domingo, 5 de julio de 2026

«”Modo party” y “modo rest”»... Un pequeño pensamiento para hoy


Vivimos en un mundo marcado por la prisa, la exigencia constante y el peso de innumerables preocupaciones que terminan agotando la mente y el corazón. La Palabra de Dios nos invita este domingo a detenernos, mirar hacia nuestro interior y preguntarnos si hemos olvidado qué significa descansar y dónde buscamos realmente nuestro descanso. Como señala Byung-Chul Han, uno de los filósofos contemporáneos que más ha influido en mi pensamiento y en el de muchos católicos, vivimos en una «sociedad del cansancio» porque hemos perdido la capacidad de descansar. Ya no necesitamos una imposición externa como en el tiempo de la esclavitud: muchas veces somos nosotros mismos quienes nos exigimos sin medida. La mayoría no es explotada por un jefe o un dictador, sino que se explota voluntariamente a sí misma, convencida de que se realiza como persona a través de un esfuerzo agotador. La presión por ser cada vez más productivos y exitosos provoca cansancio extremo y enfermedades neuronales que no dejan espacio para la pausa. El hombre y la mujer de hoy han caído en la trampa diabólica de la sociedad del rendimiento que es el creer que nuestro valor depende de lo que producimos y que, por eso, no podemos detenernos. ¡No hay tiempo ni permiso para descansar!

Corremos sin medida, trabajamos sin freno, producimos en exceso y nos exigimos sin descanso. Pero ¿qué ocurre cuando el cuerpo, la mente y el alma ya no pueden más? Hoy, en el Evangelio (Mt 11,25-30) Jesús nos invita a descansar. No nos ofrece una simple pausa ni una evasión de los problemas, sino algo mucho más profundo: la paz que nace cuando dejamos de sostener la vida únicamente con nuestras propias fuerzas y aprendemos a abandonarnos en las manos de Dios. El cansancio del mundo actual es peligroso, porque nace de la autosuficiencia. Cuando creemos que todo depende de nosotros, terminamos cargando pesos que nunca fuimos llamados a llevar. El Señor nos recuerda que la humildad evangélica consiste en reconocer nuestra necesidad de Dios: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré». Pero, ¿cómo descansar en esta sociedad del rendimiento, que cada vez se convierte más en una sociedad del dopaje, donde el ser humano termina clamando desde la derrota del cansancio que provoca ansiedad, depresión, angustia, burnout y otros males neuronales? ¡Qué difícil es, incluso en medio de un mundial de futbol, abrir espacio para la quietud, la calma y la serenidad del alma! Los Fan Fest quieren mantener a todos en «modo party» que agota más. 

Es necesario detenernos, limpiar la mirada y reconocer que no podemos vivir de manera deshumanizada debido a la patética necesidad de un activismo desmedido. Necesitamos descansar con Jesús para recuperar lo verdaderamente humano. Nuestros tiempos, tan parecidos en muchos aspectos a otros momentos de la historia, no piden quietismo. No fuimos creados para la inercia. Pero sí para una militancia sensata, alimentada por la interioridad y el silencio: dos pilares que generan lucidez y ayudan a contrarrestar el estruendo del mundo. Dios es calma y quietud, Él, al terminar la Creación, descansó, según nos narra el libro del Génesis y nunca es tarde para aprender a descansar. Pienso en María en casa de Isabel, donde seguramente encontró momentos de descanso, y le pido que me acompañe también en mis ratitos de reposo. ¿Cómo descansas tú? ¿Qué te hace entrar en «modo rest»? ¿Lees, caminas, rezas, escribes, paseas en bicicleta, te sientas a contemplar, tomas un buen café o una taza de té? ¡Bendecido domingo y sin llegar al desenfreno sigamos disfrutando del futbol, que gane quien rece más y se prepare mejor, como decía mi buen amigo Osvaldo Batocletti!

Padre Alfredo.

sábado, 4 de julio de 2026

«Danzón n.º 2»... Una obra maestra de Arturo Márquez

El «Danzón n.º 2» es una obra musical para orquesta sinfónica compuesta por el destacado músico mexicano Arturo Márquez, (n. Álamos, Sonora, 20 de diciembre de 1950) que ya he dicho en varias ocasiones, es mi compositor mexicano favorito y ya he hablado varias veces, con diversas obras, de él, solo que me faltaba detenerme con detalle en esta fastuosa composición. Sin duda alguna puedo decir que de sus composiciones, la que más veces he escuchado y que más me gusta es ésta.

La obra fue estrenada con gran éxito el 5 de marzo de 1994. Influenciada por el danzón, los ritmos populares y la música mexicana de concierto, es la más destacada de la serie de nueve piezas tituladas así de las cuales ya he hablado en general, y se convirtió en una pieza recurrente en la interpretación de orquestas sinfónicas de México y el mundo. El gobierno mexicano en su vigésimo aniversario reconoció a «Danzón n.º 2» como la segunda obra de música mexicana de concierto más famosa, sólo por detrás del Huapango de José Pablo Moncayo. Críticos como Aurelio Tello lo califican como «uno de los rostros más profundamente genuinos de la actual música mexicana».

La mejor forma de acercarse al Danzón No. 2 de Arturo Márquez es a través de un texto de su puño y letra, que dice así: «La idea de componer el Danzón No. 2 surgió en 1993 durante un viaje a Malinalco con el pintor Andrés Fonseca y la bailarina Irene Martínez, ambos expertos en bailes de salón y con una especial pasión por el danzón, la cual me transmitieron desde el principio y también en posteriores excursiones a Veracruz y al Salón Colonia en la colonia Obrera del Distrito Federal. 

A partir de estas experiencias empiezo a aprender sus ritmos, su forma, sus contornos melódicos a base de escuchar las viejas grabaciones de Acerina y su Danzonera, y dentro de mi fascinación capto que la aparente ligereza del danzón es sólo una carta de presentación para una música llena de sensualidad y rigor cualitativo que nuestros viejos mexicanos siguen viviendo con nostalgia y júbilo como escape hacia su mundo emocional, el cual afortunadamente aún podemos ver en el abrazo que se dan música y baile en Veracruz y en los salones de la ciudad de México. 

Danzón No. 2 es un tributo a ese medio que lo nutre. Trata de acercarse lo más posible a la danza, a sus melodías nostálgicas, a sus ritmos montunos, y aun cuando profana su intimidad, su forma y su lenguaje armónico, es una manera personal de expresar mi respeto y emotividad hacia la verdadera música popular. El Danzón No. 2 fue compuesto gracias a un encargo de la Dirección de Actividades Musicales de la UNAM y está dedicado a mi hija Lily».

Debido a su carácter rítmico y su asociación con el danzón, las audiencias asociaron paulatinamente la pieza a un ánimo festivo que predomina en las diversas interpretaciones de esta obra alrededor del mundo. 

Padre Alfredo.

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«DE ODRES Y REMIENDOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


La lectura del pasaje evangélico de este día (Mateo 9,14-17), nos deja ver que la doctrina de Jesús es algo totalmente nuevo. Él no viene a reformar la ley religiosa de su tiempo, sino que viene a darle su verdadero sentido de plenitud. Lejos de abolir aquello que había sido instituido, completa su propósito final: transformar el cumplimiento externo en una vida guiada por el amor a Dios y al prójimo, cambiando las normas formales por una transformación interior. A través de parábolas, como las de hoy, Jesús enfatizaba que Él estaba dando cumplimiento a la Ley haciendo algo nuevo inaugurando una nueva relación de pacto entre Dios y su pueblo. Los discípulos de Juan eran judíos. Todavía seguían las reglas del judaísmo y vivían bajo las obligaciones del Antiguo Testamento, con sus rituales ceremoniales y regulaciones religiosas, incluyendo el ayuno en ciertos días.

El Evangelio, según hoy nos muestra Jesús, es Buena Nueva. Es una gran novedad. Por eso lo normal es que Dios tenga cosas nuevas que anunciarnos: de lo contrario no sería ni mejor ni mayor que nosotros. Por eso, habla Jesús de vino nuevo. El Evangelio es como un traje nuevo que no admite llevar cosidos viejos harapos en un remiendo cualquiera. Este traje y este vino es el regalo que Jesús nos trae de parte de Dios. Y espera que nosotros guardemos este vino nuevo en un odre también nuevo, ¿o qué no estamos llamados a ser la humanidad nueva? Hay que buscar ser un odre que no eche a perder el vino. 

