lunes, 25 de abril de 2022

¿Qué nos dijo el Santo Padre a los Misioneros de la Misericordia este 25 de abril de 2022?

En el tercer encuentro con los 450 sacerdotes y religiosos Misioneros de la Misericordia, llamados a ser en el mundo un signo concreto de la misericordia de Dios, el Papa Francisco nos propuso como inspiración la figura bíblica de Rut, premiada por su generosidad y misericordia desinteresada hacia su anciana suegra Noemí. 

Como Misioneros de la Misericordia «perdonen siempre» con generosidad, no guarden «el perdón en el bolsillo» y procuren que quienes se encuentren con ustedes «cambien sus sentimientos» hacia Dios. Tengan «siempre a mano el manto de la misericordia» como los hijos para Noé, «para envolver con su calor a todos los que se acerquen a ustedes para ser perdonados», sepan «ofrecer consuelo a los que están tristes y solos» como Isaías y sean «generosos como Rut, porque sólo así el Señor los reconocerá como sus fieles ministros». Esta es la exhortación que el Papa Francisco nos hizo a los misioneros reunidos en el Aula Pablo VI por tercera vez desde nuestro nombramiento inicial en 2016 en el marco del Jubileo de la Misericordia.

Tras las meditaciones dedicadas a las figuras de Noé y del profeta Isaías, en el centro de los encuentros de 2016 y 2018, en esta tercera cita —la del 2020 se saltó por la pandemia—, al final del encuentro organizado desde el sábado por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, el Papa nos ha propuesto, como inspiración para nuestro ministerio de misioneros, la figura bíblica de Rut, «la mujer moabita que, a pesar de venir de un país extranjero, entra de lleno en la historia de la salvación», por su generosidad desinteresada y su misericordia hacia su anciana suegra Noemí.

El Santo Padre nos reiteró a los misioneros que nuestro ministerio es el «más cercano a mi corazón: ser un instrumento eficaz de la misericordia de Dios». Y que su número aumenta cada año, pero espera que pueda crecer más, e invita a los obispos a «identificar a los sacerdotes santos, misericordiosos, dispuestos a perdonar, para que se conviertan en auténticos misioneros de la Misericordia». Y agradeció al arzobispo Rino Fisichella, presidente del Dicasterio para la Nueva Evangelización, después de su saludo introductorio, porque los Misioneras de la Misericordia «fue una invención suya», porque «vio la necesidad de presencia de ustedes en la Iglesia» para perdonar «sin pasar por tantos tramites».

Subrayó que había querido incluir a los Misioneros en la nueva constitución apostólica sobre el Praedicate Evangelium de la Curia Romana, «porque son un instrumento privilegiado en la Iglesia de hoy, y no son un movimiento que existe hoy y no existirá mañana» y porque «la evangelización se lleva a cabo en particular mediante el anuncio de la misericordia divina».

El Papa nos recordó que Rut, presentada en la Biblia como bisabuela de David, era «una pobre muchacha de origen modesto» que «enviudó muy joven y vivió en un país extranjero que la consideraba una intrusa y ni siquiera digna de solidaridad». La suya era una de las peores condiciones de la cultura de su tiempo: parecía no tener futuro por ser viuda y sin hijos, «marginada, sin apoyo ni defensa». Y decide seguir ligada a su suegra Noemi, que «es viuda, ha perdido a sus dos hijos y es demasiado mayor para tener más». Tras emigrar a la tierra de Moab, decidió regresar a Belén, su país de origen, y tuvo que afrontar un largo y agotador viaje. Noemi, subrayó el Papa Francisco, «siente que Dios no ha sido amable con ella» y ya no quiere que la llamen por su nombre, que significa «mi dulzura», sino Mara, que significa «amarga». A pesar de todo, Rut «decide unir su vida a la de su suegra», diciéndole «sólo la muerte me separará de ti». «Palabras verdaderamente generosas y sobre todo valientes"»comentó el Papa, «porque el futuro que afronta Rut no es ciertamente sereno».

En el viaje a Belén, cada día Rut tiene que ir en busca de comida para vivir, y no es fácil. El Papa Francisco se pregunta: «¿era correcto que la joven Rut, que seguramente habría encontrado otro marido en Moab, se atara a su suegra? Rut», aclara la Biblia, «confió en Dios y actuó por un gran afecto hacia su anciana suegra, que de otro modo habría quedado sola y abandonada». Y será recompensada: «mientras está espigando —recordó el Pontífice— se encuentra con Booz, un noble rico que está bien dispuesto hacia ella. Él reconoce que su generosidad hacia su suegra le confiere una dignidad tal que ya no debe ser considerada como una extranjera, sino como una parte plena del pueblo de Israel».

La pobre mujer extranjera, obligada a buscar el alimento diario, es recompensada por su fidelidad y bondad con abundantes regalos. Las palabras del Magnificat, que María pronuncia, se anticipan en la vida de Rut: «Ha levantado a los humildes [...] ha colmado de bienes a los hambrientos».

El Papa Francisco destacó la gran lección para nosotros: «Rut no es hija de Abraham por sangre», sigue siendo «todavía moabita y así se llamará siempre», pero «su fidelidad y generosidad le permiten entrar con todos los derechos en el pueblo de Israel». En efecto, «Dios no abandona a los que se confían a Él, sino que sale a su encuentro con un amor que recompensa más allá de todo deseo».

Rut revela los rasgos de la misericordia cuando no deja sola a Noemi, sino que comparte con ella su futuro; cuando no se contenta con permanecer cerca de ella, sino que comparte su fe y la experiencia de formar parte de un nuevo pueblo; cuando está dispuesta a superar todos los obstáculos para seguir siendo fiel. Lo que obtenemos es realmente el rostro de la misericordia manifestado en la compasión y el compartir.

La figura de Ruth, nos explicó el Papa, «es un icono de cómo podemos superar las muchas formas de exclusión y marginación que acechan a nuestro comportamiento». En los cuatro capítulos del breve libro emerge «la confianza en el amor de Dios que alcanza a todos» y se revela «que Dios conoce la belleza interior de las personas» aunque no tengan todavía la fe del pueblo elegido, está atento «a sus sentimientos, especialmente a la fidelidad, la lealtad, la generosidad y la esperanza» que hay en el corazón de las personas «cuando son puestas a prueba». Ser generoso, subraya el Papa, «se manifiesta como la opción justa y valiente que nunca debe fallar en nuestra existencia sacerdotal».

El Pontífice nos señaló también que «en el libro de Rut Dios nunca habla», sino que «se comunica precisamente a través» de la joven viuda. «Cada gesto de bondad hacia Noemí, que se consideraba "amargada por Dios", se convierte en el signo tangible de la cercanía y la bondad del Señor». A través de su figura, para el Papa Francisco, «también nosotros estamos invitados a captar la presencia de Dios en la vida de las personas». No es un camino fácil, pero «Dios se pone en marcha para revelar su amor».

Nos corresponde a nosotros, a través de nuestro ministerio de Misioneros de la Misericordia, dar voz a Dios y mostrar el rostro de su misericordia. Depende de nosotros. «Una persona que se encuentra con uno de ustedes debe cambiar, debe cambiar los sentimientos, los pensamientos que Dios ... "Ahora, con este misionero, he entendido, he sentido quién es Dios"».

No olvidemos nunca —subrayó el Santo Padre— que Dios no actúa en la vida cotidiana de las personas con actos impactantes, sino «de manera silenciosa, discreta y sencilla», y se manifiesta «a través de personas que se convierten en sacramento de su presencia». La invitación que el Papa nos hace a los Misioneros de la Misericordia es «alejar de ustedes toda forma de juicio» y anteponer siempre «la voluntad de comprender a la persona que tenéis delante».

«Nunca te detengas en un solo detalle —afirmó—, sino mira la totalidad de su vida. ¡Es una vida que se arrodilla para pedir perdón! ¿Y quién soy yo para no perdonar? «Pero, el canon tal dice esto, que lo otro, no puedo...». Cállate. Tienes a una mujer o a un hombre frente a ti pidiendo perdón, y tú tienes el perdón en el bolsillo. ¿Se quedará en el bolsillo? ¿O la dará su generosidad? «Pero, que no, que hay que ser precisos en el perdón...». No: no eres apto para ser un misionero de la misericordia. Ve a un monasterio cartujo y reza por tus pecados.

