viernes, 31 de diciembre de 2021

«EL último día del año 2021»... Un pequeño pensamiento para hoy


Llegamos al último día del año, de este 2021 caótico que parecía mejorar poco antes de Navidad cuya fiesta pudimos celebrar con un gozo inmenso y nuestras Eucaristías con gran participación y que ahora nos da una nueva estocada ya cuando está en agonía, bajándonos el aforo en nuestros Templos al 50%, debido al aumento de casos de Covid-19 en su variante ómicron. El evangelio de hoy, que es el prólogo de san Juan, nos conforta y nos muestra a Jesús como punto de referencia único de la historia (Jn 1,1-18). Hoy podemos hablar de que todo nuestro tiempo, en la vida humana y en la fe, tiene un único centro y criterio: Jesús. En él debemos confiar y a su cuidado de Buen Pastor nos hemos de acoger, aunque en estos días lo veamos como un niño pequeñito e indefenso envuelto en pañales y recostado en un pesebre.

El evangelio nos invita a contemplar a Jesús porque en él está toda la gracia y el amor de Dios; y esta gracia y amor los hemos visto en su hacerse hombre, en su «carne». Sólo en la vida concreta de este Jesús podemos encontrar la gloria de Dios, el sentido de todo aún en medio de la incertidumbre que vivimos por esta pandemia que parece interminable. Al igual que el año pasado hemos vivido una incertidumbre colectiva que nos ha llevado por una montaña rusa de situaciones y emociones. Mucha gente vive el sentimiento de pérdida y de desolación, pero también de pausa. Dios ha estado con nosotros de enero a diciembre, las 24 horas del día, en las alegrías y aún más en las tristezas, en el instante en que una persona que llegó a nuestra vida y en cada uno de las que vimos partir, en los triunfos y en los fracasos, viendo cada una de nuestras sonrisas y secando cada una de nuestras lágrimas, ¿Por qué no agradecerle cada uno de esos momentos? Sin lugar a duda en todo tiempo Dios ha estado a nuestro lado, fiel como siempre, incondicionalmente, con los brazos abiertos nos rodeó con alegría y con su calidez en las difíciles circunstancias, mostrándonos que no todo lo negativo es malo, sino que hay cosas que simplemente no nos fueron convenientes o no eran tan buenas como pensábamos en su momento.

Con la llegada del Año Nuevo, el 2022, somos muchos los que empezamos a hacer balance del año que está a punto de finalizar, y a proponernos nuevos retos para el próximo. Esa lista de propósitos y metas que muchos realizan pero que muy pocos cumplen se ha convertido, indudablemente, en todo un clásico de esta fecha. Lo cierto es que hay quienes estarán sopesando en lo que no lograron hacer. Otros contentos, deseando iniciar otro año pensando que quizás les traiga mejores cosas y se acabe ya esta calamidad de la pandemia, otros estarán agradecidos de las innumerables bendiciones recibidas. No importa en qué grupo estemos, el Señor estuvo con nosotros todo el tiempo y lo estará también en el futuro. Como decía santa Teresa de Ávila: «Dios no se muda». Demos gracias a Dios, bajo la mirada dulce de María, la Madre fiel que tampoco nos ha abandonado ni un instante, por todo lo acontecido en nuestras vidas en este 2021, y abramos nuestro ser con esperanza al 2022. ¡Bendecido viernes, último día del año!

Padre Alfredo.


jueves, 30 de diciembre de 2021

«Concentrarse en lo esencial»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hay gente, en la vida, que a primera vista parece pasar desapercibida, la figura bíblica de Ana, que hoy aparece en el evangelio (Lc 2,36-40), es una de ellas. Ana parece no tener relevancia alguna, pero es ella la que a partir de aquel momento de su aparición en esta escena del Nuevo Testamento, nos puede hacer pensar en la dedicación callada a Dios, en el espíritu atento a sus llamadas y manifestaciones, en la alegría de la salvación que siempre se nos muestra. Y también en lo que todos podemos aprender de los ancianos. Tan solo estos versículos del evangelio nos hablan de Ana, sin embargo sabemos muchas cosas sobre ella: sabemos sobre todo que era una mujer profeta. Contrariamente a las habladurías, un profeta no es un vidente que predice el futuro. En griego esa palabra designa a la persona que habla en el lugar de otra, mientras que el equivalente en hebreo, nabi, incluye también la idea de ser llamado y enviado. Lo que Ana anuncia se funda en la base de un pasado, el de la historia de Israel y de su historia personal, y de un presente del que da testimonio acogiendo al niño Jesús.

El Evangelio nos dice que era hija de Fanuel, nos habla de su respetable edad —ochenta y cuatro años— y su condición de viuda, una situación difícil, como nos lo recuerdan a menudo las Escrituras describiendo a huérfanos y viudas entre las categorías más desfavorecidas que hay que proteger, estado en el que se ha encontrado seguramente más de la mitad de su vida. Pero más allá de su pasado, sabemos que Ana es una mujer fiel, en diálogo con Dios, día y noche. Y esta relación profunda y constante con Dios la lleva a tener una mirada atenta, que sabe reconocer la Salvación cuando se manifiesta. Así, ella se hace para nosotros invitación a contemplar el misterio del Dios encarnado en Jesucristo que se muestra al mundo como un pequeño niño.

En este tiempo de Navidad, Ana nos enseña que cualesquiera que sean las dificultades que hemos tenido en el pasado, Dios no nos abandona y tenemos la posibilidad de poder quedarnos con él. Esta mujer, viuda y profeta, es la imagen de la fidelidad en la espera de la llegada del Mesías a quien ahora puede contemplar. En ella Dios nos recuerda que nuestra vida, en cualquier momento y a cualquier edad, es una bendición para nosotros y para los demás, a los que podemos anunciar que ha nacido el divino Niño Jesús. En este día de Navidad pienso en las abuelas y abuelos que siguen llevando la luz de la fe en las familias sobre todo en estas fechas tan especiales. Ana invita a los muy entrados en años a ver que la vejez invita a concentrarse en lo «esencial». Y lo esencial en esta Navidad, es concentrarse en que Cristo ha nacido para nuestra salvación. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

«Ser luz en Navidad»... Un pequeño pensamiento para hoy


Seguimos con gran alegría celebrando la Navidad, esta hermosa celebración religiosa en la que se ha de reavivar el espíritu de solidaridad, de renacer en las buenas acciones, y hacer llegar a nuestros amigos, familiares y conocidos, nuestros mejores deseos para construir un mundo mejor en donde Cristo sea el centro de la vida de todos. San Juan, en la primera de sus cartas, que estos días estamos leyendo como primera lectura en Misa, insiste en el proyecto de una sociedad nueva que se deja guiar por la luz. Luz que es fuente de Vida. Luz que es Dios expresado en la Encarnación del Hijo. Esa luz pone a las personas en un dilema: hay que adherirse a ella. Ya sabemos lo que significa esa adhesión... pero la comunidad de Juan, una comunidad que ciertamente hizo suya la opción por la luz, tiene momentos de tensión, donde la opción por la Vida parece perderse en el montón de proyectos que se cruzan en la vida. Cuando eso se hace realidad, es hora de parar para evaluar, para reafirmar la opción por la Vida y por las personas, especialmente, aquellas que más sufren. Juan tiene claro que negar a la persona, es dar las espaldas al proyecto de Vida, es apartarse de Jesús y su Amor. La persona para Juan se hace como punto de referencia obligatorio para medir nuestro compromiso con el proyecto de Vida. No hay que perder de vista el proyecto de la persona, bajo el cargo de vivir prisionero de las tinieblas.

El Evangelio de hoy, por su parte, luego de unos días de llevarnos a diversas etapas de la vida de Jesús, nos vuelve al Jesús Niño, y en esta ocasión concreta, a la escena de la presentación en el templo (Lc 2,22-35). San Lucas pone en labios de Simeón la seguridad que han de tener las personas comprometidas con la Vida: «mis ojos han visto la luz de las naciones». Simeón es uno de los muchos piadosos y justos (Lc 1,6) que aguardaban la liberación de Israel. El viejo Simeón al final de su vida pudo experimentar la liberación de Dios, liberación que esperan todos los justos. Éstos son los que aman al Señor; lo aman porque buscan, porque están luchando desde su pobreza por un nuevo espacio geográfico y social que sea significativamente distinto de aquel en el que se vive y quieren ser luz como Cristo. En la pluma de San Lucas, la liberación no es sólo para Israel, sino para todas las naciones, sin condiciones. Nada ni nadie puede poner como pretexto que la liberación de las condiciones de tinieblas está restringida. A todas las naciones se les retira las vendas: no tienen porque andar en tinieblas. Han de buscar hacer realidad el nacimiento de la Nueva Sociedad que recibe en sus brazos al Verbo de Dios.

Así, tanto el Evangelio como la primera lectura de Misa nos conducen a una Navidad más profunda. El anciano Simeón nos invita, con su ejemplo, a tener «buena vista», a descubrir, movidos por el Espíritu, la presencia de Dios en nuestra vida y ser luz. San Juan en su carta nos dirá una luz verdadera que alumbre como la luz de Cristo. En los mil pequeños detalles de cada día, y en las personas que pueden parecer más insignificantes, nos espera la voz de Dios, si sabemos escucharla y nos invita a ser luz. Nosotros somos de los que creemos en Cristo Jesús y queremos iluminar al mundo con el gozo y la alegría de su Evangelio siendo luz. Somos de los que celebramos la Navidad como fiesta de gracia y de comunión de vida con él. Pero también debemos ser más claramente «hijos de la luz» y vivir «como él vivió», no sólo de palabra, sino de obras. Sigamos viviendo con José y María, que hoy presentan a Jesús en templo, el hermoso ambiente de la Navidad. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 28 de diciembre de 2021

«Los santos inocentes»... Un pequeño pensamiento para hoy


En este día, 28 de diciembre, la Iglesia celebra el día de los Santos Inocentes, y recuerda la cruel matanza que Herodes ordenó sobre los niños de Belén… estos son los primeros mártires del cristianismo… y como dijo San Gregorio de Nisa: «hoy comienza el misterio de la Pasión». El Evangelio (Mt 2,13-18) nos cuenta que Herodes les dijo a los Magos de Oriente que estaba muy interesado en el rey que acababa de nacer y les pidió que a su regreso le informaran sobre éste para ir también a adorarlo. La estrella guio a los magos hasta el Niño, y cumplida su misión, regresaron a su lugar de origen por otros caminos, pues un ángel les avisó en sueños que Herodes quería matar a Jesús. Engañado por los Magos, Herodes pidió matar a todos los niños menores de dos años con el deseo de acabar con aquel Rey nacido en Belén, que ponía en peligro su propio reinado.

