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domingo, 1 de febrero de 2026

Josefina Kato... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XC

Hace muchos años, el 18 de Febrero de 2010 a las siete de la mañana llegó el Esposo Divino por una de nuestras queridas hermanas Misioneras Clarisas, la hermana Josefina Kato Sadako a quien ahora quiero recordar y compartir algo de su vida con ustedes, mis queridos lectores. 

La Hermana Josefina fue una misionera japonesa incansable que tuve la dicha de conocer por allá en los años ochentas. Sus últimos días de vida fueron difíciles, pues padecía de Alzheimer y se encontraba internada en un centro especial muy cerca de la casa de nuestras hermanas en Karuizawa. Allí duró varios años. Siempre se caracterizó por su amabilidad y por una caridad exquisita. Se puede decir que fue una misionera a tiempo y a destiempo. Una de las características que más la distinguía era la sonrisa, una sonrisa perenne al estilo de nuestra Beata Madre Fundadora, incluso cuando ya permanecía atrapada por esa incomprensible enfermedad. 

La hermana pasó muchos años de su vida consagrada en la misión de Ota, en su tierra nata, dedicada, como la mayor parte de su vida, a la catequesis. En las diferentes misiones a donde la obediencia la envió, fue instrumento del que Dios se valió para invitar a algunas de nuestras hermanas japonesas a la vida consagrada. 

De una manera muy particular, la hermana Kato —como le llamaban de cariño— conjugaba la educación sobrenaturalizada con una sin igual simpatía que hacía a todo mundo pasar un rato agradable con sabor a recreación pero aprendiendo, a la vez, a vivir para Cristo. Era una persona muy positiva y emprendedora que en el corazón de todo el que convivía con ella, dejaba un olor a entrega, a bondad, a fervor y un gran deseo de que Jesús y su Madre Santísima fueran conocidos, pues su celo por la salvación de las las almas era tan grande, que aún cuando empezó a perder sus facultades por el Alzheimer, en el centro en donde estaba como interna, se ponía a evangelizar a como podía.

Nuestras hermanas religiosas cuentan que en una ocasión, cuando la fueron a visitar, los miembros del personal del centro —algunos de ellos obviamente budistas— les hicieron varias preguntas sobre la Biblia, sobre Cristo, sobre la fe cristiana. Allí logró fundar un grupo de personas de las mismas enfermas que estaban internadas, para hablar de la Fe católica. A la gente le gustaba escucharla...y hasta se hizo famosa por lo que al grupo le pusieron «El Club de la Hermana Kato». Así, junto a los clubs de Origami —figuras de papel doblado— o de música, de canto, tejido y otros, Jose no perdiendo oportunidad... ¡también hizo su club!

Las dos últimas semanas de su vida, estuvo en el hospital. Tuvo que ser trasladada al nosocomio pues aunque ya no padecía dolor por el avanzado grado de su enfermedad, empezó a tener problemas respiratorios, y al examinarla le descubrieron que tenía cáncer en los pulmones. Ya pasaba mucho tiempo en que la mayor parte permanecía dormidita, y fue así que, ya en el hospital, se fue apagando como un cirio esperando la llegada de su Señor.

Las Misioneras Clarisas de la comunidad de Karuizawa estuvieron a su lado para atenderla con mucho amor y dedicación en esos sus últimos días, hasta que llegó el momento del desenlace final en el que la el Esposo Divino llegó por ella, que estaba tan preparada como las diez vírgenes prudentes del evangelio, ya que desde el día en que la hospitalizaron, había recibido el sacramento de la Unción de los enfermos. 

Siempre, mientras pudo hablar, aún sin reconocer muchas cosas, se le escuchaba dar las gracias por todo. Murió en una hora muy particular acompañada de su superiora, la hermana Clara Yamazaki, porque, en ese momento, todas las demás misioneras de aquellas tierras del Sol Naciente, asistían a la Santa Misa en nuestras respectivas casas.

Les invito a que ahora que he recordado a nuestra querida hermana Josefína Kato, demos gracias al Señor por el regalo tantas hermanas, misioneras incansables, que han dejado en este mundo, unas huellas que son, sin duda alguna, las huellas de Cristo. Me viene ahora unas palabras de nuestra amada Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, la iniciadora e inspiradora de esta gran Familia Inesiana de la que muchos formamos parte: «Jesús dulcísimo, que me has amado tanto y que quieres mi bien, y no te cansas de instruirme, se han abierto sobre mi alma esas claridades que sólo pueden dimanar de tu amor misericordioso, me has sumergido en ellas y, humillándose mi alma, ha comprendido, ha aceptado, ha amado».

Padre Alfredo.

sábado, 4 de octubre de 2025

ORACIÓN VOCACIONAL DEL JOVEN



Señor Jesús,
reconociéndome amado por Ti,
he visto cuánto te necesita
el mundo.

A pesar del miedo y la duda,
aquí estoy.
Envíame a ser,
lo que has soñado para mí,
desde la eternidad.

María, Madre de los jóvenes,
tú que dijiste «sí» con alegría,
enséñame a hacer,
todo lo que Él me diga.
Amén.

miércoles, 13 de julio de 2022

ORACIÓN VOCACIONAL DEL JOVEN...

 

Señor Jesús,

reconociéndome amado por Ti,

he visto cuánto te necesita

el mundo.


A pesar del miedo

y la duda, aquí estoy.

Envíame a ser, lo que has soñado

para mí, desde la eternidad.


María Madre de los jóvenes,

tú que dijiste «Sí» con alegría,

enséñame a hacer,

todo lo que Él me diga.

Amén.

jueves, 22 de abril de 2021

ORACIÓN DEL PAPA SAN JUAN PABLO II POR LAS VOCACIONES...

Oh Jesús, buen pastor, acoge nuestra alabanza y nuestro sincero agradecimiento por todas las vocaciones que, mediante tu Espíritu, regalas continuamente a tu Iglesia.

Asiste a los obispos, presbíteros, misioneros y a todas las personas consagradas;

haz que den ejemplo de vida verdaderamente evangélica.

Da fortaleza y perseverancia en su propósito a aquellos que se preparan al sagrado ministerio y a la vida consagrada, multiplica  los evangelizadores para anunciar tu nombre a todas gentes.

Protege a todos los jóvenes de nuestras familias y comunidades; concédeles prontitud y generosidad para seguirte. Vuelve también hoy tu mirada sobre ellos y llámalos. Concede a todos los llamados la fuerza de abandonar todo para elegirte sólo a Ti que eres el amor.

Perdona la no correspondencia y las infidelidades de aquellos que has escogido.

Escucha, oh Cristo, nuestras preces por intercesión de María Santísima, Madre tuya y Reina de los Apóstoles. Ella, que por haber creído y respondido generosamente, es la causa de nuestra alegría, acompañe con su presencia y su ejemplo a aquellos que llamas al servicio total de tu Reino. Amén.

Juan Pablo II.

domingo, 4 de octubre de 2020

ORACIÓN PARA EL DISCERNIMIENTO VOCACIONAL...

¡Señor Jesús!

Pastor de nuestras almas que continúas

llamando con tu mirada de amor a tantos

jóvenes que viven en las dificultades

del mundo de hoy, abre su mente para

oír entre tantas voces 

que suenan en su alrededor

tu voz inconfundible, suave y

potente que también repite hoy:

¡ven y sígueme!


Mueve nuestro joven corazón 

a la generosidad, hazla sensible 

a las esperanzas de los hermanos 

que piden solidaridad y paz, verdad y amor.

Orienta el corazón de nuestra juventud hacia

la radicalidad evangélica para revelar

al hombre moderno las inmensas riquezas

de tu caridad.


¡Llámanos con tu bondad,

para atraer a muchos a Ti!

¡Préndenos con tu llama de amor,

para irnos en pos de Ti! y

¡Envíanos con tu verdad,

para conservarnos en Ti!

Amen.

sábado, 18 de abril de 2020

La alegría de saberse llamado a la vida consagrada*... UN TEMA VOCACIONAL

En su libro «¡Levantaos, vamos!», san Juan Pablo II cita un pequeño fragmento de una poesía de Jerzy Liebert que viene bien para abrir esta reflexión que hoy quiero compartir para hablar de la alegría de quien se sabe llamado a la vida consagrada. El poema dice así: «Te estoy aprendiendo, hombre, te aprendo despacio, despacio. De este difícil estudio goza y sufre el corazón».

Sí, sabemos que el hombre es un misterio insondable. ¡Qué difícil es descubrir plenamente lo que somos!... lo que anhelamos, nuestro ser en sí. ¿Quién soy yo? ¿Qué es lo que el Señor quiere de mí? ¿Quién eres tú? ¿Qué hay dentro de ti? Son preguntas que el ser humano se hace, o debería hacerse con frecuencia.

Para el creyente, surgen siempre muchas interrogantes, el hombre es un ser cambiante a quien le cuesta trabajo decidir, parece que hay sólo una certeza, que es la que el apóstol San Pablo nos confirma: «Todos ustedes son uno en Cristo Jesús… ustedes son de Cristo» (cf. Gal 3,26). Esta es una especie de respuesta básica a tantas interrogantes, una respuesta que alienta la búsqueda y la realización de un ideal.

Jesucristo, en el Evangelio, hace una pregunta a sus amigos: «¿Quién dice la gente que soy yo? ?Quién dicen ustedes que soy yo? (Mt 16,13). Jesús fórmula este cuestionamiento en un clima de oración y con la certeza de que los otros, los cercanos a él, los discípulos, sus amigos, le abrirán el corazón para descubrirle quién es: «Tú eres el Mesías de Dios» (Mt 16,16).

