domingo, 5 de abril de 2026

HOMILÍA DEL DOMINGO DE PASCUA 2026.

Uno de los grandes teólogos de nuestros tiempos, el español Juan Esquerda Bifet —mi padrino e ordenación sacerdotal— que ha escrito más de 112 libros centrados principalmente en teología, espiritualidad, misionología y la figura de la Virgen María, tiene uno que se llama Encuentro con Cristo, en el cual anota: «El corazón cristiano que cree sin ver, halla la verdadera paz».  Y antes de afirmar esto escribe: «el acto de fe no puede ser una frase rutinaria. Es un latido del corazón, además de un sí de nuestro entendimiento. Creer con toda el alma esa dirigirse a Cristo para siempre. Esto es una aventura en medio de un mundo, sin fe».  Aunque el hecho de encontrar el sepulcro vacío tiene gran importancia, en sí mismo no es un hecho que pruebe la resurrección de Jesús, sino una especie de contraprueba, un signo según la terminología teológica de Juan: el sudario, ese pañuelo que se anudaba envolviendo la cabeza del difunto, aún enrollado, no revuelto con las vendas, sino de modo diverso en su mismo sitio, y las vendas en el suelo, indicaban que el cadáver de Jesús había desaparecido, pero que no había habido violencia y, por tanto, no había sido robado —se lo hubieran llevado envuelto en el sudario, con vendas y todo lo demás—. Simplemente el evangelista nos cuenta el hecho de que el sepulcro estaba vacío. Incluso María Magdalena, que es la primera en llñegar a la tumba, interpreta el hecho como que alguien «se ha llevado del sepulcro al Señor» y no piensa en primera instancia en la resurrección. Avisa a Pedro y a Juan que corren y ven el sepulcro vacío. De entrada, Pedro y Juan tampoco piensan en resurrección hasta que, en un segundo momento, Juan «vio y creyó». Es enconces cuando el discípulo amado recuerda que «según la Escritura, Jesús debía resucitar de entre los muertos».

También a nosotros, en nuestra turbulenta época histórica que atravesamos en este cambio de época, nos parece que se han llevado al Señor… no sabemos quién ni a qué lugar. Vemos un mundo vacío de la presencia de Dios y también como a María Magdalena, a Pedro o al mismo Juan en un primer momento nos falta la fe de creer que Jesús vive. ¿Cómo es posible creer que Jesús vive en una sociedad tan vacía de su presencia física? ¿Dónde está? ¿cómo encontrarle? Vivimos en una época donde el ser humano parece no solamente haber olvidado a Dios, sino que parece haber olvidado quién es el hombre mismo. Muchas personas se confunden buscando sentido en etiquetas, sensaciones o pertenencias pasajeras. Cuando el hombre olvida qué es hombre —con su dignidad, propósito y responsabilidad— comienza una lucha interior por definirse desde lo externo, desde lo emocional o desde lo imaginado pero sin encontrarse a sí mismo. Pero cuando el ser recuerda que es imagen de Dios, deja de perderse en identidades pasajeras y encuentra su verdadero rostro y su verdadero destino de grandeza.

Al celebrar la resurrección contemplando este pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar, quiero invitarles a ir sí, al Resucitado, a Cristo vivo, pero también a Juan, el hombre que «vió y creyó». ¿Quién es ese Juan que ve y cree cuando en realidad no ve nada?  De él quiero señalar dos rasgos: es ese discípulo que en la última cena «estaba a la mesa al lado de Jesús» (Juan 13, 23) y ese mismo discípulo es el que «está junto a la cruz de Jesús…  junto a la madre de Jesús» (Juan 19, 25-26). Juan, quierods hermanos, es el que «está junto a Jesús» en dos momentos clave e la existencia de Cristo y dxe todo hombre: el momento de la «entrega y el servicio» y el «momento de la cruz».

«Estar junto a Jesús» es lo que el hombre necesita para poder entenderse a sí mismo para ver y creer. Estar junto a Jesús en el amor, en la entrega, en el servicio, en el compartir, en el reir con él, en el llorar con él, en el esperar con él. Creer en el Resucitado no es cuestión de teorías o de iluminaciones, sino del modo de estar en la vida. Cuando estamos en la vida al modo de Jesús somos capaces de descubrir su presencia resucitada y resucitadora en tantas personas y en tantos acontecimientos de este mundo que parece vernos como ilusos, atrapados en un sin sentido. Viendo el sepulcro vacío nuestra fe se fortalece, nuestra esperanza nos conforta y nuestra caridad se hace generosa y gratuita. La gracia de comprender la Escritura, y las apariciones de Jesús resucitado, fueron datos determinantes para la fe de la primera comunidad cristiana. Sin esa comprensión, no sabremos nunca quiénes somos y mucho menos, quién es Dios.

En este Domingo la Iglesia nos invita a participar del gozo de la Resurrección del Señor que aquí, en la parroquia, hemos celebrado desde anoche con la solemne Vigilia Pascual que ha coronado nuestras vidas de la alegría de la fe, de la esperanza y del amor. La Pascua que celebramos inaugura un tiempo de gozo muy especial, 50 días de fiesta con un prólogo maravilloso: La Octava de Pascua. Jesucristo ha resucitado como el Primero de muchos, para mostrarnos cual es nuestra verdadera escencia mostrándonos la vida que nos espera y se nos ofrece si con esperanza, damos el paso de la fe. 

Nosotros no hemos tenido la oportunidad de estar en el momento excato de la resurrección de Jesús. Ni Magdalena, ni Pedro, ni Juan, ni los demás apóstoles y las mujeres que les acompañaban estuvieron. Pero el mismo Cristo nos había dicho que son felices los que creen sin ver. Por eso el Señor no da, en primera instancia, pruebas en sentido estricto de la Resurrección, sino sólo signos... Por eso, nuestra única respuesta sintoniza con la fe del discípulo amado, que no vio a Jesús; vio las vendas caídas y el sepulcro vacío, y creyó en Jesús, al que más tarde vería... Al celebrar hoy llenos de alegría al Señor Resucitado, avivemos nuestra fe, acrecentemos nuestra esperanza con María, y dejemos que Cristo Resucitado renueve la fuerza de nuestro Amor.

AMÉN. ¡ALELUYA!

Padre Alfredo.

HOMILÍA DE LA VIGILIA PASCUAL 2026.

«No está aquí; ha resucitado, como lo había dicho». Recalca san Mateo en el relato del Evangelio que esta noche santa hemos escuchado. Cuando Jesús habló por primera vez a los Doce y a las mujeres que les acompañaban, sobre el tema de la cruz y la resurrección, seguramente se preguntaban qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos» (Mc 9,10). En esta Vigilia Pascual, en la cual hemos repasado con calma los textos sagrados (siete lecturas del Antiguo Testamento con sus salmos, la Carta de San Pablo a los Romanos y el Evangelio de san Mateo en el capítulo 28), hemos recordado que Dios «no quiere nuestra muerte», sino que somos «miembros vivos de una descendencia de salvados» que nos alegramos porque Cristo no se ha quedado en el sepulcro. 

La resurrección de Cristo es el salto más decisivo hacia una dimensión totalmente nueva, que no se ha producido nunca jamás en la historia: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia. ¡Imagino la alegría de María, la Madre de Dios y Madre nuestra, por vernos aquí en su casa en esta noche, celebrando que Jesús está vivo! Él pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; por eso en Latín, el Pregón Pascual repite una y otra vez: «¡Exultet!», haciendo que este himno de gloria celebre el triunfo de Cristo resucitado recordándonos a nosotros que somos pecadores: «¡O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem!» —¡Feliz culpa que mereció tal Redentor! Este Redentor que es el Alfa y la Omega, y que existe no sólo en el ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Hb 13,8). Pero, ¿qué significa eso de resucitar para nosotros? 

En la última Cena, él había nuevamente anticipado la muerte y la transformó en el don de sí mismo con el deseo de quedarse para siempre. Su resurrección fue como un estallido de luz que inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, de la historia. Pero eso, solamente lo podemos entender mediante la fe y las gracias que el bautismo nos otorga. Por eso el Bautismo forma parte fundamental de la Vigilia pascual. Ya sea celebrando el sacramento o renovándolo con gratitud. El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para mantenernos en este mundo como peregrinos de esperanza y anunciadores de una Buena Nueva: ¡El Señor ha resucitado y estamos llenos de gozo!

Pablo d’Ors, en su libro Biografía de la luz, escribe que «hablar de Dios, suena hoy como algo inoportuno y trasnochado. Pero nuestro olvido de Dios es, el último término, un olvido de nosotros mismos. Para conocernos, hemos de mirar a lo invisible». (Pablo d´Ors, “Biografía de la luz”, Ed. Galaxcia Gutenberg, Barcelona 2021, p. 542). Y es que, dice él mismo: «también se cifra en haber sido testigos de una desaparición, de un soltar la experiencia tangible». (Pablo d´Ors, “Biografía de la luz”, Ed. Galaxcia Gutenberg, Barcelona 2021, p. 542). Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. Llenos de gozo, ante la ausencia de Jesús en el sepulcro, hemos podido cantar una vez más el Pregón Pascual celebrando la resurrección como un acontecimiento cósmico, que comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra. El Resucitado está presente, pero nosotros, distraídos por el amasijo de tantos ruidos, de tantas promesas falsas, de tantas ideologías, de tantas ilusiones, no sabemos distinguirlo. Escuchemos esta noche llenos de júbilo la voz de Jesús que nos vuelve a decir: «¡Dichosos los que creen sin haber visto!» (Jn 20,29). 

Padre Alfredo.


viernes, 3 de abril de 2026

HOMILÍA DEL VIERNES SANTO 2026.

Cada Viernes Santo recordamos el momento más terrible de la pasión de Jesús, que es ciertamente cuando exclama, en el más extremo sufrimiento de la cruz: «Eli, Eli, lemá sabactaní» (Mateo 27,46) —¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?—. Esta es una frase de un salmo, el salmo 22 en el que Israel, doliente, torturado, despreciado a causa de su fe, le grita a Dios su desgracia. Y este grito de oración tiene un significado impresionante en la boca de aquel que es la misma cercanía salvífica de Dios entre los hombres. No es ninguna casualidad que la fe en Dios provenga de este rostro lleno de sangre y heridas que grita con dolor en arameo, su lengua materna: «Eli, Eli, lemá sabactaní» como una expresión de profunda desesperación y dolor de un hombre que conocía bien sus escrituras. Creo que Jesús, verdadero Dios, pero a la vez verdadero hombre, sentía un dolor horrible por estar crucificado, estaba lleno de angustia y recurrió a las escrituras para expresarlo. Era completamente Dios, pero también era una persona normal que estaba siendo torturada hasta la muerte. 

