miércoles, 9 de septiembre de 2026

«DesDe el sermón del llano... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


El Evangelio el breve relato de san Lucas sobre las bienaventuranzas (Lc 6,20-26). A diferencia de san Mateo, Lucas presenta solo cuatro y sitúa este discurso en un terreno plano, conocido como el «Sermón del llano», no en la montaña a la que hace referencia Mateo. Además, utiliza términos muy concretos, como «pobres» y «hambrientos», poniendo el acento en la realidad social inmediata. A Dios no podemos separarlo de nuestro diario vivir.

Como bautizados, hemos de reconocer que la pobreza y el hambre también atraviesan la vida ordinaria de todo cristiano. Todos necesitamos de Dios y acudimos a su misericordia desde nuestra propia fragilidad. Por eso, las bienaventuranzas no pueden quedarse en una hermosa enseñanza: han de convertirse en una propuesta concreta de vida. Su lectura y meditación nos plantean, como discípulos–misioneros de Cristo en el siglo XXI, llamados a continuar la obra de Madre Inés, preguntas profundas: ¿cuáles son nuestros valores?, ¿qué actitudes apreciamos de verdad?, ¿qué criterios orientan nuestras decisiones? ¿Creemos realmente que los criterios de Jesús son aquellos desde los cuales hemos de optar y decidir?

No se trata simplemente de preguntarnos si somos buenos o malos; el discernimiento cristiano es más fino y exigente: ¿cómo miramos a nuestros hermanos de comunidad? ¿Es nuestra mirada la de Jesús, capaz de descubrir en el otro su hambre y su sed? Solo desde ahí podremos releer las bienaventuranzas en nuestra vida diaria. Ya casi al final de su vida, el 16 de abril de 1980, en una carta colectiva, Madre María Inés destacaba que «para entrelazar bien los eslabones de las bienaventuranzas, debemos dejar que el Espíritu Santo suelde, por decir así, un eslabón con el otro, para poder vivir a lo divino, sobrepasando todo lo terrestre, todo lo mundano para llegar a las alturas donde se encuentra Dios». Pongamos todo en manos de María: ella, sabiéndose pobre y hambrienta del amor de Dios, puede ayudarnos a imitar a Jesús y a ser verdaderamente bienaventurados.

Padre Alfredo.

martes, 8 de septiembre de 2026

«SELAMAT ULANG TAHUN BUNDA MARIA»... Un pequeño pensamiento para hoy


En nuestra Familia Inesiana, tan amante de María santísima, hoy estamos de fiesta: celebramos el cumpleaños de la Virgen. Obviamente no sabemos el día exacto de su nacimiento, pero nuestro corazón de hijos agradecidos ha encontrado este día que, desde el siglo V, se celebra en el lugar en que se decía que estaba la casa de Joaquín y de Ana, los padres de la Virgen. Y cuando se habla de cumpleaños, aunque sea con sencillez, siempre se despierta algo muy familiar: el deseo de felicitar, de agradecer, de acercarse con cariño. Así que nos acercamos a María con cariño y además con una inmensa gratitud por haber dicho «sí».

He sabido que muchos católicos indonesios tienen una devoción profunda a esta fiesta y celebran una Misa de Acción de Gracias para cantarle a la Virgen: «Selamat Ulang Tahun Bunda Maria» —la canción de cumpleaños— y comparten pasteles decorados como en un cumpleaños muy familiar. Me imaginé esa escena con mucha ternura: una comunidad sencilla, tal vez después de la Misa, acercándose a María no con grandes discursos, sino con una canción, un pastel y un corazón de hijos. Así también nosotros podemos mirar hoy a la Virgen María, la Madre del Dios por quien se vive, Nuestra Señora de la ternura silenciosa, y decirle con alegría: gracias por haber nacido para Dios y para nosotros.

San Mateo, en la narración de la genealogía de Cristo (Mt 1,18-23), nos cuenta de María y nos hace ir a su desposorio con José. La aceptación de la Virgen del proyecto que Dios le designó da un sentido especial a su vida. Su historia la conocemos muy bien: mujer de pocas palabras y profundo corazón, gastó los años de su vida en permanecer siempre en concordancia con la voluntad de Dios. Y es que nosotros, como ella, también celebramos nuestro cumpleaños o nuestro día del santo, porque, como ella, tenemos una misión que cumplir. Nuestra vida no es una vida sin sentido, es una vida con una misión, esa que nos ha encomendado el Señor a través de la Beata María Inés Teresa, que hoy nos invita a ir a María para decirle: «Selamat Ulang Tahun Bunda Maria». ¡Vamos María!

Padre Alfredo.

lunes, 7 de septiembre de 2026

«IR MUCHO MÁS ALLÁ DE LA LEY DE LA LETRA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Estoy entretenido todos estos días del viaje por estas tierras indonesias en la reflexión del evangelio para la reflexión diaria y hoy —debido a las impresionantes erupciones del Anak Krakatoa— la hago en el tren de regreso de Surabaya a Yakarta contemplando unos paisajes bellísimos en los que destacan los inmensos sembradíos en los que se van entrecruzando campos de arroz, cebolla, ajo, maíz, berenjenas, chayotes que me hacen comprender el por qué la gente por acá es en general delgada y fuerte. ¡Qué pena que en muchos países no se le de apoyo al campo! A la vez, pudimos contemplar el mar y enormes montañas antes de llegar a la estación de Padalarang, en donde tomamos el tren rápido de Indonesia, llamado Whoosh, que corre a una velocidad promedio de 350 kilómetros por hora. Desde 2023 este tren que conecta a Yakarta con Bandung hace que el recorrido que se hacía en 3 horas se haga en unos 45 minutos. Ciertamente quedé impresionado de todo, el trayecto de Surabaya hasta Padalarang y luego este último tramo ya cuando el día oscurece, que es alrededor de las 6 de la tarde en el primer tren rápido del sudeste asiático.

San Lucas, el día de hoy (Lc 6,6-11) nos lleva a pensar en lo lícito, lo bueno, lo útil, lo conveniente, lo humano que es hacer el bien yendo mucho más allá de la letra de la Ley. Pero... ¿Qué nos exige actuar así? Nada más y nada menos que fijarnos en el otro, en el hermano, en el prójimo: comprender sus necesidades, emplear nuestro tiempo en escucharle, poner nuestros dones y cualidades para socorrerlo y, sobre todo, hacer que nuestra mentalidad vaya cambiando desde un egoísmo narcisista que piensa que yo soy el centro del mundo y los demás sólo medios para mi felicidad o comodidad. Llegar a esto implica un verdadero proceso, a veces largo y doloroso, siempre costoso, de saber preguntarnos: ¿Por qué hago lo que hago? ¿Por quién hago lo que hago?

Jesús, en el evangelio, descubre una sutil y peligrosísima corrupción de la religiosidad. En medio del culto de la sinagoga, en el día santo del sábado en el que se prohibía toda actividad, lanza la pregunta decisiva a los asistentes, poniendo en el centro del espacio a un paralítico: ¿Qué es más importante para Dios, el culto o la misericordia? Y aún más importante: ¿el Dios a quien doy culto es el Dios de la misericordia y de la compasión, del amor a sus hijos, o es un dios construido por mí que prefiere ser servido sin tener en cuenta a mis hermanos? «Extiende tu mano», le dice Nuestro Señor al paralítico... ¡en sábado! Pidamos María que interceda por nosotros para que conozcamos y entendamos que Dios y su misericordia son el centro de nuestro ser y la motivación más profunda de nuestro ser y quehacer como discípulos–misioneros de Cristo.

Padre Alfredo.

domingo, 6 de septiembre de 2026

«La comunidad y la corrección fraterna»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


El Evangelio de este domingo nos presenta un tema tan necesario como difícil de llevar a la práctica: la corrección fraterna. En la vida consagrada este camino es indispensable, porque todos somos pecadores y, aunque cada uno tiene derecho a su intimidad, también necesitamos ayudarnos unos a otros a quitar de nuestro corazón aquello que hiere la comunión. Vivir juntos el proyecto de Jesús en la familia, en la comunidad religiosa, en la parroquia... implica hacer de la comunidad un reflejo del Reino: un Reino de paz y de justicia, de gozo y de amor. Por eso, en la vida comunitaria de nuestros ambientes eclesiales estamos llamados a ser presencia para el otro, espacio de santificación y lugar de encuentro con el Dios que nos ha llamado. Estar reunidos en el nombre de Jesús abre nuestros vínculos a su presencia y nos llama cada día a ser más hijos, más hermanos y más familia.

Es importante preguntarnos constantemente cómo participamos en ese tejido humano y comunitario que llamamos comunidad. Esta participación incluye también los momentos difíciles y los conflictos, porque forman parte de toda experiencia humana; pero, iluminados por el Evangelio, pueden convertirse en ocasión de crecimiento. Recuerdo una vez que en una de las conferencias que imparto, un joven religioso se acercó para contarme que a él le funcionaba acercarse con sencillez a los hermanos y decirles: «Mira, yo necesito mucha ayuda porque estoy aprendiendo y creo que esto que haces no me ayuda, más bien creo que nos hace difícil la vida diaria y yo quiero ayudarte porque tú también me ayudas a mí». Esas palabras, dichas sin superioridad y con verdadero cariño, abren siempre un diálogo que no sólo corrige una actitud, sino que fortalece la confianza en la comunidad porque se habla desde el corazón. Nuestras comunidades necesitan cuidar los espacios, los modos y las actitudes que permitan crecer en el amor y en la comunión, sentirse sostenidos por una comunidad concreta y, al mismo tiempo, responsables de ella.

