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martes, 14 de julio de 2020

El mensaje de la Cruz...* Un tema de retiro

El mensaje misionero de la evangelización consiste en «predicar a Cristo crucificado sin desvirtuar la cruz» (Cf. 1Cor 1,23, 1Cor 1,17). San Pablo no hizo otra cosa que anunciar al crucificado, con su misma vida de enviado o apóstol: «En adelante nadie me moleste, pues llevo sobre mi cuerpo las llagas de Jesús» (Gal 6,17). La fuerza para conseguir la conversión de los evangelizados provenía, él lo sabía perfectamente, de la debilidad de la cruz (Cf. 1Cor 1,24).

En el sermón del día de Pentecostés, Pedro nos dice que quien ha resucitado es el mismo que fue crucificado (Cf. Hech 2,32-26). La autorevelación de Dios Amor tiene lugar en la encarnación y en la redención, como proceso de «anonadamiento» y de «exaltación» (Flp 2,5-11. Desde entonces, la única imagen válida de Dios es la de Cristo crucificado por amor. Toda la historia humana con sus semillas del Verbo y con su preparación evangélica, y toda la revelación propiamente dicha apunta al Verbo encarnado, crucificado y resucitado.

La misión y la vida del apóstol sólo pueden leerse en clave de cruz. Sólo en la cruz se revela Dios Amor. Cristo ocupó el último puesto en el mundo —la cruz—, y precisamente con esta humildad radical nos ha redimido y nos ayuda constantemente (DCe 35). Se trata, entonces, de compartir su mismo estilo de vida para evangelizar el mundo. El misterio de encarnación y redención de Jesús es de anonadamiento como paso para llegar a la resurrección. Es el «despojamiento total de sí», que lleva a Cristo a vivir plenamente la condición humana y a obedecer hasta el final el designio del Padre. Se trata de un anonadamiento que, no obstante, está impregnado de amor y expresa el amor.

Después de la crucifixión de Jesús, Juan invita a «mirar» con ojos de fe el costado abierto del Señor, del que brota sangre y agua, como símbolo de la Iglesia y de sus sacramentos (Jn 19,33-37; Cf. DCe 7). A partir de esta mirada contemplativa y vivencial, el apóstol se afirma en la ciencia amorosa y fecunda de la cruz: “«nosotros predicamos un Cristo crucificado»; «no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1Cor 1,23;1Cor 2,2). La cruz es la nota característica del amor de Dios: ha querido experimentar la nada radical del ser humano ante el dolor y la muerte, para abrir el camino hacia las manos y el corazón del Padre. La pobreza evangélica de Cristo indica que, como Dios que es, se da a sí mismo del todo y a todos, por eso la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, para vivir el voto de pobreza hace referencia a la cruz: “El voto de pobreza es, ante todo, una contemplación de la pobreza de Jesús durante su Ministerio de Salvación y sobre todo en la cruz” (Estatutos M.C.I.U. # 58). 

El gozo pascual —que se recalca sobre todo en el tiempo de la Pascua pero que siempre se ha de vivir— se alcanza si se contempla desde la cruz, y esta aparece en la vida del apóstol cuando éste se decide a transformar el sufrimiento en donación. «El misionero es el hombre de las Bienaventuranzas... Viviendo las Bienaventuranzas, el misionero experimenta y demuestra concretamente que el Reino de Dios ya ha venido y que él lo ha acogido. La característica de toda vida misionera auténtica es la alegría interior, que viene de la fe. En un mundo angustiado y oprimido por tantos problemas, que tiende al pesimismo, el anunciador de la "Buena Nueva" ha de ser un hombre que ha encontrado en Cristo la verdadera esperanza» (RMi 91). La cruz del misterio pascual ilumina y transforma la historia. Por esto, el apóstol está convencido de que «el que no busca la cruz de Cristo, no busca la gloria de Cristo» (San Juan de la Cruz, “Avisos”, n. 101).

La vida del apóstol está enteramente relacionada con la cruz. Sólo el que sabe sufrir con Cristo puede cargar la cruz, porque se agradece el compartir la misma suerte de Cristo. «Estoy crucificado con Cristo» (Gal 2,19). «Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,23- 24). La cruz es la compañera inseparable, la dulce compañera que, cuando se sabe aceptar y amar, llena de dicha todos los instantes de la vida. Cuando el papa Benedicto XVI escribió su primera encíclica quiso llevar a la humanidad entera a Jesús crucificado y dice: «Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: "Dios es amor" (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar» (DCe 12.).

