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miércoles, 9 de enero de 2019

Un Iglesia sin fronteras...

Cuando el Verbo de Dios se hizo hombre y puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1,1ss), realizó una serie de cosas con un carácter de «signo salvador». Milagros, curaciones, exorcismos, sanaciones, instrucciones, oraciones, etc., pero sobre todo lo que hizo, hay algo que destaca y permanece, que sigue creciendo y envolviendo al mundo: «La Iglesia».

Su obra salvadora, debía permanecer a través de los siglos y extenderse hasta los últimos rincones de la tierra. Cristo es el misionero por excelencia y por eso fundó la Iglesia, para mantenerse así a nuestro lado por siempre en un signo visible y sanador.

Esta Iglesia de Cristo, llamada a permanecer en la unidad, es la que subsiste en la Iglesia Católica, gobernada por el sucesor de san Pedro y por los demás obispos en comunión con él (cf. Lumen Gentium 7).

En la Iglesia hay distintas vocaciones, diferentes carismas, diversas tareas que desarrollar, pero hay una llamada común que se dirige a todos y guía el trabajo de todos: «La Iglesia es por naturaleza misionera y cada bautizado es, por lo tanto, un misionero». De esta manera podemos decir que la Iglesia está llamada a ser «católica», es decir «universal». Una Iglesia que abarque el mundo entero, que llegue a todos, una Iglesia llamada a ser «una Iglesia sin fronteras».

Conscientes de este llamado, todos los miembros de la Iglesia debemos de lanzarnos a la tarea evangelizadora, sea con el ejemplo, con la predicación, con la presencia de la misma Iglesia perseguida y llena del entusiasmo floreciente... ¡Una Iglesia así, sin fronteras, es tarea y conquista de todos! Somos parte de una Iglesia sin fronteras que nos invita a pensar y actuar, a vivir y comprometernos con nuestra vocación misionera poniendo en juego nuestra condición de discípulos–misioneros evangelizadores, creados por Dios para vivir así, sin fronteras, como una gran familia, la familia de los hijos de Dios.

La inmensa mayoría cristiana, y por lo mismo la inmensa mayoría de los habitantes de naciones católicas como México, son laicos, o sea «fieles cristianos —que no son sacerdotes ni religiosos— que por el bautismo forman parte del Pueblo de Dios y ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión que les corresponde como profetas, sacerdotes y reyes» (cf. C.L. 9).

Los laicos deben de impregnar el mundo del olor a Cristo, «viven en un continuo intercambio con los demás miembros de la humanidad dándole sentido a la fraternidad en el gozo de una igual dignidad buscando fructificar junto con los demás el inmenso tesoro recibido en herencia. A cada uno, el Espíritu del Señor les da múltiples carismas y los invita a tomar parte en diferentes ministerios y encargos» (cf. C.L. 20).

La misma condición de esta inmensa mayoría de los miembros de la Iglesia que son laicos —también llamados seglares—, los debe llevar a una constante preocupación por presentar el rostro de Cristo a una humanidad sumergida en situaciones complejas que reclaman el florecimiento de una nueva civilización del amor» (cf. C.L. 56). Pero tristemente esta inmensa mayoría piensa que su vida cristiana está completa con el solo hecho de cumplir con el precepto de la asistencia a la Misa Dominical y eso a veces, puesto que en las encuestas más recientes se revela que menos del 10 % de los católicos asisten a Misa los domingos.

Por mucho tiempo se pensó que los únicos que tenían el privilegio y el deber de mostrar el rostro de Cristo al mundo eran los sacerdotes y los religiosos; que solamente ellos eran capaces de ser misioneros. ¡Qué equivocación y qué comodidad!... Todo en manos de los padrecitos y las monjitas pensando que a ellos les toca, que son los que pueden estar preparados, que los seglares no tienen tiempo y miles de ideas más. «Los laicos están en primera línea de la vida de la Iglesia» nos recuerda el Papa Francisco constantemente.

Vivimos el tiempo en la Iglesia del lanzamiento de los seglares. Hay que vivir con un corazón «sin fronteras» dándose cuenta de que la Iglesia, sin la colaboración de la inmensa mayoría de sus miembros no puede vivir. Cada 5 minutos un católico de América Latina deja la Iglesia Católica para convertirse al protestantismo. ¿Nos vamos a quedar con los brazos cruzados?

Todos somos misioneros, hay mucho que hacer, no se puede dejar a un lado este deber. Vale la pena que cada uno dedique tiempo y energías a compartir la fe. San Pablo, el gran apóstol nos dice: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9,16).

En definitiva, somos misioneros, tenemos que salir más allá de las cuatro paredes de nuestra casa. María, la Estrella de la evangelización, la misionera que con su caridad sencilla y humilde fue a servir a Isabel, nos contempla y nos asiste, Ella nos reúne en la Iglesia en torno a su Hijo, esperanzados en el Adviento, gozosos en Navidad, iluminados en el Tiempo Ordinario, adoloridos en Cuaresma y llenos de gloria en la Pascua... ¡Hay mucho que hacer como misioneros sin fronteras!

Padre Alfredo.

Siglas:
L.G. Lumen Gentium, Vaticano II.
C.L. Christifideles Laici, Juan Pablo II.

viernes, 22 de abril de 2016

Los Vanclaristas y el valor de sus Estatutos...

Cada vez que nuestros hermanos Vanclaristas se reúnen en «Retiros», «Ejercicios» y «Jornadas de Estudio» están en una especie de «Cenáculo con Jesús y María» para salir de allí y ser enviados como discípulos misioneros que viven para Cristo y dan testimonio de vida cristiana en el lugar donde se encuentren, porque ese es el ser y quehacer del apostolado del Vanclarista.

El apostolado del Vanclarista consiste toda la vida en «dar testimonio de vida cristiana en cualquier ambiente», y ese ambiente es el de hoy, un mundo desgarrado por múltiples y difíciles problemas de todo tipo. Por lo tanto, un espacio amplio y abierto en donde el Vanclarista está llamado a concretizar su respuesta misionera, pues no olvidemos que, como decía la beata María Inés, ser Vanclarista es «una vocación», un llamado que compromete.

Conviene que cada uno de los Vanclaristas piense en la tarea misionera que tiene encomendada, según su condición de laico comprometido y de acuerdo a su vocación específica, estado de vida, edad y condición. Y para eso, no hay necesidad de recurrir a grandes tratados, sino de captar lo que Dios va diciendo a su Iglesia, como lo ha hecho recientemente en las palabras del Papa Francisco en la exhortación apostólica "EVANGELII GAUDIUM".

Entre los motivos centrales de la exhortación apostólica "EVANGELII GAUDIUM" del Papa Francisco y que todos deberíamos leer, está la afirmación de que la evangelización es tarea de todo el pueblo de Dios (cf. EG 11-134), y que “los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios” (EG 102). Por ello, esta exhortación se presta muy bien para que se convierta en el vademécum de los Vanclaristas de hoy, una especie de mapa detallado para orientarse en el dinamismo de la acción y la contemplación en la alegría del Evaneglio. Evangelii Gaudium debe ser para todos los miembros de este grupo misionero —y en general para todos los laicos— un nuevo e imprescindible punto de referencia que, en su función de promoción de la vocación y misión del laicado, se apoya en la exhortación apostólica postsinodal Christifideles Laici (1988) de san Juan Pablo II. Nuestro tiempo, tal como observa Francisco —como gusta que le llamen— se caracteriza por un individualismo exacerbado (EG 78); así las comunidades cristianas corren también el riesgo de caer en una especie de individualismo estéril, fruto de un relegamiento temeroso en sí mismo, olvidándose de la propia identidad de bautizados (cf. EG 78).

Los Vanclaristas no se pueden ni debe quedarse relegados, sumergidos en una serie de reuniones sociales o de juntas para pasar el rato y comentar el punto. Basta que echen una simple ojeada a los Estatutos de Van-Clar, para que vean la inmensa riqueza que tienen en su tarea apostólica como discípulos misioneros al estilo inesiano. Los Estatutos marcan su vida de especial consagración a Dios mediante un compromiso que hace vivir en primer lugar de contemplación, para lanzarse, en segundo lugar, como marcan sus Estatutos a la acción, de manera que sean, como su fundadora la Beata Madre Inés... «Apostólicos y contemplativos».

Algunos de los Vanclaristas comentan que cuando leen detenidamente los Estatutos se dan cuenta de que queda mucho por hacer para sacarle jugo a toda la fuerza apostólica como discípulos misioneros. ¡Qué riqueza tan grande tienen en sus Estatutos nuestros hermanos Vanclaristas!

Allí, en esos preciosos y preciados números, se transparenta claramente el corazón sin fronteras que no descansa nunca; el corazón sin fronteras que espera prolongarse en cada uno para que todos conozcan y amen a Dios; el corazón de la Beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento que les ha dejado esta herencia diciéndoles: "Si no es para salvar almas, no vale la pena vivir". Ella y su anhelo misionero, vive en cada uno de nuestros hermanos Vanclaristas para los pobres y sufridos, para los ignorantes y los afligidos, para los solitarios y deprimidos. Ella prolonga su acción apostólica y contemplativa en cada niño, en cada joven, en cada adulto, en cada anciano, en cada enfermo miembro del grupo de Van-Clar y exclama con cada uno: "Señor, dame almas, muchas almas, infinitas almas". Ella vivió la misión apostólica desde jovencita como seglar comprometida comunicando a los demás la alegría y la riqueza de formar parte, como ella decía: "del sacerdocio seglar".

En su libro "Espiritualidad Misionera" —un clásico que no pasa de moda— el padre Esquerda nos dice que «para vivir la fe, tenemos que ser instrumentos para que otras la vivan», y eso, precisamente, es lo que hizo la beata María Inés. Ella fue, y sigue siendo, un instrumento que, puesto en manos de "la Madrecita del cielo" —como ella decía—, de manera que tenemos que vivir la misión como la Santísima Virgen, protectora especial de la Familia Inesiana en su advocación de Guadalupe, que se encaminó presurosa a América de la misma manera que se había encaminado a visitar a su prima Isabel, haciéndose servidora y compañera (Cf. Lc 1,39-56).