La vida tiene valor cuando se hace donación de amor a los otros, cuando se transforma en entrega generosa en toda clase de servicios y favores al hermano; es así cuando podemos decir que vamos descubriendo lo que somos, despacio… El creyente debe ir creciendo, respondiendo descubriendo su propia identidad: «Despacio, que voy deprisa» dice el dicho popular.

Hay personas que quieren sellar de una manera más seria la consagración que recibieron en el bautismo con una ofrenda, la ofrenda de la vida. Recuerdo que la beata María Inés Teresa del santísimo Sacramento, escribe por ahí que: «La vida no vale la pena vivir sé si no se emplea toda ella en conquistar almas, vasallos para el rey inmortal de los siglos… Si no es para salvar almas, no vale la pena vivir».

Es esta, como podemos ver, la búsqueda que lleva al conocimiento profundo de lo que somos. Con razón Jesús dice: «i alguno quiere seguirme, que no se busque asimismo que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para asimismo su vida, la perderá pero el que la pierda por mi causa, ese la encontrará» (Mt 16,24-25).

Libremente hay quienes han querido hacer una consagración especial al señor mediante la vida consagrada y de alguna manera los miembros de la iglesia, hemos de mirar llenos de esperanza, y de gratitud a estas personas que seguramente no se cansarán de hacer el bien.

¡Qué misterio de amor tan maravilloso! Cada uno de nosotros somos un ser único e irrepetible e, y a la vez, estamos llamados hacer uno en Cristo Jesús, a tomar la cruz y a tenerlo por compañero de camino. En este seguimiento de Cristo, quien quiere consagrarse de manera particular, ha de echar mano de una creatividad que habla de una vocación viva que se transforma en tomar la cruz cada día, es decir, en un re-estrenar la vocación cada día con decisión de corazón. El acto de consagración que el que ha sido llamado para vivir así realiza, no se reduce a un pensamiento abstracto de algo «bonito» que adorna la vida. Jesús les dice a sus apóstoles: Es necesario que el Hijo del hombre sufra... que sea entregado a la muerte y que resucite» (Lc 9,22).

La cruz de cada día, marca la realización de cada vocación específica. Tomar la cruz es básico para descubrir quiénes somos y qué hacemos en este mundo. El llamado a la vida consagrada, como cada uno de nosotros, carga con esa cruz, esa cruz que va sellada con tres votos: castidad, para hacer todo pertenencia de Dios y dejar actuar al espíritu; obediencia, para buscar en toda la voluntad del padre de los cielos; y pobreza, para pasar por el mundo como Jesús, que vivió siempre sin apego a nada material, desprendido para amar con un corazón sin fronteras que no tiene dónde reclinar la cabeza (cf. Mt 8,20).

A partir del momento en que la persona decide consagrarse de una manera especial mediante estos votos de pobreza castidad y obediencia, tendrá una ayuda muy especial del señor para poder discernir y seguir sus caminos misteriosos de luz y de amor, que siempre llevan a la cruz, fuente de vida y primavera de la existencia, y que van dando sentido a la vida misma. Pero el consagrado de hoy, vive en medio de un mundo que teme a la Cruz, al desgaste de la vida, hacer donación, pan partido como Jesús Eucaristía... ¡Qué peligro!

Con esa consagración especial, la persona entra en la vivencia de un dinamismo de seguimiento radical de Cristo en una fidelidad creativa. Por medio de los votos religiosos se convierte en padre de las almas, motivando y estimulando la oración personal y comunitaria; colaborando para que la eucaristía sea siempre el centro de su vida y de la comunidad que le rodea; buscando la gracia del perdón, de la alegría, de la sencillez para sí mismo y para los que están a su alrededor; promoviendo el diálogo espiritual, compartiendo el camino con los demás llamados; avivando el fuego del espíritu con fervor contagioso; alentando y corrigiendo fraternalmente a quien lo necesite; presentando su vida pobre, casta y obediente, como una bendición, como un signo que invita a todos a descubrirse como pertenencia de Dios. 

En todo consagrado, se renueva esa gracia especial del Sacramento bautismal. El consagrado eEn todo consagrado, se renueva esa gracia especial del sacramento bautismal. El consagrado es llamado a vivir así de una manera especial, en medio de una comunidad, la comunidad de los bautizados, la comunidad de la iglesia.

Jesús sigue hablando hoy en la iglesia y en la historia él nuevamente nos pregunta: «¿Quién dices tú que soy yo?» y nos invita a hacernos la misma pregunta: ¿Quién dice el mundo que soy yo, un cristiano del tercer milenio? Su presencia se percibe entre nosotros en un los gestos humildes, pobres y sencillos que se van dando día a día; una invitación que viene de lo alto y que se hace a todos para abrirnos a su voz murmullo suave que cuestiona y espera una respuesta, un sí desde lo que somos y hacemos, llevando la cruz de cada día, sólo así podremos, como a las personas consagradas, elevar nuestras voces como el salmista, bendiciendo a Dios admirando su gloria y su poder.

Para terminar esta reflexión, miremos a alguien que sabe dar respuesta de su identidad y nos alienta en el diario cargar la cruz, ella, llena de gracia, sencilla, pobre, humilde, se comprometió a acompañar siempre a toda persona consagrada y a interceder por nosotros. La santísima virgen María va a nuestro lado, y así como de una manera muy particular acompaña a las personas consagradas, nos acompaña a cada uno de nosotros, y nos invita a conocernos más, y a seguir, más de cerca el camino de su hijo Jesús.

Padre Alfredo.

* Un tema de reflexión basado en una homilía de la profesión religiosa de un joven misionero que pronuncié en el año 2004.

viernes, 17 de abril de 2020

LAS 7 CARACTERÍSTICAS DEL ESTILO MISIONERO DE JESÚS...

1. La certeza de ser amado, llamado y enviado

El Señor «llamó a los que Él quiso» (Mc 3,13) y de ellos «hizo Doce». Jesús toma la iniciativa y nos invita a ser sus colaboradores. Esta convicción vocacional nos llena de serenidad en los momentos difíciles. No por nuestros méritos sino por designio divino. Al llamarnos confía en nosotros y espera nuestra respuesta generosa. Luego pone en nuestras manos su propio proyecto.


2. Participar de su Vida

Los llamó «para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar con el poder de destruir el mal» (Mc 3,13-14). Una traducción más exacta sería: «para ser uno con Él» (cf. Jn 17,22). Esta es la esencia de la vocación misionera: estar unidos a Jesucristo como las ramas al árbol. La oración y la escucha cotidiana de su Palabra constituyen la fuerza invencible de la misión. Hablar con Él para hablar de Él. De otra forma lo único que haremos será predicarnos a nosotros mismos y lo que construyamos quedará sobre arena. Los sacramentos, en particular la eucaristía y la reconciliación, como ríos de gracia, nutren nuestra conversión y nos asocian al Amor capaz de aniquilar la acción del maligno.


3. Testigos de Fraternidad

Somos enviados como Iglesia, nunca solos: «de dos en dos». Porque el núcleo del anuncio consiste en mostrar que somos hermanos y hermanas en el único Padre-Amor. Por eso el mundo no nos quiere recibir, ya que testimoniamos y proclamamos la fraternidad ante una sociedad que nos asegura lo contrario. Esto es también el fin que anhelamos: «que viendo cómo nos amamos, glorifiquen al Padre que está en el cielo» (cf. Mt 5,16). La experiencia de la fraternidad es lo que más necesita nuestra presente humanidad herida. De dos en dos para aligerarnos con el bálsamo de la amistad y ayudarnos a cargar la cruz, para que el testimonio sea válido conforme a la ley judía, sobretodo para estar ciertos de la presencia del Maestro que nos prometió «ahí donde dos o más se reúnan en mi Nombre, yo estaré en medio de ellos».


4. Abandono en la Providencia

Si llevamos dinero la gente nos pedirá dinero. Si ponemos, de hecho, la prioridad en cosas materiales o en capacidades humanas, entonces seremos dependientes de lo que hemos puesto como base. En cambio Jesús nos pide como única condición misionera «no lleven oro, ni morral, ni doble túnica» (Lc 10,4). En otro texto solamente nos permite «las sandalias y el bastón» (Lc 9,3) como instrumentos del Buen Pastor: para caminar con el pueblo a través del desierto y para golpear la roca de donde brote el agua o para conducirlos hasta la tierra prometida separando las corrientes marinas. Si ponemos nuestra prioridad en la Providencia, la gente descubrirá a Aquel que nos cuida «más que a las flores del campo o a los pájaros del firmamento» (cf. Mt 6,26). No es cuestión de dar sino de darse. Los bienes materiales son buenos en cuanto nos ayudan a este fin. El testimonio de una Iglesia pobre y servidora llega más lejos que cualquier sermón. La pobreza evangeliza es aquella que nos separa de la lógica mundana, ligada al tener y al poseer —pues todo aquello a lo que nos apegamos luego nos posee— y en cambio nos acerca más a Dios y a los más necesitados.


5. Instrumentos de Paz

«Cuando entren en una casa, digan "Shalom"» (cf. Lc 10,5-6). Lo que más necesitan las personas es el Shalom: la paz que nada ni nadie puede dar sino sólo Dios. La paz que devuelve la dignidad al hombre degradado o a la mujer maltratada, que no juzga ni condena, que devuelve la esperanza y que hace llorar de alegría. El Shalom que retuerce la escala de valores del mundo y coloca en primer lugar a nosotros, hijos e hijas de Dios, encontrados y perdonados.


