miércoles, 19 de agosto de 2026

«LOS PASTORES DEL PUEBLO DE DIOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Seguimos en la lectura continuada del libro del profeta Ezequiel en la primera lectura desde hace ya un buen tiempo. Hoy estamos en los versículos del 1 al 11 del capítulo 34 donde Ezequiel profetiza, tal como le ordena Dios, contra los pastores, reprochándoles no solo que hayan descuidado su obligación, sino que han abusado y maltratado a las ovejas. En adelante será Dios mismo quien cuidará del rebaño. En la Iglesia sabemos que así es, es Dios quien elige a los pastores para cuidar de toda la grey. Ya sabemos que el Papa, vicario de Cristo en la tierra se elige en un cónclave al que asisten los cardenales menos de 80 años, pero tal vez no todos sepan cómo se eligen los obispos.

El Papa nombra libremente a los obispos, pero se basa en un proceso confidencial de consulta y selección coordinado por el representante del Vaticano en cada país. El Proceso de Selección es así: En primer lugar los obispos de cada región o país proponen de forma secreta nombres de sacerdotes aptos cada pocos años. Cuando una diócesis queda libre, el Nuncio Apostólico —el embajador del Papa en cada país— investiga el perfil y consulta en secreto a sacerdotes y laicos. El Nuncio envía a Roma una lista con tres candidatos recomendados. El Dicasterio para los Obispos revisa estos tres nombres y el Papa toma la decisión final para ver a quien elige de entre ellos. Finalmente, el Nuncio pregunta al sacerdote si acepta el cargo antes de que el Vaticano haga público el nombramiento.

Todo esto nos lleva a recordar que Jesús Resucitado encomendó a Pedro que cuidara del rebaño.  Por eso la Iglesia sí tiene pastores y estos pastores vienen de Dios. Es bueno rezar por ellos, sin olvidar que Cristo es el Pastor Supremo. Tanto en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás como en todas las demás comunidades de la Familia Inesiana, los jueves, tanto la misa como la exposición del Santísimo se ofrece por los sacerdotes. Como comunidad orante pedimos en especial por los sacerdotes que viven situaciones espirituales y materiales muy diversas: por los que trabajan bien y mucho y por los que sufren de distintas maneras y de manera especial por el Santo Padre. Pidamos a la Virgen María, Madre del Buen Pastor por la perseverancia de los 5,525 obispos, los 407,421sacerdotes y los 52,102 diáconos permanentes que hay en el mundo actualmente. ¡Bendecido miércoles... mi Day Off también acá en Indonesia!

Padre Alfredo.

martes, 18 de agosto de 2026

«Riquezas, dones y cualidades»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


La primera lectura de la misa de hoy tomada del libro del profeta Ezequiel (Ez 28,1-10), me lleva a contemplar al hombre y a la mujer de hoy que, atrapados por tantas ideologías, no alcanzan a ver la mano de Dios en sus vidas, y si adquieren algún poder, se creen con derecho, incluso, a legislar sobre la vida y la muerte de ellos mismos y de todos. La mayoría de la gente, sobre todo la gente joven se siente tan poderosa y tan fuertes, que Dios deja de tener voz y solo escuchan su propia voz; una voz que les lleva, como vemos en esta lectura, por derroteros equivocados. Los dones y las cualidades que tenemos son una bendición que hay que reconocer como venidos de lo Alto y al igual que la riqueza, podemos considerar que son bienes que se reciben de nuestro Creador y Padre. El problema viene cuando el hombre se vuelve a considerar «dios» y se arroga el derecho a acumular en su beneficio, lo propio y lo ajeno.

Ni la riqueza ni el tener muchos dones y muchas cualidades es algo malo; el mal uso de ello si lo es, pero el mal uso lo hace el hombre no la riqueza ni los dones en sí. Aprendamos que Jesús, en el Evangelio de hoy (Mateo 19,23-30) que va en la misma línea de la lectura, está avisando y no condenando a los ricos, a los «príncipes» endiosados, para que al ver esto que ellos viven, cambiemos nuestras pautas de conducta, porque no es más «rico», en el aviso de Jesús, el que más tiene, sino el que atesora avariento lo mucho o lo poco. Debemos, tenemos, que ser conscientes y vivir de acuerdo con lo que Dios pone en nuestras manos, sean riquezas o cualquiera otro don y cualidad. Lo que recibimos lo es para que podamos repartirlo y compartirlo y eso cuesta, ¡Claro que cuesta!, porque nuestro instinto, nuestra tendencia natural, se dirige a conservar aquello que llega a nuestras manos por un simple temor a «lo que pueda venir». Así acumulamos riquezas que no usamos ni necesitamos, por lo que pueda venir en el futuro, un futuro que no sabemos si llegará, pero queremos tener controlado.

Contra este afán de acumular es contra el que van estas y todas las condenas de Jesús en el Evangelio. Ciertamente será muy difícil entrar por la puerta estrecha si vamos cargados de un enorme equipaje de riqueza, tradición, cerrazón, etc. que nos dificulta la entrada, e incluso el caminar. Tenemos que estar ligeros de equipaje y solamente así podremos salvarnos: caminando ligeros, sin ánimo de conservar ni cargar de más, sin derroches absurdos, pero dispuestos a poner nuestras riquezas, dones y cualidades, al servicio de los hermanos.  Que la Virgen María, llena de dones y cualidades que supo dar y con ello darse Ella misma, nos ayude. Yo mientras tanto sigo aquí en esta hermosa tierra de Indonesia, a donde el Buen Dios me ha traído a compartir lo que tengo y lo que soy. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 17 de agosto de 2026

«¿SOBRE QUÉ FUNDAMENTO CONSTRUIMOS NUESTRAS VIDAS?... Un pequeño pensamiento para hoy

Esta mañana, a las 7:30 aterrizamos en el moderno Aeropuerto Internacional Soekarno-Hatta, el principal aeropuerto de Yakarta en la isla de Java en Indonesia. Está situado a unos 20 kilómetros de la ciudad en el distrito de Cengkareng, por lo cual la gente lo conoce como el aeropuerto de Cengkareng (CGK). Este aeropuerto fue diseñado por Paul Andreu, el arquitecto francés que también diseñó el Aeropuerto de París-Charles de Gaulle y destaca por sus preciosos jardines y por ser uno de los más puntuales del mundo. Aquí nos esperaba un grupito de Misioneras Clarisas que nos dieron la bienvenida y nos llevaron a desayunar, dado que la casa está un poco retirada. Llegamos a casa a media mañana y nos esperaba otro recibimiento con unos ramos de flores que ofrecimos a Nuestro Señor y a la Virgen en la capilla en donde las hermanitas hicieron una oración de bienvenida en indonesio, idioma en el cual solamente sé una que otra palabra y que gracias a Google translate me puedo comunicar.

En la tarde hemos tenido la santa misa, y es por eso que hasta ahora, luego de la cena, hago mi pequeña reflexión, esta vez, en torno a la primera lectura tomada del libro de Ezequiel (24,15-24) El texto de Ezequiel que es uno de los textos más duros y a la vez más conmovedores de la Escritura; una señal concreta de que Dios nos habla y siempre, aunque nuestra mirada y oídos distraídos estén puestos en otro lugar. En este texto, Dios anuncia la muerte de la esposa de Ezequiel, «el encanto de sus ojos», y le pide que no haga los gestos habituales de duelo. Así, el profeta experimenta en su propria carne el dolor de una perdida sin hablar del sufrimiento desde la teoría, sino desde su propia vida. Con esto no he dejado de pensar en mis tíos Arturo y Angélica la hermana de mi madre y sus hijas mis primas Adriana y Celina, porque el sábado, mientras estaba aún en Roma, recibí la noticia de la partida a la Casa del Padre de mi prima Laura Angélica, la hija mayor de mis tíos que, invadida por el cáncer, vivió muy poco tiempo luego del inesperado descubrimiento de la enfermedad. Como ellos y mi familia materna, hay mucha más gente que sufre pérdidas que le rompe el corazón: la muerte de un ser querido, una enfermedad, un fracaso laboral, una separación o pérdida de la fe, etc.… nadie estamos exento de pasar por momentos en los que parece que el suelo desaparece bajo nuestros pies. Pero en mis tíos y mis primas, Dios, siempre misericordioso, me permite admirar la profunda fe de quienes viven con la esperanza puesta en Dios. ¡Desde aquí los acompaño!

Este gesto de Ezequiel, se convierte en un signo para nosotros, porque ninguna institución, tradición o seguridad humana puede sustituir una relación viva con Dios que hemos de vivir y que nos sostiene hasta llegar al encuentro definitivo con él. Laura fue una mujer de fe, un alma que supo entregar cada paso del proceso que le fue arrebatando no solo su hermoso cabello, sino todo su ser que, reclamado por un Dios celoso, quiso su alma para sí. Nunca podemos apoyar y basar nuestra vida en las seguridades de este mundo: el dinero, la salud, el prestigio, el trabajo o incluso la práctica religiosa rutinaria como costumbre. Porque cuando alguna de estas realidades se tambalea, descubrimos que no constituyen el fundamento ultimo de nuestra existencia. Y no se trata de hacer una exaltación del sufrimiento, pues Dios no disfruta del dolor humano e incluso en medio de la prueba, Él sigue presente. La fe y el creer en Dios no elimina las lágrimas y la vida ha de seguir. Yo apenas voy llegando a esta hermosa y misteriosa tierra de misión en donde estaré poco más de un mes y desde aquí, y meditando sobre el sufrimiento y la muerte en el largo viaje que me trajo desde la Ciudad Eterna hasta aquí, capto con Ezequiel, que el sufrimiento no tiene la última palabra porque sabemos que Dios no abandona nunca a sus hijos. Todo invita al encuentro con Dios cuando se tiene fe. María es la mujer de la fe más profunda, de la f que supo vivir a la sorpresa de Dios. Con ella hay que preguntarnos: ¿sobre qué fundamento estoy construyendo realmente mi vida: sobre lo pasajero o sobre el Señor que permanece para siempre? ¡Bendecido lunes, inicio de semana e inicio de mi labor misionera en Indonesia!