Sí, cada Vanclarista tiene que ser misionero a la manera de la Santísima Virgen María, que está presente en la misión de la Iglesia como Madre y compañera, como cooperadora y formadora, como guía y consuelo, como amiga y hermana que lo debe llevar a exclamar: "Vamos, María". Si no vivimos la misión de la Iglesia con María, no sólo no se avanza en el camino de la fe, sino que se retrocede y no se deja caminar a los demás, porque, con María, se llega a Jesús.

Al leer los Estatutos, el Vanclarista debe contemplarlos y vivirlos con el mismo Jesús, que pasó por el mundo siempre pensando en los demás... ¿o es que podemos imaginarnos un Jesús pensando siempre en Él mismo y sin interés por los demás?... ¡No! No podemos sino contemplar un Jesús que se siente enviado (Cf. Jn 12,49; Jn 17,8; Jn 7,17; Jn 8,38), un Jesús que anuncia la paz (Cf. Ef 2,17), un Jesús que es pastor (Cf. Jn 10,1ss; Jn 17,12; Heb 13,20; 1 Pe 2,25), un Jesús que enseña (Cf. Mt 26,55; Mc 1,21), un Jesús que cura (Cf. Mt 4,24), un Jesús que es modelo, roca fundamental, camino, verdad y vida a quien nosotros anunciamos.

 ¿Y los Apóstoles? ¿Qué podemos decir de los Apóstoles, que dejándolo todo lo siguieron (Cf Mt 4,19.21; Mc 1,16; Mt 9,9), ellos fueron a enseñar, a curar... a misionar. ¿Y san Pablo? No podemos olvidar su humilde y ferviente testimonio: "El hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia. No tengo más remedio, y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!" (1 Cor 9,16). Si el Vanclarista se llena de Jesús, es lógico que sienta, como la Santísima Virgen y los Apóstoles, es lógico que se sienta una verdadera necesidad de darse a los demás.

Esto es lo que les pasó a tantos santas y santas de la Iglesia, entre ellos Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Juan Bosco, Vicente de Paúl, Teresita del Niño Jesús y claro, la beata María Inés Teresa. Pero en la lista de santos no hay solamente personas consagradas, sacerdotes y religiosos, sino una lista inerminable de laicos como Santa Elena la mamá del emperador Constantino, santa Mónica la mamá de san Agssutín, la jovencita italiana santa María Goretti, el doctor san José Moscati, la beata Laura Vicuña, santa Rosa de Lima, san isidro Labrador y Gianna Beretta Mola... ¿queremos más ejemplos? Los tenemos vivos y están aquí caminando a nuestro lado como discípulos misioneros que han sido cautivados por la alegría del Evangelio.

Si el Vanclarista se impregna de lo que le dicen sus Estatutos, puede escuchar con más claridad la invitación constante de Cristo que hace eco en tantos santos y santas, como en san Juan Pablo II que dice a los laicos: "El futuro de la misión y de las vocaciones misioneras depende de la generosidad de su respuesta a la llamada de Dios, a su invitación a consagrar la vida al anuncio del Evangelio. Aprendan también ustedes de María a decir el «Sí» de la adhesión plena, gozosa y fiel a la voluntad del Padre y a su designio de amor".

Por mi parte, para cerrar esta reflexión, les digo a nuestros hermanos Vanclaristas unas cuantas cosas a manera de exhortación que me sale del corazón: ¡No se dejen cautivar por las cosas pasajeras, ustedes se han encontrado con la alegría del Evangelio y sus Estatutos les marcan el camino para hacerlo vida! ¡Láncense a vivir su compromiso misionero no solamente el día del DOMUND! ¡Vivan cada día para Cristo dando testimonio en el lugar donde se encuentren, de una vida que, como la beata María Inés, se ha apasionado por Cristo! ¡Renueven su compromiso cada día, no solamente una vez al año! ¡Dejen que el contacto constante con Jesús y María —como lo dicen sus Estatutos— les avive el espíritu misionero que llevan dentro! ¡Sean discípulos misioneros, testigos del amor de Dios y portadores de esperanza sembrando paz! ¡Pónganse en los brazos de María, como un niño pequeño que requiere de la protección maternal para poder crecer impregnándose en su regazo de los mismos intereses de Cristo! ¡Dejen que la Palabra de Dios llene sus corazones, léanla, medítenla, profundicen en ella y dejen que la semilla crezca hasta hacer de cada uno un árbol frondoso que cobije a muchas almas! ¡Prolonguen con su «sí» la tarea evangelizadora de su fundadora la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento! Amén.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

martes, 1 de septiembre de 2015

Van-Clar nació del corazón misionero de la Beata María Inés Teresa…

Hace algunos años todavía, en la Iglesia, los seglares no tenían una parte tan importante en la misión como ahora. Hablar de Iglesia era hablar del clero y de los religiosos; los laicos parecían alejados de todo dinamismo y responsabilidad en el pueblo de Dios. Hubo hasta épocas en las que se llegó incluso a escribir que los seglares se parecían a los corderos de la fiesta de la candelaria: ¡Se les bendice y se les esquila!

En los primeros tiempos de la Iglesia, se entendía que la Iglesia eran todos los bautizados, y que todos tenían un papel importantísimo en la vida y actividad de la Iglesia. El desconocido autor de la Carta a Diogneto, escrita quizá a finales del siglo II, escribe: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En efecto, en lugar alguno establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua extraña, ni viven un género de vida singular… siguiendo los usos de cada región en lo que se refiere al vestido y a la comida y a las demás cosas de la vida, se muestran viviendo un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario… Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo”[1]. Atenágoras, allá por el año 177 escribe: “Entre nosotros fácilmente podréis encontrar gentes sencillas, artesanos y viejezuelas, que si de palabra no son capaces de mostrar con razones la utilidad de su religión, muestran con las obras que han hecho una elección buena”[2]. Orígenes, sin duda alguna, el más profundo, original y audaz de los padres de la Iglesia anteriores a San Agustín, hablando de la expansión misional del cristianismo, hace mucha referencia a los seglares, que recorrían los pueblos y ciudades anunciando la Buena Nueva.[3]

En realidad, los primeros cristianos, en su mayoría, eran laicos, y así se fue desarrollando el cristianismo; hay que recordar aquel célebre capítulo 12 de la Primera carta a los Corintios, con aquello de “Son el Cuerpo de Cristo y miembros (cada uno) en parte”[4]. Los primeros cristianos tenían claro que la Iglesia eran todos. Con el tiempo, diversas concepciones y pensamientos fueron invadiendo a la Iglesia, y quizá por un equivocado concepto de santidad se fue relegando a los seglares a ser solamente campo de acción apostólica, pero no apóstoles. Esta situación casi se perpetuó en la Iglesia y duró siglos. Es hasta el Concilio Vaticano II en que por primera vez en la Iglesia el laicado se convierte en tema conciliar con el capítulo 4 de la “Lumen Gentium” y con el “Decreto sobre el apostolado de los seglares”. Sin embargo, durante todo ese tiempo, no faltaron en la Iglesia hombres y mujeres santos que con gran visión fueron recordando al mundo que la Iglesia somos todo el conjunto de bautizados y que todos estamos llamados a evangelizar.

Es el caso de Nuestra Madre fundadora, la Beata María Inés Teresa Arias, que muchos años antes del concilio Vaticano II sintió ese interés por los seglares y su trabajo evangelizador en la Iglesia. Basta recordar aquel escrito que se cree haya realizado en 1929 titulado: “A mis queridas compañeras de la Acción Católica”, en donde entre otras dice: “ Es por esto, pudiera decir «un sacerdocio seglar», si se me permite la expresión… somos «obreros de la viña del Señor»… Él nos escogió, y ¿para qué? ¿Para que nos retirásemos a un convento, para que nos consagrásemos a Él exclusivamente? No, nos escogió, sencillamente, para trabajar en su viña”[5].

La Beata parecía haberse adelantado al Concilio Vaticano II, que dirá: “Los seglares, fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la parte que les toca la misión de todo el pueblo cristianos en el mundo y en la Iglesia”[6]. Cuando en aquel 1929, la Beata utiliza la expresión «sacerdocio seglar» y dice «si se me permite la expresión». En el Concilio la encontraremos infinidad de veces en la Lumen Gentium, en la Apostólicam Actuositatem, en Ad Gentes, en Presbiterorum Ordinis.

Aún antes de ingresar al convento del “Ave María”, “solía siempre ofrecerse en la Misa diaria y celebrar junto con el sacerdote la Misa, humildemente recogida, en actitud de adoración, penetrada hondamente de su papel en ese gran sacrificio”[7]; decía ella que cuando era seglar, vivía constantemente en un Nazareth. Manuelita de Jesús, como se llamaba en el mundo la Beata María Inés, era una jovencita como muchas de su edad. Había sido educada en el seno de una familia sumamente cristiana, de tal manera que aprendió a vivir el compromiso bautismal del laico en toda su plenitud.

Ya siendo religiosa, alentaba a los miembros de su familia a vivir intensamente el compromiso cristiano. Son testimonio de esto los escritos que dirigió a sus sobrinos Luisito, el 19 de marzo de 1943 y a su sobrina María Balbina, “la Nena”, el 8 de diciembre de 1945, con ocasión de su Primera Comunión donde les invita a vivir enamorados de la Eucaristía y les recuerda los deberes de cristianos. O aquel otro que hace a su hermana Teresita sobre el valor de la oración en el que le dice: “Si todos los días tengo para mis amistades, tiempo sobrado, que dedicarles ¿no tendré cada día para mi buen Jesús, mi tierno Padre, una media hora cuando menos, que gastar con Él, en íntima comunicación, de corazón a corazón?… Seré alma de Oración para aprender a vivir santamente en sociedad”[8]. Está también aquel otro que escribe, a su misma hermana Teresita antes de que contrajera matrimonio en el que le habla de la grandeza del sacramento que va a recibir[9].

