Mostrando entradas con la etiqueta Paz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paz. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de enero de 2024

Lee aquí el mensaje del Papa Francisco para la Jornada de la Paz de 2024... «Inteligencia artificial y paz»


En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, Francisco, entre otras cosas subraya:  «Los notables progresos de las nuevas tecnologías de la información, especialmente en la esfera digital, presentan, por tanto, entusiasmantes oportunidades y graves riesgos, con serias implicaciones para la búsqueda de la justicia y de la armonía entre los pueblos». Para el Papa «la inteligencia artificial debe ser entendida como una galaxia de realidades distintas y no podemos presumir a priori que su desarrollo aporte una contribución benéfica al futuro de la humanidad y a la paz entre los pueblos. Tal resultado positivo sólo será posible si somos capaces de actuar de forma responsable y de respetar los valores humanos fundamentales como la inclusión, la transparencia, la seguridad, la equidad, la privacidad y la responsabilidad».

Añade que «la dignidad intrínseca de cada persona y la fraternidad que nos vincula como miembros de una única familia humana, deben estar en la base del desarrollo de las nuevas tecnologías y servir como criterios indiscutibles para valorarlas antes de su uso, de modo que el progreso digital pueda realizarse en el respeto de la justicia y contribuir a la causa de la paz». Una realidad que trae desafíos éticos, educativos, laborales, en el derecho internacional o en la carrera armamentística. Por ello el Santo Padre espera «que el rápido desarrollo de formas de inteligencia artificial no aumente las ya numerosas desigualdades e injusticias presentes en el mundo, sino que ayude a poner fin a las guerras y los conflictos, y a aliviar tantas formas de sufrimiento que afectan a la familia humana».

Mensaje completo haciendo click aquí

viernes, 17 de abril de 2020

LAS 7 CARACTERÍSTICAS DEL ESTILO MISIONERO DE JESÚS...

1. La certeza de ser amado, llamado y enviado

El Señor «llamó a los que Él quiso» (Mc 3,13) y de ellos «hizo Doce». Jesús toma la iniciativa y nos invita a ser sus colaboradores. Esta convicción vocacional nos llena de serenidad en los momentos difíciles. No por nuestros méritos sino por designio divino. Al llamarnos confía en nosotros y espera nuestra respuesta generosa. Luego pone en nuestras manos su propio proyecto.


2. Participar de su Vida

Los llamó «para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar con el poder de destruir el mal» (Mc 3,13-14). Una traducción más exacta sería: «para ser uno con Él» (cf. Jn 17,22). Esta es la esencia de la vocación misionera: estar unidos a Jesucristo como las ramas al árbol. La oración y la escucha cotidiana de su Palabra constituyen la fuerza invencible de la misión. Hablar con Él para hablar de Él. De otra forma lo único que haremos será predicarnos a nosotros mismos y lo que construyamos quedará sobre arena. Los sacramentos, en particular la eucaristía y la reconciliación, como ríos de gracia, nutren nuestra conversión y nos asocian al Amor capaz de aniquilar la acción del maligno.


3. Testigos de Fraternidad

Somos enviados como Iglesia, nunca solos: «de dos en dos». Porque el núcleo del anuncio consiste en mostrar que somos hermanos y hermanas en el único Padre-Amor. Por eso el mundo no nos quiere recibir, ya que testimoniamos y proclamamos la fraternidad ante una sociedad que nos asegura lo contrario. Esto es también el fin que anhelamos: «que viendo cómo nos amamos, glorifiquen al Padre que está en el cielo» (cf. Mt 5,16). La experiencia de la fraternidad es lo que más necesita nuestra presente humanidad herida. De dos en dos para aligerarnos con el bálsamo de la amistad y ayudarnos a cargar la cruz, para que el testimonio sea válido conforme a la ley judía, sobretodo para estar ciertos de la presencia del Maestro que nos prometió «ahí donde dos o más se reúnan en mi Nombre, yo estaré en medio de ellos».


4. Abandono en la Providencia

Si llevamos dinero la gente nos pedirá dinero. Si ponemos, de hecho, la prioridad en cosas materiales o en capacidades humanas, entonces seremos dependientes de lo que hemos puesto como base. En cambio Jesús nos pide como única condición misionera «no lleven oro, ni morral, ni doble túnica» (Lc 10,4). En otro texto solamente nos permite «las sandalias y el bastón» (Lc 9,3) como instrumentos del Buen Pastor: para caminar con el pueblo a través del desierto y para golpear la roca de donde brote el agua o para conducirlos hasta la tierra prometida separando las corrientes marinas. Si ponemos nuestra prioridad en la Providencia, la gente descubrirá a Aquel que nos cuida «más que a las flores del campo o a los pájaros del firmamento» (cf. Mt 6,26). No es cuestión de dar sino de darse. Los bienes materiales son buenos en cuanto nos ayudan a este fin. El testimonio de una Iglesia pobre y servidora llega más lejos que cualquier sermón. La pobreza evangeliza es aquella que nos separa de la lógica mundana, ligada al tener y al poseer —pues todo aquello a lo que nos apegamos luego nos posee— y en cambio nos acerca más a Dios y a los más necesitados.


5. Instrumentos de Paz

«Cuando entren en una casa, digan "Shalom"» (cf. Lc 10,5-6). Lo que más necesitan las personas es el Shalom: la paz que nada ni nadie puede dar sino sólo Dios. La paz que devuelve la dignidad al hombre degradado o a la mujer maltratada, que no juzga ni condena, que devuelve la esperanza y que hace llorar de alegría. El Shalom que retuerce la escala de valores del mundo y coloca en primer lugar a nosotros, hijos e hijas de Dios, encontrados y perdonados.


6. Fieles en la Cruz

Jesús es consciente que nos envía «como ovejas en medio de lobos» (Mt 10,16). Al mal no se le vence engordándolo más por la revancha. Al mal se le vence a fuerza de bien. Jesucristo, nuestro Redentor, ha puesto sobre sus espaldas el pecado del mundo y lo ha derrotado para siempre. Él ha roto el círculo vicioso del odio. El veneno de la serpiente ha quedado ineficaz y ella ha sido ridiculizada. Ya nada puede hacernos daño y la aparente debilidad de la oveja se convierte en energía regeneradora. La persecución y el mismo martirio, como signos identificadores de la misión de los discípulos de Jesucristo, son fuente de fecundidad inigualable y de paz imperecedera. La tentación de escapar del sufrimiento, a veces también por medio de falsas religiosidades, viene superada por la confianza absoluta en el Crucificado que nos ama hasta el extremo.


7. Profetas de Esperanza

«No tengan miedo…Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20). Esta certeza ilumina toda la misión. El Amor tiene la última palabra en la historia humana, a pesar de nuestros fracasos, incoherencias, traiciones… Cuando Dios nos elige nos toma en serio y nos es fiel. A nosotros nos corresponde simplemente dejarnos guiar por su luz Entregar nuestros «cinco panes y dos peces» (cf. Mt 14,13-21; Jn 6,9) para que se realice nuevamente el milagro del amor multiplicado. Lo peor que puede suceder a un misionero es perder la esperanza, si ello acontece entonces será urgente volver a las fuentes de la Vida. Nada puede apagar nuestro gozo porque tiene raíces de eternidad. Dios es nuestra Fuerza, aún si ya nuestro cuerpo flaquea. El ideal cristiano seguirá siendo la aventura de lo imposible, porque tenemos como ejemplo a la Madre Santísima de Dios que nunca perdió la esperanza. Ella nos acompaña en nuestro diario caminar hacia la eternidad.

