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viernes, 16 de abril de 2021

«TENDER AL BIEN EN LA UNIDAD»*. El valor del respeto mutuo en la comunidad eclesial... Un tema para retiro y reflexión


1. El respeto.

Primero que nada hemos de ver que la palabra respeto proviene del latín «respectus» y significa «atención» o «consideración» —de acuerdo al diccionario de la Real Academia Española (RAE)—, y que el respeto está relacionado con la veneración o el acatamiento que se hace a alguien o a algo. El respeto incluye miramiento, consideración y deferencia. Por otra parte significa mirar algo, o mirar a alguien con atención y consideración, aunque también puede hacer referencia al temor o al recelo. Por ejemplo: «Al mar hay que tenerle respeto, ya que puede ser peligroso».

El respeto es un valor que permite que el hombre pueda reconocer, aceptar, apreciar y valorar las cualidades del prójimo y sus derechos. Es decir, el respeto es el reconocimiento del valor propio y de los derechos de los individuos y de la sociedad, por eso, en la vida de los cristianos, es un valor imprescindible en el día a día, ya que el respeto no sólo se manifiesta hacia la actuación de las personas o hacia las leyes, sino también se expresa hacia la autoridad, como sucede con los alumnos y sus maestros o con los hijos y sus padres. 

El respeto permite que una familia, un grupo o una comunidad, pueda vivir en paz y en una sana convivencia, en base a normas, reglamentos y determinaciones. Implica reconocer en sí mismo y en los demás los derechos y las obligaciones, por eso suele sintetizarse en la frase que dice «no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti». El respeto, al igual que la honestidad y la responsabilidad son valores fundamentales para hacer posibles las relaciones de convivencia y comunicación eficaz entre las personas ya que son condición indispensable para el surgimiento de la confianza en toda comunidad social. 

Hoy, en la época tan llena de conflictos que nos ha tocado vivir, se percibe por doquier una falta de respeto que es causa de la laxitud en la que ha caído la cultura moderna, por el excesivo énfasis que se ha puesto en la libertad y los derechos de los individuos, con el olvido de la responsabilidad y el deber de estar unidos a quienes nos rodean como contraparte complementaria. Esta actitud egoísta ha traído como consecuencia una mala interpretación de lo que significa la dignidad de la persona y su responsabilidad social y un olvido de la «unidad», que siempre es necesario vivir para ejercer el respeto. 

Es curioso que en diversos ámbitos, incluido el religioso, se deja hoy sentir una interpretación muy generalizada de que nuestro individualismo es tan «sagrado», que al sentirnos dueños de nuestra propia manera muy personal de interpretar al mundo, podemos criticar a quien sea y ridiculizar a la persona que represente cualquier autoridad aún en detrimento de la unidad. Así, la falta de respeto, empezando por la familia, genera violencia y enfrentamientos que atentan contra la solidaridad y el bien común.


2. El respeto y la unidad en la comunidad eclesial.

Para vivir en plenitud este valor del respeto, quienes forman el grupo, movimiento o comunidad eclesial, tienen la fuerza de la Palabra de Dios, que les regala, entre tantas cosas maravillosas, unos cuantos versículos del capítulo 12 de la carta a los Romanos, en los que san Pablo habla del Cuerpo místico de Cristo, y son los versículos del 3 al 8.

Comencemos por reproducir el texto en cuestión (Rm 12,3-8): [3] «Por lo que los exhorto a todos ustedes, en virtud del ministerio que por gracia se me ha dado, a que en su saber o pensar, no se levanten más alto de lo que deben, sino que se contengan dentro de los límites de la moderación, según la medida de fe que Dios ha repartido a cada cual. [4] Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, mas no todos los miembros tienen un mismo oficio, [5] así nosotros, aunque seamos muchos, formamos en Cristo un solo cuerpo, siendo todos recíprocamente miembros los unos de los otros. [6] Tenemos por tanto dones diferentes, según la gracia que nos es conferida; por lo cual el que ha recibido el don de profecía, úselo siempre según la regla de la fe; [7] el que ha sido llamado al ministerio de la Iglesia, dedíquese a su ministerio; el que ha recibido el don de enseñar, aplíquese a enseñar; [8] el que ha recibido el don de exhortación, exhorte; el que reparte limosna, dela con sencillez; el que preside o gobierna, sea con vigilancia; el que hace obras de misericordia, hágalas con apacibilidad y alegría».

Para dar más autoridad a su exhortación, san Pablo comienza por alegar su condición de Apóstol, recordando que lo hace «en virtud del misterio que por gracia se me ha dado», es decir: «con todo respeto». Por lo tanto, que nadie se presuma más alto de la «medida de fe que Dios ha repartido». Sin embargo, la «medida de fe», a la cual alude san Pablo, no es la fe en cuanto tal, es decir, el asentimiento a la verdad divina, sino los dones o carismas que Dios distribuye de modo variable a los fieles conjuntamente con la fe —o sea, en la medida de fe— teniendo en vista la función que cada uno debe desempeñar en la Iglesia (cf. v. 6 ss.).

Para explicitarnos todo esto más claro, san Pablo se vale de una imagen sumamente expresiva —el cuerpo humano—, que siendo uno solo, tiene una gran variedad de miembros, cada cual con su función, y todos al servicio unos de los otros: «así nosotros, aunque seamos muchos, formamos en Cristo un solo cuerpo». Se trata de una realidad profunda, que constituye la doctrina revelada del Cuerpo Místico de Cristo, a la cual san Pablo alude de modo explícito también en otras de sus cartas (1 Cor. 10,17; 12,12-27; Ef. 1,13; 2,16; 3,6; 4,4 y 12-16; Col. 1,18 y 24; 2,19; 3,15).

Según esta doctrina, podemos captar que la Iglesia —y por lo tanto nuestra familia, nuestro grupo, nuestra comunidad— no es un conglomerado amorfo de individuos, sino un cuerpo organizado, con diversos miembros y sus propias funciones, personas sobre las cuales Jesucristo ejerce una acción unitiva y vivificadora, personas que se respetan y se aman para vivir en unidad. Así, es perfectamente adecuada la expresión «Cuerpo Místico de Cristo» para designar a la Iglesia. Dice la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: «Les recomiendo siempre, en todas las cosas, la unión de corazones, de voluntad, de servicio, en la alegría característica de nuestro instituto, pero en una alegría sobrenatural, en el deber cumplido por amor» (Carta colectiva desde Roma en junio de 1978).

En los diversos textos mencionados, san Pablo resalta ya sea uno, ya sea otro aspecto de esta divina doctrina. Cuando quiere inculcar la necesidad de unión y colaboración entre los fieles, destaca que nuestra unión con Cristo es tal que forma con Él una unidad o cuerpo único. Empero, cuando necesita denunciar a los falsos predicadores que cuestionaban la posición única de Cristo, insiste sobre todo en que Él es la verdadera Cabeza —aunque invisible— de la comunidad cristiana, o sea, católica y apostólica, punto de partida de todo el influjo vital en la Iglesia y su Jefe indiscutible.

Aquí cabe observar —no sin asombro— que existen concepciones erróneas acerca del Cuerpo Místico de Cristo que recorren toda la historia dos veces milenaria de la Iglesia, a tal punto que el Papa Pío XII se sintió obligado a escribir una encíclica especial para refutar las falsas doctrinas en curso en los medios católicos de su tiempo, y que llegan hasta nuestros días. Se trata de la encíclica «Mystici Corporis», del 29 de junio de 1943, cuya lectura recomiendo para enriquecimiento personal. 


3. El respeto, la unidad y los dones o ministerios en la comunidad eclesial.

Los dones o carismas (carísmata, en griego), de que habla san Pablo, no parece que deban concebirse como algo extraordinario y pasajero, propio de los comienzos de la Iglesia, conforme generalmente se piensa, sino como algo estable que durará mientras dure la Iglesia, por lo tanto hasta el fin de los tiempos (excepto, claro está, algunos carismas muy especiales, como el don de milagros). Según la concepción de san Pablo, todos los cristianos formamos «en Cristo un solo cuerpo» (v. 5), y cada cual tiene una función que desempeñar ordenada a la vida de ese cuerpo; y puesto que, según el mismo Apóstol, la adaptación de cada miembro para el desempeño de su función es obra de los dones que recibió, se deduce que éstos deben ser un hecho normal en la vida de la Iglesia.

Los exegetas observan que en ninguno de los lugares en que habla de los dones o carismas, san Pablo pretende dar una lista completa de ellos. Veremos ahora cómo en una comunidad se pueden dar estos dones y deben contribuir, con todo respeto, al bien de la unidad de la misma.

3.1. Profecía: Don ordenado a la predicación del mensaje evangélico, descubriendo a veces secretos del corazón y prediciendo el futuro (cf. Hch. 13, 1; 1 Cor. 14, 24-25). Hablando de aquellos a quienes les es concedido el don de profecía, explica el cardenal Charles Journet (1891-1975): «Ellos sabrán discernir, a la luz divina, los sentimientos profundos de su época; ellos sabrán diagnosticar los verdaderos males y prescribir los verdaderos remedios. Mientras  la masa parecerá alcanzada por la ceguera, mientras hasta los mejores titubearán o avanzarán a tientas, ellos, con un instinto sobrenatural e infalible, irán directo al blanco» (L’Église du Verbe Incarné, Desclée de Brouwer, París, 1962, 3ª ed., vol. I, pp. 173-175).

3.2. Ministerio: Don de significado difícil de precisar, pero que probablemente engloba las cinco funciones o servicios a continuación mencionados.