En la interacción de cada día en la convivencia, tratamos con personas, rostros e historias reales: un espacio para amar a quienes nos rodean y para dejarnos amar por ellos. Dentro de ese dinamismo, la corrección fraterna ocupa un lugar muy importante, porque es una advertencia que se dirige al prójimo para ayudarle en el camino de la santidad. Tan importante es saber corregir como dejarse corregir. En el Evangelio, Jesús corrige a sus discípulos en diversas ocasiones: les amonesta ante el brote de envidia que manifiestan al ver a uno que expulsaba demonios en su nombre; reprende a Pedro con firmeza porque su modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres; y encauza la ambición desordenada de Santiago y Juan. A la luz de todo esto, preguntémonos: ¿cómo vivo yo la corrección fraterna?, ¿me dejo corregir? Que la Virgen nos ayude a dar una buena respuesta. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 5 de septiembre de 2026

«Misioneros desde nuestro bautismo»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Cuánto se nos ha hablado de que si no tenemos a Dios en el centro de nuestro ser y quehacer nada tiene sentido! Leyendo el Evangelio de hoy (Lc 6,1-5) vuelvo a recordar esto porque no debemos perder de vista que la religión no solo son normas y leyes, formas externas y ritualismos que debemos de cumplir, sino dejar entrar a Dios en el corazón para hacerlo eso: ¡el centro de nuestro existir! No solamente los escribas y fariseos de valían de la religión para tranquilizar su conciencia mientras hacían de sus vidas espacios de egoísmo, soberbia y vanidad. ¡Qué diferente de esto es la vida de los santos y de los beatos que pasaron por el mundo dejando las huellas de Cristo! El cumplimiento de la ley por parte de los santos, los beatos y tantos venerables, se entiende desde su mirada con un tinte espiritual y moral especial, donde los mandamientos divinos reflejan el carácter santo de Dios y sirven como guía para su vida y la de nosotros, que buscamos imitarles.

Al contrario de estos hombres empecinados en las leyes por sí solas, la gente santa nos grita con su vida, sus obras y sus escritos: ¡Somos libres en Cristo! Me da gusto que esto coincida con un día muy especial que hemos vivido con más de 500 padres de familia, maestros, enfermeros y demás personal del sector salud de Surabaya, Madiun y otros lugares cercanos. En un ambiente de familia en la fe, vivimos una mañana que nadie queríamos que se terminara y en la que nos adentramos en el compromiso misionero que brota de nuestro bautismo acompañados por la vida y el ejemplo de la Beata María Inés Teresa como mujer contemporánea portadora de la fe. ¡Qué mañana tan sensacional! Jesús, obviamente, fue el centro de nuestro encuentro; Él es el que va marcando la pauta de lo que somos y de lo que podemos hacer como misioneros en el entorno de nuestra vida diaria. ¿Qué nos detiene para ser misioneros del diario vivir? ¿Por qué no podemos ejercer la tarea sencilla de escuchar, de acompañar, de animar, de alentar a vivir la fe a quienes no la han recibido o la han perdido? 

Esta mañana me llamó mucho la atención la pregunta de una chiquilla como de unos ocho años que, cuando la moderadora invitó al auditorio a hacer algunas preguntas, la niña interpeló con esto, sencillo y profundo a la vez: —¿Cómo hago para que mi papá no vaya a misa únicamente en las bodas y en los velorios? Yo quiero ser misionera en mi casa. Cristo, el Señor del sábado, nos invita a vivir diario con Él centrándonos en lo que es lo fundamental del seguimiento: el amor, la misericordia, la invitación, la escucha y por supuesto: el servicio. Pienso en María santísima, y en cómo ella, sencilla y humilde, nos puede ayudar. María se sometió a los mandatos de la Ley de Moisés, como el rito de la purificación tras el nacimiento de Jesús, la peregrinación a Jerusalén y seguro otras cosas más, pero no hizo de la Ley su centro ni se valió e ella para beneficio propio; pensó en nosotros para darnos vino bueno, el vino del amor y la misericordia de su Hijo Jesús. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 4 de septiembre de 2026

«La trampa de farmear aura»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Me han dicho estos días que no saben a qué hora escribo para compartir mis reflexiones... ¡que voy atrasado!... que más bien parece un diario... que les llega de madrugada... Es comprensible creo yo, debido a que, con una diferencia de 13 horas con mi lugar habitual de escritura y un trajín entre misas y conferencias; encuentros con las hermanas y los Vanclaristas; cenas con bienhechores y gente en consulta... me ataranto tanto, que de repente no sé qué hora es en México. Ahora son las 5:25 de la tarde aquí y entiendo que son las 4:25 de la mañana allá. Voy regresando de un arduo día de trabajo en la Universidad Católica de Surabaya con el gozo de haber impartido una conferencia —gracias a la magia de la traducción— sobre la importancia de las reliquias de los beatos y los santos en la Iglesia y en concreto, a 350 personas de una iglesia joven, como es esta de Indonesia.

Hoy ha resonado en mí con un especial impacto la primera lectura de la misa (1 Cor 4,1-5) haciéndome pensar —entre los nervios de dar una conferencia con traducción y a una cultura tan diversa de la nuestra— que lo que hemos aprendido a los que nos gusta estudiar o a los que nos ponen a estudiar, nos ha sido confiado por Dios no para beneficio propio, sino para beneficio de la comunidad. Es que si somos seguidores de Cristo, nos tiene que quedar bien claro que somos servidores, es decir, amigos de Cristo y administradores de su gracia. Esta es y debe ser también la identidad, la misión y el talante de una comunidad eclesial, como insta Pablo a los corintios. Hoy nos hemos reunido como familia en la fe, para valorar el recuerdo del testimonio de tantos hombres y mujeres que, marcados por el sello de la santidad, de alguna manera se hacen presentes en nuestras vidas en las reliquias que de ellos conservamos. ¡Qué seductora es la tentación de buscar aplausos y seguidores presentándose a sí mismo! Los santos y los beatos no cayeron en la trampa, esta trampa que hoy vivimos de otra manera con las redes digitales buscando likes y seguidores preocupados de «farmear aura» alimentando el ego personal. ¡Los santos no se dejaron llevar a pesar de la popularidad que muchos de ellos tuvieron! 

San Antonio de Padua (1195–1231) lograba reunir a más de 30,000 personas en sus sermones de Cuaresma; San Vicente Ferrer (1350–1419) reunían ntre 10,000 y 50,000 personas por conferencia; San Juan Pablo II (1920–2005) rompió todos los récords de auditoría presencial para un líder espiritual. Llegó a convocar auditorios de hasta 5 millones —como en Manila, Filipinas, en 1995— convirtiéndose en el conferencista más escuchado de la historia moderna. Esos hombres y mujeres son ahora intercesores, verdaderos influencers que, desde las reliquias que nos ayudan a sentirlos cercanos, ayudan al corazón cristiano para renovar su fe, y permiten así una mejor comprensión del Evangelio bajo el cuidado de María. Alguien me preguntaba que si me puse muy nervioso ante tanta gente... le dije que no, porque es Dios quien quiere que seamos santos y Él prepara y lleva la batuta en cada una de mis conferencias. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 3 de septiembre de 2026

«La pesca abundante... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Luego de una hora de vuelo en Batik Air, ayer llegamos a Surabaya, la segunda ciudad más grande de Indonesia y la vibrante capital de la provincia de Java Oriental. Su nombre proviene de la leyenda de la pelea entre un tiburón —sura— y un cocodrilo —baya y es un importante centro económico, comercial y portuario del sudeste asiático. Aquí estaremos unos cuantos días para tener un encuentro con los alumnos y maestros del colegio que nuestra familia misionera tiene, dar un taller sobre las Causas de los Santos y las Reliquias y compartir una tarde con nuestros hermanos Vanclaristas indonesios. ¡Llegando fue un gusto encontrar a las hermanas Misioneras Clarisas de esta comunidad —entre ellas algunas conocidas— que nos recibieron al estilo inesiano! Entramos a la hermosa capilla donde la Virgen de Guadalupe acompaña a su Hijo oculto en el sagrario y a cenar para luego pasar aquí la primera noche.

Hoy amanecimos tempranito, como lo marca el vaivén de esta agitada ciudad, pues la misa es, de ordinario, tanto en casa como en la parroquia, a las 5 o 5:30 de la mañana. Así que en lugar de entrenar el cuerpo a esas horas como o hago, prolongo el ejercicio espiritual cada día y ya repondré después... El evangelio de este jueves tiene totalmente un tinte vocacional. Es pasaje de San Lucas que narra la llamada de los primeros discípulos (Lc 5,1-11) nos introduce en una escena sencilla, pero llena de profundidad. Jesús está junto al lago y la gente se agolpa para escuchar la Palabra de Dios. Entonces sube a la barca de Simón, quien había regresado cansado y frustrado después de una noche entera sin pescar nada. Desde esa barca, Jesús enseña a la multitud y también prepara el corazón de sus discípulos; después invita a Simón a ir mar adentro y a echar nuevamente las redes. La respuesta de Simón revela cansancio y desaliento: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada». 

Como pescador experto, Pedro sabe que no parece razonable volver a pescar de día, menos aún después de haber fracasado durante la noche, que era el momento más propicio. Sin embargo, se fía de la palabra de Jesús y obedece. Al echar las redes, la pesca resulta tan abundante que casi se rompen, y las barcas están a punto de hundirse. Simón necesita entonces la ayuda de Juan y de Santiago, que se encuentran en la otra barca. Ante esta manifestación del poder de Jesús, un poder que viene del Dios Santo, Pedro descubre una dimensión nueva del Maestro: Jesús no es solo quien enseña con autoridad, sino el Santo de Dios. Por eso él y sus compañeros, dejándolo todo, lo siguieron. Seguir a Jesús exige abandonarlo todo y supone una conversión interior que se expresa en una radicalidad concreta: dar prioridad a su presencia y a su proyecto. San Lucas nos muestra así que la comunidad cristiana nace de un encuentro personal con Cristo, capaz de transformar las tareas ordinarias en misión evangelizadora. Así vivió la Virgen, así vivieron los santos; pidámosle a ella que también nos ayude a seguirlo con la misma disponibilidad.