La historia nos dice que Herodes fue un cruel asesino que se casó con Mariamme, hija del sumo sacerdote Hircano II. Temeroso de que aspiraran a su reino, mandó matar a su yerno, José; a Salomé; al sumo sacerdote Hircano II; a su esposa Mariamme; a los hermanos de ella, Aristóbulo y Alejandra; a sus propios hijos, Aristóbulo, Alejandro y Antípatro. Cuando se sintió enfermo mandó encerrar a todos los personajes importantes de Jericó con la orden de que tan pronto como muriera los mataran a flechazos. Muerto Herodes, no se cumplió esta orden. Con estos datos, podemos comprender que para él fue fácil mandar matar a los Santos Inocentes. ¿Cuántos fueron? Hoy se sabe que Belén no debió tener más de mil habitantes y que a ese número, probablemente, correspondería una población de 20 niños varones que sufrieron la muerte por disposición de Herodes. La actuación de este hombre despiadado muestra el daño que puede hacer la defensa del propio poder sin pensar en nada más, y las tragedias que eso provoca en los que están a merced de la voluntad incontrolada de los poderosos.

Este pasaje de San Mateo nos ayuda a entender toda la profundidad del nacimiento del Mesías. Es la oposición de las tinieblas contra la luz, de la maldad contra el bien. Se cumple lo que Juan dirá en su prólogo: «vino a los suyos y los suyos no le recibieron». Los niños de Belén, sin saberlo ellos, y sin ninguna culpa, son mártires. Dan testimonio «no de palabra sino con su muerte». Sin saberlo, se unen al destino trágico de Jesús, que también será mártir, como ahora ya empieza a ser desterrado y fugitivo, representante de tantos emigrantes y desterrados de su patria. El amor de Dios se ha manifestado en la Navidad. Pero el mal existe, y el desamor de los hombres ocasiona a lo largo de la historia escenas como ésta y peores. Así, la Navidad se vincula con la Pascua. En el Nacimiento ya está incluida la entrega de la Cruz. Y en la Pascua sigue estando presente el misterio de la Encarnación: la carne que Jesús tuvo de la Virgen María es la que se entrega por la salvación del mundo. Que vivamos este misterio bajo la mirada de María que sufre siempre por la maldad en el mundo. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 27 de diciembre de 2021

«San Juan Evangelista»... Un pequeño pensamiento para hoy


Estamos celebrando la octava de Navidad, una serie de ocho días que nos hacen celebrar como un solo día la gran fiesta de la Navidad. En estos días, festejando el nacimiento del Salvador, la liturgia nos va llevando a reflexionar en diversos aspectos de la vida de fe que debemos vivir los que creemos en Cristo. Antier celebrábamos su nacimiento, ayer el hecho de que vino a salvarnos en familia y hoy meditamos en que esa vida de Cristo habrá de llegar a la resurrección, que es esperanza para todos nosotros y esto lo reflexionamos gracias al evangelista san Juan a quien recordamos el día de hoy.

A través del testimonio de San Juan, en el Evangelio de hoy (Jn 20,2-9) la Iglesia nos invita a que no nos quedemos solamente en la contemplación del Niñito Jesús y nos quedemos atorados allí, sino que, con la ayuda de la Fe interpretemos y superemos los «signos» materiales para acceder al «misterio» que se esconde detrás de este niño recostado en un pesebre. Si vamos al Evangelio, vemos que el día de Pascua, por la mañana, María Magdalena echó a correr en busca de Simón Pedro y el otro discípulo, aquel que Jesús amaba... De modo que Juan se caracteriza a sí mismo como: «el discípulo amado». ¡Qué audacia! Probablemente esto se traslucía, hasta llegar a provocar algún sentimiento de envidia, en el grupo de los doce (Juan, 21, 22-23) Pedro se extrañaba de esta preferencia de Jesús respecto a Juan. Pero es que los designios de Dios son misteriosos e incomprensibles: cada uno de los hombres recibe una vocación única... San Pedro ha recibido la vocación del «Primado» en el colegio de los Doce y San Juan ha recibido la vocación de ser «aquel a quien Jesús amaba». Nosotros también tenemos una misión.

Hoy empieza, precisamente en el día de su fiesta, y durará hasta el final del tiempo de la Navidad, la lectura continuada de la primera carta de Juan, que nos va a transmitir con lenguaje lleno de lucidez y exigencia el misterio del amor de Dios. Esta carta va a ser la voz que más oiremos a lo largo de estos días. Tenemos para este día la introducción, que es solemne y densa, muy parecida al prólogo de su evangelio (1 Jn 1,1-4) La finalidad de toda la carta es clara. El amor de Dios se nos ha manifestado para que, desde la misión que hemos recibido, tengamos comunión de vida con él y la alegría sea plena. ¿Podemos pensar un mensaje mejor para interiorizar la Navidad? La fiesta del apóstol y evangelista san Juan, celebrada en este tiempo de Navidad, nos hace percatarnos de que no se trata sólo de los villancicos, las luces y los regalos, las tradicionales comidas de estos días, la música y los bailes. Que todo eso estará bien para quienes se toman en serio su fe de cristianos, si corre parejo con una actitud de maduro compromiso con el Señor, para llevar su Palabra a quienes no la han escuchado o recibido, para testimoniar su amor entre los humildes, los pobres y los sencillos. Vivamos plenamente en armonía con María estos días de fiesta. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 26 de diciembre de 2021

«La Sagrada Familia»... Un pequeño pensamiento para hoy


Apenas ayer celebramos el día solemne de la Navidad con el nacimiento del Hijo de Dios y su presencia entre nosotros y hoy el evangelio da un gran salto a cuando Jesús tenía 12 años de edad y se perdió en el templo (Lc 2,41-52) y es que la liturgia de la Iglesia nos quiere recordar, con la fiesta de la Sagrada Familia que hoy celebramos, que la presencia de Jesús entre nosotros no es una presencia en abstracto, sino concreta, porque Jesús vino al mundo en el seno de una familia, como todos, en un pesebre, una noche de invierno posiblemente. Este aspecto familiar y social de la encarnación del Verbo de Dios es lo que la Iglesia quiere subrayar con esta fiesta que se celebra en el domingo que esté dentro de la octava de Navidad o el día 30. No sabemos mucho de la familia de Jesús. Pero una cosa es segura: Dios quiso que Jesús naciera y viviera en una familia pobre, una familia obrera. Una familia que tuvo la dura experiencia de la emigración y las zozobras de la persecución. Una familia con momentos extraordinarios, como la presentación en el templo, y luego meses y años de vida sencilla, de trabajo en Nazaret.

La fiesta de la familia de Nazaret se sitúa en la lógica de la Navidad porque es la lógica de la encarnación del Hijo de Dios, del hacerse carne la Palabra eterna de Dios que viene a habitar entre nosotros. Celebramos la vida de Jesús en familia, su asentamiento entre nosotros, en Nazaret durante muchos años. En Jesús, el hijo de Dios que se hace hijo de María y pasa como hijo de José, podemos llamar a Dios Padre. De modo que de la vida de Jesús en familia nos proyectamos hacia una nueva familia, la de todos los hijos de Dios. Eso significa que Dios es nuestro Padre, que nos ama y que ama el mundo que nosotros amamos, también ese pequeño y hermoso mundo de la familia consanguínea.

Desde que Jesús nace en el humilde portal de Belén, son muchos los años que Jesús pasa en familia, en Nazaret. Y no son años inútiles ni perdidos. Son ocultos a los ojos del mundo, pero muy presentes ante el Padre. Lo que el Jesús itinerante vivirá y proclamará en los breves años de su vida «pública» se gestó y maduró en la vida oculta de la familia y el pueblo de Nazaret. La experiencia humana de la vida de Jesús, familia, trabajo, oración, educación, amistades, celebraciones... es el campo del que él propondrá tantos ejemplos de su doctrina nueva. También la encarnación comporta un progreso a partir de unos inicios oscuros. Es la experiencia que san Juan nos presentaba en la segunda lectura: ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos (1 Jn 3,1-2.21-24). Hay un descubrimiento progresivo de nuestra condición, como también hay una proyección creciente de aquel Jesús de Nazaret, de una historia inicial tan concreta —el hijo del carpintero, el hijo de María— que se va desarrollando  con un valor absoluto y universal. Valoremos no solamente la familia de Jesús, sino la nuestra también. ¡Bendecida fiesta de la Sagrada Familia!

Padre Alfredo.

sábado, 25 de diciembre de 2021

«El pregón de Navidad»... Un pequeño pensamiento para hoy


Quiero hacer la reflexión de este día copiando textualmente para ustedes el pregón de la Navidad. Creo que en todos los años que tengo de estar participando mi pequeño pensamiento de cada día, no lo había compartido y vale la pena meditar esta Calenda o Anuncio festivo de la Navidad, que es un rito heredado de la antigua liturgia romana y que puede tener un papel interesante a la hora de reflexionar en el festejo de este día. No es que haya que considerarla como una de las partes de la celebración, ni como uno de los elementos constitutivos de la dinámica celebrativa de este día tan especial, sino sólo como uno de aquellos ritos que podrían llamarse «ambientativos», es decir, que sin tener gran entidad en sí mismos, pueden tener en cambio gran fuerza y eficacia para dar el colorido propio a la celebración, sobre todo cuando se trata de uno de los días más importantes del año litúrgico. Se podría comparar esta Calenda a lo que es la procesión con el Cirio y el Pregón en la inauguración de la Vigilia Pascual. Además, por su repetición anual en esta fiesta y por su lenguaje popular, puede resultar un factor interesante en las actitudes y en la ambientación de la Navidad. Los dejo con el pregón para reflexionarlo:

«Os anunciamos, hermanos, una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo; escuchadla con corazón gozoso: Habían pasado miles y miles de años desde que, al principio, Dios creó el cielo y la tierra y, asignándoles un progreso continuo a través de los tiempos, quiso que las aguas produjeran un pulular de vivientes y pájaros que volaran sobre la tierra. Miles y miles de años, desde el momento en que Dios quiso que apareciera en la tierra el hombre, hecho a su imagen y semejanza, para que dominara las maravillas del mundo y, al contemplar la grandeza de la creación, alabara en todo momento al Creador. Miles y miles de años, durante los cuales los pensamientos del hombre, inclinados siempre al mal, llenaron el mundo de pecado hasta tal punto que Dios decidió purificarlo, con las aguas torrenciales del diluvio. Hacía unos 2000 años que Abraham, el padre de nuestra fe, obediente a la voz de Dios, se dirigió hacia una tierra desconocida para dar origen al pueblo elegido. Hacía unos 1250 años que Moisés hizo pasar a pie enjuto por el Mar Rojo a los hijos de Abraham, para que aquel pueblo, liberado de la esclavitud del Faraón, fuera imagen de la familia de los bautizados. Hacía unos 1000 años que David, un sencillo pastor que guardaba los rebaños de su padre Jesé, fue ungido por el profeta Samuel, como el gran rey de Israel.

