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sábado, 27 de julio de 2019

«Agradecidos con Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy

«Ofrece a Dios tu gratitud y cumple tus promesas al Altísimo, pues yo te libraré cuando me invoques y tú me darás gloria, agradecido». Estas palabras del salmo 49 (50 en la Biblia) me dan la pauta para meditar en este día en el tema de la gratitud. El Papa Francisco decía en una ocasión que «la vida cristiana es, ante todo, la respuesta agradecida a un Padre generoso». Hablando en el contexto de la primera lectura de estos días, en donde el escritor sagrado nos habla del pueblo liberado de la esclavitud en Egipto, el Papa continúa diciendo: «La formación cristiana no se basa en la fuerza de voluntad, sino en la aceptación de la salvación, en dejarse amar: primero el Mar Rojo, luego el Monte Sinaí. Primero la salvación: Dios salva a su pueblo en el Mar Rojo, después en el Sinaí le dice lo que tiene que hacer. Pero ese pueblo sabe que hace esas cosas porque ha sido salvado por un Padre que lo ama... ¡Que Dios sea siempre bendito por todo lo que ha hecho, lo que hace y lo que hará en nosotros!» (Audiencia el 27 de junio de 2018). ¡Cuánto tenemos que agradecer al Señor por tantas cosas! El autor del salmo responsorial de hoy me ayuda a agradecer al Buen Dios por la belleza de su palabra que nos acompaña y alienta cada día, pues esta palabra, pensando por ejemplo en todos los salmos, no deja de ser una maravillosa fuente de inspiración para nuestra vida de cada día, además de ser un delicioso alimento para nuestras almas hambrientas y sedientas. 

Y precisamente hablando de esta belleza de la Escritura, nos encontramos hoy en la liturgia de la palabra de Misa con esta invaluable joya de sus enseñanzas: la parábola de «el trigo y la cizaña» (Mt 13, 24-30). La semilla buena, la de trigo, es sembrada por Dios y hay que agradecer que, aun con nuestra carencias, fallas y pecados, somos esa semilla buena que puede crecer, dar fruto y transformar el mundo en un espacio de santificación. Pero sabemos también, según nos enseña Cristo, que en este mundo el enemigo viene a robar, matar y destruir. Él viene, y siembra cizaña junto al trigo, porque su propósito es destruir la obra que el sembrador, el Señor, quiere hacer. El trigo —aunque con dificultad— puede seguir creciendo y madurando junto a la cizaña que trata de ahogarlo, y es importante que la cizaña no se remueva. Porque como dice Jesús, al recoger la cizaña se corre el riesgo de arrancar también el trigo y arruinar la cosecha. Pudiera ser un trigo que todavía no madura bien y esta muy pegado a la cizaña. A simple vista los dos parecen igual, no hay mucha diferencia en la apariencia. Hay que esperar para ver el fruto. Jesús nos advierte que esto sucede en el mismo campo, junto a la semilla buena también crecerá la cizaña. Estos se reconocen por el fruto que producen, uno es dulce y agradecido y el otro es amargo y lleno de envidia. Debemos dejar que crezcan juntos, y será al final de los tiempos que estos serán separados: la cizaña será atada en manojos para ser quemada y el trigo será llevado al granero del Señor. Dios es Todopoderoso, y lo que es imposible para los hombres es siempre posible para Él. 

No nos aceleremos queriendo separar y sacar la cizaña, porque Dios y sus ángeles lo harán al final de los tiempos. A nosotros solamente nos corresponde sembrar la semilla, regar el campo con oración, y ser agradecidos con el Señor que va dando crecimiento a nuestras vidas a su tiempo hasta madurar y dar fruto. ¡Cuánta conciencia hemos de tener para ver agradecidos que es Dios quien cuida de nuestro crecimiento en la fe y en general en todas las demás áreas de nuestra vida! Como dice san Agustín: «Nuestro, no es nada, a no ser el pecado que poseemos. Pues ¿qué tienes que no hayas recibido? (1 Cor 4, 7)» (Sermón 176,6). Toda nuestra vida debe ser una continua acción de gracias. Recordemos con frecuencia los dones naturales y las gracias que el Señor nos da al haber sembrado la fe en nuestros corazones. Agradezcamos todo al Señor. No existe un solo día en que Dios no nos conceda alguna gracia particular y extraordinaria. No dejemos pasar el examen de conciencia de cada noche sin decirle al Señor: «¡Gracias Señor, por todo!». Seamos agradecidos como María y amemos al Divino Sembrador como ella lo ama, hasta ser esclavos por amor como ella le dijo al ángel: «Yo soy la esclava del Señor, Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho, que se cumpla en mí su voluntad». ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

sábado, 1 de junio de 2019

«En la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad»... Un pequeño pensamiento para hoy

Todos hemos experimentado lo que es el aplaudir y gritar cuando se experimenta un triunfo. El batir las manos llama la atención a algo, usualmente como una expresión externa de alegría interna (Salmo 47,1, Salmo 98,8, Isaías 55,12). Así queríamos aplaudir y gritar de gozo cuando el doctor Leo Pérez Hernández salió ayer a decirnos a mi madre y a mí que la cirugía de había sido todo un éxito. Esta mañana el salmo responsorial de hoy, el 46 [47] es, definitivamente, un salmo de fiesta que me hace revivir ese momento de anoche. El salmista se llena de alegría contemplando al Señor como Rey y Soberano de toda la tierra: «Aplaudan, pueblos todos; aclamen al Señor, de gozo llenos... Porque Dios es el rey del universo, cantemos el mejor de nuestros cantos. Reina Dios sobre todas las naciones desde su trono santo». Nosotros nos llenamos de alegría por el resultado de una operación y damos gracias a Dios por el regalo que ha dado a papá al devolverle la salud con esas técnicas médicas tan modernas, casi instantáneas, de hoy en día. 

La aclamación entusiasta, con la que empieza el salmo: «Aplaudan, pueblos todos; aclamen al Señor, de gozo llenos» se repite, con diversos matices y otras palabras, a lo largo del salmo. Se trata de un himno a Dios, Señor del universo y de la historia: «Dios es el rey del mundo... Dios reina sobre las naciones» (vv. 8-9). Este himno al Señor, rey del mundo y de la humanidad, al igual que otras composiciones semejantes que recoge el Salterio (cf. Sal 92; 95-98), supone un clima de celebración litúrgica del pueblo. Por eso, al encontrarnos en el corazón espiritual de la alabanza de Israel, que se eleva al cielo desde el templo, el lugar en donde el Dios infinito y eterno se revela y se encuentra con su pueblo, recordamos que nosotros también, como cristianos, como discípulos–misioneros, celebramos a Dios de esta manera en nuestras Misas y demás acciones liturgias. El dinamismo que llevó al Padre a enviar a su Hijo al mundo y a derramar el Espíritu sobre nosotros, es el que nos lleva a abrir nuestros ojos y nuestro corazón a todas las «semillas» del Reino que nos rodean, para acogerlas y dejarlas germinar en nosotros celebrando nuestra acción de gracias en cada Misa. Hoy, en vigilia ya de la fiesta de la Ascensión del Señor, el Evangelio nos deja unas palabras de despedida entrañables (Jn 16, 23-28). Jesús nos hace participar de su misterio más preciado; Dios Padre es su origen y es, a la vez, su destino: «Yo salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre» (Jn 16,28). 