Padre Alfredo.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

«A dispensar el amor, la compasión y la ternura de nuestro Dios»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Estos días, mientras estoy en Indonesia, baso mis reflexiones en el evangelio. No saben cuánto lo he disfrutado al tener que hacer síntesis y síntesis porque todo ha de ser traducido al momento de estar hablando ¡El indonesio no se parece para nada al español y aquí me tienen como niño de kinder aprendiendo por lo menos los saludos básicos, los números y una que otra cosilla más! San Lucas nos narra hoy la escena en la que Jesús entra en la casa de Simón Pedro y la convierte en un santuario (Lc 4,38-44). Él, esta vez, no predica con palabras, sino con un gesto rotundo: cura a la suegra de Simón, quien de inmediato se levanta para ponerse a servir. Más allá de los debates de algunos estudiosos sobre el estado civil de Pedro —porque algunos deducen de esto que él era viudo— lo verdaderamente central aquí es que el signo de una sanación real es siempre la diaconía. La vida recobrada se verifica en el servicio desinteresado, jamás en la autocelebración.

Cuando ha caído la tarde, narra el evangelista, una multitud acude a Jesús en busca de salud. Me gusta pensar que cada uno de ellos representa un encuentro irrepetible, porque Lucas nos muestra que Jesús no evita el contacto humano, sino que toca a cada enfermo personalmente: Él es la pureza absoluta que abraza y purifica nuestra miseria. Incluso los demonios lo reconocen y gritan su identidad, pero él los silencia con firmeza porque rehúsa la fama fácil y rechaza cualquier definición mesiánica que pretenda esquivar la cruz.

Finalmente, este relato del evangelio, en los últimos renglones, nos muestra la pedagogía del silencio de Jesús. La intensa compasión del día anterior desemboca de madrugada en la soledad orante, y es justamente de ese silencio de donde nace su urgencia apostólica: «Es necesario que vaya...». Jesús es el misionero del Padre que camina hacia donde el Reino aún no ha llegado; transita de la curación a la misión, de lo privado a lo público, de lo conocido a lo que todavía espera una palabra de vida. Él también ha pasado por nuestra historia y hoy nos envía a hacer lo mismo. Hoy, en unas horas, volaré a la ciudad de Surabaya, a una hora de aquí, en esta misma isla de Java. Allá me esperan nuevos compromisos y en ellos el gozo de ser un misionero de la misericordia llevando con ello la tarea de dispensar el amor, la compasión y la ternura de nuestro Dios. Que su Madre nos acompañe. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo. 

martes, 1 de septiembre de 2026

«Que sigamos siendo luz que alumbre con la luz de la alegría del evangelio»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Para un padrecito hiperactivo como yo, el tiempo pasa como agua pero tengo la certeza de que en estos días ha pasado como agua clara de Cristo que nos ha lavado por dentro en unos días de gracia en la «Experiencia Inesiana» —el curso que imparto con dos de nuestras hermanas: Silvia y Tere— con el primer grupo de participantes aquí en Yakarta. El espíritu y espiritualidad de la Beata María Inés, una fundadora valiente cuyo secreto para moldear su entrega lo aprendió directamente de María nos ha hecho reestrenar el gozo de ser misioneros. Nuestras hermanas viven en un entorno que está marcado por una grandísima presencia de la religión de Mahoma, pues solamente el 3% es cristiano en esta nación.

A pesar de la barrera del idioma indonesio, que me impidió profundizar en las homilías como hubiera deseado para evitarles el cansancio que ocasiona el estar escuchando la traducción en cada eucaristía, siento que la palabra del evangelio ha tocado con fuerza nuestros corazones en estos días, mostrándonos cómo la Madre María Inés sintoniza en todo con Jesús. Y es que la verdad del evangelio jamás nos deja indiferentes, pues la autoridad de Jesús convence desde su propio ser, como afirma el evangelio de este día (Lc 4,31-37). Sin la Eucaristía diaria y la Adoración, este, y cualquier otro curso, habría sido un simple pasatiempo o un requisito formativo que cumplir; sin ella nada habríamos logrado. En cada Santa Misa, el Señor se ha hecho presente en hechos concretos, demostrando que contra Él nada ni nadie puede, ni siquiera los espíritus malignos o el pecado que a veces nos seduce y nos cierra a la gracia. 

Jesús fue saliendo a nuestro encuentro cada jornada con sus palabras de Vida, su entrega amorosa y su escucha atenta en medio de nuestra realidad cotidiana. Para interpretar lo que Jesús ha obrado en nuestros corazones a través de nuestra fundadora en esta experiencia de vida espiritual y fraterna, el Papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanitas, nos dice que incluso en las noches más oscuras el Señor suscita personas capaces de perseverar en el bien y generar una resistencia activa al mal. Ahora, la Virgen María también hará su parte: ella ha venido presurosa con su Hijo estos días, como cuando fue con Isabel y nos ha traído el vino de la alegría. Ella, que perseveró al pie de la cruz, nos alienta y cada vez que un curso termina o que una experiencia como esta llega a su fin, regresa con nosotros las comunidades de donde hemos venido para que sigamos siendo luz que alumbre con la luz de la alegría del evangelio a quienes aún no conocen a Cristo. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 31 de agosto de 2026

«El anuncio programático de Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy

Cerramos el mes de agosto con este texto del Evangelio de San Lucas que nos muestra el programa del ministerio de Jesús al comenzar su misión pública (Lc 4,16-30). Damos este salto de San Mateo a San Lucas en la lectura diaria del Evangelio porque los relatos de la Pasión y Resurrección de Jesús (capítulos 26, 27 y 28 de Mateo) se reservan para los días de mayor solemnidad espiritual del año, específicamente el Domingo de Ramos del Ciclo A y la Vigilia Pascual. Leer la crucifixión y muerte de Jesús en un día laborable cualquiera de agosto o septiembre rompería la armonía del Tiempo Ordinario, el cual se enfoca en la vida, milagros y enseñanzas públicas del Señor. Por eso la Iglesia cierra el ciclo ferial de Mateo en las vísperas de su Pasión y se salta ordenadamente al inicio del ministerio de San Lucas en la semana 22.

Aquí Jesús, que hace presente al Dios de las misericordias, se presenta desde el inicio de su ministerio como el profeta rechazado; pero también como el Mesías que, con su vida y con sus obras, revela que Dios es para todos y quiere salvar a todos, comenzando por quienes más sufren. En el corazón de Dios no tiene cabida la lógica de la primacía de los cumplidores perfectos, sino la misericordia que abre caminos, levanta a los pequeños y ensancha la esperanza. ¿Nos extraña que lo quieran despeñar? En realidad, esto evidencia desde el comienzo la ruta de la predicación de Jesús: sus palabras y sus hechos incomodan, desinstalan y cuestionan. 

Todo lo que Jesús hace y dice nos interpela también a nosotros: ¿cómo reaccionamos ante este anuncio programático? ¿Aceptamos que Jesús se abra a otros, más necesitados, y nos invite a sumarnos a esa apertura para ser enviados en su nombre? El Espíritu del Señor sigue actuando hoy y sigue queriendo estar sobre nosotros. Por eso hemos de vivir convencidos de que somos llamados a anunciar la Buena Nueva con palabras humildes, con gestos concretos y con una vida disponible para los demás. Que la Virgen, que se encaminó presurosa al encuentro de Isabel y que en Caná supo advertir que faltaba el vino, venga en nuestra ayuda. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 30 de agosto de 2026

«CADA UNO CON SU CRUZ»... Un pequeño pensamiento para hoy

El Evangelio de hoy continúa el relato del domingo pasado —¿lo recuerdan?—, es aquel momento tan significativo de las llaves de Pedro. Ahora Jesús comienza a anunciar lo que le espera en Jerusalén y lo que allí habrá de suceder. Pedro, como los demás discípulos, no logra comprenderlo ni aceptarlo, porque, según lo aprendido en las tradiciones judías, un Mesías no debía sufrir. ¡Eso no es lo que les habían enseñado los rabinos! Por eso recibe de Jesús uno de los reproches más fuertes que encontramos en el Evangelio, y enseguida el Señor, mirando a quienes lo siguen más de cerca, les habla de la cruz.

Esa cruz de la que él les habla no es una invitación a buscar el sufrimiento por el sufrimiento, como si se tratara de una prueba vacía o de una resistencia sin sentido. Es, más bien, la llamada al seguimiento verdadero: asumir la propia vida con sus luchas, miserias y exigencias, y llevarla con fidelidad, así como Jesús lleva la cruz de su misión profética hasta las últimas consecuencias. A los cristianos, los seguidores del camino trazado por el Mesías no se nos pide cargar su cruz, la cruz de Jesús; sino la nuestra. Él abraza la cruz del Reino de Dios como causa liberadora para el mundo; nosotros, como Pedro, somos invitados a tomar la cruz que nace de nuestra historia concreta, de nuestra vocación y de nuestro deseo sincero de no acomodarnos a este mundo.

Desde la mirada de Cristo, la cruz no es derrota, sino signo de radicalidad, consecuencia de vida y libertad suprema. Lo fue para Jesús en su obra redentora, y lo es también para nosotros, que queremos seguirle y hacerlo amar en el mundo entero a la manera de los santos, y, en mi caso, a la manera de nuestra fundadora la Beata María Inés, quien con sencillez nos recuerda: «Sin oración y sin cruz, nada santo se logra en esta vida» (Carta del 23 de mayo de 1979). Pidamos ayuda a la Virgen diciendo: «María, de pie junto a la cruz, sostén mi fe para llevar mi cruz y unirla a la de tu Hijo Jesús». ¡Bendecido domingo. Mi segundo domingo en Indonesia!

Padre Alfredo.