El cuero de un odre viejo ya se ha estirado y endurecido; al no poder expandirse, se agrieta y revienta, destruyendo tanto el envase como el líquido. Esta metáfora, tan bien empleada por el Maestro, junto a la del remiendo, ilustra cómo las estructuras rígidas o antiguas no pueden contener transformaciones o verdades revolucionarias sin destruirse en el proceso. Las dos parábolas revelan esta verdad: si no comprendemos que se necesita algo nuevo, dos objetos valiosos —la ropa y los odres— corren el riesgo de arruinarse. ¡Qué alegría que tenemos una nueva vida de libertad en Jesús que todo lo hace nuevo llevando a plenitud la Ley! Que María santísima nos ayude a ser fieles en todo tiempo y lugar. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 3 de julio de 2026

«TRAE ACÁ TU MANO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy la fiesta del Apóstol Santo Tomás nos lleva a contemplar al Señor resucitado. La liturgia, en el evangelio (Juan 20,24-29), nos lleva a la escena del momento en el que Tomás, no estaba con la comunidad cuando apareció Jesús, y no cree lo que le dicen los demás. Él aún no ha captado la experiencia de la Resurrección y por lo tanto sigue desanimado y por eso no les cree. Este dato es muy importante, porque nuestra fe no puede apoyarse solo en testimonios; nuestra fe tiene que ser una experiencia personal, un encuentro con Alguien vivo que nos libera del desencanto, y nos muestra un camino. Al mismo tiempo nos deja ver cómo el desánimo y el desaliento nos pueden llevar a la incredulidad.

Jesús, vuelve a la semana siguiente, cuando ya está Tomás con la comunidad. Y es que Jesús vuelve siempre, sin reproches, sin reclamos, sin regaños; vuelve con su cercanía, con su paz, con su misericordia. Se acerca a Tomás con una especial ternura y le dice: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino cree». Y del incrédulo Tomas surge una gran confesión de fe: ¡Señor mío y Dios mío! De la duda de Tomás, podemos aprender a gestionar nuestras propias dudas. Nos hace bien de vez en cuando entrar en nuestro interior, habitado por Dios mismo. 

El silencio interior, que podemos hacer luego de pensar en este momento que vivió Santo Tomás, provocará en nosotros la actitud propia de las personas que se saben incondicionalmente queridas, protegidas y acompañadas. Como Tomás, nosotros también debemos reconocer al Señor en las llagas de su costado sin limitarnos a tocarlas sino ir más allá y aliviarlas, curarlas en el hermano necesitado de cariño, de escucha, de compresión. Jesús nos invita a ver y tocar, para curar, todas sus llagas en tantas personas heridas en nuestro mundo. Que María santísima nos ayude. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 2 de julio de 2026

«ME DA PENA EL ¡MODO PARTY! QUE PARALIZA EL ALMA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este jueves, en la liturgia de la Palabra, tenemos un pasaje del evangelio de San Mateo (Mateo 9,1-8) en el que Jesús no solo sana a un paralítico, sino que antes de eso muestra su autoridad para perdonar los pecados a los presentes, desafiando a los escribas que rechazaban a Nuestro Señor especialmente porque desafiaba su autoridad religiosa  y criticaba su enfoque legalista. Jesús les reitera que el Hijo del hombre tiene ese poder en la tierra e invita al paralítico a que tome su camilla y se vaya a casa, dejando asombrados a los presentes quienes dan gloria a Dios. Los escribas —siempre de vista corta— quieren pulverizar a Jesús acusándolo de escándalo porque se atreve a perdonar pecados, potestad que solo pertenece a Dios. Mateo relata que Jesús, «conociendo sus pensamientos», plantea una pregunta: «¿Qué es más fácil decir?». Luego, para que la multitud sepa que «el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados», manda al paralítico levantarse, tomar la camilla y andar.

Entonces, en lugar de fijar nuestra mirada en los escribas, veamos al hombre paralizado, que permanece callado en todo el relato dejándose llevar por sus amigos sin siquiera manifestar su fe ante Jesús, ni pedir él la curación. EL Señor le dice: «Ten confianza, hijo, se te perdonan tus pecados». Es que, en realidad, es el pecado lo que paraliza la existencia de todo ser humano y le impide vivir. Curar a un paralítico es dar al hombre la posibilidad de caminar, de elegir su vida, de ejercer su actividad, pero para alcanzar esto primero es necesario perdonar los pecados y liberar del sentimiento de culpa. Solo después será posible curar la parálisis, porque con frecuencia es el sentimiento de culpa lo que nos paraliza a todos. Jesús lo libera del pecado y le anima a asumir de nuevo su vida con ánimo y responsabilidad: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa».  La curación corporal confirma y manifiesta su potestad espiritual: el signo verifica la palabra.

El pecado no puede estar en nosotros sin hacernos daño y traer dolor, incertidumbre y culpabilidad que no se queda solo en el pecador, sino que se propaga. Prueba de ello son los nefandos actos cometidos en los «Fan-Fest» —festivales del mundial— de Ciudad de México, Monterrey y Tijuana, donde el pecado se ha hecho «social» y la chusma alcoholizada, con una total ausencia de Dios en su corazón, ha perdido su brújula moral—empezando por las autoridades civiles— dejándose dominar, «¡en el modo party!» por los instintos más básicos y egoístas en una dinámica que paraliza el alma y la dignidad de la persona. Deberíamos de leer a Octavio Paz, que en su Laberinto de la soledad advertía: «Nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares». En la parálisis del hombre curado los hombres y mujeres de fe podemos ver el símbolo de nuestras propias parálisis, de todo aquello que no solo como personas, sino como sociedad, nos detiene impidiéndonos avanzar en la vida. Estoy contento con el desempeño de nuestros jugadores mexicanos en el mundial, pero no con la parálisis social que esto está causando y que empobrece al ser humano en todo sentido. Que la humildad de María Madre, que seguro sufre por sus hijos, no nos deje. ¡Bendecido jueves social y eucarístico!

Padre Alfredo. 

miércoles, 1 de julio de 2026

«POR AQUELLO DEL FUTBOL»... Un pequeño pensamiento para hoy


Ayer, como pocas veces, pude disfrutar del partido de futbol entre México y Ecuador. El futbol es de las pocas cosas que me mantienen «un poco atento» a la pantalla —como se le dice ahora a la televisión—. Compartir el ver el juego con Edgar, Jimmy y Rola resultó encantador, y más por la deliciosa carne asada que acompañó el momento. ¡Gracias padre Rola por abrir las puertas de tu casa siempre! Ayer comprobamos que tanto en México como en Ecuador, el fútbol cuenta con jugadores que profesan abiertamente su fe. Vimos a varios de los jugadores santiguarse. Esta victoria no solo nos da el gusto de seguir en la batalla, sino el contemplar que mientras las naciones compiten en la cancha, la verdadera identidad y propósito de las personas se encuentran en el respeto, la fraternidad y el agradecimiento a Dios, sin importar el marcador.

Este triunfo de México 2-0 sobre Ecuador en el Estadio Azteca , que instaló al «Tri»  en los octavos de final de este Mundial, debe ser, para los hombres y mujeres de fe que somos mexicanos, una invitación a reflexionar sobre el valor de la unidad, la humildad y la verdadera victoria en los dones y propósitos de Dios, más allá de la rivalidad deportiva. Porque hay que decir que el triunfo de México no fue casualidad, sino el resultado de la disciplina, el trabajo de equipo y el enfoque inquebrantable. Esto refleja uno de los principios de nuestra fe. El esfuerzo constante y la preparación son premiados (1 Corintios 9,24) mostrándonos que el éxito terrenal requiere responsabilidad y entrega. Los jugadores saben que el equipo no les pertenece. Ellos no son los dueños sino los administradores del balón liderados por el director técnico y unidos con todo un equipo tras bambalinas que hace que puedan llegar a la cancha.

La parábola de la viña y los labradores homicidas que nos regala el Evangelio (Marcos 12,1-12), nos enseña a rendir «frutos a su tiempo» (Marcos 12,2). En el futbol, como en todo deporte, esto equivale a ser buenos administradores de los talentos recibidos, de la disciplina y del cuerpo; trabajando en equipo, jugando limpio y reconociendo que todo ha sido dado por el Creador dueño de nuestras vidas. Los labradores se creyeron dueños de la viña y olvidaron al propietario. En el mundial, si los jugadores se apropiaran de la gloria, olvidando el trabajo en equipo, la humildad y el país al que representan. En el deporte, los mandamientos de Dios y las reglas del juego no limitan la libertad, sino que guían la conducta para competir con respeto, justicia y paz recordando que todos somos hermanos. Felicitamos a los jugadores, pero nos felicitamos todos, por crear, con el deporte, un espacio de convivencia, de paz y de esperanza. En el legendario Estadio Azteca —llamado por el mundial Estadio Ciudad de México— hay una capillita, desde done la Virgen Morena del Tepeyac nos acompaña en cada juego, que Ella siga así. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 30 de junio de 2026

Para agilizar la mente...

«A MITAD DEL AÑO POR EL MAR DE LA VIDA»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Se acaba junio y, con el fin de este mes, se va la mitad del 2026 —aunque para ser exactos, según los estudiosos, la mitad es el 2 de julio— y se abre oficialmente la puerta al mes de julio. Para todo discípulo–misionero de Cristo esto trae la oportunidad de buscar un momento para pausar, agradecer y alinear nuestra vida con los planes de Dios. Cerrar este sexto mes nos invita a mirar atrás con gratitud y hacia adelante con fe seguros de que la palabra de Dios nos seguirá acompañando día a día. La psicóloga argentina Paula Fontana, dice que «no hace falta esperar a diciembre para hacer un balance. Este momento de mitad de año puede ser muy útil para revisar cómo venimos y reordenar prioridades». ¡Quedan seis meses para acrecentar nuestra fe y nuestra confianza en Dios que no abandona nunca a nadie!

