Cada Viernes Santo recordamos el momento más terrible de la pasión de Jesús, que es ciertamente cuando exclama, en el más extremo sufrimiento de la cruz: «Eli, Eli, lemá sabactaní» (Mateo 27,46) —¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?—. Esta es una frase de un salmo, el salmo 22 en el que Israel, doliente, torturado, despreciado a causa de su fe, le grita a Dios su desgracia. Y este grito de oración tiene un significado impresionante en la boca de aquel que es la misma cercanía salvífica de Dios entre los hombres. No es ninguna casualidad que la fe en Dios provenga de este rostro lleno de sangre y heridas que grita con dolor en arameo, su lengua materna: «Eli, Eli, lemá sabactaní» como una expresión de profunda desesperación y dolor de un hombre que conocía bien sus escrituras. Creo que Jesús, verdadero Dios, pero a la vez verdadero hombre, sentía un dolor horrible por estar crucificado, estaba lleno de angustia y recurrió a las escrituras para expresarlo. Era completamente Dios, pero también era una persona normal que estaba siendo torturada hasta la muerte.
En su libro La misericordia de Dios en tiempos de crisis, Cristóbal Sevilla Anota que «el sufrimiento nos provoca escándalo y, cuando nos encontramos con el Dios que aparece en la Biblia como “compasivo y misericordioso”, nos parece que no es más que una ilusión para dar consuelo».(1) Pero para Cristo no fue así, el abandono se convierte en él en primer lugar en oración, en un cortísimo diálogo con el Padre que habla de ofrenda, de oblación, de consumación. San Oscar Arnulfo Romero, aquel arzobispo salvadoreño que algunos de ustedes recuerdan que fue acribillado en el Altar en medio de una celebración, en una homilía del año 1978 exclamó: «Qué interlocutor más divino. ¡Cómo es posible que los hombres podamos vivir sin orar! ¡Cómo es posible que el hombre y la mujer puedan pasarse toda su vida sin pensar en Dios! ¡Tener vacía esa capacidad de lo divino y no llenarla nunca!».(2) Hoy nuevamente vemos al Señor crucificado y es inevitable que pensemos en nuestras vidas complicadas, nuestra sociedad sumergida en cientos de problemáticas, la violencia, la inseguridad, la migración, la pobreza... ¡cuántos de nuestros hermanos llevan cruces que parecen inseparables de su existencia! Debemos detenernos y contemplar que Jesús no constata la ausencia de Dios, sino que la transforma en oración y ofrenda. Si queremos integrar en el Viernes Santo de Jesús el Viernes Santo de nuestra sociedad actual, tenemos que integrar en el grito de Cristo aunque con certeza podemos afirmar que la mayor parte de los que estamos aquí, no participamos de grandes horrores más que como espectadores.
No podemos marcharnos en silencio sin tomar en serio estas palabras de Jesús, que nos amonestan precisamente en el Viernes Santo. Esta austera celebración, en la que no se celebra la eucaristía, en la que el altar no tiene mantel, en la que no hay flores... nos invita a mantenernos en una actitud contemplativa de lo que Cristo, el Hijo de Dios, el Mesías Salvador hizo por nosotros para para abrirnos el Reino de los cielos haciendo de su dolor la ofrenda más grande que puede testimoniar lo que debemos ser y hacer. Él había dicho: «Nadie tiene amor más grande, que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Junto a la Cruz estaba María su madre. Ojalá que nuestros ojos y nuestro corazón la miren y que en medio de cada Viernes Santo de la historia, recibamos el misterio pascual del Viernes Santo de Cristo y en él seamos salvados.
Padre Alfredo.
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