ORACIÓN PARA ALCANZAR EL SILENCIO


«¡Crea en mis ojos nuevos!, 
tú qué has creado al ciego ojos nuevos
 ¡Cierra mis orejas exteriores 
y ábreme las orejas escondidas!; 
las que escuchan el silencio 
y obedece al Espíritu, a fin de qué, 
por tu Espíritu, yo escuche la palabra del silencio, 
la que sube al corazón y no está escrita; 
la que se mueve en el intelecto 
y no es pronunciada; 
la que es preferida 
por los labios del Espíritu 
y comprendida por el oído incorporeo. 
Océano de piedad, 
comienza a lavarme de la impureza 
de la naturaleza y hazme conforme 
a tus actividades. (1)


(1) El autor es Issac de Nínive quién nació en la región de Beit Katty Qatraye (actual Qatar), a orillas del Golfo Pérsico, en el siglo VII. Vivió como monje y autor espiritual. Fue consagrado obispo de Nínive. Después de cinco meses dimitió y volvió a la vida hermética. Murió de edad avanzada. El decía: «El silencio te iluminará en Dios y te librará de las fantasías de la ignorancia. Te unirá a Dios y te dará un fruto que la lengua no puede describir. Al principio tenemos que esforzarnos para estar en silencio. Pero después, desde el seno de nuestro mismo silencio, nace algo que nos atrae un silencio aún más profundo. Que Dios te dé una experiencia de este “ALGO” que nace del silencio. Si lo practicas, amanecerá en ti».

sábado, 29 de agosto de 2026

«La muchacha de cabeza hueca y el nuevo orden mundial»... Un pequeño pensamiento para hoy


San Juan Bautista es el vocero del Dios para con nosotros; por eso su mensaje de verdad cala en el corazón del rey Herodes. Este monarca retrata mucho del mundo actual: tiene el poder en sus manos, pero vive atrapado en el adulterio, los lujos y las diversiones vanas, pendiente de la aprobación de los demás. Aunque admira a Juan, lo escucha y lo respeta, pero no permite que el mensaje transforme su corazón. Para el Bautista, ante la persona de Jesús todo pierde valor: palacio, riquezas, poder y banquetes. Por ello, el eco de su denuncia inquieta, desestabiliza e incomoda a un poder sostenido por la superficialidad como muchos de los de este mundo. Es admirable como, conociendo un poco como misionero de 4 de los cinco continentes —me falta conocer algo de Oceanía, aunque este país en el que estoy tiene una parte allí, estoy en los límites de Asia aquí en la isla de Java— me encuentro con algunos gobiernos que tienen mucho de superficialidad. No digo nombres, pero es algo que no se necesita mencionar... Como dicen por allí: ¡Lo que se ve no se pregunta!

Volviendo al relato del que me salí para dar la vuelta al mundo en mi pensar en los gobiernos, en medio de la fiesta aparece la hijastra del rey, quien baila encerrada en su propia vanidad. Ella representa la falta de criterio y la superficialidad: posee, seguramente una belleza exterior —el baile luce más con un cuerpo que lo luzca—, pero la muchacha carece de una orientación interior capaz de guiarla hacia una decisión recta. Aunque el rey le ofrece incluso la mitad de su reino como premio, ella elige complacer a su madre. Herodías, por su parte, manifiesta un corazón endurecido, arrogante y vacío, capaz de manipular, cegar y conducir a otros hacia la injusticia al retorcer los planes de Dios. Su objetivo era acallar la voz incómoda de quien invitaba a cumplir la voluntad divina, pero fracasó en su intento.

Hoy en día, el mundo sigue hablando de Herodes, de Herodías e incluso ha dado el nombre de Salomé a aquella bailarina casquivana. Sin embargo, nada de lo que ellos representaban resuena positivamente, pues han quedado en la historia como una escena de opulencia, manipulación y crueldad que raya en el ridículo. En contraste, la voz de Juan sigue resonando con fuerza en la eucaristía, en la liturgia de las horas, en los estudios bíblicos... y nos recuerda que vivir en la verdad exige valentía, libertad interior y fidelidad a Dios. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo —nos lo dijo él— y somos dichosos al acercarnos a la mesa de la palabra y de la eucaristía en cada misa. Que María nos ayude a abrir los ojos para elegir lo correcto y aquello que más nos acerque a la verdad, que es su Hijo Jesús. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 28 de agosto de 2026

«Con las lámparas listas»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Estamos en el último de los cinco discursos de Jesús que aparecen en el relato de Mateo, quien nos dice que el Reino de los cielos se asemeja a diez muchachas que toman sus antorchas y salen al encuentro del novio. Para comprender el sentido de esta parábola tan conocida, debemos tener en cuenta las costumbres de las bodas judías. En los desposorios, el esposo ordinariamente era de otro pueblo y no tenía WhatsApp para comunicarse. Alguien tenía que esperar su llegada porque a él le correspondía llevar a la esposa al lugar de la boda pero no sabían a que hora podría llegar. El relato nos cuenta que designaban a unas jóvenes doncellas para que acompañaran al novio danzando hasta el lugar donde estaría la novia. De allí la costumbre de «Las Damas» en las bodas. La mitad de estas mujeres que esperaba al novio para acompañarlo era prudente y la otra mitad era necia —nunca falta esta clase de mujeres... bueno y de hombres necios también—. 

A causa de la tardanza del novio se durmieron y el novio llegó de repente. Las imprudentes se dieron cuenta de que su aceite no alcanzaba y pidieron a las prudentes que les prestaran un poco. El rechazo de las prudentes a compartir su aceite con las necias se argumenta razonablemente: no alcanzará para todas y, aunque se ve que ya había negocios 24/7, tardarían en ir y volver. En el fondo la parábola nos está diciendo que cada uno de nosotros es responsable de su relación con el Esposo de nuestras almas. Cerrar la puerta era algo habitual en las bodas, una forma de evitar que entraran personas no invitadas o incluso ladrones. Acá sucede algo parecido, tienes que tener invitación si no, no entras. No basta entonces tener las lámparas a la mano para cuando el Señor, el Esposo de las almas llegue; éstas deben estar constantemente alimentadas por aceite. 

Estar preparados, entonces, significa estar listos, estar prontos, estar avispados para realizar el proyecto de Dios en nuestra vida que llega de repente cuando alguien nos pide un pequeño favor, cuando somos invitados a ser «todo oídos» para escuchar a alguien, para correr a recibirlo en quien nos visita inesperadamente... pues de otro modo, nuestra luz se apaga. ¿Seguimos manteniendo nuestras lámparas encendidas? Hoy, que es día de San Agustín, día en que yo doy gracias por mi cumpleaños número 65 —¡Ya estoy «cáscara» decía el padre Lorenzo Barrera!»—, Ayúdenme a pedirle a San Agustín que con sus tratados de teología y su intercesión me ayude y nos ayude a todos y que María, como buena mamá, nos proporcione el aceite que necesitamos para mantener la lámpara encendida que nos haga poder ver a Jesús no solo en la eucaristía y en su palabra, sino en los hermanos. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 27 de agosto de 2026

«Santos, como Cristo es santo»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Hoy quiero detenerme, de manera particular en la primera lectura de la misa (1 Cor 1,1-9) y en el salmo responsorial que es el 144. Esta lectura es una fantástica llamada a la esperanza. Pablo agradece al Señor por todos los cristianos que han creído en la Buena Noticia. Se percibe contento, muy contento. Primeramente llama a estos hermanos «santos», porque han invocado el nombre de Jesucristo y han creído en Él. Esto debe constituir también una gran alegría para nosotros, cristianos de hoy, en medio de un mundo que es hostil, que está lleno de heridas y que deja sentir por donde quiera la ausencia de la fe. 

Todos los bautizados hemos de aspirar a una verdadera santidad aunque si echamos un vistazo a nuestro corazón, muchas veces experimentamos nuestras propias debilidades y nos parece inalcanzable ser santos. Pero san Pablo dice que no es santo aquel que es perfecto en virtudes y obras, sino que santo es aquel que invoca el nombre de Cristo con fe y camina fiándose de Dios y su promesa. Si experimentamos hoy nuestra pobreza, nuestra pequeñez, si vemos que nuestros límites nos impiden caminar…no hay que temer, ¡aún podemos ser santos! Porque es así como Dios revela sus misterios, a los pequeños y humildes de corazón que esperan con amor la salvación.

Hoy, con el salmista, podemos proclamar las grandezas de Dios en nuestra vida, en nuestro ser y quehacer, de manera que, desde la realidad que vivimos, podamos narrar al mundo que Dios nos ama y nos llama a ser santos e inmaculados por su amor misericordioso. Alabemos al Señor día tras día, aun cuando nuestro entorno sea cada día más difícil. Aun cuando las pruebas de la vida intenten ahogar nuestra alegría, no dejemos que las dificultades apaguen el fuego vivo del amor que Dios ha puesto en nosotros. Hagamos memoria de Jesucristo, detengámonos un rato largo acompañados de María y demos gracias al Señor por la historia de amor que está haciendo con nosotros y a través de nosotros. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Las duras exclamaciones de Jesús que en el Evangelio empiezan con un «¡Ay de ustedes!» no son solamente un grito de condena, sino sobre todo un lamento doloroso de Jesús ante el peligro espiritual en el que vivían los fariseos y maestros de la ley que no abrían su duro corazón a la misericordia de Dios. Desde ayer, en el Evangelio, Jesús expone a quienes cumplen con normas externas muy estrictas —como pagar impuestos de pequeñas hierbas— pero descuidan lo esencial: la justicia, la misericordia y la fidelidad y lo hace con estos «¡Ay de ustedes!» —7 veces lo repite en el Evangelio de Mateo (capítulo 23), aunque algunas traducciones numeran 8 (incluyendo un versículo adicional sobre las viudas).

En esta colección de «ayes», el Señor compara hoy (Mateo 23,27-32) a los escribas y fariseos con «sepulcros blanqueados» que se ven bellos por fuera, pero por dentro están llenos de corrupción. Ayer los comparaba con vasos limpios por fuera pero sucios por dentro. Y es que Cristo, a lo largo del Evangelio enseña que la transformación debe empezar en el interior del corazón y no en una máscara de perfección para impresionar a los demás. Por eso reprende a los líderes que imponían cargas pesadas al pueblo que ellos mismos no movían ni con un dedo, cerrando además el acceso al Reino con su ejemplo negativo. 

