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martes, 15 de agosto de 2023

¿CÓMO SE ESCRIBIÓ LA BIBLIA?


En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, nos ha hablado en palabras humanas, muchas de las cuales han quedado consignadas en la Sagrada Escritura. El Concilio Vaticano II, en la Dei Verbum afirma: «La Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres» (DV 13). 

Dios es el autor de la Sagrada Escritura, porque bien sabemos que las verdades reveladas por Dios, que están contenidas y se manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. Él ha inspirado a los autores humanos de los libros sagrados. 

La Tradición apostólica hizo discernir a la Iglesia qué escritos constituyen la lista de los Libros Santos. Esta lista integral es llamada «Canon de las Escrituras». Canon viene de la palabra griega «kanon» que significa «medida, regla». 

El Canon comprende para el Antiguo Testamento 46 escritos, y 27 para el Nuevo. Estos son: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Ruth, los dos libros de Samuel, los dos libros de los Reyes, los dos libros de las Crónicas, Esdras y Nehemías, Tobías, Judit, Ester, los dos libros de los Macabeos, Job, los Salmos, los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, la Sabiduría, el Eclesiástico, Isaías, Jeremías, las Lamentaciones, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías, para el Antiguo Testamento. Para el Nuevo Testamento, los Evangelios de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan, los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas de Pablo a los Romanos, la primera y segunda a los Corintios, a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, la primera y segunda a los Tesalonicenses, la primera y segunda a Timoteo, a Tito, a Filemón, la Epístola a los Hebreos, la Epístola de Santiago, la primera y segunda de Pedro, las tres Epístolas de Juan, la Epístola de Judas y el Apocalipsis. 


¿Cómo se escribió el Antiguo Testamento? 


Los judíos consideraban que existían dos cánones de los Libros Santos: el Canon Breve —palestinense— y el Canon Largo —alejandrino—. 

El Antiguo Testamento en hebreo —Canon Breve— está formado por 39 libros y se divide en tres partes: «La Ley», «Los Profetas» y «Los Escritos». 

El Antiguo Testamento en griego —Canon Largo— está formado por 46 libros. La versión griega de la Biblia, conocida como de los Setenta, cuenta con 7 libros más: Tobías, Judith, Baruc, Eclesiástico, I y II de Macabeos y Sabiduría. 

Además, algunas secciones griegas de Ester y Daniel. Estos libros son conocidos frecuentemente, aunque la expresión no sea necesariamente la más adecuada, como «deutero-canónicos».

Los judíos en Alejandría tenían un concepto más amplio de la inspiración bíblica. Estaban convencidos de que Dios no dejaba de comunicarse con su pueblo aún fuera de la Tierra Santa, y de que lo hacía iluminando a sus hijos en las nuevas circunstancias en que se encontraban. 

Los Apóstoles, al llevar el Evangelio al Imperio Grecorromano, utilizaron el Canon Alejandrino. Así, la Iglesia primitiva recibió este canon que consta de 46 libros. 

En el siglo III comenzaron las dudas sobre la inclusión de los así llamados «deuterocanónicos». La causa fueron las discusiones con los judíos, en las cuales los cristianos sólo utilizaban los libros proto-canónicos. Algunos Padres de la Iglesia hacen notar estas dudas en sus escritos —por ejemplo Atanasio (373), Cirilo de Jerusalén (386), Gregorio Nacianceno (389)—, mientras otros mantuvieron como inspirados también los deuterocanónicos —por ejemplo Basilio ( 379), Agustín (430), León Magno (461)—. 

A partir del año 393 diferentes concilios, primero regionales y luego ecuménicos, fueron precisando la lista de los Libros «canónicos» para la Iglesia. Estos fueron: 

* Concilio de Hipona (393). 

* Concilio de Cartago (397 y 419).

* Concilio Florentino (1441).

* Concilio de Trento (1546).

En este último, solemnemente reunido el 8 de abril de 1546, se definió dogmáticamente el canon de los Libros Sagrados. 

Nuestros hermanos separados —esperados— sólo admiten como libros sagrados los 39 libros del canon hebreo. El primero que negó la canonicidad de los siete deuterocanónicos fue Carlostadio (1520), seguido de Lutero (1534) y luego Calvino (1540). 


¿Cómo se escribió el Nuevo Testamento? 

El Nuevo Testamento está formado por 27 libros, y se divide en cuatro partes: «Evangelios», «Hechos de los Apóstoles», «Epístolas» y «Apocalipsis». 

En los orígenes de la Iglesia, la regla de fe se encontraba en la enseñanza oral de los Apóstoles y de los primeros evangelizadores. 

Pasado el tiempo, se sintió la urgencia de consignar por escrito las enseñanzas de Jesús y los rasgos sobresalientes de su vida. Este fue el origen de los Evangelios. 

Por otra parte, los Apóstoles alimentaban espiritualmente a sus fieles mediante cartas, según los problemas que iban surgiendo. Este fue el origen de las Epístolas. 

Además circulaban entre los cristianos del siglo primero dos obras más de personajes importantes: «Los Hechos de los Apóstoles» escrita por Lucas, y el «Apocalipsis», salido de la escuela de San Juan. 

A fines del siglo I y principios del II, el número de libros de la colección variaba de una Iglesia a otra. 

A mediados del siglo II, las corrientes heréticas de Marción —que afirmaba que únicamente el Evangelio de Lucas y las 10 Epístolas de Pablo tenían origen divino—, y de Montano —que pretendía introducir como libros santos sus propios escritos—, urgieron la determinación del Canon del Nuevo Testamento. 

Hacia fines del siglo II, la colección del Nuevo Testamento era casi la misma en las Iglesias de Oriente y Occidente. 

En los tiempos de san Agustín, los Concilios de Hipona (393) y de Cartago (397 y 419) reconocieron el Canon de 27 libros, así como el Concilio de Trullo (Constantinopla, 692) y el Concilio Florentino (1441). 

Al llegar el protestantismo, éste quiso renovar antiguas dudas y excluyó algunos libros. Lutero rechazaba Hebreos, Santiago, Judas y Apocalipsis. Carlostadio y Calvino aceptaron los 27. Los protestantes liberales no suelen hablar de «libros inspirados», sino de «literatura cristiana primitiva». En el Concilio de Trento (1546), se presentó oficial y dogmáticamente la lista íntegra del Nuevo Testamento. 

El criterio objetivo y último para la aceptación del Canon del Nuevo Testamento será siempre la revelación hecha por el Espíritu Santo y transmitida fielmente por ella. 

En cuanto a criterios secundarios que se tuvieron en cuenta, fueron los siguientes: 

1.- Su origen apostólico (o de la generación apostólica). 

2.- Su ortodoxia en la doctrina.

3.- Su uso litúrgico antiguo y generalizado.


¿Cuánto tardó la Biblia en escribirse?

Fue con un largo proceso de discernimiento con el que la Iglesia, desde el tiempo de los Apóstoles, fue haciendo crecer la Biblia, y descubriendo los libros inspirados por Dios. El dogma de la infalibilidad de la Iglesia nos lleva a creer en la Biblia como Palabra de Dios. Pero si alguien no cree en ello, entonces la Biblia pierde su infalibilidad, esto es, su ausencia de error.

Fueron algunos siglos los que la Iglesia tardó en llegar a la forma final de la Biblia. En varios concilios, algunos regionales y otros universales, como hemos visto, la Iglesia estudió el canon de la Biblia, es decir, su índice.

El Catecismo de la Iglesia católica y el Concilio Vaticano II nos garantizan que «fue la Tradición apostólica la que hizo a la Iglesia discernir qué escritos debían ser enumerados en la lista de los Libros Sagrados» (DV 8, CIC 120).

Por tanto, sin la Tradición de la Iglesia no tendríamos la Biblia. San Agustín decía: «No creería en el Evangelio, si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia católica» (CIC, 119).


¿Y dónde están los manuscritos bíblicos?

Los eruditos de hoy calculan que hay a su disposición hasta 150,000 manuscritos antiguos. Pero dentro de esa marabunta de manuscritos, se ha determinado cuáles son los más fiables.

Son manuscritos que se tienen hoy en el Vaticano, en San Petersburgo, en París, en Cambridge... De alguno solo hay pequeños trozos que han tenido que ser complementados con versiones posteriores.

El manuscrito más antiguo y completo del Nuevo Testamento que se conserva es el Codex Sinaiticus, conservado en la Biblioteca Británica de Londres. Está escrito en griego uncial (un tipo de letra mayúscula), y data del 330-350 después de Cristo.

Pero si hablamos de trozos sueltos, el más antiguo procede del 125-130 después de Cristo, se llama el papiro Rylands y procede del evangelio de San Juan. Está escrito por ambas caras y se conserva en la Biblioteca Rylands de Manchester.

Cada año, aparecen nuevos 'trozos' del Nuevo o del Antiguo Testamento, y entonces se desata una pelea para saber si es copia fiel, o si es una versión mal trabajada.

El último texto apareció en 2012 y provocó un pequeño revuelo en marzo de 2014, cuando fue dado por cierto por la Harvard Theological Review. Se trata de un pequeño pasaje del Nuevo Testamento datado entre el VI y el IX d.C. y que expone esta frase: "Jesús les dijo: mi esposa...". Aunque todavía se duda de su autenticidad.


