viernes, 19 de junio de 2026

TRIDUO EN HONOR DE LA BEATA MARÍA INÉS TERESA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO.


Oración Inicial para todos los días:

Se rezará al comenzar cada día.

Señor Dios, Padre nuestro, que concediste a la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento una sed ardiente de la gloria de Dios y la salvación de las almas, infunde en nuestros corazones ese mismo celo misionero. Que su amor entrañable a la Santísima Virgen de Guadalupe y su entrega total a la Eucaristía nos guíen para hacer de nuestra vida una constante ofrenda de amor. Concédenos, por su intercesión, la gracia que hoy te pedimos con fe. Amén.


Día 1: El Amor al Santísimo Sacramento.

Reflexión: La Beata María Inés centró toda su existencia en Jesús Sacramentado. En el Sagrario encontraba la fuerza para su labor misionera. Ella nos enseña que la oración contemplativa es el motor de toda acción apostólica.

Oración: Jesús Sacramentado, te pedimos, por intercesión de la Beata María Inés, que aumentes nuestra fe y devoción a la Sagrada Eucaristía. Que sepamos buscarte, como ella, en el Sagrario, con un corazón puro y humilde, reconociendo que solo en ti se encuentra la verdadera paz y la alegría del alma. Rezar un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria.


Día 2: El Espíritu Misionero y Universal.

Reflexión: El lema de la Beata María Inés era: "Urge que Cristo reine". Su corazón no conoció fronteras; deseaba que todos los hombres, en todos los continentes, conocieran el Evangelio y el amor de Dios. «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero» le decía al Señor.

Oración: Dios de bondad, enciende en nosotros el fuego de la caridad misionera como lo hiciste en el corazón sin fronteras de Madre Inés. Ayúdanos a comprender que todos somos responsables de llevar tu palabra a los demás, empezando por nuestras familias y comunidades. Danos la valentía de anunciar tu Reino sin miedo, con alegría y sencillez. Rezar un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria.


Día 3: La Confianza Filial en María de Guadalupe.

Reflexión: Bajo la mirada de la Virgen de Guadalupe, la Beata María Inés caminó con absoluta confianza filial. Aprendió de María a ser dócil a la voluntad del Padre y a interceder con ternura por los más necesitados y alejados. «Vamos María» se le escuchaba decir.

Oración: Madre Santísima de Guadalupe, Virgen de la Promesa, tú que fuiste la gran inspiradora y protectora de la Beata María Inés, enséñanos a confiar plenamente en la Divina Providencia. Alcánzanos un corazón humilde como el tuyo, para aceptar con amor los planes de Dios en nuestra vida ordinaria. Rezar un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria.


Oración Final para todos los días. 

Se rezará al terminar cada día. 

Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, intercede ante el Padre Celestial para que alcancemos la gracia de una fe viva, una esperanza firme y una caridad ardiente. Pide para nosotros la bendición de vivir siempre en sintonía con el Corazón de Jesús y el de tu amada Madre de Guadalupe. Te encomendamos de manera especial esta petición: (Mencione aquí su intención personal). Ruega por nosotros, Beata María Inés, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Padre Alfredo.

 

jueves, 18 de junio de 2026

«En el marco de los recuerdos rezo el Padre Nuestro»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cuando un matrimonio vive en plenitud su vocación sacramental, la fecha de su aniversario hace revivir en el corazón todo el camino recorrido, sea corto o largo. Mis papás cumplían años de casados el 18 de junio, y el Señor siempre me concedió felicitarlos y agradecerles el testimonio de su perseverancia y fidelidad. No me tocó acompañarlos en sus «Bodas de Plata», pues me encontraba estudiando en Roma. Viví aquella celebración a distancia, cuando todavía era muy difícil comunicarse; sin embargo, en una audiencia llevé a san Juan Pablo II la «Bendición Apostólica» que les envié, y él, con gusto, la bendijo. Pude celebrarles los 30 años de casados en 1991, siendo yo ya sacerdote y, finalmente, el Señor me concedió presidir la misa de sus «Bodas de Oro» en la misma iglesia donde se casaron en 1961: la parroquia de «El Espíritu Santo», a la que pertenecemos y que ha marcado tantas fechas importantes de nuestra vida familiar; allí descansan ahora las cenizas de mi papá. Ellos llegaron a cumplir 59 años de casados, ya con papá muy enfermo, a poco menos de un mes de su retorno a la Casa del Padre. Allí, junto a su lecho, les celebré la misa. Recuerdo que él le dijo a mi mamá: «En lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad… y ahora es en la enfermedad». Ellos compartieron con un gozo inmenso sus últimos años juntos. A veces se nos perdían a mi hermano y a mí porque se daban sus escapadas; solían contar que la vida era muy diferente cuando se casaron, pero que se seguían amando.

Ahora mamá tiene siete años de viuda. Yo la acompaño lo más que puedo, entre las andanzas de la parroquia, los ires y venires de mi vida ministerial, las diversas encomiendas y los viajes que he de hacer. Sigue firme como un roble y, cada día que pasa, piensa en mi padre. Algunas veces, junto a mí, agradece a papá cada instante compartido, cada beso, cada palabra de amor; y el amor que se tuvieron sigue iluminando sus días. Y es que, todos lo sabemos, no hay despedida para un amor tan grande, porque la gente —como a veces suelo decir— sigue más viva que antes en los recuerdos y en el corazón. Mamá dice que lo siente en cada rincón de nuestra casa, en cada susurro del viento, en cada colibrí que llega y, sobre todo, en cada una de las misas que le celebro en casa o que ella sigue por la T.V. o en su computadora «mágica», que tanto la acompaña y la acerca al mundo de ayer, al de hoy y al de mañana: WhatsApp, Zoom, YouTube y todas las aplicaciones que maneja. Facebook no le gusta mucho; dice que es un «chismógrafo». Yo veo que, a sus 91 años cumplidos, cada día trata de ser fuerte, pero también se permite extrañarlo, seguramente derramar sus lagrimitas y amarlo como si nunca se hubiera ido de su lado. Ojalá muchos matrimonios vivieran como ellos lo hicieron. Creo que ese amor tan intenso que ellos vivieron es, en gran parte, lo que ayuda a mamá a seguir adelante sin él aquí. Lo recuerda en cada paso lento que da, en cada decisión que ha de tomar y en cada alegría que vuelve a sentir cuando lo evocamos juntos, hasta que llegue el día de volver a encontrarnos.

En el marco de este recuerdo me encuentro con el Evangelio de hoy —Mateo 6, 7-15—, donde Jesús nos entrega las siete peticiones del Padrenuestro. Son, por así decirlo, las súplicas de los hijos que hemos sido adoptados para ser amados por el Padre con la misma calidad de amor con que Él amó a Jesús. Decimos: «Santificado sea tu nombre», reconociendo y honrando a nuestro Padre. «Venga a nosotros tu reino», invitándolo a ser parte central de nuestra vida diaria. «Hágase tu voluntad», disponiéndonos a obedecerle en todo tiempo y lugar. «Danos hoy nuestro pan de cada día», rogando que no nos falte el alimento material, ni el alimento de su Palabra y de los sacramentos. «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», agradeciendo el perdón recibido y extendiéndolo a los demás miembros de la familia. «No nos dejes caer en tentación», pidiendo la gracia de no hacerlo a un lado en nuestras decisiones y acciones. Finalmente imploramos: «Líbranos del mal», suplicando su protección ante los ataques del maligno. Todo esto lo aprendí también gracias al matrimonio de Alfredo Leonel y Blanca Margarita… ¿Cómo no recordar aquel día de su «sí»? Que la Virgen Santa, que siempre está a nuestro lado, nos ayude a sabernos hijos de Dios e hijos de quienes nos dieron la vida, y a vivir siempre con un corazón agradecido. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo. 

miércoles, 17 de junio de 2026

«No para lucirnos ante los demás, sino para agradar a Dios... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


En una de sus homilías, el recordado papa Benedicto XVI señaló que, en el seguimiento del Señor, la verdadera recompensa no es la admiración de los demás, sino la amistad con Dios y la gracia que de ella brota: una gracia que da paz y fortaleza para hacer el bien, amar incluso a quien no lo merece y perdonar a quien nos ha ofendido. Hoy, cuando Jesús en el Evangelio —Mt 6, 1-6.16-18— nos invita a obrar para la gloria de Dios y agradar al Padre, recuerdo estas sabias palabras, que iluminan el sentido de nuestro compromiso de fe. Ése es el sentido de nuestra vida y nuestro honor: agradar al Padre y complacer a Dios. Ése es el testimonio que Cristo nos dejó.

A veces, incluso dentro de la Iglesia, la falta de rectitud de intención resulta grave cuando se manifiesta en acciones como la oración, el ayuno o la limosna, pues son actos de piedad y caridad que deben realizarse por amor a Dios y no para aparentar. Sin embargo, sabemos que en todas partes hay personas que buscan lucirse y presentarse con orgullo como las más santas, perfectas o correctas. En el fondo, desean apropiarse de pequeños grupos o conversaciones, movidas por intereses personales, ideas teológicas equivocadas o teorías conspirativas, con tal de ocupar el primer lugar y llamar la atención. Son como moscas en la sopa: pueden arruinar cualquier momento. También pueden convertirse en una verdadera dificultad para un párroco, un coordinador de grupo o un superior religioso, porque esas actitudes tóxicas dañan la sinodalidad en la Iglesia.

Por eso conviene atender con seriedad lo que hoy dice el Maestro: «Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendrán recompensa de su Padre celestial» (Mt 6, 1). ¿Cómo podríamos agradar a Dios si buscamos, ante todo, ser vistos viviendo de apariencias y quedar bien delante de los demás? No se trata de escondernos para que nadie nos vea, sino de orientar nuestras buenas obras, primero y directamente, hacia Dios, buscándolo como «la única recompensa», como decía la beata María Inés. No importa, ni es malo, que otros nos vean; al contrario, nuestro testimonio coherente puede edificarlos. Lo verdaderamente importante es que, a través de nuestras acciones, veamos a Dios y caminemos hacia Él. Que la Virgen, siempre activa y contemplativa, nos ayude. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 16 de junio de 2026

«Cuando llueve, llueve para todos»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Cuando llueve, llueve para todos, solemos decir. Con la misma lógica deberíamos de decir que cuando hay pan, hay pan para todos; pero aquí la lógica se desquebraja y se esfuma la solidaridad pensando que en esto del sustento cada uno debe arreglárselas como pueda. Jesús trae a colación esta cuestión de la lluvia en el Evangelio de hoy (Mt 5,43-48) para recordarnos que en las actitudes que hemos de tener con los demás no tenemos que estar haciendo distinción alguna o buscando preferencias. Jesús está hablándonos del amor que debe envolver nuestra vida como característica de los creyentes y que ha de ser como la razón de ser de lo que hacemos o del trato que tengamos con los demás. Por eso ese no podemos ir por el camino de las exclusividades ni tenemos que actuar con la Ley del Talión, esa del «ojo por ojo y diente por diente».

