sábado, 12 de septiembre de 2026

«Católicos y musulmanes y el dulce nombre de María»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Para un católico, pronunciar el nombre de María no es simplemente recordar a un personaje del pasado; es invocar una presencia viva, un refugio seguro y un modelo perfecto de vida cristiana. Aquí en Indonesia hay tres santuarios emblemáticos en los que la gente expresa su viva devoción mariana: El de Medan en Sumatra, dedicado a Nuestra Señora de la Salud, el de Yogyakarta con la gruta de Lourdes más antigua de Indonesia a donde acuden tanto católicos como musulmanes y el de Ambarawa, en Java Central. A ellos acuden miles de indonesios porque mucha gente celebra con profunda devoción este día del «Dulce nombre de María», que mezcla la herencia litúrgica de los misioneros europeos con la rica vida comunitaria de una cultura que conserva una honda reverencia por los nombres sagrados.

Invocar el «Dulce Nombre de María» se asocia directamente en las familias indonesias a momentos en los que se busca consuelo, paz o protección frente a las dificultades cotidianas, meditando en las virtudes marianas más apreciadas por la idiosincrasia local: la humildad —kerendahan hati—, la obediencia —ketaatan— y la constancia en la fe —iman—. Pero aquí en este bellísimo archipiélago del sudeste asiático, el nombre de María también es profundamente respetado en la tradición islámica. En especial, tengo entendido que en la isla de Flores las festividades marianas llegan a integrar a vecinos de distintas creencias en un espíritu de armonía comunitaria.

Curiosamente, la liturgia de hoy nos regala un pasaje del Evangelio de san Lucas que nos habla de construcción de casas, de árboles y de frutos (Lc 6,43-49). Y es que si miramos con los ojos de la fe, nos damos cuenta de que nadie ha encarnado mejor estas palabras de Jesús que la Santísima Virgen: «No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos». María es el árbol bueno por excelencia; el fruto de su vientre es Jesús, la salvación del mundo. Su nombre refleja la pureza de su corazón y nos recuerda que también estamos llamados a cuidar el nuestro, para que nuestras palabras y acciones den gloria a Dios. Que ella interceda por nosotros para no ser cristianos superficiales; que al pronunciar su nombre encontremos esperanza, paz y alegría, y que su ejemplo nos mueva a ser árboles que den buen fruto y casas bien edificadas sobre la roca de la Palabra de Dios. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

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