¿Qué es lo más importante?

Lo más importante, después de ver todo esto, es que nos adentremos en la Sagrada Escritura para leerla, meditarla y estudiarla. La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, nos ofrece algunas pistas que son importantes:

«Mucho encarezco a todos los misioneros que nutran siempre su espíritu en las fuentes sagradas de la revelación, en las cuales todos los santos que han fundado, han abrevado su alma, haciendo del bendito libro de la Sagrada Escritura, especialmente de las Evangelios, hechos de los apóstoles y cartas de los mismos, el manjar delicioso que los fortaleció, quedando así lo fundado por ellos sólidamente establecido». (Carta colectiva del 27 de enero de 1973).

«Confiemos en Él, aprendamos a conocerle íntimamente a la luz de las Sagradas Escrituras». (Carta a una hermana Misionera Clarisa, s/f).

«Tomen las Sagradas Escrituras, sobre todo en los santos Evangelios y epístolas de los Apóstoles, sobre todo de San Pablo, y verán, si las saborean y tratan de penetrarte de ellas y vivirlas, como su alma se llena de luz, de paz, de tranquilidad». (Carta del 5 de julio de 1969).

«Cada misionero tome muy en cuenta la autoformación, que se adquiere, ante todo, en la oración recogida y silenciosa, ya sea al pie del Sagrario o en algún otro sitio; y en la lectura de seleccionados libros, empezando por la Sagrada Escritura, decretos conciliares, y de aquellos otros que nos renueven, tanto en lo espiritual y religioso, como en lo humanístico, social y pedagógico». (Carta circular del 8 de diciembre de 1969).

«Ahora que voy teniendo más tiempo para meditar, no sé decirles, hijos, el bien que esto me ha hecho, y a pesar de que desde antes de entrar en el convento mucho leí y medité las Sagradas Escrituras, cada día encuentra uno en ellas más dulce sabor, creo yo, como lo debe encontrar la abejita, al libar la miel en diferentes flores». (Carta de marzo de 1970).

«Exhorto de una manera especial, a que lean las Sagradas Escrituras, los Documentos Conciliares, los discursos del Santo Padre, para que acrecentándose por estos medios el conocimiento de Cristo, a quien nos hemos entregado, se acreciente también la entrega generosa en favor de los miembros de ese Cristo, hasta ahora desgarrado por todas partes y desunido, meditación que nos traerá también por consecuencia una íntima unión de corazones en la comunidad y una perfecta prédica de la caridad fraterna dentro de la misma». (Convocatoria al Capítulo General Especial el 25 de marzo de 1968).

«Por lo que oigo hablar de ti Dios mío, por lo que otras almas cuentan de tu generosidad, de tu ternura, de tu amor; por lo que leo en las Sagradas Escrituras, tanto del Antiguo como especialmente del Nuevo Testamento, el conocimiento que ya las criaturas inanimadas e irracionales me habían dado de ti, se acrecienta, hace latir mi corazón con fuerza poderosa, me lleva irresistiblemente a tu Corazón todo bondad que: “fuego ha venido a traer a la tierra, y no quiere otra cosa sino que arda”». (Estudios y meditaciones, f. 630).

Padre Alfredo.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Algunas citas bíblicas que prueban que Dios no reprueba que sean hechas imágenes...


Nuestros hermanos separados hablan con insistencia de que la Biblia prohíbe hacer imágenes sin descender a que lo que la Biblia prohíbe es que se hagan imágenes de los ídolos. Dios prohíbe ciertamente la adoración (lo que sólo se le debe a Él), no la construcción de imágenes: «No te hagas estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni les sirvas» (Ex 20,4-5). Dios mismo, en ciertas ocasiones, es quien ordena la fabricación de imágenes, como encontraremos en algunas citas de la Sagrada Escritura. 

Dios no se puede contradecir, no podría decir sí y no al mismo tiempo, pues ya no sería perfecto y por tanto no sería Dios. Pero si entendemos el verdadero sentido de la Biblia, descubrimos que lo que Dios prohíbe es el adorar las imágenes, es decir, rendirles culto como si se trataran de Dios mismo, cosa que ningún buen católico hace. Los católicos sólo veneramos las imágenes de Jesús, de María y de los santos, en cuanto representan o nos recuerdan a la persona a quien va dirigido nuestro culto, pero la adoración única y exclusivamente se la debemos a Dios, y eso es lo que siempre ha enseñado y enseña la Iglesia Católica. Incluso vemos que el pueblo de Israel, se postraba ante el Arca de la Alianza (la cual estaba formada por dos querubines de oro, porque sabía que estos sólo representaban la presencia de Dios, pero no eran Dios: «Entonces Josué y todos los jefes de Israel … permanecieron postrados delante del Arca de Yahvé» (Jos 7,6).

Les dejo aquí algunas citas que nos pueden aclarar la cuestión:

1) Éxodo 25, 16-22 

«En el arca pondrás las tablas del Testimonio que yo te daré. También harás una tapa de oro puro, de ciento veinticinco centímetros de largo por setenta y cinco de ancho, y en sus dos extremos forjarás a martillo dos querubines de oro macizo. El primer querubín estará en un extremo y el segundo en el otro, y los harás de tal manera que formen una sola pieza con la tapa. Ellos tendrán las alas extendidas hacia arriba, cubriendo con ellas la tapa; y estarán uno frente a otro, con sus rostros vueltos hacia ella. Después colocarás la tapa sobre la parte superior del arca, y en ella pondrás las tablas del Testimonio que yo te daré. Allí me encontraré contigo, y desde allí desde el espacio que está en medio de los dos querubines, yo te comunicaré mis órdenes para que se las transmitas a los israelitas». 

2) Números 21, 8-9 

«Y el Señor le dijo: ‘Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará curado’. Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un asta. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia la serpiente de bronce y quedaba curado». 

3) 1 de Reyes 6, 23-27 

«En el lugar santísimo hizo dos querubines de madera de olivo; cada uno medía cinco metros de altura. Las alas de primer querubín medían dos metros y medio cada una, de manera que había cinco metros desde el extremo de una de sus alas hasta el extremo de la otra. El segundo querubín medía también cinco metros; los dos querubines tenían la misma dimensión y la misma forma: uno y otro medían cinco metros de altura. Salomón puso los querubines en medio del recinto interior. Estos tenían las alas desplegadas: un ala del primer querubín tocaba el muro y un ala del segundo tocaba el muro opuesto; y las alas extendidas hacia el centro de la Casa se tocaban una con otra». 

4) 1 de Reyes 7, 28-30 

«Estaban hechos de la siguiente manera: tenían unos paneles encuadrados en un armazón; sobre esos paneles había figuras de leones, de toros y de querubines, y lo mismo sobre el armazón. Tanto arriba como abajo de los leones y toros había unos adornos en bajorrelieve. Cada soporte tenía cuatro ruedas de bronce, con ejes también de bronce, y refuerzos en sus cuatro patas. Estos refuerzos estaban fundidos debajo de los recipientes de agua, sobre el lado opuesto a los bajorrelieves».

Padre Alfredo.

domingo, 27 de enero de 2019

«La palabra de Dios, alegría y luz»... Un pequeño pensamiento para hoy


La Buena Nueva que nos anuncia Jesús en su Evangelio, es siempre un anuncio jubiloso de vida, de libertad, de alegría, de gracia y de salvación (Lc 1,1-4;4,14-21). Si nuestra manera de vivir el seguimiento de Cristo no fuera ésta de la Buena Nueva, estaríamos viviendo otra cosa, pero no el cristianismo. Vivir los principios cristianos con los mandamientos de la manera que los resume el Señor Jesús, no es tristeza sino alegría, no es limitación sino libertad, no es obligación y oscurantismo sino gracia y luz... ¡Alegría en definitiva! Nuestra vida de cristianos, reconoce al Señor Jesús como nuestro Dios y por eso nuestra Misa dominical, tiene el mismo ritmo y sabor que aquella antigua reunión de la que nos hablaba la primera lectura de hoy (Neh 8,2-4.5-6.8-10): también nosotros «escuchamos» la lectura de la Palabra de Dios, también la «explicamos», y también «celebramos» después con alegría un banquete comunitario de acción de gracias.

Dios ilumina nuestras vidas con la alegría, sobre todo con el relumbrar de su palabra contenida en la ley revelada, nos recuerda hoy el autor del salmo 18 (19 en la Escritura Sagrada). Es muy significativo que la ley, en la parte del salmo con la que hoy oramos (Sal 18,8.9.10.15) se presente como luz que ilumina nuestro ser y quehacer. Como el mundo no se ilumina y vive sino por la luz que ilumina y da calor, así nuestras almas, no se desarrollan en la alegría del Señor y no alcanzan su plenitud de vida sino a través de la palabra de Dios y en especial de esa «Palabra» que es Jesucrito: «Luz de luz». Es esa luz la que ilumina la diversidad de dones y carismas que hay en la comunidad, en la cual no todos tenemos ni un mismo papel ni idéntica función (1 Cor 12,12-30). Iluminados por la luz de la palabra, como cristianos, todos hemos sido injertados en el Cuerpo de Cristo por medio del bautismo. Los bautizados somos, no sólo hermanos de Cristo, sino incluso miembros de su Cuerpo y luz para iluminar el mundo que nos rodea. Bajo este aspecto todos tenemos una gran responsabilidad.

