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viernes, 21 de junio de 2019

«Pon tu confianza en el Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy inicio mi reflexión yéndome a la última estrofa del salmo responsorial (Sal 33 [34]) que la liturgia nos propone para este día y que dice: «Confía en el Señor y saltarás de gusto, jamás te sentirás decepcionado, porque el Señor escucha el clamor de los pobres y los libra de todas sus angustias». Una vez, visitando una parroquia en Roma, el Papa Francisco decía a los feligreses: «Está bien tener esta confianza humana entre nosotros. Pero nos olvidamos de la confianza en el Señor: ésta es la clave del éxito en la vida. ¡La confianza en el Señor, encomendémonos al Señor!» (Visita a la parroquia romana del Sagrado Corazón de Jesús el 19 de enero de 2014). Pero ese es el gran drama de nuestro tiempo: el hombre no tiene confianza en Dios, y entonces, en vez de abandonarse en las manos de su Padre del Cielo, busca por todos los medios arreglárselas con sus propias fuerzas, haciéndose así terriblemente desgraciado. Y esta es la gran victoria del padre de la mentira de nuestro gran acusador: «¡Conseguir poner en el corazón de un hijo de Dios la desconfianza hacia su Padre!». 

De acuerdo a la definición del diccionario, la confianza es la «Esperanza firme que una persona tiene en que algo suceda, sea o funcione de una forma determinada, o en que otra persona actúe como ella desea. Es la seguridad, especialmente al emprender una acción difícil o comprometida». En la Biblia, además de esa definición, la palabra confianza alude a otras características. Significa tener la certeza de que la presencia del Señor es efectiva en nuestros corazones ante cualquier circunstancia. Es poseer la convicción de que podremos descansar en Él, todas nuestras cargas y salir victoriosos de esos obstáculos que se nos presentan. Y es la paz ganada, de creer que incluso en los momentos mas apremiantes de la vida, contamos con el poder del Señor, que todo lo puede y todo lo alcanza. Dice la beata María Inés Teresa —cuya fiesta, por cierto, celebramos mañana 22 de junio—: «Confianza y siempre confianza. ¿Qué podemos sin Él? (Carta colectiva de enero de 1969, desde Cuernavaca)... «Tendré hacia Él los mismos sentimientos de inmensa confianza que tuvieron todos aquellos sencillos de corazón que tuvieron la dicha de contemplarlo en su vida mortal» (A mis queridas compañeras de la Acción Católica). La confianza genuina en el Señor, se expresa, entonces, en una fe fortalecida, que nos deja sobretodo una paz y calma inigualables para afrontar cada uno de los retos que implica el complejo trayecto de la vida. Dios cuida de sus criaturas, especialmente del hombre, creado a imagen y semejanza de Él, por eso confiamos en él. Lo dice claramente el Señor en el Evangelio de hoy: «acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el moho los destruyen, ni hay ladrones que perforen las paredes y se los roben; porque donde está tu tesoro, ahí también está tu corazón». 

En la salud y en la enfermedad, en la soledad y en la familia, en el trabajo y en la acción social, en la escuela y entre el grupo de amigos, todos seremos afortunados si la luz de los ojos de nuestro cuerpo, de la mente, del corazón, de la fe, de la gracia, de la solidaridad, van de la mano de la confianza en el Señor, que es el faro que se proyecta sobre nuestro horizonte existencial. En todas las obras de arte e íconos pintados acerca de la Virgen María; en todas las iglesias, estatuas y santuarios dedicados a ella; en todos los libros, himnos y poemas escritos acerca de ella, hay siempre algo que sobresale: su mirada. Y la razón es sencilla: Ella siempre confió en Dios y, como los ojos «son la luz de tu cuerpo» —como dice hoy san Mateo—, ella siempre mira con ojos de confianza siguiendo la voluntad de Dios antes que la propia. Miremos a María y pidamos, en este día, crecer en la confianza en el Señor. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

lunes, 4 de febrero de 2019

«Confianza»... Un pequeño pensamiento para hoy


El salmo responsorial que la liturgia de hoy nos presenta es el 30/31, en los versículos del 19 al 23. Este es un salmo que en esta sección contiene un cántico de acción de gracias y alabanza. Tal vez —afirman los estudiosos— es un salmo que se utilizaba en el Templo en actos de adoración, en los cuales las personas se allegaban a Dios para implorar su apoyo y fortaleza en momentos difíciles como de enfermedad o persecución y luego alabarle al sentir que eran escuchados y liberados. Es, en sí, pudiéramos decir: una declaración intensa de confianza en la cual el salmista se presenta ante Dios con un gran sentido de seguridad, pues actúa como si ya el Señor le hubiese concedido los beneficios que solicita ante la crisis y la angustia que le aflige. Este sentido de confianza es imprescindible para entender el salmo. Las personas de fe, como el autor de este bello escrito, son los que confían en la presencia salvadora y oportuna de Dios que siempre nos escucha y nunca nos abandona.

La fe, que es algo sobrenatural, se vive dentro de la experiencia humana y se caracteriza por el don que uno hace de sí mismo para el futuro, el riesgo que uno corre de abandonar su seguridad y darse de lleno a la novedad seguro de ser escuchado y acompañado por el Señor. La primera lectura de hoy habla también de la fe. La Carta a los Hebreos (Hb 11,32-40) nos narra cómo los hebreos habían carecido de fe mientras echaban de menos los alimentos de Egipto, en vez de confiar en el futuro en momentos en que, a decir verdad, solo podían esperar la muerte. Abraham, por el contrario, tuvo fe, pues abandonó su patria convencido de que al final de su recorrido le aguardaba un reino mejor que el que había dejado. El escritor sagrado nos hace ver que los primeros cristianos han podido carecer de fe mientras recordaban con nostalgia Jerusalén y trataban de volver al judaísmo en lugar de confiar plenamente en el nuevo movimiento iniciado por Jesucristo. Cristo, sin embargo, había elevado la fe a la perfección con su muerte, convencido de que merecía la pena correr este riesgo para dar comienzo a una vida nueva.

