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viernes, 19 de junio de 2020

Letanías del Sagrado Corazón de Jesús...

Señor, ten misericordia de nosotros.
Cristo, ten misericordia de nosotros.
Señor, ten misericordia de nosotros

Jesucristo óyenos.
Jesucristo, escúchanos.

Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.
Trinidad Santa, que eres un solo Dios, ten misericordia de nosotros.

Corazón de Jesús, Hijo del Padre Eterno, ten misericordia de nosotros. (Así se responde a todo).
Corazón de Jesús, formado en el seno de la Virgen Madre por el Espíritu Santo,
Corazón de Jesús, al Verbo de Dios substancialmente unido,
Corazón de Jesús, de majestad infinita,
Corazón de Jesús, Templo santo de Dios,
Corazón de Jesús, Tabernáculo del Altísimo,
Corazón de Jesús, Casa de Dios y puerta del cielo,
Corazón de Jesús, Horno ardiente de caridad,
Corazón de Jesús, Santuario de justicia y de amor,
Corazón de Jesús, lleno de bondad y de amor,
Corazón de Jesús, Abismo de todas las virtudes,
Corazón de Jesús, digno de toda alabanza,
Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones,
Corazón de Jesús, en que están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia,
Corazón de Jesús, en que mora toda la plenitud de la divinidad,
Corazón de Jesús, en que el Padre se agradó,
Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos nosotros hemos recibido,
Corazón de Jesús, deseo de los eternos collados,
Corazón de Jesús, paciente y muy misericordioso,
Corazón de Jesús, liberal con todos los que te invocan,
Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad,
Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados,
Corazón de Jesús, colmado de oprobios,
Corazón de Jesús, desgarrado por nuestros pecados,
Corazón de Jesús, hecho obediente hasta la muerte,
Corazón de Jesús, con lanza traspasado,
Corazón de Jesús, fuente de todo consuelo,
Corazón de Jesús, vida y resurrección nuestra,
Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra,
Corazón de Jesús, víctima por nuestros pecados,
Corazón de Jesús, salvación de los que en Ti esperan,
Corazón de Jesús, esperanza de los que en Ti mueren,
Corazón de Jesús, delicias de todos los Santos,
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo: ten misericordia de nosotros.
V.- Jesús manso y humilde de corazón.
R.- Haz nuestro corazón conforme al tuyo.

Oremos: Oh Dios todopoderoso y eterno: mira el Corazón de tu amantísimo Hijo y las alabanzas y satisfacciones que en nombre de los pecadores te tributa; y concede aplacado el perdón a éstos que piden tu misericordia en el nombre de tu mismo Hijo Jesucristo. Quien contigo vive y reina en los siglos de los siglos. Amén.

Acto de consagración y desagravio al Sagrado Corazón de Jesús...

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes que florecerán a la sombra de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos; y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya lágrimas en mis ojos. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así como tú, ¡oh Corazón divino! has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre; no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan; te amaré por los que te odian; y rogaré y gemiré, y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte. Tú, que penetras los corazones, y sabes la sinceridad de mi deseo, comunícame aquella gracia que hace al débil omnipotente, dame el triunfo del valor en las batallas de la tierra, y cíñeme la oliva de la paz en las mansiones de la gloria.
Amén.

sábado, 6 de junio de 2020

«EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS Y LA DIVINA MISERICORDIA»... Un tema de retiro

Inspirados en las palabras que nuestro Señor Jesucristo, señalando con el dedo su Corazón le dijo a Santa Margarita María de Alacoque: «Mira este Corazón que tanto ha amado a los hombres y a cambio no recibe de ellos más que ultrajes y desprecio. Tú, al menos, ámame», iniciamos esta reflexión para estar con Él y así conocerlo, amarlo y servirlo más y mejor. Quisiera que nuestra reflexión fuera un tiempo de encuentro con Dios principalmente en la oración y en el silencio para dejar que Él nos hable de Corazón a corazón. El Papa Francisco, en una sus homilías, nos da la pauta para comenzar nuestra meditación. Él afirma: «Jesús no vino a conquistar a los hombres como los reyes y los poderosos de este mundo, sino que vino a ofrecer amor con mansedumbre y humildad. Así se definió a sí mismo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29)... descubramos cada vez más y que nos envuelva la fidelidad humilde y la mansedumbre del amor de Cristo, revelación de la misericordia del Padre. Podemos experimentar y gustar la ternura de este amor en cada estación de la vida: en el tiempo de la alegría y en el de la tristeza, en el tiempo de la salud y en el de la enfermedad y la dificultad.» (Papa Francisco, Cf Homilía 27 de junio de 2014).

