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jueves, 20 de agosto de 2026

«SOMOS INESIANOS, PEREGRINOS DE ESPERANZA»... La herencia del Año Santo 2025.


El Año Jubilar 2025, celebrando como cada 25 años, la Redención, marcó para todos los miembros de nuestra Familia Inesiana un imperativo a la hora de hablar como misioneros en nuestras distintas opciones vocacionales, del presente y del futuro de nuestro ser y quehacer. Este imperativo ha sido «la esperanza». Un imperativo que sintoniza perfectamente con lo que el lema de este año santo nos estampó en el corazón: «Peregrinos de Esperanza». Y es que no debemos olvidar que somos peregrinos y que este jubileo ha sido una invitación a ser conscientes de ello. Vamos andando en este mundo en peregrinación, tanto física como espiritual, viviendo la fe en el camino y buscando acercarnos a Dios y a los demás en caridad. Pero somos peregrinos de esperanza. Y esta esperanza se entiende como la certeza del amor de Dios, la capacidad de superar las tribulaciones y de construir un futuro de paz y fraternidad que nos ha de llevar a metas altas de santidad, pasando por el mundo haciendo el bien como Cristo, que se encarnó para salvarnos (cf. Hb 10,38).

A todos los que estamos aquí en este planeta, como hombres y mujeres de fe, nos consta que es mucho más lo que se puede alcanzar y lo que está por venir, que lo que nuestros ojos apenas pueden ver. El mundo en el que somos misioneros, necesita de esperanza; mucha más esperanza en lo que somos, en lo que hacemos y en lo que vivimos, recordando que hemos sido tocados de un corazón sin fronteras —la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento— que, hasta el último aliento de vida, se mantuvo inmerso en la esperanza.

Por encima de todas las pequeñas esperanzas que nos proponen las utopías y las diversas ideologías que en nuestra época van y vienen, los Inesianos, a imitación de nuestra fundadora, ciframos nuestra esperanza en Dios, que es el único que nos puede salvar. 

Es de todos conocido que el mundo actual, caracterizado por el auge del individualismo, el relativismo y un enfoque en lo material en el que la influencia y práctica del cristianismo han disminuido significativamente, resultando en un menor apego a los valores esenciales y a las sólidas enseñanzas e implicando un desplazamiento de lo religioso de la esfera pública a la privada, sufre una pérdida de referentes morales y un vacío espiritual. 

La secularización ha hecho a un lado instituciones y aspectos de la vida que antes estaban vinculados a la religión al hacerlos ahora parte del ámbito civil, causando que la religión pierda su preeminencia pública. 

Nos movemos, como ciudadanos de una sociedad globalizada, en medio de una confusión de orden jerárquico de los valores morales. Sobre todo nuestros adultos jóvenes, los jóvenes y los adolescentes, experimentan una desorientación en los valores y principios básicos que antes eran proporcionados por la fe, lo que ha generado inseguridad y un vacío existencial. La dificultad de educar en la fe ha llevado, sobre todo a los niños, a aprender sus valores de fuentes alternativas como los teléfonos celulares y las redes sociales, en lugar de la familia.

El individualismo y el relativismo, que tanto denunció el papa Benedicto XVI, de feliz memoria, en su brillante encíclica «Spe Salvi» han hecho que la tendencia de la vida de las personas se desplace hacia un individualismo que va degenerando en la «beatificación del antojo», donde todo se percibe como incierto y sin una validez única. 

Por su parte, el predominio del materialismo, va marginando los valores espirituales y la presencia de Dios en la sociedad en favor de un enfoque centrado en lo material, lo que puede ser impulsado por los medios de comunicación y las lógicas del mercado. Si bien este concepto se aplica especialmente a Europa Occidental y a América, la descristianización coexiste con un leve crecimiento del cristianismo en algunas regiones, de África, el llamado «continente de la esperanza» y de Asia.

Para algunos, incluso gente cercana a nosotros, los misioneros pudiéramos parecer como simples entusiastas que cada mes de octubre celebran el mes de las misiones y nada más. Porque inclusive es triste ver que muchos, incluso consagrados, ya no quieren desinstalarse de este ámbito atractivo y comodón que la tecnología actual nos brinda en las grandes ciudades y que difícilmente llega a las pequeñas y alejadas comunidades a donde pocos quieren ir. 

Benedicto XVI, el gran teólogo y misionero de los últimos tiempos, en esa obra maestra de la Esperanza que ya he mencionado: —Spes Salvi—, afirma que «a lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los periodos de su vida. A veces —dice el papa— puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra. En la juventud puede ser la esperanza del amor grande y satisfactorio; la esperanza de cierta posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su vida» (Spe salvi 30).  

Esas esperanzas, sin embargo, no bastan, sobre todo porque los humanos —aunque no todos sean hiperactivos como habemos alguno que otro— tenemos un corazón inquieto en el que muchos obstáculos impiden lograr lo que deseamos. 

Nosotros nos hemos dejado alcanzar por Cristo. En Él tenemos un referente para no quedar atrapados en un simple optimismo de una u otra reunión internacional que no deje eco en el corazón. Entre la esperanza cristiana y el optimismo hay una gran diferencia. ¡No son iguales! El optimismo pasa y la única y auténtica esperanza para todos los creyentes es la cruz de nuestro Señor Jesucristo que permanece y que nosotros hemos abrazado. Si es verdad que muchas diócesis, instituciones, familias misioneras, congregaciones —incluso muchas comunidades contemplativas—, están viviendo momentos difíciles, por la escasez de vocaciones y por falta de compromiso por parte de los seglares, hemos de reconocer y agradecer el don de la fidelidad, de la perseverancia y el espíritu de confianza en Dios que está presente en la Iglesia.

Solo en Dios podemos llegar a vislumbrar esa gran esperanza. Benedicto XVI nos lo dice: «Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto» (Spe salvi, n. 31). 

Cuando nuestra amada fundadora, la Beata María Inés Teresa fundó la Familia Inesiana, con nuestras hermanas Misioneras Clarisas, pilares de lo que somos y hacemos, lo hizo llena de esperanza en un mundo que parecía muerto a la esperanza. La época estaba marcada principalmente por la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y las consecuencias de la Gran Depresión, incluyendo la pobreza y el desempleo que persistieron. Ataques aéreos, hambrunas, así como el inicio de la Guerra Fría y la amenaza de la energía atómica envolvían la faz e la tierra en la desesperanza. Es en ese tiempo en el que ella, llena de esperanza funda nuestra familia misionera.

Pero eso no es todo. Años antes, México había sufrido también un tiempo marcado, para muchos, con desesperanza: la persecución cristera. Una época que se veía como interminable y parecía acabar con la fe de un pueblo que, cobijado por el manto de la Guadalupana, se debatía en la lucha cristera mientras que los templos estaban cerrados y las columnas de la vivencia de la fe, iban al exilio. Se estima que entre 250 mil y 300 mil personas murieron durante la Guerra Cristera (1926-1929) en la que solamente tres obispos permanecieron ocultos en el país: Pascual Orozco y Jiménez, José María González y Valencia y san Rafael Guizar y Valencia, que fue el único que pudo mantener abierto un seminario oculto en la clandestinidad.

En medio de todo esto, la Beata María Inés Teresa, llena de esperanza, buscó la manera de responder al llamado que Dios le hacía para consagrar su vida como religiosa e ingresó a una comunidad de Clarisas exiliada en Los Ángeles, California, en 1929. Su experiencia de persecución y exilio la llevó a mantener viva la esperanza para dedicarse a cumplir la voluntad de Dios con alegría, aún en medio del sufrimiento. 

No me bastaría ni siquiera un día entero, para compartir con ustedes tantos testimonios y anécdotas de aquellas dos épocas de la vida de Madre Inés en los que la esperanza se hizo siempre presente. 

Ciertamente no quiero hacer un intrincado y extenso escrito sobre la esperanza. Quiero más bien invitarles a no apartar nuestra mirada de la vida y e la obra de la Beata María Inés para vivir como ella, no en el simple entusiasmo pasajero de algo que se consume como una llamarada de petate, sino en esperanza, en esa esperanza que, como dice San Pablo en la carta a los Romanos: no defrauda (Rm 5,5).

Somos esperanza en el mundo desde la normalidad de nuestra vida de familia con la fraternidad, el complemento de las diversas expresiones de nuestro carisma en los diferentes miembros en su forma de ser, la disponibilidad para la misión y viviendo la evangelización donde la Iglesia nos llama, compartiendo nuestra espiritualidad de sacerdotes, de consagrados y de laicos al estilo inesiano. Y el Señor, recordemos, «no abandonará a todos los que esperan en él» (Florecillas de san Francisco nº. 287; cf. Sal 33,23). 

Nuestra Madre fundadora, fue una mujer que con convicción firme, esperó siempre en el Señor. En una carta colectiva escribe: «Alguien me dice que me promete confiar en Dios… contra toda esperanza ¡magnífico! es algo que me da tanta alegría. La confianza en Dios todo lo puede» (Carta colectiva de Marzo 14 de 1963). 

Las distintas esperanzas humanas, que inspiran las actividades diarias de todos los miembros de nuestra familia inesiana, corresponden, desde que el Señor estableció su reinado, al anhelo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros que hemos sido llamados y confiamos en Dios (f. Catecismo de la Iglesia católica, nº. 1818). Dice Nuestra Madre: «La esperanza es una virtud obligatoria; radica en el espíritu, pero irradia en todo el ser» (Ejercicios Espirituales de 1933).

Y por otra parte afirma: «La confianza en Dios es precisamente la esperanza, pues, como confiamos en él, esperamos lo que nos ha prometido». Ella recomienda en una carta: «Confiemos siempre en Dios, aun sobre toda esperanza y… triunfaremos en todo. El es infinitamente misericordioso».  