Padre Alfredo.

martes, 8 de enero de 2019

«Multiplicar la paz y la justicia»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Qué anhelo tan grande tiene hoy el salmista (Salmo 71 —72 en la Escritura—) de que florezca la paz y la justicia era tras era! Cualquiera de nosotros, como discípulos–misioneros del «Rey de justicia y de paz» interesados por el resto de nuestros semejantes, nos hemos planteado en más de una ocasión esta pregunta: ¿Qué puedo hacer para que haya justicia y paz y con esto mejorar el mundo? En la actualidad, raro es el día en que las noticias no nos incitan a cuestionarnos sobre este tema que nos deja otras interrogantes: ¿cómo puede tanta gente seguir llevando un estilo de vida tan desinteresado cuando hay tanta gente muriendo de hambre y cuando los habitantes de una nación se matan entre sí? ¿Qué se puede hacer ante una situación en donde el color de la piel o la carencia de pasaporte es un estigma que conduce a la muerte? Y la respuesta no suele ser otra que una desconsoladora confesión de impotencia: ¿Qué puedo hacer yo frente a problemas de una injusticia de tales dimensiones que atentan contra la paz exterior y la paz del alma? Por eso muchos razonamos de la siguiente manera: «¡No estoy en condiciones de arreglar nada»!... ¡Falaz razonamiento! 

Aunque cueste creerlo, hay que contestar que sí, que sí estamos en posibilidades de hacer algo. Cristo vino a este mundo, el Rey de la paz y de la justicia se encarno y ciertamente no me pide que logre detener todas las guerras, solo que siembre un poco de amor a mi alrededor, como dice san Juan hoy en su primera carta (1 Jn 4,7-10); no me exige que calme la necesidad de todos los hambrientos, tan sólo que destine una buena parte de mí, de lo que soy, de lo que hago y de lo que tengo a quienes lo necesiten; nadie me obliga a consolar a los millones de seres que necesitan apoyo, únicamente se me pide que ame, que sea un poco de alivio para cuantos están cerca de mí. Nada más me puede exigir el que nació en un pesebre y creció pobre en Nazareth, pero tampoco nada menos. Y con estas acciones conseguiremos hacer recapacitar a los que nos contemplan y quizá cunda el ejemplo multiplicando los panes y los peces (Mc 6,34-44). Dios ha «encarnado» su amor. Ha dado su Hijo al mundo para que a nadie falte la paz y la justicia. Jesús es el amor de Dios por todos. Es el Hijo único, entregado. Único. Entregado. No guardado para sí. Dado. ¿Y yo? ¿De qué soy capaz de privarme, por amor? ¿De qué modo concreto traduzco en obras mi amor por la paz y la justicia? 

En el Evangelio que la liturgia de hoy nos presenta con la escena de la multiplicación de los panes, la invitación del Maestro a que den de comer al pueblo desconcierta por completo a los discípulos. Su bolsa contiene doscientos denarios, en caso de decidirse para comprar pan. Pero Jesús les pregunta por sus propias provisiones, por lo que tienen, por lo que es de ellos, a lo que responden decididos: «quedan cinco panes y dos peces». Naturalmente, los discípulos saben que no pueden saciar al pueblo, como les encarga Jesús: «Denles ustedes de comer». La mirada de ellos y por supuesto también la nuestra, debe dirigirse a Jesús. Los discípulos están ante el pueblo con las manos vacías y ellos tienen algo, poco, pero como se dice: «algo es algo». Jesús puede alimentar a la multitud con eso poco. Así también estamos ahora nosotros delante del mundo, con lo poquito que somos, que hacemos y tenemos, pero podemos entregarlo a Jesús para que él lo multiplique y sacie el hambre de la multitud. Los discípulos —como muchas veces nosotros hoy— se reconocen incapaces de remediar la necesidad. No pueden hacer nada si no interviene el Señor. Sólo pueden reconocer su apuro. Pero esto es necesario, si sólo a los pobres y a los débiles se da el Reino de Dios vamos bien. Dios quiere seguir alimentando a los demás, llevarles la paz y la justicia, por medio de nuestras escasas provisiones. El pan de la paz y la justicia, sólo se multiplicará cuando se multiplique la solidaridad. El papel de la Eucaristía es exactamente éste: hacer crecer la solidaridad en la oración, en el sacrificio por los otros, en el dar lo poquito o lo mucho, haciendo comunión con los hermanos que estén a mi lado, sin distinción de género, de clase y de color. Por eso la eucaristía será siempre una multiplicación de los panes que harán justicia para que reine la paz. Los encomiendo esta tarde en la Basílica, confesando a los pies de la Morenita del Tepeyac ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

miércoles, 3 de octubre de 2018

«Dueños de todo aparentemente»... Un pequeño pensamiento para hoy

Ayer, en esta «Selva de cemento», de diversas formas la sociedad recordó la funesta matanza de Tlatelolco de la que después de 50 años no existen respuestas concretas sobre lo que les pasó a los cientos de desaparecidos en la famosa Plaza de las Tres Culturas. Aquel 2 de octubre de 1968 nos recuerda la falta de verdad en la que vivimos en este país y en el mundo entero. La conocida escritora y periodista Elena Poniatowska es una de las voces de referencia sobre el movimiento estudiantil de 1968 en México. Su libro, "La Noche de Tlatelolco", recoge los testimonios de la matanza de cientos de estudiantes y otras personas que marcó la historia del país. Ella llegó al lugar de los hechos la mañana siguiente de la matanza y consignó lo que luego entregó en sus escritos. Pero, la verdad es que 50 años después, es muy poca la información de lo que realmente sucedió. ¿Por qué pasó eso tan horrible? ¿Cuál es el número de personas detenidas y desaparecidas? ¿Cómo es posible que el hombre llegue hasta estos acontecimientos? Este es un capítulo oscuro en la historia reciente de México y en la historia de la humanidad, un capítulo carente de información y de voluntad para revelar lo que realmente ocurrió. El hombre, en general, ayer y ahora, no vive en paz, la libertad es siempre algo muy relativo. Faltaban 10 días para la inauguración de los juegos olímpicos de aquel año con sede en este mismo lugar y a los pocos días parecía que nada había pasado. 

Las Olimpiadas se desarrollaron bajo un contexto de consternación, tanto atletas mexicanos como extranjeros afirmaban no tener conocimiento sobre lo ocurrido el 2 de octubre, pero según la misma Elena Poniatowska asegura que algunos competidores si se enteraron de la matanza. Al final de aquellos juegos que muchos, aunque éramos pequeños recordamos, México logró 9 escasas medallas, como la de plata en 20 km caminata de José Pedraza, o Felipe Muñoz Kapamás, quien obtuvo la presea de oro en 200 metros pecho en natación, pero ni la gloria que ellos escribieron en la historia del deporte mexicano, pudo reducir el olor a muerte de aquel 2 de octubre de 1968. Leyendo hoy el libro de Job —primera lectura de Misa de toda esta semana— y pensando en las manifestaciones que se dieron el día de ayer recordando aquel nefasto momento, nos podemos preguntar con él: ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué el sufrimiento del justo y del inocente? ¿El Todopoderoso no puede impedir el desamparo y las torturas que se infligen a los inocentes? (Job 9,1-12.14-16). El mal existe. ¡Es inútil huir! ¡Es inútil no querer verlo! ¡Es inútil refugiarse o cegarse para no enfrentarlo! La primera impresión de Job es admirable en alguien que no conocía a Cristo, como hoy lo conocemos nosotros. Job nos enseña que a Dios, no se le piden cuentas. Esta es la confesión de nuestra impotencia radical a comprenderlo todo. El hombre moderno, tal vez más que el antiguo, se siente perturbado por el mal, precisamente porque se ha creído «dueño de todo». Creyéndolo todo explicado no admite ciertos dominios irracionales, puntos oscuros, enfermedades que se le resisten, o avalanchas destructoras. Job reconoce humildemente que la pretensión de saberlo y conocerlo todo es ridícula. ¿Es incomprensible el sufrimiento? Pero, ¡el universo tiene también otras incógnitas! Es el hombre tan pequeño. De «miles» de problemas planteados y de sucesos acontecidos, el hombre ha resuelto «algunos», pero subsiste el misterio, lo desconocido. 

