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viernes, 15 de octubre de 2021

EL SÍNODO DEL 2021 AL 2023... ¿De qué se trata esto?


La Iglesia Católica, la Iglesia de Dios, ha sido convocada a vivir un Sínodo desde este 2021 hasta el 2023. Con esta convocatoria, el Papa Francisco invita a toda la Iglesia universal a interrogarse sobre la sinodalidad: un tema decisivo para la vida y la misión de la Iglesia.

El Sínodo de los Obispos es un organismo consultivo creado por el Papa San Pablo VI en el marco del Concilio Vaticano II, para pedir a obispos de todo el mundo que participen en el gobierno de la Iglesia, aconsejando al Papa sobre asuntos de interés para la Iglesia universal. Etimológicamente, la palabra “sínodo” deriva de los términos griegos syn (juntos) y hodos (camino), y expresa la idea de “caminar juntos”.

En sí es una asamblea o un encuentro siempre de carácter consultivo, donde los obispos, reunidos con el Papa, intercambian información y experiencias, con el objetivo común de buscar soluciones pastorales que tengan aplicación en el conjunto de la Iglesia. El Sínodo ayuda al Santo Padre con sus consejos para la integridad y mejora de la fe y costumbres, y la conservación y fortalecimiento de la disciplina eclesiástica, y para estudiar las cuestiones que se refieren a la acción de la Iglesia en el mundo. Por lo mismo, no se trata de un organismo particular con una competencia limitada, sino que tiene una amplia competencia para tratar cualquier tema, según el procedimiento establecido por el Papa en su convocatoria.

En el año 2023, el Sínodo de los Obispos se reunirá en su XVI Asamblea General Ordinaria, para tratar el tema "Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión". La fecha exacta de esta Asamblea está por determinar, pero será en octubre, previsiblemente por una duración de 3 o 4 semanas, como suele ser habitual en los Sínodos. No obstante, para este Sínodo se introduce una novedad: el Sínodo de 2023 no solo es la Asamblea de octubre de 2023, ese evento donde participan el Papa y los obispos, sino que es todo un proceso que involucra, además, al conjunto de los bautizados (sacerdotes, religiosos, laicos, hombres, mujeres, niños, jóvenes, adultos...).

Al convocar esta reunión del Sínodo, el Santo Padre quiere que toda la Iglesia reflexione sobre la sinodalidad, un tema que él considera que es decisivo para la vida y la misión de la Iglesia. Cuando se conmemoraron los 50 años de la institución del Sínodo de los Obispos, se celebró un acto especial en Roma. El papa Francisco pronunció un discurso donde señaló: “El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio. Lo que el Señor nos pide, en cierto sentido, ya está todo contenido en la palabra 'Sínodo'. Caminar juntos –laicos, pastores, Obispo de Roma– es un concepto fácil de expresar con palabras, pero no es tan fácil ponerlo en práctica”. Y añadió: “Estoy convencido de que, en una Iglesia sinodal, también el ejercicio del primado petrino podrá recibir mayor luz. El Papa no está, por sí mismo, por encima de la Iglesia; sino dentro de ella como bautizado entre los bautizados y dentro del Colegio episcopal como obispo entre los obispos, llamado a la vez –como Sucesor del apóstol Pedro– a guiar a la Iglesia de Roma”.

De esta manera, el Sínodo supone una modalidad inédita para preparar el camino hacia la Asamblea de 2023, tanto por sus fases como por la implicación que pide a todos los bautizados. Para garantizar que todos los creyentes puedan tomar parte en la reflexión, el Papa Francisco ha diseñado un novedoso itinerario que, en la práctica, significa que el Sínodo no es solo la Asamblea de octubre de 2023, sino un camino de dos años. Durante este periodo, el camino sinodal se articulará en tres fases: Fase diocesana: octubre 2021-abril 2022. Fase continental: septiembre 2022-marzo 2023. Fase de la Iglesia universal: octubre 2023. La fase diocesana y la fase continental darán lugar, por primera vez en la historia de los Sínodos, a dos Instrumentum laboris distintos, con los que se trabajará después en Asamblea sinodal.

Para este Sínodo hay dos Instrumentum laboris que resultan de consultar a las Iglesias locales (fase diocesana) y a las Iglesias a nivel continentes o regiones (fase continental). Estos dos Instrumentum laboris los elabora la Secretaría General Permanente del Sínodo: el primero estará publicado en septiembre de 2022 y el segundo se publicará en junio de 2023, y los dos textos se enviarán a los padres sinodales antes de la Asamblea de octubre de 2023. Ambos textos servirán para iniciar las discusiones de los miembros participantes y focalizar sus trabajos.

El 7 de septiembre de 2021, la Secretaría General del Sínodo publicó el Documento Preparatorio (da click para ir al documento) acompañado por un Vademécum (da click para ir al Vademecum, que es un manual para la escucha y el discernimiento), y un cuestionario. El objetivo de esta documentación es proporcionar una metodología y facilitar la consulta y la participación de todos los creyentes en el ámbito de la Iglesia local. El Documento Preparatorio se ha enviado a todas las diócesis, Conferencias Episcopales, dicasterios de la Curia romana, Unión de Superiores Generales, Unión de Superioras Mayores, otras uniones y federaciones de Vida Consagrada, movimientos internacionales de laicos, Universidades y Facultades de Teología.