Estos escritos, son solamente una pequeña muestra que nos hace ver que la Beata entendía perfectamente la misión de los laicos en la Iglesia, aún en aquella época en la que poco se escuchaba hablar del apostolado de los seglares y de su compromiso misionero en la Iglesia. La Madre entiende que la misión del laico va en esa doble vertiente de la edificación de la Iglesia en el mundo y la inspiración cristiana del orden temporal. Todo seglar, sabemos nosotros, por los mismos dones que le han sido conferidos por Cristo mediante su incorporación sacramental en la Iglesia, se convierte en un testigo e instrumento operante que no necesita ningún mandato especial para realizar esta tarea, sino que está capacitado para ello desde su consagración bautismal. La Beata había visto este compromiso bautismal en sus padres. Don Eustaquio Arias, era un hombre de profunda oración que se entendía muy bien con Dios, Doña María, su madre, era un alma apostólica que socorría al pobre y necesitado. Nunca disociaron su vida como ciudadanos de su vida como cristianos, sus asuntos temporales nunca fueron ajenos a su vida de fe.

Cuando la Beata ve realizados sus anhelos de la fundación misionera, quedan ya establecidas las bases de lo que será Van-Clar, un movimiento de misioneros laicos con el mismo espíritu y espiritualidad de los miembros de la congregación y misioneros en la misma línea que ellas, misioneros de vanguardia. Desde el 22 de junio de 1951, al ser aprobadas las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, nace Van-Clar, porque la formación de las vanguardias misioneras es uno de los fines que la Madre establece. Al ser aprobadas las Constituciones de las Hermanas, en 1953, el 5 de enero, es aprobado Van-Clar por la autoridad de la Iglesia. La Beata María Inés, consciente de ese compromiso bautismal, ofrece al mundo la posibilidad de que laicos de todos los niveles, de diversas edades y distintas clases puedan vivir el ideal misionero compartiendo su fe. Aquello era algo nuevo y tal vez por eso haya sido difícil empezar, los llamó “Van-Clar”, Vanguardias Clarisas.

Y vaya que para aquellos años podemos pensar que era un grupo vanguardista, es el tiempo de la acción católica pero solamente como un apostolado para la jerarquía. Ella, una religiosa, se atreve a pensar que el mandato misionero dirigido a todo cristiano se hará realidad en laicos enviados a dar testimonio de vida cristiana. Los primeros grupos no llevaban propiamente el nombre de Van-Clar, pero eran, como el de California, una especie de club misionero en donde los miembros tomaban conciencia de su participación en la misión de la Iglesia. Precisamente, se conservan varias cartas de las que la Beata dirigía a este grupito de California, que en la actualidad sigue renovando su compromiso y con el cual he compartido momentos hermosos en su renovación de compromiso en diciembre pasado. Entre otras cosas les dice: “Sin duda todas las que forman este nuevo club misionero tendrán la suficiente energía, el suficiente amor por salvar cada día más almas… Son ustedes aquellas jóvenes que desde la eternidad Jesucristo las amó y destinó para el cielo, practicando aquí en la tierra el apostolado misionero… En el corazón Sacratísimo de Jesús deposito esta obra apostólica misionera para que la llene de amor y bendiciones. María Santísima sea su protectora y guía”[10].

Desde aquellos tiempos se empezaba a estrechar el lazo entre las religiosas y los seglares para sostener la obra misionera. Una carta de la Madre al mismo grupo de Los Ángeles nos ilustra: “Profundamente agradecida a todas y cada una de las personas que integran ese Círculo Misional por su eficiencia en el apostolado que se han propuesto y por su bondad hacia mis religiosas residentes en esa ciudad de los Ángeles, así como por la solicitud caritativa y amorosa que han tenido a bien desplegar por nuestras incipientes misiones en Japón, ofrecemos diariamente el tributo de nuestras oraciones”[11]. Todos los días, en nuestras casas de Misioneras Clarisas y Misioneros de Cristo, en el rezo del Santo Rosario, tenemos un recuerdo especial para nuestros hermanos Vanclaristas.

El fin esencial de Van-Clar queda establecido por la Madre y se traduce en vivir el Santo Evangelio mediante la práctica del compromiso bautismal en el propio ambiente familiar, profesional, cultural, social, eclesial, para que mediante su testimonio de vida de fe, esperanza y amor como discípulos-misioneros, los Vanclaristas (como son llamados sus miembros), descubran a Cristo a los demás. Su lema “Vivir para Cristo” los impulsa a ser misioneros de vanguardia en todo tiempo y lugar cumpliendo, ante todo, la voluntad de Dios como discípulos de Jesucristo. Ya desde 1958 la Sierva de Dios alentaba a los misioneros seglares así: “Sé por la Madre Teresa que han aumentado en número y… en santidad; que han aprendido a hacer la voluntad de Dios con alegría, ya que solamente así encontraremos siempre la paz y la santidad”[12].

La Madre fue descubriendo que los laicos son Iglesia, que son discípulos-misioneros  y que tienen que actuar como protagonistas en la Iglesia. Ella fue buscando la manera de dar al mundo cristianos seglares apostólicos y contemplativos, hombres y mujeres que apasionados por Cristo pasen por este mundo dejando su huella identificada con la huella de Cristo.

En el verano de 1966, se elaboraron los primeros estatutos que habrían de guiar el estilo de vida del grupo. La Madre quería que sus seglares, al igual que las Misioneras Clarisas, estuvieran siempre unidos a la Sede de Pedro y que quedara por escrito todo lo referente a sus obligaciones, organización, apostolado y demás. Se reunió con un grupo de hermanas y elaboraron algo pequeño que contenía, en unas cuantas páginas, la esencia de lo que vendría a ser el movimiento en sí. No se trataba de alentar a hombres y mujeres que de forma aislada y sin organización dedicaran sus tiempos libres al Señor, era tarea ardua que habría de venir a plasmarse después en los estatutos que conocemos y que se fueron enriqueciendo con las aportaciones, sobre todo de los mismos Vanclaristas, de quienes en octubre de 1971, en un consejo general especial consultivo, la Madre pidió participación y sugerencias. Los miembros del grupo harían un compromiso, renovable, de dar testimonio de vida cristiana. Ese compromiso se renovará cada año para dejarlo grabado en el corazón; con el tiempo, algunos lo harán de forma permanente, pero siempre renovando públicamente cuando les sea posible.

La Beata, como fundadora, estableció además, que se tuvieran asambleas periódicas para que los diversos grupos, que iban naciendo en varios de los lugares donde las Misioneras Clarisas estaban trabajando, intercambiaran experiencias, rezaran juntos, convivieran y se ayudaran. En las asambleas de los años 1970 y 1971 se dieron muchas aportaciones y se vio de una manera viva la vida de los vanclaristas. Ese año en una carta ella anota: “Ojalá los chicos se vean cada vez más responsables de su papel de vanclaristas verdaderos y fórmales la conciencia de que ante todo deben dar testimonio de Cristo con su vida recta, limpia. Urge tanto que la juventud actual comprenda esto…”[13].

Ella había encontrado corazones que sintonizaran con el suyo y sus ideales entre los seglares. En una carta escribe: “Con cuánta gratitud debe el vanclarista vivir su vida de dar testimonio de que Cristo ha venido al mundo. Por su vida cristiana, pero verdaderamente cristiana, evitando todo pecado mortal y aún venial y así poder de verdad sembrar y ser instrumento de Cristo no sólo cuando van a misiones, sino siempre, ya que la principal misión del vanclarista es dar testimonio de vida cristiana”[14], y siempre quiso que sus hijas Misioneras Clarisas se interesaran por Van-Clar. A ellas les dice en una carta: “Felicito a todas las hijas que trabajan con los grupos de Van-Clar, y a cuantas otras hermanas cooperan en este hermoso apostolado, Dios nuestro Señor nos ayude a seguirlo intensificando, con gran espíritu de servicio, de amor al prójimo, de entrega, pero… en un espíritu de humildad, de oración, de constante unión con Dios. De verdad que se ve la bendición divina en este hermosísimo apostolado”[15]; de tal manera que no puede haber una Misionera Clarisa o un Misionero de Cristo que no quiera saber nada de Van-Clar, o que se ponga celoso de ellos; somos hermanos, hijos de una misma Madre, una mujer sin fronteras y de un gran corazón. Ella nos dice: “Mucho les encargo el que traten de imbuirse más y más de lo que es Van-Clar, en que consiste su trabajo y del bien que está llamado a realizar en el mundo”[16].

Para que estos grupos de misioneros seglares caminaran siempre en el espíritu y espiritualidad que la Madre misma había recibido por inspiración de Dios, fue nombrando a algunas de sus hijas Misioneras Clarisas y las fue preparando para que fueran las que velaran por sus hijos seglares, les dió el título, en aquel entonces, de “Orientadoras”. Constantemente les animaba y alentaba a cumplir con esa hermosa misión de hacer de los grupos verdaderas comunidades de vida cristiana y de cada uno de los Vanclaristas un discípulo-misionero que aceptando la ley de Cristo, como norma de comportamiento, se hiciera modelo de realización del hombre en el mundo, extendiendo el Evangelio con su sola presencia.