«Dios no se detiene en las apariencias», nos recordó el Papa Francisco, «y si juzgara sólo por las faltas, probablemente nadie se salvaría». Pero, ¿quién de nosotros no tiene alguna? No es así como se expresa la misericordia. El Misionero de la Misericordia sabe mirar en el corazón de una persona, donde se esconde el deseo, el anhelo de volver al Padre y a su casa.

Y la exhortación con la que el Papa Francisco se despidió es: «Tengan siempre a mano el manto de la misericordia, para envolver con su calor a quienes se acerquen a ustedes para ser perdonados». Luego ofrece consuelo «a los que están tristes y solos». Y, por último, «sean generosos como Rut, porque sólo así el Señor los reconocerá como sus fieles ministros». Dejando el discurso preparado, finalmente nos relató un diálogo con un confesor:

«Pero, Padre, usted sabe que, en este mundo moderno, con tantas cosas extrañas, tantos pecados nuevos, nunca se sabe, porque lo perdono, pero que tal vez mañana vuelva a pedir otro perdón». ¿Y qué le sorprende? La misma pregunta que Pedro había hecho al Señor, y la respuesta: setenta veces siete. Siempre. Siempre el perdón. No lo pospongas. «No, que tengo que consultar con el moralista...»: no lo pospongas. Hoy. «No, no sé si estás convencido». Pero mira, una persona que te pide perdón, ¿quién eres tú para preguntarle si está convencido o no? Les tomas la palabra y les perdonas. Y perdona, siempre. Por favor, perdona siempre. Con el perdón de Cristo no se juega, no se bromea.

P. Alfredo

sábado, 23 de abril de 2022

Tres cosas que el Papa Francisco dice de los Misioneros de la Misericordia...


El papa Francisco desarrolla en tres puntos, las esperanzas que pone en los confesores para que puedan ser de verdad Misioneros de la Misericordia:

1 – La maternidad de la Iglesia. Antes de nada deseo recordaros que en este ministerio estáis llamados a expresar la maternidad de la Iglesia. La Iglesia es Madre porque siempre genera nuevos hijos en la fe; la Iglesia es Madre porque nutre la fe; y la Iglesia es Madre también porque ofrece el perdón de Dios, regenerando a una nueva vida, fruto de la conversión. No podemos correr el riesgo de que un penitente no perciba la presencia materna de la Iglesia que lo acoge y lo ama. Si faltara esta percepción, debido a nuestra rigidez, sería un daño grave en primer lugar para la fe misma, porque impediría al penitente considerarse incluido en el Cuerpo de Cristo. Además, limitaría mucho su sentirse parte de una comunidad. En cambio, nosotros estamos llamados a ser expresión viva de la Iglesia que, como Madre, acoge a quien se acerque a ella, sabiendo que a través de ella es incluido en Cristo. Al entrar en el confesonario, recordemos siempre que es Cristo quien acoge, es Cristo quien escucha, es Cristo quien perdona, es Cristo quien da paz. Nosotros somos sus ministros, y siempre necesitamos ser perdonados por Él primero. Por lo tanto, sea cual sea el pecado que se confiese — o que la persona no se atreve a decir pero con que lo dé a entender es suficiente— cada misionero está llamado a recordar la propia existencia de pecador y a ofrecerse humildemente como «canal» de la misericordia de Dios. Y, os confieso fraternalmente que para mí es una fuente de alegría la confesión del 21 de septiembre del 53, que reorientó mi vida. ¿Qué me dijo el sacerdote? No lo recuerdo. Recuerdo una sonrisa, y luego no sé qué pasó. Pero es acoger como padre…

2 – El corazón del penitente Otro aspecto importante es saber ver el deseo de perdón presente en el corazón del penitente. Es un deseo fruto de la gracia y de su acción en la vida de las personas, que permite sentir la nostalgia de Dios, de su amor y de su casa. No nos olvidemos de que es precisamente este deseo el que se encuentra en el inicio de la conversión. El corazón se dirige a Dios reconociendo el mal realizado, pero con la esperanza de obtener el perdón. Y este deseo se refuerza cuando se decide en el corazón cambiar de vida y no querer pecar más. Es el momento en que uno se confía a la misericordia de Dios, y se tiene plena confianza en que nos entienda, nos perdone y nos sostenga. Concedamos gran espacio a este deseo de Dios y de su perdón; hagamos que emerja como una verdadera expresión de la gracia del Espíritu que mueve a la conversión del corazón. Y aquí recomiendo entender no sólo el lenguaje de la palabra, sino también el de los gestos. Si alguien viene a confesarse es porque siente que hay algo que debería quitarse pero que tal vez no logra decirlo, pero tú comprendes.. y está bien, lo dice así, con el gesto de venir. Primera condición. Segunda, estar arrepentido. Si alguien viene a ti es porque querría no caer en estas situaciones, pero no se atreve a decirlo, tiene miedo de decirlo y después no puedo hacerlo. Pero si no puede hacerlo, ad impossibilia nemo tenetur. Y el Señor entiende estas cosas, el lenguaje de los gestos. Los brazos abiertos, para entender lo que está en el corazón que no puede ser dicho o dicho así ... un poco es la vergüenza... me entendéis. Vosotros recibís a todos con el lenguaje con el que pueden hablar.

3 – La vergüenza del penitente Quisiera, por último, recordar un elemento del que no se habla mucho, pero que es, por el contrario, determinante: la vergüenza. No es fácil ponerse frente a otro hombre, incluso sabiendo que representa a Dios, y confesar el propio pecado. Se siente vergüenza tanto por lo que se ha cometido, como por tener que confesarlo a otro. La vergüenza es un sentimiento íntimo que incide en la vida personal y que exige por parte del confesor una actitud de respeto y de ánimo. Muchas veces la vergüenza te deja mudo y.... El gesto, el lenguaje del gesto. Desde las primeras páginas, la Biblia habla de la vergüenza. Después del pecado de Adán y Eva, el autor sagrado observa de inmediato: «Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron» (Gen 3, 7). Le primera reacción de esta vergüenza es la de esconderse delante de Dios (cf. Gén 3, 8-10). Hay otro pasaje del Génesis que me llama la atención, y es la historia del arca de Noé. Todo lo conocemos, pero rara vez se recuerda el episodio en el que él se emborrachó. Noé en la Biblia se considera un hombre justo; sin embargo, no está exento de pecado: su estar ebrio nos hace darnos cuenta de lo mucho que él también era débil, hasta el punto de menoscabar su dignidad, que la Escritura 3 expresa con la imagen de la desnudez. Dos de sus hijos, sin embargo, toman el manto y lo cubren para restituirle la dignidad de padre (cf. Gén 9, 18-23). Este pasaje me hace decir lo importante que es nuestro papel en la confesión. Frente a nosotros hay una persona «desnuda», con su debilidad y sus límites, con la vergüenza de ser un pecador, y muchas veces sin lograr decirlo. No lo olvidemos: frente a nosotros no hay pecado, sino el pecador arrepentido, el pecador que quisiera no ser así, pero no puede. Una persona que siente el deseo de ser acogida y perdonada. Un pecador que promete que ya no quiere alejarse de la casa del Padre y que, con las pocas fuerzas que le quedan, quiere hacer de todo para vivir como hijo de Dios. Por lo tanto, no estamos llamados a juzgar, con un sentimiento de superioridad, como si nosotros fuésemos inmunes al pecado; al contrario, estamos llamados a actuar como Sem y Jafet, los hijos de Noé, que tomaron una manta para salvaguardar al propio padre de la vergüenza. Ser confesor, según el corazón de Cristo, equivale a cubrir al pecador con la manta de la misericordia, para que ya no se avergüence y para que pueda recobrar la alegría de su dignidad filial y pueda saber dónde se encuentra. No es, pues, con el mazo del juicio que lograremos llevar a la oveja perdida al redil sino con la santidad de vida que es principio de renovación y de reforma en la Iglesia. La santidad se nutre de amor y sabe llevar sobre sí el peso de los más débiles. Un misionero de la misericordia lleva siempre sobre sus hombros al pecador, y lo consuela con la fuerza de la compasión. Y el pecador que va allí, la persona que va allí, encuentra a un padre. Vosotros habéis escuchado, yo también he oído, a mucha gente que dice: «No, yo no voy más, porque fui una vez y el cura me vareó, me regañó mucho, o fui y me hizo preguntas un poco oscuras, de curiosidad». Por favor, esto no es el buen pastor, este es el juez que cree que tal vez no ha pecado, o es el pobre enfermo que fisgonea con preguntas. A mí me gusta decirle a los confesores: si no se la acoge con el corazón de padre, no vayas al confesonario, mejor haz otra cosa. Porque se puede hacer mucho daño, mucho mal, a un alma si no se cumple con el corazón de un padre, con el corazón de la Madre Iglesia. Hace unos meses hablando con un sabio cardenal de la curia romana sobre las preguntas que algunos sacerdotes hacen en la confesión, él me dijo: «Cuando una persona comienza y veo que quiere tirar algo fuera, y me doy cuenta, le digo: ¡Comprendo!, ¡Esté tranquilo! ". Y hacia adelante. Esto es un padre”.