El texto arranca con una premisa esencial: “La Iglesia de Dios es convocada en Sínodo”. Toda la Iglesia, no solo los obispos. La pregunta principal que plantea el texto es: “En una Iglesia sinodal, que anuncia el Evangelio, todos ‘caminan juntos’: ¿cómo se realiza hoy este caminar juntos en la propia Iglesia particular? ¿Qué pasos nos invita a dar el Espíritu para crecer en nuestro ‘caminar juntos’?”. El documento preparatorio se articula en torno a cuatro puntos: La llamada a caminar juntos; Una Iglesia constitutivamente sinodal; En la escucha de las Escrituras; y La sinodalidad en acción: pistas para la consulta al Pueblo de Dios).

El sábado 9 de octubre, en la nueva Sala del Sínodo, se tuvo un momento de reflexión para el inicio del camino sinodal. Allí el Papa pronunció un discurso: "Líbranos de convertirnos en una Iglesia de museo, hermosa pero muda, con mucho pasado y poco futuro" (Da click para ir al discurso). El domingo 10 de octubre, a las 10 h. en la Basílica de San Pedro, tuvo lugar la Santa Misa, presidida por el papa Francisco, en la que pidió: "No insonoricemos el corazón, no nos blindemos dentro de nuestras certezas. Escuchémonos" (Da click para ir a la homilía). El 17 de octubre el Sínodo se abrirá en las diócesis. El Vaticano ha sugerido que la celebración de apertura sea una Eucaristía, pero ha indicado que también podría ser una Liturgia de la Palabra, una peregrinación, una oración para-litúrgica, etc., y ha elaborado un documento con varias ideas.

Así se abre la primera fase de este Sínodo de 2023 que es la fase diocesana y tiene lugar entre octubre de 2021 y abril de 2022, donde las Iglesias particulares y otras realidades eclesiales reflexionarán sobre el Documento Preparatorio, enviado por Roma para consultar la opinión del total de los creyentes. Cada obispo habrá nombrado, antes de octubre de 2021, un responsable o equipo diocesano para realizar la consulta sinodal, a través de órganos de participación que garanticen una consulta real y eficaz. Esta consulta terminará con una reunión presinodal, que será el momento culminante del discernimiento diocesano. Al terminar la fase diocesana, cada diócesis enviará sus conclusiones a su Conferencia Episcopal y seguirá con la siguiente fase que será ya en el próximo 2022.


Oración del Papa Francisco por el Sínodo:

Ven, Espíritu Santo.
Tú que suscitas lenguas nuevas
y pones en los labios palabras de vida,
líbranos de convertirnos en una Iglesia de museo,
hermosa pero muda, con mucho pasado y poco futuro.

Ven en medio nuestro,
para que en la experiencia sinodal
no nos dejemos abrumar por el desencanto,
no diluyamos la profecía,
no terminemos por reducirlo todo
a discusiones estériles.

Ven, Espíritu de amor,
dispón nuestros corazones a la escucha.
Ven, Espíritu de santidad,
renueva al santo Pueblo de Dios.
Ven, Espíritu creador,
renueva la faz de la tierra.

Amen.

Padre Alfredo.

lunes, 29 de octubre de 2018

CARTA DE LOS PADRES SINODALES A LOS JÓVENES...


Los Padres sinodales, al terminar la Misa de clausura del Sínodo de los Obispos ayer 28 de octubre de 2018, dirigen una carta a los jóvenes de todo el mundo dándoles una palabra de esperanza, de confianza, de consuelo. En estos días, reunidos para escuchar la voz de Jesús, «el Cristo eternamente joven», los padres sinodales han escuchado, estudiado y hablado en nombre de la Iglesia encabezados por el Vicario de Cristo con el tema: «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». Comparto con mucho gusto el texto que nos dejan en esta carta como preámbulo para el documento final que, seguramente, es de una gran riqueza no solo para los jóvenes, sino para toda la Iglesia y el mundo, según he podido empezar a leer.

«Conocemos sus búsquedas interiores, sus alegrías y esperanzas, los dolores y las angustias que les inquietan. Deseamos que ahora puedan escuchar una palabra nuestra: queremos ayudarlos en sus alegrías para que sus esperanzas se transformen en ideales. Estamos seguros que están dispuestos a entregarse con sus ganas de vivir para que sus sueños se hagan realidad en su existencia y en la historia humana.

Que nuestras debilidades no los desanimen, que la fragilidad y los pecados no sean la causa de perder su confianza. La Iglesia es su madre, no los abandona y está dispuesta a acompañarlos por caminos nuevos, por las alturas donde el viento del Espíritu sopla con más fuerza, haciendo desaparecer las nieblas de la indiferencia, de la superficialidad, del desánimo.

Cuando el mundo, que Dios ha amado tanto hasta darle a su Hijo Jesús, se fija en las cosas, en el éxito inmediato, en el placer y aplasta a los más débiles, ustedes deben ayudarle a levantar la mirada hacia el amor, la belleza, la verdad, la justicia.
 
Durante un mes hemos caminado juntamente con algunos de ustedes y con muchos otros unidos por la oración y el afecto. Deseamos continuar ahora el camino en cada lugar de la tierra donde el Señor Jesús nos envía como discípulos–misioneros.

La Iglesia y el mundo tienen necesidad urgente de su entusiasmo. Háganse compañeros de camino de los más débiles, de los pobres, de los heridos por la vida.

Son el presente, sean el futuro más luminoso.

Roma, 28 octubre 2018»

viernes, 8 de abril de 2016

«AMORIS LAETITIA»... La Exhortación Post-Sinodal del Papa Francisco sobre la Familia


La exhortación apostólica, «AMORIS LAETITIA» (La alegría en el amor), recoge las conclusiones de los dos sínodos de obispos sobre la familia de 2014 y 2015. Se trata de un voluminoso documento fruto de los dos últimos Sínodos celebrados.

