente, pero nosotros, distraídos por el amasijo de tantos ruidos, de tantas promesas falsas, de tantas ideologías, de tantas ilusiones, no sabemos distinguirlo. Escuchemos esta noche llenos de júbilo la voz de Jesús que nos vuelve a decir: «¡Dichosos los que creen sin haber visto!» (Jn 20,29). 

Padre Alfredo.


viernes, 3 de abril de 2026

HOMILÍA DEL VIERNES SANTO 2026.

Cada Viernes Santo recordamos el momento más terrible de la pasión de Jesús, que es ciertamente cuando exclama, en el más extremo sufrimiento de la cruz: «Eli, Eli, lemá sabactaní» (Mateo 27,46) —¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?—. Esta es una frase de un salmo, el salmo 22 en el que Israel, doliente, torturado, despreciado a causa de su fe, le grita a Dios su desgracia. Y este grito de oración tiene un significado impresionante en la boca de aquel que es la misma cercanía salvífica de Dios entre los hombres. No es ninguna casualidad que la fe en Dios provenga de este rostro lleno de sangre y heridas que grita con dolor en arameo, su lengua materna: «Eli, Eli, lemá sabactaní» como una expresión de profunda desesperación y dolor de un hombre que conocía bien sus escrituras. Creo que Jesús, verdadero Dios, pero a la vez verdadero hombre, sentía un dolor horrible por estar crucificado, estaba lleno de angustia y recurrió a las escrituras para expresarlo. Era completamente Dios, pero también era una persona normal que estaba siendo torturada hasta la muerte. 

En su libro La misericordia de Dios en tiempos de crisis, Cristóbal Sevilla Anota que «el sufrimiento nos provoca escándalo y, cuando nos encontramos con el Dios que aparece en la Biblia como “compasivo y misericordioso”, nos parece que no es más que una ilusión para dar consuelo».(1)  Pero para Cristo no fue así, el abandono se convierte en él en primer lugar en oración, en un cortísimo diálogo con el Padre que habla de ofrenda, de oblación, de consumación. San Oscar Arnulfo Romero, aquel arzobispo salvadoreño que algunos de ustedes recuerdan que fue acribillado en el Altar en medio de una celebración, en una homilía del año 1978 exclamó: «Qué interlocutor más divino. ¡Cómo es posible que los hombres podamos vivir sin orar! ¡Cómo es posible que el hombre y la mujer puedan pasarse toda su vida sin pensar en Dios! ¡Tener vacía esa capacidad de lo divino y no llenarla nunca!».(2)  Hoy nuevamente vemos al Señor crucificado y es inevitable que pensemos en nuestras vidas complicadas, nuestra sociedad sumergida en cientos de problemáticas, la violencia, la inseguridad, la migración, la pobreza... ¡cuántos de nuestros hermanos llevan cruces que parecen inseparables de su existencia! Debemos detenernos y contemplar que Jesús no constata la ausencia de Dios, sino que la transforma en oración y ofrenda. Si queremos integrar en el Viernes Santo de Jesús el Viernes Santo de nuestra sociedad actual, tenemos que integrar en el grito de Cristo aunque con certeza podemos afirmar que la mayor parte de los que estamos aquí, no participamos de grandes horrores más que como espectadores. 

No podemos marcharnos en silencio sin tomar en serio estas palabras de Jesús, que nos amonestan precisamente en el Viernes Santo. Esta austera celebración, en la que no se celebra la eucaristía, en la que el altar no tiene mantel, en la que no hay flores... nos invita a mantenernos en una actitud contemplativa de lo que Cristo, el Hijo de Dios, el Mesías Salvador hizo por nosotros para para abrirnos el Reino de los cielos haciendo de su dolor la ofrenda más grande que puede testimoniar lo que debemos ser y hacer. Él había dicho: «Nadie tiene amor más grande, que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Junto a la Cruz estaba María su madre. Ojalá que nuestros ojos y nuestro corazón la miren y que en medio de cada Viernes Santo de la historia, recibamos el misterio pascual del Viernes Santo de Cristo y en él seamos salvados. 

1. Cristóbal Sevilla, “La misericordia de Dios en tiempos de crisis”, Editorial Verbo Divino, Estella 2015, p. 9.
2. Homilía del 13 de agosto de 1978.

Padre Alfredo.


jueves, 2 de abril de 2026

HOMILÍA DEL JUEVES SANTO 2026.

El Jueves Santo es el día de la Institución de la Eucaristía, del sacramento del Orden y del mandamiento del amor. El Maestro, sabiendo que ya estaba acerca su hora, se reunió con sus discípulos para celebrar la Última cena. Seguramente ellos no captaron en el momento lo que estaba sucediendo. Jesús tomó pan en sus manos y dijo: «Este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes»; y después tomó vino y dijo: «Esta es mi sangre, que será derramada por todos ustedes». Más tarde entenderán a la luz de la resurrección y darán continuidad perpetua a aquel acto de amor maravilloso con el don del sacerdocio que recibieron en esta Bendita Cena.

En este ambiente de aquella cena tan particular, Jesús ofrece el mandamiento del amor que debe permanecer siempre vivo: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros como yo los he amado». El Evangelio de hoy nos narra cómo Jesús se levantó de la mesa, se ciñó una toalla y se puso a lavar los pies a sus discípulos diciéndoles que ellos habrían de hacer lo mismo. Esta acción, que solamente hacían los esclavos o los criados, será ahora tarea de todos: «Lo que yo, que soy el Maestro, acabo de hacer con ustedes háganlo entre ustedes mismos». Todos en la Iglesia, tenemos esa tarea de amar, porque este es el sello distintivo del discípulo–misionero.

Hoy rememoramos la institución de la Eucaristía, junto con el establecimiento del sacerdocio y la conjunción del modo imperativo del verbo amar. EL relato evangélico que hemos escuchado nos muestra que señal de quien vive de la Eucaristía, es el servicio a la humanidad, como el Maestro. La condición de servidumbre que el gesto de lavar los pies implicaba en la cultura de Jesús y que los discípulos rechazaban tan visceralmente… suele quedar muy dulzona en una simple representación. Pero... ¿Qué significa asumir el servicio al modo de Jesús sin reconocimientos, sin descanso, sin recompensa, sin fotografías, solo confiando en que hacemos lo que Jesús nos marcó? Este Jueves Santo no vivamos el lavatorio de los pies como algo meramente teatral desde un ámbito sentimental. Recibamos este amor «hasta el extremo» y dejemos que él nos renueve y transforme: «Lávanos, «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»

El célebre monje benedictino Anselm Grün en su libro Las obras de misericordia da la clave para la vivencia de este mandamiento que bien puede ser aplicado por todos: «en el modo en que nos comportamos con el ser humano se hace visible, en última instancia, nuestra relación con Jesucristo, independientemente de qué creamos o no en Cristo, o de qué en el hermano o la hermana reconozcamos o no a Cristo».(1) 

Que la Virgen Madre, que seguramente vivió con intensidad este tríptico de gracia, nos acompañe para que con ella, podamos acompañar a Jesús en esta noche de vela agradeciendo que se ha quedado en la Eucaristía y que nos ha dejado a los sacerdotes para hacerle presente y conducirnos en el amor.

(1) Anselm Grün, “Las obras de misericordia” 2a ed., Ed. Sal Terrae, Basauri 2009.

Padre Alfredo.

Jueves Santo 2026.


HOMILÍA DEL MIÉRCOLES SANTO 2026.

Hace unas horas, en la basílica de Nuestra Señora del Roble, la mayoría de los sacerdotes diocesanos y religiosos de Monterrey, renovamos nuestras promesas sacerdotales en la Misa en la que también se consagran los Óleos y el Santo Crisma para este año. Esta celebración, en la que siempre algunos de ustedes están presentes, nos perpetúa el hecho de que somos comunidad y que, quienes traen y presentan los Óleos, nos recuerdan que somos ungidos para ponernos al servicio de la unidad fraterna de nuestra parroquia, que se funda en su cabeza que es Cristo representado por los obispos y sacerdotes y vive de la fuerza que de él procede.  Ser miembros de la Iglesia no puede reducirse a un pequeño mundo de domingo añadido a nuestro mundo de los días laborales, de estudio o de otras ocupaciones. Ser miembros de la Iglesia es ser «ungidos» unidos a Cristo, pues este nombre —Χριστός (Christós)— significa «El ungido». 