La situación de cruz, y por consiguiente de dolor, no se ciñe solamente a las circunstancias de enfermedad y de muerte. Hay dolores más profundos que esos: desilusiones, incomprensiones, problemas, humillación, marginación, soledad, abandono, separación de seres queridos, fracasos, persecución, injusticia, ingratitud... no deben cuestionar ni poner en duda nuestra gratitud hacia Dios. Vamos tras un Jesús crucificado y vamos con la propia cruz por este mundo siguiendo al crucificado. El Señor nos convida a cargar la cruz a sabiendas de que una vida consagrada sin problemas no sería una vida cristiana, porque sería una vida sin cruz. A veces, se deja sentir un aparente silencio y ausencia de Dios, pero es más que esto, es la voz del Padre que invita a hacer de la vida la misma oblación amorosa de su Hijo Jesús. La vida es hermosa porque, aún en el dolor, si se transforma en donación, podemos correr la misma suerte de Cristo. El dolor se convierte en encuentro «esponsal», hay que recordar como Madre Inés habla de un desposorio de Sangre ("¿Podéis beber el cáliz (la copa de alianza o de bodas) que yo he de beber?" Mc 10,38). Cristo mismo calificó a su pasión como «copa de alianza» (o de bodas) preparada por el Padre (Jn 18,11; Lc 22,20). El discípulo–misionero, que se habitúa al encuentro con Cristo en el evangelio, en su eucaristía y en los que sufren, aprende fácilmente que el camino del dolor es camino de Pascua, camino de bodas. La invitación de Jesús sigue aconteciendo: «bebed todos de este cáliz» (Mt 26,27; cf. Mc 10,38. E. CANONICI, “Dolore che salva”, Ediz. Porziuncola 1992; C. CARRETTO, “Perché Signore?, Il dolore...”, Brescia, Morcelliana 1985; J. GALOT, “Pourquois la souffrance?”, Louvain, Sintal 1984; G. GUTIERREZ, “Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente“, Salamanca, Sígueme 1986; I. LARRAÑAGA, “Del sufrimiento a la paz”, Madrid, Paulinas 1985).

Por eso a Cristo se le conoce amando (Jn 14,21). Su amor llega hasta «dar la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Para él, «dar la vida» es el misterio de Belén (pobreza), Nazaret (humildad) y Calvario (sufrimiento). Es siempre el misterio de vivir, sufrir y morir amando. La cruz es una vida donada que, ordinariamente comporta el sufrimiento.

Cuando llegue la Pascua, y contemplemos el cuerpo resucitado del Maestro, conservará las llagas de su pasión. Por esto, al aparecer a sus discípulos, «les mostró las manos y el costado, las manos y los pies» (Jn 20,20 Lc 24,40). Aquellas «apariciones» siguen aconteciendo, de otro modo más profundo, por medio de los signos y huellas que él ha dejado en su Iglesia y en la vida de cada ser humano. Los sacramentos son los signos eficaces de esta manifestación de Jesús. El misterio pascual, actualizado y celebrado en los sacramentos, se concreta en el misterio de la cruz, como «humillación» y como «exaltación» de Cristo que nos amó hasta el extremo (Fil 2,5-11; Jn 12,32).

El amor entre Dios y el hombre inicia en el mismo Dios. Es él quien lo lleva a perfección. La cruz de Jesús indica ese momento como el más epifánico y fecundo de su amor. Ante esta epifanía —manifestación— de Dios amor, el hombre se queda siempre corto. Por esto, la fecundidad espiritual y apostólica se dará en la medida en que el apóstol participe en la epifanía de la cruz (AA.VV., “La sapienza della croce oggi”, Torino, LDC 1976; AA.VV., “Sabiduría de la cruz”, Madrid, Narcea 1980; H.U. VON BALTHASAR, “La gloire et la croix”, Aubier 1965; V. BATAGLIA, “Croce, Trinità, creazione”, “Antonianum” 64 (1989) 246-307; J. ESQUERDA BIFET, “La fuerza de la debilidad. Espiritualidad de la cruz”, Madrid, BAC 1983; J. MOLTMANN, “El Dios crucificado”, Salamanca, Sígueme 1975; P. REGAMEY, “La cruz del cristiano”, Madrid, Rialp 1961; L. RUANO, “El misterio de la cruz”, Madrid, BAC 1994). La conciencia de que, en Él, Dios mismo se ha entregado por nosotros hasta la muerte, tiene que llevarnos a vivir no ya para nosotros mismos, sino para Él y, con Él, para los demás (DCe 33).