El documento impresiona por su amplitud y articulación. Se subdivide en nuev9 capítulos y más de 300 párrafos. Se abre con siete párrafos que, como introducción, ponen en plena luz la conciencia de la complejidad del tema y la profundización que requiere. Se afirma que las intervenciones de los Padres en el Sínodo han compuesto un “precioso poliedro” (AL 4) que debe ser preservado. En este sentido, el Papa escribe que “no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones del magisterio”.  Por lo tanto para algunas cuestiones “en cada país o región se deben buscar soluciones más inculturadas, atentas a la tradiciones y a los desafíos locales. De hecho,“las culturas son muy diversas entre sí y todo principio general tiene necesidad de ser inculturado, si quiere ser observado y aplicado”” (AL 3). Este principio de inculturación resulta verdaderamente importante incluso en el modo de plantear y comprender los problemas que, más allá de las cuestiones dogmáticas bien definidas del Magisterio de la Iglesia, no puede ser “globalizado”.

En la Exhortación, el Papa afirma con claridad, que es necesario salir de la estéril contraposición entre la ansiedad de cambio y la aplicación pura y simple de normas abstractas. Escribe: “los debates que se dan en los medios de comunicación, en las publicaciones y aún entre ministros de la Iglesia, van desde un deseo desenfrenado de cambiar todo sin suficiente reflexión o fundamentación, hasta la actitud de pretender resolver todo aplicando normativas generales o extrayendo conclusiones excesivas de algunas reflexiones teológicas” (AL 2).

Comparto solamente algo de cada uno de los 9 capítulos y al final dejo los enlaces para descargarla y leerla en Español y en Inglés.

Capítulo primero: A la luz de la Palabra

La Biblia, “está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares”. Y a partir de este dato se puede meditar cómo la familia no es un ideal abstracto sino un “trabajo ‘artesanal’ que se expresa con ternura pero que se ha confrontado también con el pecado desde el inicio, cuando la relación de amor se transforma en dominio. Entonces la Palabra de Dios “no se muestra como un secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor, y les muestra la meta del camino”.

Capítulo segundo: La realidad y los desafíos de la familia

Es fundamental prestar atención a la realidad concreta, porque “las exigencias y llamadas del Espíritu resuenan también en los acontecimientos mismos de la historia”. El individualismo exagerado hace difícil hoy la entrega a otra persona de manera generosa: “Se teme la soledad, se desea un espacio de protección y de fidelidad, pero al mismo tiempo crece el temor de ser atrapado por una relación que pueda postergar el logro de las aspiraciones personales”. Por eso la humildad del realismo ayuda a no presentar “un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificialmente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales”. Es necesario dar espacio a la formación de la conciencia de los fieles: “Estamos llamado a formar las conciencias no a pretender sustituirlas”. Jesús proponía un ideal exigente pero “no perdía jamás la cercana compasión con las personas más frágiles como la samaritana o la mujer adúltera”.

Capítulo tercero: La mirada puesta en Jesús: la vocación de la familia

La mirada es amplia e incluye también las “situaciones imperfectas”. Fuera del verdadero matrimonio natural también hay elementos positivos presentes en las formas matrimoniales de otras tradiciones religiosas, aunque tampoco falten las sombras. Hay también “familias heridas” frente a las cuales “siempre es necesario recordar un principio general: Sepan los pastores que, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones”. Por lo tanto, al mismo tiempo que la doctrina debe expresarse con claridad, hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición”.

Capítulo cuatro: El amor en el matrimonio

A partir del “himno al amor” de san Pablo hay que entrar en el mundo de las emociones de los conyugues —positivas y negativas— y en la dimensión erótica del amor. Hay una contribución extremamente rica y preciosa para la vida cristiana de los conyugues, que no tiene hasta ahora parangón en precedentes documentos papales. Se insiste de manera fuerte y decidida sobre el hecho de que “en la naturaleza misma del amor conyugal está la apertura a lo definitivo”. “Una combinación de alegrías y de fatigas, de tensiones y de reposo, de sufrimientos y de liberación, de satisfacciones y de búsquedas, de fastidios y de placeres” es, precisamente, el matrimonio. Hay que meditar en la “transformación del amor”. “No podemos prometernos tener los mismos sentimientos durante toda la vida. En cambio, sí podemos tener un proyecto común estable, comprometernos a amarnos y a vivir unidos hasta que la muerte nos separe, y vivir siempre una rica intimidad”.

Capitulo quinto: El amor que se vuelve fecundo

El amor fecundo recibe una vida nueva. Se vive un amor de padre y de madre, pero también de primos, parientes e incluso amigos. Se puede vivir la fecundidad en la adopción y en la ‘cultura del encuentro’. De la vida en familia incluyendo tíos, primos, parientes e incluso amigos. El sacramento del matrimonio tiene un profundo carácter social.

Capítulo sexto: Algunas perspectivas pastorales

Hay que afrontar algunas vías pastorales que orientan para construir familias sólidas y fecundas según el plan de Dios. Se debe guiar a los novios y acompañar a los esposos. Y no se les puede abandonar en las crisis, sabiendo que “cada crisis esconde una buena noticia que hay que saber escuchar afinando el oído del corazón”. Es necesario un acompañamiento para las personas abandonadas, separadas y divorciadas, y es importante conocer la reciente reforma de los procedimientos para el reconocimiento de los casos de nulidad matrimonial. Se tocan situaciones de matrimonios mixtos y con disparidad de culto. Hay situaciones de familias que tienen en su interior personas con tendencias homosexuales, es necesario el respeto en relación a ellos y el rechazo de toda injusta discriminación y de toda forma de agresión o violencia.