Hacía unos 700 años que Israel, que había reincidido continuamente en las infidelidades de sus padres y por no hacer caso de los mensajeros que Dios le enviaba, fue deportado por los caldeos a Babilonia; fue entonces, en medio de los sufrimientos del destierro, cuando aprendió a esperar un Salvador que lo librara de su esclavitud, y a desear aquel Mesías que los profetas le habían anunciado, y que había de instaurar un nuevo orden de paz y de justicia, de amor y de libertad. Finalmente, durante la olimpíada 94, el año 752 de la fundación de Roma, el año 14 del reinado del emperador Augusto, cuando en el mundo entero reinaba una paz universal, hace 2000 años, en Belén de Judá, pueblo humilde de Israel, ocupado entonces por los romanos, en un pesebre, porque no tenía sitio en la posada, de María virgen, esposa de José, de la casa y familia de David, nació Jesús, Dios eterno, Hijo del Eterno Padre, y hombre verdadero, llamado Mesías y Cristo, que es el Salvador que los hombres esperaban. Él es la Palabra que ilumina a todo hombre; por él fueron creadas al principio todas las cosas; él, que es el camino, la verdad y la vida, ha acampado, pues, entre nosotros. Nosotros, los que creemos en él, nos hemos reunido hoy, o mejor dicho, Dios nos ha reunido, para celebrar con alegría la solemnidad de Navidad, y proclamar nuestra fe en Cristo, Salvador del mundo. Hermanos, alegraos, haced fiesta y celebrad la mejor “Noticia” de toda la historia de la humanidad». Después de esta belleza me quedo sin palabras. ¡Bendecida fiesta de la Navidad!

Padre Alfredo.

viernes, 24 de diciembre de 2021

«El cántico de Zacarías y la Nochebuena»... Un pequeño pensamiento para hoy


Esta noche será «Nochebuena» y mañana «Navidad». Llegará el don que viene de lo alto, el Mesías Salvador. Por eso el salmo 88 nos hace cantar nuestro agradecimiento a la fidelidad de Dios: «Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor». Y recuerda expresamente: «Un juramento hice a David, mi servidor, una alianza pacté con mi elegido: “Consolidaré tu dinastía para siempre y afianzaré tu trono eternamente». Hoy leemos estas expresiones en el salmo responsorial de la misa con la convicción de que se han cumplido en Cristo a la perfección. Jesús es llamado muchas veces en el evangelio «hijo de David», o sea, que pertenece, incluso literalmente, a la casa de David. Así el salmista canta las misericordias del Señor eternamente y repite la promesa bajo juramento hecha a David de fundarle una dinastía perpetua y edificarle un trono que dure por todas las edades. Dios se manifestará con nosotros siempre como un Dios lleno de misericordia. Por eso procuramos no sólo llamarnos hijos de Dios, sino serlo en verdad. Y este día, preparándonos a la Navidad, pedimos que Él nos fortalezca con la presencia de su Espíritu Santo, de tal forma que, aceptando en nosotros el amor de Dios, seamos en verdad un signo de Él en el mundo hasta que, consolidados en la Verdad alcancemos en nosotros el cumplimiento de las promesas divinas: ser, en Cristo, hijos de Dios eternamente.

Si ayer en nuestra reflexión el cántico del Magníficat, en boca de María, resumía la historia de salvación conducida por Dios. Hoy es el cántico del Benedictus (Lc 1,67-79), que probablemente era de la comunidad, pero que san Lucas pone en labios de Zacarías, el que nos ayuda a comprender el sentido que tiene la venida del Mesías. Los nombres de la familia del Precursor son todo un programa: Isabel significa «Dios juró», Zacarías, «Dios se ha acordado», y Juan, «Dios hace misericordia». En el Benedictus cantamos que todo lo anunciado por los profetas se ha cumplido «en la casa de David, su siervo», con la llegada de Jesús. Que Dios, acordándose de sus promesas y su alianza, «ha visitado y redimido a su pueblo», nos libera de nuestros enemigos y de todo temor, y que por su entrañable misericordia «nos visitará el sol que nace de lo alto».

Zacarías reconoce que la historia ha llegado a su punto culminante. Ha llegado el tiempo de la visita de Dios. La idea de visita de Dios, para la Biblia, tiene dos significados. Se trata de una visita de salvación, para los pobres, oprimidos, perseguidos, los fieles a Dios, y a la vez una visita de condenación, para los corruptos, los que atentaron contra sus hijos. Zacarías se alegra de esa visita, porque por fin se establecerá la justicia en la tierra. Ya cada uno ocupará el lugar que verdaderamente le corresponde. El tiempo de Navidad que ya está a la puerta no puede quedar en la celebración de un acontecimiento histórico o en una simple fiesta vacía. Es un punto desde el cual ha de leerse el presente, un presente que exige la visita de Dios, «como lo había prometido a nuestros padres...». Y un presente que se abre a un futuro esperanzador: «él nos librará de nuestros enemigos...»; «iluminará a los que viven en tinieblas...»; «guiará nuestros pasos por los caminos de la paz...» ¡Bendecido viernes 24 de diciembre y que la noche de hoy en su familia, sea una noche santa!

Padre Alfredo.

jueves, 23 de diciembre de 2021

Felicitación de Navidad y Año Nuevo...

«La llegada de un mundo mejor»... Un pequeño pensamiento para hoy


El anuncio del profeta Malaquías, de que Dios enviará un mensajero, y que tenemos hoy en la primera lectura de la misa (Mal 3,1-4.23-24) prepara en paralelo el relato del nacimiento de Juan que nos presenta el evangelio de este día (Lc 1,57-66). Malaquías, en el siglo V antes de Cristo, en un tiempo de restauración política, que él querría que fuera también religiosa, se queja de los abusos que hay en el pueblo y en sus autoridades. Anuncia reformas y sobre todo el envío de un mensajero que prepare el camino del mismo Señor. Su venida será gracia y juicio a la vez, será fuego de fundidor, que purifica quemando, para que la ofrenda del Templo sea dignamente presentada ante el Señor. Siempre hay la esperanza de que viene algo mejor y así lo esperamos nosotros, por eso hemos vivido el Adviento en este clima de preparación para la llegada de un mundo mejor con el revivir la llegada del Mesías.

Con el nacimiento de Juan el Bautista, el precursor, llega la plenitud de los tiempos. La voz corre por la comarca y todos se llenan de alegría. Tienen razón los vecinos: ¿qué será de este niño? Juan será grande. Durante bastantes días, en este Adviento, hemos ido leyendo pasajes en que se cantan las alabanzas de este personaje, decisivo en la preparación del Mesías: testigo de la luz, voz de heraldo que clama en el desierto y prepara los caminos del Señor, que crea grupos de discípulos que luego orientará hacia el Profeta definitivo, que predica la conversión y anuncia la inminencia del día del Señor. El nombre, para los judíos, tiene mucha importancia. Juan significa «gracia de Dios», o «favor de Dios», o «misericordia de Dios». Nadie en la familia se había llamado así, y es que Dios sigue caminos siempre sorprendentes.

Los medios de información sólo anuncian noticias trágicas, catástrofes, y provocan la sensación de que ya está todo perdido, presentan cosas ilusorias e irrealizables con promesas y promesas de los gobernantes en turno o anuncian ofertas y más ofertas de cosas materiales innecesarias y arrastran así a la sociedad que se deja llevar. Nosotros, por nuestra fe, abrimos los ojos y nos llenamos de alegría como Juan el Bautista porque ya viene el Salvador. Los medios noticiosos no anuncian el trabajo silencioso y anónimo de miles de personas que perseveran en la esperanza de un mundo mejor y que atienden al verdadero sentido de la Navidad. Seres humanos que a diario se parten la espalda por ofrecer lo mejor a sus familias, por construir una comunidad de hermanos, por crear mejores condiciones de vida para la humanidad. Eso es la Navidad, la llegada de la esperanza de un mundo nuevo con María, con José, con Juan y todo aquel que lo quiera vivir. Ya falta muy poquito para celebrar la Navidad. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

«El Magníficat de María»... Un pequeño pensamiento para hoy


El canto mariano del Magníficat resuena de una manera muy especial en el evangelio de hoy (Lc 1,46-56) para seguirnos preparando a la noche santa de la Navidad. El clima interior de María, en la visita que hace a su parienta Isabel es la alegría, la exultación. Hay que imaginarla estos días dichosa, ¡a pesar del desplazamiento de Nazaret a Belén para cumplir la orden de empadronamiento impuesta por el emperador de Roma! Y hay que preguntarnos: ¿Cuál es el clima interior de mi alma para recibir a Jesús que ya se acerca? En ese clima de oración María canta agradecida lo que Dios ha hecho en ella, y sobre todo lo que ha hecho y sigue haciendo por Israel, con el que ella se solidariza plenamente. Le alaba porque «dispersa a los soberbios, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos».