El centro de este aplauso jubiloso al que el salmista nos invita hoy, es la figura grandiosa del Señor supremo, al que se atribuyen tres títulos gloriosos: «altísimo, terrible y supremo» (v. 3), que exaltan la trascendencia divina, el primado absoluto en el ser y la omnipotencia. También Cristo resucitado exclamará: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18). Mañana celebraremos la Ascensión del Señor a los cielos y este salmo nos va llevando ya a adentrarnos en ese contexto. Dentro del señorío universal de Dios sobre todos los pueblos de la tierra (cf. v. 4), el salmista destaca su presencia particular en Israel, el pueblo de la elección divina, «el predilecto», la herencia más valiosa y apreciada por el Señor (cf. v. 5). Por consiguiente, el pueblo —y por consiguiente cada uno de nosotros— se siente objeto de un amor particular de Dios, que se ha manifestado con la victoria obtenida sobre las naciones hostiles. Hoy termino mi reflexión con un pensamiento de Santa Teresita del Niño Jesús que dice: «Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría» (Autob. C 25r). Y termino así porque ella habla de «un grito», como el grito de alegría al que nos invita hoy el salmista, porque el Señor, lleno de gloria, merece toda nuestra alabanza en todos los momentos de nuestra vida, como dicen los novios cuando se casan: «en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida». Que María Santísima nos aliente a vivir siempre en este clima de alabanza y de gratitud al Señor con gritos de júbilo y aplausos por su gran bondad y misericordia. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo. 

P.D. Gracias Dr. Leo por todo, por ayudar, como a Don Alfredo, a mucha gente, gracias por tu entrega en la misión de África y no solo por tu gran experiencia como traumatólogo especialista en columna, sino por tu calidad humana luchando, como buen cristiano, discípulo–misionero por hacer siempre el bien en nombre de Dios en donde Dios te va colocando en su Divina Providencia cada día. Gracias también a todos por sus oraciones a favor de mi querido papá que ahora se restablece ya —gracias a la maravilla de la ciencia y a las manos de Leo y su equipo— en el silencio y la paz que un enfermo necesita siempre para recuperarse.

jueves, 30 de mayo de 2019

«Como Aquila y Priscila»... Un pequeño pensamiento para hoy


Escribo ahora mi pequeña contribución (por eso se llama «Un pequeño pensamiento») desde la casa de Lucio y Magnolia, que vienen a ser en este y otros días para mí, una especie de «Aquila y Priscila» como en la primera lectura de la Misa de hoy (Hch 18,1-8) que nos habla de este matrimonio que hospedó a Pablo. Llegué desde ayer en la tarde a CDMX para realizar algunas diligencias que me mantendrán aquí hasta la media noche en que regrese a mi nueva Selva de Cemento en Monterrey y empiezo mi reflexión de esta mañana agradeciéndole al Señor por tantos Aquilas y Priscilas que Dios ha puesto en mi vida misionera. ¿Cómo pagar tantos bienes recibidos de tantas gentes tan buenas que se han cruzado en mi vida? ¿Cómo agradecer tantos favores, préstamos de casas, coches, boletos de avión y de autobús, ornamentos, ropa, comida y toda clase de artilugios para ayudarme en mi andar misionero? El salmista hoy me ayuda a hacerlo con este precioso salmo 97 [98], porque cada día que pasa tengo que decir desde lo más hondo de mi corazón lo que él expresa hoy: «Una vez más ha demostrado Dios su amor». ¡No me alcanzaría toda mi vida para agradecer a tantos y tantos por todo lo que he recibido para seguir mi itinerario misionero! Con este salmo puedo alabar esta mañana al Señor que revela su victoria, como hemos visto en la lectura anterior. También nosotros nos alegramos con esa victoria y decimos: «Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas. Su diestra y su santo brazo le han dado la victoria.». 

Muchos de los cristianos del siglo XXI se han despistado y no se dan cuenta de que debemos tener la misma urgencia que los cristianos del primer siglo: «Ver a Jesús» y dar gracias por sus beneficios, que nos llegan muchas veces —la mayoría, diría yo— a través de gente buena, como Aquila y Priscila. Necesitamos experimentar la presencia del Resucitado en medio de nosotros que nos invita a compartir y a ser agradecidos, para reforzar nuestra fe, esperanza y caridad. Pero a muchos les provoca tristeza pensar que el Señor no está entre nosotros, porque no sienten ni pueden tocar su presencia como quisieran. Jesús habla claro en el Evangelio: «Dentro de poco tiempo ya, no me verán; y dentro de otro poco me volverán a ver». Así, toda clase de tristeza se transforma en alegría profunda, porque se experimenta su presencia segura en el compartir, en el ayudar al necesitado, en tomar en cuenta al descartado, en acompañar al que se acerca a dar una ayuda y en la gratitud a quienes, sin ningún interés propio, hacen hasta lo que no para ayudarnos. Yo he palpado esto con mucha claridad durante toda mi vida y en especial puedo hablar de lo vivido en estos días en que mi papá ha estado enfermo. Jesús está «sentado a la diestra de Dios», y, al mismo tiempo «trabaja con los que hacen algo por los demás» en la tierra. Esto señala bien que para expresar toda la riqueza del misterio de la ascensión, que ya estamos por celebrar —y que en algunas partes del mundo se celebra hoy— las palabras faltan. Las palabras más ajustadas son, quizá, las de una «presencia escondida». Sólo la fe nos asegura que la ausencia de Jesús es presencia, misteriosa pero real. 

Celebrando la Pascua debemos crecer en la convicción de que Cristo y su Espíritu están presentes y activos, aunque no les veamos, porque esa presencia se manifiesta en el prójimo y en los acontecimientos que vivimos, en el trabajo, en el compartir, en la vida ordinaria de cada día. La Eucaristía nos va recordando continuamente esta presencia. Y por tanto no podemos «desalentarnos», o sea, perder el aliento: «Espíritu» en griego —«Pneuma»— significa precisamente «Aliento». Pidamos este día al Señor, por medio de su Madre Santísima, que sepamos reconocer su presencia, con gratitud. Así, estoy seguro, sabremos encontrar siempre razones para vivir nuestra fe con alegría. Que Dios nos conceda, por intercesión de la misma Virgen María, nuestra Madre, la gracia de convertirnos en un signo del amor salvador del Señor para nuestros hermanos dando y compartiendo lo que podamos. ¡Gracias, gracias a todos y bendecido jueves sacerdotal y eucarístico! 

Padre Alfredo.

miércoles, 8 de mayo de 2019

«GOZO Y GRATITUD»... Un pequeño pensamiento para hoy


«Llenémonos de gozo y gratitud» dice hoy el salmista (Sal 65 [66]), do palabras que, en la vida del discípulo misionero deben resonar constantemente en el corazón aún en las condiciones más adversas que este mundo en el que vivimos nos pueda presentar. A veces nos enfocamos mucho más en nuestros problemas o en las dificultades que no faltan — una enfermedad, problemas familiares, situaciones financieras—, de manera que no pensamos en el gozo que hemos de vivir y la gratitud que le debemos a Dios por todo lo bueno que hay en nuestra existencia. Un corazón gozoso y agradecido, está lleno de alabanza a Dios, sobre todo ante la realidad de su amor eterno. Dios no es como los seres humanos que hoy nos aman, tal vez porque les caemos bien o les hacemos un favor y mañana nos olvidan porque ya no necesitan de nosotros. El amor de Dios es incondicional y dura para siempre. No importa cuántas veces le fallemos, él continúa fiel, amándonos y dispuesto a perdonar. ¿Cómo no vamos a estar llenos de gozo y agradecidos ante un amor así? Creo que con estas dos sencillas palabras, el salmista nos invita a estar alertas, a que no dejemos escapar la oportunidad de agradecer al Señor con gozo por los detalles de amor que él nos da cada día.