Capítulo séptimo: La educación de los hijos

La educación de los hijos abarca su formación ética, el valor de la sanción como estímulo, el paciente realismo, la educación sexual, la transmisión de la fe, y más en general, la vida familiar como contexto educativo. “La obsesión no es educativa, y no se puede tener un control de todas las situaciones por las que podría llegar a pasar un hijo (…) Si un padre está obsesionado por saber dónde está su hijo y por controlar todos sus movimientos, sólo buscará dominar su espacio. De ese modo no lo educará, no lo fortalecerá, no lo preparará para enfrentar los desafíos. Lo que interesa sobre todo es generar en el hijo, con mucho amor, procesos de maduración de su libertad, de capacitación, de crecimiento integral, de cultivo de la auténtica autonomía”. “Se debe aceptar un sí a la educación sexual” que debe realizarse “en el cuadro de una educación al amor, a la recíproca donación”. Y pone en guardia sobre la expresión “sexo seguro”, porque transmite “una actitud negativa hacia la finalidad procreativa natural de la sexualidad, como si un posible hijo fuera un enemigo del cual hay que protegerse.

Capítulo octavo: Acompañar, discernir e integrar la fragilidad

Es probablemente el capítulo más delicado. Confirma qué es el matrimonio cristiano, pero añade que “otras formas de unión contradicen radicalmente este ideal. Y no deja de valorar los elementos constructivos en aquellas situaciones que no corresponden a su enseñanza sobre el matrimonio”. “Hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y es necesario estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición”. “Se trata de integrar a todos, se debe ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de misericordia. “Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral”. “Los bautizados que se han divorciado y se han vuelto a casar civilmente deben ser más integrados en la comunidad cristiana en las diversas formas posibles, evitando cualquier ocasión de escándalo”. “Su participación puede expresarse en diferentes servicios eclesiales (…) Ellos no sólo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia (…) Esta integración es también necesaria para el cuidado y la educación cristiana de sus hijos, que deben ser considerados los más importantes”.

“Comprender las situaciones excepcionales nunca implica ocultar la luz del ideal más pleno ni proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano. Hoy, más importante que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidar los matrimonios y así prevenir las rupturas”. Los fieles que están viviendo situaciones complejas, son invitados a que se acerquen con confianza a conversar con sus pastores o con laicos que viven entregados al Señor. No siempre encontrarán en ellos una confirmación de sus propias ideas o deseos, pero seguramente recibirán una luz que les permita comprender mejor lo que les sucede y podrán descubrir un camino de maduración personal. Se invita también a los pastores a escuchar con afecto y serenidad, con el deseo sincero de entrar en el corazón del drama de las personas y de comprender su punto de vista, para ayudarles a vivir mejor y a reconocer su propio lugar en la Iglesia”. “A veces ponemos tantas condiciones a la misericordia que la vaciamos de sentido concreto y de significación real, y esa es la peor manera de licuar el Evangelio”.

Capítulo noveno: Espiritualidad conyugal y familiar

El último capítulo está dedicado a la espiritualidad conyugal y familiar, “hecha de miles de gestos reales y concretos”. Todo, “los momentos de gozo, el descanso o la fiesta, y aun la sexualidad, se experimentan como una participación en la vida plena de su Resurrección”. “Toda la vida de la familia es un “pastoreo” misericordioso. Cada uno, con cuidado, pinta y escribe en la vida del otro”, escribe el Papa. Es una honda “experiencia espiritual contemplar a cada ser querido con los ojos de Dios y reconocer a Cristo en él”.




"En el horizonte del amor, central en la experiencia cristiana del matrimonio y de la familia, se destaca también otra virtud, algo ignorada en estos tiempos de relaciones frenéticas y superficiales: la ternura". Palabras del Papa Francisco.

Esta es una dedicatoria de uno de los volúmenes que hace el Papa a un amigo:


miércoles, 27 de agosto de 2014

HACIA EL SÍNODO EXTRAORDINARIO DE LA FAMILIA...

Como todos sabemos, el Papa Francisco convocó a la III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos que se celebrará del 5 al 19 de octubre de este año bajo el lema «Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización».

Se ha presentado ya el "Instrumentum Laboris" (Material de estudio para el Sínodo) que será analizado por los obispos durante este Sínodo a fin de responder a los nuevos desafíos de la familia actual.

Con este artículo, quiero dar mi pequeña aportación para irnos adentrando en el tema. Primero hago un resumen de lo que trata el "Instrumentum Laboris" y luego comparto algunos de mis puntos de vista sobre la familia hoy.

El material a estudiar se divide en tres partes:

La primera parte está dedicada al Evangelio de la familia, el plan de Dios, el conocimiento bíblico, magisterial y la recepción de la ley natural y de la vocación del ser humano. 

La segunda parte afronta los desafíos pastorales inherentes a la familia, como la crisis de la fe, las situaciones críticas internas, las presiones externas y otros problemas, como las situaciones pastorales difíciles que tienen que ver con las parejas que viven juntas y las parejas de hecho, los separados, los divorciados, los divorciados vueltos a casar y sus hijos, las madres adolescentes, los que se encuentran en condiciones de irregularidad canónica y los que piden el matrimonio sin ser creyentes o practicantes. 

Se ve, en todo este material, como la Iglesia desea encontrar soluciones compatibles con su enseñanza, que conduzcan a una vida serena y reconciliada, contemplando incluso la necesidad de simplificar y acelerar los procedimientos judiciales de nulidad matrimonial. Se habla de la propuesta de cursos de formación al matrimonio más bien desarrollados y de la necesidad de hacer un seguimiento al matrimonio después de la boda. 

La tercera parte de este documento presenta temáticas relativas a la apertura a la vida, sugerencias pastorales, la praxis sacramental y la promoción de una mentalidad abierta a la vida. Se habla también de la responsabilidad educativa de los padres de familia.