Hoy el Evangelio (Mateo 8,23-27) nos lleva al mar, este regalo de Dios que es símbolo de la vida, tan fascinante y tan tremenda. El relato de este día nos narra que los discípulos están en una barca y Jesús con ellos. El mar se encrespa —como la vida, tantas veces— y parece que no hay salida: «Señor, ¡sálvanos, que perecemos!» El Maestro va tranquilo. Parece que duerme. Pero escucha la voz de los suyos, la voz de su pueblo, la voz de los que le interpelan porque Dios siempre escucha, siempre atiende, siempre acompaña. Y el mar se calma. Y con ello la vida. Es que todo es cuestión sólo de fe. Porque todo es posible para el que cree.

¿Qué nos depara el mar de la vida para esta segunda mitad del año que mañana iniciamos? No lo sé ni yo ni ustedes. Vivimos a la sorpresa de Dios, porque, como decía el recordado Papa Francisco: «Nuestro Dios es el Dios de las sorpresas: viene y hace siempre nuevas las cosas [...] y nos pide docilidad a su novedad». Quiero cerrar el mes y con él este primer semestre compartiendo una oración con cada uno de ustedes que tienen la paciencia y el arrojo de leerme: «Padre misericordioso, hoy cierro el mes de junio con un corazón agradecido. Gracias por tu fidelidad, por ser mi refugio y por no soltarme de la mano en ningún momento. Te pido perdón por mis dudas y fallas. Dejo en tus manos los proyectos que quedaron pendientes y los sueños que aún esperan. Me dispongo a iniciar la segunda mitad del año con fe y alegría renovada. Bendice el mes que comienza, guarda a mi familia, a mis amigos, a mi comunidad, a mi parroquia y guíame en cada paso. Que mi vida siga alineada a tus propósitos de la mano de María. Amén.» ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 29 de junio de 2026

«San Pedro y San Pablo y la Iglesia de hoy y de siempre»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


La pregunta que aparece en el Evangelio de hoy (Mateo 16,13-19) en esta solemnidad de San Pedro y San Pablo se hace punta de lanza para la reflexión que quiero compartir: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Este interrogante nos sitúa en el centro de la fe. Es una gran pregunta que se convierte en postuladora de una opción personal y radical para seguir a Jesús en el tiempo actual. Cristo continúa presente en la Iglesia, de eso no hay duda alguna. En la Iglesia Cristo está vivo. La respuesta de la fe que cada uno de nosotros puede dar, es una respuesta que se da dentro de la Iglesia. 

En los últimos años, he visto la dificultad, para muchos bautizados, de aceptar la mediación de la Iglesia para vivir la fe. Hay gente que con facilidad acepta a Dios y a Cristo, pero no a la Iglesia porque olvidan que la Iglesia es: Cristo presente entre nosotros. Es en la Iglesia y a través de la Iglesia, que Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria. Por eso afirmamos que la Iglesia es el cuerpo de Cristo. Dudar de la Iglesia, de su origen divino, de la eficacia salvadora de su predicación y de sus sacramentos, es dudar de Dios mismo, es no creer plenamente en la realidad de la venida del Espíritu Santo para encontrarnos con el Cristo total. Por eso hay que señalar que la comunidad eclesial es la plenitud de las esperanzas, la guía que nos conduce hacia la realización, porque nos hace presente el amor del Padre y por eso se afirma que es instrumento universal de la salvación.

Este 29 de junio la Iglesia Católica celebra a San Pedro y San Pablo juntos porque ambos apóstoles son considerados «columnas de la Iglesia» gracias a su determinante labor evangelizadora en los primeros años del cristianismo. Sobre ellos descansa el peso del rebaño de Cristo que peregrina en el mundo como si de columnas de un edificio se tratase. Sin ellos, sin su testimonio de vida, sin su entrega, el «edificio» se vendría abajo. Con ellos, siempre hay equilibrio. Así lo declara San Agustín en uno de sus sermones: «El día de hoy es para nosotros sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo… Es que ambos eran en realidad una sola cosa aunque fueran martirizados en días diversos» (San Agustín, Sermón 295). Ellos son la columna, pero cada uno de nosotros somos piedras que colaboran en la construcción de este edificio. Celebremos esta fiesta de la mano de María sintiéndonos para vital de la Iglesia y encomendando en especial al Papa León XIV. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 28 de junio de 2026

«Los hombres de Dios y la cruz»... Un pequeño pensamiento para hoy

Al ver la liturgia de la palabra de la misa de este domingo, resuenan en mi corazón dos ideas centrales luego de meditar en torno a lo leído y son las que quiero compartir en estas líneas, recordando que en cada eucaristía, la palabra de Dios va guiando nuestro ser y quehacer como discípulos–misioneros de Cristo y que cuando comparto esto escrito, ya dio vueltas en mi interior. Si queremos seguir a Jesús, debemos renunciar a nosotros mismos y a lo nuestro, pero a la vez agradecer que en gente buena, en gente sencilla, Él no nos deja, nos regala casa, vestido y sustento. He pensado mucho en mi vida de misionero, en la renuncia que hay que hacer a las seguridades materiales y el camino que hay que hacer cada día con fe, confiando en la generosidad de los demás —la limosna— mientras lucho por abrazar la cruz en las dificultades espirituales y físicas, las críticas, las incomprensiones aún de los más cercanos, las murmuraciones sobre mi condición de vida casi nómada y la soledad —la cruz de cada día—.

En primer lugar quiero invitar a mis 18 lectores a dirigir la mirada a Eliseo, a quien la primera lectura (2 de Reyes 4,8-11. 14-16ª) como el hombre de Dios que va anunciando a su paso lo que Dios le va indicando. Los milagros que realiza y que se relatan en el libro, revelan que se trata de un hombre de Dios. Hoy vemos cómo, precisamente por eso, recibe la bendición de tener gente que se preocupa por él. Es que los hombres de Dios, los misioneros, vivimos así, de la limosna de todos, aunque para algunos, que ven solamente con los ojos del mundo, parezcamos una especie de zánganos que no producimos nada. Pero, para ser un misionero no todo es fácil. Eliseo tuvo momentos difíciles, yo también. Es que el seguimiento supone morir a sí mismo y entrar por el camino de la entrega y el servicio, como hizo Jesús quien también fue rechazado por algunos que no le entendieron, pero él fue fiel a la voluntad del Padre. Hoy me parece un buen domingo para pedir por los hombres de Dios.

La segunda idea gira en torno al desconcertante Evangelio de hoy para la mayoría de los bautizados en un mundo donde reina el confort y la búsqueda de un exagerado bienestar en donde nada sea sacrificio ni dolor.  Jesús nos dirige unas palabras (Mateo 10, 37-42) que a primera vista suenan duras pero señalan el lugar que Dios debe ocupar en la vida del creyente. Cuando en el centro del corazón se coloca a Dios, se comprende el valor de la «cruz» y lo que ello demanda, se aprende a amar mejor a las personas que nos rodean y se le da sentido a la verdadera libertad interior. La cruz no es una búsqueda voluntaria del sufrimiento ni un resignarse pasivamente. Implica una fidelidad a la voluntad del Padre misericordioso que exige perseverancia y entrega. Es el crisol de la verdadera fidelidad. Quien hace a un lado la cruz se encierra en sí mismo termina empobreciéndose; quien está dispuesto a darse a los otros encuentra una alegría más profunda y duradera. Eso lo han experimentado, por ejemplo, todos los que han realizado algún tipo de voluntariado. El seguimiento del Señor implica tomar la cruz, pero también invita a abrir el corazón a una vida más entregada y fecunda. Pidamos a María que nos acompañe en nuestro peregrinar, ella, que obediente a voluntad del Padre, permaneció al pie de la cruz. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 27 de junio de 2026

«DIOS Y LAS DECISIONES MAL TOMADAS DEL HOMBRE»... Un pequeño pensamiento para hoy


Todo bautizado, discípulo–misionero de Cristo, ha de estar convencido de que Dios no envía terremotos ni castiga a las comunidades, sino que se manifiesta como una fuente de fortaleza y esperanza en medio del dolor. La mayoría de los líderes espirituales y teólogos, no solo cristianos sino de las distintas religiones existentes, coinciden en que los desastres naturales responden a las leyes de la naturaleza y a la dinámica del planeta. Los terremotos, como los acabamos de vivir en varias partes del mundo, siendo el más devastador el de Venezuela, son fenómenos geológicos causados por el movimiento, fricción y liberación de energía entre las placas tectónicas de la Tierra y nada tienen que ver con el comportamiento humano como un castigo divino. La naturaleza tiene sus propias leyes y Dios, que nos ha hecho libres, respeta su proceso. Dios no castiga a los pueblos con ruinas, muerte y sufrimiento. Él no está del lado de la destrucción, sino del lado de las víctimas; no está en el edificio que cae, sino en las manos que levantan; no está en el miedo que paraliza, sino en la solidaridad que se organiza.