En su libro La misericordia de Dios en tiempos de crisis, Cristóbal Sevilla Anota que «el sufrimiento nos provoca escándalo y, cuando nos encontramos con el Dios que aparece en la Biblia como “compasivo y misericordioso”, nos parece que no es más que una ilusión para dar consuelo».(1)  Pero para Cristo no fue así, el abandono se convierte en él en primer lugar en oración, en un cortísimo diálogo con el Padre que habla de ofrenda, de oblación, de consumación. San Oscar Arnulfo Romero, aquel arzobispo salvadoreño que algunos de ustedes recuerdan que fue acribillado en el Altar en medio de una celebración, en una homilía del año 1978 exclamó: «Qué interlocutor más divino. ¡Cómo es posible que los hombres podamos vivir sin orar! ¡Cómo es posible que el hombre y la mujer puedan pasarse toda su vida sin pensar en Dios! ¡Tener vacía esa capacidad de lo divino y no llenarla nunca!».(2)  Hoy nuevamente vemos al Señor crucificado y es inevitable que pensemos en nuestras vidas complicadas, nuestra sociedad sumergida en cientos de problemáticas, la violencia, la inseguridad, la migración, la pobreza... ¡cuántos de nuestros hermanos llevan cruces que parecen inseparables de su existencia! Debemos detenernos y contemplar que Jesús no constata la ausencia de Dios, sino que la transforma en oración y ofrenda. Si queremos integrar en el Viernes Santo de Jesús el Viernes Santo de nuestra sociedad actual, tenemos que integrar en el grito de Cristo aunque con certeza podemos afirmar que la mayor parte de los que estamos aquí, no participamos de grandes horrores más que como espectadores. 

No podemos marcharnos en silencio sin tomar en serio estas palabras de Jesús, que nos amonestan precisamente en el Viernes Santo. Esta austera celebración, en la que no se celebra la eucaristía, en la que el altar no tiene mantel, en la que no hay flores... nos invita a mantenernos en una actitud contemplativa de lo que Cristo, el Hijo de Dios, el Mesías Salvador hizo por nosotros para para abrirnos el Reino de los cielos haciendo de su dolor la ofrenda más grande que puede testimoniar lo que debemos ser y hacer. Él había dicho: «Nadie tiene amor más grande, que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Junto a la Cruz estaba María su madre. Ojalá que nuestros ojos y nuestro corazón la miren y que en medio de cada Viernes Santo de la historia, recibamos el misterio pascual del Viernes Santo de Cristo y en él seamos salvados. 

1. Cristóbal Sevilla, “La misericordia de Dios en tiempos de crisis”, Editorial Verbo Divino, Estella 2015, p. 9.
2. Homilía del 13 de agosto de 1978.

Padre Alfredo.


jueves, 2 de abril de 2026

HOMILÍA DEL JUEVES SANTO 2026.

El Jueves Santo es el día de la Institución de la Eucaristía, del sacramento del Orden y del mandamiento del amor. El Maestro, sabiendo que ya estaba acerca su hora, se reunió con sus discípulos para celebrar la Última cena. Seguramente ellos no captaron en el momento lo que estaba sucediendo. Jesús tomó pan en sus manos y dijo: «Este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes»; y después tomó vino y dijo: «Esta es mi sangre, que será derramada por todos ustedes». Más tarde entenderán a la luz de la resurrección y darán continuidad perpetua a aquel acto de amor maravilloso con el don del sacerdocio que recibieron en esta Bendita Cena.

En este ambiente de aquella cena tan particular, Jesús ofrece el mandamiento del amor que debe permanecer siempre vivo: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros como yo los he amado». El Evangelio de hoy nos narra cómo Jesús se levantó de la mesa, se ciñó una toalla y se puso a lavar los pies a sus discípulos diciéndoles que ellos habrían de hacer lo mismo. Esta acción, que solamente hacían los esclavos o los criados, será ahora tarea de todos: «Lo que yo, que soy el Maestro, acabo de hacer con ustedes háganlo entre ustedes mismos». Todos en la Iglesia, tenemos esa tarea de amar, porque este es el sello distintivo del discípulo–misionero.

Hoy rememoramos la institución de la Eucaristía, junto con el establecimiento del sacerdocio y la conjunción del modo imperativo del verbo amar. EL relato evangélico que hemos escuchado nos muestra que señal de quien vive de la Eucaristía, es el servicio a la humanidad, como el Maestro. La condición de servidumbre que el gesto de lavar los pies implicaba en la cultura de Jesús y que los discípulos rechazaban tan visceralmente… suele quedar muy dulzona en una simple representación. Pero... ¿Qué significa asumir el servicio al modo de Jesús sin reconocimientos, sin descanso, sin recompensa, sin fotografías, solo confiando en que hacemos lo que Jesús nos marcó? Este Jueves Santo no vivamos el lavatorio de los pies como algo meramente teatral desde un ámbito sentimental. Recibamos este amor «hasta el extremo» y dejemos que él nos renueve y transforme: «Lávanos, «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»

El célebre monje benedictino Anselm Grün en su libro Las obras de misericordia da la clave para la vivencia de este mandamiento que bien puede ser aplicado por todos: «en el modo en que nos comportamos con el ser humano se hace visible, en última instancia, nuestra relación con Jesucristo, independientemente de qué creamos o no en Cristo, o de qué en el hermano o la hermana reconozcamos o no a Cristo».(1) 

Que la Virgen Madre, que seguramente vivió con intensidad este tríptico de gracia, nos acompañe para que con ella, podamos acompañar a Jesús en esta noche de vela agradeciendo que se ha quedado en la Eucaristía y que nos ha dejado a los sacerdotes para hacerle presente y conducirnos en el amor.

(1) Anselm Grün, “Las obras de misericordia” 2a ed., Ed. Sal Terrae, Basauri 2009.

Padre Alfredo.

Jueves Santo 2026.


HOMILÍA DEL MIÉRCOLES SANTO 2026.

Hace unas horas, en la basílica de Nuestra Señora del Roble, la mayoría de los sacerdotes diocesanos y religiosos de Monterrey, renovamos nuestras promesas sacerdotales en la Misa en la que también se consagran los Óleos y el Santo Crisma para este año. Esta celebración, en la que siempre algunos de ustedes están presentes, nos perpetúa el hecho de que somos comunidad y que, quienes traen y presentan los Óleos, nos recuerdan que somos ungidos para ponernos al servicio de la unidad fraterna de nuestra parroquia, que se funda en su cabeza que es Cristo representado por los obispos y sacerdotes y vive de la fuerza que de él procede.  Ser miembros de la Iglesia no puede reducirse a un pequeño mundo de domingo añadido a nuestro mundo de los días laborales, de estudio o de otras ocupaciones. Ser miembros de la Iglesia es ser «ungidos» unidos a Cristo, pues este nombre —Χριστός (Christós)— significa «El ungido». 

Por eso el óleo bendito está presente en los sacramentos de la Iglesia: en su aplicación antes del bautismo, como «óleo de los catecúmenos», nos recuerda que el que se va a bautizar es una persona que se arma para la gran lucha de la vida en el drama de la historia junto a los demás miembros de la Iglesia. Los atletas que luchaban en la arena romana ungían su cuerpo con aceite con el fin de qué estuviese flexible, elástico, vigoroso, ágil, no reseco. En la unción de los enfermos, como «óleo de los enfermos», se hace medicina de Dios. La unción que después del bautismo se aplica con el Santo Crisma, así como el uso de este crisma en la confirmación y en la ordenación sacerdotal, nos recuerda la unción de los sacerdotes de los profetas y de los reyes. Ungidos, marcados y sellados por el Espíritu del Señor para servir y hacer el bien, experimentamos en nosotros lo que vaticinaba el profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido» (Is 61,1; cfr. Lc 4,18-19).

En el evangelio que escuchamos hace unos momentos, se recalca de nuevo la traición de Judas cuando Jesús quiere celebrar la Pascua de despedida de los suyos, como signo entrañable de amistad y comunión. Judas, para este momento, ya ha concertado la traición pidiendo a cambio de la entrega de Jesús treinta monedas —el precio de un esclavo, según Ex 21,32—. En puertas de celebrar el misterio de la Pascua del Señor, junto a la admiración contemplativa de su entrega podemos aprender una lección. El dinero, que para muchos se ha convertido, como dice Georg Simmel, pionero de la microsociología y la sociología urbana en su libro Filosofía del dinero, en un medio absoluto, «se convierte en fin psicológico absoluto para la mayoría de los seres humanos».(1)  Y se termina amándolo por sí mismo. Hoy muchos, como Judas, no dudan en negar a Jesús con tal de tener dinero, olvidando el fin para el que se debe buscar. Hoy quisa valga la pena quedarnos con unas preguntas: ¿Nos sabemos «ungidos», para llevar la unción de Jesús a los demás? ¿Nos hemos hecho tan amigos del dinero que olvidamos su fin y lo hacemos medio absoluto de nuestra felicidad? ¿Soñamos con ser ricos traicionando a Jesús?

(1) Georg Simmel, “Filosofía del dinero”, Título original: «PHILOSOPHÍE DES GELDES» Ed. Duncker & Humblot, Berlin 195, p. 236.

Padre Alfredo,

Miércoles Santo 2026.

lunes, 30 de marzo de 2026

HOMILÍA DEL MARTES SANTO 2026.

El pasaje del Evangelio de Juan que acabamos de leer, describe la última cena de Pascua de Jesús con sus discípulos, un relato que presenta por un lado la traición de Judas y por otro la negación de Pedro. Estos dos hombres parecen grandes amigos de Jesús; Pedro era uno de los tres que Jesús siempre tomaba en cuenta en los momentos importantes y Judas era «el encargado de la bolsa». Pero las posibilidades de perversión del corazón humano son realmente muchas. Ciertamente, de entrada, no podemos justificar ni a uno ni a otro... ¡No estábamos allí! Pero los pasajes evangélicos que vendrán a continuación nos hablarán del arrepentimiento de Pedro que lloró amargamente luego de darse cuenta de lo que hizo y de la actitud de Judas, cuyo garrafal error no fue sencillamente haber entregado a Jesús, sino no ver el amor, que de todas formas ahí estaba y ahí siguió siempre, porque el amor de Dios que se encarna en Jesús es permanente e irrevocable.

