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viernes, 21 de diciembre de 2018

«Los proyectos de Dios duran para siempre»... Un pequeño pensamiento para hoy



Dice el salmo 32 (33 en la Biblia): «Los proyectos de Dios duran para siempre...» ¡Qué sublime es ver estos proyectos plasmados en una vocación que se entrega y dura para siempre! Ayer pasé buena parte de la tarde en «La Casa del Tesoro», esa hermosa comunidad de la que ya he hablado en ocasiones anteriores y que está conformada por un nutrido grupo de religiosas Misioneras Clarisas enfermas y ancianas en esta bella ciudad de Guadalajara que desde ayer y hasta mañana me acoge. Cada una de las hermanas, más de 50 a las que pude saludar de una por una, me muestra, cada vez que tengo la dicha de estar con ellas, eso que el salmista canta hoy acompañado del son del arpa: «Los proyectos de Dios duran para siempre». La vocación es un llamado que definitivamente no es para una entrega temporal, es un llamado que el Dios–Hombre que esperamos en estos días previos a la Navidad, hace a un alma para que le siga para siempre. La vida consagrada de estas mujeres, algunas de las cuales las conozco desde pequeño, revela la íntima naturaleza de cada vocación cristiana a la santidad y la tensión de toda la Iglesia-Esposa hacia ese Cristo, «su único Esposo» a quien esperamos en estos días de Adviento. La profesión de los consejos evangélicos está íntimamente conectada con el misterio de la espera de Cristo. El testimonio de las almas consagradas, viviendo los votos de castidad, pobreza y obediencia como valor absoluto y escatológico, nos ayudan a entender la austeridad de este tiempo del Adviento que se entrelaza con la alegría de saber que el Señor está cerca. 

La vocación de cada una de estas hermanas —muchas de ellas con más de 40 o 50 años de vida consagrada— es un don precioso y necesario no solo a nuestra familia misionera, sino a la Iglesia y al mundo; mujeres que atestiguan hoy, acompañadas del dolor y del peso de los años el seguimiento del proyecto absoluto de Dios y el servicio a la humanidad en la entrega de su oración y de su oblación en los pequeños y grandes sacrificios que la enfermedad acarrea. En cada una de estas mujeres llenas de Dios, estalla la vida que viene a traer el Mesías esperado. Es él quien, poseído y poseedor a la vez, atrae ahora y mueve a vivir la vocación. Sofonías, en la primera lectura de hoy, nos recuerda el motivo claro de la perseverancia de estas maravillosas mujeres: Dios está cerca: «el Señor tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva». Dios sigue amando a su pueblo: «él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta». La vida que no está animada por un amor, por una ilusión, por una pasión, corre el peligro de resecarse y hacerse extraña. 

El salmo 32 me hace valorar los sentimientos de júbilo de estas hermanitas que siguen «al pie del cañón» a pesar de los cientos y miles de adversidades que se puedan ver y que a algunas ya las tienes postradas en cama, sujetas a una silla de ruedas, ayudadas para caminar por una andadera o apoyadas en un bastón. A la luz del valioso e impresionante testimonio de fidelidad de mis hermanas de «La Casa del Tesoro», resuena en mi ama cada palabra de este salmo que parece escrito, no solo para ellas, sino para que todos lo recemos en los últimos días del Adviento: «En el Señor está nuestra esperanza, pues él es nuestra ayuda y nuestro amparo y en él hemos confiado». Son actitudes que nos preparan a una Navidad vivida desde dentro. Los que, como ellas, tienen espíritu de pobre, no se envanecen al verse favorecidos por Dios con la salud o con cualidades de belleza exterior; al contrario, de inmediato se vuelven sencillos y reconocen dentro de cualquier condición de vida la acción de Dios. María, movida por la solidaridad, viaja en el Evangelio de hoy (Lc 1, 39-45) a toda prisa por los montes para acompañar a su prima anciana que está en avanzada gravidez. ¡Qué le impide a aquella mujer joven, si lo que iba era a comunicar era el gozo de que Dios naciera para el mundo! María va a ver a su prima porque no cabe de gozo y porque ella lo necesita, como nuestras hermanas ancianas y enfermas necesitan de quien les atienda. Al contemplar hoy a la Virgen María en esta actitud, renuevo mi andar en el Adviento y me lleno de gratitud al Señor por el testimonio de alegría de mis hermanas que comunican, desde su condición, un poco de esperanza para este pobre padrecito y para que el mundo se caliente y sonría. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

viernes, 7 de diciembre de 2018

«En un mundo de ciegos»... Un pequeño pensamiento para hoy

Yo creo que muchos recordamos ese canto tradicional que dice: «El Señor es mi luz y mi salvación, el Señor es la defensa de mi vida, si el Señor es mi luz, a quién temeré, quién me hará temblar...» Pues es el salmo responsorial de hoy viernes, el salmo 26 (27 en la Biblia). El mundo en el que vivimos, es un mundo de ciegos en el que hace falta la luz, pero no toda esa que se desborda ante nuestros ojos en estos días de Adviento y Navidad en fulgurantes colores que crepitan por doquier, sino la luz interior que solo trae Aquel a quien esperamos. Muchos hombres y mujeres de hoy, van ciegos por la vida, sumergidos en la oscuridad de sus nebulosos corazones, viviendo al margen de Dios. Ciertamente que todos somos barro si vivimos desde nosotros mismos, pero podemos ser hombres y mujeres con vida y con luz, cuando vivimos estos días en la espera del Señor. El salmista reconoce hoy que la luz solo puede venir del que se acerca a nosotros como a los dos ciegos del Evangelio (Mt 9,27-31) para calmar sus ansias de ver. 

Sin la luz del Señor, no nos conocemos, no sabemos quiénes somos, no tenemos identidad ni podemos ver quiénes son los otros. Sin su luz es imposible salir de las tinieblas a la luz maravillosa que llena de esperanzas la vida. Sin su luz es imposible contemplar su divino rostro. En Cristo Jesús, a quien esperamos esta Navidad y quien vendrá por segunda vez a juzgar nuestras vidas según nuestras obras, podemos ver ese divino rostro que en la antigua alianza nadie podía contemplar y permanecer con vida. Inspirados por el salmista, podemos pensar en estos días de Adviento en los que buscamos la luz: «¿Qué otra cosa puedo hacer el resto de mis días, si no es buscar ese rostro y desear esa presencia? ¡Ven Señor Jesús, ven y abre nuestros ojos, llénalos de luz para que podamos ver tu divino rostro! Hace poco leí en un libro el testimonio de una señora invidente llamada Dolores que decía: «Soy invidente. A los 12 años mis padres me internaron en la obra de «Santa Lucía». Allí recibí todo lo que ahora soy. Tengo fe, humor y alegría. Siempre estoy cantando o tarareando alguna que otra canción y a punto de reírme y ofrecer una sonrisa. A veces me pregunto: «qué hubiera sido de mí sin la ayuda de la fe y sin la alegría que siento en mi interior, ante la infinidad de dificultades de todo orden que he debido soportar y superar, siendo invidente desde tan joven?». ¡Esta mujer ve con mucha más claridad que mucha gente de nuestro tiempo! 