Ante esto podemos preguntarnos en sintonía con Madre Inés: ¿Cuáles son mis esperanzas?, ¿a dónde tiende mi corazón misionero? «Dile a Cristo —escribe la beata María Inés— que, aunque toques y no te conteste, aunque pidas y no te dé, aunque busques y no encuentres, en él confías y que confías en él contra toda esperanza, y que aún cuando estuvieras sentada en sombras de muerte en él esperarías. Es esta esperanza, esta confianza lo que deleita su corazón». 

Para terminar, quiero invitarles a contemplar con los ojos de la esperanza a la Santísima Virgen, vestida de Guadalupana que habló a la Beata María Inés y la llenó de esperanza ante una realidad que ella aún desconocía: «Si entra en los designios de Dios servirte de ti para las obras de apostolado...». Ella, en ese entonces, era una religiosa de clausura en el exilio... ¿qué podía hacer? Pensando en aquella escena, creo que todos podemos experimentar interiormente la serena certeza de que la esperanza cristiana, nuestra esperanza, es cierta. No es vano producto de una ilusión quimérica o la proyección ilusa de un ideal inalcanzable. Nuestra esperanza es cierta. Es, como dice la Carta a los Hebreos, ancla del alma, segura y firme (Hb 6,19). Segura y firme dice, es decir cierta.

Por tanto, no debemos olvidar que la Virgen santísima, santa María de Guadalupe, alma del alma de nuestra familia misionera, es modelo de nuestra esperanza. Y una esperanza cierta, sin la cual nuestra fe se convertiría en simple ideología y nuestra caridad en una solidaridad intrascendente. A fines del siglo XIX un poeta francés, Charles Péguy decía: «La esperanza es la pequeña de la casa, insignificante en apariencia y que apenas cuenta, pero sin la cual ni la fe ni la caridad se sostendrían».  Cerremos nuestra reflexión recordando que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.  Eso es lo que hizo Madre Inés.

Padre Alfredo, M.C.I.U.


Roma, octubre de 2025.
Encuentro Internacional de la Familia Inesiana.
Año Jubilar de la Encarnación.

viernes, 19 de junio de 2026

TRIDUO EN HONOR DE LA BEATA MARÍA INÉS TERESA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO.


Oración Inicial para todos los días:

Se rezará al comenzar cada día.

Señor Dios, Padre nuestro, que concediste a la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento una sed ardiente de la gloria de Dios y la salvación de las almas, infunde en nuestros corazones ese mismo celo misionero. Que su amor entrañable a la Santísima Virgen de Guadalupe y su entrega total a la Eucaristía nos guíen para hacer de nuestra vida una constante ofrenda de amor. Concédenos, por su intercesión, la gracia que hoy te pedimos con fe. Amén.


Día 1: El Amor al Santísimo Sacramento.

Reflexión: La Beata María Inés centró toda su existencia en Jesús Sacramentado. En el Sagrario encontraba la fuerza para su labor misionera. Ella nos enseña que la oración contemplativa es el motor de toda acción apostólica.

Oración: Jesús Sacramentado, te pedimos, por intercesión de la Beata María Inés, que aumentes nuestra fe y devoción a la Sagrada Eucaristía. Que sepamos buscarte, como ella, en el Sagrario, con un corazón puro y humilde, reconociendo que solo en ti se encuentra la verdadera paz y la alegría del alma. Rezar un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria.


Día 2: El Espíritu Misionero y Universal.

Reflexión: El lema de la Beata María Inés era: "Urge que Cristo reine". Su corazón no conoció fronteras; deseaba que todos los hombres, en todos los continentes, conocieran el Evangelio y el amor de Dios. «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero» le decía al Señor.

Oración: Dios de bondad, enciende en nosotros el fuego de la caridad misionera como lo hiciste en el corazón sin fronteras de Madre Inés. Ayúdanos a comprender que todos somos responsables de llevar tu palabra a los demás, empezando por nuestras familias y comunidades. Danos la valentía de anunciar tu Reino sin miedo, con alegría y sencillez. Rezar un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria.


Día 3: La Confianza Filial en María de Guadalupe.

Reflexión: Bajo la mirada de la Virgen de Guadalupe, la Beata María Inés caminó con absoluta confianza filial. Aprendió de María a ser dócil a la voluntad del Padre y a interceder con ternura por los más necesitados y alejados. «Vamos María» se le escuchaba decir.

Oración: Madre Santísima de Guadalupe, Virgen de la Promesa, tú que fuiste la gran inspiradora y protectora de la Beata María Inés, enséñanos a confiar plenamente en la Divina Providencia. Alcánzanos un corazón humilde como el tuyo, para aceptar con amor los planes de Dios en nuestra vida ordinaria. Rezar un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria.


Oración Final para todos los días. 

Se rezará al terminar cada día. 

Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, intercede ante el Padre Celestial para que alcancemos la gracia de una fe viva, una esperanza firme y una caridad ardiente. Pide para nosotros la bendición de vivir siempre en sintonía con el Corazón de Jesús y el de tu amada Madre de Guadalupe. Te encomendamos de manera especial esta petición: (Mencione aquí su intención personal). Ruega por nosotros, Beata María Inés, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Padre Alfredo.

 

sábado, 25 de abril de 2026

«ORACIÓN POR LOS SACERDOTES Y SEMINARISTAS» compuesta por la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento.

¡Oh Jesús!, anonadado en la Eucaristía para ser el horno de caridad de la Iglesia Católica y la fuerza de las almas, te ofrecemos nuestras oraciones, acciones y sufrimientos en favor de tus sacerdotes, y a fin de que se extienda cada día más el reinado de tu Sacratísimo Corazón, vuelve a nosotros por medio de tus sacerdotes y dígnate seguir derramando, sobre ellos, las olas vivificantes de tu amor infinito.

Jesús, Salvador del mundo; santifica a tus sacerdotes y seminaristas.
Jesús, Salvador del mundo; santifica a tus sacerdotes y seminaristas.
Jesús, Salvador del mundo; santifica a tus sacerdotes y seminaristas.


martes, 14 de octubre de 2025

LA ESPERANZA VIVIDA COMO ADHESIÓN A CRISTO Y A LA IGLESIA POR MADRE INÉS.


Este Año Jubilar, marca para todos los miembros de nuestra Familia Inesiana, un imperativo a la hora de hablar como misioneros en nuestras distintas expresiones inesianas, del presente y el futuro de nuestro ser y quehacer. Este imperativo es «la esperanza». Imperativo que sintoniza perfectamente con lo que el lema de este año santo nos estampa en el corazón: «Peregrinos de Esperanza». Sí, no debemos olvidar que somos peregrinos y que este jubileo es una invitación a ser conscientes de ello. Vamos andando en este mundo en peregrinación, tanto física como espiritual, viviendo la fe en el camino y buscando acercarnos a Dios y a los demás en caridad. Pero somos peregrinos de esperanza. Y esta esperanza se entiende como la certeza del amor de Dios, la capacidad de superar las tribulaciones y de construir un futuro de paz y fraternidad que nos ha de llevar a metas altas de santidad, pasando por el mundo haciendo el bien como Cristo, que se encarnó para salvarnos (cf. Hb 10,38). 

A todos los que estamos aquí, como hombres y mujeres de fe, nos consta que es mucho más lo que se puede alcanzar y lo que está por venir, que lo que nuestros ojos apenas pueden ver. El mundo en el que somos misioneros, necesita de esperanza; mucha más esperanza en lo que somos, en lo que hacemos y en lo que vivimos, recordando que somos hijos de un corazón sin fronteras que, hasta el último aliento de vida, se mantuvo inmerso en la esperanza.

Por encima de todas las pequeñas esperanzas que nos proponen las utopías y las diversas ideologías que en nuestra época van y vienen, los inesianos, a imitación de nuestra fundadora, ciframos nuestra esperanza en Dios, que es el único que nos puede salvar. 

Es de todos conocido que el mundo actual, caracterizado por el auge del individualismo, el relativismo y un enfoque en lo material en el que la influencia y práctica del cristianismo han disminuido significativamente, resultando en un menor apego a los valores esenciales y a las sólidas enseñanzas, implicando un desplazamiento de lo religioso de la esfera pública a la privada, sufre una pérdida de referentes morales y un vacío espiritual. 

La secularización ha hecho a un lado instituciones y aspectos de la vida que antes estaban vinculados a la religión al hacerlos ahora parte del ámbito civil, causando que la religión pierda su preeminencia pública. 

Nos movemos, como ciudadanos de un mundo globalizado, en medio de una confusión de orden jerárquico de los valores morales. Sobre todo nuestros adultos jóvenes, los jóvenes y los adolescentes, experimentan una desorientación en los valores y principios básicos que antes eran proporcionados por la fe, lo que ha generado inseguridad y un vacío existencial. La dificultad de educar en la fe ha llevado, sobre todo a los niños, a aprender sus valores de fuentes alternativas como los teléfonos celulares y las redes sociales, en lugar de la familia.

El individualismo y el relativismo, que tanto denunció Benedicto XVI, de feliz memoria, en su brillante encíclica «Spe Salvi» han hecho que la tendencia de la vida de las personas se desplace hacia un individualismo que va degenerando en la «beatificación del antojo», donde todo se percibe como incierto y sin una validez única. 

Por su parte, el predominio del materialismo, va marginando los valores espirituales y la presencia de Dios en la sociedad en favor de un enfoque centrado en lo material, lo que puede ser impulsado por los medios de comunicación y las lógicas del mercado. Si bien este concepto se aplica especialmente a Europa Occidental y a América, la descristianización coexiste con un leve crecimiento del cristianismo en algunas regiones, de África, el llamado «continente de la esperanza» y de Asia.

Para algunos, incluso gente cercana a nosotros, los misioneros pudiéramos parecer como simples entusiastas que cada mes de octubre celebran el mes de las misiones y nada más. Porque inclusive es triste ver que muchos, incluso consagrados, ya no quieren desinstalarse de este ámbito atractivo y comodón que la tecnología actual nos brinda en las grandes ciudades y que difícilmente llega a las pequeñas y alejadas comunidades a donde pocos quieren ir. 