6. Fieles en la Cruz

Jesús es consciente que nos envía «como ovejas en medio de lobos» (Mt 10,16). Al mal no se le vence engordándolo más por la revancha. Al mal se le vence a fuerza de bien. Jesucristo, nuestro Redentor, ha puesto sobre sus espaldas el pecado del mundo y lo ha derrotado para siempre. Él ha roto el círculo vicioso del odio. El veneno de la serpiente ha quedado ineficaz y ella ha sido ridiculizada. Ya nada puede hacernos daño y la aparente debilidad de la oveja se convierte en energía regeneradora. La persecución y el mismo martirio, como signos identificadores de la misión de los discípulos de Jesucristo, son fuente de fecundidad inigualable y de paz imperecedera. La tentación de escapar del sufrimiento, a veces también por medio de falsas religiosidades, viene superada por la confianza absoluta en el Crucificado que nos ama hasta el extremo.


7. Profetas de Esperanza

«No tengan miedo…Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20). Esta certeza ilumina toda la misión. El Amor tiene la última palabra en la historia humana, a pesar de nuestros fracasos, incoherencias, traiciones… Cuando Dios nos elige nos toma en serio y nos es fiel. A nosotros nos corresponde simplemente dejarnos guiar por su luz Entregar nuestros «cinco panes y dos peces» (cf. Mt 14,13-21; Jn 6,9) para que se realice nuevamente el milagro del amor multiplicado. Lo peor que puede suceder a un misionero es perder la esperanza, si ello acontece entonces será urgente volver a las fuentes de la Vida. Nada puede apagar nuestro gozo porque tiene raíces de eternidad. Dios es nuestra Fuerza, aún si ya nuestro cuerpo flaquea. El ideal cristiano seguirá siendo la aventura de lo imposible, porque tenemos como ejemplo a la Madre Santísima de Dios que nunca perdió la esperanza. Ella nos acompaña en nuestro diario caminar hacia la eternidad.

Padre Alfredo.

sábado, 7 de septiembre de 2019

«Discurso del Papa a obispos, clero, religiosos, catequistas de Mozambique»... Una llamada a no detenerse


La Catedral de la Inmaculada Concepción fue el escenario del encuentro que el Papa Francisco tuvo con los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, consagrados, seminaristas, catequistas y animadores de las distintas áreas de pastoral en Mozambique este pasado jueves 5 de septiembre, segundo día de su viaje pastoral a África, que también le llevará a Madagascar y Mauricio. Madagascar y Mauricio. El viaje se lleva a cabo desde el pasado día 4 y concluirá el 10 de septiembre.

El Santo Padre reflexionó sobre diversos aspectos de la vocación. En su discurso pronunciado en portugués, con algunos añadidos espontáneos, el Papa destacó que nos guste o no «tenemos que salir de los lugares importantes, solemnes; tenemos que volver a los lugares donde fuimos llamados, donde era evidente que la iniciativa y el poder eran de Dios». Me parece que es un discurso que nos viene bien a todos en este tiempo de crisis de fe, de valores y de identidad que el mundo católico atraviesa y por eso, en esta entrada, lo comparto tal cual:

«Queridos hermanos obispos, queridos sacerdotes, religiosas, religiosos y seminaristas, queridos catequistas y animadores de comunidades cristianas, queridos hermanos y hermanas, ¡buenas tardes!

Agradezco el saludo de bienvenida de Mons. Hilário en nombre de todos vosotros. Con afecto y gran reconocimiento, os saludo a todos. Sé que habéis hecho un gran esfuerzo para estar aquí. Juntos, queremos renovar la respuesta al llamado que una vez hizo arder nuestros corazones y que la Santa Madre Iglesia nos ayudó a discernir y confirmar con la misión.

Gracias por vuestros testimonios, que hablan de las horas difíciles y los desafíos serios que vivís, reconociendo límites y debilidades; pero también admirándoos de la misericordia de Dios. Me alegró escuchar de la boca de una catequista decir: “Somos una Iglesia insertada en un pueblo heroico”, que sabe de sufrimientos, pero mantiene viva la esperanza. Con ese sano orgullo por vuestro pueblo, que invita a renovar la fe y la esperanza, queremos renovar nuestro “sí”. ¡Qué feliz es la Santa Madre Iglesia al escucharos manifestar el amor del Señor y la misión que os ha dado! ¡Qué contenta está de ver vuestro deseo de volver siempre al «amor primero» (Ap 2,4)!

Pido al Espíritu Santo que os dé siempre la lucidez de llamar a la realidad con su nombre, la valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él quiere decirnos.

Queridos hermanos y hermanas, nos guste o no, estamos llamados a enfrentar la realidad tal como es. Los tiempos cambian y debemos reconocer que a menudo no sabemos cómo insertarnos en los nuevos escenarios; podemos soñar con las “cebollas de Egipto” (cf. Nm 11,5), olvidando que la Tierra Prometida está adelante y no atrás, y en ese lamento por los tiempos pasados, nos vamos petrificando. Nos vamos, momificando. No es buena cosa un Obispo, un sacerdote, incluso un catequista, momificado. No, no es bueno. En lugar de profesar una Buena Nueva, lo que anunciamos es algo gris que no atrae ni enciende el corazón de nadie. Esa es la tentación.

Nos encontramos en esta catedral, dedicada a la Inmaculada Concepción de la Virgen María, para compartir como familia lo que nos pasa. Como familia que nació en ese “sí” que María le dijo al ángel. Ella, ni por un momento miró hacia atrás. Es el evangelista Lucas quien nos narra estos acontecimientos del inicio del misterio de la Encarnación. Quizás en su modo de hacerlo encontremos respuestas a las preguntas que hoy habéis hecho. Un Obispo, un sacerdote, la hermana catequista… ¡Los seminaristas no habéis hecho! Quizás podamos descubrir también el estímulo necesario para responder con la misma generosidad y premura de María.

San Lucas va presentando en paralelo los acontecimientos vinculados a san Juan Bautista y a Jesucristo; quiere que en el contraste descubramos aquello que se va apagando del modo de ser de Dios y de vincularse con Él en el Antiguo Testamento, y el nuevo modo que nos trae el Hijo de Dios hecho hombre. De un modo en el Antiguo Testamento, se va abajando, y de un nuevo modo que trae Jesús.

Es evidente que en ambas anunciaciones, en la de San Juan Bautista y en la de Jesús, hay un ángel. Pero, en una, la aparición se da en Judea, en la ciudad más importante: Jerusalén; y no en cualquier lugar, sino en el templo y, dentro de él, en el Santo de los Santos; el ángel se dirige a un varón, y sacerdote. Por el contrario, el anuncio de la Encarnación es en Galilea, la más alejada y conflictiva de las regiones, en una pequeña aldea, Nazaret, en una casa y no en una sinagoga o lugar religioso, y se hace a una laica, y mujer. ¿Qué ha cambiado? Todo. ¡Cambió todo! Y, en ese cambio, está nuestra identidad más profunda.

Vosotros preguntabais qué hacer con la crisis de identidad sacerdotal, cómo luchar contra ella. A propósito, lo que voy a decir relativo a los sacerdotes es algo que todos —obispos, catequistas, consagrados, seminaristas— estamos llamados a cultivar y desarrollar.

Frente a la crisis de identidad sacerdotal, quizás tenemos que salir de los lugares importantes, solemnes; tenemos que volver a los lugares donde fuimos llamados, donde era evidente que la iniciativa y el poder eran de Dios. Ninguno de nosotros fue llamado a un lugar importante. Ninguno.

A veces sin querer, sin culpa moral, nos habituamos a identificar nuestro quehacer cotidiano como sacerdotes con ciertos ritos, con reuniones y coloquios donde el lugar que ocupamos en la reunión, en la mesa o en el aula es de jerarquía; nos parecemos más a Zacarías que a María. «Creo que no exageramos si decimos que el sacerdote es una persona muy pequeña: la inconmensurable grandeza del don que nos es dado para el ministerio nos relega entre los más pequeños de los hombres.

El sacerdote es el más pobre de los hombres –sí, el sacerdote es el más pobre de los hombres– si Jesús no lo enriquece con su pobreza, el más inútil siervo si Jesús no lo llama amigo, el más necio de los hombres si Jesús no lo instruye pacientemente como a Pedro, el más indefenso de los cristianos si el Buen Pastor no lo fortalece en medio del rebaño.

Nadie más pequeño que un sacerdote dejado a sus propias fuerzas; por eso nuestra oración protectora contra toda insidia del Maligno es la oración de nuestra Madre: soy sacerdote porque Él miró con bondad mi pequeñez (cf. Lc 1,48)» (Homilía en la Misa Crismal, 17 de abril de 2014).

Volver a Nazaret puede ser el camino para afrontar la crisis de identidad. Jesús llama, después de la resurrección, a regresar a Galilea para encontrarlos. Volver a Nazareth, a la primera llamada. Volver a Galilea para resolver la crisis de identidad. Volver a Nazaret para renovarnos como pastores-discípulos-misioneros.

Vosotros mismos expresabais cierta exageración en la preocupación por generar recursos para el bienestar personal, por “caminos tortuosos” que muchas veces terminan privilegiando actividades con una retribución garantizada y generan resistencias a entregar la vida en el pastoreo cotidiano.

La imagen de esta sencilla doncella en su casa, en contraste con toda la estructura del templo y de Jerusalén, puede ser el espejo donde miremos nuestras complicaciones y afanes, que oscurecen y dilatan la generosidad de nuestro “sí”.