Por eso el óleo bendito está presente en los sacramentos de la Iglesia: en su aplicación antes del bautismo, como «óleo de los catecúmenos», nos recuerda que el que se va a bautizar es una persona que se arma para la gran lucha de la vida en el drama de la historia junto a los demás miembros de la Iglesia. Los atletas que luchaban en la arena romana ungían su cuerpo con aceite con el fin de qué estuviese flexible, elástico, vigoroso, ágil, no reseco. En la unción de los enfermos, como «óleo de los enfermos», se hace medicina de Dios. La unción que después del bautismo se aplica con el Santo Crisma, así como el uso de este crisma en la confirmación y en la ordenación sacerdotal, nos recuerda la unción de los sacerdotes de los profetas y de los reyes. Ungidos, marcados y sellados por el Espíritu del Señor para servir y hacer el bien, experimentamos en nosotros lo que vaticinaba el profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido» (Is 61,1; cfr. Lc 4,18-19).

En el evangelio que escuchamos hace unos momentos, se recalca de nuevo la traición de Judas cuando Jesús quiere celebrar la Pascua de despedida de los suyos, como signo entrañable de amistad y comunión. Judas, para este momento, ya ha concertado la traición pidiendo a cambio de la entrega de Jesús treinta monedas —el precio de un esclavo, según Ex 21,32—. En puertas de celebrar el misterio de la Pascua del Señor, junto a la admiración contemplativa de su entrega podemos aprender una lección. El dinero, que para muchos se ha convertido, como dice Georg Simmel, pionero de la microsociología y la sociología urbana en su libro Filosofía del dinero, en un medio absoluto, «se convierte en fin psicológico absoluto para la mayoría de los seres humanos».(1)  Y se termina amándolo por sí mismo. Hoy muchos, como Judas, no dudan en negar a Jesús con tal de tener dinero, olvidando el fin para el que se debe buscar. Hoy quisa valga la pena quedarnos con unas preguntas: ¿Nos sabemos «ungidos», para llevar la unción de Jesús a los demás? ¿Nos hemos hecho tan amigos del dinero que olvidamos su fin y lo hacemos medio absoluto de nuestra felicidad? ¿Soñamos con ser ricos traicionando a Jesús?

(1) Georg Simmel, “Filosofía del dinero”, Título original: «PHILOSOPHÍE DES GELDES» Ed. Duncker & Humblot, Berlin 195, p. 236.

Padre Alfredo,

Miércoles Santo 2026.

lunes, 30 de marzo de 2026

HOMILÍA DEL MARTES SANTO 2026.

El pasaje del Evangelio de Juan que acabamos de leer, describe la última cena de Pascua de Jesús con sus discípulos, un relato que presenta por un lado la traición de Judas y por otro la negación de Pedro. Estos dos hombres parecen grandes amigos de Jesús; Pedro era uno de los tres que Jesús siempre tomaba en cuenta en los momentos importantes y Judas era «el encargado de la bolsa». Pero las posibilidades de perversión del corazón humano son realmente muchas. Ciertamente, de entrada, no podemos justificar ni a uno ni a otro... ¡No estábamos allí! Pero los pasajes evangélicos que vendrán a continuación nos hablarán del arrepentimiento de Pedro que lloró amargamente luego de darse cuenta de lo que hizo y de la actitud de Judas, cuyo garrafal error no fue sencillamente haber entregado a Jesús, sino no ver el amor, que de todas formas ahí estaba y ahí siguió siempre, porque el amor de Dios que se encarna en Jesús es permanente e irrevocable.

Seguro Judas no buscaba a Jesús como Dios, Judas buscaba prestigio, éxito, publicidad en el mundo... ¡Qué privilegio ser de los doce y asegurarse un futuro! Pero ese futuro no llegaba, Jesús dejaba que los suyos gastaran el dinero como su amiga María en perfumes caros. En Judas no había trascendencia, no había sentido. El sociólogo y filósofo alemán Hartmut Rosa, figura clave de la «nueva teoría crítica"» y conocido por analizar la «aceleración social», dice que una de las razones de nuestra hambruna temporal, es que damos mayor valor a la vida en la tierra, que a la vida después de la muerte. Si no creemos en esta, tenemos que vivir aquí y ahora, y el tiempo se acaba.(1)

La única manera de prevenir el buscar quedarnos instalados en este mundo —como parece ser que Judas quería— es reconocer nuestras faltas y llorar como Pedro para sumergirse en el amor de Jesús Preparemos nuestros corazones junto a María santísima, que en silencio y siempre fiel, seguía los últimos momentos de su Hijo Jesús, para entrar con él en este Triduo Pascual, durante el cual recordaremos todo lo que Jesús tuvo que sufrir por nosotros para que nos quedara claro lo que es el Amor. Con razón a la Virgen se le llama: «Madre del Amor Hermoso».

(1) Tania Sánchez, “Filosofía para todos los días”, Ed. Paidós, Ciudad de México 2025, pp. 86-87.

Padre Alfredo.
Martes Santo 2026.

HOMILÍA DEL LUNES SANTO 2026

La historia de la unción en Betania va mucho más allá de un simple recuerdo. Hemos de ver en el gesto de María algo permanente, simbólico y modélico, pues parece adelantarse al momento de querer ir a embalsamar el cuerpo inerte de Cristo luego de que muera.

Juan nos cuenta que, por la unción, toda la casa se llenó de la fragancia del perfume (Jn 12,3). Eso nos recuerda una frase de san Pablo: «Porque somos para Dios permanente olor de Cristo» (2 Cor 2,15). Cristo se irá a la derecha del Padre, pero nosotros, a pesar de nuestra miseria, de nuestra pequeñez y a veces de nuestra aparente ineptitud, le haremos presente. En nuestro testimonio de vida su presencia se esparcirá como el perfume de María, por toda nuestra casa común que es el mundo.

Junto a María, en esta escena conmovedora, se encuentra Judas, que se convertirá en el cómplice de la muerte: respecto a Jesús, primeramente, y también, luego, respecto a sí mismo. A esa unción contrapone él el cálculo de la pura utilidad, el materialismo, el costo de aquella fina loción. Pero, detrás de eso, aparece algo más profundo: Judas no era capaz de atender, de escuchar efectivamente a Jesús, y de aprender de él una nueva concepción de la salvación del mundo y de Israel. A pesar de estar junto al Maestro se había entrenado muy poco para prestarle atención. A veces puede haber gestos que parecen hablar de atención, pero no lo son. 

Qué diferente del gesto de Judas el de María, que gastó tal vez sus ahorros en un perfume caro para Jesús. La destacada filósofa, mística y activista francesa Simone Weil, tiene un libro que se llama «A la espera de Dios». En él dice que a veces pensamos que una persona pone atención porque frunce las cejas, contiene la respiración o contrae los músculos, pero en el fondo no prestan realmente atención, solo hacen eso, «contraen los músculos».(1)  Podemos pensar en el rostro de María que tal vez levantó las cejas desde el suelo para ver a Jesús en señal de cariño y pensemos también en el rostro de Judas que tal vez solamente frunció el ceño como signo de desilusión sin atender a nada. 

Dejémonos mirar por la Virgen, ella ve si fruncimos el ceño como Judas o su levantamos la mirada desde abajo para ver también nosotros a Jesús. 

Padre Alfredo.
Lunes Santo 2026.
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Simone Weil, “A la espera de Dios”, (1942) [ePub], p. 50. El texto literal dice: «Muy a menudo se confunde la atención con una especie de esfuerzo muscular. Si se dice a los alumnos: “Ahora vais a prestar atención”, se les ve fruncir las cejas, retener la respiración, contraer los músculos. Si pasado un par de minutos se les pregunta a qué están prestando atención, no serán capaces de responder. No han prestado atención a nada. Simplemente, no han prestado atención, han contraído los músculos.»

domingo, 29 de marzo de 2026

HOMILÍA DEL DOMINGO DE RAMOS 2026

Queridos hermanos:

Hemos iniciado nuestra celebración en la plaza unidos a la muchedumbre de discípulos que acompañaron al Señor en su entrada en Jerusalén. Como ellos, nosotros también ensalzamos con nuestras palmas al Señor. En esta procesión recordamos que Cristo es nuestro Rey: profesamos su realeza fundada en su misericordia. Celebrándolo a él, nos llenamos de esperanza como peregrinos en esta tierra que juntos, en sinodalidad, atravesamos hasta nuestra eterna que es la Jerusalén celestial. 

Este Domingo nos abre las puertas de la Semana Santa que envuelve los días en los que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la Cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo a sí a la humanidad de todos los tiempos ofreciendo a todos el don de la redención. Sabemos por los evangelios que Jesús se había encaminado hacia Jerusalén con los doce, y que poco a poco se había ido sumado a ellos una multitud creciente de peregrinos como recordamos al inicio de nuestra celebración.

