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miércoles, 15 de abril de 2020

LA EXPERIENCIA LITÚRGICA DEL SACERDOTE...


1. El arte de vivir la Liturgia como sacerdote.

Para celebrar y vivir la Liturgia de la Iglesia, el sacerdote no tiene necesidad de recurrir a artificios extraños o a inventar cosas siguiendo modas pasajeras, al sacerdote le basta enfocarse en la verdad de la Eucaristía. La Ordenación General del Misal Romano señala: “También el presbítero… cuando celebra la Eucaristía, debe servir a Dios y al pueblo con dignidad y humildad, y en el modo de comportarse y de proclamar las divinas palabras, dar a conocer a los fieles la presencia viva de Cristo”. El sacerdote no inventa nada, sino que con su servicio, vive la Liturgia en plenitud y debe hacer llegar tanto como sea posible a los ojos y a los oídos, pero también al tacto, gusto y olfato de los fieles, el Sacrificio y la Acción de Gracias de Cristo y de la Iglesia, a cuyo misterio tremendo pueden acercarse en plenitud y en profundidad aquellos que se han purificado de los pecados. ¿Cómo puede el sacerdote acercarse al Señor en el culto si si no tiene los sentimientos de Juan, el Precursor: "Es preciso que él crezca y que yo disminuya"? (Jn 3, 30). El sacerdote vive la Liturgia dejando que el Señor sea quien destaque, porque es a Él a quien la acción litúrgica rinde culto, de lo contrario, priva a la acción litúrgica de su eficacia: el efecto depende en gran parte de la fe y del amor del sacerdote a la Liturgia.

El Sacerdote no es el dueño de los Misterios. En toda celebración litúrgica él es ministro, no dueño, es administrador de los misterios: los sirve y no los usa para proyectar sus propias ideas teológicas o políticas ni su propia imagen, al punto que los fieles queden enfocados en él en lugar de mirar a Cristo, que está significado en el Altar, y presente sobre el Altar, y elevado en la Cruz. El sacerdote vive la Liturgia en una profunda unión con Cristo.

Una liturgia bien llevada, marca y condiciona a los pastores al igual que a los fieles, pero a cada uno en su lugar, recordando que el sacerdote es representante de «Cristo Cabeza». Algunas fotografías de celebraciones litúrgicas, muestran a veces concelebraciones en las que algunos sacerdotes hablan por teléfonos celulares. Eso no puede ni debe ser, porque la acción Litúrgica no es un rato ni un rito solamente, es un reto a vivir en profundidad el misterio del encuentro con el Señor en el sacramento o los sacramentales.

Al vivir la Liturgia, el sacerdote servir al Señor con amor y temor y lo da a la asamblea: esto es lo que se expresa con los besos al altar y a los libros litúrgicos, inclinaciones y genuflexiones, señales de la Cruz e incensaciones de la gente y de los objetos, gestos de ofrenda y de súplica, y la ostensión del Evangeliario y de la Santa Eucaristía. Todo con un profundo respeto no como un rito, sino como un reto de agradar al Señor y darle el culto que se merece.

Ahora, tal servicio y vivencia litúrgica del sacerdote celebrante, o como dicen algunos hoy: del presidente de la asamblea —término que en lo personal no me gusta, porque la liturgia no es un acto democrático— puede verse desde la preparación y presentación del sacerdote, sus palabras, sus silencios y el recogimiento para la gran acción litúrgica que realiza; en el camino hacia el altar que debe ser humilde, no ostentoso. De hecho, el primer acto de la vivencia litúrgica del sacerdote, por ejemplo en la Santa Misa, es una inclinación o genuflexión delante de la cruz o el tabernáculo, en síntesis delante de la Presencia divina, seguido del beso reverente al altar y eventualmente la incensación. El segundo acto, en la Misa, es la señal de la cruz y el sobrio saludo a los fieles. El tercero es el acto penitencial, imitando a aquel publicano que agradó al Señor, porque el sacerdote, es también un pecador que necesita purificación. La escucha de las lecturas que son proclamadas como Palabra que se lee de corrido, sino con un tono claro y humilde. Luego, el amor a la celebración litúrgica se puede apreciar en el sacerdote en el tono claro de la homilía, pero sumiso y suplicante para las oraciones, solemne si se cantan 