Padre Alfredo.

domingo, 16 de agosto de 2026

«Hermanos unos de otros sin distinción alguna... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


El pensamiento de este domingo lo comparto desde el aeropuerto de Doha la capital de Qatar, el «Doha Hamad International» considerado el aeropuerto más hermoso del mundo, a donde he volado hace unas 6 horas con dos hermanas Misioneras Clarisas para hacer conexión a Yakarta, la capital de Indonesia a donde vamos a dar unos cursos y talleres a miembros de nuestra Familia Inesiana en ese país. El aeropuerto es simplemente «espectacular». Una construcción hiper moderna en medio del desierto, con grandes árboles en su jardín interior llamado «The Orchard», un sin fin de tiendas de lujo, restaurantes e incontables musalas —o musallás, en árabe مصلى—, esas salas de rezo adaptada para las oraciones en los aeropuertos. Aquí la ausencia de todo signo cristiano es totalmente ausente. Cristo, muchas veces, como en estos países árabes, está escondido en la vida de misioneros y un número muy reducido de cristianos y como diría san Pablo en Colosenses 3,3 viven «una vida escondida con Cristo en Dios».

Aquí viene muy bien el núcleo del mensaje de Jesús en el Evangelio de este domingo (Mateo 15,21-28) que es una llamada a sentirnos hermanos unos de otros para actuar en consecuencia desde el amor, que es el corazón de la identidad cristiana. El relato, que destaca por la referencia que Jesús hace «a los perritos», empieza desde la perspectiva judía de aquellos tiempos que levantaba una barrera que impedía ir al encuentro de «los gentiles», los que no pensaban igual. Las palabras de Jesús, duras al principio como una piedra, no son suyas, sino de la teología oficial judía. Los discípulos querían quitarse de encima a la mujer que inoportuna y Jesús les dio una lección majestuosa. Hoy sucede lo mismo en estas naciones musulmanas de la península arábiga, bañados por el golfo pérsico e impregnados por una doctrina que hace menos a los cristianos. Cristo rompió con aquella forma de pensar en este encuentro en el que la cananea, comparándose con los perritos que comen de lo que cae de la mesa de los amos, tocó el corazón misericordioso de Cristo que transformó una forma de pensar y de vivir.

Después de tantos años, parecería que en el corazón del ser humano sigue habiendo un instinto de división, un miedo a aceptar al que es distinto, una cierta incapacidad para mirarnos desde el respeto, el diálogo y la fraternidad. ¡Qué gran lección nos da también la mujer! Ella se comportó mejor que los judíos, fue más que una hija de Israel, una pagana capaz de mover el mundo y llegarse al corazón de Dios. Jesús sabe, como experiencia personal que en realidad «ha sido enviado para salvar a todos». Jesús muestra quién es y qué ha venido a hacer: llamar a todos, salvar a todos. La fe de la cananea fue capaz de mover montañas y eso, precisamente, no ocurría ni en la religión ni en la patria de Jesús. La lección está dada. El demonio de la incomprensión, de la incomunicación, de la inhumanidad entre pueblos y religiones ha de ser expulsado. El reino de la salvación debe llegar a todos aunque aún ahora, después de siglos, las religiones extremistas nos separen. Que el encuentro con el Dios de Jesús, que hoy se me revela en este lugar tan lejano a mi tierra natal, abra mi corazón para ser más misionero y me haga ver, en verdad y con implicaciones reales, que todos somos hermanos en Cristo.

Padre Alfredo.

«ORACIÓN A LA VIRGEN DEL ROBLE»... Patrona de Monterrey y su arquidiócesis


Haz virgen del Roble, 
que no pierda nunca la esperanza en ti 
y la confianza en la voluntad de Dios, 
haz que tenga fortaleza y paciencia y no desespere.
También pido tu auxilio 
para hacer una buena persona, 
por ello te pido no me abandones nunca, 
que tu ejemplo esté presente en mi vida 
y el amor que siento hacia ti aumente cada día.
Madre santísima de Roble, cúbrenos con tu manto



sábado, 15 de agosto de 2026

«LA ASUNCIÓN DE MARÍA: PRONTITUD, PEQUEÑÉZ Y SERVICIO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este año celebro la solemnidad de la Asunción de María a los cielos con mis hermanas Misioneras Clarisas de las casas de Roma: La Casita —la casa general donde están los restos de nuestra Beata Madre fundadora— y Garampi —la casa de peregrinos que acoge a mi padrino Mons. Juan Esquerda desde hace muchos años y que me recibe todas las veces que vengo a esta querida Ciudad Eterna. Y es un gusto venir y contemplar en estas santas mujeres y por supuesto en mi padrino, el gozo de la prisa del servicio misionero y el canto de la pequeñez de nuestras vidas que se consagran al Señor. Quiero pensar hoy en tantos consagrados y consagradas que, alrededor del mundo, vamos camino al Cielo de la mano de María que se nos adelanta asegurándonos que allá, por la infinita misericordia de nuestro Dios, llegaremos como Ella.

Tanto la prisa del servicio como el canto de la pequeñez, relucen en el Evangelio de este día de fiesta (Lucas 1,39-56). Este relato de san Lucas nos regala el encuentro de dos madres y el canto más hermoso de la Escritura: «El Magníficat». María no se queda mirándose a sí misma tras el anuncio del ángel, sino que se levanta y se encamina presurosa a la montaña para servir a su prima Isabel. Esta actitud de María define la esencia de la vida consagrada. La prisa de la Virgen no es ansiedad; es la urgencia del amor que no puede guardarse el don que ha recibido de lo alto. Nuestra vocación de misioneros nació de un encuentro con el Señor que nos puso en camino hacia los demás como María. Al igual que ella, nuestra misión es llevar a Cristo en el silencio del corazón y derramarlo en el servicio alegre de una misión marcada por el «Oportet Illum Regnare» —porque debe Él reinar— que nos recuerda la segunda lectura (1 Cor 15,20-27a). Cuando María llega con Isabel, portadora de Jesús en su vientre, proclama su alma la grandeza del Señor. Ella no canta sus propias virtudes, sino la fidelidad de Dios que ha mirado la pequeñez de su sierva. 

Esta fiesta, por lo tanto, me recuerda que la vida religiosa florece cuando se vive desde la humildad, desde la pequeñez, desde la aceptación de la propia miseria. Dios no hace grandes obras en los soberbios, sino en los corazones que se reconocen pequeños y necesitados de su gracia y ponen su miseria —como dice madre Inés— al servicio de su misericordia. Por eso este día, año con año, me alienta para que cuando el cansancio o la rutina quieran apagar mi alegría de consagrado, vaya al Magníficat y recuerde con María las maravillas que el Poderoso ha hecho en mi historia personal y en la de todos los consagrados. Contemplemos hoy a la Madre y Hermana mayor en la Iglesia —como nos ayuda a verla el Apocalipsis 11,19a;12,1.3-6a.10ab): «Asunta al cielo». Que ella sea siempre el faro de nuestra vida. Que nos enseñe a servir con prisa evangélica, a orar con profunda humildad y a mantener los ojos fijos en la meta del cielo. No caminamos solos. La misma que fue asunta a la gloria nos acompaña en cada jornada. ¡Bendecido sábado, fiesta de la Asunción de María!

Padre Alfredo.

P.D. Felicito a todos mis hermanos y amigos sacerdotes que hoy, en especial en la arquidiócesis de Monterrey, celebran su aniversario de ordenación sacerdotal. ¡Ad multos annos vivant!

«EL SELLO DE LA ALIANZA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Al leer una y otra vez la primera lectura del día de hoy (Ezequiel 16,1-15.60.63), impresiona la fuerza tan expresiva que lleva la narración, los matices y la acción apasionada de Dios en todo el desarrollo. Este relato de Ezequiel nos confronta con la cruda realidad de la historia compartida de muchas parejas que no han captado que el matrimonio no nace de la perfección de dos seres idílicos, sino del encuentro de dos vulnerabilidades que Dios decide abrazar. Así como Jerusalén fue recogida del abandono en su nacimiento, cada matrimonio tiene un origen bendecido por una gracia que le precede; los esposos no se unen porque son perfectos, sino porque han sido amados primero por Dios que los acompaña en las diferentes etapas de la vida —en el entusiasmo de la juventud, en la madurez de los compromisos y en los momentos de fragilidad—.

El Señor, en cada matrimonio, sella con los esposos una alianza que transforma la debilidad en dignidad real. Dios invita a los esposos a volver siempre al primer amor, a reconocer que la belleza y la fuerza de su unión no provienen de sus propias fuerzas, sino de un compromiso sagrado y gratuito que sostiene sus vidas desde el principio. Pero, a medida que el tiempo transcurre y el matrimonio alcanza estabilidad, prosperidad o reconocimiento, surge el peligro latente que llevó a Jerusalén a la perdición: la soberbia de creer que el éxito es un logro exclusivamente humano. El texto profético denuncia con dolor cómo la riqueza, el esplendor y los dones recibidos pueden transformarse en armas de doble filo si los esposos olvidan de dónde los rescató el Señor, cayendo en la ingratitud, el desprecio mutuo y la infidelidad a la promesa original. El pecado en el matrimonio muchas veces no comienza con grandes rupturas, sino con el sutil orgullo de la autosuficiencia. 