Si queremos disfrutar de la luz que nos trae la salvación, necesitamos abrir los ojos y vivir en la atmósfera de este salmo de confianza, que comienza con el primer párrafo en el que el escritor sagrado deja ver que ha perdido todo temor. Solo cuando se tiene la luz deja de haber temor alguno que nos invada o moleste y es cuando se puede ver con claridad y tener el coraje de arriesgarse, sufrir y vencer, como Dolores y muchos más que, como el salmista, con la luz del Señor, encuentran el equilibrio entre los altibajos de la vida real. El salmista «abre los ojos de su corazón agradecido» y conversa consigo mismo acerca de sus privilegios (vv. 1-6); conversa con el Señor acerca de sus problemas (vv. 7-12) y conversa nuevamente consigo mismo acerca de la perseverancia (vv. 13-14). En Adviento vamos de camino y vivimos a la espera. El salmista nos dice: «Ármate de valor y fortaleza y en el Señor confía». Seamos tan valientes como lo fue María, pidámosle a Ella que sostenga con la claridad de su «sí» nuestro vacilante y a veces ciego corazón, en una anhelante y paciente espera de la llegada del Señor que viene a abrir nuestros ojos, conforme a nuestra fe, como a los dos cieguitos del Evangelio de hoy. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

viernes, 30 de noviembre de 2018

«El cambio, una nueva oportunidad»... Un pequeño pensamiento para hoy


Se acaba el penúltimo mes del año y se acaba, para México un periodo en su historia, y esto hay que tomarlo en cuenta, porque nuestra historia de salvación se construye dentro de la historia de cada pueblo y nación, esa historia que abarca todas las áreas de la persona y de una manera especial el campo de la política, recordando que el hombre es, como decía Aristóteles, un «zoon politikon», en español: «animal político o social», haciendo referencia al ser humano, el cual a diferencia de los animales posee la capacidad natural de relacionarse políticamente creando sociedades y organizando la vida en ciudades-estado. En México, el último día del gobierno de Enrique Peña Nieto, deja un pedazo de la historia que repercutirá para bien y para mal en la vida pública del México contemporáneo que a muchos nos toca vivir. ¿Quién puede evitar hablar de política este viernes si estamos «ad portas» de un nuevo estilo de gobierno con Andrés Manuel López Obrador, un hombre a quien, según las encuestas, el 90% de los mexicanos sí lo conoce bien. A estas alturas los mexicanos comentamos muchas cosas de lo vivido y de aquello que imaginamos cada quien que iremos a vivir. Son muchos los comentarios que se escuchan, son tantas las cosas que se comentan, son innumerables los «memes» que circulan... 

Lo cierto es que si quien opina —hablando, escribiendo o «memeleando»—, en este y en todos los países del mundo no se compromete a ser un hombre y una mujer nuevos cuando hay una oportunidad de volver a empezar, la historia no irá a metas más altas de desarrollo en ningún sentido, porque no habrá nadie que, como arte de magia, venga a cambiar una vida, una sociedad pensante, un país. Las estadísticas (Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social «Coneval») dicen que el nuevo presidente recibe México con casi 55 millones de personas pobres y habla de una pobreza obviamente material. Yo me pregunto: ¿y la pobreza espiritual del mexicano, hasta dónde ha llegado en los últimos años? ¡Es inmensamente mayor que la económica! Y no culpo al gobierno saliente, ni espero el remedio del gobierno entrante, sino creo que es un momento clave de hacer lo que «Andrés», pero San Andrés el Apóstol que hoy celebramos en la liturgia. El fragmento de la carta a los Romanos que leemos hoy, en esta fiesta (Rom. 10,9-18), nos recuerda que nada ni nadie puede quedarse sin el anuncio del Evangelio, conforme a la voluntad de Cristo, nuestro Dios y Salvador y habla de la voz de los mensajeros, que debe resonar en el mundo entero y esa voz, ese mensaje de salvación, empieza a resonar cuando salimos de nosotros mismos, de nuestra zona de confort porque tenemos a Cristo y no nos lo quedamos sólo para nosotros, sino lo damos a los demás (Mt 4,18-22). Mientras muchos permanezcan ligados a sus egoísmos, ninguna estrategia de cambio funcionará. 

El que no conoce a Cristo, pero al verdadero Cristo, al Cristo de la Escritura que muchos ignoran; el que trabaja desplazando a Cristo de su vida y de la escena social; el que trabaja y negocia al margen de Cristo y de los criterios del Evangelio, no puede arrogarse para sí, el título de hijo de Dios y de cristiano, pues todo lo que haga para que el mundo sea más recto y justo utilizando la violencia y la destrucción de los que considera malvados, en lugar de salvarlos estará indicando que en lugar de ser hijo de Dios es hijo del autor y padre de la mentira, del pecado y de la muerte. No podemos hacer relecturas del Evangelio conforme a nuestros criterios según los gobernantes en turno. No podemos justificar nuestras injusticias interpretando la Escritura a nuestra conveniencia según nos vaya a ir bien o mal. El Señor nos pide fidelidad a Él, mediante la doctrina transmitida a nosotros por medio de los apóstoles y sus sucesores. Ellos, como Andrés, no se guardaron las cosas para sí mismos, sino vivieron lo que el Papa Francisco llama «Una Iglesia de salida». Si queremos realmente trabajar por la salvación de los demás aquí en México y en el mundo entero, aprendamos a conocer a Cristo y a llevarlo a los demás, como hizo San Andrés y vivamos, con gran amor, nuestra fidelidad a su Iglesia. La Escritura dice que Andrés «encontró primero a su hermano Simón, y le dijo: “¡Hemos hallado al Mesías!”» (Jn 1,41). La Madre de Dios y Madre nuestra —La «Esclava del Señor»— no quiso otra cosa que cumplir con su vida la voluntad de Dios: y después de que se manifestó al arcángel, anunciándole que sería la Madre del Mesías, se encaminó presurosa con sencillez a compartir el gozo en el servicio y en el animar a quien lo necesitaba: una mujer mayor para vivir un embarazo, una casa en donde el marido había quedado mundo, un hogar que necesitaba escuchar palabras de aliento. Conducidos por su ejemplo y ayuda y haciendo como San Andrés, experimentemos asimismo las delicias del triunfo de Dios en cada uno no por un cambio de gobierno en este o cualquier otro país, sino por el cambio constante que Cristo puede dar al corazón que se deja amar, cautivar y amar por Él. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

