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viernes, 14 de septiembre de 2018

«Ay de mí si no predico el Evangelio»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cada vez que leo, medito y estudio el pasaje que la primera lectura de la liturgia de hoy nos ofrece (1 Cor 9,16-19.22-27) y que para mí es una de los más densos de las cartas de San Pablo, no deja de impactarme la manera en que el Apóstol de las Gentes nos explica detalladamente que la predicación del Evangelio no es para él materia de gloria personal, pues le precisa el llamamiento de Dios, le impulsa su conciencia ligada al cumplimiento de su deber y, sobre todo ello, le impele el fuego que lleva dentro de su corazón a favor de la salvación de todos los hombres y de la gloria del Señor Jesucristo: «No tengo por qué presumir de predicar el Evangelio, puesto que ésa es mi obligación. ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por propia iniciativa, merecería recompensa; pero si no, es que se me ha confiado una misión» (1 Cor 9,16). El Apóstol entiende que la predicación es el principal medio para la difusión de la Buena Nueva y, por lo tanto para él y para todo discípulo–misionero de Cristo es una necesidad: «¡Ay de mí, si no anuncio el evangelio!» Junto a la celebración de los sacramentos, teniendo a la Eucaristía como centro, la predicación es la responsabilidad primordial de la Iglesia. Está intrínsecamente vinculada al encargo que Cristo nos ha dejado: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15). 

El mandato del Señor —que San Pablo ha captado a la perfección— va íntimamente unido con nuestra identidad de cristianos, pues no se puede ser un discípulo–misionero de Jesucristo y renunciar a continuar la misión de llevar la Buena Nueva al mundo. La salvación que Dios quiere seguir obrando en todas las generaciones depende de que hombres y mujeres de todas las épocas, de toda condición y cultura, nos comprometamos con este mensaje y lo sintamos como una urgencia por hacer llegar a todos los rincones de la tierra el Evangelio. Con razón almas como la de la beata María Inés Teresa, impregnadas del celo misionero por llevar a Cristo a todos, sienten esa urgencia misionera: «¿No quieres servirte de mí, como un instrumento para tu gloria, para llevar a tantas almas tu Santo Evangelio, y con él la comprensión de tu bondad, de tu caridad, de tu ternura, de tu amor infinitamente misericordioso, de todo lo que Tú sabes hacer en favor de un alma que espera y confía en Ti?» (Notas íntimas). La «urgencia misionera» de cada uno de nosotros es importantísima, pues si nosotros con nuestra palabra y testimonio de vida, impulsados por «las dos alas de la oración y el sacrificio» como dice la misma beata María Inés, no nos atrevemos a anunciar que el Señor padeció, murió y resucitó por nosotros, ¿quién lo anunciará? Escribiendo a San Ignacio de Loyola, San Francisco Xavier, el patrono de los misioneros le dice: «En estos lugares, cuando llegaba, bautizaba a todos los muchachos que no eran bautizados; de manera que bauticé una grande multitud de infantes que no sabían distinguir la mano derecha de la izquierda. Cuando llegaba en los lugares, no me dejaban los muchachos ni rezar mi Oficio, ni comer, ni dormir, sino que los enseñase algunas oraciones. Entonces comencé a conocer por qué de los tales es el reino de los cielos» (Cartas 4 y 5 de San Francisco Xavier a San Ignacio de Loyola). 

Pero, dice Jesús hoy en el Evangelio de hoy que «un ciego no puede guiar a otro ciego» (Lc 6,39-42). No se puede ayudar a otra persona a llegar a Jesús si primero no se ha identificado uno con Él. Al que trate de hacer eso se le califica de hipócrita, porque no lo llevará a Jesús, sino a sí mismo, a sus ideas, a sus criterios, acariciando al orgullo, sonriéndole con condescendencia al pecado del proselitismo y pretendiendo cubrir con una crema el cáncer de la vanidad. Es obvio que si alguien es ciego y quiere conducir a otro por un camino tortuoso como el que nos ofrece el mundo, lo llevará seguramente a un hoyo (Lc 6,39). Los falsos maestros conducen a sus seguidores al desastre o la muerte. El «¡Ay de mí!» de San Pablo, expresa que él está convencido de que Jesús vivió lo que enseñó y eso le impulsa a «hacerse esclavo de todos para ganarlos a todos» (1 Cor 9,19). Él sabe que Cristo fue rechazado por su amor y ministerio para con la gente porque les hablaba tan claro como muestra el Evangelio de hoy. El Apóstol sabe que los seguidores de Jesús, experimentarán el mismo trato en el mundo caído. Cuando nosotros como creyentes imitamos cuestiones de nuestra cultura que no convienen o buscamos el ser aceptados totalmente por ella haciendo a un lado lo esencial que sabemos que tenemos que vivir, estamos frente a un verdadero signo de que no nos hemos ido modelando bajo las enseñanzas de Jesús en su Evangelio. El cristianismo del Nuevo Testamento nunca ha sido socialmente aceptado como tal. ¡Al mundo egoísta le resulta incómodo el autosacrificio y el amor desprendido! Nos concierta prestar atención y reflexionar hoy el espeso mensaje de estas dos lecturas y nos conviene hacerlo con los ojos bien abiertos, viendo a María, la primera evangelizadora. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

miércoles, 25 de abril de 2018

«Ese mandato para todos»... Un pequeño pensamiento para hoy...


Hoy hacemos un pequeño paréntesis en la liturgia del tiempo de Pascua para celebrar a san Marcos evangelista, el amanuense o intérprete de san Pedro que hoy, en la primera lectura, tomada de una de sus cartas (1 Pe 5,5b-14), nos invita a centrar nuestra vida en Cristo, descargando en él todo agobio, porque él se interesa por todos. Pedro ha hecho experiencia de lo que afirma y por ello, nos anima a tener la misma fe que él tiene. Pedro nos recuerda que hay «Alguien» en el que podemos descargar nuestros agobios, nuestras preocupaciones... Y no sólo es que las podemos descargar, sino que, además, él se interesa por nosotros... No por nuestras preocupaciones o nuestros problemas... sino por nosotros y ese «Alguien» es Jesús, a quien Marcos, el amanuense de san Pedro nos muestra en su Evangelio. Marcos escribió su relato evangélico entre los años 65-70, siendo así el primero de los evangelios cronológicamente hablando. Marcos escribió para los paganos de la región itálica, con el objetivo de demostrarles que Jesús era verdadero Dios y verdadero hombre. La perícopa que la liturgia de su fiesta ha elegido, es una parte de la conclusión de su relato evangélico (Mc 16,15-20): «Vayan al mundo entero y prediquen el Evangelio a toda criatura». 

Esta fiesta litúrgica, es una buena ocasión para tomar conciencia de la responsabilidad que a cada uno nos corresponde como discípulos–misioneros en el tiempo presente. Somos, en efecto, prolongadores de la realización de aquel mandato del mismo Jesucristo, ese «Alguien» que hoy san Marcos nos recuerda en su Evangelio. De palabra y por qué no por escrito, como este santo evangelista, es necesario dar a conocer cada día con más urgencia, la gran noticia de que Dios nos ha creado para una existencia que no es solamente terrena: que, por Jesucristo con Él y en El, llegamos a ser verdaderamente hijos de Dios, capaces de vivir eternamente en la intimidad del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Dios ha escogido siempre a algunos hombres y mujeres, como escogió a los Doce Apóstoles, para que, libres de otras ocupaciones materiales nobles, se dedicaran exclusivamente a la extensión del Reino de Dios como personas consagradas y no es lo habitual que los laicos tengan como ocupación exclusiva la evangelización. Pero, esta especial dedicación de unos pocos, en relación con el conjunto de la sociedad, no impide a los demás fieles cristianos la difusión del Evangelio, ni les excusa de la responsabilidad de ser discípulos–misioneros; que no es otra cosa que manifestar de modo convincente, con la propia vida, que somos hijos de Dios. 

Sea cual sea nuestra vocación —la forma en que respondamos al mandato del Señor— una cosa es segura: Dios sostiene a quien elige e inspira a quien envía. Lo dice muy claramente la Carta de Pedro: «El Dios de toda gracia, que los ha llamado en Cristo a su eterna gloria, los restablecerá, los afianzará, los robustecerá». Y también el Evangelio según san Marcos: «El Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban». Así pues, dichosos nosotros, que reconocemos lo que ese «Alguien» obra en nosotros, que prestamos nuestra voz a su Palabra. En la fiesta de san Marcos, Pedro y él, se muestran a todos los cristianos como modelo de escucha, reflexión y transmisión de la palabra del Señor, pero no podemos olvidar al modelo excepcional de escucha, reflexión y transmisión de la Palabra que nos deja María santísima que, acompañando a los discípulos primeros, es para nosotros testigo de la fe en la divinidad de Jesucristo y en su humanidad salvadora. Ella nos empuja a predicar el Evangelio a toda la creación y a hacer las mismas obras que Jesús hizo durante su vida. En este tiempo de Pascua y siempre, la Iglesia, la comunidad de creyentes, pastores y rebaño, tiene el encargo, la fuerza, el poder, el ministerio, el servicio, la orden... de predicar y hacer aquello que dijo e hizo Jesús. El beato Pablo VI, en una de sus homilías para la fiesta de san Marcos lanzó esta invitación con la que yo me quedo hoy: «Hagan siempre como San Marcos, estén en la escuela y a la vera de San Pedro, y serán también ustedes un poco evangelistas de Jesús (cf. 1 P 5, 13)» (Homilía del beato Pablo VI en la Misa a los monaguillos de Roma el 25 de abril de 1964). Termino mi reflexión en la madrugada de esta fiesta, mientras espero mi avión a Monterrey, en el aeropuerto de CDMX para visitar a mis padres y acompañar a Irina mi sobrina en su boda con Pablo Elizondo el viernes. Felicito, además de todo corazón, a nuestro hermano Vanclarista Marcos Rendón y a todos los que llevan este nombre, o, que sin llevarlo, son... un discípulo–misionero como él! 