Ahora mi aportación:

Son muchos los que desde hace años, más o menos angustiados o con tono de burla; con incertidumbre o confianza en Dios, con temor del futuro o buscando caminos, se preguntan por el sentido y el destino, que en el futuro puedan tener el amor humano, el matrimonio y la familia en el mundo.

Los problemas conyugales y su contorno inciden hoy con insistencia en el primer plano de noticias y novelas, basta pensar en las tan populares novelas mexicanas, en donde la familia se ve muy golpeada. Hay un creciente contraste entre los valores que propone la Iglesia sobre el matrimonio y la familia y la situación social y cultural diversificada en todo el planeta y promovida en los medios de comunicación (Cf. Instrumentum Laboris 15)..

La familia es un don de Dios y la Iglesia ha sido siempre fiel custodia de la familia consciente de que toda familia difiere de las demás familias de la misma manera en que difiere toda impresión digital, toda personalidad o todo rostro. 

Desde que un niño va tomando uso de razón y se acerca a la catequesis, ya sea realizada por sus padres o por una institución, le queda claro que Dios no solamente ha establecido la unión del hombre y la mujer como una ley, sino que hace una llamada al amor. A lo largo de los siglos, la Iglesia no ha dejado de ofrecer su enseñanza constante sobre el matrimonio y la familia (Cfr. Instrumentum Laboris 4). 

Según la experiencia de todos los pueblos, un hecho es bien evidente: la familia se funda en el matrimonio, unión de amor de comunión profunda entre el varón y la mujer. Este hecho, aunque muchos no lo vean claramente, ha sido el proyecto de Dios. Desde la creación, al haber creado la historia como tiempo y espacio para el encuentro con el hombre, decidió la creación de la mujer para que el hombre no fuera un solitario en el mundo (Cfr. Instrumentum Laboris 1).

Desde esta perspectiva bíblica es fácil comprender la importancia que tiene el amor entre la pareja para la constitución de la familia. No puede haber nada más contrario a la concepción cristiana del matrimonio que entender el amor como un valor secundario o accidental en la dinámica del matrimonio.

A veces se escucha decir: “Lo primero son los hijos”, y muchos  han entendido este principio, como si el amor del que los hijos son fruto importara poco, como si la comunión entre los esposos quedara desvalorizada y marginada ante la fecundidad y hubiera que entender la institución matrimonial sólo como una institución reproductora. El amor entre los esposos debe ser considerado como la “causa y razón primera” de la familia. También desde el Génesis, Dios “los bendijo y les dijo: Creced, multiplicaos, llenad la tierra”.  El proyecto de Dios al instituir el matrimonio como origen de la familia, es un proyecto de amor y fecundidad otro (cfr. Gen 1,24-31; 2,4b-25).

Cuando Cristo eleva a sacramento la dignidad del matrimonio, la relación entre los esposos cristianos adquiere una nueva significación, representa la unión amorosa entre Cristo y la Iglesia que engendra un pueblo(cfr. Ef5,31-32).  Los esposos representan a Cristo y a la Iglesia y su alianza conyugal representa una alianza superior: la que Dios ha hecho con su Pueblo y cuya máxima expresión ha sido el amor demostrado por Cristo con su Iglesia en el sacrificio de la Cruz. Amándose de esta manera, los esposos se santifican y superan la fragilidad y la pobreza del amor humano. Esta es la gracia, este es el “don” del sacramento que engendra la familia (Cfr. Instrumentum Laboris 3).

Hoy hay un problema muy grave, cada día son más las parejas que llegan al matrimonio tomándolo como una opción apasionada o como un contrato de intereses. Para algunos el matrimonio eclesiástico es solamente un conjunto de trámites eclesiales para quedar bien con los demás. Muchas parejas desde antes de casarse, empiezan a tomar los populares anticonceptivos, porque quieren esperarse... ¿esperarse a qué?... ¿qué no se trata de una opción de fe para hacer fecundo el amor en una familia?... ¿qué la realización del matrimonio no está dentro de la vivencia del núcleo familiar? (Cfr. Instrumentum Laboris 129).

Tal vez todo esto responda a tantas cuestiones de infidelidad, no solamente de parte del hombre, como era lo tradicional, sino que ahora de parte de la mujer, que haciendo a un lado las entrañas de madre es capaz de abandonar a los hijos y dejarlo todo por lo que llama “un verdadero amor”. El hombre y la mujer modernos se han dejado influenciar por la idea del “amor libre” que ve en la unión matrimonial no más que un yugo insoportable al que se une el peso de los hijos.

Según la tradición cristiana del matrimonio es indisociable, la fecundidad, ensalzada en la Sagrada Escritura como bendición de Dios. La Iglesia siempre ha enseñado que el amor de los esposos ha de ser un amor fecundo. La familia no es solamente un instrumento de socorro, ni mucho menos una inversión que los padres hacen en los hijos para después cobrar con intereses, es ante todo, una comunidad creadora que se reconoce como “don” de Dios (Cfr. Instrumentum Laboris 122). No quiero decir con esto que la fecundidad de los esposos o el cumplimiento pleno de su matrimonio, o la perfección de la familia se mida sin más por el “número” de hijos. Los esposos cristianos han de cumplir su deber de ser fecundos, actualizando una paternidad responsable que no se deja llevar solamente por el instinto ciego de la reproducción o del placer, sino que se guía por la luz de la razón humana, atendiendo a que “ser padres” no supone solamente engendrar, sino también educar humana y espiritualmente a una persona, dos, tres o más (Cfr. Instrumentum Laboris 3). Desde la más antigua tradición católica, la familia ha sido llamada: “pequeña Iglesia” o “Iglesia doméstica”.