A nosotros, estos «Ayes» nos deben alertar, pues son una llamada a revisar posiciones y disposiciones. Escuchar estas duras reprensiones nos deben abrir los ojos ante el pecado de la apariencia, una tentación tan humana y que zancadillea a los bautizados de manera especial. Por fuera buena apariencia ¿y el interior qué? Nos llama el Señor a revisar las actitudes y la vivencia de la tarea de ser misericordiosos como Él. A ver si nuestro corazón no está duro y a revisar qué es lo que abunda en él.  Pues de allí se desborda y empapa la existencia y nuestro mundo de relaciones. Que María no nos deje de acompañar en esta travesía que, con nuestro testimonio de vida no seamos «sepulcros blanqueados». ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 25 de agosto de 2026

«Los del plato muy limpio por fuera y sucio por dentro»... Un pequeño pensamiento para hoy


Parecería que en el Evangelio de las misas de estos días, los escribas y fariseos «roban cámara». El día de hoy (Mateo 23,23-26) estos hombres engreídos y arrogantes dan pie a que Jesús nos haga una invitación a hacer un examen de nuestro interior, dado que sin darnos cuenta puede ser que algo de lo de ellos está en nosotros. Cristo nos hace un atento llamado a «limpiar» nuestro plato y nuestra copa por dentro para podernos sentar a su mesa, el Banquete del Señor, con la alegría del que tiene una conciencia limpia y un corazón que pone el amor a Dios y al prójimo por encima de todas las cosas.

Los fariseos y los escribas eran personas pertenecientes a dos grupos religiosos y sociales muy importantes. Ellos eran los expertos de la ley en el día a día y se caracterizaban por ser muy piadosos, en su mayoría personas del pueblo —no sacerdotes—. Se distinguían por cumplir la Ley de Moisés a la perfección en su vida diaria y además de las Escrituras, seguían leyes orales —tradiciones de los antepasados— para no arriesgarse a desobedecer a Dios. Jesús solía criticarlos porque cumplían las normas, pero desatendían lo importante: la justicia, la misericordia, la lealtad a Dios. A los ojos de los demás eran perfectos, cumplidores de la ley, escrupulosos; pero a los ojos del Señor no lo eran. En el relato de hoy, Jesús los compara a una copa limpia por fuera, pero sucia por dentro. En otras ocasiones, como veremos mañana, les llamará «sepulcros blanqueados». 

Al ver a estos hombres una y otra vez estos días en que hacemos una lectura continuada del Evangelio de San Mateo, uno se pregunta: ¿De qué sirve el aparentar una cosa si luego somos otra muy distinta? ¿A quién pretendemos engañar? Nunca debemos olvidar que lo más importante son las cosas del alma. Madre Inés lo recuerda cuando dice: «La cultura, claro, ayuda, pero es lo de menos. Lo principal es el espíritu, la vida de amor que se viva en nuestro Señor, haciendo siempre su santísima voluntad, no solamente cuando nos agradan los sucesos, los acontecimientos que esos de por sí son fáciles de aceptar, sino de manera especial todo lo que es doloroso, sabiendo encontrar en cada uno de mis hermanos a Cristo nuestro Señor. La misa tiene sentido, la misa es solemne, no cuando los cantos son hermosos o hacemos las posturas correctas, De nada nos aprovechará si estamos lejanos de nuestros hermanos. Nuestros actos externos deben ser reflejo de nuestro interior, tiene que haber unidad entre lo que somos y lo que los demás ven de nosotros. Pidamos a la Virgen su ayuda para lograr el ser coherentes. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 24 de agosto de 2026

«¡VEN Y VERÁS!»... Un pequeño pensamiento para hoy


Celebramos la fiesta de San Bartolomé y por ello nos trasladamos al Evangelio que la misa marca para celebrarlo. Dejamos por unos momentos a San Mateo y nos vamos a un pequeño fragmento del Evangelio de San Juan (Juan 1,45-51). Este texto evangélico trata del encuentro con Cristo de parte de dos apóstoles: Felipe y Natanael o Bartolomé (que es el mismo). Los distintos escritores de la Biblia, inspirados por Dios, usaron la forma con la que cada uno conocía o prefería nombrar al apóstol. Juan optó por su nombre personal «Natanael», mientras que los autores de los sinópticos Mateo, Marcos y Lucas popularizaron su patronímico «Bartolomé» —hijo de Tolmai (bar-Tôlmay)—. Con el paso de los siglos, la tradición cristiana mantuvo ambos nombres separados en los textos según el Evangelio que se leyera, consolidando la costumbre de nombrarlo de las dos maneras aunque los estudiosos modernos confirman que se trata de la misma persona.

Felipe y Bartolomé eran dos discípulos aventajados que profundizaban en el sentido pleno de las Escrituras. Descubrieron con prontitud los rasgos de identidad del mesías en Jesús de Nazaret. Los dos tenían integrado en su esperanza a un Mesías lleno de bondad, aún más, la plena bondad. La bondad desde la antigüedad judía se atribuye a Dios, que es rico, grande en este atributo, lo muestra y con ella guía al pueblo rescatado, su mano es bondadosa, muestra su bondad en su misericordia y en el perdón. El «Ven y verás» que mueve el corazón del apóstol en cuestión, es ahora una invitación a que vayamos al Evangelio a conocer más a Jesús y a seguirle con la misma pasión de la Beata María Inés que en su Testamento Espiritual nos abre los ojos y el corazón diciéndonos: «Que nunca, nunca nos salgamos, ni se salgan —aunque yo no viva— del espíritu del Evangelio, el que debemos practicar con tanto amor».

Como Bartolomé, todos necesitamos de una experiencia viva de Jesús. Aunque normalmente la vida cristiana comience con el anuncio que nos llega a través de uno o varios testigos que nos dicen: «¡Ven y verás!», es importante llegar pronto a una relación personal con Jesús. La franqueza de este israelita intachable lleva al Señor a alabarlo en voz alta abriendo un diálogo que acaba por conquistar el corazón del nuevo discípulo. Jesús conoce la vida íntima de Bartolomé y la nuestra. Su llamada nos recuerda la libertad de Dios, que sorprende nuestras expectativas apareciendo precisamente donde no lo esperábamos, a veces en nuestra tranquilidad, debajo de una higuera o aquí en Yakarta al hacer una Lectio Divina como me acaba de suceder. Si nos dejamos conquistar por Jesús, llegaremos a ver «cosas mayores». Pero eso hay que reconocerlo, como María, que confesó ante todos que el Señor hizo cosas grandes en Ella, por eso le pedimos que nos ayude a estar atentos al «¡Ven y verás!». ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 23 de agosto de 2026

«LOS ENCARGADOS DE LAS LLAVES»... Un pequeño pensamiento para hoy


La primera lectura de este domingo (Isaías 22, 19-23) nos presenta la imagen de la llave confiada a Eliaquín. Un signo de autoridad puesta al servicio del pueblo, porque en el antiguo Oriente, el mayordomo no era el rey, pero gobernaba la «casa» con la autoridad total del rey en su ausencia. Llevaba la llave literal y metafóricamente sobre el hombro como signo de su cargo. Él decidía quién entraba a ver al monarca, administraba los tesoros reales y cuidaba de la casa. Su autoridad era incuestionable, pero siempre subordinada al verdadero rey. En el Evangelio (Mateo 16, 13-20), hemos visto que Jesús entrega a Pedro una misión semejante. Jesús, el legítimo heredero del trono de David y Rey del Universo, está instituyendo su propia «casa», que es la Iglesia. Y al igual que los antiguos reyes davídicos, nombra a un mayordomo, a un vicario: Pedro. Las llaves que recibe Pedro no lo convierten en el dueño de la Iglesia —el dueño sigue siendo Cristo—, pero sí lo constituyen en el administrador supremo, el garante de la unidad y el custodio de la verdad.

Pero conviene recordar que Pedro es un hombre que tiene debilidades y fortalezas. Es débil porque es cobarde, niega a Jesús y luego llora amargamente. Pero es fuerte, porque es arrojado y audaz. La elección que Jesús hace de él, no procede de sus cualidades personales sino del amor que el Señor le tiene. Los Evangelios muestran sus debilidades, sus miedos y hasta sus negaciones, pero también su energía y su ardor. Ante el mundo que le rodea, sabe que hay amenazas, pero busca oportunidades. Lo que en definitiva le sostiene, es la fe en Cristo. Jesús, en este encuentro con los suyos, interrogándoles sobre quién creen que es él y designando a Pedro como el responsable de las llaves, nos enseña que toda comunidad, incluida por supuesto la comunidad eclesial, no se construye sobre la perfección de los hombres, sino sobre la confesión de que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios. Esa es la roca que permanece firme a través de los siglos.

Cada domingo es un día de gracia, porque nos damos cuenta de que, en el bautismo, el Señor nos ha entregado «las llaves». Nosotros no somos el dueño de la casa, pero hemos de cuidar la misión que se nos ha confiado y estamos llamados a edificar nuestra vida, nuestra vida sobre esa misma roca. No sobre nuestras seguridades, nuestros éxitos o nuestras fuerzas, sino sobre Cristo. A él lo escuchamos en la mesa de palabra y lo recibimos en la mesa e la Eucaristía. Que María santísima nos ayude a trabajar nuestras debilidades, a hacer crecer nuestras fortalezas, a aprovechar las oportunidades y a vencer, con la gracia del mismo Cristo, las amenazas que se puedan presentar. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 22 de agosto de 2026

«Bunda Maria, la Reina de todo lo creado»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


En todo el mundo católico, la Virgen María, pro ser la Madre de Dios, ocupa un lugar preponderante. Me he encontrado con la sorpresa —yo que indignamente soy párroco de «Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás— de que aquí en Indonesia la advocación mariana más profundamente venerada e históricamente célebre es Tuan Ma «Madre María o Nuestra Señora del Rosario», ubicada en Larantuka, en la isla de Flores —donde está temblando mucho y tenemos dos comunidades de la Familia Inesiana—. Su culto destaca por la famosa procesión de la Semana Santa, una tradición de más de cinco siglos arraigada en el archipiélago. Además de esta advocación, los obispos de Indonesia declararon a Santa María de la Asunción «Bunda Maria» como la patrona oficial del país, generando múltiples santuarios de peregrinación en islas como Java y Sumatra. Aquí en casa por supuesto además de Nuestra Señora de Guadalupe está una imagen de «Bunda Maria» a la entrada. Hoy celebramos a la Virgen como María Reina. María es Reina por ser Madre de Jesús, Rey del Universo. Esta fiesta, instituida por el Papa Pío XII en 1954 tiene un carácter muy especial. 