2. El asombro Eucarístico.

Tocará los santos dones con asombro —el asombro Eucarístico del que ha hablaba a menudo san Juan Pablo II— y con adoración, y purificará los vasos sagrados con calma y atención, según el pedido de tantos padres y santos. Se inclinará sobre el pan y sobre el cáliz al decir las palabras de Cristo en la consagración y al invocar al Espíritu Santo para la súplica o epíclesis. Los elevará separadamente fijando la mirada en ellos en adoración, bajándolos, luego, en meditación. Se arrodillará dos veces en adoración solemne. Continuará la anáfora con recogimiento y tono orante hasta la doxología, elevando los santos dones en ofrenda al Padre. Recitará el Padrenuestro con las manos levantadas, y sin tomar de la mano a otros, porque eso es propio del rito de la paz; el sacerdote no dejará el Sacramento en el altar para dar la paz fuera del presbiterio. Fraccionará la Hostia de un modo solemne y visible, se arrodillará ante la Eucaristía y orará en silencio pidiendo ser librado de toda indignidad para no comer y beber la propia condenación, y pidiendo también ser custodiado para la vida eterna por el santísimo Cuerpo y la preciosísima Sangre de Cristo. A continuación, presentará la Hostia a los fieles para la Comunión, suplicando Domine, no sum dignus e, inclinado, será el primero en comulgar. Así dará ejemplo a los fieles.

Después de la Comunión, se hará la acción de gracias en silencio, la cual, mejor que sentados, puede hacerse de pie en señal de respeto o de rodillas, si es posible, como Juan Pablo II ha hecho hasta el final, con la cabeza inclinada y las manos juntas; esto, con el fin de pedir que el don recibido sea remedio para la vida eterna, como se dice mientras se purifican los vasos sagrados. Muchos fieles lo hacen y son un ejemplo para nosotros. El sacerdote, después del saludo y la bendición final, se dirige al altar para besarlo y eleva los ojos a la cruz, o se inclina o arrodilla frente al tabernáculo. Luego vuelve a la sacristía, recogido, sin disipar con miradas o palabras la gracia del misterio celebrado. De este modo, los fieles serán ayudados a comprender los santos signos de la liturgia, que es un asunto serio, y en el que todo tiene un sentido para el encuentro con el misterio presente. 

Pablo VI, en la instrucción Eucharisticum mysterium llamaba la atención sobre una verdad central expuesta por Santo Tomás: “Este sacrificio, como la misma pasión de Cristo, aunque se ofrece por todos, sin embargo «no produce su efecto sino en aquellos que se unen a la pasión de Cristo por la fe y la caridad... y les aprovecha en diverso grado, según su devoción»”. La fe es una condición para la participación en el sacrificio de Cristo con todo mi ser. ¿En qué consiste la acción de los fieles, a diferencia de la del sacerdote que consagra? Ellos recuerdan, dan gracias, ofrecen y, dispuestos de modo conveniente, comulgan sacramentalmente. La expresión más intensa está en la respuesta a la invitación del sacerdote, poco antes de la anáfora: “El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de Su Nombre, para nuestro bien y el toda su santa Iglesia”. 

Sin la fe y la devoción del sacerdote no hay expresión alguna de amor a la Liturgia y mucho menos vivencia de la misma, y no se favorece la participación del fiel, sobre todo la percepción del misterio. Porque el Señor, “conoce nuestra fe y entrega” (cfr. Canon Romano) que se expresa en los gestos sagrados, las inclinaciones, las genuflexiones, las manos juntas, el estar arrodillados. La falta de devoción en la liturgia impulsa a muchos fieles a abandonarla y a dedicarse a formas de piedad secundarias, ampliando la brecha entre éstas y aquella.

Dado que la sagrada liturgia es un acto de Cristo y de la Iglesia, y no el resultado de nuestra habilidad, no prevé un éxito al cual aplaudir. La liturgia no es nuestra sino Suya.

3. La tradición de la Iglesia

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en la instrucción Redemptionis Sacramentum recuerda al sacerdote la promesa de la ordenación, renovada cada año en la Misa crismal, de celebrar “devotamente y con fe y devoción los misterios de Cristo para gloria de Dios y santificación del pueblo cristiano, según la tradición de la Iglesia” (cfr. 31). Él está llamado a actuar en la Persona de Cristo, y, por tanto, debe imitarlo en el acto supremo de la oración y del ofrecimiento, no debe deformar la liturgia en una representación de sus ideas, ni cambiar o agregar algo arbitrariamente: “El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal” (ibíd. 11). La Misa no es propiedad del sacerdote o de la comunidad. La instrucción expone detalladamente cómo debe ser celebrada correctamente la Misa, de eso se trata el ars celebrandi: los seminaristas deben ser los primeros en aprenderlo cuidadosamente a fin de poder ponerlo en práctica como sacerdotes.