3.3. Ministerio de la enseñanza: Don para instruir convenientemente en las verdades de la fe. 

3.4. Ministerio de la exhortación: Don para llegar fácilmente al corazón de los demás con palabras apropiadas. 

3.5. Ministerio de la limosna: Don que estimula a dar de los propios bienes y hacerlo con simplicidad, con vistas a ayudar al prójimo y no por motivos inconfesables. 

3.6. Ministerio de gobierno: Don para los que están al frente de las personas y de las diversas obras de la comunidad, para que lo hagan con celo y diligencia. 

3.7. Ministerio de la práctica de la misericordia: Don para atender con suavidad y buenas maneras el cuidado de los enfermos, peregrinos, personas moralmente debilitadas, etc.


4. Respeto y unidad viviendo los diversos ministerios en la comunidad eclesial.

Ante un mundo roto y deseoso de unidad es necesario proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, —unidad en la distinción que respeta, comparte y anima—, el cual llama a todos los hombres a que participen de la misma comunión trinitaria. Es necesario proclamar que esta comunión es el proyecto magnífico de Dios [Padre]; que Jesucristo, que se ha hecho hombre, es el punto central de la misma comunión, y que el Espíritu Santo trabaja constantemente para crear la comunión y restaurarla cuando se hubiera roto. Es necesario proclamar que la Iglesia es signo e instrumento de esa comunión querida por Dios, iniciada en el tiempo y dirigida a su perfección en la plenitud del Reino. 

La Iglesia es signo de comunión porque sus miembros, como sarmientos, participan de la misma vida de Cristo, la verdadera vid (Cf. Jn 15, 5). En efecto, por la comunión con Cristo, Cabeza del Cuerpo místico, entramos en comunión viva con todos los creyentes y por eso respetamos lo que Dios ha dado a cada uno. Vivir el don de la Iglesia como la comunión —koinonía— de los creyentes en Cristo «que tenían un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32), debe ser una prioridad permanente para nuestra vida religiosa. La comunidad es y debe ser el espacio vital y natural en el que podamos encontrar, escuchar, celebrar, vivir y difundir integralmente el acontecimiento de Cristo en medio del mundo. La comunión es obra del Espíritu, pero también requiere del respeto y de la participación y colaboración de todos para que, donde quiera que estemos y en todo lo que hagamos, contribuyamos a fortalecerla, superando hábitos adquiridos y criterios puramente territoriales o funcionales. 

Esto, en cada comunidad eclesial, implica la comprensión y vivencia del misterio de la misma comunidad como edificación del único Cuerpo de Cristo, del cual somos miembros, cada uno con dones y carismas al servicio de todo el Cuerpo para su edificación en el amor (Cf. Ef. 4). El Apóstol siempre afirmó la primacía de la unidad y la caridad sobre los demás carismas (Cf. 1 Cor 13 y 14), pues aunque proceden del mismo Espíritu, son dones al servicio de la edificación del único Cuerpo de Cristo, el cual crece hacia su plenitud en el amor (Cf. Ef 4). 

En cada una de las comunidades eclesiales existen diversos ministerios con unidad de misión. A los apóstoles y a sus sucesores Cristo les confirió la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y con su autoridad. En nuestros grupos siempre habrá superiores y súbditos, pero siempre todos «hermanos» formando un Cuerpo en la unidad por la diversidad. El superior, en función de su ministerio, ejerce la labor de presidir la comunidad y de estar al servicio de ella, se convierte en pastor de su rebaño. Dice la beata Madre Inés: «Le pido a Nuestro Señor que siempre trabajen unidos, llenos de comprensión los unos para los otros, y cada uno olvidándose de sí mismo, para ver por sus hermanos que en esto consiste el «no ser egoístas», pues al tener más en cuenta a nuestros hermanos, que a nosotros mismos, reinará la paz, apenas algo comparada con la del Cielo. Y no olvidemos que, el Cielo lo podemos llevar desde la tierra, dentro del alma, viviremos siempre en el Cielo sin cavilaciones, sin sospechas, sin buscarnos a nosotros mismos» (Carta a la comunidad de Lunsar, marzo 4 de 1977).

Es importante asumir las diferencias de cada uno y vivir el respeto cada día. Nuestra unión se fundamenta en la potenciación de los dones de todos los hermanos que tenemos a nuestro lado. Hemos de alegrarnos de los talentos que Dios da a cada cual. El diálogo y el respeto mutuo nos pueden ayudar a conseguir esta unidad. La comunidad misma tiene el reto de potenciar los carismas de cada persona. Todos tenemos capacidades, es necesario descubrirlas y ofrecerlas a los demás. No las escogemos nosotros; Dios nos las ha dado para que las hagamos fructificar y para ponerlas al servicio de los demás dentro de los parámetros que nuestro espíritu y espiritualidad nos ofrecen.

Al igual que en nuestra comunidad local, en la Iglesia todos somos iguales pero con funciones diferentes. No se entendería ninguna comunidad eclesial sin el clérigo pero tampoco sin los laicos. Ambos conforman la única Iglesia de Cristo. Sin el presbítero no puede haber comunidad, él tiene la responsabilidad de ayudar a potenciar los carismas de los diferentes miembros, tiene la misión de unir a la comunidad para que forme el cuerpo místico de Cristo.


5. Respeto, unidad, diversidad y vida diaria en la comunidad eclesial.

Cuando tenemos la desgracia de que se nos rompa un vaso de vidrio en muchos pedazos, nos damos cuenta de lo frágil que era su unidad; un golpe bastó para dejar de ser vaso. Dicen los filósofos que hay diversos grados de unidad. Existe la unidad material como la del vaso o la de un carro o una máquina. Pero hay una más fuerte. Por ejemplo, la unidad que hay entre los miembros de una comunidad religiosa, unidos por los lazos que ha dejado en herencia su fundador. También la persona mantiene una unidad: todo su cuerpo está unido gracias a su alma que lo vivifica. Por ello, si una parte de su cuerpo le duele, una mano por ejemplo, toda la persona lo resiente, y no sólo la mano. Gracias al alma se mantiene la unidad en el cuerpo humano.

San Agustín acude a la unidad que hay del alma espiritual con el cuerpo humano para explicar que de modo semejante se da la unidad entre el Espíritu Santo y la Iglesia: «Lo que nuestro espíritu, es decir, nuestra alma, es para nuestros miembros, eso mismo es el Espíritu Santo para los miembros de Cristo, para el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia» (Sermón 267,4). El Espíritu Santo tiene una importancia esencial en la vida de la comunidad eclesial: nos mantiene a todos unidos entre sí viviendo un mismo carisma, —en el caso de la Familia Inesiana es el carisma de Madre Inés—, y con Jesucristo, que es la Cabeza de la Iglesia nos hace ser «Uno», como dice la beata Madre Inés: «Otro Cristo». El Concilio Vaticano II afirma esto: El Espíritu Santo «une a todos en Cristo tan íntimamente que es el Principio de la unidad de la Iglesia» (Unitatis redintegratio, n.2). 

Hay un cuento que narra que dos amigos caminaban juntos uno de ellos era católico y el otro cristiano y uno de ellos, el cristiano, decía que el camino para llegar a Dios era también uno solo, y que por eso su camino y el de los católicos eran prácticamente iguales: creían en un solo Dios, en la vida eterna, en el Cielo y en el Infierno; sólo que los cristianos no admitían la autoridad del Papa como primado. Entonces el católico se limitó a cortar una rama de un árbol diciendo: «Mira, esta rama es recia como las otras; es flexible como las otras; sólo hay una diferencia, y es que las otras están unidas al tronco, y ésta no. Y aunque la diferencia no es mucha, las ramas unidas al árbol conservarán su lozanía y su vida, crecerán y se llenarán de fruto. En cambio, la que se separó del tronco no tardará en secarse».

Jesucristo tomó el ejemplo de la vid para expresar la necesidad de la unión que había de tener con Él: «Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer» (Jn 15, 4-6).


6. Para vivir el respeto mutuo tendiendo al bien en la unidad.

Hemos de vivir agradecidos con el Señor al permitirnos vivir esa unidad con Él. Y podemos favorecerla si busquemos esa unión con Cristo especialmente en nuestra oración diaria, en la Adoración y en la celebración de la Eucaristía en comunidad. Como decía san Juan Pablo II: «De la verdad de nuestra unión con Jesucristo en la Eucaristía queda patente en si amamos o no amamos de verdad a nuestros compañeros (...), en cómo tratamos a los demás y en especial a nuestra familia (...), en la voluntad de reconciliarnos con nuestros enemigos, y en el perdón a quienes nos hieren u ofenden» (Phoenix Park, 29-IX-1979). La unidad con Cristo nos llevará a vivir fomentando el respeto y la unidad con todos los demás.

La unidad es un don que se alcanza más allá de todo esfuerzo humano. Para ello necesitamos rezar con insistencia a Dios pidiéndole este don y la capacidad de asumir las diferencias de cada uno de los que formamos la comunidad. 

Para conseguir la unidad necesitamos, por un lado, intensificar nuestra relación íntima con Dios Padre, nivel necesario para progresar en el deseo de la comunión. Jesús tenía una estrecha comunión con Dios Padre. En segundo lugar, es importante la práctica de la vida sacramental como eje de nuestra relación con Cristo, vivida con los demás desde nuestra adhesión plena a la propia comunidad. Cristo es el centro de nuestras vidas. Finalmente, el ejercicio de la caridad es constitutivo del talante genuino del respeto y de la unidad.


7. ¿Cómo conseguir este respeto en el grupo para vivir la unidad que Jesús nos pide?