Seguro Judas no buscaba a Jesús como Dios, Judas buscaba prestigio, éxito, publicidad en el mundo... ¡Qué privilegio ser de los doce y asegurarse un futuro! Pero ese futuro no llegaba, Jesús dejaba que los suyos gastaran el dinero como su amiga María en perfumes caros. En Judas no había trascendencia, no había sentido. El sociólogo y filósofo alemán Hartmut Rosa, figura clave de la «nueva teoría crítica"» y conocido por analizar la «aceleración social», dice que una de las razones de nuestra hambruna temporal, es que damos mayor valor a la vida en la tierra, que a la vida después de la muerte. Si no creemos en esta, tenemos que vivir aquí y ahora, y el tiempo se acaba.(1)

La única manera de prevenir el buscar quedarnos instalados en este mundo —como parece ser que Judas quería— es reconocer nuestras faltas y llorar como Pedro para sumergirse en el amor de Jesús Preparemos nuestros corazones junto a María santísima, que en silencio y siempre fiel, seguía los últimos momentos de su Hijo Jesús, para entrar con él en este Triduo Pascual, durante el cual recordaremos todo lo que Jesús tuvo que sufrir por nosotros para que nos quedara claro lo que es el Amor. Con razón a la Virgen se le llama: «Madre del Amor Hermoso».

(1) Tania Sánchez, “Filosofía para todos los días”, Ed. Paidós, Ciudad de México 2025, pp. 86-87.

Padre Alfredo.
Martes Santo 2026.

HOMILÍA DEL LUNES SANTO 2026

La historia de la unción en Betania va mucho más allá de un simple recuerdo. Hemos de ver en el gesto de María algo permanente, simbólico y modélico, pues parece adelantarse al momento de querer ir a embalsamar el cuerpo inerte de Cristo luego de que muera.

Juan nos cuenta que, por la unción, toda la casa se llenó de la fragancia del perfume (Jn 12,3). Eso nos recuerda una frase de san Pablo: «Porque somos para Dios permanente olor de Cristo» (2 Cor 2,15). Cristo se irá a la derecha del Padre, pero nosotros, a pesar de nuestra miseria, de nuestra pequeñez y a veces de nuestra aparente ineptitud, le haremos presente. En nuestro testimonio de vida su presencia se esparcirá como el perfume de María, por toda nuestra casa común que es el mundo.

Junto a María, en esta escena conmovedora, se encuentra Judas, que se convertirá en el cómplice de la muerte: respecto a Jesús, primeramente, y también, luego, respecto a sí mismo. A esa unción contrapone él el cálculo de la pura utilidad, el materialismo, el costo de aquella fina loción. Pero, detrás de eso, aparece algo más profundo: Judas no era capaz de atender, de escuchar efectivamente a Jesús, y de aprender de él una nueva concepción de la salvación del mundo y de Israel. A pesar de estar junto al Maestro se había entrenado muy poco para prestarle atención. A veces puede haber gestos que parecen hablar de atención, pero no lo son. 

Qué diferente del gesto de Judas el de María, que gastó tal vez sus ahorros en un perfume caro para Jesús. La destacada filósofa, mística y activista francesa Simone Weil, tiene un libro que se llama «A la espera de Dios». En él dice que a veces pensamos que una persona pone atención porque frunce las cejas, contiene la respiración o contrae los músculos, pero en el fondo no prestan realmente atención, solo hacen eso, «contraen los músculos».(1)  Podemos pensar en el rostro de María que tal vez levantó las cejas desde el suelo para ver a Jesús en señal de cariño y pensemos también en el rostro de Judas que tal vez solamente frunció el ceño como signo de desilusión sin atender a nada. 

Dejémonos mirar por la Virgen, ella ve si fruncimos el ceño como Judas o su levantamos la mirada desde abajo para ver también nosotros a Jesús. 

Padre Alfredo.
Lunes Santo 2026.
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Simone Weil, “A la espera de Dios”, (1942) [ePub], p. 50. El texto literal dice: «Muy a menudo se confunde la atención con una especie de esfuerzo muscular. Si se dice a los alumnos: “Ahora vais a prestar atención”, se les ve fruncir las cejas, retener la respiración, contraer los músculos. Si pasado un par de minutos se les pregunta a qué están prestando atención, no serán capaces de responder. No han prestado atención a nada. Simplemente, no han prestado atención, han contraído los músculos.»

domingo, 29 de marzo de 2026

HOMILÍA DEL DOMINGO DE RAMOS 2026

Queridos hermanos:

Hemos iniciado nuestra celebración en la plaza unidos a la muchedumbre de discípulos que acompañaron al Señor en su entrada en Jerusalén. Como ellos, nosotros también ensalzamos con nuestras palmas al Señor. En esta procesión recordamos que Cristo es nuestro Rey: profesamos su realeza fundada en su misericordia. Celebrándolo a él, nos llenamos de esperanza como peregrinos en esta tierra que juntos, en sinodalidad, atravesamos hasta nuestra eterna que es la Jerusalén celestial. 

Este Domingo nos abre las puertas de la Semana Santa que envuelve los días en los que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la Cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo a sí a la humanidad de todos los tiempos ofreciendo a todos el don de la redención. Sabemos por los evangelios que Jesús se había encaminado hacia Jerusalén con los doce, y que poco a poco se había ido sumado a ellos una multitud creciente de peregrinos como recordamos al inicio de nuestra celebración.

La liturgia de la palabra de este día, une a la procesión de los Ramos la lectura de la pasión de Nuestro Señor en el Evangelio, este año tomada de san Mateo que recalca la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén como el cumplimiento de las profecías mesiánicas, destacando su naturaleza humilde y su identidad como rey servidor antes de entrar en su pasión.

El crítico literario alemán más importante de la primera mitad del siglo XX, el filósofo Walter Benjamin, dice en su libro El Narrador, que «cuanto más olvidado de sí mismo está el que escucha, tanto más profundamente se imprime en él lo escuchado» (1).  Yo espero que hayamos escuchado con atención para que se imprima en nuestros corazones el sello de la Pasión que nos lleve a tomar la decisión de acoger al Señor y de seguirlo hasta el final, haciendo de su Pascua de muerte y resurrección el sentido mismo de nuestra vida de cristianos. 

Pidámosle a la Virgen, la Madre que escuchaba y guardaba las cosas en el corazón, que nos ayude a abrir nuestros corazones para que, siguiendo a su Hijo en su Pasión, nos convirtamos en auténticos peregrinos que no solo aplaudan a Cristo como la muchedumbre que luego lo dejó, sino que caminemos a su lado en todo tiempo y lugar.

Padre Alfredo,
Domingo de Ramos 2026. 
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1.   Walter Benjamín, “El Narrador”, Ed. LibroDOT.com [PDF], p. 6.

domingo, 8 de marzo de 2026

TERCER DOMINGO DE CUARESMA Y EL MENSAJE DE CUARESMA DEL PAPA LEÓN XIV

Preparando la homilía para este domingo, me vino la idea —inspiración, confío— de unir algunos fragmentos del mensaje de Cuaresma del papa León XIV con la liturgia de la palabra de la misa. El papa inicia su mensaje recordándonos que «todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe —dice el papa— un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, me vino muy bien este domingo, con la lectura del Evangelio de la Samaritana como una ocasión más que propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

La primera lectura de este domingo muestra cómo el pueblo se enfrenta a Moisés a consecuencia de la sed que padecen en el desierto. Su reacción revela que prefieren la esclavitud con el estómago lleno antes que la libertad envuelta en incertidumbre. Esta manera de reaccionar no deja de ser un reflejo del miedo que siempre trae consigo la vida cuando el horizonte se muestra especialmente árido. Sin embargo, desde ese abismo de ansiedad, frustración y absoluta desconfianza es desde donde se experimenta, como el pueblo de Israel, que Dios no mira desde la distancia, sino que se acerca y nos escucha.

Dios mismo, en este bellísimo libro del Éxodo, —nos recuerda el papa— «se había revelado a Moisés desde la zarza ardiente, muestra de que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor” (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud», aunque estos hijos rebeldes, como mucha de la gente que nos rodea, no quiera escuchar.

Dios se manifiesta y precisamente en lo que nos parece estéril, difícil o inaccesible, como una roca. Pero Dios no es un mago que elimina el obstáculo, Él, escuchando nuestro clamor,  es una fuente que surge desde dentro mismo de la situación y aún de entre la roca . Porque Dios es la fuente de agua viva que, como promete a la samaritana del Evangelio de hoy, brota desde nuestra dureza y nos impulsa a abrazar el futuro con una esperanza activa.

En la segunda lectura de este domingo, san Pablo quiere trasmitir qué efecto produce en el ser humano el amor de Dios. Y para llevar a cabo su propósito, recurre a lo que Dios mismo ha realizado a través de Jesucristo. El Apóstol hace ver que toda la iniciativa  parte de Él; es decir, está en las manos de Dios. Y aunque a priori cueste un poco entenderlo desde nuestros cálculos mentales, la muerte de Jesús en la cruz es la máxima expresión visible de ese amor que Dios siente —sin hacer excepción alguna— por toda la humanidad. Por ello, lo ocurrido en la cruz se convierte en la acción indiscutible de nuestra paz con Él.

En Cuaresma, de una manera muy particular, hemos de avanzar contemplando en la Cruz nuestra comunión con el Señor, porque la cruz de Cristo nos hace descubrir el valor del sacrificio, del ayuno, de la penitencia. El papa León, en su reflexión, nos recuerda también que el ayuno no es solamente un dejar de comer, sino que debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana», porque eso nos hace no querer hacer a un lado la cruz. Bien dice la Venerable Madeleine Delbrêl que «para adquirir la nacionalidad cristiana, hay que haber sufrido al menos un poquito» (16 de octubre de 1954).