El Papa emérito, Benedicto XVI, en la Sacramentum caritatis (38-42) trató el tema del ars celebrandi, entendido como el arte de celebrar rectamente y lo presenta como condición para la participación activa de los fieles: “El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes” (38). En la nota 116, la Propositio 25 especifica que “una auténtica acción litúrgica expresa la sacralidad del Misterio eucarístico. Ésta debería reflejarse en las palabras y las acciones del sacerdote celebrante mientras intercede ante Dios, tanto con los fieles como por ellos”. Luego, la exhortación recuerda que “El ars celebrandi ha de favorecer el sentido de lo sagrado y el uso de las formas exteriores que educan para ello, como, por ejemplo, la armonía del rito, los ornamentos litúrgicos, la decoración y el lugar sagrado” (40). Tratando del arte sagrado, llama a la unidad entre altar, crucifijo, tabernáculo, ambón y sede (41): con atención a la secuencia que revela el orden de importancia. Junto con las imágenes, también el canto debe servir para orientar la comprensión y el encuentro con el misterio. El obispo y el presbítero están llamados a expresar todo esto en la liturgia, que es sagrada y divina, de manera que se manifieste verdaderamente el Credo de la Iglesia.

P. Alfredo Delgado, M.C.I.U.

lunes, 29 de enero de 2018

ALGO DE LA HISTORIA PRIMITIVA DEL CICLO DE CUARESMA Y PASCUA EN LA LITURGIA...


A MANERA DE INTRODUCCIÓN.

No hay duda de que la Pascua anual es la celebración litúrgica cristiana más antigua después del domingo. Esta fiesta se inició para celebrar solemnemente la Muerte y Resurrección de Cristo, de tal modo que durante el festejo se acentuara la memoria de la Pasión, la experiencia sacramental de la Resurrección y la espera del retorno definitivo del Señor.

La mayoría de los historiadores y liturgos sostienen que esta celebración surgió en el siglo II, en el día en que se consideraba el aniversario del acontecimiento, el 14 de Nisán o la noche del sábado al domingo siguiente a esa fecha. Hay quienes piensan que fue introducida por influjo del Oriente, donde la celebración del domingo de Pascua, instituido en Jerusalén hacia el año 135, se extendió a Alejandría y a las demás cristiandades helenísticas. Originalmente esta celebración consistió en una larga vigilia de oración que culminaba en la celebración de la Eucaristía. Mucho tiempo después, en el siglo IV, se incorporó la liturgia bautismal. Lo más tardío de la fiesta de Pascua es la introducción del lucernario (Fuego Nuevo) y la bendición del cirio pascual.


1. ALGO SOBRE LA CINCUENTENA Y EL TRIDUO PASCUAL.

Este núcleo embronario no tardó en sufrir ampliaciones. De hecho, Tertuliano habla ya de un ayuno previo de dos días, que en la Didascalia del siglo III, dice que dura una semana.

Tertuliano se refiere también a un período de tiempo, al que califica de «spatium pentecostes» y «spatium laetissimum», que dura cincuenta días y se caracteriza por ser un tiempo de especial alegría. El alargamiento previo a la vigilia, del que habla Tertuliano, también comprendía en la Tradición Apostólica, más o menos en el año 215, el viernes y el sábado precedentes. Estos días, junto con el domingo de Resurrección, constituyen lo que san Ambrosio y san Agustín llamarán «Triduum Sacrum»  o sacratissimum triduum crucifixi, sepulti et resuscitati.

La cincuentena fue posteriormente objeto de ampliaciones y retoques, sobre todo al solemnizarse la octava de Pascua y al crearse la de Pentecostés, todo ello entre el siglo IV y el VIII.


2. LA SEMANA SANTA EN LA HISTORIA.

El documento llamado Peregrina Eteria, del siglo IV, ofrece el primer testimonio de la Semana Santa tal y como fue programándose posteriormente.

Fue hasta el siglo V en que el último domingo de la cuaresma encontró en la liturgia romana su forma definitiva como «Domingo de Ramos» o como se le designara en el siglo X: «Domingo de la Pasión» y es cuando se habla ya de una procesión.

Los días lunes, martes y miércoles de Semana Santa, poco a poco fueron tomando una liturgia especial, aunque se sabe que en tiempo de san León, el miércoles santo poseía una celebración litúrgica sin Misa, como preparación al Triduo Sacro. Parece que la Misa del miércoles santo se introdujo entre los años 461 y 468, durante el pontificado de Hilario I. El lunes se tenía la Misa sencilla, el martes se leía el lavatorio de los pies y el miércoles se leía la pasión según san Lucas, posteriormente el lavatorio se pasó al Jueves Santo y el martes se leía la pasión según san Marcos.