Todo hombre, con una que otra excepción, convive en el seno de una familia. Este es un hecho primordial que no podemos perder de vista. La familia es la célula primera y vital de la sociedad. “La familia es el núcleo para el desarrollo del hombre”,   es formada de personas, allí el individuo nace a la vida y va conociendo las realidades que envuelven su misma vida. La familia es el medio de transformación de la persona y allí va aprendiendo todo, o casi todo. En la familia se van desarrollando las ideas que forman el pensamiento de las personas que integran una sociedad (Todo el Capítulo II del Instrumentum Laboris trata este tema).

La familia en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura. Actualmente la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo esplendor,  porque vemos la realidad que nos rodea de familias desintegradas por el egoísmo, por el alcohol, por las sectas )Cfr. Instrumentum Laboris 68).

En torno a esto, podemos decir que hay una gran inquietud de padres de familia, maestros, políticos, sacerdotes, religiosos, de comprender y solucionar la cantidad tan grande de problemas que enfrenta la familia de hoy. Basta ver la gran cantidad de literatura al respecto. Se dan conferencias, se hacen debates, se escuchan conferencias, pero a menudo se nos olvida que siendo la familia un don de Dios hemos de recurrir a Él.

Quizá uno de los retos más difíciles para la familia hoy, sea aquella de la formación de los hijos sobre todo al llegar a la adolescencia. Es importante recalcar que es de por sí una etapa de cambios difíciles para ellos y que quieran sentirse acogidos en su casa, comprendidos, queridos. Los padres y los hijos son generaciones diferentes. Los padres saben, al igual que los hijos, que la familia es una escuela de virtudes, de valores morales, pero, esos valores.... ¿son los mismos para los padres y los hijos?

Tenemos cantidad de hijos adolescentes que han pasado más horas frente a la televisión y a Internet que frente a sus padres. Con la televisión no se puede dialogar, ni tampoco con los juegos más electrónicos ya programados. ¿Cómo se inculca en casa el valor del diálogo? ¿Qué momentos se buscan? ¿Será necesario que papá o mamá se den tiempo para hablar en la televisión o que salgan en alguno de los juegos cibernéticos? A esto hay que añadir que en México existe una verdadera colección de programas de ínfima calidad en la T.V. y en la radio que no ayudan al crecimiento o integración de la persona. Por otra parte un gran problema es que el nivel de estudios de los hijos ha superado a los papás y casi casi hay que volver a estudiar con ellos la primaria y la secundaria, pues multiplican de otra forma o componen las frases de la oración de forma diversa. ¿Cuánto se han capacitado hoy los padres de familia para dar respuestas a sus hijos?

Los muchachos quisieran encontrar un hogar cuando llegan del colegio... Primero, los recibe la servidumbre, a quien le tienen ya más confianza, mamá está ocupadísima y llegó con un pollo rostizado para comer que rapidito mete al micro y ya está, una sopita de lata y una gelatina de la tienda.... ¿No será que está preparando al adolescente para después comer más rico en la universidad? ¿No lo estarán llevando a decir: ¿para qué voy a casa? Por otra parte, se ve la falta frecuente de leyes que tutelen a la familia en el ámbito del trabajo y, en particular, a la mujer-madre trabajadora (Cfr. Instrumentum Laboris 71).. Mucho se habla de los adolescentes y de los jóvenes; de las maldades que cometen, de que no saben comprender y obedecer, pero ¿será toda la culpa de ellos?, ¿alguno de nosotros no fue adolescente?

Por otra parte, si la familia es un don de Dios... ¿qué Dios es el que infundes en ellos? ¿el Dios de amor o el Dios de temor?, ¿cómo se hace presente a Dios en la casa?, ¿cómo se continúa la clase de valores que reciben en el colegio?, ¿qué te ven a ti hacer o decir?, ¿cuando están cerca de los padres y están hablando por teléfono, qué escuchan los hijos? 

Eso sí, en la sociedad de hoy, al muchachito o a la niña se le compra todo lo que quieren, parece que muchas familias tuvieran una especie de convenio transitorio en función de la satisfacción individual, y todos los miembros de la familia van cayendo en la trampa de satisfacer y satisfacer para estar al último grito de la moda en todo. El consumismo tiene fuertes consecuencias sobre la calidad de las relaciones familiares, centradas cada vez más en “tener” en lugar que en “ser” (Cfr. Instrumentum Laboris 74).

¡Que desafíos tan grandes para la familia hoy!... Creo que en la familia actual se necesitan más padres empeñados que preocupados, que sepan recurrir a Dios para pedirle luz, esa luz que los lleve a dialogar, a convivir con sus hijos, a darles tiempo, a comprometerse. Ya si los hijos no quieren enderezar sus pasos, eso es otra cosa, pero que no quede en el corazón del padre o de la madre la certeza de que pudo haber hecho más. "El método de transmisión de la fe no muta en el tiempo, aunque se adapte a las circunstancias: camino de santificación de la pareja; oración personal y familiar; escucha de la Palabra y testimonio de la caridad. Donde se vive este estilo de vida, la transmisión de la fe está asegurada, aunque los hijos estén sometidos a presiones de signo opuesto" (Intrumentum Laboris 134).

Desde una visión de la familia como don de Dios hay que crear nuevos espacios en la familia para el tiempo de hoy. ¿Qué será más importante, comprar carro nuevo, estrenar sala o gastar en la formsción e integración de la familia? Son muchos los niños y jovencitos que están acostumbrados a oír: ¡para eso no  hay dinero!, aún viviendo en la cultura del derroche. Benditos los padres y madre de familia que destinan gran parte de su presupuesto a la educación cristiana de sus hijos, así hay que gastar todo lo que se deba, aunque se deba todo lo que gaste. Dios proveerá.