La liturgia de la palabra de este día, une a la procesión de los Ramos la lectura de la pasión de Nuestro Señor en el Evangelio, este año tomada de san Mateo que recalca la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén como el cumplimiento de las profecías mesiánicas, destacando su naturaleza humilde y su identidad como rey servidor antes de entrar en su pasión.

El crítico literario alemán más importante de la primera mitad del siglo XX, el filósofo Walter Benjamin, dice en su libro El Narrador, que «cuanto más olvidado de sí mismo está el que escucha, tanto más profundamente se imprime en él lo escuchado» (1).  Yo espero que hayamos escuchado con atención para que se imprima en nuestros corazones el sello de la Pasión que nos lleve a tomar la decisión de acoger al Señor y de seguirlo hasta el final, haciendo de su Pascua de muerte y resurrección el sentido mismo de nuestra vida de cristianos. 

Pidámosle a la Virgen, la Madre que escuchaba y guardaba las cosas en el corazón, que nos ayude a abrir nuestros corazones para que, siguiendo a su Hijo en su Pasión, nos convirtamos en auténticos peregrinos que no solo aplaudan a Cristo como la muchedumbre que luego lo dejó, sino que caminemos a su lado en todo tiempo y lugar.

Padre Alfredo,
Domingo de Ramos 2026. 
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1.   Walter Benjamín, “El Narrador”, Ed. LibroDOT.com [PDF], p. 6.

domingo, 8 de marzo de 2026

TERCER DOMINGO DE CUARESMA Y EL MENSAJE DE CUARESMA DEL PAPA LEÓN XIV

Preparando la homilía para este domingo, me vino la idea —inspiración, confío— de unir algunos fragmentos del mensaje de Cuaresma del papa León XIV con la liturgia de la palabra de la misa. El papa inicia su mensaje recordándonos que «todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe —dice el papa— un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, me vino muy bien este domingo, con la lectura del Evangelio de la Samaritana como una ocasión más que propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

La primera lectura de este domingo muestra cómo el pueblo se enfrenta a Moisés a consecuencia de la sed que padecen en el desierto. Su reacción revela que prefieren la esclavitud con el estómago lleno antes que la libertad envuelta en incertidumbre. Esta manera de reaccionar no deja de ser un reflejo del miedo que siempre trae consigo la vida cuando el horizonte se muestra especialmente árido. Sin embargo, desde ese abismo de ansiedad, frustración y absoluta desconfianza es desde donde se experimenta, como el pueblo de Israel, que Dios no mira desde la distancia, sino que se acerca y nos escucha.

Dios mismo, en este bellísimo libro del Éxodo, —nos recuerda el papa— «se había revelado a Moisés desde la zarza ardiente, muestra de que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor” (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud», aunque estos hijos rebeldes, como mucha de la gente que nos rodea, no quiera escuchar.

Dios se manifiesta y precisamente en lo que nos parece estéril, difícil o inaccesible, como una roca. Pero Dios no es un mago que elimina el obstáculo, Él, escuchando nuestro clamor,  es una fuente que surge desde dentro mismo de la situación y aún de entre la roca . Porque Dios es la fuente de agua viva que, como promete a la samaritana del Evangelio de hoy, brota desde nuestra dureza y nos impulsa a abrazar el futuro con una esperanza activa.

En la segunda lectura de este domingo, san Pablo quiere trasmitir qué efecto produce en el ser humano el amor de Dios. Y para llevar a cabo su propósito, recurre a lo que Dios mismo ha realizado a través de Jesucristo. El Apóstol hace ver que toda la iniciativa  parte de Él; es decir, está en las manos de Dios. Y aunque a priori cueste un poco entenderlo desde nuestros cálculos mentales, la muerte de Jesús en la cruz es la máxima expresión visible de ese amor que Dios siente —sin hacer excepción alguna— por toda la humanidad. Por ello, lo ocurrido en la cruz se convierte en la acción indiscutible de nuestra paz con Él.

En Cuaresma, de una manera muy particular, hemos de avanzar contemplando en la Cruz nuestra comunión con el Señor, porque la cruz de Cristo nos hace descubrir el valor del sacrificio, del ayuno, de la penitencia. El papa León, en su reflexión, nos recuerda también que el ayuno no es solamente un dejar de comer, sino que debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana», porque eso nos hace no querer hacer a un lado la cruz. Bien dice la Venerable Madeleine Delbrêl que «para adquirir la nacionalidad cristiana, hay que haber sufrido al menos un poquito» (16 de octubre de 1954).

El Santo Padre nos invita a vivir una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada: «La de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo». El Papa dice: «Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz».

Finalmente voy al Evangelio, en este hermosísimo pasaje de la Samaritana que ocurre junto a un pozo, cosa que no es ninguna casualidad; y porque se trata, nada más y nada menos, que del pozo de Jacob: todo un símbolo de la tradición y de la Ley. El papa nos recuerda que en la Escritura, se subraya el ayuno, unido a la Ley. Por ejemplo —afirma el papa—, «cuando se narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, disponiéndose a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Además, el hecho de que la conversación gire en torno al agua nos pone sobre la pista de que nos encontramos ante un texto —y no hay que olvidar que estamos en el Evangelio de Juan— que busca transmitirnos un mensaje de nuevo nacimiento, es decir, un nuevo comienzo por medio del Espíritu.

Así, el Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma, nos indica que este comenzar de nuevo se hace realidad en la samaritana: esa mujer cuya vida estuvo marcada por incesantes búsquedas frustradas y naufragios afectivos, y que acabó viciando su relación con Dios como inevitable resultado de tantos desencantos. Su existencia y su vivencia de lo religioso estaban inmersas en un pozo de aguas muertas, o dicho de otra manera, en un caudal estancado que ya no servía siquiera para refrescar en el bochorno más pesado.

Sin embargo, precisamente desde esa sequedad y estancamiento es desde donde Jesús va a tomar la iniciativa. Su ofrecimiento de una nueva búsqueda para descubrir un agua distinta no solo sorprende y destantea a la samaritana, sino que poco a poco le va haciendo salir de su superficialidad y le hace sentir sed de profundidad espiritual. Así se desarrolla un diálogo maravilloso entre Jesús y esta mujer. De hecho el Santo Padre enfatiza, en este mensaje de Cuaresma, que la conversión a la que estamos llamados no se alcanza solos, sino en una invitación «a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación».

Por ello, esta mujer no necesitará el cántaro. Porque una vez que ha comprendido que todo lo que llevaba buscando durante tanto tiempo se encuentra en su interior, ese cántaro se ha convertido en un peso y un estorbo que es preciso dejar atrás. Fray Luis de Granada, en uno de sus sermones de Cuaresma, nos dice que el hecho de dejar el cántaro supone «la valentía de salir corriendo a predicar la gloria de Cristo el Señor». Y es que el cántaro simboliza todo aquello que nos ata a una religiosidad vacía e idólatra, que nos aleja del Dios vivo que es capaz de transformarlo todo. Recuerdo, viendo esto de «una religiosidad vacía e idólatra» que dice el Papa, cómo monseñor Santiago Cavazos, cuando era yo un muchacho ya decido a ingresar al seminario nos decía: «La Iglesia, si sigue así, enfriándose lentamente, se va a convertir en una Iglesia de “cumplimiento”, y la palabra cumplimiento tiene dos partes: “cumplo” y “¡miento!”, así irá viniendo a menos. Nosotros tendremos mucho qué hacer». 

Que durante este tiempo de Cuaresma seamos mendicantes de esa «agua viva» que nos propone Jesús en el Evangelio de hoy. Que tengamos el coraje de dejar nuestros cántaros a un lado y nos dejemos embriagar con la frescura de este mensaje que el Papa termina así: «Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.»

¡Que la Virgen, siempre dócil a cada llamada del Señor, nos ayude!

Padre Alfredo.

martes, 7 de octubre de 2025

HOMILÍA EN LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA EL ROSARIO.


Queridos hermanos: 

A este Año Jubilar dedicado a la virtud teologal de la Esperanza, se une el año jubilar que desde febrero hemos iniciado por la próxima celebración del 25 aniversario de erección de nuestra parroquia. En medio de este hermoso marco, celebramos hoy a nuestra patrona, Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás, la Madre de Dios que encarnó esta virtud de la esperanza acompañando a su Hijo en los misterios de su vida y de la nuestra. La esperanza, dio a la Virgen la fuerza y el coraje para dedicar voluntariamente su vida a hacer vida la Buena Nueva y abandonarse por completo a la voluntad de Dios. El Papa León, el día de ayer, en el rezo de las Vísperas Solemnes en honor de Nuestra Señora nos ha recordado que «se dice a menudo que la Encarnación tuvo lugar primero en el corazón de María, antes de ocurrir en su seno —y que— esto subraya su fidelidad diaria a Dios». 