En el salmo responsorial, repetimos una frase que, aprendida de memoria, puede ayudarnos a hablar con este Dios amigo, siempre a nuestra vera, y que con sus palabras, nos infunde verdadera vida, luz y alegría que anuncian el gozo de la salvación: «Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna». El valor dado por el salmista a la palabra de Dios en esta parte del salmo, es una buena advertencia para nosotros que vivimos en un mundo que a veces quiere envolver las almas en la trsiteza y en la oscuridad. El autor del salmo sabía que esta palabra fundamentaba su vida personal y social. La escuchaba con respeto profundo y la vivía con alegría. Aquí debemos pensar en el valor que conferimos ahora nosotros como discípulos–misioneros a la palabra del Señor que, de una manera solemne, proclamamos, escuchamos y meditamos cada domingo. Esta palabra, siempre viva y actual, es también la luz que guía nuestros pasos en el trajín de este y todos los días para vivir con alegría. Pidamos al Señor, por interseción de María, «Causa de nuestra alegría», que nos conceda esa alegría, esa luz que nos mantenga siempre en pie, felices, contentos, dispuestos a la entrega generosa, optimistas y esperanzados. La alegría de los hijos de Dios, la que nace de un corazón libre, de un corazón enamorado de la palabra. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

miércoles, 23 de enero de 2019

«El encuentro con la Palabra»... Un pequeño pensamiento para hoy


La llamada a la fe es una opción fundamental por Cristo que consiste en admitir vivencialmente la realidad de Cristo presente en nuestras vidas. Por consecuencia, esto implica un encuentro con él, manifestado en la oración y en el compromiso de pensar, sentir, valorar amar y obrar como él. El autor del salmo 109 (110 en la Biblia) nos presenta al rey como el personaje principal de este poema muy popular en la tradición cristiana desde tiempos muy antiguos, pues se ha leído y utilizado mesiánicamente a través de la historia, para afirmar el señorío de Jesús, que para todas las iglesias y los creyentes es el Mesías y el Cristo de Dios. Esta interpretación cristológica le ha añadido una nueva dimensión teológica «de encuentro que no puede ignorarse ni obviarse y que es base para una gran cantidad de oraciones: «Es tuyo el señorío» dice el salmista y para explicar el sentido de esta atribución, el autor de la Carta a los Hebreos recurre al célebre pasaje de Gn 14, donde aparece Melquisedec como «el hombre de ninguna parte» en una fugaz aparición como rey y Señor. 

Este señorío que ya profetiza el salmista, hace que veamos, «por la fe», a Cristo, el Mesías salvador como el dueño de todo: «el Hijo del hombre también es dueño del sábado» (Mc 2,28) afirmaba ayer el evangelista. Hoy, en el evangelio (Mc 3,1-6), este Señor y Juez de la historia habla a un tullido «en sábado» y le ordena con autoridad: «Levántate y ponte allí en medio» y pregunta a los que le rodeaban: «¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Se le puede salvar la vida a un hombre en sábado o hay que dejarlo morir?» y con la misma autoridad vuelve a ordenar al tullido: «Extiende tu mano» y el hombre quedó curado luego del «encuentro» con él. Al ver relatos como éste, los discípulos–misioneros quedamos gozosamente convencidos de que Jesús ha sido constituido Señor, Sacerdote y Rey de nuestras vidas. Porque es el Hijo de Dios, el Hermano de los hombres, el Mediador que nos trae de parte de Dios, al encontrarnos con él, la salvación, el perdón, la Palabra, y le lleva a Dios nuestra alabanza, nuestras peticiones, nuestras ofrendas. Así tenemos acceso a la comunión de vida con Dios. 

Las páginas, sagradas e inspiradas de la Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, nos llevan al encuentro con Cristo. Bástanos leer esas páginas tan sencillas como sublimes del evangelio —como el relato de hoy— pero leerlas con la debida fe, para ver y oír a Cristo mismo y encontrarnos con él de corazón a corazón, con la misma de fe del tullido, que lo reconoce como Señor. El cristiano que recorra con frecuencia en los ratos de oración estos relatos evangélicos llegará poco a poco, por la fe, a conocer a Jesús y a encontrarse con él, a penetrar en los secretos de su Corazón Sagrado, a comprender aquella magnífica revelación de Dios al mundo que es Jesús, el Sumo y Eterno Sacerdote, el Rey y Señor de nuestras vidas. El evangelio, las cartas del Nuevo testamento, los salmos, los demás escritos de la Biblia, son luz y fuerza que ilumina y fortalece los corazones rectos y sinceros que quieren encontrarse con Cristo. ¡Dichosa el alma que hojea cada día las Sagradas Escrituras y bebe en el manantial mismo de sus vivas aguas! María, la humilde sierva del Señor, mujer de fe, escuchaba la Palabra y la meditaba en su corazón. Podemos nosotros hacer lo mismo para encontrarnos, por la fe, con Jesucristo, el Señor. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

sábado, 14 de octubre de 2017

«La dicha de María»... Un pequeño pensamiento para hoy

Seguimos meditando el evangelio de san Lucas, en la sección que nos va presentando a Jesús caminando hacia Jerusalén (9,51-19,28). Este camino es un tanto una especie de itinerario geográfico, pero que también, tiene un tinte teológico muy propio de este evangelista. EL señor ha decidido caminar hacia la ciudad santa sabiendo los acontecimientos que se producirán allá. El camino de Jesús es también el camino que ha de recorrer todo discípulo-misionero que quiera vivir por él, con él y en él, por eso va presentando los requisitos para andar por él. San Lucas nos presenta un texto en el que se alaba a los que escuchan la Palabra (11,27-28). Para ello, Lucas yuxtapone dos bienaventuranzas, la de una mujer y la de Jesús. Una mujer valiente, desafiando la cultura de su tiempo, levantando la voz como no le tocaba nunca hacerlo a ninguna mujer, que de por sí no debía hablar en público, exclama: «¡Dichosa la mujer que te llevó en su seno y cuyos pechos te amamantaron!» (Lc 11,28). Así, como hija de su cultura, y en nombre de muchos, alaba el seno y los pechos de María de Nazareth, signo de maternidad (Gn 49,25).

Cuando esta mujer desconocida, termina aquel cumplido, Jesús eleva su voz tal vez más alto que la suya y expresa que la dicha de María no se fundamenta tanto en la maternidad biológica como en la escucha de la Palabra de Dios y su puesta en práctica (Lc 1,38. 45; 2, 19,51). La Virgen María, a quien la Iglesia venera con especial devoción cada semana en sábado desde hace siglos, aparece así, este día de hoy, como modelo de todo discípulo-misionero. La verdadera felicidad de quien quiera seguir a Jesús y vivir para él, no está en títulos, cargos, parentescos o posesiones. Para nosotros, hombres y mujeres de fe, escuchar y leer la Palabra —como María— nos va dando pistas para recorrer el camino de la existencia. Hacer una lectura creyente de la Palabra en nuestro día a día, nos hace vivir de forma diferente, porque nos da claves de sentido para el camino, y confiere a nuestra vida un horizonte, una meta. María no es alabada y querida por el solo hecho físico de llevar a Jesús en el seno y alimentarlo, sino por algo infinitamente más grande: Escuchar la Palabra, cumplir la voluntad de Dios y perseverar en ella todos los días de su vida.

Jesús presenta a su Madre santísima como modelo de felicidad porque escuchó e hizo vida la Palabra de Dios y no porque todo le saliera bien o fuera color de rosa. A veces puede suceder que el discípulo-misionero sienta que le agobia el mucho trabajo, el estrés, el sueldo raquítico que hay que estirar cada mes, los plazos del pago del carro, la casa y los electrodomésticos que aún no van ni a la mitad pagados... Se sufre muchas veces porque no se entiende la actitud de ese «Hijo» que se entrega completamente a su Padre Dios y parece que nos abandona en el momento más difícil. Pero, todo esto y mucho más, vivió la Virgen Madre, añadiendo el aparente abandono de Dios al arrebatarle al Hijo cuyo nacimiento tan solemnemente había sido anunciado hace años. Ella elegida por Dios, escuchaba la Palabra y la ponía en práctica. Viene bien que este sábado, ante alguna imagen de la Virgen hacerte una serie de preguntas como éstas: ¿Cómo escucho cada día la Palabra que me propone el Señor a través de la Liturgia? ¿Dejo que permee mi corazón y lo transforme? ¿Consigo descubrir la Palabra viva de Dios en mi vida? ¿Cómo vivo la devoción a María, la madre de Jesús cuando estoy solo? ¡Bendecido sábado, cargado del gozo de haber celebrado ayer en nuestra comunidad parroquial de Fátima, el cierre del Año Jubilar del Centenario de sus apariciones en Portugal!

