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lunes, 15 de octubre de 2018

«La libertad de los hijos de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


Después de estar leyendo varios días la Carta a los Gálatas —y la continuaremos leyendo durante tres días más— a estas alturas nos debe quedar claro que la Ley era para San Pablo una esclavitud en la medida en que se buscaba en ella justificarse uno mismo, basando todo en el cumplimiento de la letra y por el propio esfuerzo. Esta cuestión es igualmente importante en la primera lectura de hoy (Gal 4,22-24.26-27.31-5,1). Muchos cristianos de diversas denominaciones, entre ellos por supuesto algunos católicos, en lo que a esto se refiere, se han quedado en la «antigua Alianza», porque no viven en libertad, sino en el miedo de Dios, en el ansia de las «obligaciones y preceptos» que hay que cumplir. De hecho hay personas que para referirse al precepto dominical de asistir a Misa dicen: «yo ya cumplí». La vivencia de nuestra religión no puede ser una cosa «opresora», una carga que hay que cumplir en compromisos que solamente son externos y están marcados por la Ley. El «cumplimiento auténtico» de los preceptos de nuestra fe nos deben de llevar a vivir en la alegría y en la libertad. Para san Pablo, ser de veras «hijo de Dios» es ser «libre», es tener con el Padre unas relaciones tan inmediatas en donde no hay espacio para el miedo, y donde la ley no es una ley escrita y exterior alienante: «¡ama, y haz lo que quieras!» será la traducción de san Agustín de toco esto. Hoy San Pablo utiliza una comparación, que él mismo considera como una alegoría. Abrahán tuvo dos mujeres: una era esclava, Agar, que fue la madre de Ismael; la otra, era libre, Sara, de la que, según la promesa, nació Isaac (cf. Gn 16 y 21). Los que viven bajo la ley son como Ismael, hijo de Agar, la esclava; los que son libres viven como el hijo de Sara, la mujer libre. Aquí la cuestión sería preguntarnos: ¿vivo el cristianismo, mi relación con Jesús y el Padre en el Espíritu Santo con corazón libre, de hijo, de hermano, de enviado, o con actitud de miedo, de esclavo?

En la vivencia de nuestra fe, de acuerdo a nuestra religión en la liturgia, en la teología, en la organización de la misma Iglesia y según nuestra vocación específica, en la apertura al mundo hemos de vivir movidos por el Espíritu del Señor que es Espíritu de amor y «de libertad». A Jesús, desde que estaba entre nosotros, le gustaba que la gente viviera en esa libertad, no le agradaba la idea de que le pidieran «signos» y milagros. Quería que le creyeran a él libremente por su palabra, como enviado de Dios, no por las cosas maravillosas que pudiera hacer. Aunque también las hiciera. Así se entiende que en el Evangelio de hoy le diga a toda esta gente que el único «signo» que les va a dar es el de Jonás, añadiendo luego el ejemplo de la reina de Saba que libremente fue al encuentro de la sabiduría de Salomón, quejándose de la poca fe de muchos de los que le rodeaban y cumplían aparentemente la Ley (Lc 11,29.32). San Lucas pone a Jonás como alguien que fue signo, sin milagros, apoyado solamente en la Palabra de Dios que obedeció finalmente, con libertad y que hizo que los paganos supieran reconocer la voz de Dios en los signos de los tiempos. Cristo vivía en medio de un pueblo que pedía milagros. Puede quedar retratada aquí nuestra generación, cuyo afán, en una sociedad globalizada, de búsqueda de cosas espectaculares y sensacionales, apariciones y revelaciones, es también insaciable. Pero sabemos que el signo mejor que nos ha concedido Dios es Cristo mismo, su persona, su palabra, su testimonio de libertad. 