Artículo tomado de Semilla Cristiana.com

viernes, 22 de abril de 2022

III Encuentro Mundial de los Misioneros de la Misericordia en Roma...

Roma será sede del III Encuentro Mundial de los Misioneros de la Misericordia desde mañana 23 hasta el 25 de abril de este año de 2022. Nuestro encuentro tiene por lema: «El Misionero de la Misericordia: signo de acogida» y se prevé que asistamos más de 400 Misioneros de todo el mundo para participar en las diferentes iniciativas organizadas por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, entre ellas, la Misa del Domingo de la Divina Misericordia y la Audiencia especial con el Papa Francisco.

Este evento, organizado por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, estaba previsto inicialmente para la primavera del año 2020, pero debido a las medidas para contener la pandemia del Covid-19 no fue posible realizarlo. Ahora, este Dicasterio Vaticano encargado de gestionar y animar las actividades de los que somos Misioneros de la Misericordia, puso en marcha esta iniciativa en cuanto le fue posible.

Los Misioneros de la Misericordia somos sacerdotes que prestamos un servicio importante a la Iglesia, especialmente como ministros del Sacramento de la Reconciliación en casos especiales e incluso en los lugares donde la presencia de católicos es más limitada, pues algunos de nosotros recorren muchos kilómetros para llegar a las distintas comunidades. De hecho, los participantes procedemos de una gran variedad de países, como Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, México, Venezuela, Líbano, Filipinas, India y Vietnam. También hay una presencia importante de África: Nigeria, Mali, Malawi, Kenia, Costa de Marfil, Ghana, Guinea y Camerún. En particular, hay algunos sacerdotes de Ucrania, para los que se obtuvo un visado especial para salir del país. Estos sacerdotes proceden de las regiones del oeste de Ucrania: la provincia de Chmel'nyc'kyj, la provincia de Chernivci, la región de Ternopil y Hnizdychiv en la provincia de Lviv. Un gran número de participantes vienen de Estados Unidos y de diversos países de Europa.

El Papa Francisco ha dicho que «ser misionero de la misericordia es una responsabilidad que nos confía porque se nos pide ser en primera persona testimonio de la cercanía de Dios y de su modo de amar». Los Misioneros de la Misericordia tenemos como misión perdonar algunos pecados reservados a la Sede Apostólica. Esto es que además de poder perdonar el pecado del aborto, los Misioneros de la Misericordia podemos absolver los pecados de profanación de las especies —hostias y vino consagrado— de la Eucaristía robándolas o guardándolas para algún propósito sacrílego, el uso de la fuerza física contra el Romano Pontífice, la absolución de un cómplice en un pecado contra el sexto mandamiento —por ejemplo si un sacerdote tiene relaciones sexuales con una mujer o con otro hombre, luego lo confiesa y lo absuelve de ese pecado— y la violación del secreto de confesión.

Los Misioneros de la Misericordia estamos llamados a ser «artífices de un encuentro cargado de humanidad, predicadores convincentes de la misericordia, anunciadores de la alegría del perdón, confesores accesibles, amables y compasivos». Cada uno los Misioneros de la Misericordia hemos sido nombrados de forma exclusiva por el Papa y cada uno hemos recibido, por separado, «la facultad para perdonar los pecados reservados». 

El Encuentro de estos días, después de la bienvenida de Monseñor Rino Fisichella, Presidente del Dicasterio, incluirá una mañana de «talleres», en los que los Misioneros, según su lengua, podremos encontrarnos y compartir experiencias y prácticas pastorales desarrolladas durante la pandemia. Entre otras actividades, los Misioneros de la Misericordia participaremos en la Concelebración Eucarística del Domingo de la Divina Misericordia, presidida por el Santo Padre, el 24 de abril a las 10:00 horas, en San Pedro, y tendremos una audiencia con el Papa el lunes 25.

Entre los ponentes de las diversas conferencias que se ofrecerán durante los días del Encuentro destacan: el Cardenal Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia y el Padre Damián Guillermo Astigueta, Profesor Titular de la Facultad de Derecho Canónico de la Pontificia Universidad Gregoriana.

Padre Alfredo.

* LA FOTOGRAFÍA QUE AQUÍ APARECE ES DEL ENCUENTRO DEL AÑO 2018.

jueves, 21 de abril de 2022

ORACIÓN A JESÚS EUCARISTÍA POR LOS SACERDOTES...


Señor Jesús, presente en el Santísimo Sacramento, que quisiste perpetuarte entre nosotros por medio de tus sacerdotes, haz que sus palabras sean sólo las tuyas, que sus gestos sean los tuyos, que su vida sea fiel reflejo de la tuya.

Que ellos sean los hombres que hablen a Dios de los hombres y hablen de los hombres a Dios.

Que no tengan miedo al servicio, sirviendo a la Iglesia como ella quiere ser servida.

Que sean hombres, testigos del eterno en nuestro tiempo, caminando por las sendas de la historia con tu mismo paso y haciendo el bien a todos.

Que sean fieles a sus compromisos, celosos de su vocación y de su entrega, claros espejos de la propia identidad y que vivan con la alegría del don recibido.

Te lo pedimos por tu Madre santa María, ella que estuvo presente en tu vida estará siempre presente en la vida de tus sacerdotes. Amén 

sábado, 16 de abril de 2022

«Sábado Santo, hacia la Vigilia Pascual»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy es Sábado Santo, tercer día de nuestro Triduo Pascual, un día de silencio y reflexión en el cual conmemoramos a Jesús de Nazaret en el sepulcro y en su descenso al lugar de los muertos. Es un día especial que no podemos considerar como una extensión del Viernes Santo, día en que se rememora la pasión y muerte de Jesús. El Sábado Santo tiene lo suyo, es un día de dolor y tristeza que se destina para el silencio, el luto, y la reflexión. 

Hoy no hay celebración de la Eucaristía. Es un día en el que conmemoramos la soledad de María después de llevar al sepulcro a Cristo, quedando en compañía del Apóstol Juan, de María Magdalena y poco a poco de los demás discípulos. Pueden ser expuestas en la Iglesia, a la veneración de los fieles, la imagen de Cristo crucificado, o en el sepulcro, ya que ilustran el misterio del Sábado Santo e invitan a la contemplación.

Por la noche se lleva a cabo la celebración de la Vigilia Pascual. Dicha celebración tiene tres partes importantes que terminan con la Liturgia Eucarística: Celebración del fuego nuevo, liturgia de la Palabra y liturgia Bautismal. La celebración de la Vigilia Pascual en la noche del Sábado Santo, es la más importante de todas las celebraciones cristianas, porque conmemora la Resurrección de Jesucristo. Esperemos estos momentos de gozo y alegría, acompañando hoy serenamente a María, nuestra Señora de la Soledad. ¡Bendecido Sábado Santo preparándonos para el gozo de la Vigilia Pascual!

Padre Alfredo.