El Señor, en el Evangelio nos propone algo que rompe muchos esquemas, nos pide una renovación muy profunda de nuestras actitudes y de la manera que tengamos de tratar a los demás. Porque nos está hablando de un amor que ha de tener una categoría universal. Jesús viene a romper aquel esquema de que solo hemos de amar a los amigos, que solo vamos a responder con amor cuando nos hayan ofrecido amor. La regla económica de la oferta y la demanda no aplica en esta cuestión. El Señor es claro. No podemos seguir actuando según los parámetros antiguos que se asoman en el Antiguo Testamento.

En este fragmento del Evangelio que hoy contemplamos, Jesús nos pide una de las cosas más difíciles desde el punto de vista humano... nos pide amar a los que nos provocan daño, a los que nos odian, a los que nos persiguen, cuando nuestro instinto natural sería totalmente contrario. Cristo ofrece una serie de razones para justificar su aseveración, recordando que el Padre celestial hace salir el sol para malos y buenos, y manda lluvia sobre justos e injustos, porque es misericordioso. ¡Qué difícil! Pero qué alivio cuando eso se puede hacer realidad. Es que si sólo amamos y tratamos a nuestros amigos, haremos algo que no tiene ningún mérito, porque, lo realmente difícil, es lo contrario. Que la Virgen nos ayude, Ella, la llena de gracia. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 15 de junio de 2026

«UNA HERMOSA HERENCIA DEL PAPA FRANCISCO»... Un pequeño pensamiento para hoy

Estos días que pasé en Vilna, la capital de Litunia, recordé muchísimo a nuestro querido Papa Francisco agradeciendo que me haya instituido como Misionero de la Misericordia desde aquel ya un poco lejano 2016. ¡Qué bendición poder dispensar misericordia en cualquier parte del mundo! En esta semana pasada gocé mucho en mis dos confesionarios, el de la Catedral de San Casimiro y en el lugar del congreso mundial de la misericordia... ¡Ayer ya confesé de nuevo en mi parroquia y hoy, por supuesto, también lo haré! El finado Papa instituyó a los Misioneros de la Misericordia con el objetivo de que actuáramos como un signo visible de la disposición de Dios para perdonar, pidiéndonos ser predicadores convincentes y confesores accesibles que transmitieran la alegría del perdón sin barreras ni obstáculos... creo que, desde lo pequeño de mi condición, voy dando respuesta a ello. Recuerdo que Francisco, en una visita que hizo a Bari, en Italia, mencionó que «si queremos ser discípulos de Cristo, si queremos llamarnos cristianos, este es el camino [...] amados por Dios, estamos llamados a amar; perdonados, a perdonar; tocados por el amor, a dar amor sin esperar a que comiencen los otros; salvados gratuitamente, a no buscar ningún beneficio en el bien que hacemos».

Esto me viene porque hoy el Evangelio de San Mateo, del versículo 38 al 42 del capítulo 5, Jesús habla del «ojo por ojo, diente por diente» —principio conocido históricamente como la Ley del Talión— que muchos buscan seguir practicando y que él abolió por completo. Y es que, a primera vista, esto habla de justicia. Sí alguien me hizo algo malo... ¿por qué me debo aguantar? En primer lugar hay que aclarar que esta ley fue diseñada para limitar la venganza y asegurar que el castigo fuera proporcional al crimen y no fuera siempre la muerte como castigo. Por ejemplo, si alguien en una pelea le arrancó el diente al contrincante, el castigo antes de esto era darle muerte a él e incluso a su familia. La Ley del Talión reclamaba: «no, eso no es justo, que le arranquen a él un diente y ya está». Con el tiempo, este principio fue malentendido y mal aplicado por algunos, que lo usaron para justificar la venganza personal. La enseñanza de Jesús cambia el enfoque de la justicia proporcional y la retribución legal a un estándar más alto de amor radical, perdón y no violencia. Aboga por una respuesta de paciencia y aguante en lugar de represalias, aclarando la verdadera intención de la ley y desafiando a sus seguidores a romper el ciclo de violencia respondiendo al mal con el bien.

Esto queda muy bien entendido en el sacramento de la Reconciliación. Si dependiese de la Ley del Talión, por justicia no debiéramos recibir el perdón. Deberíamos ser castigados por nuestros pecados. Pero Dios no es así con nosotros. El perdón que recibimos en la absolución sacramental no es lo que merecemos por justicia. Dios nos perdona porque Él nos ama y así lo quiere. Dios es libre para perdonarnos o no. Estrictamente hablando el perdón de Dios no es algo justo que merezcamos luego de nuestro arrepentimiento. Lo justo a raíz de mi pecado es un castigo. Por eso, si Dios nos perdona, va más allá de lo justo. Su perdón es un regalo, un don, que Él nos quiere amorosamente conceder. Ciertamente, la oportunidad que Dios me da, como Misioneros de la Misericordia para administrar el perdón de Dios a los demás, sobre todo en casos muy graves y de un gran arrepentimiento, me ha permitido experimentar de manera más profunda el amor divino y transmitirlo a quienes se encuentran perdidos o desanimados en cualquier parte en donde esté. Hace 10 años, en aquel 10 de febrero en la Basílica de San Pedro, el Papa Francisco, dirigiéndose a los Misioneros de la Misericordia, antes de recibir la Ceniza, comienzo de la Cuaresma del Año de la Misericordia nos dijo: «Queridos hermanos, que puedan ayudar a abrir las puertas del corazón, a superar la vergüenza, a no huir de la luz. Que sus manos bendigan y vuelvan a levantar a los hermanos y a las hermanas con paternidad; que a través de ustedes la mirada y las manos del Padre se posen sobre los hijos y curen sus heridas» Por eso le pido siempre a la Virgen que, ante el sacramento de la Reconciliación, no me deje inmisericorde y con los brazos cruzados. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 14 de junio de 2026

«¿Iglesia para clientes o para creyentes?»... Un pequeño pensamiento para hoy


Siempre ha existido la tentación de ver a la Iglesia solamente como el lugar al que se acude solamente a recibir... ¡a consumir! La mayoría de los bautizados acuden para solicitar un servicio, para pedir alguno de los sacramentos, solicitar un sacerdote para ir a ver un enfermo o acudir a una funeraria. Esto muestra una actitud pasiva en la fe de la mayoría de los que se dicen católicos y donde el creyente —en su mayoría no practicante— solo busca recibir beneficios —ayuda, apoyo, bendiciones— sin cuestionarse en la necesidad de participar activamente en la edificación de la comunidad eclesial. Cuánta gente —de la poca que cumple con el precepto dominical— va a misa cada ocho días solamente para «cumplir» haciendo oídos sordos a lo demás que tenga que ver con la vivencia de la fe. Hay quienes acuden al confesionario solo porque se van a casar o porque van a ser padrinos sin pensar que Dios tiene un proyecto del Reino de Dios para establecerlo en su corazón, en su familia, en su entorno. Este domingo, luego de venir impregnado por la vivencia del 6° Congreso Apostólico de la Divina Misericordia en Vilnius, me topo con este Evangelio que desde el capítulo 9, en el versículo 36 hasta el capítulo 10 en el versículo 8 me cuestiona sobre esta situación.

Estoy convencido de que los consumidores desgastan a la Iglesia, consumen sobre todo la vida de los sacerdotes sin importarles quién es ese hombre, que necesita, cómo puedo vivir en sinodalidad con él construyendo la comunidad eclesial. Los consumidores de Iglesia sienten que por el hecho de ser bautizados tienen ganado un sin fin de derechos sin absolutamente ninguna obligación. No cumplen con el precepto dominical de la participación en misa, pero echan pestes si el sacerdote no va a ver a su enfermo al otro extremo de la ciudad o no es capaz de dejar la misa de la parroquia para ir a la funeraria en donde nadie contesta, nadie comulga y el difunto no se paraba ni por mal pensamiento en la Iglesia. Jesús, en el Evangelio de este domingo quiere «apretar las tuercas» diciendo: «La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos». Con estas palabras, Cristo nos llama a analizar nuestros corazones y ver las razones que nos llevan a ser solamente «consumidores» y no «trabajadores» en la Iglesia. Somos tramposos. Cuando escuchamos este Evangelio pensamos: ¡Eso es para los sacerdotes! ¡Necesitamos sacerdotes! Sí, claro, de eso no hay duda. 

Pero tampoco hay duda de que la llamada a ser trabajadores es para todo bautizado. Lo expreso con una vivencia muy clara: Aquí en Monterrey, por ejemplo, por cada 10,000 habitantes hay un sacerdote... ¿Podrá el sacerdote atender todo lo que la gente quiere consumir de la Iglesia? Nuestra actitud al formar parte de la iglesia deber ser la de saberse trabajadores y no solamente consumidores. ¿De que grupo eclesial formas parte? ¿En qué grado de la Escuela Bíblica estás? ¿Qué ministerio o servicio desarrollas en tu comunidad? ¿A qué sacerdote te acercas para ver en qué puedes colaborar para mantener viva y fresca tu fe? ¿Cuánto tiempo has dado de servicio como catequista de niños, adolescentes, jóvenes o adultos? ¿De cuántos enfermos estás al pendiente? Saberse miembro de la Iglesia como trabajador implica reordenar prioridades, o sea dejar atrás el egoísmo, la indiferencia y la dureza de corazón para dar lugar y espacio a mi parroquia no solo como consumidor. Hoy que vivimos en medio de un desierto de incertidumbre, de cansancio y de superficialidad, Dios sigue pidiendo trabajadores. Recuerdo que en Turín, Italia, en donde estuve por última vez, hace ya un buen tiempo, hay una imagen de la Virgen llamada «Madonna dei Lavoratori» —Nuestra Señora de los Trabajadores—, yo creo que hacia Ella podemos alzar nuestra mirada este domingo y pedirle que nos ayude a responder al llamado de su Hijo Jesús que quiere necesitar de nuestro «Cuenta conmigo». ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 13 de junio de 2026

«UN VIAJE ACOMPAÑADO POR SAN ANTONIO DE PADUA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Mi día empezó hoy a las 2:30 a.m., porque debía estar en el aeropuerto de Vilnus a las 4 para volar a Amsterdam en un vuelo de casi tres horas. De allí tardé poco menos de 11 horas hasta mi querida «Selva de Cemento» —CDMX— de donde en un rato continuaré a Monterrey y mientras escribo mi reflexión. Desde temprano me he encomendado a San Antonio de Padua, a quien la Iglesia celebra hoy invitándonos a reflexionar sobre la predicación, el verdadero sentido de la fe y la oración a la luz de este hombre maravilloso que conocido como el «Doctor Evangélico» y el «Taumaturgo». Y me he encomendado a él porque la historia nos dice que fue un viajero y misionero incansable. Se sabe que su vida estuvo marcada por constantes traslados entre Portugal, Marruecos, Francia e Italia, motivados por su vocación religiosa. A decir verdad murió fuera de su patria, pues aunque es conocido como San Antonio de Padua y allí se venera, él es originario de Portugal.