¿Cómo se podrá ganar un padre y una madre el amor, la piedad, la gratitud y el respeto de sus hijos? Hay una sentencia muy antigua que dice: “Al niño se le impone, al muchacho se le propone, al joven se le expone”. En la familia, don de Dios, los padres deben ir creciendo junto con los hijos. Muy atinadamente, Santo Tomás de Aquino, ese gran hombre de la Iglesia, hablando al respecto dice: “Para la educación de los hijos se requiere no solamente la solicitud de la madre que alimenta al hijo, sino mucho más todavía la solidaridad del padre, que debe formarle, y defenderle, y hacer que crezca en bienes interiores y exteriores” . La Iglesia actual secunda esto y hace responsable de la educación de los hijos, tanto al padre, como a la madre (Cfr. Instrumentum Laboris 133 y 134).

En la familia, actual, no valen las reglas de siempre. La familia está cambiando con rapidez y profundidad y de sus mismos miembros depende hacia donde se orienta y por eso no tenemos otra referencia, que Dios mismo, para orientar la familia. Entre los cambios más sobresaleintes está el progreso tecnológico que e"s un desafío global para la familia, en cuyo seno causa rápidos cambios de vida respecto a los valores, las relaciones y los equilibrios internos. Los puntos críticos surgen, por tanto, con más evidencia donde en familia falta una educación adecuada al uso de los medios de comunicación y de las nuevas tecnologías" (Instrumentum Laboris 69).

Imposible agotar el tema, esto ha sido un querer cuestionar y provocar una tarea para prepararse a este Sínodo Extraordinario leyendo el Instrumentum Laboris. En 1920 un pensador de la época, de apellido Lunachasky, declaró varias veces: “Nuestro problema de ahora es terminar con la familia y liberar a las mujeres del cuidado de los niños”... Hay quienes se dejaron seducir por aquello y ahora vemos las consecuencias. Sin embargo, sabemos que la familia es un don de Dios y seguirá siendo en el futuro la célula fundamental de la sociedad, aunque aparezcan formas o se adopten posturas contrarias. Yo creo y estoy convencido de que con padres y madres bien formados, la familia persistirá en el futuro. Este Sínodo extraordinario nos ofrecerá tres grandes ámbitos sobre los cuales la Iglesia desea desarrollar el debate para llegar a indicaciones que respondan a los nuevos desafíos: el Evangelio de la familia que hay que proponer en las circunstancias actuales; la pastoral familiar que hay que profundizar frente a los nuevos desafíos; la relación generativa y educativa de los padres respecto de los hijos (Cfr. Instrumentum Laboris 158).

Invito, especialmente a los padres y madres de familia, a leer el Instrumentum Laboris y a voltear sus miradas hacia sus hogares tratando de invertir siempre, el máximo esfuerzo en la formación de su familia, en ese don de Dios tan valioso que Dios les ha dado. Que cada uno descubra el tesoro tan valioso que hay en este don. Que al terminar de leer estas líneas y luego de la oración propuesta en el Instrumentum Laboris, vean su familia y contemplen aquella familia de Nazaret... Hay mucho que hacer, nada está perdido.

San Juan XIII, aquel Papa que tuvo tanto cariño a su familia. expresó alguna vez, respecto a su propia familia “A mi querida familia de aquí abajo, de la que yo no he recibido ninguna riqueza material, no puedo dejarles más que una muy grande y especial bendición, invitándoles a permanecer en el temor de Dios, que la ha hecho tan querida, pese a su modestia, y de la que nunca he tenido que avergonzarme”.

El Papa Francisco nos propone esta oración por la familia:


Jesús, María y José
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.
Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas Iglesias domésticas.
Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.
Santa Familia de Nazaret,
que el próximo Sínodo de los Obispos
haga tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.
Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica.
Amén.


P. Alfredo Leonel G. Delgado Rangel,
M.C.I.U.

martes, 30 de octubre de 2012

LA NUEVA EVANGELIZACIÓN... Un Sínodo misionero

El 26 octubre por la mañana en la Oficina de Prensa de la Santa Sede ha tenido lugar la presentación del Mensaje de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sinodo de los Obispos dedicado al tema “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”.

El mensaje nos recuerda el pasaje evangélico de Juan que narra el encuentro de Jesús con la samaritana en el pozo (Jn 4,4-42), imagen del hombre contemporáneo con un cántaro vacío, el hombre y la mujer de hoy que tiene sed y nostalgia de Dios, y hacia el que la Iglesia debe dirigirse para hacerle presente al Señor. Y como la samaritana, quien encuentra a Jesús no puede hacer otra cosa que convertirse en testigo del anuncio de salvación y esperanza del Evangelio.

Mirando de una manera más concreta al contexto de la nueva evangelización, este Sínodo nos ha recordado la necesidad de reavivar la fe que corre el riesgo de oscurecerse en los contextos culturales actuales, también frente al debilitamiento de la fe en muchos bautizados. "El encuentro con el Señor, que revela a Dios como amor, sucede sólo en la Iglesia como forma de comunidad acogedora y experiencia de comunión; desde aquí, entonces, los cristianos pasan a ser sus testigos en otros lugares", dice el mensaje.