Para conseguir el valor del respeto mutuo que nos hace tender al bien en la unidad es necesario:

—La conversión: proceso interior de cambio para mejorar nuestra vida con Dios y con los demás.

—Saber escuchar.

—Capacidad de discernimiento. Descubrir aquello que el hermano nos quiere decir con sus palabras.

—La unidad, que se fragua en la humildad, en la aceptación del hermano y de sus carismas.

—El amor de fraternidad: amar incondicionalmente al modo de Dios.

—La libertad: necesaria para desarrollar los mejores dones que Dios nos ha dado.

Además, para que haya una profunda comunión, es necesario el oxígeno del Espíritu Santo. Hemos de abrirnos a su aliento y dejar que corra por nuestro cuerpo. Regados por la gracia de Dios y animados por la fuerza del Espíritu Santo seremos capaces de conseguir la unidad verdadera.

María de Nazareth es un estupendo ejemplo de todo esto. Ella dejó, como Esposa fiel del Espíritu Santo, que corriera por todo su ser. Nuestra Señora, al pie de la Cruz, respetó los planes del Padre y vivió en medio del dolor íntimamente unida a su Hijo, asociada a Él. Allí, Jesús, viendo a su Madre y al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, he ahí a tu hijo». Después dije al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa. María estuvo siempre atenta a respetar el plan de salvación y vivió no sólo en ese momento de Cruz, sino siempre, muy unida a su Hijo, como ninguna criatura lo ha estado ni lo estará jamás, y de modo muy particular en aquellos últimos momentos en los que se consumaba nuestra redención. 

En el Calvario «mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida» (cfr. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús, agonizante en la Cruz, como madre al discípulo, en el que estábamos representados todos los hombres. Ella es Madre de todo el género humano y especialmente de todos aquellos que por el Bautismo hemos sido incorporados a Cristo. El Concilio Vaticano II nos recuerda la necesidad de volver nuestra mirada hacia la Madre común: «ofrezcan todos los fieles súplicas apremiantes a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que Ella (...) interceda en la comunión de todos los santos ante su Hijo, hasta que todas las familias de los pueblos, tanto los que se honran con el título de cristianos como los que todavía desconocen a su Salvador, lleguen a reunirse felizmente, en paz y concordia, en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad». A Ella acudimos pidiéndole que este amor al respeto y a la unidad nos mueva a crecer cada vez más en una vida de comunidad sencilla, constante y eficaz.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

*Este tema lo impartí originalmente a un grupo de Ministros Extraordinarios de la Comunión Eucarística de la parroquia de Fátima en Azcapotzalco con sus debidas adaptaciones.

martes, 9 de abril de 2019

«UNA IGLESIA UNIDA Y DE PUERTAS ABIERTAS AL SERVICIO DEL PUEBLO DE DIOS»... Tema para retiro


Esta es la primera conferencia de una serie de tres:
(Haz click al tema que quieras ser direccionado)

1. UNA IGLESIA UNIDA Y DE PUERTAS ABIERTAS AL SERVICIO DEL PUEBLO DE DIOS.
2. ALEGRARSE EN EL SEÑOR.
3. EL SERVICIO COMO FUENTE DE SANTIFICACIÓN.

«UNA IGLESIA UNIDA Y DE PUERTAS ABIERTAS 
AL SERVICIO DEL PUEBLO DE DIOS»

Empiezo esta reflexión con un texto del Evangelio:

«Jesús exclamó: "No sólo ruego por ellos, sino también por los que han de creer en mí por medio de sus palabras. Que todos sean uno; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les di la gloria que tú me diste para que sean uno como lo somos nosotros. Yo en ellos y tú en mí, para que sean plenamente uno; para que el mundo conozca que tú me enviaste y los amaste como me amaste a mí. Padre, quiero que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy; para que contemplen mi gloria; la que me diste, porque me amaste antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido; yo te he conocido y éstos han conocido que tú me enviaste. Les di a conocer tu nombre y se lo daré a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo en ellos".» (Juan 17, 20-26).

Vivimos en un mundo globalizado que se debate entre el egoísmo, la vanidad y la soberbia entre muchas otras cosas, un mundo en el que la familia tradicional está a la deriva de una serie de usos y costumbres que llegan de aquí y de allá y que deterioran la unidad familiar, célula primordial de la sociedad. Por eso, la unidad y la comunión se convierten en un requisito primordial para que el mundo en el que acontece nuestra vida diaria crea en Jesucristo como el enviado del Padre. La fuerza de la evangelización quedará muy debilitada si los que anuncian el Evangelio están divididos entre sí por tantas clases de rupturas y me pregunto si no estará quizás ahí uno de los grandes males de la evangelización y a la vez la provocación de un nuevo reto. ¿Cómo vivimos la unidad en la familia, en la parroquia, en nuestras comunidades y en nuestro entorno? 

Si el Evangelio que proclamamos aparece desgarrado por discusiones doctrinales, por polarizaciones ideológicas o por condenas recíprocas entre los miembros de las familias, de la Iglesia y en concreto de una comunidad  al antojo de sus diferentes teorías sobre como seguir a Cristo y servir a la Iglesia, e incluso a causa de sus distintas concepciones de la sociedad y de las instituciones humanas como la familia, ¿cómo pretender que aquellos a los que se dirige nuestra predicación y nuestro testimonio no se muestren perturbados, desorientados o escandalizados?

Los laicos, con sus familias católicas, son el primer rostro de Cristo que la gente de nuestra sociedad ve, y es, a través de los laicos, en el ir y venir de cada día, en donde el mundo puede ver que Dios existe y nuestras nuevas generaciones, viendo la unidad nuestra con Cristo, la unidad familiar y entre nosotros, pueden apreciar y valorar el vivir en el ámbito de la fe.

Esta mañana, ha sido presentada en el Vaticano una nueva Exhortación Apostólica del Papa Francisco: «Christus vivit» («Cristo vive»), un documento en el que el Papa recoge el sentir de los obispos y participantes en el pasado sínodo sobre la juventud. Entre otros puntos, me ha llamado la atención el número 185 en el que el Papa Francisco nos dice que «numerosos Padres sinodales provenientes de contextos no occidentales señalan que en sus países la globalización conlleva auténticas formas de colonización cultural, que desarraigan a los jóvenes de la pertenencia a las realidades culturales y religiosas de las que provienen». El Papa dice que es necesario un compromiso de la Iglesia para acompañar a los jóvenes en este paso sin que pierdan los rasgos más valiosos de su identidad». ¿No estará pasando también eso entre nosotros, que hemos dejado que la globalización llene las mentes y los corazones de nuestros jóvenes con ideas que los han apartado de la vivencia de nuestra fe cristiana? 

¿Qué unidad eclesial perciben los jóvenes de nuestro entorno en nuestras familias? ¿Qué noticias son las que ellos ven en las redes sociales acerca de la Iglesia? ¿Qué clase de testimonio ven en nuestros hogares y en la parroquia como una comunidad que marcha unida hacia el encuentro del Señor? ¿Cómo reconocen a Cristo en las acciones que nosotros como familias creyentes y comunidades realizamos?

San Paulo VI, en su documento Evangelii Nuntiandi afirmaba: «El testamento espiritual del Señor nos dice que la unidad entre sus seguidores no es solamente la prueba de que somos suyos, sino también la prueba de que Él es el enviado del Padre, prueba de credibilidad de los cristianos y del mismo Cristo. Somos evangelizadores y somos nosotros los que debemos ofrecer a los fieles de Cristo, no la imagen de hombres divididos y separados por las luchas que no sirven para construir nada, sino la de cristianos adultos en la fe, capaces de encontrarse más allá de las tensiones reales gracias a la búsqueda común, sincera y desinteresada de la verdad. Sí, la suerte de la evangelización está ciertamente vinculada al testimonio de unidad dado por la Iglesia. He aquí una fuente de responsabilidad, pero también de consuelo» (cf. EN 77). 

La oración de Jesús y el unirnos en torno a él y su Palabra, es un medio eficaz —así lo espero— que alcance aquí y ahora a los que han creído en su nombre. Esta es la garantía del don de la unidad que una comunidad debe desarrollar para que el mundo, especialmente los jóvenes, que son el ahora y el mañana del mundo crea. La misión, recordémoslo, brota de la comunión y encuentra su fecundidad en la unidad. «No sólo ruego por ellos, sino también por los que han de creer en mí por medio de sus palabras. Que todos sean uno; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste», hemos leído hace unos momentos (Jn 17,20-21). El discipulado y la misión reclaman una comunidad de fe, amor y esperanza. El testimonio de Jesús es obra de los Doce, de los 72 y de nosotros. No existen en la Iglesia testigos aislados. San Pablo dice que transmitía lo que había recibido: «Les recuerdo, hermanos, el Evangelio que les prediqué, que han recibido y en el cual permanecen firmes […] Porque les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce […] Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que han creído» (1 Cor 15,1-11). 

El Evangelio de Dios es único y sus testigos han de ser uno en Cristo y esos testigos del aquí y ahora somos nosotros. ¿Se han preguntado alguna vez por qué algunas comunidades parroquiales en lugar de crecer disminuyen? ¿Se han cuestionado por qué los adolescentes y los jóvenes están prácticamente ausentes de la vida eclesial? ¿Alguna vez han pensado que esto es solamente responsabilidad del pastor que está al frente de una parroquia y de los responsables de los grupos o comunidades? ¿Alguna vez han pensado que se ha hecho ya todo lo que se podía hacer? ¿Qué hemos hecho o que podemos hacer unidos frente a la tendencia al individualismo y a la comodidad que ataca especialmente a las nuevas generaciones? ¿Nos hemos acomodado en una especie de modorra que nos tiene instalados solamente en cumplir con la Misa dominical, aunque los hijos y nietos no asistan nunca y ya? 