En una época de constantes cambios, como la que nos ha tocado vivir, la fe no puede quedarse estancada en una simple adhesión a cierto número de verdades; debe consistir, más bien, en la entrega de sí mismo ante el futuro con la plena confianza en el Señor que todo lo puede, como nos muestra hoy el evangelista en el complicado caso al que se enfrenta Jesús ante el hombre endemoniado (Mc 5,1-20). Ante todo esto, surgen dos preguntas: ¿Estoy convencido de que la fe es algo más que un simple asentimiento intelectual a unas verdades? ¿A qué actos concretos me lleva mi vida de fe? La actitud del salmista y los ejemplos que nos presenta la Carta a los Hebreos, son actos extremadamente humanos que proceden ciertamente de Dios pero que han sido asumidos por gente de carne y hueso en unas situaciones precisas, como las que vivimos nosotros cada día. Tendremos que rezar en verdad el salmo de hoy para arriesgarnos más: «Bendito sea el Señor, que en mis horas de angustia ha prodigado las pruebas de su amor», y esperar confiadamente, como María y como los santos, el premio de Dios que no faltará: «Que amen al Señor todos sus fieles, pues protege a los leales». ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

lunes, 9 de abril de 2018

«La llena de gracia»... Un pequeño pensamiento para hoy


Ayer Domingo de la Misericordia saludé al Santo Padre, el Papa Francisco, al término de la Misa y los tuve presentes a todos... Con su sencillez característica se alegró de mi tarea como Misionero de la Misericordia en México y en especial en la Basílica de Guadalupe... ¿Y confiesas mucho?, me preguntó. ¡Claro que sí Santo Padre!, ¡claro que sí! Le respondí con emoción mientras me estrechaba la mano con un gesto muy paternal... Pero realmente, qué difícil resulta hoy para mucha gente confesarse y qué difícil es para muchos buscar y mantener una vida de unión con Dios anhelando crecer en santidad. Precisamente hoy, a medio día, el Papa nos entregará una nueva exhortación apostólica que lleva el nombre de «Gaudete et exultate» y que toca el tema de la santidad de vida. Para nuestros antepasados era algo normal encomendarse al empezar el día santiguándose (Hacerse la señal de la cruz), signándose (Hacerse la señal de la cruz en la frente, en la boca y en el pecho) o persignándose (Signarse primero y luego santiguarse). La gente oraba a mediodía y al anochecer implorando la gracia y bendición del Señor. En la mayoría de las casas se bendecían los alimentos a veces con oraciones muy simples pero llenas de gratitud por los alimentos recibidos; la gente se confesaba con frecuencia y hablar de santidad era algo común. La búsqueda de la santidad era parte integrante de los acontecimientos que se iban viviendo a lo largo del día. Me vienen ahora, en este día solemne en que la Iglesia celebra la «Anunciación a María», unas palabras que san Cirilo de Alejandría dirige a la Santísima Virgen en el conocido como «El más famoso sermón mariano de la antigüedad» y que el santo pronunciara en el año 431, en la definición del Dogma de su Divina Maternidad: «Te saludamos, a ti que encerraste en tu seno virginal a aquel que es inmenso e inabarcable; a ti, por quién la Santa Trinidad es adorada y glorificada; por quien la cruz preciosa es celebrada y adorada en todo el orbe; por quien exulta el cielo; por quien se alegran los ángeles y arcángeles; por quien son puestos en fuga los demonios; por quien el diablo tentador cayó del cielo; por quien la criatura, caída en el pecado, es elevada al cielo, por quien toda la creación sujeta a la insensatez de la idolatría, llega al conocimiento de la verdad; por quien los creyentes obtienen la gracia del bautismo y el aceite de la alegría; por quien ha sido fundamentadas las Iglesias en todo el orbe de la tierra; por quien todos los hombres son llamados a la conversión». 

Apenas cerrada la Octava de Pascua con la fiesta del Domingo de la Misericordia, celebramos este sagrado momento en que es concebido, en el que fueron creadas todas las cosas y son salvados los hombres. En el santuario del seno de María, el Dios omnipotente comienzó a vivir como ser humano. Allí, en María, la humilde sierva del Señor, comenzó Dios encarnado ese camino de llegar a ser hombre pleno: desde su concepción hasta su muerte salvadora, muerte que sería derrotada por su resurrección, que acabamos de celebrar y que seguimos anunciando vivamente en este tiempo de Pascua. La Iglesia nos invita, en este día, a situamos ante el pasaje de la Anunciación, momento en el que cambió la historia de toda la humanidad. Cristo, aunque era Dios, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, se hizo hombre para nuestra salvación cumpliendo así la voluntad del Padre. Como bien nos relata el pasaje evangélico, estaba María en su pequeña casa de Nazaret y no era consciente de lo que iba a ocurrir... Dios se iba a hacer hombre en su seno. El mismo Dios iba a tomar la carne de María para hacerse hombre. En ese momento el ángel entra en su presencia transmitiéndole lo más grande que Dios le ha podido conceder a una mujer, ser la llena de gracia «María has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús» (Lc 1,26-36). Él que es el Santo de los Santos tenía que nacer en un seno santo, el de María. Por eso es proclamada por el ángel como la llena de gracia. 

María proclamó con solemnidad el hágase en mí lo que tú dices. Ese es el «Fíat» (Lc 1,38), la misteriosa palabra de María que en la Anunciación ha cambiado la historia de toda la humanidad. «Hágase en mí según tu palabra» dice la Virgen. «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). De esta manera, vale la pena recordar que estamos ante un día de acción de gracias a la Virgen santísima por tantos bienes concedidos, por haberse fiado, con sencillez, plenamente de Dios. María nos enseña que la santidad consiste en abandonarse siempre en las manos de Dios a pesar de que en algunos momentos de nuestra vida no lleguemos a comprender la voluntad de Dios en nuestro ser y quehacer. Dejemos con humildad, como ella, que sea él quien guie las riendas de nuestra vida, sabemos bien que nuestra vida sin el Señor carece de sentido y es imposible ser santos sin su gracia, la gracia que renovamos en la confesión. Hoy nos alegramos con la alegría de María. Hoy contemplamos en ella la vocación a la santidad de la Iglesia entera y nuestro compromiso de discípulos–misioneros de traer a Cristo a este mundo tan lleno de confusiones y sinsabores. Por eso, levantamos los ojos hacia ella, la «Puerta del cielo» y «Estrella de la mañana», buscando imitar su ejemplo de docilidad a la voluntad divina. Hoy le pedimos volvernos fecundos por obra del mismo Espíritu, por quien se continúa su misterio: engendrar a Jesús en los corazones de los fieles para que todos le conozcan y le amen. ¡Bendecido lunes y los Misioneros de la Misericordia nos encomendamos a sus oraciones para aprovechar este día de nuestro encuentro acá en Roma! 