Desde el año 380 se empezó a celebrar el Jueves Santo la institución de la Eucaristía, a la hora de Nona. Es en el concilio de Cartago, del año 397, cuando a ese día se le da el nombre de: «In Coena Domini» (La Cena del Señor). La historia nos dice que en tiempos de san Agustín se celebraban ese día dos misas, una para terminar el ayuno y otra para conmemorar la institución de la Eucaristía. En el siglo VII la Misa de la mañana era para la reconciliación de los penitentes. Luego se empezó a celebrar una tercera Misa, que con el tiempo desplazó a la Misa de término del ayuno, se trata de la Misa Crismal que hoy conocemos y que se enmarca aún en el ambiente de Cuaresma. El viernes Santo, por su parte, se viene celebrando en Roma desde el siglo VII.


3. LA CUARESMA.

Hacia el año 332, Eusebio de Cesarea habla de una preparación pascual de cuarenta días, a la que considera como una institución bien conocida, claramente configurada y, hasta cierto punto, consolidada. Ello hace pensar razonablemente en la existencia, al menos en algunas iglesias, de la Cuaresma en el siglo IV.

En Roma la preparación pascual comprendía tres semanas hacia finales del siglo III. En ellas se ayunaba rigurosamente, excepto los sábados y los domingos. Hacia el año 385 la preparación se alargó a seis semanas, excepto el viernes y sábado últimos, pertenecientes al Triduo Sacro.

Desde finales del siglo II, existen testimonios de una preparación pascual de dos días. Durante ellos se hacía un ayuno riguroso de carácter escatológico, es decir, un ayuno por la ausencia de Cristo Esposo. Poco después, la Didascalia, habla de una preparación que dura una semana en la que se ayuna, si bien el ayuno tiene ya también un sentido ascético. En Roma, a finales del siglo III existía una preparación de tres semanas, en las que se ayunaba diariamente, excepto sábados y domingos.

Propiamente el nacimiento de la Cuaresma, como tal, tiene lugar durante el siglo IV, según, como he mencionado, gracias al testimonio escrito de Eusebio de Cesarea, y durante ese mismo siglo se consolida, tanto en oriente como en occidente. Hacia el año 385, la preparación pascual se alargó a seis semanas, también con el ayuno diario, excepto sábados y domingos, el último viernes y el último sábado, que pertenecían ya al Triduo Sacro. Al primer domingo de Cuaresma se le llamaba quadragesimale initium y a partir de allí se contaban 40 días.

A finales del siglo V, los ayunos tradicionales del miércoles y viernes anteriores a ese domingo, cobraron tal relieve, que se convirtieron en una preparación al ayuno pascual. Luego, durante los siglos VI y VII, se varió el cómputo del ayuno. De este modo, se pasó de una Cuadragésima (cuarenta días que van del primer domingo de Cuaresma hasta el Jueves Santo), a una Quinquagésima (cincuenta días, contados desde el domingo anterior al primer domingo de Cuaresma hasta el de Pascua), luego a una Sexagésima (sesenta días, que retroceden un domingo más y terminan el miércoles de la octava de Pascua), y por último, a una Septuagésima (setenta días, ganando un domingo más y concluyendo el segundo domingo de Pascua). Este periodo tenía carácter ascético y debió introducirse por influencias que llegaron del Oriente.

Esta evolución de tipo cuantitativo se extendió también a las celebraciones. Así, la Cuaresma más antigua en Roma sólo tenía como días litúrgicos los miércoles y los viernes; en ellos, reunida la comunidad, se hacía la statio, cada día en una iglesia diferente. En tiempos de san León (440-461) se añadieron los lunes. Posteriormente los martes y los sábados. Por último, durante el pontificado de Gregorio II (715-731) se añadió el jueves, como día litúrgico, para completar la semana.

Desde aquel entonces, se aprecia en la Cuaresma romana tradicional un triple componente: la preparación pascual de la comunidad cristiana, el catecumenado y la penitencia canónica.

La preparación de la comunidad cristiana a la Pascua se vivía, según san León, «como un retiro colectivo de cuarenta días, durante los cuales la Iglesia, proponiendo a sus fieles el ejemplo que le dio Cristo en su retiro al desierto, se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales con la purificación del corazón y una práctica perfecta de la vida cristiana». Se trataba, por tanto, de un tiempo —introducido por imitación de Cristo y de Moisés— en el que la comunidad cristiana se esforzaba por realizar una profunda renovación interior. Los variados ejercicios ascéticos que ponía en práctica tenían esa finalidad última y no eran fines en sí mismos.