La lectura de hoy, en el libro las Lamentaciones (Lamentaciones 2,2.10-14.18-19) es sumamente ilustrativa en estos momentos en que, en especial, el pueblo venezolano nos necesita. La lectura nos presenta un pueblo que reflexiona mirando a los más débiles, niños y lactantes que desfallecen. Un pueblo que sabe que ha seguido a profetas que no tuvieron mirada de verdad y no guiaron por el buen camino no puede sentirse destruido por un Dios vengativo, sino acompañado en el proceso de arrepentimiento en búsqueda de una vida nueva. Y es desde este sufrimiento nace un signo de vida nueva, un grito en la noche que pide levantarse y llevar el corazón a la presencia del Señor.

De toda esta catástrofe que ha dejado más de 1.400 muertos y alrededor de 3.500 heridos, ha de resurgir una vida nueva que parte cuando en el sufrimiento se entrega a Dios. Él siempre está acompañando al que sufre. Cada vez que ocurre una tragedia, aparecen voces que quieren explicar el dolor como si fuera una condena divina. Pero la Palabra de Dios nos enseña otra cosa. Dios nunca mira a las víctimas como culpables. Ante la desgracia, no pregunta: «¿Qué hicieron para merecerlo?», sino que abre un camino de conversión, compasión y responsabilidad. Lo que sí puede darse es que un fenómeno natural se convierta en una tragedia humana debido a decisiones mal tomadas: de cómo construimos, de cómo cuidamos o destruimos la casa común, de cómo se planifican las ciudades, de cómo se protege a los más pobres, de cómo las políticas de extracción, abandono y explotación van dejando territorios más frágiles y comunidades más expuestas.

Por eso, la fe no puede quedarse en una explicación fácil ni en una frase piadosa. La fe verdadera, ante situaciones tan tremendas como esta, se arrodilla para orar a la vez que se levanta para ayudar. Ora por los fallecidos, consuela a los heridos, acompaña a quienes lo perdieron todo y exige que la vida de los pueblos valga más que cualquier interés económico. Ni Venezuela, ni Chile, ni Japón, en donde ha temblado con fuerza estos días, necesitan juicios. Necesitan consuelo y oración. Necesitan manos abiertas. Necesitan mantener los oídos abiertos para escuchar con fuerza y con ternura, que el Dios de las Misericordias está con ellos y con nosotros que nos solidarizamos, despertando en todos el deber sagrado de recordar que somos la familia de Dios y de que, como dice San Pablo, cuando un miembro sufre, sufren todos. Que la Virgen no nos suelte de su mano en medio del dolor que compartimos. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 26 de junio de 2026

«¡GRAVÍSIMA CONFUSIÓN!»... Para reír un poco


Un matrimonio decide ir a pasar vacaciones en una playa del Caribe, pero debido a problemas de trabajo, la mujer no pudo viajar con su marido, quedando en darle alcance unos días después. 

Cuando el hombre llegó y se alojó en el hotel, vio con asombro que en la habitación había una computadora con conexión a Internet. Entonces decidió enviar un e-mail a su mujer, pero se equivocó en una letra y sin darse cuenta lo envió a otra dirección… 

El e-mail lo recibe por error una viuda que acababa de salir de la misa del funeral de su esposo, y cuando leyó el correo electrónico gritó y se desmayó instantáneamente. El hijo de la viuda vió a su madre en el  suelo de la Iglesia sin conocimiento y llamó rápido a su médico de cabecera que había asistido al funeral y al sacerdote.

Mientras el médico revisaba a la señora, el padre se acercó para darle la unción de los enfermos y el hijo, mortificado porque su madre recobraba el conocimiento lentamente, tomó el teléfono de su mamá  en cuya pantalla pudo leer…

«Querida esposa: He llegado bien. Probablemente te sorprenda recibir noticias mías por esta vía, pero ahora tienen computadora aquí y puedes enviar mensajes a tus seres queridos. Acabo de llegar y he comprobado que todo está preparado para tu llegada este próximo viernes. Tengo muchas ganas de verte y espero que tu viaje sea tan tranquilo y relajado como ha sido el mío.

No traigas mucha ropa. ¡Aquí hace un calor infernal!»

Ramiro.

«LA FORMACIÓN PERMANENTE EN LA VIDA CONSAGRADA»


La vocación, respuesta del hombre a la llamada de Dios, encierra en su misterio, unas realidades que encienden el corazón que quiere entregar su vida por la causa de Cristo.

En medio de una sociedad profundamente materialista, marcada por el egoísmo y que anega las aspiraciones más nobles del corazón, percibimos que la vocación es una respuesta, a la llamada que Dios hace para seguirlo, que no puede ser pasajera. Aceptar la vocación y perseverar en ella, quiere decir «creer en el amor» (Cfr. 1 Jn 4,16.  Cada uno es «amado y escogido providencialmente por el dueño de la viña» (ESQUERDA BIFET Juan, "Ven y verás", Roma 1993, p. 8). Nuestra vocación es ante todo, una vocación de amor. 

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, supo descubrir esto y trazó un programa para su vida, un programa tan sencillo como esto: «Que mi vida sea un programa de amor. Que mi vida sea un acto de continua oblación» (ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, "Recuerdo de mis santos ejercicios", julio 6-17 de 1941).

Viendo nuestra respuesta vocacional en esta clave de amor, encontraremos siempre motivos más que suficientes para perseverar con alegría. Nuestra vida consagrada debe ser una vida impregnada de amor, porque nos sabemos amados por Dios. El Señor nos llama cada día a reestrenar la gracia de la vocación, a «volver al primer amor» (Cfr. Ap 2,2-5), a reavivar la ilusión de vivir pata él, recordando que «salimos de la mano de Dios, como obra y fruto de su amor» (CASTRILLÓN HOYOS Darío, "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 21).

Desde hace algunos años se habla mucho de «formación permanente» y está bastante claro que no se trata de algo nuevo, pero hoy, «en medio de nuestro mundo, en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, en donde el hombre busca desesperadamente en su mayoría, su seguridad existencial en el progreso científico y técnico, en el poder, en el dinero, en la comodidad, esta formación permanente se hace urgente, para que el consagrado no se deje arrastrar por modas o tendencias pasajeras.» (cfr. DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "Cristo, fundamento del sacerdocio; sacerdote, sacramento de Cristo", manuscrito sin fecha).

Jesús llamó a los que él quiso, nos llamó a nosotros también. Él llama siempre para estar con él y para enviar, a los llamados, a predicar la Buena Nueva(Cfr. Mc 3,13-14). La vocación, entonces, es «una llamada a compartir la vida de Cristo en un encuentro permanente y una misión totalizante» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "La miseria al servicio de la misericordia", manuscrito sin fecha). El «sígueme» de Jesús, se sigue repitiendo en cada llamada, en cada vocación, y no sólo eso, sino que se va renovando cada día, de tal manera que el que se sabe llamado, ha sido amado por Cristo y debe ir motivado por una respuesta dinámica a la llamada. 

«El amor de Dios nos persigue» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "El pecado, Un ¡no! al amor de Dios”, manuscrito, 1994). Jesús se encuentra con nosotros, nos arrastra, nos cautiva, nos convence y nos va transformando. Por eso la beata María Inés decía: «Quiero transformarme en tu amor, quiero vivir de amor, quiero morir de amor» (ARIAS ESPINOSA María-Inés-Teresa O.S.C., "Ejercicios espirituales", 1943).

En la mirada de  nuestro Señor Jesucristo, «imagen de Dios invisible» resplandor de la gloria del Padre, se percibe la profundidad de ese amor eterno e infinito que toca las raíces del ser. La persona que se deja seducir por él, abandona todo y lo sigue. Como san Pablo considera que todo lo demás es «pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús», ante el cual no duda en tener todas las cosas «por basura para ganar a Cristo». Su aspiración es identificarse con él, asumiendo sus sentimientos y su forma de vida". (Cfr. Vita Consecrata 18). 

Recordando que «el fin de la vida consagrada consiste en la configuración con el Señor Jesús y con su oblación total, es sobre todo a esto a lo que debe aspirar la formación (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 36-37). Desde esta perspectiva se entiende que la vocación religiosa auténtica, es una vigorosa experiencia de encuentro con el Padre de las Misericordias en Cristo. Es literalmente una «vivencia». El verdadero religioso, como vemos en la beata María Inés, es un enamorado de Cristo que, como san Pablo, pretende alcanzar a Cristo, porque se sabe previamente alcanzado por él. (Cfr. DELGADO RANGEL, Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "La expresión de un único sí", manuscrito, 1994)

La formación permanente, es el esfuerzo integral que hemos de asumir, con la gracia de Dios, para permanecer dinámicamente fieles a la propia identidad espiritual y eclesial y para ser capaces de adaptamos y responder positivamente, en el nombre del Señor, a las exigencias históricas de la vocación (Cfr. MISIONERAS CLARISAS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO, "Guía de formación", Roma, diciembre de 1997). Se trata de una cuestión de «perseverancia» y «fidelidad», como muchas veces lo he repetido y experimentado. «¿Cómo olvidar que el Señor nos llamó?.. nos llamó por el nombre y no nos dejará jamás. Nadie nos puede suplir ni representar en la llamada que nos hace cada día a seguirle pobre, casto y obediente» (DELGADO RANGEL, Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "Me considero feliz", manuscrito, 1996).