El Santo Padre nos invita a vivir una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada: «La de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo». El Papa dice: «Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz».

Finalmente voy al Evangelio, en este hermosísimo pasaje de la Samaritana que ocurre junto a un pozo, cosa que no es ninguna casualidad; y porque se trata, nada más y nada menos, que del pozo de Jacob: todo un símbolo de la tradición y de la Ley. El papa nos recuerda que en la Escritura, se subraya el ayuno, unido a la Ley. Por ejemplo —afirma el papa—, «cuando se narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, disponiéndose a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Además, el hecho de que la conversación gire en torno al agua nos pone sobre la pista de que nos encontramos ante un texto —y no hay que olvidar que estamos en el Evangelio de Juan— que busca transmitirnos un mensaje de nuevo nacimiento, es decir, un nuevo comienzo por medio del Espíritu.

Así, el Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma, nos indica que este comenzar de nuevo se hace realidad en la samaritana: esa mujer cuya vida estuvo marcada por incesantes búsquedas frustradas y naufragios afectivos, y que acabó viciando su relación con Dios como inevitable resultado de tantos desencantos. Su existencia y su vivencia de lo religioso estaban inmersas en un pozo de aguas muertas, o dicho de otra manera, en un caudal estancado que ya no servía siquiera para refrescar en el bochorno más pesado.

Sin embargo, precisamente desde esa sequedad y estancamiento es desde donde Jesús va a tomar la iniciativa. Su ofrecimiento de una nueva búsqueda para descubrir un agua distinta no solo sorprende y destantea a la samaritana, sino que poco a poco le va haciendo salir de su superficialidad y le hace sentir sed de profundidad espiritual. Así se desarrolla un diálogo maravilloso entre Jesús y esta mujer. De hecho el Santo Padre enfatiza, en este mensaje de Cuaresma, que la conversión a la que estamos llamados no se alcanza solos, sino en una invitación «a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación».

Por ello, esta mujer no necesitará el cántaro. Porque una vez que ha comprendido que todo lo que llevaba buscando durante tanto tiempo se encuentra en su interior, ese cántaro se ha convertido en un peso y un estorbo que es preciso dejar atrás. Fray Luis de Granada, en uno de sus sermones de Cuaresma, nos dice que el hecho de dejar el cántaro supone «la valentía de salir corriendo a predicar la gloria de Cristo el Señor». Y es que el cántaro simboliza todo aquello que nos ata a una religiosidad vacía e idólatra, que nos aleja del Dios vivo que es capaz de transformarlo todo. Recuerdo, viendo esto de «una religiosidad vacía e idólatra» que dice el Papa, cómo monseñor Santiago Cavazos, cuando era yo un muchacho ya decido a ingresar al seminario nos decía: «La Iglesia, si sigue así, enfriándose lentamente, se va a convertir en una Iglesia de “cumplimiento”, y la palabra cumplimiento tiene dos partes: “cumplo” y “¡miento!”, así irá viniendo a menos. Nosotros tendremos mucho qué hacer». 

Que durante este tiempo de Cuaresma seamos mendicantes de esa «agua viva» que nos propone Jesús en el Evangelio de hoy. Que tengamos el coraje de dejar nuestros cántaros a un lado y nos dejemos embriagar con la frescura de este mensaje que el Papa termina así: «Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.»

¡Que la Virgen, siempre dócil a cada llamada del Señor, nos ayude!

Padre Alfredo.

martes, 24 de febrero de 2026

DISCURSO EN EL LVII ANIVERSARIO DEL SINDICATO DE LOS TRABAJADORES DEL MUNICIPIO DE SAN NICOLÁS DE LOS GARZA, N.L..


Distinguidas autoridades, muy estimados miembros del sindicato:

El trabajo es una parte necesaria de la vida en la tierra que brinda el medio de proveer para toda familia. Dios requiere que los padres y las madres de familia provean para sus hijos. El padre y la madre, como compañeros iguales, en una sociedad en constante desarrollo, están obligados a ayudarse el uno al otro.  

El privilegio de trabajar es un don, el poder trabajar es una bendición y el amor por el trabajo es un reflejo de la gratitud que debe estar grabada en el corazón. Desde el inicio de la creación, según narra el libro del Génesis, el Señor le mandó a Adán que cultivara la tierra, ejerciera dominio sobre las bestias del campo y se ganara el pan con el sudor de la frente.  

Jesús, en el Evangelio, es conocido como el hijo del carpintero y él mismo aparece como carpintero —«tekton» en griego, que se traduce también como obrero—. De esta manera se entiende que él pasó la mayor parte de su vida en la tierra como artesano en Nazaret, lo que convierte al trabajo en una actividad bendecida y un medio de santificación. 

Es evidente que Cristo no pudo haber trabajado solo, junto a él y a José su padre en la tierra, debe haber habido otras personas que, como ellos, desempeñaban un trabajo determinado que les llevaba a asociarse libremente por razón de sus ocupaciones, a fin de que se les garantizaran todos los bienes a los que el trabajo debe dirigirse. La unidad, la solidaridad, la asociación, es uno de los derechos fundamentales de la persona, del derecho del hombre en cuanto sujeto propio del trabajo que «dominando» la tierra —por usar palabras bíblicas— cabalmente por medio del trabajo; quiere al mismo tiempo que en el ambiente de trabajo y en la relación con éste, la vida humana en la tierra «sea verdaderamente humana» y «cada vez más humana» como afirmaba el recordado San Juan Pablo II. 

Los sindicatos, ustedes lo saben bien, tienen una historia bastante larga. Pienso que cada uno de ustedes tienen claros los deberes que comporta ser miembro de un sindicato y que son de una enorme importancia. El sindicato les ayuda a velar por la necesidad de que queden plenamente garantizadas la dignidad y eficiencia del trabajo humano a través del respeto de todos los derechos personales, familiares y sociales de cada hombre, el cual es agente de trabajo. En este sentido dichos deberes tienen un significado fundamental para la vida de toda la sociedad y en concreto, en este caso, de nuestro municipio para el bien común de todas las familias.  

En este encuentro con ustedes, que en los últimos años el Buen Dios me ha permitido tener para expresar el acompañamiento que la fe quiere dar a cada uno y a cada una, deseo además de saludarlos, invitarlos a orar juntos, a dar gracias al Creador y a pedirle que los siga guiando por la justicia y el amor, dejándose guiar por el bien de San Nicolás. Les invito a que de forma libre, quienes gusten se pongan de pie y me acompañen desde lo más hondo de su corazón con la oración que muchos, desde nuestras distintas confesiones cristianas conocemos y nos une en una especie de sindicato de los hijos de Dios: Padrenuestro... 

Padre Alfredo.
San Nicolás de los Garza, N.L.
24 de febrero de 2026.
Día de la bandera de México.

viernes, 13 de febrero de 2026

HERMANA ESTELA GONZALEZ ALMARÁZ... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo

El 11 de abril de este 2022 falleció la hermana Misionera Clarisa Estela González Almaráz, una misionera que pasó gran parte de su vida consagrada en los Estados Unidos y a quien conocí en 1984 y seguí viendo en múltiples ocasiones hasta hace 4 años. En estas líneas quiero compartir con ustedes, basado en la crónica de su vida que hacen nuestras hermanas cuando una de ellas fallece, algo de su vida.

La hermana Estela, cuyo nombre completo es María Estela Guadalupe González Almaraz, nació en Monterrey, Nuevo León, México el 11 de diciembre de 1940 y fue miembro de una familia católica en donde aprendió los valores de la vida cristiana que supo siempre desarrollar en su vida consagrada y en los que su familia de sangre vive hasta la fecha. Tengo el gusto de conocer a dos de sus hermanas yen especial a su sobrino sacerdote Anuar, un buen amigo que ejerce su ministerio como párroco en la arquidiócesis de Monterrey.

Estela ingresó a la comunidad de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 19 de marzo de 1960 en Cuernavaca Morelos, México, en donde se encuentra la Casa Madre de la comunidad y en donde fue recibida por la Madre Teresa Botello Uribe —fiel colaboradora de la madre fundadora y de feliz memoria también— y allí mismo, el 27 de febrero del año siguiente, 1961, inició su etapa de noviciado para luego profesar los votos de pobreza, castidad y obediencia de manera temporal el 15 de agosto de 1963. Tanto su inicio de noviciado, como su profesión perpetua, las hizo ante la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, fundadora y superiora general de la congregación.

Inmediatamente después de hacer su profesión temporal, fue enviada los Estados Unidos en donde desde 1965 hasta 1975 fue maestra en la escuela de la parroquia de Santa Bárbara. De 1975 a 1982 fue maestra de primaria en la escuela Nuestra Señora Auxilio de los cristianos en Los Ángeles, California y a partir de 1984 fue directora de la misma hasta que en 1994 recibió su cambio a la ciudad de Roma, Italia para colaborar en diversas actividades de casa —tarea a la que la beata María Inés llamaba «vida de Nazareth».

Yo la conocí cuando era directora de la escuela de Nuestra Señora Auxilio de los cristianos. Recuerdo que en mi primer visita a Los Ángeles ella me enseñó la escuela con lujo de detalles y con el amor que le caracterizaba a las encomiendas que le daban. Le dio mucho gusto saber que yo era su paisano y que era amigo de su hermana Cecy. Yo en ese entonces me disponía a continuar mi formación como novicio en Roma, Italia. Esa vez compartí con ella y con la comunidad de esa casa de Los Ángeles que ya no existe, un día de visita que dejó, como siempre que visito a mis hermanas Misioneras Clarisas, una gran enseñanza y el gozo de compartir el gozo de vivir la vocación a la vida consagrada.

En el año de 1996, la hermana Estela se incorporó a la comunidad de Misioneras Clarisas en Monterrey, Nuevo León su tierra natal, para colaborar en el Colegio Isabel La Católica. Allí también la traté en varias ocasiones. En el año 20000 regresó nuevamente a la escuela Nuestra Señora Auxilio de los Cristianos y permaneció allí hasta el año 2009 cuando se cerró la comunidad de los Ángeles y fue asignada a la comunidad de Sylmar allí mismo en California, para realizar diversos trabajos de traducción de español al inglés. Allí también hizo mucho apostolado, pues se dedicó a la catequesis de adultos.