Todas las frases del Magníficat están sacadas del Antiguo Testamento. Vemos aquí el clima habitual de la oración en la que María se sabía sumergida. Por eso el Magníficat es una plegaria que en las vísperas de Navidad suena de manera maravillosa como un magnífico resumen de la actitud religiosa de Israel en la espera mesiánica, como hemos ido viendo a lo largo del Adviento. El Magníficat es también la mejor expresión de la fe cristiana ante la historia de salvación que ha llegado a su plenitud con la llegada del Mesías, Salvador y liberador de la humanidad. Jesús, con su clara opción preferencial por los pobres y humildes, por los oprimidos y marginados, por los olvidados y descartados de la sociedad, es el mejor desarrollo práctico de lo que dice el Magníficat. Nada extraño que este cántico de María, valiente y lleno de actualidad, por el que manifiestan claramente su admiración Pablo VI en su «Marialis Cultus» (1974) y Juan Pablo II en su «Redemptoris Mater» (1987), se haya convertido en la oración de la Iglesia en camino a lo largo de los siglos, y que lo cantemos cada día en el rezo de Vísperas. La oración de María, la primera creyente de los tiempos mesiánicos, se convierte así en oración de la comunidad de Jesús, admirada por la actuación de Dios en el proceso de la historia.

Casi llegando a la Navidad, María, con su canto, nos recuerda que la salvación de Dios comienza a realizarse aquí en la tierra, como comenzó a realizarlo Jesús predicando el evangelio a los pobres, curándolos de sus enfermedades e, incluso, alimentándolos en el desierto cuando por seguirle lo habían dejado todo. Las santas mujeres de la Escritura, como Ana, que aparece en la primera lectura de la liturgia de hoy (1 Sam 1,24-28) y como María misma, dan gracias por todo: por el pan, por los hijos, por la intervención de Dios a favor de los pobres y humildes, por un orden social más justo e igualitario, por el cumplimiento de las promesas hechas en el pasado, por la posibilidad de mirar el futuro con esperanza y en actitud confiada, por la salvación total que implica el cuerpo, la dignidad, el alma, los sueños, las más concretas e inmediatas necesidades, pero también las más recónditas y fundamentales, como encontrar que la vida tiene sentido cuando somos amados, y estar seguros de que el amor no muere nunca. Hagamos nuestras las palabras de María en estas vísperas de Navidad, y cantemos con ella la alabanza de quien también ha hecho en nosotros maravillas. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 21 de diciembre de 2021

«El amor y la espera de Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy


Seguimos en nuestro camino de Adviento hacia la Navidad, ya llegando a los últimos días de este tiempo que la Iglesia nos concede y en el que ya, de alguna manera, por los textos de la liturgia que podemos meditar, nos vamos llenando del espíritu de la Navidad. Hoy quiero hacer la reflexión siguiendo los textos de la misa de este día. Preparando la visita de María a su parienta Isabel, tenemos en la primera lectura un hermoso cántico de amor tomado del Cantar de los cantares (Cant 2,8-14). En este relato la novia ve con gozo cómo su amado viene saltando por los montes a visitarla. El novio le canta un poema pidiendo a la joven que se haga ver: «levántate, amada mía, y ven, hazme oír tu voz». Todo alrededor es poesía y primavera en la naturaleza. Pero sobre todo es el amor de los dos jóvenes lo que llena la escena de encanto: el amor humano, elevado en la Biblia a símbolo y encarnación del amor de Dios a su pueblo. Es hermoso que en este tiempo de Adviento se nos hable de amor, de poesía y gratuidad: en medio de un mundo lleno de interés comercial y de cálculos medidos. Y que este amor juvenil sea precisamente el lenguaje con el que, en vísperas de la Navidad, se nos anuncia la buena noticia: Dios, el novio, se dispone a celebrar la fiesta una vez más, si la humanidad y la Iglesia, la novia, le acepta su amor.

Por su parte el salmo (Sal 32) expresa muy bien los sentimientos de júbilo: «aclamen justos, al Señor, cántenle un cántico nuevo». Parece escrito para que lo recemos en estos últimos días del Adviento: «nosotros aguardamos al Señor, con él se alegra nuestro corazón, en su santo nombre confiamos». Son actitudes que nos preparan a una Navidad vivida desde dentro con una actitud de anhelo, un deseo de que el Mesías llegue a nuestros corazones. Vale la pena preguntarnos qué grado de amor hay en nuestro corazón para recibir al Amado, al Amor de los amores que llega con la intención de quedarse y hacer morada en nuestro corazón para que lo demos a los demás.

En el evangelio (Lc 1,39-45) la visita de la Virgen María a su parienta Isabel está llena de resonancias bíblicas: como cuando se trasladó el Arca de la Alianza entre danzas y saltos de alegría a casa de Obed Edom, donde estuvo tres meses, llenando de bendiciones a sus moradores (2 Sam 6,11). María, que acaba de recibir del ángel la trascendental noticia de su maternidad divina, corre presurosa a casa de Isabel, a ofrecerle su ayuda en la espera de su hijo. Llena de Dios y a la vez servicial para con los demás, María es portadora en su seno del Salvador, ella misma es el Arca de la Alianza. La Buena Noticia la comunica con su misma presencia y llena de alegría a Isabel y al hijo que salta de gozo en sus entrañas, el que será el precursor de Jesús, Juan Bautista. Con su alabanza, Isabel traza un buen retrato de la Virgen: «dichosa tú, que has creído». Es significativo por demás el encuentro de Isabel y María, dos mujeres sencillas que han sido agraciadas por Dios con una inesperada maternidad y se muestran totalmente disponibles a su voluntad. Son un hermoso símbolo del encuentro del Antiguo y del Nuevo Testamento, de los tiempos de la espera y de la plenitud de la venida. Falta poco para Navidad, nos seguimos preparando para la gran fiesta del nacimiento del Redentor. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 20 de diciembre de 2021

«La Virgen concebirá y dará a luz al Emmanuel»... Un pequeño pensamiento para hoy


Seguimos en nuestro caminar hacia la Navidad en estos últimos días de Adviento. La reflexión de hoy la podemos hacer en torno a la primera lectura de la Misa (Is 7,10-14) y del evangelio (Lc 1,26-38) de la misma. En la primera lectura el rey Acaz, en el siglo VII antes de Cristo, no quiere pedir una señal de la protección de Dios. Tiene unos planes de alianzas militares que no le interesa confrontar con la voluntad de Dios. Pero el profeta Isaías le habla y le asegura que se van a cumplir los planes de Dios sobre la dinastía davídica: una jovencita dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, Dios-con-nosotros. La historia nos dice que tal vez el hijo al que se refiere la profecía, en primer lugar, es probablemente Ezequías. Pero tal como lo leemos, ya se refiere al Mesías futuro, el rey perfecto de los últimos tiempos. La versión griega ya tradujo «jovencita» por «virgen», para subrayar la intervención milagrosa divina.

En el evangelio, por su parte, nosotros, guiados por Lucas, interpretamos el pasaje del profeta con gozosa convicción: la virgen es María de Nazaret, y su hijo el Mesías, Cristo Jesús. Así se lo anuncia el ángel Gabriel, en este diálogo que puede considerarse como una de las escenas más densas y significativas del evangelio, la experiencia religiosa más trascendental en la historia de una persona y el símbolo del diálogo de Dios con la humanidad. Dios dice su «sí» salvador, y la humanidad, representada en María, responde con su «sí» de acogida: «hágase en mí según tu palabra». Del encuentro de estos dos síes, brota, por obra del Espíritu, el Salvador Jesús, el verdadero Dios-con-nosotros. Entra en escena el nuevo Adán, cabeza de la nueva humanidad. Y a su lado aparece, con un «sí» en los labios, en contraste con la primera, la nueva Eva.

A nosotros también se nos anuncia lo que le fue anunciado a María, y de nosotros se espera que asumamos la actitud que ella asumió, de docilidad y entrega a la voluntad de Dios con el «sí» que pronunciemos a la voluntad de Dios. Así nacerá Cristo en nuestros corazones por la fe, y podremos llevarlo a otros hermanos nuestros, mostrarlo y predicarlo en nuestros actos de solidaridad y entrega a nuestros hermanos. Podremos conformar nuestra vida a sus palabras, a su evangelio y convertirnos en sus hermanos, discípulos y amigos. Que el corazón salte de gozo ante el inminente nacimiento del Señor y que acompañemos, desde nuestra pequeñez a José y María en la dulce espera. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 19 de diciembre de 2021

«De camino en el Adviento con María»... Un pequeño pensamiento para hoy


Estamos celebrando el IV domingo de Adviento y encontramos, en la liturgia de la palabra de hoy, una serie de textos que apuntan a la Navidad y su misterio. Mientras que la inmensa mayoría de la gente que nos rodea está sumergida en un ritmo acelerado de programas de fiestas, compras desaforadas y anuncios comerciales, nosotros somos invitados a vivir la Navidad en cristiano: o sea, desde la perspectiva del que viene, Jesús, y de su Madre, María. Cada año, este cuarto domingo de Adviento parece como si fuera una fiesta de la Virgen. La Madre del Mesías nos prepara a recibirle con fe y profundidad. Este año, con el evangelio concreto de la Visitación (Lc 1,39-45), se pone de manifiesto también la disponibilidad de la Virgen, su entrega por los demás. En lo que también se muestra discípula aprovechada en la escuela de su Hijo. Llena de la presencia mesiánica, corre a ayudar a su prima: encuentra tiempo, sale de su programa y de su horario, recorre distancias y va a pasar unos meses con ella.  No es egoísta. No se encierra en sí misma a rumiar gozosamente su alegría.

María aparece en esta escena, y a lo largo de estas fechas que se acercan, como portadora de Dios a los demás. El Mesías está ya en su seno y ella es la «evangelizadora», la portadora de la buena noticia de la salvación. Esta es la misión de la Iglesia y de cada cristiano en nuestros ambientes: llevar a Cristo, anunciar la noticia palpitante —hecha testimonio de vida en nosotros— de que Dios es el Dios-con-nosotros. Esta faceta «misionera» de María completa y traduce en vida su entrañable fe mesiánica. Si nosotros celebramos al Dios que nace en Navidad, es para «darlo» también a los demás: a los hijos, a los padres, a los hermanos, a la sociedad que nos rodea, a la comunidad religiosa a la que pertenecemos... para que todos le conozcan y le amen. María, así, en este domingo de Adviento se hace símbolo de una Iglesia que quiere ser apóstol y testigo de Cristo en el mundo de hoy. 