viernes, 23 de noviembre de 2018

«Toma este librito y cómelo»... Un pequeño pensamiento para hoy

Una de las acciones que más llenan el corazón y la vida de todo discípulo–misionero de Cristo, junto al amor a Jesús Eucaristía, que es el mismo Cristo del Evangelio, es la escucha y la recepción de la Palabra de Dios y, una de las tareas más bellas y comprometedoras, es el anuncio de esa misma Palabra. Esta es la tarea del misionero, y, el misionero, como dice el Papa Francisco, es aquel «que se hace servidor del Dios-que-habla, que quiere hablar a los hombres y a las mujeres de hoy, como Jesús hablaba a los de su tiempo, y conquistaba el corazón de la gente que venía a escucharlo desde cualquier parte y quedaba maravillada escuchando sus enseñanzas» (Discurso del 1 de octubre de 2015). Algunos definen a los misioneros como obstinados, audaces, abnegados, llenos de coraje y entrega que van a los lugares más castigados del planeta, poniéndose siempre del lado de los más pobres, cumpliendo su vocación y la llamada de la misión fuera del lugar que los vio nacer. Hace 39 años, en un día como hoy, la beata María Inés Teresa consolidaba un proyecto que Dios había puesto en su corazón y nacía oficialmente el instituto de los «Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal» con un grupito de jóvenes que sintonizaban con ella en el anhelo misionero de llevar a Cristo a cuantos corazones hay en el mundo entero para «que todos le conozcan y le amen». 

No es casualidad que el texto del Apocalipsis que hoy nos presenta la lectura de la palabra (Ap 10,8-11) nos narre el gesto simbólico del ángel que ofrece a Juan «un librito abierto» para que lo coma y lo devore. Éste así lo hace y experimenta en él mismo los contrarios sabores de la dulzura y la amargura. Similar gesto consta en la profecía de Ezequiel (Ez 3,1-2) y en la condición de ser y quehacer de cada misionero de Cristo y de cada uno de los discípulos–misioneros conscientes del encargo misionero recibido desde el bautismo. Recibimos gratis la Palabra de Dios, la aceptamos y la digerimos, para hacerla nuestra y llevarla a los demás. Hoy, en este texto encuentro una sencilla imagen para repasar mi vida misionera y agradecer esta vocación de anunciar el mensaje restaurador de Dios gracias al «Sí» de una santa mujer que no conoció fronteras de ninguna clase que sabía que el misionero es ante todo un enamorado de Jesús Eucaristía a quien anuncia a través de la Palabra divina y a quien adora con la humanidad entera en su presencia sacramental, sobre todo a la hora de celebrar la Santa Misa. El misionero, desde la visión del corazón sin fronteras de Madre Inés, es alguien que está lleno de la Escritura, para descubrir en ella el misterio del plan de Dios sobre el mundo, a fin de ser capaz de hacer nuevas aplicaciones en función de la realidad presente que va atravesando la humanidad, así lo revelan muchas de sus cartas, no solo las enviadas a los Misioneros de Cristo sino al resto de la familia misionera por ella fundada. 

Esto es lo que hace san Juan, que vuelve a tomar pasajes del Antiguo Testamento, se nutre de ellos, los asimila y aclara con ellos las cuestiones contemporáneas. La Palabra de Dios, contenida en el Libro Santo, tiene aspectos maravillosos, dulces, reconfortantes algunas veces y difíciles, duros, exigentes. Es dulce porque revela al misionero el sentido de su llamada por ser un elegido, pero también es amarga, porque pone al descubierto los pecados, las insuficiencias, la miseria, que sacude la tibieza y la cobardía al ser enviado. El misionero no tiene que buscar el hilo conductor de lo que «va a suceder», esta es una curiosidad ilusoria, el misionero está seguro de la presencia de Dios en el acontecer de la historia porque en el contacto con esa misma Palabra sabe que debe nutrirse en la «casa de oración» (Lc 19,45-48) para sintonizar, cada día, con el modo de pensar y de actuar de Dios. El espacio y el tiempo sagrado constituyen, para todo discípulo–misionero, un espacio fundamental para encontrarse de corazón a corazón con el Dios que le ha llamado y le ha enviado. Madre Inés dejó como patrona principal de los Misioneros de Cristo a la Santísima Virgen de Guadalupe, así que a ella, hay que encomendar a cada uno de los misioneros el día de hoy y pedirle a Dios, por su intercesión materna, por esta obra para que, cada uno de sus miembros obtenga la gracia de vivir lleno de su amor en el lugar donde se encuentre, colaborando a que en medio de el ir y venir de este mundo, que parece a veces desbocado por tantos intereses, conozca y ame al verdadero Dios por quien se vive. Me felicito y los felicito, hermanos Misioneros de Cristo. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

viernes, 16 de noviembre de 2018

«Agradecer el regalo del amor»... Un pequeño pensamiento para hoy


Anoche, cuando ya casi eran las once, vi la noticia que la madre Martha Gabriela, superiora general de nuestras hermanas Misioneras Clarisas en la que nos comunicaba que la madre Julia Meijueiro había sido llamada a la Casa del Padre. La madre Julia fue la anterior superiora general de nuestras hermanas. A ella me unían lazos muy especiales desde allá por los setentas en que la conocí siendo yo Vanclarista. En agosto pasado compartí la Eucaristía con ella y otras hermanas en la capillita de Pisoniano, la casita muy cerquita de Roma en donde pasó sus últimos meses en este mundo. Me sorprende hoy en la liturgia de la Palabra la lectura de la segunda carta del apóstol san Juan (2 Jn 4-9) que dice: «Pongan, pues, atención para que no pierdan el fruto de sus trabajos y puedan recibir la recompensa completa»... es que repaso, desde anoche, que hablaba con Toñita —la hermana de madre Julia, mamá de la hermana Henna, con cuya familia estoy muy cercano— muchos aspectos de la vida de esta maravillosa mujer con un corazón tan grande que podía albergar muchos, muchos más y encuentro eso, frutos, muchos frutos de diverso tipo en alguien que, desde jovencita, se desposó con el Señor. 