En la acción misionera, la cruz es señal de garantía. No ha existido nunca un verdadero apóstol que no haya sido crucificado con Cristo. El fracaso momentáneo o aparente, los malentendidos y la misma persecución de los buenos, están dentro de la lógica evangélica: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24) Por esto, «la cruz fecunda cuanto toca» (Beata Concepción Cabrera de Armida).

La cruz es el momento privilegiado para hacer explotar las virtualidades escondidas de la misión. Esta es como el granito de trigo que debe caer en la tierra y morir para dar fruto abundante. El proceso de este despertar de las virtualidades de la misión es lento y doloroso. Dios hace experimentar la propia nada, como de «pincelito roto», según la expresión de Santa Teresita del Niño Jesús. La fuerza divina actúa en la medida en que uno sea «Instrumento vivo de Cristo» (PO 12), hasta dar la vida. Este proceso doloroso transforma el aparente silencio y ausencia de Dios en epifanía y cercanía suya. Por eso San Juan de la Cruz escribe: «Conviene que no nos falte cruz, como a nuestro Amado, hasta la muerte de amor» (San Juan de la Cruz, “Carta 11”).

El martirio nunca estará de moda, porque participa del misterio pascual de Jesús muerto y resucitado. El martirio cristiano no se puede entender si no es en la perspectiva de la cruz. Los mártires ordinariamente no son noticia para el mundo porque participan de la fragilidad de la cruz. San Juan Pablo II nos dejó escrito: «Al término del segundo milenio, la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires... Es un testimonio que no hay que olvidar... En nuestro siglo han vuelto los mártires, con frecuencia desconocidos, casi "milites ignoti" de la gran causa de Dios» (TMA 37). 

Estamos en un mundo de mártires, aún en nuestros días no es nada extraño que en alguno de los países africanos, de Asia o de América, algun misionero muera martirizado. El único sostén del «testigo» de Cristo es el amor al mismo Cristo crucificado: «La caridad, según las exigencias del radicalismo evangélico, puede llevar al creyente al testimonio supremo del martirio» (VS 90. Por esto, como dice este mismo documento en el número 93: «el martirio es un signo preclaro de la santidad de la Iglesia: la fidelidad a la ley santa de Dios, atestiguada con la muerte es anuncio solemne y compromiso misionero "usque ad sanguinem" para que el esplendor de la verdad moral no sea ofuscado en las costumbres y en la mentalidad de las personas y de la sociedad... Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios»). El «mártir», testigo de Cristo, demuestra con claridad que la cruz del misterio pascual es fuente de gozo en la entrega total. 

El misterio pascual de Cristo es la máxima expresión de su amor: «nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Así «Cristo ha amado a la Iglesia y se ha ofrecido en sacrificio por ella» (Cf. Ef 5,25). «Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena. Ya en aquella hora, Él anticipa su muerte y resurrección, dándose a sí mismo a sus discípulos en el pan y en el vino, su cuerpo y su sangre como nuevo maná —cf. Jn 6, 31-33—» (DCe 13). El martirio participa en este amor oblativo de Cristo por su Iglesia y por toda la humanidad. El mártir cristiano, al morir por la verdad que es Cristo, da la vida por todos como Cristo: amando y perdonando. Así, la Eucaristía, donde se hace presente el misterio pascual, sigue siendo la fuente generadora de misioneros, vírgenes y mártires, «pan partido» para todos.