«Ninguna fase de la vida puede ser considerada tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad de ser asistida y poder tener mayores garantías de "perseverancia" en la "fidelidad", ni existe edad alguna en la que se pueda dar por concluida la completa madurez de la persona» (Vita Consecrata 69). «La vida del presbítero y de la persona consagrada es formación es formación en sí misma» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 37).

Los sacerdotes y los consagrados, debemos tener muy en claro que vivimos en una constante formación, por se habla de formación permanente, el «sígueme» del primer día, se repite cada día y se reafirma en una respuesta de plenitud de entrega que continúa siempre actual. «Nadie deja nunca de sentirse llamado, hay un llamamiento constante en nuestra vida» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "Dos caminos", manuscrito, 1994). La formación permanente nos lleva a permanecer sumergidos en Cristo, en el misterio dramático de su corazón para que día con día, según las etapas de la vida que vayamos atravesando, aprendamos a vibrar de su pasión por hacer la voluntad del Padre que nos ama (Jn 16,27) y por salvar a la humanidad llenándola de vida (Jn 10,10).

La formación permanente no se funda en racionalismos ni en sentimentalismos ni en estados anímicos como muchos, llevados por modas actuales, se dejan llevar. Quizá por esa realidad que muchos viven en la entrega vocacional de vivir así, el «sí» de un día se convierte fácilmente en un «no» que impide seguir respondiendo. «La formación permanente es ante todo gracia que viene de lo alto, cada día, un don cotidiano, seguro, infalible y providencial» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 38). La formación permanente viene a ser una ayuda para no dejamos guiar por nuestro modo de sentir y pensar, sino por los criterios de Cristo. «Mi vida debe ser un espejo en el que se reproduzcan las virtudes de Nuestro Señor» (ARIAS ESPINOSA, María Inés Teresa, "Ejercicios espirituales", 1933). Por eso es una tarea de toda la vida. «No bastan unos años de rutina, es toda una vida la que se compromete por él». (ESQUERDA BIFET Juan, "Encuentro con Cristo", editorial Sígueme, Salamanca 1987).

En la vida consagrada no basta con ser ya de votos perpetuos para sentirse «formado». Todos necesitamos de los diversos medios de la formación permanente que, de por sí, ya los conocemos: la oración como encuentro con Cristo especialmente en la Eucaristía, la Palabra de Dios, los sacramentos, la profundización en la doctrina sobre vida religiosa, la doctrina sacerdotal para los que somos sacerdotes o nos preparamos a serlo, la dirección espiritual, la vida de sacrificio y entrega, la vida fratena en comunidad, el amor a María, el compromiso misionero, el conocimiento cada vez más profundo y la vivencia del carisma de nuestros fundadores. «Se necesita una formación permanente que abarque los niveles de espiritualidad, cultura teológica y humana, metodología pastoral, convivencia en la comunidad, etc.» (ESQUERDA BIFET Juan, "Te hemos seguido", Biblioteca de autores cristianos, Madrid 1996, p. 52).

Hablamos, entonces, de una formación continua que se lleva a cabo como «un proceso global de renovación que abarca todos los aspectos de la persona del religioso y el conjunto del instituto mismo» (“Orientaciones sobre la formación en los institutos religiosos”, # 68). Esta formación permanente no es cosa fácil, que se pueda realizar en un día, es todo un proceso que requiere de mucho esfuerzo —ascética— y por supuesto, de la gracia de Dios —mística— y que empieza desde las primeras etapas de la formación inicial que prepara a la ordenación sacerdotal o a la profesión perpetua. 

Luego esa formación continúa en el día a día del ministerio, en la vida común, en el servicio desinteresado, en la disponibilidad a la misión, etc. La formación no se puede cerrar en un paréntesis juvenil, sino que tiene que estar abierta a todo el arco existencial, hasta alcanzar el máximo de disponibilidad en la fase final de la existencia. Por eso la muerte forma parte importante del proceso de formación continua, porque hay que prepararse de manera individual y comunitaria al momento de la muerte. La muerte es el punto más elevado del proceso de identificación con la pasión de Cristo por Dios y por los hombres.

Hemos de pensar siempre que nuestra vida, tanto en el ministerio como en la vida consagrada, es larga y dificultosa, porque se trata de responder a una misión muy grande. El éxito de la tarea misionera de nuestra vocación depende, en mucho, de la calidad de formación permanente que tengamos. Porque «no puede darse un solo momento en el que el Padre no se ha movido por aquel gran deseo de formar en cada uno de nosotros, el corazón de su amado Hijo.» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 43)

A mayor formación humana, espiritual, apostólica, intelectual, en el propio carisma, mayor será lo que una diócesis, un instituto o una familia religiosa ofrezcan a la Iglesia y al mundo. «La vida se confía al hombre como un tesoro que no se debe malgastar, como un talento a negociar. El hombre debe rendir cuentas de ella a su Señor» ("Evangelium vitae", # 52).

La falta de la formación permanente no se podrá suplir con nada, ni con el fervor, ni con un gran corazón, ni con talento, ni con amplios planes de conquistas de almas, y ciertamente su ausencia se dejará sentir en una mundanización de los miembros, en una vida seca, áspera, sin frutos. Nadie puede ser santo si no se mantiene en este estado de formación permanente. Dicen que San Francisco de Sales, al llegar a Chablais, infestado de Calvinistas, dijo: «Esto está en manos de los protestantes porque nosotros hemos rezado el breviario pero no hemos aumentado nuestro saber». 

Los santos y los fundadores, en general, vivieron siempre reconcentrados en la formación permanente. «Imitar a los santos, no es copiar un ideal; no es copiar a los santos. Significa, siguiendo su ejemplo, dejarse conducir, como ellos, por un Otro adonde tú no querrías ir, dejar que el amor te configure desde dentro con la forma en que trasciende toda formas, significa precisamente llegar a ser un original, no una copia» (JACQUES MARITAIN, “Frontiere della poesia”, Brescia 1981, p. 104). De hecho, en mi caso concreto, como Misionero de Cristo, he podido ver algunos de los libros en los que la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, sostuvo su formación permanente y la de nuestra Familia Inesiana. Su Biblia de estudio estaba más que gastada. En algunos de sus escritos deja ver la importancia que la formación permanente y la autoformación tenía para ella: 

«El estudio principal para todo misionero es la Sagrada Escritura. Allí se han forjado los santos; de allí han sacado toda su ciencia, como un santo Tomás y un San Buenaventura». (Carta colectiva de mayo de 1974). «Los cursos intensivos siguen en su apogeo; me van a costar muchísimo, que sólo Dios sabe cómo va a proveer a sus pagos, pero espero en Dios que se aprovechan con ganas y, poco a poco, vayamos ganando cultura y, con ella, almas para Dios». (Carta del 26 de diciembre de 1954). «Cada misionero tome muy en cuenta la autoformación, que se adquiere, ante todo, en la oración recogida y silenciosa, ya sea al pie del Sagrario o en algún otro sitio; y en la lectura de seleccionados libros, empezando por la Sagrada Escritura, decretos conciliares, y de aquellos otros que nos renueven, tanto en lo espiritual y religioso, como en lo humanístico, social y pedagógico». (Carta circular del 8 de diciembre de 1969).

La formación permanente, por tanto abarca todas las áreas de nuestro existir. «Ninguno puede estar exento de aplicarse al propio crecimiento humano y religioso; como nadie puede tampoco presumir de sí mismo y llevar su vida con autosuficiencia» (CASTRILLÓN DE HOYOS Darío, "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 76).

Dentro de este tema de la formación permanente, merece un apartado especial el tiempo que se dedica a la autoformación, porque la formación permanente será, seguramente, llevada a cabo sí, en la vida ordinaria pero ayudándose de diversos medios que estarán al alcance de cada uno en el lugar y circunstancia en donde esté. La autoformación es crucial para el sacerdote y para todo consagrado, porque fomenta la adaptabilidad a cambios rápidos, desarrolla la autonomía, mejora la empleabilidad y el rendimiento al permitir el aprendizaje a su propio ritmo conforme a etapa de la vida que atraviese, y fortalece la confianza y la independencia, siendo un motor de crecimiento personal y profesional continuo en un mundo en constante evolución. 

La autoformación es crucial porque fomenta la adaptabilidad a cambios rápidos, desarrolla la autonomía, mejora la empleabilidad y el rendimiento al permitir el aprendizaje a tu propio ritmo, y fortalece la confianza y la independencia, siendo un motor de crecimiento personal y profesional continuo en un mundo en constante evolución. Termino esta reflexión con la esperanza de que sea útil, o por lo menos no estorbe en este proceso de formación. El Padre Celestial quiere que  seamos santos como él es santo. Ruego a la santísima Virgen María que a cada uno nos de luz, nos haga comprender la necesidad de formamos en todo tiempo y lugar y que viendo a Jesucristo y a tantos santos fundadores, vivamos cada día sin tedio y sin rutina inútil, viviendo y perseverando con sencillez y entrega fiel.

Algunos puntos de reflexión biblica:

Iniciativa de Cristo en la llamada: Jn 15,16.
La vocación es un don de Dios: Mc 3, 13s; Mt 9,38; 6,65.
Consagración y misión: Le 4,18; Jn 10,36.

Padre Alfredo.