Según la Tradición Apostólica, el catecumenado comprendía tres años, durante los cuales el grupo de los audientes recibía una profunda formación doctrinal y se iniciaba en la vida cristiana. Unos días antes de la Vigilia Pascual, el grupo de los elegidos para recibir en ella el bautismo, se sometía a una serie de ritos litúrgicos, entre los que tenía especial solemnidad el del sábado por la mañana, que era ya la preparación más próxima del catecumenado simple.

Más tarde la Iglesia desplazó su preocupación de los audientes a los electi. Estos se inscribían como candidatos al bautismo al principio de la Cuaresma. En ella recibían una preparación minuciosa e inmediata.

A principios del siglo VI despareció el catecumenado simple, se hicieron raros los bautismos de adultos, y los niños que se presentaban para ser bautizados procedían de medios cristianos. Todo eso provocó una reorganización prebautismal. Al principio había tres escrutinios, que consistían en exorcismos e instrucciones, se hacían los domingos 3º, 4º y 5º de Cuaresma, respectivamente. En la segunda mitad del siglo VI, los escrutinios se aumentaron a siete, todos relacionados con la Misa y algunos se realizaban entre semana.

Desde esta perspectiva es fácil comprender que la preparación de los catecúmenos y su organización fue modelando la liturgia y el espíritu propios de la Cuaresma. De hecho los temas relacionados con el bautismo permearon la liturgia cuaresmal. Aún los ayunos, que se hacían pensando en los penitentes, se hacían pensando también en los catecúmenos.

La evolución posterior de la preparación bautismal trajo consigo que los escrutinios se desligasen completamente de la liturgia cuaresmal, provocando una nueva reorganización. Sin embargo, el mayor cambio que se hizo afectó a la Cuaresma misma, que pasó a ser el tiempo en que todos los cristianos se dedicaban a realizar una revisión profunda de su vida cristiana y a prepararse, mediante una auténtica conversión, a celebrar el misterio de la Pascua. Quedó clausurada la perpectiva abierta por la institución penitencial y el catecumenado, con menoscabo de la teología bautismal.

La reconciliación de los penitentes sometidos a la penitencia canónica, se asoció al Jueves Santo. Por este motivo, los penitentes se inscribían como tales el domingo primero de Cuaresma. A lo largo del período cuaresmal recorrían el último tramo de su itinerario penitencial, entregados a severas penitencias corporales y a oraciones muy intensas, con las que ultimaban el proceso de conversión. La comunidad cristiana les acompañaba con sus oraciones y ayunos. Como quiera que los penitentes participaban parcialmente en la liturgia, es lógico que en ésta quedara reflejada la situación de los penitentes.

La imposición de la ceniza, es, un ejemplo calro de uno de estos testimonios penitenciales de la liturgia cuaresmal. Se hacía antes de empezar la Misa.


4. LA PRECUARESMA.

De este punto no hay mucho que decir, bastará saber que el proceso de ampliación prepascual se extendió a cincuenta días en el siglo VI, a sesenta a fines de ese siglo y principios del VII y finalmente a setenta en pleno siglo VII.


5. EL CICLO PASCUAL SEGÚN EL NUEVO CALENDARIO ROMANO.

Según el Calendario Romano que ahora tenemos, la celebración de la Pascua comprende:

a) El «Triduo Sacro», cuyo centro es la «Vigilia Pascual» y se extiende desde la misa vespertina «In Coena Domini» del Jueves Santo, hasta las segundas vísperas del Domingo de Resurrección.

b) La Cuaresma, que se inicia con el «Miércoles de Ceniza» y concluye inmediatamente antes de la misa «In Coena Domini».

c) La «Cincuentena Pascual», que es el periodo comprendido entre el Domingo de Resurrección y Pentecostés.

Han desparecido lo que se llamaba el tiempo de septuagésima y la octava de Pentecostés. Los domingos del tiempo pascual se denominan «Domingos de Pascua». Los ocho primeros días pascuales forman la octava de Pascua y los días cuadragésimo y quincuagésimo conmemoran la Ascensión y Pentecostés, respectivamente.

Padre Alfredo.

martes, 25 de julio de 2017

«EL DÍA DEL SEÑOR»... Orígenes y evolución del domingo


INTRODUCCIÓN.

El domingo, desde el punto de vista histórico, es la primera fiesta cristiana y además, durante mucho tiempo, fue la única fiesta que se celebraba. Los primeros cristianos comenzaron a celebrar el domingo como día especial, pues ya en la primera carta a los Corintios se nos habla del domingo (16,1), al igual que en los Hechos (20,27), la Didaché (14,1) y el Apocalipsis (1,10).