El Papa Benedicto XVI, el gran teólogo y misionero de los últimos tiempos, en esa obra maestra de la Esperanza que ya he mencionado: «Spes Salvi», afirma que «a lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los periodos de su vida. A veces —dice el Papa— puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra. En la juventud puede ser la esperanza del amor grande y satisfactorio; la esperanza de cierta posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su vida» (Spe salvi, n. 30).  

Esas esperanzas, sin embargo, no bastan, sobre todo porque los humanos, —aunque no todos sean hiperactivos como alguno que otro—, tenemos un corazón inquieto en el que muchos obstáculos impiden lograr lo que deseamos. 

Nosotros, queridos hermanos, nos hemos dejado alcanzar por Cristo a imitación de Nuestra Madre fundadora. En Él tenemos un referente para no quedar atrapados en un simple optimismo de una reunión internacional que no deje eco en el corazón. Entre la esperanza cristiana y el optimismo hay una gran diferencia. ¡No son iguales! El optimismo pasa y la única y auténtica esperanza para todos los creyentes es la cruz de nuestro Señor Jesucristo que permanece y que nosotros hemos abrazado. Si es verdad que muchas diócesis, instituciones, familias misioneras, congregaciones — incluso muchas comunidades contemplativas—, están viviendo momentos difíciles, por la escasez de vocaciones y por falta de compromiso por parte de los seglares, hemos de reconocer y agradecer el don de la fidelidad, de la perseverancia y el espíritu de confianza en Dios que está presente en la Iglesia.

Solo en Dios podemos llegar a vislumbrar esa gran esperanza. Benedicto XVI nos lo dice: «Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto» (Spe salvi, n. 31).. 

Cuando nuestra amada fundadora, la beata María Inés Teresa fundó la Familia Inesiana, con nuestras hermanas Misioneras Clarisas, pilares de lo que somos y hacemos, lo hizo llena de esperanza en un mundo que parecía muerto a la esperanza. La época estaba marcada principalmente por la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y las consecuencias de la Gran Depresión, incluyendo la pobreza y el desempleo que persistieron. Ataques aéreos,  hambrunas, así como el inicio de la Guerra Fría y la amenaza de la energía atómica envolvían la faz e la tierra en la desesperanza. Es en ese tiempo en el que ella, llena de esperanza funda nuestra familia misionera.

Pero eso no es todo. Años antes, México sufrió también un tiempo marcado, para muchos, con desesperanza: la persecución cristera. Una época que se veía como interminable y parecía acabar con la fe de un pueblo que, cobijado por el manto de la Guadalupana, se debatía en la lucha cristera mientras que los templos estaban cerrados y las columnas de la vivencia de la fe, iban al exilio. Se estima que entre 250 mil y 300 mil personas murieron durante la Guerra Cristera (1926-1929). Solamente tres obispos permanecieron ocultos en el país: Pascual Orozco y Jiménez, José María González y Valencia y San Rafael Guizar y Valencia, que fue el único que pudo mantener un seminario oculto en la clandestinidad.

En medio de todo esto, la Beata María Inés Teresa, llena de esperanza, buscó la manera de responder al llamado que Dios le hacía para consagrar su vida como religiosa e ingresó a una comunidad de clarisas exiliada en Los Ángeles, California, en 1929. Su experiencia de persecución y exilio la llevó a mantener viva la esperanza para dedicarse a cumplir la voluntad de Dios con alegría, aún en medio del sufrimiento. 

No me bastaría ni siquiera un día entero, para compartir con ustedes tantos testimonios y anécdotas de aquellas dos épocas de la vida de nuestra fundadora en los que la esperanza se hizo siempre presente. Aún conociéndome... ¡me dieron 20 minutos! A ver hasta dónde llego de esto que escribí.

Ciertamente no he venido aquí a dar una intrincada conferencia sobre la esperanza. Esa, con las catequesis y el tiempo de preparación a este magno encuentro, la tenemos clara. Vengo aquí a invitarles a no apartar nuestra mirada de la vida y e la obra de la beata María Inés para vivir como ella, no en el simple entusiasmo pasajero de algo que se consume como una llamarada de petate, sino en esperanza, en esa esperanza que, como dice San Pablo en la carta a los Romanos, no defrauda (Rm 5,5).

Somos esperanza en el mundo desde la normalidad de nuestra vida de familia con la fraternidad, el complemento de las diversas expresiones de nuestro carisma inesiano en los diferentes miembros en su forma de ser, la disponibilidad para la misión y viviendo la evangelización donde la Iglesia nos llama, compartiendo nuestra espiritualidad de sacerdotes, de consagrado(Florecillas de San Francisco no. 287; cf. Sal 33,23).

Nuestra Madre fundadora, fue una mujer que con convicción firme, esperó siempre en el Señor. En una carta colectiva escribe: «Alguien me dice que me promete confiar en Dios… contra toda esperanza ¡magnífico! es algo que me da tanta alegría. La confianza en Dios todo lo puede» (Carta colectiva de marzo 14 de 1963). 

Las distintas esperanzas humanas, que inspiran las actividades diarias de todos los miembros de nuestra familia inesiana, corresponden, desde que el Señor estableció su reinado, al anhelo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros que hemos sido llamados y confiamos en Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica no. 1818).  Dice Nuestra Madre: «La esperanza es una virtud obligatoria; radica en el espíritu, pero irradia en todo el ser» (Ejercicios Espirituales de 1933).  Y por otra parte afirma: «La confianza en Dios es precisamente la esperanza, pues, como confiamos en él, esperamos lo que nos ha prometido» (Carta colectiva desde Roma el 4 de octubre de 1978).  Ella recomienda en una carta: «Confiemos siempre en Dios, aun sobre toda esperanza y… triunfaremos en todo. El es infinitamente misericordioso» (Carta colectiva desde Cuernavaca el 21 de agosto de 1958).  

Ante esto podemos preguntarnos en sintonía con Madre Inés: ¿Cuáles son mis esperanzas?, ¿a dónde tiende mi corazón misionero? «Dile a Cristo —escribe la beata María Inés— que, aunque toques y no te conteste, aunque pidas y no te dé, aunque busques y no encuentres, en él confías y que confías en él contra toda esperanza, y que aún cuando estuvieras sentado en sombras de muerte en él esperarías. Es esta esperanza, esta confianza lo que deleita su corazón» (Carta personal de 11 de noviembre de 1955). 

Para terminar, quiero invitarles a contemplar con los ojos de la esperanza a la Santísima Virgen, vestida de Guadalupana que habló a nuestra madre fundadora y la llenó de esperanza ante una realidad que ella aún desconocía: «Si entra en los designios de Dios servirte de ti para las obras de apostolado...». Ella, hermanos, en ese entonces era una religiosa de clausura en el exilio... ¿qué podía hacer? Pensando en aquella escena, creo que todos podemos experimentar interiormente la serena certeza de que la esperanza cristiana, nuestra esperanza, es cierta. No es vano producto de una ilusión quimérica o la proyección ilusa de un ideal inalcanzable. Nuestra esperanza es cierta. Es, como dice la Carta a los Hebreos, ancla del alma, segura y firme (Hb 6,19). Segura y firme dice, es decir cierta.

Por tanto, no debemos olvidar que la Virgen santísima, nuestra patrona principal, María de Guadalupe, alma del alma de nuestra familia misionera, es modelo de nuestra esperanza. Y una esperanza cierta, sin la cual nuestra fe se convertiría en simple ideología y nuestra caridad en una solidaridad intrascendente. A fines del siglo XIX un poeta francés, Charles Péguy (Charles Pierre Péguy, también nconocido por sus seudónimos Pierre Deloire y Pierre Baudouin (7 de enero de 1873-5 de septiembre de 1914, fue un filósofo, poeta y ensayista francés, considerado uno de los principales escritores católicos modernos), decía: «La esperanza es la pequeña de la casa, insignificante en apariencia y que apenas cuenta, pero sin la cual ni la fe ni la caridad se sostendrían» (“El misterio de la santa infancia”. Es un largo poema que reflexiona sobre la fe. y la esperanza, y en el que la esperanza es representada como una niña pequeña e indispensable para la vida cristiana, según lo menciona un artículo en la página del sitio “Iglesia de Aragón”). Cerremos nuestra reflexión recordando que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo (Catecismo de la Iglesias Católica no. 1817).  Eso es lo que hizo Madre Inés.

Padre Alfredo, M.C.I.U.

Conferencia en Roma, octubre de 2025.
Encuentro Internacional de la Familia Inesiana.
Año Jubilar de la Encarnación.

sábado, 21 de junio de 2025

Homilía en la fiesta litúrgica de la Beata María Inés 2025

Dice la Escritura: «¡Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que trae buenas noticias!» Esta frase, breve y sencilla que está en la carta a los Romanos, escrita por San Pablo. Retrata de una manera maravillosa a  la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, la misionera sin fronteras que no tuvo tiempo de teorizar, sino que, presurosa, como María a quien siempre invocó a su lado, se lanzó en una carrera que tenía, desde el inicio, el objetivo de que el conocimiento y amor de Dios llegara a todas las naciones. El esfuerzo eficaz de esta prisa misionera, ha dado frutos que, esparcidos ahora, en más de 16 naciones de la tierra, llenan de esperanza a miles de almas dando respuesta a lo que Cristo pide en el Evangelio, que demos fruto.

Quisiera, en una breve reflexión, destacar cinco puntos de suma importancia en la beata que bien podemos hacer nuestros imitándola con sencillez y humildad para ser prolongadores de esta carrera que ha de concluir, como ella misma dice: «cuando se clausuren los siglos y comience la eternidad».