Si una comunidad cristiana está viva, si camina llena de gozo y gratitud, las persecuciones exteriores no hacen sino estimularla a buscar nuevos modos de evangelizar el mundo. Lo que a nosotros nos puede parecer catastrófico —los ataques a la Iglesia que tanto se han acrecentado, la exhibición de algunos de sus pastores que no se han portado bien, la falta de vocaciones en algunos sectores, la progresiva secularización de la sociedad, los momentos de tensión— será seguramente ocasión de bien, de purificación, de discernimiento, de renovado empeño de fe y evangelización por parte de la comunidad cristiana, guiada y animada por el Espíritu para que renueve precisamente el gozo y acreciente la gratitud al Señor (Hch 8, 1-8). Los primeros cristianos sufrían, y sufrían mucho viendo a algunos, como Esteban, que daban su vida por la fe, sin embargo, se sostenían en el gozo y la gratitud a Dios por saberse elegidos. Ellos comprendían que Dios escribe recto con líneas que a nosotros nos pueden parecer torcidas. La muerte de Esteban fue, para la Iglesia naciente, una oportunidad de gracia, porque con la huida o dispersión de muchos miembros de la naciente comunidad cristiana de Jerusalén, perseguida, se produjo una inesperada expansión del conocimiento y seguimiento de Cristo.

Por eso, cuando el ambiente en el que vivimos, parece alejarse más de Dios, los discípulos–misioneros deberemos sentir como una llamada del Señor a manifestar con nuestra palabra y con el ejemplo de nuestra vida, el gozo y la gratitud porque Cristo resucitado está entre nosotros, y anunciar a todos que, sin Él, se desquician el mundo y el hombre. Cuanto mayor sea la oscuridad, mayor será la urgencia de la luz. Los cristianos, llenos de gozo y gratitud, vamos contra corriente, apoyados en una viva oración personal, fortalecidos por la presencia de Jesucristo «Pan de vida» (Jn 6,35-42). La contradicción nos lleva a purificar bien la intención, realizando todo por Dios, sin buscar recompensas humanas. No olvidemos que una misma dificultad tiene distinto efecto según las disposiciones del alma: el bien que hemos de alcanzar es un bien arduo, difícil, que exige de nuestra parte una correspondencia decidida, llena de gratitud y de gozo. Y solamente la lograremos muy cerca del Señor. La unión con Dios a través de las adversidades, de cualquier género que sean, es una gracia de Dios que está dispuesto a concedernos siempre las gracias necesarias, pero exige el ejercicio de la propia libertad, nuestra correspondencia, con gozo y gratitud. El Señor, el «Pan de Vida», nos espera en el sagrario para animarnos siempre y para decirnos que lo más pesado de la Cruz lo llevó Él, camino al Calvario. Y al pie de la Cruz estaba su Madre, que es nuestra Madre y que es Maestra en esto de vivir el gozo y la gratitud por el don de la salvación. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 5 de marzo de 2019

«Gratitud a Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


«Quien las gracias me da ese me honra, y yo salvaré a quien cumple mi voluntad» canta el salmista (Sal 49 [50]) en el salmo responsorial de hoy y es que nuestra vida tiene que ser una constante acción de gracias a Dios de quien procede todo, a quien debemos lo que somos y lo que tenemos. La palabra «gracias» es corta, solo tiene siete letras, pero tiene un enorme poder en nuestra relación con Dios y con quienes nos rodean. El agradecimiento se ha de demostrar, no es que solo pueda llevarse por dentro, como mucha gente que dice «yo le doy gracias a Dios a mi manera, por eso no necesito ir a Misa los domingos». Damos gracias a Dios por sus bendiciones y nuestro agradecimiento alimenta el favor de Dios. A mayor oración y agradecimiento a Dios, menor afán y más paz. La gratitud a Dios es una expresión de fe que trae paz al corazón. Una vida de santidad fluye de un corazón lleno de agradecimiento a Dios por las gracias recibidas, por la misericordia, por el amor y la salvación de Dios. Así, el que se siente agradecido, en vez de vivir para sí mismo y para sus propios placeres, lo deja todo a un lado y busca exaltar a Dios en todo lo que hace, dice y piensa. Y al permitir que el Espíritu de Dios le controle —por así decir—, se capacita para vivir de una manera agradable que honra a Dios. 

La gratitud a Dios no se da solamente en la sucesión de ritos litúrgicos escrupulosamente cumplidos, da a entender el salmista hoy, sino en la entrega de la vida cotidiana. La verdadera liturgia grata a Dios no es solo el ratito en el que se celebra solemnemente la misa del domingo, sino la que prolonga esa hermosa celebración en la calle, en la casa, en la escuela, en el ambiente de trabajo todos los días de la semana para apartarse del mal, para combatir la injusticia, para esparcir la misericordia... ¡Esto es lo que agrada al Señor! Por eso hay que pedirle constantemente al Señor, que ayude a cada uno de los cristianos a redescubrir sin cesar el valor de la vida cotidiana, de las pequeñas cosas, de las ocupaciones diarias como «ofrenda espiritual» y como culto verdadero. San Pablo tomará esta misma idea y la expresará así: «Los exhorto, hermanos a que ofrezcan sus cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios, tal será su sacrificio espiritual.» Rm 12,1-2). 

Las gentes vivimos entre la memoria y la profecía, entre el ayer y el mañana. Pero los cristianos debemos vivir sobre todo en la vivencia del presente, del hoy, atentos a los valores fundamentales de nuestra salvación, la salvación que nos ofrece Dios por Cristo y agradecer esto como el tesoro más grande que tenemos. Si miráramos más de dónde venimos y a dónde vamos, viviríamos más lúcidamente nuestro presente con una inmensa gratitud a Dios honrándolo con nuestro comportamiento y nuestro testimonio de vida. No sólo porque nuestra existencia está transida de esperanza, sino también porque asumimos con decisión el compromiso de vivir vigilantes, no dormidos ni indolentes, sino con gratitud y disponibilidad absoluta, guiados por Cristo, con la consigna de no amoldarnos a los criterios de este mundo sino a los de Dios. Cada Eucaristía nos hace ejercitar esta acción de gracias. Por eso la Eucaristía, con la luz de la Palabra y la fuerza de la comunión, nos va ayudando a ordenar nuestros pensamientos, a ir creciendo en la unidad interior y a ser agradecidos. Jesús es «la única realidad», como decía la beata María Inés Teresa y por eso, por gratitud a él, por gratitud a nuestro Dios, es que hay que dejarlo todo por él (Mc 10,28-31). Pidámosle a la Santísima Virgen María que sepamos ser siempre agradecidos, así como ella lo fue. Ella dejó todo por seguir la voluntad de Dios, sus ideas, sus decisiones, sus proyectos y, con gratitud, no tiene otra realidad a la que nos pueda llevar, sino al encuentro con su Hijo Jesús, por eso en el Tepeyac quiso un templo, para en él mostrar todo su amor y con ello, invitarnos a vivir la gratitud a nuestro Dios que nos ha dado lo mejor que tiene: su Hijo Jesús. ¡Bendecido martes, con mi recuerdo y mi bendición en la Basílica de Guadalupe en esta tarde! 

Padre Alfredo.

miércoles, 20 de febrero de 2019

«¿Cómo le pagaré al Señor?... Un pequeño pensamiento para hoy


El salmo 115/116 es uno de los más hermosos de la Biblia y hoy la liturgia de la palabra nos ofrece algunos de sus versículos finales (12-13.14-15.18-19) con los cuales el salmista hace una preciosa acción de gracias en alabanza al Señor. El autor del salmo afirma que Dios es poderoso y no se le escapa nada, vela por nosotros en todo y se pregunta cómo le pagaremos al Señor todo el bien que nos hace. El filósofo francés Voltaire (1639-1699) decía que amaba con predilección un versículo de la Escritura y era el 12 de este salmo: «¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? El salmista siente una gratitud inmensa, y quiere expresarla. Primero dice que levantará el cáliz de salvación seguramente evocando la copa de ofrenda de gratitud de la que habla el libro de los Números (Num 15,10) y que a nosotros nos hace ir a Cristo y el Cáliz de su Sangre para agradecer al Padre entregándole lo mejor que él mismo nos dado, su Hijo Jesús. 