A esto tengo que añadir que, desde mi llegada a Polonia, hace dos semanas, lo encontré en todas las Iglesias que visité, que obviamente conociéndome, fueron muchas. De hecho le mandé a mi madre varias fotografías de las diversas imágenes, pero, hasta después, me di cuenta de por qué en la nación de San Juan Pablo II, Santa Faustina Kowalska, San Maximiliano Kolbe, San Estanislao de Szczepanów, San Casimiro, San Juan de Kanty, San Estanislao Kostka y San Alberto Chmielowski, su presencia es tan notoria. Resulta que su intensa devoción en Polonia, tiene sus raíces en una de las historias místicas más importantes del país: las apariciones de Radecznica en 1664: El 8 de mayo de 1664, en la aldea de Radecznica, San Antonio se le apareció a un tejedor local llamado Szymon. El santo pidió que se construyera un santuario en una colina y prometió conceder gracias y curaciones a quienes visitaran el lugar. Como parte de las apariciones, se atribuyen propiedades milagrosas a una fuente de agua cercana, atrayendo desde entonces a miles de peregrinos enfermos o con necesidades espirituales. En el sitio de la aparición se construyó la Basílica de San Antonio. Al igual que en el resto del mundo —incluida mi madre a quien todo le encuentra— los polacos veneran a San Antonio como el intercesor para encontrar objetos perdidos. 

A la par de esta fiesta, coincide este año la celebración del corazón inmaculado de María, Madre nuestra, luz y compañía en nuestro caminar. Y toca que San Antonio profesaba un grandísimo y profundo amor a la Virgen. La devoción mariana fue un pilar de su fe que quedó plasmado en sus famosos escritos y sermones teológicos. Él se refería a Ella con hermosos títulos: «Estrella luminosa» que guía al creyente hacia Cristo; «Luna llena» por ser perfecta y sin mancha; «Miel en la boca y melodía para los oídos», refiriéndose a lo dulce y consolador de su nombre. En el corazón inmaculado de María, San Antonio aprendió a vivir con mayor sencillez y pureza de corazón. Su vida, según nos comparten sus biógrafos más conocidos, concluyó de forma totalmente mariana, porque, al sentir que llegaba su muerte, pidió ser llevado al convento de Santa María Madre de Dios en Padua. Termino mi escrito ya arriba del tercer avión de este día encomendando mis viaje a San Antonio y pidiéndole a María que sepa mirarla como modelo de fidelidad y seguimiento y, en las incertidumbres de mi vida misionera, que nunca faltan, sepa, como Ella, encontrarme con su Hijo y guardar todo en mi corazón. De esta manera podré seguir el camino al que he sido llamado como misionero: ser constructor del Reino de su Hijo, constructor de ese nuevo reino de paz, de justicia y de amor. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 12 de junio de 2026

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LOS SACERDOTES EN OCASIÓN DE LA JORNADA POR LA SANTIFICACIÓN SACERDOTAL [Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, 12 de junio de 2026]


Queridos hermanos sacerdotes:

En el día en el que la Iglesia contempla el Corazón traspasado de su Señor, del que brota una fuente inagotable de paz y unidad para todo el género humano, dirijo sobre todo a mí mismo y a todos ustedes las palabras que Dios dirigió al pueblo de Israel: «Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Lv 19,2; cf. 1 P 1,16). Esta llamada divina atraviesa los siglos, resonando también hoy con fuerza para todo creyente y, con exigencia particular, para nosotros sacerdotes. La santidad no es una opción entre tantas ni un ideal abstracto; tiene que ver con la identidad misma de cada persona que quiere participar en la vida del Resucitado.

Santidad y participación en el misterio de Cristo

Dios nos invita a participar de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es santo, nos indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para nosotros, queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El Señor prometió: «Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia» (Jr 3,15). La santidad que se nos pide es un abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu. Sin embargo, precisamente aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos llamados a participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7), somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas. ¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el costado abierto del Señor Jesús.

Un camino de unión

La unión de nuestro corazón con el Corazón de Cristo no es una experiencia reservada a unos cuantos elegidos, sino un camino sacramental, eucarístico, que se realiza en lo cotidiano. Queridos hermanos, en la Ordenación hemos sido configurados con Cristo, pero es necesario reavivar siempre en nosotros el don de la gracia por medio de la celebración cotidiana de la Eucaristía, de la oración, de la meditación de la Palabra de Dios y del servicio humilde a los hermanos y hermanas. Permanecemos unidos a Cristo en todo: en lo que hacemos y en lo que nos sucede cotidianamente. La santidad, entonces, en vano buscada con esfuerzos aislados, se revelará por lo que es: correspondencia a la gracia que nos precede, nos sostiene y nos transfigura. No existen, en efecto, compartimentos estancos en nuestra humanidad. La oración, el ministerio, las relaciones, el cansancio, las alegrías y los fracasos, incluso el tiempo aparentemente perdido o el amor que parece malgastado, todo se vuelve un lugar privilegiado de la revelación de Dios y de su amor infinito.

El sacerdote que tiene un corazón íntegro, sencillo y puro es contemplativo en la acción, misericordioso, fiel en la prueba y alegre en la entrega de sí. El mundo tiene una gran necesidad de pastores que no ofrezcan sólo palabras o programas, sino el testimonio vivo de un corazón reconciliado, difundiendo el buen olor de la santidad de Cristo. Una vida sacerdotal sólida y configurada con el Corazón de Jesús es signo creíble de unidad, de paz y de misericordia. Así, en un tiempo marcado por divisiones y miedos, podemos ser constructores de paz, testigos de la ternura del Buen Pastor, que sabe reunir al que está extraviado y sanar al que está herido, y nuestro celo no es agitación, sino el desbordamiento de un amor que «es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro» (Francisco, Carta enc. Dilexit nos, 28).  

El Corazón de Cristo es el corazón de los santos

La respuesta a la vocación a ser santos no está tanto en el esfuerzo de ascesis y perfección, que es necesario, sino en la adhesión confiada al amor revelado en el Corazón traspasado de Jesús. El apóstol Juan nos hace contemplar el costado abierto del Crucificado (cf. Jn 19,34), donde Dios nos muestra definitivamente cómo Él es santo: no en la distancia inaccesible de una perfección separada, sino en un amor que se entrega hasta hacerse herir y que puede, por tanto, ser manantial de misericordia y de vida. El Sagrado Corazón de Jesús es la imagen por excelencia del amor de Dios: un amor omnipotente precisamente porque es capaz de hacerse vulnerable, de cambiar el dolor en gracia, el sufrimiento en esperanza.

Ese Corazón bendito, por tanto, es el “lugar” en el que la santidad se muestra como proximidad y ternura. La santidad del sacerdote entonces puede manifestarse en la cercanía humilde y valiente, en el ser de todos y para todos, manteniendo abierta la puerta del redil para que muchos puedan entrar y encontrar alimento y descanso (cf. Jn 10,9). Por eso, se nos pide una relación con Dios que no nos aleje de los hombres, sino que nos acerque a todos, que forje corazones pacientes, tiernos, capaces de cercanía, de compasión y de escucha. Así, por medio de la unión de nuestro corazón imperfecto con el Corazón traspasado de Jesús, se realiza nuestro camino de santidad. Ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros (cf. Ga 2,20). Una tal santidad no se vive en soledad. Cuiden la fraternidad sacerdotal: búsquense, escúchense, sosténganse. El sacerdote que se aísla, lentamente se apaga; el sacerdote que camina con los hermanos crece. Nos lo recuerda san Agustín: «¿Cómo evitaremos estar en tinieblas? Amando a los hermanos. ¿En qué se prueba que amamos la fraternidad? En que no rasgamos la unidad, en que mantenemos la caridad» (Homilía sobre la Segunda Carta de San Juan a los Partos II, 3).

Queridos sacerdotes, renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de Cristo. Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor con el que Él lo ama. Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo Cura de Ars, que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año Sacerdotal [16 junio 2009]: AAS 101 [2009], 569). Este amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el misterio del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el Corazón de Cristo, Salvador del mundo.

12 de junio de 2026, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Leon XIV.


 


LEÓN PP. XIV

«PORTADORES DE MISERICORDIA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hace rato acabo de terminar la última confesión en Vilna —Vilnius—, justo unos minutos antes de la misa de la clausura del congreso. Nunca antes cruzó por mi mente el que un día estaría en el epicentro de peregrinación internacional de la Divina Misericordia. Cada pasada que daba de Catedral al lugar del congreso, hacía una «escala técnica» para orar ante el lienzo original de Jesús de la Divina Misericordia —pintado según las revelaciones de Santa Faustina Kowalska—. No siempre tenía oportunidad de rezar allí la coronilla y, cuando lo hice, no eran las 3 de la tarde, pero... ¡en algún lugar del mundo serían las 3:00 p.m.! —eso pensaba y me unía a ese lugar—. Esta imagen se remonta a una visión de Santa Faustina Kowalska el 22 de febrero de 1931 en Płock, Polonia. En ella, Jesús le pidió que pintara un cuadro exactamente como lo veía, con la inscripción «Jesús, en Ti confío». La creación del cuadro se le confió al artista Eugeniusz Kazimirowski, supervisado por Santa Faustina y su confesor, el Beato Michał Sopoćko. El pintor la terminó en 1934 buscando que la imagen reflejara fielmente la visión de Santa Faustina. Cuando la obra estuvo terminada, Santa Faustina lloró porque la imagen no lograba capturar la belleza divina que había presenciado. Sin embargo, el Señor le reveló que la verdadera grandeza del cuadro no residía en la técnica artística, sino en la gracia que derramaría sobre quienes la veneraran. 