Primeramente quisiera destacar su profundo amor a Cristo: La relación de  la madre María Inés con Cristo, se centró principalmente en la contemplación de su presencia eucarística. Las largas hora de adoración, especialmente durante los 16 años que pasó en la clausura, enfervorizaron su entrega total a Él y su búsqueda de la santidad. En una carta colectiva, escrita el 7 de marzo de 1960 anota: «¿Qué de dónde vamos a sacar todas las virtudes que necesitamos? Pues no de otra parte que del Corazón de Jesús. Y para eso se quedó en la Eucaristía, ya que no solamente está allí para recibir nuestras adoraciones y nuestros homenajes, sino también para escuchar nuestras súplicas; ansía que vayamos a él a contarle y pedirle, cuanto necesitamos para nosotros mismos y para los demás. Tiene sus manos llenas de gracias, pero la condición es, que las pidamos. Se siente Jesús cuando no lo hacemos, y por eso dijo a sus apóstoles: “Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid y recibiréis.” ¿Quién será el hambriento que, junto a una mesa espléndidamente servida, e invitado por el dueño a comer lo que guste, no lo haga? Y a las veces, nosotros somos ese hambriento, y sediento, y cabe a las fuentes de agua viva, nos morimos de sed y de hambre, solamente por flojera, por no hacer nuestra oración.»

La segunda cuestión a destacar en su vida, siempre imitable es la obediencia a la Iglesia: Ella fue una mujer que siguió fielmente el magisterio de la Iglesia, utilizando sus enseñanzas como brújula para sus proyectos misioneros. Sabiamente daba, no solo a los consagrados, sino a los laicos que formamos parte de su familia misionera, indicaciones como esta: «La obligación de todo misionero es estar al día en todo lo relacionado al Magisterio de la Iglesia mediante los documentos pontificios… que no se dé el caso hijos, y menos en quienes están en territorio de misiones que salga un documento de Su Santidad —y de cualquier índole que sea— y pasen meses sin que se le conozca y se le estudie». (Carta circular de marzo 10 de 1971). Desde jovencita, cuando formaba parte de la Acción Católica Femenina, manifestaba su amor al Santo Padre en testimonios escritos como este: «Nosotros en cada uno de los trabajos que nos imponemos por esta noble causa, alegramos inmensamente el corazón de nuestro Supremo Padre y Pastor, aunque nuestros trabajos no sean conocidos por él en particular». (A mis queridas compañeras de la Acción Católica).

El tercer punto que quiero destacar es obviamente, algo que todos conocemos, valoramos y hemos heredado: su espíritu misionero, entendido esto como una expresión de amor a Cristo y a la Iglesia. La segunda lectura del Oficio de Lecturas de esta memoria litúrgica, tomada de sus escritos lo prueba cuando ella le dice a Nuestro Señor: «Tú eres quien has puesto dentro de mi ser estas ansias que me devoran; este deseo irresistible de que te amen. Lleva muchos obreros a tu viña. ¡Oh Padre celestial!, llévame a mí; yo quiero ofrendarte todos mis amores, quiero dejarlo todo por Ti, quiero sacrificarme, en el corazón de María, por la salvación de las almas».

En un cuarto punto, sin que estos vayan por orden de importancia, se encuentra la vivencia de las virtudes cristianas en grado heroico: Su fe heroica, su esperanza inquebrantable en la providencia divina y su actitud constante de vivir la caridad con una sonrisa, incluso en momentos de dificultad, la llevaron a ser modelo de vida para todos. Constantemente suplicaba al Señor que nos ayudara para conservar las virtudes que quisiéramos vivir, y así salvarle muchas almas. (Cf. Carta sin fecha a las hermanas de la comunidad de Dublín). Con una gran familiaridad hablaba de la práctica de las virtudes como cosa de todos los días. «Fe, esperanza, sencillez, docilidad, humildad, castidad, pureza de intención, entrega desinteresada a los hermanos, docilidad a las voces del Espíritu que habla a nuestro interior, paz paciencia hacia nosotros mismos y hacia los demás, etcétera, todo lo cual nos lleva a gozar de los frutos del Espíritu Santo» afirmaba. (Cf. carta colectiva desde Roma, junio de 1978.). Su rostro, no solamente en su fotografía oficial sin en todo momento muestra la alegría y santidad con la que vivió, dejándonos de regalo una sonrisa perenne que nos acompaña recordándonos la alegría del Evangelio que hemos de llevar a todos.

Finalmente, en un quinto punto y para terminar esta reflexión, me detengo en su amor a María, especialmente a Santa María de Guadalupe con quien hablaba de tú a tú. EN uno de sus escritos anota: «Un misionero vive enamorado de Dios, es cristocéntrico, pero lo relaciona y ofrece primero a su Madre del cielo, para que lo purifique ella y lo presente a su divino Hijo. No sabe separar a María de su vida diaria, de su apostolado y de su fe». (Cartas).  Recordando su llamado inicial a seguir al Señor más de cerca escribe: «Un instante bastó a la gracia eficaz que María de Guadalupe supo alcanzar de mi Dios y Señor, para que, de terrena, de dada a las criaturas, de vanidosa, de indevota, no anhelara otra cosa mi corazón que pertenecer a Dios por entero, con esa plenitud de posesión que no le niega nada, ni piensa en nadie que no sea él, que a él solo quiere agradar, que por él solo se quiere sacrificar, y que, en el agradecimiento inmenso de su corazón, quisiera atraer todos los corazones para que gozaran de la misma dicha en el abrazo de su Dios». (Experiencias Espirituales, f. 505).

Mucho más habría que decir, siempre todo iluminado por la Palabra de Dios. Que todos estos puntos queden grabados en nuestros corazones para que como ella, fijando nuestra mirada en Dios bajo el amparo de la Dulce Morenita del Tepeyac, dejemos, a nuestro paso, las huellas de Cristo, el misionero del Padre.

Padre Alfredo, M.C.I.U.

(Homilía pronunciada en la Misa de la memoria litúrgica de la Beata María Inés el 21 de junio de 2025, en la parroquia de San José Obrero, en San Nicolás de los Garza, N.L., México).

martes, 5 de noviembre de 2024

Corazones que sintonizan... la Encíclica del Papa Francisco «Dilexit Nos» y la beata María Inés

«Que te alaben, Señor, todos los pueblos». Estas palabras del salmo 66, en las que el que el escritor sagrado se hace portavoz de los que anhelan la misericordia del Señor, nos vienen muy bien para recordar una vez más a la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento y compartir algo más sobre ella, su ser y quehacer como misionera sin fronteras.

Dios, que nos ha elegido para permanecer en su amor, como dice el Evangelio y también san Pablo a los Efesios (1,4), actúa como quiere, cuando quiere y con los instrumentos que quiere. Ordinariamente se vale de la colaboración libre y responsable de hombres y mujeres que captan sus designios para con ellos y para con toda la humanidad. El ser humano, tan limitado en sus posibilidades, tan pequeño, cuando se le compara con la omnipotencia del Señor; cuando vive y trabaja por Dios y unido a Dios, logra cosas verdaderamente inimaginables. Ésta ha sido la experiencia de muchas de nuestras hermanas misioneras clarisas que vivieron al lado de la beata María Inés y es ahora la experiencia de todos nosotros que celebramos su fiesta.

La beata María Inés Teresa Arias Espinosa, vivió siempre sumergida en el amor de Dios y concretizando su respuesta de amor en la fundación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, de Van-Clar y casi al final de su vida terrenal, llena de ese ardor misionero que siempre le caracterizó, y llevada por la vía de la caridad sin fronteras, con la fundación de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal. Al recordarla damos gracias a Dios por la vida y el ejemplo de ella como nuestra fundadora; una mujer siempre enamorada de Dios y adelantada a los proyectos de la nueva evangelización de los que hoy se habla en el mundo de los creyentes.

A lo largo de los años de la vida de Madre Inés, Jesús fue plasmando sus huellas de amor en la sencillez de su corazón, que se hacía las mismas preguntas que se hizo el apóstol de las gentes: «¿cómo van a invocar al Señor, si no creen en él? ¿Cómo van a creer en él, sin no han oído hablar de él? ¿Cómo van a oír hablar de él, si no hay nadie que se lo anuncie? ¿Y cómo va a haber quiénes lo anuncien, si no son enviados?»  

La beata María Inés, con su misma vida, forjada en un corazón sin fronteras, nos ha dejado la tarea de vivir la caridad cristiana enraizado en el Corazón de Jesús. Ella, con su testimonio de vida, nos ha alentado a que la caridad cristiana, el ambiente de amor, se haya hecho casa y hogar para todos. La beata nos ha enseñado, con su doctrina y sus consejos en cartas y circulares leídas una y otra vez, que la caridad cristiana que brota de ese Sagrado Corazón de su amado Jesús, se ha de hacer ternura para los que sufren y para los enfermos. Nos ha animado a hacer de la caridad cristiana perdón, paz, gozo, alegría, presencia. 

Su recuerdo y la súplica de su intercesión, nos debe reafirmar a todos en la maravillosa vocación a la que hemos sido llamados: «Ser santos e irreprochables por el amor» enraizados también nosotros en el Sagrado Corazón de Jesús. 

Apenas hace unos días, el Papa Francisco nos ha regalado su cuarta Encíclica titulada «Dilexit nos» sobre el amor humano divino del Corazón de Jesucristo. 

Ciertamente me ha sorprendido la sintonía entre lo que el Papa escribe y lo que la beata María Inés, en torno al Sagrado Corazón de Jesucristo y a la caridad que brota de Él nos ha dejado en herencia. En cada miembro de la Familia Inesiana y de quienes comparten sus ideales misioneros, por la propia y específica vocación, la beata María Inés quiere que la caridad cristiana se haga sencillez y alegría, testimonio del amor del Señor que permanece en una vida de santidad que hace de cada uno «una copia fiel de Jesús».

Su figura de santidad, nos deja ver claramente un corazón que fue dócil a la acción de Dios, un corazón que desde que ella era pequeña, fue descubriendo el valor de amar al «estilo divino», como ella misma decía. Ella nos hace descubrir el «Corazón traspasado de Cristo» que ha dejado huella en el suyo y una huella imborrable que le hizo latir sólo para Él, salvando almas. En una de sus anotaciones, la beata escribe: «Hubiera querido que Él me metiera por la herida de su adorable Corazón y no salir más de allí». 