I. NOMENCLATURA.

El domingo fue designado primeramente como «el día primero de la semana» o «día siguiente al «sábado»; «día octavo», «día primero», «día del sol» y «día del Señor».

El día del Señor comporta la idea de que Jesús, por su Resurrección, ha sido constituido Señor de vivos y muertos, que volverá al final de los tiempos a juzgar y que su reino no tendrá fin. Este es uno de los temas principales que contenía el primer anuncio (kerigma) que daban los primeros creyentes. Se refiere al día que hizo el Señor, día de alegría y de gozo, referido, claro está, a la resurrección.

El domingo, como día primero, significa el día en que Cristo, por su resurrección, que aconteció el primer día de la semana, inaugura una nueva creación, superior a la primera. En este sentido lo entenderán algunos escritores eclesiásticos posteriores, como Clemente de Alejandría, Eusebio de Cesarea; el Pseudo Eusebio de Alejandría y otros. Hay, pues, una aproximación entre la primera creación del Génesis y la nueva creación que ha realizado la resurrección de Cristo. Como día octavo, el domingo es el día que recuerda el bautismo, en cuanto realidad que nos salva y como nueva circuncisión que suplanta a la circuncisión judía, que se celebraba el octavo día, y, sobre todo, el anuncio del día que no tendrá fin, con un sentido escatológico. De todas maneras, esta variada terminología expresa una realidad fundamental: el domingo es el día que celebra el misterio de la resurrección del Señor. 


II. LOS ORÍGENES.

Es indiscutible que el significado y el origen del domingo tienen como trasfondo el conjunto de hechos y tradiciones que forman la Pascua: Resurrección de Cristo victorioso, y las apariciones a los suyos. Esa es la causa que explica la conexión que establecen muchos testimonios antiguos entre la celebración dominical cristiana y el gran suceso pascual, el nexo entre la Pascua de Cristo y el domingo cristiano, y el carácter alegre y festivo del primitivo domingo, que siempre tuvo un tinte de esperanza en la resurrección.

La constitución Sacrosanctum Concilium, el Concilio Vaticano II, resume muy bien el origen y el significado pascual del domingo: «La Iglesia celebra el misterio pascual en virtud de una tradición apostólica que se remonta el mismo día de la Resurrección de Cristo, cada ocho días. A este día se le llama con razón el día del Señor o domingo» . Es innegable que la Iglesia, celebrando la resurrección y las apariciones del Resucitado la tarde de Pascua y ocho días después, iluminada por la luz del Espíritu Santo, «desde entonces, nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual... celebrando la Eucaristía, en la cual se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte» .


III. ELEMENTOS ESPECÍFICOS DEL DOMINGO.

La celebración Eucarística, en definitiva, es el eje dominical. En ella el Resucitado se hace presente entre sus hermanos en la fe y éstos se encuentran con él a nivel sacramental. De este modo aparece que la resurrección no sólo ha dado origen y fisonomía al domingo sino que ha estado también, desde el principio, en el corazón de la celebración dominical.

Esta presencia de Jesús resucitado, a la vez que alegra a la comunidad reunida en su nombre y sintiéndolo muy cercano, aumenta la esperanza de volver a verlo, originando así una vivísima tensión escatológica, resultante de unir la presencia de Cristo resucitado en la celebración de la santa Misa con su última y definitiva venida, esperada ardientemente, como se desprende de las palabras dichas en la misma Celebración Eucarística: «Ven, Señor Jesús». El Resucitado, cada domingo en que se celebra la Eucaristía y por supuesto todos los días en cada celebración de la Misa, no sólo se hace presente, sino que se entrega como «pan de vida» o «antídoto para no morir», como dice san Ignacio de Antioquía, convirtiéndose así en prenda y anticipo de la resurrección de los cristianos.

Dentro de este marco, el domingo incluyó la lectura de la Palabra de Dios. Mientras vivieron los Apóstoles, su voz resonaba en la asambleas eucarísticas, como atestigua el relato de Tróade (Hch 20,7-12); más tarde, comenzaron a leerse sus escritos y todos los demás de Antiguo y del Nuevo Testamento. La Palabra de Dios incluía un comentario actualizado, es decir, lo que ahora conocemos como la homilía. La liturgia de la Palabra tuvo tanta importancia, que pronto vino a ser inconcebible una celebración dominical en la que no se partiese a la vez el pan de la Palabra y el pan Eucarístico.

