jueves, 21 de mayo de 2026

¡Ánimo!... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Creo que en estos días de Pascua, con la lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos hemos dado cuenta bastante bien de quién es San Pablo, un hombre extraordinario, un hombre santo y muy culto que hablaba griego, que era judío pero ciudadano romano. En el plano humano y ante las acusaciones que en las lecturas de estos días ha venido enfrentando, las ventajas que tenía nos hacen ver en él un misionero de temple. En un mundo en el que aún no se hablaba de globalización, él había hecho que el Evangelio gracias a su visión global de su actividad a lo largo de un extenso territorio. Su formación griega le había preparado para tener esa perspectiva cristiana cósmica permitiéndole presentar una defensa de sí mismo y de su ministerio misionero.

San Pablo llega feliz a Jerusalén porque ha visto la acogida que la predicación del Evangelio ha tenido entre los gentiles y como éstos han abrazado la fe, pero su felicidad se ensombrece al ver la hostilidad de su propio pueblo, el pueblo judío, el pueblo elegido al que perteneció Jesús, el Cristo, a quien él predica. Esa hostilidad lo lleva a la cárcel, pero Pablo, inteligente y dotado de la sabiduría de Dios, saca provecho de esta situación y hace valer su ciudadanía romana para que su vida y misión no termine en Jerusalén sino que llegue a Roma, capital del Imperio. En el pasaje que nos narra la primera lectura de hoy (Hch 22,30;23,6-11), esta postura se enriquece en su corazón gracias a su relación con Cristo, con quien había tenido el sorprendente encuentro que cambió su vida. 

Ese mismo Cristo es el que había dicho en el Evangelio: «Sean sagaces como serpientes y sencillos como palomas» (Mt 10,16), advirtiéndonos de los peligros que hemos de afrontar —ovejas entre lobos—. Esta expresión significa combinar la prudencia y sabiduría para evitar riesgos, con la integridad, inocencia y nobleza de corazón. Es lo que hace este gran apóstol cuando sus hermanos intentan acorralarlo para empujarlo a la muerte. Su entrega valiente y generosa se ve recompensada por el mismo Señor que se le presentó en la intimidad de la noche para decirle: «¡Ánimo!, como has dado testimonio de mí en Jerusalén, así debes darlo también en Roma». Además de admirar a san Pablo por todo esto, hemos de acogernos como él siempre a Dios que también a nosotros nos dirá: ¡Ánimo! Que la Virgen santísima nos acompañe y nos aliente a ser valientes como Pablo y sobre todo, como u Hijo Jesús.

Padre Alfredo.

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