Gracias a los pasos de la Virgen, en este evangelio de la Visitación, Jesús está en camino, antes aún de nacer, por los caminos del mundo. Gracias a María, que afronta un sendero intransitable, Cristo acude adonde hay una necesidad, va hacia los hombres. Dentro de poco, veremos en los evangelios a un Cristo continuamente en movimiento, «itinerante». Pero no olvidemos que Cristo ha comenzado a ser itinerante ya en el seno de su madre cuando se dirigió a ver a su parienta Isabel. Esta escena de la Visitación expresa un dinamismo de participación, la alegría de compartir, no la actitud celosa de quien retiene o guarda para sí un tesoro. La Virgen es un relicario portador de Jesús. Pero un relicario que camina. No un relicario que se mantiene a distancia. Al contrario, anula las distancias. Contemplando a María en este domingo, podemos captar cómo ella puede enseñarnos a celebrar la Navidad. Ella es la que ha creído sin trampa, la que ha dado su sí generoso y abierto para que el Mesías de Dios se hiciera hombre de carne, nacido de mujer. Y ella es la que se lanza a la esperanza absoluta en el Dios que es amor. Por ello no es de extrañar que también ella sea —como hemos leído en el evangelio— ejemplo de amor eficaz, diligente, hacia su parienta Isabel. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 18 de diciembre de 2021

«La admirable disponibilidad de José»... Un pequeño pensamiento para hoy


En la audiencia del 14 de diciembre de 2016, el papa Francisco —que ayer celebró su cumpleaños— se refirió al Adviento señalando: «El tiempo de Adviento es la ocasión particular para profundizar nuestra fe, para abrir nuestros corazones a las necesidades de los otros y para vivir mejor nuestra vocación cristiana». Estamos ya en la parte final de este sublime tiempo que nos prepara a la segunda venida de Cristo y a las fiestas de la Navidad. Desde ayer comenzamos a reflexionar en las ferias privilegiadas de Adviento, que corren desde el 17 hasta el 24 de este mes.

Hoy, en este camino litúrgico, podemos reflexionar en las palabras que el profeta Jeremías nos dice en la primera lectura de la Misa de hoy (Jer 23,5-8): «Miren: Viene un tiempo, dice el Señor, en que haré surgir un renuevo en el tronco de David: será un rey justo y prudente y hará que en la tierra se observen la ley y la justicia». Ese rey que viene, según esta profecía, es nuestro Señor Jesucristo. Dios tiene planes de salvación para su pueblo, a pesar de sus infidelidades. Le promete un rey nuevo, un vástago de la casa de David. En contraste con los dirigentes de la época, éste será un rey justo, prudente, que salvará y dará seguridad a Israel, y se llamará «el Señor, nuestra justicia». Siempre está en pie el amor de Dios a su pueblo y por eso enviará al Salvador.

En el Evangelio (Mt 1,18-24), el anuncio del ángel a José nos sitúa ya en la proximidad del tiempo mesiánico. El ángel le asegura, ante todo, que el hijo que espera María es obra del Espíritu. Pero que él, José, no debe retirarse. Dios le necesita. Cuenta con él para una misión muy concreta: cumplir lo que se había anunciado, que el Mesías sería de la casa de David, como lo es José, «hijo de David», y poner al hijo el nombre de Jesús —Dios salva—, misión propia del padre. Qué admirable es la disponibilidad de José, como debe ser la de nosotros para recibir a Jesús que ya se acerca. Hay que preguntarnos: ¿Acogemos así nosotros, en nuestras vidas, los planes de Dios? Con José y María, recibamos a Jesús que ya se acerca. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 17 de diciembre de 2021

«Las ferias privilegiadas»... Un pequeño pensamiento para hoy


En Adviento, los 8 días de la última semana, desde el 17 hasta el 24 de diciembre, forman una octava y tienen preferencia sobre las memorias obligatorias y se les llama «ferias privilegiadas». Estas ferias tienen la finalidad de prepararnos más intensa y directamente a la Navidad. La Liturgia de estos días, en sus textos, nos va disponiendo para acoger al Hijo de Dios hecho hombre. Dentro de la Liturgia de las Horas, las Vísperas de estas ferias tienen una especial importancia con el obsequio de las antífonas mayores, llamadas también «Antífonas de la O», que junto al Magníficat de cada día pasan revista a los diversos títulos de Cristo, referentes a su naturaleza divina y humana o a su misión salvífica, y que terminan todas instándole a que venga a poner remedio a nuestra indigencia. En estas «ferias privilegiadas», que constituyen como una «Semana Santa previa a la Navidad» meditamos sobre la Expectación de la primera Venida del Señor y el evangelio nos va presentando lo que ha precedido al nacimiento de Jesús: los evangelios de la infancia.

La preparación, con el Evangelio de cada día comienza por la primera página del evangelio según San Mateo (Mt 1,1-17), que muestra la tabla de los orígenes de Jesucristo, Hijo de David, Hijo de Abraham...  Isaac, Jacob, Judá... Jesé, David, Salomón, Roboam... José, María, Jesús... Una larga lista de nombres. Muchos de estos son conocidos y han tenido un lugar en la historia de Israel. Es una especie de resumen de toda nuestra historia de salvación hasta llegar al Mesías. Jesús no es el fruto de un azar caído, así, sin saber desde dónde. El se enraiza en un linaje de antepasados concretos: de este modo es un verdadero «hijo del hombre», que participa totalmente de la condición humana, con sus límites y sus particularidades. Millares de hombres y de mujeres, de padres y de madres, que fueron progenitores han sido necesarios para que un día madurase el fruto último de la humanidad. Una humanidad nueva nace en Jesús. Y, sin embargo, está en continuidad con todo el resto de la humanidad. Al contemplar esta lista larguísima podemos pensar: En cuanto a mí, ¿cuál es mi enraizamiento? ¿Qué es lo que debo continuar? ¿Qué es lo que debe nacer de nuevo en mí? ¿Qué tengo que ver yo con Jesús?

Resulta raro encontrar cuatro nombres de mujer en esta lista exclusivamente masculina, y ciertamente choca cuando se sabe quiénes son. No son mujeres ilustres por su santidad, sino más bien una especie de anomalías, como otros de los hombres que componen la lista. Tamar, que por trampa, tiene un hijo de su propio suegro (Génesis 38, 1-30). ¡Qué historia mas sombría! Rahab, prostituta (Josué 2-6). Rut, una pagana de tierra extranjera (Rut 4-12). Finalmente Betsabé, la mujer adúltera de David y madre de Salomón (II Samuel 11). ¡Claro está que san Mateo tenía una idea en la cabeza al hacer tal selección! Jesús viene a salvar a la humanidad, por gracia. Y todos los hombres están llamados a esta salvación universal. Así que hay que hacernos una pregunta más: ¿Estoy convencido de este inverosímil amor gratuito y salvífico que Dios nos tiene a pesar de nuestra condición de pecadores? También la Navidad de este año la vamos a celebrar personas débiles y pecadoras. Dios nos quiere conceder su gracia a nosotros y a tantas otras personas que tal vez tampoco sean un modelo de santidad. A partir de nuestra situación, sea cual sea, nos quiere llenar de su vida y renovarnos como hijos suyos. Con José y María, esperemos a Jesús que ya se acerca. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 16 de diciembre de 2021

«Juan el Bautista en el Adviento»... Un pequeño pensamiento


Una de las figuras principales del tiempo de Adviento es Juan el Bautista, de quien nos habla el Evangelio de hoy (Lc 7,24-30). Y es que Juan el Bautista es el signo de la irrupción de Dios en su pueblo. El Señor le visita, le libra, realiza la alianza que había prometido. El papel de este hombre, precursor del Mesías es muy preciso: prepara los caminos del Señor (Is 40, 3), da a su pueblo el conocimiento de la salvación. Juan, nos dice el relato evangélico, no es una caña agitada por el viento. No se doblega ni ante las presiones ni ante los halagos. Ha mostrado su reciedumbre hasta el testimonio de la muerte. No usa vestidos delicados ni lleva una vida de lujo. Da un ejemplo admirable de austeridad. Juan es un auténtico profeta, un mensajero de Dios que prepara los caminos de Cristo, como había anunciado el profeta Malaquías, a quien cita Jesús, y pata Él, Juan es un hombre íntegro que ha puesto su vida al servicio de la causa de Dios. No lo han movido intereses mezquinos ni le ha atraído la vanagloria, más bien ha despertado en muchos corazones la necesidad de volverse a Dios.

Pero una vez más, Jesús tiene que quejarse de que a un profeta así le han escuchado la gente sencilla, los más pecadores, pero «los fariseos y los letrados, que no han aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos». En este Adviento, con la figura de Juan se repite la invitación de Dios, ahora a su Iglesia, o sea, a cada uno de nosotros. La invitación a volver más decididamente a su amor. ¿Quién puede decir que no necesita esta llamada? ¿a quién no le crece más, a lo largo del año, «el hombre viejo» que el nuevo? ¿quién puede asegurar que no ha habido desvíos y olvidos en su vida de fe y en su fidelidad a Dios?

Juan, proclamó la llegada del Mesías y propuso un bautismo de penitencia. Jesús, en otro pasaje afirma, que era Elías, señalado como su predecesor, que allanaría montes y rellenaría valles para el paso del Señor. Pero ahora... ¿No es Jesús la voz que sigue gritando en el desierto de las conciencias de tantos hombres, llamándoles a la conversión, atrayéndolos a su amor? Los judíos no le entendieron. ¿Le entenderemos hoy nosotros? Es triste, pero es verdad. En este evangelio Jesús nos reprocha no haber comprendido su mensaje. Vamos en busca de la gloria que da el mundo a quienes obran según el slogan del momento. Corremos tras la vanidad del tener más y más; sin compartir lo que Él mismo nos ha dado: amor, cariño y comprensión. Esto es leer las Escrituras y no entender el mensaje de Cristo: ir a Misa y después no vivir el Evangelio; llamarse cristiano y apenas conocer a Jesús. Pero Jesús es paciente. Nos espera. Y si nos reprocha algo en nuestra conciencia, es porque nos ama y nos quiere cerca de su amantísimo Corazón. Podemos corresponderle, acercándonos a nuestra parroquia, viviendo y compartiendo nuestra fe con los hermanos de nuestro grupo o comunidad en estos días hermosos previos a la Navidad. Sigamos el camino del Adviento con José y María. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

«Dejen, cielos, caer su rocío»... Un pequeño pensamiento para hoy


Todo católico sabe que el único que puede salvar es Dios. Él es el todopoderoso, el creador de la luz y las tinieblas, de la paz y de las tribulaciones. Sólo a él podemos clamar pidiendo salvación y justicia. Los profetas, en el Antiguo Testamento, intentaban recordar al pueblo de Israel —siempre olvidadizo y distraído— la existencia y la actuación de ese Dios trascendente, el único, el «todo Otro», lleno de poder y de misericordia a la vez, Señor del cosmos y de la historia. Nuestro Dios.

