Invocar el «Dulce Nombre de María» se asocia directamente en las familias indonesias a momentos en los que se busca consuelo, paz o protección frente a las dificultades cotidianas, meditando en las virtudes marianas más apreciadas por la idiosincrasia local: la humildad —kerendahan hati—, la obediencia —ketaatan— y la constancia en la fe —iman—. Pero aquí en este bellísimo archipiélago del sudeste asiático, el nombre de María también es profundamente respetado en la tradición islámica. En especial, tengo entendido que en la isla de Flores las festividades marianas llegan a integrar a vecinos de distintas creencias en un espíritu de armonía comunitaria.
Curiosamente, la liturgia de hoy nos regala un pasaje del Evangelio de san Lucas que nos habla de construcción de casas, de árboles y de frutos (Lc 6,43-49). Y es que si miramos con los ojos de la fe, nos damos cuenta de que nadie ha encarnado mejor estas palabras de Jesús que la Santísima Virgen: «No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos». María es el árbol bueno por excelencia; el fruto de su vientre es Jesús, la salvación del mundo. Su nombre refleja la pureza de su corazón y nos recuerda que también estamos llamados a cuidar el nuestro, para que nuestras palabras y acciones den gloria a Dios. Que ella interceda por nosotros para no ser cristianos superficiales; que al pronunciar su nombre encontremos esperanza, paz y alegría, y que su ejemplo nos mueva a ser árboles que den buen fruto y casas bien edificadas sobre la roca de la Palabra de Dios. ¡Bendecido sábado!
Padre Alfredo.
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