El breve relato que hemos escuchado en la segunda lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a María santísima envuelta en los misterios de la vida de la comunidad, que se reunía en torno a Jesús, que se había quedado presente en la Eucaristía. «Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos». (Hch 1,12-14). Desde sus inicios, la comunidad cristiana no quiso prescindir de la presencia de la Virgen María, a la que se reconoció inmediatamente como arquetipo de aquellos que «han encontrado gracia» a los ojos del Señor. 

El Evangelio de hoy (Lc 10,38-42), destaca hoy el papel de otra María, la de Betania, que seguramente, aunque la Escritura no lo menciona, siendo amiga de Jesús, con sus hermanos Marta y Lázaro, sería también amiga de la Virgen, a quien contemplaría en otras veces a los pies de su Hijo Jesús. Esta actitud de María de Betania, tiene entonces tiene un significado muy profundo para nosotros: implica de hecho de que ella, imitando el «Sí» de la Madre de Dios, que personifica a la esposa amada del Señor, que es la Iglesia, nos invita a escoger siempre la mejor parte haciendo lo que él nos diga. No en vano en esa ocasión, dirigiéndose a Marta, agobiada por el quehacer, el Hijo de María le dice: «Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria». 

La Virgen, queridos hermanos, nos enseña muy bien cuál es esa sola cosa necesaria. Ella es la que ha creído, y, de su seno, han brotado ríos de agua viva para irrigar la historia de la humanidad en diversos misterios de la vida. En nuestro ser y quehacer, como en la vida de los hermanos de Betania a los que hoy visita Jesús, los misterios del rosario se entrecruzan acompañados de María. ¿Quién de nosotros no ha pasado por momentos maravillosos de gozo como Ella, que quedó llena de alegría con el anuncio del ángel? ¿Quién de nosotros no ha experimentado la luz de Cristo que nos saca de tantos apuros como en aquella ocasión que faltaba el vino y gracias a María alcanzó y sobró? ¿Quién de nosotros no ha experimentado el dolor como María, que ciertamente lloró ante el cuerpo lacerado de su Hijo al ser bajado de la Cruz? Y por último, ¿Quién de nosotros no mantiene viva la esperanza en la gloria del Cielo como Ella, que con su confianza y perseverancia nos invita a esperar? 

Cada vez que desgranamos las cuentas del Rosario, en la camándula o en un decenario, recordamos, llenos gratitud y de alegría su protección a lo largo de nuestra historia personal y comunitaria, sobre todo gozando su presencia silenciosa, cercana y maternal que siempre conforta. La beata María Inés, en un sencilla cartita que dirige a su hermana Tere, esposa y madre de familia le dice: «No dejen de rezar en casa todos los días el Santo Rosario. Acuérdate como les pidió esto con mucha instancia, la santísima virgen a los pastorcitos de Fátima. Es el pararrayos en las familias, por ese medio la madre de misericordia derrama torrentes de gracias, preserva del mal, y nos ayuda a ser cada día más semejantes a su divino Hijo». (Carta a su hermana María Teresa el 31 de mayo de 1952). Por otra parte, quizá adelantándose proféticamente a sus tiempos y contemplado lo que ahora vivimos anota en su Diario: «Si en tantos hogares no hay paz, no hay amor, tolerancia mutua y no se goza de la vida íntima de familia; es porque no se ama a María; ya no se reza en familia el Santo Rosario, las costumbres piadosas han desaparecido de muchos hogares; el dulce nombre de María no se invoca, Y si no aman a ella, Jesús ¿Quien los enseñará a amarte?» Diario de 1932 a 1934.

Quiero volver ahora al inicio de esta mal hilvanada reflexión, que preparé en medio de mis inesperados días de enfermedad, quiero invitarlos a contemplar a María como la Madre que nos invita a mantenernos firmes en esperanza, que no defrauda (cf. Rm 5,5). María como discípula-misionera, Madre de Dios y Madre nuestra, es el prototipo de cómo vivir la esperanza cristiana de modo comprometido. En los textos marianos del Nuevo Testamento, como este tan sencillo que hoy da pie a nuestra reflexión, la actitud de esperanza de María se realiza por medio de un itinerario que comparte la misma vida de Cristo y sabe dejarse sorprender por él para acompañar después a sus hijos, los hermanos de Jesús. El testimonio de María, en medio de este grupo de oración que nos presenta el libro de los Hechos, se propone como figura o personificación de la Iglesia que vive en esperanza comprometida.

Es fácil encontrar en la vida de María los «lugares» de aprendizaje del ejercicio de la esperanza: la oración como escuela de la esperanza, el actuar y el sufrir, el juicio o examen de amor ya desde ahora y al final de la peregrinación terrena. En las diversas escenas evangélicas, como la anunciación, el Magnificat, Belén, la huida a Egipto, Nazareth, las Bodas de Caná, la vida pública de Jesús, su permanencia al pie de la Cruz... María se presenta con esta actitud de apertura a la Palabra personificada en el mismo Jesús. Por esta «contemplación», ella podía vislumbrar, llena de esperanza, un más allá. La cercanía de Jesús, desde el día de la Encarnación, se convierte en experiencia de una presencia que es más allá de la visibilidad humana y de los éxitos inmediatos que le hizo permanecer siempre a los pies de su Hijo Jesús siendo la primera en escuchar su Palabra y ponerla en práctica. María fue viviendo estas sorpresas gozosas y dolorosas, los momentos de luz y de gloria llena de esperanza. Por eso Ella, para aquellos primeros cristianos, impactados ciertamente por la resurrección de Cristo, pero experimentando a su vez su ausencia física, se convierte en «Estrella de esperanza» y «Madre de la esperanza» por ser reflejo de la luz personificada en Jesús. Y por ser Madre de Jesús, nuestro hermano mayor, es Madre de todos nosotros. 

Si al rezar el Rosario contemplamos a María, como Esperanza nuestra, entendemos que esperar, para todo hombre y mujer de fe, es caminar juntos, es salir de nuestras pequeñas covachas para dirigirnos, como Ella, hacia la inmensa fuerza del Misterio de Dios, que es su Reino que ya estamos viviendo. Con el ejemplo que ella nos da, nos queda más claro que esperar es aceptar el riesgo de la vida de Dios en nuestra vida y decirle «Sí»

Cuando estaba preparando en medio de la oración esta homilía que seguro los está arrullando y que parece no terminar nunca, me vino el pensar que nunca he preguntados por qué este hermoso templo está dedicado a Nuestra Señora del Rosario desde antes de haberse constituido como parroquia hace casi ya 25 años. No sé de quién o de quienes fue la iniciativa, pero sé que eso, ha venido de lo alto. Ella quiso quedarse aquí, en el corazón de tantos y tantos que hemos pasado por este bendito lugar, como yo, que aquí celebré mi primera misa y como muchos de ustedes que aquí se bautizaron, que aquí se casaron, que aquí han vivido momentos de gozo, de luz, de dolor y de gloria.

Queridos hermanos, estamos hablando de María pero, en cierto sentido, también estamos hablando de nosotros, de cada uno de nosotros, poerque también nosotros somos destinatarios del inmenso amor que Dios reservó —ciertamente, de una manera absolutamente única e irrepetible— a María. En esta solemnidad de Nuestra Señora del Rosario, sigamos contemplando a María. Pidámosle llenos de fe que ella nos abra a la esperanza, a un futuro lleno de alegría y nos enseñe el camino para alcanzarlo. Que Ella nos ayude a acoger en la fe a su Hijo, a no perder nunca la amistad con él, a dejarnos iluminar y guiar por su Palabra; a seguirlo cada día, incluso en los momentos en que sentimos que nuestras cruces resultan pesadas. María, el arca de la alianza que está en el santuario del cielo, nos indica con claridad luminosa que estamos en camino, en esta hermosa red que es nuestra parroquia, hacia nuestra verdadera Casa, la comunión de alegría y de paz con Dios. Amén.