Jesús no solo envió a los Apóstoles, envió además a los setenta y dos discípulos de dos en dos delante de él para que anunciasen la buena nueva del Reino, a todas las ciudades y sitios por donde debía pasar él (cf. Lc 10,1-16). Por eso toda parroquia y comunidad debe vivir en una misión permanente que reclama unidad de las familias y corresponsabilidad de todos sus miembros. «Muchos jóvenes —dice el Papa Francisco en el número 216 de esta nueva Exhortación— se sienten hoy hijos del fracaso, porque los sueños de sus padres y abuelos se quemaron en la hoguera de la injusticia, de la violencia social, del sálvese quien pueda. ¡Cuánto desarraigo! Si los jóvenes crecieron en un mundo de cenizas no es fácil que puedan sostener el fuego de grandes ilusiones y proyectos. Si crecieron en un desierto vacío de sentido, ¿cómo podrán tener ganas de sacrificarse para sembrar? La experiencia de discontinuidad, de desarraigo y la caída de las certezas básicas, fomentada en la cultura mediática actual, provocan esa sensación de profunda orfandad a la cual debemos responder creando espacios fraternos y atractivos donde se viva con un sentido». 

Vivimos —aunque a algunos les duela que yo lo diga refiriéndome a Ciudad de México— en la ciudad más descristianizada de nuestra nación y tal vez de toda América Latina, aquí vivimos, en esta nación, en esta ciudad, en esta «selva de cemento» que es la única en el mundo en donde María, la Madre del Señor se ha querido quedar plasmada en una imagen. ¿Nos hemos contentado solo con eso? ¿Nos hemos puesto a pensar que es Ella la principal interesada en querer vernos unidos en nuestras familias, entre nosotros y unidos con Cristo para que la Iglesia viva?

La unidad, ciertamente, difiere radicalmente de la uniformidad y del conformismo de quienes prefieren la tranquilidad al riesgo de estar en actitud de permanente búsqueda y discernimiento de la verdad. La comunión es siempre comunión de personas libres y diferentes como tan diferentes son nuestras familias. Es común unión y tarea común. El Espíritu une en la diversidad. En el seno de la familia y de la comunidad, el Espíritu Santo reparte dones diversos para la edificación y servicio del pueblo de Dios, uno y diverso. 

La comunión, en una parroquia y en una comunidad, grupo o movimiento eclesial, de la misma manera que sucede en una familia, está como tejida por la complementariedad y la corresponsabilidad de todos y cada uno en el servicio común. Las rivalidades y envidias, así como el afán de uniformidad, arruinan la verdadera comunión. La beata María Inés Teresa, en uno de sus escritos en los que da sabios consejos indica: «La comunidad fervorosa y llena de dinamismo misionero, irradia por doquier, ese celo misionero, proyectándose, por medio de iniciativas, hacia todos aquellos que evangeliza, o catequiza, los que están en contacto con nosotros, los que usan nuestra casa para reuniones varias o también, aquellos que el misionero encuentre en su camino» (Consejos).

La unidad de las fuerzas vivas de una comunidad es, por tanto, don y tarea de todas las familias unidas y de todos como parte de la familia eclesial. Dios la otorga siempre, pero no siempre sus discípulos–misioneros la reciben de forma adecuada. La acogen y desarrollan los que avanzan con humildad y transparencia. La arruinan los que se sitúan con arrogancia o despóticamente ante los demás, como si fueran los únicos a poseer la verdad y el bien hacer, se sientan solamente a criticar o se sienten «los párrocos» que todo lo saben y quieren controlar hasta al mismo sacerdote al frente de la parroquia. La comunión exige, de cada uno de los miembros, una actitud permanente de discernimiento y búsqueda para mejor servir al pueblo de Dios. Todo ello requiere una obediencia madura en la fe. San Pablo no cedió en las presiones que se ejercían sobre él y su manera de anunciar el Evangelio. Fue junto a los que eran tenidos como columnas de la Iglesia para saber si corría o no en vano, para defender la verdad del Evangelio que anunciaba a todas esas familias de los primeros creyentes (cf. Gal 12,1ss). 

El amor y la verdad, la comunión y la búsqueda de la verdad no pueden separarse, han de correr al unísono en una familia y en toda comunidad de creyentes. ¿Qué habría sido de la evangelización del mundo gentil si San Pablo se hubiera quedado «acomodado» en su lugarcito? ¿Se han puesto a pensar lo que cada uno puede hacer por su familia y por su comunidad? Es hermoso como el Papa Francisco termina su Exhortación Apostólica dirigiéndose a los jóvenes y diciendo: «Queridos jóvenes, seré feliz viéndolos correr más rápido que los lentos y temerosos. Corran «atraídos por ese Rostro tan amado, que adoramos en la Sagrada Eucaristía y reconocemos en la carne del hermano sufriente. El Espíritu Santo los empuje en esta carrera hacia adelante. La Iglesia necesita su entusiasmo, sus intuiciones, su fe. ¡Nos hacen falta! Y cuando lleguen donde nosotros todavía no hemos llegado, tengan paciencia para esperarnos» (299).

Sabemos que la división, sobre todo cuando alguien se queda instalado o pierde la esperanza, «perjudica la causa santísima de la predicación del Evangelio a toda criatura y cierra a muchos las puertas de la fe» (AG 6); pero no es menos cierto que la pereza y la desafección arruinan también los procesos que exige la nueva evangelización y el diálogo con el mundo que nos rodea, especialmente, insisto, con los jóvenes que tal vez por nuestra misma cerrazón o entumecido comodismo no contagiamos del gozo de la fe. Es preciso unirnos más y más y salir de los caminos trillados para desarrollar una real actitud de discernimiento, si se quiere ser dóciles instrumentos del Espíritu que hace unos cielos nuevos y una tierra nueva. ¿Estamos dispuestos a adentrarnos en la mentalidad de la unidad para comunicar al mundo, a las familias y en especial a la gente joven la Buena Nueva del Evangelio de Dios?

Ahora me brota otra serie de preguntas dirigidas a cada uno: ¿Cómo vives y cultivas el don de la unidad con relación a los demás miembros de tu familia y de tu comunidad? ¿Cómo sientes que se trabaja el tema de la comunión en la diversidad de la comunidad en la que participas? ¿Qué cambios de actitud deberíamos desarrollar para atraer a la gente joven que ya no viene a la Iglesia? ¿Qué estructuras de diálogo conviene poner en marcha en los hogares y en los diferentes sectores de las parroquias para que los jóvenes salgan de su letargo espiritual? ¿Qué sugieres para una recepción más activa del don de la comunión entre los miembros de la familia y de la comunidad eclesial? 

Estas preguntas no se pueden responder en un instante. Toda parroquia, por la unidad que debemos vivir, debe ser un punto de referencia para la comunidad humana. Por ser la comunidad la «primera depositaria» de la Buena Noticia (EN 58) y el «ámbito» propio de la experiencia de una fe profesada, celebrada y vivida en unidad, tiene la tarea de narrar y difundir esa experiencia. «El cristianismo es una comunidad que narra», dice con toda razón el teólogo alemán Juan Bautista Metz, porque el Evangelio no le ha sido confiado a la comunidad cristiana para que ésta lo guarde o lo conserve sin más, sino para que lo anuncie y proclame al mundo entero (Mt 28,19-20; Mc 16,15) y el mundo entero, hoy por hoy, está plagado de jóvenes que no se sienten unidos a la Iglesia. «Es impensable —decía san Pablo VI— que un hombre haya acogido la Palabra y no se convierta en alguien que da testimonio y anuncia: el que ha sido evangelizado evangeliza a su vez» (EN 24). Todavía hoy sigue siendo válido el testimonio apostólico que brotó de la unidad de los primeros seguidores del Señor Jesús de que «lo que hemos visto y oído, es lo que les anunciamos» (1 Jn 1,3).

En el número 34 de «Christus Vivit» el Santo Padre nos recuerda que «ser joven, más que una edad es un estado del corazón. De ahí que una institución tan antigua como la Iglesia pueda renovarse y volver a ser joven en diversas etapas de su larguísima historia. En realidad —afirma Francisco—, en sus momentos más trágicos siente el llamado a volver a lo esencial del primer amor. Recordando esta verdad, el Concilio Vaticano II expresaba que “rica en un largo pasado, siempre vivo en ella y marchando hacia la perfección humana en el tiempo y hacia los objetivos últimos de la historia y de la vida, es la verdadera juventud del mundo”. En ella es posible siempre encontrar a Cristo «el compañero y amigo de los jóvenes».

La evangelización ha de constituir, en palabras de San Juan Pablo II, «el compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos» (Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente 40). Evangelizar es una responsabilidad que incumbe a toda la comunidad (Encíclica Centesimus annus 126), pues si todos los que formamos parte de la comunidad cristiana hemos recibido el don del Evangelio, todos unidos hemos contraído la responsabilidad de transmitirlo, pero ¿dónde están las familias jóvenes de nuestra Iglesia? ¿Hacia dónde los hemos conducido muchos adultos mayores conformistas y sin preocupación porque no asistan a la Misa dominical los hijos y los nietos?