El escritor sagrado nos dice que «Dios se encarnó», una cuestión capital de nuestra fe. Hoy pensando en madre Julia me detengo a contemplar esta verdad y elevo a Dios la oración del Oficio de Difuntos que nos sugieren los diversos rituales y devocionarios de la familia inesiana. El Señor Jesús tomó nuestra condición de hombres hasta la muerte. Él vino a vivir las alegrías y penas de cada hombre y mujer muy de cerca, desde la intimidad del corazón. Él nos ha querido salvar de nuestros pecados, cargando sobre sí nuestras faltas. «Yo soy el Camino» (Jn 14,6), decía Jesús. El camino del encuentro con Dios: el evangelio como norma de vida, la Eucaristía como alimento, el silencio ante el Sagrario, el rostro de nuestros hermanos en la comunidad para servirles, el desgaste en el trabajo diario, el gozo de llevar a la familia al encuentro con Cristo, la caridad con todos, ese mandamiento que tenemos desde el principio, amarnos unos a otros... El camino hacia el Padre es Cristo con todo eso que nos deja y que se hace plan de vida para cada uno de nosotros en nuestra propia condición de vida. Cuando a Jesús le preguntaron cuál era el mandamiento más importante, contestó que el del amor: «amar a Dios y amar al prójimo» (Mt 22,36). Según lo que leemos hoy en esta segunda carta de Juan, «éste es el mandamiento que debe regir nuestra conducta». Podemos detenernos un momento y agradecer el regalo del amor, de ese amor que muchos recibimos en madre Julia y que llega, de parte de Dios en almas como la suya, con pequeños detalles que no hacen mucho ruido pero que calan y se quedan grabados en lo más hondo del corazón. 

Ese Jesús, que es el «Camino» y al que recibimos con fe en la Eucaristía. Ese Jesús es el que será nuestro Juez como Hijo del Hombre, y él nos ha asegurado: «el que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Jn 6,54). Ese Jesús es el que nos invita a hacer memoria, en el Evangelio de hoy (Lc 17,26-37) de las intervenciones de su Padre Dios en el pasado y desde ese recuerdo dar consistencia y solidez a la propia vida para comprender que el tiempo presente es el ámbito de realización de la salvación para sí mismos y para los demás. La vida pasa pronto, más pronto de lo que esperamos quizá, y está ligado a una tarea que debemos realizar. Para responder adecuadamente a ese don y a esa tarea que se nos ha dado, se exige de nosotros un compromiso en el que estamos obligados a empeñar toda nuestra fuerza y nuestra actuación conforme lo que Dios nos va pidiendo. Me viene a la mente la carita sonriente de madre Julia, ya enferma y como superiora general, llevando, en aquel venturoso ‎21 de abril de 2012 llevando —acompañada de Paquito, el niño del milagro— la reliquia de nuestra madre fundadora, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, con unos ojos tan brillantes como recibiendo la mirada divina sobre su vida y las nuestras. Pensando en madre Julia y por supuesto en la liturgia de la Palabra del día de hoy, que siempre ilumina cada paso que damos, debemos tomarnos, pensando en Cristo como nuestra única realidad, muy en serio lo único que tenemos: la vida. Y la vida este momento presente del que disponemos ahora. Unos minutos más tarde puede suceder cualquier cosa. Pero la vida es como la arena de la playa. Si la pretendemos guardar egoístamente para nosotros se nos escapa entre los dedos. Sólo hay una forma de disfrutarla y gozarla: compartiéndola con los hermanos. Compartiendo «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de las personas de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (Gaudium et Spes, 1). Porque el día del Hijo del Hombre está pronto y tendremos que dar cuenta de lo que hemos hecho con nuestra vida y con la de nuestros hermanos. Descanse en paz la madre Julia Meijueiro Morosini. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

viernes, 9 de noviembre de 2018

«Templos de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy, 9 de noviembre, la Iglesia celebra la «dedicación de la basílica de Letrán», la catedral del Papa y, en cierto modo, la madre de todos los templos del mundo. En todas las civilizaciones, en todas las culturas de las que tenemos noticia, aparece, con toda certeza, como un lugar muy especial, el templo. El hombre es un ser sociable y sensible, un ser necesitado colectiva y materialmente de un lugar donde acercarse a Dios, un lugar en el que su Dios reciba culto y donde pueda pacífica y serenamente hablar con él. ¡Cómo no valorar los templos acogedores, limpios, aptos par respirar la conciliación, esos espacios envueltos en silencio, alejados de griteríos y alborotos que restauran la paz del corazón puesta a prueba por la agitación cotidiana! Por eso los judíos amaban su templo con verdadera devoción. Estaban orgullosos de su esplendor y de su grandeza. Era la morada tangible y visible de Yahvé, el lugar donde se guardaba el Arca de la Alianza, el sitio en el que se sentían protegidos; era la expresión plástica de la nube, signo concreto de la presencia divina en el monte, o de la tienda, signo concreto de su presencia en el duro caminar por el desierto. 

A veces hay templos más famosos que otros, de hecho muchos piensan que la catedral de Roma es San Pedro del Vaticano, pero no; es San Juan de Letrán, un edificio material dedicado al Salvador, que nos recuerda, iluminados por esta fiesta litúrgica, que no podemos quedarnos tanto en la contemplación de los edificios, de los templos materiales, como de los hombres. De los hombres que son —para todos los cristianos— el auténtico templo de Dios, es decir, el lugar de la presencia de Dios, porque el lugar preferencial de la habitación de Dios es el corazón del hombre. En primer lugar, el Hijo del Hombre, Jesucristo; pero también cada cristiano, cada hombre. Por eso hoy san Pablo nos dice (1 Cor 3,9b-13.16-17) que también nosotros somos templo de Dios, construido sobre el cimiento de Jesucristo y que si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él: porque el templo de Dios es santo y ese templo somos nosotros. Ningún hombre puede ser considerado solamente como un instrumento, una cosa, un productor o un objeto de placer para sí mismo ni para nadie. Cada hombre y cada mujer es «sagrados», es templo de Dios. Merecedores de todo amor, de todo respeto, de toda comprensión. 