Padre Alfredo.

sábado, 30 de septiembre de 2017

«Se acabó septiembre, mes de la Patria y mes de la Biblia»... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Qué barbaridad... ya se acabó septiembre! El mes de la Patria y de la Biblia se me fue como agua. Hoy hacemos cierre de mes celebrando a San Jerónimo, el hombre que en la antigüedad estudió más y mejor la Sagrada Biblia y que ha dado pie a que, en muchas comunidades, este mes se viva intensamente en torno a la Palabra de Dios. Todos sabemos que no ha sido un tiempo llevadero, ya que el mes ha transcurrido entre huracanes, temblores e inundaciones en diversas partes de México y el mundo. Situaciones todas ellas en las que, para muchos, no ha sido fácil aceptar la voluntad de Dios que, intempestivamente, ha permitido el lucimiento del poder de la naturaleza al canto de la aurora, durante el calor intenso del medio día o en la plena oscuridad de la noche con sorpresivas visitas en medio de su libertina naturaleza, que ha arrancado, sacudido y anegado, no solo la superficie de la tierra que es nuestra casa común, sino almas que han quedado desconcertadas y más que asustadas con los ojos abiertos o llenos de lágrimas ante socavones, edificios colapsados o casas inundadas... ¡Qué difícil es entender a Dios —el Dios que en la Sagrada Escritura muestra todo su poder y su misericordia—, en medio del dolor y del sufrimiento humano!

Hoy en el Evangelio (Lc 9,43-45) Cristo anuncia por segunda vez su pasión a los Apóstoles... ¿Qué le iban a entender? El mundo, hoy y ayer, poco entiende de dolor y sufrimiento, poco capta de lo que significa la Cruz de la pasión. Si nosotros, discípulos–misioneros que conocemos a Jesucristo luego de tantos siglos de historia, no entendemos esta lógica de la Cruz... ¿qué puede captar una sociedad que, a velocidad galopante, cabalga por el atrayente terreno del materialismo, sin saber que de ahí caerá al abismo del aburrimiento y del vacío? Al mundo de hoy, fácilmente se le va de las manos, no solo lo referente al sacrificio o al dolor, sino todo o casi todo lo trascendente. Entre prisas y arrebatos por cualquier tema de orden terrenal, no tiene tiempo para pensar en las cosas del cielo. ¿Qué velos ocultan los sentidos de los hombres y de las mujeres de hoy que impiden ver el valor de la entrega desinteresada y solo por amor del Crucificado? (cf. Lc 9,45). ¿Quién puede entender el mensaje de la Cruz y captar lo que esa entrega significa? (cf. Lc 9,44) ¿Quién puede anhelar entregarse en la Cruz para dar vida? (cf. Lc 9,45). Claro que sabemos quien... Todo aquel que, como Cristo, aprenda y acepte que el camino a la verdadera felicidad pasa necesariamente por el sacrificio de la Cruz.

El mismo Jesús —podemos afirmarlo—, tenía miedo de la Cruz (Lc 22,42)... ¡Tanto miedo que hasta sudó sangre! (cf. Lc 22,44). La Cruz da miedo. Sí, pero sabemos que, como ha dicho el Papa Francisco: «No hay obra apostólica fecunda sin la Cruz» (28/09/2016). Hablar de eso no es fácil para nadie. María, al pie de la Cruz, guardó silencio, un silencio contemplativo con el que enfrentó así al misterio que nos trasciende y que no tiene explicación. Son cosas que se tienen que aceptar en la fe y en la confianza para pasar del sufrimiento a la paz, o como decía la beata María Inés Teresa: «De la Cruz a la Luz». ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 15 de septiembre de 2017

ALGUNOS TEXTOS BÍBLICOS PARA MEDITAR EN EL PECADO...


VENCER EL EGOÍSMO:
«Las Malaventuranzas» Lc 6,24-26.
«El rico Epulón y Lázaro» Lc 16,19-31.

TENER CUIDADO CON LOS PECADOS DE OMISIÓN:
«No hacen nada, eso es pecado» St 4,19.
«¡No has amado» Mt 25.

HACER A UN LADO LA MENTIRA:
«Amar las tinieblas y odiar la luz» Jn 3,19-21.
«El padre de la mentira» Jn 8,13-59.

NO ACTUAR COMO LOS FARISEOS:
«Mentira, vanidad e hipocresía» Mt 23.
«Coquetería y codicia religiosa» Mc 12,38-40.

VER LA FEALDAD DEL PECADO:
«Degeneración» Rm 1,24-32.
«Las obras de la carne» Gál 5,19-26.
«Una lista de pecados» Ef 5,1-19.

NO COMPARARSE Y SENTIRSE MÁS:
«La viruta en el ojo ajeno» Mt 7,1-5.
«La oración farisaica» Lc 18,9-14.
«Peores que las prostitutas» Mt 21,28-32.
«San Pablo, el primero de los pecadores y
el último de los apóstoles» 1 Tim 1,15-17; 1 Cor 15,9.
«Mucho se les pedirá» Lc 12,35-48.

NO DUDAR DE QUIÉN ES DIOS:
«Porque nadie lo ha visto nunca» 1 Tim 6,13-16.
«Porque no tiene acepción de personas» Hch 10,34-43.
«Porque es perfecto en su amor y misericordia» Mt 5,48.

ADMIRARSE DEL PECADO:
«¡El pecado mora en mí!» Rm 7,14-25.
«¡Soy un pecador» Lc 5,4-11.

jueves, 10 de agosto de 2017

Conocer y enseñar la Palabra de Dios... Una necesidad del discípulo-misionero


La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, en una carta colectiva de 1974, escribía que el estudio principal para todo bautizado es la Sagrada Escritura. «Allí —decía la beata— se han forjado los santos; de allí han sacado toda su ciencia, como un santo Tomás y un san Buenaventura».

En otra parte la beata apunta: «Hemos estudiado la Sagrada Escritura, la hemos meditado, hemos amado lo que Dios allí nos enseña, de manera especial su vida, escrita sucintamente por los evangelistas, y nos hemos enamorado de él, como Esposo de nuestras almas; por esto tratamos de evangelizar siempre, y nuestra misión como evangelizadores no consiste en enseñar una sabiduría propia, sino en enseñar la Palabra de Dios».

Parece —a primera vista— algo complicado realizar un estudio continuado del Libro Sagrado que marca nuestras pautas de vida como creyentes, como cristianos y como bautizados. Pero, para alguien que se ha encontrado con Cristo, que se ha dejado alcanzar por él, no bastaría la sola lectura de la Biblia con fe y devoción. Hay que reunir la fe, la oración y la devoción con el estudio, como dice Madre Inés, porque leer la Biblia sin una adecuada preparación, sería tentar a Dios. El discípulo-misionero debe prepararse para leerla y estudiarla. Si no, puede suceder cualquier cosa. La historia de nuestra fe es así. 

Por lo tanto, es necesario introducirse en el estudio de la Sagrada Escritura sea cual sea nuestra edad y condición. Hoy, más que nunca, debemos tener una cierta preparación para iniciar una lectura seria de la Biblia y en muchas parroquias e instituciones se nos brinda esta ayuda a todos los niveles. Para muchos de nuestros católicos, la Biblia sigue siendo un hermoso libro cerrado que adorna la sala o la biblioteca. El problema es: ¿cómo leer, cómo comenzar con este libro? Siempre ha sido difícil la iniciación a la lectura de la Biblia. Exige del neófito paciencia, humildad, serenidad y una cierta disciplina intelectual.

¿Qué pasaría si tratamos la Biblia como tratamos a nuestro teléfono móvil?, se pregunta el Papa Francisco? «Si la lleváramos siempre con nosotros, o al menos el pequeño Evangelio de bolsillo, ¿qué sucedería?» —nos cuestiona el Santo Padre y puntualiza: «Si tuviéramos la Palabra de Dios siempre en el corazón, ninguna tentación podría alejarnos de Dios y ningún obstáculo podría desviarnos del camino del bien; sabríamos vencer las sugerencias cotidianas del mal que está en nosotros y fuera de nosotros; seríamos capaces de vivir una vida resucitada según el Espíritu, acogiendo y amando a nuestros hermanos, especialmente a los más vulnerables y necesitados, e incluso a nuestros enemigos».

La Biblia fue escrita en el seno del pueblo y para el Pueblo de Dios por escritores inspirados. Es la Palabra de Dios que animó y llenó de esperanza tanto al pueblo de Israel como a las primeras comunidades cristianas, impulsando una profunda fe y, a su vez, llamando a un auténtico testimonio cristiano que, en nuestros días, sigue acompañando el caminar de la humanidad. Desafortunadamente, en la Iglesia Católica de hoy, la Biblia no ocupa todavía el lugar que debería ocupar.

El espacio que se le concede a la Biblia en la Iglesia Católica, casi se sigue limitando para muchos a la liturgia de la Palabra en la Misa y sólo para unos cuantos, al estudio académico. En la liturgia, con frecuencia, se desaprovecha la oportunidad de profundizar en el mensaje de la Escritura y, por otra parte, los estudios académicos no están al alcance de la mayoría de los cristianos. Pero, existen otros espacios y tiempos creados por el Pueblo de Dios para la reflexión y vivencia de la Palabra de Dios.

Hay que empezar por un paso muy sencillo, dar un primer paso en la comprensión de la Biblia para profundizar luego, en el conocimiento de la misma. Lo que interesa es tener por lo menos un conocimiento básico y una comprensión general sobre la Sagrada Escritura para luego, como María, después de escucharla, guardarla en el corazón y ponerla en práctica (cf. Lc 2,19; 8,21).