Padre Alfredo, M.C.I.U.

sábado, 21 de junio de 2025

Homilía en la fiesta litúrgica de la Beata María Inés 2025

Dice la Escritura: «¡Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que trae buenas noticias!» Esta frase, breve y sencilla que está en la carta a los Romanos, escrita por San Pablo. Retrata de una manera maravillosa a  la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, la misionera sin fronteras que no tuvo tiempo de teorizar, sino que, presurosa, como María a quien siempre invocó a su lado, se lanzó en una carrera que tenía, desde el inicio, el objetivo de que el conocimiento y amor de Dios llegara a todas las naciones. El esfuerzo eficaz de esta prisa misionera, ha dado frutos que, esparcidos ahora, en más de 16 naciones de la tierra, llenan de esperanza a miles de almas dando respuesta a lo que Cristo pide en el Evangelio, que demos fruto.

Quisiera, en una breve reflexión, destacar cinco puntos de suma importancia en la beata que bien podemos hacer nuestros imitándola con sencillez y humildad para ser prolongadores de esta carrera que ha de concluir, como ella misma dice: «cuando se clausuren los siglos y comience la eternidad».

Primeramente quisiera destacar su profundo amor a Cristo: La relación de  la madre María Inés con Cristo, se centró principalmente en la contemplación de su presencia eucarística. Las largas hora de adoración, especialmente durante los 16 años que pasó en la clausura, enfervorizaron su entrega total a Él y su búsqueda de la santidad. En una carta colectiva, escrita el 7 de marzo de 1960 anota: «¿Qué de dónde vamos a sacar todas las virtudes que necesitamos? Pues no de otra parte que del Corazón de Jesús. Y para eso se quedó en la Eucaristía, ya que no solamente está allí para recibir nuestras adoraciones y nuestros homenajes, sino también para escuchar nuestras súplicas; ansía que vayamos a él a contarle y pedirle, cuanto necesitamos para nosotros mismos y para los demás. Tiene sus manos llenas de gracias, pero la condición es, que las pidamos. Se siente Jesús cuando no lo hacemos, y por eso dijo a sus apóstoles: “Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid y recibiréis.” ¿Quién será el hambriento que, junto a una mesa espléndidamente servida, e invitado por el dueño a comer lo que guste, no lo haga? Y a las veces, nosotros somos ese hambriento, y sediento, y cabe a las fuentes de agua viva, nos morimos de sed y de hambre, solamente por flojera, por no hacer nuestra oración.»

La segunda cuestión a destacar en su vida, siempre imitable es la obediencia a la Iglesia: Ella fue una mujer que siguió fielmente el magisterio de la Iglesia, utilizando sus enseñanzas como brújula para sus proyectos misioneros. Sabiamente daba, no solo a los consagrados, sino a los laicos que formamos parte de su familia misionera, indicaciones como esta: «La obligación de todo misionero es estar al día en todo lo relacionado al Magisterio de la Iglesia mediante los documentos pontificios… que no se dé el caso hijos, y menos en quienes están en territorio de misiones que salga un documento de Su Santidad —y de cualquier índole que sea— y pasen meses sin que se le conozca y se le estudie». (Carta circular de marzo 10 de 1971). Desde jovencita, cuando formaba parte de la Acción Católica Femenina, manifestaba su amor al Santo Padre en testimonios escritos como este: «Nosotros en cada uno de los trabajos que nos imponemos por esta noble causa, alegramos inmensamente el corazón de nuestro Supremo Padre y Pastor, aunque nuestros trabajos no sean conocidos por él en particular». (A mis queridas compañeras de la Acción Católica).

El tercer punto que quiero destacar es obviamente, algo que todos conocemos, valoramos y hemos heredado: su espíritu misionero, entendido esto como una expresión de amor a Cristo y a la Iglesia. La segunda lectura del Oficio de Lecturas de esta memoria litúrgica, tomada de sus escritos lo prueba cuando ella le dice a Nuestro Señor: «Tú eres quien has puesto dentro de mi ser estas ansias que me devoran; este deseo irresistible de que te amen. Lleva muchos obreros a tu viña. ¡Oh Padre celestial!, llévame a mí; yo quiero ofrendarte todos mis amores, quiero dejarlo todo por Ti, quiero sacrificarme, en el corazón de María, por la salvación de las almas».

En un cuarto punto, sin que estos vayan por orden de importancia, se encuentra la vivencia de las virtudes cristianas en grado heroico: Su fe heroica, su esperanza inquebrantable en la providencia divina y su actitud constante de vivir la caridad con una sonrisa, incluso en momentos de dificultad, la llevaron a ser modelo de vida para todos. Constantemente suplicaba al Señor que nos ayudara para conservar las virtudes que quisiéramos vivir, y así salvarle muchas almas. (Cf. Carta sin fecha a las hermanas de la comunidad de Dublín). Con una gran familiaridad hablaba de la práctica de las virtudes como cosa de todos los días. «Fe, esperanza, sencillez, docilidad, humildad, castidad, pureza de intención, entrega desinteresada a los hermanos, docilidad a las voces del Espíritu que habla a nuestro interior, paz paciencia hacia nosotros mismos y hacia los demás, etcétera, todo lo cual nos lleva a gozar de los frutos del Espíritu Santo» afirmaba. (Cf. carta colectiva desde Roma, junio de 1978.). Su rostro, no solamente en su fotografía oficial sin en todo momento muestra la alegría y santidad con la que vivió, dejándonos de regalo una sonrisa perenne que nos acompaña recordándonos la alegría del Evangelio que hemos de llevar a todos.

Finalmente, en un quinto punto y para terminar esta reflexión, me detengo en su amor a María, especialmente a Santa María de Guadalupe con quien hablaba de tú a tú. EN uno de sus escritos anota: «Un misionero vive enamorado de Dios, es cristocéntrico, pero lo relaciona y ofrece primero a su Madre del cielo, para que lo purifique ella y lo presente a su divino Hijo. No sabe separar a María de su vida diaria, de su apostolado y de su fe». (Cartas).  Recordando su llamado inicial a seguir al Señor más de cerca escribe: «Un instante bastó a la gracia eficaz que María de Guadalupe supo alcanzar de mi Dios y Señor, para que, de terrena, de dada a las criaturas, de vanidosa, de indevota, no anhelara otra cosa mi corazón que pertenecer a Dios por entero, con esa plenitud de posesión que no le niega nada, ni piensa en nadie que no sea él, que a él solo quiere agradar, que por él solo se quiere sacrificar, y que, en el agradecimiento inmenso de su corazón, quisiera atraer todos los corazones para que gozaran de la misma dicha en el abrazo de su Dios». (Experiencias Espirituales, f. 505).

Mucho más habría que decir, siempre todo iluminado por la Palabra de Dios. Que todos estos puntos queden grabados en nuestros corazones para que como ella, fijando nuestra mirada en Dios bajo el amparo de la Dulce Morenita del Tepeyac, dejemos, a nuestro paso, las huellas de Cristo, el misionero del Padre.

Padre Alfredo, M.C.I.U.

(Homilía pronunciada en la Misa de la memoria litúrgica de la Beata María Inés el 21 de junio de 2025, en la parroquia de San José Obrero, en San Nicolás de los Garza, N.L., México).

domingo, 20 de abril de 2025

HOMILÍA DEL DOMINGO DE RESURRECCIÓN 2025

En este Domingo radiante de Vida, la Iglesia nos invita a participar del gozo de la Resurrección del Señor que aquí, en la parroquia, hemos celebrado desde anoche con la solemne Vigilia Pascual. En una celebración radiante de gozo, hemos pasado de la oscuridad a la Luz del Señor, del caos de este mundo al orden de la Nueva Creación que Dios ya introdujo en Jesucristo Resucitado. Con él, hemos pasado del hombre viejo destinado a la muerte al hombre nuevo, hecho para el Cielo. La Vigilia Pascual ha coronado nuestras vidas de la alegría de la Fe, la Esperanza y el Amor. Y es que no puede haber para el hombre alegría más profunda que la que en este día se proclama: la alegría de la Salvación. A estas horas, resuena, como el silbido de una luz vertiginosa, el eco, aún vivo, del anuncio de la Resurrección del Señor de anoche. Cristo ha resucitado y se ha aparecido. Es verdad, como dice el Evangelio, nosotros somos testigos de ello. Sin embargo, para poder gozar esta fiesta de la Resurrección, es necesario que nos vistamos con el traje de fiesta adecuado. Y ese traje de fiesta es la Fe, porque sin Fe, nos quedamos fuera de esta fiesta.