P.D. A partir de este domingo 17 de abril, se suspende el envío del pequeño pensamiento hasta el día 5 de mayo. Me encomiendo a sus oraciones porque debo atender a la reunión de los Misioneros de la Misericordia con el Santo Padre, el Papa Francisco en Roma. ¡Felices Pascuas de Resurrección a todos y no se olviden de rezar por mí! Tal vez esporádicamente pueda escribir algo para compartir.

viernes, 15 de abril de 2022

«El Viernes Santo, Cristo reina desde la cruz»... Un pequeño pensamiento para hoy


La cruz de los cristianos, la cruz de Jesús, es una cruz que nos conduce a la gloria, que es, de por sí, un signo de victoria porque sabemos que el amor de Dios que da la vida, está ya presente en esta cruz. Sabemos también que la corona de espinas que le colocaron los soldados, expresaba la profunda verdad del amor de Dios, la verdad del supremo valor de la vida humana y de toda la naturaleza. Cristo reina desde la cruz.

Jesús clavado en la cruz es transparencia «de quién es Dios», de «cómo es Dios». La fidelidad se encuentra en el corazón de la cruz. El misterio de la cruz no se descubre como quien resuelve un problema. La única clave es el amor gratuito hasta el final. «Uno de los soldados —dice la lectura de la pasión que hoy hacemos (Jn 18,1-19,42)—, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua». Las últimas gotas de vida. Una vida liberada de los estímulos de poder y de estrategias humanas. Hacía un año que, en el desierto, después de la multiplicación de los panes, querían hacerle rey y huyó a la montaña. Pocos días antes, había entrado en la ciudad santa en medio del entusiasmo popular, ciertamente, pero montado en un burrito. En la cruz, liberado de todo falseamiento humano, cobran pleno sentido las palabras que un día dijo en el atrio del templo: «Si alguno tiene sed, que venga a mí, y que beba. Como dice la Escritura, nacerán ríos de agua viva del interior de los que creen en mí». 

Creer en el Dios que se ha revelado en el acto de amor realizado por Jesús en la cruz es una invitación clara a ampliar horizontes. No podemos limitarnos a dar nuestra vida sólo en favor de unos pocos familiares o amigos. La invitación es universal: debemos ser capaces de dar la vida por todos. Como él lo hizo. Con María, al pie de la cruz, agradezcamos su entrega y esperemos con ansia su resurrección. ¡Bendecido Viernes Santo!

Padre Alfredo.

jueves, 14 de abril de 2022

«Jueves Santo»... Un pequeño pensamiento para hoy


La Iglesia conserva en su memoria Los gestos que Jesús hizo en la Última Cena: La institución de la Eucaristía, la institución del sacerdocio y el mandamiento de amor. Estos constituyen el testamento y la herencia que nos ha legado, la tradición que hemos recibido del Señor para que él esté siempre a nuestro lado, como dice la beata María Inés: «hasta que se clausuren los siglos y comience la eternidad». De la fracción del pan, de la eucaristía, nos hablan los tres evangelistas sinópticos, lo mismo que Pablo en la segunda lectura de hoy (1 Cor 11,23-26). En base a eso entendemos que Jesús, este día dichoso, instituyó en sus Apóstoles, el don del ministerio sacerdotal. Juan no dice nada de la fracción del pan pero habla de la institución del mandamiento del amor con el gesto de Jesús lavando los pies a sus apóstoles (Jn 13,1-15). 

Estos gestos significan en el fondo lo mismo. Jesús nos ama hasta el extremo, como se vería en el Calvario al día siguiente y se ha querido quedar para siempre a nuestro lado en el don del sacerdocio, que confecciona la Eucaristía para que nos amemos unos a otros. Lo que Jesús, sumo y eterno sacerdote, anticipa en esta Última Cena con sus más cercanos colaboradores, lo realizaría dolorosamente al día siguiente en la cruz, llevando así hasta las últimas consecuencias el incomprensible amor de Dios a los hombres. El Señor, que tantas veces había actuado, simbólicamente, en favor del pueblo elegido, librándolo de Egipto y de la cautividad de Babilonia, actúa ahora y de manera definitiva en su Hijo y por su Hijo. Jesús es la manifestación del amor de Dios a los hombres hasta el colmo de la muerte y más allá de la muerte. En la resurrección puede comprenderse lo que intuimos por la fe: que Dios nos ama incomparablemente, a lo grande, a lo Dios.

Hay que dar gracias al Padre por esta exuberancia de amor que celebramos. Pero al mismo tiempo también hay que sentirnos llamados a seguir el camino de Jesús, su estilo de actuar, lo que él nos enseña en estos días con su absoluta entrega. Porque si no, si como él no hiciéramos el esfuerzo constante de poner nuestra vida al servicio de los demás, no seríamos dignos de su nombre, no seríamos dignos de participar de su cuerpo y su sangre, no seguiríamos el mandato que nos dejó en el momento más decisivo de su vida: el mandamiento de amarnos como él nos ha amado. Participemos hoy, acompañados de María, la primera discípula–misionera del Señor, en la Eucaristía, con todo el agradecimiento, con toda la fe. Y esta noche, ante el monumento del sacramento, busquemos unos momentos de silencio para contemplar el misterio del amor infinito que nos muestra el Señor. Para poder vivir de verdad de su vida, para poder recibir de verdad la fuerza del alimento de su cuerpo y su sangre, para poder ser de verdad mensajeros de su amor. Y así, hermanos, nuestra fe será viva para celebrar mañana la muerte del Señor que nos salva, y llegaremos llenos de alegría a las fiestas de Pascua. ¡Bendecido Jueves Santo!

Padre Alfredo.

miércoles, 13 de abril de 2022

«La traición de Judas»... Un pequeño pensamiento para hoy


La reflexión que podemos hacer el día de hoy con este pequeño pensamiento, básicamente gira en torno a la misma escena de ayer, solamente que esta vez es san Mateo (Mt 26,14-25) quien nos narra los acontecimientos y pone de relieve algunos aspectos que san Juan no consignó en su evangelio. San Mateo nos narra, en primer lugar, que Judas fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?» Se convinieron en treinta piezas de plata, y desde entonces buscaba ocasión favorable para entregarle. Al final, Judas vende al Maestro. O mejor, se vende a sí mismo. En esas treinta monedas de plata no está el precio de Jesús sino el precio de la dignidad de Judas.

El relato nos dice además que el día primero de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron. «¿Dónde quieres que preparemos la cena de Pascua?» Él les dijo: «Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: “El Maestro dice:  Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa». Jesús sabía que su hora había llegado y no deja de pensar en lo que se acerca. Jesús ha previsto «esta comida» el lugar preciso lo había ya determinado con un amigo... La «Cena», la primera Misa, no es una comida improvisada al azar. Será una «comida pascual» evocando toda la tradición judía. El pan sin levadura evocaba la salida rápida de Egipto en la que no hubo tiempo de dejar fermentar la pasta. Se trata de una comida festiva que queda manchada por la acción de Judas al entregar a Jesús por unas cuantas monedas de plata.

Ahondar en la traición de Judas nos trae la ventaja de que nos remueve el fondo de traición que todos llevamos dentro y nos enfrenta con lo más sucio de nuestro interior. Toda traición hay que ligarla a un proyecto. En la medida en que alguien deje de estar de acuerdo con el proyecto en el que venía o se creía comprometido, no tiene inconveniente en traicionarlo. Por eso, entrar a ciegas en un proyecto o entrar en el mismo sin entender sus principios o su finalidad, es preparar traiciones en cadena.  Un cristianismo sin la claridad que exige el proyecto de Jesús y sin procesos de asimilación del mismo, será una mina de traiciones, desilusiones y amarguras. Aunque justifiquemos la traición, frente a ella nuestra alma quedará siempre herida. Luchemos, tomados de la mano de María, que siempre fue fiel, por no traicionar al Señor nunca. ¡Bendecido Miércoles Santo!