Las dudas y la necesidad de explicaciones de Zacarías desentonan con el “sí” de María que sólo requiere saber cómo se va a dar todo lo que le suceda. Zacarías no puede superar el afán de controlarlo todo, no puede salir de la lógica de ser y sentirse el responsable y autor de lo que suceda. María no duda, no se mira a sí misma: se entrega, confía. Es agotador vivir el vínculo con Dios como Zacarías, como un doctor de la ley: siempre cumpliendo, siempre creyendo que la paga es proporcional al esfuerzo que haga, que es mérito mío si Dios me bendice, que la Iglesia tiene el deber de reconocer mis virtudes y esfuerzos.

No podemos correr tras aquello que redunde en beneficios personales; nuestros cansancios deben estar más vinculados a «nuestra capacidad de compasión (¿tengo capacidad de compasión?), son tareas en las que nuestro corazón es “movido” y conmovido. Hermanos y hermanas: la Iglesia pide capacidad de compasión.

Nos alegramos con los novios que se casan, reímos con el bebé que traen a bautizar; acompañamos a los jóvenes que se preparan para el matrimonio y a las familias; nos apenamos con el que recibe la unción en la cama del hospital, lloramos con los que entierran a un ser querido» (Homilía Misa en la Misa Crismal, 2 abril 2015).

Entregamos minutos y días en pos de esa madre con SIDA, ese pequeño que quedó huérfano, esa abuela a cargo de tantos nietos o ese joven que ha venido a la ciudad y está desesperado porque no encuentra trabajo. «Tantas emociones... Si tenemos el corazón abierto, esta emoción y tanto afecto fatigan el corazón del Pastor.

Para nosotros, sacerdotes, las historias de nuestra gente no son un noticiero: nosotros conocemos a nuestro pueblo, podemos adivinar lo que les está pasando en su corazón; y el nuestro, al compadecernos (al padecer con ellos), se nos va deshilachando, se nos parte en mil pedacitos, se conmueve y hasta parece comido por la gente: “Tomad, comed”. Esa es la palabra que musita constantemente el sacerdote de Jesús cuando va atendiendo a su pueblo fiel: “Tomad y comed, tomad y bebed...”.

Y así nuestra vida sacerdotal se va entregando en el servicio, en la cercanía al pueblo fiel de Dios... que siempre, siempre cansa» (ibíd.). Hermanos y hermanas: la proximidad cansa. Siempre cansa. La proximidad al santo pueblo de Dios. La proximidad cansa. Es bello encontrar sacerdotes, una hermana, un catequista que se cansa con la proximidad.

Renovar el llamado muchas veces pasa por revisar si nuestros cansancios y afanes tienen que ver con cierta “mundanidad espiritual”, «por la fascinación de mil propuestas de consumo que no nos podemos quitar de encima para caminar, libres, por los senderos que nos llevan al amor de nuestros hermanos, a los rebaños del Señor, a las ovejitas que esperan la voz de sus pastores» (Homilía en la Misa Crismal, 24 marzo 2016); renovar el llamado pasa por elegir, decir sí y cansarnos por aquello que es fecundo a los ojos de Dios, que hace presente, encarna, a su Hijo Jesús. Que en este sano cansancio encontremos la fuente de nuestra identidad y felicidad. La proximidad cansa. Este cansancio es la santidad.

Que nuestros jóvenes descubran eso en nosotros, que nos dejamos “tomar y comer”, y que sea eso lo que los lleva a preguntarse por el seguimiento de Jesús, que deslumbrados por la alegría de una entrega cotidiana no impuesta sino madurada y elegida en el silencio y la oración, ellos quieran dar su “sí”.

Tú, que te lo preguntas o ya estás en camino de una consagración definitiva, has descubierto «que la ansiedad y la velocidad de tantos estímulos que nos bombardean hacen que no quede lugar para ese silencio interior donde se percibe la mirada de Jesús y se escucha su llamado. Mientras tanto, te llegarán muchas propuestas maquilladas, que parecen bellas e intensas, aunque con el tiempo solamente te dejarán vacío, cansado y solo.

No dejes que eso te ocurra, porque el torbellino de este mundo te lleva a una carrera sin sentido, sin orientación, sin objetivos claros, y así se malograrán muchos de tus esfuerzos. Más bien busca esos espacios de calma y de silencio que te permitan reflexionar, orar, mirar mejor el mundo que te rodea, y entonces sí, con Jesús, podrás reconocer cuál es tu vocación en esta tierra» (Exhort. ap. Christus vivit, 277).

Este juego de contrastes que plantea el evangelista Lucas, culmina en el encuentro de las dos mujeres: Isabel y María. La Virgen visita a su prima mayor y todo es fiesta, baile y alabanza. Hay una parte de Israel que ha entendido el cambio profundo, vertiginoso del proyecto de Dios: por eso acepta ser visitada, por eso el niño salta en el vientre. En una sociedad patriarcal, por un instante, el mundo de los hombres se retira, enmudece como Zacarías.

Hoy también nos ha hablado una catequista, una mujer mozambiqueña que nos ha recordado que nada les hará perder su entusiasmo por evangelizar, por cumplir con su compromiso bautismal. Vuestra vocación es evangelizar. La vocación de la Iglesia es evangelizar. La identidad de la Iglesia es evangelizar. No hacer proselitismo. El proselitismo no es evangelización. El proselitismo no es cristiano. Nuestra vocación es evangelizar. La identidad de la Iglesia es evangelizar.

En ella están todos los que salen al encuentro de sus hermanos: los que visitan como María, los que al dejarse visitar aceptan gustosos que el otro los transforme al regalarle su cultura, sus modos de vivir la fe y de expresarla.

La inquietud que expresas nos devela que la inculturación siempre será un desafío, como este “viaje” entre estas dos mujeres que quedarán mutuamente transformadas por el encuentro, el diálogo y el servicio. «Las Iglesias particulares deben fomentar activamente formas, al menos incipientes, de inculturación.

Lo que debe procurarse, en definitiva, es que la predicación del Evangelio, expresada con categorías propias de la cultura donde es anunciado, provoque una nueva síntesis con esa cultura. Aunque estos procesos son siempre lentos, a veces el miedo nos paraliza demasiado. Si dejamos que las dudas y temores sofoquen toda audacia, es posible que, en lugar de ser creativos, simplemente nos quedemos cómodos y no provoquemos avance alguno y, en ese caso, no seremos partícipes de procesos históricos con nuestra cooperación, sino simplemente espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 129).

La “distancia” entre Nazaret y Jerusalén se acorta, se hace inexistente por ese “sí” de María. Porque las distancias, los regionalismos y particularismos, el estar constantemente construyendo muros atentan contra la dinámica de la encarnación, que ha derribado el muro que nos separaba (cf. Ef 2,14). Vosotros que habéis sido testigos —al menos los mayores— de divisiones y rencores que terminaron en guerras, tenéis que estar siempre dispuestos a “visitaros”, a acortar las distancias. La Iglesia de Mozambique está invitada a ser la Iglesia de la Visitación.

No puede ser parte del problema de las competencias, menosprecios y divisiones de unos con otros, sino puerta de solución, espacio donde sea posible el respeto, el intercambio y el diálogo. La pregunta formulada sobre qué hacer ante un matrimonio interreligioso nos desafía en esta tendencia asentada que tenemos a la fragmentación, a separar en vez de unir. Como también lo es el vínculo entre nacionalidades, entre razas, entre los del norte y los del sur, entre comunidades, sacerdotes y obispos.

Es el desafío porque, hasta desarrollar «una cultura del encuentro en una pluriforme armonía», se requiere «un proceso constante en el cual cada nueva generación se ve involucrada. Es un trabajo lento y arduo que exige querer integrarse y aprender a hacerlo». Es el requisito necesario para la «construcción de un pueblo en paz, justicia y fraternidad», para «el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común» (ibíd., 220-221).

Así como María fue a la casa de Isabel, como Iglesia tenemos que aprender el camino frente a nuevas problemáticas, buscando no quedar paralizados por una lógica que enfrenta, divide, condena. Poneos en camino y buscad una respuesta a estos desafíos pidiendo la asistencia segura del Espíritu Santo. Él es el Maestro para mostrar los nuevos caminos a transitar.

Reavivemos entonces nuestro llamado vocacional, hagámoslo bajo este magnífico templo dedicado a María, y que nuestro “sí” comprometido proclame las grandezas del Señor, alegre el espíritu de nuestro pueblo en Dios, nuestro Salvador (cf. Lc 1,46-47). Y llene de esperanza, paz y reconciliación a vuestro país, a nuestro querido Mozambique.

Os pido que, por favor, recéis y hagáis rezar por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen Santa os cuide.

Gracias».

martes, 14 de mayo de 2019

«Un Apóstol muy singular»... Un pequeño pensamiento para hoy

Cuando se intenta trazar la semblanza histórica de cada uno de los Apóstoles, uno se topa con que casi no sabemos nada de ellos, y es que ni el Evangelio ni los Hechos de los Apóstoles son libros biográficos de nadie. Hoy celebramos a un Apóstol muy peculiar, Matías, el que sustituyó a Judas Iscariote. Matías es un Apóstol muy singular, hay que limitarse a lo poco que de él nos dicen los Hechos de los Apóstoles. Y lo poco que nos dicen es contarnos su elección. Ni siquiera lo vuelven a nombrar más. Lo que de él nos dicen escritos posteriores, aunque sean de autores calificados, no ofrece garantías de historicidad. Y las biografías apócrifas se han encargado de rellenar con aventuras de viajes y de milagros ese silencio de los Hechos de los Apóstoles. Matías fue elegido «Apóstol» por los otros 11, después de la muerte y Ascensión de Jesús, para reemplazar a Judas Iscariote que se ahorcó. La Biblia narra el detalle de su elección (Hch 1,15-17.20-26). En la Iglesia de Jerusalén se presentaron dos a la comunidad, y después sus hombres fueron echados a suerte: «José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y Matías» (Hch l,23). De este modo «fue agregado al número de los doce apóstoles» (Hech 1,26). 