La devoción al Corazón de Jesús ha existido desde los primeros tiempos de la Iglesia, desde que se meditaba en el costado y el Corazón abierto de Jesús, de donde salió sangre y agua. La piedad popular valoriza mucho los símbolos, y el Corazón de Jesús es el símbolo por excelencia de la misericordia de Dios; pero no es un símbolo imaginario, es un símbolo real, que representa el centro, la fuente de la que ha brotado la salvación para la humanidad.

De ese Corazón nació la Iglesia y por ese Corazón se abrieron las puertas del Cielo. Para los miembros de la Familia Inesiana, esta devoción es vital, pues somos hijos de un corazón que depositó toda su confianza en el Sagrado Corazón de Jesús. Para la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, el amor y la devoción al Sagrado Corazón es algo vital en la vida. En una de sus cartas apunta: «No olviden hijos que, el Sagrado Corazón de Jesús ha sido para nuestra familia misionera ayuda, sostén, amor, fidelidad, amparo, etc. Sigamos confiando en él, sobre todas las cosas.» (Carta a las hermanas de Africa, Roma, abril 30 de 1973). Leyendo muchos de los escritos de la beata, se percibe que todo en ella gira entorno al amor de Cristo, o sea, de su Corazón. Ella vivía «de corazón a corazón» en los intereses de Cristo para amarle y hacerle amar y le decía: «Déjame vivir y morir en tu amante Corazón» (Lira del Corazón). De hecho su jaculatoria preferida era «Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío».

El corazón de nuestro Redentor, simboliza y expresa su amor misericordioso hacia toda la humanidad, porque significa la caridad sobrenatural y recíproca, que difunde, por medio de su Espíritu, en nuestros corazones. Pero esta caridad recíproca está polarizada por el ejercicio del primer mandamiento. Amamos a los hombres por amor del hombre Jesús, el Hijo de Dios. El segundo mandamiento está finalizado totalmente por el primero, que es mayor (cf. Mt 22, 38). Y este primer mandamiento se refiere inseparablemente al amor debido al Hijo y al Padre, que son uno (Jn 10, 30) en el Espíritu. El que me ama, dice Jesús, ama al Padre (cf. Jn 14, 9). Y así, el mismo Cristo quiere que amemos a los hombres por amor suyo y del Padre (cf. Jn 8, 42; 14, 21). Jesús se presenta a sí mismo como el modelo de este triple amor. Nadie nunca amó a su prójimo como él lo ha hecho. Del Sagrado Corazón de Jesús, brota su amor misericordioso por el género humano, que se transforma en Divina Misericordia al contacto con sus miserias, pobrezas, carencias y necesidades, para remediarlas y darle la salvación.

La imagen del Sagrado Corazón, nos recuerda fundamentalmente el amor de Jesucristo hacia los hombres, el amor del Verbo encarnado hacia los hijos de Dios, a pesar de nuestra pequeñez: «porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). La beata María Inés Teresa, en sus escritos anota: «¡Cuán miserable es este pequeño corazón mío! No obstante, así lo ama Nuestro Señor... el Corazón de Jesús se desborda» (Experiencias Espirituales).

El Corazón de Jesús se presenta, así, como una parte viva de su divino Cuerpo y como símbolo de ese Amor, pues tradicionalmente se ha identificado el órgano del corazón como el lugar donde reside el sentimiento del amor: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza» (Dt 6,5).

Cuando hablamos del Sagrado Corazón de Jesús, hablamos de un corazón de carne, que nos recuerda que Dios se hizo hombre y que vivió entre nosotros como uno de tantos: «Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos» (Flp 2,6-7). Por esta razón, habitualmente, ese corazón aparece herido, para recordarnos que Jesús, no sólo nos amó, sino que también sufrió y murió por nosotros: «Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,7-8).

En los Evangelios encontramos diversas referencias al Corazón de Jesús. En el Evangelio de San Mateo, Cristo dice: «Venid a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad mi yugo y aprended de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontraréis vuestro alivio».

En el Evangelio de San Juan, encontramos la imagen del costado abierto de Cristo en la cruz, del que mana sangre y agua, al ser traspasado por la lanza del soldado: «Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua» (Jn 19,33-34) —sangre y agua, los dos rayos que caracterizan la imagen de la Divina Misericordia, uno rojo y otro blanco—. Así, pues, junto con la Cruz, el Corazón de Jesús constituye uno de los principales emblemas del don más precioso que Dios ha concedido a los hombres: su infinita misericordia. San Juan testimonia de hecho aquello que vio en el Calvario, o sea que un soldado, cuando Jesús ya estaba muerto, le atravesó el costado con la lanza, y enseguida brotó sangre y agua y reconoció en aquel signo, aparentemente casual, el cumplimiento de las profecías: del corazón de Jesús, Cordero inmolado sobre la cruz, brota la misericordia y la vida para todos los hombres.