De los hombres y mujeres que conocieron a Jesús, sólo los que tuvieron fe en Él encontraron la alegría de la salvación. Para los otros, como para mucha gente de nuestros tiempos, las cosas no cambiaron. Sí, del mismo modo ocurre hoy: sólo por la fe, que recibimos en el Bautismo y compartimos en cada Misa, encontramos la alegría de la salvación... para muchos, incluso de los nuestros, este Domingo es igual a todos los demás... incluso puede que sea hasta un día triste, vacío, lleno de nostalgia y de un deseo ahogado de encontrarse con Dios. La Pascua que celebramos inaugura un tiempo de gozo muy especial, 50 días de fiesta con un prólogo maravilloso: La Octava de Pascua. Jesucristo ha resucitado como el Primero de muchos, para mostrarnos cual es la vida que nos espera y se nos ofrece si con esperanza, damos el paso de la fe.

Por la fe celebramos a Jesucristo, el Hombre Nuevo que nos renueva, a nosotros y a toda la Creación, inaugurando cielos nuevos y tierra nueva; y Jesús, el Señor, es ya la Cabeza de esta Nueva Creación. Por eso anoche hemos bendecido el fuego, la luz, el agua, y hemos renovado nuestras promesas bautismales: porque celebramos la nueva Vida que nos trae el mismo Dios hecho hombre. La Resurrección aniquila el poder de la muerte y la transforma sólo en un paso —amargo pero no definitivo—. La muerte se transforma en el último acto de amor y entrega del hombre a su Señor mientras somos peregrinos de esperanza en camino a la Resurrección con Cristo.

Ciertamente nosotros no hemos tenido oportunidad de ver a Jesús Resucitado. Pero Él mismo nos dice que son felices los que creen sin ver. Por eso el Señor no da, en primera instancia, pruebas en sentido estricto de la Resurrección, sino sólo signos: una tumba vacía, y ángeles que lo proclaman vivo... Por eso, nuestra única respuesta quiere ser la Fe... La fe del discípulo amado, que no vio a Jesús (Evangelio de hoy); vio las vendas caídas y el sepulcro vacío, y creyó en Jesús, al que más tarde vería... Al celebrar hoy llenos de alegría al Señor Resucitado, avivemos nuestra fe, acrecentemos nuestra esperanza con María, y dejemos que Cristo Resucitado renueve la fuerza de nuestro Amor.

AMÉN. ¡ALELUYA!

Padre Alfredo.

sábado, 19 de abril de 2025

HOMILÍA DE LA VIGILIA PASCUAL 2025

Jesús, queridos hermanos, no es un personaje del pasado. Él vive y, como ser viviente, camina delante de nosotros; nos llama a seguirlo a Él, el viviente, y a encontrar así también nosotros el camino de la vida.

«Ha resucitado..., no está aquí». Recalca el evangelista. Cuando Jesús habló por primera vez a los discípulos sobre la cruz y la resurrección, estos se preguntaban qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos» (Mc 9, 10). En Pascua nos alegramos porque Cristo no se ha quedado en el sepulcro, su cuerpo no ha conocido la corrupción; pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; nos alegramos porque Él es —como proclamamos en el rito del cirio pascual— Alfa y Omega, y existe no sólo ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Hb 13,8). Pero, ¿en qué consiste propiamente eso de «resucitar»? ¿Qué significa para nosotros? La resurrección de Cristo es el salto más decisivo hacia una dimensión totalmente nueva, que no se ha producido jamás en la larga historia de la vida y de sus desarrollos: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia.

Jesús ya no está en el sepulcro. Él pudo dejarse matar por amor, pero justamente así destruyó el carácter definitivo de la muerte, porque en Él estaba presente el carácter definitivo de la vida. Él era una cosa sola con la vida indestructible, de manera que ésta brotó de nuevo a través de la muerte. En la última Cena, Él anticipó la muerte y la transformó en el don de sí mismo. Su comunión existencial con el Padre misericordioso era concretamente una comunión existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte, es más fuerte que la muerte. La resurrección fue como un estallido de luz que inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de manera transformada, y a través de la cual surge un mundo nuevo. No puedo dejar de imaginar el gozo de la Virgen santísima en el momento de ver a su Hijo resucitado.

Solamente podemos entender esto mediante la fe y el bautismo. Por eso el Bautismo es parte de la Vigilia pascual. El Bautismo significa precisamente que nuestra fe no es un asunto del pasado, sino un salto cualitativo de la historia universal que llega hasta cada uno de nosotros. Es realmente muerte y resurrección, renacimiento, transformación en una nueva vida. El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para mantenernos en este mundo como peregrinos de esperanza.

Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. La resurrección no ha pasado, la resurrección nos ha alcanzado e impregnado. De este modo, llenos de gozo, hemos podido cantar una vez más el Pregón Pascual celebrando la resurrección como un acontecimiento cósmico, que comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra. Y podemos proclamar también con este Pregón: «Cristo, tu Hijo, que se encarnó en el seno de María y a quien celebramos de una manera particular en este Año Santo de la Redención y en este año jubilar de nuestra parroquia, ha resucitado... brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos». Amén.

Padre Alfredo.

viernes, 18 de abril de 2025

HOMILÍA DEL VIERNES SANTO 2025

Algunos de ustedes, que me conocen bien, saben que una de mis pasiones predilectas, junto a la lectura y al deporte, es la música. Cada Viernes Santo, en especial, recuerdo las grandes composiciones en torno a la pasión que escribió Juan Sebastián Bach. Estas pasiones que cantan la resurrección —todas terminan con la sepultura de Jesús—, pero que han sido compuestas gracias a la certeza de la Pascua, de esa certeza de la esperanza, que ni siquiera en la noche de la muerte se apaga. En contraste con esto, está la obra también titulada «La pasión» del compositor polaco Krystof Penderecki, apenas fallecido en el 2020 y en la que desaparece la tranquilidad de una comunidad de creyentes que vive de la Pascua y en su lugar se oyen los gritos atormentados de los presos de Auschwitz y en especial, los gemidos desesperados de los que mueren. Me parece que esta obra de Penderecki, retrata el Viernes Santo del siglo XX: el rostro del hombre infamado, escupido, roto por el hombre mismo. Desde las cámaras de gas de Auschwitz; desde las aldeas arrasadas con niños torturados en Vietnam; desde los suburbios llenos de miseria de la India, de Africa, de Latinoamérica; desde los campos de concentración comunistas; dese los rostros de los niños de Sierra Leona obligados a matar en la guerra civil... pero estamos ya en el siglo XXI y la pasión parece seguir siendo la misma y mucho más cercana: secuestros, violaciones, robos, asaltos, asesinatos, desapariciones.

El momento más terrible de la pasión de Jesús es ciertamente cuando exclama, en el más extremo sufrimiento de la cruz: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» Es una frase de un salmo, en el que Israel, doliente, torturado, despreciado a causa de su fe, le grita a su Dios a la cara su desgracia. Y este grito de oración todo su significado en la boca de aquel que es la misma cercanía salvífica de Dios entre los hombres. Si él se sabe abandonado de Dios, ¿dónde podremos encontrar a Dios? Hoy resuena en nuestros oídos el eco, redoblado, de este grito. Desde algunos barrios cercanos a nosotros, llenos de miseria, donde viven cientos y tal vez miles conciudadanos nuestros faltos de esperanza, se oye decir: ¿Dónde estás, Dios, tú que creaste un mundo en el que continuamente puedes observar cómo tus inocentes criaturas sufren terriblemente, que son conducidas como corderos al matadero y no pueden abrir la boca? Estos tonos, que se dan con demasiada frecuencia, no disminuyen en nada la autenticidad de la pregunta; en la hora actual parece que todos nos hallamos en aquel momento de la pasión de Jesús en que surge la exclamación: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»

Debemos detenernos y contemplar que Jesús no constata la ausencia de Dios, sino que la transforma en oración. Si queremos integrar en el Viernes Santo de Jesús el Viernes Santo de nuestra sociedad actual, tenemos que integrar el grito angustiado de ésta en el de aquél, cambiarlo en una oración dirigida al Dios que, a pesar de todo, sigue estando cerca. La mayor parte de los que estamos aquí, no participamos de grandes horrores más que como espectadores. Hermanos: No es ninguna casualidad que la fe en Dios provenga de un rostro lleno de sangre y heridas, de un crucificado. Tomemos en serio estas palabras de Jesús, que nos amonestan precisamente en el Viernes Santo. Junto a la presencia real de Jesús en la Iglesia gracias a los sacramentos, en especial la Eucaristía, la celebración de hoy nos recuerda que hay otra presencia real de Jesús en los que sufren en este mundo, en los que él quiere que nosotros sepamos encontrarle. Dios quiera que nuestros ojos y nuestro corazón miren a la Dolorosa y que, en medio de cada Viernes Santo de la historia, recibamos el misterio pascual del Viernes Santo de Cristo y en él seamos salvados.