En definitiva, esta fiesta nos recuerda que lo que acerca a Dios es Jesucristo y la comunidad viva. El Evangelio de hoy nos lo muestra muy bien (Jn 2,13-22). Jesús, ante el desbarajuste del templo de Jerusalén, no se limita sólo a expulsar a los vendedores, va mucho más allá, les dice que, si quieren, derrumben todo aquel edificio, porque lo que es realmente importante, lo que acerca realmente a Dios, no son aquellas magníficas piedras sino el mismo Jesús. Él, con su fidelidad hasta la muerte, con la vida nueva que ha brotado de su cruz, es el único que nos une con Dios definitivamente, el único que acerca la humanidad a la vida divina. No son las piedras, no son los sacrificios materiales, no son los ritos: es sólo Jesús, es sólo la buena noticia de Jesús. En el templo nosotros, los católicos, encontramos a Jesús Eucaristía, que es como la nube que acompañaba al pueblo de Dios a través del desierto y como la columna de fuego que señalaba el camino en medio de la noche profunda. El valor de la Basílica de San Juan de Letrán «El divino Salvador», nuestra parroquia y todos los Templos del mundo no lo tienen por ellos mismos, sino que les viene porque es el lugar donde se reúne la iglesia, el lugar donde se encuentran, convocados por Jesucristo, los cristianos, las piedras vivas que forman el templo de Dios en torno a Jesús Eucaristía: el Hijo de Dios y de María, el Jesús de Belén y Nazareth, el Jesús de la última cena, el Cristo del Calvario y de la tumba vacía, el Señor Jesucristo de ayer, de hoy y de siempre. Que la Eucaristía de hoy nos haga vivir más intensamente los cimientos de nuestra fe. Que siempre que entremos en cualquier templo al que llamamos «Iglesia», o siempre que pasemos por delante de alguna, se renueven estos cimientos de nuestra fe. ¡Bendecido viernes, acompañados de María, Madre de la Iglesia! 

Padre Alfredo. 

viernes, 2 de noviembre de 2018

«Dales, Señor, el descanso eterno»... Un pequeño pensamiento para hoy


Los cristianos tenemos en nuestras manos la certeza de la muerte, la confianza de que hay una vida eterna que empezará en una nueva etapa en nuestra existencia luego de ese momento crucial, pero a pesar de que muchas veces esta etapa de la vida que ahora vivimos es dura e intimidante, es la única que hemos experimentado. Confiamos en las promesas de Cristo y nos consta, por lo que hemos visto en los que ya han dejado este mundo, que la muerte constituye el último capítulo de la historia de la vida humana y miles de personas visitan estos días los cementerios y los columbarios de las Iglesias reflexionando unos sobre las verdades eternas y otros solamente cumpliendo un ritual marcado por la tradición familiar. ¿Pero qué nos dice la fe cristiana sobre la muerte y la vida? La liturgia de hoy es muy rica, propone tres esquemas diferentes para la celebración de la Santa Misa. Yo ilumino mi reflexión con las lecturas que propone la «Tercera Misa», ya que celebraré la Eucaristía esta tarde. En ella pediré por todos nuestros difuntos, los suyos y los míos, además de hacer una oración por quienes —seguro habrá— nadie ofrece un «sufragio», como se suele llamar a las oraciones por los difuntos. En los Libros Santos se llaman «Novísimos» a las cosas que sucederán al hombre al final de su vida, la muerte, el juicio y el destino eterno: el cielo o el infierno. La Iglesia hace presentes a los «Novísimos» de modo especial durante este mes de noviembre. A través de la liturgia, se invita a los cristianos a meditar sobre estas realidades no solo el día de hoy sino todo el mes.

La segunda lectura de esta Misa (1 Cor 15,20-24.25-28) nos recuerda una verdad esencial de nuestra fe: «Cristo resucitó, y resucitó como la primicia de todos los muertos». Como seguidores de Jesús, creemos en una vida tan maravillosa que ni la muerte la sofoca. Si Dios, quien es el amor absoluto, se encuentra al centro de la vida humana, algo proclamado por la Encarnación, la vida, pasión y muerte de Cristo, entonces toda la vida seguirá abriéndose a lo nuevo, aun después de la muerte, resucitando como Él, por eso «Él tiene que reinar» (1 Cor 15,25). Mientras a nuestros ojos todo avanza y todos viajamos hacia la muerte, los cristianos sabemos que más bien todos caminamos hacia la vida, porque la muerte, «el último enemigo» ha sido destruido y no es la última palabra: sólo lo es, en todo caso, sobre unas dimensiones y una etapa de nuestra existencia. Porque cada uno de nosotros es más fuerte que la muerte: «la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna» (Prefacio de una de las misas de difuntos).

El texto de la primera lectura de hoy (2 Mac 12, 43-46) da por supuesto que existe una purificación después de la muerte. Este libro es uno de los que solamente se ha conservado en griego, por lo que no aparece en la Biblia hebrea y Martín Lutero lo consideró apócrifo, está entre los libros llamados «Deuterocanónicos», por eso con nuestros hermanos separados (esperados) no coincidimos en el tema. La Iglesia nos enseña que muchas almas a la hora de la muerte tienen manchas de pecado que merecen un tiempo de «purgatorio» para purificarse de pecados mortales o veniales, ya perdonados en cuanto a la culpa. Las almas de los justos son aquellas que en el momento de separarse del cuerpo, por la muerte, se hallan en estado de gracia santificante y por eso pueden entrar en la Gloria. El juicio particular les fue favorable pero necesitan quedar plenamente limpias para poder ver a Dios «cara a cara». El tiempo que un alma dure en el purgatorio será hasta que esté libre de toda culpa y castigo. Inmediatamente terminada esta purificación el alma va al cielo. El purgatorio no continuará después del juicio final. Hoy nosotros pedimos por todos ellos, los que están en la «Iglesia purgante» y en la «Iglesia Triunfante». El bellísimo evangelio de hoy (Lc 23,44-46.50.52-53; 24,1-6) presenta tres pasos que hemos de considerar en torno a este tema: la muerte del Justo —el Hijo— en manos del Padre, la sepultura y el anuncio de la resurrección: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí». Jesús es «el que vive», es decir, el Viviente por excelencia. ¿No podríamos decir a los que van al cementerio o a los columbarios hoy: «Sus familiares y amigos no están en las tumbas o en los nichos: ellos viven, están con el que vive»? Bien dice San Agustín: «Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios». Pidamos a Dios, por intercesión de la Virgen María y de todos los Santos, que nuestros difuntos tengan una participación en la felicidad eterna y que nos dé, a nosotros los vivos, la conformidad para poder aceptar su voluntad en nuestra pérdida. ¡Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua! ¡Descansen en paz! Amén.

Padre Alfredo.

viernes, 26 de octubre de 2018

«Agradecer el llamamiento que recibimos»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy San Pablo dice a los Efesios: «Los exhorto a que lleven una vida digna el llamamiento que han recibido» (Ef 4,1-6) y yo gozoso le doy gracias a Dios que ayer me permitió recordar y revivir ese llamamiento al tener la Santa Misa en el Templo en donde por primera vez celebré la Eucaristía. ¡Qué alegría regresar a ese santo lugar en el que mi llamado se consolidó en la vocación sacerdotal! San Pablo me hace agradecer esta mañana de nuevo el don del llamamiento no sólo como un recuerdo hermoso de aquel primer día, sino como una convicción que me ha comprometido como a él, en todo mi ser, y que me ha llevado, desde aquel día a adoptar unos comportamientos muy concretos, muy prácticos y muy aplicables en mi vida misionera. ¡Cómo le pedí al Señor, a los pies de Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás, que toda mi vida sacerdotal se plasme en una entrega concreta, humilde, modesta y pequeña, pero, sostenida siempre por el «Dinamismo Trinitario» de nuestro Dios! La aplicación del misterio a mi vida como sacerdote, pide que pase por este mundo como pide esta sublime vocación a la que sido indignamente llamado. 