El Evangelio de San Lucas nos presenta a María, como una jovencita de Nazaret, un pueblo minúsculo de Israel. En esa muchacha de aquel pueblecito lejano, alejada de los focos del mundo, se posó la mirada del Señor, que la había elegido para ser la madre de su Hijo. La historia de la Virgen es la historia de un Dios que, como digo muchas veces, siempre sorprende. Ella se deja sorprender ante el anuncio del Ángel, no oculta su admiración. Es el asombro de ver que Dios quiere hacerse hombre, y que la ha elegido precisamente a ella, para ser su madre. La expresión, “llena de gracia”, tan familiar para el pueblo cristiano, es un saludo de gran profundidad, porque le recuerda la grandeza de su vocación: Ella ha sido elegida para ser la Madre de Dios y por ello ha sido preservada del pecado original en el instante mismo de su Concepción. La "llena de gracia" es el nombre que Dios mismo le da para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, el amor encarnado de Dios.

Dios nos sorprende siempre, rompe nuestros esquemas, pone en crisis nuestros proyectos, y nos dice: fíate de mí, no tengas miedo, déjate sorprender, sal de ti mismo y sígueme. Él espera que nos dejemos sorprender: en la sencillez, en la humildad de nuestra vida. Ahí quiere manifestarse. Contemplando a María Reina podemos reconocer nuestro destino verdadero, nuestra vocación más profunda: ser amados, ser transformados por el amor, por la belleza de Dios. Dios ha puesto su mirada de amor sobre cada uno de nosotros, con nombre y apellidos. De la misma manera que a María, Él nos ha elegido antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en el amor y para ser también nosotros reyes desde el bautismo al estilo de Jesús y al de ella, a quien le pedimos interceda ante el Señor. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

jueves, 20 de agosto de 2026

«SOMOS INESIANOS, PEREGRINOS DE ESPERANZA»... La herencia del Año Santo 2025.


El Año Jubilar 2025, celebrando como cada 25 años, la Redención, marcó para todos los miembros de nuestra Familia Inesiana un imperativo a la hora de hablar como misioneros en nuestras distintas opciones vocacionales, del presente y del futuro de nuestro ser y quehacer. Este imperativo ha sido «la esperanza». Un imperativo que sintoniza perfectamente con lo que el lema de este año santo nos estampó en el corazón: «Peregrinos de Esperanza». Y es que no debemos olvidar que somos peregrinos y que este jubileo ha sido una invitación a ser conscientes de ello. Vamos andando en este mundo en peregrinación, tanto física como espiritual, viviendo la fe en el camino y buscando acercarnos a Dios y a los demás en caridad. Pero somos peregrinos de esperanza. Y esta esperanza se entiende como la certeza del amor de Dios, la capacidad de superar las tribulaciones y de construir un futuro de paz y fraternidad que nos ha de llevar a metas altas de santidad, pasando por el mundo haciendo el bien como Cristo, que se encarnó para salvarnos (cf. Hb 10,38).

A todos los que estamos aquí en este planeta, como hombres y mujeres de fe, nos consta que es mucho más lo que se puede alcanzar y lo que está por venir, que lo que nuestros ojos apenas pueden ver. El mundo en el que somos misioneros, necesita de esperanza; mucha más esperanza en lo que somos, en lo que hacemos y en lo que vivimos, recordando que hemos sido tocados de un corazón sin fronteras —la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento— que, hasta el último aliento de vida, se mantuvo inmerso en la esperanza.

Por encima de todas las pequeñas esperanzas que nos proponen las utopías y las diversas ideologías que en nuestra época van y vienen, los Inesianos, a imitación de nuestra fundadora, ciframos nuestra esperanza en Dios, que es el único que nos puede salvar. 

Es de todos conocido que el mundo actual, caracterizado por el auge del individualismo, el relativismo y un enfoque en lo material en el que la influencia y práctica del cristianismo han disminuido significativamente, resultando en un menor apego a los valores esenciales y a las sólidas enseñanzas e implicando un desplazamiento de lo religioso de la esfera pública a la privada, sufre una pérdida de referentes morales y un vacío espiritual. 

La secularización ha hecho a un lado instituciones y aspectos de la vida que antes estaban vinculados a la religión al hacerlos ahora parte del ámbito civil, causando que la religión pierda su preeminencia pública. 

Nos movemos, como ciudadanos de una sociedad globalizada, en medio de una confusión de orden jerárquico de los valores morales. Sobre todo nuestros adultos jóvenes, los jóvenes y los adolescentes, experimentan una desorientación en los valores y principios básicos que antes eran proporcionados por la fe, lo que ha generado inseguridad y un vacío existencial. La dificultad de educar en la fe ha llevado, sobre todo a los niños, a aprender sus valores de fuentes alternativas como los teléfonos celulares y las redes sociales, en lugar de la familia.

El individualismo y el relativismo, que tanto denunció el papa Benedicto XVI, de feliz memoria, en su brillante encíclica «Spe Salvi» han hecho que la tendencia de la vida de las personas se desplace hacia un individualismo que va degenerando en la «beatificación del antojo», donde todo se percibe como incierto y sin una validez única. 

Por su parte, el predominio del materialismo, va marginando los valores espirituales y la presencia de Dios en la sociedad en favor de un enfoque centrado en lo material, lo que puede ser impulsado por los medios de comunicación y las lógicas del mercado. Si bien este concepto se aplica especialmente a Europa Occidental y a América, la descristianización coexiste con un leve crecimiento del cristianismo en algunas regiones, de África, el llamado «continente de la esperanza» y de Asia.

Para algunos, incluso gente cercana a nosotros, los misioneros pudiéramos parecer como simples entusiastas que cada mes de octubre celebran el mes de las misiones y nada más. Porque inclusive es triste ver que muchos, incluso consagrados, ya no quieren desinstalarse de este ámbito atractivo y comodón que la tecnología actual nos brinda en las grandes ciudades y que difícilmente llega a las pequeñas y alejadas comunidades a donde pocos quieren ir. 

Benedicto XVI, el gran teólogo y misionero de los últimos tiempos, en esa obra maestra de la Esperanza que ya he mencionado: —Spes Salvi—, afirma que «a lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los periodos de su vida. A veces —dice el papa— puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra. En la juventud puede ser la esperanza del amor grande y satisfactorio; la esperanza de cierta posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su vida» (Spe salvi 30).  

Esas esperanzas, sin embargo, no bastan, sobre todo porque los humanos —aunque no todos sean hiperactivos como habemos alguno que otro— tenemos un corazón inquieto en el que muchos obstáculos impiden lograr lo que deseamos. 

Nosotros nos hemos dejado alcanzar por Cristo. En Él tenemos un referente para no quedar atrapados en un simple optimismo de una u otra reunión internacional que no deje eco en el corazón. Entre la esperanza cristiana y el optimismo hay una gran diferencia. ¡No son iguales! El optimismo pasa y la única y auténtica esperanza para todos los creyentes es la cruz de nuestro Señor Jesucristo que permanece y que nosotros hemos abrazado. Si es verdad que muchas diócesis, instituciones, familias misioneras, congregaciones —incluso muchas comunidades contemplativas—, están viviendo momentos difíciles, por la escasez de vocaciones y por falta de compromiso por parte de los seglares, hemos de reconocer y agradecer el don de la fidelidad, de la perseverancia y el espíritu de confianza en Dios que está presente en la Iglesia.

Solo en Dios podemos llegar a vislumbrar esa gran esperanza. Benedicto XVI nos lo dice: «Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto» (Spe salvi, n. 31). 

Cuando nuestra amada fundadora, la Beata María Inés Teresa fundó la Familia Inesiana, con nuestras hermanas Misioneras Clarisas, pilares de lo que somos y hacemos, lo hizo llena de esperanza en un mundo que parecía muerto a la esperanza. La época estaba marcada principalmente por la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y las consecuencias de la Gran Depresión, incluyendo la pobreza y el desempleo que persistieron. Ataques aéreos, hambrunas, así como el inicio de la Guerra Fría y la amenaza de la energía atómica envolvían la faz e la tierra en la desesperanza. Es en ese tiempo en el que ella, llena de esperanza funda nuestra familia misionera.

Pero eso no es todo. Años antes, México había sufrido también un tiempo marcado, para muchos, con desesperanza: la persecución cristera. Una época que se veía como interminable y parecía acabar con la fe de un pueblo que, cobijado por el manto de la Guadalupana, se debatía en la lucha cristera mientras que los templos estaban cerrados y las columnas de la vivencia de la fe, iban al exilio. Se estima que entre 250 mil y 300 mil personas murieron durante la Guerra Cristera (1926-1929) en la que solamente tres obispos permanecieron ocultos en el país: Pascual Orozco y Jiménez, José María González y Valencia y san Rafael Guizar y Valencia, que fue el único que pudo mantener abierto un seminario oculto en la clandestinidad.

En medio de todo esto, la Beata María Inés Teresa, llena de esperanza, buscó la manera de responder al llamado que Dios le hacía para consagrar su vida como religiosa e ingresó a una comunidad de Clarisas exiliada en Los Ángeles, California, en 1929. Su experiencia de persecución y exilio la llevó a mantener viva la esperanza para dedicarse a cumplir la voluntad de Dios con alegría, aún en medio del sufrimiento. 

No me bastaría ni siquiera un día entero, para compartir con ustedes tantos testimonios y anécdotas de aquellas dos épocas de la vida de Madre Inés en los que la esperanza se hizo siempre presente. 

Ciertamente no quiero hacer un intrincado y extenso escrito sobre la esperanza. Quiero más bien invitarles a no apartar nuestra mirada de la vida y e la obra de la Beata María Inés para vivir como ella, no en el simple entusiasmo pasajero de algo que se consume como una llamarada de petate, sino en esperanza, en esa esperanza que, como dice San Pablo en la carta a los Romanos: no defrauda (Rm 5,5).