Por el hecho de haber encontrado a Cristo en el propio camino de sufrimiento, el apóstol intuye los dolores más profundos de la humanidad, especialmente en su búsqueda de Dios. Es interesante notar cómo las grandes figuras misioneras han sabido compartir los sufrimientos de los hermanos, a partir de una experiencia peculiar de la cruz. A imitación de Cristo, que comparte nuestro dolor sin dar explicación teórica, el apóstol se contagia. La cercanía al hermano que sufre es más inmanente y «encarnada», precisamente por partir de la trascendencia de la cruz. Cada día se aprende que Cristo reina desde el «anonadamiento» de la cruz, porque, en su «grito» al Padre, ha asumido esponsalmente todos los sufrimientos de la humanidad (cf. Fil 2,7). Por eso los santos, como es el caso de san Juan de Avila, entre otros, inspiraban su celo apostólico en esta misma unión con Cristo crucificado: «¡Oh cruz, hazme lugar, y recibe mi cuerpo y deja el de mi Señor! ¡Ensánchate, corona, para que pueda yo ahí poner mi cabeza! ¡Dejad, clavos, esas manos inocentes, y atravesad mi corazón, y llagadlo de compasión y amor!... ¿qué has hecho, Amor dulcísimo? ¿Qué has querido hacer en mi corazón? Vine aquí para curarme, ¡y me has herido! vine para que me enseñases a vivir, ¡y me haces loco! ¡Oh sapientísima locura, no me vea yo jamás sin ti» (San Juan de Ávila, “Tratado del amor de Dios”).

Los patronos secundarios de la Familia Inesiana, san Francisco Javier y santa Teresita del Niño Jesús, quedaron marcados claramente por la cruz; sus testimonios los conocemos muy bien. San Francisco Javier escribía en una carta: «Los que gustan de la cruz de Cristo nuestro Señor descansan viniendo en estos trabajos, y mueren cuando de ellos huyen o se hallan fuera de ellos» (San Francisco Javier, “Carta del 28 septiembre 1542”) y santa Teresita entre sus últimas palabras decía: «La muerte de amor que deseo es la de Jesús en la cruz» (De sus últimas palabras). Bien dice la Redemptoris Missio: «La misión recorre este mismo camino —de anonadamiento de Cristo— y tiene su punto de llegada a los pies de la cruz» (RMi 88).

Entre otros más podemos citar a Edith Stein que decía: «Yo estoy contenta con todo. Una ciencia de la cruz sólo puede lograrse cuando uno llega a experimentar del todo la cruz» (Edith Stein Werke, IX, 167. “La ciencia de la cruz”, Burgos, Edit. Monte Carmelo 1986. Ver: F. OCHAYTA, “Edith Stein nuestra hermana”, Sigüenza 1991; F.X. SANCHO, “La ciencia de la cruz de Edith Stein”, “Teresianum” 44 (1993) 323-352). La beata Concepción Cabrera de Armida (1862-1937) orienta toda su vida a la luz de la llamada de Cristo crucificado para salvar almas, como lo expresa también la beata María Inés Teresa. Su vocación, dice, es la de ser «cruz viva» por un «amor amasado en el dolor». Se trata de «traspasar» el dolor con la mirada fija en la mirada de Cristo crucificado. De ahí, como en el caso de la beata María Inés Teresa, nace su celo de almas y hacia ahí se orienta: «si quieres salvar almas, transfórmate en la cruz» (Cuenta de Conciencia 4/197-199). La fecundidad apostólica nace de la cruz: «la cruz fecunda cuanto toca... Ese amor amasado con el dolor es el amor salvador... La cruz es el pulso del amor, y para saber sufrir, saber amar» (Cadena de Amor, 14,15. Ver especialmente la Cuenta de Conciencia). También de nuestros tiempos es san Alberto Hurtado que escribe: «Debemos volver... al Salvador pobre, doliente y crucificado para ser como Él y por Él, pobres, sencillos, dolientes y si fuera necesario, muertos por Él» (Citado en “Es tiempo de amar. Padre Alberto Hurtado”, Compendio de la vida y obra del P. Alberto Hurtado Cruchaga, preparado por motivo de su canonización. Ed. Desafío, Santiago de Chile, Septiembre 2005, p. 40).

La beata María Inés Teresa Arias vivió dedicada totalmente al celo misionero sin fronteras. El misterio de la cruz la llevó a descubrir el «precio de las almas». Ella quería a sus misioneros y misioneras convertidos en «una hermosa escultura de Jesús crucificado». El Señor «nos hace amar su cruz y las almas». Quería ser mártir e hizo voto de vivir como «Víctima de Holocausto de amor»: «Me he ofrecido víctima a tu amor. Que sea una verdadera víctima, dulce y afable, que te encante y te deleite. Que ya para mi próxima profesión Perpetua quiero ser una verdadera esposa fiel, viviendo vida oculta en mi corazón Contigo y en la Cruz; bien se Dios mío, que no bastan mis propósitos por sinceros y fuertes que sean, si tu gracia no los fecundiza y para que ésta no me falte, que mi oración sea sin interrupción» (Ejercicios Espirituales de 1933. Se ve que santa Teresita la contagió del celo por las almas y de la valentía espiritual que se apoya en la fuerza de Dios. “El martirio —decía Santa Teresita—: he aquí el sueño de mi juventud").