Fue una hermana muy culta, muy educada, muy humilde y sencilla. Podemos decir que fue un alma que contagiaba de alegría a quienes estaban a su alrededor gracias a su carácter y a su perene alegría. En todos los lugares de misión se distinguió por ser una mujer muy trabajadora, generosa y responsable en todo lo que se le encomendaba, aunque gran parte de su vida la dedicó a la enseñanza de la niñez y la juventud. Sus compañeros maestros, los padres de familia y los diversos colaboradores la querían mucho por las «puntadas» que se le venían. La expresión «puntada», se utiliza en Monterrey para referirse a una frase coloquial como comentario o acción ingeniosa, divertida o inesperada.

Precisamente, en Monterrey, muchas exalumnas del colegio Isabel La Católica recuerdan a Estela por su destacada colaboración en la coordinación del departamento de inglés, donde, en inglés o en español, no perdía la oportunidad de dar buenos consejos, de estar al pendiente de la vida de fe de quienes colaboraban con ella dejando en todas las almas un mensaje de paz en una alegre convivencia.

Ciertamente, a pesar de ser tan ocurrente y amena, era una mujer de carácter fuerte y decidido que empleó para salir adelante en todo lo que se le pedía, combinando esto con su nobleza de corazón, sencillez y espontaneidad, cosa que le ayudó a conquistar muchos corazones y a dejar en ellos «el dulce olor de Cristo» (2 Cor 2,15).

Las hermanas más jóvenes de las Misioneras Clarisas que en sus últimos años convivieron con ella,  contaban que las llenaba de alegría y les dejaba un testimonio de amor y gozo por su consagración de vida que transmitía por medio de su sonrisa siempre auténtica.

Mientras le fue posible enseñó a las hermanas y en especial a un servidor en mis años en California, lo que ella había aprendido como docente. Como sacerdote, a la hora de la predicación, pude aplicar mucho de eso. En especial recuerdo como con sencillez me enseñaba incluso las «bad words» en inglés, para que los jóvenes de la parroquia no me agarraran en curva con el uso de esas palabrotas, que solo me sabía en español como buen regio. 

Como sacerdote, conocí mucho de lo que había en su corazón de mujer consagrada. Manifestaba siempre un profundo amor a Nuestro Señor y fielmente se esmeraba por no descuidar sus deberes como religiosa manteniéndose siempre fiel en su vida sacramental y en sus unión a Jesús eucaristía, especialmente en las horas de adoración al Santísimo Sacramento. Gustaba mucho de rezar el santo rosario de escuchar diversas reflexiones.

Ya mayor y habiendo sido alcanzada por la enfermedad, ofrecía todo y sufría las consecuencias de la enfermedad con paciencia. En su enfermedad fue dócil y humilde a las indicaciones que le daban los médicos y las hermanas responsables del cuidado de su salud. La diabetes fue su compañera por varios años y a pesar de que se fue agravando, se esforzaba por estar en todos los actos de comunidad. Su sobrino sacerdote, el buen Anuar, que vive en Monterrey, pudo viajar para verla en sus últimos días y agradecerle tantas y tantas oraciones que por él hacía. 

Su salud empezó a declinar a partir del año 2019, cuando tenía que ser constantemente internada en el hospital o en casas de convalecencia para recibir una mejor atención médica. En todo momento fue atendida por las hermanas a quienes recibía siempre con la alegría y sencillez que la caracterizaban. Así fueron sus tras últimso años de vida hasta que el domingo 3 de abril del 2022, en medio de la pandemia que azotaba al mundo, avisaron a las hermanas del hospital Católico de San José de la ciudad de Burbank en california, que su estado de salud era delicado. El día 11 por la mañana tuvo una muy leve mejoría y por la tarde de ese mismo día le empezó a bajar considerablemente la presión arterial y le faltó el oxígeno.

Acompañada de familiares y hermanas de la comunidad, mientras rezaban con ella y cantaban a la Virgen el canto «Un día yo iré, al cielo patria mía» abrió sus ojos y miró hacia arriba sin parpadear y  con una mirada llena de luz. Después del canto rezaron con ella la coronilla a la divina misericordia y se le fueron cerrando los ojos lentamente hasta quedar como dormida.

Confiamos en que la hermana Estela, por su vida hecha donación con alegría, haya entrado en la luz gozosa de Dios, en la casa del Padre y, con su ejemplo de vida, sintámonos nosotros llamados a trabajar para que nuestra vida sea realmente luminosa como la de ella, llena de la luz del amor, de apertura, de atención a los demás, porque solamente así habrá merecido la pena —ante Dios, ante los demás hombres, ante nosotros mismos— haber vivido.

Padre Alfredo.

Este video que se muestra a continuación, muestra a la hermana Estela en sus últimos años de vida. ¡Vale la pena verlo!

viernes, 6 de febrero de 2026

«EL OBISPO, SU SER Y QUEHACER»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy amanecí con la inmensa alegría de que mi compañero de seminario, amigo, padrino de ordenación diaconal y obispo de la diócesis de Matehuala, Mons. Margarito Salazar Cárdenas, ha sido elegido por el Papa León XIV para ser de ahora en adelante obispo de Tampico Tamaulipas. ¡Acabo de colgar el teléfono para congratularme con él y ofrecerle mis oraciones! Sé que con él Tampico se ha sacado la lotería, luego de que Mons. José Armando Álvarez Cano, antiguo obispo de Tampico, fuera nombrado arzobispo de nuestra querida diócesis de Morelia, en donde está nuestro noviciado y misión en el poblado de El Tigre, en la sierra michoacana. Un obispo en su diócesis actúa como maestro, pastor y santificador, siendo el líder que enseña la fe y preside la vida sacramental. Él gobierna pastoralmente su territorio, organizando parroquias, nombrando sacerdotes y cuidando de los fieles laicos y los consagrados, especialmente los necesitados, todo en comunión con el Papa y el magisterio de la Iglesia. 

A la luz de esto —a sabiendas de que mi reflexión hoy será casi tan larga como la Cuaresma que ya esta a la puerta— me viene compartir hoy un poco de las cosas prácticas que hace un obispo recordando que varias veces me han lanzado la pregunta. Un obispo —un arzobispo es lo mismo, con la diferencia que el arzobispo funge también como coordinador de una provincia eclesiástica, o sea un conjunto de diócesis— predica la Palabra de Dios y defiende la doctrina católica, explica las verdades de la fe y promueve el diálogo como responsable de la evangelización de su diócesis. Es el principal administrador de los misterios de Dios, administra los sacramentos de la confirmación y ordena sacerdotes y diáconos. En la Misa Crismal es él quien bendice los óleos sagrados para los sacramentos. Como pastor de su diócesis, guía a su rebaño organizando la vida pastoral, estableciendo parroquias y nombrando párrocos. Cuida la formación y el bienestar de sus sacerdotes y visita periódicamente las comunidades. El obispo es un vínculo para la sinodalidad de la Iglesia, porque representa a Cristo y es un signo de unidad para la diócesis, en comunión con la Iglesia universal y el Papa. El obispo es padre y mentor espiritual de sus sacerdotes y laicos. En resumen, el obispo es la cabeza visible de una Iglesia local, con la plenitud del sacramento del Orden, encargado de velar por la doctrina, la liturgia y la disciplina de su pueblo, como un verdadero pastor que da la vida por sus ovejas.

Pero la vida de un obispo, como la de todo ser humano, es a veces muy compleja, a todos se nos torna muchas veces difícil, se van sucediendo situaciones que nos cuesta comprender, muchas veces cosas que nos parecen absurdas, insensatas y contradictorias del mundo que nos rodea y camina a la deriva de Dios, lejos de él muchas veces. Ese es el gran reto de un obispo, de un sacerdote, de un consagrado y de cualquiera de los fieles laicos que quiera hacer presente a Cristo a su alrededor. Eso em recuerda el evangelio de hoy, en el que san Marcos, en el capítulo 6 nos narra el martirio de Juan el Bautista, aquel profeta del desierto a quien a Herodes le gustaba escuchar pero sin sentirse comprometido a cambiar de vida. Marcos nos relata todo lo sucedido en aquel cumpleaños y fiesta de Herodes. Su euforia con sus juramentos ofreciendo hasta la mitad de su reino a la hija de Herodías que tan magníficamente les había alegrado la fiesta con el baile. —¡Pide la que quieras! Le dijo. Ella instigada por su madre pidió la cabeza de Juan Bautista. Los que nos sabemos discípulos–misioneros de Cristo caminamos muchas veces junta vidas llenas de superficialidad y de vanidad como la de Herodes y su corte. Como Juan el Bautista y como Pablo Miki y sus compañeros mártires a quien celebramos hoy —martirizados junto a san Felipe de Jesús— hemos de establecer muy bien nuestra vida en unos valores que nos den profundidad y nos den certeza de alcanzar la salvación para nosotros y para muchos aunque el precio aquí en este mundo sea dar la vida. Dejémonos envolver por el evangelio de manera que empape totalmente nuestra vida, pidamos a María Santísima que nos ayude para que de nuestra vida comprometida broten por gracia frutos de vida eterna. ¡Felicidades querido monseñor Margarito y bendecido viernes para todos!

Padre Alfredo.

miércoles, 4 de febrero de 2026

En el examen del catecismo...

Después del examen de catecismo, el padre Rigo llamó a Jaimito y le dijo: —Jaimito: ¿no te da vergüenza haber copiado íntegramente el examen de Mariana? —Usted no puede demostrarlo padre, le respondió el niño, y además... ¡por qué dice que copié de Mariana? —Sí que puedo demostrar que copiaste de Mariana, porque todas las respuestas de ustedes dos son iguales, excepto la número 10, donde ella respondió «no sé» y tú pusiste «yo tampoco». 

domingo, 1 de febrero de 2026

Valor ante el sacrificio, el dolor, la Cruz.

El sufrimiento, la pena y el dolor, siempre acompañan la Vida el hombre y la mujer de Dios. Una pequeña muestra de esto es esto que el profeta Jeremías expresa dejándonos ver su sentir: «¿Por qué mi dolor no acaba nunca y mi herida se ha vuelto incurable? ¿Acaso te has convertido para mí, Señor, en espejismo de aguas que no existen?» (Jer 15,18). Jeremías dice que el Señor le respondió: «Si te vuelves a mí, yo haré que cambies de actitud… seguirás siendo mi profeta»... es decir, el Señor seguirá estando con Jeremías siempre, en medio del dolor y de la adversidad, en medio de los fracasos y las crisis por las  que todo ser humano puede atravesar.