Padre Alfredo.

miércoles, 17 de enero de 2018

«David y Goliat»... Un pequeño pensamiento para hoy

David —decíamos ayer— era el más joven de sus hermanos, tan joven que cuando llegó Samuel a elegir rey de entre los hijos de Isaí, éste le presentó a todos menos a David. Pero Yahvé se había fijado en él, le había elegido para la dignidad suprema del pueblo hebreo y David quedó, después de la unción, transido por la fuerza del Espíritu. Su brazo era fuerte y su puntería muy certera, según se puede leer en el relato de hoy, cuando se enfrenta con el temible y gigantesco filisteo Goliat (1 Sam 17,32-33.37.40-51). Después de su victoria sobre el gigante Goliat, vendrían otras muchas victorias, pues Dios —como recalca la Escritura en varios pasajes sobre elegidos de Dios— estaba con él. David obró al estilo de los hombres que confían en Dios, haciendo a un lado incluso «prudentes» cálculos humanos al ver al gigantón o de razonamientos «lógicos» a ver el arma del enemigo y sus cinco guijarros en una mano y la resortera en la otra, teniendo como base la fe y la confianza en el poder de Dios. David nos enseña que la condición para que Dios obre milagros es que pongamos a su disposición todo lo que somos y tenemos. Puede ser que seamos muy poca cosa y que no tengamos casi nada. No importa. Pero lo que sí es indispensable es que, como se dice en Monterrey por aquello de la carne asada: «pongamos todos los kilos en el asador».

El enfrentamiento de David con el gigante Goliat, es todo el símbolo de la fuerza de la debilidad. El relato cuenta primero como desconfiaron del posible triunfo de David y trataron de protegerlo con la armadura de Saúl; pero ésta era demasiado grande y pesada, de manera que David no podía ni siquiera caminar. Con «los medios humanos» de la prudencia y la lógica tradicional para vencer al gigante, David no pudo ni siquiera entrenar. Dios será su fuerza. La debilidad del muchacho será, como digo, una imagen para mostrar que la fuerza y la victoria vienen de Dios. Si Dios lo quiere, un muchacho como David, una mujer como Judit o un pequeño ejército como el de los Macabeos, pueden vencer a fuerzas mucho más poderosas y numerosas. Dios no se deja impresionar por el aspecto ni por la gran estatura de las personas. Él nos salva sin usar armas hechas por nuestras manos. A David le bastaron una cuantas piedrecillas y su resortera, la misma que usaba todos los días, la misma que tal vez él había elaborado. Dios sólo quiere que tengamos fe y confiemos en Él y, en ese momento, su victoria será nuestra.

Dios no nos quiere tullidos, Él nos libera de todo aquello que no nos deja actuar, como al hombre que aparece en el Evangelio de hoy (Mc 3,1-6) y a quien Cristo quiere redimir de aquella situación que no le deja vivir. ¡Esta es la enseñanza para nosotros! No quedarnos tullidos, paralizados, estáticos, sino tener fe y confiar en el Señor que nos quiere en movimiento para acabar con la gigantesca maldad que quiere adueñarse de nuestro mundo. Curar a aquel hombre de mano paralizada —mientras que la de David está llena de puntería como hemos visto— tiene un significado decisivo para el discípulo¬–misionero de hoy, pues la mano, tanto en David como en el personaje anónimo del Evangelio, simboliza nuestra capacidad de trabajar, de construir, de darnos, de aportar algo, de defender, de hacer el bien. Por eso, con este milagro Jesús curaba mucho más que una mano. Promovía a esa persona para que pudiera vivir sin esos miedos e inseguridades que promueve la cultura del descarte y recobrar la dignidad para sentirse fecundo en la sociedad. Sin embargo, los fariseos —como mucha gente envidiosa de hoy— eran incapaces de alegrarse por el bien de la persona rehabilitada. ¡Cómo se entristece Jesús cuando alguien se vuelve incapaz de alegrarse por el bien ajeno! Pensemos hoy en nuestras manos paralizadas, en las piedritas y la resortera de David y pidámosle a María Santísima, que se alegra del gozo de Isabel que ha concebido a pesar de ser tan mayor y corre presurosa a asistirla, que nos ayude a crecer en la fe y la confianza, lanzándonos con lo que tenemos, como Ella y David, para llevar a Dios al corazón de tantas almas que necesitan de ese bien y esa bondad que a nosotros nos ha hecho felices en el día a día de nuestra vida escondida con Cristo en Dios (Col 3,3). ¡Bendiciones para todos en este miércoles!

Padre Alfredo.

sábado, 12 de agosto de 2017

Los milagros se dan si hay fe... Un pequeño pensamiento para hoy

Ciertamente que seguimos viviendo en medio de una sociedad que en mucho se parece a esa generación «incrédula y perversa» de la que habla Jesús en el Evangelio (Mt 17, 14-20), una generación que no cree en los milagros. Yo sí creo y claro que creo. Ayer me tocó revisión medica de mi problema en la fosa nasal derecha y cuál va siendo mi sorpresa que el especialista, el Dr. Guevara, me dice que está maravillado de cómo ha ido evolucionando lo que se esperaba que no resultara... ¡Él mismo dice: «no podemos descartar un milagro, esperaremos cuatro semanas más para hacer la tomografía y ver si no será necesario volver a operar»! Cierto que el resultado final no lo puedo predecir pero... ¿por qué no esperar un milagro?