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

sábado, 1 de julio de 2017

«FORMACIÓN PERMANENTE»... Una respuesta de amor


La vocación a la vida y a ser cristianos, exige una respuesta del hombre a la llamada de Dios. Esta respuesta encierra en su misterio, unas realidades que encienden el corazón que quiere entregar su vida como discípulo-misionero por la causa de Cristo. En medio de una sociedad globalizada y profundamente materialista, marcada por el egoísmo y el relativismo, que anega las aspiraciones más nobles del corazón, percibimos que la vocación a ser cristiano es una respuesta a la llamada que Dios hace para seguirlo; una respuesta que no puede ser pasajera. Aceptar la vocación cristiana y perseverar en ella, quiere decir «creer en el amor» (Cf. 1 Jn 4,16. «Cada uno es amado y escogido providencialmente por el dueño de la viña», Juan Esquerda Bifet, "Ven y verás", Roma 1993, p. 8). Nuestra vocación es ante todo, una vocación de amor. La beata Madre María Inés Teresa Arias, supo descubrir esto y trazó un programa para su vida, un programa tan sencillo como esto: «Que mi vida sea un programa de amor. Que mi vida sea un acto de continua oblación». (Ejercicios Espirituales de 1941).  

Viendo nuestra respuesta vocacional en esta clave de amor desde la perspectiva de nuestro bautismo, que nos hace hijos de Dios y responsables de esa respuesta a la llamada de Dios, encontraremos siempre motivos más que suficientes para perseverar con alegría. Nuestra vida como católicos debe ser una vida impregnada de amor, porque nos sabemos amados por Dios. El Señor nos llama cada día a reestrenar la gracia de la vocación, a «volver al primer amor» (Cf. Ap 2,2-5), a reavivar la ilusión de vivir pata él, recordando que «salimos de la mano de Dios, como obra y fruto de su amor» (Darío Castrillón Hoyos,  "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 21). 

Hoy se habla mucho de «formación permanente» y está bastante claro que no se trata de algo nuevo, pero hoy, en medio de nuestro mundo, en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, en donde el hombre busca desesperadamente en su mayoría, su seguridad existencial en el progreso científico y técnico, en el poder, en el dinero, en la comodidad, esta formación permanente se hace urgente, para que el cristiano de cualquier clase y condición no se deje arrastrar por modas o tendencias pasajeras. Jesús llamó a los que él quiso, nos llamó a nosotros también para formar parte de su Iglesia. Él llama siempre para estar con él y para enviar, a los llamados, a predicar la Buena Nueva (Cf. Mc 3,13-14).

La vocación, entonces, es una llamada a compartir la vida de Cristo en un encuentro permanente y una misión totalizante. El «sígueme» de Jesús, se sigue repitiendo en cada llamada, en cada cristiano, en cada vocación específica, y no sólo eso, sino que se va renovando cada día, de tal manera que el que se sabe llamado, ha sido amado por Cristo y debe ir motivado por una respuesta dinámica a la llamada. «El amor de Dios nos persigue y nos urge» (Cf 2 Cor 15,14). En la Iglesia, como comunidad de llamados que buscan responder a la llamada, Jesús se encuentra con nosotros, nos arrastra, nos cautiva, nos convence y nos va transformando. Por eso la beata María Inés decía: «Quiero transformarme en tu amor, quiero vivir de amor, quiero morir de amor» (Ejercicios Espirituales de 1943). «En la mirada de Cristo, "imagen de Dios invisible" resplandor de la gloria del Padre, se percibe la profundidad de un amor eterno e infinito que toca las raíces del ser. La persona que se deja seducir por él, tiene que abandonar todo y seguirlo. Como san Pablo considera que todo lo demás es "pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús", ante el cual no duda en tener todas las cosas "por basura para ganar a Cristo". Su aspiración es identificarse con él, asumiendo sus sentimientos y su forma de vida» (V.C. 18).  

La vida cristiana en la Iglesia Católica, es una vigorosa experiencia de encuentro con el Padre de las Misericordias en Cristo como familia de Fe. Es literalmente una «vivencia». El auténtico bautizado como nos diría Madre Inés, es un enamorado de Cristo que, como san Pablo, pretende alcanzar a Cristo, porque se sabe previamente alcanzado por él (Cf. Flp 3,12). La formación permanente es el esfuerzo integral que cada bautizado ha de asumir, con la gracia de Dios, para permanecer dinámicamente fieles a la propia identidad espiritual y eclesial y para ser capaces de adaptamos y responder positivamente, en el nombre del Señor, a las exigencias históricas de la vocación cristiana. (Cf. Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, "Guía de formación", Roma, diciembre de 1997). Se trata de una cuestión de «perseverancia y fidelidad», como muchas veces lo he repetido y experimentado a lo largo de mi ministerio sacerdotal. 

¿Cómo olvidar que el Señor nos llamó a tener vida y a ser sus hijos? Él nos llamó por nuestro nombre y no nos dejará jamás. Nadie nos puede suplir ni representar en la llamada que nos hace cada día a seguirle en la Iglesia para conquistar el mundo para Él. «Ninguna fase de la vida puede ser considerada tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad de ser asistida y poder tener mayores garantías de "perseverancia" en la "fidelidad", ni existe edad alguna en la que se pueda dar por concluida la completa madurez de la persona (V.C. 69).

Si vivimos en esta constante formación permanente, el «sígueme» que en nuestro nombre pronunciaron quienes nos llevaron a la pila bautismal, se repite cada día conscientemente desde nuestro uso de razón y se reafirma en una respuesta de plenitud de entrega que continúa siempre actual. Nadie deja nunca de sentirse llamado, hay un llamamiento constante en nuestra vida.

La formación permanente del católco, no se funda en racionalismos ni en sentimentalismos, ni en estados anímicos —como muchos, llevados por modas actuales, se dejan llevar—. Quizá por haberse dejado envolver por esta realidad del relativismo que muchos viven en la Iglesia sea cual sea su vocación específica, el «sí» de un día, se convierte fácilmente en un «no», que impide seguir respondiendo. La formación permanente viene a ser una ayuda para no dejamos guiar por nuestro modo de sentir y pensar, por nuestro egoísmo, sino por los criterios de Cristo. «Mi vida debe ser un espejo en el que se reproduzcan las virtudes de Nuestro Señor», decía la beata Madre María Inés (Ejercicios Espirituales de 1933). Por eso es una tarea de toda la vida. «No bastan unos años de rutina, es toda una vida la que se compromete por él» (Juan Esquerda Bifet, "Encuentro con Cristo", editorial Sígueme, Salamanca 2015).  No basta ser bautizado y haber ido al Catecismo para sentirse «formado» en la fe.

Los medios de la formación permanente ya los conocemos: la oración diaria como encuentro con Cristo especialmente en la Eucaristía, la Palabra de Dios, los sacramentos, la profundización en la doctrina sobre vida cristiana, la dirección espiritual, la vida de sacrificio y entrega, la vida fraterna en una comunidad familiar y de amigos en la fe, el amor a María y el compromiso como discípulos-misioneros. Además, siempre las parroquias e instituciones ofrecen el conocimiento cada vez más profundo y la vivencia de nuestra fe. «Se necesita una formación permanente que abarque los niveles de espiritualidad, cultura teológica y humana, metodología pastoral, convivencia en la comunidad, etc.» (Juan Esquerda Bifet, "Te hemos seguido", BAC, Madrid 1996, p. 52).  Es una formación continua que se lleva a cabo como un proceso global de renovación que abarca todos los aspectos de la persona. 

Esta formación permanente no es cosa fácil, algo que se pueda realizar en un día, es todo un proceso que requiere de mucho esfuerzo (ascética) y por supuesto, de la gracia de Dios (mística). Hemos de pensar siempre que nuestra vida de fe es larga y dificultosa, porque se trata de responder a una misión muy grande, el éxito de la tarea misionera de la Iglesia depende, en mucho, de esta formación permanente de cada bautizado y de una mayor formación humana, espiritual, apostólica, intelectual. La vida se confía al hombre como un tesoro que no se debe malgastar, como un talento a negociar. El hombre debe rendir cuentas de ella a su Señor.

La falta de esta formación permanente no se podrá suplir en la Iglesia con nada, ni con el fervor, ni con un gran corazón, ni con talento, ni con amplios planes de conquistas de almas. Nadie puede ser santo si no se mantiene en este estado de formación permanente. San Francisco de Sales, al llegar a Chablais, infestado de Calvinistas, dijo: «Esto está en manos de los protestantes porque nosotros hemos rezado el breviario pero no hemos aumentado nuestro saber»(Darío Castrillón Hoyos, "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 76). Ninguno puede estar exento de aplicarse al propio crecimiento humano y religioso; como nadie puede tampoco presumir de sí mismo y llevar su vida con autosuficiencia.

Termino esta reflexión con la esperanza de que sea útil, o por lo menos, no estorbe en este proceso de formación que todo bautizado debe tener. El Padre Celestial quiere que seamos santos como él es santo (Lv 11,44.45; 19,2; 20.26; 1 Pe 1,15.16).  Ruego a la santísima Virgen María que a cada uno de los miembros de la Iglesia nos de luz, nos haga comprender la necesidad de formamos en todo tiempo y lugar y que viendo a tantos santos que han hecho de nuestra Iglesia una familia en la fe como Cristo lo anheló, vivamos cada día sin tedio y sin rutina inútil, viviendo y perseverando con sencillez y entrega fiel.