¡Qué difícil la tarea de San Pablo en estas palabras que se dirigen no solo al sacerdote! Buscar con esta exhortación la unidad de aquellos primeros creyentes. Pero, que difícil también la tarea del apóstol de hoy. La cuestión sigue siendo difícil también hoy, porque nuestras debilidades y miserias hacen que la Iglesia no esté tan radiante de fe y de amor como debería estar, y que no presente una imagen de unidad como la que San Pablo quisiera. Tenemos una lista maravillosa de motivos por los que deberíamos estar unidos, pero no lo estamos del todo, ni con los otros cristianos ni entre nosotros mismos. San Pablo no nos habla de una mera coexistencia pacífica y civilizada, sino de raíces de fe que sostienen cada vocación específica y se concretan en una convivencia amorosa que construye el Reino y que crea un ambiente de fraternidad y de credibilidad para el mundo. Muchos de nosotros, en la Iglesia, reconocemos en Jesús al Mesías. Pero seguimos, tal vez, sin reconocer su presencia en tantos «signos de los tiempos» y en tantas personas y acontecimientos que nos rodean, y que, si tuviéramos bien la vista de la fe, serían para nosotros otras tantas voces de Dios que fortalecerían más nuestra condición de discípulos–misioneros. 

Desde anoche me he puesto a pensar: ¿Qué espera la gente de hoy de un sacerdote? ¿Qué tiene que ser el discípulo–misionero para el mundo de hoy? Y voy ahora al Evangelio de hoy (Lc 12,54-59). Pienso en aquellas multitudes que esperaban un caudillo poderoso, rodeado de atributos divinos que les resolviera la vida a la carta. Esperaban de Cristo señales eficaces, eficientes y efectivas, una intervención portentosa por parte de Dios y de su Mesías en medio de la diaria historia del pueblo. Jesús los tilda de hipócritas, sabiendo que la hipocresía era el fermento o levadura de los dirigentes religiosos (cf. Lc 12,1). Las multitudes oprimidas habían oído decir que Jesús hacía frente al sistema teocrático de Israel y habían ido en su busca para convertirlo en su líder. Esto les impedía interpretar correctamente los signos claros y transparentes que les iba dando: el Mesías no vino a hacer la revolución al estilo de los hombres, para que otros se aprovechen de la subversión de la sociedad. El Mesías invirtió la escala de valores de la sociedad, pero condicionando su plena realización al cambio profundo de la mentalidad de cada uno: «Y ¿por qué no juzga ustedes mismos lo que se debe hacer?» (Lc 12,57). Es necesario eliminar todo lo que nos enemista con el hermano y cómo cuesta. ¿Cómo se alcanza esa meta? Contando con la propia voluntad positiva y con el río de gracia que el señor nos envía, por eso es necesario que cada uno viva su vocación específica al cien, con la dignidad que el llamamiento merece. El celebrar la Eucaristía en el mismo lugar en donde celebré por primera vez, me ha dejado un tiempo de reflexión y me ha invitado a re-estrenar la vocación. Bernard Lonergan, el eminente teólogo de la segunda mitad del siglo XX y que me sacó las primeras canas en mi vocación, hablaba de cuatro preceptos trascendentales para ser fieles al llamamiento, y creo que cabe citarlos aquí, como un modo de disponernos a leer la vida como Jesús, como María, como San Pablo y tantos más para vivir plenamente nuestra vocación específica. Se trata de decidirnos a ser más atentos, más inteligentes, más razonables y más responsables, de acuerdo a llamamiento que hemos recibido. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

viernes, 19 de octubre de 2018

«No anteponer nada a Cristo»... Un pequeño pensamiento para hoy


Durante tres semanas, mi reflexión personal, que comparto con ustedes en este espacio, será en torno —como todo este año litúrgico en que me centro en la primera lectura de Misa especialmente— en torno a la «Carta a los Efesios». Parece que esta carta, de un matiz más bien contemplativo, fue escrita por San Pablo desde la prisión en Roma, entre los años 61 y 63, es decir, durante la primera cautividad del Apóstol. Desde las grandes epístolas clásicas San Pablo ha profundizado su reflexión y ampliado su horizonte. El pasaje que leemos hoy arranca del versículo 11 del primer capítulo, pues en realidad es ayer cuando deberíamos haber empezado a leer desde el versículo 1, pero, como fue día de San Lucas, la lectura fue otra. Convendría leer en la Sagrada Escritura la introducción (Ef 1,3) y las primeras estrofas (Ef 1,4-6) que se cierran con una fórmula de glorificación a Dios y así entrar al fragmento de hoy (Ef 1,11-14) coronado por una mención a la gloria divina, recordando que Cristo es la fuente de la herencia divina del creyente a quien debemos todo honor y gloria. De aquí la célebre frase de San Cipriano: «Nihil amori Christi praeponer» —«No anteponer nada a Cristo». La parte más alta de la pirámide de todo lo que nosotros podamos amar, la ocupe Cristo. Por encima y antes del amor a Cristo, no ha de haber nada «nihil praeponere». Algo muy fácil de comprender y aceptar, pero no tan fácil de llevar a la práctica en nuestra vida diaria. 

San Basilio, en uno de sus tratados, enseña que «por Jesucristo se nos da la recuperación del paraíso, el ascenso al reino de los cielos, la vuelta a la adopción de hijos, la confianza de llamar Padre al mismo Dios, el hacernos consortes de la gracia de Cristo, el ser llamados hijos de la Luz, el participar de la gloria del cielo; en una palabra, —por Cristo— encontramos una total plenitud de bendición tanto en este mundo como en el venidero...» Y se pregunta el Santo: «Si la prenda es así, ¿cómo será el estado final? Y si tan grande es el comienzo, ¿cómo será la consumación de todo?» (Sobre el Espíritu Santo 15,36). A esto nosotros, como discípulos–misioneros de Cristo Jesús, pudiéramos añadir otras preguntas en relación al tema: ¿Estoy atento y agradezco el esfuerzo misionero que la Iglesia de hoy hace por llevar a todos a Cristo? ¿Me considero solo como un beneficiario de la fe, o como un apóstol —discípulo–misionero—, un participante del proyecto de llevar a Cristo a todos los hombres? ¿Soy solamente un espectador en la vida eclesial o soy un misionero? El mensaje de salvación, la Buena Nueva, debe ser oído (Rm 10,17) y creído (Jn 1,12) primero, para luego ser transmitido con el sello del Espíritu que es quien nos mueve a amar a Jesús y a no anteponer nada a él, sin incluso tener secretos para con Él (Jn 15,14-15) y mucho menos ser hipócritas con Él, como nos enseña el Evangelio de hoy (Lc 12,1-7). 