Al hacer la organización de Van-Clar, ella misma determinó, con ayuda de sus consejeras, que la Superiora General de las Misioneras Clarisas fuera la dirigente general de Van-Clar y que fuera asistida por una hermana a la que llamó “Coordinadora general de Van-Clar”. En 1973, le envía a dicha coordinadora general una carta en la que le dice: “Y a esto está llamado también Van-Clar, a enrolar misioneros seglares que vivan el espíritu de Cristo, que se apasionen por Él, que den testimonio de Él con su vida, sus ejemplos, su cristianismo, y que, de allí derive una vida mejor: la Sacerdotal y la Religiosa… para llevar por el mundo entero el nombre Augusto de Dios, su amor y su misericordia, y enseñar a todos los hombres que: Dios es amor, que es Hermano, y es Padre y es Amigo, y nos ama infinitamente porque nos ha dado todo, nos amó hasta el fin”[17].

La Beata fue haciendo, de manera personal y a través de consejos, de cada uno de los grupos, verdaderas comunidades de hombres y mujeres convertidos personalmente al Evangelio por una decisión libre y consciente; los grupos se fueron desarrollando no de una manera masificada, sino como comunidades cristianas vivas, de las cuales algunos de los que estamos aquí, ahora como Misioneros de Cristo o Misioneras Clarisas, guardamos gratos recuerdos de la vivencia de la fraternidad, de la práctica de la acción misionera, de la vivencia litúrgica y de la invitación que constantemente se nos hacía a dar testimonio de vida cristiana en el lugar donde nos encontráramos.

Nuestra Madre fundadora, la Beata María Inés Teresa, captó plenamente el anhelo del Concilio Vaticano II y fue impulsando a los grupos a vivir la comunión en la Palabra, en la Eucaristía como centro y en el servicio misionero como discípulos muy amados de Cristo. ¿Quién no recuerda la hermosa vivencia de Semana Santa en misión que ahora tantos y tantos grupos y comunidades en la Iglesia lo viven apenas como algo nuevo? Ella invitaba a cada una de las hijas Misioneras Clarisas a entusiasmarse por Van-Clar, en una carta les dice: “Dios quiera y en todas las casas, cada una vea este apostolado como algo muy del Instituto y comprenda todo el bien que se puede hacer, haciendo que los seglares también trabajen por el bien de sus hermanos, con espíritu alegre y sencillo. Pero… cuidado, no olviden que, para que el Vanclarista se desarrolle sobrenaturalmente, ante todo tiene que ser la Misionera Clarisa, alma de oración, de sacrificio, llena de amor a Dios”[18]. En el año de 1974 la Sierva de Dios, en una colectiva anota: “Yo quisiera, y les pido que de manera especial, todas las superioras, tanto regionales, como locales, tomen verdadero empeño en ello, ya que es un apostolado muy de nuestros tiempos y sumamente necesario; del cual además, se pueden sacar buenas vocaciones para nuestro Instituto y para el sacerdocio”[19].

Y el Señor escuchó y tomó en cuenta el deseo de aquel corazón que quería darle vocaciones para el servicio de la Iglesia. Ahora, muchas de las asesoras de los grupos fueron Vanclaristas y ahí el Señor les llamó. Y que decir de los Misioneros de Cristo, si las primeras vocaciones, y podemos decir, el eco primero de la fundación, resonó en los corazones de sus hijos Vanclaristas. ¿Cómo no iba a hablar el Señor en ese ambiente de Dios que la Beata, con consejos, y a través de sus hijas infundía. En una carta a un grupo de vanclaristas les recomienda: “… Mucho les encargo su testimonio personal, hagan un ratito de meditación aunque sea corto, para que Dios los ayude siempre y el rezo del santo rosario, pidiéndole a la Santísima Virgen que los ayude. Ya verán que la vida es más llevadera cuando Cristo es nuestro compañero. Traten, ustedes se convencerán de ello”[20]. Sabemos que también con el tiempo, fue naciendo en algunas de nuestras hermanas Vanclaristas, el deseo de consagrarse a Dios en el mundo como Misioneras Inesianas, agrupadas como instituto secular. Están además nuestros hermanos Sacerdotes y seminaristas diocesanos que viviendo el espíritu y espiritualidad de nuestra familia misionera se integran a nosotros en el Grupo Sacerdotal Madre Inés trabajando activamente en sus diócesis y estudiando en diversos seminarios. Estoy seguro que, Familia Eucarística, la más reciente de las ramas de esta Familia Misionera, dará a la Iglesia también vocaciones de especial consagración. En una carta hablando la Besta María Inés de los Misioneros de Cristo escribe: “Espero que se sientan con la obligación de llevar más, y más, para que, como ellos se vayan formando en la santidad propia de su estado, y luego, a los que Dios elija para llevar al altar y consagrarlo su sacerdote, pueda él mismo, unido a las Misioneras Clarisas, continuar fomentando el ciento por uno, esas vocaciones juveniles de laicos santos, que tanto necesita la Iglesia de hoy”[21]

Para ella, los Vanclaristas siempre fueron parte de la familia, sabía que la Iglesia necesita seglares comprometidos para sembrar el bien por todas partes y que cada uno de los Vanclaristas formaba parte de lo que ella llamó: “El brazo derecho de la Congregación”. Realmente los sentía así: “Un saludo cordial para cada uno de ustedes en quienes tenemos cifradas grandes esperanzas y apoyo para nuestras labores misionales en las que desde siempre han tomado parte generosamente”[22]. Su apostolado quedaría definido más por el ser y la misión, antes que la acción. Que los otros vean en sus obras a Cristo y a la Iglesia y alcancen la salvación. Ella gozaba cuando sus hijos Vanclaristas le escribían y contaban lo que hacían. A sus hijas Misioneras Clarisas les participaba también del gozo. En una carta escribe: “En las referencias que me hacen hijas, del trabajo de Van-Clar, ¿qué más les diré? Que me llena de alegría el saber que ese hermoso apostolado se va intensificando”[23]. Las felicitaba: “Mis felicitaciones por lo hermoso que siguen trabajando los grupos de Van-Clar”[24].

Con sencillez y alegría, los Vanclaristas fueron captando lo que la Madre quería, sobre todo lo que Dios le pedía para ellos. En el capítulo general de 1973, los Estatutos de Van-Clar se ampliaron y enriquecieron con aportaciones que los Vanclaristas, en la asamblea del mismo año, prepararon para enviar al capítulo. No solo esta vez, sino siempre, la Madre les consultó. Para el capítulo de 1979 les dice: “Queridos Vanclaristas, les participo de este acontecimiento ya que Ustedes son parte de nuestra familia misionera y participan tanto de los gozos como esperanzas, tristezas, etc… de nuestra querida Congregación… si tuvieran algunas sugerencias para el capítulo pueden ustedes enviarlas para ser estudiadas por él”[25].

La Beatas veía con gozo que los grupos crecían y se desarrollaban en ese espíritu y espiritualidad que ella deseaba. Se les impulsaba a encontrar en la Eucaristía la fortaleza para ser discípulos-misioneros de primera línea. Santa María de Guadalupe, el alma del alma de la Familia Inesiana, acompañará siempre a cada uno de los Vanclaristas que al pecho, al hacer su compromiso misionero, llevarán una cruz sin Cristo, como deseando que ese mismo Cristo, hijo de María, se forme en ellos. La Madre anota en una carta: “En todas partes va creciendo el grupo de Van-Clar, y aquí, (Los Ángeles), ya se empieza a hacer alguna conquista. Dios siga su obra”[26].

Cómo gozaba la beata compartiendo en los grupos. No se pueden olvidar aquellos 25 años de la Congregación de los que tantos de nuestros hermanos hermanos Vanclaristas guardan el recuerdo en su corazón de la Madre que se interesa por cada uno de sus hijos Vanclaristas. Yo en lo personal la recuerdo en los XV años del grupo de Van-Clar de Monterrey en 1979: alegre, sencilla, cercana, juvenil, disponible para cada uno de los Vanclaristas.

Un miembro de Van-Clar vive su testimonio de vida cristiana en el ambiente natural de familia, colegio, trabajo, sociedad y amistades; con su vida de discípulo-misionero, da testimonio claro y valiente de la fe que profesa actuando con criterios evangélicos en todo; predica la Buena Nueva dando un buen consejo, un criterio, conclusiones que Cristo daría. La tierra de misión primera del Vanclarista es su ambiente, su vida diaria, el lugar donde la Providencia lo ha colocado. Para poder realizar su fin, la Beata, con aportaciones de los mismos hermanos Vanclaristas y escuchando sus deseos, dejó, a parte de los Estatutos, una guía, la “Guía del Vanclarista”, un pequeño librito de espiritualidad profunda y condensada para que el Vanclarista, según su condición, haga vida, más fácilmente su lema: “Vivir para Cristo” echando mano de las virtudes que debe desarrollar y que son los que pide la Madre Fundadora: Alegría, sencillez, caridad, confianza, lealtad, veracidad, generosidad, abnegación y celo apostólico. La Madre escribe: “Cuanta alegría me causa el saber de nuestros grupos de Van-Clar, que tan buen testimonio están dando al mundo en que viven, sirviendo de modelos para otros jóvenes que deseen también caminar más unidos a Cristo y a sus hermanos, en esa fraternidad, que hace la amistad pura, sin desvíos”[27].

Y que decir de aquellos que por diversas razones se encuentran solos o en lugares donde antes hubo casas de la Familia Inesiana. La Beata les inculcaba que en donde quiera eran Vanclaristas y que si no se podía de otra manera, renovaran su compromiso misionero delante de Dios y a solas. Cuando hace ya algunos años, la casa de Acapulco se cerró temporalmente por primera vez, los Vanclaristas siguieron caminando. La Beata en ese entonces da testimonio de ello en una carta colectiva: “Me maravilla, así como dicen que también a los padres y al Señor Obispo, (están maravillados), el que, sin estar ya nosotras en ese puerto, nuestros chicos y chicas sigan portándose a la altura de su vocación… son chicos y chicas muy buenos”[28]. Y ahora que esa casa se ha vuelto a cerrar, por diversas circunstancias de la vida, los Vanclaristas siguen caminando igual, llenos del espíritu y espiritualidad que la Beata anheló para cada uno como discípulo-misionero del Señor.

