Madre Inés vivió esta enseñanza con profunda humildad. Como se sabía pequeña y necesitada de la gracia, no miraba a nadie desde arriba; había aprendido que quien ha sido levantado por Dios no puede pisotear el polvo del hermano. Su humildad no era debilidad, sino verdad interior: reconocía que todo bien viene del Señor y que nadie puede presumir de santidad si antes no se deja purificar por el amor de Cristo. Por eso su vida no se gastó en criticar ni señalar, sino en servir, contagiar alegría y llevar alivio espiritual. Su ejemplo nos recuerda que la misericordia sana, reconcilia y abre caminos donde la soberbia sólo deja heridas. Cuando una persona se sabe amada y perdonada por Dios, se vuelve más paciente, más cercana y capaz de sostener al que tropieza.
El problema de Simón, en esta escena evangélica, no era ver el pecado de aquella mujer sino no reconocer el suyo. Ella, en cambio, se acerca a Jesús sin justificarse, confiando en que su misericordia es más grande que todos sus pecados. Sus lágrimas hablan de arrepentimiento, pero también de esperanza; sus gestos muestran que el amor verdadero nace cuando el alma descubre que no ha sido rechazada, sino acogida. También nosotros necesitamos acercarnos así al Señor: sin máscaras, sin excusas, con la certeza de que Él puede transformar la culpa en paz y la vergüenza en gratitud. Pidamos a la Virgen María que nos enseñe a mirar como mira Jesús: con verdad y ternura, con claridad y misericordia. Y que el Señor nos conceda un corazón humilde para pedir perdón, limpio para no juzgar y agradecido para amar mucho, porque mucho hemos sido perdonados. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.
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