Padre Alfredo.

domingo, 4 de febrero de 2018

«¡Ay de mí si no predico el Evangelio!»... Un pequeño pensamiento para hoy


Yo creo que todos tenemos la experiencia de sentir que la vida pasa volando y muchas veces no es más que una pelotera de cosas, alegrías, angustias, esperanzas, cansancios, ilusiones y sufrimientos que se suceden ininterrumpidamente y sin tiempo casi para profundizar en cada cosa y situación. Y todo eso envuelto en la vorágine del tiempo y de la sociedad que nos arrastra sin dejarnos apenas para pensar ni disfrutar lo que vamos viviendo. Yo mismo puedo ver cómo pasa el tiempo tan de prisa... ¡El tiempo vuela! Ayer acabó el curso de actualización sacerdotal y en dos o tres días habrá que volver a la selva de cemento de mi adorada CDMX. Apenas pasa una cosa y ya aparece algo nuevo que vivir y enfrentar en el horizonte. Echamos la mirada atrás y vemos el tiempo pasado que siempre se va demasiado aprisa. Por eso a san Pablo le urge evangelizar, por eso al apóstol de las gentes no le alcanza el tiempo para sembrar la semilla del Reino: «¡Ay de mi si no predicara el Evangelio!» (1Cor 9,16-19.22-23). Nos ha tocado vivir en un mundo que, metido en un ritmo enloquecedor de actividad, ha perdido el sentido del silencio, de la reflexión, de la contemplación, de la oración... del Evangelio. Si no nos movemos con la prisa de san Pablo, el panorama que se presenta para las generaciones más jóvenes será aún peor. Algunos sondeos hechos entre nuestros adolescentes y jóvenes, muestra que muchos son incapaces de entender quién es Cristo y qué hizo por nosotros.

No es difícil advertir que la prisa del mundo va como de rayo en el campo de la tecnología y sus derivados, pero va tan de carrera que se lleva de encuentro tantos valores que han quedado grabados en el Evangelio y que a nosotros nos toca traducir para este mundo que nos toca evangelizar. Varios factores en esta crisis parecen invencibles, pero no lo son. Pienso, por poner un ejemplo, en esos proyectos educativos nefastos, que recogen en materia pedagógica, y sobre todo en el campo de la sexualidad, la llamada «ideología de género», y desechan sistemáticamente los métodos y proyectos anteriores, bien sólidos y fundamentados, simplemente por considerarlos pasados de moda. Al respecto me viene ahora algo que escribió mi admirado Benedicto XVI hace tiempo, antes de ser Papa en su libro «La sal de la tierra»: «La ideología de género es la última rebelión de la creatura contra su condición de creatura... con la ideología de género el hombre moderno pretende librarse incluso de las exigencias de su propio cuerpo: se considera un ser autónomo que se construye a sí mismo; una pura voluntad que se autocrea y se convierte en un dios para sí mismo». ¡Ay de mí, ay de nosotros, si no predicamos el Evangelio a esta sociedad que se despista entre teorías absurdas que disuelven la dignidad del hombre alejándolo del pensamiento inicial de Dios!

El Evangelio que hoy leemos, nos presenta a Jesús, luego de haber librado en la sinagoga a un hombre de un «espíritu inmundo», tomando de la mano a la suegra de Simón en su propia casa, para sanarla (Mc 1,29-39), es decir, nos muestra a Jesús que no solamente está en el Templo, sino en medio de nuestra vida cotidiana buscando devolver la condición original, la salud plena, la integridad total de nuestro ser a quien por algo la ha perdido, como puede ser, entre otras cosas, la enfermedad. Más tarde —dice el Evangelio— enterados de lo sucedido, muchos se agolparon a la puerta de la casa donde estaba Jesús esperando retomar la condición original y saludable con la que fueron creados. Todos vieron confirmadas sus esperanzas. Y el demonio del mal les abandonaba para siempre. No sé cómo me tomen algunos esta reflexión, pero creo que hoy a muchos nos vendría bien dejarnos tocar por la mano de Jesús y recobrar el sentido original de la condición humana, sea por una u otra cosa. La suegra de Pedro y mucha gente encontró en Jesús a alguien que los liberaba del mal y los centraba para servir a los demás con alegría. El mismo Jesús tiene conciencia de que esa liberación del mal es parte fundamental de su misión. Él «tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras debilidades» (Mt 8,17). ¡Quiere llegar a todos! El «vámonos a otra parte, que para eso he venido» (Mc 1,38) del Evangelio de hoy, lo dice todo... dejemos que Jesús venga a nosotros, a nuestras vidas, a nuestras ideologías y dejémosle que nos toque, para sanar lo que hay de enfermo y herido en nuestra condición humana. Como Jesús, en oración, podemos aprender y ayudarnos unos a otros a re-aprender esos valores, actitudes, criterios y comportamientos: los que están de acuerdo con la mente de Dios. Hoy nosotros, como discípulos¬–misioneros, tenemos que decir con san Pablo: «¡Ay de mí si no predico el Evangelio!» Te deseo un domingo lleno de bendiciones y de gozo por proclamar el Evangelio con tu testimonio de vida.

Padre Alfredo.

viernes, 2 de febrero de 2018

«La presentación del Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy


Una inmensa gratitud a Dios, que, en Cristo, quiso hacerse familia con nosotros (Heb 2,14-18), es lo que uno puede expresar en esta fiesta de la Presentación del Señor al leer la segunda lectura que la liturgia propone para la Misa de hoy. El autor de Hebreos, luego de mostrar a través de muchos pasajes del Antiguo Testamento que Jesús es superior a los profetas y a los ángeles y que gobierna a la diestra del Padre como el único que puede recibir el título oficial de «Hijo de Dios», siendo Dios mismo y Señor del universo, nos presenta a Jesús como el Dios que se hizo carne para identificarse con el hombre y ser su salvador. Jesús, al morir venció a Satanás, quien tenía el imperio de la muerte, librando así a los hombres de la servidumbre temerosa que resultaba del poder de la muerte y de Satanás. Pero el Hijo de Dios no ayudó a los ángeles, sino a los hombres de la fe, los descendientes de Abraham; así Jesús, el Dios hecho hombre, es el mejor sumo sacerdote en favor del hombre y a la vez su mejor hermano y amigo, su familiar más cercano, ya que siendo Dios Todopoderoso se hizo como uno de ellos, siendo tentado como el resto de humanos, pero muriendo y expiando los pecados del pueblo. Por lo tanto, este Jesús, que hoy es presentado en el Templo aún siendo un niño pequeño, se ha constituido en el mejor sacerdote que puede interceder por los creyentes delante del Padre, y está dispuesto a socorrernos en nuestras tentaciones y necesidades: «Luz que alumbra a las naciones».

El relato de la presentación del Niño Jesús en el Templo, nos deja ver la familiaridad que Dios puede adquirir con aquellos que le dejen entrar en sus vidas. «No hay nada más hermoso que haberse dejado alcanzar por él», afirmaba el Papa Benedicto en una ocasión. El relato de san Lucas sobre la presentación es siempre —por lo menos para mí— desconcertante. Cuando José y María se acercan al Templo, no salen a su encuentro los sumos sacerdotes. Dentro de unos años, ellos serán quienes lo entregarán para ser crucificado. Jesús, desde pequeño, no encuentra acogida en entre aquellos que sienten seguros de sí mismos y se olvidan del sufrimiento de los pobres. Tampoco aparecen por ahí los maestros de la Ley que predican sus «tradiciones» en los atrios de aquel Templo maravilloso. Años más tarde, ellos rechazarán a Jesús por curar enfermos quebrantando la ley del sábado. Así, Jesús niño no encuentra acogida en doctrinas y tradiciones religiosas que no ayudan a ser familia. Quienes acogen a Jesús son dos ancianos de fe sencilla y corazón abierto que han vivido su larga vida esperando la salvación de Dios y que son portadores del amor familiar de un abuelo, de una abuela. Sus nombres parecen sugerir que son personajes simbólicos. El anciano se llama Simeón (El Señor ha escuchado) y la anciana se llama Ana (Regalo). Ellos representan a tanta gente de fe sencilla que, en todos los pueblos de todos los tiempos, viven con su confianza puesta en Dios y se hacen familia de muchos. ¿Quién de nosotros no recuerda a alguien así en casa o en la comunidad?

Simeón y Ana pertenecen a los ambientes más sanos de Israel. Son conocidos como parte del grupo de los Pobres de Yahvé: «Los Anahin» que esperaban con sencillez la llegada del Mesías. Son gentes que solo esperan de Dios la consolación que necesita su pueblo, la liberación que lleva buscando generación tras generación, la luz que ilumine las tinieblas desesperanzadoras en que viven tantas familias de esa y otras tierras. Ahora sienten que sus expectativas se cumplen en Jesús. Esta fe sencilla y familiar que espera de Dios la salvación definitiva, es la fe de la mayoría de los creyentes. Una fe tal vez poco cultivada, que se concreta casi siempre en oraciones torpes y distraídas, una fe que se formula en expresiones poco ortodoxas y que se despierta sobre todo en momentos difíciles de apuro. Una fe tan sencilla y familiar que Dios no tiene ningún problema en entender y acoger. Es la fe que tal vez muchos «sabios y entendidos» de este mundo globalizado necesitamos recobrar. Simeón y Ana nos enseñan a recibir a Dios como familia. Bendicen a Dios y bendicen a sus padres. Por eso, no podemos celebrar esta fiesta sin escuchar la invitación del Señor a recibirlo en familia. En familia celebremos la luz de su llegada, en familia compartamos —como se hace en muchas partes de América— los tamales y el chocolate, en familia hagamos un espacio para que el Niño Dios, que hoy es presentado en el Templo, nos haga ir al Templo con él y agradecer que en él y en quienes quieren ser como él, hay una luz inmensa que ilumina las tinieblas de la humanidad. ¡Feliz fiesta de la presentación del Señor!