Algunos puntos de reflexión biblica:

Iniciativa de Cristo en la llamada: Jn 15,16.
La vocación es un don de Dios: Mc 3, 13s; Mt 9,38; 6,65.
Discipulado y misión: Mc 3,13-14; Lc 4,18; Jn 10,36.

Alftedo L. Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 19 de mayo de 2017

La Iglesia es una, santa, católica y apostólica... Fundamento bíblico


LA IGLESIA ES UNA (Hch. 2, 42):

San Lucas, refiriéndose a la primera comunidad cristiana dice: «acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la convivencia, a la fracción del pan y a la oración». La Iglesia tiene una unidad de fe, una unidad de régimen, una unidad de culto y una unidad de caridad respectivamente.
LA IGLESIA ES SANTA (Hch. 9, 13a):

San Lucas pone también en boca de Ananías refiriéndose a Judas. Dice: «Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y de los muchos males que ha causado a tus santos». Santos son los que están consagrados al servicio del santo y por eso la Iglesia es santa. Este título, que originalmente pertenecía al pueblo de Israel, pasa a los cristianos y llega a ser una de sus denominaciones ordinarias en el Nuevo Testamento.
LA IGLESIA ES CATÓLICA (Hch. 1, 8b):

Nuestro señor Jesucristo, antes de la ascensión, manda a sus apóstoles que lo acompañaban que permanezcan en aquel sitio hasta la llegada del Espíritu Santo: la fuerza que los hará capaces de lanzarse valientemente a conquistar el mundo. Dice: «serán mis testigos en Jerusalén, , en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra».

LA IGLESIA ES APOSTÓLICA (Hch. 4,31):

La Iglesia es apostólica, por el hecho de estar cimentada sobre el cimiento de los apóstoles, que se ponen al servicio de ella: «acabada su oración, retembló el lugar donde estaban reunidos y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la palabra de Dios con valentía».

jueves, 4 de mayo de 2017

Una invitación constante... Reflexionar sobre el materialismo y las cosas de arriba

Una situación frecuente que se da en nuestro mundo, tan materializado, es la rivalidad causada entre familiares por los pleitos en las herencias… ¡aún hasta entre las familias más unidas! La codicia es Algo que va acabando con toda relación humana y va arruinando la vida, puesto que la va llevando a una situación sin más horizonte que el tener y acumular más y más. Qué sabias las palabras del libro del Eclesiastés (Capítulos 1 y 2) entre las que están estas: «Hay quien se agota trabajando y pone en ello todo su talento, su ciencia y su habilidad, y tiene que dejárselo todo a otro que no trabajó. Esto es una vana ilusión y una gran desventura».

En nuestra sociedad de consumo, todo se reduce a una invitación contante a poseer más… Todos necesitamos siempre más cosas, más bienestar, más confort y en última instancia, más dinero, porque cada día arriban al mercado nuevos productos que se nos van presentando como «necesarios»: La mujer feliz compra champú X, el hombre actual se viste en Y lugar, el niño que quiere ser inteligente pide una computadora de tal marca, el matrimonio ideal compra casa en el fraccionamiento Z… y así entre X, Y y Z, la publicidad va afectando nuestro esquema de valores más fundamentales buscando la manera de manipular la felicidad.

¡Qué cosa! La calidad de una persona está caracterizada y condicionada por su dinero… ¡Eres una persona feliz si tienes dinero o aparentas tenerlo —por la cuestión de los créditos— o si puedes gastar!

Hay personas que pasan todo el año de mal humor trabajando para pagar las vacaciones del año pasado, porque hay que ir al lugar que está de moda y por lo tanto ha costado un dineral, pero esto los hace sentirse más importantes ante amigos y vecinos. Parece que el nivel económico es la señal de la dignidad o la motivación profunda por la que merece el respeto de los demás.

De esta manera, vamos poco a poco convirtiendo nuestra vida en una pura ansiedad; casi en la amargura de vivir para poder ganar más y más dinero. El consumo va acabando con la fe cristiana. El hombre consumista de nuestra era, considera que no necesita esperar nada de Dios porque ya se procura todo por sí mismo. La herencia de la creación se sigue repartiendo injustamente porque el hombre es quien administra a sus anchas y una tercera parte de la humanidad se ha quedado con todo. ¡Qué tal si escuchamos a Jesús! Qué tal si dejamos que nos repita aquellas palabras del Evangelio: «Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea».

La parábola del rico insensato, que está en el evangelio de san Lucas (Lc 12,13-21), utiliza una expresión fuerte: «¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?» Esta parábola es de una gran actualidad y nunca pasará de moda. Nuestro mundo actual se divide entre pobres y ricos y el 1% más rico, dispone de tantos recursos como el 99% restante. Desde el año 2008 la desigualdad en el mundo ha crecido de manera alarmante y se palpa en todas las naciones, incluidas aquellas del primer mundo, un empobrecimiento acelerado de las capas más pobres, convirtiendo a los ricos más ricos en una especie de sacerdotes del dios dinero. Jesús ya veía una economía de este tipo cuando expulsaba a los mercaderes del templo (Mt 21,12-17) y advertía que no se podía servir a Dios y al dinero (Mt 6,24). El Documento de Puebla, ya en 1979, preveía esta situación afirmando que hay «ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres...»

Jesús hoy sigue hablando, y su invitación sigue siendo constante también. Es una invitación a todos a compartir los bienes recibidos, a no acumular. Y la Iglesia, como madre y maestra nos invita, a través del Apóstol de las Gentes a buscar las cosas de arriba (Col 3,1.2) y a descubrir en dónde está la verdadera riqueza del ser humano.

Si Jesús llegara y a cada uno nos dijera: «¡Esta misma noche vas a morir!»… ¿Qué haríamos? ¿Qué hemos hecho con el don de la vida? ¿En qué ponemos nuestros afanes? Muchos tienen las ilusiones de su vida solamente en lo material, en cosas que se acaban o que se pueden acumular y acumular… ¿Qué es lo que busco? ¿Cuáles son mis sueños? ¿Cuáles son mis más auténticos anhelos?

Una persona que se deja atrapar por el primero yo, luego yo y después yo, no solamente se ha empobrecido ante Dios sino ante sí mismo, pues vive a la defensiva para que nadie le arrebate su «yo» que representa todo lo material que tiene. El que se enriquece en su egoísmo planifica su vida en un solo sentido: come, bebe, date a la buena vida… De esta manera no hay cabida en su mundo para afanarse por construir el reino de Dios, ya tiene sus “diositos” que son el poder, el tener y el placer… No hay lugar para el reino, no hay lugar para los hermanos.

El seguimiento de Cristo ha sido radical siempre. Ya san Pablo le decía a la gente de su tiempo: «No sigan engañándose unos a otros: despójense del modo de actuar del viejo yo y revístanse del nuevo yo, el que se va renovando conforme va adquiriendo el conocimiento de Dios, que lo creó a su propia imagen» (Col 3,9.10). El que se encierra en sí mismo, el que pone su empeño en las riquezas de este mundo no puede vivir en el reino de Dios. Cualquier día, en cualquier momento, seremos convocados a dar cuenta de nuestras vidas, y cada uno es responsable de sí mismo, pero también lo es de los demás.

La herencia del Padre es para todos, tenemos que dejarnos convertir. Nuestra vida de cristianos tiene que ser una vida dinámica, una vida que sin quitar la vista de los hermanos y con los pies bien puestos en la tierra, se dispare necesariamente hacia arriba al haber terminado nuestro andar por este mundo, porque los tesoros sepultados junto a los faraones son solamente para el estudio de la arqueología para ayudarnos a descubrir y valorar la historia de nuestro mundo y además una interesante curiosidad turística.

María Santísima, nuestra Señora de los Ángeles, nos ayudará a llegar a lo alto, ella vela por cada uno de sus hijos y, rodeada de la corte celestial, nos tiene preparado un lugar en su regazo, pero allí, cabemos todos, porque ella, sin atesorar nada para ella misma, sí tiene espacio para todos y quiere que seamos ricos en obras, en caridad, en amor, para que Cristo sea todo en todos (1 Cor 15,28).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

sábado, 23 de julio de 2016

Hacer vida el Evangelio... Tarea de todos para encarnar a Jesús

En la época en que vivimos, el mundo de los creyentes, el mundo de los católicos, tiene miedo de muchas cosas. El mundo globalizado, tiene miedo, por ejemplo, de una guerra nuclear que que pueda llegar a estallar en cualquier momento; tiene miedo de la sobrepoblación que encarece los bienes materiales; tiene miedo de la contaminación pero no tiene miedo de no hacer vida el evangelio.

El mundo actual, el mundo que nos rodea, rechaza el Evangelio, lo esconde, lo ignora, porque así trata a Cristo... ¡Este mundo va de prisa y no tiene tiempo de atender al Señor y sus intereses! ¿Qué nos diría Cristo si llegara ahora de repente a nuestras vidas y viera cómo vivimos el Evangelio los católicos de hoy? Yo creo que no tendría nada nuevo que decirnos, el Evangelio de Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, porque Él, nuestro Redentor, el Señor de la Misericordia, Cristo: «es el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb 13,8).