El esplendor de la vida matrimonial es un don prestado que requiere de un buen aderezo de humildad diaria para no prostituir la confianza ni traicionar al Amor que los unió. Creo que si todos los matrimonios cristianos le echaran un buen vistazo a esta fidelidad conyugal y reflexionaran el hecho de que es una bendición, entenderían que la cuestión fundamenta no es ser mágicamente perfectos, sino dejar que sea la fidelidad de Dios la que sane y bendiga. Al final del camino, el perdón no es el premio al esfuerzo humano, sino la obra maestra de un Dios fiel que abraza la fragilidad de los esposos para recordarles que, por encima de cualquier caída, el amor siempre tiene la última palabra. Como el matrimonio, la historia de salvación es en esencia una historia de amor. No somos nosotros los que nos transformamos en buenos ciudadanos de este mundo, es Dios quién con visión va haciendo su obra en nosotros como la hizo en san Maximiliano Kolbe, porque Dios es fiel. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 13 de agosto de 2026

«Dios nos perdona todo a todos, nos perdona siempre, y nunca nos pasa factura»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


No sé cuántas veces he venido al aeropuerto de Madrid-Barajas que es el cuarto aeropuerto en lo que se refiere a carga de pasajeros europeos y uno de los más grandes y mejor comunicados del mundo. Barajas se inauguró al tráfico aéreo en 1931 y desde entonces no ha dejado de crecer. Es uno de los pocos aeropuertos que cuenta con transporte público directo. su buena ubicación hace posible que se pueda acceder tanto por metro como por tren, lo que hace que sea uno de los espacios aéreos mejor comunicados de Europa, junto con el Aeropuerto de Heathrow en Londres. Esta vez estoy aquí para conectar a Roma y salir de allí, el domingo 16, a Yakarta, en Indonesia.

Mientras espero mi conexión viendo pasar por enfrente de mí a trabajadores, pilotos, azafatas, policías, empresarios, familias y turistas; aprovecho la oportunidad para hacer un rato de oración y contemplando el ir y venir de tanta gente —casi 6,5 millones de personas pasaron por aquí en julio— agradezco al Señor que seamos agraciados por la misericordia sin límites de nuestro Dios. Y es que la parábola de este jueves, en el Evangelio (Mateo 18,21–19, 1) habla de la inmensidad de la donación de Dios que se entrega a sí mismo a nosotros, entre otras formas, en la del perdón generoso que trata de infundir alegría al que es perdonado. Pienso en esa belleza de nuestra fe cristiana que es el saber que Dios no nos perdona sólo una o dos veces; sino cada vez que acudimos a Él con pureza de corazón y rectitud de intención, buscando el perdón a toda velocidad, como la gente que veo correr aquí para que el avión no los deje.  

El Señor nos enseña que el perdón que recibimos de nuestro Padre Dios conlleva una responsabilidad: extender esa misma gracia a los demás. ¿Cuánta de esta gente conocerá a Dios y será consciente del perdón que nos otorga? Así como recuerdo las tantas veces que he pisado este aeropuerto desde 1984, quiero recordar las acciones de Dios —a lo que nos invita el salmista hoy—, para que reconozcamos las infinitas veces en que hemos sido perdonados. Si Dios nos perdona todo a todos, nos perdona siempre, y nunca nos pasa factura. Que la Virgen María, que también fue viajera para ir a Belén, a Ain Karem, a Egipto y a Nazareth, nos acompañe en el viaje por este mundo, buscado el perdón de Dios hasta llegar al Cielo, nuestro destino final. ¡Bendecido jueves eucarístico y sacerdotal! 

Padre Alfredo.

miércoles, 12 de agosto de 2026

El Cristo que muchas veces desconcierta... Un pequeño pensamiento para hoy


Muchas ves las palabras de Jesús en el Evangelio son desconcertantes. Así parece ser este martes en el evangelio de la misa en el que san Mateo (18,1-5.10.12-14) nos narra cómo Jesús desconcierta a su audiencia al poner a los niños como ejemplo invirtiendo por completo los valores de estatus, poder y grandeza de la sociedad de su época. En el contexto histórico del siglo I, los niños no eran cuidado e idealizados como hoy, cuando incluso hoy muchos adultos se pasan, cumpliendo caprichos innecesarios.  Los niños, en aquellos tiempos, carecían de derechos legales, estatus social y valor económico. Al colocarlos en el centro y ponerlos de ejemplo para trabajar en un proceso de conversión, Jesús rompe las expectativas de sus discípulos. 

En la cultura grecorromana y judía, la grandeza se medía por la autoridad, los títulos y la pureza ritual. De repente el Señor afirma que los últimos en la escala social son los primeros. Él, con sus predicaciones sencillas, desafía la ambición de los discípulos. Acordémonos que los seguidores más cercanos de Jesús discutían sobre quién sería el más importante en su reino. Jesús les responde que para entrar en él hay que convertirse y hacerse pequeños, redefiniendo así el concepto de grandeza: Ser grande en el Reino de Dios no significa dominar a otros, sino servir y carecer de pretensiones. Los pequeños son, ciertamente, los niños, pero también toda persona vulnerable: quien sufre pobreza, soledad, enfermedad, exclusión, migración forzada, etc. Hacia ellos, Dios nos invita a dirigir una mirada nueva llena de amor.

Los Papas de los últimos tiempos lo han expresado con claridad al hacerse presentes en aquellos lugares donde se recibe a personas migrantes, en los centros penitenciarios o en residencias de personas en situación de calle. En sus actitudes Cristo nos sigue hablando y recordando que para sentirse convertidos no basta con admirar la pequeñez, la vulnerabilidad o la pobreza. Los niños no definen su condición por un estatus, por ocupar un puesto especial o por saber que traen una ropa cara de marcas finas y oler a perfumes finos... sólo seremos fieles a Dios y al Evangelio si olemos a oveja decía el Papa Francisco, si vivimos poniendo en el centro a la pequeñez y luchamos para dotar a todo ser humano de derechos y de dignidad. Allí donde una persona vulnerable como un niño es acompañada, es donde el Reino de Dios puede empezarse a hacerse visible. La Virgen la humilde sierva del Señor, sabe muy bien de todo esto. Dejémonos enseñar por ella. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

martes, 11 de agosto de 2026

«QUE EL CORAZÓN NO SE QUEDE DESENTENDIDAMENTE FRÍO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Me quiero detener hoy en el texto de san Pablo (2 Cor Corintios 9,6-10) que liturgia de la palabra señala para la fiesta de san Lorenzo a quien hoy celebramos. Y es que me llama la atención —comentaba con uno de los padres— que no habla de martirio, de derramamiento de sangre ni de persecución o claramente de martirio, como como lo hace Pablo en otras de sus cartas. Aquí el Apóstol de las gentes habla de generosidad. Y es que el martirio, es triunfo del mártir por su generosidad. «A mí nadie me quita la vida —había dicho Cristo (Jn 10,18)— yo la doy porque quiero». En realidad, entonces, no se es mártir solamente por ser asesinado por defender la fe; mártir es el testigo que, con su vida y su palabra da testimonio de la fe en Cristo porque ha sido generoso hasta el extremo.

San Lorenzo fue mártir por profesar, testificar y vivir su fe. Era diácono, y fiel a su vocación, atendía —por encargo especial del Papa san Sixto II— a los necesitados. Ese fue el servicio de su vida. Servicio realizado desde la generosidad. La generosidad, dice san Pablo, produce frutos en quien es generoso. Por lo tanto, el ser generoso beneficia no solo al que recibe la ayuda, sino al que la ofrece. Por allí leí que «La generosidad es desprenderse de la semilla para recibir el premio de la cosecha, que multiplica el valor de la semilla». Hoy, en una misa especial —y qué san Lorenzo me perdone porque le cambié el nombre por la emoción y le puse Lázaro— pude ver de cerca y en vivo, en una capillita de Tlalpan, en donde concelebré la santa misa, esa generosidad en un sacerdote —cuyo nombre omito porque no le pedí permiso de compartirlo— que se consagró de una manera especial al Señor para seguir dando vida y vida en abundancia con generosidad en su ministerio sacerdotal y misionero. Cada vez que veo estos testimonios, como el de este sacerdote, el de san Lorenzo y el de muchos más, me pregunto por el nivel de mi generosidad. 

Creo que esto es algo que todos deberíamos de preguntarnos en el examen diario de conciencia al llegar al final del día, aunque no nos espere una parrilla para achicharrarnos en defensa de la fe como al diácono Lorenzo, cuyo servicio que hizo con tanta dedicación y caridad, lo llevó hasta ofrecer su vida. Que él, bajo la mirada dulce de María, nos alcance fortaleza ante las pruebas, ayuda en nuestras necesidades económicas o laborales y un corazón generoso para ayudar a los más necesitados, inspirados por su amor a los pobres. Cómo me gusta este himno de Vísperas, compuesto por el padre José Luis Blanco Vega S.J. y que se reza en las Vísperas del lunes de la I semana del Tiempo Ordinario en la Liturgia de las Horas en el que rezamos: «Qué mi corazón no se me quede desentendidamente frío». ¡Bendecido lunes y que nuestro corazón se mantenga cálido y no frío para ser generosos hasta dar la vida!

Padre Alfredo.

P.D. ¡Felicidades a todos los diáconos en su día, especialmente a los de nuestra parroquia :Juanito y Paco! 

lunes, 10 de agosto de 2026

«LOS JUDÍOS, NUESTROS HERMANOS MAYORES Y EL DEJARSE AMAR»...


En medio de la polvareda que se ha levantado en mi cerebro en estos días en que se intercalan diversas tareas entre las causas, la preparación de conferencias, el ministerio y demás, se me atraviesa San Pablo con esta segunda lectura hermosísima (Rm 9,1-15) en la misa de este domingo XIX del tiempo ordinario. Y digo hermosísima porque Pablo comienza, con estas líneas, uno de los momentos más abrumadores de su carrera apostólica y lo refleja aquí. Hoy se nos lee únicamente lo que podemos llamar el «preámbulo» de todo ese conjunto. San Pablo es claro al mostrarnos su radicalidad al anunciar el Evangelio: Nadie puede salvarse si no es por la fe en Cristo que nos lleva a al amor de Dios. 

Si los que vamos a misa los domingos, si los que nos congregamos para celebrar la eucaristía queremos ser el verdadero pueblo de Dios, hemos de aceptar a Dios verdaderamente como los judíos. Pero tenemos que aceptar, como dirá más adelante san Pablo, que Cristo es el final de la ley (Rom 10,4). Nuestra práctica de la fe no es un juego o un rato de entretención cada domingo, sino una vida comprometida que habla de la verdad sobre Dios y sobre la salvación. Los cristianos nunca podremos olvidar que hemos conocido al Dios de la salvación por medio de un judío como Jesús de Nazaret. Nunca debemos olvidar que ese pueblo ha mantenido la antorcha religiosa por mucho tiempo. Pero es el mismo Dios quien ha decidido otra cosa y esto es muy significativo: ¡Cristo, el Señor, es el centro de nuestras vidas!