«¿CÓMO ACTUAMOS ANTE LAS PRUEBAS?... Un pequeño pensamientop para hoy


Después de una visita relámpago a nuestra querida Casa Madre, cuna de la espiritualidad inesiana, por una junta de suma trascendencia en el camino de la obra de Madre Inés, voy, acompañado de Sylvia —coordinadora mundial de Van Clar— de regreso a «La Sultana del Norte». Antes de compartir mi reflexión aprovecho para decir que hay quienes me dicen que por qué a Monterrey no le digo «Selva de Cemento» como a la Ciudad de México. La verdad ese título lo merece únicamente mi querida CDMX porque nació cuando yo estaba e misión en esta bellísima tierra azteca. Monterrey es mi tierra natal, y es una megalópolis que quiero mucho y que de por sí, han de dispensar, tiene los edificios más altos de América Latina y montones de emblemáticos espacios de la arquitectura moderna. Me gusta más para ella el título de «La Ciudad de las Montañas», un poco menos afrentoso que el tradicional. 

Pero bueno, quiero volver más bien centrarme en el texto de El texto del segundo libro de los Reyes —capítulo 25, versos del 1 al 4— en el que, situándolo dentro de un contexto más amplio como es todo el capítulo 25 e incluso todo este libro completo, encontramos que no se trata de un libro histórico, aunque los hechos que se relatan en él sean hechos históricos, sino más bien de una reflexión teológica que muestra el significado espiritual de los hechos acaecidos. ¿Por qué esto? La historia de la Salvación que camina a la par de todo el resto de acontecimientos de la humanidad, se lee a la luz de la Alianza entre Dios y el pueblo de Israel. Los hechos que se narran son consecuencia del comportamiento del pueblo que ha sustituido al Dios de la Alianza por una serie de dioses a su medida. La infidelidad y la idolatría son los pecados que han roto la Alianza con Yahvé, y que, hasta la fecha, son la causa de la ruina del hombre.

En el texto de hoy, el rey de Babilonia sitia Jerusalén, Sedequías rey de Judá, había desoído las advertencias y el modo de proceder propuesto por Jeremías, es apresado y torturado. Dentro de este mismo período se destruyen los símbolos del poder religioso y político:  el templo construido por Salomón y el palacio real. Casi nada queda del reino de Judá. La mayoría de sus habitantes sufre el exilio en Babilonia, durante 70 años, pero el invasor «dejó una parte de la gente pobre del país como viñadores y cultivadores», quisa olvidados por ser de poca importancia. Eso hizo que ellos mantuvieran viva la promesa del pacto de Dios. El pueblo exiliado se fue purificado a través de los años fuera de su tierra. El pueblo fue entendiendo la dolorosa consecuencia de alejarse de Dios. Los judíos en el exilio aprendieron una lección y por eso lo traigo a colación. Porque nosotros, en las diversas pruebas que experimentamos en la vida, como las de aquel pueblo... ¿Cómo actuamos? ¿Crecemos en las pruebas? ¿Nos comportamos con el valor de los que se quedaron? Que la Virgen nos ayude. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

«RENOVAR EL DESEO DE SEGUIR A JESÚS»... HORA SANTA 44.


Monitor:
La exposición solemne de la Sagrada Eucaristía nos ofrece la oportunidad de reflexionar en oración sobre el llamado de Jesús a seguirle en una vida más fiel re-estrenando el «sí». Este momento de oración nos brinda la oportunidad de ser más conscientes de la presencia de Cristo en medio de su pueblo y nos invita a una comunión espiritual con Él. 

Se hace la exposición del Santísimo de la forma tradicional.

CANTO INICIAL:
«ESTÁS AQUÍ»

Estás aquí, aunque no te pueda ver, 
pues escondes tu gloria y majestad. 
Estás aquí, revestido solamente del amor, 
bajo la forma de un pan. 

Con sencillez, te me vienes a entregar 
y en mi interior, vas haciendo maravillas, 
corazón con corazón, en profunda comunión, 
me haces templo de la Santa Trinidad (2). 

Ven y cena conmigo, ven y mora en mi hogar, 
ven y nunca me dejes, pues sin ti me moriría, 
me haz herido con tu amor, ven y mora en mi interior, 
de ti quiero comulgar señor (2) .


Presidente: Dios mío, yo creo, espero, adoro y te amo. 
Todos: Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, no te adoran, y no te aman. 
(3 veces)

Lector: (Si está presente un sacerdote o un diácono, a ellos corresponde hacer esta lectura)

Del Evangelio según san Marcos (1, 14-20)
Después de que Juan fue entregado, Jesús marchó a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: Decía: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva». Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, lanzando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Vengan conmigo, y los haré pescadores de hombres. Ellos, al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre en la barca con los jornaleros, se fueron tras él».

Momentos de silencio.

Lector 1: El Evangelio que hemos escuchado nos presenta la vocación de los primeros cuatro apóstoles. En esta Hora Santa, este texto se convierte para nosotros en una llamada a reflexionar sobre nuestra propia vocación a la imitación de Cristo. ¿Cómo hemos vivido el «sí» que le dimos al Señor cuando nos invitó a seguirlo?
 
Lector 2: La vocación de los apóstoles nos muestra tres elementos: Primero la llamada por Jesús: «vengan conmigo». Después la respuesta de los llamados: «inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.» Por
último, la misión para la que son llamados: «yo los haré pescadores de hombres».
 
Lector 1: Toda vocación es iniciativa de Dios, es elección por gracia, porque Dios elige a los que
Él quiere. Él, como a aquellos primeros seguidores, nos llamó a nosotros también y, respondiendo a su llamada, hemos ido detrás de él en una vocación específica.

Lector 2: Somos conscientes de que esa llamada personal no se dirigió solamente al grupo inicial de los apóstoles y los discípulos, o al círculo más amplio de los primeros hombres y mujeres que interactuaron con Cristo para establecer el reino de Dios. La llamada se dirige también a cada uno de nosotros, sea hombre o mujer, sacerdote, consagrado o laico.

Lector 1: En nuestro bautismo fuimos llamados a la imitación de Cristo como sacerdotes, profetas y reyes. Y desde entonces, Dios repite y renueva su llamada muchas veces y de muchas maneras. Hoy, a través de este Evangelio, Dios nos hace conscientes de que vuelve a dirigir su llamada a cada uno de nosotros esperando que reestrenemos nuestra respuesta. 

Lector 2: Dios espera de cada uno de nosotros una respuesta renovada. Por eso hay que preguntarnos: ¿Estamos nosotros siempre abiertos y atentos para sus llamadas, para sus inspiraciones y exigencias? Cada día, de nuevo, tenemos que dar nuestra respuesta a la llamada de Dios, aun cuando no la entendamos, aun
cuando nos cueste aceptarla. 
 
Momentos de silencio.

CANTO.
«SEÑOR A QUIÉN IREMOS»

SEÑOR, ¿A QUIÉN IREMOS?
TU TIENES PALABRAS DE VIDA
NOSOTROS HEMOS CREÍDO
QUE TÚ ERES EL HIJO DE DIOS.

Soy el pan que os da la vida eterna,
el que viene a mi no tendrá hambre,
el que viene a mí no tendrá sed,
así ha hablado Jesús.

No busquéis el alimento que perece,
sino aquel que perdura eternamente;
el que ofrece el hijo del hombre,
que el Padre os ha enviado.

Pues si yo he bajado del cielo,
no es para hacer mi voluntad,
sino la voluntad de mi Padre,
que es dar al mundo la vida.

El que viene al banquete de mi cuerpo,
en mí vive y yo vivo en él;
brotará en él la vida eterna,
y yo lo resucitaré.

Lector 1:  Señor y Amigo, Jesús adorable en la Hosta Santa: he aquí a tus hermanos, que te buscan...; tus íntimos, que te llaman con insistencia en tu custodia, Te ruegan, pues, que les permitas hablar contigo más ampliamente, como debes haber hablado con aquellos primeros seguidores.

Lector 2: Mira que somos nosotros también hijos de María tu Madre santísima; somos, pues, tus hermanos pequeñitos, los colmados de tus gracias, los cercanos, los que como aquellos discípulos caminamos junto a Ti.

Lector 1: Recuerda, ¡oh Rey de amor!, que según tus propios designios, es ésta la hora de gracia por excelencia, ya que en ella ofreciste confiar tus secretos, en retorno de las confidencias de tus consoladores y amigos...; confidencias recíprocas que labrarán la eterna intimidad entre tu Corazón y los nuestros. Ayúdanos a renovar el deseo de seguirte.

Momentos de silencio.

Celebrante: Dios escoge aquellos a quienes Él quiere, oremos al Señor para que envíe trabajadores a sus campos:

Todos: Señor, confiamos en ti.

Lector 1: Tal como Tú llamaste a Abraham para ser padre de muchas naciones, inspira a muchos jóvenes a responder a tu llamada.

Todos: Señor, confiamos en ti.

Lector 1: Tal como Tú llamaste a Moisés, tendiendo las multitudes de Jetro, proporciona pastores dignos a tu pueblo en nuestro día.

Todos: Señor, confiamos en ti.