Padre Alfredo.

martes, 12 de abril de 2022

«Los traidores»... Un pequeño pensamiento para hoy

Continuamos sumergidos en este ambiente de Semana Santa, compartiendo, en los evangelios de estos días, los últimos días de Jesús antes de llegar a la escena de su pasión, muerte y resurrección, hechos que celebraremos en el Triduo Pascual. Hoy el relato (Jn 13,21-33.36-38) nos sitúa en un momento de la Última Cena, que debe haber durado un buen rato, como era la costumbre celebrar la Pascua. Ciertamente que es muy difícil llegar a comprender la profundidad de los sentimientos de Jesús en vísperas de su muerte. Y es también muy difícil llegar a saber qué pudo sentir su corazón cuando al hecho inexorable de su muerte se añadía la humillación de la traición de los propios compañeros, porque hay que recordar que no solamente Judas lo traicionó, Pedro lo negó y los demás prácticamente desaparecen de la escena. «Uno de ustedes me ha de entregar... No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces». Jesús anuncia así la traición de Judas y la negación de Pedro.

La palabra «traición» es una palabra muy dura. Casi no la usamos en nuestro vocabulario. Hemos buscado insinuaciones como debilidad, error, distancia, etc. Pero ninguna de estas palabras tiene la fuerza del término original. Hablar de traición supone hacer referencia a una relación de amor y fidelidad frustrada. Sólo se traiciona lo que se ama. Hoy Martes Santo, contemplando a Judas y a Pedro junto a Jesús y leyendo toda la perícopa completa, vale la pena hacerse una pregunta: ¿Estaremos nosotros traicionando a Jesús a quien queremos amar? Me encontré por allí un escrito que habla de las distintas formas en que se puede traicionar a Jesús y aquí lo anoto, pues bien que nos puede servir para reflexionar: «Lo traicionamos cuando abusamos de promesas que no vienen refrendadas por nuestra vida. Lo traicionamos cuando, en medio de nuestros intereses, no tenemos tiempo para “perderlo” gratuitamente con él. Lo traicionamos cuando le hacemos decir cosas que son sólo proyección de nuestros deseos o mezquindades. Lo traicionamos cuando volvemos la espalda a los “rostros difíciles” en los que él se nos manifiesta. Lo traicionamos cuando lo convertimos en un objeto más al alcance de nuestros caprichos. Lo traicionamos cuando damos por supuesta su amistad y no lo buscamos cada día. Lo traicionamos cuando repetimos mucho su nombre pero no estamos dispuestos a dejarnos transformar por él». ¡Cuántas otras maneras habrá!

Jesús había dicho a sus apóstoles que ellos «serían sus testigos y la luz del mundo». Ahora tiene que experimentar la conmoción y el desgarro de la cobardía y traición de ellos, sus más íntimos seguidores. El Señor vive la dolorosa experiencia de la traición, la negación y el abandono de los suyos. Les había mirado y elegido con amor desde «el seno materno», y ahora han manifestado el miedo de vivir el compromiso de esa llamada de Jesús. Dejemos que este Martes Santo la mirada de Jesús nos ayude a descubrir nuestras sombras, nuestras traiciones, nuestras negaciones y dejémonos ver también por María, la Madre dolorosa que asume que nosotros, por nuestro amor a nuestro Redentor, no lo traicionaremos, no lo negaremos, no lo abandonaremos. ¡Bendecido Martes Santo!

Padre Alfredo.

lunes, 11 de abril de 2022

«Jesús y el perfume»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy (Jn 12,1-11) nos presenta algunos de los personajes de las últimas horas de Jesús y nos anticipa el tema de la resurrección con la presencia de Lázaro. El complot contra él se va concretando poco a poco. Los que conocían de cerca a Jesús tenían que imaginarse que algo iba a suceder. Por eso todo lo que él hace en estos últimos días cobra un valor insospechado. También los gestos de los que lo rodean. Como el detalle de María ungiendo los pies de Jesús con un costoso perfume. Y en eso me detendré para la reflexión: en el perfume. Lo que hace María, la hermana de Lázaro es un signo de amor y cariño. Es una manera de decir: aunque otros te desprecien y condenen, para mí eres mi único Señor. Es arriesgado hacer eso con uno que va a ser condenado a muerte. Un interrogante se abre para nosotros. ¿Hasta dónde llega nuestro amor por Jesús y su Evangelio?

Leyendo el relato de hoy vemos que la casa en donde está Jesús, que es la casa de sus amigos de Betania, se llena de la fragancia del perfume que María derrama sobre él. No se trata de una colonia barata sino de un fino perfume de nardo, auténtico y costoso. Sólo el amor auténtico puede producir este derroche de belleza, porque sólo el amor sabe ir a lo esencial, a ese centro en el que la verdad, la bondad y la belleza se manifiestan unidas. Judas, mientras tanto, anda por los márgenes. Cree que da en el clavo porque exhibe una actitud calculadora y un aparente interés por los pobres. Pero hace el ridículo. 

Sólo María de Betania, la que había escogido la mejor parte, sabe lo que toca hacer en este momento, es una experta en ir al centro del misterio. Por eso encuentra el símbolo adecuado en los días previos a la muerte de Jesús. María de alguna manera nos representa a los que queremos a Jesús y lo manifiesta antes de que sea tarde y sólo quede tiempo para las lamentaciones. Ella no es una embalsamadora de muertos sino una perfumadora de vivos. Está perfumando al Jesús que, en su corazón, ya ha resucitado antes de morir. Por eso, la casa se llena de la fragancia de la vida. Hay que preguntarnos: ¿Cómo huele la fe que hoy vivimos? ¿Huele a recinto cerrado, húmedo, miserable? ¿O huele al nardo de la libertad, de la alegría, de la entrega? Perfumar al Jesús que vive hoy es una de las dimensiones más refrescantes de nuestra fe. Vivamos bajo la protección de María, estos días intensamente. ¡Bendecido Lunes Santo!

Padre Alfredo.

domingo, 10 de abril de 2022

«El Domingo de Ramos»... Un pequeño pensamiento para hoy


La Semana Santa, denominada también «Semana Mayor», es la semana que conmemora la Pasión de Cristo. Se compone de dos partes: el final de la Cuaresma —del Domingo de Ramos al Miércoles Santo— y el Triduo Pascual —Jueves, Viernes y Sábado-Domingo—. Es el tiempo de más intensidad litúrgica de todo el año, y por eso ha calado tan hondamente en el catolicismo de todos los tiempos. La Semana Santa es inaugurada hoy por el «Domingo de Ramos», en el que celebramos las dos caras centrales del misterio pascual: la vida o el triunfo, mediante la procesión de ramos en honor de Cristo Rey, y la muerte o el fracaso, con la lectura de la Pasión correspondiente a los evangelios sinópticos —la de Juan se lee el Viernes Santo—. Desde el siglo V se celebraba en Jerusalén con una procesión la entrada de Jesús en la ciudad santa, poco antes de ser crucificado. Debido a las dos caras que tiene este día, se denomina «Domingo de Ramos» —cara victoriosa— o «Domingo de Pasión» —cara dolorosa»—.

El Domingo de Ramos comprende dos celebraciones: la procesión de ramos y la Eucaristía. Lo que importa en la primera parte no es el ramo bendito —aunque mucha gente así lo cree—, sino la celebración del triunfo de Jesús. De ser posible, el acto comienza fuera del templo, en algún lugar cercano, para dar lugar al simbolismo de la entrada en Jerusalén, representada por el templo. Si no hay Manera e hacerlo, se hace una entrada solemne desde el fondo del templo. El rito comienza con la bendición de los ramos. Después de la aspersión de los ramos se proclama el evangelio (Lc 19,28-40), es decir, se lee lo que a continuación se va a realizar. Por ser creyentes, por estar convertidos y por haber sido iniciados sacramentalmente a la vida cristiana, pertenecemos de tal modo al Señor que, al celebrar litúrgicamente su entrada en Jerusalén, nos asociamos a su seguimiento como sus discípulos–misioneros.