San Pablo plantea esta «cuestión judía» de la que poco hablamos y que es importante meditar. Por el pueblo judío es que tenemos a Cristo que dio cumplimiento a la Ley. Hay que recordar aquella famosa frase que llama a los judíos «nuestros hermanos mayores» y que fue acuñada por san Juan Pablo II durante su histórica visita a la Sinagoga de Roma en abril de 1986. Pero hay una cosa y espero no decir una herejía... ¡Hay hermanos mayores que se empeñan en querer tener la razón a la fuerza! El pueblo judío —nuestros hermanos mayores— está llamado a no «exigirle» a Dios que lo salve, sino a dejarse salvar por amor. Su ley no les garantiza nada, porque Dios no salva por cualquier cosa, sino porque ama y hay que dejarse amar. A eso venimos cada ocho días a la celebración eucarística, a dejarnos amar por Dios que nos dio a su Hijo Jesús, nacido de María para nuestra salvación. Ella, por supuesto nos acompaña. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.


domingo, 9 de agosto de 2026

«La madre Sofía Garduño, ni activista ni desentendida»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Nuevamente he volado a mi querida Selva de Cemento. Anoche llegamos el padre Sergio y yo en medio de una lluvia descomunal que ocasionó que nuestro recorrido hasta Tlalpan, a donde teníamos que ir, fuera, como decimos en México: «a vuelta de rueda». Llegamos al Seminario Conciliar de México, donde pernoctamos, casi a medianoche a pesar de que del aeropuerto salimos poco después de las 9:30 p.m. ¡La vida en las grandes ciudades es así debido al mal trazado que ocasiona el construir sin ton ni son! El padre Tanis —Estanislao—, rector del Seminario no estaba esperando y nos condujo a nuestras habitaciones. Para mí estar en cualquier seminario o casa de formación es llevarme de nuevo a mis maravillosos años de formación inicial en Monterrey, en Saltillo y en la Ciudad Eterna, a donde volaré el próximo martes para salir de allí a Indonesia con nuevas tareas apostólicas.

Mientras tanto hoy estoy aquí de fiesta. Las Misioneras de los Sagrados Corazones de Jesús y de María me invitaron a presidir —en ausencia del señor cardenal Carlos Aguiar Retes— la misa de acción de gracias por los 50 años de la partida a la Casa del Padre, de su fundadora que murió en olor de santidad: La madre Sofía Garduño Nava. Así que por ser una fiesta especial, las lecturas fueron estas que hacen referencia a lo que fue y vivió la madre Sofía (Os 2, 16.17–21-22; Ap 19, 5-9 y Lc 10,38-42). El profeta Oseas nos lleva al misterio de la vocación mística: «La llevaré al desierto y le hablaré al corazón» expresa con gozo y esperanza. Y es que el desierto no es solamente un lugar geográfico, el espacio del silencio, del despojo y del encuentro nupcial con Dios. La Madre Sofía escuchó esa voz del en el desierto de su tiempo y como joven catequista, comprendió que, antes de ser una mujer de acción, era una mujer amada por Dios. El Señor, fijando su mirada en ella, la coronó de compasión y misericordia, como promete esta profecía de Oseas.

El pasaje de San Lucas nos sitúa en Betania, donde Marta y María reciben a Jesús. Es allí donde el Maestro pronuncia esas palabras eternas: «Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y hacen que te agites, y sin embargo, haz de comprender que pocas son necesarias, o más bien una sola. María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada». La Madre Sofía fue una de esas intrépidas mujeres que supieron amalgamar perfectamente estas dos dimensiones Ella no fue una Marta activista sin espíritu, pero tampoco una María aislada de las necesidades, los dolores y los gritos del mundo. La escucha atenta de la Palabra a los pies del Maestro, como María, la llevaron a contemplar el amor herido del Corazón de Cristo y el dolor traspasado del Corazón de María.  Cincuenta años después de su partida el desafío para cada uno de nosotros y de manera especial para sus hijas misioneras, sigue siendo el mismo: no perder la frescura del primer amor manteniéndonos firmes junto al vaivén de un mundo que, acorralado por el relativismo, el materialismo y una clara cultura de la muerte, parece anegarse en aguas turbias que reclaman nuestro rescate con la oración, el sacrificio y la disponibilidad para ser enviados. Que María y la madre Sofía, a quien poco a poco voy conociendo más, intercedan por nosotros. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

sábado, 8 de agosto de 2026

«Así se construye la historia»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy me llamó la atención la primera lectura, tomada del libro del libro de Nehemías (2,1. 3;3,1-3.6-7), que está marcada por un fuerte contraste. Por un lado, aparece la bellísima imagen del mensajero que corre por los montes anunciando la paz y que nos recuerda a tantos misioneros esparcidos por el mundo llevando la palabra de Dios; por otro, la descripción patética de Nínive, una ciudad marcada por la violencia, la mentira y la opresión que me lleva, en lo personal, a recordar tantas ciudades que recorro en mi peregrinar por este mundo y que parecen estar retratadas en el relato. Así se construye la historia, como nos lo recuerda el magistral documento del Concilio Vaticano II  Gaudium et spes, que fue aprobado y promulgado hace muchos años, el 7 de diciembre de 1965 y que comienza con la famosa frase: «Las alegrías y las esperanzas, las penas y las angustias de los hombres de esta época, especialmente de los pobres y los afligidos, son las alegrías y las esperanzas, las penas y las angustias de los seguidores de Cristo».

En aquellos tiempos sucedía lo mismo que hoy en día acontece entre nosotros y en la sociedad en general, porque no solo se trata de mirar las guerras y violencias más o menos cercanas, sino también de mirar nuestra actitud ante el mundo que nosotros mismos estamos edificando a nuestro alrededor. El profeta contempla la caída de una ciudad que parecía invencible, como muchas de las de ahora. Nínive representaba la fuerza de los imperios que someten a los débiles y creen que su poder durará eternamente. No obstante, la Palabra de Dios nos recuerda que ningún imperio construido sobre la injusticia puede ser eterno. Todo aquello que se sostiene sobre la violencia acaba derrumbándose. Pero en medio de este panorama aparece una buena noticia: «El Señor restaura la dignidad de Jacob y de Israel». Dios no permanece indiferente ante el sufrimiento de su pueblo. Ve las heridas, conoce las humillaciones y trabaja callado para devolver la esperanza perdida. La restauración comienza cuando alguien vuelve a creer que la paz es posible.

También hoy vivimos rodeados de noticias que hablan de guerras, de enfrentamientos, de ausencia de paz. También hoy somos escuchas de discursos agresivos que fracturan nuestros pueblos, comunidades y familias. A veces parecería que la violencia tiene más fuerza que la bondad. Sin embargo, esta lectura nos abre los ojos para mirar más lejos. Dios sigue suscitando mensajeros de paz y si queremos esos podemos ser nosotros. No solo Nehemías nos alienta... El Evangelio siempre nos llama a ser mensajeros. No porque tengamos grandes discursos o tengamos soluciones instantáneas a tantas penas, angustias y conflictos, sino porque en la oración y en la acción de una vida comprometida, nos hemos dado cuenta de que Dios sigue restaurando la vida allí donde parecía derrotada. Que María nos enseñe a desinstalarnos y a pensar siempre en que fácilmente podemos ser portadores de la paz. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

viernes, 7 de agosto de 2026


Celebramos llenos de alegría la Fiesta de la Transfiguración del Señor, una fiesta que nos regala un evangelio (San Mateo 17,1-9) que aparece en el tiempo de cuaresma en el segundo domingo, donde la Transfiguración del Señor alienta la esperanza en el camino hacia la Cruz. Con esta celebración recordamos aquel momento en el que San Pedro afirma categóricamente esto: «No nos fundábamos en fábulas fantasiosas cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo». Este es el testimonio no solo de Pedro, sino de todos los apóstoles, porque está fundamentado en que «hemos comido y bebido con Él». Pedro recuerda que lo han visto, lo han palpado, lo han escuchado. Y en especial yo me imagino que aquel recuerdo del día de la transfiguración permaneció en su mente y en su corazón toda su vida, incluso en los tremendos momentos en los que negó al Señor. 

Nuestra fe no es una fábula, no es una serie de recuerdos melancólicos del pasado, sino una historia de salvación que es continuada porque acontece en momentos concretos, con acontecimientos salvíficos, como éste de la Transfiguración del Señor, cuando por un momento fulgurante, dejó ver su gloria a Pedro, Santiago y Juan y solamente a ellos y no a todos, porque, este «cuadro chico», debía recibir un fuerte testimonio íntimo de la divinidad de su Maestro para confirmar a sus hermanos en la fe. Este trío cercano presenció momentos clave para fortalecer su fe antes de la cruz. Recordemos que la ley judía exigía un mínimo de tres testigos para validar un hecho extraordinario. Ciertamente no fue algo que estos discípulos merecieran, no fue un regalo por un logro alcanzado, fue una revelación del ser divino del Señor, que se grabó a fuego en el corazón de Pedro, Santiago y Juan.