En Cristo el Padre nos ha dado la paz, el gozo, el reposo, la confianza, la victoria, la comunión con él. Así, una manera de mostrar gratitud a Dios es apropiarnos de esa «copa de la salvación» en cada Eucaristía. El escritor sagrado no olvida los votos que ha hecho a Dios, como tampoco nosotros debemos de olvidar nuestro compromiso bautismal, cumpliendo esas promesas bautismales «al Señor ante todo su pueblo, en medio de su templo santo». A la Eucaristía nos acercamos siempre llenos de gratitud en calidad de «hijos adoptivos» que cumplen sus promesas. ¿Cómo pagarle al Señor que nos haya abierto los ojos a la fe? Hoy el Evangelio nos habla de la curación de un ciego (Mc 8,22-26) que seguramente ha de haber quedado más que agradecido. Tan agradecido como Noé cuando terminó el diluvio, escena que nos cuenta la primera lectura de hoy (Gn 8,6-13.20-22). Así, toda la liturgia de hoy es una invitación a la gratitud. Porque en el fondo importa más el ser agradecidos con Dios que todo lo que el hombre pueda hacer o decir de sí mismo y por su cuenta, porque todo nos viene de Dios. 

En cada Eucaristía expresamos nuestra gratitud al Padre Celestial por, con y en el sacrificio expiatorio de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Nos reunimos en oración de alabanza y acción de gracias por lo que el Padre nos ha dado. La gratitud, cada vez que celebramos la Santa Misa, nos brinda la paz que nos ayuda a sobreponernos al dolor de la adversidad y del fracaso; la gratitud en la Misa expresa el aprecio por lo que tenemos y que sabemos venido de Dios, sin considerar lo que tuvimos en el pasado ni lo que deseamos para el futuro. En los cuatro relatos de institución de la Eucaristía, aparece nuestro Señor dando gracias. Lo cual nos indica que, según la mente y el corazón del Señor, la oblación del sacrificio eucarístico va estrechamente unida a la acción de gracias «hasta el punto de ser ella la mismísima excelentísima expresión del agradecimiento que debemos expresar a Dios por los beneficios recibidos». Si se llega a perder, en un bautizado, esa actitud de agradecimiento, se pierde la alegría de vivir, el sentido del paso por esta tierra, la grandeza del fin último al que como hijos adoptivos estamos llamados y se cae inexorablemente en distintas formas de tristeza y depresión de esas que abundan en el mundo malagradecido de muchos. Pidámosle a la Santísima Virgen, siempre agradecida por los favores de Dios que nos ayude a ser siempre agradecidos. ¡Bendecido miércoles y gracias por darse tiempo para leer!

Padre Alfredo.

sábado, 10 de noviembre de 2018

«La importancia de ser agradecidos»... Un pequeño pensamiento para hoy



San Pablo nos recuerda hoy, con su propio testimonio, al final de la Carta a los Filipenses, el espíritu de gratitud que debemos tener (Flp 4,10-19). Cuando somos agradecidos, tenemos una mayor felicidad y satisfacción en nuestra vida, y reconocemos la influencia y las bendiciones del Señor a pesar de las penas que estemos pasando. Todo este fragmento muestra cómo San Pablo expresa su gratitud a los filipenses por sus expresiones amables de amor y el regalo generoso que le enviaron y que mucho le ayuda, como manifestación de la Divina Providencia, en la situación de cárcel que vive. Así, nos deja un ejemplo contundente de cómo el discípulo–misionero puede estar contento, cuando es agradecido, sin importar cuales sean las circunstancias que le rodeen. Quienes tienen la costumbre de expresar su gratitud disfrutan de un gozo especial, pero, más que nada, siguen los pasos de Jesucristo, quien siempre valoró las buenas obras de los demás (Mc 14,3-9; Lc 21,1-4). Lamentablemente, cada vez son menos quienes expresan su agradecimiento. La propia Escritura advierte que, en estos «últimos días», la gente es desagradecida (2 Tim 3,1-2). Por lo tanto, debemos tener cuidado para no contagiarnos de esa actitud, pues podríamos volvernos indiferentes e insensibles viendo a los demás como que tienen «obligaciones» para con nosotros. 

Hace un tiempo vi una lista de los países más felices del mundo. Me di cuenta que los países más ricos del planeta no figuraban en los primeros lugares. Por el contrario, países que nunca imaginaría estaban entre los mejores. Costa Rica, en el puesto número 13, aparece como el país más feliz de América Latina, según esta lista de la Red de Soluciones para un Desarrollo Sostenible, que trabaja en conjunto con la ONU. Muy atrás está seguido por México, que alcanzó el lugar 24. Estados Unidos ocupa el lugar 18 y los Emiratos Árabes el 20. Los países que estaban en los primeros lugares tenían algo en común: Las personas eran agradecidas y sus expectativas no eran en extremo ambiciosas. Ya sabemos que los seres humanos, como consecuencia del pecado original, somos egoístas, y por eso a veces se nos hace difícil demostrar agradecimiento (Gn 8,21; Mt 15,19). Pero la Carta a los Efesisos, en uno de sus fragmentos finales que hoy la liturgia no cita, nos dice: «Se les pidió despojarse del hombre viejo al que sus pasiones van destruyendo, pues así fue su conducta anterior, y renovarse por el espíritu desde dentro. Revístanse, pues, del hombre nuevo, el hombre según Dios que él crea en la verdadera justicia y santidad (Ef 4,23-24). Así, San Pablo nos enseña que cuando somos agradecidos desarrollamos una tendencia a ver el lado positivo de las cosas. En consecuencia, se puede lograr mantener una actitud positiva aún en medio de las adversidades que, en este mundo, nunca falta. 

Leyendo el Evangelio de hoy (Lc 16,9-15) podemos captar que lo importante, para Jesús —como debe serlo para nosotros— es ser agradecidos por la «vida eterna», que nos alcanzará en plenitud los bienes divinos, las cosas espirituales. Lo que cuenta, para el Señor Jesús, no es «el tener», sino «el ser»... Se puede «tener» mucho y ser un infeliz, malo y mal agradecido. Siento que las páginas de la Escritura que hoy leemos, hacen juntas una lección para que tengamos una actitud de una cierta indiferencia ante los bienes materiales; que sepamos ser agradecidos con lo poco y con mucho, «en pobreza y abundancia, en hartura y en hambre». Igual que Cristo y que San Pablo, que no buscaron nunca aprovecharse de su ministerio para que las comunidades les mantuvieran a su costa. Hoy es sábado, miro a la Virgen como siempre, la pienso junto a San José, agradeciendo lo necesario para la vida en el hogar de Nazareth, en donde la harina y la levadura, la vela y la mesa, las gallinas y la oveja, la puerta y la ventana... las cosas pobres y sencillas, venidas de la Divina Providencia, darán a su Hijo Jesús la materia y los temas para desarrollar su ministerio, sin mostrar en ningún momento ni codicia ni avaricia ni afán de poseer, conformándonos con lo que les va deparando la vida y agradeciendo la bondad divina, que provee de lo necesario. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

«Estallar en un himno de amor y agradecimiento»... Un pequeño pensamiento para hoy


Y Jesús sigue de camino a Jerusalén... Ya varias veces he mencionado que casi una tercera parte del evangelio de san Lucas va mostrando el camino de Jesús hacia Jerusalén para encontrarse con el signo final de su amor por nosotros, la muerte y su resurrección. He dicho también que de camino, Jesús nos va dejando señales, milagros y enseñanzas. Hoy el evangelista nos remite a una curación milagrosa de unos leprosos (Lc 17,11-19). La lepra sigue siendo aún una enfermedad terrible. En tiempos de Jesús, la persona afectada era proscrita, es decir apartada de todos, recluida con otros leprosos que portaban al cuello una campana para avisar que no se les acercaran porque eran impuros, mientras gritaban: «¡Apártense de mí porque soy un leproso!»… Una verdadera exclusión social. Pero Jesús presta atención a todos y escucha la súplica de diez de ellos que le dicen: «¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!» (Lc 17,13) y toma la determinación de hablarles y regalarles la curación no de inmediato sino de camino al encuentro de los sacerdotes a quienes los envía (Lc 17,14). 