En el número 87 de esta Encíclica, el Papa muestra algunas de sus preocupaciones en el momento actual: el avance de un mundo libre de Dios, religiosidades sin referencia a una relación personal con Dios, desencarnar el mensaje del cristianismo... En una de sus cartas, Madre Inés escribe: «El corazón de Dios es para los pequeños y miserables que nada pueden, que nada tienen, pero que reconocen alegremente su necesidad, y... todo, ¿lo oyen? todo, lo esperan de su Padre Dios, tan bueno, tan misericordioso, tan cariñoso, y que está dispuesto a dar sus gracias a sus hijos pequeños que confían ciegamente en él y saben que únicamente cuentan con él... para todo. Dios quiera que seamos siempre así. No dejaré de decírselos ni después de muerta. Por eso: Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío.» (Cfr. “Cartas Colectivas”, f. 3163). Ella, al igual que el Santo Padre, vivía con el mundo en su corazón, pendiente de que su misericordia llegara a todos. En su diario, escrito entre los años de 1932 a 1934 anota: «Mi oración consiste sólo en jaculatorias, en la aceptación de todo eso que le ofrezco a Nuestro Señor, y en cortas peticiones con el corazón. Una que me es muy familiar y me ayuda muchísimo, a vaciar, por así decir mis aspiraciones es esta: «Sagrado Corazón de Jesús en ti confío». Porque al decirla le manifiesto todo lo que quiero, todo lo que de él espero y todo lo que en él confío. Me quedo muy satisfecha, y él también. ¡Le agrada tanto la confianza de sus pobres criaturas!»

En medio de las ocupaciones habituales de una fundadora que era al mismo tiempo superiora general, tuvo acceso al misterio «escondido desde los siglos, en Dios» (Ef 3, 9): Jesucristo, que es el Salvador de la humanidad y se dio a la incansable tarea de salvar almas para Él en este mundo, porque este, el misterio de la revelación del amor del Padre en Jesucristo, debe ser considerado como el acontecimiento decisivo de la historia humana. Esta afirmación central de la fe, la llevó ella en el corazón de su existencia. Fue, de verdad, la luz que iluminó su camino bajo la viva compañía de santa María de Guadalupe.

Ella, en perfecta sintonía con lo que ahora el Papa escribe, forjó su vocación en el Corazón de Jesús, ese corazón que construye, que une, que permite superar la fragmentación y el individualismo de nuestro mundo. Solo desde allí, sumergida en ese sagrado recinto, ella fue encontrando respuestas a sus anhelos misioneros más acuciantes. Allí su corazón se fue haciendo semejante al Corazón del Señor y desde allí  nos invita a vivir un caminito espiritual que tiene consecuencias que trascienden todo tipo de fronteras. Por algo Madre Inés es conocida como «La Misionera Mexicana sin Fronteras».

Madre Inés comprendió, desde muy joven, que la condición normal del cristiano es la de ser discípulos- misioneros entre los demás hombres y mujeres sin perder de vista que el Evangelio es ante todo una Persona, Alguien, un Corazón que late de amor por la humanidad. Es el corazón «que tanto amó». Quienes convivieron a diario con ella expresan que era habitual escucharle decir: «Sagrado Corazón de Jesús en ti confío» y encomendarle a ese misericordioso corazón al mundo entero. En un escrito que forma parte de sus experiencias espirituales anota: «Cabe tu corazón sagrado, como Juan en el día de la cena, nuestros corazones se inflamarán; al escuchar tus latidos de amor nuestras almas se abrasarán y sabrán transmitir a otras almas los sentimientos que embargan tu corazón; la sed de almas que lo devora y cómo tú solo quieres que los corazones se inflamen en el fuego que has venido a traer a la tierra».

Hoy, que la Iglesia está un poco por todas partes en estado de misión, cristianos y no cristianos nos encontramos a diario y el Concilio Vaticano II, en la constitución dogmática sobre la Iglesia —entre otras cosas— nos recuerda que todos los hombres, de una manera o de otra, pertenecen al Pueblo de Dios. 

En verdad, decía la beata madre, la única realidad propia del cristianismo tiene un nombre: «Jesucristo». En Él y solo en Él tienen consistencia los designios divinos de salvación. El Sagrado Corazón, del que el Papa Francisco deja ahora esta bellísima y comprometedora encíclica, nos invita a profundizar en este dato fundamental para ver lo que se deduce de él para la vida cristiana y el contenido del testimonio de la fe. 

Desde toda la eternidad, Dios tuvo el designio de crear por amor y de llamar a los hombres y mujeres a ser sus hijos. Nuestra beata madre captó que la iniciativa divina de la salvación, que tiene lugar en la creación, es la misma que se manifestará en Jesús de Nazaret.

El misterio oculto desde todos los siglos ha sido, por fin, revelado. La historia de la salvación comienza verdaderamente en Cristo nuestro Señor y el amor de su Corazón debe ser revelado a todas las naciones. El mundo no cambiará, si no es teniendo un corazón que vaya latiendo al mismo ritmo del Corazón de Jesús, como sucedió con el corazón de Madre Inés. El Cuerpo resucitado de Cristo, vivo y presente en el mundo en la Eucaristía,  es ya para siempre el «sacramento» primordial del diálogo de amor entre Dios y la humanidad. 

El origen de esta dinámica del banco de las almas en el corazón de nuestra querida beata Madre Inés, como ella expresaba, fue el Espíritu Santo. Sus dones, infinitamente variados, encontraron en el corazón de Manuelita de Jesús —su nombre de pila— la base firme para la edificación del Reino, porque ese corazón, se había arraigado en el amor de Cristo. Es preciso amar como Cristo ha amado, sin que nos detenga ninguna frontera, amar hasta el don total de sí mismo como hizo ella, hasta el don de la vida. 

Con un acceso muy especial a la revelación del misterio oculto en Dios desde los siglos, esta amada madre fundadora se vio empujada por el dinamismo irresistible de su fe a anunciar a sus hermanos la Buena Nueva de la salvación, que de una vez para siempre nos ganó Jesucristo. San Pablo expresa el objeto de la Buena Nueva con estas palabras: «es la incomparable riqueza de Cristo».

Misionar fue para ella ofrecer en participación una riqueza que no se posee y de la que no tenemos ni la exclusividad ni el monopolio. El misterio de Cristo trasciende toda expresión particular. Cualquiera que sea la diversidad y la profundidad, los caminos espirituales de todos los hombres y de todas las culturas encuentran en su Corazón, y solo en Él, su punto de cumplimiento y de convergencia. Por tanto, anunciar a Cristo a todos los que no le conocen y no le aman aún, es estar uno mismo esperando también un nuevo descubrimiento de su misterio en el corazón de los hombres y de los pueblos que se han de convertir a Él; es hacer posible el que la acción del Espíritu, que está obrando en el mundo pagano, fructifique en Iglesia y adquiera una expresión inédita hasta entonces. Misionar, para la beata Madre María Inés, fue vaciarse de sí, hacerse más pobre que nunca para llenarse de los intereses del Corazón de Jesús y así acompañar a las almas en su propio camino, participando en su búsqueda y, en esta participación fraterna, hacer aparecer a Cristo como el único que puede dar sentido a esta búsqueda y llevarla hasta su meta.

El corazón misionero de Madre Inés, unido al Corazón Sacratísimo de Jesús y sumergido en el Corazón Inmaculado de María, se hace hoy, para cada uno de nosotros, invitación a poner manos a la obra, a explotar recursos personales, a hacer que la tierra sea cada vez más habitable para el hombre, a dar todo su valor a la riqueza de la creación de Dios en un mundo que se desgarra entre el egoísmo y el placer, entre el consumismo y la ceguera espiritual. Nuestra beata viene a gritar a nuestro corazón a veces mezquino y triste, que el amor que edifica el Reino es inseparable del amor que hace que progresivamente la humanidad acceda a su verdad definitiva, y que esta verdad no se consigue sino más allá de la muerte, pero se va construyendo en este mundo sobre un terreno en el que sin cesar encontramos a la cizaña mezclada con el buen trigo. La separación no se hace hasta después de haber pasado por la muerte.

El desarrollo de la historia de la salvación va unido al desarrollo de la sacramentalidad. El templo del reencuentro perfecto de Dios y de la humanidad debe crecer, y los momentos privilegiados de este crecimiento están marcados por la celebración del bautismo y de la Eucaristía. Por eso Madre Inés llevó a plenitud su bautismo, viviendo las virtudes en grado heroico y por eso puso en el centro de su vida a Jesús Eucaristía y tanto el significado del bautismo como el de la Eucaristía hacen referencia al sacrificio de la cruz. 

Estamos agradecidos por este don, estamos contentos por este regalo, pero más que nada, estamos comprometidos con la beata Madre Inés porque algo tenemos que ver con ella y su amor a Dios y a las almas;  y ella no tuvo tiempo de teorizar. La Palabra de Dios poco a poco, seguirá labrando nuestro corazón como hizo con el de ella y el de su amada María, para que también nosotros, nos convirtamos en compañeros de Cristo en el cumplimiento de los designios de la salvación. 