Valdría la pena preguntarnos qué momentos de transfiguración hemos tenido en nuestro camino de fe. Si hemos escuchado la Palabra del Padre en nuestra vida dictándonos que hay que escuchar a Jesús para seguirlo. Cuando Pedro, Santiago y Juan contemplaron la divinidad de Jesucristo, no acertaron a descubrir qué es lo que estaba pasando, sería más tarde, «cuando el Hijo del hombre resucite de entre los muertos», cuando comprendan el abismo de generosidad que ha tenido el Padre al manifestar a su Hijo. Como dice San Juan Damasceno comentando este texto: «Hoy se manifiesta lo que los ojos de carne no pueden ver: un cuerpo terrestre irradiando esplendor divino, un cuerpo mortal rebosando la gloria de la divinidad. Las cosas humanas pasan a ser las de Dios y las divinas las de los hombres». Que María santísima nos ayude a estar atentos a la voz del Padre que nos recuerda en el ser y quehacer de cada día que hay que escuchar a su Hijo muy Amado, especialmente en la mesa de la palabra y en la mesa de la eucaristía. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

jueves, 6 de agosto de 2026

«LOS HIJOS Y LOS PERRITOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este miércoles nos topamos con un evangelio que de entrada es un poco desconcertante (Mateo 15,21-28) en el que Jesús se encuentra con una madre extranjera —una cananea— que le suplica sanar a su hija que está enferma. Tras un duro diálogo inicial donde Jesús, haciendo una fuerte comparación prueba su persistencia, elogia la valentía de la mujer exclamando: «¡Grande es tu fe!». Y creo que a todos nos llama la atención la mención de los «hijos» y los «perritos». Esta metáfora refleja tanto la percepción social de la época como una estrategia pedagógica en el diálogo con el Maestro. Los perros, en la antigüedad, en la mayoría de las culturas, eran considerados animales callejeros e impuros. 

En el antiguo Israel, a diferencia de otras culturas como las grecorromanas, donde existían más perros de compañía, la mayoría de los perros eran salvajes o callejeros que se alimentaban de desperdicios. Era un uso cultural frecuente que los judíos de la época llamaran «perros» a los gentiles —personas de naciones no judías— para denotar una separación religiosa y moral respecto al pueblo considerado el «elegido» de Dios. El matiz que Jesús le da al término es especial, porque utiliza un diminutivo. En lugar de usar la palabra para perro salvaje —kuon, emplea un diminutivo —Kynarion—, que evoca al perro pequeño o cachorro que vive dentro de la casa junto a la mesa familiar. Con esta frase sobre el pan de los hijos y los perritos, se alude a que la misión terrenal inmediata de Jesús que estaba enfocada en primer lugar en la concientización del pueblo de Israel, estableciendo un orden temporal —«primero»— antes de extender formalmente el mensaje a los gentiles. Por su parte, la respuesta de la mujer al replicar que los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos, deja ver que aun una pequeña porción de la gracia o poder de Jesús es suficiente para sanar a su hija, lo que lleva a Jesús a elogiar su gran fe. 

El pasaje me parece muy apropiado para la gente joven. Porque los jóvenes son «luchones» y no se rinden ante el silencio de Dios y a luchar por los demás. La mujer suplica algo que no es para ella, es para su hija, y sabe Jesús ha salido de su zona cómoda cruzando a tierras paganas. Él rompe las barreras que separaban a su pueblo de los demás sin dejo alguno de discriminación. Creo que los jóvenes pueden encontrar aquí una clara muestra de que el amor de Dios no es exclusivo de un grupo «perfecto» o cerrado. Dios acoge a todos sin importar de dónde vengan. La insistencia vence el silencio cuando Dios parece callar. A veces parace que Dios no contesta o que el cielo está mudo. La cananea insiste, grita y se humilla por amor a su hija. La fe real no se apaga por un «no» temporal o por el silencio, sino que se vuelve más terca y sincera. El reto para muchos jóvenes hoy es interceder por sus amigos que sufren en silencio —depresión, ansiedad, problemas familiares— y llevarlos en oración ante Jesús con la misma fuerza de esta mujer. Que María, joven también, y atrevida como muchos jóvenes esté con todos para decir con determinación: «¡Hagan lo que él les diga!» ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

miércoles, 5 de agosto de 2026

«37 años no es poco... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy amanecí con mi corazón lleno de gratitud al celebrar 37 años de vida sacerdotal. Treinta y siete años para este padrecito y para quienes me conocen bien no son simplemente una cifra en el calendario; son treinta y siete años de lucha continua, treinta y siete años de fidelidad de Dios, treinta y siete años de gracia derramada y de un caminar junto a un pueblo que vive sobre la faz de la tierra y al que, en diversas épocas, lugares y tiempos, el mismo Dios me ha permitido acompañar.

El Evangelio de hoy (Mateo 15, 1-2. 13-14) nos presenta una confrontación entre Jesús y las tradiciones humanas de los fariseos. Ellos se preocupaban por la pureza externa, por el lavado de manos, mientras descuidaban lo esencial: el corazón. Y creo que yo, poniendo mi granito de arena, he podido llegar al corazón de miles de personas y sembrar o mantener vivo el amor de Dios. Digo miles, pero debo decir «millones», pues el uso de internet a lo largo de varios años me ha permitido atravesar muchísimas fronteras y tener seguidores de diversos lugares del mundo a los cuales físicamente nunca hubiera llegado.

A lo largo de tantos años he aprendido que el sacerdocio no consiste en el cumplimiento de ritos externos o en el prestigio de una posición. El peligro de la rutina, del ritualismo vacío o de perder la vista espiritual es real y tengo treinta y siete años de luchar contra ello. La lectura constante de la Palabra de Dios, la oración y la espiritualidad inesiana, impregnada de un gran amor entrañable a María me han cuidado de instalarme y volverme ciego a la gracia, corriendo el riesgo de guiar a las almas por caminos equivocados. Por eso, este aniversario es, ante todo, una invitación a ser más humilde y a seguir purificando el corazón. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

domingo, 2 de agosto de 2026

«”Denles ustedes de comer”... una indicación de Jesús para ponerse a pensar»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Ayer que venía de mi querida Selva de Cemento  —CDMX— a la Sultana del Norte, mi tierra natal y base en estos años de mi ser y quehacer como Misionero de Cristo, presencié, en el aeropuerto Benito Juárez una de las escenas más traumantes e inhumanas que he visto a lo largo de mi larga vida —porque aunque digan que 65 años que voy a cumplir el próximo día 28 son pocos, en realidad no lo son— como viajero para llevar la Palabra de Dios. Resulta que una chiquilla de 14 años, por una confusión debida a los mismos miembros de una conocida aerolínea mexicana que constantemente causa maltratos, confusiones, cambios inesperados de itinerarios, cobros excesivos por uno o dos kilos de más y no aclarados en la compra de boletos, falta de insumos de lo que ofrecen vender sobre la aeronave, caminatas kilométricas para abordar o descender del avión... y cuyo nombre no necesito pronunciar, fue duramente maltratada y exhibida como una tonta que perdió su vuelo. A la pequeña la había dejado la mamá hasta el filtro, donde ya no permiten pasar prometiéndole que le ayudarían en todo lo necesario... Pero, ¿qué es todo lo necesario para orientar a una persona de 14 años que se queda sola en el aeropuerto más grande de América Latina? La mujer del mostrador le dijo que lo sentía mucho pero que ese no era su vuelo. La niña explicó toda la desorientación que le habían dado los mismos miembros de la compañía que la trajeron de una a otra puerta. Ante la mirada extrañada de todos, la mujer le empezó a gritar con irá y la niña marcó al celular de su mamá para que le explicaran qué se podía hacer. De la mismísima manera, la prepotente y despostizada dama revestida de una actitud tiránica, inmisericorde e implacable, que asustó incluso a sus compañeras de trabajo cuyo rango obviamente era menos y les impidió actuar, le colgó el teléfono a la mamá y le dijo gritando a la niña —que era ya un mar de lágrimas y confusión—que ella no tenía la más mínima obligación de hacer algo por una persona que, por distraída, perdía un vuelo. 

El silencio a su alrededor fue sepulcral porque muchos sabíamos que nada se puede hacer para defender a alguien por el caos que se provoca y porque el que se mete de defensor pierde automáticamente el vuelo —¡por faltas de respeto al personal con una conducta inapropiada!—. En ese momento el oficial de operaciones aéreas —llamado también despachador de vuelo— es el mandamás que tiene el control. Le siguió gritando a la pequeña indicándole que se alejara del mostrador de inmediato y que saliera del área. La chiquilla se fue literalmente corriendo y llorando y la mujer les indicó a sus subalternas que ellas se encargaran del vuelo y despareció... Esta escena, que se ve a veces en aeropuertos, en centros comerciales, en escuelas, en bancos, en restaurantes de comida rápida y desgraciadamente a veces también en alguna que otra notaría parroquial habla más que mil discursos de cómo estamos viviendo no aquí, sino en el mundo mundial... ¡al haber ido sacando a Dios de la escena de nuestro diario ser y quehacer! ¿Qué pasaría con esa pequeña? ¿Sería de allí o no? ¿Irá a poder volar hoy en un nuevo intento? ¿La estaría esperando su mamá o sería un caso como el que me tocó hace tiempo donde un jovencito volaba solo al funeral de su papá y se acogió a mi resguardo? No lo sé. 