A ejemplo de la comunidad de Antioquía, que de evangelizada pasó a ser evangelizadora (Hch 13,2-3), a las comunidades actuales les toca también dar ese mismo paso: convertirse en «instrumento de evangelización y de primer anuncio» para todos (Carta Encíclica Redemptoris Missio 51), en especial para la misma familia. De esto se desprende el papel insustituible de los miembros de tercera edad en la comunidad y en la evangelización. Algo parecido a como sucede con la música y la orquesta: sin orquesta que interprete la partitura musical, ésta no podrá hacerse oír con toda la variedad de sonidos y matices que en sí encierra. De igual modo, sin una comunidad unida e incluyente que interprete o entone la melodía de la evangelización ésta no podrá ser percibida por aquellos, pueblos y naciones del mundo entero (Mt 28,19; Mc 16,15), en especial por las nuevas generaciones a quienes va dirigida y que no le han encontrado el sabor a la fe, a la esperanza y a la caridad porque tal vez no la ven en dinamismo en nuestras vidas.

Y esto se desprende también de lo que venimos afirmando, que entre comunidad y evangelización existe un nexo tan indisociable que no puede concebirse la una sin la otra. La dimensión comunitaria y evangelizadora de la Iglesia están íntimamente trabadas entre sí. La Iglesia es comunitaria para evangelizar y esa evangelización empieza en el hogar, por algo llamado: «Iglesia doméstica». Nos es necesario, en consecuencia, saber leer la misión evangelizadora en clave de unidad: el sujeto que evangeliza es la familia misma, la comunidad. Y al mismo tiempo hemos de aprender a leer la naturaleza comunitaria de la Iglesia en clave evangelizadora.

Conscientes de nuestra vocación de narradores, por ser —como decía el teólogo dominico de Bélgica Eduardo Schillebeeckx— «los hombres relato de Dios», los agentes de pastoral no podemos dejar de preguntarnos: ¿desde dónde hemos de evangelizar a nuestras familias?, ¿desde qué sitios o lugares nos vemos capacitados para llevar el anuncio del Evangelio a cuantas más personas mejor?, ¿cuáles son las posibilidades que están ya a nuestro alcance en casa y en la parroquia y cuáles los nuevos intentos que deberíamos de acometer siempre unidos? La respuesta inmediata a esta pregunta no se hace esperar: evangelizamos desde nuestros hogares, desde nuestras comunidades y desde las plataformas pastorales que a partir de ellas hemos ido creando, como los sectores, movimientos y grupos parroquiales.

Los tiempos fuertes del Año Litúrgico, como la Cuaresma y la Pascua, constituyen un tiempo fuerte de evangelización, tiempo de gracia y conversión que no debemos desaprovechar y optimar nuestras posibilidades de Evangelización manifestando nuestra unidad. «¡Miren cómo se aman! Miren cómo están dispuestos a morir el uno por el otro» decía Tertuliano en el Siglo II.

Quizá la nota más característica de la vida de los primeros cristianos, no solo durante la Cuaresma sino siempre, era cómo sabían quererse entre sí. Esta será la señal por la que serán reconocidos por los paganos. Procuraban llevar a la práctica el mandato de Jesús: «Ámense unos a los otros como Yo los he amado» (Jn 13,34): ésta es la herencia que nos han dejado y la que nosotros deberemos trasmitir a los que vengan después. No se trata de filantropía o de humanitarismo sin más. Se trata de estar dispuestos —como dice Tertuliano— a dar la vida por los demás.

Hablando de esta unidad, San Clemente Romano, en su Carta a los Corintios, en el número 36 apunta: «El fuerte sea protector del débil, el débil respete al fuerte; el rico dé al pobre, el pobre dé gracias a Dios por haberle deparado quien remedie su necesidad. El sabio manifieste su sabiduría no con palabras, sino con buenas obras; el humilde no dé testimonio de si mismo, sino deje que sean los demás quienes lo hagan. El que es casto en su cuerpo no se gloríe de ello, sabiendo que es otro quien le otorga el don de la continencia». Y San Policarpo de Esmirna, en su carta a los Filipenses (9,1-11,4) les dice: «Permanezcan, pues, en estos sentimientos y sigan el ejemplo del Señor, firmes e inquebrantables en la fe amando a los hermanos, queriéndose unos a otros, unidos en la verdad, estando atentos unos al bien de los otros con la dulzura del Señor, no despreciando a nadie. Cuando puedan hacer bien a alguien, no se echen atrás, (…). Sométanse unos a otros y procuren que su conducta entre los gentiles sea buena, así verán con sus propios ojos que se portan honradamente; entonces los podrán alabar y el nombre del Señor no será blasfemado a causa de ustedes. ¡Porque ay de aquel por cuya causa ultrajan el nombre del Señor!»

Para ser testigos de la unidad en la familia y en la Iglesia, hay que experimentarla primero. Es necesario sabernos unidos al Señor y haber «conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros» (1 Juan 4,16). Porque, ¿Cómo podría quedar oculto semejante descubrimiento? ¡Más bien debería producir un interés hacia los demás, empezando por nuestros familiares y amigos! Por esto los paganos de los primeros siglos decían de los cristianos: «¡Miren cómo se aman!». Esos primeros cristianos vivían lo que creían. Se ayudaban unos a otros, visitaban a los que estaban en la cárcel debido a su fe, cuidaban a sus hijos… En una palabra, hacían visible el amor de Dios.

María es, a un tiempo, la madre y la discípula de Cristo. Ella alumbró al Salvador en la historia, pues de sus entrañas tomó carne el Unigénito. Ella se entregó lúcidamente al poder de la Palabra de Dios que tiene poder de realizar lo que anuncia y promete. «Con razón piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres» (LG 56). San Agustín señala con perspicacia que ella «concibió por su fe» a Cristo. Y luego añade: «Ciertamente, cumplió santa María, con toda perfección la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que madre de Cristo. Por esto, María nos puede ayudar en esta Cuaresma a vivir en la unidad, a ser discípulos–misioneros entusiastas que, como ella, puedan vivir de forma excelente el camino de la fe, de la esperanza y del amor. En ella vivió Cristo y en él vivió ella. 

El camino seguido por María, «tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con Cristo» (LG 63), es el que está llamado a seguir también la Iglesia en el mundo. Ella está llamada a vivir como la comunidad de los discípulos que acogen de manera incondicional la Palabra de Dios y se entregan a ella para que el Espíritu de santidad siga engendrando a Cristo en el corazón de los hombres en unidad. 

ORACION DE ACCION DE GRACIAS:

Madre Inmaculada, convocados por el amor de tu Hijo Jesús,
nosotros, hijos en el Hijo y familiares suyos, porque somos tus hijos,
nos consagramos a tu Corazón materno, para cumplir fielmente la voluntad del Padre. 

Somos conscientes de que, sin Jesús, no podemos hacer nada
y de que, sólo por Él, con Él y en Él, seremos, unidos,  instrumentos de salvación para el mundo. 

Esposa del Espíritu Santo, 
alcánzanos el don inestimable de la transformación en Cristo. 
Ayúdanos para que Cristo, tu Hijo, resucite en esta Pascua también en nosotros. 
Y, de este modo, la Iglesia pueda ser renovada por santos, 
transfigurados por la gracia de Aquel que hace nuevas todas las cosas.

Madre de Misericordia, ha sido tu Hijo Jesús 
quien nos ha llamado a ser corno Él: luz del mundo y sal de la tierra. 

Madre de la Iglesia, nosotros, unidos
queremos entregarnos a Dios por nuestras familias y por nuestra comunidad. 
Queremos cada día repetir humildemente 
no sólo de palabra sino con la vida, nuestro «aquí estoy». 

Abogada y Mediadora de la gracia, pide a Dios, para nosotros, 
un corazón completamente renovado, 
que ame a Dios con todas sus fuerzas y una a la humanidad como tú lo hiciste. 

Madre nuestra, no te canses de «visitarnos», consolarnos, sostenernos.
Ven en nuestra ayuda y líbranos de todos los peligros que nos acechan
Y que quieren acabar con la unidad. 

Con este acto de ofrecimiento y consagración, queremos acogerte 
de un modo más profundo y radical, 
para siempre y totalmente, en nuestra existencia familiar y comunitaria. Amén.

Padre Alfredo.

martes, 10 de abril de 2018

«UN SOLO CORAZÓN Y UNA SOLA ALMA»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el tercer milenio, el ideal que nos presenta hoy la primera lectura no ha caducado: «La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma...» (Hch 4,32-37), porque la Iglesia lo ha reafirmado una y otra vez: «No tener sino un solo corazón y una sola alma no es otra cosa que reproducir sobre la tierra las relaciones de amor de las tres personas divinas» ¡Esta es la definición misma de la Iglesia! Este debería ser el esfuerzo y el testimonio de toda comunidad de cristianos: aunque seamos muchos o pocos, no es sino uno... «una multitud, un corazón». Una de las consecuencias más visibles de la Pascua, para la primera comunidad cristiana era precisamente esta fraternidad maravillosa de la que nos habla san Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles y que hemos estado viviendo los Misioneros de la Misericordia estos días en Roma. Hoy tendremos reunión con el Papa Francisco. El libro de los hechos de los Apóstoles nos presenta cómo debería ser una comunidad cristiana que cree en Cristo Jesús y sigue su estilo de vida: Unión de sentimientos —un solo corazón y una sola alma—, comunidad de bienes y respaldo que cobija a los más pobres con un impulso misionero que anuncia en todo momento la resurrección del Señor. Creo que todos soñamos con una comunidad así, una comunidad en donde nuestro testimonio de vida cristiana fuera más creíble mostrando al mundo una imagen clara de unidad y de solidaridad interna y externa... ¡empezando por los que somos sacerdotes! 