Lector 1: Tal como Tú llamaste a Aarón para servirte en tu templo, llama a los hombres para que sirvan a tu Iglesia en la imagen de Cristo.

Todos: Señor, confiamos en ti.

Lector 1: Tal como hablaste para despertar a Samuel con tu llamada, abre los oídos de tus elegidos.

Todos: Señor, confiamos en ti.

Lector 1: Tal como cada Sumo Sacerdote fue elegido entre los hombres, así llama a los hombres para ofrecer el santo y vivo sacrificio.

Todos: Señor, confiamos en ti.

Lector 1: Tal como Eliseo fue ungido por el profeta Elías, dales a los que llamas fuerza para seguirte sin voltear atrás.

Todos: Señor, confiamos en ti.

Lector 1: Tal como llamaste a los Apóstoles para ser embajadores de Cristo, así envíanos predicadores fervientes para fortificar nuestros espíritus.

Todos: Señor, confiamos en ti.



CANTO.
«EL SEÑOR ES MI FUERZA».

El Señor es mi fuerza,
mi roca y salvación. (bis)

1. Tú me guías por sendas de justicia, me enseñas la verdad.
Tú me das el valor para la lucha, sin miedo avanzaré

2. Iluminas las sombras de mi vida, al mundo das la luz.
Aunque pase por valles de tinieblas, yo nunca temeré.

3. Yo confío el destino de mi vida, al Dios de mi salud.
A los pobres enseñas el camino, su escudo eres Tú.

4. El Señor es la fuerza de su pueblo, su gran libertador.
Tú le haces vivir en confianza, seguro en tu poder.

Monitor: Preparémonos a recibir la bendición del Señor.
(En este momento nos ponemos todos de rodillas para recibir la bendición con el Santísimo Sacramento).

Ministro: Nos diste, Señor, el Pan del Cielo
Todos: Que en sí contiene todas las delicias.

Ministro: Oh Dios que bajo este admirable sacramento del Altar, nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal manera los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

(Si está presente un sacerdote, éste dará la bendición del forma acostumbrada).

Ultimas oraciones:

Bendito sea Dios
Bendito sea su santo nombre
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre
Bendito sea el Santo Nombre de Jesús
Bendito sea su sacratísimo corazón
Bendita sea su preciosísima sangre
Bendito sea Jesucristo en el santísimo Sacramento del altar
Bendito sea el Espíritu Santo Consolador
Bendita sea la gran Madre de Dios: María santísima
Bendita sea su santa e inmaculada concepción
Bendita sea su gloriosa Asunción
Bendito sea el nombre de María: Virgen y Madre
Bendito sea san José su castísimo esposo
Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos.

CANTO FINAL.
«EL ALFARERO».

1. Gracias quiero darte por amarme
gracias quiero darte yo a ti señor
hoy soy feliz porque te conocí
gracias por amarme a mi también

Yo quiero ser señor amado
como el barro en manos del alfarero
toma mi vida hazla de nuevo
yo quiero ser un vaso nuevo

2. Te conocí y te amé
te pedí perdón y me escuchaste
si te ofendí perdóname señor
pues te amo y nunca te olvidare

3. Yo quiero ser señor amado
como el barro en manos del alfarero
toma mi vida hazla de nuevo
yo quiero ser un vaso nuevo

«MÁS ALLÁ DEL DISFRAZ»... La verdad detrás de los Therians


Corren, brincan, ladran, mugen, pillan, graznan, se desplazan en cuatro extremidades, usan máscaras, colas y otros accesorios que representan animales como perros, lobos, gatos o zorros y recrean comportamientos que, según dicen, son parte de su identidad. Son los “Therians”.

El término «Therian» —abreviatura de therianthrope, del griego therion "bestia" y anthropos "humano"— se aplica a personas que sienten una conexión profunda, espiritual o psicológica con un animal específico llamado theriotipo.

Este fenómeno de comportamiento, en esta era del posmodernismo, ha ganado cada vez más visibilidad a veces marcando tendencia y otras veces de forma silenciosa, pero sobre todo en adolescentes y jovenes se comparten historia y reels en redes sociales como TikTok, aunque tiene sus raíces desde décadas atrás. Las personas con esta preferencia se manifiestan a través de comportamientos, instintos o una forma particular de percibir el mundo. Y es que el pensamiento de los Therians sugiere que el cuerpo es una «prisión» para un alma animal, idea que contradice la unidad sustancial de cuerpo y alma tal y como Dios lo estableció.

En los últimos tiempos, este tema se ha convertido en un movimiento o subcultura en donde la gente narra una identidad «antrozoomórfica» —animal-humana— y construye comunidad alrededor de ello.

Desde los albores de la humanidad ha existido una profunda relación, respetuosa y multifacética, entre los seres humanos y los animales, en la vida cotidiana así como en la cosmovisión espiritual. En las civilizaciones antiguas, como en la civilización egipcia o la azteca, existen representaciones simbólicas de deidades zoomorfas.  En México antiguo, por ejemplo, los mexicas, mayas, toltecas y olmecas ––entre otras culturas–– veneraban el jaguar, el águila real, la serpiente, también el xoloitzcuintle, el ajolote, el quetzal, el colibrí, el murciélago, el zopilote, el venado, el cocodrilo y el conejo; todos estos animales eran considerados sagrados, símbolos de poder, representantes de seres divinos. 

En nuestros días nos toca vivir una época de una grandísima confusión antropológica. No sólo por la rapidez con la que surgen y desaparecen modas culturales, sino porque muchas de ellas comparten un mismo trasfondo: la dificultad creciente del ser humano para aceptar y habitar su propia condición humana. Hoy se ve gente que se viste como perro o como otro animal, adoptando comportamientos como caminar a cuatro patas ––quadrobics–– o usando máscaras. Por eso me parece interesante escribir algo sobre este fenómeno «Therian» que no solo podemos juzgar sólo como una extravagancia juvenil o una curiosidad de redes sociales, sino como un síntoma serio de una crisis más profunda.

Desde la fe, los bautizados comprendemos que el ser humano es imagen y semejanza de Dios, poseedor de una dignidad única que no puede ser moldeada por el deseo. La tendencia de los Therians es una expresión del vacío espiritual que el mundo de hoy vive al expulsar a Dios del ambiente diario y sobre todo del corazón, situación que provoca que el hombre pierda su propósito y busque refugio en el instinto o en la naturaleza. Tratando de conocer un poco más esta cuestión, podemos ir a diversos artículos de distintos autores recordando algunos principios de antropología que son básicos en la vida de todo creyente. 

Este fenómeno de identidad y por ende de comportamiento, no expresa una exaltación de la naturaleza, ni un amor sano por el mundo animal. Expresa, más bien, una renuncia a la identidad humana. Se han hecho virales situaciones en torno a este fenómeno y de un momento a otro se hizo tendencia como una subcultura y más que eso, pues está pasando a ser una moda, es decir, no algo porque pasa efímeramente, sino que llega para quedarse largo tiempo. 

No podemos olvidar que, como cristianos, estamos llamados a vivir como hijos de Dios reconciliados con su naturaleza biológica descubriendo desde pequeños la belleza de ser humanos y recordando que el diseño divino es la verdadera fuente de libertad. Pero, ¿qué revela realmente el fenómeno Therian?

Detrás de esta postura suele haber un cansancio de la responsabilidad que implica ser persona, grandes dificultades para integrar el propio cuerpo, la propia historia y los propios límites, una grave confusión entre lo que siento y lo que soy y una cultura que ha dejado de ofrecer referencias claras sobre la dignidad humana.

No se trata, entonces, de una conquista de libertad. se trata más bien de una huida. No podemos hablar de una afirmación del yo, sino más bien de una disolución del yo. La raíz de este problema está en la pérdida del «quién soy». Durante siglos, el ser humano entendió que su identidad era algo recibido, que debía ser acogido, cuidado y madurado. Hoy se impone la idea de que la identidad debe cambiarse, inventarse sin sujetarse a límites, incluso contra la propia naturaleza. Cuando esto ocurre la verdad deja de ser un punto de apoyo, el cuerpo deja de tener significado, y la identidad se vuelve frágil, inestable y cambiante.

El fenómeno Therian es una expresión extrema de esta lógica: si no hay una verdad sobre el ser humano, entonces cualquier auto-percepción puede reclamar el lugar de identidad. La segunda ley de la termodinámica afirma que todo sistema cerrado tiende al desorden si no recibe energía desde fuera. Esta ley, entendida como analogía, ayuda a comprender lo que sucede hoy en el plano humano y espiritual.

Cuando una persona se cierra a la verdad, a la realidad del cuerpo que Dios le ha dado, a la razón y a la trascendencia, entonces comienza un proceso de entropía espiritual: desorden interior, fragmentación de la identidad, confusión del deseo y pérdida del sentido de la propia dignidad. A la luz de esto podemos afirmar que este fenómeno es, ante todo, un intento desesperado de reorganizar una identidad que ya se ha desestructurado por dentro. La degradación no empieza en lo extraño, sino en lo cotidiano. Nadie llega de golpe a negar su humanidad. Antes suceden pasos silenciosos: se relativiza la verdad, se niega el valor del cuerpo, se elimina el sentido del límite y se pierde la pregunta por el sentido último. Lo que hoy aparece como algo llamativo o chocante es, en realidad, el último eslabón de un proceso largo de empobrecimiento interior. 