Somos esperanza en el mundo desde la normalidad de nuestra vida de familia con la fraternidad, el complemento de las diversas expresiones de nuestro carisma en los diferentes miembros en su forma de ser, la disponibilidad para la misión y viviendo la evangelización donde la Iglesia nos llama, compartiendo nuestra espiritualidad de sacerdotes, de consagrados y de laicos al estilo inesiano. Y el Señor, recordemos, «no abandonará a todos los que esperan en él» (Florecillas de san Francisco nº. 287; cf. Sal 33,23). 

Nuestra Madre fundadora, fue una mujer que con convicción firme, esperó siempre en el Señor. En una carta colectiva escribe: «Alguien me dice que me promete confiar en Dios… contra toda esperanza ¡magnífico! es algo que me da tanta alegría. La confianza en Dios todo lo puede» (Carta colectiva de Marzo 14 de 1963). 

Las distintas esperanzas humanas, que inspiran las actividades diarias de todos los miembros de nuestra familia inesiana, corresponden, desde que el Señor estableció su reinado, al anhelo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros que hemos sido llamados y confiamos en Dios (f. Catecismo de la Iglesia católica, nº. 1818). Dice Nuestra Madre: «La esperanza es una virtud obligatoria; radica en el espíritu, pero irradia en todo el ser» (Ejercicios Espirituales de 1933).

Y por otra parte afirma: «La confianza en Dios es precisamente la esperanza, pues, como confiamos en él, esperamos lo que nos ha prometido». Ella recomienda en una carta: «Confiemos siempre en Dios, aun sobre toda esperanza y… triunfaremos en todo. El es infinitamente misericordioso».  

Ante esto podemos preguntarnos en sintonía con Madre Inés: ¿Cuáles son mis esperanzas?, ¿a dónde tiende mi corazón misionero? «Dile a Cristo —escribe la beata María Inés— que, aunque toques y no te conteste, aunque pidas y no te dé, aunque busques y no encuentres, en él confías y que confías en él contra toda esperanza, y que aún cuando estuvieras sentada en sombras de muerte en él esperarías. Es esta esperanza, esta confianza lo que deleita su corazón». 

Para terminar, quiero invitarles a contemplar con los ojos de la esperanza a la Santísima Virgen, vestida de Guadalupana que habló a la Beata María Inés y la llenó de esperanza ante una realidad que ella aún desconocía: «Si entra en los designios de Dios servirte de ti para las obras de apostolado...». Ella, en ese entonces, era una religiosa de clausura en el exilio... ¿qué podía hacer? Pensando en aquella escena, creo que todos podemos experimentar interiormente la serena certeza de que la esperanza cristiana, nuestra esperanza, es cierta. No es vano producto de una ilusión quimérica o la proyección ilusa de un ideal inalcanzable. Nuestra esperanza es cierta. Es, como dice la Carta a los Hebreos, ancla del alma, segura y firme (Hb 6,19). Segura y firme dice, es decir cierta.

Por tanto, no debemos olvidar que la Virgen santísima, santa María de Guadalupe, alma del alma de nuestra familia misionera, es modelo de nuestra esperanza. Y una esperanza cierta, sin la cual nuestra fe se convertiría en simple ideología y nuestra caridad en una solidaridad intrascendente. A fines del siglo XIX un poeta francés, Charles Péguy decía: «La esperanza es la pequeña de la casa, insignificante en apariencia y que apenas cuenta, pero sin la cual ni la fe ni la caridad se sostendrían».  Cerremos nuestra reflexión recordando que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.  Eso es lo que hizo Madre Inés.

Padre Alfredo, M.C.I.U.


Roma, octubre de 2025.
Encuentro Internacional de la Familia Inesiana.
Año Jubilar de la Encarnación.

«AMOR Y LIBERTAD. LA INDEPENDENCIA DE INDONESIA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Ayer las hermanas me llevaron al centro de Yakarta y, en especial, a admirar el Monumento Nacional de Indonesia, conocido popularmente como «MONAS». Este es el símbolo más icónico de Indonesia y conmemora la lucha del país por su independencia. Se trata de una imponente torre tipo obelisco que mide 132 metros de altura y se ubica justo en el centro de la Plaza Merdeka, una de las plazas urbanas más grandes del mundo. La cima está coronada por una estructura en forma de llama que mide 14 metros de altura por 6 de diámetro y está revestida de 50 kilogramos de oro puro. Se puede subir hasta el mirador, a 115 metros de altura y contemplar de allí lo poco que se alcanza a ver a causa de la contaminación que es extrema. Una gran parte de este oro fue donada por el empresario Teuku Markam, de la isla de Sumatra. Aunque la flama tiene 50 kg del precidao metal, el MONAS alberga otros 22 kilogramos restantes en el interior, en la Sala de la Independencia, decorando el escudo de la Garuda Pancasila, las puertas de acceso y el mapa del archipiélago conformado por  17,504 islas.

El Evangelio de hoy (Mateo 22,34-40), apenas a unos días —el lunes pasado— de haber celebrado la independencia de este maravilloso país, ilumina esta reflexión que comparto con mis 13 lectores. Porque hablar del alcance de una independencia es pensar en la solidaridad de un pueblo que, puesto en marcha, es hablar del alcance del Amor. Sí, el Amor con mayúsculas, que es Dios que, en el caso de la independencia que hace 81 años alcanzó esta nación, cuida de las garantías de libertad de sus hijos. Muchos misioneros pioneros como el jesuita holandés Frans van Lith transformaron la educación en estos lugares a principios del siglo XX. Otro, por amor a Dios y a todos, crearon escuelas abiertas a todas las etnias y religiones, formaron líderes que posteriormente organizarían el camino a la independencia y el nuevo Estado. Fueron aquellos misioneros, llenos de amor por Indonesia, quienes comprendieron pronto que la Iglesia no sobreviviría si seguía siendo europea. 

En 1940, poco antes de la independencia, el Papa Pío XII nombró a Albertus Soegijapranata como el primer obispo nativo de Indonesia, quien con su testimonio de vida, desgastándose en el amor, fue un puente hacia la libertad. Impulsó a miles de jóvenes católicos a unirse a las milicias independentistas de Sukarno y trasladó su sede episcopal a Yogyakarta —la capital revolucionaria— para acompañar físicamente al gobierno republicano asediado. La Santa Sede, atenta a los informes de los misioneros que constataban la irreversibilidad del movimiento nacionalista, actuó con rapidez. En 1947, el Vaticano se convirtió en uno de los primeros Estados en reconocer oficialmente la independencia de Indonesia, ayudando a garantizar la libertad religiosa en un país de abrumadora mayoría musulmana, alejando a la Iglesia de los privilegios coloniales y forzándola a encarnarse en la cultura local. Esta historia de independencia nos deja ver que el amor a Dios y a los hermanos no puede separarse nuestro ser y quehacer como bautizados. Que María nos ayude a vivir amando. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

«Un lugar para el banquete en la frenética Yakarta»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Todos los hombres y mujeres de fe sabemos que Dios Padre, ya aquí y ahora, nos hace partícipes del banquete eterno, de las realidades del cielo. Cada día, en cada Eucaristía, Jesús nos hace una invitación, nos llama a su mesa, nos sienta con Él y nos sirve. Es más, Él mismo se nos da como alimento. La comunión de su Cuerpo y su Sangre nos limpia y purifica, nos sana, nos redime, nos nutre, nos anima, nos vuelve a la vida, nos transforma y nos hace uno con Él dándonos un adelanto de lo que será el Banquete Celestial. Pero eso que comprendemos plenamente los que creemos en el misterio de la Eucaristía no lo ven ni lo viven todos. Hoy el evangelio (Mateo 22,1-14), con la parábola del banquete de bodas que un rey mandó preparar para su hijo y que fue despreciado, ha de tocar nuestro corazón para llevarnos a agradecer esa invitación que el Señor nos ha hecho.

Estoy en la ciudad más poblada del planeta. Yakarta sobrepasa los 42 millones de habitantes en un ir y venir descomunal y una contaminación que impide ver el sol que se esconde en un cielo grisáceo plagado de polución. Aquí conviven imponentes rascacielos financieros con humildes barriadas tradicionales —kampungs— junto a un rico legado colonial holandés —como su hermosísima catedral— junto a la frenética modernidad del sudeste asiático con unas calles por las que circulan entre 9 y 14 millones de motocicletas al día. Las motocicletas representan aproximadamente el 76% del total de vehículos que congestionan la ciudad fuera de las autopistas a las que no pueden acceder. Pero, de entre estos millones de gentes... ¿cuántos saben del Banquete de Cristo? La gran mayoría de los habitantes de la ciudad profesa el islam —más del 87 %—, mientras que las minorías cristianas unos 400,000, lo que representa cerca del 3.5% de su población total. Aquí los misioneros, fieles al mandato de Jesús de ir por todo el mundo a predicar el Evangelio, salen a los cruces de los caminos —traducción del griego «diexodous ton hodon» que se refiere alas salidas de los caminos o rincones—, es decir a las periferias geográficas y existenciales para ofrecer la fe a quienes no la conocen. 

La tarea de nuestras hermanas Misioneras Clarisas y de los Vanclaristas aquí en Yakarta parte de una casa llamada «Our Lady of Guadalupe House of Prayer» Una casa en donde el centro lo ocupa una grande capilla que, rodeada por sencillas instalaciones, crea un espacio para que todos, creyentes y no creyentes, vengan al encuentro de la paz que solo Cristo puede dar. Incluso los musulmanes o budistas que vienen hablan de esa paz que aquí se respira y que me alberga por casi un mes. Esta casa de nuestra Familia Inesiana, ofrece, de esta manera, la invitación de Dios a todos por igual, confiando en que el amor del Rey transforma los corazones de los invitados a la boda. Pidamos a María de Guadalupe, que cuida esta casa en donde se celebra el Banquete de su Hijo, que reina en el Sagrario, que muchos vengan, conozcan y amen a Cristo como Madre Inés lo anheló. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 19 de agosto de 2026

«LOS PASTORES DEL PUEBLO DE DIOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Seguimos en la lectura continuada del libro del profeta Ezequiel en la primera lectura desde hace ya un buen tiempo. Hoy estamos en los versículos del 1 al 11 del capítulo 34 donde Ezequiel profetiza, tal como le ordena Dios, contra los pastores, reprochándoles no solo que hayan descuidado su obligación, sino que han abusado y maltratado a las ovejas. En adelante será Dios mismo quien cuidará del rebaño. En la Iglesia sabemos que así es, es Dios quien elige a los pastores para cuidar de toda la grey. Ya sabemos que el Papa, vicario de Cristo en la tierra se elige en un cónclave al que asisten los cardenales menos de 80 años, pero tal vez no todos sepan cómo se eligen los obispos.