Quiero terminar esta mal hilvanada reflexión, invocando el cariño del Inmaculado Corazón de María porque donde su corazón maternal late, allí está el de Jesús y transcribiendo el número 220 de la Encíclica «Dilex Nos» —el último— precedido de unas palabras de la Beata Madre María Inés Teresa. La beata María Inés nos dice: «No se fíen mucho, en sus propias fuerzas y en su propia habilidad. Confíen sí, inmensamente, que Dios estará con ustedes; que el sagrado Corazón de Jesús será su fuerza, su sostén, en todo cuanto necesiten, en la seguridad que él obrará por ustedes y en ustedes, por el bien de las almas que se les ha confiado. Necesitan amar mucho a las almas, inmolarse por ellas, aceptando y recibiendo con amor, pequeños y grandes sacrificios que la misericordia Divina les depare; de lo contrario todo se vendrá abajo, y ante todo hay que ver por la propia santificación, que redundará en bien de todas las almas que tienen bajo su cuidado. Oración y más oración por ellas. Y el apostolado que se cumpla íntegro, y con sumo cuidado, en las horas prescritas, sin perder un minuto de tiempo». (Cfr. "Cartas Colectivas”, f. 3185)

Y el Papa Francisco, en el número 220 de la Encíclica escribe: «Pido al Señor Jesucristo que de su Corazón santo broten para todos nosotros esos ríos de agua viva que sanen las heridas que nos causamos, que fortalezcan la capacidad de amar y de servir, que nos impulsen para que aprendamos a caminar juntos hacia un mundo justo, solidario y fraterno. Eso será hasta que celebremos felizmente unidos el banquete del Reino celestial. Allí estará Cristo resucitado, armonizando todas nuestras diferencias con la luz que brota incesantemente de su Corazón abierto. Bendito sea».

P. Alfredo Delgado, M.C.I.U.

sábado, 22 de junio de 2024

En la fiesta de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento...

Yo creo que imaginan el gustazo que me da llegar a este día en que la Iglesia celebra a la beata María Inés Teresa del Santísima Sacramento, a quien muchos de nosotros, de cariño le decimos: «nuestra madre». El recuerdo de su mirada transparente vuelve a mi mente y a mi corazón y sobre todo el testimonio de su vida que marcó mi vida y sobre todo mi camino vocacional hacia la misión sin fronteras. Esta maravillosa mujer que, en las diversas etapas de su vida como seglar y como religiosa fue una enamorada del Evangelio, se nutrió desde el día de su primera comunión de la eucaristía caminando siempre de la mano de la Virgen María en su advocación de Guadalupe, con quien mantenía profundos diálogos que parecía interminables y la llevaban más a buscar las mil y una formas de que todos se encontraran con Cristo.

La Oración Colecta de esta celebración, se dirige al Padre de misericordia recordando que en la beata nos ha dado un modelo de ardor misionero para la extensión del Reino de Cristo y le pide que nos conceda que por su intercesión y siguiendo su ejemplo, podamos nosotros también proclamar el Evangelio con sencillez y alegría hasta los confines de la tierra. La sencillez y la alegría, fueron siempre dos aspectos que brillaron en la madre María Inés. Con su caridad evangélica, gracias a estas dos características, llegó a todos. Dejando atrás su hogar, su familia, la comodidad de su entorno familiar, respondió a la llamada a salir, a hablar de Cristo dondequiera que fuera para que todos le conozcan y le amen. Ella decía que esta era su única recompensa.


No cabe duda de que la santa madre Iglesia no se equivoca al seleccionar la figura imitable de hombres y mujeres que, como la beata María Inés, hayan gastado su vida en conquistar el mundo para Cristo. Estamos llamados a salir con el mismo celo, el mismo ardor, la misma sencillez y alegría, pero también con su sensibilidad, su respeto por los demás, su deseo de compartir con ellos esa palabra de gracia (cf. Hch 20,32), que tiene el poder de edificar y llevar a todos hacia la Eucaristía bajo la mirada de María. Que con la Guadalupana, la beata María Inés nos recuerde el día de hoy que todos somos discípulos–misioneros y que no hay tiempo que perder porque «urge que Cristo reine» (1 Cor 15,25). ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

martes, 15 de agosto de 2023

¿CÓMO SE ESCRIBIÓ LA BIBLIA?


En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, nos ha hablado en palabras humanas, muchas de las cuales han quedado consignadas en la Sagrada Escritura. El Concilio Vaticano II, en la Dei Verbum afirma: «La Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres» (DV 13). 

Dios es el autor de la Sagrada Escritura, porque bien sabemos que las verdades reveladas por Dios, que están contenidas y se manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. Él ha inspirado a los autores humanos de los libros sagrados. 

La Tradición apostólica hizo discernir a la Iglesia qué escritos constituyen la lista de los Libros Santos. Esta lista integral es llamada «Canon de las Escrituras». Canon viene de la palabra griega «kanon» que significa «medida, regla». 

El Canon comprende para el Antiguo Testamento 46 escritos, y 27 para el Nuevo. Estos son: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Ruth, los dos libros de Samuel, los dos libros de los Reyes, los dos libros de las Crónicas, Esdras y Nehemías, Tobías, Judit, Ester, los dos libros de los Macabeos, Job, los Salmos, los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, la Sabiduría, el Eclesiástico, Isaías, Jeremías, las Lamentaciones, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías, para el Antiguo Testamento. Para el Nuevo Testamento, los Evangelios de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan, los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas de Pablo a los Romanos, la primera y segunda a los Corintios, a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, la primera y segunda a los Tesalonicenses, la primera y segunda a Timoteo, a Tito, a Filemón, la Epístola a los Hebreos, la Epístola de Santiago, la primera y segunda de Pedro, las tres Epístolas de Juan, la Epístola de Judas y el Apocalipsis. 


¿Cómo se escribió el Antiguo Testamento? 


Los judíos consideraban que existían dos cánones de los Libros Santos: el Canon Breve —palestinense— y el Canon Largo —alejandrino—. 

El Antiguo Testamento en hebreo —Canon Breve— está formado por 39 libros y se divide en tres partes: «La Ley», «Los Profetas» y «Los Escritos». 

El Antiguo Testamento en griego —Canon Largo— está formado por 46 libros. La versión griega de la Biblia, conocida como de los Setenta, cuenta con 7 libros más: Tobías, Judith, Baruc, Eclesiástico, I y II de Macabeos y Sabiduría. 

Además, algunas secciones griegas de Ester y Daniel. Estos libros son conocidos frecuentemente, aunque la expresión no sea necesariamente la más adecuada, como «deutero-canónicos».

Los judíos en Alejandría tenían un concepto más amplio de la inspiración bíblica. Estaban convencidos de que Dios no dejaba de comunicarse con su pueblo aún fuera de la Tierra Santa, y de que lo hacía iluminando a sus hijos en las nuevas circunstancias en que se encontraban. 

Los Apóstoles, al llevar el Evangelio al Imperio Grecorromano, utilizaron el Canon Alejandrino. Así, la Iglesia primitiva recibió este canon que consta de 46 libros. 

En el siglo III comenzaron las dudas sobre la inclusión de los así llamados «deuterocanónicos». La causa fueron las discusiones con los judíos, en las cuales los cristianos sólo utilizaban los libros proto-canónicos. Algunos Padres de la Iglesia hacen notar estas dudas en sus escritos —por ejemplo Atanasio (373), Cirilo de Jerusalén (386), Gregorio Nacianceno (389)—, mientras otros mantuvieron como inspirados también los deuterocanónicos —por ejemplo Basilio ( 379), Agustín (430), León Magno (461)—. 

A partir del año 393 diferentes concilios, primero regionales y luego ecuménicos, fueron precisando la lista de los Libros «canónicos» para la Iglesia. Estos fueron: 

* Concilio de Hipona (393). 

* Concilio de Cartago (397 y 419).

* Concilio Florentino (1441).

* Concilio de Trento (1546).

En este último, solemnemente reunido el 8 de abril de 1546, se definió dogmáticamente el canon de los Libros Sagrados. 

Nuestros hermanos separados —esperados— sólo admiten como libros sagrados los 39 libros del canon hebreo. El primero que negó la canonicidad de los siete deuterocanónicos fue Carlostadio (1520), seguido de Lutero (1534) y luego Calvino (1540). 


¿Cómo se escribió el Nuevo Testamento? 

El Nuevo Testamento está formado por 27 libros, y se divide en cuatro partes: «Evangelios», «Hechos de los Apóstoles», «Epístolas» y «Apocalipsis». 

En los orígenes de la Iglesia, la regla de fe se encontraba en la enseñanza oral de los Apóstoles y de los primeros evangelizadores. 

Pasado el tiempo, se sintió la urgencia de consignar por escrito las enseñanzas de Jesús y los rasgos sobresalientes de su vida. Este fue el origen de los Evangelios. 

Por otra parte, los Apóstoles alimentaban espiritualmente a sus fieles mediante cartas, según los problemas que iban surgiendo. Este fue el origen de las Epístolas. 

Además circulaban entre los cristianos del siglo primero dos obras más de personajes importantes: «Los Hechos de los Apóstoles» escrita por Lucas, y el «Apocalipsis», salido de la escuela de San Juan. 

A fines del siglo I y principios del II, el número de libros de la colección variaba de una Iglesia a otra. 

A mediados del siglo II, las corrientes heréticas de Marción —que afirmaba que únicamente el Evangelio de Lucas y las 10 Epístolas de Pablo tenían origen divino—, y de Montano —que pretendía introducir como libros santos sus propios escritos—, urgieron la determinación del Canon del Nuevo Testamento. 

Hacia fines del siglo II, la colección del Nuevo Testamento era casi la misma en las Iglesias de Oriente y Occidente. 

En los tiempos de san Agustín, los Concilios de Hipona (393) y de Cartago (397 y 419) reconocieron el Canon de 27 libros, así como el Concilio de Trullo (Constantinopla, 692) y el Concilio Florentino (1441). 

Al llegar el protestantismo, éste quiso renovar antiguas dudas y excluyó algunos libros. Lutero rechazaba Hebreos, Santiago, Judas y Apocalipsis. Carlostadio y Calvino aceptaron los 27. Los protestantes liberales no suelen hablar de «libros inspirados», sino de «literatura cristiana primitiva». En el Concilio de Trento (1546), se presentó oficial y dogmáticamente la lista íntegra del Nuevo Testamento. 

El criterio objetivo y último para la aceptación del Canon del Nuevo Testamento será siempre la revelación hecha por el Espíritu Santo y transmitida fielmente por ella. 