De esta convicción brotan las expresiones que son propias del Adviento y que aparecen hoy en la lectura del libro del profeta Isaías (Is 45,6-8.21-25): «Dejen, cielos, caer su rocío y que las nubes lluevan la justicia; que la tierra se abra y haga germinar la salvación». El único que puede concedernos eso es Dios: «Yo soy el Señor y no hay otro. ¿Quién fue el que anunció esto desde antiguo? ¿Quién lo predijo entonces? ¿No fui yo, el Señor». Esta profecía de Isaías es una de las que el Adviento ha tenido más en cuenta. La renovación mesiánica es anunciada como una «primavera». La naturaleza entera se renueva y participa a la manifestación del Mesías.

El salmo 84, que la liturgia nos presenta el día de hoy, es uno de los más propios de este tiempo del Adviento: «Está ya cerca nuestra salvación y la gloria del Señor habitará en la tierra». Seria bueno que el día de hoy recemos entero este salmo que en la Biblia es el 85. Vale la pena rezarlo reposadamente en un momento de oración personal. A la luz del profeta Isaías y de este salmo, podemos ver y profundizar en que Cristo es el primer «brote» de la nueva humanidad renovada y que la justicia y la salvación son los frutos de la humanidad fecundada por la misericordia divina. Con María y José sigamos el camino del Adviento. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 14 de diciembre de 2021

«Acoger la invitación de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


Seguimos avanzando en nuestro camino del Adviento y no hemos de olvidar que este tiempo litúrgico es también un tiempo que nos llama a la conversión y a la purificación interior de nuestra fe para acoger con un corazón renovado a Cristo que ha venido, que viene y que vendrá. El profeta Sofonías, en la primera lectura del día de hoy (Sof 3,1-2.9-13) invita al pueblo a convertirse, a cambiar el estilo de su vida, a abandonar la soberbia que le corrompe, a volver a escuchar y alabar a Dios con labios puros, sin engaños: sin prometer una cosa y hacer otra, como iba siendo su costumbre.

Sofonías anuncia también que serán los pobres y los humildes los que acojan esta invitación, y que Dios tiene planes de construir un nuevo pueblo a partir del «resto de Israel», el «pueblo pobre y humilde», sin maldad ni embustes, que no pondrá su confianza en sus propias fuerzas sino que tendrá la valentía de ponerla en Dios. De esta manera se repite la constante de la historia humana que cantará la santísima Virgen María en su Magnificat: Dios ensalza a los pobres y humildes, y derriba de sus seguridades a los que se creen ricos y poderosos. Sofonías veía la comunidad de su tiempo dividida en dos; por una parte, los rebeldes que no quieren acercarse a Dios, porque son orgullosos y confían más en las alianzas políticas y por otra parte el pueblo humilde que por ser pobre confía en el Señor y será beneficiado por la llegada del Mesías. 

También en tiempo de Jesús el pueblo estaba dividido en dos categorías: los pecadores y los justos. El acento, en el Evangelio de hoy (Mt 21,28-32), con el ejemplo que pone Jesús, recae no sobre lo que son, sino sobre lo que hacen o dejan de hacer. Especialmente los fariseos se imaginaban que por su fidelidad a la ley merecían la aprobación de Dios, pero en realidad ellos no habían cumplido la voluntad del Padre. Su piedad era vacía, su cumplimiento vano; no practicaban la justicia y despreciaban a los demás pensando ser los únicos justos. Pero Jesús les muestra que no es así. Son los pecadores, que antes rechazaron la voluntad de Dios, los que ahora le obedecen con humildad al aceptar primero su pobre situación de pecadores, la predicación de Juan el Bautista y luego la de Jesús. Mucho tenemos que aprender de la liturgia de hoy para reconocernos necesitados de la salvación que trae Jesús. Que María Santísima nos ayude. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 13 de diciembre de 2021

«La sorpresa de Balaam»... Un pequeño pensamiento para hoy


Dios siempre es sorprendente. Seguramente que eso todos lo podemos constatar, pues en nuestras vidas o en algunas de las vidas de quienes conocemos ha hecho cosas maravillosas que no esperábamos. Hoy me centro para la reflexión en la figura de Balaam, el personaje que nos presenta la primera lectura de la misa de este lunes (Núm 24,2-7.15-17). Balaam era un hombre que tenía fama de vidente y a quien el rey de Moab le encargó, precisamente por su fama, que maldijera al pueblo de Israel y sus campamentos. Pero sorpresivamente Dios tocó el corazón de Balaam, y este adivino pagano se convirtió en uno de los mejores profetas del futuro mesiánico. En sus poemas breves, llenos de admiración, en vez de maldecir, bendice el futuro de Israel. Ve su estrella y su cetro y anuncia la aparición de un héroe que dominará sobre todos los pueblos.

Sorpresas de Dios, que no se deja manipular ni entra en nuestros cálculos. Somos nosotros los que debemos ver y oír lo que él quiere y dejarnos sorprender. Sí, debemos vivir a la sorpresa de Dios. Esta profecía de Balaam que en un primer momento se interpretó como cumplida en el rey David, luego los mismos israelitas dirigieron a la espera del Mesías y por eso la tenemos en este tiempo de Adviento. Podemos ver, al profundizar en relatos como este, que ya en el Antiguo Testamento, hay pruebas manifiestas de que el Espíritu de Dios no está encerrado en los límites demasiado estrechos de un pueblo o de una institución. Dios no es tan solo el Dios del «pueblo escogido»... es el Dios de «todos los hombres»... Su acción no está limitada al marco de las instituciones de la Ley de Moisés.

Hoy, todavía, esto es igualmente real. Es verdad que Dios ha escogido la Iglesia como instrumento de salvación para el mundo; pero su gracia, su acción divina no se limitan a las fronteras visibles de la Iglesia. Dios por su Espíritu, está presente en el corazón de los paganos que también pueden, como Balaam, convertirse en un instante en una señal de Dios que se acerca, en Dios que trabaja en el corazón de todos y de cada uno de los hombres. Meditando la Escritura admiramos las sorpresas de Dios en el pasado, como sucede con Balaam, pero tendríamos que estar dispuestos a saberlas reconocer también en el presente. Nosotros sabemos que el Enviado de Dios, Cristo Jesús, vino hace dos mil años y que volverá lleno de gloria. La pregunta es siempre incómoda: ¿le hemos acogido, le estamos acogiendo de veras en este Adviento y nos disponemos a celebrar la Navidad en todo su profundo significado? Que María nos ayude a abrir el corazón para recibir a Jesús. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 12 de diciembre de 2021

«Santa María de Guadalupe»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy celebramos con mucho gusto, en este tercer domingo de Adviento, en que la Iglesia nos invita a reflexionar en la alegría de la próxima venida de Cristo, la solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, y con ello le agradecemos a Dios la presencia de la Virgen en la tilma que se conserva en Basílica dedicada a ella en el Tepeyac, presencia en la que ha cumplido lo que le dijo a Juan Diego cuando se le presentó por primera vez. Después de presentarse como la Madre del Dios por quien se vive, le expresó su deseo de que se le construyera un templo para en él mostrar y dar todo su amor, compasión, auxilio y defensa.

Así se ha mostrado la Virgen de Guadalupe a lo largo de los años. Siempre presurosa, como se muestra en el Evangelio (Lc 1, 39-48) para llevar la ayuda y compasión a quien lo necesite. Como Madre, ha mostrado su amor, se ha compadecido de todos sus hijos, especialmente de los hombres y mujeres de fe, de los pobres, de los indígenas, de los enfermos, de los migrantes…, ha sido auxilio de todos en las necesidades y problemas, se ha convertido en defensa en todas las situaciones. Por esa razón a la Virgen se le aplica lo que dice el Eclesiástico (Eclo 24, 23-31), aunque este libro sagrado lo expresa en relación a la Sabiduría de Dios; dice que ella es la madre del amor.

Pienso, en este día, en el «SÍ» de María, que se repite en la historia del hecho guadalupano. Ella aceptó el acompañar a un nuevo pueblo para poder adherirse a la fe en Cristo, el Salvador. Su cercanía y su forma de presentarse al indio san Juan Diego, lo motivó a él, también a decir un «SÍ» a la misión que le encomendaba, porque sintió en su corazón que algo grande de parte de Dios se presentaba en medio de su pueblo. Hoy celebramos a la Virgen Morenita, que está para escuchar y atender las súplicas de todos sus hijos, de todas las naciones, de todas las razas, ella nos convoca y nos invita a que seamos uno con su Hijo Jesús, en medio de un mundo cada vez más dividido y fracturado y que nosotros también demos nuestro «SÍ». ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 11 de diciembre de 2021

«Como el profeta Elías»... Un pequeño pensamiento


Ya sabemos que no se deben interpretar todos los pasajes de la Escritura, de un modo demasiado simple ni arbitrariamente ni siempre textualmente. El verdadero sentido de la Biblia no se obtiene interpretándolo materialmente sino haciendo una reflexión de la misma. El pasaje de la primera lectura del día de hoy (Eclo 48,1-4.9-11), ha sido escogido hoy para corresponder con la lectura del Evangelio (Mt 17,10-13). Los escribas esperaban el retorno de Elías... Jesús dice que Elías ya ha venido... Es Juan Bautista, que no se llamaba Elías, pero ha cumplido su papel. Es ciertamente Juan Bautista quien «ha venido revestido del espíritu y de la virtud de Elías» (Lc 1, 17). Pero ese nuevo Elías es también Jesús mismo. Él dijo que había venido a asumir la función de Elías, el profeta. Sí, Él vino a «calmar la ira antes que estalle», y a «conducir de nuevo los corazones de los padres a los hijos»... signos de la venida de Dios en el mundo.