La tierra no es el espacio permanente del ser humano. Todos caminamos hacia la muerte y aquellos que quieran seguir los criterios de Dios se apuntan al mismo destino de Jesús, encarnarse en el Amor para dar el salto a la vida eterna, sabiendo que no hay un lugar en la tierra que esté libre del mal porque el enemigo anda suelto siempre, «como león rugiente, y ronda buscando a quien devorar» (cf. 1 Pe 5,8). Jesús nos dice en el Evangelio de hoy (Lc 9,57-62) que él no tiene casa, ni ciudad, ni pueblo; ni siquiera lo que poseen los animales y que usan por instinto. Él es el que camina, el Hijo del hombre cuya patria no es esta tierra que siempre se debate entre la guerra y la paz. Hoy, al recordar aquel 2 de octubre, del que directamente he escuchado varias veces de mi padre lo que él vivió en aquel día, el «deja que los muertos entierren a sus muertos» me habla y reafirme en una verdad consoladora. El Reino es más que las barbaridades que podamos ver aquí; el Reino es el amor de Dios que desborda todos los estratos de la paz artificial que el mundo quiera construir en nuestra casa común. Por eso, hoy amanezco pensando en la exigencia de Jesús que invita a superar todos los planos de la vida del hombre sobre el mundo. Sólo cuando se haya descubierto este misterio, cuando el amor y el sufrimiento del Reino aparezcan en su hondura transformante y salvadora, se comprenderá el valor del amor y no ofertará simplemente el cariño biológico o cerrado de este mundo, sino todo aquel misterio del amor fecundo y desprendido que Jesús quiso transmitirnos. Descansen en paz tantos muertos, todos esos, como los 43 de Ayotzinapa, los más de doscientos mil en Ruanda, los tantos otros que murieron Armenia, en Camboya, en Ayacucho, en Auschwitz, en Bosnia… en fin. En medio de esta vista tan corta del hombre que a fuerza de sentirse instalado y dueño de todo causa daños tan graves, ayer me fijaba en los ojos de la Virgen Morena con carita inclinada mirando a quienes desde abajo la seguíamos pasando por la banda transportadora en la Basílica del Tepeyac, y sentía esa mirada fija, consoladora, como diciéndonos: Déjense de buscar el sentido de la vida aquí… vean a mi Hijo que sin tener nada en este mundo, nos lo da todo. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

martes, 17 de julio de 2018

«¡Ay de ti, ay de mí!»... Un pequeño pensamiento para hoy

Los conflictos internacionales siempre han existido. Las naciones tienen conflictos por temas como el dinero, los armamentos, la comida, los territorios, las creencias religiosas, los deportes, la política, etc. En un sentido general, parecería que la lista de causas de conflictos entre los pueblos parecería interminable. Un gran conjunto de cosas, en la actualidad, en un mundo cada vez más globalizado modelan y a menudo intensifican conflictos, tanto nacionales como internacionales. Pero, bien sabemos, que la fuente real de los conflictos, no solamente de los internacionales, sino hasta de los más caseros, está en nuestro corazón. Sin profundizar en los datos históricos que nos presenta la primera lectura de la Misa de hoy (Is 7,1-9), notamos, al ir leyendo, que hay un grave conflicto internacional por buscar y querer dominar un cierto territorio, amenazando la dinastía davídica reinante. «Cuando al heredero de David le llegó la noticia... se estremeció su corazón y el del pueblo, como se estremecen los árboles del bosque, agitados por el viento» (Is 7,2). Y, frente a la tensión que se forma entre los que buscan y luchan por el poder, aparece la imagen y la presencia del profeta Isaías con su hijo (Is 7,3) Sear Yasub —cuyo nombre significa «un resto volverá»—, para que le comuniquen al rey Acaz que no tenga miedo, diciendo que quien establece el poder es Dios, quien está encima de cualquier corazón desocupado. 

Ayer, después de casi dos horas a puerta cerrada y una hora más frente a la prensa, se llevó a cabo la cumbre de Helsinki entre Vladimir Putin y Donald Trump, los presidentes de los dos países más poderosos de occidente. Una reunión señalada por algunos como «un día oscuro», para otros representa el comienzo de un esfuerzo mayor para reparar las relaciones entre las dos mayores potencias nucleares del mundo que, de alguna manera, condicionan los destinos del llamado «orden mundial». Las relaciones entre Estados Unidos y Rusia son inciertas, y el mundo sigue agitado... ¿Qué hay en el corazón de estos hombres? Eso marcará el camino a seguir. No hay corazón desocupado —como dice mi madre— todos tenemos luchas, pero estas luchas son mas fáciles de sobrellevar cuando habitamos bajo el amparo del Omnipotente y lo ponemos en primer lugar en la vida personal y comunitaria. «¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No vienen de sus pasiones que combaten en sus miembros?» (St 4,1) pregunta el escritor sagrado y nos da una de las más maravillosas exposiciones acerca de los conflictos y sus causas. Los conflictos revelan, en esencia, nuestra naturaleza caída. Están directamente relacionados con nuestra condición interna, en vez de una circunstancia externa como las que aparentemente se ven en las guerras entre las naciones. De manera que, el ver textos como este de Isaías, nos debe llevar a hablar más de nuestro propio corazón que de cualquier otra causa por más sugestiva y provocante que parezca. El Señor le encomienda a Isaías ir al encuentro de Ajaz con su hijo Sear Yasub para decirle que mantenga la calma, que cesen sus temores, y su corazón no sucumba. 

El Evangelio de hoy (Mt 11,20-24), si lo meditamos con calma, encontramos un contraste con lo que sucede en el fragmento de Isaías. En el Evangelio está un Jesús que propone abrir las fronteras, borrar el horizonte de odios y rencores, y reconstruir —desde el cambio de mentalidad— nuevas relaciones sociales, familiares, fraternas con los de dentro, pero especialmente con los de fuera olvidándose de los problemas «de gallinero». Esto me invita a orar, a decirle a Dios esta mañana: «Padre bueno y siempre desconcertante, que ves al interior del corazón de cada hombre y nos juzgas según nuestra conducta con quienes nos rodean, te damos gracias por todas esas personas que, desde la sencillez de su vida unos y desde cargos públicos otros, intentan ayudar a construir una ciudad nueva, una cultura más humanizada, un orden internacional sin guerras, un camino sin violencias, una política sin corrupciones, un mundo sin poderes abusivos. Gracias Padre, porque eres bueno y nos dejas tu misericordia y comprensión que sana nuestro pobre corazón»... Sí, esa es mi oración porque, con un corazón embotado el hombre actual no sabrá responder al llamado del Señor y seguirá en guerra, en guerra con los demás y condigo mismo. Hoy es martes, y voy a la Basílica de Guadalupe, siempre atestada de corazones que, de esta y muchas otras naciones, vienen a los pies de la Morenita a suplicarle paz, armonía, concordia. Todos llegamos ahí pidiendo a la Madre del verdadero Dios por quien se vive, esa fuerza que se arranca de su Hijo Jesús para salir de las adversidades, para salir victoriosos en el espíritu, para tener la paz que da el buen obrar al agitado corazón de los pueblos y de familias, de las personas y de las instituciones. Porque todo lo que no conduzca a la paz, como nos enseña la liturgia de hoy, merma nuestra razón de ser y existir. Hoy se mencionan en el Evangelio tres ciudades del entorno del lago de Genesaret —Corozaín, Betsaida y Cafarnaún— . Jesús las maldice porque, a pesar de los signos que ha realizado en ellas, no se han convertido. Es curioso, pero ninguna de estas ciudades existe en la actualidad, mientras la pagana Tiberíades, igual en la ribera del lago, goza de una vitalidad y dinamismo grandes, debido al turismo. De las tres mencionadas se conservan sólo algunas ruinas que los arqueólogos van poco a poco sacando a la luz. Visitando los restos de Cafarnaún en enero pasado, un grupo de sacerdotes meditábamos, luego de una conferencia, en las duras palabras de Jesús y yo pensaba —como ahora mismo— en los espacios, personas, comunidad, pueblos concretos en los que Él sigue haciendo muchos signos y, sin embargo... es el gran ausente. ¡Hay mucho por hacer! ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

miércoles, 2 de mayo de 2018

«La comunidad y la paz»... Un pequeño pensamiento para hoy


El mundo en el que vivimos, en cierto sentido, siempre ha sido el mismo, «nada hay nuevo bajo el sol» dice el libro del Eclesiastés (Ecl 1,9). Y a la par de tantas bondades que nos da la vida, del gozo y de la alegría, corren también ambiciones de poder, proyectos deshumanizadores, tradiciones que estancan, estructuras que no admiten revisiones, actitudes religiosas que no van con lo que Dios quiere... Pablo y Bernabé tenían que exponer el mensaje de Cristo y hacer, para ello, una lectura nueva de la Revelación veterotestamentaria (o sea del Antiguo Testamento) en el ambiente del mundo en el que vivían y en medio de una sociedad que se hallaba bajo el cielo de falsas divinidades desconocidas... Las gentes de algunos lugares los recibían con cautela y hasta los expulsaban de algunas ciudades. Pero llenos de entereza se reponían del susto, se marchaban de a predicar en otro lugar y repuestas las fuerzas físicas y espirituales avanzaban sin renunciar a la misión (Hch 14,18-27). 