Ese Evangelio, que es la fuerza de Dios; ese Evangelio, que abre cadenas, que quita los yugos, que muestra el camino, que siembra libertad y habla de esperanza. Evangelio que es paz y lucha, compartir, amar, mirar y reír. Evangelio que es vivir como un pobre que mira al cielo con ojos de niño, que ama sin egoísmos y perdona al enemigo. Evangelio que es dar gracias al Padre como el Hijo, inundado por el amor del Espíritu Santo. Evangelio que es mirar al Hijo en brazos de su Madre Santísima al nacer y al morir. Evangelio que es continuar la misión de Cristo y convertirse en testigos por excelencia.

El mundo, hoy, no quiere saber mucho del Evangelio... pero es que no sabe que vivir el Evangelio no es un pasatiempo, sino páginas que no se pueden arrancar de la historia y que tenemos que vivir. El Evangelio no puede cesar jamás de ser verdadero y posible. No es un libro de anécdotas sino vida. Detrás de cada palabra y detrás de cada hecho hay que encontrar un mensaje teológico, una doctrina y una enseñanza para la vida. Jesús sigue hablando aunque el mundo no quiera escuchar. Jesús sigue enseñando, aunque el mundo no tenga tiempo para aprender. El Evangelio sigue siendo gracia y conquista, palabra del Señor para todos.

Vivir el Evangelio es de todos, como dice constantemente el padre Esquerda: «Aquí no hay rebajas para nadie», porque en esto, la iniciativa no es del hombre. En el hecho evangélico es Dios quien tiene siempre la iniciativa, quien decide salir al encuentro del hombre para establecer con él una alianza que excluye toda posible idea de mérito y que supone gratuidad absoluta. El Evangelio es un don. Sí, en el Evangelio todo comienza siendo iniciativa divina, don gratuito de Dios, amor del Padre manifestado visiblemente en Jesucristo. Así, vivir el Evangelio es creer en Jesús, acogerle como Camino, Verdad y Vida (Jn 14,16).

El don del Evangelio transforma todo el ser y el obrar del ser humano, lo convierte en una nueva creación (cf. 2 Cor 3,17). Transformado por el Evangelio en hijo de Dios, recreado en Cristo como hombre nuevo y vivificado por su espíritu, el hombre queda convertido en «sacerdote» de un nuevo culto, pudiendo ofrecer «sacrificios espirituales» para adorar al Padre en espíritu y en verdad (cf. 1 Pe 2,9; Jn 4,23). La vivencia del Evangelio es don libre del hombre, ofrenda y sacrificio espiritual de su propio sacerdocio bautismal.

Cuando alguien va conociendo a Jesús y va viendo el Evangelio, siente que en su ser se va imprimiendo el semblante de Jesús como el del ser al que más se ama... Él llama y uno se va configurando con Él en respuesta a un llamado, una vocación, la vocación a ser como Él.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

martes, 24 de mayo de 2016

«VIVIR EL EVANGELIO... UN COMPROMISO DE TODO BAUTIZADO»... Un tema para meditar

La Palabra de Dios es una semilla que el mismo Dios ha sembrado en todo corazón humano, para que, escuchando y admirando, se haga hermano universal en la armonía de toda la creación. La tierra buena para recibir esa semilla de comunión es el corazón bueno y recto que sabe escuchar, conservar... y dar fruto con perseverancia. Como dice el Papa Francisco en Laudato Sii: "La convicción de haber recibido este regalo de Dios hace que «nada de este mundo nos resulte indiferente»".[1] El corazón de la santísima Virgen María fue así, pero eso con ella se aprende a admirar el misterio de nuestro propio corazón, donde ya habla y se refleja Dios amor.

La vocación de todo creyente, se alimenta, sobre todo, de la Eucaristía y de la escucha de la palabra de Dios, de conservarla en el corazón y de dar fruto, como María. Es de todos conocido cómo la lectura, meditación y contemplación de la Sagrada Escritura en su totalidad ha constituido siempre la principal ocupación de los grandes hombres y mujeres de Dios, muchos de ellos canonizados por la Iglesia, y en ella, muchos de los que han cimentado nuestra fe descubrieron su primera y fundamental norma de vida. Seguir a Jesús, en cualesquiera de las vocaciones especificas del cristiano, supone conocer todo su misterio y retraducirlo vital y experiencialmente a nuestro hoy. El Concilio Vaticano II pidió, especialmente a los religiosos —pero vale para todo creyente— tener «diariamente en las manos la Sagrada Escritura, a fin de adquirir, por la lectura y la meditación de los sagrados libros, el sublime conocimiento de Jesucristo» (Flp 3,8.).[2]

La totalidad del pueblo de Dios, debe ser, en todo tiempo y lugar, memoria permanente de la palabra de Dios, uniendo la palabra de Dios en la escritura con la palabra de Dios en la vida. La práctica de la lectura de la Palabra en familia o en la comunidad eclesial, coincide con el origen comunitario de la Escritura. Desde la lectura y meditación de la palabra de Dios vamos descubriendo el verdadero rostro de Jesús y las exigencias de su seguimiento, al igual que la dimensión comunitaria de la historia de la salvación y la dignidad de la persona humana.

Este tipo de lecturas, como sabemos, recibió en la Iglesia un nombre técnico: «Lectio divina». Esta lectio hace ver al pueblo de Dios que la Biblia no es un libro de historia o de doctrina, sino un libro por el cual el Espíritu Santo revela, en la existencia concreta, la voluntad de Dios Padre y su misterio. La doctrina y la historia se leen para poder encontrar en ellas el sentido de la vida.

La lectura bíblica participada; las actitudes de escucha y acogida, de éxodo y conversión; la observancia del compromiso bautismal —o en el caso de los consagrados, de los votos que se inspiran sobre todo en la Sagrada Escritura— las relaciones fraternas entre clérigos y laicos; la lectura y profundización de diversos temas desde el espíritu de la Sagrada Escritura; una devoción mariana fundada en la Biblia y el gran amor a la lectura y meditación de la Sagrada Escritura, pueden ser medios valiosos que nos ayuden a crecer en este aspecto vivencial y de compromiso.

Para todo católico, en el contacto con la Sagrada Escritura, hay un camino del corazón que incita a vivir plenamente su vocación específica. Con su lectura contemplativa, el bautizado se siente mirado y llamado por Cristo con amor (Mc 10,21), buscado y acompañado por sus pies (Lc 8,1; 10,39), bendecido y sanado por sus manos (Mt 8,3; 19,13-15), invitado a entrar en su corazón (Mt 11,28-29; Jn 20,27). Así, en cuanto más contacto se tiene con el Evangelio, la persona se convierte, para los demás, en mirada, pies, manos y corazón de Cristo: «Somos el buen olor de Cristo» (2 Cor 2,15).

Con cada bautizado, enamorado del Evangelio, “Cristo puede recorrer con cada uno el camino de la vida”.[3] El fin general, de todo bautizado, será siempre «vivir el Evangelio con pasión», como decía la beata María Inés Teresa, a quien nunca faltó el alimento del Evangelio. Ella se sintió amada, enviada y acompañada por el Jesús del Evangelio. La “urgencia del reino de Cristo”[4] le fue unificando en su modo de pensar, valorar las cosas y adoptar actitudes. De la experiencia de vivir buscando el Reino, pasó espontáneamente a comprometerse para «recapitular todas las cosas en Cristo» (Ef 1,10). Su vida, como la de muchos santos y santas enamorados del Evangelio, fue «tocada por la mano de Cristo, conducida por su voz y sostenida por su gracia».[5]

“Cuando alguien va conociendo a Jesús y va viviendo el Evangelio, siente que en su ser se va imprimiendo el semblante de Jesús como el del Ser que más se ama. Él llama y uno se va configurando con Él en respuesta a una vocación, la vocación a ser como Él”.[6] La beata María Inés, supo que el «sígueme» que Jesús pronunció en el Evangelio, lo sigue diciendo día tras día esperando una respuesta de amor, por eso ella, misionera siempre, vivió con el Evangelio en el corazón y en los labios. En sus “Notas Íntimas”[7] encontramos dos escritos que se refieren directamente a los Evangelios: “Composición sobre los Evangelios” y “Estudio sobre la Regla y el Evangelio”.

La “Composición sobre los Evangelios” fue escrita el 18 de octubre de 1943. Ella misma  en el escrito dice que se trata de «pequeños estudios, sacados de la narración de los cuatro evangelistas». Allí va realizando un análisis sinóptico de algunas partes de los Evangelios y presenta a cada uno de los evangelistas. Se trata de 13 páginas de teología bíblica, fruto de su meditación.[8]

El “Estudio sobre la Regla y el Evangelio” fue escrito cuando se le dio el cargo de maestra de novicias en el monasterio del “Ave María”, en el año de 1944. En este pequeño ensayo, la beata hace una síntesis y descripción del primer número de la Regla que vivía como Clarisa de Clausura en aquellos años: “Guardar el santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo y va analizando los primeros 16 capítulos de san Mateo con aplicaciones a la vida religiosa. Es un escrito de 42 páginas.[9]

En "La Lira del Corazón", tiene 50 referencias al evangelio de san Mateo, 15 de san Marcos, muchísimas citas de san Lucas y podemos decir, respecto a san Juan, que tenía preferencia por leer a este evangelista.