Todos conocemos la pintura de la Divina Misericordia. La hemos visto con los rayos que emanan del corazón de Jesús representando la Sangre —rayo rojo, sangre de redención que limpia las culpas. — y el Agua —rayo pálido, gracia que imparte vida nueva al alma cansada—. El primer Domingo de la Misericordia se celebró en Vilna el 28 de abril de 1935 coincidiendo con el domingo posterior a la Pascua. La imagen del Jesús Misericordioso se exhibió públicamente por primera vez en la galería de la famosa Puerta de la Aurora —Ostra Brama, de la que hablaré mañana Dios mediante— porque Jesús mismo lo pidió así expresamente a través de las revelaciones a Santa Faustina. Él solicitó que esta fiesta se instituyera el primer domingo posterior a la Resurrección. Y esto tiene un gran sentido, porque el Triduo Pascual —Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo— revela el amor supremo de Dios. La misericordia es la manifestación de ese amor hacia los pecadores. La Octava prolonga el gozo de la Pascua y la Misericordia cierra con broche de oro. En el año 2000, durante la canonización de Santa Faustina Kowalska, San Juan Pablo II oficializó esta fecha para toda la Iglesia, estableciendo la celebración a nivel universal uniendo el triunfo de Cristo sobre la muerte con el perdón y el refugio para las almas. Por eso Vilna es conocida como «La ciudad de la misericordia». 

Hay que decir que tal vez la imagen más popular de la Divina Misericordia no es esta, sino la que en 1943 pintara el artista Adolf Hyła en Cracovia, como exvoto —promesa o manda— por haber sobrevivido a la guerra. Esta versión muestra a Jesús mirando fijamente al espectador y se ha ido haciendo viral a nivel mundial por las gracias concedidas a través de ella, propiciando que sus reproducciones se hayan extendido por todo el mundo, convirtiéndose en la imagen más conocida de la Divina Misericordia. Esta otra imagen es venerada en la capilla del convento de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia en el Santuario de la Divina Misericordia en Cracovia junto a la tumba de santa Faustina, en donde estuve hace una semana. Bueno, pues dentro de este maravilloso marco de «misericordia» se clausura este magno congreso en el día en que la Iglesia contempla el sagrado corazón de Jesús traspasado por la lanza de donde brota sangre y agua. En el Evangelio de esta fiesta (Mt 11,25-30) Jesús nos introduce en su escuela de humildad y mansedumbre que, lejos de implicar despreocupación o pasividad, enseña a vivir desde la sabiduría del corazón. Como Hijo amado del Padre nos acoge en su corazón. Hoy se cierra este encuentro de mi miseria con la misericordia del Señor en este lugar santo y mañana, antes del amanecer, emprendo mi regreso a Monterrey. Sin que la carga sea suprimida, con todo lo aquí vivido, estoy seguro que para Diego, para Josaphat, para Cristian, para Juan Pablo y todos los demás sacerdotes que misericordiamos en estas tierras bálticas, se hace más llevadera. Sin que el yugo desaparezca, no se lleva nunca en solitario, sino que es sobrellevado por Cristo, sosteniendo nuestro «sí». ¡Bendecido viernes, fiesta del Sagrado Corazón!

Padre Alfredo.

jueves, 11 de junio de 2026

«NO PODEMOS QUEDARNOS QUIETOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Ya casi terminan mis andanzas misioneras en estas tierras de la lejana Europa Báltica. Lituania, junto con Letonia y Estonia, forman el grupo de los países bálticos, conocidos por este nombre debido a que comparten la costa del mar báltico. Estos tres países formaron parte de la Unión Soviética hasta su disolución, siendo tres de las 15 repúblicas que formaron parte de la URSS y se independizaron. Lituania fue la primera en abandonar la URSS en 1990. Y a pesar de qué según la historia esta fue la última nación pagana de Europa, en la edad media adoptó el catolicismo y se alineó culturalmente con Roma y el resto de occidente, marcando un destino nuevo, de tal manera que la religión católica, hasta el día de hoy, sigue siendo el pilar de la identidad lituana. Durante el imperio ruso se intentó imponer la iglesia rusa, pero como una forma de resistencia cultural, los lituanos siguieron conservando el catolicismo; después, en la época de adhesión a la Unión Soviética, el catolicismo fue duramente perseguido, pero se mantuvo. Hay alrededor de 65 iglesias en la ciudad de Vilnius que es la capital y todas se mantienen activas. Aunque solamente en algunas se ve la presencia de jóvenes, pues con en todo el mundo, las nuevas ideologías envuelven a muchos adolescentes y jóvenes alejándolos de la fe.

Y bueno, pues en este penúltimo día de confesiones, celebramos la fiesta de San Bernabé. A la luz de esta fiesta viene a mi mente y a mi corazón, el contemplar a Jesús, que envía a sus discípulos a anunciar el Evangelio, a salir, a llevar la salvación. Me atrevo a decir que si un discípulo se queda quieto y no sale a dar lo que recibió en el bautismo... ¡no será nunca un verdadero discípulo–misionero de Jesús!, le falta salir de sí mismo para llevar algo de bien a los demás... ¿Tú qué haces para llevar la alegría del Evangelio? El recorrido del discípulo de Jesús es ir más allá para llevar esa buena noticia al mismo tiempo que recorre el camino interior, la ruta dentro de sí, el sendero que lleva al Señor todos los días en la oración, en la meditación, en el encuentro con él en eucaristía. El camino del seguimiento de Cristo es gratuito porque nosotros hemos recibido la salvación gratuitamente, por pura gracia. Ninguno la hemos comprado y nadie la merecemos de por sí. Es pura gracia del Padre en Jesucristo. Es triste encontrar bautizados e incluso comunidades cristianas, ya sean parroquias, congregaciones religiosas o diócesis, que se olvidan de salir, olvidando que la vida del cristiano no es para sí mismo, sino para los demás, como lo fue la vida de Jesús, la de San Bernabé y la de tantos santos, beatos, venerables, siervos de Dios y cristianos de todos colores y sabores.

Mientras estamos de camino en esta vida en nuestra condición de peregrinos, que vamos sembrando la misericordia a nuestro paso con la alegría del Evangelio, no falta quien, de lejos o incluso de cerca, nos riñe, nos critica, nos acusa, nos dice que de qué nos sirve rezar y predicar. Pero son muchos más los que reclaman nuestro amor, nuestra escucha, nuestra atención; los que mendigan una palabra de aliento, un poco de nuestro tiempo, algo de compañía, una mano amiga, una oración solidaria… Como san Bernabé, hemos de ser dóciles al Espíritu Santo, que nos llena del amor de Dios, y a seguir el camino de Jesús, misericordiando, perdonando y haciendo el bien. Que con María a nuestro lado brille en nosotros la justicia de los hijos de Dios y que viéndolo, una multitud considerable se adhiera al Señor. Hace rato un sacerdote lituano me platicaba de lo impactado que estuvieron anoche en Catedral por la cantidad de conversiones que se dieron en las confesiones. Los misioneros de la misericordia no paramos. Anoche fueron casi cuatro horas dispensando la alegría del perdón. Creo que entonces puedo concluir que las largas horas en el concesionario producen frutos. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 10 de junio de 2026

«Vi su sonrisa y me llamó la atención, por eso vine a confesarme»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Es de todos los creyentes sabido que de Jesús tenemos la plenitud de la revelación. Él es la palabra de Dios que se ha hecho hombre y que viene a nosotros para darnos a conocer quién es el Padre misericordioso y cómo nos ama. Él nos enseña que este Dios que es bueno y cariñoso espera de nosotros una respuesta de amor, manifestada en el cumplimiento de lo que nos pide vivir: «si me aman, guardarán mis mandamientos» (Jn 14,15). En el evangelio de hoy tomado de San Mateo en el capítulo cinco, del versículo 17 al 19, Jesús enseña que no vino a anular la ley, sino darle plenitud. El sacramento de la reconciliación refleja perfectamente este espíritu: porque ciertamente, no se trata de descartar las leyes, aún las que vienen desde el Antiguo Testamento, sino de vivirlas con amor, sanando las faltas y restaurando nuestra relación con Dios. Claro que me viene hablar de esto porque casi toda la semana, he pasado largas horas en la catedral de Vilnus y en el lugar donde se desarrolla el congreso apostólico internacional de la Divina Misericordia confesando; dispensando misericordia a tanta gente que llega del mundo entero a un congreso como éste. Pero es curioso, desde antes de venir no faltó quien me dijera: ¡siéntate a confesar en tu parroquia! Y claro que lo hago, la gente lo sabe, a tiempo y a destiempo y en cualquier espacio, pero no puedo olvidar que tengo un compromiso dictado por el Papa como misionero de la misericordia para recorrer el mundo llevando perdón y viendo el gozo de las almas que se reconcilian con Dios.

Volviendo al evangelio de quisiera destacar cómo el escritos sagrado nos recuerda que Jesús lleva los mandamientos más allá de la simple obediencia externa, buscando la transformación del corazón. En la confesión, no sólo se numeran errores, sino que se busca el arrepentimiento sincero, queriendo alcanzar un cambio interior. La reconciliación nos devuelve el estado de gracia, fortaleciéndonos para evitar el mal y obrar en justicia y caridad viviendo la alegría del Evangelio. Justamente ayer una de las personas que se acercó a confesarse en inglés me dijo que estaba pensando en el suicidio pero vio el anuncio del congreso y que su parroquia estaba organizando una peregrinación para venir. La verdad no recuerdo si me dijo que era de Londres o de Edimburgo, de la Florida o Samoa, porque se ha acercado tanta gente que confundo luego los lugares y claro un poco los idiomas también. Esta persona salió del confesionario totalmente nueva, sintiéndose escuchada atendida, perdonada por ese Jesús, por ese Señor de la Misericordia. Cuando pienso en quienes me critican por estar lejos y no en mi Monterrey del alma, pienso ciertamente que quisa Dios hubiera puesto otros sacerdotes en el camino de estas persona,s pero a la vez me queda la interrogante: ¿porque yo Señor?, ¿por qué de repente alguna gente cuando se acerca me dice: vi su sonrisa y me llamó la atención, por eso vine a confesarme?