La Palabra y con ello la Buena Noticia de Cristo, hay que predicarla a tiempo y a destiempo (2 Tim 4,2), aunque sea soportando muchas penalidades. Pero hay que predicar con amor, sin ofender, testificando su verdad con la vida y haciendo de ellos una «invitación» a seguir a Cristo evitando toda clase de fundamentalismo y de imposición; testificando su verdad con la vida, mostrando que en la Palabra de Cristo va la paz del alma, de la virtud, del amor, de la justicia, de la solidaridad. Aunque a Pablo y a los suyos los expulsaban, ellos regresaban con el tiempo al lugar del peligro, de la cruz, porque les urgía la voz del Espíritu, la voz de la Verdad. En el cumplimiento de la misión que Dios nos ha confiado nosotros, como discípulos–misioneros tampoco podemos darnos descanso. El Señor nos ha enviado a todo el mundo para proclamar la Buena Nueva de salvación y tenemos un espacio vital, un aquí y ahora en donde día a día podemos proclamar la Palabra y la Buena Nueva de salvación. Hemos de abrir los ojos ante tantos hermanos nuestros que caminan hoy, como en ese entonces, en tinieblas, y que necesitan que llegue a ellos la Luz, que es Cristo, para que ilumine sus vidas y comiencen a caminar en el bien y en la verdad dándole un nuevo rumbo a la historia de sus vidas. Dios quiere que todos los hombres se salven (2 Tim 4,2); Él nos quiere a todos en su Reino celestial. Jesús se ha convertido para nosotros en el camino para llegar a la posesión de ese Reino que Dios ha preparado para todos los que lo aman y que llena de paz el corazón. 

El tema de la paz aparece varias veces en el Evangelio (cf. Jn 14, 27-31). Jesús deja a los suyos la paz como un regalo de despedida. Por eso, la paz que Jesús ofrece debemos entenderla no como se entiende cuando se habla de paz en el mundo, sino en un sentido pleno y singularmente importante. Como don y como promesa que abarca todo aquello que Jesús reserva a la fe y que fortalece a los discípulos para que, aún en medio de las persecuciones, el corazón se sepa acompañado y cimentado en Cristo. Esta paz no es la que el mundo ofrece; éste tiene su propia manera de hacer la paz y de garantizarla, recurriendo hasta a la fuerza de las armas, una paz radicalmente distinta de la paz de Jesús. La paz de Jesús es don de Cristo resucitado a su Iglesia. «La paz os dejo, mi paz les doy» (Jn 14,27). La paz de Cristo infundida con el Espíritu, es el mayor bien que el hombre puede desear y que Dios puede conceder. Pero esa paz, distinta a la del mundo como digo, no suprime la tribulación, la persecución, los sinsabores de no ser como el mundo ni ir al ritmo de la aparente paz del mundo. El sufrimiento acompaña al discípulo–misionero, como a todo ser humano, pero su sufrimiento puede tener sentido, ya lo vemos en Pablo y Bernabé. Sabemos que es un momento doloroso que conduce al Reino, es decir, a la felicidad total junto a Dios, a la paz plena. Por eso san Pablo a pesar de ir contracorriente y acarrearse problemas, se atrevía a decir esas cosas a los recién convertidos. La mejor ayuda que tenemos hoy, como en aquellos tiempos de los primeros cristianos para vivir la paz es la comunidad. Es así como ayudándonos unos a otros podremos ser, en medio de este mundo que siempre está en guerra y buscando una aparente paz, podremos ser, como decía Madre Inés: «almas pacíficas y pacificadoras». Pidamos a María, en especial en este mes de mayo, que ella, la «Señora de la Paz» nos ayude. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

lunes, 1 de enero de 2018

«El año nuevo, la Madre de Dios y la jornada mundial de la paz»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Feliz Año Nuevo! Según el calendario civil, hoy es el primer día de 2018 y según el calendario litúrgico, hoy celebramos la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Una celebración que es, según la historia, la primera fiesta mariana de la Iglesia Católica de Occidente. Mientras la Iglesia celebra la octava de Navidad, el mundo civil festeja el primer día de un nuevo año solar. Precisamente de este modo, año tras año, se manifiesta gradualmente esa «plenitud del tiempo» de la que habla san Pablo en la segunda lectura de la liturgia del día de hoy: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos...» (Ga 4, 4). Estas palabras de la carta de san Pablo a los Gálatas corresponden muy bien a la índole de esta celebración, porque es una secuencia que avanza a lo largo de los siglos y de los milenios de manera progresiva, y que tendrá su cumplimiento definitivo en el fin del mundo. Durante ocho días hemos revivido en la liturgia el acontecimiento maravilloso del nacimiento del Mesías Redentor, siguiendo la narración que nos presentan los evangelios. San Lucas, el día de hoy, nos vuelve a proponer, en sus rasgos esenciales, la escena del nacimiento en Belén. Cierto que la narración de hoy es más sintética que la proclamada la noche de Navidad, pero no por eso emotiva y motivante, incluso al hablarnos de una actitud de María que hoy, más que nunca, suena necesario poner en práctica.

El evangelio nos recuerda que María «guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19). Y eso es algo que se realizó, como práctica común, a lo largo de su vida, conservando así la paz en el corazón en todo momento. En Belén, en el Gólgota, al pie de la cruz, y el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió al cenáculo María guardaba lo acontecido en su corazón. Y lo mismo sucede también hoy en que nosotros nos acercamos al pesebre de Belén y la vemos a Ella junto al Divino Niño o a éste colocado en su regazo. La Madre de Dios y de los hombres guarda y medita en su corazón todos los problemas de la humanidad. Ella ha caminado con nosotros en el 2017 que concluimos apenas hace unas horas, y nos guía, con ternura materna, hacia el futuro del 2018. Así, ayuda Ella a la humanidad a cruzar todos los «umbrales» de los años, de los siglos y de los milenios, sosteniendo su esperanza en aquel que es el Señor de la historia y que, en esta perspectiva del valor y del sentido de «la plenitud de los tiempos», es celebrado por la Iglesia marcando el comienzo del nuevo año con el signo de la oración por la paz. 

Cada año, el 1 de enero, se celebra la Jornada Mundial por la Paz. Cada año, al dar los primeros pasos, rogamos al Señor nos conceda ese regalo que todos anhelamos y que María supo conservar muy bien en su corazón, a pesar de vivir cada día con sorpresas más grandes que las que cualquiera de nosotros se puede llevar. «La paz, que los ángeles anunciaron a los pastores en aquella noche de Navidad, sigue siendo hasta nuestros días una aspiración profunda de todas las personas y de todos los pueblos, especialmente de aquellos que más sufren por su ausencia» ha dicho el Papa Francisco en su mensaje de este año. Volver a escuchar el relato del Nacimiento nos hace ir espiritualmente a Belén, a donde los pastores acudieron para adorar al Niño en la noche de Navidad (cf. Lc 2, 16). ¡Cómo no dirigir la mirada con aprensión y dolor a aquel lugar santo donde nació Jesús! ¡Belén! ¡Tierra Santa! Sumergida casi siempre en una dramática y persistente tensión en la región del Oriente Medio que hace más que urgente la búsqueda de la paz. Pero, María Santísima, con su actitud en este primer día del nuevo año, nos dice, con su testimonio sereno, que la paz empieza a construirse en el propio corazón, cuando se sabe guardar ahí lo enviado por Dios al corazón y al alma. Que Ella, la Madre de Dios, nos ayude a descubrir el rostro de Jesús como Príncipe de la paz. Que ella nos sostenga y acompañe en este año nuevo, y nos obtenga a nosotros y al mundo entero el anhelado don de la paz. Que, gracias a su intercesión materna, los hombres y mujeres de todos los continentes se sientan más hermanos y dispongan su corazón para acoger a su Hijo Jesús y guardar ahí mismo, en el corazón, las cosas de Dios como Ella. Cristo es la auténtica paz que reconcilia al hombre con el hombre y a toda la humanidad con Dios. ¡Qué ganas de ser todo el 2018 y siempre un alma —como decía la beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento— pacífica y pacificadora!