El testamento de Jesús en la última cena fue pedirle a su Padre: «que todos sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea» (Jn 17,21). En nuestra familia o en nuestras comunidades hay siempre la manera de vivir más o menos así, pero... ¿sería reflejo puro aquella expresión de la realidad que vivía la comunidad? Casi con toda seguridad afirmaríamos que no, porque siempre hay, como se dice «el prietito en el arroz», pero sin duda era el ideal al que claramente querían aspirar. La resurrección de Cristo, en la que quedaban involucrados todos los cristianos de aquellos tiempos, exigía una nueva práctica de convivencia social, no basada ya en la propiedad de los bienes sino en un compartir en comunidad. Si hemos sido hechos hijos de Dios —pensarían como nosotros los primeros cristianos— y si todos somos hermanos, no puede haber entre nosotros ninguno que pase necesidad, y para lograr semejante meta no se les ocurrió nada mejor que poner sus bienes en común. Nosotros tampoco hemos alcanzado plenamente el ideal, pero hay, en nuestras comunidades —familiares, parroquiales, religiosas y de grupo—ciertos gestos, algunas vivencias, determinados acontecimientos, no pocos hermanos y hermanas que nos impulsan a soñar con aquel ideal que selló la primera Iglesia con un solo corazón y una sola alma. 

En la lectura del Evangelio de Juan (Jn 3,11-15), hoy escuchamos al mismo Jesucristo dándole a Nicodemo, magistrado y maestro en Israel, una lección de vida: hay que nacer de nuevo, al soplo del Espíritu que suscita hijos e hijas de Dios donde El quiere; de toda raza, lengua, condición social para compartir en comunidad, en familia de creyentes, la fe, rompiendo los estrechos límites de todo nacionalismo, de todo prejuicio social o cultural. Así como nadie puede detener el viento, nadie puede ponerle fronteras al Espíritu divino que ha irrumpido en el mundo con la resurrección de Jesucristo. Los letrados actuales, como los antiguos escribas fariseos de la estirpe de lo de Nicodemo, clasifican a los seres humanos y a los pueblos: dicen que hay primero, segundo y tercer mundo; se habla del Norte y del Sur; de los competitivos y los no competitivos; de los aprovechables y los descartados. Y en su carrera triunfal de millones de dólares dejan de lado a casi tres cuartas partes de la humanidad que también son, o deben ser, comunidad. No es así el Espíritu de Dios: Él da vida en abundancia; para Él contamos todos como familia, y nos valora con criterios diferentes a los que manejan los amos de este mundo. Por eso Jesús, en el lenguaje de Juan, distingue las cosas de la tierra de las del cielo: no se trata de lugares diferentes, se trata de valores distintos, porque Dios no nos juzga según nuestra condición económica terrena, sino según su bondad y misericordia infinitas que hacen de nosotros un pueblo, una comunidad, una familia llamada a caminar hacia el cielo, cobijados por la presencia materna de María en la Iglesia, con un solo corazón y una sola alma. ¡Bendecido martes a ti y a todos! 

Padre Alfredo.

domingo, 22 de enero de 2017

LA ÍNTIMA AMISTAD CON CRISTO... al estilo de san Pablo

Si sumamos, más o menos, la cantidad de kilómetros recorridos por san Pablo en sus viajes misioneros, tendríamos un total de más de 15,000 kilómetros... ¡Imaginen para aquellos tiempos! Tres grandes viajes misioneros en tres años, más todo lo demás. Aquel apóstol sintió que llegó hasta el final de la tierra anunciando a aquel que lo había conquistado haciéndosele encontradizo por el camino y cambiando totalmente sus planes de vida. Si el Señor conquistó a Pablo y lo llamó a vivir una amistad de intimidad con él... lo hará con cualquiera, contigo y conmigo.

San Pablo, cuando ocurre aquel incidente trágico de la muerte de Esteban en manos de los que lo apedrearon, no sería más que un jovencito de unos 17 años. Sabía quien era Cristo y quienes eran y qué querían alcanzar los cristianos, pero necesitaba un fuerte vínculo que de perseguidor lo convirtiera en perseguido por vivir una amistad profunda con aquel amigo entrañable. Sabemos que fue condenado a muerte y fue mártir por su amistad con Cristo.

Hoy, en nuestros tiempos, hay pocos cristianos amigos de Cristo. Ya Gandhi lo decía: «Creo en Cristo, pero no en los cristianos». ¿Cómo afrontaríamos la mayoría de los cristianos de hoy en este mundo occidental dominado por el consumismo, una persecución religiosa? ¿Tendríamos la misma valentía de nuestros hermanos de Medio Oriente? ¿Recordaríamos, en medio del dolor y el sufrimiento, que Cristo ofrece su amistad como declaración de amor a perpetuidad? (cf. Jn 15,13-14). Sin una amistad íntima con Cristo, muere la fe.

Estamos celebrando en estos días, la «Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos», que abarca desde el 18 de enero hasta el día 25 en que celebramos la conversión de san Pablo. Me parece una buena oportunidad para reflexionar en la íntima amistad que a todos y cada uno de los cristianos debe unirnos al Salvador, porque, para seguirle en fidelidad y en unidad, hay que escuchar los latidos de su corazón que nos dice: «Permanezcan en mi amor» «Cómo mi Padre me amó, así los he amado a ustedes» (cf. Jn 15,9).

El cristianismo es la religión más difundida en el mundo y más o menos Cristo tiene hoy poco más de 2,180 millones de personas que le siguen, es decir casi un tercio de la población mundial, de estos, los católicos somos el 50,1 % y el resto está integrado por las diversas denominaciones que llamamos hermanos protestantes o hermanos separados (que sigo yo «esperados»).

En los últimos cien años, los seguidores de Cristo nos hemos cuadruplicado, pero el crecimiento de la población mundial ha dejado prácticamente igual el porcentaje sobre la población mundial. Hace cien años —precisa la agencia de información vaticana— los cristianos éramos 600 millones y ahora rebasamos los 2.180 millones, pero al mismo tiempo la población ha pasado de 1.800 millones a 6.900 millones, lo que supone que hace cien años representaban el 35 % de la población y ahora solo el 32 %. Los cristianos han aumentado en África y Asia y han descendido en Europa. Si en 1910 el 66,3 % de los cristianos vivían en Europa, el 27,1 % en América, el 4,5 % en Asia-Pacífico, el 1,4 % en África subsahariana, el 0,7 % en Oriente Medio y África del Norte, ahora la situación ha cambiado radicalmente. Hoy Europa está en el segundo puesto (25,9 %), mientras que el mayor número está en América (36,8 %).

Pero viendo el mundo y las condiciones en que está, uno pudiera preguntarse: ¿Cómo es posible, que en medio de esta vorágine social, yo tenga un lugar especial en el corazón de Cristo y él me ame tanto? ¿Cómo es que —como san Pablo— puedo percibir que a cada uno de los cristianos, él nos espera en algún momento de su pasión? Es que perecería que con el viento del relativismo que en esta época corre en todas direcciones, todo se cae, nada permanece, pero... el amor de Cristo es firme, es camino, es verdad y es vida. El amor de Cristo es de amistad íntima con cada uno de los cristianos sin que nadie pueda ser irremplazable y sin que él mismo pueda ser irremplazable para cada cristiano. Nada ni nadie puede ocupar el lugar de Cristo en el corazón del que ha captado su íntima amistad. A Jesús no lo suple nadie.

Cristo quiere estar en el corazón de cada uno de sus seguidores y hacer de cada uno «su amigo». «A ustedes no los llamo siervos, los llamo amigos». Otros grandes santos, enamoradísimos de Cristo como san Pablo,  al pensar en la amistad íntima con Jesús se preguntaban como san Policarpo,: «¿Por qué le he de traicionar?». 

Hay un dicho popular que reza así: «Dime con quien andas y te diré quién eres». San Pablo no se despegó nunca de Jesús, por eso su ejemplo ha impregnado el corazón de muchos santos y beatos. Santa Teresa de Ávila decía: «¡Con tan buen Amigo presente, todo se puede sufrir!». La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, hablando de la amistad íntima con Cristo apunta: «escuchando la palabra divina, penetrándose de ella, gustándola, rumiándola por el don de Sabiduría, viene el alma a despojarse del hombre viejo y a revestirse del nuevo, a hacer suyos los conceptos del Maestro, a apropiarse su lenguaje, sus sentimientos, sus modales. Llega a poder decir como san Pablo: “No soy yo quien vivo; es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20)» (Estudios y Meditaciones, f. 706). Es así, a la luz de la vida de los santos que entendemos que para ser amigos de Jesús no es suficiente un amor de sentimientos, de emociones. Hay que amar a Jesús con un amor de entrega, de fidelidad y e imitación.

¿Y como es esa íntima amistad que Cristo brinda? En el Evangelio lo podemos ver. Jesús, como amigo, se dirige hacia los demás con un corazón abierto, sin aislarse o evadir el trato; va al encuentro de todos los que ama (cf Mt 11, 28). Cura, consuela, perdona, da de comer, procura hacer descansar a sus íntimos. Se compadece de quien está necesitado (cf Mt 9, 36). No discute con sus amigos; los corrige, pero no choca con disputas hirientes (cf Mt 20, 20-28). Se alegra con ellos en sus momentos felices (cf Lc 10, 21). Rechaza sus intenciones desviadas (cf Mt 16, 23). No desea nada de los hombres; no busca dar para recibir. Y cuando una vez busca consuelo en la agonía, no lo encuentra (cf Mt 26, 40). Se siente incomprendido por ellos, pero era parte de su cruz, pues aún no había venido el Espíritu Santo que les hiciera comprender todo (cf Jn 12, 24). Jesús ama a sus amigos sobrenaturalmente, no por sus cualidades humanas (cf Jn 13, 14). 