Si el libro del Deuteronomio  nos dice que el Señor es nuestro Dios, que hay que amarlo con todo tu corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas y que eso hay que llevarlo en el corazón y repetirlo por doquier estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado (Dt 6, 4-13) por qué no creer y esperar en los milagros? ¡Cuántos milagros suceden en nuestras vidas cada día y pasan desapercibidos! Cuando veo de cerca la incredulidad, incluso entre los que estamos «cercanos» a Dios, siento como si Cristo preguntara a los que formamos la Iglesia: ¿Qué gente tengo a mi lado?, ¿en manos de estos puedo dejar la construcción del Reino?, ¿Iglesia: crees tú en mí? 

Los discípulos no entendían en qué habían fallado (Mt 17,19). Jesús, en pocas palabras les da la respuesta y les dice: «por su poca fe». No les dice que no la tengan, sino que aún es muy pequeña. Es sábado, un día dedicado a María siempre. Ella es la mujer de fe por excelencia que nos sostiene y acompaña en los momentos de duda y de incredulidad para que contemplando su «sí» incondicional, reformulemos nuestra fe y la hagamos crecer aunque sea al tamaño de un granito de mostaza (Mt 17,20). ¿Cómo es mi fe? Todo es posible para el que cree. ¡Bendecido sábado y mil y mil gracias por el testimonio de su fe y por rezar por mi!

Padre Alfredo.

miércoles, 9 de agosto de 2017

«¡Ten compasión de mí!»... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Feliz miércoles! Mitad de semana y para mí, el día de cada semana para hacer un alto, planear y arrancar hacia el fin de semana. Ayer que compartía con ustedes mi reflexión, hablaba de la fe en el Corazón de Jesús que viene a salvarnos de cualquier atolladero. Hoy dirijo mi mirada hacia ese mismo y hacia otro corazón, el corazón de la mujer cananea que, en el Evangelio (Mt 15,21-28) también grita como Pedro: «¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí!». Y pienso que todos, de alguna manera, necesitamos un poco del corazón de esa mujer. Un corazón que sea capaz de contemplar la presencia de Jesús aunque de momento no hable. De intuir que, en la Palabra que se escucha y en el pan que se come, podemos alcanzar la salud espiritual y material para nuestro existir porque detrás de todo está el Señor.

La cananea se reconoce al lado de Jesús como uno de esos perritos pedigüeños que hay en tantas casas de hoy —como Olaf y Mali que conozco— y se gana, como Pedro, el «Sagrado Corazón de Jesús». Buscaba con ansia la curación de su hija y recibe mucho más: Salud para la pequeña enferma y elogio de la Fe que tiene la madre intercesora: «Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío». A mitad de semana, se me viene el invitar a cada uno de mis queridos amigos y seguidores a que, como yo, se examine y se pregunte: ¿Me siento próximo o lejano a la mentalidad de esta mujer? ¿Eres consciente de tu pobreza para ser capaz, como la cananea, de confiarte a la palabra salvífica de Jesús? La mujer grita, confía y espera... Jesús exclama: «qué grande es tu fe... que te suceda como deseas» (Mt 15,28). 

Si analizamos nuestra vida, encontraremos que este pasaje del Evangelio se ha repetido y se continúa repitiendo muchas veces en nosotros . ¿Cuántas veces, cuando nos acercamos a Dios con humildad y sencillez, a pesar de nuestra pequeñez, él nos ha mostrado su amor y misericordia? Tengamos confianza en el Señor como esta mujer. Él, aunque parezca que calla y no atiende a la súplica, tiene siempre una explicación de lo que hace y por qué lo hace así. Él no nos deja, y a su debido tiempo y muy a su estilo, nos resuelve la vida. Tengamos fe, Dios no nos va a dejar sin las «migajitas» de su amor que, para un hambriento del amor de Dios, serán como aquel lugar prometido al pueblo del Antiguo testamento  en el que mana «leche y miel» (Ex 3,17). Sólo hay que gritar, confiar y esperar en Dios con fe. Así lo hizo María, así lo hizo santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) a quien hoy celebra la Iglesia... así lo puedes hacer tú también.

Padre Alfredo.

martes, 8 de agosto de 2017

Hombre de poca fe... Un pequeño pensamiento para hoy

La fe en nuestro Señor Jesucristo no puede ser solo una cuestión racional; la fe —lo sabemos de sobra por nuestra experiencia— es también una cuestión del corazón, de un corazón que se adhiere a Cristo. Así lo fueron aprendiendo los Apóstoles (Mt 14,22ss). El que se arriesga a creer y confiar en Cristo con la razón y con el corazón, es sostenido por ese su Sagrado Corazón. Es por eso que decimos: «Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío». Pedro, cuando con el viento en contra, es invitado por Jesús a caminar con Él sobre las aguas, ve que se hunde y le grita: «!Señor, sálvame!» (Mt 14,30). El que cree en Jesucristo debe confiar en Él aún en medio de los problemas y dificultades de cada día y decirle: «Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío».

La Beata María Inés Teresa Arias, en una de sus meditaciones en torno a esto, escribe: «Aunque el alma esté agitada por todos los vientos; aunque la tempestad parezca inundar la débil barquita; aunque el cielo esté encapotado; aunque la furia de la tempestad haga de la pobre barca un juguete, no puede temer, si la fe sigue iluminando su sendero; si la fe es el faro luminoso que la llevará al puerto; si María, la dulce estrella de los mares, la conduce. Entonces, que no tema nada: Dios es débil, ante el poder de una oración confiada». (Estudios y meditaciones). Jesús —dice el Evangelio— extendió la mano, agarró a Pedro que parecía hundirse al no poder caminar sobre las aguas, y le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» (Mt 14, 31).