Padre Alfredo.

jueves, 17 de abril de 2025

HOMILÍA DEL JUEVES SANTO 2025


El Jueves Santo no es sólo el día de la Institución de la Santa Eucaristía, del sacramento del Orden y del mandamiento del amor. También forma parte del Jueves Santo la noche oscura del Monte de los Olivos, hacia la cual Jesús se dirige con sus discípulos. Es la noche en la que la soledad de Jesús que, orando en un cierto abandono, va al encuentro de la oscuridad de la muerte. Forma parte de este Jueves Santo la traición de Judas, de la que ya hemos hablado en estos días y el arresto de Jesús, así como también la negación de Pedro, la acusación ante el Sanedrín y la entrega a Pilato. En todo esto se lleva a cabo el misterio de nuestra Redención.

Durante el andar hacia estos momentos, el Señor Jesús ha cantado con sus Apóstoles los Salmos de la liberación y de la redención de Israel, que recuerdan la primera Pascua en Egipto, la noche de la liberación. Como él hacía con frecuencia, se va a orar solo para hablar como Hijo al Padre. Pero, a diferencia de lo acostumbrado, quiere cerciorarse de que estén cerca tres discípulos: Pedro, Santiago y Juan. Son los tres que habían tenido la experiencia de su Transfiguración y que lo habían visto en el centro, entre la Ley y los Profetas, entre Moisés y Elías. Habían escuchado cómo hablaba con ellos de su «éxodo» en Jerusalén.

¿Qué aspecto tendría aquella noche el éxodo de Jesús, en el cual debía cumplirse definitivamente el sentido de aquel drama histórico? Este era el paso esencial para salir hacia la libertad y la vida nueva, hacia la que tiende el éxodo. Los discípulos, cuya cercanía quiso Jesús en esta hora de extrema tribulación, como elemento de apoyo humano, pronto se durmieron. 

Los evangelistas Mateo y Marcos dicen que en aquella noche Jesús «cayó rostro en tierra» (Mt 26,39; cf. Mc 14,35). San Lucas, en cambio, afirma que Jesús oraba arrodillado. En los Hechos de los Apóstoles, habla de los santos, que oraban de rodillas: Esteban durante su lapidación, Pedro en el contexto de la resurrección de un muerto, Pablo en el camino hacia el martirio. Los cristianos, al postrarnos o arrodillarnos, nos ponemos en comunión con la oración de Jesús en el Monte de los Olivos. Este momento de angustia mortal de Jesús es un elemento esencial en el proceso de la Redención. Por eso, la Carta a los Hebreos ha definido el combate de Jesús en el Monte de los Olivos como un acto sacerdotal. En esta oración de Jesús, impregnada de una angustia mortal, el Señor ejerce el oficio del sacerdote: toma sobre sí el pecado de la humanidad, a todos nosotros, y nos conduce al Padre, haciéndose así, modelo de todos los sacerdotes del mundo entero que hemos de ser «pan partido» como él, en la Eucaristía, para llenar de esperanza al mundo, amando sin medida, como él, hasta dar la vida si es necesario.

Me he querido detener, este año, en la oración del Monte de los Olivos, donde hace años pude yo también orar, porque creo que aquí cobra sentido el sacerdocio de Cristo, cobra sentido su abajarse para quedarse en la Eucaristía, cobra sentido la esperanza de que nos amemos unos a otros como él nos amó. Que la Virgen Madre, que seguramente vivió con intensidad estas horas, nos acompañe para que con ella, podamos acompañar a Jesús en esta noche de vela agradeciendo que se ha quedado en la Eucaristía y que nos ha dejado a los sacerdotes para hacerle presente y conducirnos en el amor.

Padre Alfredo.

HOMILÍA DEL MIÉRCOLES SANTO 2025


Hace unas horas, adelantándose al Jueves Santo por cuestiones prácticas, en la basílica de Nuestra Señora del Roble, la insigne patrona de nuestra arquidiócesis, el Señor arzobispo, acompañado de casi la totalidad del presbiterio que hemos renovado nuestro sí en el ministerio, ha consagrado los Óleos y el Crisma para este año. Cada año, algunas personas de nuestra comunidad, son enviados a recoger estos santos Óleos paras ser presentados en esta Eucaristía. Este hecho de ir a esta solemne celebración que a algunos les ha tocado para recoger estos benditos aceites, no es solamente un mero encargo de transporte exterior, ya que actualmente se podría resolver de otra manera —pidiéndolos por Amazon o Mercado Libre por ejemplo—. Se trata de un gesto que nos perpetúa el hecho de que somos comunidad sinodal y que, quienes traen y presentan los Óleos, nos recuerdan que somos servidores de la esperanza de la vida de Iglesia, poniéndonos todos al servicio de la unidad fraterna de la Iglesia, que se funda en su cabeza y vive de la fuerza que de ella procede. 

Junto a nuestro arzobispo, hemos recordado aquello que está formulado en las palabras de san Pablo: «Christi bonus odor sumus in omni loco» —somos fragancia de Cristo en todas partes— (2 Cor 2,15). Y es que ser miembros de la Iglesia no puede consistir en añadir un pequeño mundo de domingo a nuestro mundo de los días laborales, de estudio o de otras ocupaciones, o en algo que podemos construir en cualquier momentito de devoción de nuestra vida, sino que es un nuevo fundamento, es transformación que nos cambia llenándonos de esperanza. 

El signo del aceite consagrado que esta tarde recibimos en nuestra parroquia, se halla íntimamente unido al misterio de Jesucristo, pues este nombre —Χριστός (Christós)— significa el ungido. Por eso el óleo está presente en los sacramentos de la Iglesia: en la unción de los enfermos es medicina de Dios; en su aplicación antes del bautismo, como óleo de los catecúmenos, nos recuerda que el cristiano es una persona que se arma para la gran lucha de la vida en el drama de la historia. Los atletas que pisaba en la arena urgían su cuerpo con aceite con el fin de qué estuviese flexible, elástico, vigoroso, ágil, no reseco. La unción que después del bautismo se aplica con el Santo Crisma, así como en la confirmación y en la ordenación sacerdotal recuerda la unción de los sacerdotes de los profetas y de los sueños.

La comunidad cristiana contempla a Jesús el «Ungido» del Padre, en estos cánticos del Siervo de Yahvé que en estos días hemos escuchado como primera lectura. Su entrega hasta la muerte no es inútil: así cumple la misión que Dios, al ungirlo con el óleo de la salvación, le ha encomendado, al solidarizarse con toda la humanidad y su pecado.

En el evangelio leemos de nuevo la traición de Judas, esta vez según san Mateo, Precisamente cuando Jesús quiere celebrar la Pascua de despedida de los suyos, como signo entrañable de amistad y comunión, uno de ellos ya ha concertado la traición y las treinta monedas (el precio de un esclavo, según Ex 21,32). En puertas de celebrar el misterio de la Pascua del Señor, junto a la admiración contemplativa de su entrega podemos aprender su lección: reflejarnos bajo la mirada de María, en el Siervo de Isaías y sobre todo en Jesús, que cumple en plenitud el anuncio. ¿Nos sabemos discípulos–misioneros para llevar la unción de esperanza de Jesús a los demás?

Padre Alfredo.

miércoles, 16 de abril de 2025

HOMILÍA DEL MARTES SANTO 2025.

En estos últimos días de Cuaresma, antes del Triduo Pascual, las lecturas de la Misa nos introducen en los aspectos del Misterio Pascual que celebraremos en los próximos días.

Hoy la primera lectura, tomada del profeta Isaías (Is 49,1-6), nos regala uno de los más bellos poemas del Antiguo Testamento y en sí de toda la Escritura. Es el segundo canto del Siervo de Yahvé, hacia el final del libro también llamado «de la Consolación de Israel». Este Libro de la Consolación de Israel, que constituye la segunda parte del Libro de Isaías, fue compuesto durante la deportación a Babilonia, tras la destrucción del Templo, y anuncia ya la esperanza del retorno. Es un poema que describe el sufrimiento del Siervo de Yahvé, pero también canta su plena confianza en Dios. Es un poema cargado de esperanza.

El Papa Francisco, que nos ha dejado como tarea para este año santo no olvidar que somos peregrinos de esperanza, ha hablado varias veces de la esperanza, instándonos a mirar con nuevos ojos nuestra existencia, especialmente cuando pasamos por una dura prueba —como la que él pasa ahora con la enfermedad— y a mirarla a través de los ojos de Jesús, que es, como él lo llama «el autor de la esperanza», para que nos ayude a superar los días difíciles, con la certeza de que las tinieblas se convertirán en luz.