La celebración de la Eucaristía trajo consigo la inclusión de un tercer elemento dentro de la primitiva estructura del domingo, el «reunirse en común para participar en la Eucaristía». En torno a la presencia del Señor en la Eucaristía, los cristianos se expresaban mutuamente los vínculos de fraternidad, surgidos del bautismo, por el perdón de las ofensas, el ósculo de la paz y la limosna. Esto era tan importante, que la ausencia de un cristiano de la celebración se consideraba como signo de la quiebra inicial o definitiva de la nueva vida que en él había inaugurado el bautismo.

Hay otro elemento o aspecto que es importante tocar. El descanso del domingo. La celebración primitiva del domingo no exigió ni incluyó el descanso laboral, ni siquiera en el ambiente jerosolimitano (de Jerusalén o relativo a esta ciudad israelí), donde parece que coexistieron durante algún tiempo la celebración sabática y la dominical. Desde el inicio, la minoría cristiana, sobre todo en la gentilidad, los cristianos tenían que aceptar y compartir unas estructuras sociales y civiles en las cuales el domingo era un día laboral. Incluso ese contexto podía explicar que las reuniones para celebrar la Eucaristía tuvieran lugar el atardecer del sábado o el domingo muy de mañana o por la noche. El descanso dominical no entró en la praxis cristiana hasta que Constantino lo impuso como obligatorio dentro del imperio.

Cabe mencionar que en aquellos primeros tiempos no era una obligación moral tomar parte en la Eucaristía, pero la comunidad de creyentes se sentía urgida a hacerlo y los fieles superaban con su fervor las dificultades que surgían del carácter laboral del domingo y de otras circunstancias, a veces no sólo adversas, sino hostiles. Gracias a esa participación, verdaderamente piadosa y consciente, su vida se convertía en un claro y atrayente testimonio cristiano.


IV. EVOLUCIÓN DEL DOMINGO.

A partir del siglo IV, el domingo experimenta una importante evolución, gracias a la ley del descanso, el desarrollo del año litúrgico, el entibiamiento del fervor primitivo y la sobrevaloración de las fiestas de los santos.

A partir del 3 de marzo del aó 321, el emperador Constantino impuso la obligación de descansar el domingo. No podemos definir las causas y motivaciones que provocaron esto sino en relación con el Domingo de Resurrección. Los emperadores que lo siguieron fueron haciendo lo mismo y añadiendo a la lista cosas que no se podían hacer el domingo, como la prohibición de juegos y espectáculos en domingo, por respeto al culto divino. Así, se fue favoreciendo la concurrencia en la liturgia dominical y la participación en los actos de caridad de la Iglesia. La Iglesia fue pidiendo a los fieles, de manera oficial, que honraran el domingo absteniéndose del trabajo, en cuanto fuera posible.

En los siglos V y VI el año litúrgico sufrió un fuerte desarrollo. Se organizaron la Cuaresma, el Tiempo Pascual, la Navidad-Epifanía y el Adviento. Se aumentó el número de santos en el calendario y se introdujeron las primeras fiestas marianas. Todo esto trajo consigo un cambio significativo respecto al domingo; de tal modo que no tardó en oscurecerse su carácter de día de la resurrección, siendo necesario muy pronto un esfuerzo de reflexión para redescubrirlo.

San Ignacio de Antioquía dice que no faltaba un cierto número de cristianos tibios o indolentes, que celebraban sin fervor el domingo y no participaban en la Santa Misa. Este grupo aumentó mucho cuando masas enteras se convirtieron al cristianismo después de la paz de Constantino sin la preparación evangelizadora deseable. Los Padres empezaron a hablar del peligro de condenación a que se exponían quienes faltaban frecuentemente a la Eucaristía dominical. De entre los Padres, es Máximo de Turín (a. 408-423), el primero que considera la ausencia a la Eucaristía dominical como una ofensa a Dios, pues supone un desprecio a la invitación de Cristo. San Cesáreo de Arlés (a. 542) es el primero que dice expresamente que es «pecado grave contra Dios» faltar a la misa dominical. Es en el concilio de Agda (a. 506) cuando se sanciona explícitamente la obligación grave de participar en la misa del domingo.

Hacia el siglo IX se exigía que la participación en la misa dominical fuera en la propia parroquia, pero luego eso se descartó y se abrogó completamente por el Papa Clemente VIII. Pero se siguió insistiendo en la obligación grave de oír misa entera todos y cada uno de los domingos.

Respecto al santoral, podemos decir que la dinámica interna de la Iglesia y del mismo año litúrgico provocaron el crecimiento de la celebración de los santos. Pero al no valorarse bien durante la Edad Media la primacía del misterio de Cristo, el domingo fue desplazado con frecuencia por la celebración de un santo o por otra celebración votiva.