Aquellos pobres hombres confían en Jesús y captan que deben ir donde el sacerdote como si ya estuvieran curados, porque era el sacerdote quien debía verificar la curación y dar el atestado de pureza (Lv 14,1-32). Pero, en realidad, el cuerpo de aquellos diez seguía cubierto de lepra. Sin embargo, ellos creen en la palabra de Jesús y van donde el sacerdote. Y resulta que mientras van de camino, se realiza la curación y quedan purificados. Ellos tenían que creer en la palabra de Jesús. Para nueve de ellos fue suficiente saberse curados y así, volvieron a sus vidas ordinarias. Pero hubo uno que sintió una llamada más fuerte, una resonancia interior de aquella voz de Jesús que quedó grabada en su corazón y le empujó a ser agradecido. Podemos decir que, además de la curación física, a este hombre le llego la curación espiritual, la más grande. Obtener la pureza significó para aquel pobre hombre un regalo inmenso. La cosa es que aquel que se arrojó los pies de Jesús no fue uno de los judíos, sino un extranjero, un samaritano (Lc 17,16). Reconoció en Él a su salvador. Tuvo fe, y su fe le salvó. Cristo le dio la vida eterna, la salud, la salvación para siempre.

La gratitud y la gratuidad no forman parte del vocabulario de muchas de las personas de nuestro tiempo, y muchos de ellos se presentan como «católicos». En la parábola del evangelio de ayer, Jesús había formulado la pregunta sobre la gratitud: «¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?» (Lc 17,9) Y la respuesta era: ¡No! Este samaritano que vuelve para agradecer la curación representa a las personas que tienen la conciencia clara de que nosotros, los seres humanos, no tenemos mérito, ni crédito ante Dios. Todo es gracia, empezando por el don de la vida. Hay que pedirle mucho a Dios que tenga compasión de nosotros como la tuvo de aquellos diez leprosos. Hay que pedirle que nos sane, por fuera y, sobre todo, por dentro como aquel que le dio las gracias. Y cada vez que sintamos su misericordia, darle gracias por haberle encontrado, porque nos ha hablado, porque nos ha redimido. Si recurrimos a María y le pedimos que nos ayude a ser agradecidos, Ella con gusto nos remitirá a ver todas las maravillas que el Señor ha hecho en nosotros como lo hizo en ella (Lc 1,49). La beata María Inés, dirigiéndose a Jesús le dice: «Señor, tus misericordias llenan mi vida entera: tus misericordias llenan mi alma de gratitud, tus misericordias hacen que estalle en un himno de amor y agradecimiento». ¿Por qué no estallamos como ella nosotros también? ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 11 de julio de 2017

«Adoración, fortaleza, amor y gratitud» Hora Santa 32 (para adorar con amor y gratitud pidiendo fortaleza)



Monición inicial:

Dios, que no cabe en el mundo entero, se ha quedado en la Hostia consagrada. Ante este gran sacramento, inclinamos nuestros cuerpos, doblamos nuestras rodillas, cantamos, adoramos... Este Dios inmenso, que en el pesebre se hizo Niño y en la cruz Víctima, en la Hostia Consagrada se hace Pan, sirviendo de antídoto contra los pecados veniales y preventivo de los mortales. Si pudiéramos dudar del amor de Jesucristo a los hombres, no tendríamos que hacer otra cosa que preguntar: —Señor, ¿qué haces aquí, en esta Custodia? Y la respuesta sería: —Estoy aquí por amor.

Canto de entrada:

«A TÍ LEVANTO MIS OJOS»

A ti, levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo; 
a ti levanto mis ojos, porque espero tu misericordia.

1. Como están los ojos de los esclavos, 
fijos en las manos de sus señores, 
así están nuestros ojos en el Señor, 
esperando su misericordia.

2. Como están los ojos de la esclava, 
fijos en las manos de su señora, 
así están nuestros ojos en el Señor 
esperando su misericordia.

3. Misericordia, Señor, Misericordia, 
que estamos saciados de burlas, 
misericordia, Señor, misericordia 
que estamos saciados de desprecios.

4. Nuestra alma está saciada, 
del sarcasmo de los satisfechos, 
nuestra alma está saciada, 
del desprecio de los orgullosos.

Se hace la exposición del Santísimo como de costumbre.

Ministro:  Adoremos y demos gracias en cada instante y momento,
Todos: al Santísimo Sacramento.

Padre Nuestro.
Ave María.
Gloria.

Se hace ahora la siguiente jaculatoria y se repite tres veces:

Ministro: ¡Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo! 
Todos: ¡Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman!

Momentos de silencio para meditar.

Lector 1: ¡Tantos siglos…! Pero el Señor no se ha marchado. El amor le trajo a la Eucaristía y el amor le sostiene. Y si Él late de amor por nosotros, nosotros debemos latir al calor del Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Los amigos tendríamos que tener un corazón con alas para volar a la Eucaristía, amarle y vivir de esta savia. Adoremos, agradezcamos, amemos a Señor en la Eucaristía.

Lector 2: Rindamos nuestro cuerpo y nuestra alma en tributo de adoración por los que no le aman, por los que le odian. «No los dejaré huérfanos», dijo aquel Corazón que sabía, a la hora de entregar su Cuerpo, que se iban a cometer tantos pecados. A pesar de eso, quiso quedarse con nosotros. ¡Gracias!, te agradecemos con nuestro pequeño entendimiento este don. Queremos que nuestro corazón corresponda haciéndose como el tuyo.

Canto para meditar:

«DAME UN NUEVO CORAZÓN»

Dame un nuevo corazón,
que te ame solo a ti, Señor,
que se entregue al amor,
que se consuma en este mismo amor.

Dame un nuevo corazón,
que te busque solo a ti Señor,
que se anegue en tu caridad,
y que a todos quiera dar.

1. Un corazón humilde,
que piense primero en los demás,
que sea generoso, para sin medida dar,
un corazón que sea sencillo,
que no se ufane en lo que tu le das.

2. Que sea puro y casto,
y que a los demás me enseñe a amar,
que solo a ti te busque, atento y dócil para amar
abierto al Espíritu Santo,
que no se canse de alabar.

3. Un corazón dispuesto
hasta el martirio llegar,
y que prefiera la muerte,
antes que volver a pecar.

Momentos de silencio para meditar.

Lector 1: «Resistan firmes en la fe», estén fuertes en la fe. Este es el fallo de la hora presente: el de la fe que, en el mejor de los casos, es una fe floja, superficial, cobarde, una fe a medias a la que le falta fortaleza. Y como es floja, como es cobarde, como no es profunda, como no es de grandes convicciones, de ahí se deriva…todo lo que queramos imaginar.

Lector 2: Una vez que se quitan a la fe esas profundas convicciones, esas profundas raíces, esos profundos porqués en que la última razón de ser es la fe, cualquier circunstancia, cualquier criatura, cualquier sacrificio de ideas, cualquier sacrificio de un capricho… cualquier cosa de estas hace tambalearse y se viene todo abajo. Y esos malos testimonios están haciendo polvo la fe de nuestro pueblo. ¡Pobre pueblo cristiano, le faltan misioneros fuertes y firmes en la fe! 