El Papa nombra libremente a los obispos, pero se basa en un proceso confidencial de consulta y selección coordinado por el representante del Vaticano en cada país. El Proceso de Selección es así: En primer lugar los obispos de cada región o país proponen de forma secreta nombres de sacerdotes aptos cada pocos años. Cuando una diócesis queda libre, el Nuncio Apostólico —el embajador del Papa en cada país— investiga el perfil y consulta en secreto a sacerdotes y laicos. El Nuncio envía a Roma una lista con tres candidatos recomendados. El Dicasterio para los Obispos revisa estos tres nombres y el Papa toma la decisión final para ver a quien elige de entre ellos. Finalmente, el Nuncio pregunta al sacerdote si acepta el cargo antes de que el Vaticano haga público el nombramiento.

Todo esto nos lleva a recordar que Jesús Resucitado encomendó a Pedro que cuidara del rebaño.  Por eso la Iglesia sí tiene pastores y estos pastores vienen de Dios. Es bueno rezar por ellos, sin olvidar que Cristo es el Pastor Supremo. Tanto en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás como en todas las demás comunidades de la Familia Inesiana, los jueves, tanto la misa como la exposición del Santísimo se ofrece por los sacerdotes. Como comunidad orante pedimos en especial por los sacerdotes que viven situaciones espirituales y materiales muy diversas: por los que trabajan bien y mucho y por los que sufren de distintas maneras y de manera especial por el Santo Padre. Pidamos a la Virgen María, Madre del Buen Pastor por la perseverancia de los 5,525 obispos, los 407,421sacerdotes y los 52,102 diáconos permanentes que hay en el mundo actualmente. ¡Bendecido miércoles... mi Day Off también acá en Indonesia!

Padre Alfredo.

martes, 18 de agosto de 2026

«Riquezas, dones y cualidades»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


La primera lectura de la misa de hoy tomada del libro del profeta Ezequiel (Ez 28,1-10), me lleva a contemplar al hombre y a la mujer de hoy que, atrapados por tantas ideologías, no alcanzan a ver la mano de Dios en sus vidas, y si adquieren algún poder, se creen con derecho, incluso, a legislar sobre la vida y la muerte de ellos mismos y de todos. La mayoría de la gente, sobre todo la gente joven se siente tan poderosa y tan fuertes, que Dios deja de tener voz y solo escuchan su propia voz; una voz que les lleva, como vemos en esta lectura, por derroteros equivocados. Los dones y las cualidades que tenemos son una bendición que hay que reconocer como venidos de lo Alto y al igual que la riqueza, podemos considerar que son bienes que se reciben de nuestro Creador y Padre. El problema viene cuando el hombre se vuelve a considerar «dios» y se arroga el derecho a acumular en su beneficio, lo propio y lo ajeno.

Ni la riqueza ni el tener muchos dones y muchas cualidades es algo malo; el mal uso de ello si lo es, pero el mal uso lo hace el hombre no la riqueza ni los dones en sí. Aprendamos que Jesús, en el Evangelio de hoy (Mateo 19,23-30) que va en la misma línea de la lectura, está avisando y no condenando a los ricos, a los «príncipes» endiosados, para que al ver esto que ellos viven, cambiemos nuestras pautas de conducta, porque no es más «rico», en el aviso de Jesús, el que más tiene, sino el que atesora avariento lo mucho o lo poco. Debemos, tenemos, que ser conscientes y vivir de acuerdo con lo que Dios pone en nuestras manos, sean riquezas o cualquiera otro don y cualidad. Lo que recibimos lo es para que podamos repartirlo y compartirlo y eso cuesta, ¡Claro que cuesta!, porque nuestro instinto, nuestra tendencia natural, se dirige a conservar aquello que llega a nuestras manos por un simple temor a «lo que pueda venir». Así acumulamos riquezas que no usamos ni necesitamos, por lo que pueda venir en el futuro, un futuro que no sabemos si llegará, pero queremos tener controlado.

Contra este afán de acumular es contra el que van estas y todas las condenas de Jesús en el Evangelio. Ciertamente será muy difícil entrar por la puerta estrecha si vamos cargados de un enorme equipaje de riqueza, tradición, cerrazón, etc. que nos dificulta la entrada, e incluso el caminar. Tenemos que estar ligeros de equipaje y solamente así podremos salvarnos: caminando ligeros, sin ánimo de conservar ni cargar de más, sin derroches absurdos, pero dispuestos a poner nuestras riquezas, dones y cualidades, al servicio de los hermanos.  Que la Virgen María, llena de dones y cualidades que supo dar y con ello darse Ella misma, nos ayude. Yo mientras tanto sigo aquí en esta hermosa tierra de Indonesia, a donde el Buen Dios me ha traído a compartir lo que tengo y lo que soy. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 17 de agosto de 2026

«¿SOBRE QUÉ FUNDAMENTO CONSTRUIMOS NUESTRAS VIDAS?... Un pequeño pensamiento para hoy

Esta mañana, a las 7:30 aterrizamos en el moderno Aeropuerto Internacional Soekarno-Hatta, el principal aeropuerto de Yakarta en la isla de Java en Indonesia. Está situado a unos 20 kilómetros de la ciudad en el distrito de Cengkareng, por lo cual la gente lo conoce como el aeropuerto de Cengkareng (CGK). Este aeropuerto fue diseñado por Paul Andreu, el arquitecto francés que también diseñó el Aeropuerto de París-Charles de Gaulle y destaca por sus preciosos jardines y por ser uno de los más puntuales del mundo. Aquí nos esperaba un grupito de Misioneras Clarisas que nos dieron la bienvenida y nos llevaron a desayunar, dado que la casa está un poco retirada. Llegamos a casa a media mañana y nos esperaba otro recibimiento con unos ramos de flores que ofrecimos a Nuestro Señor y a la Virgen en la capilla en donde las hermanitas hicieron una oración de bienvenida en indonesio, idioma en el cual solamente sé una que otra palabra y que gracias a Google translate me puedo comunicar.

En la tarde hemos tenido la santa misa, y es por eso que hasta ahora, luego de la cena, hago mi pequeña reflexión, esta vez, en torno a la primera lectura tomada del libro de Ezequiel (24,15-24) El texto de Ezequiel que es uno de los textos más duros y a la vez más conmovedores de la Escritura; una señal concreta de que Dios nos habla y siempre, aunque nuestra mirada y oídos distraídos estén puestos en otro lugar. En este texto, Dios anuncia la muerte de la esposa de Ezequiel, «el encanto de sus ojos», y le pide que no haga los gestos habituales de duelo. Así, el profeta experimenta en su propria carne el dolor de una perdida sin hablar del sufrimiento desde la teoría, sino desde su propia vida. Con esto no he dejado de pensar en mis tíos Arturo y Angélica la hermana de mi madre y sus hijas mis primas Adriana y Celina, porque el sábado, mientras estaba aún en Roma, recibí la noticia de la partida a la Casa del Padre de mi prima Laura Angélica, la hija mayor de mis tíos que, invadida por el cáncer, vivió muy poco tiempo luego del inesperado descubrimiento de la enfermedad. Como ellos y mi familia materna, hay mucha más gente que sufre pérdidas que le rompe el corazón: la muerte de un ser querido, una enfermedad, un fracaso laboral, una separación o pérdida de la fe, etc.… nadie estamos exento de pasar por momentos en los que parece que el suelo desaparece bajo nuestros pies. Pero en mis tíos y mis primas, Dios, siempre misericordioso, me permite admirar la profunda fe de quienes viven con la esperanza puesta en Dios. ¡Desde aquí los acompaño!

Este gesto de Ezequiel, se convierte en un signo para nosotros, porque ninguna institución, tradición o seguridad humana puede sustituir una relación viva con Dios que hemos de vivir y que nos sostiene hasta llegar al encuentro definitivo con él. Laura fue una mujer de fe, un alma que supo entregar cada paso del proceso que le fue arrebatando no solo su hermoso cabello, sino todo su ser que, reclamado por un Dios celoso, quiso su alma para sí. Nunca podemos apoyar y basar nuestra vida en las seguridades de este mundo: el dinero, la salud, el prestigio, el trabajo o incluso la práctica religiosa rutinaria como costumbre. Porque cuando alguna de estas realidades se tambalea, descubrimos que no constituyen el fundamento ultimo de nuestra existencia. Y no se trata de hacer una exaltación del sufrimiento, pues Dios no disfruta del dolor humano e incluso en medio de la prueba, Él sigue presente. La fe y el creer en Dios no elimina las lágrimas y la vida ha de seguir. Yo apenas voy llegando a esta hermosa y misteriosa tierra de misión en donde estaré poco más de un mes y desde aquí, y meditando sobre el sufrimiento y la muerte en el largo viaje que me trajo desde la Ciudad Eterna hasta aquí, capto con Ezequiel, que el sufrimiento no tiene la última palabra porque sabemos que Dios no abandona nunca a sus hijos. Todo invita al encuentro con Dios cuando se tiene fe. María es la mujer de la fe más profunda, de la f que supo vivir a la sorpresa de Dios. Con ella hay que preguntarnos: ¿sobre qué fundamento estoy construyendo realmente mi vida: sobre lo pasajero o sobre el Señor que permanece para siempre? ¡Bendecido lunes, inicio de semana e inicio de mi labor misionera en Indonesia!

Padre Alfredo.