Muchas veces nuestra vida se parece a esa barca zarandeada por las olas a causa del viento contrario. La «débil barquita» puede ser la vocación, el propio matrimonio, la salud, los negocios… El viento contrario puede ser la incomprensión, la hostilidad, la dificultad para encontrar casa o trabajo, etc. Ante situaciones angustiosas, parece que el corazón«se apachurra». ¡Hay que tener fe y gritar: «Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío», porque nos falta fe, no tenemos la suficiente fe para confiarnos al corazón misericordioso del Señor que no nos dejará hundirnos. En cada tormenta que puede surgir en el agitado mar de nuestro corazón, Dios siempre viene a nosotros y nos rescata. El puede devolvernos la serenidad, la calma. El es capaz de tranquilizar el viento y las olas de nuestra vida, sin olvidar nosotros que, allí a nuestro lado, aunque no veamos, está siempre María su Madre. ¡Feliz y bendecido martes!

Padre Alfredo.

sábado, 30 de abril de 2016

«Quien no acoja el reino de Dios como un niño no entrará en él»... Marcos 10,13-16)


Hoy la sociedad mexicana, desde 1924, celebra el día del niño, coincidiendo con la presentación del primer documento sobre los derechos de los niños, que se promulgó y aprobó por la ONU hasta 1989. Este día ofrece una buena oportunidad para que los «adultos» meditemos en ese pasaje evangélico en el que Nuestro Señor nos pide ser como niños para acoger el reino de Dios en nuestras vidas. ¿Qué significa «acoger el reino de Dios como un niño»? ¿Qué hay en un niño para que Jesús hable de esta manera? Este pasaje corresponde a una palabra del mismo Jesús en el evangelio de san Mateo: «Si no cambian y no se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos.» (Mateo 18,3) 

Hace 27 años, en un día como hoy, recibí la ordenación diaconal. No puedo dejar de pensar, cada año, que algo me quiso decir el Señor por haber recibido esta gracia tan especial «en el día del niño» y me viene ahora compartir una reflexión con cosas de aquí y de allá en torno a este pasaje evangélico.

Hacerse como niños para acoger el reino es lo mismo que volver a nacer, o comenzar la vida otra vez con un nuevo optimismo que despierte una vida nueva, haciendo a un lado el pesimismo que tenemos respecto a nuestra propia vida.  Las palabras de Jesús abren un horizonte de esperanza. ¡También nosotros tenemos la oportunidad de realizar nuestra vida como la vive un niño! Un niño no ha cometido tantos errores, como nosotros sí los hemos amontonado. Un niño no ha desperdiciado tantas oportunidades como las que nosotros hemos arruinado. Pero un niño tampoco ha tomado ninguna decisión acertada y tampoco ha aprovechado aún ninguna oportunidad. En esto estamos en igualdad de condiciones. Descubrir que nuestra vida siempre puede ser distinta de lo que ha sido hasta hoy, y animarnos a intentarlo, es realizar las palabras de Jesús sobre hacernos como niños para acoger el reino de Dios..

Un niño es capaz de amar todo, de admirar lo más simple, desde una pequeña conchita a la orilla del mar hasta algo inmenso y maravilloso como el despegue o el aterrizaje de un avión. Para un niño cualquier cosa es impresionante, cualquier momento presente es eterno, el amor es su estado natural. Jesús les enseña a sus discípulos que el comportamiento de todo ciudadano del Reino de los cielos debe ser como el de un niño.

Un niño es humilde, no distingue lo que es ser más que otro, un niño rico puede jugar con un niño pobre y el no se da cuenta de eso. Un niño es servicial, siempre quiere ayudar. Un niño es curioso, todo lo quiere saber, pregunta mucho, todo quiere conocer. Un niño no tiene malicia, por esto no da espacio al pecado. Un niño confía sin reflexionar, no puede vivir sin confiar en quienes le rodean, su confianza es una realidad vital. Un niño no sabe guardar rencor, pelea y olvida. Un niño vive la vida feliz, sin preocupaciones, sin guardar odios ni resentimientos. Un niño siempre sabe que depende de otros, reconociendo que solo no puede hacer muchas cosas. 

Si Jesús, en determinado momento, colocó a un niño en medio de sus discípulos reunidos, es también para que ellos mismos acepten ser pequeños porque solo desde lo pequeño es que se puede acoger lo grande. Volveremos a ser como niños cuando dejemos de «pretender grandes cosas y de tener aspiraciones desmedidas» (Sal 131,1-2). Cuando valoremos las pequeñas cosas de cada día, y no especulemos indefinidamente con las grandes cosas que nunca haremos... Hacerse como niños para acoger el reino de Dios es vivir la infancia espiritual que vivió María, que vivieron los santos, que vivió la beata María Inés Teresa que dice: “Infancia espiritual, vida de Nazareth, sabiduría del pobre, entrega amorosa en manos de Dios nacida de esa íntima confianza en él, llena de esperanza y amor, porque él es amor, y porque sabemos en quien nos confiamos, dando así Gloria al Señor”.

Acoger el reino de Dios como un niño es velar y orar para acogerle cuando venga, siempre al improvisto, a tiempo o a destiempo... ¡Es vivir como un niño... a la sorpresa de Dios!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

viernes, 25 de abril de 2014

«CREO QUE ESTE ES EL TIEMPO DE LA MISERICORDIA»... La Fiesta de la Divina Misericordia y la canonización de dos Papas



“CREO QUE ESTE
ES EL TIEMPO
DE LA
MISERICORDIA”

Francisco.

En el año de 1980 el Papa Juan Pablo II  terminó de escribir su segunda encíclica[1], fechada el 30 de noviembre de 1980 y titulada "Dives in misericordia", un bellísimo escrito con el tema central de "La Misericordia Divina".

El santo Papa, anotaba al inicio el objetivo de la misma: “Una exigencia de no menor importancia, en estos tiempos críticos y nada fáciles, me impulsa a descubrir una vez más en el mismo Cristo, el rostro del Padre, que es «misericordioso y Dios de todo consuelo»; Dios, es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo”.