Padre Alfredo.

martes, 30 de enero de 2018

«El corazón de un padre»... Un pequeño pensamiento para hoy

La liturgia del día de hoy nos pone la figura de dos padres que sufren por sus hijos, por una parte el rey David, que sufre por su hijo Absalón (2 Sam 18,9-10.14.24-25.30-19,3) que, aunque se había portado mal, ¡muy mal!, y había aún tomado su reino, seguía siendo su hijo y éste amándolo con entrañable amor y ahora había muerto. Por otra parte, en el Evangelio (Mc 5,21-43), tenemos a Jairo, un padre de familia afligido porque su hija está agonizando. De la hija de Jairo nada más se dice, solamente que estaba enferma y tal vez ya muerta: «Ven a imponerle las manos para que se cure y viva». Pero, e Absalón, sabemos tal vez hasta de más. Este hijo de David se había convertido enemigo de su propio padre, le hacía la vida de cuadritos, había originado una guerra y en ella había dado muerte a su hermanastro. David sabía que Absalón seguía luchando y esperaba noticias de la guerra. Estaba sentado en la puerta de la ciudad» y miraba seguramente al horizonte esperando al hijo. Le interesaba, más que la guerra, el hijo. David era rey, era jefe del país, pero, sobre todo «era padre». Y así, cuando llegó la noticia del final de su hijo, David «se estremeció. Subió al mirador de la puerta de la ciudad y rompió a llorar, diciendo: “Hijo mío, Absalón, hijo, hijo mío, Absalón. Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar, ¡Absalón hijo mío». Así es el corazón de un padre; un corazón que no se olvida ni deja de amar jamás a su hijo, a pesar de que sea un bandido o un enemigo; a pesar de que sea un enfermo agonizante; a pesar de que agonice o haya muerto, y llora por él, porque quien le ha dado vida, espera siempre que no sufra, que viva y que se convierta se ha fallado. 

Jairo amaba a su hija, lloraba porque estaba enferma. David lloraba también la muerte de Absalón su hijo: ¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón ¡Ojalá hubiera muerto yo en vez de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío! Y Cristo le dice a Jerusalén: ¡Ojalá hubiera muerto yo en vez de ti, Jerusalén! Pues estoy dispuesto a morir por ti, con tal de que tú te salves. David y Jairo amaban tiernamente a sus hijos. David incluso sabiendo que Absalón era un impío que tramaba la muerte de su padre para usurparle el reino: por eso lloraba, por eso deseaba morir en su lugar. El amor de estos dos padres es el mismo que Cristo siente por Jerusalén: la amaba tiernamente y por eso llora por ella, como por la niña que no está muerta, pero agoniza. Cristo llora por ella y no solamente desea morir por su salvación, sino que de hecho muere. 

Jesús, el Señor, es nuestro hermano, pero también tiene un corazón de padre, se lo ha contagiado aquel con el que pasaba las noches en oración. Él sigue amando, sigue muriendo por sus amados y a la vez les da vida y «vida en abundancia». Jesús, el Señor, sigue curando y resucitando. Como aquel entonces, en estas tierras de Palestina en donde aún me encuentro, sigue hoy enfrentándose en todo el mundo con dos realidades importantes: la enfermedad y la muerte. Lo hace a través de la Iglesia y sus sacramentos. El Catecismo de la Iglesia Católica, inspirándose en la escena evangélica del día de hoy, presenta los sacramentos «como fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo siempre vivo y vivificante»: el Bautismo o la Reconciliación o la Unción de enfermos son fuerzas que emanan para nosotros del Señor Resucitado que está presente en ellos a través del ministerio de la Iglesia. Son también acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia y «las obras maestras de Dios en la nueva y eterna Alianza» (CEC 1116). Todo dependerá de si tenemos fe, como Jairo o la hemorroísa. La acción salvadora de Cristo está siempre en acto. También a nosotros nos dice: «No temas, basta que tengas fe». Participemos hoy día del gozo del Evangelio con María, nuestra Señora de la Salud reviviendo en el corazón aquello de: «El que cree en mí, aunque muera, vivirá; el que me come tiene vida eterna» (Jn 11,25).

Padre Alfredo.

domingo, 7 de enero de 2018

«LA EPIFANÍA»... Un pequeño pensamiento para hoy


La liturgia de este Domingo nos recuerda hoy la historia de los tres reyes magos. Una historia de tres hombres que se pusieron en camino para dejarse llevar confiadamente a donde una estrella misteriosa les mostraría la presencia del Niño Dios. Una historia de tres magos que sabían que era importante seguir la estrella porque esta representaba su búsqueda personal, su gran oportunidad de encontrarse a sí mismos y de adorar al Rey de Reyes. Una historia de tres reyes que tuvieron que hacer un largo viaje hasta Belén y que no tenían ni los profetas, ni las promesas, ni las tradiciones, ni la esperanza de un Mesías… Una historia de tres viajeros que se aventuraron a ir en busca de Dios. Los Magos, unos extranjeros, vinieron a enseñar al mundo entero que el Salvador ya había viajado hasta nosotros. Pero, ¿dónde encajamos nosotros en esta fiesta de la Epifanía del Señor? Nuestra fe no es una propiedad privada y encerrada en nosotros mismos. Somos parte de una gran comunidad, la iglesia y viajamos en caravana. Nadie viaja solo. Nadie se salva solo. Nosotros, como los Magos de Oriente, necesitamos una estrella que nos guíe: un consejo, una palabra de ánimo de los hermanos, estudiar la Biblia, preguntar... Todos estamos en diferentes etapas del viaje: los viejos buscadores y los novicios, los que dudan, los que se equivocan a cada rato, los que tienen un problema como Herodes, los que saben todo como los escribas, los que caminan rápido como los pastores que llegaron primero y los que caminan pidiendo a un pie que le diga al otro que se mueva... Lo importante es llegar al pesebre y contemplar el rostro del Mesías. ¡Aquí es donde entramos! Porque la Epifanía es una fiesta de esperanza, una fiesta de luz para todos. Como dice san Pablo en la segunda lectura de hoy: «Todos somos coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo» (cf. Ef 3,2-3.5-6).

Pero volvamos a estos tres hombres de nuevo y hagámonos unas cuantas preguntas sobre ellos conforme al Evangelio de hoy (Mt 2,1-12): ¿De verdad eran magos como dice la Escritura? Magos como alguien que hace trucos de magia no, sino más bien como se entendía en aquellos tiempos con la palabra «mago», un estudioso de ciencias, de astronomía, de matemáticas. ¿Si eran «reyes» o por qué les llamamos así? Seguro lo eran, porque esto se hace a partir del Salmo 71 (versículos 10-11) que apunta: «Le traerán tributo los reyes de Tarsis y de las islas, ante él se postrarán los reyes y le servirán todas las naciones». Esas naciones que se mencionan en el salmo, están en el Oriente, por eso, al unir estos personajes y estos lugares con el texto del Evangelio de san Mateo, se les reconoce como «Los reyes magos». ¿Eran 3 y se llamaban Melchor, Gaspar y Baltazar? En el texto de san Mateo no se menciona cuántos eran, pero sí se afirma que estos personajes llevaban 3 regalos: oro, incienso y mirra. A partir de esto, asumimos por la tradición, que son tres, pues cada uno llevaría un regalo: El oro, que significa que ese niño que está ahí es rey y que les servirá a José y a María como capital para poder emprender el viaje a Egipto; el incienso, con el que lo reconocen como Dios y cuyo humo servirá para ahuyentar los mosquitos e insectos del pesebre; y la mirra, resaltando su humanidad y perfumando el ambiente del establo. Por lo tanto, estos tres regalos, resaltan de Jesús de que es Rey, hombre y Dios y resultan sumamente prácticos para la Sagrada Familia.

Hoy nos toca a nosotros viajar y preguntar el camino, como los Magos, y no descansar hasta encontrar al Rey. Hoy nos toca viajar hasta llegar al pesebre y encontrar a Jesús en brazos de María. Hoy nos toca viajar como los Reyes Magos, sin regresar a los Herodes, que quieren matar el amor del Niño Dios que llevamos todos dentro. Hoy nos toca viajar para cerrar el ciclo de Navidad agradeciendo el regalo de Dios que nos ha visitado en su Hijo Jesús. ¡Vayamos al encuentro del Señor con nuestro mejor regalo!: un corazón abierto a la gracia para adorar a Dios, porque «vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo». ¡Feliz día de Reyes, feliz día de la Epifanía del Señor! 

Padre Alfredo.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

«La alegría del discípulo amado»... Un pequeño pensamiento para hoy


En medio del clima gozoso que nos ofrece esta «Octava de Navidad» en la Iglesia, la fiesta de san Juan Evangelista cobra su sentido con el mensaje que Juan trasmite que pudiéramos resumir así: «Estén alegres en el Señor. Estén alegres en la Palabra de Dios hecha hombre entre nosotros. Estén alegres en el Verbo que desde el principio estaba en Dios, a través del cual todas las realidades fueron creadas, que se ha manifestado y que ha aparecido entre nosotros».  Sí, Juan el evangelista nos recuerda que la Navidad es la fiesta de la alegría, que ésta es el principio de esta particular y exclusiva manifestación de Dios en el pequeño Niño de Belén. La vida de Dios se nos ha dado en Belén para recrear en nosotros una nueva forma de vida en comunión con el Padre y el Hijo. Una comunión que nos hace entrar en la eternidad de Dios que es nuestra alegría y nuestro gozo. Una comunión que nos despega del pecado y de la muerte, y cambia todo el sentido de nuestra vida llenándonos de gozo. Ya no somos hijos del pecado ni estamos bajo la esclavitud de la muerte. Dios nos ha liberado y rebosantes de alegría nos convertimos —como Juan Evangelista— en testigos gozos en este nuevo mundo. «Les escribimos esto para que se alegren y su alegría sea completa», dice san Juan (1 Jn 1,4), y él quiere que seamos transmisores y testigos de esa alegría que nace del encuentro con Dios.