El discípulo–misionero debe mantenerse fiel al amigo, sin dejar que sus ojos se vayan hacia otros atraídos por el brillo de lo que parece que es oro. Santa Teresa de Ávila, a quien acabamos de celebrar el día 15 decía: «Con tan buen amigo presente –nuestro Señor Jesucristo–, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Él ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero» (Vida, Cap. 22, 6-7.12.14). Ninguna amistad o lazo con una hermosura creada podrá superar el amor que nos une a Cristo. En la Vida de San Antonio leemos: «Su palabra, llena de encanto, consolaba a los afligidos, enseñaba a los ignorantes y reconciliaba a los desunidos: exhortando a todos a no anteponer nada al amor de Cristo» (Vida de San Antonio Abad, nº. 12). Este «no anteponer nada» en el que centro mi reflexión de hoy, debe ser enérgico, rotundo, con la fuerza de lo irrevocable, «marcado por el Espíritu» (Ef 1,13). Si todos, empezando por los predicadores, colocáramos el amor a Cristo por encima de cualquier otro amor, entenderíamos que la vida y nuestra historia personal no es un juego y tiene un gran valor. Nuestra existencia está siempre enlazada con Dios, Aun cuando sus caminos resulten incomprensibles para la sabiduría humana (Is 55,8-9). Hay que luchar por hacer vida esto desde la sencillez del corazón. Fariseos —como los que menciona Cristo hoy en el Evangelio— siempre habrá, y los seguirá habiendo en tanto que nazcan hombres de la simiente pecadora de Adán. No se necesita ser judío para pensar, obrar y hablar igual que los fariseos —porque entre ellos había también gente muy buena—; hay muchos cristianos que son fariseos; como también, muchos más aún, los hay que se glorían de no ser ni judíos ni cristianos, y que... son fariseos. Llevamos latente en nosotros a un fariseo, y sólo en los escogidos y a un cambalache de sufrimientos, nacerá el publicano, el pobre, el sencillo, el humilde que debemos ser. Pidámosle a María Santísima, la «humilde sierva» que no antepuso nada a su Hijo y con ello a los designios divinos que nos ayude. ¡Que tengas un bendecido viernes, para muchos, fin de semana laboral y académica! 

Padre Alfredo.

viernes, 12 de octubre de 2018

«Bendecidos en Cristo por la fe»... Un pequeño pensamiento para hoy


Abraham, que originalmente llamó a Abram, fue un gran patriarca de Israel, y todos sabemos que algo de lo que caracteriza en la Historia de Salvación es la fe. La Biblia describe a Abraham como un hombre que lucha a confiar en las promesas de Dios. Él es «¡el hombre que le creyó a Dios!» (Gal 3,9) y a él Dios le había dicho: «¡En ti serán bendecidas todas las naciones!» (Gén 12,3;18,18;22,18;26,4;28,14). Pero más allá de pensar en una descendencia física como padre de las naciones, se hemos de ir a la dimensión espiritual de este gran misionero en la Biblia. El Nuevo Testamento menciona a Abraham más que cualquier otra figura del Antiguo Testamento, excepto Moisés, y destaca su importancia como un hombre de fe. Por eso San Pablo reconoce la continuidad en el proyecto de Dios. La Biblia de los judíos, el Antiguo Testamento, es también la Escritura sagrada de los cristianos y se refiere a Abraham hoy (Gal 3,7-14) conectado con el mismo evangelio que predicó (Gal 3,8). La bendición llegó a la humanidad a través de Cristo, «el hijo de David, el hijo de Abraham» (Mt 1,1) y todos los que creen en Cristo son los hijos de Abraham, incluso los gentiles. Ellos también son «la simiente de Abraham, y herederos según la promesa» (Gálatas 3,29). De hecho, la fe en Cristo es más importante que la descendencia física cuando se trata de determinar quiénes son los hijos de Abraham en realidad (Jn 8,33). Las promesas de Dios a Abraham y el resto de los patriarcas encuentran su cumplimiento único en Cristo (Hch 3,25-26), que será anunciado a todas las naciones. 

La fe de Abrahán es un modelo para todos. Él era pagano cuando fue llamado a una misión que no terminaba de entender. Pero se fio totalmente de Dios y emprendió una peregrinación, una «aventura» confiando en Dios, la aventura de la fe. Eso es precisamente lo que le hace modelo de quienes creemos en Dios. El Señor no le eligió por sus méritos anteriores. San Pablo, poniendo de ejemplo a Abraham, nos dice que la ley del Antiguo Testamento no salva a nadie si se entiende meramente como un cumplimiento de leyes y de obras externas que no llegan ni a la mente ni al corazón. Incluso los que se salvaron antes de Cristo, se salvaron por su fe, no por el cumplimiento de tal o cual cosa que hasta un corazón desentendidamente frío puede realizar. Por eso el Apóstol nos invita a centrar nuestra espiritualidad no en las cosas meramente cumplidas en ritos sino en nuestra apertura a la gracia de Dios. A nosotros también se nos pide una fe absoluta en Dios, en su Hijo Jesús, una fe que ciertamente comportará obras de fe y una conducta coherente: pero no es la conducta la que nos salva, sino la gracia de Cristo. No llevamos contabilidad de las cosas buenas que estamos haciendo por Dios. Ningún padre o madre de familia llevan cuentas de lo que hacen por sus hijos, así como un verdadero amigo tampoco lleva cuenta de los favores que hace a quien quiere. A nosotros, dice San Pablo, no nos salvará el mero cumplimiento de la ley, aunque seguramente la cumplimos con gusto al hacer vida los mandamientos en nuestro diario vivir, y vaya que lo hacemos con amor, pero, no debemos olvidar la gratuita generosidad de Dios que le da sentido a lo que somos y hacemos como sus hijos. 