En cuanto a criterios secundarios que se tuvieron en cuenta, fueron los siguientes: 

1.- Su origen apostólico (o de la generación apostólica). 

2.- Su ortodoxia en la doctrina.

3.- Su uso litúrgico antiguo y generalizado.


¿Cuánto tardó la Biblia en escribirse?

Fue con un largo proceso de discernimiento con el que la Iglesia, desde el tiempo de los Apóstoles, fue haciendo crecer la Biblia, y descubriendo los libros inspirados por Dios. El dogma de la infalibilidad de la Iglesia nos lleva a creer en la Biblia como Palabra de Dios. Pero si alguien no cree en ello, entonces la Biblia pierde su infalibilidad, esto es, su ausencia de error.

Fueron algunos siglos los que la Iglesia tardó en llegar a la forma final de la Biblia. En varios concilios, algunos regionales y otros universales, como hemos visto, la Iglesia estudió el canon de la Biblia, es decir, su índice.

El Catecismo de la Iglesia católica y el Concilio Vaticano II nos garantizan que «fue la Tradición apostólica la que hizo a la Iglesia discernir qué escritos debían ser enumerados en la lista de los Libros Sagrados» (DV 8, CIC 120).

Por tanto, sin la Tradición de la Iglesia no tendríamos la Biblia. San Agustín decía: «No creería en el Evangelio, si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia católica» (CIC, 119).


¿Y dónde están los manuscritos bíblicos?

Los eruditos de hoy calculan que hay a su disposición hasta 150,000 manuscritos antiguos. Pero dentro de esa marabunta de manuscritos, se ha determinado cuáles son los más fiables.

Son manuscritos que se tienen hoy en el Vaticano, en San Petersburgo, en París, en Cambridge... De alguno solo hay pequeños trozos que han tenido que ser complementados con versiones posteriores.

El manuscrito más antiguo y completo del Nuevo Testamento que se conserva es el Codex Sinaiticus, conservado en la Biblioteca Británica de Londres. Está escrito en griego uncial (un tipo de letra mayúscula), y data del 330-350 después de Cristo.

Pero si hablamos de trozos sueltos, el más antiguo procede del 125-130 después de Cristo, se llama el papiro Rylands y procede del evangelio de San Juan. Está escrito por ambas caras y se conserva en la Biblioteca Rylands de Manchester.

Cada año, aparecen nuevos 'trozos' del Nuevo o del Antiguo Testamento, y entonces se desata una pelea para saber si es copia fiel, o si es una versión mal trabajada.

El último texto apareció en 2012 y provocó un pequeño revuelo en marzo de 2014, cuando fue dado por cierto por la Harvard Theological Review. Se trata de un pequeño pasaje del Nuevo Testamento datado entre el VI y el IX d.C. y que expone esta frase: "Jesús les dijo: mi esposa...". Aunque todavía se duda de su autenticidad.


¿Qué es lo más importante?

Lo más importante, después de ver todo esto, es que nos adentremos en la Sagrada Escritura para leerla, meditarla y estudiarla. La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, nos ofrece algunas pistas que son importantes:

«Mucho encarezco a todos los misioneros que nutran siempre su espíritu en las fuentes sagradas de la revelación, en las cuales todos los santos que han fundado, han abrevado su alma, haciendo del bendito libro de la Sagrada Escritura, especialmente de las Evangelios, hechos de los apóstoles y cartas de los mismos, el manjar delicioso que los fortaleció, quedando así lo fundado por ellos sólidamente establecido». (Carta colectiva del 27 de enero de 1973).

«Confiemos en Él, aprendamos a conocerle íntimamente a la luz de las Sagradas Escrituras». (Carta a una hermana Misionera Clarisa, s/f).

«Tomen las Sagradas Escrituras, sobre todo en los santos Evangelios y epístolas de los Apóstoles, sobre todo de San Pablo, y verán, si las saborean y tratan de penetrarte de ellas y vivirlas, como su alma se llena de luz, de paz, de tranquilidad». (Carta del 5 de julio de 1969).

«Cada misionero tome muy en cuenta la autoformación, que se adquiere, ante todo, en la oración recogida y silenciosa, ya sea al pie del Sagrario o en algún otro sitio; y en la lectura de seleccionados libros, empezando por la Sagrada Escritura, decretos conciliares, y de aquellos otros que nos renueven, tanto en lo espiritual y religioso, como en lo humanístico, social y pedagógico». (Carta circular del 8 de diciembre de 1969).

«Ahora que voy teniendo más tiempo para meditar, no sé decirles, hijos, el bien que esto me ha hecho, y a pesar de que desde antes de entrar en el convento mucho leí y medité las Sagradas Escrituras, cada día encuentra uno en ellas más dulce sabor, creo yo, como lo debe encontrar la abejita, al libar la miel en diferentes flores». (Carta de marzo de 1970).

«Exhorto de una manera especial, a que lean las Sagradas Escrituras, los Documentos Conciliares, los discursos del Santo Padre, para que acrecentándose por estos medios el conocimiento de Cristo, a quien nos hemos entregado, se acreciente también la entrega generosa en favor de los miembros de ese Cristo, hasta ahora desgarrado por todas partes y desunido, meditación que nos traerá también por consecuencia una íntima unión de corazones en la comunidad y una perfecta prédica de la caridad fraterna dentro de la misma». (Convocatoria al Capítulo General Especial el 25 de marzo de 1968).

«Por lo que oigo hablar de ti Dios mío, por lo que otras almas cuentan de tu generosidad, de tu ternura, de tu amor; por lo que leo en las Sagradas Escrituras, tanto del Antiguo como especialmente del Nuevo Testamento, el conocimiento que ya las criaturas inanimadas e irracionales me habían dado de ti, se acrecienta, hace latir mi corazón con fuerza poderosa, me lleva irresistiblemente a tu Corazón todo bondad que: “fuego ha venido a traer a la tierra, y no quiere otra cosa sino que arda”». (Estudios y meditaciones, f. 630).

Padre Alfredo.

jueves, 7 de octubre de 2021

La confianza en la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento*...

En la Sagrada Escritura, la palabra «confianza», además de la definición que nos da el diccionario —seguridad o esperanza de que una persona o grupo de ellas actuarán de manera correcta en una determinada situación— alude a otras características. Significa tener la certeza de que la presencia del Señor, es efectiva en nuestros corazones ante cualquier circunstancia. Es poseer la convicción de que podremos descansar en Él todas nuestras cargas y salir victoriosos de esos obstáculos que se nos presentan. Y es la paz ganada, de creer que incluso en los momentos más apremiantes de la vida, contamos con el poder del Señor, que todo lo puede y todo lo alcanza. El capítulo 11 de la Carta a los Hebreos, comienza diciendo en el versículo 1 algo que da la pauta para abrir esta reflexión sobre la confianza en la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: «Confiar en Dios es estar totalmente seguro de que uno va a recibir lo que espera. Es estar convencido de que algo existe, aun cuando no se pueda ver». 

La palabra «confianza» es una de las más frecuentes en los escritos de la beata María Inés Teresa y lo es obviamente, porque así fue su vida, una vida llena de confianza, con esa serenidad y entrega que marca esta virtud. «¡Confianza y más confianza!» solía decir Madre Inés. La confianza de la beata se dejó sentir a lo largo de toda su vida y se expresó en muchos momentos en una fe fortalecida, que le daba sobre todo una paz y una calma inigualables para afrontar cada uno de los retos que implicó el complejo trayecto de su vida y de su obra misionera.

Son muchas las frases de sus escritos que hacen alusión a la confianza puesta en Dios y nos dejan entrever con claridad cómo vivió heroicamente la beata esta virtud: «Pido con confianza de hija, con toda la audacia que se basa en las palabras mismas de Jesús: “Todo cuanto pidiereis al padre en mi nombre os lo concederá”, y reclamo para mí, como mi herencia, las naciones todas» (Estudios y meditaciones). «Qué vigorosas se tornan mis alas, las alas de mi confianza, cuando, penetrada de mi miseria, salen del caos de mi nada, para hacer remontar mi alma, en raudo vuelo, hasta los brazos de su Dios» (Ejercicios Espirituales). «Confíen, hijas, siempre confíen. Dios hace milagros estupendos en favor de las almas confiadas. Yo quisiera que todo mundo supiera confiar y esperarlo todo de su Dios; no habría problemas en el mundo, ni habría desuniones en los corazones, y en realidad, ni habría penas, puesto que la única y verdadera pena consiste en no recibir con alegría la voluntad de Dios» (Carta a un grupo de hermanas Misioneras Clarisas en 1957).

Madre Inés depositaba siempre su confianza en la infinita misericordia de Dios. La confianza, en ella, se tradujo siempre en una entrega sin reservas a la acción de la Providencia Divina, es un abandono de sí misma y de sus medios para esperar únicamente en la Bondad y Sabiduría del Sagrado Corazón de Jesús. En una de las cartas a sus hijas misioneras clarisas escribe: «No olviden hijas que, el Sagrado Corazón de Jesús ha sido para nuestra familia misionera ayuda, sostén, amor, fidelidad, amparo, etc. Sigamos confiando en él, sobre todas las cosas» (Carta a las hermanas de África, Roma, abril 30 de 1973). 

Consciente en todo momento de ser, como discípula–misionera, solamente un instrumento, acrecentó día a día esa confianza haciendo que se fundiera el abismo entre su miseria y la infinita misericordia del Señor. «Es cierto, yo nada puedo ¡soy tan débil! pero esta debilidad es precisamente la que me da fuerza» (Cinco Esquelitas). «Hay momentos que me siento pegada hasta el polvo, comprendiendo mi propia miseria y ruindad; no he sabido cumplir con mi deber; no soy lo que debo ser. Avergonzada de mi ruindad, pero amándola, me escondo de los brazos de mi dueño y Señor y… en él confío; todo lo espero de él» (Carta de noviembre 4 de 1950).