Padre Alfredo.

lunes, 17 de abril de 2017

Una oración por la paz en el mundo...


Señor Jesús, tú eres nuestra paz,
mira nuestra Patria dañada por la violencia
y dispersa por el miedo y la inseguridad.
Consuela el dolor de quienes sufren.
Da acierto a las decisiones 
de quienes nos gobiernan.
Toca el corazón de quienes olvidan
que somos hermanos
y provocan sufrimiento y muerte.
Dales el don de la conversión.
Protege a las familias, a nuestros niños,
adolescentes y jóvenes,
a nuestros pueblos y comunidades.
Que como discípulos misioneros tuyos,
ciudadanos responsables,
sepamos ser promotores de justicia y de paz,
para que en ti, nuestro pueblo 
tenga vida digna. Amén.

Santa María de Guadalupe,
Reina de la paz,
ruega por nosotros.

domingo, 1 de enero de 2017

Santa María, la Madre de Dios... Año Nuevo

«Qué el Señor me mire con benevolencia» (Núm 6,25). Para el pueblo de Israel, estar o quedar bajo la mirada de Dios era hacerlo a él centro de la vida cotidiana, era experimentar siempre su presencia en cada día. Y la experiencia del acontecer diario se sacramentalizaba con el culto, para vivir iluminados y habitados en su presencia.

También nuestra experiencia cristiana de la Navidad, en el cristianismo, es que Dios nos mira con benevolencia y ternura infinitas. A él, que es amor, lo celebramos en estas fechas como a alguien muy cercano a nosotros. Lo celebramos como un bebé: Un bebé que llora y sonríe, un bebé que ha llegado en medio de la noche, un bebé que llega venciendo la violencia y el desorden del mundo para traernos la paz. Dios nos mira, en este pequeño niño, con benevolencia.

Un día, una jovencita modesta, hija del pueblo, con grandes destinos, recibe una misteriosa embajada, la de un ángel que le hace la más inverosímil de las revelaciones que uno puede imaginarse. El ángel embajador le anuncia que, por el poder de Dios, está destinada —si ella acepta— a ser la Madre del Verbo Encarnado y a ser una Madre Virgen. Al dar su consentimiento, el Verbo de Dios se hace carne por obra y gracia del Espíritu Santo en las entrañas purísimas de aquella joven a la que Dios miró con benevolencia. Recordando este misterio, san Pablo dirá: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de una mujer» (Gal 4,4).

Dios nos ha mirado con benevolencia en María, en ella, que es uno de los nuestros. Y esa mirada despierta también la confianza en el ser humano. El niño que nace de la virgen es el Hijo de Dios, el Rey que gobierna cielo y tierra. Su nacimiento marca el inicio de una nueva era; el año primero de la última edad del mundo. Todo eso es para pensar lo ahondado en este misterio, como lo hacía la Virgen que conservaba todo en su corazón.

Nacido de mujer, el Hijo de Dios se ha hecho hombre y ha entrado en parentesco con todos los hombres, para traernos la paz y salvarnos. El Hijo de Dios se hace hombre para que todos los hombres nos podamos hacer hijos de Dios. Ahora nos colocamos ante la presencia de este misterio, un acontecimiento increíble, manifestación de amor de Dios para con los hombres, a quienes Él mismo quiere dirigir su mirada amorosa, a su estilo, a su manera, para quien nada hay imposible.

Con esta impresión de lo misterioso, quiere la Iglesia que comencemos cada año civil, celebrando, desde hace muchos años, la jornada mundial por la paz.

En los umbrales del año nuevo, nos amenazan dos sentimientos: el de la vida rutinaria y sin relieve, que tal vez hemos llevado en el año que termina y el de lo incierto, frente a lo desconocido, en los diferentes planos que forman nuestra vida. La gente se pregunta: ¿Cómo vendrá la crisis? ¿Qué estará de moda? ¿Por fin encontraré novia? ¿Cómo nos irá este año ahora que el niño entrará a la escuela? ¿Podré terminar la carrera? ¿Me seguirá avanzando la enfermedad que me acaban de detectar? ¿Cómo nos irá ahora de casados? ¿Se hará lo del viaje? y que se yo, tantas preguntas más.

Los buenos deseos del Año Nuevo, que nos damos unos a otros, generalmente no pasan de que la persona a quien felicitamos la pase bien, tenga suerte, esté contento. En un cristiano, las felicitaciones del Año Nuevo tienen que ser deseos de paz, de salud del alma y de serenidad en el alma.

El mundo anhela la paz, el mundo tiene una «urgente necesidad de paz», y, sin embargo, el año que acaba de terminar, como los anteriores, nos presenta un balance de guerras, conflictos, violencia, inestabilidad social, pobreza... ¡La paz parece a veces una meta verdaderamente inalcanzable! ¿Cómo esperar una nueva era de paz, que solo los sentimientos de solidaridad y de amor pueden hacer posible? Dios quiere que la humanidad viva en paz y en armonía, porque la paz está inscrita en proyecto divino originario de todo.

El hombre y la mujer de fe han de mirar el Año Nuevo como una nueva oportunidad de Dios para alcanzar la paz, esa paz que tiene que brotar del interior para luego manifestarse, en primer lugar, en la familia, la institución más inmediata a la naturaleza del ser humano en la que se expresan y consolidan los valores de la paz. Luego la sociedad en que vivimos, recordando aquello que decía san Juan Pablo II: «De la familia nace la paz de la familia humana».

¡Qué hermoso sería si todas las familias fueran como aquella que encontraron los pastores en la cueva de Belén! Una familia de paz, comunión de vida y de amor —Jesús, José y María— lugar de acogida, de esperanza, de solidaridad para todo el mundo. ¡Cuánto hay que trabajar en muchas de las familias de ahora en las que no se ha encarnado la paz! ¡Cuánto hay que luchar para transformar esos espacios de tensión y prepotencia en espacios de paz, de solidaridad y de amor que se contagia alrededor!

Ojalá que ante esta fiesta, que se celebra cada 1 de Enero, cada una de las familias fundadas por hombres y mujeres de fe, renueven su programa de vida cristiana para el año que se estrena, buscando tener un espacio para María, para José y para Jesús, con una vida fecunda en buenas obras de misericordia, de caridad, de paciencia y de conformidad con la voluntad de Dios. ¡Qué cada familia, bajo el amparo de María la Madre de Dios y Reina de la paz, sea lo que debe ser! ¡Que cada familia exija la paz, rece por la paz, trabaje por la paz!

Todos los padres y madres de familia tiene una misión especialísima y única, una misión de educar a sus familias en la paz. Todos los hijos deben apreciar el don de la familia y busquen vivir en paz. cada abuelo y abuela, que representan en la familia unos vínculos insustituibles y preciosos entre las generaciones, aporten generosamente su experiencia para unir el pasado con el futuro en un presente de paz. Que hermoso es pensar en un Año Nuevo en el que todas las familias vivan de manera plena y consciente su misión de paz, en donde cada uno de los miembros sea, como decía la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: «Un alma pacífica y pacificadora».