La presencia de María suaviza la cruz, porque ella jamás murmuró, ni se mostró indecisa y perpleja ante la voluntad de Dios, ante la cruz de cada día. La Virgen del «hágase» estuvo siempre dispuesta a cumplir con la voluntad de Dios, aunque las indicaciones no fueran muy claras ni precisas. Admirable tipo de fortaleza espiritual que sólo puede venir del Espíritu Santo para iluminar el corazón de la que permaneció al pie de la cruz.

A la hora de los milagros del Hijo, la Madre se oculta, no aparece, pero al pie de la Cruz allí está, en la respuesta más heroica de su corazón maternal, en la ofrenda total. Manifestación suprema del Espíritu de fortaleza. María enseñó a los primeros apóstoles y, sigue enseñando hasta nuestros días a los misioneros de hoy, a seguir a Cristo (Jn,2,12), a perseverar al pie de la Cruz en los momentos de prueba y de dolor (Jn 19,25-27), y a renovarse con las nuevas gracias del Espíritu Santo (Hch 1,14ss). María, la Virgen, la Madre, nos enseña qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva (DCe 42). 

Hay que decir con María un fiat pleno de fe y amor, en el que sin duda esperamos una cruz, pero será siempre una cruz santificadora, salvadora, para muchas almas, infinitas almas. Es la maternidad espiritual del apostolado: «quiere que ames la cruz y que, con tus dolores, cualesquiera que ellos sean, le compres innumerables almas. La maternidad, aun la espiritual, se compra a base de sacrificios». (Ver especialmente: “La lira del corazón de la Misionera Clarisa”). 

Padre Alfredo.

*Basado en una conferencia que di en Mange Bureh, Sierra Leona, Africa.

viernes, 28 de diciembre de 2018

«Los santos Inocentes»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hay gente que quisiera que algunos pasajes del Evangelio fueran como una especie de crónica destinada a informar acontecimientos y, si son espectaculares, mejor. Algo así sucede con lo referente a la celebración que dentro de la Navidad el día de hoy se conoce como «La fiesta de los santos Inocentes». La realidad es que, cuando las páginas del Nuevo Testamento se escribieron, Cristo ya había muerto y resucitado y la comunidad cristiana había repensado el Antiguo Testamento en clave cristiana a la luz de las enseñanzas del Señor, comprendiendo que Cristo había realizado lo que antes había sido anunciado por Dios. Por lo menos desde el sigo VI, la Iglesia celebra esta fiesta, venerando, en el tiempo de Navidad, a los santos Inocentes. El evangelista, para presentar a Cristo desde sus primeros días en relación con su misión de «Salvador», echa mano de los llamados «midrash» — (​ en hebreo, מדרש‎ (explicación), término hebreo que designa un método de exégesis de un texto bíblico, dirigido al estudio o investigación)— que le proporcionaba la comunidad acerca de Cristo en relación al Antiguo Testamento. Por eso, en nuestra liturgia no faltan nunca los salmos, parte de este Antiguo Testamento iba dirigiendo la mirada de la primitiva comunidad cristiana al encuentro con Cristo como el Mesías. 