La verdad siempre me ha gustado confesar y confesarme. Es una gracia que Dios concede. Y las experiencias que en torno a este sacramento he vivido en diferentes lugares de la faz de la tierra, han sido, muchas de ellas, impresionantes de verdad. De alguna manera, en el confesionario, tanto quien confiesa como quien se acerca a recibir la absolución, entiende que la ley de Dios no es un conjunto de normas pasadas de moda que tenemos que seguir viviendo a regañadientes, sino un camino de amor, de verdad, de misericordia, de conversión y salvación eterna. En estos tiempos, donde en cualquier parte del mundo reina la confusión, donde se llama bien al mal y se desprecia la voluntad de Dios, Jesús en el confesionario nos recuerda que su Evangelio es eterno, que sus mandamientos no caducan, ni envejecen, sino dan la paz interior, Jesús, a través del sacerdote, aunque sea tan miserable y vagabundo como yo, eleva los mandamientos, los lleva el corazón, los hace vida. Y por eso no basta con acercarse y decir: no robo, no mato y nada más... Debemos ser puros de corazón, cuidar los ojos, ser fieles en la mente y en el alma. Que María santísima nos ayude a entender a los confesores y a amar más este regalo de la misericordia divina. No dejen de orar por los Misioneros de la Misericordia que vamos por el mundo repartiendo perdón. Por eso, aunque critiquen, hablen y respinguen algunos, no tengo miedo de ser diferente, de ser uno de estos sacerdotes que sin mérito alguno puede perdonar, incluso los pecados reservados a la santa sede. Eso me ayuda a buscar ser fiel a Cristo en esta vida, para ganar la eternidad, no sólo para mí, sino para todos los que se acerquen al confesionario. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 9 de junio de 2026

CORPUS CHRISTI... La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el regalo inmerecido de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía.


Corpus Christi es la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo para agradecer el regalo inmerecido de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía. Este día, que en algunos lugares se celebra en jueves, recordando el día de la institución de la Eucaristía, y en otros en domingo, para facilitar la asistencia de los fieles, recordamos, en la Iglesia Católica la institución de la Eucaristía que se llevó a cabo el Jueves Santo durante la Última Cena, al convertir Jesús el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.

Para todo el catolicismo es una fiesta muy importante, porque la presencia de Jesús en la Eucaristía es el regalo más grande que Dios nos ha hecho, movido por su querer quedarse con nosotros después de la Ascensión.

La historia nos recuerda que Dios se valió de santa Juliana de Mont Cornillon para propiciar esta fiesta. Esta santa nació en Retines cerca de Liège, Bélgica en el año de 1193. Se sabe que desde muy pequeña quedó huérfana y que fue educada por las madres Agustinas en Mont Cornillon. Allí mismo ingresó a esa congregación religiosa y con el paso del tiempo fue nombrada superiora de su comunidad. Por diferentes intrigas tuvo que dejar el convento. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers, en la región de Valonia, en la misma Bélgica.

Desde joven, esta santa mujer tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento y deseaba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se intensificó por una visión que tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba, aseguraba ella, la ausencia de esta solemnidad.

Con la sencillez que caracteriza a tantas mujeres consagradas en la Iglesia, expuso al obispo de Liège, Roberto de Thorete y a un docto fraile de los Dominicos, de nombre Hugh, que más tarde fue cardenal legado de los Países Bajos, así como a Jacques Pantaleón, en aquel tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y finalmente al Papa Urbano IV. El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante. El Santo Padre, motivado por la petición de la celebración, ordenó, que un monje de quien solo se sabe que se llamaba Juan, escribiera el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio original.

El obispo Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez por los cánones de San Martín en Liège. Jacques Pantaleón llegó a ser Papa el 29 de agosto de 1261. La ermitaña Eva, con quien Juliana había pasado un tiempo y quien también era ferviente adoradora de la Santa Eucaristía, le insistió a Enrique de Guelders, obispo de Liège, que pidiera al Papa que extendiera la celebración al mundo entero.

En ese mismo periodo aconteció un hecho extraordinario, el sacerdote alemán, Pedro de Praga, se detuvo en la ciudad italiana de Bolsena, mientras realizaba una peregrinación a Roma. Era un sacerdote piadoso, pero dudaba en ese momento de la presencia real de Cristo en la Hostia consagrada. Cuando estaba celebrando la misa junto a la tumba de Santa Cristina, al pronunciar las palabras de la consagración, comenzó a salir sangre de la Hostia consagrada y salpicó sus manos, el altar y el corporal. El sacerdote estaba confundido, quiso esconder la sangre, pero no pudo. Interrumpió la misa y fue a Orvieto, lugar donde residía el Papa Urbano IV. Este escuchó al sacerdote y mandó a unos emisarios a hacer una investigación. Ante la certeza del acontecimiento, el Santo Padre ordenó al obispo de la diócesis llevar a Orvieto la Hostia y el corporal con las gotas de sangre y eso fue lo que ocasionó que el Papa se convirtiera en un ferviente admirador de esta fiesta.

Al recibir la prueba el milagro eucarístico, el Papa organizó una procesión con los arzobispos, cardenales y algunas autoridades de la Iglesia y puso la Hostia en la Catedral. Actualmente, el corporal con las manchas de sangre se exhibe con reverencia en la Catedral de Orvieto. A partir de entonces, miles de peregrinos y turistas visitan la Iglesia de Santa Cristina para conocer donde ocurrió el milagro.

Luego de esto publicó la bula «Transiturus» el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de «Corpus Christi» el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. Encargó el oficio definitivo al doctor angélico santo Tomás de Aquino, que es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por algunas de las iglesias protestantes. 

La muerte del Papa Urbano IV el 2 de octubre de 1264, un poco después de la publicación del decreto, ocasionó que no se difundiera la fiesta, pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena en 1311, ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Luego Juan XXII, sucesor de Clemente V cuidó de la aplicación y continuidad de esta fiesta con carácter universal. La fiesta fue aceptada en Colonia en 1306; en Worms en 1315; en Estrasburgo en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. 

Ninguno de los decretos que se hicieron habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias de los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV. Fue hasta el Concilio de Trento cuando la Iglesia declaró que todos los años, determinado día festivo, se celebrara esta fiesta con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente el Santísimo Sacramento fuera llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

En Agosto de 1964, setecientos años después de la institución de la fiesta de Corpus Christi, el Papa San Paulo VI celebró Misa en el altar de la Catedral de Orvieto. Doce años después, él mismo visitó Bolsena y habló en televisión para el Congreso Eucarístico Internacional. Dijo que la eucaristía era «un maravilloso e inacabable misterio».

El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Padre Alfredo.


«¿Qué ocupa el lugar de Dios en el corazón de muchos adolescentes y jóvenes?»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


He pasado, en estos días del congreso, muchas horas confesando y confieso que por momentos se me va la voz y se me va la onda, como dicen en México, porque luego de dos o tres gentes de habla inglesa llega de repente uno de habla italiana y casi nadie en español, porque los españoles están ocupados con el Papa y los de América Latina están muy lejos de estas tierras que, incluso para mí que soy pata de perro, eran inhóspitas antes de cautivarme. Entre uno y otro llega algún lituano que en su lengua y a señas, hace que comprenda que lo que quiere es una bendición. Aquí, como en casi todo el mundo, la ausencia de adolescentes y jóvenes en los eventos eclesiales es mucho muy notoria. En tres días he confesado, entre esa oleada de peregrinos, solamente unos 4 jóvenes y ningún adolescente, a pesar de que en el congreso hay actividades musicales para ellos. ¡Qué gusto que la visita del Papa a España haya sido un llamado muy sonoro para los adolescentes y jóvenes que vaya que han disfrutado los encuentros con él!

Contemplando esta ausencia de «la racita», como suelo decirle a los adolescentes y jóvenes, me viene esta pregunta: ¿Qué propuestas sociales y culturales pretenden ocupar el lugar de Dios en el corazón de estas criaturas? ¿Por qué de niños ellos y ellas gozan el catecismo y luego de teenagers se van? Creo, en primer lugar, que es natural que un estudiante en una sociedad anticristiana y secular enfrente desafíos a su propia fe que inevitablemente provoquen preguntas escépticas de todo tipo. Una mamá me decía en estos días que su hijo dejó de ir a misa al entrar a la high school y le dijo que no volvería a misa porque él no está tonto como para estar oyendo siempre lo mismo. ¿Qué tipo de sermones reciben estos muchachos en sus parroquias? En la mayoría de los casos, ha habido una falla de nosotros los sacerdotes en las homilías y más particularmente en la programación y acompañamiento para adolescentes y jóvenes. Dondequiera que he impartido charlas, conferencias, y sermones, «la racita» se queja de que las preguntas que plantean no reciben respuesta. No quiero pensar que hay sacerdotes que dejan el cerebro en la sacristía para salir a predicar con un espiritualismo ajeno a ellos. 

Creo que el Evangelio de hoy (Mt 5,17-19) viene muy «ad hoc» porque nos recuerda que Jesús busca que podamos ser fieles al proyecto de Dios desde la perspectiva del Reino. Por eso nos impulsa a crecer y madurar en la fe, a no quedarnos en ese falso espiritualismo que no pone los pies en la tierra y a veces ni siquiera los ojos en el cielo sino simplemente en sentimientos que van y vienen. Jesús nos invita a no quedarnos en un mero cumplimiento sino a vivir en plenitud lo que creemos. A encarnar en nuestra humilde realidad cotidiana el amor de Dios nos convertimos, como dice el Papa León: «en una Biblia viviente». Yo creo que es hora de descruzar los brazos y apoyar a los sacerdotes para desarrollar nuestras potencialidades y capacidades poniéndolas al servicio de los adolescentes y jóvenes que ml que bien, son siempre la esperanza de un futuro mejor. Para enseñarles, no podemos seguir con las mismas homilías aburridas y a veces sosas. Nuestras ideas, puestas a la luz de la Palabra y del Sagrario para preparar nuestros sermones, se convierten de inmediato en acciones. Pero si la cosa está aburrida y sin cuerpo, si el predicador no le pone «enjundia» como decimos en Monterrey... ¿qué verán de interesante nuestros adolescentes y jóvenes? Se fabricarán un «jesucito» a su manera, como dice el padre Van Troi. Que la Virgen, que está más ocupada que nosotros, nos ayude. ¡Bendecido martes desde Lituania!