La palabra misericordia, tiene su origen en dos palabras del latín: «miserere», que significa tener compasión, y «cor», que significa corazón. Ser misericordioso es tener un corazón compasivo. La misericordia, junto con el gozo y la paz, son efectos del amor. Y por eso al contemplar el Sagrado Corazón de Jesús pensamos inmediatamente en su infinita misericordia. Dice la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: «Eternamente cantaré las misericordias del Señor para conmigo, pues me ha colmado de ellas, con ellas me ha precedido desde antes de venir a este mundo, y durante mi vida me has seguido a todas partes, haciéndomelas sentir en un día memorable, exquisitamente tiernas, inmensamente grandes, desbordantes de amor…» (Misericordias Domini in aternum cantabo).

De esta manera, podemos ver con claridad que el Sagrado Corazón de Jesús es la fuente de la Divina Misericordia y, por tanto, las devociones al Sagrado Corazón de Jesús y a la Divina Misericordia son absolutamente inseparables, pues comparten un mismo centro: el amor y la misericordia insondables del Corazón de Cristo. Por eso muchos santos y beatos han experimentado ese amor y misericordia del Corazón de Jesús y, además, recibido la gracia y la misión de ser canales vivos de ese amor y de esa misericordia.

Del Corazón de Jesús fluye un Amor Misericordioso. Así, santa Faustina Kowalska dirá: «Oh, Jesús, es a través de tu Corazón Compasivo, como a través de un cristal, que los rayos de la Divina Misericordia llegan a nosotros» (Diario # 1533), mientras que santa Margarita, refiriéndose a una de sus apariciones dirá: «Se hallaba expuesto el Santísimo Sacramento, Jesucristo, mi Amado, se presentó delante de mí todo resplandeciente y transparente como el cristal. Con sus cinco llagas brillantes, como cinco soles, y despidiendo rayos de luz de todas partes, pero, sobre todo, de su adorable pecho, que parecía un horno encendido; y, habiéndose abierto, me descubrió su amante y amable Corazón».

En sus revelaciones, el Sagrado Corazón de Jesús manifiesta que es menester revelar su Corazón cuando el mundo se enfría en el amor y que es como un último remedio. Así le dirá a santa Margarita que la revelación de su Corazón es como un último esfuerzo de su amor en estos últimos siglos, para calentar a un mundo frío e intentar salvar las almas que se pierden, y, también, como una fuente abundante de bendiciones y un medio seguro de calmar la justicia divina y de alcanzar misericordia de Dios. A santa Faustina le dirá: «Deseo que mi Misericordia sea conocida y venerada; le doy a la humanidad la última tabla de salvación, es decir, el refugio en Mi Misericordia» (Diario n° 998).

En su encíclica sobre el Sagrado Corazón «Haurietis Aquas» (Beberéis aguas) el venerable Papa Pío XII nos recuerda que del Corazón de Jesús fluyen grandes corrientes de agua y salvación, y constata con pesar: «Cuántos hermanos sedientos, en busca de agua, van a las fuentes falsas: “han cambiado el agua cristalina de la fuente, por los charcos sucios” (Jeremias 2,13)». El profeta Zacarías, ciertamente nos recuerda que sólo existe una fuente abierta de salvación: «Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza. Aquel día extirparé de esta tierra los nombres de los ídolos y el espíritu de impureza los quitaré de esta tierra» (Zacarias 13,1-2). Y esa fuente abierta de salvación es el Corazón Traspasado de Cristo Jesús, de donde brotan sangre y agua, para nuestra liberación del pecado y la purificación de todas nuestras inmundicias.

La misericordia de Jesús, como podemos ver, no es solo un sentimiento de su corazón, porque como decía Benedicto XVI en su encíclica «Deus Caritas est» «Los sentimientos van y vienen. La sensación puede ser una maravillosa chispa inicial, pero no es la totalidad del amor». La miserocrdia de Jesús es más, es una fuerza que brota de su Sagrado Corazón y da vida, ¡vida que resucita al hombre! Nos lo dice el Evangelio de San Lucas, en el episodio de la viuda de Naím (Lc 7,11-15): Jesús acompañado de sus discípulos está llegando justamente a esa ciudad, un pueblo de Galilea, en el momento en el que llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda.

La mirada de Jesús se fijó inmediatamente en la mujer que lloraba desconsolada. Dice san Lucas: «Al verla, el Señor se conmovió». Esta «compasión» es el amor de Dios por el hombre, es la misericordia, o sea la actitud del Sagrado Corazón de Jesús en contacto con la miseria humana, con nuestra indigencia, con nuestro sufrimiento, con nuestra angustia.