En cuanto al pasaje del Evangelio de Juan que acabamos de leer, describe la última cena de Pascua que Jesús tuvo con sus discípulos, un relato que se abre trágicamente con la mención de la traición de Jesús por Judas y que termina con la profecía del Señor sobre la negación de Pedro. Dos hombres que han fallado, como nosotros tantas veces, pero que nos muestran dos rostros muy diferentes, el primero marcado por la desesperanza y el segundo cargado luego de arrepentimiento para recobrar la esperanza que parecía haberse perdido

A lo largo de los Evangelios, y en particular en los relatos leídos en la Eucaristía de las últimas semanas, hemos visto crecer la oposición de los fariseos y de los sumos sacerdotes a Jesús y hemos visto su determinación de conducirlo a la muerte. Esto queda muy claro en el relato de la pasión. Ahora bien, lo que hace que este desenlace sea aún más trágico es que se logra a través de la traición de uno de los amigos más cercanos de Jesús, uno de sus doce Apóstoles, con el que celebra la fiesta de la Pascua dejándonos en claro que no basta estar «junto» a Jesús, sino sumergidos en él. Judas cedió miserablemente a una tentación del Maligno. Jesús lo había tratado como a un amigo (cf. Mt 26, 50), pero en sus invitaciones a seguirlo por el camino de las bienaventuranzas no lo forzó, respetando la libertad humana.

Las posibilidades de perversión del corazón humano son realmente muchas. El único modo de prevenirlas consiste en reclinarse en Jesús para sumergirse en él, asumiendo sus intereses como nuestros. Día tras día debemos esforzarnos por estar en plena comunión con él. Preparemos, pues, nuestros corazones para entrar en este Triduo Pascual, durante el cual recordaremos todo lo que Jesús tuvo que sufrir por nosotros, pero con la mirada llena de esperanza, puesta ya, con María, nuestra Madre santísima, en la gloria de su resurrección.

Padre Alfredo.

martes, 15 de abril de 2025

HOMILÍA DEL LUNES SANTO 2025

Lucas 7:36–50


La historia de la unción en Betania parece, a primera vista, que corresponde al campo de lo anecdótico, pero va mucho más allá. Jesús compara lo que ocurre aquí con el embalsamamiento de los muertos, que era corriente entre los reyes y los potentados. Jesús ve en el rasgo o gesto de María la tentativa de asestar un golpe a la muerte. El reconoce ahí un esfuerzo que es esencial de todo amor: el comunicar la vida a los demás, la inmortalidad. Jesús habrá de morir, pero la pascua será su victoria, en ella Jesús se mostrará perpetuamente como el Cristo, como el «ungido» de Dios.
 
De esta manera, la acción de María que hemos contemplado en el Evangelio, sigue siendo algo permanente, algo simbólico y modélico, puesto que siempre debe existir el esfuerzo para mantener vivo a Cristo en este mundo y para oponerse a los poderes que le hacen enmudecer, que pretenden matarlo.
 
¿Pero cómo puede ocurrir esto? Por cada acción en nuestras vidas, que esté llena de esperanza. Una frase del evangelio puede dar, tal vez, más claridad a esta afirmación. Juan nos cuenta que, por la unción, toda la casa se llenó de la fragancia del perfume (Jn 12,3). Eso nos recuerda una frase de san Pablo: «Porque somos para Dios permanente olor de Cristo en los que se salvan» (2 Cor 2,15). La vieja idea pagana de que los sacrificios alimentan a los dioses con su buen olor, se halla aquí transformada en la idea de que la vida cristiana hace que el buen aroma de Cristo y la atmósfera de la verdadera vida se difunda en el mundo. 
 
Esta escena, por lo tanto, a nosotros nos debe llenar de esperanza, esperanza en que, como María derramó el perfume en Cristo y todo se llenó de esa fragancia, nosotros también, con nuestro testimonio de una esperanza siempre viva, podemos inundar de la fragancia de Cristo nuestro entorno.  ero también hay otro punto de vista. Junto a María, la servidora de la vida, se halla en el evangelio Judas, el cual se convierte en el cómplice de la muerte: respecto a Jesús, primeramente, y también, luego, respecto a sí mismo. Él, que ha perdido la esperanza auténtica o que tal vez nunca la cultivó como virtud, se opone a la unción, al gesto del amor que suministra la vida. A esa unción contrapone él el cálculo de la pura utilidad, el materialismo, el costo de aquella fina loción. Pero, detrás de eso, aparece algo más profundo: Judas no era capaz de escuchar efectivamente a Jesús, y de aprender de él una nueva concepción de la salvación del mundo y de Israel.
 
Él había acudido a Jesús con una esperanza bien determinada, pero una esperanza mundana, como la que tienen muchos y que ponen solamente en el hombre, en los falsos mesías de este mundo que prometen prosperidad, renombre, fama y poder; esta falsa esperanza le midió a él y por ella le negó. Así representa él no sólo el cálculo frente al desinterés del amor, sino también a la incapacidad de escuchar. «La casa se llenó con la fragancia del perfume» ¿sucede así con nosotros? ¿Exhalamos el olor del egoísmo de Judas, que es el instrumento de la muerte, o el aroma de la vida, que procede de la fe de María y lleva al amor?

Que la Virgen del Rosario, nos recuerde que el aroma de Cristo debe impregnar todos los misterios que se entrecruzan en nuestra vida.

HOMILÍA DEL DOMINGO DE RAMOS 2025


En este día, queridos hermanos, nos hemos unido, al inicio de nuestra celebración, a la muchedumbre de discípulos que, con alegría festiva, acompañaron al Señor en su entrada en Jerusalén. Como ellos, alabamos al Señor alzando la voz por todos los prodigios que hemos visto. La procesión ha querido ser, ante todo un gozoso testimonio que ofrecemos de Jesucristo, por quien se nos ha hecho visible el Rostro de Dios, y por quien el corazón de Dios se abre a todos nosotros. Esta procesión de Ramos es también una procesión de Cristo Rey: profesamos la realeza de Jesucristo, reconocemos a Jesús como el Hijo de David, el Rey de la paz y de la justicia de quien nos fiamos y a quien seguimos llenos de esperanza. Al seguirle a Él, nos llenamos de esperanza al servicio de la verdad y del amor como caminantes, como peregrinos en esta tierra que juntos, en sinodalidad, nos dirigimos hasta nuestra morada perpetua que es la Jerusalén celestial. 

 

El Domingo de Ramos es el gran pórtico que nos lleva a la Semana Santa, esta semana en la que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la Cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo a sí a la humanidad de todos los tiempos ofreciendo a todos el don de la redención. Sabemos por los evangelios que Jesús se había encaminado hacia Jerusalén con los doce, y que poco a poco se había ido sumado a ellos una multitud creciente de peregrinos como recordamos al inicio de nuestra celebración.

 

La liturgia de la palabra de este día, une a la procesión de los Ramos la lectura de la pasión de Nuestro Señor en el Evangelio, este año tomada de san Lucas. Y es que la esperanza de la entrada del Mesías está centrada, especialmente, en el auténtico gran «sí» que dará a la voluntad del Padre está marcada por la Cruz, ya que la Cruz es el auténtico árbol de la vida. No alcanzamos la vida apoderándonos de ella, sino dándola como la dio Cristo, esa es nuestra esperanza. El amor es la entrega de nosotros mismos y, por este motivo, en la esperanza, la vida auténtica queda simbolizada por la Cruz. Como pergerinos de esperanza —cosa que nos recuerda este año santo con el jubileo de la redención— con el signo de la Cruz, nos hacemos portadores de la paz. 

 

La Cruz se ha convertido, desde aquellos días de la pasión de Cristo, en el centro de nuestras vidas, en el símbolo que da sentido a nuestra esperanza. Hubo un período —y no ha quedado totalmente superado— en el que se rechazaba el cristianismo precisamente a causa de la Cruz, porque la Cruz habla de sacrificio y parece ser que para muchos, en un mundo marcado por la desesperanza y la instalación terrena en el confort, eso ha pasado de moda.

 

Que el Domingo de Ramos sea para nosotros un día de esperanza, el día de la decisión de acoger al Señor y de seguirlo hasta el final, la decisión de hacer de su Pascua de muerte y resurrección el sentido mismo de nuestra vida de cristianos. Pidámosle a María Santísima, que luego de aquella procesión no perdió la esperanza y acompañó a Jesús al pie de la Cruz, que abra nuestros corazones para que, siguiendo a su Hijo en la Cruz, nos convirtamos en auténticos peregrinos de esperanza. Amén. 


Padre Alfredo.