Para evangelizar —lo sabemos todos los bautizados— hay que estar, ante todo, evangelizados y vivir en un proceso constante de conversión. Conscientes del hecho de que el Señor es la guía de la historia y que, por tanto, el mal no tendrá la última palabra, la Nueva Evangelización nos llama a vencer el miedo con la fe y a mirar el mundo con sereno coraje porque, aunque éste está lleno de contradicciones y retos, sigue siendo el mundo que Dios ama. Por consiguiente, el Sínodo no nos deja nada de pesimismo sino nuevos retos: la globalización, la secularización y los nuevos escenarios de la sociedad, migraciones, dificultades y sufrimientos que deben ser oportunidad de una tarea continua de evangelización. Porque no se trata de encontrar nuevas estrategias como si el Evangelio hubiera que difundirlo como un producto de mercado, sino de redescubrir los modos con los que las personas se acercan a Jesús.

El mensaje de este Sínodo mira a la familia como lugar natural de la evangelización e insiste en que la institución familiar debe ser sostenida por la Iglesia, la política y la sociedad. Dentro de la familia, se resalta el papel especial de las mujeres y se recuerda la situación dolorosa de los divorciados y vueltos a casar: aunque se reconfirma la disciplina sobre al acceso a los sacramentos, se insiste en que no están abandonados por el Señor y que la Iglesia es la casa que acoge a todos. El mensaje cita también la vida consagrada como testimonio del sentido ultraterrenal de la existencia humana, y las parroquias como centros de evangelización; recuerda la importancia de la formación permanente para los sacerdotes y los religiosos e invita a los laicos (movimientos y nuevas realidades eclesiales) a evangelizar permaneciendo en comunión con la Iglesia. La nueva evangelización acoge favorablemente la cooperación con las otras Iglesias y comunidades eclesiales, también ellas movidas por el mismo espíritu de anuncio del Evangelio. Se presta particular atención a los jóvenes, en una perspectiva de escucha y de diálogo para recuperar, y no mortificar, su entusiasmo.

El mensaje que brota del Sínodo invita también al diálogo de distintas maneras: con la cultura, que necesita una nueva alianza entre fe y razón; con la educación; con la ciencia que cuando no encierra al hombre en el materialismo se convierte en una aliada de la humanización de la vida; con el arte; con el mundo de la economía y el trabajo; con los enfermos y los que sufren; con la política, a la cual se pide un compromiso desinteresado y transparente del bien común; con las otras religiones.

En particular, el Sínodo insiste en que el diálogo interreligioso contribuye a la paz, rechaza el fundamentalismo y denuncia la violencia contra los creyentes. El mensaje recuerda las posibilidades que ofrecen el Año de la Fe, la memoria del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica. Por último, indica dos expresiones de la vida de fe, especialmente significativas para la nueva evangelización: la contemplación, donde el silencio permite acoger mejor la Palabra de Dios, y el servicio a los pobres, para reconocer a Cristo en sus rostros.

Todas las Iglesias de las distintas regiones del mundo hemos tenido fijos los ojos en este Sínodo y a cada una de ellas se nos deja un mensaje lleno de palabras de aliento para el anuncio del Evangelio: a las Iglesias de Oriente para que puedan practicar la fe en condiciones de paz y de libertad religiosa; a la Iglesia de África para que desarrolle la evangelización en el encuentro con las antiguas y las nuevas culturas, haciendo después un llamamiento a los gobiernos para que cesen los conflictos y la violencia. A los cristianos de América del Norte, que viven en una cultura con muchas expresiones lejanas del Evangelio, para que miren a la conversión, a ser abiertos para acoger a los emigrantes y refugiados. A la Iglesia de América Latina, para que viva la misión permanente, de manera que pueda hacer frente a los desafíos del presente como la pobreza, la violencia, también en las nuevas condiciones de pluralismo religioso. A la Iglesia en Asia, aun cuando es una pequeña minoría a menudo relegada al margen de la sociedad y perseguida, para que se anime y se mantenga firme en la fe. A Europa, marcada por una secularización agresiva y herida por regímenes pasados, para que mantenga viva esa cultura humanística capaz de dar rostro a la dignidad de la persona y a la construcción del bien común que vea las dificultades del presente como un reto. Finalmente a Oceanía se le pide que sienta de nuevo el compromiso de anunciar el Evangelio.

Con este Sínodo, la «Iglesia universal» (eso queremos significar cuando decimos «Iglesia católica»), ha sentido resonar en su corazón el mandato de Jesús a sus apóstoles: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblo [...]. Sepan que yo estoy con ustedes, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). La misión de la Iglesia es católica, es decir, no se dirige a un territorio en concreto, sino que sale al encuentro de la pliegues más oscuros del corazón de nuestros contemporáneos, para llevarlos al encuentro con Jesús, el Viviente que se hace presente en nuestras comunidades.

Todos los bautizados debemos sentirnos agradecidos  por el don recibido de este Sínodo sobre la Nueva Evangelización y dirigir nuestro canto de alabanza unidos a María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor [...] Ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1, 46.49). Esas palabras salidas de los labios de María deben ser también las nuestras en estos momentos: el Señor ha hecho realmente grandes cosas a través de los siglos por su Iglesia en los diversos rincones del mundo y nosotros lo alabamos, con la certeza de que no dejará de mirar nuestra pobreza para desplegar la potencia de su brazo incluso en nuestros días y sostenernos en el camino de la nueva evangelización.

La figura de María nos orienta en el camino. Este camino, como nos ha dicho Benedicto XVI, podrá parecer una ruta en el desierto; sabemos que tenemos que recorrerlo llevando con nosotros lo esencial: el don del Espíritu Santo, la cercanía de Jesús, la verdad de su Palabra, el pan eucarístico que nos alimenta, la fraternidad de la comunión eclesial y el impulso de la caridad. Es el agua del pozo la que hace florecer el desierto y como en la noche en el desierto las estrellas se hacen más brillantes, así en el cielo de nuestro camino resplandece con vigor la luz de María, la Estrella de la nueva evangelización a quien, confiados, nos encomendamos.