En uno de sus discursos, el ahora Papa emérito Benedicto XVI afirmó: «Si bien en la Iglesia no faltan cristianos indignos y traidores, a cada uno de nosotros nos corresponde contrabalancear el mal que ellos realizan con nuestro testimonio limpio de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador» (18 de octubre de 2006). Y eso, eso es lo que hace Matías, balancear con su «sí» lo que Judas había hecho. Así como Matías es un don del Espíritu a la Iglesia de Jesús para llenar el puesto que había sido dejado vacío por Judas, cada uno de nosotros somos también un don que va completando el grupo de los que quieren ser fieles al Señor. Cada uno de nosotros, como él, somos acogidos en la Iglesia por la oración de la comunidad y estamos destinados a integrarla de forma viva y activa con nuestra tarea de discípulos–misioneros, porque en la Iglesia nadie está de más. Cada uno de nosotros hemos de vivir la dinámica del seguimiento de Jesús y ser testigo de su resurrección en el mundo, aunque, como Matías, casi no se hable de nosotros. Matías se convierte en el paradigma de todo apóstol de Jesucristo. El seguimiento del Maestro y el testimonio de su vida resucitada han de ser las claves para el discernimiento de todo discípulo–misionero de Cristo, a través de los siglos. 

Por eso la liturgia de hoy nos invita a orar con el salmo 112 [113], un salmo que nos recuerda que quien quiere ser un fiel seguidor de Dios, tiene una razón especial para alabarlo: Hemos sido elegidos por él para bendecirlo con nuestra vida, que ha sido sacada «del estiércol», como dice el salmista para referirse a nuestra miseria humana, para ocupar un lugar entre los suyos y dar testimonio de lo que él, nuestro Dios, ha hecho en nosotros y en todos los suyos. Como Matías, todos tenemos una razón para seguir y alabar al Señor. Matías fue elegido cuando ya el Señor Jesús había ascendido a los cielos, ya no estaba físicamente pero su Espíritu sí. Es así como cada uno de nosotros somos elegidos, en la fe de la Iglesia, por eso se bautiza a los niños desde pequeñitos sin esperar que ellos crezcan y “elijan por si solos». El bautismo de los niños está puesto en la Iglesia en base a esa elección que por la fe de la comunidad se hace. El Evangelio de hoy nos lo recuerda: «No son ustedes los que me han elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca...» (cf. Jn 15,9-17). Que hoy la Madre de Dios, la Reina de los Apóstoles nos ayude a corresponder a la gracia que Dios nos ha concedido al haber sido elegidos para ser sus discípulos–misioneros como Matías y tantos más. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

lunes, 6 de mayo de 2019

«Monterrey: allá voy»... Un pequeño pensamiento para hoy


Nos demos cuenta o no, nuestra vida se halla por completo en las manos de Dios y, en su infinita misericordia, en su soberanía, va marcando el camino que hemos de seguir. Esta mañana leo el salmo 118 [119] con una clave muy especial, la clave de la alegría que el salmista pone en cumplir la voluntad de Dios con gusto. El autor de este salmo le pide al Señor nueva luz para meditar sus maravillas y le pide la gracia necesaria para cumplir su voluntad. Hoy, escribiendo esta reflexión desde mi lugarcito aquí en la parroquia de Fátima en donde he pasado los dos últimos dos años y medio de mi vida, garabateo pidiendo esto mismo para mí, puesto que este es el último día que escribo desde mi selva de cemento antes de estar, Dios mediante, en este mismo día, en unas horas más, en mi nuevo destino desde donde seguiré compartiendo mi granito de arena en la reflexión de cada día con mi «pequeño pensamiento». A partir de mañana escribiré mi reflexión desde mi nuevo hogar en este ir y venir de la vida misionera. Hoy se cierra una etapa de mi caminar en esta hermosa vocación y se abre una nueva. El martes pasado, al despedirme de la Morenita en el Tepeyac, le di gracias por permitirme estar junto a ella cada martes dispensando el perdón, la misericordia y la esperanza para muchas vidas sabiendo de vez en vez, no tan seguido como hora, la seguiré —si Dios no dispone otra cosa— viniendo a ver y a confesar en ese bendito lugar que me ha dejado las puertas abiertas. 

«He escogido el camino de la lealtad a tu voluntad y a tus mandamientos» escribe el salmista y sabemos todos que lealtad significa «fidelidad» y también «verdad». El camino de la lealtad es el camino de la verdad, es el de la fidelidad. Lo «he escogido», testifica el autor del salmo. He hecho, como quien dice, una deliberada elección de esta forma por encima de otras. Esto significa «elegir, escoger, desear, preferir, es decir, hacer una selección entre dos o más opciones que la vida nos presenta. Por eso siento muy acertado para mí el día de hoy este salmo en algunos de sus versos, pues encaja perfectamente con lo que estoy viviendo en estos momentos cumpliendo la voluntad del Padre: «Dichoso el que camina con vida intachable; tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros. Te expliqué mi camino y me escuchaste; enséñame tus leyes; instrúyeme en el camino de tus decretos, y meditaré tus maravillas. Apártame del camino falso, y dame la gracia de tu voluntad; escogí el camino verdadero, deseé tus mandamientos» dice otra traducción que tengo a la mano. Junto al salmo, leo el Evangelio de hoy (Jn 6,22-29) y descubro que buscar a Jesús y seguir la voluntad de su Padre como él lo hizo, es buscar la felicidad, la lealtad, la seguridad, la vida y la verdad que,. Volteo a mi alrededor y veo a muchos como la gente de Cafarnaúm, van por la vida bastante desconcertados, buscando y no encontrando respuesta al sentido de su vida y agradezco que, en mi vocación de misionero, le encuentro sentido al cambio y a la certeza de saber que, en todas partes de esta tierra, incluida esta selva de cemento, vamos de paso. 

Vivir la vocación de misionero, implica siempre un venturoso esfuerzo, audacia, obediencia, riesgo, aventura... eso y mucho más en un volver a empezar. No cabe duda. Vivir la gracia de ser misionero es creer en algo más allá de nuestros sentidos como algo venido de Dios, como algo admirable, delicioso, fascinante, aunque sorprendente y arriesgado sin instalarse. Es como tener luz en medio de la niebla. Ahí está el valor de dar para volver a dar y de dejar para volver a empezar. «Creer en Cristo, el enviado del Padre» y creerle a Cristo con un corazón misionero, es un trabajo que implica darlo todo con fe. Sin ese don de la fe, sería imposible ser misionero. Hoy le abro mi corazón nuevamente a Dios y a su voluntad y muy contento y agradecido, después de haberme despedido ayer de esta querida comunidad, emprendo el vuelo a mi nuevo destino: «Monterrey», la cuna de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, la cuna de mi vida y de mi vocación para arrancar allá con nuevas encomiendas que iré compartiendo. Hoy me encomiendo de una manera muy especial a sus oraciones. A los misioneros los cambios tarde o temprano nos llegan y nos sentimos felices de lo vivido y ya desde ahora a lo que vendrá. Sostenido en la gracia de Dios, queriendo cumplir su voluntad y acompañado por las oraciones de todos ustedes, estoy listo y preparado para los retos que se presenten, una nueva etapa en mi vida empezará y buscaré dar lo mejor de mi. ¡Bendecido lunes, inicio de semana laboral y académica para muchos y de una nueva etapa para mí! 

Padre Alfredo.

miércoles, 1 de mayo de 2019

«San José Obrero y mi vocación de misionero»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy, en este calendario que parece que avanza a velocidad supersónica, escribimos una nueva hoja del libro de nuestra vida y empezamos un nuevo mes. Es 1 de mayo, día en que además celebramos a san José obrero y comenzamos el mes tradicionalmente dedicado a la Santísima Virgen María. Debo reconocer que una de las celebraciones litúrgicas que más llena mi corazón de alegría y me trae recuerdos de mi encuentro con el Cristo, es esta fiesta de San José Obrero, recordando mi ingreso a Van-Clar gracias a una kermés en la parroquia de San José Obrero en la colonia Cuauhtémoc, allá en San Nicolás de los Garza, al frente de la cual estaba un muy querido y recordado sacerdote: el padre Armando de Jesús Galván, «el padre Galván», un santo varón de un decidido y marcado «Sí» que había acompañado a mi padre desde que estaba en la Acción Católica Juvenil de la parroquia del Sagrado Corazón y luego fue a dar vida a esa comunidad nicolaíta en donde esta el convento de nuestras hermanas Misioneras Clarisas y a contagiarnos a muchos jovencitos del gozo de vivir para Cristo. La historia de mi ingreso a Van-Clar (el grupo de laicos misioneros de nuestra familia inesiana es larga y algún día la contaré) tiene que ver mucho con San José Obrero y cada vez que por algo me toca celebrar en ese hermoso templo, en donde también hice mi primera profesión pública como Misionero de Cristo, recuerdo y agradezco aquel llamado que me dio luego el regalo de encontrar mi vocación como Misionero de Cristo para la Iglesia Universal. 