Tal vez esté leyendo esto alguien que por varios y variados motivos esté sin familia, o lejos de los suyos. A estas personas les quiero recordar y mencionar textualmente lo que san Juan Pablo II decía en la Jornada Mundial de la paz de 1994: «A ellos quiero decir que tienen también una familia: La Iglesia es casa y familia para todos. La misma Iglesia abre de par en par las puertas y acoge a cuantos están solos o abandonados; en ellos ve a los hijos predilectos de Dios, cualquiera que sea su edad, cualesquiera que sean sus aspiraciones, dificultades y esperanzas».

Quiero dirigirme con todos ustedes a María Santísima, la Madre de Dios y decirle:

Santa Madre de Dios,
Tú que eres la Reina de la paz,
vuelve tu mirada a cada una de nuestras familias,
a los hombres y mujeres que las formamos
y nos esforzamos por alcanzar el vivir en armonía,
Danos el gozo de caminar unidos en el espíritu
y alegres en la fe,
para acoger con nosotros,
como hiciste Tú, Madre de Misericordia,
a Jesucristo, el Príncipe de Paz,
única esperanza del mundo.

Qué este año sea para todas las familias, un año de grandes bienes espirituales y materiales, entre ellos el don precioso de la paz. ¡Feliz Año Nuevo a todos!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

lunes, 2 de marzo de 2015

«Ser almas pacíficas y pacificadoras»... HORA SANTA 8 por la paz


CANTO DE ENTRADA:

"QUIERO BUSCAR A DIOS"

Quiero buscar la paz,
quiero encontrar a Dios,
quiero unir a los hombres en el amor.


Si yo por los caminos
voy buscando al Señor,
pienso que cada hombre
es un reflejo de nuestro Dios.

Si en el rumor del bosque
oigo yo un ruiseñor,
puede ser que descubra
que es Dios quien canta en mi corazón.

Si en el sol que calienta
veo yo un resplandor,
pienso que allá en el cielo
es Dios quien sueña nuestro calor.

Si en los ojos de un niño
hay sonrisa y candor,
es que Dios de este mundo
de nuestra tierra no se alejó.

Se hace la exposición del Santísimo:
Acto de Fe en el Padre:

Ministro: Creemos, Padre, que tu nos has dado un corazón capaz de amar, sensible al dolor de nuestros semejantes. Este corazón que nos entregaste, nos impulsa a venir ante tu Hijo Jesús para que ilumine nuestros pensamientos, sentimientos y palabras para hablar con su mismo lenguaje de paz. Padre Santo, creemos que Tú has enviado al mundo al Príncipe de la Paz, Jesucristo presente y vivo en la Eucaristía.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

Acto de Fe en el Hijo:

Ministro: Creemos, Jesucristo, Hijo amado del Padre, en tu Palabra que nos llama a la conversión, para que en ella encontremos la paz interior. Creemos que tú eres la vid y nosotros los sarmientos y que debemos estar plenamente unidos a ti para poder dar frutos, para que nuestra vida no sea estéril. Te contemplamos presente y vivo en la Eucaristía

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

Acto de Fe en el Espíritu Santo:

Ministro: Creemos en ti Espíritu Santo. Fuerza renovadora de la faz de la tierra que nos haces descubrir la presencia de Jesús en la Eucaristía. Llénanos con el fuego de tu amor para que seamos promotores de paz. Que amemos lo que es noble, justo y recto. Enséñanos el camino para vivir en la verdad que proclama Jesucristo  presente y vivo en la Eucaristía .

Padre Nuestro, Ave María, Gloria. 

Momentos de silencio para meditar. 

Ministro: Humildemente nos postramos ante tu presencia sacramental porque sabemos que estamos ante el “Príncipe de la Paz” (Is 9,5). Hemos venido a implorar tu bendición para llenarnos de fortaleza y vencer, en primer lugar, la violencia que se quiere anidar en nuestro propio corazón. Ayúdanos, Señor, a silenciar nuestro corazón para que reine en él la paz.

Lector 1: Cada día que pasa nos damos cuenta de que todo acto violento se inicia en un corazón dividido, en un corazón alejado de Dios

Lector 2: Te pedimos para que en nuestros corazones habite la paz y se pueda extender a quienes nos rodean. Este momento de Adoración te pedimos paz. 

Ministro: Escuchemos ahora con atención la Palabra de Dios:

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS.
De la Carta del Apóstol Santiago :                                                                                               (3, 13‐18)

Hermanos míos, ¿hay alguno entre ustedes con sabiduría y experiencia? Si es así, que lo demuestre con su buena conducta y con la amabilidad propia de la sabiduría. Pero si ustedes tienen el corazón amargado por envidias y rivalidades, dejen de presumir y engañar a costa de la verdad. Esa no es la sabiduría que viene de lo alto; ésa es terrenal, irracional, diabólica; pues donde hay envidias y rivalidades, ahí hay desorden y toda clase de obras malas. Pero los que tienen la sabiduría que viene de Dios son puros, ante todo. Además, son amantes de la paz, comprensivos, dóciles, están llenos de misericordia y buenos frutos, son imparciales y sinceros. Los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia. Palabra de Dios.

CANTO PARA MEDITAR:
"HAZME UN INSTRUMENTO DE TU PAZ".

Hazme un instrumento de tu paz,
donde haya odio, lleve yo tu amor,
donde haya injuria, tu perdón, Señor,
donde haya duda, fe en Ti.

Hazme un instrumento de tu paz,
que lleve tu esperanza por doquier
donde haya oscuridad, lleve tu luz,
donde haya pena, tu gozo, Señor.

Maestro, ayúdame a nunca buscar
el ser consolado sino consolar
ser entendido sino entender
ser amado sino yo amar.


Hazme un instrumento de tu paz
Es perdonando que nos das perdón,
Es dando a todos que Tú nos das
Muriendo es que volvemos a nacer

Maestro, ayúdame a nunca buscar...

Momentos de silencio parara meditar.

Ministro:  En el Evangelio de san Mateo, leemos que una de las bienavnturanzas nos dice: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt. 5,9). Debemos poner en práctica este consejo evangélico, porque nuestra tarea es ser, como decía la nueva beata mexicana María Inés Teresa: "Almas pacíficas y pacificadoras".

Lector 1: Cada uno de los discípulos y misioneros de Cristo debe ser portador del Evangelio de la paz con una firme confianza puesta en el Amor de los amores.

Lector 2: Ante la ola de violencia que se vive, es necesario del todo alertar la esperanza de quienes por esta razón viven con miedo, con dolor e incertidumbre.

Lector 1: Hemos venido ante Ti, Señor, a fortalecer nuestra condición de discípulos y misioneros al servicio de la construcción de la paz. Todos somos constructores de la paz cimentada en el Amor.

Lector 3 o un pequeño grupo de personas: ORACIÓN POR LA PAZ:


¡Oh Jesús,  presente y vivo en la Eucaristía!, estamos aquí postrados ante tu presencia, arrepentidos y confusos, como llegó el hijo pródigo a la casa de su padre. Cansados de todo, sólo a Ti queremos, sólo a Ti buscamos, sólo en Ti hallamos nuestro bien. Tú, que fuiste en busca de la Samaritana; Tú, que nos llamaste cuando huíamos de Ti, no nos arrojarás de tu presencia ahora que te buscamos.

Señor, estamos tristes, bien lo sabes, y nada nos alegra; el mundo nos parece un desierto. Nos hallamos en oscuridad, turbados y llenos de temor e inquietudes por la ausencia de paz; te buscamos y no te encontramos, te llamamos y parece que no nos respondes, te adoramos en tu Eucaristía, clamamos a Ti y se acrecienta nuestro dolor. ¿Dónde estás, Señor, dónde, pues no gustamos las dulzuras de tu presencia, de tu amor y de tu paz?

Pero, Señor, no nos cansaremos, ni el desaliento cambiará el afecto que nos impulsa hacia Tí. ¡Oh buen Jesús! Ahora recordaremos el tiempo en que Tú, como a tu pueblo amado, nos llamabas y nosotros huíamos... Y firmes y serenos, a despecho de las tentaciones y del pesar, te amaremos y esperaremos en Tí.

Jesús bueno, dulce y amigo incomparable, cuando el dolor ofusque nuestro corazón, cuando los hombres nos abandonen, cuando el tedio nos persiga y la desesperación clave su garra en nosotros, al pie del Sagrario, aquí y sólo aquí encontraremos fuerza para luchar y vencer.