El Evangelio de hoy nos recuerda a todos aquellos que acaparaban para sí todo el buen nombre de quien cumple la ley, esos que buscaban prestigio y la admiración. San Lucas nos recuerda que ése era su objetivo al dar limosnas o al ofrecer consejos según esto para hacer algo bueno por los demás (Lc 11,15-26). Cuando se presenta Jesús que da generosamente y no espera nada a cambio, ellos lo tildan de «demonio», de hombre descreído y poseído por el mal. Actuaban así, porque era una manera fácil de desprestigiar y eliminar al oponente. Sin embargo, Jesús los enfrenta con la verdad: sólo se puede hacer el bien en nombre del Dios de la Vida en que se pone toda la confianza. Toda la vida de Jesús revela que Él, lleno de fe, actúa con el poder de Dios para hacer que el bien reine en la humanidad. Todo lo que hace es signo de que el Reino de Dios está presente en medio de nosotros. Por eso el reino de las tinieblas es vencido. Sin embargo, hay que seguir luchando contra el mal porque somos frágiles e inestables y podemos volver a caer. Tener una falsa seguridad en nuestra vida, con respecto a la Salvación, nos puede llevar a volver a caer en las garras de las fuerzas del mal. Por eso, hay que mirar el ejemplo de Abraham y de todos los que, como él, creyeron ya. Nuestra vida de fe no puede convertirse en un simple juego; no podemos adecuarnos a la hipocresía de nuestros tiempos, que en muchos que se dicen creyentes aparece una fe «aparente» que les hace aparecer cercanos a Dios, pero llevando en realidad una vida lejos de Él. Es entonces cuando debemos entender lo que implica vivir de fe como Abraham, como María, como tantos santos. Si hemos hecho nuestra la vida de Dios por la fe, no podemos dejar que se vacíe nuestro corazón; permitámosle a Dios, manteniendo viva esta misma fe, que Él sea quien habite siempre en nosotros, de tal forma que, ocupados por Dios en todo momento, nuestra mente y nuestro corazón, no den espacio para que nuevamente posesión en nuestro interior el autor del pecado. ¡Bendecido viernes, «Día de la Raza»! 

Padre Alfredo.

viernes, 5 de octubre de 2018

«¡Y tú, Cafarnaúm!»... Un pequeño pensamiento para hoy


El hombre es una partecita tan pequeña e insignificante del universo, como un granito de arena en la inmensidad de la playa o una pequeña gota de agua en el colosal mar... El universo existe antes que nosotros y es exterior a nosotros... ¿cómo es que el hombre quiere ser la regla, la medida y el censor de ese universo? El hombre siempre será infinitamente «pequeño» ante el universo y por supuesto ante Dios. Hoy a muchos no les agrada esta idea, pero eso no cambia en nada la realidad: así es que, le guste a la humanidad o no, tiene que reconocerlo. El día de hoy, en el libro de Job, Dios toma la palabra y nos enseña que si Job no podía entender la manera de trabajar de la creación física, ¿cómo podría comprender el carácter y la mente de él como Dios? (Job 38,1.12-21;40,3-5). No existe un criterio o punto de vista mayor que el de Dios por el cual se pueda juzgar todo. Dios mismo es el patrón y marca la pauta para todo. Nosotros somos criaturas y debemos someternos a su autoridad y descansar en su cuidado. La falta de fe en muchas de las personas de hoy, sobre todo gente joven, puede provenir de ahí: de olvidar que somos criaturas y de pensar inicialmente que se puede tener a Dios atado con razonamientos humanos y que, forzosamente ha de obrar de esta manera o de la otra. Dios no actúa como nosotros, él es el Creador y está siempre sumergido, por así decir, en una libertad que nadie le puede condicionar y de una manera que nadie le puede corregir. 

La conducta de Dios, como podemos ver en este pasaje bíblico de hoy, no es reducible a fórmulas humanas. Si muchos de los sabios de este mundo tuviesen razón, Dios estaría en el mismo nivel que el hombre. Por eso ataca Job la sentencia de los sabios diciendo que Dios está por encima de ellos. El proceder de Dios trasciende al hombre y lo que éste último le quiera indicar. El Señor habla a Job desde la tormenta (Job 38,1), subrayando así la grandeza de su poder, por eso Job, al final de todo lo que Dios le dice, adopta una actitud de humilde aceptación: «He hablado a la ligera, ¿qué puedo responder? (Job 40,5). Se queda sin tener que más decir y decide callar. El silencio ante Dios es siempre una respuesta sabia, sin pretender dar respuesta a lo que se sabe que no la tiene, por eso, ante muchas de las cosas que Dios decide hacer en nuestras vidas y a nuestro alrededor, lo mejor es callar, sí, callar como María, que muchas cosas guardaba en su corazón (Lc 2,19.51). Mucha de nuestra gente se niega a ver la luz de la fe y aceptar la acción de Dios y su voluntad. No nos puede extrañar que algunos, incluso de los más cercanos, no nos hagan caso en este tema de las cosas del Señor. A él tampoco muchos le hicieron caso, a pesar de su admirable doctrina y sus muchos milagros. La soberbia humana ha construido una sociedad injusta que se resiste a aceptar el mensaje liberador de Dios. 

La libertad humana es un misterio. Jesús asegura hoy en el Evangelio (Lc 10,13-16) que el que escucha a sus enviados —a su Iglesia— le escucha a él, y quien les rechaza, le rechaza a él y al Dios que le ha enviado. No valdrá, por tanto, en el día del juicio, la excusa tan común que tantas veces escuchamos por aquí y por allá sobre todo en nuestros tiempos con tantas cosas que suceden: «¡Yo creo en Cristo, pero no en la Iglesia!» Claro que sería bueno que la Iglesia fuera siempre santa, pluscuamperfecta, y no débil y pecadora como es. Pero ha sido así como Jesús ha querido ser ayudado, no por ángeles, sino por hombres y mujeres imperfectos. Las ciudades de Corazoín, Betsaida y Cafarnaúm, al nordeste del precioso mar de Galilea, también llamado mar o lago de Tiberíades y lago de Genesaret (en hebreo, כִּנֶּרֶת, Kinéret‎, del hebreo «kinor» debido a su forma de arpa primitiva o lira), delimitan el área en la que más trabajó Jesús. Esas ciudades recibieron mucho... Serían ricas de grandes riquezas espirituales si hubiesen guardado silencio para escuchar. Por eso Jesús prefiere a otras pobres ciudades que callan y escuchan. Aprendamos nosotros a callar y a escuchar, anunciemos el Reino de Dios y sus valores a tiempo y a destiempo (2 Tim 4,2). No perdamos el tiempo en habladurías, ni hagamos a un lado las oportunidades que nos ofrece la vida para que la soberanía de Dios sea una realidad en los corazones y las conciencias que todas las personas que sí quieren escuchar. El Reino nos urge (1 Cor 15,25), nos llama, tiene que ser tarea de todos, pero iniciativa única de Dios que es quien manda y lleva el control. Dispongámonos a ser obreros del Reino con alegría y con disponibilidad, pero también con mucha apertura, con mucha escucha, para que otros accedan a él, con la libertad y la alegría de verdaderos hijos e hijas de Dios. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.