Padre Alfredo.

lunes, 8 de junio de 2026

«ESCONDIDO EN EL CONFESIONARIO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cómo resuenan en mi corazón unas frases del mandato que da Dios a Elías en la lectura de la misa de hoy lunes (1 Re 17,1-6): «vete de aquí; dirígete hacia el oriente y escóndete en el torrente que queda al este del Jordán. Bebe del torrente y yo les encargaré a los cuervos que te lleven de comer». Y es que a la luz de esto y tan lejos de casa, no puedo olvidar que soy misionero, misionero de Cristo por mi congregación religiosa y misionero de la misericordia, enviado por el Papa. Esta condición me hace vivir desinstalado... para algunos —incluso sacerdotes cercanos— como alguien errante, sin techo ni hogar; sin pertenencia, y tal vez sin un compromiso fijo en algún lugar. Quien no conoce la vida del misionero, le reprocha que no sea alguien estable y que asuma un compromiso fijo que lo ancle. Recuerdo que desde casi recién ordenado sacerdote, la madre Teresa Botello, sucesora de nuestra fundadora en el gobierno de las misioneras clarisas, me presentó ante un grupo de cardenales y obispos en Roma, en un evento de la universidad Lateranense y les dijo: «este es el padre Alfredo, ciudadano del mundo». Por eso me siento siempre conducido por la mano de Dios y seguro de qué como Elías, si atiendo a su voz que me envía, nunca me faltaba nada.

Hoy sigo en Lituania, en esta bellísima ciudad de Vilnus, conocida como la ciudad de la misericordia porque aquí se encuentra la casa —que todavía no conozco— en la que vivió Santa Faustina Kowalska y la imagen original de la divina misericordia ante la que ayer pude orar pidiendo por todos. Esta imagen es la auténtica, pintada en 1934 por Eugeniusz Kazimirowski, bajo la supervisión directa de la misma santa y su confesor, aunque es más famosa la que está en Cracovia que fue pintadas después de la muerte de Faustina. Pero en estos días estoy más bien «escondido» en la parte de atrás de donde se desarrolla el congreso o en mi confesionario asignado en Catedral para escuchar en inglés, en italiano y en español, a quienes buscan la misericordia de Dios... ¡aunque quisiera hablar todas las lenguas del mundo para seguir dispensando el perdón! No puedo olvidar al Papa Francisco, cuando, en Santa María la Mayor, recién instituido —como ya lo he platicado muchas veces— al darme la bendición, para irme a África me dijo con insistencia: ¡Confiesa mucho confiesa mucho... perdona mucho! Por eso el Señor suele «esconderme» en los confesionarios. 

Por otra parte, y más adelante, la lectura dice que los cuervos le llevaban a Elías pan y carne por la mañana y que él bebía con tranquilidad del torrente de agua. ¿Con qué dinero viaja un misionero? A veces hasta los más cercanos me cuestionan y uno que otro, sin saber cómo vivo, quisiera hacer alguna auditoría especial. Andando en las encomiendas misioneras vivo con lo que me dan por aquí y por allá. Duermo a veces en los mejores lugares y otras en estaciones de trenes, aeropuertos o centrales de autobuses. Me alimento, como hoy, de alguna ensalada de una tienda de conveniencia, como a veces con alguna familia que me invita y otras veces en restaurantes «de caché» siempre cosas que no me hagan daño. Traigo a veces suficiente money y otras veces rasco por aquí y por allá. Viajo muchas veces en la última clase de los aviones, en trenes de segunda y camiones de tercera y una que otra vez, gracias a boletos regalados o a millas acumuladas en un mejor asiento. algo que no me haga daño y ciertamente el señor llega de una manera maravillosa. ¿Se pueden imaginar que ayer en el congreso me tocó salmón y ensalada? El misionero vive de la misericordia anunciando el perdón y denunciando el pecado. Por eso Dios cuida de él de una manera sorprendente, como cuidó de Elías. Qué hermoso que de este congreso quede en todos por lo menos una chispita de la Divina Misericordia. Seguro la Virgen nos ayudará porque ella, por lo menos en mi caso, no se me despega nunca. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 7 de junio de 2026

«CORPUS CHRSTI EN DOMINGO»... Un pequeño pensamiento para hoy

¿Otra vez Corpus Christi? Sí, es correcto. Es que el Código de Derecho Canónico, en el canon 1246 establece que el domingo, en el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto y también los días de Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y Pablo, y, finalmente, Todos los Santos, pero permite que la Conferencia Episcopal de cada zona o nación del mundo, previa aprobación de la Sede Apostólica, pueda suprimir o trasladar a domingo algunas de estas fiestas de precepto. Por eso algunas naciones, como Lituania, han pasado la fiesta del Corpus al domingo. De manera que el jueves lo viví en Polonia, donde se celebra en jueves como en México y ahora aquí. Hemos tenido la misa dentro del congreso internacional que estamos celebrando en torno a la Divina Misericordia y que presidió el arzobispo del lugar concelebrando con él muchos obispos y sacerdotes. Cabe notar que el Arzobispo, es, al igual que el Papa León, estadounidense, aunque su familia es Lituana. Se llama Gintaras Grušas y nació en Washington el 23 de septiembre de 196i, así que como se dice: «¡somos de la edad!». Es un hombre muy preparado, informático, consultor, matemático, teólogo y canonista. Sabe hablar lituano, inglés, italiano, latín y francés. Desde 2013 es Arzobispo Metropolitano de aquí de Vilna —Vilnius— y Presidente de la Conferencia Episcopal de Lituania.

Es tradición que después de la misa de esta festividad se tenga una procesión y hoy no fue la excepción... ¡y vaya que caminamos! En poco más de dos horas y haciendo estaciones en tres altares elegidos de entre las 28 iglesias históricas del centro, recorrimos el casco antiguo de la ciudad —declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1994)

 y pude constatar que Vilna es realmente una de las capitales más limpias, verdes y seguras de Europa. Su Casco Antiguo está muy conservado y destaca por el impecable cuidado de sus calles empedradas, sus fachadas históricas y sus numerosos espacios naturales. Además de una pulcritud impecable, gocé viendo el cielo sin contaminación alguna y sendos parques integrados por todas partes. ¿Por qué los europeos, aunque tiene fama de que no se bañan, tienen la mayoría de sus ciudades impecables? De verdad, en toda la procesión no se vio ni un papel tirado y mucho menos amontonadero de basura...eso sí, hay botes de basura por doquier... ¡igualito que en mi rancho!

Pues nada más y nada menos que, en este fantástico marco europeo, me tocó volver a celebrar esta festividad instituida por el Papa Urbano IV en 1264, encomendándole a Santo Tomás de Aquino un oficio completo, algunos de cuyos himnos y antífonas han pasado a la historia de la liturgia como la expresión teológica más alta de este misterio inefable de la Eucaristía, como el «Tantum Ergo» y el «Adoro te devote», que se pueden escuchar en Youtube. Y, aunque ya comenté el jueves sobre la solemnidad, quiero ahora recordar cómo el descubrir las raíces últimas, culturales y religiosas de este sacramento de la Iglesia, que se retrae a la última cena de Jesús con sus discípulos, nos sirve para hacer comunidad y nos centra en lo que debemos ser: «una copia fiel de Jesús», como decía la beata María Inés. Que María Santísima nos lleve a la Eucaristía, porque todo el deseo de la Madre es llevar a los hijos que Dios le ha dado al conocimiento total de Cristo. Y creo que no tenemos un conocimiento total de Cristo hasta que no descubramos plenamente lo que es la Eucaristía. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 6 de junio de 2026

«SER MISERICORDIOSOS A TIEMPO Y A DESTIEMPO»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hace unas horas, en un vuelo de la aerolínea polaca LOT llegué a Vilna —Vilnius—  la capital de Lituania, Vilna, para prestar mi servicio como Misionero de la Misericordia, enviado por el Papa en el VI Congreso Apostólico Mundial sobre la Divina Misericordia (WACOM). Vilna es considerada uno de los principales centros de la Divina Misericordia del mundo y estaré aquí hasta el12 de junio, Dios mediante, confesando horas y horas en su preciosa catedral. Este es, como dijo una voluntaria al recibirme en el aeropuerto, «el trabajo más importante del congreso» que tiene como lema «Construir la Ciudad de la Misericordia» con el objetico de ayudar a redescubrir cómo la misericordia de Dios puede transformar la vida urbana contemporánea, marcada muchas veces por el aislamiento, la desilusión y la desconfianza. Mi jefe inmediato en el Vaticano, para esta encomienda, es desde 2016 Monseñor Rino Fisichella —prefecto adjunto del Dicasterio para la Nueva Evangelización—, quien, delegado del Santo Padre con acompañará estos días de gracia. Monseñor Rino nos ha dicho: «Volvamos a experimentar en nuestras vidas cuán misericordioso es Dios con cada uno de nosotros y renovemos nuestro compromiso de construir ciudades que sean, más que nunca, lugares de misericordia». El caso es que aquí estoy, donde Dios quiere, no cabe duda.

Gracias a esa encomienda que en vida me diera el papa Francisco estoy aquí, porque por esa gracia especial he ganado, sin mérito propio alguno, la potestad de absolver incluso los pecados reservados a la Santa Sede, la alegría de transmitir el perdón gratuito de Dios por el mundo entero y, sobre todo, una transformación profunda en mi propio corazón que me hace ver la vida con ojos nuevos cada día. El Señor ha sido muy misericordioso conmigo y sé que la misericordia no se merece... se recibe como regalo inmerecido. Pensando en esto en tantos momentos de soledad fecunda que he tenido en este viaje misionero, me vino a la mente aquella anécdota en torno al gran Napoleón Bonaparte que ilustra tan claramente lo que es la misericordia. La historia cuenta que una vez, la madre de un delincuente arrepentido solicitó a Napoleón el perdón de su hijo, y el emperador dijo que no, porque ya era el segundo delito que cometía este hombre y que la justicia exigía su ejecución. Dicen que la mamá del muchacho le dijo al emperador: «No pido justicia, pido misericordia», y que el emperador de le quedó viendo y le dijo que el joven no merecía misericordia alguna. A lo que la mamá respondió: «Excelencia, , si se la mereciese, no sería misericordia. Y misericordia es todo lo que le pido». El emperador se sintió desarmado y así se salvó la vida de su hijo. ¡Esta es la misericordia!