El anuncio del Plan de Salvación de Dios, hoy y siempre, no puede ser sino el anuncio de esa inmensa alegría que nos ha traído la Buena Nueva de Cristo. Eso sí, no es una alegría forzada ni forzosa que parece que hay que manifestar, de manera especial, en las fiestas de Navidad. La alegría del Evangelio es una alegría diferente. Es una serena alegría que se funda en la experiencia de un encuentro con Jesucristo vivo. A veces, incluso permanece la alegría en medio de la prueba, la dificultad o las lágrimas, nos enseña Juan como el primer «teólogo» y modelo de todo verdadero teólogo quien mejor y más profundamente penetra en el misterio del Verbo encarnado. El pasaje de su Evangelio que hoy se nos propone en la liturgia (Jn 20,2-9), nos ayuda a contemplar la Navidad desde la perspectiva de la Resurrección del Señor. En efecto, Juan, llegado al sepulcro vacío, «vio y creyó» (Jn 20,8). Confiados en el testimonio de los Apóstoles, nosotros nos vemos movidos en cada Navidad a «ver» y “«creer». Todo discípulo-misionero puede y debe revivir estos mismos «ver» y «creer» a propósito del nacimiento de Jesús, el Verbo encarnado. Juan, movido por la intuición de su corazón —y, deberíamos añadir, por la «gracia»—, «ve» más allá de lo que sus ojos en aquel momento pueden llegar a contemplar. En realidad, si él cree, lo hace sin «haber visto» todavía a Cristo, con lo cual ya hay ahí implícita la alabanza para aquellos que «creerán sin haber visto» (Jn 20,29), con la que culmina el vigésimo capítulo de su Evangelio.

En el evangelio de hoy, Pedro y Juan, alertados por el testimonio de la Magdalena, corren juntos hacia el Santo Sepulcro. El joven Juanito es más veloz que el viejo don Pedro y llega primero. Mira dentro del sepulcro, observa todo, pero no entra. Deja que Pedro entre. Es sugestiva la manera en que el evangelio describe la reacción de los dos hombres ante lo que ambos ven: «Entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos puestos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó». Más adelante, de madrugada, en otra escena evangélica, después de una intensa noche de búsqueda y después de la pesca milagrosa, es él, el discípulo amado, que percibe la presencia de Jesús y dice «¡Es el Señor!» (Jo 21,7). En aquella ocasión, Pedro, alertado por la afirmación del discípulo amado también reconoció y empezó a entender. Pedro aprende del discípulo amado. Enseguida Jesús pregunta tres veces: «Pedro, ¿me amas más que estos?» (Jn 21,15.16.17). Por tres veces, Pedro respondió: «¡Tú sabes que yo te amo!» Después de la tercera vez, Jesús confía las ovejas a los cuidados de Pedro, pues en ese momento también Pedro se vuelve «Discípulo Amado» como nos podemos volver cada uno de nosotros si queremos. Sigamos viviendo intensamente la alegría de la Navidad.

Padre Alfredo.

sábado, 2 de diciembre de 2017

«En la zona de confort»... Un pequeño pensamiento para hoy

Esta tarde, en las vísperas del Domingo, empezaremos el tiempo de Adviento, por lo cual, hoy terminaremos este recorrido por el Evangelio de san Lucas en la lectura diaria de las misas y, en mi pequeño pensamiento, tomaré, como lo acostumbro hacer desde hace muchos años —intercambiando los años A,B y C de los domingos y los años I y II de entre semana— la pauta de arranque para la meditación, de la segunda lectura en los domingos y de la primera lectura cada día de entre semana, claro está, dejando que el Evangelio, ilumine nuestro ser y quehacer. Así, hoy me despido momentáneamente de san Lucas, el evangelista de la misericordia, con este pasaje, retador y comprometedor a la vez en el que el Evangelista nos invita a vivir alerta (Lc 21,34-36). Yo creo que si los cristianos católicos de nuestro tiempo no estamos alerta... ¡la vida misma nos atropella! Y estar alerta significa ser hombres y mujeres de oración, de fe profunda, de esperanza inquebrantable y de amor oblativo y concretizado en el servicio. Solo así podremos «comparecer seguros ante el Hijo del hombre» (Lc 21,36) en el juicio final. ¡Gracias Lucas, por la enseñanza de todo este tiempo, ya nos encontraremos nuevamente, y muy pronto creo, en los textos de la Navidad!

Estamos al final del capítulo 21 del evangelio de Lucas, el Señor Jesús está en Jerusalén y sigue hablando a sus oyentes del destino último. El relato es un aviso a la comunidad cristiana a estar vigilantes. La Iglesia tiene que estar alerta sobre sí misma y preguntarse continuamente quién es, para poder dar testimonio de Jesús sin desvirtuar su mensaje sin relajarse y actuar como si el Reino de Dios, que es buena noticia para todos, no estuviera ya entre nosotros. Pero, sabemos que las dificultades para estar alerta son algo casi inherente a la historia de la humanidad, y en consecuencia a todo discípulo-misionero. Todos tenemos la tentación de «instalarnos» o «acomodarnos», como recordaba ayer en una amena conversación con Chacha (una amiga muy querida junto con Isaías su esposo a quienes tanto les debo) el día de ayer: ¡en nuestra zona de confort! Estar en vela requiere estar atentos, vigilantes, despiertos, listos... aunque sea, como dice el libro de Daniel, en estos «tiempos difíciles como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora» (Dan 12,2), porque el tiempo, siempre es difícil para el que quiere ser franco, honrado, comprometido, fiel, libre... desinstalado.

Todo aquel que se instale, que se acomode, que se quede en su zona de confort, dejará de estar vigilante y por lo tanto no podrá ser un buen cristiano. Bien decía el celebérrimo teólogo Karl Ranher que el cristiano del futuro será un «místico» o no será cristiano». Y el místico es aquel que aspira a conseguir o que cree haber experimentado la unión o el contacto del alma con la divinidad. Por eso, el místico debe vivir en vigilancia no sólo porque hay que llegar esa segunda venida del Señor, sino porque hay que saber descubrir al Señor que llega, día a día, de la manera menos inesperada para encontrarse con nosotros. El místico es aquel que sabe que la fuerza para mantenerse en pie no viene de instalarse a darle vueltas a lo que embota el corazón, sino de la vigilancia y la oración, que significa perseverar volviendo a las fuentes que no son otras que al proyecto de Jesús. Así el discípulo-misionero, al cerrar un año litúrgico más, podrá presentarse ante el Hijo del hombre y dar testimonio de su fe. A la pregunta que le habían hecho a Jesús antes: para preguntarle «¿cuándo sucederá esto?» (El fin del mundo. cf. Lc 21,7), él no les habló de ningún momento exacto, sino de la actitud necesaria para que ese día no nos sorprenda «instalados» en una vida de confort que a veces no tiene sentido. Que María Santísima, que siempre se mantuvo «presurosa» y vigilante, nos ayude y que, como dicen muchas de mis feligresas de juventud acumulada: «¡Dios nos agarre confesados»! Feliz y bendecido sábado.

Padre Alfredo.

viernes, 1 de diciembre de 2017

«SIGNOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Empezamos hoy el último mes de este año de 2017. Hoy el Señor nos dice en el santo Evangelio de la Misa de hoy, que «el cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras no pasarán.» (Lc 21,29-33). Jesús, dirigiendo su mirada exterior e interior hacia la higuera, nos deja, por así decir, las últimas recomendaciones del llamado «Discurso Apocalíptico» con el tema del fin del mundo. El Señor insiste en dos puntos. Por una parte la atención que hay que dar a los signos de los tiempos (Lc 21,29-31) y por otra parte nos sitúa en la esperanza, fundada en la firmeza de la palabra de Jesús, que expulsa el miedo y el desaliento (Lc 21,32-33). Jesús sabe que naturaleza tiene su ritmo y anuncia, con los diversos cambios de clima y épocas del año, lo que está por llegar. Fijándose en eso y viendo la higuera, nos hace una indicación: igual que cuando un árbol empieza a echar sus brotes y sabemos que el verano está cerca, tenemos que ser capaces de distinguir los signos que apuntan al Reino de Dios y que, muchas veces, van al contrario de los signos de este mundo en donde parece reinar la mentira, el mal, el error y otra serie de antivalores. Es el reinado de Dios y su justicia, que comienza a hacerse presente en nuestro mundo y que esperamos que llegue a ser pleno al final de los tiempos se ve en los signos que nosotros mismos vamos viviendo y mostrando al mundo. Ahora vemos los brotes… que llegarán a dar todo su fruto en la eternidad.

Hay gente que dice que no ve signos y hay quienes los ven de más. Hay quienes no quieren cambios y otros que esperan siempre la novedad. Algunos esperan el retorno inminente de Jesús asustados por confundir signos ordinarios con extraordinarios y otros, sumergidos en un mundo de pecado, ni se inmutan ante las situaciones en donde claramente se percibe la presencia de Dios. Para nosotros, discípulos-misioneros, de Jesús, el Reino está ya —aunque no de forma completa—en medio de nosotros porque él está (Mt 28,20). Cristo camina a nuestro lado en la lucha por la justicia, por la paz, por la vida, en la búsqueda de establecer la civilización del amor. Pero la plenitud no ha llegado todavía. Por esto, esperamos con firme esperanza la liberación total de la humanidad y de la naturaleza (Rm 8,22-25). En medio de todo esto, hay hasta quienes llegan a calcular la fecha exacta del fin del mundo. En el pasado, a partir de los «mil años» mencionados en el Apocalipsis (Ap 20,7), la gente solía decir: «¡El año 1000 pasó, pero el 2000 no pasará!» Por esto, en la medida en que se iba acercando el año 2000, muchos quedaban preocupados. Pero en año 2000 pasó y nada aconteció. ¡El fin del mundo no llegó! 

La misma situación que vemos se vive en unos con tanta inquietud, se veía en las comunidades cristianas de los primeros siglos. La gente vivía en la expectativa de la venida imperiosa de Jesús. El Señor vendría a realizar el Juicio Final para terminar con la historia injusta del mundo acá abajo e inaugurar una nueva fase de la historia, la fase definitiva del Nuevo Cielo y de la Nueva Tierra. Aquellos primeros cristianos pensaban que esto ocurriría dentro de una o dos generaciones. Creían que mucha gente estaría con vida todavía cuando Jesús iba a aparecer glorioso en el cielo (1Ts 4,16-17; Mc 9,1). Y había hasta personas que habían dejado de trabajar, porque pensaban que la venida fuera cosa de pocos días o de semanas (2Ts 2,1-3; 3,11). Así pensaban. Pero hasta ahora, la venida de Jesús ¡todavía no ha ocurrido! ¿Cómo entender esta demora? En las calles de la ciudad —sobre todo nuestros hermanos separados— pintan en las paredes las palabras «Jesús volverá» pero como para dar miedo y obligar a la gente a ir a una determinada iglesia. Lo cierto es que vendrá y no avisará. Hay que esperarlo con la misma esperanza de la Virgen María, que, con su «sí», abrió la puerta a la llegada del Reino para deshacer el nudo de lo antiguo, para abrazar, con paciencia y ternura —como el ritmo de la naturaleza—, el camino que nos lleva a Dios para que Él establezca, con su misericordia de Padre, el Reino de su Hijo en nosotros. ¡Que Dios te colme de bendiciones en este mes de diciembre!