A algunos de nuestros hermanos Vanclaristas, ya el Señor les ha llamado a la casa paterna. A la Beata le tocó ver que algunos se le adelantaron en este camino y en una ocasión, en la muerte de una Vanclarista escribe: “Su generosa entrega en el apostolado del dolor, ha sido y será para todos un testimonio constante de la vida de Cristo, pues estamos seguras que para ella el lema “Vivir para Cristo” fue pleno, absoluto, y ahora lo ha consumado en una feliz eternidad. Adelante queridos Vanclaristas, Dios nos quiere optimistas, trabajadores, generosos en nuestra entrega, vale la pena vivir así y luchar porque los demás lo vivan también ya que la realidad eterna que nos espera es sublime”[29].

Pocos meses antes de morir, la Madre sigue llevando en el corazón a sus hijos Vanclaristas, los sabe parte de la familia misionera por ella fundada y escribe en una colectiva: “Felicito también a los grupos de México que, con frecuencia, según se los permiten sus ocupaciones, han acudido a lugares pobres, a impartir, con la catequización, juntamente con nuestros queridos Vanclaristas, que saben darse en verdad a Dios, entregando su trabajo y cansancio en bien de sus hermanos; todos recibirán un premio grande, tanto en la tierra como en el cielo. Y a propósito de Vanclaristas, cómo quisiera que en las naciones en donde por causas especiales no se ha podido establecer, ya de una vez se decidan a hacerlo. El trabajo es empezar, aunque sea con uno o dos; ellos y ellas llamarán a otros compañeros, y así, Dios nos concederá formar hombres y mujeres verdaderamente cristianos, que den ejemplo de pureza, y sean verdaderos testigos de Cristo. Gracias a Dios son muchos los que así obran, y se saben dar a sus hermanos, sin escatimar sacrificio. Los felicito con toda mi alma, y les ruego les hagan saber que todos los días los encomiendo a Dios y que los llevo en el corazón para darlos a Él”[30].

En el corazón de la Beata, siempre hubo un espacio para cada uno de sus hijos. Los Vanclaristas son nuestros hermanos, son parte importantísima de nuestra Familia Inesiana y nos necesitamos mutuamente para completar lo que Nuestra Madre la Beata María Inés espera de nuestra familia misionera. Son nuestros hermanos, son nuestros amigos. A algunos de los otros miembros de la Familia Inesiana nos toca estar de forma más directa con Van-Clar. Revivamos en cada uno el deseo de Nuestra Madre la Sierva de Dios, alentemos a los grupos a que de forma dinámica hagan vida los ideales de nuestra fundadora y ayudemos a nuestros hermanos Vanclaristas a que cada uno de los grupos sea motivo de credibilidad para el mundo, de que Cristo vive, y de que quien le sigue quiere vivir para Él hasta que sus huellas queden totalmente identificadas, bajo la mirada dulce de María, con aquel que pasó por el mundo haciendo el bien.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

[1]VIVES José, S.I., Los Padres de la Iglesia, Editorial Herder, Barcelona 1988, p.p. 67-68.

[2]VIVES José, S.I., Los Padres de la Iglesia, Editorial Herder, Barcelona 1988, p. 90.

[3]Cfr. VIVES José, S.I., Los Padres de la Iglesia, Editorial Herder, Barcelona 1988, p. 327.

[4]1 Cor. 12,27.

[5]ARIAS ESPINOSA María-Inés-Teresa, A mis queridas compañeras de la Acción Católica, 1929.

[6]Lumen Gentium 31,1.

[7]DELGADO RANGEL Alfredo Leonel Guadalupe, M.C.I.U., La Espiritualidad sacerdotal en la Madre María-Inés, Roma, 1985.

[8]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, A mi hermanita María Teresa de Jesús, 15 de octubre de 1936.

[9]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, A la Teresita Mía, 15 de enero de 1942.

[10]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta al Club Misionero de California, 13 de diciembre de 1955.

[11]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta al Círculo Misional, 31 de marzo de 1956.

[12]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta al Círculo Misional, 29 de mayo de 1958.

[13]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta a una Hermana Misionera Clarisa, 7 de diciembre de 1971.

[14]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta, 7 de diciembre de 1971.

[15]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta Colectiva, 23 de abril de 1971.

[16]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta, Enero de 1974.

[17]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta a la Coord. Gral. de Van-Clar, 24 de junio de 1973.

[18]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta Colectiva, 30 de octubre de 1971.

[19]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta Colectiva, Enero de 1974.

[20]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta a un grupo de Van-Clar, Enero 27 de 1972.

[21]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta, 2 de julio de 1980.

[22]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta del 2 de abril de 1974.

[23]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta Colectiva, Enero de 1974.

[24]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta, 3 de agosto de 1973. (ú 8 de agosto).

[25]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta a Van-Clar, 12 de junio de 1979.

[26]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta, 1978.

[27]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta, 2 de julio de 1980.

[28]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta, Enero de 1979.

[29]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta sobre la muerte de una vanclarista, 27 de enero de 1972.

[30]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta Colectiva, 3 de febrero de 1981.

lunes, 25 de agosto de 2014

El Vanclarista, su ideal y el diálogo con Cristo…

“Van-Clar” es un un grupo que conduce siempre a cada miembro a tener experiencia profunda de amistad con Jesús como discípulo-misionero desde su condición de seglar y con la valiosa ayuda del espíritu y espiritualidad de la Beata María Inés Tersa del Santísimo Sacramento, su fundadora.

Las cartas y escritos de la beata, marcan la pauta a seguir para llegar a ser lo que ella misma esperaba de un Vanclarista: “llenos de fervor, de fuego juvenil, de anhelos de pureza, de sacrificio, de abnegación”. Nuestra Madre la beata María Inés, espera de los Vanclaristas laicos “dirigentes”, como fermento del Evangelio en medio del mundo, que sepan “ante todos dar testimonio de Cristo con una vida recta, limpia… un grupo que de veras se entregue al servicio de Dios y del prójimo” decía ella con entusiasmo.

En los Últimos meses ha sido muy considerable el incremento de aspirantes y prevanclaristas que han llegado a engrosar las filas de los diversos grupos alrededor del mundo. Hoy quiero invitarlos a hacer un alto en el caminar y detenerse a reflexionar en una cosa que expreso tomando textualmente unas palabras de Mons. Juan Esquerda Bifet en su libro sobre Van-Clar “VEN Y VERAS”: «Si “VIVIR PARA CRISTO” es el lema del Vanclarista, ese vivir no sería auténtico sin una fuerte experiencia de Cristo, en diálogo con Él, escondido en la Eucaristía y en el Evangelio, esperando en el corazón de cada hermano.»

Un Vanclarista es una persona que se tiene que dejar poseer por el Amor de Dios. La Iglesia los necesita así: “La Iglesia necesita de estos elementos juveniles y aún de mayor edad, para sembrar el bien por todas partes por donde pasen, asemejándose así a su Divino Maestro que: PASÓ POR EL MUNDO HACIENDO EL BIEN…” (Carta de la beata María Inés a Van-Clar en 1973). Cada uno de nosotros —lo sabemos perfectamente— ocupa un lugar muy importante en el Corazón de Dios, somos únicos e irrepetibles, no hay nadie como yo. ¡Ni siquiera los gemelos idénticos son iguales!, hay algo que los hace distintos. Para Dios, cada uno de nosotros somos un amigo como no hay otro. Para anunciar a Cristo como Misioneros hay que ser primero amigos de Él, es así que el primer paso que ha de dar un laico que llega a este grupo, es hacerse amigo de Dios. Muchos jovencitos de hoy en día y, en general, muchas personas, piensan que es imposible establecer una amistad con Dios. Dios nos invita como Amigo a experimentar su amor amándole a El y a nuestros Hermanos.

Un laico que llega a cualquier grupo de Van-Clar, debe hacer crecer en él lo que llamamos «Espiritualidad», que es el camino que se ha de recorrer para cumplir la Voluntad de Dios como amigo suyo. Los santos, para mucha gente, han pasado de moda junto con palabras como esta de espiritualidad. Hay muchos jóvenes e incluso adultos que piensan que estas son cosas del pasado, da la impresión de que algunas palabras no las quisieran ni escuchar porque estorban a la vida de la sociedad de hoy: rezar, moral, confesarse, virginidad, rosario, espiritualidad y otras más. Sin espiritualidad ningún creyente puede vivir. ¨Sin un camino, ¿será posible llegar a alguna parte?…

La Espiritualidad nos debe mover a querer estar con Jesús, que es quien nos ha llamado a ser misioneros. Dice Nuestra Madre la beata María Inés en una de sus cartas a Van-Clar: “Como quisiera que todos mis Vanclaristas se actuaran muy bien de su gran responsabilidad de almas de apóstoles, especialmente llamadas a estar con el Señor. Estando muy unidos a El, cuánto bien aún sin sentirlo, sin saberlo irán sembrando, y predicando a sus compañeros de estudios, de trabajo, de oficina, de viaje, etc. etc.”.

Dios sale al encuentro de cada Vanclarista, nuestro Señor quiere abrir a cada uno los brazos de su amistad, El está deseoso de tener amigos y tiene cosas especiales reservadas para ellos que quizá los que van por el camino de la mediocridad no entienden. No hay razón alguna que valga para que un Vanclarista se aparte de esta amistad con Dios. Los grupos de Van-Clar han crecido, pero no debemos ver solamente el número, debemos preguntarnos ahora: ¨Ha crecido junto con eso nuestra espiritualidad? ¨Se ha hecho más grande nuestro deseo de ser amigos de Dios? ¿Hemos sabido sacar provecho de este amor de predilección que Dios nos tiene? ¿Nos hemos hecho más amigos de su Madre Sant¡sima? ¿Hemos recorrido la vida en Vanclar solos o con el Señor?