Cristo es la expresión más clara de la misericordia de Dios, él viene a nuestro encuentro y nos da, sin merecerlo, la gracia de su compasión misericordiosa abajándose a lavarnos los pies. El mundo tiene necesidad de experimentar esta misericordia, por ello, viene muy bien hoy la primera lectura de la misa (2 Tim 4,1-8) en la que san Pablo anima a Timoteo a proclamar la Palabra con insistencia... ¡no te canses aprovecha cualquier oportunidad, no tengas miedo o vergüenza; exhorta, pelea si es necesario; reprocha, lucha, no te calles! «La misericordia no se cansa jamás; cuanto más se da, más queda; cuanto más se ofrece, más se recibe», dejó escrito san Juan Pablo II en Dives in misericordia. Hoy, más que nunca, y sobre todo en las grandes ciudades, estamos más necesitados que nunca de la Divina Misericordia. Vivir abrazados a ella, como santa Faustina Kowalska enseña, significa latir, respirar, amar, sentir y tocar con compasión, dejando que nuestras vidas estén abiertas al dolor ajeno y que nuestras acciones diarias ayuden al prójimo a levantarse: amando lo visible y lo invisible en la vida de quienes nos rodean, acompañando sin juzgar y ofreciendo consuelo. Estoy seguro de que estos días, que viviremos bajo la mirada de Nuestra Señora de Šiluva, patrona de Lituania, marcarán nuestras vidas comprometidas en ser misericordiados y a la vez misericordiosos a tiempo y a destiempo. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 5 de junio de 2026


Ciertamente que los viajes ilustran, por eso quiero comenzar mi reflexión de hoy con un cuento: «Cierta vez, un médico muy docto, pronunciaba ante un numeroso auditorio, un discurso científico acerca del nerviosismo. El hombre hablaba con la mayor claridad posible y adornaba su discurso con gran lujo de ejemplos, por lo que recogió grandes aplausos. Apenas terminó, uno de los oyentes se acercó y le dijo: “Señor doctor yo no he entendido una sola palabra en este asunto del nerviosismo”. Riéndose, el médico contestó: “Señor mío, yo puedo explicarle a usted el asunto de qué se trata, pero darle a usted la inteligencia, eso sí que no puedo, es cuestión de talento”». Eso mismo acontece con las verdades de nuestra religión, el predicador en el templo al igual que el catequista o el profesor en la escuela bíblica pueden explicar la doctrina y la Escritura, pueden demostrar y defender lo que enseñan, pero no pueden comunicar a sus oyentes, la virtud de la fe, que es un don de Dios, un don que puede merecerse con el esfuerzo para conseguir la verdad, con la rectitud de vida y con la petición constante de la verdadera fe. Esto lo digo porque todos estos días he asistido a Misa en diversos templos tanto de Cracovia como de Varsovia y no he entendido ni una sola palabra, pero, al igual que todos ustedes, he recibido el don de la fe y aunque no entiendo lo que se dice, lo vivo en el corazón porque, en primer lugar, la estructura litúrgica de la celebración es la misma y, con ayuda de la aplicación «Appostolica», voy siguiendo las lecturas y durante la homilía que igual estuviera en chino que en polaco, me pongo a reflexionar en lo leído y a dar gracias por el don de la fe recibida desde pequeño, como San Pablo le recuerda a Timoteo. 

Ciertamente que los viajes ilustran, por eso quiero comenzar mi reflexión de hoy con un cuento: «Cierta vez, un médico muy docto, pronunciaba ante un numeroso auditorio, un discurso científico acerca del nerviosismo. El hombre hablaba con la mayor claridad posible y adornaba su discurso con gran lujo de ejemplos, por lo que recogió grandes aplausos. Apenas terminó, uno de los oyentes se acercó y le dijo: “Señor doctor yo no he entendido una sola palabra en este asunto del nerviosismo”. Riéndose, el médico contestó: “Señor mío, yo puedo explicarle a usted el asunto de qué se trata, pero darle a usted la inteligencia, eso sí que no puedo, es cuestión de talento”». Eso mismo acontece con las verdades de nuestra religión, el predicador en el templo al igual que el catequista o el profesor en la escuela bíblica pueden explicar la doctrina y la Escritura, pueden demostrar y defender lo que enseñan, pero no pueden comunicar a sus oyentes, la virtud de la fe, que es un don de Dios, un don que puede merecerse con el esfuerzo para conseguir la verdad, con la rectitud de vida y con la petición constante de la verdadera fe. Esto lo digo porque todos estos días he asistido a Misa en diversos templos tanto de Cracovia como de Varsovia y no he entendido ni una sola palabra, pero, al igual que todos ustedes, he recibido el don de la fe y aunque no entiendo lo que se dice, lo vivo en el corazón porque, en primer lugar, la estructura litúrgica de la celebración es la misma y, con ayuda de la aplicación «Appostolica», voy siguiendo las lecturas y durante la homilía que igual estuviera en chino que en polaco, me pongo a reflexionar en lo leído y a dar gracias por el don de la fe recibida desde pequeño, como San Pablo le recuerda a Timoteo.

Escribiendo a Timoteo (“ Tim 3,10-17), Pablo le dice: «Me has seguido en la doctrina, la conducta, los propósitos, la fe, la magnanimidad, el amor, la paciencia... [...] permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús». Mantenerse firmes en la fe dentro de una sociedad secular que poco a poco va sacando a Dios de la vida ordinaria puede ser un desafío, pero es posible seguir, cultivando una vida espiritual profunda y viviendo con propósito manteniendo firme el hilo conductor de la fe. Occidente, a diferencia de Oriente, se va desligando de la práctica de la religión. Incluso aquí, en la católica Polonia, destacan, en esta hermosa ciudad capital de nombre Varsovia, los grandes rascacielos, los más grandes de la unión europea, con sendos letreros de bancos en la parte superior, como gritando a todo el continente que el dios que impera es el «dios dinero». También aquí se siente, en las iglesias, retacadas en las misas diarias de estos días, la ausencia de adolescentes y jóvenes, que, seguramente seducidos por los nuevos principio doctrinales de incontables ideologías, se olvidan del Dios verdadero y lo van convirtiendo en el Dios desconocido.

Aunque históricamente más del 90% de la población se identificaba como católica, debido a tantas cosas que la historia de esta nación puede explicar con calma, las cifras, según me platican, han cambiado. En años recientes hay una considerable disminución en la práctica religiosa, especialmente entre los adolescentes y los jóvenes. Según los datos demográficos y del Instituto de Estadísticas de la Iglesia Católica de esta nación, si bien cerca de un 71% de los ciudadanos se identifica como católico, la asistencia los domingos y a la misa de entre semana ha bajado mucho, motivada por críticas sociales, escándalos institucionales y la secularización de la sociedad que es una cuestión global. Polonia no ha sido inmune a las escalofriantes tendencias continentales y de hecho, mundiales. Al igual que en otras naciones, los padres se preocupan cada vez menos por la educación religiosa de sus hijos. Todos sabemos que si la transmisión religiosa no tiene lugar en la casa, escuela o en la iglesia, se crea un vacío. En algunos círculos, conocer a una persona de fe profunda y devota se ha vuelto improbable. Los ambientes urbanos, jóvenes y bien educados están en gran medida secularizados. Pero hay una esperanza... en ello pensaba ayer tarde en que el sacerdote predicaba con gran efusividad y yo, lógicamente no entendía nada. La ausencia de fe no significa un vacío espiritual. Los no creyentes no carecen de convicciones; simplemente tienen una multitud de puntos de vista y entre todo eso está el Dios olvidado, el Dios hecho a un lado que en cualquier momento y sin que menos lo piensen, se puede hacer encontradizo. Que Nuestra Señora de Częstochowa, patrona de Polonia y llamada con cariño «la Virgen Negra» cuide de la fe de sus hijos y ayude a quienes han de dejarse alcanzar por su Hijo Jesús... yo mientras tanto empaco para continuar mi peregrinación a Lituania. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 4 de junio de 2026

«Pan que alimenta y alienta, Vino que alegra el corazón»... Un pequeño pensamineto para hoy

Ayer en Cracovia, al asistir en la tarde a la Misa de precepto de la fiesta del Corpus Christi en la Basílica de Santa María —Kościół Mariacki—, me pareció volar a la edad media, pues se trata de una joya del gótico polaco del siglo XIV, que, en el corazón del casco antiguo de la ciudad, es mundialmente famosa por su espectacular altar mayor de madera tallado por Veit Stoss y la belleza de su presbiterio. Esta mañana viajé en tren —sólo Dios sabe como no me perdí sin entender una gota del idioma— a Varsovia, la capital de este bellísimo país que me cobija en estos días previos al Congreso Internacional de la Divina Misericordia en Lituania. Aquí viví una experiencia muy similar en la Catedral de San Juan, digo muy similar porque esta está reconstruida, ya que el 90 % de la construcción fue destruida en la Segunda Guerra Mundial. Pero, lo que más me ha llamado la atención, al contemplar esta y otras joyas arquitectónicas, como la Iglesia de San Martín en donde hace rato asistí a la Misa de Corpus, es la fe de la gente. ¡No me queda duda de que Polonia es católica! Eso lo constato al haber visto estas dos joyas medievales llenísimas de gente, así como las otras iglesias que he visitado... porque, como dicen muchos: «¡si quieres viajar con el padre Alfredo atente a ir a muchas iglesias!»

Desde acá, viendo todo esto pienso en mi México lindo y querido, en donde por angas o mangas se va recobrando, poco a poco, el amor a Jesús Eucaristía que, en años anteriores parecía desvanecerse. Orando en los dos templos en donde hoy puede hacer un rato de adoración ante Jesús expuesto en la Custodia, me venían dos preguntas: ¿Asumo como sacerdote misionero el enorme compromiso que significa en este sentido la Eucaristía para hacer la transubstanciación, recibirla y repartirla a mis hermanos? Y luego ua pregunta para todos: ¿Somos capaces como bautizados, de ser para quienes por distintos motivos no pueden acercarse a comulgar, lo que Jesús es para nosotros: Pan que alimenta y alienta, Vino que alegra el corazón, abrazo de Padre tierno y misericordioso, consuelo del Espíritu que nos hace familia y esperanza del cielo que no defrauda?

Al terminar el día, y luego de pasar en mi recorrido a pie a la Catedral de Campo del Ejército Polaco, en el distrito de Śródmieście, en donde en cientos de placas aparecen recordando a los soldados caídos en las guerras, puedo decir, con una mano en el corazón, que la Eucaristía es para nosotros, cristianos, el motor —como dice Madre Inés— de nuestro compromiso en la transformación del mundo. Parecería, a simple vista, que en esta época ensordecida por el materialismo y el hedonismo exagerados, Jesús Eucaristía duerme, pero, en medio de la tormenta, él abre los ojos como en aquel episodio de la barca, porque va con nosotros y es el Piloto. Ahora me voy a descansar porque mañana me espera un día para aprender más y para orar más. Es que, estando solito en este viaje, me encuentro mucho con Dios, con su Madre santísima y conmigo mismo y eso, eso hace mucho bien. Con razón los santos amaban el silencio. ¡Bendecido jueves, fiesta de Corpus Christi!

Padre Alfredo.