Padre Alfredo.

jueves, 30 de noviembre de 2017

«Palabras que hay que re-estrenar cada día»... Un pequeño pensamiento para hoy

«Invitar» y «venir» son dos verbos sencillos y claros pero que, en el lenguaje de todo discípulo-misionero del Señor Jesús, dicen mucho. Con estas dos palabras Cristo nos pide situarnos en el camino; movernos de la misma forma y a la misma velocidad que Él. ¡Es agradable empezar el día pensando en ellas dos: «invitar» y «venir»! porque cuando dejamos que Cristo las pronuncie, las escuchamos no solo con el oído, sino sobre todo con el corazón y todo se convierte en respuesta de amor. ¡Qué agradable resulta recibir una invitación! Me imagino el gusto de aquellos dos hermanos que, tocados por la mirada de Cristo, recibieron la invitación a seguirle (Mt 4,18-22). Hoy no tenemos para meditar el Evangelio de san Lucas que ordinariamente la Iglesia nos ha estado regalando en estos últimos días del tiempo ordinario, sino que recibimos la visita inesperada de san Andrés el Apóstol hermano de san Pedro, cuya fiesta la Iglesia universal celebra hoy para recordarnos que, al dejar resonar estas sencillas palabras en nuestro interior: «invitar» y «venir», nuestra vida se convierte en un camino por recorrer detrás de Él para conocerle más, amarle más y llevarlo al corazón de muchos más. «Los haré pescadores de hombres» (Mt 4,19), es la promesa de la invitación que hace Cristo. Solo basta asumir la invitación como algo personal y Él nos mostrará el camino para ir detrás de Él.

Y entonces, reflexionando el pasaje evangélico de esta fiesta, resuenan en mi ser otros dos verbos, dos palabras que calan: «dejar» y «seguir». El evangelista dice: «dejaron las redes y lo siguieron» (Mt 4,20). Los dos hermanos, Pedro y Andrés, que fueron los dos primeros llamados, se convierten para nosotros en un ejemplo clarísimo, valiente y convincente de respuesta vocacional. Ellos nos enseñan las cosas que hay que hacer para ir tras las huellas de Cristo, los movimientos que hay que hacer y la elección determinante que hay que tomar: «dejar» y «seguir». Estas dos palabras, junto a las dos anteriores «invitar» y «venir», llegan a ser los verbos claves y las palabras que deben quedar escritas en el corazón de todo cristiano católico que, desde el bautismo, es llamado a ser de Cristo, a vivir en Él y a darlo a todos. estas palabras deben de resonar cada día en lo secreto del alma y en el corazón; allí es donde solo cada uno puede escuchar de manera personal este maravilloso cuarteto integrado por esas sorprendentes palabras del Evangelio, que son tan vivas y fuertes, y que cambian la vida de quien las escucha, medita y hace vida.

A tan sólo dos días para terminar el año litúrgico en la Iglesia católica, estas cuatro palabras de hoy, no suenan a final, sino a principio, al nacimiento de la vocación de todo discípulo-misionero: ser testigos de Cristo anunciando su Evangelio. Gracias a la fiesta de San Andrés, re-estrenamos el anuncio del Evangelio y su fuerza salvadora. María, la Madre de Dios, vivió estas cuatro palabras cada día. María se presenta como una sencilla síntesis de estos verbos vividos a la luz de la voluntad de Dios. Ella es la sierva del Señor y la reina de los apóstoles; es discípula y misionera que se sabe invitada a formar parte de un plan de salvación para venir a cada corazón haciendo que su Hijo Jesús nazca y renazca. Ella deja todos sus planes personales para seguir el plan de Dios equilibrando estos cuatro verbos y haciendo vida con gozo el gran ideal para el desarrollo de su tarea como discípula-misionera y para la eficacia de la misión apostólica de que todos conozcan y amen al Señor Jesús. «Invitar», «venir», «dejar» y «seguir», cuatro verbos que hacen de nuestra vida una acción en una misión que no es a nuestro estilo o a nuestros planes, sino al estilo y conforme al plan de Cristo que, para mí y para todos, es siempre lo mejor, aunque nos sorprenda en medio de nuestra aparente felicidad, bien instalados: «Ellos dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron» (Mt 4,22). ¡Bendecido jueves eucarístico y sacerdotal! Les suplico la limosna de sus oraciones por mí a quienes tendrán hoy la oportunidad de participar en la «Hora Santa» en sus parroquias, capillas, seminarios y conventos.

Padre Alfredo.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

«Aunque no consigas muchos "me gusta"»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el mundo globalizado en el que vivimos, inundado de sistemas de redes sociales de todo tipo, es casi imprescindible, para mucha gente, dimensionar su propia autoestima por el número de «me gusta» que puedan acumular; pero hoy Jesús nos deja un pasaje bíblico que nos sugiere que no hay que confundir la popularidad con la felicidad y la realización, y que hay que mantener nuestros ojos en lo que tiene verdadero valor, un valor real. Jesús no promete que la vida será famosa para sus discípulos por los «likes» que logren alcanzar (Lucas 21,12-19). Lo que sí promete es que nos dará las palabras y la sabiduría necesarias para afianzarnos en nuestro amor y fidelidad a Él y a su Buena Nueva. Los primeros cristianos aprendieron rápidamente a vivir su fe en medio de la contestación que los líderes políticos y religiosos le hacían a su proclamación, a su vida nueva, a sus reuniones, a sus trabajos en beneficio de los demás. Esto no les traía muchos «me gusta», ellos sabían que así lo había vivido el Maestro, y así tenía que vivir el grupo apostólico y las comunidades nacientes, frente a los mecanismos de poder de aquellos tiempos, empeñados ya —desde que san Lucas escribe inspirado por Dios— en acabar con este nuevo estilo de vida, que no convenía a sus intereses y al que había que darle un: «no me gusta» rotundo. 

El discípulo-misionero de hoy debe aprender que el tiempo que va desde la primera venida de Jesús hasta el día final de su venida —en medio de los períodos difíciles de la historia— es el espacio para vivir en fidelidad a Jesús, dando testimonio de la opción radical por él, pues «en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). El mismo término que el Evangelio aplica a la pasión del Señor, se aplica también a los cristianos: «serán entregados». Cada discípulo-misionero, debe sentirse siempre seguro en los brazos amorosos y providentes del Padre Misericordioso, sin sustos que paralizan de vez en vez, o de terremoto en terremoto y convencido de que, como decía Madre Inés, «no somos monedita de oro» y no a todos gustará nuestro modo de ser y nuestra manera de actuar. El discípulo-misionero, en algunos ambientes, no es, necesariamente el que mejor cae, el más innocuo, el que tiene más «me gusta», el que condesciende con todo y con todos. No es el tonto, el que con su cara de buena gente todo lo pasa, todo lo tolera. El discípulo misionero de hoy y de siempre ha de ser como la sal, que da sabor, que permite contrastar. Yo no siento que el Evangelio de hoy me asuste, sino que viene a iluminar para que, la Buena Nueva, vivida y proclamada por nosotros, brille e ilumine alrededor. 

Ciertamente no todo el mundo está dispuesto a aceptar la luz y la verdad en un mundo en donde el relativismo es el rey. Es más, al mundo —ya lo sabemos— no le gusta la luz, ni la verdad…le incomoda, porque inmediatamente salen a relucir sus «congojas». Recordemos que este mundo tiene un príncipe, el de las tinieblas. Aquél que pretende hacernos creer que todo es posible, mientras los demás no te vean, mientras los demás no se enteren, mientras los demás no se quejen. Aquel rey del cinismo y la mentira, que pretende hacernos consentir que todo es cuestión de postura, de fachada, de apariencias, porque todo es relativo, no descansa y busca ocupar corazones temerosos, deprimidos, olvidados. El que quiera seguir a Cristo no debe bajar los brazos, sino, en nombre del Señor Jesús, resistir, perseverar, renovar el compromiso de seguimiento fiel a la voz del Maestro como María, porque toda comunidad sabe por ella misma, que la defensa oportuna, los argumentos aclaratorios y denunciantes —pidiendo la asistencia de María Santísima, Auxilio de los cristianos— siempre vendrán no de nuestros talentos sino de la fuerza del Espíritu que no nos deja hundirnos en nuestra patente debilidad. Por eso la Virgen dice: «El Poderoso ha hecho obras grandes por mí» (Lc 1,49). ¡Bendecido miércoles y me encomiendo a sus oraciones!

Padre Alfredo.

martes, 28 de noviembre de 2017

«El fin del mundo»... Un pequeño pensamiento para hoy


No falta quien por curiosidad o por miedo, quiera saber qué sucederá y cuándo y cómo será el fin del mundo. Estamos inundados de visiones catastróficas que nos anuncian por aquí y por allá un futuro oscuro y terrible para todos los seres vivientes. Pero lo importante no es la fecha en que el mundo sucumbirá; lo importante es preguntarnos cuál es la finalidad del mundo y de la humanidad, ¿cuál es la utopía?, ¿qué futuro podemos y debemos construir?, ¿qué quiere Dios de nosotros aquí y ahora? Con el Evangelio que la Iglesia nos propone para meditar en la Misa del día de hoy (Lc 21,5-11), podemos ver que Jesús nos dice que no hay que preocuparnos ni cuestionarnos sobre el por qué y el cuándo, pues de nada servirá saber eso si no hay un cambio radical en nuestra forma de pensar, de amar y de actuar. Porque saber el día y la hora no nos harán mejores en la caridad y la práctica de la misericordia. De ahí que lo importante sea perseverar en el amor a Dios y al prójimo, vivir nuestra dignidad como hijos de Dios y saber ser hermanos al estilo de Cristo.