No temas que te abandonemos, cuando más nos huyas, más te llamaremos y derramaremos tantas lágrimas que, al fin, vendrás... Sí..., vendrás, y al posarte, disfrutaremos en la tierra las delicias del cielo. Danos tu ayuda para cumplir lo que te ofrecemos; sin Ti nada somos, nada podemos, nada valemos... Fortalécenos y desafiaremos las tempestades.

Jesús, danos humildad, paciencia y gratitud, amor, porque si te amamos de veras, la paz y todas las virtudes vendrán en pos del amor.

Te rogamos por aquellos que amamos... Tú los conoces, Tú sabes las necesidades que tienen; socórrelos con generosidad. Acuérdate de los pobres, de los tristes, de los huérfanos, consuela a los que padecen, fortalece a los débiles, conmueve a los pecadores para que no te ofendan y lloren sus extravíos. Ampara a todos tus hijos, Señor, más tierno que una madre.

Y a nosotros, que te acompañamos cuando te abandonan otros, porque hemos oído la voz de la gracia; a nosotros, auméntanos este amor y danos fortaleza para luchar y obtener el apetecido triunfo de la paz. Amén.

Momentos de silencio parara meditar. 

CANTO PARA MEDITAR:
"EVENU SHALOM ALEJEM".
EVENU SHALOM ALEJEM.
EVENU SHALOM ALEJEM.  
EVENU SHALOM ALEJEM.
EVENU SHALOM, SHALOM,
SHALOM ALEJEM.
QUE SEA LA PAZ CON NOSOTROS,
QUE SEA LA PAZ CON NOSOTROS,
QUE SEA LA PAZ CON NOSOTROS,
EVENU SHALOM, SHALOM,
SHALOM ALEJEM.

QUEREMOS PAZ PARA EL MUNDO.
QUEREMOS PAZ PARA EL MUNDO.
QUEREMOS PAZ PARA EL MUNDO.
EVENU SHALOM, SHALOM,
SHALOM ALEJEM.

Momentos de silencio para meditar.  

PETICIÓN ESPECIAL DE PAZ PARA LOS JÓVENES, ESPERANZA DE NUESTRO MUNDO:

Lector 1: Los jóvenes reciben una fuerte carga de agresividad por los medios de comunicación, perjudicando su vida integral y la de toda nuestra sociedad. Ellos son como el "engrane" que hace mantener en movimiento nuestro mundo.

Lector 2: Ellos se ven envueltos en esta vorágine de violencia porque no cuentan con el contrapeso de fuertes criterios de discernimiento bajo la luz del Espíritu Santo que los guíe por sendas de paz.

Lector 1: Debemos reconocer que muchos jóvenes se han dejado dominar por el egoísmo, hasta tal punto que han perdido el sentido del mandato de Dios de amarnos los unos a los otros.

Lector 2: La búsqueda de la paz para toda la humanidad, se verá facilitada en la relación inseparable que debe existir entre Dios y cada uno de los jóvenes de nuestro mundo.

Lector 1: Señor Jesús, Tú eres nuestra paz: mira nuestra juventud dañada por la violencia y dispersa por el miedo y la inseguridad, y restaura en ellos el anhelo de vivir en paz, siendo almas pacíficas y pacificadoras. Señor Jesús, protege a las familias, a nuestros niños, adolescentes y jóvenes.

Momentos de silencio para meditar.   

Preparación para la bendición y despedida:


CANTO PARA LA BENDICIÓN:
"BENDITO, BENDITO SEA DIOS".

Bendito, bendito, bendito sea Dios,
los ángeles cantan y alaban a Dios,
los ángeles cantan y alaban a Dios.


Yo creo Jesús mío que estás en el altar,
oculto en la Hostia te vengo a adorar,
oculto en la Hostia te vengo a adorar.

Bendito, bendito, bendito sea Dios,
los ángeles cantan y alaban a Dios,
los ángeles cantan y alaban a Dios.
 


Por el amor al hombre moriste en una cruz
y al cáliz desciendes por nuestra salud,
y al cáliz desciendes por nuestra salud.

Ministro: Nos diste, Señor, el Pan del Cielo,
Todos.- que en sí contiene todas las delicias.

Oración: Señor y Dios nuestro, que has querido que tu Iglesia sea sacramento de salvación para todos los hombres, a fin de que la obra redentora de tu Hijo perdure hasta el fin de los tiempos, haz que tus fieles caigan en la cuenta de que están llamados a trabajar por la salvación de los demás, para que todos los pueblos de la tierra formen una sola familia y surja una humanidad nueva en Cristo nuestro Señor, que vive y reina contigo...

En este momento se da la Bendición con el Santísimo Sacramento si está presente el sacerdote o diácono, si no, se hace la reserva del Santísimo hasta que se haya terminado de recitar la oración.

Todos de rodillas.

Ultimas oraciones: (Letanías).

Bendito sea Dios, bendito sea su santo nombre, bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre, bendito sea el santo nombre de Jesús, bendito sea su sacratísimo corazón, bendita sea su preciosísima sangre, bendito sea Jesucristo en el santísimo sacramento del altar, bendito sea el Espíritu Santo consolador, bendita sea la gran madre de Dios María Santísima, bendita sea su santa e inmaculada concepción, bendita sea su gloriosa asunción, bendito sea el nombre de María Virgen y Madre, bendito sea san José su castísimo esposo, bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos.

CANTO DE SALIDA:
"JUNTOS COMO HERMANOS".

Juntos como hermanos,
miembros de una Iglesia,
vamos caminando,
al encuentro del Señor.
Un largo el caminar
por el desierto bajo el sol,
no podemos avanzar
sin la ayuda del Señor.

Unidos al rezar
unidos en una canción,
viviremos nuestra fe
con la ayuda del Señor.

La Iglesia en marcha está
a un mundo nuevo vamos ya,
donde reinará el amor
donde reinará la paz.

algdr

miércoles, 31 de octubre de 2012

HALLOWEEN... Un truco que ha sido jugado por un mundo adormecido

Muchos católicos sabemos que la noche del 31 de octubre es una noche llena de risas, de disfraces de esqueletos, fantasmas, diablillos, brujas y cientos de disimules más. Cuando alguien piensa en halloween, tal vez recuerde que de niño iba de casa en casa pidiendo dulces con el grito singular: ¡Queremos halloween... queremos halloween... queremos halloween! Pero, ¿qué tienen que ver estos símbolos y este gesto con el verdadero Dios o la vivencia de nuestra fe? Ciertamente nada, porque Dios es luz y no hay oscuridad en Él (1 Juan 1,5). Ninguno de estos símbolos reflejan lo que a Dios le agrada de sus hijos. Incluso el Halloween o noche de brujas fomenta la idea de que si no se obtiene lo que se pide, se tiene todo el derecho de causar daño o perjuicio.

La celebración del Halloween es una celebración bastante ajena a nuestra cultura y costumbres cristianas. El origen de esta fiesta es antiquísima y proviene del Samhain, una celebración celta en la que celebraban el final de la época de las cosechas y se iniciaba un nuevo periodo, el Año Nuevo Celta. Esa mezcla entre lo viejo y lo nuevo hacía que, los mitos y leyendas acerca de espíritus que regresaban y se mezclaban entre los vivos en aquella celebración, tomase un carácter misterioso, teniendo a la muerte como protagonista de la fiesta. En aquel entonces existía la creencia de que los muertos se mezclaban con los vivos con la intención de llevarse algunas almas. La solución para engañarlos era disfrazarse de espíritus malignos.

El término «Halloween» proviene de la frase «All Hallows Eve», que significa «Víspera de Todos los Santos». La importante inmigración que hubo a partir de 1840 en la que más de 3 millones de irlandeses se trasladaron hasta los Estados Unidos, hizo que éstos se llevasen consigo sus tradiciones y costumbres, siendo la de Halloween una de las más aceptadas y populares. La tradición hablaba de un personajes imprescindible en la celebración: Jack el tacaño, a raíz del cual se creó la famosa calabaza hueca a la que se le añadía una vela y se utilizaba como linterna, de ahí su nombre: «Jack-o’-lantern». Originalmente, la linterna se realizaba con nabos o remolacha, pero, como todo en la vida, la celebración fue evolucionando y la falta de esos vegetales en Norteamérica hizo que se utilizase la popular calabaza, muy común en las cosechas de allí.