Al estar ya sentado en mi asiento—que tampoco pude ceder a la niña desde tierra y quedarme, porque me esperaba la misa de 7:00 p.m. a la que gracias a Jorge y a Angie llegué raspando, y las 4 misas de hoy— y orando por la pequeña, volvió a mi mente la frase que Jesús pronuncia en el Evangelio de este domingo (Mateo 14,13-21) : «¡Denles ustedes de comer!» y recreando en mi mente el horrendo rostro de arpía de la mujer perversa, violenta y soberbia pensé: Con muy pocos recursos —cinco panes y dos peces— los discípulos de Jesús, atentos a lo que él les indicó, dieron de comer a una gran multitud, demostrando que en sus manos lo poco, gracias a que dejaron actuar a Jesús, se convierte en abundancia para todos. Esta mañana al volver a escribir, vuelvo a ver ese rostro y le pido al Señor que aparezca alguien en su vida que, de parte de Jesús... ¡le dé de comer! Porque gente de esta calaña pulula como dije, pero cada día hay menos gente que movidos por Cristo, como aquellos pobres colaboradores, den de comer el pan de la palabra, el pan de la escucha, el pan de la serenidad, el pan de la buena atención, el pan de la palabra, el pan de la empatía, el pan que proviene de hacerse «Pan Partido» como nuestro Buen y Misericordioso Dios en la Eucaristía. No digo más y me acojo a la mirada consoladora de María, que con tanto amor y siendo la Madre más ocupada, llevó en su vientre a quien ahora nosotros recibimos convertido en Pan para darlo a los demás. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

«Profetas de hoy, como Jeremías»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hace poco alguien me dijo que yo era un «bloguero» porque cuido mucho mi espacio para escribir, mi propia página www.padrealfredo.blogspot.com  que controlo yo y para la que he creado un gran catálogo —desorganizado como yo— de contenidos que abarcan escritos desde 2009 hasta el día de hoy. A lo largo de estos años, según las estadísticas de las visitas al mismo, he sobrepasado los dos millones de visitantes que algo han encontrado en mis mal hilvanados escritos que nunca han pasado a la imprenta. Puede que Platón no escribiese sus famosos «Diálogos— en un blog —aunque te aseguro que hoy en día, usaría este medio que para algunos ha pasado ya muy pronto de moda, pues son la mejor forma de crear conversación con los lectores—. A pesar de los pesares —quienes me conoce de cerca saben a qué me refiero— puedo decir que en este blog hay rasgos de constancia y aprendizaje que lo mismo se ocuparían para escribir una novela o una obra de filosofía o teología. El caso es que como desde niño me ha gustado escribir y con muy buena caligrafía por muchos años —ahora ya con la mano medio tembeleque— gracias a la despiadada profesora Jesusita que, en cuarto año, utilizó la antigua táctica que muchos maestro de antaño conocen para que yo, siendo ambidiestro, dejara por completo de garabatear con la mano izquierda.

El caso es que aquí estoy, porque dentro del sin fin de letras que plasmo en el blog, apareció, desde le 2017 gracias a mi querida hermanita del alma Esthela —Esthelita le dicen en la parroquia— me retó a publicar el resultado de mi reflexión diaria a la que nombré «Un pequeño pensamiento para hoy» no por lo corto del escrito, sino porque es una pequeñísima aportación que busca aportar algo a la vida espiritualidad de uno que otro lector. Así, desde aquel viernes 7 de julio de 2017 en que postrado en cama luego de una diminuta pero complicada operación maxilofacial escribí el primero de estos «pequeños pensamientos» —algunas veces con rigurosa frecuencia diaria y otras con grandes recesos tedeachosos— sigo escribiendo los tres clásicos párrafos que me muestran tal cual soy y estoy ante Dios y ante todos como misionero peregrino de este viaje en el mundo mundial. Sé que me falta mucho para aprender a escribir bien. Pero gente cercana, como Titía, que experta en letras españolas me sigue y me ha organizado gran parte de mis pensamientos con la esperanza de que algún día imprima un libro, me siguen animando a escribir no solo esto, sino los diversos artículos de filosofía y teología, de misionología, de liturgia, de música, de literatura, de cine, de salud física y mental y hasta recetas de cocina, así como  la sección de reseñas de mis queridas hermanas Misioneras Clarisas que ya han partido al cielo y las Horas Santas. Tal vez algún día haga un libro impreso... pero eso es otro cantar.

Bueno, por lo visto se han dado cuenta de que hoy amanecí nostálgico y un poco necio. La verdad estoy en el aeropuerto de mi querida Selva de Cemento a donde llegué hace un buen, con la esperanza de adelantar mi vuelo, pero siendo sábado y tiempo de vacaciones, esta empresa fracasó y por eso me ha dado tiempo de rezar, leer, escribir y caminar contento de haber acompañado a un grupito de religiosas en Ejercicios Espirituales e impulsado por el profeta Jeremías, que me ha traído de cabeza toda esta semana y que en la primera lectura de hoy (Jeremías 26, 11-16. 24) se pone en manos de Dios recordándonos que el profeta solo transmite un mandato divino mostrando el camino a todos. Los misioneros somos profetas y, hombres del calibre de Jeremías, nos dan la seguridad de que el respaldo divino es mayor que el entorno adverso que se pueda presentar, como el hecho del desplazo de la fe al ámbito privado, el hecho de que, por el relativismo, no existe una verdad absoluta, cosa que dificulta la aceptación de un mensaje de salvación universal. Los misioneros ya no competimos solo con la ausencia de fe, sino con una vasta gama de opciones espirituales y filosofías de vida que muchas veces sin una sustentación firme y clara, confunden a la gente. Hoy es sábado, día mariano por excelencia, vamos a pedirle a la Virgen que nos eche una manita para seguir gastando nuestras manos, nuestros pies, nuestra boca y todo nuestro ser para que todos conozcan y amen a Dios. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 31 de julio de 2026

«El gozo de compartir la Palabra Dios»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Llegar al último día de julio es una señal bastante clara de que el año va rápido, marcando el fin de la mitad del año y el inicio de la recta final. Doy gracias de que esta semana he frenado unos momentos en esta hermosa Casa Noviciado de mis hermanas Misioneras Clarisas en Cuernavaca compartiendo una semana con las hermanas que viven la llamada «Experiencia Inesiana» —ese mes especial para adentrarse en la espiritualidad y el carisma de la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, regalo que se ha de vivir por lo menos una vez en la vida. El mes entrante estará marcado por un trajín misionero que va desde mi querida Selva de Cemento —Ciudad de México— hasta Jakarta, Madium, Surabaya y Bali en Indonesia, pasando por Roma. La mayor parte del tiempo de este viaje que es ya inminente se gastará precisamente en llevar esta «Experiencia Inesiana» a los miembros de nuestra familia misionera en esas lejanas tierras de oriente que limitan con Oceanía y para compartir un poco de la tarea en el Dicasterio de las Causas de Canonización.

Por ahora doy gracias de que llego al final de estos días en que hemos profundizado en la Misericordia que llega de lo Alto y la que nosotros hemos de vivir con los hermanos reconociendo, como dice Jesús hoy en el Evangelio (Mateo 13,54-58) que «nadie es profeta en su tierra» y que es sumamente difícil «hablar a los de casa». Sin embargo debo admitir que nuestras hermanas Misioneras Clarisas, con quienes convivo desde pequeño y conocen bien quién soy y qué hago, son almas sencillas y alegres que, con gozo y sencillez acogen la palabra. Toda esta semana he centrado mi reflexión en Jeremías y hoy no es la excepción, porque la primera lectura de misa (Jeremías 26,1-9) nos confronta a quienes tenemos fuertes raíces en la experiencia de Dios y asumimos el proyecto de Dios para la humanidad a pesar de las reacciones de quienes creen que tienen todas las respuestas y certezas sin Dios.

Así se escribe la Historia de la Salvación, también nuestra historia personal en medio de un pueblo que muchas veces se cierra al anuncio de la Buena Nueva porque quiere que venga de personas pluscuamperfectas o por lo menos famosas. Estos días hemos visto que no es suficiente que Dios sea misericordioso y quiera nuestra salvación, es necesario un compromiso personal y colectivo de «escucha». Si nos quedamos a nivel de la defensa institucional sin acoger el proceso de conversión y del amor infinito de Dios, los tiempos de incertidumbre revelan que nuestras seguridades no están en Dios y que la confianza que profesamos con los labios no existe como tal. Vivir sostenidos por Dios implica una seguridad en Él que nos permite arriesgarlo todo por causa del «fuego que nos consume» aunque como se dice vulgarmente «nos tiren a Lucas». Vivir sostenidos por Dios significa que estamos dispuestos como María a ser portadores de un mensaje que tal vez incomode a los potentados, a los que creen saberlo todo, a los indiferentes y demás. Pero ella misma nos brinda su intercesión para seguir adelante. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

«En manos del alfarero»... Un pequeño pensamiento para hoy


Seguimos con Jeremías en la primera lectura de las misas de esta semana (Jer 18,1-6) hoy contemplando una actitud de Jeremías que obedece a la llamada que Dios le hace y por eso es capaz de escuchar con atención el mensaje. El Señor manda al profeta a ir a la casa del alfarero porque allí le va a dar una enseñanza que habrá luego de transmitir a muchos. El Señor le hace contemplar al alfarero para que vea que como está la arcilla en sus manos, así está el pueblo en sus manos divinas. 

La enseñanza es también para nosotros, porque si verdaderamente tuviéramos confianza plena en Dios, dejaríamos que Él nos moldeara según su voluntad, veríamos que es una bendición estar en sus manos. Dice San Agustín: que Dios que nos creó sin nosotros, no nos salvará sin nosotros. Es cierto que Dios nos va moldeando, que Dios quiere hacer una historia de amor preciosa con nosotros, que Dios sólo quiere nuestro bien y felicidad, que Dios quiere nuestra salvación, pero todo esto lo llevará a cabo si lo dejamos. Dios nos ha hecho libres y Él siempre respetará nuestra libertad, así que de nuestra parte sólo queda hacer una cosa: no resistirnos a su voluntad, dejar que Dios haga su voluntad sobre nosotros, pues la obra no puede llevarse a cabo si no somos dóciles y nos dejamos hacer por Él.

El Señor solamente quiere nuestra felicidad, pero el problema es que mucha gente cree que puede hacer las cosas mejor que Dios sobre todo cuando se resiste a la voluntad de Dios y se empeña en construir su historia como dueña. Entonces hay que ver qué importante es contemplar y comprender la actitud del alfarero, que con paciencia y tesón va creando una vasija a su gusto, e incluso recreándola, sin importarle comenzar de nuevo si se estropea su obra. Pidámosle al Señor, por intercesión de la Virgen, que nos conceda ser dóciles a su voluntad, la obra que comenzó la lleve a término. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 29 de julio de 2026

El consuelo de la Palabra de Dios... Un pequeño pensamiento para hoy


No hay duda de que Jeremías, el profeta a quien estoy siguiendo esta semana en la primera lectura de la misa diaria y quien sólo tenía unos 17 años cuando Dios lo llamó, mantuvo una gran lucha interna por la suerte de su pueblo. Él les suplicaba que escucharan porque sabía lo que iba a suceder, pero el pueblo no escuchaba. Debido a la profunda tristeza que eso le causaba, es conocido como «el profeta llorón». El dolor y los constantes lamentos que expresó por el destino de su pueblo lo hicieron famoso. Su misión consistió en advertir sobre el castigo inminente y la destrucción de Jerusalén por parte de los babilonios a causa de la desobediencia y la idolatría. Jeremías sufría al saber las tragedias que sufrirían sus compatriotas y familiares si no se arrepentía, pero su mensaje fue rechazo y él, por esa razón, condenado a la soledad. Fue ignorado, perseguido y marginado por sus propios vecinos y gobernantes por considerar que daba un mensaje duro. Gran parte de sus sentimientos han quedado plasmados en su libro profético y en en el libro de las Lamentaciones.