El relato de la pasión, que este año es según san Lucas (Lc 22,14-23,56), subraya la grandeza moral y humana de Jesús y a través de la actitud de los personajes de la pasión nos exhorta a la relación personal con Cristo. Es necesario que sintonicemos con Jesús que sufre. Y no para quedarnos sólo con impresiones sentimentales que se vivan en el momento, sino que debemos llegar a una compasión más profunda que nos haga percibir el fondo de la pasión de Cristo, la raíz de su sufrimiento y la novedad exaltante que brota de él. Atentos a la lectura, contemplemos y admiremos, acompañando a María, la Virgen Dolorosa, la figura valerosa de Jesús. Él ha sentido como nadie el dolor moral que pesa sobre las cansadas espaldas de la historia humana; él ha descendido por peldaños de injuria y hostilidad al fondo del pozo, al fondo absurdo y ciego del mal que los hombres hacen a los hombres. Él ha bebido el cáliz hasta la última gota... Él ha asumido todo ese mal de los hombres, se lo ha hecho suyo y lo ha convertido en vida y oración ante el Padre. Vivamos intensamente este y los demás días de esta Semana Santa. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 9 de abril de 2022

«Lo que le espera a Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy


Si volvemos a meditar todos los textos que la Iglesia nos ha ido presentando a lo largo de la Cuaresma, nos daremos cuenta del acercamiento continuo que ha intentado realizar en nuestros corazones, no sólo al Padre, sino a la adorable persona de Jesús. Después de las primeras semanas de Cuaresma, consagradas a motivaciones variadas y profundas sobre el pecado y la conversión, hemos ido entrando en temas más cercanos y entrañables que nos aproximaban a Jesús y nos invitaban a seguirle. Estamos hoy ante la última lectura de Cuaresma en el evangelio (Jn 11,45-56). Estamos ante un texto duro, terrible y muy comprometedor. Ante unos mismos hechos, interpretados de la misma manera, vistos por unos y otros sin posibilidad de engaño ni trampa, unos judíos creen en Jesús y otros deciden darle muerte. La resurrección de Lázaro acrecienta el número de los que creen en Jesús, pero provoca la conjura de los sacerdotes y fariseos contra Él. El Sumo Sacerdote, sin caer en la cuenta, profetiza la muerte de Jesús por el pueblo y esto será el signo de la reunión de los hijos de Dios dispersos por el mundo.

Los fariseos y los Sumos Sacerdotes estaban muy preocupados porque Jesús atraía cada vez más seguidores. Temían que, de continuar así, todos creyeran en él y se pusiera en peligro toda la nación. Por eso llegaron a la conclusión de que era necesario acabar con Jesús. Era preferible que muriera uno sólo, a que peligrara la nación entera. El evangelio de hoy, con estos planteamientos, nos coloca en el punto central de la vida de Jesús: el significado comunitario de su muerte y la razón de la misma. San Juan llega a la convicción de que la doctrina de Jesús era una amenaza para el sistema social instaurado en Palestina por judíos y romanos. Creer en Jesús significaba dejar de creer en el proyecto social dominante. Y si esto sucedía, el Imperio actuaría con todo su poder. Así que la muerte de Jesús fue planeada por los que detentaban el poder; no fue algo accidental, ni algo que hubiera sido querido directamente por Dios. La muerte de Jesús fue el fruto de la libertad de unos líderes que decidieron acabar con la vida de una persona que ponía en peligro sus planes, porque movía las conciencias dándoles contenido crítico y porque sus actos cuestionaban unas estructuras diseñadas para que unos cuantos vivieran bien, a costa de la miseria de muchos. Ante el peligro que corrían si el pueblo se organizaba entorno a las ideas de Jesús, una vida no tenía valor para ellos.

El final del evangelio de este día nos presenta la pregunta de todos, que es saber si Jesús asistiría o no a la celebración de la Pascua. Claro que acudirá y enfrentará allí las consecuencias de ello, de asistir a la Pascua, de vivir como vivió, de haber dicho lo que dijo, de haber sido lo que fue. Queda pendiente sobre Jesús una condena, una acusación, una traición. Queda Jesús con una vida, con una misión cumplida, una comunidad de hermanos. Quedamos nosotros en esta Cuaresma, con un trabajo, una misión. El compromiso se hará realidad en la vida, el sitio y el trabajo que nos corresponde en la historia, ésa que se repite pero que progresa, esa misma Cuaresma de hace años, que vivimos hoy pero que deja unas tareas diferentes a las de ayer. Esta cuaresma debe dejarnos convertidos, transformados, o al menos con ganas de escuchar la Palabra de Dios y actuar en consecuencia, como Jesús. Aunque sigue el dolor, ya podemos entrever la felicidad de la Pascua. Vayamos bajo la protección de María Santísima, la Madre Dolorosa a acompañar a Jesús en estos días. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 8 de abril de 2022

«Los que hemos creído en Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy

En el evangelio de hoy (Jn 10,31-42) nos encontramos de nuevo ante el complot que se trama contra Jesús y que acabará, definitivamente, en su arresto. La figura de Jeremías y su plegaria, en la primera lectura (Jr 20,10-13) evocan un contexto equivalente. Estas lecturas nos llevan a pensar en Cristo sufriente, en Cristo perseguido. Jeremías perseguido, era ya Jesús perseguido. Todo hombre que sufre, como Jeremías, nos ayuda a ver el rostro de Jesús. Un hombre escarnecido, abucheado por la multitud, traicionado por sus amigos, puede hacer que captemos mejor lo que sucedió con Jesús. Todo esto nos ayuda a imaginarnos el clima que se iba desarrollando alrededor de Cristo, y que forzosamente repercutía en su alma. No podemos pensar que se dejara abatir por el desánimo... y sin embargo era un hombre del cual el evangelio mismo deja entrever su hastío y su profunda pena.

Jesús, en el relato que meditamos hoy, no huye de los ataques que sus adversarios le hacen, sino que los afronta. Él está resuelto a convencerlos de que están equivocados. Aun sabiendo que ellos se han escandalizado al oírle declarar que es una sola cosa con el Padre, mantiene su afirmación y les llama la atención sobre las «muchas obras buenas» que el Padre le encomendó y que ha llevado a cabo en presencia de ellos; les pregunta en cuál de todas esas obras encuentran motivo para lapidarlo. Los judíos rechazan que quieran matar a Jesús por sus buenas obras. Si pretenden matarlo es a causa de su blasfemia contra Dios, la cual consiste en su pretensión de hacerse a sí mismo Dios, cuando no es más que un simple hombre. Este es el punto clave para ellos y lo que no pueden entender. Deberían dejarse convencer por las obras de Jesús. Pero sus cabezas están llenas de razones retorcidas y por eso rechazan a Dios en Jesús y acaban matando a Jesús.

Pero nosotros pertenecemos al grupo de los que sí han creído en Jesús. Y le acogemos en su totalidad, con todo su estilo de vida, incluida la cruz. Tal vez en nuestra vida también conocemos lo que es la crisis sufrida por Jeremías, porque no hemos tenido éxito en lo que emprendemos, porque sufrimos por la situación de nuestra familia o de nuestra comunidad de amigos cercanos, tal vez porque en la sociedad en que vivimos nos cuesta luchar contra el desaliento y el mal. Tal vez más de uno de nosotros está viviendo una etapa difícil en su vida y puede exclamar con el salmo de hoy: «Olas mortales me cercaban, torrentes destructores me envolvían». No perdamos la confianza en Dios y digamos con sinceridad: «en el peligro invoqué al Señor... él escuchó mi voz». Caminemos como Jeremías que tuvo confianza en Dios. Caminemos como Jesús, que tuvo esa misma confianza en su Padre. Pidamos, por intercesión de María Santísima que sigamos siendo fieles al Señor. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 7 de abril de 2022

«Artesanos de la vida»... Un pequeño pensamiento para hoy


Estos días tal vez los evangelios que la liturgia de la palabra nos ofrece para reflexionar son, ciertamente, un poco complicados, pero son de una gran profundidad. La llegada a la Semana Santa es ya inminente, y el discurso de Jesús, que hemos estado siguiendo en estos días en el evangelio, se concentra en el tema de la muerte (Jn 8,51-59). Jesús habla de dos tipos diferentes de muerte, como habla de dos tipos diferentes de vida. Podemos llamarlas «física» y «espiritual» pero tal vez los adjetivos confundan; quizá sería mejor decir «humana» y «eterna» aunque tampoco serían definiciones totalmente claras. Jesús afirma que un grupo, los que «guardan su palabra», es decir los discípulos–misioneros —guardar y permanecer son prácticamente sinónimos en san Juan—, «no verán la muerte». El malentendido los lleva a preguntarse cómo podrían no morir si el mismo Abraham murió, y nada menos que él.