A mi siempre me ha impresionado abrir la Escritura y volver a leer una y otra vez los pasajes en los que Jesús llama: Jn 1,46; Jn 1,39; Mc 3,13-14;Jn 1,43; Jn 15,16; Mt 9,13; Mt 4,19; Mt 8, 22; Mt 9,9 y muchos textos más. La llamada de Cristo sigue resonando en muchos corazones, pero el riesgo de hoy sigue siendo el mismo que en tiempos del Maestro, cuando aquel joven rico no valoró la mirada de amor que Jesús le dirigió y se marchó lleno de tristeza apegado a sus riquezas (Mc 10,21-22). Veo con tristeza, que son muchos hombres y mujeres de hoy que se quieren quedar apegados a sus cosas y no se lanzan a responder a Cristo, y ya no digo a una vida de consagración en la vida sacerdotal y religiosa, a la que de por sí muchos ven como algo ajeno o… ¡peligroso!, sino que ni siquiera se ve en algunos miembros de la Iglesia el deseo de responder a una vida cristiana en el mundo. Nuestra Madre la beata María Inés, quería que el Vanclarista fuera el brazo derecho de los consagrados de nuestra Familia Inesiana. ¿Se podrá ser brazo derecho sin espiritualidad?

Van-Clar ofrece un gran regalo de Dios al laico de hoy, la posibilidad de compartir la vida con Cristo, la posibilidad de vivir la vida en Cristo, la posibilidad de entregar la vida por Cristo. La espiritualidad ayuda al Vanclarista a caminar en la búsqueda de la realización de su opción fundamental. Esa opción es aquello que nos hace pensar cosas como esta: ¿Qué vine a buscar a Van-Clar? ¿Qué es lo que espero del grupo? ¿Qué es lo que yo puedo dar? No hay nada que pueda destruir tanto nuestra vida, dice San Juan Crisóstomo —un gran santo en la Iglesia— como el ir dejando las buenas obras para hacerlas más adelante, porque esto hace muchas veces que perdamos todos los bienes, los buenos deseos, los anhelos. Hay que desterrar de nuestra mente y de nuestro corazón esa frase tan común dque se escucha seguido: «Mañana empiezo».

Todo cristiano, por el hecho de ser bautizado, está llamado a ser santo, aquí no se le hacen descuentos o rebajas a nadie. La espiritualidad es el camino que nos irá formando en esa carrera de la santidad. Dice Mons. Esquerda en el librito que ya mencioné: “Con personas entregadas, aunque sean limitadas y pobres, Van-Clar puede hacer mucho para amar y hacer amar a Cristo y a la Iglesia. Con pesos muertos, Van-Clar se reduciría a un taller de reparaciones o, peor aún, a un museo de antigüedades o de cacharros inútiles. Pero cuando uno reconoce su realidad y quiere empezar de nuevo, entonces se recupera el tono del seguimiento evangélico en el corazón y en el grupo”.

La vida de un grupo, en todos sus aspectos, siempre ser un reflejo de la vida de las personas que la integran. Si nosotros vemos que el grupo de Van-Clar marcha bien, que hay armonía, que hay generosidad, cooperación, fidelidad, es que estos valores se están viviendo en cada uno, pero si acaso hubiera discordias, rivalidades, falta de seriedad en las relaciones fraternas, cazanovios y tumbanovias…. ¿qué hay entonces en el corazón de cada uno? La Escritura es clara, “donde está tu tesoro, allí está también tu corazón” (Mt 6,21), “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre.” (Mc 7, 15).

Hermanos y hermanas Vanclaristas, necesitamos espiritualidad, necesitamos recorrer este camino para, como dice Nuestra Madre la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: “VIVIR PARA CRISTO, sanando el ambiente con el «buen olor» de Cristo, con el perfume de las virtudes cristianas” (Cta. a Van-Clar). ¿Qué nos faltará algunas veces? Sin duda, ponernos a caminar, amar sin medida, coraje para vivir esa espiritualidad que nos debe sostener, deseo ardiente que haga que nuestra vida no se diluya y termine vacía, perdida en medio de las rivalidades y discordias de la sociedad en que vivimos. La Espiritualidad debe impregnar la vida diaria del Vanclarista y esta espiritualidad se expresa, como dice san Juan Pablo II en la Redemptoris Missio: “Viviendo con plena docilidad al Espíritu; ella compromete a dejarse plasmar interiormente por él, para hacerse cada vez más semejantes a Cristo. No se puede dar testimonio de Cristo sin reflejar su imagen, la cual se hace viva en nosotros por la gracia y por obra del Esp¡ritu”. (R.Mi. 87).

El Espíritu del Vanclarista es Misionero por excelencia, está plasmado en una espiritualidad que nos ha dejado Nuestra Madre Fundadora y que es Eucarística, Sacerdotal, Mariana y Misionera vivida en la alegre entrega. Siguiendo el camino de la espiritualidad, el Vanclarista se va formando un ideal, un ideal que es una aspiración suprema. Para terminar este mal hilvanado artículo, quisiera que escucháramos a Nuestra Madre la beata María Inés hablar del ideal: “Tengo para m¡, íntimamente, que el ideal es la muralla donde se estrellan las sugestiones diabólicas, es el escudo, donde rebotan las flechas enemigas, es el baluarte desde donde se ve venir con calma al enemigo, porque se está seguro”. “El ideal acrecienta las fuerzas del alma, la sostiene y robustece en sus debilidades, le hace dulce lo que es amargo, la llena de santos deseos, la inflama en el amor divino, y aquilata su celo por la salvación de las almas”. “A pesar de mis muchos defectos y faltas, mi alma está enamorada del ideal, él es, el que me ha de salvar, de corregir, de perfeccionar. En la sed ardiente que siento por la salvación de las almas, él es el que me ha de proporcionar medios y ocasiones, de renunciamientos, de vencimientos, de pequeños y ocultos sacrificios, que son las monedas con que se compran las almas para Jesús” (De sus Ejercicios Espirituales).

¿Cuál ha sido el ideal de tu vida?, ¿Haz sacrificado por él otros valores? Sí, piensa ahora, como Vanclarista: ¿Cuál es el ideal de tu vida? La unión con Dios en cuanto relación de amor: La santidad, la realización del proyecto de Dios sobre ti, el fuego de la misión, alcanzar la coherencia en la vida bajo la mirada amorosa de la Virgen María, la primera discípula-misionera, para  transformar la sociedad edificando la nueva civilización del amor.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

lunes, 7 de julio de 2014

La espiritualidad misionera del Vanclarista hoy...



Introducción.

Mientras Cristo vivió en la tierra, hizo muchas, muchísimas cosas que fueron «signo salvador» para una humanidad sedienta de amor. Entre esas cosas destaca la fundación de la Iglesia, de la cual todos los bautizados formamos parte. La obra de Cristo debía permanecer a través de los siglos y debía extenderse hasta los últimos confines de la tierra, por eso y para eso fundó la Iglesia. Esta Iglesia de Cristo, llamada a permanecer en la unidad, es la que «subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él» (Vaticano II, Constituión Lumen Gentium 7). En la Iglesia, todos tenemos un compromiso que realizamos en una determinada vocación como consagrados: sacerdotes, religiosos, miembros de institutos seculares, o como laicos, ya sea casados o solteros. Pero hay una vocación que todos compartimos: el ser misioneros. La Iglesia es por naturaleza misionera y por lo tanto cada bautizado es un misionero.

Conscientes de esto, los Vanclaristas, como miembros de la Familia Misionera (Familia Inesiana) fundada por la beata María Inés Teresa, están llamados a conocer, profundizar y vivir una espiritualidad más específicamente misionera, porque deben descubrir y re-estrenar cada día, el hecho de que Dios los ha llamado de una más especial y comprometida a vivir el compromiso misionero que han adquirido como bautizados.

El Vanclarista es un misionero seglar.

Los seglares son la inmensa mayoría cristiana, y por lo tanto, son quienes deben estar siempre activos en la Iglesia. Cada seglar (o laico como también es llamado) es un profeta, un sacerdote y un rey. Un seglar en el mundo de hoy es el promotor más valioso de la vida de la Iglesia. Es un hombre o una mujer que, sin formar parte del clero o sin estar consagrado como hermano o como religiosa, impregna del olor de Cristo el orden temporal. Algunos seglares específicamente están inmiscuidos en la obra misionera de la Iglesia, colaborando directamente en la causa de las misiones. Este es el caso de todo Vanclarista. Todo miembro de Van-Clar (Vanguardias Clarisas) es un bautizado que, impregnado de su fe y viviendo para Cristo, lucha por ofrecer al mundo, en el lugar donde se encuentra, un testimonio de vida cristiana, misionando más que nada con su presencia, que incluso sin hablar, debe gritar al mundo que el Padre nos ama (Jn 16,27).

El compromiso misionero del Vanclarista.

El compromiso del Vanclarista, se concretiza en la relación con Dios y con los hermanos en medio de los deberes y ocupaciones del mundo en el que vive. El compromiso misionero del Vanclarista no tiene límites de tiempo o de lugar, está en la vida cotidiana en un compromiso que debe estar impregnado por una eiritulidad sólida arraigada en el centro de su vida, que debe ser Jesús Eucaristía. El Vanclarista, como misionero seglar, lleva impresa en el corazón la consigna de la beata María Inés Teresa Arias: “Comprar almas, muchas almas, infinitas almas”.

El Vanclarista se deja guiar por el Espíritu.