El salmo 123 (124 en la Biblia), nos ofrece hoy, en el contexto de esta fiesta, un salmo de devoción al rey de reyes por cada una de sus intervenciones en la vida del salmista, que reconoce haberse visto beneficiado de su fidelidad y confianza en su salvador al ser librado de cada una de las circunstancias que se le presentaban para lograr establecer una realidad que sorprendería a cada uno de sus enemigos, porque ellos siempre están esperando intimidar a los escogidos de Dios. El autor del salmo asgura que, cuando la confianza del creyente no se encuentra en el hombre, sino en la intervención divina, siempre se le dará una bofetada —muchas veces con guante blanco— al enemigo, no solamente para dejarlo avergonzado, sino para demostrarle que solamente el Padre celestial tiene control supremo de todas las cosas. Yahvé no dejará que los enemigos de sus elegidos descarguen su furor ni que las aguas les lleguen hasta el cuello para demostrar su poder en medio de circunstancias que parecen imposibles de sortear para los hijos de Dios, en las que solo el rey de reyes les puede librar. Así, de esta forma, el relato de los santos Inocentes toma un sentido impresionante. Hay gente que se queda viendo el relato de los santos Inocentes ( Mt 2,13-18), solamente —como ya he dicho— como una crónica amarillista y piensa en miles de niños descabezados. La realidad es que... ¿cuántos niños pudiera haber en poblados tan pequeñitos como aquellos de aquel entonces formados por unas cuantas familias? Así, no es el hecho de la multitud de muertos sino el significado de lo que esto representa para nosotros como discípulos–misioneros de Cristo. San José nos ofrece, en este relato, un testimonio bien claro de respuesta decidida ante la llamada de Dios. En él nos sentimos identificados cuando hemos de tomar decisiones en los momentos difíciles de nuestra vida y desde nuestra fe: «Se levantó, tomó de noche al Niño y a su Madre, y se retiró a Egipto» (Mt 2,14). 

Santa Teresa Benedicta de la Cruz —mejor conocida entre nosotros por su nombre de pila: Edith Stein— quien murió mártir, víctima de los nazis en Aushwitz, escribe sobre este acontecimiento de los santos Inocentes: «No muy lejos del primer mártir [Esteban] se encuentran las “flores martyrum”, las tiernas flores que fueron arrancadas antes que pudieran ofrecerse como víctimas. La piedad popular ha creído siempre que la gracia se adelantó al proceso natural y concedió a los niños inocentes la comprensión de lo que sucedería con ellos para hacerles capaces de entregarse libremente y asegurarse así el premio de los mártires. Sin embargo, ni aún así pueden equipararse al confesor consciente que con heroísmo se compromete en la causa de Cristo. Ellos se asemejan más bien a los corderos que, en su indefensa inocencia, “son llevados al matadero” (Is 53,7; Hch 8,32). De este modo son la imagen de la pobreza más extrema. No poseen más riqueza que su vida. Y ésta también se les quita, sin que ellos opongan resistencia. Ellos rodean el pesebre para indicarnos cuál es la mirra que hemos de ofrecer al Niño Dios: quien quiera pertenecerle totalmente, tiene que entregarse a Él sin reservas y abandonarse a la voluntad divina como esos niños». Este es el sentido que debemos comprender en el relato. La celebración de hoy debe hacernos a nosotros también tomar al Niño con su madre, a este Dios que se nos hace cercano, compañero de camino, reforzando nuestra fe, esperanza y caridad. Y que nos hace salir de noche hacia Egipto, invitándonos a no tener miedo ante nuestra propia vida, que con frecuencia se llena de noches difíciles de iluminar. ¡Bendecido día de los santos Inocentes y este es el último «pequeño pensamiento» largo que envío, en adelante serán solo de 10 renglones! 

P. Alfredo. 

P.D. ¡Inocentes para siempre!... (aquí deben reír). «Un pequeño pensamiento para hoy» seguirá siendo más o menos del mismo tamaño, a veces más largo a veces un poquitito más corto. Mi capacidad de síntesis no es tan buena, como se han dado cuenta y choca con la capacidad de análisis de la realidad. Aprovecho para decirles que aparece en Facebook (Alfredo Delgado Rangel) y en Twitter (@alfredodelgador).