Jesús, en este evangelio de hoy, vuelve a llevar el discurso al terreno de su unión con el Padre, de lo que ya nos ha estado hablando en estos días, porque es esa la vida que promete. La no-muerte que anuncia es la vida que da el Padre, y que queda indicada en el signo de la resurrección de Lázaro que realizará ya cercana la Pascua. Esa es la vida definitiva y la muerte también definitiva que dará la comunión o no con el Padre. Incluso los gozos de Abraham al ver realizada la promesa en su vida —«terrena»—son anticipos del gozo definitivo; la promesa realizada de Abraham en Isaac es anticipo del día definitivo del cumplimiento de las promesas en el Hijo de Dios que nos trae la salvación.

La vida que nos anuncia, es en realidad vida divina, porque Jesús comparte eso también con el Padre, por eso puede decir «yo soy», como era el nombre divino en el Antiguo Testamento. Los que lo oyen se escandalizan y pretenden matarlo —lo que no lograrán por ahora porque no ha llegado la hora—. Con esto algo queda patente, mientras Jesús procura la vida de los hombres, estos procuran la muerte de Jesús; Jesús es Hijo del Padre de vida, los judíos que no quieren comprender son hijos del maligno que es homicida. Pero esto es también esperanza para quienes pretenden «guardar su palabra» ya que contamos con la garantía de Jesús que seremos artesanos de la vida. Sigamos acompañando a Jesús con María en estos días previos a su pasión, muerte y resurrección. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 6 de abril de 2022

«La verdad los hará libres»... Un pequeño pensamiento para hoy


Algunas palabras de Jesús producían tal impresión en los judíos, que muchos de ellos fueron creyendo en él. Pero más que una entrega a su palabra, inspirada en una comprensión profunda y efecto de una voluntad decidida, su fe es una adhesión sin más raíces que las de un entusiasmo momentáneo. Por eso Jesús les declara, en el evangelio de hoy (Jn 8,31-42) que no pueden ser sus discípulos sino a condición de adherirse a su palabra con fe absoluta. «Si se mantienen en mi palabra serán de verdad discípulos míos». Quiere decir que la palabra de Jesús es como el espacio vital en que el hombre ha de mantenerse siempre. La palabra de Jesús es como la señal de tráfico para la vida del creyente. La señal única y definitiva. La norma suprema a la cual el creyente apuesta su vida.

Jesús les enseña dónde está la libertad. Porque no son libres los judíos meramente por ser herederos de Abraham —por muy orgullosos que estén de ello—, o por apetecer la independencia de Roma. En su interior, si no pueden liberarse del pecado, son esclavos. Si no alcanzan a poseer la verdad, son esclavos. Si no creen en el Enviado de Dios, siguen en la oscuridad y la esclavitud: «quien comete pecado es esclavo». Y al contrario: «si se mantienen en mi palabra conocerán la verdad y la verdad los hará libres». La verdad los hará libres. Ahí está la profundidad de lo que ofrece Jesús a sus seguidores. Ser libres significa ser hijos, no esclavos, en la familia de Dios. El que quiere hacernos libres es él: «si el Hijo los hace libres, serán realmente libres».

A la luz de esto cabe preguntarnos: ¿Somos en verdad libres interiormente? ¿dejamos que Jesús nos comunique su admirable libertad interior? Jesús fue libre para anunciar y para denunciar. Siguió su camino con fidelidad, con alegría, con libertad interior. Cuando estaba en medio del juicio, era mucho más libre Jesús que Pilato. Celebrar la Pascua, que ya se acerca, es dejarse comunicar la libertad por el Señor resucitado. Como para Israel la Pascua fue la liberación de Egipto. Hay otras preguntas que podemos hacernos el día de hoy: ¿Nos sentimos libres, o tenemos que reconocer que hay cadenas que nos atan? ¿Nos hemos parado a pensar alguna vez de qué somos esclavos? Jesús nos ha dicho también a nosotros que «quien comete pecado es esclavo». ¿Nos ciega alguna pasión o nos ata alguna costumbre de la que no nos podemos desprender? Si andamos mal aún estamos a tiempo de cambiar, tenemos estos últimos días de Cuaresma que no podemos desaprovechar. Pidamos la intercesión de María Santísima para llegar libres a la Pascua. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 5 de abril de 2022

«Contemplar a Cristo en la cruz»... Un pequeño pensamiento para hoy


Todo el capítulo 8 del evangelio de san Juan que estamos leyendo en la misa diaria de estos días, toca de lleno el enfrentamiento de Jesús con el judaísmo oficial. El tema principal de este enfrentamiento es sin duda la lucha acerca de la revelación y estrechamente vinculada a la misma, la cuestión acerca del lugar de la presencia de Dios. Es bastante significativo que tal enfrentamiento haya ocurrido en el templo de Jerusalén, el lugar de la presencia de Yahvé. En el texto de hoy (Jn 8,21-30), Jesús habla de su marcha: «Yo me voy y ustedes me buscarán pero morirán en su pecado». Se trata en primer término, de la muerte de Jesús, de su ausencia completa del mundo. Pero también se trata a la vez de la partida de Jesús al Padre, y este es el aspecto positivo de la marcha, que desde luego sólo la fe puede reconocer. Y así, cuando Jesús se haya ido, se le buscará; para los incrédulos, sin embargo, tal búsqueda será inútil, porque no tendrán más que la ausencia más completa de Jesús; nada más.

La muerte de Cristo en la cruz no solamente es una revelación más de la cercanía salvadora de Dios que no ha dejado nunca sola a la humanidad, sino que es el punto culminante de ese acontecimiento revelador y salvador. Porque justamente esa elevación mostrará que Jesús puede decir con toda razón el «yo soy», ya que la cruz es el lugar en que se ha revelado al mundo de manera más plena y aplastante el amor entrañable de Dios. Jesús se sabe siempre y en todo unido al Padre ¡Precisamente en esta hora suprema el Padre está con Jesús y no le deja solo! «Y no me ha dejado solo» dice el texto de hoy.

Miremos a Cristo en la cruz con creciente intensidad y emoción en estos últimos días de la Cuaresma y en el Triduo Pascual. Le miraremos no con curiosidad, sino con fe, sabiendo interpretar el «yo soy» que nos ha repetido tantas veces en su evangelio. A nosotros no nos escandaliza, como a sus contemporáneos, que él afirme su divinidad. Precisamente por eso le seguimos. Fijemos nuestros ojos en ese Jesús que Dios ha enviado a nuestra historia hace más de dos mil años, y que es el que da sentido a nuestra existencia y nos salva de nuestros males. No entendemos cómo podían ser curados de sus males los israelitas que miraban a la serpiente, cosa de la que nos habla la primera lectura de hoy (Núm 21,4-9). Pero sí creemos firmemente que, si miramos con fe al Cristo de la cruz, al Cristo pascual, en él tenemos la curación de todos nuestros males y la fuerza para todas las luchas. Sobre todo nosotros, a quienes él mismo se nos da como alimento en la Eucaristía, el sacramento en el que participamos de su victoria contra el mal. Caminemos unidos a María santísima en estos últimos días de Cuaresma para celebrar después el Triduo Pascual acompañando a Cristo que se entrega por nosotros y resucita para quedarse para siempre con nosotros. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 4 de abril de 2022

«El relato de la casta Susana»... Un pequeño pensamiento para hoy


La liturgia de la palabra de hoy lunes nos ofrece un texto muy largo y lleno de enseñanza del libro de Daniel (Dm 13,1-9.15-17.19-30.33-62). Se trata de la historia de una mujer llamada Susana y es un texto que definitivamente merece nuestra atención en estos días en que nos acercamos a celebrar la pasión del Señor. Me tengo primeramente en esto para hacer la reflexión de este día. El relato se centra en Susana, una mujer casada, bella y temerosa de Dios. Sus padres eran justos y habían educado a su hija según la Ley de Moisés. Su marido Joaquín era muy rico y tenía un jardín contiguo a su casa. La hermosura de Susana, que gustaba de bañarse en el río cuidada por sus doncellas, levantó deseos lujuriosos en dos ancianos perversos que arman todo un escenario de mentiras sobre Susana en venganza de que ella no quiere entregarse a ellos.