Así que podrán imaginar cómo resuenan hoy en mi corazón las palabras del salmista en el salmo 33 [34] que hoy nos regala la liturgia del día: «Bendeciré al Señor a todas horas, no cesará mi boca de alabarlo... Yo me siento orgulloso del Señor... Proclamemos la grandeza del Señor y alabemos todos juntos su poder... Cuando acudí al Señor me hizo caso... Confía en el Señor y saltarás de gusto... Haz la prueba y verás que bueno es el Señor...» Todas esas frases me llevan a la docilidad, a la confianza, a la esperanza en aquel pobre carpintero que fue rico al ser el padre nutricio de Jesús y a la vez me hacen agradecer lo que el Señor, que bien sabe de carpintería en nuestras vidas, hizo con el trozo de madera de mi vida. La fiesta de «San José Obrero», patrono del trabajo, es una fiesta instituida por el Papa Pío XII en 1955, con el propósito de cristianizar el «Día Internacional del Trabajo» que en este día la sociedad celebra. En los antiguos textos griegos del Evangelio según San Mateo, se refiere el oficio de San José como «Tekton», palabra griega que ha sido traducida como «artesano», «carpintero» u «obrero». Desde antiguo, como lo denotan tan variadas traducciones de los Evangelios, se popularizó en la Iglesia universal atribuir a San José el oficio de carpintero, recordando que en tiempos de Jesús, los carpinteros no se dedicaban únicamente a la elaboración de muebles de madera y similares como hoy en día, sino que se trataba también eran verdaderos «albañiles», que se dedicaban a la construcción sobre todo de pequeñas viviendas, por tanto, verdaderos artesanos y obreros. 

En el evangelio de san Mateo, en el momento que hoy nos relata, en el que Jesús regresa a su pueblo y habla en la sinagoga, se pone de relieve el estupor de sus conciudadanos por su sabiduría, y la pregunta que se plantean es: «¿No es el hijo del carpintero?» (Mt 13, 54-58). Así, uno percibe que Jesús entra en nuestra historia y viene en medio de nosotros, naciendo de María por obra de Dios, pero con la presencia de José, el padre legal que lo protege y le enseña también el valor del trabajo. Jesús nace y vive en una familia, en la Sagrada Familia, aprendiendo de san José el oficio de carpintero, en el taller de Nazaret, compartiendo con él el trabajo, la fatiga, la satisfacción y también las dificultades de cada día. Hoy una gran cantidad de gente busca «dinero fácil» para gastarlo en jazmines para el alma —como decía una escritora cuyo nombre no recuerdo— y olvida el valor del trabajo. Yo recuerdo el trabajo cansado no solo de aquella kermés en la que el Señor me llamó a ser misionero, sino el trabajo pesado de los cargadores del mercado de abastos, el de los choferes, los albañiles, los empacadores, los obreros y también el de los profesionistas, los oficinistas —los llamados simpáticamente «Godínez»—, los maestros, los mozos, en fin... y sé que San José acompaña a cada uno en su labor. Imagino a María al final del día con su marido y Jesús, barriendo y recogiendo el humilde taller para volver a trabajar al día siguiente. ¡Bendecido miércoles de descanso para muchos y de arduo trabajo en nuestra tarea de seguir construyendo un mundo mejor! 

Padre Alfredo.

viernes, 26 de octubre de 2018

«Agradecer el llamamiento que recibimos»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy San Pablo dice a los Efesios: «Los exhorto a que lleven una vida digna el llamamiento que han recibido» (Ef 4,1-6) y yo gozoso le doy gracias a Dios que ayer me permitió recordar y revivir ese llamamiento al tener la Santa Misa en el Templo en donde por primera vez celebré la Eucaristía. ¡Qué alegría regresar a ese santo lugar en el que mi llamado se consolidó en la vocación sacerdotal! San Pablo me hace agradecer esta mañana de nuevo el don del llamamiento no sólo como un recuerdo hermoso de aquel primer día, sino como una convicción que me ha comprometido como a él, en todo mi ser, y que me ha llevado, desde aquel día a adoptar unos comportamientos muy concretos, muy prácticos y muy aplicables en mi vida misionera. ¡Cómo le pedí al Señor, a los pies de Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás, que toda mi vida sacerdotal se plasme en una entrega concreta, humilde, modesta y pequeña, pero, sostenida siempre por el «Dinamismo Trinitario» de nuestro Dios! La aplicación del misterio a mi vida como sacerdote, pide que pase por este mundo como pide esta sublime vocación a la que sido indignamente llamado. 

¡Qué difícil la tarea de San Pablo en estas palabras que se dirigen no solo al sacerdote! Buscar con esta exhortación la unidad de aquellos primeros creyentes. Pero, que difícil también la tarea del apóstol de hoy. La cuestión sigue siendo difícil también hoy, porque nuestras debilidades y miserias hacen que la Iglesia no esté tan radiante de fe y de amor como debería estar, y que no presente una imagen de unidad como la que San Pablo quisiera. Tenemos una lista maravillosa de motivos por los que deberíamos estar unidos, pero no lo estamos del todo, ni con los otros cristianos ni entre nosotros mismos. San Pablo no nos habla de una mera coexistencia pacífica y civilizada, sino de raíces de fe que sostienen cada vocación específica y se concretan en una convivencia amorosa que construye el Reino y que crea un ambiente de fraternidad y de credibilidad para el mundo. Muchos de nosotros, en la Iglesia, reconocemos en Jesús al Mesías. Pero seguimos, tal vez, sin reconocer su presencia en tantos «signos de los tiempos» y en tantas personas y acontecimientos que nos rodean, y que, si tuviéramos bien la vista de la fe, serían para nosotros otras tantas voces de Dios que fortalecerían más nuestra condición de discípulos–misioneros. 

Desde anoche me he puesto a pensar: ¿Qué espera la gente de hoy de un sacerdote? ¿Qué tiene que ser el discípulo–misionero para el mundo de hoy? Y voy ahora al Evangelio de hoy (Lc 12,54-59). Pienso en aquellas multitudes que esperaban un caudillo poderoso, rodeado de atributos divinos que les resolviera la vida a la carta. Esperaban de Cristo señales eficaces, eficientes y efectivas, una intervención portentosa por parte de Dios y de su Mesías en medio de la diaria historia del pueblo. Jesús los tilda de hipócritas, sabiendo que la hipocresía era el fermento o levadura de los dirigentes religiosos (cf. Lc 12,1). Las multitudes oprimidas habían oído decir que Jesús hacía frente al sistema teocrático de Israel y habían ido en su busca para convertirlo en su líder. Esto les impedía interpretar correctamente los signos claros y transparentes que les iba dando: el Mesías no vino a hacer la revolución al estilo de los hombres, para que otros se aprovechen de la subversión de la sociedad. El Mesías invirtió la escala de valores de la sociedad, pero condicionando su plena realización al cambio profundo de la mentalidad de cada uno: «Y ¿por qué no juzga ustedes mismos lo que se debe hacer?» (Lc 12,57). Es necesario eliminar todo lo que nos enemista con el hermano y cómo cuesta. ¿Cómo se alcanza esa meta? Contando con la propia voluntad positiva y con el río de gracia que el señor nos envía, por eso es necesario que cada uno viva su vocación específica al cien, con la dignidad que el llamamiento merece. El celebrar la Eucaristía en el mismo lugar en donde celebré por primera vez, me ha dejado un tiempo de reflexión y me ha invitado a re-estrenar la vocación. Bernard Lonergan, el eminente teólogo de la segunda mitad del siglo XX y que me sacó las primeras canas en mi vocación, hablaba de cuatro preceptos trascendentales para ser fieles al llamamiento, y creo que cabe citarlos aquí, como un modo de disponernos a leer la vida como Jesús, como María, como San Pablo y tantos más para vivir plenamente nuestra vocación específica. Se trata de decidirnos a ser más atentos, más inteligentes, más razonables y más responsables, de acuerdo a llamamiento que hemos recibido. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

domingo, 7 de octubre de 2018

«Desposorio»... Un pequeño pensamiento para hoy

Este domingo empezamos a leer como segunda lectura de Misa la carta a los Hebreos. Leeremos durante siete domingos, hasta el final del Tiempo Ordinario —ya en las puertas del Adviento—fragmentos de esta carta atribuida durante muchos años a San Pablo y hoy considerada como anónima. Se trata de un mensaje dirigido —según se lee— a cristianos procedentes del judaísmo y que tiene como contenido fundamental la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre los otros sacerdocios del rito de la antigua alianza. Ese sacerdocio sublime de Cristo que en su Sacrificio se desposa con la Iglesia y libera al género humano de la esclavitud del pecado. El fragmento del capítulo segundo que se lee hoy (Heb 2,8-11) pone de manifiesto la realidad salvadora del sacrificio de la Cruz, porque allí, crucificado, es donde Jesucristo consuma su unión esponsal. Es un texto muy bello, muy expresivo, el cual merece la pena leerlo no una sola vez sino varias, para que sirva de motivo de meditación. El estilo de esta carta es muy místico, muy espiritual. El autor sagrado no trata de cosas concretas, pero quiere dar respuesta a un «estado» de vida de la comunidad cristiana. Este «estado» consiste en que los cristianos se han adormecido, han perdido el dinamismo inicial, la ilusión que tenía la primera generación de la Iglesia como «esposa» de Cristo. Parece que los destinatarios de esta sublime epístola, se han habituado a ser cristianos de nombre, pero han empezado a perder el sentido que ello tenía para sus inmediatos antepasados; con ello se les ha desdibujado también la figura de Cristo: no recuerdan tanto la cruz como la gloria y como desposorio y, por tanto, viven una existencia cristiana en la que el sacrificio, la entrega, el compromiso... se han relajando. El estilo de vida del Hijo de Dios encarnado, hecho hombre, puede dejar de revivir en aquellos que se llaman cristianos y que olvidan que el ser discípulos–misioneros implica un amor como el de Cristo Esposo. 