No nos dejemos aterrar sumergidos en el miedo pensando en que el fin del mundo está cerca y ya se acaba la humanidad en la tierra con la venida del Justo Juez, Jesucristo Rey del Universo. Él mismo nos lo acaba de decir: "Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin" (Lc 21,8-9)... ¿Quiere Cristo que vivamos atemorizados? No ¿Quiere que nos la pasemos analizando cada guerra, cada terremoto y cada epidemia interpretando todo bajo una óptica terrorífica? No. Entonces, ¿qué quiere Cristo? 

Está claro, muy clarísimo, que Jesús quiere que estemos preparados ante nuestra muerte y el juicio final viviendo como Él, que «pasó por el mundo haciendo el bien» (Hch 10,38). Muchas de las parábolas que el Señor nos ha dejado en herencia, nos exigen estar alerta para cuando Él vuelva. Y por eso es evidente que la mejor preparación consiste en vivir, ya desde ahora, el amor a Dios y a nuestros hermanos, porque el criterio para ir a la izquierda o a la derecha del Hijo del hombre, como decía el Evangelio del domingo pasado, va a ser el demostrado amor a nuestros hermanos. A la vez, Cristo nos deja entrever que quien nos va a examinar no es un tribunal severo y exigente, propenso a suspender, sino Cristo Jesús, el que nos amó tanto que dio su vida por nosotros y que es capaz de perdonarnos hasta setenta veces siete. Está claro que lo que se nos pide en nuestro trayecto terreno es imitar a Cristo Jesús, que es el Camino Verdadero que nos lleva a la auténtica Vida. ¡Qué María Santísima, elevada al cielo, en la peregrinación de fe a lo largo de la historia, siga acompañando a la Iglesia como «modelo de la comunión eclesial en la fe, en la caridad y en la unión con Cristo, eternamente presente en el misterio de su ser divino» ¡Ella está, en medio de los Apóstoles, en el corazón mismo de la Iglesia naciente y de la Iglesia de todos los tiempos! ¡Que tengas un martes lleno de bendiciones!

Padre Alfredo.

lunes, 27 de noviembre de 2017

«La enseñanza de los pobres»... Un pequeño pensamiento para hoy

Estamos en la última semana del tiempo litúrgico en la Iglesia. El domingo entrante será el primer domingo de adviento y empezará con eso un nuevo ciclo. El Evangelio de san Lucas nos sigue llevando a pensar en los valores del reino y en concreto hoy, el Señor exalta a una viuda que, sabiendo que no tiene casi nada que dar, comparte mucho más que algunos de los ricos de aquellos tiempos (Lc 21,1-4). ¡Cuánto nos enseña tanta gente pobre que, como aquella sencilla mujer, parece no tener nada y lo tiene todo y todo para dar! Nunca olvidaré aquella misión pobrísima en uno de los lugares más olvidados de nuestro México, cuando una viejecita nos invitó a tomar «café», así llamó ella a una bebida hecha con tortillas de maíz quemadas en las brasas y luego machacadas en una especie de metate todo chueco, disueltas luego en agua hervida con azúcar en la humilde cocina de su choza. Ese delicioso «café» fue aderezado con una plática que fue toda una catequesis de esas que atrapan. Vivimos inmersos en un mundo así, un poco raro. Por un lado tenemos poca gente rica, muy rica, a quienes parece nada faltarles, pero que no quieren y no saben compartir. Por el otro, infinidad de gente pobre que no tiene casi nada, pero que quiere compartir lo que tiene, como aquella otra viejecita que llegó descalza a dar su donativo los días posteriores al terremoto que sufrimos hace poco en esta jungla de cemento en la que vivo desde hace un año.

Los pobres no sólo son personas a las que les podemos dar algo. También ellos tienen algo que ofrecernos, que enseñarnos. ¡Tenemos tanto que aprender de la sabiduría de los pobres! El texto de hoy nos enseña la actitud de dar, de pensar en el otro, no importando cuanto, sino dando desde el corazón. ¡Es lo que esa viuda nos enseña! Cuando damos algo, tal vez en algún servicio voluntario, una caridad a alguien que sabemos que tiene mucho menos que nosotros, u otra cosa que tal vez no implica algo económico, hemos de darlo con corazón de pobre y sin esperar recompensa; porque bien sabemos que todo lo que tenemos —aunque sea por el esfuerzo de nuestro trabajo— viene de Dios y es bendecido por Él. La viuda no fue al Templo a invertir, sino a dar. Cristo no se ha quedado indiferente ante tan grandioso gesto y quiere que aprendamos de esa mujer lo que es creer de veras en Dios: Dar de corazón. Dar —como decía santa Teresa de Calcuta— ¡hasta que duela! Y gracias a Dios hay tanta gente —ricos y pobres— que lo dan todo en nuestro mundo globalizado a pesar de que el materialismo galopante lo opaque y no deje verlo. Y tal vez sea mejor permanezca en lo oculto sin que sea por exhibicionismo.

¿Qué sería de nuestras misiones si no hubiera gente generosa que da a lo grande, sea poco o mucho?, ¿cómo sostendríamos muchas de nuestras obras si no fuera por esa gente que mira con la mirada de Cristo y obra con la generosidad de esa viuda? Porque la cosa, insisto, no es si se tiene poco o mucho; sino si se da poco o mucho. La frase «todo lo que tenía para vivir» (Lc 21,4), que Jesús emplea al hablar de la viuda, muestra que esa mujer entregó aquello de lo cual pendía su existencia. Así, me vienen unas preguntas para meditar: ¿Lo que doy —tiempo, dinero, servicio voluntario—, lo doy desde mi corazón, es decir sin ningún interés y con buena voluntad?, ¿Soy capaz de dar lo que esté a mi alcance al indigente, a mis hermanos, a mis semejantes, a mí comunidad eclesial? Y por último, pienso en María, la Madre de Dios, que en un «sí» ininterrumpido a la voluntad de Dios, dio todo lo suyo y entonces entiendo más de qué se trata todo esto para entrar al Reino de Dios. ¡Bendecida semana para todos!

Padre Alfredo.

domingo, 26 de noviembre de 2017

«¡VIVA CRISTO REY!... Un pequeño pensamiento para hoy

El pasaje del evangelio de san Mateo, que la Iglesia toma para celebrar la fiesta de Cristo Rey (Mt 25,31-46) el día de hoy, es siempre sorprendente. ¿Cuál es la única razón por la que Cristo abre las puertas de su reino a los que ha puesto a su derecha? ¿Por qué abrió el Hijo del Hombre a estos y no a los otros las puertas del Reino? San Agustín decía que cada vez que leía este Evangelio se quedaba asombrado y un tanto sorprendido. ¡Es que lo único que nos salva ante Dios es el amor fraterno! Qué razón tenía san Juan de la Cruz cuando decía que a la tarde de la vida nos examinarán en el amor. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace más de dos mil años. En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De esta manera vamos instaurando desde ahora el Reinado de Cristo en nosotros mismos, en nuestros hogares, empresas y ambientes, aunque sabemos que Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres, hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía. 

Que distinto es nuestro Rey a los reyes de la tierra. Al entrar triunfalmente en Jerusalén, su figura real era totalmente nueva, sorprendente. Un rey que monta un burro y que a la vez es aclamado por los niños y odiado por los cabecillas del Templo. Un rey que es coronado de espinas ante el griterío de la turba y las burlas de la soldadesca. Un rey cuyo trono está en una cruz y cuyos adornos son las huellas encarnadas de una serie de azotes sobre su carne desnuda. Un rey que es como un pastor que sigue el rastro de su rebaño cuando encuentra las ovejas dispersas. Un Rey que cuando vuelva a la tierra, el orbe entero se estremecerá desde sus cimientos ante tu presencia soberana... Al hacerse tan humilde, al bajarse tanto, al presentarse como un pobrecito hombre más, nuestro Rey muestra la trascendencia de su realeza: «Lo que hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron» (Mt 25,40). 

La parábola del Juicio Final cuenta lo que debemos hacer para poder tomar posesión del Reino: acoger a los hambrientos, a los sedientos, a los extranjeros, a los desnudos, a los enfermos y presos. Los que están del otro lado del Juicio son llamados «malditos» (Mt 25,41), y están destinados al fuego eterno, preparado por el diablo y los suyos. Jesús usa el lenguaje simbólico común de aquel tiempo para decir que estas personas no van a entrar en el Reino. Y aquí también el motivo es uno sólo: no acogieron a Jesús hambriento, sediento, extranjero, desnudo, enfermo y preso. No es Jesús que nos impide entrar en su Reino, sino nuestra práctica de no acoger al otro, la ceguera que nos impide ver al Rey de reyes y Señor de señores en los pequeños. A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas. Un ejemplo son los mártires de la época de la cristiada en México, quienes, por defender su fe, fueron perseguidos y murieron gritando «¡Viva Cristo Rey!» Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida como premió a su Madre santísima y a tantos y tantos santos y beatos alrededor del mundo. La fiesta de Cristo Rey, al finalizar el año litúrgico es una oportunidad de imitar a estos mártires promulgando públicamente que Cristo es el Rey de nuestras vidas, el Principio y el Fin de todo el Universo. Todos los que se encuentran con el Señor, escuchan su llamado a la Santidad y emprenden ese camino se convierten en miembros del Reino de Dios... ¡Qué viva Cristo Rey!