Los dos ancianos, de negro corazón, llevan a Susana a juicio, acusándola de adulterio, pero en medio del juicio que se le hace a Susana, Dios suscita al joven Daniel —su nombre significa «el Señor, mi juez»— para impedir que se lleve a cabo la injusta sentencia castigando al par de ancianos mentirosos. Susana es sentenciada injustamente, como lo será Cristo para vivir su pasión y por eso la liturgia nos pone esta lectura ya casi llegando al Triduo Santo, para que pensemos precisamente en lo que va a vivir Cristo hasta dar la vida. El ejemplo de Susana nos ayuda a pensar en Cristo. La valentía de Susana al resistir al mal, esta vez de carácter sexual, como tantas veces en el mundo de hoy, nos permite ver la tentación de las varias idolatrías a las que nos invita este mundo. La fidelidad a los caminos del bien puede costarnos, pero es el único modo de seguir siendo buenos discípulos–misioneros de Jesús, que es fiel a su misión, hasta la muerte

Por su parte, el evangelio (Jn 8,12-20) nos pone a Cristo como luz del mundo. Quién más quién menos, todos andamos en penumbras, si no en oscuridad. Porque nos falta el amor, o porque no somos fieles a la verdad, o porque hay demasiadas trampas en nuestra vida. En esta próxima Pascua Jesús, quien se entrega a la muerte siendo inocente, nos quiere curar de toda ceguera, nos quiere iluminar profundamente. El Cirio que se encenderá en la Vigilia Pascual y los cirios personales con los que participaremos de su luz, quieren ser símbolo de una luz más profunda que Cristo nos comunica a todos. Este Jesús que camina hacia su Pascua —muerte y resurrección— es el mismo que nos invita también a nosotros a seguirle, para que participemos de su victoria contra el mal y el pecado, y nos acojamos a la sentencia de misericordia que él nos ha conseguido con su muerte. Sigamos avanzando de la mano de María, la mujer de corazón puro, hacia la Pascua. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 3 de abril de 2022

«La mujer acusada y nosotros»... Un pequeño pensamiento para hoy


Entramos ya en la última semana de Cuaresma, el domingo entrante será «Domingo de Ramos», y hoy el Evangelio (Jn 8,1-11) nos presenta a un Jesús valiente que aparentemente está entre la espada y la pared. Los escribas y fariseos lo ponen de frente a la ley para que opte ciegamente por ella condenando así a una mujer adúltera. «Debes elegir —se le dice— entre salvar la ley o salvar al pecador.» Jesús no duda un instante y opta por salvar a la mujer, así se trate de una mujer que ha caído en adulterio. El resto es fácil de comprender: los garabatos en la tierra, el desafío que ahora él mismo lanza a sus acusadores para que dejen correr la ley y apedreen, si así les place, a la mujer; la desbandada general de los «justos», el silencio de la mujer.

Jesús subraya fuertemente la auténtica actitud del cristiano: condenar el pecado —«en adelante no peques más»— y salvar al pecador —«tampoco yo te condeno»—. Estas dos frases que Jesús dice a la mujer acusada nos deben interpelar también a nosotros. El Señor, de ninguna manera es blando ante el pecado, pues éste destruye y esclaviza al hombre, y, por lo mismo, debe ser denunciado y destruido dentro del mismo hombre. Desgraciadamente la palabra «pecado» ya poco dice a la sociedad actual y, en todo caso, viene cargada con recuerdos de un viejo catecismo fundado en el cumplimiento de normas y preceptos, con sanciones y castigos, y la imagen de un Dios justiciero y terrible. ¡Hay mucho que hacer trabajando en la tarea de nuestra conversión y en la conversión de los demás, pues todos somos pecadores!

Como la mujer del evangelio, también nosotros sintámonos comprendidos y amados por Jesús. Sólo aquel que se ha sentido comprendido y amado a fondo se reencuentra a sí mismo y es capaz de comprender y amar. El Dios del cual nos habla Jesús nos mira con amor, nos reanima interiormente, nos renueva a fondo, nos hace más humanos. Examinémonos, pues, nosotros mismos, acompañados de María santísima en esta última semana de Cuaresma y preguntémonos: ¿Nos sentimos comprendidos, amados, valorados por Dios el Padre y por Jesús, el Señor? Dejémonos mirar por Jesús que nos renueva a fondo y nos acoge a su lado. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 2 de abril de 2022

«La entereza del Maestro»... Un pequeño pensamiento para hoy


Jeremías aparece en la liturgia de la palabra de hoy (Jr 11,18-20) como figura de Jesús, un justo perseguido por su condición de profeta valiente, que de parte de Dios anuncia y denuncia a un pueblo que no quiere oír sus palabras. El profeta se da cuenta de «los planes homicidas» que están tramando los que le quieren ver callado. Y se dirige con confianza a Dios pidiendo su ayuda para que no prosperen los planes de sus enemigos: «a ti he encomendado mi causa, Señor Dios mío». Este drama de Jeremías es estremecedor. La suya es una figura patética, por haber sido llamado por Dios para ser profeta en tiempos muy difíciles. Pero prevalece en él la confianza. 

Pero ciertamente para nosotros la figura más importante en estos días de Cuaresma, es la de Jesús, que camina con decisión, aunque con sufrimiento, hacia el sacrificio de la cruz. De nuevo, como en pasajes del evangelio anteriores, es signo de contradicción: unos lo aceptan, otros lo rechazan (Jn 7,40-53). Los guardias quedan maravillados de cómo habla. Los dirigentes del pueblo discuten entre ellos, pero no le quieren reconocer, por motivos débiles, contados aquí no sin cierta ironía por el escritor sagrado: al lado de los grandes signos que hace Jesús, ¿tan importante es de qué pueblo tiene que provenir el Mesías?

Jesús es presentado en este trozo del evangelio como el nuevo Jeremías. También él es perseguido, condenado a muerte por los que se escandalizan de su mensaje. Será también «como cordero manso llevado al matadero». Pero Jesús muestra una entereza y un estilo diferente. Jeremías pedía a Dios que le vengara de sus enemigos. Jesús muere pidiendo a Dios que perdone a sus verdugos. Nosotros hemos tomado partido por Jesús. La Pascua que preparamos y que celebraremos ya pronto nos ayudará a que esta fe no sea meramente rutinaria, sino más consciente. Sigamos en el camino cuaresmal de la mano de María para que todos, niños, jóvenes o mayores, logremos descubrir la persona de Jesús que se entrega por nosotros. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 1 de abril de 2022

«Nada puede ahogar la fuerza de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


Iniciamos hoy un nuevo mes, el cuarto del año y un mes muy especial, pues dentro de éste celebraremos la Semana Santa y pasaremos de la Cuaresma al Triduo Pascual y al hermoso tiempo de la Pascua. Por lo pronto seguimos caminando con la ayuda de las lecturas de la liturgia de la palabra de la misa de cada día que dan pie a las reflexiones que con ustedes comparto.

Hoy en la primera lectura (Sap 2,112-22), el profeta nos presenta cómo las fuerzas del mal, encarnadas en los impíos, quieren ahogar la fuerza de Dios que se manifiesta en la vida de los justos. Este es el conflicto de siempre, que pasa por el mismo corazón del hombre. Este fragmento se dirige directamente a los judíos fieles de Alejandría que son perseguidos y despreciados por los judíos renegados y por los paganos. La Iglesia ve en este texto un anuncio de la pasión de Cristo, el hombre bueno por excelencia y por eso nos pone este pasaje al irnos acercando a la Semana Santa.

Por su parte, el evangelio (Jn 7,1-2.10.25-30) nos habla de la conspiración que se hace alrededor de Jesús. El evangelista nos narra como se va concretando el complot de los que ignoran o atacan a Jesús que dentro de unos días llegará al desenlace. También en el mundo de hoy hay personas que han optado por ignorar a Cristo, o incluso por perseguir toda idea suya. Sus seguidores corren igual suerte. Una sociedad que va perdiendo valores fundamentales, acusa el impacto del testimonio de los creyentes. Los verdaderos profetas son con frecuencia perseguidos. Pidamos al Señor, por medio de su Madre Santísima, fortaleza para dar testimonio de nuestro amor al Redentor. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.