Sabía ella que la confianza en Dios no se apoya en las propias fuerzas, sino en la gracia de Dios, por eso constantemente también se le escuchaba decir: «Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío». Y así, llegaba, como ella misma lo dice «al hueco de la peña, al Corazón de Jesús, para penetrar, confiada y alegre, por la abertura de sus heridas» (Estudios). «Siento una grande confianza en el Corazón de Jesús que lo hará todo en mí» (Carta al director espiritual el 8 de febrero de 1950). Y así pasó por este mundo hasta sus últimos días, confiada en Dios como el salmista: «En paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo tú, Señor me haces vivir confiado» (Salmo 4,8).

El modelo de Madre Inés, para vivir de confianza fue innegablemente la Santísima Virgen María, la humilde esclava del Señor que nos ha dado la más hermosa de las lecciones: hacer la voluntad del Altísimo de una manera sencilla y auténtica, como lo mejor con toda la confianza depositada en Él. Para Madre Inés, el secreto de la Virgen María fue siempre sencillo, ella descubrió, con sólo mirarla a la cara, que se fio de Dios en todo y para todo. En una de sus cartas apunta: «Sólo la confianza en nuestro Señor y en mi Madre santísima me alienta; y también la convicción de mi propia nulidad. Nulidad que a veces me atormenta por lo que pueda yo echar a perder de la obra, pero que a la vez me llena de alegría por la seguridad de que Dios nuestro Señor lo hará todo, valiéndose solamente de este miserable e inútil instrumento» (Carta personal el 2 de septiembre de 1946).

¿Qué podemos aprender todos nosotros de esto? ¿Cómo podremos confiar como lo hizo Madre Inés? Hay que ponernos en camino, como ella, para confiar; porque ella no tuvo tiempo de teorizar, confió y se lanzó en un «sí» sostenido como el de María abandonándose en las manos del Señor, para que Dios, también en ella, como en la humilde sierva del Señor, hiciera su voluntad. Termino con un pensamiento de la beata María Inés que encierra todo lo que he querido compartir en estas líneas: «Confiar, confiar siempre, confiar por encima de todo; la confianza humilde cautiva el corazón de Dios» (Ejercicios Espirituales).

* Esta reflexión fue escrita inicialmente en el blog Cilac el 6 de julio de 2019.

jueves, 22 de julio de 2021

«Hace 40 años regresó a la Casa del Padre la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento»

Aún recuerdo aquel día, 22 de julio de 1981. Era tiempo de vacaciones en el Seminario, los dos Misioneros de Cristo de aquel entonces estábamos visitando a nuestras familias. En casa sonó el teléfono y era la Madre Teresa Botello para darnos la noticia a mis padres y a mí. Estaba de visita con nosotros la Hna. Juanita Oropeza y así recibimos la noticia de que nuestra fundadora la ahora beata María Inés Teresa Arias dejaba este mundo para ir al encuentro del Padre. Así que hoy celebramos el 40˚ aniversario del «dies natalis» de la beata.

Hoy vivimos este día con profunda alegría y gratitud, a sabiendas de que el día de la fiesta de la besata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento se celebra el 22 de junio, recordando que es el día en que ella inició la obra misionera que el señor le inspiró. 

Recuerdo con emoción el 21 de abril de 2012, día de su Beatificación en la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México, donde, como Iglesia en fiesta, nos sentimos envueltos en un clima de comunión en torno a ella la «Familia Inesiana» y gente de muchas partes del mundo para decirle nuestro gracias por su tarea de «Misionera sin Fronteras».

Quienes conocemos la vida de la beata, a quien cariñosamente muchos llamamos «Nuestra Madre», sabemos que para la fundación y el desarrollo de la Familia Inesiana no  le faltaron dificultades, momentos de desánimo, contratiempos de varios géneros, pero sabemos también que ella permaneció siempre abrazada al ideal que marcó su vida: «Oportet Illum Regnare» —Urge que Él reine— que encontró en 1 Cor 15,25 y que le impulsó siempre a seguir adelante pensando «si no es para salvar almas, no vale la pena vivir» y entregándose por ello de lleno a la tarea de que todos conocieran y amaran a Jesús.

En una carta que envía a su director espiritual el 6 de octubre de 1955 podemos leer el cómo se sentía pequeña y miserable para la obra que Dios le estaba pidiendo. El pasaje de esta carta va la que me refiero empieza con palabras de la beata al Padre Celestial: «"Padre, yo sé que Tú siempre me escuchas". Sí Padre, yo se que Tú me amas, sé que me perdonas, sé que me absuelves, sé que soy tuya, y sé que Tú eres mío; ese fundirse de la criatura miserable en el regazo del Dios vivo, en el Padre de toda clemencia, y llorar allí las propias miserias y las ajenas, y sentir, a impulsos de la contrición que el alma se deshace, y reconociéndose inmensamente miserable y detestable, no poder abandonar los brazos de Dios, no poder separarse de su corazón, sentirse inmensamente, infinitamente amados, a pesar de todo, y precisamente a causa de sus miserias». (Carta a su director espiritual, el 6 de octubre de 1955).

Es que ella se sintió siempre un instrumento en las manos creadora de Dios que es quien hace las obras. Entre sus notas se puede también leer: «El bien que hagamos a las almas tiene sus raíces razón de ser en la gracia de Dios, que se sirve de nosotros como simples instrumentos, instrumentos que, le serán tanto más útiles cuanto nuestra unión con él sea más perfecta». (Experiencias espirituales). «No necesitas más que tomar instrumentos, que quieran dejarse hacer en tus manos; por mí, aquí me tienes; yo quiero dejarme manejar por ti». (Experiencias espirituales). «Nosotros no pasamos de ser meros instrumentos que Él se dignó utilizar». (Convocatoria al Capítulo General Especial en marzo 25 de 1968). «¡Yo quiero, Jesús mío, ser en tus manos poderosas, un instrumento de tu gloria!» (Cinco Cuadernitos).

Es por eso muy grande nuestra alegría al celebrar este aniversario y pensar que «Nuestra madre» está presente entre nosotros, y hacer memoria de ello y acoger con gratitud su luminoso y significativo mensaje de santidad misionera. Ella representa para todos los miembros de la Familia Inesiana y para el mundo entero, una oportunidad para reavivar la radicalidad evangélica sabiéndonos instrumentos en las manos creadoras de Dios, acudir a las fuentes del carisma inesiano en sus obras completas y potenciar el anhelo de salvar almas con el mismo impulso con el que ella misma lo vivió y poder, así, anunciar la belleza y la riqueza del Evangelio, sobre todo a las generaciones jóvenes.

La salvación de las almas fue siempre lo que impulsó a Madre Inés a llevar la Eucaristía y la imagen de Santa María de Guadalupe al mundo entero. «Las almas», como ella decía, marcaron su vocación de virgen misionera y fundadora. Sobre esto escribió mucho: «El galardón que el misionero quiere recibir de su padre celestial es: las almas. Muchas almas que le glorifiquen eternamente». (Estudio sobre la Regla y el Evangelio). «¡Ah! Las almas. Éstas han sido desde el principio de mi conversión el móvil más intenso que me llevaba no solamente a la oración…» (Autobiografía). «Las almas son el móvil de mi vida y este anhelo lo llevo muy clavado en el alma… Todo por las almas». (Ejercicios Espirituales de 1944). «Ah Jesús, siempre sentido entrañas maternales… para salvarte muchas almas, ya que tienes la dignación de hacernos cooperadores tuyos en la grande obra de la redención». (Ejercicios Espirituales de 1933).

Podemos decir que celebramos los 40 años de la partida al cielo de una mujer de un corazón sin fronteras donde todos cabían, una religiosa y fundadora profética, que vivió las exigencias de la inculturación con la sensibilidad y la intuición de los santos, porque inculturarse en las diversas culturas en donde alcanzó a ver su obra, que ahora está en 16 países del mundo, es cuestión de amor y quien ama sabe comprender, adaptarse, hacerse próximo.

Esta es la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, una misionera sin fronteras, porque fue capaz de amar y de ser solidaria con todos, con los que sufrían en el cuerpo y en el alma, con las personas de todas las generaciones y de diversas culturas «las almas», con el lenguaje del corazón, con su perenne sonrisa, con el amor incansable a Jesús Eucaristía, con sus gestos sencillos de delicada humanidad, con su alegría siempre contagiante, con su profundo amor a María, con su camino maravilloso para evangelizar y educar con eficacia, con todos los dones que Dios le dio.

Su incansable obra misionera no terminó el 22 de julio de 1981, sino que aquella fecha marcó el inicio de una nueva fecundidad que hasta la fecha sigue salvando «almas, muchas almas, infinitas almas», como ella decía. Las diversas expresiones del carisma inesiano: Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, Van-Clar, Grupo Sacerdotal Madre Inés, Misioneras Inesianas y Familia Eucarística, siguen sembrando la semilla que ella dejó. Ella misma lo plasmó en su libro «La Lira del Corazón» cuando anota: «Permíteme, Señor, que desde tu gloria siga fecundizando la semilla que deposité en la tierra para tu mayor gloria, para que fructifique más y más en las manos de los que me han seguido en las tareas apostólicas».

Santa María de Guadalupe, a la cual la beata María Inés se entregó totalmente y con la que hablaba de tú a tú experimentando concretamente su presencia, ha de alentarnos a todos nosotros para que tengamos el coraje para continuar sembrando con corazón misionero el carisma inesiano que es eucarístico, sacerdotal, mariano y misionero vivido en la alegre entrega de cada día conforme a la vocación de cada uno.

Que podamos irradiar y contagiar a muchos jóvenes la belleza de la santidad de la beata Madre María Inés y con ellos y para ellos afrontar con audacia apostólica los desafíos del golpeado mundo en el que vivimos y que tanto necesita de modelos como la vida de Madre Inés.

Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, ruega por nosotros.

Padre Alfredo.