Padre Alfredo.

sábado, 25 de noviembre de 2017

«La vida eterna»... Un pequeño pensamiento para hoy


Mi pequeño pensamiento para hoy —que parece no ser nada pequeño porque no se sintetizar— en torno al Evangelio, se abre con la pregunta que hacen los saduceos —que no creen en la resurrección de los muertos— a Jesús (Lc 20,27-40). Le proponen un caso exagerado sobre la ley del levirato —si un varón moría sin descendencia, uno de sus hermanos tenía que casarse con la viuda para perpetuar su nombre en los hijos que tuvieran (Dt 25,5-10)—: Si la mujer queda viuda siete veces, ¿Qué ocurrirá en la otra vida? ¿De cuál de todos sus esposos será la mujer? Es una cuestión para dejar a Jesús sin palabras. Pero, en primer lugar, nuestro Señor critica esta visión tan pobre de pensar que el mundo futuro será como el de aquí. La vida definitiva, aunque es prolongación de esta, no puede ser reproducirla sin más. Es una vida totalmente nueva que podemos esperar, pero nunca describir o explicar. Por un lado, el «cielo» es una novedad que nos espera para toda una eternidad, y por otro, una dimensión en la que se dará cumplimiento pleno a nuestras aspiraciones más profundas. Para explicar esto, Cristo se apoya en la Escritura (Ex 3,6). Dios no es un Dios de muertos sino de vivos. Es el Dios de la historia. Su nombre lleva huellas históricas: Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob... En él todos están vivos. Fuente inagotable de vida, Dios no vive rodeado de muertos. La muerte no puede destruir el amor y la fidelidad de Dios. Dios contempla llenos de vida a nuestros difuntos, acogiéndolos en su amor.

Nuestra fe es fe en el Dios vivo y resucitador. Es fe que no nos deja encerrarnos en lo finito e inmediato. Es fe que nos mantiene en vela, anhelando el futuro interminable. La fe del discípulo-misionero es confianza en Dios, que hace posible lo que parece imposible; que cumple sus promesas, a veces por caminos desconocidos y «extraños» para nosotros. Es fe que resucita a los muertos. Y por cierto, me parece una «Diosidencia» maravillosa que esté haciendo mi reflexión, con este texto, pensando en mi querida Conchita Martín del Campo, que en la madrugada del día de ayer fue llamada a la Casa del Padre luego de una larga enfermedad que, entre visita y visita, fui viéndola abrazar como regalo de Dios para alcanzar la vida eterna. A lo largo de años y meses fui acompañando de vez en cuando a la señora Conchita con un cariño y gratitud de hijo adoptivo —porque así, como hijo, me hizo sentir siempre, desde jovencillo— despertándome una admiración profunda. ¿Cómo vivir la fe en el lecho del dolor? Lo vi en Conchita. ¿Cómo tener una visión adelantada del cielo? Lo vi en Conchita. ¿Cómo ver de lejos o de cerca esta cita ineludible llamada muerte? Lo vi en Conchita. Mi última visita en octubre, dándole la comunión, me mostró, en su lecho de dolor, la antesala del cielo.

Hoy, al ir terminando el año litúrgico, el Evangelio nos propone este texto sobre la resurrección de los muertos y la «vida eterna». Los que creemos en Jesús, creemos que Dios no abandona a nuestros difuntos, que estos no son seres etéreos que vagan por mundos desconocidos o iguales al nuestro, como algunos quieren hacer creer a la gente hoy. Morir no es perderse, sino vivir, como dijo santa Teresita: «¡No muero, entro en la vida!» Morir es entrar en la vida de Dios, en su vida para siempre, transformados por su amor. La muerte nos sumerge en una nueva forma de comunión que atraviesa las fronteras del espacio y el tiempo, porque «el amor no pasa nunca» (1Cor 13,8). Sin embargo, la fe no nos ahorra ese dolor que produce la pérdida de aquellos a quienes amamos. Pienso ahora en mi querido profesor José Hernández, el esposo de Conchita, también visitado por Dios en la enfermedad, y lo encomiendo a María, como me encomiendo yo y los encomiendo a todos, porque a Ella, la excelsa Madre de Dios, nos acompaña sobre todo en esos momentos de sentimientos encontrados. Pienso en lo que la Virgen le prometió a santa Matilde y con esto cierro mi reflexión hoy que es sábado dedicado a María Santísima: «A todos los que piadosamente me sirven, les asisto fidelísimamente, como Madre piadosísima. Les consuelo y amparo».

Padre Alfredo.

viernes, 24 de noviembre de 2017

«MI CASA ES CASA DE ORACIÓN»... Un pequeño pensamiento para hoy


El texto del Evangelio de hoy (Lc 19,45-48), que nos presenta la entrada solemne de Jesús en el Templo —como lo profetizó Malaquias 3,1— y la expulsión de los vendedores de allí (19,45-46), nos ofrece una buena oportunidad para hablar del valor del Templo y de las cosas de Dios. El ambiente del Templo Jerusalén era bastante animado. El Templo ofrecía diversos espacios en donde la gente socializaba. Allí se encontraban los amigos, se resolvían problemas e incluso los grupos religiosos de la época aprovechaban las diversas áreas para reunir a sus partidarios. En la parte más amplia, llamada «El patio de los gentiles», albergaba algunos comerciantes que estaban allí por razones prácticas: puesto que un peregrino no siempre podía venir cargando desde lejos su ofrenda (un animal pesado), lo mejor era traer el dinero y adquirirlo allí mismo en el templo para realizar el sacrificio.  También se podían comprar en esos comercios otros elementos necesarios para el culto, como vino, aceite y sal.

A Jesús, luego de su entrada triunfal, le molesta que algunos se aprovechen del culto de Templo para justificarse, sin esforzarse verdaderamente por la conversión y aprovechar la situación para cambiar animales y hacer otra clase de negocios.  Por esa razón Jesús cita dos profecías: De Isaías 56,7, Jesús toma la frase: «Mi Casa será Casa de oración».  Son palabras que muestran cuál es la verdadera finalidad del Templo. De Jeremías 7,11, Jesús toma la frase: «Cueva de ladrones». Estas palabras muestran en qué ha llegado a convertirse el culto a Dios. El legítimo comercio para poder realizar los sacrificios estaba acompañado de injusticia.  Detrás de todo, como también lo denunció Jeremías, se realizaba un culto sin conversión, comprando, cambiando y vendiendo animales y traficando con las diversas divisas. El culto venía a convertirse, para esos vendedores, en un tranquilizador de conciencias. ¿Qué querrá decirnos Jesús con este gesto impactante? Tal vez esté pensando en quienes muchas veces utilizan a la iglesia como medio para sus propios intereses, quizás esté pensando en cada hijo suyo que frecuenta los sacramentos y no se acaba de convencer de que lo importante verdaderamente es servir sin ser visto, sin sacar tajada, sin que nadie lo note. Jesús exige un cambio de rumbo: purificar el templo de todas aquellas negatividades humanas y conducirlo a su función originaria: rendir verdadero servicio a Dios.

Por otra parte, en el mismo pasaje san Lucas dice: «Todo el pueblo estaba pendiente de sus palabras» (Lc 19,48). Era la gente buena que, como muchos de hoy, hacen a un lado a los vendedores de recuerditos afuera de los santuarios cuya ganancia es para ellos y nadie más; a los organizadores de bodas que ni católicos son y cobran dinerales por hacer puro lucimiento y dicen que van de parte de la Iglesia, a los que quieren sacar tajada para ellos por cualquier cosa. El comercio tiende a crecer y a crecer cuando encuentra un mercado, de manera que el Templo, el lugar de oración, en tiempos de Cristo, había degenerado en una suerte de mercado. Jesús necesitaba desafiar esa tendencia y reafirmar la santidad del lugar. ¿Ocurre algo parecido a eso en nuestros tiempos? El deseo de Cristo es morar en cada templo que es nuestro cuerpo... ¡somos Templos vivos del Espíritu Santo! ¿Qué hemos hecho de nuestras casas, de nuestros templos, de nuestros cuerpos? ¿A quién se refiere el Señor, sino a cada uno de nosotros? ¡Revisémonos! ¿Qué somos? ¿Qué hemos recibido? ¿Qué se nos ha dado? ¿Cómo debía ser nuestra vida y cómo es, sin embargo? Confesémonos, participemos en la Eucaristía por lo menos cada domingo, escuchemos activamente las lecturas durante la misa, acudamos a alguna escuela bíblica, démonos tiempo para leer la Biblia. Aprendamos de los santos que encontraban todo lo necesario para su vida muy unidos al Templo para descubrir el rostro misericordioso de Dios y conocer su corazón... María, cuando Jesús le dice que debe estar en las cosas de su Padre, en el Templo; guarda todo aquello en el corazón, lo medita y lo hace vida (Lc 2,19). ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 23 de noviembre de 2017

«Jesús lloró por Jerusalén»... Un pequeño pensamiento para hoy

Estamos casi por terminar el año litúrgico y san Lucas nos ha llevado en la lectura diaria del Evangelio de la mano de Jesús en un largo viaje que culmina en Jerusalén (Lc 19,41-44). Es precisamente en las cercanías de esta ciudad, en donde se sitúa el pasaje que se nos propone meditar para el día de hoy. Después de la entrada mesiánica de Cristo en las afueras de la gran ciudad, san Lucas nos comparte esta «lamentación por Jerusalén». Jesús llora contemplando la ciudad y sus habitantes (Lc 19,41). Algunos detalles del texto son impactantes por su contenido. En primer lugar hay un notable contraste entre la alegría de la escena de la entrada mesiánica (Lc 19,36-38)  y el llanto de Jesús de este momento. En las afueras, Jesús fue aclamado festivamente como Mesías, pero ahora se detiene y llora de pena por la ciudad cuyo nombre viene del latín «hierosolima» (del hebreo «Ierushalaim» ירושלים) que significa «Ciudad de la Paz», evocando la ruina de Jerusalén que puede hacer alusión a la del año 587 o a la del año 70 de nuestra era, de la cual no describe ninguno de sus rasgos característicos, pero presenta una profecía llena de realismo.

Esa realidad de destrucción histórica que contempla proféticamente el Mesías, es, en definitiva, signo de algo más profundo: Jerusalén no reconoce en este día la presencia de su divino salvador que es portador de la gracia divina y no lo reconocerá. Ese es el gran contraste. Ese es el misterio que encierra el pasaje. Los representantes religiosos de la «Ciudad de la Paz» rechazan al Mesías, príncipe de paz. No reconocen que este es para ellos su momento decisivo, que aquella visita constituye una gran oportunidad de encuentro con Dios. No reconocen el tiempo de gracia y rechazan a su salvador. ¡Qué gran paradoja: lo tienen delante y no lo ven! Le es enviado al pueblo un Mesías redentor que viene a establecer la paz y no lo reconocen. Con razón san Juan en su hermoso y profundo prólogo escribirá: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Dios está oculto a sus ojos como lo está aún a los ojos de muchos que hoy tampoco lo quieren ver o que no lo ven porque nadie les ha hablado de Él. Así, todo discípulo-misionero del Señor, debe comprender y asimilar que el motivo del llanto de Jesús no es simplemente la suerte de la ciudad con toda su belleza y esplendor. Cristo, después de arribar a Jerusalén luego de una larga peregrinación y después de ser aclamado momentáneamente, no está pensando sólo en el sufrimiento de sus habitantes; está pensando en la negativa humana a recibir la salvación rechazando la paz. Pero Él sabe también que ese poder de rechazarle no va impedir el amor salvador de su Padre Dios. Simplemente la historia de la salvación seguirá otros caminos gracias a la acción del Espíritu Santo.