Este tema de la Divina Misericordia, como bien lo sabemos, está presente durante toda la vida del cristiano, en las penas y en las alegrías, en los logros y los sinsabores de nuestra existencia. Es fácil darse cuenta de que la elección del II Domingo de Pascua, que concluye la octava de la Resurrección del Señor, indica la estrecha relación que existe entre el misterio pascual de la Salvación y la fiesta de la Misericordia. La Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo son, en efecto, la más grande manifestación de la Divina Misericordia de Dios Padre hacia los hombres, especialmente hacia los pecadores. Esta relación está subrayada por la novena que precede a la fiesta, que se inicia precisamente el Viernes Santo, cuando Cristo, respondiendo y a la vez prolongando la misericordia del Padre, se entrega por nuestra salvación. La novena termina el sábado previo al II Domingo de Pascua que es el día domingo de la Divina Misericordia.

Nuestro Señor Jesucristo habló por primera vez a Santa Faustina de instituir esta fiesta, el 22 de febrero de 1931 en Plock, el mismo día en que le pidió que pintara su imagen y le dijo: "Yo deseo que haya una Fiesta de la Divina Misericordia. Quiero —le dijo nuestro Señor— que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer Domingo después de la Pascua de Resurrección; ese Domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia".

Durante los años posteriores, Jesús le repitió a Faustina este deseo en catorce ocasiones, definiendo precisamente la ubicación de esta fiesta en el calendario litúrgico de la Iglesia, el motivo y el objetivo de instituirla, el modo de prepararla y celebrarla, así como las gracias a ella vinculada.

Algunos santos y beatos, secundaron aquellos anhelos, entre ellos la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, quien llegó a decir que sor Faustina sería canonizada y se atrevió, en aquellos años, a escribir al Papa en turno para suplicarle que se estableciera una fiesta dedicada al Padre Misericordioso, porque ese era un deseo que venía del mismo Dios.

Pasaron muchos años y, sabiendo que no se puede comprender a san Juan Pablo II sin comprender lo que significa este tema de la Divina Misericordia, llegamos al día de la canonización de santa Faustina, nombrada "Apóstol de la Divina Misericordia", el 30 de abril de aquel jubileo del año 2000. El Papa, luego de la homilía, anunció el gran regalo que llenó de alegría al mundo entero: «En todo el mundo, el segundo Domingo de Pascua recibirá el nombre de "Domingo de la Divina Misericordia". Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al género humano en los años venideros», dijo el Santo Padre aquel día ante la multitud que estallaba de aplausos.

Así, Juan Pablo II instituyó oficialmente esta Fiesta de la Divina Misericordia a celebrarse todos los años en esa misma fecha, domingo siguiente a la Pascua de Resurrección. Con la institución de esta Fiesta, san Juan Pablo II concluyó la tarea asignada por Nuestro Señor Jesús a Santa Faustina en Polonia, 69 años atrás, cuando en febrero de 1931 le dijo: "Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia".

En su resurrección, el Hijo de Dios ha experimentado de manera radical en sí mismo la misericordia, es decir, el amor del Padre Misericordioso que es más fuerte que la muerte y más fuerte que el pecado.

En esta fiesta de la Divina Misericordia, al igual que en el magisterio de Juan Pablo II, ocupa un lugar preponderante la Santísima Virgen María, que es quien conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina, y por eso se le llama “Madre de misericordia”, “Virgen misericordiosa” o “Madre de la divina misericordia”.

La Iglesia, que camina cobijada por el manto de María como Madre del verdadero Dios por quien se vive, tiene el derecho y el deber de recurrir a la misericordia de Dios, implorándola frente a todos los fenómenos del mal físico y moral, ante todas las amenazas que pesan sobre el entero horizonte de la vida de la humanidad contemporánea.

El Papa Francisco, con sus palabras y con su ejemplo, nos ha recordado constantemente  que la auténtica misericordia es la fuente más profunda de la justicia, la más perfecta encarnación de la igualdad entre los hombres... "Todos somos pecadores", ha exclamado varias veces en sus discursos y homilías, y "todos estamos necesitados de la infinita misericordia de Dios".

"Después que Jesús vino al mundo —exclamó en uno de sus discursos el Papa Francisco[2]—no se puede hacer como si a Dios no le conociéramos. Dios tiene un rostro y un nombre: Dios es misericordia, es fidelidad, es vida que se dona a todos nosotros”.

Ahora, al canonizar a estos dos Juanes maravillosos, Juan XXIII y Juan Pablo II, Francisco nos deja dos grandes figuras que no hicieron otra cosa que vivir de la misericordia de Dios y derramarla por el mundo entero. Las mas de 60 ocasiones que tuve oportunidad de escuchar en vivo a san Juan Pablo II, en Roma, en México y aquí en Estados Unidos, dejaron en mi corazón una huella imborrable de aquel “Dulce Cristo de la Tierra” —como llamaba al Papa la beata María Inés Teresa— y no terminaría de contar mis impresiones sobre esos encuentros de los cuales, además de lo que hay en mi corazón, han quedado algunas fotografías que andan por aquí y por allá, menos en mis manos. A san Juan XXIII, no lo conocí en persona, yo nací en 1961y el murió el 3 de junio de 1963, cuando era yo muy pequeño,  sin embargo, en casa de mis padres me topé con un libro titulado “Las Florecillas del Papa Juan” y es una delicia que lo lleva a uno a conocerlo y quererlo.

En 1997, el Papa Juan Pablo II en su viaje al barrio Lagiewniki de Cracovia, donde vivió y fue sepultada sor Faustina, declaró: «El mensaje de la Divina Misericordia en cierto sentido ha formado la imagen de mi pontificado». Luego, en un libro que publicó el mismo santo Papa pocas semanas de la hora de su muerte, nos explica cómo había preparado aquel documento sobre la Divina Misericordia, del que he hablado al iniciar esta reflexión y que fue clave en todo su magisterio. El Papa escribió: “Las reflexiones de la "Divina Misericordia" fueron fruto de mis experiencias pastorales en Polonia y especialmente en Cracovia. Porque en Cracovia está la tumba de santa Faustina Kowalska, a quien Cristo concedió ser una portavoz particularmente inspirada de la verdad sobre la Divina Misericordia. Esta verdad suscitó en sor Faustina una vida mística sumamente rica. Era una persona sencilla, no muy instruida y, no obstante, quien lee el Diario de sus revelaciones se sorprende ante la profundidad de la experiencia mística que relata.