El Señor es fiel y abrazó él mismo el dolor... la cruz. La cruz de la pobreza y de la soledad: «El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza»... «¿No han podido velar conmigo?».   

La cruz de la incomprensión de los que tenía más de cerca: «¿También ustedes van a dejarme?». «¿De qué venían discutiendo por el camino?». La cruz de la traición del apóstol: «¿Judas, con un beso entregas al amigo?» La cruz de la crítica del pueblo: «Este come con pecadores y prostitutas»...

Nuestro Dios es siempre fiel y sabe de penas, de abandono y de desierto. Su bondad da un sabor especial al sufrimiento y al sacrificio y cada día se entrega por nosotros en oblación, en un sacrificio que se realiza incesantemente en todo el mundo: La Eucaristía, el sacrificio de amor por excelencia en el que nuestro Dios se nos da por completo dejándonos su Cuerpo y su Sangre quedándose con nosotros para siempre.

Quien le encuentra, halla un tesoro; quien le descubre, le valora más que una perla de gran valor. En medio de las dificultades y de los problemas de toda vida de dedicación a Dios, el padre Pedro Julián Eymard, uno de los santos no muy conocidos, encontró en la Eucaristía la fuerza y el sostén de su incansable ministerio sacerdotal. En la Eucaristía, san Eusebio de Vercelli encontró eso mismo que también Nuestra Madre la Beata María Inés gustó: «La Eucaristía, fuerza y sostén de mi alma».

Cada vez que celebramos la Eucaristía, Jesucristo viene a nuestro encuentro para darnos valor ante el sacrificio, el dolor, la Cruz. Cada vez que participamos en este banquete, la llamada a darlo todo también nosotros, se hace nueva y nos invita a reestrenar la vocación.

La Virgen Madre, a quien contemplamos en una advocación especial y la llamamos «Nuestra Señora de los Dolores» y también «La Virgen de la Soledad», está a nuestro lado y con una discreta sonrisa en medio de este valle de lágrimas nos da la clave para perseverar con amor y avanzar de la Cruz a la luz. Ella, dirigiéndose a Cristo nos dice: «Hagan lo que Él les diga». 

Padre Alfredo.

Josefina Kato... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XC

Hace muchos años, el 18 de Febrero de 2010 a las siete de la mañana llegó el Esposo Divino por una de nuestras queridas hermanas Misioneras Clarisas, la hermana Josefina Kato Sadako a quien ahora quiero recordar y compartir algo de su vida con ustedes, mis queridos lectores. 

La Hermana Josefina fue una misionera japonesa incansable que tuve la dicha de conocer por allá en los años ochentas. Sus últimos días de vida fueron difíciles, pues padecía de Alzheimer y se encontraba internada en un centro especial muy cerca de la casa de nuestras hermanas en Karuizawa. Allí duró varios años. Siempre se caracterizó por su amabilidad y por una caridad exquisita. Se puede decir que fue una misionera a tiempo y a destiempo. Una de las características que más la distinguía era la sonrisa, una sonrisa perenne al estilo de nuestra Beata Madre Fundadora, incluso cuando ya permanecía atrapada por esa incomprensible enfermedad. 

La hermana pasó muchos años de su vida consagrada en la misión de Ota, en su tierra nata, dedicada, como la mayor parte de su vida, a la catequesis. En las diferentes misiones a donde la obediencia la envió, fue instrumento del que Dios se valió para invitar a algunas de nuestras hermanas japonesas a la vida consagrada. 

De una manera muy particular, la hermana Kato —como le llamaban de cariño— conjugaba la educación sobrenaturalizada con una sin igual simpatía que hacía a todo mundo pasar un rato agradable con sabor a recreación pero aprendiendo, a la vez, a vivir para Cristo. Era una persona muy positiva y emprendedora que en el corazón de todo el que convivía con ella, dejaba un olor a entrega, a bondad, a fervor y un gran deseo de que Jesús y su Madre Santísima fueran conocidos, pues su celo por la salvación de las las almas era tan grande, que aún cuando empezó a perder sus facultades por el Alzheimer, en el centro en donde estaba como interna, se ponía a evangelizar a como podía.

Nuestras hermanas religiosas cuentan que en una ocasión, cuando la fueron a visitar, los miembros del personal del centro —algunos de ellos obviamente budistas— les hicieron varias preguntas sobre la Biblia, sobre Cristo, sobre la fe cristiana. Allí logró fundar un grupo de personas de las mismas enfermas que estaban internadas, para hablar de la Fe católica. A la gente le gustaba escucharla...y hasta se hizo famosa por lo que al grupo le pusieron «El Club de la Hermana Kato». Así, junto a los clubs de Origami —figuras de papel doblado— o de música, de canto, tejido y otros, Jose no perdiendo oportunidad... ¡también hizo su club!

Las dos últimas semanas de su vida, estuvo en el hospital. Tuvo que ser trasladada al nosocomio pues aunque ya no padecía dolor por el avanzado grado de su enfermedad, empezó a tener problemas respiratorios, y al examinarla le descubrieron que tenía cáncer en los pulmones. Ya pasaba mucho tiempo en que la mayor parte permanecía dormidita, y fue así que, ya en el hospital, se fue apagando como un cirio esperando la llegada de su Señor.

Las Misioneras Clarisas de la comunidad de Karuizawa estuvieron a su lado para atenderla con mucho amor y dedicación en esos sus últimos días, hasta que llegó el momento del desenlace final en el que la el Esposo Divino llegó por ella, que estaba tan preparada como las diez vírgenes prudentes del evangelio, ya que desde el día en que la hospitalizaron, había recibido el sacramento de la Unción de los enfermos. 

Siempre, mientras pudo hablar, aún sin reconocer muchas cosas, se le escuchaba dar las gracias por todo. Murió en una hora muy particular acompañada de su superiora, la hermana Clara Yamazaki, porque, en ese momento, todas las demás misioneras de aquellas tierras del Sol Naciente, asistían a la Santa Misa en nuestras respectivas casas.

Les invito a que ahora que he recordado a nuestra querida hermana Josefína Kato, demos gracias al Señor por el regalo tantas hermanas, misioneras incansables, que han dejado en este mundo, unas huellas que son, sin duda alguna, las huellas de Cristo. Me viene ahora unas palabras de nuestra amada Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, la iniciadora e inspiradora de esta gran Familia Inesiana de la que muchos formamos parte: «Jesús dulcísimo, que me has amado tanto y que quieres mi bien, y no te cansas de instruirme, se han abierto sobre mi alma esas claridades que sólo pueden dimanar de tu amor misericordioso, me has sumergido en ellas y, humillándose mi alma, ha comprendido, ha aceptado, ha amado».

Padre Alfredo.

LOS PROBLEMAS SOCIALES...


En alguna forma y de alguna medida, todos somos responsables de los problemas sociales. No basta al alimentarnos con la tranquilizante teoría de que ninguna persona es responsable del efecto total de los problemas sociales y que a mí no me toca resolver eso... Todos estamos involucrados.

«CHIQUITO PERO PICOSO»... Un pequeño pensamiento para hoy

Febrero es especial por ser el mes más corto del año, por tener el día 2 la fiesta de la Candelaria, el recuerdo de la presentación del Señor en el Templo en donde se celebra la Jornada de la Vida Consagrada. El primer domingo de este mes se celebra en México una fiesta tradicional en torno a una bebida antiquísima que se sigue consumiendo sobre todo en la capital mexicana: el Día del Pulque; la conmemoración de la Constitución mexicana el 5 y el Día de la Bandera el 24. Además en este mes nació el enigmático volcán Paricutín. Febrero tiene la particularidad de ser el mes bisiesto cada cuatro años. Se celebran también en este mes el Día Mundial de los Humedales el 2, el Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer el 4, el Día Mundial de las Legumbres el 10 el Día Internacional del Cáncer Infantil el 15 y el Día Internacional del Síndrome de Asperger el 18 de febrero; además contiene el Día Mundial de la Justicia Social el 20, el Día Internacional de la Lengua Materna el 21. Así que bien podemos decir como se estila en México: Febrero es un mes «chiquito pero picoso».

Este domingo, siguiendo con esto de «chiquito pro picoso», el evangelio nos lleva al pasaje del capítulo 5 de san Mateo en donde este escritor sagrado, inspirado por Dios, nos transmite «Las Bienaventuranzas». Las Bienaventuranzas son el camino de Jesús hacia la verdadera felicidad. No se trata de un conjunto de buenos deseos que no haya dejado Jesús, sino un programa de vida que se vive en lo pequeño y cotidiano —«chiquito pero picoso»— a través de actitudes como la pobreza de espíritu, la mansedumbre, la misericordia y la búsqueda de justicia, transformando la lucha de cada día en un conjunto de oportunidades para el Reino de Dios y la comunión con Él, contrastando con la búsqueda materialista del mundo que tiene a lo grande, a lo aparatoso, a lo espectacular y generando paz y alegría en el corazón, a pesar de los pesares.

La propuesta de las bienaventuranzas traza un movimiento singular: nace de lo pequeño, de lo chiquito de lo chiquito, de lo humilde, para convertirse también en una lucha en favor de los empobrecidos y pequeños de este mundo. Desde una perspectiva espiritual, solo quien se sabe pequeño experimenta la necesidad de Dios y puede dejar que entre en su vida. Los que participan de este espíritu, el de Dios, son bienaventurados —a pesar de las persecuciones—. Santa Teresita del Niño Jesús, hablaba de su «Caminito—, un sendero de santidad basado en la confianza absoluta en la misericordia de Dios y la aceptación gozosa de la propia debilidad, viéndola como una oportunidad para que el amor de Cristo actúe más plenamente, realizando las pequeñas cosas cotidianas con gran amor y por motivos sobrenaturales, como un niño que se abandona en los brazos de su Padre. Es un camino radical de amor sencillo que nos hace entender el sentido de las Bienaventuranzas y es accesible a todos. María de Nazareth también supo encontrar la dicha en lo pequeño: Belén, Nazareth, Caná... Qué Ella nos ayude a entender esto. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 31 de enero de 2026

LA BENDICIÓN DE LOS TAXIS Y MONSEÑOR LUIS MARÍA MARTÍNEZ...