P.D. El domingo volveré a celebrar la fiesta de Corpus Christi, porque en Lituania se celebra el domingo como en otras partes del mundo.

miércoles, 3 de junio de 2026

«El sueño de ir a Wadowice donde comenzó todo»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Ciertamente, como muchos nosotros estamos convencidos, para el hombre y la mujer de fe no existen las coincidencias... ¡sino las diosidencias! Para nosotros en todo tiempo y lugar cada evento, cada encuentro o cada situación, lleva un propósito divino. Esta perspectiva transforma la incertidumbre de la vida en confianza, viviendo a la sorpresa de Dios para permitir ver su mano incluso en los detalles más pequeños del día a día. Así, desde este punto de vista, no ha sido para nada una casualidad que esta mañana, durante mi visita a la casa donde nació el 18 de mayo de 1920 San Juan Pablo II en Wadowice, un bellísimo pueblo más o menos a una hora, tuviera la oportunidad de asistir a Misa y seguir en mi aplicación, la primera lectura tomada de la segunda carta de San Pablo a Timoteo dejando que resonara en mi corazón la frase: «te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos» y renovara, allí donde este santo excepcional y tan cercano a mi vida sacerdotal, fue bautizado. Conocer Wadowice era un sueño que tenía desde mis primeros años de seminarista, en la prehistoria de mi vocación. Estar en Wadowice como un viejo sacerdote, ha significado para mí un reconectarme con la cuna espiritual de quién, como vicario de Cristo, tuve la dicha de conocer, saludarle de manos más de 60 veces, escucharle en vivo y en directo muchas veces en Roma, en Denver, en Monterrey y en Ciudad de México. 

Dice Goethe, el gran poeta alemán, que: «Quien quiera comprender a un poeta, debería ir a su pueblo». Yo creo que con los santos sucede lo mismo. Hay que ir a su infancia, a sus primeros años de vida, a su lugar natal. Juan Pablo II decía que en Wadowice «comenzó todo». Sí, aquí comenzó su vida, comenzó su formación humana e intelectual, aquí comenzó el teatro y las primeras andanzas hacia el sacerdocio. El encuentro de esta mañana con sus raíces, en el pequeño apartamento que con su familia habitó hasta los 18 años, me sirvió mucho para renovar el celo pastoral que recibí de Dios y que, como en su caso, no conoce fronteras. San Juan Pablo II transformó la historia de la Iglesia  y del mundo desde sus humildes comienzos en esta pequeña localidad polaca. Aquí, en primer lugar, le presenté al Señor, por su intercesión, una súplica muy especial que le vengo pidiendo con relación a mi ministerio en la Iglesia. También oré por mi familia de sangre y obvio, por mi «Familia Inesiana» recordando cómo lo quiso Madre Inés. Aunque las horas pasaron volando, antes de continuar la visita en Cracovia, del santuario de San Juan Pablo II y el de la Divina Misericordia —donde reposan los restos de santa Faustina Kovalska, de quien escribiré cuando esté en Lituania— no desperdicié la oportunidad de degustar —con el permiso del azúcar como decía mi abuela Dora Hermila— el postre preferido de este santo varón: La Cremówka polaca, también conocida como Napoleonka, un dulce que combina pasta de hojaldre y crema, espolvoreado por azúcar glass. 

Pero voy ahora al fragmento de la Escritura que tenemos hoy como primera lectura (2 Tim 1,1-3.6-12). San Pablo estaba muy interesado en la vida y el ministerio de Timoteo, y quería asegurarse de que éste utilizara eficazmente el don que se le había concedido, para la gloria de Dios. No es que Pablo pensara que la fe de Timoteo era débil o que se estaba extinguiendo, sino que quería que experimentara la plenitud del don de Dios siguiendo con la consolidación de su vocación. El pasaje me recuerda que la vocación no es una cuestión estática sino dinámica. La gracia vocacional se renueva cada día y el Señor, que no desperdicia el tiempo, aprovecha cada instante para mantener, en los llamados, una acción permanente que le lleve a re-estrenar el «Sí» que un día se pronunció. Hoy he pensado, en especial, que la vocación sacerdotal, al igual que la vocación de todo cristiano, arraiga en el designio eterno de Dios Padre, que se realiza en la vocación bautismal, y adquiere así una mayor determinación hasta llegar a concretizarse en el Orden Sacerdotal. ¡Gracias mi querido Papa Juan Pablo II por invitarme hoy a tu casa... gracias por tu intercesión en el regalo de la Santa Misa en donde fuiste bautizado... gracias por tu contagiante amor a María... gracias por escuchar mi súplica tan especial! Ahora toca esperar, pero no con los brazos cruzados, sino con la misma premura que te movió desde chiquillo para las cosas de Dios y que conservaste hasta los últimos momentos de tu vida en aquel 25 de abril de 2005, la noche previa al Domingo de la Divina Misericordia en que regresaste a la Casa del Padre. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 2 de junio de 2026

«Cracovia me recuerda la importancia de valorar la historia»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Hoy el pensamiento no tiene nada de pequeños. Desde ayer estoy en Cracovia por primera vez en mi vida y no puedo escribir poco. Confieso que siempre soñé con conocer la tierra de mi queridísimo papa San Juan Pablo II, cuya cercanía en mis años de estudiante y de joven sacerdote me fue tan provechosa. Hoy con ayuda de Lorena, una chica española maravillosa y muy preparada, pude echarle un vistazo a la ciudad, sobre todo al casco antiguo, que es uno de los pocos lugares de Europa Central donde su trazado histórico se conserva prácticamente intacto. El lugar es fascinante por el castillo de Wawel, situado sobre la colina en donde está la cueva del dragón y desde donde se contempla una vista maravillosa de la ciudad con su impresionante río Vístula. Caminamos más de dos horas y media contemplando la inmensa y variopinta catedral, la Universidad Jaguelónica, una de las más valoradas de Europa y fundada en 1364 por el rey Casimiro III el Grande y en donde estudiaron Copérnico y San Juan Pablo II. Lorena me hizo recorrer más de 1,000 años de historia caminando hasta la plaza central para adentrarnos en el centro comercial techado más antiguo del mundo conocido como «La Lonja de los Paños», de donde mis queridas amigas Angie, Kathia y Lucía no hubieran salido con las manos vacías. De allí pasamos a admirar la basílica de Santa María, con el regalo de escuchar al trompetista que desde lo alto de una de las dos inmensas torres toca cada hora una melodía muy especial con un final trunco, que recuerda el arrebato de los nazis en las deportaciones hechas en esta ciudad que, por diversos motivos, no fue nunca bombardeada en la Segunda Guerra Mundial. El recorrido matutino lo terminé en la puerta de San Florián, la única entrada a la ciudad antigua  que se conserva original para luego ir al museo Czartoryski, donde pude admirar la famosa pintura de Da Vinci «La Dama del armiño».

Luego de comer en un «Bar de leche» —pequeños restaurantes típicos, decorados como casitas antiguas en donde cocinan abuelas y venden comita típica muy sana y sustanciosa— continué el recorrido al barrio judío de Kazimierz  para recorrer con calma, con ayuda de Jairo, un guía excepcional, esos lugares que hablan de aquella famosa película «La Lista de Schindler», pasando por el cementerio judío, varias sinagogas, plazas y lugares emblemáticos, incluido el famoso monumento de «Las Sillas Vacías», una impresionante obra de los arquitectos polacos Piotr Lewicki y Kazimierz Łatak, financiada, entre otros, por el director cinematográfico Roman Polanski para representar,  en el centro neurálgico del gueto de Cracovia —que llegó a albergar a más de 15,000 judíos— el lugar donde se hacía la selección de personas para su deportación a campos de exterminio. Las pertenencias son representadas por 33sillas grandes y 37 pequeñas, distribuidas en la plaza de los Héroes del Holocausto. El diseño de este lugar, con el que terminé prácticamente mi recorrido de la tarde luego de tres horas en las que recordé que no es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después, está inspirado en las memorias del farmacéutico Tadeusz Pankiewicz, quien documentó cómo, durante las deportaciones de 1941 a 1943, los nazis amontonaban los muebles y pertenencias de los judíos en esta misma plaza antes de llevárselos presos justificando cada deportación de una manera impresionante para acabar con todos. Las sillas representan la pérdida, la ausencia y el trágico destino de miles de personas cuya historia quedó grabada para siempre en este lugar que me ayudó a echar un vistazo y a meditar en el tremendo final de las vidas de tantas personas como San Maxilinao Kolbe y Santa Edith Stain —Santa Teresa Benedicto de la Cruz— en Auschwitz, a donde sabía que no podría ir. 

Ante todo esto y con el cansancio natural, al llegar a mi cuarto en la noche me pregunto: ¿Unas cosas vividas hace tanto sirven de algo en el mundo actual tan disperso y tan falto de aprecio por la historia? Y voy al pasaje de san Pedro en la primera lectura de hoy (2 Pe 3,12-15a.17-18)  para meditar cómo nos aconseja afrontar la espera de la venida del Señor de la Historia con palabras que siguen siendo actuales. Literalmente nos dice que... «no les arrastre el error de esa gente sin principios» ¿A caso hoy no estamos bombardeados por mensajes sin ningún tipo de principios y valores haciendo a un lado la historia? Poder, riqueza, violencia contra el otro, fama, éxito social...  Mensajes atrayentes que nos apartan de lo verdaderamente importante: Dios y su presencia junto al hombre en la tierra a lo largo de siglos y siglos. Mientras esperamos al Señor debemos valorar la historia y el paso por el mundo de todos nuestros hermanos que han dejado huella. Definitivamente las palabras contenidas en las Sagradas Escrituras están siempre de plena actualidad, y seguirlas es la mejor manera de conseguir un mundo mejor que valore el pasado y proyecte, con ello, un futuro mejor.  Todos tenemos la oportunidad de ayudar a que el Reino de Dios quede grabado en el paso del hombre en tantas partes del mundo, y lo haremos a través de nuestras obras y de nuestra actitud como ciudadanos en medio de la sociedad en que vivimos dejando vestigios de fe, de valentía, de solidaridad. Recorrer la historia, como lo he hecho yo hoy en Cracovia, nos recuerda que en la vida no todo es blanco o negro, que hay una inmensa gama de grises y para todos, gracias a todos, hay lugar en este viaje de paso a la eternidad. Dios debe ser el centro de nuestra vida, nuestro pilar, pero vivimos en distintas sociedades en las que debemos cumplir nuestras obligaciones como ciudadanos, dejando claro que nuestra conciencia deberá estar por encima de las injusticias de los hombres sabiendo que las cosas del alma están por encima de las del mundo. Ser buen cristiano implica ser buen ciudadano y amar la historia sin reñir con ella. Que María nos acompañe en el diario e histórico caminar. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.