Lector 1: Pero aún con todo lo que haya de miseria humana, que hay que caer en la cuenta de que nuestra fe es verdadera y por eso adoramos al Señor en la Eucaristía. Así, el cristiano, el católico, el misionero, permanece firme, no se viene abajo ni ante los fracasos ni ante los malos testimonios que puedan surgir a su alrededor, porque, esto es lo que falla: la fortaleza. 

Lector 2: Hoy se tiene una voluntad débil. Se evita todo tipo de esfuerzos. Para muchos solo interesan el placer, la comodidad, los caprichos, la superficialidad y el desorden. Se derrotan fácilmente antes las dificultades por falta de madurez. En algunos cristianos no se da el autodominio y no se asumen las responsabilidades de los actos. Todo eso lleva a un apartamiento progresivo de Dios, aún en las almas consagradas que no buscan fortalecerse.

Lector 1: La fortaleza es la virtud mediante la cual nos vamos haciendo capaces de soportar y vencer los obstáculos que se oponen al bien y a nuestro progreso espiritual. Se trata de hacer de las pequeñas cosas de cada día una suma de esfuerzos, de actos generosos, que pueden llegar a ser algo grande.

Momentos de silencio para meditar.

Monitor: Oremos ahora con el salmo 17 en forma resposorial (puede ser semitonado):

Salmista: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.
Todos: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.

Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza,
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, 
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Todos: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.

Invoco al Señor de mi alabanza 
y quedo libre de mis enemigos.
Todos: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca, 
sea ensalzado mi Dios y Salvador. 
Tú diste gran victoria a tu rey, 
tuviste misericordia de tu Ungido.
Todos: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.

Momentos de silencio para meditar.

Lector 2: Si dirigimos nuestra mirada hacia la Custodia, veremos solo un poco de pan. ¡Los ojos ven un poco de pan!... ¡un poco de pan! Y sin embargo, la fe nos dice que aquí está todo Jesucristo, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Claro que esto no se demuestra con matemáticas. Tenemos que hacer un acto de fe.

Lector 1: El argumento fundamental para creer es éste: 1º: Dios es infalible. 2º: Dios lo ha revelado. 3º: Yo lo creo. Y si fallan los dos primeros, es imposible decir: «Yo creo». Los mártires ¿se hubieran dejado matar si no hubieran estado bien seguros de lo que creían? El apoyo es este: una profundidad de fe con fortaleza, un arraigo firme en la fe. Creer con la fe que hace mártires, como decía San Pablo: «Sé perfectamente de quién me he fiado” (2 Tim 1,12). Con esta fe fuerte, ¡hasta el martirio merece la pena!

Lector 2: La fortaleza llena al alma de fuerza interior, de tal modo que aprendemos a reconocer nuestras posibilidades y la situación real que nos rodea, para resistir y acometer todas las acciones que se presentan en nuestro devenir, haciendo de nuestras vidas algo noble, entero y provechoso que se entrega por Dios y por las almas. Debemos tener mucho cuidado en no quedarnos con una fe infantil, sin desarrollar. ¡No! Si tomamos nuestra vida en serio y estamos firmes en la fe, la gracia no nos faltará.

Lector 1: Es necesario desarrollar  la virtud de la fortaleza. Cuando parece que se acumulan dificultades, los cobardes huyen y dejan el campo abandonado; los valientes, en cambio, se crecen en las luchas, resisten. Precisamente cuando surgen contrariedades intrínsecas o extrínsecas, y estamos azotados por vientos, hielos, nieves... que nos impiden caminar o detienen la marcha, entonces ¡sí que hace falta! para que no pasen sobre nosotros como una apisonadora que nos aplasta, sino que, con energía de carácter, con fortaleza, las superemos teniendo a Jesús Eucaristía como centro de nuestras vidas.

Lector 2: Señor, en nuestro diario vivir, cuando vemos esas dificultades grandes, debemos estar seguros de que detrás de todo estás tú, Jesús Eucaristía, ayudándonos a vencerlas. En esta Hora Santa queremos renovar el esfuerzo para ser fuertes y convencernos más y más de que la victoria se conseguirá con la gracia que viene de ti.

Lector 1: Si se desarrolla en nosotros don de la fortaleza del Espíritu Santo, ante graves conflictos del tipo que sean, como por instinto, haremos cosas difíciles con valentía y serenidad. Éste es el que llevó a los mártires, sobre todo a ciertos mártires, con serenidad al martirio; San Lorenzo, por ejemplo, o San Maximiliano Kolbe, san Jesús Méndez Montoya y tantos otros. Esto lo hace el don de fortaleza... ¡Danos, Señor, el don de fortaleza! Las grandes obras cristianas que han emprendido los grandes santos han necesitado, no sólo de la virtud de la fortaleza, sino del don de fortaleza.

Canto para meditar:

«EL SEÑOR ES MI FUERZA, MI ROCA Y SALVACIÓN»

El Señor es mi fuerza, mi roca y salvación;
el Señor es mi fuerza, mi roca y salvación.

1. Tú me guías por sendas de justicia, me enseñas la verdad.
Tú me das el valor para la lucha, sin miedo avanzaré.

2. Iluminas las sombras de mi vida, al mundo das la luz.
Aunque pase por valles de tinieblas, yo nunca temeré.

3. Yo confío el destino de mi vida al Dios de mi salud.
A los pobres enseñas el camino, su escudo eres Tú.

4. El Señor es la fuerza de su pueblo, su gran libertador.
Tú le haces vivir en confianza, seguro en tu poder.

Momentos de silencio para meditar.

Monitor: Oremos ahora a Jesús Eucaristía con estas letanías para fortalecernos en Él. Digamos después de cada súplica: «Quédate, Señor, conmigo».

Te necesito ver presente para no olvidarte, pues ya sabes con cuanta frecuencia te abandono.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Porque soy muy débil y necesito de tus alientos y de tu fortaleza para no caer tantas veces.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Porque Tú eres mi vida y sin Ti con frecuencia decaigo en el fervor.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Porque Tú eres mi luz y sin Ti estoy en tinieblas.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Para que oiga tu voz y la siga.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Para demostrarme todas tus voluntades.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Porque deseo amarte mucho y vivir siempre en tu compañía.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Porque todo mi ser te está consagrado a ti por el bautismo y Tú me perteneces.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Para que hagas de mi corazón una celda de amor de la cual nunca te alejes.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Para que te sea fiel en lo próspero y en lo adverso; en la salud y en la enfermedad.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Para que mi alma que es muy pobre, sea para Ti un lugar de consuelo, un huerto cerrado, un nido de amor.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Para que hagas que tu amor me inflame tanto que me consuman sus amorosas llamas.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Lector 1: Quédate, Señor, conmigo, porque se pasa la vida, se acerca la cuenta, la eternidad, y es preciso que redoble mis días, mis esfuerzos, que no me detenga en el camino y por eso te necesito. Se hace tarde y se viene la noche, me amenazan las tinieblas, las obscuridades, las tentaciones, las sequedades, penas, cruces, etc., y Tú me eres preciso, Jesús mío, para alentarme en esta noche de destierro, ¡Cuánta necesidad tengo de Ti!

Lector 2: Quédate, Señor, conmigo, porque en la noche de la vida y de los peligros, deseo ver tu claridad, muéstrateme y haz que te conozca como tus discípulos en el partir del pan, es decir, que la unión Eucarística sea la luz que aclare mis tinieblas, la fuerza que me sostenga y la única dicha que embriague mi corazón.

Lector 1: Quédate, Señor, conmigo, porque cuando llegue la muerte, quiero estar junto a Ti y si no realmente por medio de la Sagrada Comunión, al menos quiero tener mi alma unida a Ti por la gracia y por un abrasado amor. No te pido sentir tu adorable presencia y tus regalos divinos que no los merezco, pero tu residencia en mi por la gracia ¡oh, sí que te la pido!