En una ocasión invitaron al Siervo de Dios Luis María Martínez, arzobispo primado de México, a bendecir una flotilla de taxis de aquellos llamados "Cocodrilo" en Ciudad de México —en aquel entonces Distrito Federal—, en verdad muy numerosos; pasaban de un centenar. Cuando al llegar al sitio donde estaban estacionados, el jefe de los taxistas vio la botellita insignificante de agua bendita que cargaba monseñor, y exclamó: —"¡Huy! Monseñor, esa agua no le va a alcanzar ni para el primer taxi"... —A mí me invitaron para bendecirlos, no para lavarlos contestó.

viernes, 30 de enero de 2026

ANUNCIOS PARROQUIALES... para reír un poco


Alguien reunió 11 divertidos anuncios escritos en los pizarrones de avisos de algunas parroquias. Estos avisos son reales y, aunque fueron hechos con la mejor intención, su mala redacción les convierten en absurdos y al mismo tiempo geniales.

Anuncios Parroquiales:

1. Para los que tienen hijos y no lo saben, tenemos en la parroquia una zona arreglada para niños.

2. Esta noche el párroco dará la conferencia "El matrimonio cristiano: lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre". Para las mujeres a las 7:30, para los hombres a las 8:30.

3. Este viernes los monaguillos representarán la obra "Hamlet" de Shakespeare. Se invita a toda la comunidad a presenciar esta tragedia.

4. Estimadas señoras, ¡no se olviden de la tómbola de la kermés! Es una buena ocasión para liberarse de aquellas cosas inútiles que estorban en casa. Traigan a sus maridos.

5. Tema de la catequesis de hoy: "Jesús camina sobre las aguas". Catequesis de mañana: "En búsqueda de Jesús".

6. El coro de los mayores de sesenta años se suspenderá durante todo el verano, con agradecimiento por parte de toda la parroquia.

7. El campeonato de fútbol interparroquial se reanuda este sábado. ¡acompáñenlos a derrotar a "Cristo Rey"!

8. El precio del curso "Ayune con provecho" es de 120 pesos (almuerzo incluido).

9. Por favor, pongan sus limosnas en el sobre, junto con los difuntos que deseen que recordemos.

10. Recuerden que el jueves empieza la catequesis para niños y niñas de ambos sexos.

11. El mes de noviembre terminará con un responso cantado por todos los difuntos de la parroquia.

Riámonos un poco. 

jueves, 29 de enero de 2026

«Ver al Otro desde la luz de Cristo en nuestro corazón»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Según la tradición judía, dos rabinos debatían la pregunta: ¿Como sabemos cuando termina la noche y comienza un nuevo día? El primer rabino respondió: «La noche termina y comienza un nuevo día en el momento en el que puedes distinguir la diferencia entre un hilo azul y un hilo púrpura en el talit» —el talit es el manto de colores para orar en las mañanas—. El segundo rabino dijo: «La noche termina y el día comienza en el momento en que puedes reconocer la cara de tu hermano. Esto me viene a la mente por el texto evangélico que hoy nos propone San Marcos en la perícopa de este jueves tomada del capítulo 4 en los versículos del 21 al 25. En este texto se habla de la vela, que no debe ser puesta debajo de una olla o debajo de la cama.

Y es que esa vela, me hace ir a la presencia de Cristo en nuestro corazón, que, con la luz que irradia, nos hace poder ver a nuestros hermanos con los ojos del corazón, que son, según lo sabemos, los ojos de la fe. A Cristo, que es el mismo Dios, la «Luz indeficiente», lo hacemos presente cada año en un símbolo, en una gran vela que es el Cirio Pascual que encendemos la noche de la Vigilia Pascual, cuando toda la comunidad de hermanos está reunida abriendo el corazón para recibir a los nuevos bautizados. Cuando celebramos la Santa Misa, encendemos por lo menos dos velas junto al altar o sobre él, que incluso llegan a ser siete cuando preside un obispo, recordando los siete candelabros del Apocalipsis que son encendidos alrededor de Cristo. Cuando oramos por un enfermo o recibimos enfermos la Eucaristía en nuestra habitación, encendemos también un cirio, una luz que nos recuerda que el Señor no puede permanecer oculto, sino que, a través de nosotros, de lo que somos y hacemos, ha de alumbrar en su nombre a los hermanos.

San Pablo, en la Carta a los Colosenses, en el versículo 3 del capítulo 3 nos dice que «nuestra vida está escondida en Cristo». Es que, si nosotros, desde nuestra pequeñez, nos escondemos en la luz de Cristo, esa luz que brille en lo alto para alumbrar será la de él y entonces podremos decir como afirma el mismo Apóstol de las Gentes en la carta a los Gálatas en el capítulo 2, versículo 19: «Ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí». ¡Que maravilla poder ver al hermano desde la luz de Cristo en nuestro corazón! Un pequeño servicio, un momento de escucha, un favor regalado a alguien... nos hace reconocer, en la casa del hermano, al mismo Cristo. Que María nos ayude para que esa vela, en el corazón, no se apague ni se quede en lo escondido. Todo narcisismo apagará la mecha. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 28 de enero de 2026

«El Divino sembrador»... Un pequeño pensamiento para hoy

Desde el pasado lunes me encuentro en «La Perla Tapatía», como se conoce a Guadalajara, la ciudad mexicana que hace años me albergó un tiempo cuando colaboraba en la pastoral vocacional de esta inmensa y querida Iglesia arquidiocesana, cuna de tantos santos. Motivos de salud principalmente, son los que me traen hasta esta hermosa capital de Jalisco varias veces al año. Aquí el doctor Gustavo Orozco Aviña «me resetea» el corazón. Generalmente llego un día en la tarde, me atiende el cardiólogo al día siguiente y al tercer día por la mañana regreso. Hoy pude tomarme el día de hoy —los miércoles es mi day off— para estar en la «Casa del Tesoro», el espacio sagrado que alberga a nuestras hermanas Misioneras Clarisas de juventud muy acumulada y/o que han sido visitadas por la enfermedad.

Empezamos el día con la Santa Misa, en la que reflexionamos sobre el Evangelio de hoy (Mc 4,1-20) que nos vino como anillo al dedo o como polen para las abejas. La parábola del sembrador se nos hizo como una escena totalmente actual. El Señor no deja de sembrar esa buena semilla y a nosotros, que sabemos que somos los de dentro, los que formamos parte de ese grupo elegido, como aquellos que se quedaron en la escena solos con Jesús, nos explica Él mismo la parábola. En esta «Casa del Tesoro, la «buena semilla» sigue cayendo en tierra buena. Satanás no pudo arrebatar la semilla antes de ser sembrada, porque no cayó en la vereda. El terreno en el que se depositó no fue un terreno pedregoso en el que no pudiera crear raíces, porque la vida de cada una de estas hermanitas, como la de la Beata María Inés está bien enraizada. Esa «buena semilla» cayó en un terreno en el que no hubo espacio para las espinas de las preocupaciones innecesarias y las seducciones y deseos de lo mundano. La explicación termina diciendo que «los que reciben la semilla en tierra buena, son aquellos que escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha: unos, de treinta; otros, de sesenta; y otros, de ciento por uno». 

Aquí he venido a encontrar a poco más de 50 mujeres consagradas que han sido y siguen siendo tierra buena. En este lugar bendito uno oye hablar de Nigeria, de Indonesia, de Sierra Leona, de Irlanda, de Italia, de Japón y de muchas partes más en donde, a través de estas almas consagradas ahora entradas en años y coronadas algunas de ellas con la enfermedad —que siempre santifica— escucha uno cómo la parábola del sembrador se ha hecho vida no solamente en el corazón de cada una de ellas, sino de tantos misionados que a través de estas manos ya cansadas, de estos pies que ahora se dejan llevar en sillas de ruedas, de estos ojos que no pueden ver ya con claridad, se encontraron de lleno con el Divino Sembrador que les hizo dar fruto abundante. En la Capilla de esta casa, está la Guadalupana, no en lo alto, sino a una altura en done desde una silla de ruedas se pueda tocar, se pueda mirar para dejarse ver por ella y escuchar las consoladoras palabras: «¡Qué no estoy yo aquí, que soy tu Madre!». que Ella interceda para que los frutos alcancen para salvar muchas almas. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 27 de enero de 2026

«¡Somos del cuadro chico!»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


El pasaje del Evangelio de la liturgia de la palabra de este martes (Mc 3,31-35) es uno de esos que pueden parecer desconcertantes. Jesús está predicando a la gente cuando le avisan que le buscan. Él, de manera inmediata, responde con una pregunta «¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?» para continuar, luego de ver a los oyentes con una frase contundente: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre». 

En realidad Cristo nos está haciendo miembros de su familia, como dicen ahora: «¡Somos del cuadro chico!». Pero para lograr mantener esa cercanía, debemos cumplir la voluntad de Dios. Porque no es suficiente con querer, tenemos que hacer. De hecho siempre hablamos de la Iglesia como de la gran familia de Dios con Cristo a la cabeza. Su Santísima Madre —desde que Juan la recibió como Madre— es un ejemplo de fidelidad y disponibilidad hacia Dios porque siempre cumplió su voluntad aún en los momentos más difíciles.

Jesús nos hace ver que estamos unidos a Él a través del Padre, y lo mismo que San Marcos nos describe la escena con Él en medio de la gente, hoy sigue en medio de nosotros. Tenemos que ser conscientes de que somos sus hermanos, miembros cercanos de su familia. Debemos hacer la voluntad de Dios para gozar de este privilegio, aceptar sus preceptos, cumplir sus mandatos. Tengamos siempre presente que Cristo está con nosotros y que el Padre se complace si hacemos su voluntad. Que el Espíritu Santo nos ayude a aumentar nuestra Fe y a entender estas cosas como lo hizo María Santísima. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 26 de enero de 2026

«DE DOS EN DOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


La liturgia de la palabra de hoy, en la primera lectura (2 Tim 1,1-8), nos regala un fragmento de la segunda carta que escribió san Pablo a Timoteo porque estamos celebrando el día de los apóstoles Timoteo y Tito. En este bello escrito, Pablo muestra la cercanía de trato que tenía con él, el aprecio, el interés y el conocimiento de la religiosidad de su familia, que le había precedido en la fe cristiana. El Apóstol de las gentes le dice que, en su oración perseverante le tenía siempre presente, noche y día. Pero la tradición cristiana dice que Timoteo, se hacía acompañar de Tito para predicar, como había indicado el Señor a los apóstoles, «de dos en dos». 