El 4 de julio de 2013, el Papa Francisco, en su homilía en la capilla de la Casa de Santa Martha, dijo que si existiera un «documento de identidad» para los cristianos, ciertamente la libertad figuraría entre los rasgos característicos de ésta. «Nadie nos puede privar de esta identidad», puntualizó el Papa y al finalizar su homilía exclamó: «Esa es la raíz de nuestra valentía: soy libre, soy hijo, el Padre me ama y yo amo al Padre». Por eso Jesús se alza contra la dicotomía rancia que marca la religión caduca y decrépita de los fariseos, llena de multitud de normas y leyes que se quedan solo en la letra muerta, con la intención de separar lo sagrado de lo profano, lo religioso de lo humano. Desde que el Hijo de Dios se hizo hombre, el tiempo sagrado y el tiempo humano se han diluido para dar paso al único tiempo, el que viven y gozan los hijos de Dios en libertad. Dios se une con lo cotidiano de los hombres, ya no hay que buscar a Dios fuera del futuro del hombre. El único culto agradable a Dios nace de vivir en libertad esa filiación divina en el corazón del hombre y no hay más normas o leyes que la del amor y de allí se desprende todo en la vida: «Ama y haz lo que quieras». Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, la mujer libre, dueña de sí misma, madura, nos acompañe en nuestro caminar como Pueblo de Dios y nos ayude a ser discípulos–misioneros de la verdad; de esa auténtica verdad que hace libres y capacita para liberar a los demás como ella misma proclama en el Magnificat: «Desde ahora —es decir desde el momento que ha desposado «libremente» el plan de Dios sobre ella y el mundo— todas las generaciones me llamarán bienaventurada Sí, que seamos libres para amar, servir, ser felices y hacer felices a los demás. ¡Bendecido lunes! 

P. Alfredo.

domingo, 16 de septiembre de 2018

«En un aniversario más de la Independencia de México»... Un pequeño pensamiento para hoy

La fe que los discípulos–misioneros de Cristo hemos recibido como don desde nuestro bautismo, supone fidelidad y compromiso con lo que creemos y sobre todo confianza en Aquel en quien creemos. Nadie debería decir nunca de un buen cristiano que tiene fe cristiana, pero que esa fe no se proyecta en obras cristianas, en concreto en las llamadas «obras de misericordia» (Mt 25, 31-46). Ni tampoco nadie tendría que decir de cualquiera de nosotros que tenemos fe, pero que nuestras obras contradicen nuestra fe. Si no vivimos en el dinamismo que implica la fe y que gira en torno en el amor de Dios en nuestra propia vida, no podemos decir que tenemos fe. Cuántas veces podemos encontrarnos con gente que presume de que tiene mucha fe, pero las evidencias —sin criticar o juzgar— muestran que esa fe no se nota en la vida de cada día. Leyendo la segunda lectura de hoy (St 2,14-18), nos damos cuenta de que la fe verdadera es confesar a Jesús, reconocerle como Mesías, y a la vez seguirle, haciendo como Él, que «pasó por el mundo haciendo el bien» (Hch 10,38) y dando la vida por amor hasta la entrega total (cf. (Ga 2,16.19-21). Esto es lo que Padre quiere de todo aquel que se considere discípulo–misionero de su Hijo. Que no pensemos ni vivamos al estilo del mundo, huyendo del sufrimiento y buscando el confort, sino que vivamos nuestra fe expresada en una entrega hasta el extremo. 

La Sagrada Escritura nos habla de hombres y mujeres de fe que marcaron la historia bíblica y a la vez la historia del mundo, como el caso de Isaías, que lleno de fe logra superar tantas y tantas adversidades de parte de sus adversarios (Is 50,5-9). Isaías nos muestra, no solamente en el segmento que la liturgia nos presenta hoy, sino en todo él, que una de las características que marcan la vida de los hombres que transforman y marcan la historia es que, por la fe, tienen una visión más amplia de lo que hoy su presente les muestra a pesar de ver un cúmulo de calamidades, desventuras y ataques que se atraviesan en su vida. Hoy en México celebramos un aniversario más de la Independencia, así que pienso en mi patria chica —porque mi casa es el mundo— y voy a la historia de la independencia para recordar que a la cabeza de aquellos acontecimientos iba un estandarte de la Virgen de Guadalupe, un estandarte de la Madre de Dios que a aquellos hombres y mujeres valientes les recordaba la fe inquebrantable de María que les hacía ver un futuro, una independencia, un camino de libertad hacia la paz duradera. Y ese caminar no fue fácil ni estuvo libre de adversidades. Basta pensar en los Domínguez (Miguel y su famosa esposa doña Josefa Ortiz de Domínguez), que prestaban su casa para las juntas donde se iniciaba la estrategia para alcanzar aquella libertad tan ansiada. Este matrimonio tuvo que creer mirando un México libre y dueño de su propia tierra esperando poco más de 11 años para que aquel sueño se hiciera realidad. 