La espiritualidad misionera se expresa, ante todo, viviendo con una plena docilidad al Espíritu. El Vanclarista debe dejarse tranformar cada día por el Espíritu para ser más semejante a Cristo, hasta llegar a ser, como dice la beata María Inés: “una copia fiel de Jesús”. No se puede ser misionero ni dar testimonio de Cristo sin reflejar su imagen, que se hace viva en cada uno por la gracia y por la acción del Espíritu Santo. Dice la beata María Inés que para lograr eso hay que “ser alma de oración, pedirle mucho a Nuestro Señor acierto en la palabras, pura intención en todas las obras y el único deseo de glorificarle ayudando a las almas a salvarse mediante el conocimiento y el amor de Dios”. Si el Vanclarista busca en todo momento ser dócil al Espíritu Santo, podrá acoger los dones de su fortaleza y discernimiento necesarios para dar testimonio de vida cristiana en el lugar donde se encuentre. Hay que recordar cómo los apóstoles, por la acción del Espíritu Santo y unidos a María, se convirtieron en testigos valientes de Cristo en un mundo adverso como el del Vanclarista de hoy.

Vivir el misterio de Cristo como enviados.

La comunión íntima con Cristo, es una nota esencial de la espiritualidad misionera. No se puede comprender y vivir la misión si no hacemos referencia constante a Cristo, en cuanto enviados a evangelizar. El misionero, al igual que Cristo, debe pasar por el mundo haciendo el bien. El misionero recorre el mismo camino de Cristo y, como él, se hace todo para todos, consciente de que la misión tiene su punto de llegada al pie de la Cruz, pasando por Nazareth.

La beata María Inés Teresa dice que la vida sencilla del misionero es un “trasunto de la vida de Nazareth, vida misionera por la acción y el sacrificio”. Así, el Vanclraista comprende que, en su condición de misionero, pasa por el mundo como enviado y acompañado por Cristo que le dice: “No tengas miedo porque yo estoy contigo” (cf. Hch 18,9s). Cristo, que lo ha elegido para anunciar la Buena Nueva en la vida ordinaria en medio de las ocupaciones de este mundo, lo espera en el corazón de cada hombre que se hace su hermano.

Amar a la Iglesia y a toda la humanidad al estilo de Jesús.

Definitivamente la espiritualidad misionera se caracteriza por la caridad apostólica, que es la misma caridad de Cristo el Buen Pastor. Quien tiene espíritu misionero, siente el ardor de Cristo por las almas y ama a la Iglesia como Cristo. El misionero es el hombre y la mujer de la caridad sin fronteras, es el «hermano y amigo universal» que lleva consigo el espíritu de la Iglesia, su apertura y atención a todos los pueblos, a toda la humanidad, particularmente a los más pobres y alejados. El misionero supera las fronteras y las divisiones de raza, casta e ideología. Entonces el Vanclarista, que es misionero por excelencia, se convierte en signo del amor de Dios en el mundo y se hace amor sin exclusión ni preferencia como Cristo.

Se dice que Madre Inés no tuvo tiempo de teorizar, es que el misionero vive así, encaminándose presurosamente como María, a servir, a dar amor, porque es portador de Cristo y al igual que Él ama a la Iglesia y se entrega por ella consciente de que su compromiso. Madre Inés pasó así su vida en la tierra: “Quisiera manifestar a mi Dios mi sed de almas en un continuo abnegarme, en un continuo darme por amor”.

El verdadero misionero es el santo.

La llamada a la misión deriva de la llamada a la santidad. No se es santo por el mucho quehacer, por el mucho predicar sino por el mucho amar al estilo de María y de los santos. La santidad es una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. Entre más santo se es más misionero… basta ver a la beata María Inés, quien por cierto, vivió su condición de misionera de la mano de María, diciendo constantemente: ¡Vamos María!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

martes, 27 de agosto de 2013

El Vanclarista y la amistad con Cristo…

Hace ya muchos años, la beata María Inés Teresa del  Santísimo Sacramento, inspirada por el Señor, fundó el grupo de Van-Clar. Primero lo insertó, como «brazo derecho» en las primeras constituciones de las Misioneras Clarisas —al hablar de la importancia del trabajo con los laicos—, luego, al poco tiempo, aquello que estaba escrito se concretizó en unos grupitos de jovencitas deseosas de tener una experiencia profunda de amistad con Jesús para ser misioneras seglares e ir a los más alejados en Estados Unidos y en México; unas pensaban en misiones de Semana Santa y verano, y otras, en ayuda económica para la misión de Japón, que fue la primogénita de tantas que fundó la beata María Inés. Poco a poco a cada grupito que nacía, se le unieron jóvenes varones deseosos también de vivir en «estado de misión», atraídos por el lema del grupo que es  “Vivir para Cristo”.

Aquellos jovencitos y adolescentes tuvieron la dicha de conocer a la fundadora del Grupo, la beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, y recibieron las enseñanzas y consejos que salían de sus labios y que iban consolidando el ser y quehacer de esos jóvenes laicos como «vanguardias misioneras», que, respaldados por la doctrina que la Madre les transmitía también por cartas y que iba marcando la pauta a seguir para llegar a ser lo que ella misma esperaba de un Vanclarista: “llenos de fervor, de fuego juvenil, de anhelos de pureza, de sacrificio, de abnegación”. Con el paso de los años aquellos jovencitos inquietos crecieron no sólo en número, sino, como Jesús, en gracia, sabiduría… ¡y edad! (cf. Lc 2,52).

Ahora, con el pasar de los años, el grupo está integrado por adultos mayores, matrimonios, jóvenes profesionistas, estudiantes, adolescentes, enfermos y niños… un sinfín de miembros de diversas condiciones constituyen cada grupo de Van-Clar, que, como una pequeña célula, en medio de una sociedad que parece haber hecho a un lado la fe, busca instaurarla y conservarla en el ambiente en donde cada uno de los miembros del grupo, se esfuerza por dar testimonio de vida cristiana yendo a buscar, al mismo tiempo, a los más alejados.

La beata, en su anhelo misionero, espera de los Vanclaristas laicos “dirigentes”, como fermento del evangelio en medio del mundo, que sepan “ante todo dar testimonio de Cristo con una vida recta, limpia… un grupo que de veras se entregue al servicio de Dios y del prójimo”.

Los grupos han crecido, y ahora son muchos los laicos que quieren hacer vida el lema de Van-Clar: “Vivir para Cristo”. En los últimos años ha sido muy considerable el florecimiento de nuevos grupos en los diversos continentes y el incremento de aspirantes y pre-vanclaristas que han llegado a engrosar las filas de los que perseveran desde hace años en algunos de los catorce países en donde la Familia Inesiana está presente.

Que la Virgen María, la Mujer que mantuvo siempre firme el ideal. La Mujer maravillosa que se mantuvo siempre en un clima de misión. La Mujer que siendo más importante que cualquiera de los apóstoles no perdió nunca el rumbo y la sencillez del amor de amistad con el Señor haciendo en todo su voluntad, camine al lado de cada Vanclarista y le ayude, en el estilo de la beata María Inés, a ser más amigos del Señor y a hacerle más amigos al Señor. ¡Vamos María”.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.
Año de la Fe

viernes, 28 de diciembre de 2012

Diez cosas que un Vanclarista debe tomar en cuenta para vivir el «Año de la Fe» con más intensidad



1. Tener en cuenta que su espiritualidad eucarística lo invita a participar en la Santa Misa no solamente el domingo, sino los días en que pueda entre semana, para vivir el «encuentro personal con Cristo» en el sacramento de la Eucaristía y para reforzar la propia fe a través de la escucha de la Palabra, sabiéndose parte de una comunidad de fe.


2. Leer la Sagrada Escritura a diario, porque un misionero no puede prescindir del contacto con la “Buena Nueva” que debe anunciar con su vida, con su testimonio y con su acción apostólica durante el Año de la Fe y siempre.


3. Conocer cada vez más la vida de nuestra Beata Madre Fundadora, ejemplo claro de cómo vivir una vida cristiana, a través de diferentes etapas y espacios de la vida para poder dar testimonio de vida cristiana y acrecentar la propia fe y la de los demás.


4. Frecuentar los sacramentos, especialemente la reconciliación, porque los Vanclaristas reciben fuerzas y profundizan su fe celebrando el encuentro vivo con Jesucristo en la Eucaristía y para eso hay que acercarse a la confesión, y este sacramento refuerza la fe y vuelve el alma a Dios para abrir nuestra vida a la gracia sanadora de Dios que debe ser siempre actuante para vivir como discípulo y misionero.


5. Leer los documentos del Concilio Vaticano II —del que se celebra este año su 50 aniversario-— en grupo y de manera individual , para vivir su compromiso misionero sabiéndose parte de la Iglesia.


6. Estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica, que desde hace 20 años recoge en un solo volumen los dogmas de fe, de la doctrina moral, de la oración y de los sacramentos de la Iglesia, y sirve como un verdadero recurso para crecer en la vivencia y transmisiónde la fe”.


7. Saberse parte de la Familia Inesiana y acercarse a los demás miembros de la misma participando en las casas locales de misioneros y misioneras y acercándose a los colegios, parroquias, hospitales y otras obras de la Familia Inesiana. Que el carisma personal de cada uno ayude a mantener viva en la fe, la vida de familia.


8. Ser misionero en el lugar en donde se encuentre, participando de manera activa en la obra apostólica de la Iglesia, insertándose en su propia parroquia o en la parroquia en la que está la sede del grupo al que pertenece, conociendo como grupo y como persona el plan de pastoral de la diócesis en la que vive.


9. Sentirse un «promotor vocacional» de Van-Clar, dando a conocer el carisma de Van-Clar a los amigos y conocidos, invitándolos a formar parte del grupo, haciéndoles una invitación personal y buscar a los que se hayan alejado de la fe o se sientan un extranjero dentro de la Iglesia. Todos los Vanclaristas conocen a alguien así.


10. Meditar las Bienaventuranzas para vivirlas al estilo de la beata María Inés, para crecer en la humildad, la paciencia, la justicia, la misericordia, la transparencia y la libertad fijando la mirada en Santa María de Guadalupe como Patrona Principal, anhelando en este “Año de la Fe” volver a estrenar el «Sí».

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

sábado, 22 de septiembre de 2012

El Vanclarista y el Año de la Fe...