Un escrito muy antiguo, atribuido a Orígenes, habla del deseo de Dios de que muchas funciones o encargos divinos se hagan así, «de dos en dos». Orígenes anota: «Así como los doce apóstoles fueron nombrados de dos en dos, como en el catálogo de ellos demuestra San Mateo, así que sirviesen también de dos en dos a la palabra de Dios parece que es antiguo. Sacó el Señor a Israel de Egipto por medio de Moisés y Aarón (Ex 12); Josué y Caleb, unidos, apaciguaron al pueblo sublevado por doce exploradores (Núm 13;14). Por lo que se dice: “Un hermano ayudado por otro es como una ciudad fortificada” (Prov 18,19).» San Gregorio, por su parte, afirmó en uno de sus escritos: «Los mandó así, porque dos son los preceptos de la caridad: el amor de Dios y el del prójimo; y entre menos de dos no puede haber caridad. Esto nos indica que, quien no tiene caridad con sus hermanos, no debe tomar el cargo de predicador.»

Al contemplar la figura de estos dos discípulos y colaboradores de San Pablo, encontramos en ellos a un par de pastores muy comprometidos en la tarea de extender la fe y consolidarla en quienes ya la han recibido. San Pablo, que en ese momento recuerda a Timoteo algo importante: la necesidad que tiene de mantener vivo el don que ha recibido de Dios, es decir su ordenación como obispo. En concreto, conforme a su experiencia le exhorta a la valentía, a la fortaleza, a la caridad activa y a ejercer la virtud de la templanza. Al mismo tiempo lo exhorta para que no se deje llevar por la cobardía, la timidez o la vergüenza al anunciar la Buena Nueva. Tanto a Timoteo como a Tito, me los imagino como un par de hombres consagrados «¡entrones!», dispuestos a cambiar el mundo. Tú y yo, cada uno en su vocación específica, hemos de ser así. ¡Que la Virgen, con su determinante «¡Hagan lo que Él les diga!» nos ayude a responder al llamado que el Señor nos ha hecho.

Padre Alfredo.

domingo, 25 de enero de 2026

«EL DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS»... Un pequeño pensamiento para hoy

El recordado y muy querido papa Francisco, en el año de 2019 instituyó la celebración del «Domingo de la Palabra de Dios» en este tercer domingo del Tiempo Ordinario con el fin de resaltar la importancia de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia y de cada cristiano. Este año, con la frase de san Pablo «La palabra de Cristo habite en ustedes», se nos invita a que la Palabra de Dios no solo sea escuchada o estudiada, sino que habite realmente en nosotros, nos configure y haga creíble el testimonio que damos como discípulos en el devenir del día a día.

De manera particular, este «Domingo de la Palabra de Dios» cae en el 25 de enero en que de ordinario se celebra la fiesta de la conversión del apóstol san Pablo, celebración que cierra, año con año, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, semana en la que se nos invita a los cristianos de todas las confesiones a la comunión, a unirnos en oración para recordar que «uno solo es el cuerpo y uno solo el espíritu, como una es la esperanza a la que han sido llamados» (Ef 4,4).

Que en la Iglesia Católica tengamos que dedicar un día extraordinario a la Palabra de Dios parece una broma, pues escucharla, vivirla y transmitirla debería ser la verdadera marca de toda la cristiandad, entre la cual, nuestra Iglesia es la más antigua y en la que en comunidad, de manera particular cada vez que celebramos la Eucaristía, la escuchamos y la reflexionamos recordando que llevarla a la vida debe ser lo ordinario en nuestra vida creyente. Sin embargo, debido a muchos motivos, esta Palabra sigue siendo la gran desconocida para una gran parte de los bautizados en la fe católica. Que por intercesión de María, que fue la primera que escuchó la Palabra y la puso en práctica, el Señor nos abra el oído y el corazón para anidar en nuestro ser y quehacer la gracia de escuchar y vivir su Palabra. ¡Bendecido «Domingo de la Palabra de Dios»!

Padre Alfredo. 

sábado, 24 de enero de 2026

«La caridad benigna»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Hoy celebramos la fiesta de San Francisco de Sales, el doctor humanista, gran director espiritual y generoso pastor en quien San Juan Bosco se inspiró para elegirlo como Patrón de los Salesianos. San Francisco de Sales —no tan «taquillero» como otros santos—nos ha hecho ver y gustar la dulzura gracias a la ardua tarea que emprendió para «domesticar» su corazón hasta hacerlo manso y humilde como el de Cristo (cfr. Mt 11,29) haciendo más simple para todos, el camino de la santificación. Este extraordinario hombre fue y continúa siendo un maestro seguro de vida espiritual, rico de la sabiduría que viene de lo alto, entregado a todos en todo, en la caridad pastoral y buscando la unidad de los creyentes en la caridad y en la paz. Su recuerdo, en este día especial, se hace para nosotros invitación a trabajar en cada circunstancia de la vida en un dinamismo de caridad benigna, paciente y activa que impregne del espíritu cristiano nuestro día a día.

Hoy en la primera lectura (2 Sam 1,1-4.11-12.17.19.23-27) encontramos una muestra de esta caridad en David, cuando victorioso sobre los amalecitas, recibe la noticia de la muerte de Saúl y de su hijo Jonatán. A David le unía una relación especial con ambos. Con Saúl, de lealtad y fidelidad, por ser David su servidor y el mejor de sus guerreros. A Jonatán, de amistad sincera y amor fraternal. A pesar del trato desigual que Saúl tantas veces le ofreció, celoso por su valía en el campo de batalla, David nunca respondió con venganza ni aires de superioridad. Dando pruebas más que evidentes de esta caridad benigna. El relato descubre a un David capaz de mostrar los sentimientos que afloran a su corazón. A pesar de que Saúl intentó matarlo en múltiples ocasiones, David mostró claramente esa caridad benigna al no asesinarle cuando tuvo la oportunidad en la cueva, respetando a Saúl como el «ungido de Yahvé». La caridad benigna, a pesar de saberse pecador, acompañó a David al reconocer el error que cometió al haber pecado con Betsabé. Él aceptó la reprensión del profeta Natán y pidió con dolor la misericordia y compasión de Dios. Hay que recordar cómo también David demostró caridad y generosidad al entregar sus propios tesoros y motivar al pueblo para la construcción del Templo, reconociendo que todo proviene de Dios y debe darse voluntariamente.

Definitivamente la presencia de Dios y su palabra, pronunciada con autoridad, cura y sana a todos. La salvación llega a todos los ámbitos de la vida humana y a todas las personas sin discriminación. Pero hay quienes se resisten ante Dios, que ven en el Señor un enemigo de sus intereses. A Jesús lo consideraban loco, porque, actuaba desde esta caridad en la que todos cabían. ¿Cómo era posible que un maestro como él, escuchara hasta a los más ignorantes? ¿Cómo es que un gran predicador dejara que los niños se le acercaran si solamente quitan el tiempo? ¿Cómo puede ser que el infalible médico se acercara a atender incluso a los leprosos? Toda la actividad de Jesús estaba impregnada de una exquisita caridad benigna. Pidamos esta caridad para nosotros por intercesión de María, atenta en las bodas de Caná a lo que hacía falta sin buscar protagonismos. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 23 de enero de 2026

«Dios nos elige»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Mi propósito de compartir el «pequeño pensamiento» todos los días... ¡se desvaneció de nuevo! Me queda muy claro que Nuestra Madre la Beata María Inés Teresa decía: «La misión no es poesía, sino pura prosa prosaica» y, en el devenir de esta prosa, se me han llenado las horas y los días de un sinfín de situaciones y acontecimientos que estaban en la agenda de Dios, pero no en la mía. Por fin hoy, luego de una sorpresa más, de esas que nos hacen ver la gracia siempre actuante de Dios, puedo sentarme en la oficina y teclear a «vuela máquina» para compartir mi reflexión de hoy que se centra en el Evangelio en una cita que me cautivó desde el primer retiro que tuve en mi época de seminario hace muchos, muchos años y que condensa la teología de la vocación de seguimiento de Cristo: el Señor elige a los que quiere para estar con él y para enviarlos a predicar (Mc 3,13-19). 

Precisamente ayer, en la junta sacerdotal de decanato, estuvimos los padres hablando de esto y recordando los gloriosos tiempos de seminaristas según el seminario o la casa de formación en donde recibimos las primeras pinceladas que fueron abriendo nuestro corazón a la gracia de Dios que nos llamó para esta misión especial de un seguimiento particular del Señor prolongando su sacerdocio.  En primer lugar, hay que recordar que los padrecitos no se mandan hacer a voluntad en ningún lado... ¡Es Dios quien nos elige! De por sí a todos, hombres y mujeres nos eligió antes de la creación del mundo, destinándonos a ser santos (cf. Ef 1,4). El Padre misericordioso nos ama en Cristo, y en Él nos modela dándonos las cualidades para ser hijos suyos. Sólo en vistas a la vocación se entienden nuestras cualidades. En el caso nuestro, como sacerdotes, nuestra vocación específica, es el «papel» que nos ha dado en la redención. 

Los que somos sacerdotes debemos tener siempre claro que, en primer lugar, el Señor nos estar con Él. Esta llamada implica un vivir constantemente en la presencia de Dios. Porque, sin estar con Él, sería imposible entender que también nos ha llamado a predicar. Este pasaje nos ayuda a entender la misión sacerdotal de quienes vivimos esta vocación de llevar a Cristo a los demás en la Eucaristía y en los sacramentos. Desde este pasaje evangélico podemos entender que el sacerdote tiene a Jesús —porque está con él— y lo lleva —porque ha sido enviado—. Yo, a la luz de esto que comparto, podemos considerar más atentamente la llamada vocacional de los sacerdotes y pedir, como lo hacía la Beata María Inés, por la santificación de los sacerdotes y seminaristas. Que la Virgen Madre cuide de cada sacerdote y este ella en el corazón de cada uno moldeando en él a su Hijo Jesús. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.