Frente a estas corrientes, nuestra fe cristiana no ridiculiza ni desprecia, pero sí discierne y corrige. Y lo hace afirmando algo profundamente liberador: el ser humano no está llamado a rebajarse, sino a plenificarse como hijo de Dios. El creyente proclama que la persona humana posee una dignidad única, el cuerpo tiene un sentido y un lenguaje, la identidad no se improvisa, se descubre y se madura y el corazón humano, hecho para la trascendencia, necesita abrirse a Dios para no desordenarse por dentro. Cristo no vino a decirnos: «sé lo que tú quieras» sino: «sé lo que estás llamado a ser». Eso no oprime; ordena. No confunde; ilumina. No degrada; eleva.

El fenómeno Therian no es motivo de burla, sino de discernimiento y compasión pastoral. Revela una humanidad cansada, desorientada y herida, que al cerrarse a la verdad y a la trascendencia entra en entropía y comienza a deshacerse desde dentro. Nuestra misión como Iglesia es totalmente clara: anunciar con verdad y misericordia que la verdadera libertad no consiste en dejar de ser humano, sino en llegar a serlo plenamente.

Padre Alfredo.

jueves, 25 de junio de 2026

«Nunca los he conocido»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de la misa de este jueves, tomado del capítulo 7 de san Mateo —versículos del 21 al 29 impacta en una sociedad como en la que nos toca vivir. Una sociedad de consumo donde la palabrería nos atiborra desde discursos gubernamentales increíbles para pocos y creíbles para muchos, hasta montones de charlatanes que venden cuánto remedio parezca creíble para muchos e increíble para pocos y que son para sanar unas mil clases de males y maleficios. Sabemos que para sostenerse en la verdadera fe y en el compromiso del seguimiento de Cristo no basta hablar y cantar bien, es preciso vivir y practicar (Mt 7,21-23). Cuando no se busca sostener la fe en la endeble fama que da el hablar bonito o el cantar, se forja una vida que quizá sin ninguna clase de éxito aparente como el caso de las vidas de San Daniel Comboni o San Carlos de Foucauld cuyas fundaciones parecían no prosperar por su poca fama, entonces es cuando la vida, construida encima del fundamento de la nueva Ley del Sermón de la Montaña, queda firme en el momento de la tormenta (Mt 7,24-27). Al leer el Evangelio de este jueves, uno queda convencido de que las palabras de Jesús en las personas son para sostener los cimientos y no lo que se alcanza a ver y que muchas veces es sensacionalista.

Siento que el Evangelio de hoy quiere traspasar nuestro corazón, quiere derribar los muros internos que tantas veces impiden a Dios realizar su obra, porque somos nosotros mismos los que confiamos más en la obra de nuestras manos, según nuestros aparentes dones y cualidades humanas, que en los designios del Padre. Jesús es muy claro, quien se apoya en su propio esfuerzo y confía en sus dones naturales, tiende a dejar de escuchar la voz del Padre, tiende a hacer todo de manera superficial para agradar a los demás y tener una imagen perfecta. 

El reino de los Cielos está al alcance de los sencillos, de los pobres, de los humildes, de aquellos que aparentemente no tienen nada que ofrecer, porque todo en sus vidas depende de Dios. Los sencillos de corazón que están atentos a la Palabra, los humildes que escuchan la voluntad del Señor y la cumplen, esos son los que Jesús conoce de verdad. Con la fuerte frase «nunca los he conocido», el Maestro se refiere a aquellos que no han puesto su confianza en la voluntad de Dios, que se glorían de sus éxitos, pero no son realmente felices, porque viven bajo la presión del mundo, siempre insaciable. ¿Nos dejamos conocer por Jesús? ¿Dónde está nuestro apoyo? ¿Cómo es nuestro discernimiento, nos dejamos guiar, como María por la voluntad de Dios?... ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 24 de junio de 2026

«PRECURSORES DE VOCACIONES EN LA IGLESIA»... Un pequeño pensamiento para hoy

Todos conocemos y de una u otra manera estamos sumergidos en la crisis del sacerdocio que en esta época nos está tocando vivir. Hoy, en este día especialísimo de la solemnidad de San Juan Bautista, a temprana, mientras estaba en el aeropuerto con Sylvia Martínez y la hermana Juanita Oropeza, empezó a llegar a mis redes la noticia de que el destacado sacerdote e influencer Damián María Montes, conocido como el padre Damián por su perfil de creador de contenido religioso en redes sociales y por su paso por un famoso programa español llamado La Voz, deja definitivamente el sacerdocio tras 20 años de vocación y toma una decisión que acompaña con el inicio de una nueva vida volcada en la educación, la creación cultural y su ámbito civil. Situaciones como esta cunden con una rapidez impresionante que dañan totalmente el ser y quehacer de la vocación sacerdotal. Los problemas relativos a la escasez de sacerdotes, a las comunidades sin eucaristía, al celibato y demás, determinan en gran medida, aunque no exclusivamente, la grave situación a la que me refiero.

Siento que, en medio de esta situación de uno y otro sacerdote que deja el ministerio, Dios nos está hablando muy claramente con esta fiesta de San Juan Bautista el precursor de Cristo. Juan es alguien que ni siquiera se consideraba digno de desatar las sandalias del que venía detrás de él (Jn 1,19-27). Él preparó el camino del que habría de venir. Ante esto... ¿por qué pienso que Dios nos está hablando muy claramente? Es que estoy como desenfrenado en una constante reflexión sobre el tema vocacional. Entre otras preguntas que me he hecho desde las 5 de la mañana hasta ahorita en que ya estoy en la Casa Madre en Cuernavaca están estas: ¿Es verdad que no hay vocaciones o no somos precursores de Cristo para que haya vocaciones? ¿Estoy haciendo algo para ayudar a los sacerdotes a vivir su vocación con alegría sin que se pierdan en el sinsentido de la fama ruidosa? ¿Me intereso en cultivar la vocación de quien tiene inquietud de seguir a Cristo? ¿Contrarresto de alguna manera el escándalo que se hace por unos cuantos sacerdotes que dejan el ministerio? ¿Doy a conocer la vida heroica de muchos sacerdotes cercanos a mí?

Ciertamente Juan era tan sólo una voz, pero una voz como las de muchos de nosotros que queremos ser precursores de Jesús promoviendo las vocaciones y cuidando a quienes, como yo, a pesar de viejos, seguimos siendo hombres débiles que necesitamos de vez en cuando un empujoncito que nos ayude a seguir con entusiasmo y no olvidar que la vocación es algo dinámico. La voz de Juan fue una voz que inquietó y despertó a los espíritus dormidos. ¡Hay que despertar esos espíritus dormidos! Tenemos que ser una voz profética que anuncia un nuevo amanecer vocacional. Para cerrar esta reflexión quiero compartir que me he puesto a pensar que tal vez un profeta como Juan no podía morir en una tranquila ancianidad. Si hubiera vivido más sin ser encarcelado por orden de Herodes hubiera sido un anciano por el reino como quiero serlo yo. Que María, que se encaminó presurosa también en esta dinámica de precursora de la llegada de Jesús, nos aliente. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 23 de junio de 2026

«LA PUERTA ANGOSTA»... Un pequeño pensamiento para hoy


San Mateo, en el capítulo 7, de donde está tomado el Evangelio de hoy (Mt, 6.12-14) nos habla de «la puerta angosta». Y es que, como todas sabemos, Jesucristo es la puerta (cf. Jn 10,9) que nos abre el acceso al Padre misericordioso y, en comunión con él, disfrutamos de su misericordia, de su protección y de su cariño. La puerta es angosta porque él nos exige ser generosos, solidarios, sacrificados. La puerta es angosta porque él nos pide también comprimir nuestro orgullo quitándonos de encima la carga de nuestras faltas perdiendo el miedo a abrir el corazón con humildad. La puerta es angosta, pero, como el Papa Francisco nos lo recordaba constantemente, está siempre abierta de par en par.

La salvación es asequible a todos, pero ciertamente no es una bagatela. A la hora de llegar ante «la Puerta», no bastará con declararse amigos de Jesús: «Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas»... La puerta se abrirá para todos aquellos que hayan obrado el bien y buscado la justicia, que hayan sido solidarios, compasivos y misericordiosos, aun a costa de sacrificios. Dios no excluye a nadie, pero quedarán fuera quienes no quieran entrar por esa puerta angosta.

Recuerdo una de las frases más emotivas del Papa Francisco tocante a este tema. La pronunció en el rezo del Ángelus del 21 de agosto de 2016 y quiero compartirla ahora con ustedes, mis queridos siete lectores para cerrar la reflexión: «Quisiera hacerles una propuesta: pensemos ahora, en silencio, por un momento, en las cosas que tenemos dentro de nosotros y que nos impiden atravesar la puerta: mi orgullo, mi soberbia, mis pecados. Y luego, pensemos en la otra puerta, aquella abierta de par en par por la misericordia de Dios que al otro lado nos espera para darnos su perdón». Que la Virgen Santísima nos ayude a dar la medida para poder entrar por la puerta, que es angosta. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.