Esa es la función confiada a la Iglesia y a los cristianos: ser signos de la venida de Dios en el mundo. Para eso recibimos, en Pentecostés, el fuego del Espíritu Santo. Pero, en ese tiempo de Adviento que nos encamina hacia Navidad, debemos analizar, a la luz de estas lecturas, una cuestión muy importante: ¿Dónde estoy, en cuanto a los esfuerzos espirituales decididos y los propósitos que para este año me propuse? ¿Participo del celo y ansia de Jesús de que todos formen parte del Reino y espero con alegría su segunda venida? Sí, no debemos olvidar que estamos en Adviento y que debemos desear con fuerza la venida de Dios a nosotros y a nuestro mundo, pero ojo: hay que estar alertas para descubrir los signos que Dios nos envía como precursores de su venida.

En el pasaje del Evangelio de hoy los discípulos entienden que Jesús habla de Juan Bautista. Y en efecto, Juan es el Precursor, el predicador de la justicia y la conversión, el que prepara con su ejemplo y su voz recia la inmediata venida y luego señala la presencia del Mesías en medio de su pueblo, el que denuncia la situación irregular del rey Herodes y muere mártir por su entereza y coherencia. Pero muchos no le aceptan, como hicieron con Elías y como harán con el mismo Jesús, «que padecerá a manos de ellos». Por eso a Elías lo podemos identificar con Juan y con Jesús y darnos cuenta de que la dureza del pueblo sigue siendo grande. Mucha gente, como en aquellos tiempos, no sabe leer los signos de los tiempos. Son «lentos y tardos de corazón», como tuvo que reprochar Jesús a los discípulos de Emaús. O como oró en la cruz, «no saben lo que hacen». Tanto Elías como el Bautista y Jesús son incómodos en su testimonio personal y en su mensaje: aceptarles es aceptar los planes de Dios en la propia existencia, y eso es comprometedor. Que María nos ayude a entender las Escrituras y los signos de los tiempos para seguir el camino del Adviento. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 10 de diciembre de 2021

«Penitencia y apertura»... Un pequeño pensamiento para hoy


Mucha gente de hoy, ciega por su autosuficiencia egoísta, sigue caminando por este mundo sin ton ni son, yendo de un lado para otro a toda prisa atropellando a los demás sin saber a dónde va. Vivimos en un mundo que en general va desenfrenado como un caballo salvaje y esto se manifiesta en muchas ocasiones. Estamos en Adviento, preparando en la Navidad la remembranza de la primera venida de nuestro Señor y pensando en su segunda venida, sin embargo, la gente va con apresuramiento a celebrar nada, porque para muchos, el gran ausente de estos días de Adviento y Navidad es Jesús quien en el Evangelio de hoy (Mt 11,16-19) amonesta al pueblo que no atiende a su llegada y se pierde entre las amarguras del mundo vacío, del mundo sin Dios. Jesús ve a la gente de su tiempo y a nosotros como niños que no saben lo que quieren; como gente que se deja llevar solamente por los propios caprichos, sin dar importancia a lo que en realidad vale para la vida eterna.

Sufrimos hoy en el mundo y en la Iglesia una de esas crisis de inmadurez que hace hablar y obrar en todo como niños; la ingenuidad infantil en unos, la rabieta en otros... y en todo y para todos la crítica, la acusación y el insulto. Cristo mismo, como el profeta Isaías en la primera lectura de la misa de hoy (Is 48,17-19), echa en cara a los de su generación que no tienen la suficiente madurez para creer y ser de verdad fieles: son como niños, les dice. Viene el Bautista con su austeridad y le acusan de extraño endemoniado; viene Cristo con su sencillez, se sienta a compartir la vida y la comida de los hombres, y le dicen que es un glotón y borracho cualquiera. Venga quien venga, haga lo que haga, diga lo que diga, donde no hay sensibilidad, ni honradez, ni capacidad de creer y amar, habrá siempre salidas infantiles y excusas para no creer. Por eso para muchos el Adviento y la Navidad pierden su sentido y se convierten en todo, menos en lo que debe ser y como digo, Jesús termina siendo el gran ausente.

Juan Bautista es un hombre de penitencia y se lo reprochan. Jesús es hombre de apertura, se lo reprochan también. ¡Cuán hábil es la humanidad para rehusar las llamadas de Dios! La sociedad encuentra siempre buenas razones para quedarse con la testarudez infantil. Hay que pedirle al Señor que en este Adviento nos sane de nuestras ligerezas, que no nos dejemos llevar del estilo del mundo que se queda solamente navegando en la superficie, entre fiestas a las que llaman «Posadas» y que tienen de todo menos el tinte de la fe. El Adviento debe ser un tiempo para tomar en serio lo que el Señor nos propone y estar bien preparados para recibirlo si llega de repente por segunda vez y estar bien preparados para celebrar la Navidad. Finalmente, Juan el Bautista y Jesús con María Santísima nos ayudan a seguir caminando. A Juan encargó Dios el invitar a la austeridad y a la penitencia... a Cristo encargó el Padre Misericordioso el aportarnos la alegría del Reino... El tiempo de Adviento y de Navidad comporta esos dos aspectos. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 9 de diciembre de 2021

«Tres Juanes»... Un pequeño pensamiento para hoy


Al ver las lecturas de la Misa de este día y al estar pidiendo luz al Espíritu Santo para ponerme a escribir, sacando de aquí y de allá, del corazón y de la mente, de la vida y del orar, me vino el pensar en tres Juanes. Juan el Bautista, que aparece como protagonista del Evangelio de hoy (Mt 11,11-15), Juan Diego, el santo mexicano a quien celebramos hoy y que es célebre, además de su vida santa porque a él se le apareció la santísima Virgen de Guadalupe y mi padrino monseñor Juan José Hinojosa Vela que hoy celebraba su cumpleaños. Al pensar en estos tres Juanes veo que nuestro ser y quehacer es siempre diverso y está marcado por la misión que Dios nos ha encomendado. Si el tiempo de Adviento es un tiempo de vigilancia y de esfuerzo, lo es también de amor, de un grande amor a Dios y a los hermanos conforme a la misión y la tarea que a cada uno nos ha dado.

Al pensar en estos tres Juanes recuerdo que este tiempo de Adviento nos da la posibilidad de pensar en la encomienda que Dios nos ha confiado y en que volverá un día para pedirnos cuentas de lo que nos ha dado para transformarlo en amor a Dios y a los hermanos. Bien dice otro Juan, San Juan de la Cruz: «Al atardecer de nuestras vidas seremos juzgados en el amor». ¡Cuánto amaron estos tres Juanes a Dios y a los hermanos! San Juan Bautista fue el precursor del Señor y con amor entrañable lo dejó todo, se fue al desierto a prepararse para anunciar luego la llegada del Amor de los amores. San Juan Diego vivió sumergido en el amor de Dios y con sencillez transmitió al obispo fray Juan de Zumárraga —otro Juan— el mensaje guadalupano con fidelidad. Por último, monseñor Juan José Hinojosa, un santo sacerdote —sin que con ello quiera adelantarme al juicio de la Iglesia— vivió en plenitud el amor a Dios y a los hermanos con una caridad sin límites amando a todos con sencillez y alegría, pues recuerdo en estas fechas su generosidad para con mucha gente necesitada que acudía a él en aquellos tiempos de seminario, cuando él era director espiritual.

Yo creo que el ejemplo de estos tres Juanes nos viene bien para seguir avanzando en nuestro camino del Adviento. Hablando de Juan el Bautista dice San Ambrosio que «la fuerza de Juan va delante de nosotros cuando nos disponemos a creer en Cristo» (San Ambrosio , a Lc 1, 17); y podemos añadir, cuando nos disponemos, llenos de fe, a celebrar en la liturgia la venida de Cristo la figura de san Juan Diego, que con sencillez y disponibilidad cumple la voluntad de Dios manifestada a través del encargo de su Madre santísima. Y cuando vemos figuras de sacerdotes entregados que dejan huella, como monseñor Juan José Hinojosa, nuestras almas se asemejan a la figura espiritual del Precursor y de san Juan Diego; se convierten en heraldos de Cristo y sentimos necesidad de anunciar lo que vemos, lo que el señor, a través de su Madre santísima, ha hecho en nosotros. Se desvanecen las sombras del pecado y de la gravedad del juicio surge la alegría de sentir a Dios cerca: «Dios viene visiblemente» (Sal 49, 3) en el ejemplo de nuestros hermanos. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

«La Inmaculada Concepción y San José»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy miércoles 8 de diciembre, como cada año, celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Ella, «la redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo» (Lumen gentium, 53), que fue preservada inmune «de toda la mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente» (Pío IX, Bula Ineffabilis Deus: DS, 2803), vuelve a recordarnos en estos momentos difíciles, por la pandemia que parece prolongarse y prolongarse, que en su corazón de Madre caben el dolor, el júbilo, las tristezas y las esperanzas que se van conjugando en el corazón de toda la humanidad. Fue el 8 de diciembre de 1854, cuando el Papa Pío IX estableció que la Virgen María gozó desde el instante de su concepción, de la plenitud del amor de Dios sin ninguna sombra ni mancha.

Hace un año, exactamente, en medio de la pandemia, cuando más necesitábamos de ternura y amparo, el Papa Francisco abrió un año dedicado San José. Lo hizo mediante la carta apostólica «Patris Corde» (Con corazón de Padre), en conmemoración del 150º aniversario de la declaración de San José como patrono de la Iglesia universal. Con esta carta el Papa asegura que con la convocatoria de este Año de San José, quiere «que todos los fieles sobre su ejemplo puedan fortalecer cotidianamente su vida de fe en cumplimiento pleno de la voluntad de Dios». Junto al gozo de la Inmaculada, pensamos también en la felicidad de José, que no está en la lógica del auto-sacrificio, sino en el don de sí mismo. Su silencio persistente no contempla quejas, sino gestos concretos de confianza. Las manos fuertes y paternas de san José, hombre creyente y confiado a los designios de Dios, marcan, dentro de su felicidad, el camino que debemos seguir para tener un corazón limpio, puro, recto y noble que lata al cuidado y protección de la Inmaculada Concepción de María. El Papa Francisco sobre el padre adoptivo de Jesús, entre otras cosas, nos dice que él nos deja en su mirada a un padre «obediente, valiente y sacrificado en la sombra». Sí, en la sombra, porque él sabe que junto a Jesús y María, no es el protagonista. Su vida fue, como diría san Pablo «una vida con Cristo, escondida en Dios» (Col 3,3) .