Por eso, apenas iniciada la lectura de ésta hoy, se nos dice: «Al que Dios había hecho poco inferior a los ángeles, a Jesús...»; y recuerda «su pasión y muerte» sin olvidar la «gloria» y que el camino hacia la «salvación» pasa por los «sufrimientos». La Carta a los Hebreos nos recuerda que el amor hay que cuidarlo, como cuidamos una planta para que no se seque, como un esposo debe cuidar a su esposa y viceversa. Y sólo se cuida el amor cuando se dedica el tiempo necesario al otro, cuando se cultiva y, a esos destinatarios de la Carta a los Hebreos, que bien pudiéramos ser nosotros, les falta mucho por entender. El Amor —dicen por ahí— es un ejercicio de jardinería, hay que arrancar lo que puede dañar al jardín, hay que preparar el terreno, sembrar, abonar pacientemente la tierra, regar y no descuidar nada. Y hay que estar preparado porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvias, mas no por eso se abandona el jardín... ¡Y que lo digan los casados! Esos matrimonios de 30, 40, 50 o más años que siguen cultivando ese hermoso jardín de su vocación, en donde la vid se mantiene fecunda y el olivo sigue dando sus frutos (cf. Sal 127). Por cierto que el tema del amor tocando la relación de pareja y del valor y el sentido del matrimonio para los cristianos no es que aparezca muy a menudo en la Escritura y por tanto no aflora mucho tampoco en nuestras lecturas de Misa y reflexiones diarias. Pero hoy sí que emerge tanto en la primera lectura como en el salmo y el Evangelio (Gén 2,18.24; Sal 127; Mc 10,2-16). Y, por tanto, hoy será un buen día para reflexionar sobre esta vocación, como reflejo del amor «esponsal» de Cristo y la Iglesia. 

En el matrimonio, como en cualquiera de las otras vocaciones en la Iglesia, conviene recuperar de vez en cuando la ilusión de los orígenes, recordar que el amor sigue siendo bendecido por Dios y sigue siendo «sacramento» para la Iglesia. Para mantener y afirmar el amor, se precisa volver a la figura del jardín de la que he hablado y pensar en el esfuerzo que hay que invertir, un esfuerzo que merece la pena hacer: si se alimenta el fuego del amor, este fuego podrá mantenerse siempre, intenso y vivo en el matrimonio, en el sacerdocio, en la vida consagrada, en la soltería y así, en la comunidad, sea la familiar o la eclesial. Y realizar ese esfuerzo es seguir el camino de Dios, y ser testigos del amor de Dios. Y ser testigos de que realmente, el proyecto de Jesucristo es un proyecto que merece la pena y se vive día a día en lo concreto, hasta llegar como María, amando al pie de la cruz, «cuando llegue la hora», expresión que en el evangelio de Juan expresa la hora del sacrificio. Jesús, una y otra vez —Caná y la Cruz— no la llamará «madre», sino «mujer», como la nueva Eva que está al lado del nuevo Adán, engendrando a los hombres y mujeres nuevos. Pienso en tantos esposos ejemplares que conozco, y les recuerdo aquella indulgencia parcial de 300 días que san Juan XXIII concede a los matrimonios en el día de su aniversario, para favorecer el amor y la fidelidad conyugal: «Su Santidad Juan XXIII concede a los cónyuges que piadosamente besaren, individualmente o en común, el anillo nupcial y recitaren con devoción y contrición la invocación "concédenos, Señor, que amándote, nos amemos, el uno al otro y vivamos según tu santa ley", u otra semejante, el poder beneficiarse una vez en el día del aniversario de la boda de una indulgencia parcial de 300 días. Sin que obste nada en contrario» (Roma 23 de noviembre de 1959). ¡Bendecido domingo a todos y en especial, mi bendición a todos los matrimonios! 

Padre Alfredo.

viernes, 21 de septiembre de 2018

«¡Hay niveles!»... Un pequeño pensamiento para hoy

La Iglesia celebra el día de hoy a San Mateo, el Apóstol y Evangelista, cuya vocación de seguimiento de Cristo constituye uno de los eventos más sobresalientes del ministerio de Nuestro Señor Jesucristo. Su Evangelio es un regalo maravilloso que conecta el Antiguo con el Nuevo Testamento. Por la razón de celebrar a este santo varón, dejamos a un lado momentáneamente la primera carta de san Pablo a los corintios y nos vamos sólo por hoy al capítulo 4 de la carta a los efesios (Ef 4,1-7.11-13) para iniciar este pequeño pensamiento, que es pequeño siempre no por la cantidad de letras o palabras que contiene, sino porque es mi pequeña aportación para que cada día nos encontremos con el Señor y conectemos esta amistad con lo que vivimos cada día. San Pablo empieza hoy diciendo: «Los exhorto a que lleven una vida digna del llamamiento que han recibido» (Ef 4,1). O sea, que todos, que hemos sido llamados por el bautismo a una vocación de seguimiento de Cristo, tenemos que vivir como es digno de ese llamado que hemos recibido. 

Actualmente se usa una expresión que dice: «¡Hay niveles!», un término habla de una posición que se ocupa en la sociedad. ¿Pero, cuál es nuestro nivel al haber sido convocados por Cristo como lo fue san Mateo? ¿Cuál es nuestro nivel en la sociedad como católicos? Tenemos que vivir en un nivel acorde con la posición que tenemos en Cristo, no propiamente en el mundo. En Filipenses 1,27 el mismo san Pablo nos dice: «Lo que importa es que ustedes lleven una vida digna del Evangelio de Cristo, para que tanto si voy a verlos como si estoy ausente, oiga de ustedes que se mantienen firmes en un mismo espíritu y luchan acordes por la fe del Evangelio». Y en Colosenses 1,10 el Apóstol nos exhorta diciendo: «Lleven una vida digna del Señor y de su total agrado, produciendo frutos en toda clase de buenas obras y creciendo en el conocimiento de Dios». Además, san Pablo en la primera carta a los tesalonicenses, señala hacia su propia vida como un ejemplo del andar del cristiano: «Ustedes son testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprochablemente nos comportamos con ustedes los creyentes» (1 Tes 2,10). El entender quienes somos, porque hemos sido llamados, es el fundamento de este andar con dignidad que nos da la calidad de «llamados y enviados». Un digno andar delante de Dios estará marcado siempre por humildad y mansedumbre, no con un deseo insistente de defender nuestros propios derechos o de avanzar en nuestras metas, sino de dejarlo todo por él, como lo hizo Mateo. 

Jesús, en el Evangelio, al pasar junto al puesto de recaudación de Mateo —a quien Marcos y Lucas llaman «Leví»— le invita a seguirle (Mt 9,9-13). Mateo, que sin duda había visto y oído predicar en varias ocasiones a Jesús, se decide a abandonar su puesto y a seguirle definitivamente lleno de gozo. Como hará en otra ocasión Zaqueo (Lc 19,1-10), le invita, junto con varios compañeros recaudadores de impuestos como él, a comer a su casa. Desde entonces la casa de Mateo será la escogida por Jesús para descansar en Cafarnaúm de sus recorridos apostólicos en Galilea... ¡Hay niveles! Después de la resurrección y ascensión de Jesús, San Mateo permanece algún tiempo con los otros apóstoles en Palestina y, bajo la dirección de Pedro, Mateo con los demás apóstoles catequiza a los nuevos cristianos que por centenares y millares, recordando los milagros y las enseñanzas de Jesús, se presentan a pedir el bautismo y recibir orientación de nueva vida, agrupándose entre sí formando el primer núcleo de la Iglesia. Acostumbrado a redactar esquemáticamente los datos de su antigua aduana, expone en estilo breve, en su Evangelio, los hechos que él mismo había presenciado y con gran detenimiento recoge parábolas y discursos del Señor, especialmente los de Galilea, anotando en multitud de pasajes de su vida, desde la genealogía y nacimiento virginal hasta su pasión y muerte, los lugares de los profetas del Antiguo Testamento en que ya lo anunciaban. Mateo deja claro en sus escritos, que Jesús es el verdadero Mesías prometido a los patriarcas y a los profetas. Su libro se convierte en el primer evangelio, escrito en hebreo, o mejor dicho en arameo, la lengua popular que usó Jesucristo, traducido muy pronto al griego y probablemente ampliado, que es el que hoy conocemos, reconocido por la Iglesia como inspirado por el Espíritu Santo. Este corto escrito de sólo 28 capítulos, ha sido la delicia de predicadores y catequistas durante 20 siglos en todos los continentes. San Mateo es el único evangelista que comienza su evangelio con la genealogía de Jesús (Mt 1,1-18). Usa 5 veces el nombre de «María» (1,16.18.20;2,11;13,55) y 9 veces el título de «Madre» (1,18;2,11.13.14.20.21;12,46.47;13,55) para designar a la madre de Jesús... «¡Hay niveles!» Este es un signo de la importancia que el evangelista da a la Virgen María, la Madre de Jesús y Madre nuestra; y esto habla de la importancia que debemos darle nosotros también en nuestras vidas si queremos conservar el nivel de seguidores del Señor, discípulos–misioneros como san Mateo. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

»Porque este mundo que vemos es pasajero»... Un pequeño pensamiento para hoy


En la vida de la cosmopolita Corinto, como en la sociedad globalizada de hoy, se mezclaban —como he mencionado ya varias veces en estos días— diversas ideas filosóficas y religiosas en un mundo que relativizaba todo para no meterse en problemas —algún parecido con la realidad no es mera coincidencia—. San Pablo está preocupado por la formación de aquellos primeros cristianos, pues no quiere que la llegada de la fe a sus vidas sea solamente una «llamarada de petate». Se trata de una comunidad de creyentes en medio de la civilización griega en una época en que estaba en el más profundo desconcierto en todos los campos, incluido el de la sexualidad. Las posturas iban de extremo a extremo: había quienes iban proclamando desde el desprecio del cuerpo y de la sexualidad hasta el más pleno desenfreno. En esta confusión, San Pablo defiende simultáneamente la grandeza y la indisolubilidad del matrimonio y el valor del celibato, queriendo dar derecho de ciudadanía a un estado nuevo, ese del celibato por el Reino, al lado de un estado de vida ya conocido y considerado, entonces, como única posibilidad: el matrimonio. San Pablo considera que, según las enseñanzas de Cristo, matrimonio y celibato son complementarios porque en los dos, se ha de hacer una opción por Cristo y su Evangelio (1 Cor 7,25-31). 