La fiesta de Halloween, fue adquirido una popularidad inesperada, celebrándose en la actualidad prácticamente en todos los rincones del planeta y dejando estacionadas y/o semi olvidadas a muchas de las tradiciones locales que se realizaban en la víspera de Todos los Santos. El Halloween se popularizó gracias al éxito que obtuvo una película dirigida por John Carpenter en 1978: “La noche de Halloween”.

Sin duda alguna en nuestro mundo globalizado, el Halloween tiene un impacto enorme sobre todo
entre los jóvenes, muchos de los jóvenes que son cristianos y pertenecen a diversos grupos en sus Iglesias, celebran esta fiesta que no tiene nada que ver con nuestra fe, pero, ¿qué sucede cuando la gente, sobre todo nuestros adolescentes y jóvenes, tan golpeados por una ola de antivalores que parece inmensa e interminable, no sabe a quien está sirviendo cuando celebra la noche de brujas y cae inocentemente en esas fiestas que conducen al uso desmedido de alcohol e incluso drogas? ¿Está bien celebrar halloween y mandar a los niños a pedir dulcer y hacer daño a las casas que no les den nada porque no se sabe que representa? La respuesta es ¡No! La gente joven que se disfraza y celebra este día no está adorando al verdadero Dios de Abraham, Isaac y Jacob, por el contrario, están sirviendo al dios de este mundo que los ha cegado (2 Corintios 4,4). La noche de brujas, aunque sea entre juegos, es un festival para adorar al dios de los muertos, no para adorar al verdadero Dios, el Dios de los vivos.

Tal vez muchos se pregunten: ¿yo pedía Halloween de niño y no me ha pasado nada? ¿Están seguros? ¿Cómo está el mundo actual? ¿Cómo están sus hijos jóvenes o adolescentes? ¿Ha crecido la vida de fe entre los suyos?

Es impresionante el poder de la publicidad en el mundo de hoy, Halloween lleva a comprar, a pensar y a vivir de una manera en la que ni siquiera se ha reflexionado. Las tiendas se ven llenas de: mascaras, trajes de monstruos, atuendos de brujas, calabazas con expresiones terroríficas, etc., en fin, artículos que poco tendrían que ver con nuestra fe y con la fiesta de todos los santos y de los fieles difuntos que se celebrará.Cuando la gente se da cuenta está atrapada por el consumismo el cual no respeta edad, nacionalidad o creencia religiosa y habrá de terminar de pagar calabazas y brujitas con luces anaranjadas dentro de tres años con la tarjeta de crédito al tope y que no tendrá lugar en dónde guardarlos, ¡cuando los acabe de pagar ya no los tendrá!... ¿No será esto un triunfo para el espíritu del mal que se vale de cualquier elemento para atraer nuestra atención con el fin de vencer? El problema es que muchas veces, los que salimos más perjudicados con todos estos engaños somos los cristianos, de allí vienen discordias, pleitos familiares, competencias entre vecinos para gastar más y arreglar sus casas... ¿Quién saldrá ganando con todo ello?

Muy posiblemente, producto del consumismo y del vacío que este causa en el alma, esta celebración del 31 de Octubre, se ha ido identificando con diversos grupos "neo paganos" y peor aun, con celebraciones satánicas y ocultistas. El festival a "Samhain" llamado hoy en día el "festival de la muerte" es hoy reconocido por todos los satanistas, ocultistas y adoradores del diablo como víspera del año nuevo para la brujería. Anton LaVey, autor de la "La Biblia Satánica" y sumo sacerdote de la Iglesia de Satanás, dice que hay tres días importantes para los satanistas: Su cumpleaños; El 30 de Abril y  el mas importante el Halloween. LaVey dice que es en esta noche que los poderes satánicos, ocultos y de brujería están en su nivel de potencia más alto. Y que cualquier brujo u oculista que ha tenido dificultad con un hechizo o maldición normalmente puede tener éxito el 31 de Octubre, porque Satanás y sus poderes están en su punto más fuerte esta noche. Por otro lado el 31 de Octubre, de acuerdo a la enciclopedia "World Book" Halloween, es la víspera del año nuevo para la brujería y dice que es el principio de todo lo que es "frío, oscuro y muerto".

Hollywood, con películas como la ya mencionada, ha contribuido también a la distorsión de esta fiesta creando una serie de películas en las cuales la violencia gráfica, los asesinatos, etc., crean en el espectador en estado de angustia y ansiedad (No podemos decir que estas películas son solo para adultos, pues es una realidad que dada nuestra cultura y el relajamiento en la censura pueden ser vistas, muchas de estas, incluso en la televisión comercial creando en los niños miedo y sobre todo una idea errónea de la realidad).

Esta fiesta se ha ligado de tal manera al ocultismo que es un hecho comprobado que la noche del 31 de Octubre en Irlanda, en Estados Unidos, en México y en muchos otros piases se realizan misas negras, cultos espiritistas, y otras reuniones relacionadas con el mal y el ocultismo.

Podemos darnos cuenta, entonces que queriendo o no estos elementos, se han mezclado también en la celebración actual del Halloween y como producto de esta influencia, se han agregado a los disfraces, las tarjetas y todos los elementos comerciales: las brujas, los gatos negros, los vampiros, los fantasmas y toda clase de Monstruos terroríficos muchos de ellos con expresiones verdaderamente satánicas.

¡Qué diferente es ahora el Halloween! ¡No podemos seguir viviendo en la ignorancia cuando ya hemos conocido la verdad, aunque de niños nos hayamos divertido muchísimo! El ambiente de violencia e inseguridad que vive actualmente México y el mundo entero, requiere de actos que fomenten la bondad y la paz. El entorno de antivalores que estamos viviendo no es el adecuado para reproducir moldes de otra cultura que vemos hacia dónde va, porque esta fiesta está relacionada con el terror, la violencia y la injusticia, y es el peor panorama que queremos para el contexto que estamos viviendo de injusticia, pobreza y violencia.

Hay que cambiar el terror por la paz, la maldad por la bondad y la injusticia por la paz. Ciertamente nuestros antepasados ya tenían una devoción hacia los muertos que la cultura cristiana ha venido purificando y ha dado como origen toda esta hermosa tradición y costumbre que hay en relación a los fieles difuntos. ¿Por qué no fomentar más iniciativas de luz que de oscuridad? Cambiemos muerte y oscuridad por vida, terror y miedo por alegría, violencia por paz y amor, amedrentamiento y chantaje por respeto y entrega.

Les invito a reconocer más a los santos y a recordar a los fieles difuntos con tradiciones que honran  a aquellos hombres y mujeres que fueron muy especiales y que dejaron una marca profunda en las familias y en las comunidades, y aunque pasan los siglos su memoria sigue viva, está vigente en los santos y beatos, como la Madre María Inés Teresa Arias, pero además, recordemos a los fieles difuntos y hagamos oración por ellos.

Creo que lo más valioso que podemos hacer es orar para que cada vez más jóvenes y personas abran los ojos ante el daño sutil que hace el enemigo valiéndose sobre todo del consumismo exagerado para entrar y adueñarse de las almas. Los católicos tenemos un Dios que ama la vida, y a eso estamos llamados, a tener vidaen abundancia como dice Jesús, incluso a dar la vida como él (Jn 10,18).

Por eso, este 31 de Octubre, en el marco del «Año de la Fe», y con el deseo de comunicar esa fe convencidos como discípulos y comprometidos como misioneros, tomemos la mano de María, la fiel servidora del Señor y ofrezcamos una oración intensa por tanto daño que se hace en aras de celebrar esta fiesta oscura. Si esta en tus manos, haz que un grupo de jóvenes realice oración en
este día, en esa noche, es la mejor manera de contrarrestar este mal. Es hora de actuar y dar testimonio de aquel en quien creemos.