Así, este año la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María viene iluminada por la figura de san José, su esposo y tenemos que ver que el patrocinio de san José sigue siendo muy necesario, como protección ante las adversidades que no faltan y como aliento en su renovado empeño de evangelización en el mundo y de reevangelización en aquellos países y naciones, en los que la religión y la vida cristiana fueron florecientes y que están ahora sometidos a dura prueba. San José, junto a María Inmaculada, acompaña a la Iglesia para llevar el primer anuncio de Cristo y para volver a llevarlo allí donde está descuidado u olvidado. Esa profunda relación de san José con la Iglesia, nos anima también a mirar a la Inmaculada en esta fiesta, como Madre de la Iglesia. La singular vinculación de la Virgen María y de san José con la Iglesia, se convierte para nosotros, en esta fiesta de la Inmaculada, en confiada oración que renueve nuestro «sí» al Señor, como el de María, del que nos habla el Evangelio de hoy (Lc 1,26-38) y como el «sí» de san José. María Inmaculada, Madre de la Iglesia, y san José su patrono, seguro que presentan nuestras plegarias llenas de esperanza ante su Hijo. ¡Bendecido miércoles en la fiesta de la Inmaculada concepción de la santísima Virgen María!

Padre Alfredo.

martes, 7 de diciembre de 2021

«El amor del Buen Pastor»... Un pequeño pensamiento para hoy


A veces no me viene mucho que decir para la reflexión y hoy es uno de esos días. Así que seguro mi escrito de hoy será breve. Seguimos en el camino del Adviento y este martes continuamos de la mano del profeta Isaías, que hoy (Is 40.1-11) en palabras de nuestro Dios, se dirige al pueblo de Israel con palabras de consuelo y esperanza. El pueblo está desterrado de su tierra, exiliado en tierra extranjera se halla sujeto a las calamidades y desdichas a las que fue sometido. Pero es necesario que el pueblo entre por caminos de conversión. Una buena nueva se anuncia: «Aquí llega el Señor lleno de poder, el que con su brazo lo domina todo«» (Is 40,10). Él llega como un pastor que apacienta su rebaño y él se deberá la salvación.

La figura del buen pastor es siempre utilizada por los autores bíblicos para expresar el amor paternal y maternal de Dios, que conoce los afanes de los pastores por guiar su rebaño, sosteniendo en sus brazos el corderito enfermo o la oveja perdida. El profeta Isaías utiliza aquí esta imagen para anunciar la futura venida del Señor porque con ella se inaugura el tiempo de la nueva salvación. El Señor muestra esa predilección especial por el pobre, el desvalido, el humilde, que lo representa el profeta en la ovejita recién nacida y en su madre. 

Y esta bondad de Dios la expresa Jesús de Nazaret con unas palabras que nos sirven de consuelo en el Evangelio de hoy (Mt 18,12-14). El padre misericordioso, el buen pastor, se alegra más por el regreso de una oveja extraviada que por las noventa y nueve que permanecen junto a él. Que María santísima, que entendió tanto de la ternura de Dios, la Virgen del Silencio y la Esperanza, acompañe nuestro camino de Adviento en la gozosa espera del Señor que llega y que como el buen pastor, cuida de cada uno de nosotros. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 6 de diciembre de 2021

«¡Ánimo!»... Un pequeño pensamiento para hoy


«¡Ánimo!» Nos dice el profeta Isaías en la primera lectura de la Misa de hoy (Is 35,1-10). «Fortalezcan las manos cansadas, afiancen las rodillas vacilantes». Son palabras que alientan a ponerse en camino, que invitan a llenarse de fortaleza y valentía en este andar hacia el encuentro del Señor. Todo, en nuestra historia, lo va tejiendo el plan de salvación: «Ya está cerca nuestra salvación y la gloria del Señor habitará en la tierra», dice el hoy el salmista (salmo 84). Por eso, en nuestro camino del Adviento no caben penas ni aflicción. El Señor vendrá a curarnos a todos y nos traerá el gozo de la verdadera felicidad que no consiste en la alegría pasajera del mundo, sino en el gozo del interior del corazón que se sabe salvado y sanado por Dios. Obviamente hemos entender que el lenguaje con el que habla el profeta Isaías es un lenguaje espiritual que hace un camino. Y ese camino espiritual no es simplemente una buena intención, sino que, en cierto sentido, cada uno de nosotros es ese camino espiritual, porque cada uno de nosotros es tanto el camino a través del cual tiene que pasar Dios para llegar a los hombres, como también el camino a través del cual llegan los hombres a Dios. Todos los cristianos tenemos la misión de ser este Camino Santo. Es decir, debemos ser precursores, ir delante del Señor anunciando a los hombres que tienen una esperanza.

Tenemos la seguridad de que el señor, nuestro Dios, es el que salva, el que cura, el que perdona. Como en la escena del Evangelio de hoy (Lc 5,17-26) en el que Jesús vio la fe de aquellas personas, acogió con amabilidad al paralítico, le curó de su mal y le perdonó sus pecados, con escándalo de algunos de los presentes. En realidad vemos que le dio al paralítico más de lo que pedía: no sólo le curó de la parálisis, sino que le dio la salud interior. Lo que ofrece él es la liberación integral de la persona. Resulta así que lo que prometía Isaías se quedó corto. Jesús hizo realidad lo que parecía utopía, superó nuestros deseos y la gente exclamaba: «hoy hemos visto maravillas». Cristo es el que guía la nueva y continuada marcha del pueblo: el que dijo «Yo soy el camino, la verdad y la vida».

Pero cuántas rodillas vacilantes y manos temblorosas hay también hoy. Cuántas personas sienten miedo, o se encuentran desorientadas. El mensaje del Adviento es hoy, y lo será hasta el final de los tiempos, el mismo: «levanten la cabeza, ya viene la liberación», «cobren ánimos, no tengan miedo», «se te personan tus pecados», «levántate y anda». Cristo Jesús nos quiere curar a cada uno de nosotros, y ayudarnos a salir de nuestra situación, sea cual sea, para que pasemos a una existencia viva y animosa. A la luz de estos pasajes del día de hoy, podemos ver el valor tan grande que tiene la participación en la Eucaristía. Cada Misa es Adviento y Navidad, si somos capaces de buscar y pedir la salvación que sólo puede venir de Dios. Cada Eucaristía nos quiere curar de parálisis y miedos, y movernos a caminar con un sentido más esperanzado por la vida. Porque nos ofrece nada menos que al mismo Cristo Jesús, el Señor Resucitado que viene a salvarnos, hecho alimento de vida eterna. Con María sigamos caminando en este Adviento. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 5 de diciembre de 2021

«Palabras de esperanza»... Un pequeño pensamiento para hoy


Estamos, como lo he venido repitiendo, en el tiempo de Adviento, tiempo de conversión, tiempo de preparar los caminos y enderezar las sendas para que se acerque el advenimiento del Reino de Dios. Diversos profetas nos ayudan en las Misas de estos días a caminar reflexionando en torno —sobre todo en esta primera parte del Adviento— a la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo. Hoy, domingo II de Adviento, toca al profeta Baruc hablarnos en la primera lectura (Bar 5,1-9).. El libro de Baruc, que era secretario, confidente y amigo del profeta Jeremías, fue escrito por los años 200 y 100 a.C.; por lo tanto, es de lo último que se escribió del Antiguo Testamento. Al escribir el libro se sirve del pasado de la historia de Israel para alentar la esperanza del pueblo y dirigirla hacia el futuro. Él nos invita —en el pasaje de hoy— a ponernos en pie para estar listos a la llegada del Reino

La Palabra de Dios es siempre una palabra de esperanza, de una esperanza incondicional, ya que está basada en el amor de un Dios que está dispuesto a hacerlo todo por el pueblo que sufre. Pero es a la vez una palabra exigente para el pueblo. Baruc nos hace pensar en que basta de lamentaciones estériles porque ya es hora de poner manos a la obra. La liberación debe ser una realidad en el esfuerzo del pueblo impulsado por una esperanza en Dios. Entonces se puede caminar en la alegría hacia la patria deseada, símbolo de vida y plenitud. Este anuncio de salvación, de liberación, de plenitud de Baruc, resuena también hoy para nosotros. Porque todos nosotros —nuestra sociedad— vivimos desterrados, lejos de la tierra de la justicia, de la verdad, de la libertad, del amor. Nuestro destierro es real y lamentable: ¡ay de nosotros si no nos damos cuenta! Significaría que nos hemos acostumbrado al falso orden de la injusticia establecida, de la mentira y de la opresión, del egoísmo y de la violencia.

En el Evangelio de hoy (Lc 3,1-6) hemos recordado que fue en la historia humana, en un momento determinado de la historia: «en el año quince del emperador Tiberio...», en la que se manifestó con poder y fuerza —con el poder y la fuerza de la verdad y del amor— nuestro Dios que nos guía hacia la vida, hacia la libertad, hacia la tierra prometida. Nuestra esperanza no es vana, no es un sueño; se basa en una realidad hecha historia. El grito de Dios que llama al hombre a la esperanza, se hizo carne humana, en un lugar y en un momento concretos de nuestra historia. Para que a todos nos llegara con mayor fuerza y claridad su llamada a la esperanza. Y este Dios que se ha encarnado, volverá lleno de gloria y con los brazos abiertos a traernos la liberación. Sigamos nuestro camino de Adviento revisando cómo vivimos la llamada exigente de la Iglesia, en este tiempo litúrgico a vivir en la esperanza. Porque cuando él vuelva nos pedirá cuentas: ¿qué han hecho con mi esperanza? Y da pena pensar en la insignificancia que sacaremos de nuestro equipaje. Pensémoslo unos momentos de silencio, pidiendo la ayuda María Santísima y de san José en nuestro andar hacia la Navidad. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.