miércoles, 26 de diciembre de 2018

«Como un Dios escondido»... Un pequeño pensamiento para hoy

En el camino de la fe, desde su inicio hasta las cumbres de la mística, Dios se percibe como un Dios escondido, a quien no podemos poseer pero en quien podemos esperar y confiar. Los salmistas del Antiguo Testamento, tenían pleno conocimiento de esto: «En tus manos encomiendo mi espíritu y tú, mi Dios leal me librarás» apunta hoy el salmo 30 (31 en la Biblia). Dios se revela a través de su misericordia y la palabra lo manifiesta de una forma muy especial en el silencio que lo oculta. Dios se revela necesariamente ocultándose, como se oculta tras la apariencia de un pequeño Niño–Dios recostado en un pesebre. La presencia de Dios puede ser percibida y acogida como ausencia. Por eso experimentar a Dios como ausente es una forma de relacionarse con él. Sentirlo como «carencia», como «vacío», es ya entrar en relación con él. No necesitamos una voz divina que nos ensordezca, sino afinar la sensibilidad espiritual para percibir la misericordia de Dios donde parece no estar y escucharlo en el silencio, como lo escuchó Esteban en su martirio. Ayer fuimos testigos, en la silenciosa aurora de un nuevo día, el nacimiento del Salvador, Cristo, el Mesías esperados desde hacía siglos. Hoy vamos a presenciar el nacimiento del martirio cristiano. 

Celebramos el martirio de Esteban porque este Niño que nace es aquel que, por fidelidad al camino de Dios, llegará hasta la cruz; y como él, sus seguidores serán llamados a ser testigos —«mártires»— de la Buena Nueva con la totalidad del testimonio de su vida como discípulos–misioneros de Cristo. Este martirio, no obstante lo cruento, lo celebramos como una fiesta gozosa. Es que, desde la perspectiva de la Navidad, la muerte de Esteban es su nuevo nacimiento, es la participación de la Pascua de Jesús. Recordamos hoy quién fue Esteban y por qué lo lapidaron: él es el hombre abierto que comprende que la Buena Noticia de la fe cristiana significa apertura a todo el mundo, rompiendo el círculo de normas y leyes del judaísmo. Y eso, los fundamentalistas de su tiempo no se lo podían tolerar. Y Esteban destaca porque personalmente creía y vivía totalmente el mensaje de Jesús: él, como Jesús, hace aquello tan difícil de amar a los enemigos con la fuerza de la oración, porque la oración nos hace pedir lo que nosotros no sabríamos pedir sin que Cristo se hubiera encarnado y nacido entre nosotros. «Esteban lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios» (Hch 6,8-10, 7,54-60). ¡Qué hermoso día para pedir en la oración esa «mirada interior» que nos ayude a ver lo invisible!: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Esta es la novedad del Evangelio, capaz de suscitar una pregunta, pues hace al hombre capaz de orar y amar a quien le destruye. 

Jesús había anunciado las dificultades de la misión que confiaba a sus discípulos. Todo aquel que proclama el Reino de Dios debe estar dispuesto a afrontar la oposición, la contestación. Jesús decía a sus discípulos: «No se fíen de estos hombres. Pues los delatarán a los tribunales y los azotarán... y por mi causa serán conducidos ante los gobernadores y los reyes...» Cuando Sam Mateo escribe esto, que escuchamos hoy en el Evangelio, la persecución era el lote cotidiano de los cristianos, en la Iglesia primitiva. ¡Qué misterios de Dios! ¿Por qué el mundo rehúsa constantemente a Dios? ¿Por qué el mundo rehúsa a los que hablan de Dios y de su misericordia? ¿Por qué los hombres persiguen a los que no desean otra cosa sino comunicarles una buena noticia con el anuncio el Evangelio? El discípulo–misionero de Jesús sólo tiene por tarea hacer el bien y decir cosas buenas. Y sin embargo, suscita la oposición. El caso es que Dios aparece siempre, desde el exterior, como un intruso, alguien para quien en la mayoría de los corazones no hay posada. Aparece como alguien que viene para ocupar todo el espacio, como un inoportuno a pesar que solo está recostado en un olvidado pesebre. El egoísmo del hombre, su deseo de independencia son la causa del rechazo. Se rechaza al amor. Es el rechazo a dejarse tomar por Dios. Rechazo a someterse a Dios. Cuando Dios verdaderamente «reina», como en el corazón inmaculado de María su Madre, que no se lo deja sólo para sí, sino que lo recuesta en el pesebre para que sea de todos, se acaban entonces las pretensiones orgullosas del hombre. No es la ocasión de desarrollar este tema de tono pascual. Simplemente, en silencio, contemplemos el valor del martirio, del testimonio que queremos acerca de este Jesucristo que ahora nos mira simplemente desde el pesebre con sus ojitos bien abiertos... ¡Bendecido miércoles y yo muy de mañana en la inolvidable Sala B del caótico aeropuerto de CDMX esperando mi vuelo a Monterrey! 

Padre Alfredo.