A partir del siglo XVII se inicia una situación tan grave, que el oficio dominical estaba casi abolido en tiempos de san Pío X. Este Papa dio medidas muy restrictivas sobre la celebración de fiestas en domingo. Tenían carácter provisional, pues pretendía realizar una reforma más amplia; reforma que no pudo ultimar por falta de tiempo.


A MANERA DE CONCLUSIÓN.

La Iglesia celebrando el día de la resurrección de Cristo, empezó a celebrar el Misterio Pascual cada ocho días, en el día llamado con razón «Día del Señor» o domingo. En este día los fieles se reunían a escuchar la Palabra y a compartir la Eucaristía, recordando la pasión, la resurrección y la gloria del Señor que se hace nuevamente presente cada vez que se celebra la Eucaristía.

Los primeros cristianos hicieron de este día, su reunión y culto; era el día consagrado por la resurrección del Señor, día de liberación total, obtenida por el sacrificio del calvario. Lo principal del domingo era y sigue siendo la reunión de los hermanos para celebrar la Cena del Señor.

Con el paso de los años, la celebración del domingo ha tenido sus altibajos. 


PREGUNTAS PARA PROFUNDIZAR EN EL TEMA:

1. ¿Qué significado tenía el domingo para los primeros cristianos?
2. ¿Cómo vives tú el domingo, como día del Señor?
3. ¿Por qué hubo un tiempo en que fue viniendo a menos la celebración del domingo?
4. ¿Se puede decir que hoy vivimos el domingo como los primeros cristianos?
5. ¿Cuáles sería las características de un domingo como «día del Señor»?

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Conoce los lienzos sagrados que se ponen el el Altar para celebrar la Eucaristía...


Estos son los principales lienzos sagrados o lienzos litúrgicos que se usan para la celebración de la Eucaristía:

CORPORAL (Del latín «corporalis», del cuerpo):

Su nombre le viene del Cuerpo del Señor, que va a reposar sobre ese lienzo. Es un lienzo de forma cuadrada que para guardarlo se pliega habitualmente en nueve secciones y se puede almidonar. Debe emplearse siempre en la celebración de la Misa. Se despliega al comienzo de la liturgia eucarística (preparación de los dones), para colocar sobre él el cáliz y la patena, además de copón cuando se van a consagrar más hostias. En las concelebraciones se puede utilizar un corporal mayor. Es preferible que no lleve adornos, para significar mejor la asociación que tradicionalmente se ha hecho con el santo sudario. No obstante, es común poner una cruz en el centro del lado más próximo al celebrante, que también le sirve de referencia. También debe utilizarse, además de en la Misa, cuando se tiene la Exposición del Santísimo, para poner encima la custodia o copón y sobre una mesita cuando se lleva la comunión a los enfermos. 

PURIFICADOR:

El purificador es un lienzo que se suele plegar longitudinalmente, en tres partes, para utilizarlo a modo de toalla en la limpieza de los vasos sagra­dos. No se debe adornar en exceso y debería ser de lino blanco o de otro tejido que sea absorbente.

PALIA:

La palia es una pieza cuadrada de cartón o madera recubierta de lino o tela almidonada que cubre el cáliz, impidiendo que caiga polvo o insectos dentro de él. Su uso es opcional. Conviene emplearla en épocas del año en las que el polvo y los insectos son más frecuentes, o en lugares en los que podría caer alguna cosa dentro del cáliz, por ejemplo: en una Misa celebrada al aire libre. La parte superior de la palia se puede adornar. Tiene un sentido puramente utilitario e higiénico. La tela y el color normalmen­te hacen juego con los ornamentos, aunque puede ser siempre blanco. Si tiene forma redonda se le llama «hijuela». La palia y la hijuela parecen datar de finales del siglo XVI pues antes de dicha fecha ejercía dicha función un extremo de los corporales que se doblaba sobre el cáliz o bien otros corporales plegados, según diferentes costumbres regionales.

MANUTERGIO:

El manutergio o toalla, es un lienzo que sirve para que el sacerdote se seque las manos después del lavabo. Debe ser absorbente y amplio. 

CUBRECÁLIZ

Es una tela que cae de la palia, tapando el cáliz. Se usaba mucho antiguamente como una forma de subrayar la transición de la liturgia de la palabra a la liturgia eucarística. Se ponía el cubrecáliz durante la liturgia de la palabra y se quitaba en el ofertorio, para preparar el altar y las ofrendas. Suele ser del mismo color y calidad que la casulla pero es un objeto que casi ya no se usa.