Finalmente, en el mismo Evangelio, Jesús nos dice: «Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando» (Jn 15, 14).

Alfredo Delgado Rangel.

miércoles, 18 de enero de 2017

Semana de oración por la unidad de los cristianos 2017...


Como cada año, desde 1908, esta semana, del 18 al 25 de enero, celebramos la semana de oración por la unidad de los cristianos. 

El lema de este año es: «Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia».

El texto bíblico para este año  es el de 2 Cor 5,14-20, un texto que subraya que la reconciliación es un don de Dios destinado a toda la creación.

Como consecuencia de la acción de Dios, la persona que ha sido reconciliada en Cristo está llamada a su vez a proclamar esta reconciliación con palabras y obras: «El amor de Cristo nos apremia» (v.14). «Somos embajadores de Cristo y es como si Dios mismo os exhortara sirviéndose de nosotros. En nombre de Cristo les pedimos que hagan las paces con Dios» (v.20). 

Este texto bíblico pone de relieve que la reconciliación no se da sin sacrificio: Jesús entregó su vida, murió por todos. Los embajadores de la reconciliación están llamados, en su nombre, a dar su vida de forma parecida. No se puede vivir para uno mismo; es necesario vivir para aquel que murió por nosotros para ganarnos la salvación.

El amor de Cristo nos apremia a orar, pero también a ir más allá de nuestras oraciones por la unidad entre los cristianos. Todas las Iglesias y las congregaciones de creyentes cristianos necesitamos el don de la reconciliación con Dios como fuente de vida. Pero aún más, lo necesitamos para brindar un testimonio de amor común en Cristo ante el mundo: «Te pido que todos vivan unidos. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros. De este modo el mundo creerá que tú me has enviado» (Jn 17,21).

El mundo globalizado y lleno de megatendencias de toda clase, necesita embajadores de reconciliación que rompan barreras, que construyan puentes, que sean artífices de paz, que muestren Iglesias de puertas abiertas a nuevas formas de vida en el nombre de aquel que nos reconcilió con Dios, Jesucristo. Su Espíritu Santo nos conduce por el camino de la reconciliación en su nombre.

Propongo ahora una breve reflexión para cada día de este octavario, siguiendo el esquema que propone el "Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos". Los materiales de este año se han preparado en Alemania debido a los 500 años de la Reforma. Se puede seguir de forma individual o comunitaria:



PRIMER DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 18 DE ENERO: «Uno murió por todos» (2 Cor 5, 14)

Cuando Pablo se convirtió a Cristo llegó a un entendimiento radicalmente nuevo: una persona murió por todos. Jesús no murió solo por su pueblo, ni solo por aquellos que simpatizaban con sus enseñanzas. Murió por todos los pueblos, pasados, presentes y futuros. Muchos cristianos, fieles al Evangelio, han entregado sus vidas por sus amigos a lo largo de los siglos. Una de estas personas fue el franciscano Maximiliano Kolbe, que fue encarcelado en el campo de concentración nazi de Auschwitz, y que en 1941, voluntariamente, entregó su vida para que un compañero prisionero pudiera vivir.

Ya que Cristo murió por todos, «todos en cierto modo han muerto» (2 Cor 5, 14). Muriendo con Cristo, nuestro viejo modo de vida se ha vuelto una cosa del pasado y hemos entrado en una nueva forma de existencia: la vida en abundancia —una vida en la que podemos experimentar consuelo, confianza y perdón, también hoy— una vida que continúa teniendo sentido también después de la muerte. Esta nueva vida es vida en Dios.

Habiendo llegado a este entendimiento, Pablo sentía que el amor de Cristo lo apremiaba a predicar la Buena Noticia de la reconciliación con Dios. Las Iglesias cristianas comparten este mismo mandato de proclamar el mensaje evangélico. Debemos preguntarnos a la luz de nuestras divisiones cómo podemos anunciar este Evangelio de la reconciliación.

Preguntas:
1. ¿Qué significa decir que Jesús «murió por todos»?
2. El pastor alemán Dietrich Bonhoeffer escribía: «Soy hermano de otra persona gracias a lo que Jesucristo hizo por mí y me hizo a mí; la otra persona se ha vuelto un hermano para mí gracias a lo que Jesucristo hizo por él». ¿Cómo afecta esto a la forma en la que veo a los demás?
3. ¿Cuáles son las consecuencias de esto para el diálogo ecuménico e interreligioso?

Oración:
Dios y Padre, en Jesús nos diste a aquel que murió por todos. Él vivió nuestra vida y murió nuestra muerte. Tú aceptaste su sacrificio y lo elevaste a una nueva vida junto a ti. Concédenos a nosotros, que hemos muerto con él, poder hacernos uno por el Espíritu Santo, y vivir en la abundancia de tu divina presencia ahora y por siempre. Amén



SEGUNDO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 19 DE ENERO: «Ya no vivan más para sí mismos» (2 Cor 5, 15)

Por medio de la muerte y la resurrección de Jesucristo hemos sido liberados de crearnos nuestro propio sentido y de vivir solo a partir de nuestras fuerzas. Por el contrario, vivimos en el poder dador de vida de Cristo, que vivió, murió y resucitó por nosotros. Cuando «perdemos» nuestra vida por él, la encontramos.

Los profetas se enfrentaron constantemente a la pregunta acerca del modo correcto de vivir cara a Dios. El profeta Miqueas (Miq 6, 6-8) encontró una respuesta muy clara a esta pregunta: «respetar el derecho, practicar con amor la misericordia y caminar humildemente con tu Dios». El autor del salmo 25 sabía que no podemos hacer esto por nuestra cuenta y clamaba a Dios para que le diera luz y fuerza.

En los últimos años, el aislamiento social y la creciente soledad se han vuelto asuntos importantes en Alemania, como también en otras sociedades contemporáneas. Los cristianos están llamados a desarrollar nuevas formas de vida comunitaria en las que compartimos nuestros medios de sustento con los demás y afianzamos la ayuda entre las generaciones. El llamamiento evangélico a no vivir para nosotros mismos sino para Cristo es también un llamamiento a abrirnos a los demás y a romper las barreras que nos aíslan.

Preguntas:
1. ¿De qué manera nuestra cultura nos tienta a vivir solo para nosotros mismos en vez de para los demás?
2. ¿De qué formas podemos vivir para los demás en nuestra vida de todos los días?
3. ¿Cuáles son las implicaciones ecuménicas del llamamiento a no vivir ya para nosotros mismos?

Oración:
Dios Padre nuestro, en Jesucristo nos has liberado para una vida que va más allá de nosotros mismos. Condúcenos con tu Espíritu y ayúdanos a vivir nuestras vidas como hermanos y hermanas en Cristo, que vivió, sufrió, murió y resucitó por nosotros y que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.



TERCER DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 20 DE ENERO: «A nadie valoramos con criterios humanos» (2 Cor 5, 16)

Encontrarse con Cristo cambia todo de arriba a abajo. Pablo tuvo esa experiencia de camino a Damasco. Por primera vez pudo ver a Jesús como quien era realmente: el Salvador del mundo. Su perspectiva cambió radicalmente. Tuvo que poner a un lado su juicio humano y mundano.

Encontrarnos con Cristo cambia también nuestra perspectiva. Sin embargo, muchas veces permanecemos en el pasado y juzgamos según criterios humanos. Pretendemos decir y hacer cosas «en el nombre del Señor», cuando en realidad pueden ser autorreferenciales. A lo largo de la historia, en Alemania y en muchos otros países, tanto las Iglesias como los gobernantes han abusado de su poder e influencia para perseguir fines políticos injustos.

En 1741, los cristianos de la Iglesia de Moravia (Herrnhuter), transformados por su encuentro con Cristo, respondieron al llamamiento de no valorar a nadie con criterios humanos y eligieron «someterse al gobierno de Cristo». Al someternos nosotros hoy al gobierno de Cristo, estamos llamados a ver a los demás como los ve Dios, sin desconfianza ni prejuicios.

Preguntas:
1. ¿Dónde puedo identificar yo experiencias de Damasco en mi vida?
2. ¿Qué es lo que cambia cuando miramos a los demás cristianos y a las personas de otras confesiones con los ojos de Dios?

Oración:
Dios trino, eres el origen y el fin de todo lo que existe. Perdónanos cuando solo pensamos en nosotros mismos y nos ciegan nuestros propios criterios. Enséñanos a ser amables, acogedores y misericordiosos, para que podamos crecer en la unidad que es un don tuyo. A ti sea el honor y la alabanza por los siglos de los siglos. Amén.



CUARTO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 21 DE ENERO: «Lo viejo ha pasado» (2 Cor 5, 17)

Muchas veces vivimos desde el pasado. Mirar atrás puede ser útil y con frecuencia es necesario para sanar la memoria, pero también nos puede paralizar y nos puede impedir vivir en el presente. El mensaje de Pablo aquí es liberador: «lo viejo ha pasado».

La Biblia nos anima a tener en cuenta el pasado, a tomar fuerzas de la memoria y a recordar lo que Dios ha hecho, pero también nos pide dejar lo viejo, incluso lo que ha sido bueno, para poder seguir a Cristo y vivir una vida nueva en él (Flp 3, 7-14).

A lo largo de este año muchos cristianos están conmemorando la labor de Martín Lutero y de otros reformadores. La Reforma cambió muchas cosas en la vida de la Iglesia de occidente. Muchos cristianos dieron un testimonio heroico y muchos fueron renovados en su vida cristiana. Al mismo tiempo, como nos muestra la Escritura, es importante que el pasado no nos limite, sino que dejemos que el Espíritu Santo nos abra a un nuevo futuro en el que se superen las divisiones y el pueblo de Dios sea salvado.