Como sabemos, el 11 de octubre de 2012 iniciaremos con toda la iglesia, convocados por el Papa Benedicto XVI, el AÑO DE LA FE. Es una invitación conmemorativa de los cincuenta años de la apertura de del Concilio Ecuménico Vaticano II (1963 -1965), también celebraremos los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, señalado por el Papa como un “subsidio preciosos e indispensable…uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II”(2). Este año de la fe culminará el 24 de noviembre de 2013, Solemnidad de Cristo Rey del Universo.

El Papa Benedicto en la carta apostólica que ha escrito para la ocasión, llamada “Porta Fidei” (La Puerta de la Fe), nos invita a adquirir una exacta conciencia de la fe, para reanimarla, purificarla, confirmarla y confesarla. Es necesario leerla y seguir las propuestas que el Santo Padre nos hace. El 10 de agosto pasado, el Papa Benedicto XVI explicó que la nueva evangelización que necesita el mundo actual, requiere por parte de los laicos un testimonio valiente y creíble, que permita llevar la esperanza del Evangelio a todos los ámbitos de la sociedad.

Lo más importante en este año, para el Vanclarista, según nos dice el Papa, será descubrir que la fe no es un contenido intelectual o una teoría, sino el encuentro con una persona, que vive en la iglesia (Jesucristo) y que, a la profesión de fe (credo) sigue la explicación de la vida sacramental, ya que sin la Liturgia y los Sacramentos “la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la Gracia que sostiene el testimonio de los cristianos.

Acabamos de celebrar, llenos de gozo, la beatificación de nuestra amada Madre Fundadora María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, una mujer de fe profunda y arraigada en las enseñanzas de la Iglesia; una mujer de una talla impresionante en el amor y en la fidelidad a la Iglesia; un alma que trazó un camino para encontrarse con Cristo en la vida de fe.

Muchas veces el Papa recurre a la metáfora del camino: la fe como camino y el camino de la fe, pero antes del camino está la puerta, de allí el nombre de la declaración de convocatoria: «La Puerta de la Fe» o «Porta Fidei» (cfr. Hch 14,27). La fe es, por una parte, adhesión a los contenidos recibidos por la Revelación Divina, que nos transmite la Iglesia y se viven en ella y, por otra parte se apoya en la confianza absoluta en el testimonio divino, que no engaña (le creemos). La teología habla de “creer que” y “creer en”, la fe objetiva y la fe subjetiva.

La fe, para cada uno de los miembros de Van-Clar, no puede ser, de ninguna manera, un acto privado, para vivirla de manera individual, porque Van-Clar es una comunidad insertada en la Iglesia Familia de Dios. La tarea del Vanclarista, que es «dar testimonio de vida cristiana en el lugar donde se encuentre», lo debe llevar a echarse encima una responsabilidad social de lo que se cree, una dimensión pública donde se profese y se manifieste esta fe al estilo de Madre Inés.

En el «mundo» en el que el Vanclarista se desenvuelve, los valores de la fe —aún por muchos que se dicen católicos—, son desconocidos, incomprendidos, obstaculizados, negados y hasta combatidos. El Vanclarista mismo, en su condición de laico, se da cuenta de que su propio ambiente no se ha llegado a impregnar con los valores cristianos. Esto hace más necesario un replanteo, una nueva evangelización, una misión permanente, volver a predicar la fe sin dar nada por supuesto. Dice la Beata María Inés Teresa que “los Vanclaristas son misioneros seglares que viven en el espíritu de Cristo; que se apasionan por Él, que dan testimonio de Él con su vida, sus ejemplos, su cristianismo y de allí dimana una vida mejor, ya sea en la sacerdotal, en la religiosa, en la familiar, en la profesional, etc., entregados a la voluntad del Padre con sencillez, alegría y gran confianza impregnando todos los ambientes del amor de Cristo y su Iglesia”. (Cf. Guía del Vanclarista). La fe se demuestra en las obras de amor hacia los demás. (Cfr. Sant. 2,14 -18).

Sabemos que la fe es un acto personal y comunitario a la vez: es un don de Dios, para vivirlo en la gran comunión de la iglesia y comunicarlo al mundo, como discípulos misioneros de Aquel que da inicio y lleva a término la obra. Los Vanclaristas, son misioneros del Evangelio para el ambiente social del trabajo, de la educación, de las relaciones comerciales… La Iglesia, a través del espíritu y espiritualidad de Madre Inés, los envía a la misión permanente en nombre de Cristo. ¿Quién mejor que ustedes puede anunciar el amor de Cristo a sus contemporáneos en el mundo?

La Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, tal vez adelantándose un poco a las líneas de acción que luego daría el Concilio Vaticano II, pero siempre inspirada por Dios, nunca pensó en los Vanclaristas simplemente como «colaboradores» o «cooperadores» del clero y de los religiosos en la extensión del Reino, sino como «laicos corresponsables» del ser y el actuar de la Iglesia Misionera. Esta corresponsabilidad, dice ahora el Papa Benedicto XVI, exige un cambio de mentalidad referido, en especial, al papel de los laicos en la Iglesia, y por lo tanto, es importante que se consolide un laicado maduro y comprometido.

Por lo tanto, el Vanclarista debe considerarse a la «vanguardia» de la acción misionera que impulsa la fe en todos los ámbitos del mundo. El nombre de «Vanclarista» viene de «Vanguardias Clarisas», es decir, el brazo derecho de las Misioneras Clarisas y ahora de toda la Familia Inesiana.

Cada Vanclarista debe sentir como suyo “el compromiso a trabajar por la misión de la Iglesia: con la oración, con el estudio, con la participación activa en la vida eclesial, con una mirada atenta y positiva hacia el mundo, en la continua búsqueda de los signos de los tiempos” (Mensaje del Papa Benedicto XVI el 10 de agosto de 2012) y por lo mismo, ni él ni su grupo se pueden cansar de afinar cada vez más por medio de la formación inicial y permanente su peculiar vocación de fiele laicos “llamados a ser testigos valientes y creíbles en todos los ámbitos de la sociedad, para que el Evangelio sea luz que lleva esperanza en las situaciones problemáticas, de dificultad, de oscuridad, que los hombres de hoy encuentran a menudo en el camino de la vida”. (Mensaje del Papa Benedicto XVI el 10 de agosto de 2012).

El “Año de la fe” será, entonces, para cada Vanclarista y para cada grupo de Van-Clar, una llamada urgente como responsables de la transmisión de la fe en el ambiente que les rodea, para que lo hagan con mucha más fuerza y convencimiento, convencidos de que sólo así colaborar a la construcción de la nueva civilización del amor con nuevos métodos, con nuevas expresiones y con el nuevo ardor de la «Nueva Evangelización».

La tarea no es sencilla pues cada uno va a tener que poner un gran esfuerzo para que la vivencia de la fe en el mundo actual sea una realidad y la conservación, transmisión y acrecentamiento de la fe ocupe un puesto prioritario en sus preocupaciones como laicos. El Santo Padre, en este documento “Porta Fidei” los alienta a vivir la fe cuando dice: “Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19). Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban”. (Porta Fidei 13).

El “Año de la fe” debe ser, para cada uno y para todos, junto con los demás miembros de la Familia Inesiana, una llamada a confesar nuestra fe, con el mismo celo misionero de nuestra Beata Madre Fundadora, en medio de un mundo que se muestra tantas veces increyente y laicista; por eso, porque hemos de hacerlo en medio de un mundo que no desprecia o menosprecia la fe, hemos de mostrarnos con sencillez como auténticos y verdaderos creyentes, capaces de transformar nuestra vida desde la fe y desde el mensaje salvador de Jesucristo. Sólo así seremos creíbles ante los que no creen o se muestran indiferentes respecto a la fe, a Dios y a cuanto tenga relación con Él.

El “Año de la fe” urge a una revisión profunda y seria del compromiso misionero que se ha adquirido al hacer el compromiso. Sin embargo, con la mentalidad siempre positiva y abierta de Madre Inés, no debe ser esta una ocasión para desanimarnos ante los fallos personales o de grupo, sino para conocer donde y en qué situación espiritual y misionera estamos y, desde ahí, emprender un camino de conversión a lo que Dios y el mundo espera de Van-Clar. El Señor lo pide y la sociedad actual lo reclama; el mundo tiene puestos sus ojos en las vidas de los creyentes, de los laicos comprometidos, de los misioneros seglares, para comprobar si realmente se corresponde lo que dicen, con lo que son y con lo que viven. Luego del gozo de la beatificación de Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, no pueden defraudarse ni defraudar al mundo y, mucho menos, permitir que, por una vivencia mezquina o defectuosa de la fe en el compromiso misionero que libremente se ha hecho, aquellos que no creen porque aún no conocen al Señor o son indiferentes porque aún no le aman, en vez de animarse a buscar a Dios, reavivar su fe y plantearse su vida como seguidores de Jesús, lleguen a la conclusión de que para vivir como cristianos católicos, no merece la pena descubrir a Jesucristo.

Hay mucho por hacer en este Año de la Fe. El Papa nos invita a todos mirar a María, la mujer de fe profunda, la mujer que nunca fue vacilante ante lo que Dios le pedía. “Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4)”.

Ella, vestida de «Guadalupana» es Patrona de los Vanclaristas, y de la mano de ella hay que entrar al “Año de la Fe” reforzando y fortaleciendo la condición de discípulos y seguidores de Jesús, por medio de la propia y auténtica conversión de vida según el Evangelio y el carisma heredado de su beata madre fundadora; y poniendo en práctica su característica condición de misioneros laicos, en virtud de la cual no pueden, ni deben, guardarse para sí la fe, sino comprometerse a ser portadores de la misma para los demás, llevándola al corazón del mundo y siendo cause para que se encuentren con el Señor para los que aún no le conocen ni le aman.

ALFREDO DELGADO RANGEL, M.C.I.U.