La vivencia de un aniversario más de este hecho histórico que marca un antes y después, debe llevar a los católicos de México a seguir caminando en la fe abriendo los corazones al presente para sentirse interpelados hacia el futuro de esta nación, cada vez más y más descristianizada debido a la influencia del vertiginoso consumismo que hace que se quede todo para la mayoría, en una fiesta del exterior celebrada con banderitas y adornitos «made in China» y cervezas y otras viandas importadas de Europa sin acordarse de agradecer a Dios el don precioso de la libertad. ¡Anoche ni una cuarta parte del Templo estaba ocupada en la Misa por la Patria! Los ideales propuestos por la Independencia se nos presentan hoy con un nuevo rostro, en situaciones mucho más complejas que en quellos días. Así como Jesús, en el Evangelio de hoy (Mc 8,27-35) le pregunta a sus Apóstoles «quién dice la gente que es Él» (cf. Mc 8,27) y los escucha; a nosotros nos pregunta también como a ellos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?» (Mc 8,29). En medio de un México conformado hoy por una sociedad bastante diversa y plural, ¿que podemos decir de Cristo los hombres y mujeres de fe? ¿Qué podemos aportar, desde nuestra mirada de fe, en la reconstrucción de un futuro común al que nos acaban de invitar nuestros obispos en el «Plan de la Iglesia Católica para la Construcción de la Paz»? Cristo pide, al que quiera ir detrás de Él, que cargue su cruz y le siga y nos dice hoy claramente que, si verdaderamente tenemos fe, podemos comprender, desde la lógica de Dios lo que significa seguirle hoy mismo: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,35). Pidamos este domingo al Señor, con el estandarte de Santa María de Guadalupe, que nos dé la valentía de confesarle como el Señor, el Mesías y que no nos escandalicemos de Él como hizo Pedro, para vivir en nuestra propia vida, en la Patria chica o la Patria inmensa de nuestra casa común, ese amor de Dios, para que nuestra fe no sea una fe muerta, sino una fe auténtica que nos conduzca hacia la Patria eterna, nuestra casa de verdad. ¡Feliz domingo y felices fiestas patrias a los mexicanos de nacimiento y de corazón! 

Padre Alfredo.

viernes, 9 de junio de 2017

La libertad del cristiano se descubre en signos pobres...

Entre los grandes dones que Dios nos ha dado, está la libertad. Un regalo de gran valor que Dios nos regaló confiando en que, como nos había hecho a su imagen y semejanza, la sabríamos usar. Pero, cuántas veces el hombre hace de las suyas por no saber emplear este don inmerecido y por eso el pecado hace estragos. En el libro del Éxodo, hay un pasaje que bien puede ilustrar este tema de la libertad. Es ese pasaje en el que Josué le dice a Moisés: «Se oyen gritos de guerra en el campamento» y Moisés le responde: «No son gritos de victoria, ni alaridos de derrota, lo que oigo, son cantos» (Ex 32,17ss). Y cuando enseguida, Moisés se acerca al campamento… ¡Oh sorpresa! ¡Se habían hecho un becerro de oro y le danzaban! Entonces Moisés se enfureció y arrojando las Tablas de la Ley las hizo añicos al pie de la montaña. ¡Lo acontecido en el campamento había sido un pecado gravísimo! ¡No supieron utilizar el don de la libertad para mantenerse fieles ante las condiciones de la Ley de Yahvé!

El hombre no ha sabido usar de la libertad que Dios le dio. Dejándose llevar por el pecado, no ha sabido elegir entre el bien y lo mejor, sino que se queda estancado entre el bien y el mal y, traicionado por la concupiscencia falla una y otra vez, volviéndose contra Dios y fabricándose ídolos, becerros de oro, dioses falsos del material y de la condición que sea. 