Lector 2: Quédate, Señor, conmigo, pues a Ti sólo te busco, tu amor, tu intimidad, tu Corazón, tu espíritu y tu gracia. Te busco por Ti mismo porque te amo; y no te pido más recompensa que amarte con solidez, prácticamente, amarte únicamente, amarte cuanto puedo, amarte con todo mi corazón en la tierra para seguir amándote con perfección por toda la eternidad y dame el regalo de que tu Madre me acompañe para alentarme a ser fuerte y firme en la fe como ella. Amén


Canto para recibir la bendición con el Santísimo Sacramento:

«MI JESÚS SACRAMENTADO»

Mi Jesús sacramentado,
yo te adoro y te bendigo,
porque oculto en el sagrario,
has querido estar conmigo (2).

Jesús Hostia inmaculada,
inmolada por bien mío,
que mi alma sea tu morada,
amantísimo Dios mío (2).

Tú eres mi Jesús amado,
el esposo prometido,
de las almas el deseado,
eres mi Jesús querido (2).

Eres tú la flor del campo,
lirio hermoso de los valles,
y de mi alma dulce encanto,
mi Jesús Tú bien lo sabes (2).

Mientras tanto, arrodillado, el ministro inciensa el Santísimo Sacramento.

Ministro: Les diste pan del cielo. (T.P. Aleluya). 
Todos: Que contiene en sí todo deleite. (T.P. Aleluya).

Ministro: Oremos. Oh Dios, que en este admirable sacramento nos dejaste el memorial de tú Pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Todos: Amén.

Bendición Eucarística.

El sacerdote o el diácono toma el paño de hombros, hace genuflexión, toma la custodia y sin decir nada, traza con el Sacramento la señal de la cruz sobre el pueblo. 

Alabanzas de desagravio:

Bendito sea Dios.
Bendito sea su santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendita sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito.
Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción. 
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el nombre de María Virgen y Madre. 
Bendito sea San José, su castísimo esposo. 
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.

 Canto Final:

«CAMINARÉ»

Caminaré en presencia del Señor, 
Caminaré en presencia del Señor... 

1. Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante, 
Porque inclina su oído hacia mí, 
El día que lo invoco.

2. Me envolvían en redes de la muerte, 
Caí en tristeza y en angustia, 
Invoque el Nombre del Señor: 
¡Señor, Salva Mi Vida! 


Dos lecturas del Evangelio que se pueden intercalar en los momentos de oración: Lc. 4,1-13: «La fortaleza del Señor ante las tentaciones del demonio en el desierto». Jn. 16,33: «En el mundo tendrán tribulaciones, pero ánimo! Yo he vencido al mundo». 


P. Alfredo Delgado, M.C.I.U.

domingo, 19 de junio de 2016

«ORACIÓN PARA PEDIR POR PAPÁ»... Una oración para el día del padre


Acuérdate, Señor, de mi papá.
Él necesita de tu amor y tu cariño.


Protégelo con tu gracia
y dale la fuerza que necesita
para seguir siempre adelante.


Permite que siga siendo la cabeza
de nuestra familia
y que la siga manteniendo unida.


Me siento muy orgulloso de él
y de todo lo que él representa.


Y a los papás que ya cumplieron
su misión en la tierra
y ya no están entre nosotros,
recíbelos en tu reino.


¡Gracias, Señor, por mi papá!


Amén.

jueves, 28 de noviembre de 2013

«THANKSGIVING»... Una hermosa tradición para dar gracias a Dios que se debe conservar

El «Thanksgiving» es una tradición muy hermosa que se originó en los Estados Unidos en 1621 y que desde entonces cada año se ha celebrado. Esta celebración tiene como objetivo agradecer a Dios todo lo que la tierra nos ha dado, además de tener la maravillosa oportunidad de reuniese con la familia a compartir la cena.

El  «Thanksgiving» surgió por la llegada de un grupo de peregrinos que en 1620 viajaron desde Inglaterra a América desembarcando en Plymouth (Massachusetts), escapando de las condiciones de vida de su país. Los nativos de aquella localidad los recibieron amistosamente y compartieron con los peregrinos sus conocimientos sobre las cosechas y la caza. Como muestra de gratitud por la buena cosecha, las enseñanzas y lo bien que habían sido acogidos por aquellas tierras, los peregrinos decidieron ofrecer un gran banquete para los nativos de la región.

«Gratitud» fue la esencia principal de aquel histórico banquete que marcó el inicio de una tradición inquebrantable, pues en este día la familia, amigos, colegas e incluso vecinos se reúnen para dar gracias por todo lo que la tierra les provee. Hay comida y bebidas en abundancia. Lo que se hace ese día es compartir una cena con los familiares más queridos para recordar cómo fue que los indios y peregrinos se unieron para ayudarse, sin importar las distinciones.

Después de que los Estados Unidos consiguieran la independencia, el Congreso (Council) recomendó un día anual de acción de gracias para que la nación entera lo celebrara. George Washington sugirió la fecha el 26 de noviembre como Día de Acción de Gracias. Pero no sería hasta 1863 cuando, al final de de una guerra civil larga y sangrienta, Abraham Lincoln pidiera a todos los habitantes del país festejar el último jueves de noviembre como un día de “Thanksgiving”, es decir como el Día de Acción de Gracias.

Por lo general, en la cena de Acción de Gracias se comparten diferentes tipos de platillos que hacen referencia a lo que se consumió en la primera cena con los indios y peregrinos, por eso se come pavo, maíz, calabazas, arándanos y camotes, que son algunas de las delicias que se degustan ese día.

En el menú de cena de gala no puede faltar el pavo relleno, platillo que fue escogido por los inmigrantes ingleses para celebrar aquella primera cena de Acción de Gracias, desde entonces esta ave fue adoptada como símbolo tradicional del banquete de acción de gracias. La crianza y consumo del pavo, animal que proveía el único tipo de carne popular, antes de la llegada de los cerdos, vacas, borregos y chivos del viejo continente, es parte de la forma de vida de los nativos. El pavo constituía, junto al lobo, el oso y la tortuga, uno de los totems o símbolos de las grandes tribus o congregaciones nativas asentadas en el territorio comprendido actualmente desde el punto extremo norte de Nueva York (Catskills) hacia el sur por el rio Hudson, incluyendo todo el estado de Nueva Jersey, parte de Delawer y la parte sureste de Pennsylvania.

Desde el año de 1947 el presidente de los Estados Unidos realiza ceremonia de indulto, conocida como “Annual Pardoning of the National Turkey”, este indulto es un perdón simbólico. El pueblo puede votar a través de diversos medios para salvar al ave. La ceremonia data  del año 1947, cuando era presidente Harry Truman.

En la mesa de Acción de Gracias no pueden faltar tampoco platillos hechos a base de elementos como el maíz, que representa la supervivencia de las colonias., ya que era el plato principal de aquellos tiempos y se consumía en toda comida; la calabaza, que generalmente se presenta a la mesa de Acción de Gracias como el tradicional Pastel de Calabaza; la salsa de cranberry, que se sirvió en el primer Día de Acción de Gracias y se sigue sirviendo hoy en día —el cranberry es una baya ácida/agria, proveniente del continente norteamericano—. Estos elementos son servidos a la mesa en forma de puré de papa, camotes acaramelados y ejotes con zanahorias glaseadas y panecillos de acompañamiento.