Digo esto —continúa explicando san Juan Pablo—  porque las revelaciones de sor Faustina, centradas en el misterio de la Divina Misericordia, se refieren al período precedente a la Segunda Guerra Mundial. Precisamente el tiempo en que surgieron y se desarrollaron esas ideologías del mal como el nazismo y el comunismo. Sor Faustina se convirtió en pregonera del mensaje, según el cual la única verdad capaz de contrarrestar el mal de estas ideologías es que Dios es Misericordia, la verdad del Cristo misericordioso. Por eso, al ser llamado a la Sede de Pedro, sentí la necesidad imperiosa de transmitir las experiencias vividas en mi país natal, pero que son ya acervo de la Iglesia universal”[3].

Entre otras cosas, san Juan Pablo II quiso también que la iglesia del Espíritu Santo de Roma, que se encuentra a unos pasos del Vaticano, a la entrada de la Vía de la Consolación, se convirtiera en el santuario romano de la Divina Misericordia, donde se venera la imagen del Jesús misericordioso que se manifestó a sor Faustina. San Juan Pablo II, hermanos y amigos, falleció precisamente cuando litúrgicamente comenzaba el Domingo de la Misericordia, proclamado por él mismo en aquel glorioso año 2000. Sería muy difícil o más bien imposible no ver en esta coincidencia un signo del Cielo.

La Misericordia, hermanos y amigos, no es un amor cualquiera, sino un amor gratuito, generoso, al estilo de Juan XXIII y Juan Pablo II. Un amor manifestado en el Hijo encarando, muerto y resucitado por nosotros y por nuestra salvación. Un amor que, proviniendo de Dios, es siempre más fuerte que nuestras debilidades, pues el amor misericordioso viene en búsqueda del hombre pecador para llevarlo a la salvación.

Como religioso y sacerdote misionero, estoy convencido de que la comprensión de este amor misericordioso, puede estimular un nuevo empuje misionero en el mundo entero. La comprensión de la misericordia nos hará comprender a todos que lo importante, tanto para clérigos y laicos no es ocupar los primeros lugares, tener poder de mandar o anhelar cubrirse de ropajes principescos, sino sentarse al último, como el más necesitado de la infinita misericordia del mismo Cristo que lavó los pies a sus hermanos, aun al que sabía que lo iba a traicionar.

Debemos convencernos de que, como decía san Juan Pablo II, es en la misericordia de Dios donde el mundo volverá a encontrar la paz y el hombre la felicidad.

Voy ahora a unas cuantas palabras del diario de sor Faustina en donde dice: «Ayúdame, Señor, para que mi corazón sea misericordioso de manera que participe en todos los sufrimientos del prójimo. A nadie negaré mi corazón. Me comportaré sinceramente incluso con aquellos que sé que abusarán de mi bondad, mientras yo me refugiaré en el Corazón misericordiosísimo de Jesús».

Vale la pena leer una vez más el diario de santa Faustina Kowalska y hacerlo a la luz de la “Dives in Misericordia”. Así no olvidaremos nunca que, por esta infinita misericordia, Dios nos ama con locura. Una verdad que es capaz de cambiar cualquier historia humana y de salvar al mundo de sus angustias y miserias.

Quiero terminar  esta mal hilvanada reflexión, con unas palabras del Papa Francisco, que quisiera resonaran en nuestros corazones como una preparación a esta hermosa fiesta del Divina Misericordia:

"Creo que este es el tiempo de la misericordia. Este cambio de época, también con muchos problemas de la Iglesia —como un mal testimonio de algunos presbíteros, incluso los problemas de corrupción en la Iglesia, también el problema del clericalismo, por ejemplo—, han dejado muchos heridos, muchos heridos. Y la Iglesia es Madre: debe ir a curar a los heridos, con misericordia. Pero si el Señor no se cansa de perdonar, no tenemos otra opción que esto: en primer lugar, atender a los heridos. Es madre, la Iglesia, y debe ir por este camino de la misericordia. Y encontrar una misericordia para todos. Pero creo que, cuando el hijo pródigo ha vuelto a casa, el padre no le dijo: "Pero, tú, escucha, siéntate: ¿qué hiciste con el dinero?". ¡No! ¡Hizo fiesta! Luego, tal vez, cuando el hijo ha querido hablar, ha hablado. La Iglesia tiene que hacerlo así. Cuando hay alguien... no solo esperarlo: ¡hay que ir a buscarlo! Esta es la misericordia. Y creo que este es un kairós: este tiempo es un kairós de misericordia. Pero esta primera intuición la tenía Juan Pablo II, cuando comenzó con Faustina Kowalska, la Divina Misericordia... tenía algo, se dio cuenta de que era una necesidad de este tiempo"[4].

Hermanos y amigos: Que María, Madre de la Divina Misericordia venga en nuestro auxilio y prepare nuestros corazones para esta hermosa Fiesta que hoy empezamos a celebrar uniendo a la novena estas reflexiones y la alegría de la procesión que nos recuerda nuestro andar en este mundo hasta llegar al cielo,

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.
(Conferencia pronunciada el 25 de abril de 2014 en la parroquia de Santa Martha de la Arquidiócesis de Los Angeles, California.)


[1] La palabra proviene del latín Encyclia y del griego ἐκκύκλιος ("ekkyklios") que significa "envolver en círculo". La Iglesia utiliza el término para referirse a las El título de la encíclica es normalmente tomado de sus primeras palabras en latín. En la Iglesia católica, en los últimos tiempos, una encíclica se utiliza generalmente para cuestiones importantes, y es el segundo documento más relevante emitido por los papas, después de la Constitución Apostólica. Las encíclicas papales indican una alta prioridad para un tema en un momento dado. Son los sumos pontífices quienes definen cuándo y bajo qué circunstancias deben expedirse encíclicas.
[2] Palabras en el ángelus del 18 de agosto de 2013.
[3] Juan Pablo II, Memoria e identidad, capítulo 2.
[4] Palabras del Papa Francisco sobre la Divina Misecordia, una vez finalizada la JMJ; en la Rueda de prensa posterior durante el vuelo de regreso a Roma. CIUDAD DEL VATICANO, 30 de julio de 2013

miércoles, 13 de febrero de 2013

Una renuncia por amor... ¡Gracias Santo Padre!