El Apóstol de las gentes pide a todos —solteros, casados, viudos— que, cada uno en su estado, se dedique a hacer el bien, a trabajar por el Reino, sobre todo teniendo en cuenta —como era la opinión de la época— que el retorno del Señor era inminente. San Pablo habla desde una realidad que conoce muy bien, él ya sabe que la mayoría se casan —su alto concepto del matrimonio lo expresa sobre todo en el capítulo 5 de Efesios— y que algunos han ya enviudado, mientras que otros, como él mismo, han optado por el celibato para dedicar todas sus energías a la evangelización. En el fondo, el Apóstol nos está invitando a todos a una sana «indiferencia». Les dice a los Corintios que continúen en el estado en que se encontraban cuando se convirtieron: que no abandonen el matrimonio o el celibato, sino que, cada uno como está, luche por cumplir la voluntad de Dios trabajando en favor del Reino, porque urge aprovechar el tiempo presente y no hay que desperdiciarlo. Todos sabemos que debemos de dar a las personas, a las cosas y a los acontecimientos, el lugar que les corresponde porque hay valores e ideales que marcan nuestra condición de cristianos en cualquiera que sea nuestro estado de vida. Cada uno en su situación personal, ha de comprometerse a vivir los valores del evangelio de Cristo, que hoy nos los presenta San Lucas en las bienaventuranzas (Lc 6,20-16), teniendo en cuenta los valores más inmediatos y sobre todo los superiores, que dan sentido más pleno a todo lo que hacemos. Los casados, con su vida de amor y de educación de sus hijos. Los que han optado por el celibato, desde el carisma propio y la misión recibida en la Iglesia. Todos buscando ser fieles a Cristo para ser «dichosos» como signos creíbles de la existencia de Dios y el establecimiento del Reino en medio del mundo. 

Las bienaventuranzas, como nos las presenta San Lucas son distintas un poco de las de san Mateo, que son ocho (Mt 5,3-12). Aquí son cuatro bienaventuranzas y cuatro que podemos llamar malaventuranzas o lamentaciones. San Mateo las presenta en tercera persona: «de ellos» es el Reino dice, mientras que San Lucas en segunda: «suyo» es el Reino. Lo importante de las bienaventuranzas en San Lucas, es captar que Jesús llama «bienaventurados, felices y dichosos» a los pobres, a los que sufren —pasan hambre—, a los que lloran y a los que son perseguidos por causa de su fe. Con esto contrasta el «ay» de otras cuatro clases de personas: los ricos, los que están saciados, los que ríen —en tono de burla, claro— y los que son adulados por el mundo. Estos «ayes» se parecen a las antítesis que el mismo San Lucas pone en labios de María de Nazaret en su Magníficat: Dios derriba a los potentados y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos (Lc 1,46-55). Esto es también como el desarrollo que el mismo Lucas nos presenta de lo que había anunciado Jesús en su primera homilía de Nazaret: Dios le ha enviado a los pobres, a los cautivos, a los ciegos y a los oprimidos (Lc 4,18). A mi de todo esto me queda hoy que, según nuestro propio estado de vida, al leer y reflexionar esta Palabra de Dios, en nuestra vida de casados, o de célibes, o de viudos, hay que cuestionarnos si hemos hecho de veras una opción «por Dios» y si la consideración de «la vida eterna» está presente en nuestras acciones y decisiones de cada día... «porque este mundo que vemos es pasajero» (1 Cor 7,31). ¡Bienaventurado, feliz y dichoso miércoles! 

Padre Alfredo.

miércoles, 1 de agosto de 2018

«Valorar la vocación»... Un pequeño pensamiento para hoy

Yo creo que no son pocos quienes hayan atravesado por diversas situaciones de crisis graves de esas que obligan a la persona a reasumir la propia vocación purificándola, ya sea la vocación matrimonial, de soltería o de algún tipo de consagración especial a Dios como el sacerdocio, la vida religiosa o la pertenencia a algún instituto secular. Hoy Jeremías nos comparte su experiencia al respecto (Jer 15,10,16-21). El profeta, contemplando el duro momento que vive, se atreve a interpelar y a pedir cuentas a Dios. Ha puesto su vida al servicio del Señor para que el pueblo se convierta y no encuentra en derredor de él más que una jauría de acusadores que le miran con desprecio y lo maldicen (Jer 15,11). Esta fidelidad le ha obligado a renunciar a muchas cosas (Jer 15,17); ¿por qué Dios no recompensa mejor al que se ha entregado totalmente a Él y se encuentra solo por amar su vocación? (Jer 15,16). La duda invade el alma del que se sabe llamado por Dios para una tarea especial: ¿será Dios, acaso, un espejismo de aguas que no existen? (Jer 15,18). Sólo la conversión a Dios, la confianza ciega en su misterio (Jer 15,19-20) pueden poner fin a ese estado de incertidumbre del profeta. Poner fin a la duda negando a Dios o rompiendo los compromisos contraídos con Él no es digno del que ha sido llamado por Dios; aceptar, por el contrario, vivir en la duda y tratar incansablemente de penetrar en el misterio de la vocación es la única posibilidad de éxito, en este aspecto, abierta al hombre. 

Comprometerse en el camino vocacional, es lanzarse a una aventura. Para seguir el llamado de Dios hace falta no tener seguridades confortables por la posesión de los bienes terrestres o por el éxito obtenido. Muchas veces, ser fiel a la vocación que Dios nos ha dado, puede significar muchas incomodidades, la falta de recursos, enormes privaciones, incomprensiones y hasta ataques de quienes menos se espera. La vocación no aumenta muchas veces la popularidad del llamado y a veces menos entre los que le ven de cerca: «¡Ay de mí, madre mía! ¿Por qué me engendraste para que fuera objeto de pleitos y discordias en todo el país? A nadie debo dinero, ni me lo deben a mí, y sin embargo, todos me maldicen» (Jer 15,10). Esto es como si Jeremías hubiera dicho: «no le caigo bien a nadie, no le atino a nada, he fracasado». Pero Jeremías, en lugar se cerrarse en su dolorosa e incomprensible situación, escucha al Señor que le brinda su respuesta de amor animándolo a seguir adelante en su vocación: «Yo haré que cambies de actitud... seguirás a mi servicio... seguirá siendo mi profeta... ellos cambiarán su actitud para contigo... te convertiré en una poderosa muralla de bronce... yo estaré a tu lado... te libraré de las manos de los perversos... te rescataré» (cf. Jer 15,16-21). ¡Hay que tomarse la vocación en serio! ¡Hay que tomarse la llamada de Dios en serio!¡sobre todo cuando uno está cansado o hasta molesto de tanto luchar por perseverar! 

Todos los llamados somos discípulos–misioneros de Jesús, quien también sintió en su carne las dudas y desengaños, los fracasos y las crisis, las persecuciones y las violencias. Su conciencia de que ser boca de Dios significa estar dispuesto a compartir la historia y la suerte de Dios lo hace solidario con el Padre y con los hermanos que sufren. En esta solidaridad halló la fuerza para ser fiel a su vocación de «Misionero del Padre». Todo cristiano ha recibido una vocación, una llamada que exige una respuesta como la del Señor Jesús, por eso todo cristiano, si lo es verdaderamente, experimentará dificultades, sabiendo que puede decir que no. Pero la actitud de Jesús, fiel hasta la muerte, es el incentivo que nos hace vivir de acuerdo con la vocación que hemos recibido. El valor de la perseverancia y fidelidad en la vocación es como el gozo que nos describe el Evangelio de hoy (Mt 13,44-46), la alegría de aquél que, habiendo encontrado un tesoro, se vuelve loco de contento, vuelve a casa y vende todos sus bienes, incluso los malvende, para poder comprar el campo en cuestión. Los vecinos piensan que se ha vuelto loco, sospechan que quizá está siendo chantajeado por alguien y necesita dinero, o que tal vez lo haya perdido todo en una casa de juego; lo critican y tal vez hasta le ponen obstáculos. Pero aquel hombre sabe muy bien a dónde quiere llegar, y no le importa lo que digan de él ni lo que le hagan. No le impresionan las palabras ni los juicios de los demás, porque sabe que el tesoro que ha encontrado vale más que todo cuanto tenía, porque ese tesoro, le dará la posibilidad de repartir todo eso, a muchos más. La vocación es también la perla fina y no basta dar con ella al azar, cultivando su campo... Vale la pena «buscarla», como hace un coleccionista en pos de una pieza rara que falta a su colección. Hoy muchos, paralizados por tantas cosas adversas, no se lanzan a buscar el tesoro o la perla y se quedan mirando o criticando. Que María, llamada también por Dios, la mujer que vivió su misión con alegría en medio del dolor y de las dificultades que todos conocemos, Ella, que supo valorar el tesoro y la perla fina, nos ayude a luchar para defender nuestra vocación sabiendo que, como a Ella y como a Jeremías, el Señor no nos dejará. ¡Bendiciones en este miércoles para todos! 

Padre Alfredo.