Las cosas de Dios se manifiestan de una forma muy sencilla, sin hacer mucha alaraca, a diferencia de las del enemigo, que casi siempre son ostentosas y ruidosas. El Señor suele manifestarse de forma muy sencilla invitándonos a vivir libres, sin hacer tanto ruido y utilizando «signos pobres». Una semilla de mostaza y un poco de levadura  le bastan a Jesús para explicar lo que es el reino de los cielos (Mt 13,31-33). Satanás, en cambio, ocupará toda una piara de puercos o gritos y escándalos de posesos (Mc 1,21-28 par.; Mc 5,1-21 par.; Mc 7,24-30 par.; Mc 9,14-27 par.; Mt 12,23-23 par.) para hacerse notar. Los exorcismos (Mc 3,22ss) y las curaciones (Lc 13,16)  con signos pobres y sencillos como el lodo, la saliva, la palabra... formaban parte de la obra de liberación del Señor. 

Un poco de levadura, un granito de mostaza, una vela, el redil de las ovejas, una vid, etc. en un hogar que alentó la «sierva» del Señor, la mujer más libre de la historia y el hombre más sencillo de la historia de la salvación en cuya casa se anidó el amor de Dios en Jesucristo, para expandirse luego por el mundo entero servirán para dar a entender al mundo lo que es la libertad. Ausencia de pecado, presencia del amor misericordioso de Dios. Signos pobres que hablaron de amor y confianza, de elección y seguimiento, de alegría y sencillez, de entrega, de fidelidad y de cumplimento libre de la Ley, sin mucho ruido y sin tiempo para teorizar; esa ley divina, que, en la forma en que la interpretó y ejemplificó Cristo mismo desde Nazareth, permanece como modelo de la voluntad de Dios para los que él mismo liberó (1 Co 7,22). En consecuencia, los cristianos estamos llamados a vivir «bajo la ley de Cristo» (1 Co 9,21). La «ley de Cristo» (Gal 6,2) —«ley de la libertad», según Santiago (St. 1,25; 2,12)— es la ley del amor (Gal 5.13s; cf. Mc 12,28ss; Jn 13,34).

Así es la libertad de los hijos de Dios, como la libertad de Moisés, de María y de José; así es la vida libre de los santos, «una vida escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3). San Ignacio de Loyola, por ejemplo, tiene unas normas de discernimiento que ayudan a descubrir el enemigo y atacarlo (E.E. 314). Ignacio, conociendo la debilidad causada por el pecado, de la cual él fue esclavo un buen tiempo, nos ayuda a distinguir lo que viene de Dios, de lo que viene del enemigo o de nosotros mismos, para que aprendamos a usar la libertad y podamos escoger estar siempre del lado de Dios eligiendo entre lo bueno y lo mejor, entre lo mejor y lo más excelente.

Cada vez que oramos, cada vez que estamos frente a Jesús Sacramentado y en especial, cada vez que celebramos la Eucaristía, el Señor nos visita en signos pobres que invitan a vivir en libertad… ¡Un poco de vino y un pedazo de pan! ─como dice un canto─ es nuestra ofrenda, es lo que podemos dar. En cada Misa, Dios nos viene para invitarnos a recuperar la libertad perdida y a mantenernos libres del pecado. Él llega derramando siempre su misericordia a través de otro signo pobre, un hombre pecador que le hace presente al consagrar el pan y el vino y, por la transubstanciación, convertirlos, por la acción del Espíritu Santo en el misterio del Orden Sacerdotal, en el cuerpo y sangre del Señor.

Proclamemos con nuestro testimonio de vida el gozo de ser libres, pongámonos listos y no vayamos tras los becerros de oro porque, como ha dicho el Papa Fran-cisco: «Hemos creado nuevos ídolos. La antigua veneración del becerro de oro ha tomado una nueva y desalmada forma en el culto al dinero y la dictadura de la economía, que no tiene rostro y carece de una verdadera meta humana». (Jueves 16 de mayo de 2013). No nos cansemos de anunciar que la verdadera y auténtica libertad no la encontraremos en ningún becerro de oro, sino en lo que para mu-chos está oculto, el amor de Dios en la sencillez de las cosas de cada día y en los signos pobres que nos ha dejado el mismo Dios.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.