Preguntas:
1. ¿Qué podemos aprender al leer juntos la historia de nuestras divisiones y desconfianzas?
2. ¿Qué debe cambiar en mi Iglesia para superar las divisiones y fortalecer lo que nos une?

Oración:
Señor Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre. Cura las heridas de nuestro pasado; bendice hoy nuestra peregrinación hacia la unidad y condúcenos hacia tu futuro, en el que serás todo en todos, con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.



QUINTO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 22 DE ENERO: «Una nueva realidad está presente» (2 Cor 5, 17)

Pablo se encontró con Cristo, el Señor resucitado, y se convirtió en una persona nueva, así como le pasa a todos los que creen en Cristo. Esta nueva realidad no es visible a simple vista. Es una realidad de fe. Dios vive en nosotros por el poder del Espíritu Santo y nos hace participar en la vida de la Trinidad.

Por este acto de nueva creación se supera el pecado original y se nos inserta en una relación salvífica con Dios. De ahí que se puedan decir cosas verdaderamente extraordinarias de nosotros. Como dijo Pablo: en Cristo somos una nueva criatura; en su resurrección la muerte ha sido vencida; ninguna persona o cosa nos puede arrebatar de las manos de Dios; somos uno en Cristo y él vive en nosotros. En Cristo somos «un reino de sacerdotes» (Ap 5, 10), al darle gracias por haber vencido la muerte y al proclamar la promesa de una nueva creación.

Esta nueva vida se hace visible cuando le permitimos que tome forma en nosotros y nos volvemos «compasivos, benignos, humildes, pacientes y comprensivos». También tiene que hacerse visible en nuestras relaciones ecuménicas. Una convicción común en muchas Iglesias es que cuanto más estemos en Cristo, más cerca estaremos unas de otras. De un modo especial en este 500 aniversario de la Reforma, recordamos tanto los éxitos como también las tragedias de nuestra historia. El amor de Cristo nos apremia a vivir como nuevas criaturas, buscando activamente la unidad y la reconciliación.

Preguntas:
1. ¿Qué es lo que me ayuda a reconocer que soy una nueva creación en Cristo?
2. ¿Qué pasos tengo que dar para vivir mi nueva vida en Cristo?
3. ¿Cuáles son las implicaciones ecuménicas de ser una nueva creación?

Oración:
Dios trino, te nos has revelado como Padre y Creador, como Hijo y Salvador, como Espíritu y dador de vida, y sin embargo eres uno. Superas y trasciendes nuestras fronteras humanas y nos renuevas. Danos un corazón nuevo para superar todo lo que pone en peligro nuestra unidad en ti. Lo pedimos en el nombre de Jesucristo, por el poder del Espíritu Santo. Amén.



SEXTO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 23 DE ENERO: «Dios nos ha reconciliado con él» (2 Cor 5, 18)

La reconciliación tiene dos caras: es al mismo tiempo fascinante y aterradora. Nos atrae de modo que la deseamos: dentro de nosotros, entre nosotros y entre nuestras diferentes tradiciones confesionales. Pero nos damos cuenta del precio a pagar y esto nos aterra, ya que la reconciliación implica renunciar a nuestro deseo de poder y de reconocimiento. En Cristo, Dios nos reconcilia gratuitamente consigo, aunque nos hayamos separado de él. La acción de Dios, sin embargo, trasciende también esto: Dios no solo reconcilia consigo a la humanidad, sino a toda la creación.

En el Antiguo Testamento Dios es fiel y misericordioso con el pueblo de Israel, con el que hizo una alianza. Esta alianza sigue vigente: «los dones y el llamamiento divinos son irrevocables» (Rm 11, 29). Jesús, que inauguró la nueva alianza en su sangre, era un hijo de Israel. Muchas veces a lo largo de la historia nuestras Iglesias han fallado a la hora de reconocer esto. Desde el Holocausto se ha vuelto un compromiso distintivo de las Iglesias en Alemania combatir el antisemitismo. Del mismo modo, todas las Iglesias están llamadas a llevar a cabo la reconciliación en sus comunidades y a resistir cualquier forma de discriminación humana, ya que todos somos parte de la alianza de Dios.

Preguntas:

1. ¿En cuanto comunidades cristianas cómo entendemos el formar parte de la alianza de Dios?
2. ¿Qué tipos de discriminación deben combatir nuestras Iglesias hoy en nuestra sociedad?

Oración:
Dios misericordioso, desde el amor hiciste una alianza con tu pueblo. Danos fuerza para resistir toda forma de discriminación. Haz que el don de tu alianza de amor nos llene de alegría y nos inspire una mayor unidad. Te lo pedimos por medio de Jesucristo, el Señor resucitado, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.


SÉPTIMO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 24 DE ENERO «El ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5, 18-19)

La reconciliación entre Dios y la humanidad es la realidad central de nuestra fe cristiana. Pablo estaba convencido de que el amor de Cristo nos apremia a hacer que la reconciliación de Dios se haga presente en todos los ámbitos de nuestra vida. Hoy en día esto nos lleva a examinar nuestras conciencias acerca de nuestras divisiones. Como demuestra la historia de José, Dios siempre otorga la gracia necesaria para sanar las relaciones rotas (Gén 50, 15-21).

Los grandes reformadores como Martín Lutero, Ulrico Zuinglio y Juan Calvino, como también muchos que permanecieron católicos, como Ignacio de Loyola, Francisco de Sales y Carlos Borromeo, intentaron conseguir que la Iglesia occidental se renovara. Sin embargo, lo que debería haber sido una historia de la gracia de Dios, estuvo también marcada por el pecado de los hombres y se volvió una historia del desgarramiento de la unidad del pueblo de Dios. De la mano del pecado y de las guerras, la hostilidad mutua y la sospecha fueron creciendo a lo largo de los siglos.

El ministerio de la reconciliación incluye la tarea de superar las divisiones dentro del cristianismo. Hoy en día, muchas Iglesias cristianas trabajan juntas con mutuo respeto y confianza. Un ejemplo positivo de reconciliación ecuménica es el diálogo entre la Federación Luterana Mundial y el Congreso Mundial Menonita. Después de que se hicieron públicos los resultados de este diálogo en el documento «La sanación de las memorias: reconciliación por medio de Cristo», las dos entidades organizaron juntas una celebración penitencial en 2010 que fue seguida de otras celebraciones penitenciales por toda Alemania y en muchos otros países.

Preguntas:
1.¿Dónde percibimos la necesidad de un ministerio de la reconciliación en nuestro contexto?
2. ¿Cómo estamos haciendo frente a esta necesidad?

Oración:
Dios de toda bondad, te damos gracias por habernos reconciliado a nosotros y a toda la creación contigo en Cristo. Capacítanos a nosotros, a nuestras congregaciones y a nuestras Iglesias para el ministerio de la reconciliación. Sana nuestros corazones y ayúdanos a propagar tu paz. «Donde haya odio, que sembremos amor; donde haya ofensa, perdón; donde haya duda, fe; donde haya desesperación, esperanza; donde haya tinieblas, luz; donde haya tristeza, gozo». Te lo pedimos en el nombre de Jesucristo, por el poder del Espíritu Santo. Amén.



OCTAVO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 25 DE ENERO Reconciliados con Dios (2 Cor 5, 20)

¿Y si...? ¿Y si las profecías de la Biblia se hicieran realidad? (Miq 4, 1-5) ¿Y si las guerras entre los pueblos se detuvieran y se hicieran de las armas instrumentos de vida? ¿Y si la justicia de Dios y la paz reinaran, una paz que fuera más que la simple ausencia de guerra? ¿Y si toda la humanidad se juntara para una celebración en la que ni tan siquiera se marginara a una persona? ¿Y si no hubiera ya luto, ni llanto, ni muerte? (Ap 21, 1-5a). Sería la plenitud de la reconciliación realizada por Dios en Jesucristo. ¡Sería el cielo!

Los salmos, los cánticos y los himnos cantan el día cuando toda la creación llegada a su plenitud finalmente alcance su meta, el día en que Dios será «todo en todos». Hablan de la esperanza cristiana, del cumplimiento del reino de Dios en el que el sufrimiento se convertirá en alegría. En aquel día, la Iglesia será revelada en su hermosura y gracia como el único cuerpo de Cristo. Siempre que nos reunimos en el Espíritu para cantar juntos el cumplimiento de las promesas de Dios, se abren los cielos y empezamos a bailar aquí y ahora al son de la melodía de la eternidad.

Puesto que ya podemos experimentar esta presencia del cielo, celebremos juntos. Podemos sentirnos inspirados para compartir imágenes, poesías y cantos de nuestra tradición particular. Estos recursos pueden abrir espacios para que experimentemos nuestra fe común y nuestra esperanza del Reino de Dios.

Preguntas:
1. ¿Cómo te imaginas el cielo?
2. ¿Qué canciones, historias, poesías e imágenes de tu tradición te transmiten la sensación de estar participando en la realidad de la eternidad de Dios?

Oración:
Dios trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te damos gracias por esta Semana de Oración, por estar juntos como cristianos y por los distintos modos en que hemos sentido tu presencia. Haz que siempre podamos alabar juntos tu santo nombre para que podamos seguir creciendo en la unidad y la reconciliación. Amén.


Alfredo Delgado, M.C.I.U.

(Traducción al castellano de los textos originales: Saúl Botero-Restrepo).