Hoy el Evangelio sigue siendo  gracia y conquista para todo bautizado, palabra viva del Señor para todos sin rebajas. El Evangelio, el anuncio y fuente de gozo y salvación, tiene que seguir llegando a todos los rincones del mundo; a todos los hombres y mujeres de la humanidad. «¡Qué todos te conozcan y te amen es la única recompensa que quiero», decía la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, y vaya que ella se adentró en conocer y amar a Dios.[10] Mucho se valió del Evangelio, ya en su casa, antes de ingresar al Monasterio del “Ave María”. Luego, en ese mismo monasterio —en especial en los domingos— dedicaba largas horas a la meditación del Evangelio, y en su vida activa, como misionera de primera línea siguió haciendo del Evangelio, junto con la Eucaristía, el motor que la impulsaba a vivir en plenitud.

La presencia de los bautizados, en medio de los hombres de hoy, en el diario acontecer de este mundo que parece que sufre la ausencia de Dios y el indiferentismo religioso, tiene que ser anuncio del Evangelio de la alegría, presencia de Cristo, fuente y salvación para todos. Como hombres y mujeres de fe, los bautizados le mostramos al mundo el Cristo que llega con sencillez y desbordando misericordia, a tocar las puertas del corazón de cada hombre y mujer de hoy. Por eso, necesitamos empaparnos del Evangelio para poder ser testigos coherentes y heraldos creíbles de la fe, de manera que todos los cristianos, al vernos, experimenten la vida en Cristo y sepan discernir las realidades divinas y humanas según el Espíritu de Dios. “Una sociedad que ya ha oído y leído el Evangelio; ahora necesita signos, gestos, actitudes y experiencias del Evangelio”[11]. La sociedad en que vivimos pide signos, gestos y experiencias. Hoy son muchas las personas que han oído o que han leído algo sobre Jesús y sobre su Evangelio, pero no lo han visto, lo quieren ver vivo en nosotros.

En la vivencia del Evangelio, todo bautizado puede irse configurando con Cristo para realizar plenamente su vocación y dar una respuesta de amor a la llamada que Dios le hace. En el contacto frecuente con el Evangelio se puede aumentar la fe, buscando pensar como Cristo, se puede avivar la esperanza, sintiendo y valorando las cosas como Cristo, y se puede aumentar la caridad, al reaccionar amando como Él.

En el Evangelio, Cristo nos llama a compartir su existencia, su misión y sus vivencias. Él nos dice: «Como mi Padre me amó, así os he amado yo; permaneced en  mi amor» (Jn 15,9). Para nosotros el Evangelio no puede quedarse solamente como algo archivado, sino que debe convertirse en realidad que se vive día a día, que es riesgo y aventura. Todos los días de nuestra vida, vistos con el Evangelio en el corazón y en los labios, reservan una sorpresa o son una etapa en la renovación de nuestra respuesta al compromiso bautismal. La gente que sabe que somos católicos, nos pregunta si hemos encontrado a Cristo, si dialogamos con Él en la oración, si sabemos como se puede vivir el Evangelio que Él anunció en la vida de cada día.

Sólo si nos adentramos en el Evangelio podremos ser católicos de verdad y amar con un corazón universal. Nuestras vivencias, nuestras preocupaciones, nuestras actitudes, nuestras motivaciones..., deben estar  siempre condicionadas por el Evangelio. Si está de moda o no el Evangelio, al bautizado no le interesa. Lo importante es encontrar la manera de vivirlo y anunciarlo. El Evangelio nunca estará de moda, pero nunca pasará de moda; será siempre la solución para la raíz de todo problema personal, familiar y comunitario. Ahí está nuestra flaqueza y nuestra fuerza. Ni podemos estar sobre el candelero de la moda, ni podemos ser un objeto de museo; la verdad del Evangelio es mucho más sencilla y profunda. Cuando no vivimos intensamente la intimidad con Cristo en el Evangelio, no hay quien nos entienda, ni nosotros mismos, por eso no podemos hacer el Evangelio a un lado.

«Estar con quien sabemos que nos ama» siempre es posible, así que siempre será posible tener un tiempo para el Evangelio, para esa «Lectio divina» en la que encontraremos fuego que incendiará más el deseo de vivir nuestra vocación. Tal vez no todos podemos estar asistiendo a clases sobre el Evangelio, quizá no tenemos clases de Sagradas Escrituras como se tienen en los seminarios y casas de formación de los religiosos, pero ciertamente, después de una jornada pesada, es posible estar con Cristo en el Evangelio, una frase, un versículo, un capítulo... será hasta un relax antes de ir a dormir. Pero las cosas cambian cuando uno considera estos momentos de estar con el Señor en el Evangelio como una obligación o una carga. Y, naturalmente, entonces es pesadísimo, si no imposible, encontrar gusto a nuestra vivencia del compromiso bautismal.

Todo es cuestión de saber dónde está el peso del amor. Nuestra suerte está ligada a la de Cristo. Nuestra vida está enrolada en la dinámica del Evangelio hacia el Padre para llevar a todos los hombres hacia Él. En el Evangelio, Cristo nos ha hecho entrar en los secretos de un Dios amor que es eterno y cuya misericordia es infinita. Vivir nuestrao compromiso bautismal, es también saber disfrutar del Evangelio como herencia de amor, Él lo ha dejado para nosotros... entrando en el silencio y en la elocuencia del Evangelio, encontraremos nuestra razón de ser y nuestra identidad. María de Nazareth, la mujer del Evangelio, la llena de Gracia, nos ayudará.

Presento, para terminar, unos pensamientos de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento con algunas ideas sobre el Evangelio:

“No nos hagamos ilusiones hijos, no hay otra santidad que la del EVANGELIO, bien interpretado, no acondicionado a nuestra comodidad”. (Carta colectiva, 28 de enero de 1971).

“Pidan que seamos verdaderamente misioneros, que todos meditemos, estudiemos y saboreemos el santo Evangelio”. (Carta a las hermanas de Indonesia, Roma 25 de mayo de 1975).

“Tú Jesús mío, que te gozas en consentir, que tus hijos se sientan necesarios a tu corazón, para la difusión del Evangelio, sacia los deseos de mi alma, colma los anhelos de mi corazón, que todos ellos no tienden sino a hacerte amar de todas las Naciones.” (Ejercicios espirituales de 1944, p. 13).

“En fin, todo, todo el Evangelio, no es otra cosa sino una continua manifestación de las ternuras del Corazón de Jesús, de su infinita misericordia”. (Ejercicios espirituales de 1941, P. 57).

“¿No quieres servirte de mi, como instrumento para tu Gloria, para llevar a tantas almas tu Santo Evangelio, y con él la comprensión de tu bondad, de tu caridad, de tu ternura, DE TU AMOR INFINITAMENTE MISERICORDIOSO, de todo lo que Tú sabes hacer en favor de un alma que espera y confía en Ti?”. (Notas Íntimas, p. 37).

“Soy imagen viviente de la divinidad. Por eso, si no vivo para Él y por Él únicamente, desdichada de mi, estoy perdiendo miserablemente el tiempo. Me revestiré de las vestiduras inmortales del mismo Dios”. (Ejercicios espirituales de 1943, p. 15).

“Y tomando el prototipo de la humanidad, Cristo Jesús, ¿cuál fue su vida cuando su tiempo hubo llegado de darse a conocer, de predicar, de mostrarse a las multitudes enseñándoles que el Reino de Dios había llegado? Fue un continuo darse, un entregarse sin reservas, un sacrificio sin medida, un ejercicio infinito de paciencia. Y su unión con su Padre era la misma, sus comunicaciones con Él continuas, su oración ardientísima” (Notas Íntimas, p. 54).

Algunos puntos de reflexión bíblica:

Amistad con el Cristo de los Evangelios: Lc 10,21ss; Heb 7,25.
Sequela Christi: Mt 4,19-22; 19,27.
Vivir de su presencia: Mt 28,20.
El don del Señor: Jn 15,16.


Alfredo L. Gpe. Delgado Rangel, M.C.I.U.


[1] LS 3, Cfr. Lc 8,11-15.
[2]P.C. # 6.
[3]R.H. # 13.
[4]Pasaje de 1 Cor 15,5 que Nuestra Madre toma como lema para la familia misionera que funda: “Oportet Illum Regnare”.
[5]V.C. # 40.
[6]DELGADO RANGEL Alfredo Leonel Gpe., “Qué alegría ser Misionero de Cristo”, Monterrey, sin fecha.
[7]Las “Notas Íntimas” están formadas por una serie de escritos de la beata María Inés que fueron agrupadas en un libro después de su muerte
[8]Es conveniente, para ampliar el tema, leer: HERNÁNDEZ MARTÍN DEL CAMPO Martha Gabriela M.C., “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”, Editorial Paolo de Savorgnani, México 1992.
[9]En una grabación, años después, cuando ya ha fundado la congregación de las Misioneras Clarisas, ella misma relata, en una conferencia que queda grabada, cómo estas meditaciones eran fruto de su oración y de su deseo de vivir el Evangelio. Una copia del cassette se encuentra en la Casa Madre, en Cuernavaca.
[10]Palabras que constantemente repetirá nuestra madre la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento.
[11]ESQUERDA BIFET Juan, “Testigos de la esperanza”, Ediciones Sígueme, Salamanca 1981, p. 33.