A todos sorprendió la noticia de que el Santo Padre Benedicto XVI dejará su cargo el próximo 28 de febrero por «falta de fuerzas». Nos ha dicho que tomó la decisión hace casi un año, en su viaje a México y Cuba, aunque sólo se la comunicó a sus colaboradores íntimos. Una vez elegido su sucesor se irá a un monasterio de clausura.

El Papa ha manifestado que lo ha hecho con plena libertad «por el bien de la Iglesia», tras haber orado durante mucho tiempo y haber examinado su conciencia ante Dios, muy consciente de la importancia de este acto, pero consciente al mismo tiempo de no estar ya en condiciones de desempeñar ese ministerio petrino que exige tanto y  sin la fuerza que éste requiere. Con plena confianza, ante una audiencia como la de todos los miércoles, pero en este miércoles de ceniza de 2013, el Papa se sabe sostenido e iluminado por la certeza de que la Iglesia es de Cristo, que no dejará de guiarla y cuidarla. El Papa ha agradecido a todos el amor y la plegaria con que lo hemos acompañado desde todos los rincones del mundo. Sencillo y concreto, como es, ha dicho: «¡Gracias! En estos días nada fáciles para mí, he sentido casi físicamente la fuerza que me da la oración, el amor de la Iglesia, su oración. Sigan rezando por mí, por la Iglesia, por el próximo Papa. El Señor nos guiará».

El Papa afirma que se dedicará a la oración por la Iglesia y que su renuncia se debe a la falta del vigor físico que se requiere para hacer llegar lo espiritual a un mundo tan cambiante y rápido como el de hoy.

Creo, en primer lugar, que de ninguna manera podemos comparar su pontificado con el de Juan Pablo II (quiero muchísimo a los dos y los admiro como dos grandes hombres santos) en el que desde años y años atrás venía dirigiendo a la Iglesia, y fue envejeciendo en el cargo; en cambio, el Santo Padre Benedicto XVI, desde el día en que inició su pontificado, afirmó que éste sería corto, ya que fue elegido a solamente dos años de llegar naturalmente a la renuncia como Cardenal. Es decir, empezó a ser Papa siendo un viejito. ¿Han visto al Papa enviar un twiter? ¿Cómo escribirá un facebook? Son pocas las personas que a los 85 años (conozco dos) manejan celulares, smartphones, tabletas y computadoras con agilidad.

Tuve ocasión de saludar a Joseph Ratzinger dos veces como Papa en Roma, y las dos veces me impresionó su sencillez —y por qué no decirlo— su personalidad más bien tímida, pero, así lo conocí cuando era Cardenal y yo era estudiante allá mismo en Roma. Un hombre de Dios cuando es llamado a un servicio en la Iglesia, conserva su forma de ser y se deja llevar por Dios. A mí sinceramente el tema no me da pie a despertar polémica ni especulaciones, es simplemente la vida de un hombre que siempre ha sido sincero y coherente con su forma de ser; un hombre que nunca ha buscado quedar bien con nadie y que está plenamente convencido de que quien guía a la Iglesia, es Cristo.

Joseph Ratzinger, al dejar de ser el Papa Benedicto XVI el próximo día 28 a las 8 de la noche, no se bajará de la barca de la Iglesia que va navegando mar adentro… simplemente, debido a la situación muy particular que manifiesta, dejará que tome el timón otro con más fuerzas que él para afrontar la tormenta. Seguro por su edad y condición no se siente capaz de depender siempre de alguien para escribir, para enviar algo, para entender y atender el lenguaje moderno de un mundo, que —como él mismo dice— está “sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe”.

Por último, el Papa no está haciendo nada indebido, novedoso o que se salga de lo que se puede hacer en la Iglesia. De hecho el Código de Derecho Canónico (Las leyes de la Iglesia) lo prevé  Lo que tenemos que hacer todos nosotros, como discípulos y misioneros del Señor Jesús, es sentirnos agradecidos por este hombre maravilloso que pronunció su “SÍ” para seguir a Cristo prestando su servicio de "Vicario de Cristo en la tierra" por un corto tiempo.  y que seguirá llevando la cruz de cada día, pero de diversa manera considerando que es lo mejor para la Iglesia y para el mundo.

La sabiduría que el Papa Benedicto XVI —teólogo por excelencia— demostró durante su pontificado, quedará como legado para las futuras generaciones, y su ejemplo de humildad sin precedentes, en este mundo contemporáneo ansioso de poder, es y será siempre una enseñanza. Si él siente que por su edad o por su salud no está capacitado para dirigir y toma la decisión de renunciar, es un acto de coraje digno de alabanza e imitación de algunos que, en este ámbito o en otro, pudieran tomar su ejemplo con esa misma sencillez y libertad.

Nosotros también «como él lo ha hecho— debemos decir: «¡Gracias!». Gracias, Santo Padre Benedicto XVI por ese servicio como «humilde servidor de la viña del Señor». Gracias Gracias, Santo Padre Benedicto XVI por estos años de un ministerio petrino llevado siempre con la Cruz a cuestas. Gracias, Santo Padre Benedicto XVI por las encíclicas, homilías, discursos y palabras improvisadas de una rica hondura espiritual. Gracias, Santo Padre Benedicto XVI por enseñarnos con el propio testimonio de vida lo que es ser humilde y recordarnos que es Cristo quien guía a la Iglesia. Gracias, Santo Padre Benedicto XVI por esa valentía, sin buscar protagonismos, ante tantos problemas de un mundo y una Iglesia que están sufriendo y necesitan curarse de muchas heridas. Gracias, Santo Padre Benedicto XVI por ese amor a la Iglesia extendida por toda la tierra, que, a pesar de la edad y el cansancio, tuvo el gozo de tener la presencia del Vicario de Cristo en varias partes del orbe. Gracias, Santo Padre Benedicto XVI... ¡por todo!