Con los años, se fueron añadiendo algunos otros elementos como el desfile de Acción de Gracias, que es uno de los acontecimientos más esperados de este día. El clásico desfile de «Thanksgiving» se llevó a cabo por primera vez el 1924 organizado por los grandes almacenes Macy’s de Nueva York en que desfilaron los empleados de dichos almacenes. Posteriormente en 1927 se incorporaron marcas muy reconocidas y enormes globos de helio representando a animales y figuras típicas de acción de gracias, pero, con los años, los personajes infantiles más populares —dependiendo del momento y las marcas comerciales— son parte fundamental de este desfile que siguen millones de personas en directo y por televisión. Éste se puede  apreciar por las calles de Manhattan.

A lo largo de los años esta celebración se ha ido modificando, sin embargo, los creyentes tenemos que agradecer a Dios que no se haya perdido el verdadero sentido del festejo: el de dar Gracias. El «Thanksgiving» sigue siendo un día de familia, donde sus miembros se reúnen para dar gracias a Dios, una tradición muy arraigada, antigua y hermosa de esta gran nación, a pesar de que la avaricia de unos pocos quiera convertirla en un gran negocio y una pesadilla para cientos de miles de empleados.

Por desgracia, cada vez más personas tienen que dejar solas a sus familias ese día en medio de la cena para ir a cumplir con sus obligaciones de trabajo, lo que ha obligado a un cambio de horario en la celebración, pues muchas familias la han tenido que trasladar al mediodía, que más bien en Estados Unidos es la hora del lunch. Muchos establecimientos, urgidos por la reciente crisis económica, comenzaron sus ventas del famoso viernes negro el mismo día de acción de gracias, a horas tempranas de la noche. Desde luego que los inteligentes ejecutivos de las grandes corporaciones promotoras de esta iniciativa, no abandonan sus cenas y sus familias para ir a supervisar el desarrollo de las ventas en sus negocios; ellos siguen disfrutando de esta hermosa tradición, para eso tienen empleados entre los que se encuentran muchos que dufren por no poder vivir estos momentos del compartir familiar..

Los hombres y las mujeres de fe sabemos que sustituir en el «Thanksgiving» la vida a la familia y dar primacía al aprovechamiento de ofertas, no es bueno. Para muchos de los empleados que están obligados bajo amenaza de perder sus empleos a trabajar el viernes negro, desde tempranas horas de la madrugada e incluso el mismo día de acción de gracias, los beneficios monetarios que obtienen no sustituyen el sacrificio de dejar sus hogares y sus familias para cumplir con sus obligaciones laborales. La fiebre consumista del llamado «Black Friday» o «Viernes Negro» amenaza la hermosa tradición con filas interminables de personas intentando hacerse con algunas de las ofertas que parecen de locos, pero son reales.

Creo que los cristianos, en las Misas de «Thanksgiving» en nuestras parroquias, deberíamos de pedir a Dios que los dueños, accionistas y ejecutivos promotores de estas iniciativas de venta  sean más moderados y menos agresivos en este día. Sus empleados, sus clientes y la sociedad se lo agradecerán y además, estarían contribuyendo a preservar una hermosa tradición que en este país siempre se ha respetado.Hay estudios científicos que demuestran que cenar en familia fomenta la unión familiar así como también estas familias tienen menos problemas con sus hijos.

Es bueno que al estar en familia se puedan responder algunas preguntas como éstas: 

¿Qué grandes eventos sucedieron en la familia este año? ¿Creció la familia en número, a través de bodas o nacimientos? ¿Se nos adelantaron al cielo algunos de nuestros seres queridos? ¿Experimentó la familia momentos difíciles? Si es así, hay que considerar lo que se aprendió de cada situación. ¿Quiénes son los miembros de la familia? A la hora de la cena se puede brindar y nombrar  una cualidad de cada miembro.

Es, además, una hermosa oportunidad para orar juntos al tener en la mesa el pan que ha sido bendecido en la Misa matutina, como es costumbre. Este día de acción de gracias, aunque no es una fiesta de guardar en el calendario católico,  es como un faro que nos anticipa el brillo de  la luz venidera de la época de Navidad. El calendario litúrgico de la Iglesia en los Estados Unidos lo celebra con gran solemnidad. En la Misa Solemne de este día, se leen dos lecturas —una del Antiguo y otra del Nuevo Testamento— y una emblemática lectura del Evangelio de Lucas: el pasaje del “Magnificat” pronunciado por la Santísima Virgen María, en la que ella declama una de las más hermosas y profundas acciones de gracias al amor infinito de Dios: “proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva… porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí, y su nombre es santo”. (Lc 1:,41-55) y se bendice el pan que se compartirá en la cena.

Recordemos que nosotros los  Católicos diariamente celebramos la Eucaristía, que significa «Acción de gracias» , ese "sí" que le damos a Cristo a la invitación que nos hace a participar en el banquete , donde el promete que cenará con nosotros (Ap 3,20): "Mira, yo estoy llamando a la puerta; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos". Por eso, los católicos no sólo debemos celebrar el Día de Acción de Gracias con profundo espíritu de oración, agradecimiento y alegría, sino que la celebración de este día nos debe llevar a recordar que nuestra vida como católicos es una constante acción de gracias, a través de nuestros actos de la vida cotidiana, que deben todos ellos dar gloria a Dios, y de manera especial a través de la celebración de la Eucaristía, que como nos dice el Catecismo: “La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación. ‘Eucaristía’ significa, ante todo, acción de gracias”. (CCC 1360)

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “Creer en Dios, el Único, y amarlo con todo el ser tiene consecuencias inmensas para toda nuestra vida”, (CCC 222); y luego agrega que esto implica, “vivir en acción de gracias: Si Dios es el Único, todo lo que somos y todo lo que poseemos viene de él: ‘¿Qué tienes que no hayas recibido?’ (1 Co 4:7) ‘¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?’” (Sal 116:12) (CCC 224).

Antes de empezar la cena de «Thanksgiving» se puede recitar el salmo 67 y hacer una oración sencilla como estas:

Salmo 67
V. ¡Que te alaben Señor todos los pueblos!
R. ¡Que te alaben Señor todos los pueblos!

Que el Señor tenga compasión y nos bendiga,
que nos mire con buenos ojos,
para que todas las naciones de la tierra
conozcan su voluntad y salvación. 
R. ¡Que te alaben Señor todos los pueblos!

Oh Dios, que te alaben los pueblos;
¡que todos los pueblos te alaben! 
Que las naciones griten de alegría,
pues tú gobiernas los pueblos con justicia; 
¡tú diriges las naciones del mundo! 
R. ¡Que te alaben Señor todos los pueblos!

Oh Dios, que te alaben los pueblos;
¡que todos los pueblos te alaben! 
La tierra ha dado su fruto;
¡nuestro Dios nos ha bendecido! 
R. ¡Que te alaben Señor todos los pueblos!

¡Que Dios nos bendiga! 
¡Que le rinda honor el mundo entero!
R. ¡Que te alaben Señor todos los pueblos!

Oración:

Oh Señor, con corazones humildes pedimos
tu bendición en este Día de Acción de Gracias.
Y pedimos que en esta mesa,
donde agradecidos compartimos los alimentos en familia,
tu gracia venga para acompañarnos en paz y armonía.
Pedimos que tu amor bendiga, ¡Oh Señor!,
cada corazón, cada hogar, cada mesa festiva,
y que tu paz venga a quedarse
donde brillan las velas, en el Día de Acción de Gracias. Amén.

Oración:

Gracias Dios por todo lo que crece,
Gracias por el arco iris en el cielo,
Gracias por las estrellas que brillan,
Gracias por nuestra familia,
Gracias por nuestros amigos,
Gracias por la luna y el sol,
Gracias por todo lo que has hecho. Amén.

Les invito a celebrar el día de acción de gracias como un día sagrado para la familia. Se que siempre habrá gente a quien no le interese su significado y esté dispuesta a aprovechar la fecha para ganar unos pocos dólares más, pero la familia, la tradición y la fe en Dios serán siempre más importante que el dinero.

Padre Alfredo.