Jesús entra en Jerusalén, montado en un burro –como lo recordamos cada Domingo de Ramos– y sus discípulos y la demás gente lo aclama gritando «¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Mt 21,9). Todo es júbilo y algazara entre la gente, pero aquello contrasta con un Cristo de ojos llorosos sufriendo y profetizando, a la «Ciudad de la paz», su destrucción. Hoy nosotros vivimos, en muchas de nuestras ciudades asoladas, un tiempo en el que nos vemos sacudidos por la violencia, en el que reinan e imperan una serie de criterios fundamentalistas y egoístas que fracturan la convivencia pacífica causando más daño y víctimas que el pasado terremoto del 19 de septiembre en Ciudad de México. Nuestra fe en el Mesías está erigida sobre la paz y el amor entre todos, pero se malinterpreta y se usa como excusa para la indiferencia, quedándose muchas veces en la vivencia de una fe de una especie de sensacionalismo equiparable al de aquella entrada triunfal. Jesús, en este momento tan crucial de su vida, perdona, no impone, pero tampoco se queda callado haciéndoles creer que bastará con esa fiesta provisional y momentánea para hacerle sentir que su obra redentora está completa. Él, entrando así a la ciudad, montado en un burrito y llorando de tristeza, habrá de subir también a la Cruz, invitándonos a ser como Él: «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Aprendamos, pues, a ser como Él y su Madre santísima, no gente de fe enclenque y de una emotividad superficial y ruidosa, sino serenos constructores de paz, sembradores de concordia, heraldos de amor. Hoy es jueves eucarístico y sacerdotal, una buena oportunidad para estar con Él y acompañarle en su dolor. ¡Han de dispensar mi larga reflexión de hoy!

Padre Alfredo.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

LOS TALENTOS... Un pequeño pensamiento para hoy


Apenas el domingo compartía con ustedes mi reflexión en torno al pasaje del Evangelio de san Mateo que habla de los talentos -o millones en la traducción para México-. Hoy volvemos, en la reflexión diaria sobre este mismo tema, pero en el Evangelio de san Lucas, que funde dos parábolas en una. Jesús ya está cerca de Jerusalén y los oyentes de sus enseñanzas esperaban que la llegada de la plenitud del Reino se daría de un momento a otro. San Lucas toma estas palabras de Jesús para aclarar que reino de Dios no llegará en un futuro inmediato, que hay que esperar la justicia de Dios al final de los tiempos y que en el Reino entrarán los que viven y actúen con responsabilidad mientras el Señor está ausente. La cuestión principal de esta parábola está en la importancia de hacerse cargo de la misión que el Señor nos ha encomendado como discípulos-misioneros… ¡hay que hacer fructificar los dones recibidos! Para todo aquel que se ha dejado alcanzar por Cristo, la vida cristiana no consiste en estar pendientes del futuro y absortos en él. La tarea se realiza en el presente, no sólo en la expectación.

Hay que trabajar sin descanso por establecer el Reino de Dios en este tiempo previo -del “ya” pero todavía “no”-, este tiempo que es incierto en su duración, este tiempo que no es otra cosa que el kairós de la Iglesia en el que no tenemos otra opción para construir una nueva civilización del amor que hacer germinar los talentos que la vida nos ha dado. Este, que nos ha tocado vivir, es tiempo de espera, porque el Reino de Dios manifestado en Cristo Jesús va cciendo lentamente y no es lugar de ociosos, sino espacio para gente que quiera poner manos a la obra de administrar con habilidad los propios talentos que el Creador ha puesto en nosotros para multiplicarlos y compartirlos. Nuestro tiempo es de trabajo y de un quehacer constante, porque el Reino tampoco admite gente que esté mirando hacia atrás celebrando las glorias del pasado creyendo ilusamente que todo está hecho. La parábola nos recuerda una vez más que el Señor volverá y nos pedirá cuentas a todos, a los que invierten los talentos y a los que los sepultan. El Señor premiará a los fieles, a los que han entendido que la vida es un espacio de santificación  para dar gloria a Dios contribuyendo con lo que son y lo que tienen con la misma vida compartida con los hermanos, peregrinos y buscadores como nosotros, de la voluntad de Dios.

La espera del Señor no debe paralizarnos ni asustarnos para ir a enterrar el talento que hemos recibido. Al contrario, el encargo que nos ha dejado el Señor debe estimularnos para adelantar la venida del Reino, que siempre será tiempo de gozo y nunca de andar tristeando. Recordemos cómo María, que oraba junto con los apóstoles esperando la llegada de la plenitud del Reino, es invocada como “causa de nuestra alegría”, porque la alegría de nuestros corazones es la llegada del Reino de su Hijo Jesús. Desde ayer estoy en Monterrey visitando a mi madre, que está recuperándose de una inesperada visita del Señor en la enfermedad. Ella, que siempre está alegre y glorificando al Señor esperando la llegada del Reino no pierde el ánimo. Hoy regreso a la jungla asfáltica de mi querida CDMEX. Desde aquí, literalmente al pie del cerro de La Silla, en casa de mi hermano y su familia -que es la mía- mando un sincero y apretado abrazo virtual a monseñor Pedro Agustín Rivera Díaz, nuestro querido y admirado párroco allá en Fátima de la colonia Pro-Hogar. Este santo varón que, en todo momento, desde cerca y desde lejos, nos llena el corazón de la alegría de los valores del Reino con su entrega sin medida, su perenne sonrisa y su amor a Jesús Eucaristía. ¡Muchísimas felicidades Monseñor, hermano y amigo de tantos y tantos años! ¡Que tengan todos un miércoles lleno de oportunidades para multiplicar sus talentos y seguirle dando gloria al Señor!

Padre Alfredo.

martes, 21 de noviembre de 2017

«La presentación de María al Templo»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy, en la Iglesia católica, celebramos la presentación de la Santísima Virgen María. Esta es una fiesta que nació en Oriente, en el año de 543, con ocasión de la dedicación de la basílica de Santa María la Nueva, en Jerusalén. Se supone que María fue presentada en el Templo como era la costumbre, según el Evangelio nos narra lo fue su hijo Jesús. Pero, este es uno de los misterios de la vida de la Santísima Virgen que menos conocemos. La Sagrada Escritura no dice nada acerca de este hecho, que, sin embargo, está fundado en una tradición antigua y autorizada, y es ampliamente reconocido por la Iglesia. La ceremonia de presentación en el templo era para los judíos lo que hoy el Bautismo es para los cristianos. ¿Qué decir de algo de lo que no sabemos nada o casi nada? Sólo podemos hablar, a la luz de esta memoria mariana, que, desde el principio de su existencia, María fue la «humilde sierva del Señor», al que amaba y servía con todas sus fuerzas (Cfr. Lc 1, 26-38). La respuesta al Ángel en el momento de la Anunciación, expresa una actitud que ha sido vivida por ella desde siempre, por eso antes de que la Virgen la pronunciase, pudo decirle el Ángel: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios» (Lc 1,30).

A la libre iniciativa del Altísimo que la concibió inmaculada y llena de gracia, la Virgen respondió siempre con toda libertad y con todo el amor de su corazón inmaculado. ¡Qué ganas de tener un corazón como el de ella! Me viene a la mente aquel canto tan hermoso, obra de mi admirado profesor José Hernández Gama que dice: «Préstame tu corazón, Virgen María, para hospedar a Jesús, en este día». ¡Para hospedar a Jesús!... ¡Qué dicha y que honor! Y entonces me encuentro con el Evangelio que la liturgia propone para este martes y me llama la atención que Jesús dice a Zaqueo: «Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que “hospedarme” en tu casa» (Lc 19,5). Es Jesús quien toma la iniciativa de hospedarse en casa de Zaqueo, es Dios el que sale a nuestro encuentro invitándonos a amar con alma grande; a servir con generosidad, para luego gozar del cielo por toda la eternidad, habiendo sembrado primero, a lo largo de nuestra vida, la buena semilla del testimonio, del amor, de la justicia y de la paz. La simple presencia de Jesús en esa casa de Zaqueo, obró en éste un cambio de vida radical: «Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más» (Lc 19,8). El pequeño Zaqueo se ha convertido, por el contacto con Jesús, en un hombre nuevo, en una nueva creación, «levantado» y «resucitado» a una vida diferente. Y ese milagro lo ha obrado el que nos busca y nos salva, el que viene a nuestro encuentro. 

Qué actitud tan hermosa y valiosa la de Zaqueo, que, conociendo sus pecados, acepta al Señor y atiende rápidamente a su petición de hospedaje. Todos los discípulos-misioneros podemos imitar esta actitud de prontitud ante los reclamos del Señor y la prontitud alegre también de la Madre de Dios, porque no hay mayor motivo de felicidad y alegría que Jesús nos llame y lo hace todos los días. Zaqueo no podía seguir siendo el mismo después de conocer personalmente a Cristo. Decide restituir a toda persona que haya engañado. Y Cristo, que conoce el corazón de cada hombre, le da la buena noticia: «Hoy la salvación ha entrado a su casa» (Lc 19,9). Este, que es un día para dar gracias a Dios, y también para meditar en nuestras opciones fundamentales pensando en la elección que Dios hace de María, de Zaqueo y de cada uno de nosotros, nos hace también bendecirle al contemplar la opción radical, total y continua de María por una parte y la conversión de Zaqueo por otra. Porque en quien se llena de Dios, los actos no son puntos aislados, momentos incomunicados, sino actitudes, hábitos, vida diaria que re-estrena la consagración a Él cada día. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.