El pasaje de hoy (Jer 15,10.16-21) nos hace ver que este profeta no encontró consuelo de parte de nadie y que hay veces, sobre todo en los momentos más oscuros de tu vida, en que el único consuelo que nos queda como algo de valor, es una palabra que venga de Dios. Jeremías recordó que la Ley del Señor había sido hallada en el templo y estaba a su disposición. Por eso dice que la devoró, la digirió y llegó a formar parte de él. ¡Cuando necesitamos hoy introducirnos en la Palabra de Dios! Lo que necesitamos no es simplemente un pequeño aprendizaje superficial de algunas reglas, o meramente una breve línea directriz, a algunos pasos a seguir. Necesitamos digerirla para que entre a formar parte de nuestro ser. Traerá alegría al corazón tal como hizo con Jeremías. Solo la Palabra de Dios puede lograr este efecto.

Jeremías se acerca a Dios con mucha confianza porque ha demostrado fidelidad a su Dios quien, desde que lo llamó lo ha acompañado, pero ahora él siente que lo ha desamparado y lo acusa de haberlo engañado. Mientras que Jeremías se acercaba al servicio de Dios con alegría (versículo 16), solo recibió indignación, ira y amargura a cambio (versículo 17). Por esta razón, el profeta puede acusar a Dios de engañarlo. Como un arroyo que se seca, él siente que la promesa de la bendición de Dios ha quedado vacía. El profeta suponía que Dios lo apoyaría si obedecía el llamado al ministerio, pero en cambio solo experimentó abandono. Dios le recuerda a Jeremías que el sufrimiento que ha experimentado es tal como se anunció. Por lo tanto, Jeremías no debe derrumbarse ante la adversidad, sino redoblar su compromiso con su vocación profética. La persecución no ha frustrado la promesa de Dios de liberar y vindicar, y Dios le recuerda que su perseverancia es el medio por el cual el pueblo se arrepentirá de su pecado. En medio de la injusticia, Jeremías no debe permitir que el mal venza al bien como nosotros tampoco debemos hacerlo, a pesar de que haya momentos en que nos sentimos como él. Que la Virgen, que en muchos momentos de su vida no vio con claridad lo que Dios tenía planeado, pero que siempre confió escuchando la Palabra, nos ayude a perseverar. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo. 

martes, 28 de julio de 2026

«Que el Señor se acuerde de nosotros»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Sigo deteniéndome en estos días, como lo propuse ayer, en el libro del profeta Jeremías de la primera lectura de la misa. Este martes el pasaje es del capítulo 14 del versículo 17 al 22  y nos sitúa en uno de los momentos más desgarradores de la historia de Israel. El profeta no contempla el sufrimiento de su pueblo con fría indiferencia, sino con el corazón partido describiendo una realidad terrible: sequía, hambre, espada y desolación profunda. Sus lágrimas corren día y noche por la herida de la «hija de su pueblo». Lo más impactante de este texto no es solo la descripción de la crisis, sino la honestidad brutal de la oración que le sigue. El pueblo, a través del profeta, reconoce su culpa: «Hemos pecado contra ti». Pero inmediatamente después, se aferra a la fidelidad de Dios con un argumento desesperado: «Por amor de tu nombre no nos desprecies... acuérdate, no rompas tu alianza con nosotros». En medio de la ruina absoluta, cuando la tierra está seca y los falsos ídolos de las naciones vecinas demuestran ser incapaces de traer una sola gota de lluvia, surge una certeza absoluta: «¿No eres tú, Señor, Dios nuestro? En ti esperamos». Este pasaje nos deja una enseñanza crucial para la vida: la verdadera fe no consiste en negar la realidad de nuestras crisis, sino en saber hacia dónde mirar cuando todo se desmorona. A menudo, cuando enfrentamos sequías espirituales, problemas económicos o rupturas emocionales, caemos en la tentación de buscar «lluvia» en los ídolos modernos —el control absoluto, las distracciones, el materialismo o la aprobación de los demás». 

Jeremías nos invita a vaciar el orgullo, a reconocer nuestra vulnerabilidad y a recordar que nuestra única roca firme es la fidelidad de Dios, incluso cuando nosotros mismos hemos fallado, hemos pecado... «Hasta los profetas y los sacerdotes andan errantes por el país y no saben que hacer». Para ilustrar esto, viene muy bien recordar una conocida historia que nos hace sonreír, pero que da en el clavo: Se cuenta que un pueblo agrícola sufría una sequía terrible que amenazaba coEsperarn destruir todas las cosechas. Desesperado, el párroco convocó a todos los habitantes a una jornada especial de oración en la plaza principal para pedirle a Dios que enviara la lluvia. El día señalado, la plaza se llenó por completo. La gente iba con caras largas, discutiendo sobre lo seca que estaba la tierra y lo terrible que sería el invierno si no llovía. El sacerdote subió al altar improvisado, miró a la multitud y, antes de empezar a rezar, se quedó en silencio. Luego, con un suspiro, dijo por el micrófono:—Hermanos, hoy nos hemos reunido aquí para pedirle a Dios, con toda nuestra fe, que mande la lluvia... ¡Pero veo que en realidad ninguno de ustedes cree que lo va a hacer! La gente se miró extrañada y un feligrés gritó desde el fondo:—¿Por qué dice eso, padre? ¡Si venimos todos a rezar! El sacerdote sonrió con tristeza y respondió:—Venimos a pedir que llueva, pero entre los cientos de personas que están aquí... ¡ni uno solo ha traído un paraguas! Solo una niña de ocho años en la primera fila vino con sus botas de agua y su paraguas abierto.

Esta simpática anécdota conecta perfectamente con el final del pasaje de Jeremías. El profeta y el pueblo exclamaron: «En ti esperamos». Esperar en Dios en medio de la sequía significa tener la audacia de la niña de la historia. Significa que, aunque el suelo esté agrietado y el panorama sea gris, nuestra confianza en su fidelidad debe ser tan real que estemos listos para abrir el paraguas. La oración auténtica transforma nuestro lamento en una expectativa activa y esperanzadora. Que María nos ayude siempre a levantarnos de las caídas para volver a empezar y recibir la lluvia de la gracia. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo

lunes, 27 de julio de 2026

«El cinturón de Jeremías y el nuestro»... Un pequeño pensamiento para hoy


Mi reflexión de hoy y de toda esta semana girará en torno a Jeremías en la primera lectura de la misa de cada día. ¿Por qué? La verdad no lo sé, solamente puedo decir que Dios me lo ha pedido y así lo haré. Tal vez el viernes, último día del mes, entenderé el por qué. Pero voy a mi reflexión del texto de hoy que es Jeremías capítulo 13, versículos del 1 al 11. Lean ustedes también el texto que es, de cierta manera, simpático. No es esta la primera vez que Dios invita a Jeremías a realizar una acción simbólica para ilustrar y representar mejor un mensaje para su pueblo. En este caso, valiéndose de algo ordinario como lo es el cinturón, una prenda que se ajusta al cuerpo, una prenda visible y de cercanía, el Señor da a entender que así acercaba a Israel a su Amor, a su Ley, a su fidelidad y a sus favores… Israel era como ese cinturón que Dios quería llevar y lucir.

Sin embargo, este pueblo elegido se dejó corromper y se echó a perder en ambientes paganos, desvirtuándose y prácticamente desintegrándose… No pudo servir de cinturón ya que no se ajustó a la cintura de Dios. El Señor, que es siempre misericordioso, nos invita a ajustarnos a Él. Y puede parecer excesivo para un ser humano, ajustarse a Dios… El hecho de que nos llama permanecer, a ajustarnos a su lado, no puede verse como un exceso de exigencia… ¿qué no podremos reconocer, un exceso de amor y de confianza en esa invitación? ¿Habrá «alguien» que espere algo mejor de nosotros? ¿Habrá un sueño más grande que ese Sueño con el que Dios nos sueña a nosotros sus criaturas?

El Señor no se espanta de nuestros pecados, pero sí se duele cuando nos atrincheramos en nuestro corazón obstinado y le damos la espalda al sueño, al proyecto que Dios tiene de una humanidad ajustada a Él. Esta Palabra ha de cuestionarnos. Porque mirando el conjunto de la historia de Israel nos parece incomprensble tanta resistencia a la propuesta de Dios… ¿pero no nos encontramos más de una vez nosotros también en esa misma experiencia? Yo estoy ahora en unos días de retiro con un grupo de 17 misioneras de todos colores y sabores en un ambiente de silencio y paz que me invita a preguntarme si aunque a veces sea difícil y complicado —como el andar de aquí para allá— me ajusto con alegría a la voluntad de Dios o le aflojo al paso y por lo tanto al cinturón de la fidelidad y del gozo de perseverar. Que la Virgen Madre no me suelte de su mano y me ayude a revisar que esté bien ajustado. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 26 de julio de 2026

«El tesoro y la perla»... Un pequeño pensamiento para hoy

Este domingo emprendo un nuevo viaje, esta vez a la Casa Noviciado de nuestras hermanas Misioneras Clarisas para poner un granito de arena, como cada julio desde hace muchos años, en la vida espiritual del grupo de hermanas que harán su consagración perpetua y de quienes celebran 25 o 50 años de vida consagrada con unos días de ejercicios espirituales dentro de la llamada «Experiencia Inesiana» que abarca en su totalidad, un mes. Voy siempre con el corazón agradecido, por haber recibido de ellas, nuestras hermanas mayores en la Familia Inesiana, tantas bendiciones y porque eso me hace sentirme más de cerca con nuestra madre fundadora, la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. Hacer ejercicios espirituales es importante para el consagrado, a pesar de vivir siempre bajo la mira de Dios, porque son días especiales que permiten fortalecer el interior, redescubrir el sentido de la vida y tomar mejores decisiones. Además, no puedo dudarlo como experiencia propia, funcionan como un descanso para el alma, al igual que el deporte cuida del cuerpo. ¡Acompáñenme con su oración en este itinerario de una semana en el que caminaremos profundizando en la misericordia del Señor en nuestras vidas! Mañana empezamos Dios mediante.

Y como para preparar mi ser y quehacer para esta experiencia, el Señor me regala este domingo estas maravillosas parábolas del tesoro y la perla —Mateo 13, 44-46—, que, aunque san Ignacio de Loyola, el creador del método de los Ejercicios Espirituales no las cita palabra por palabra en su texto autógrafo, toda la estructura metodológica de la dinámica de Ejercicios está diseñada para que el ejercitante descubra su propio «tesoro» — Jesús— y tenga la fuerza interna para «venderlo todo» por Él. Las parábolas del Reino, bien sabemos, ocupan un lugar central en la predicación de Jesús. A través de imágenes sencillas y cotidianas —un campo sembrado, un poco de levadura, un tesoro escondido, una perla preciosa— nos lleva de la mano en una realidad misteriosa que no se impone con espectacularidad ni se presenta como algo acabado. El Reino de Dios no es un espectáculo admirable ni una meta ya conquistada; es una presencia dinámica que exige búsqueda, decisión y compromiso. Por eso los Ejercicios son necesarios. En los días de retiro, como estos que tendremos, las imágenes evangélicas del tesoro escondido y la perla de gran valor no solo ayudan a representar al Reino de Dios, sino que sirven como el núcleo dinámico para el desapego, la elección de vida y la configuración con Jesucristo.

Las dos parábolas, tras una introducción idéntica, narran el descubrimiento de algo tan valioso que los protagonistas no dudan ni un instante en vender todo lo que tienen para adquirirlo. ¡Cualquiera sería feliz con un descubrimiento semejante! En las dos parábolas, los bienes que poseen los protagonistas del relato, pocos o muchos, son suficientes para que con su totalidad puedan adquirir lo que han encontrado. Y es que cuando uno encuentra el Reino de Dios, bien porque ha tenido la suerte inesperada de encontrarse un tesoro o bien porque lo va buscando, habiendo oído hablar de él, entonces todo está en poner en marcha la sabiduría y el coraje de que uno es capaz, los cinco sentidos, arriesgarlo todo, entregar todo lo que uno tiene, por ello. Por eso lo importante de estas dos parábolas es la decisión que toman ambos protagonistas. El Reino aparece aquí como un don al alcance de todos, de los afortunados y de los inquietos, de los que sin buscarlo lo encuentran por casualidad y de los que lo descubren al final de una ardua búsqueda. Para responder adecuadamente a ese don, aceptándolo y haciéndolo suyo, hay que vivir plenamente la vocación específica que Dios nos ha dado. Cuidarla, cultivarla, alimentarla. Que María santísima ayude a estas hermanitas a obtener un gran futo para vivir en plenitud su desposorio con Cristo y a mí me de las palabras persuasivas que acompañen su «sí». ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

«El apóstol Santiago y su hermano Juan; derecha, izquierda, izquierda derecha»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Hoy es día de apóstol Santiago y, en el Evangelio, san Mateo (Mateo 20,20-28) nos lleva a una escena a la vez simpática y comprometedor. Los hijos de Zebedeo —Santiago y Juan— convencieron a su madre de que se acercara a Jesús para que le pidiera el honor de sentar a sus hijos a la derecha y a la izquierda en su reino. El Señor escucha a la madre alcahueta —como se dice en México— y se dirige para responder, no a ella, sino a ellos, para decirles que todavía les quedaba por recorrer un largo camino de conversión hasta comprender la realidad del reino que Jesús anunciaba. Seguro que no entendieron posiblemente el alcance de la pregunta que Jesús les hizo: «¿Son capaces de beber el cáliz que yo he de beber?»

El relato nos cuenta que los otros diez apóstoles, se indignaron ante la petición de Santiago y Juan, porque eran conscientes de la situación y en el fondo ellos también querían puestos especiales y los hijos del Trueno —como eran conocidos—se les habían adelantado. Esto nos deja una enseñanza grandísima, sobre todo a quienes por una u otra razón, nos toca estar al frente de algo, ocupando puestos de «importancia» que debemos entender, son pasajeros. Al seguir a Jesús no hay privilegios de sentarse a su derecha o a la izquierda, nuestro vida junto a él es servicio, no «carrerismo» como recordó varias veces en su pontificado el papa Francisco. papa Francisco. Siempre puede ser una tentación olvidar la escala de valores de Jesús en el Evangelio, por eso la Beata María Inés repetía: «Si no es para salvar almas, no vale la pena vivir».

Ser grande y ser el primero se traduce, desde los valores del Evangelio, en hacerse pequeño y servidor de todos. Con razón uno de los títulos que ostenta el papa, unido a los de vicario de Cristo, santo padre, y sumo pontífice, está el de «siervo de los siervos de Dios». Con el servicio, no solo Santiago sino los demás apóstoles y los primeros cristianos, daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor. Ni la persecución ni la cárcel los detenían. No hacían caso de aquellos que pretendían apagar su voz y no querían reconocer sus signos ante el pueblo. La historia nos narra que para acallar su voz, Herodes mandó decapitar a Santiago. Es el primer apóstol mártir por dar testimonio de la resurrección del Señor. Que junto a María santísima la fe de Santiago y el testimonio de su vida entregada nos alientan en el seguimiento de Jesucristo. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 24 de julio de 2026

¿Cómo acogemos la Palabra?... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Qué delicadeza de Nuestro Señor el detalle de explicar la parábola de sembrador! Con esto el evangelio de hoy (Mateo 13,18-23) es una homilía de Jesús que pone el foco en algo muy concreto: ¿Cómo acogemos la Palabra? En esta escena evangélica la semilla que se va a sembrar es buena y el sembrador es generoso; el problema —o la oportunidad— está en el terreno. Cierto que a nuestro alrededor hay corazones endurecidos, donde nada penetra; hay corazones superficiales, donde las emociones prenden, pero no arraigan; hay corazones llenos de espinas donde las preocupaciones, el consumismo o el famoso estrés acaban ahogando lo importante. Y está el corazón bueno que, como tierra buena, acoge en su interior la semilla, se deja transformar y da fruto.

Aquí Jesús nos da la clave: hay que tener un corazón de tierra buena. No tanto el ser personas perfectas, sino personas que viven disponibles, abiertas, con ganas de dejarse transformar. Tener un corazón que no se queda en escuchar, sino que traduce la Palabra en vida concreta: en gestos, decisiones, compromisos, acciones. Jesús nos invita a cultivar nuestro corazón para que sea fértil. ¿Cómo? Cuidando una escucha real, con tiempos de silencio, profundidad y encuentro con Dios meditando la Palabra, arrancando los abrojos, revisando qué nos está comiendo por dentro y haciendo camino de fe con otros, en comunidades que sean espacios de vida y crecimiento.

Ese 100, ese sesenta, ese 30 cuando habla de dar fruto, no es algo abstracto. Es compromiso real de más bondad, más generosidad, más perdón, más amor... más don de sí. Pidamos a María santísima que nos presente su corazón. Ese corazón en donde la semilla floreció. Ese corazón de tierra buena que no vivió en este mundo para sí y que sigue generando espacios de vida alrededor. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 23 de julio de 2026

«Los que viven sin ver ni escuchar a Jesús»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY







El Evangelio de hoy (Mateo 13,10-17) seguramente centra la atención de mis 16 lectores en unas palabras desconcertantes que salen de la boca de Jesús: «al que tiene se le dará más y nadará en la abundancia; pero el que tiene poco, aún es poco, se le quitará». Son palabras que se refieren al aumento o disminución de la capacidad para entender el mensaje de Cristo. Unos, como discípulos–misioneros, comprenderán y se alegrarán con esa luz, Jesús los llama «dichosos», porque sus ojos sí ven y sus oídos sí oyen, demostrando un corazón dócil y abierto. Pero los que se endurecen voluntariamente quedarán más confundidos. 

La cuestión para Jesús es sencilla. Él nos pide docilidad, sencillez de corazón, apertura para poder acoger sus palabras y ponerlas en práctica. Aunque es posible que no nos sintamos capacitados para ello o que simplemente hayamos endurecido el corazón. La época actual ha endurecido el corazón de muchos debido a una combinación de factores psicológicos, sociales y tecnológicos que ofuscan la fe. Debido a eso mucha gente no sabe enfocar el dolor, las frustraciones o la soledad. El Señor, en este pasaje, nos dice que la gente oye pero no entiende y mira pero no ve, aclarando con palabras fuertes que no se trata de una incapacidad mental, sino de una decisión del corazón de no querer recibir el mensaje porque mantener el corazón duro evita tener que cambiar de vida o confrontar los propios errores.

La palabra original en griego, que califica ese corazón, sugiere un corazón que se ha vuelto grueso, insensible o «calloso». La familiaridad con las cosas sagradas que muchos católicos viven sin una fe real y profunda adormece la conciencia. La falta de hambre espiritual cierra la puerta a una revelación más profunda del amor de Dios y se queda solamente en cumplir... ¡como uno que cumple una orden, pero sin escuchar con atención lo que se le pide!  Por eso, en nuestra oración, debemos pedir a Dios confiadamente: «Señor, ayúdame, abre mi corazón, haz que vea, haz que oiga para que comprenda lo que quieres decirme». Que María nos ayude a unir nuestro corazón al de Jesús en todos los momentos de nuestra vida, viéndolo y escuchándolo en medio del vaivén del turbulento mundo de hoy. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.