El término bíblico «compasión» evoca las entrañas maternas: de hecho, la madre experimenta una reacción exclusivamente suya frente al dolor de los hijos. Y ¿cuál es el fruto de este amor? ¡Es la vida! Jesús dice a la viuda: «¡No llores!», luego llamó al muchacho muerto y lo despertó como de un sueño.

Movidos por el Espíritu Santo dirijamos nuestra mirada hacia el Sagrado Corazón de Jesús bajo su aspecto de Misericordia, y recordemos siempre que la devoción a la Divina Misericordia fluye del Sagrado Corazón. Cuando miramos fijamente al Sagrado Corazón de Jesús, aparece ante nuestros ojos María, la Madre de Jesús y Madre nuestra, señalándonos su Inmaculado Corazón. Un corazón que arde de amor divino y que es modelo del nuestro, un corazón que rodeado de rosas blancas nos muestra su pureza total y que atravesado por una espada nos invita a vivir el sendero del dolor y de la alegría que brota de este amante Corazón de Jesús.

Padre Alfredo.

domingo, 19 de abril de 2020

Al unísono del Corazón de Cristo*...

Para nosotros y para todo el mundo, una persona con corazón es una persona profunda y a la vez cercana; una persona entrañable y comprensiva, una persona capaz de sentir emociones, a la vez que de ir al fondo de las cosas y los acontecimientos, una persona que sabe el valor de la fraternidad, de la amistad, de la solidaridad.

El corazón, a lo largo de la historia, ha simbolizado para la gran mayoría de las culturas el centro de la persona, el lugar en donde el ser vuelve a la unidad y se fusiona la múltiple complejidad de sus facultades, dimensiones, niveles, estratos: lo espiritual y lo material, lo afectivo y lo racional, lo instintivo y lo intelectual. Una persona con corazón no es dominada por el sentimentalismo sino por una coherencia y un equilibrio de madurez que le permita ser objetiva y cordial, lúcida y apasionada, intensiva y racional; la que nunca es fría, sino siempre cordial, nunca ciega, sino siempre realista.

Tener corazón, hoy y siempre, equivale a ser una personalidad integrada, por eso, el corazón es el símbolo de la profundidad y de la hondura. Sólo quien ha llegado a una armonía consciente con el fondo de su ser y con su Creador, consigue alcanzar la unidad y la madurez personales.

Jesús, el Señor, el Maestro, el Esposo fiel, tiene corazón, porque toda su vida es como un fruto maduro y exuberante, un fruto suculento de sabiduría y santidad. Su corazón no es de piedra sino de carne (cf. Ez 11,19). Su vida es un signo del buena mar, del saber amar. Jesús en su corazón, es la profundidad misma del ser humano. En él está la fuerza del espíritu que brota como agua fecunda hasta la vida eterna (cf. Jn 7,37; 19,34).

El culto al Sagrado Corazón de Jesús es la respuesta de cada uno de nosotros al infinito amor de Cristo que quiso quedarse en la Eucaristía para siempre. Que mientras exista uno de nosotros no vuelva a Jesús a sentir soledad o tristeza: «He aquí el Corazón que tanto ha amado y llama al hombre y en respuesta nos recibe sino olvido e ingratitud» (Palabras de Nuestro Señor, el 16 de junio de 1675 mostrándole su Corazón a Santa Margarita María de Alacoque).

Este culto eucarístico es la respuesta de correspondencia nuestra al amor del corazón de Jesús, pues es el eucaristía donde ese corazón palpita de amor por nosotros.

Cierto que en nuestros tiempos, el mundo ha echado al olvido este sentido del corazón, y no sólo del Sagrado Corazón de Jesús, o del Inmaculado Corazón de María, sino de todo lo que ello encierra y con lleva.

No se había visto, por ejemplo, entre otras cosas, ese particular desencanto y desilusión en lo que se refiere a los partidos y candidatos ante las elecciones de diversas naciones. El narcotráfico, y con ello la violencia, se han apoderado de las calles en muchos lugares, provocando una situación de crisis de seguridad que no tiene medida.

La salud del ser humano se ve mermada con plagas y pandemias como la que estamos viviendo del coronavirus COVID-19.

Asimismo, los cambios sociales y políticos, tantas veces anunciados pero no cumplidos, colaboran a generar cansancio, desconfianza, abstencionismo y hastío en los ciudadanos de muchos países que ya no creen en el corazón de sus gobernantes.

El papa Francisco no se cansa de repetir que la crisis financiera y económica que ha golpeado a los países industrializados, los emergentes, y los que están en vías de desarrollo, demuestra que hay que replantearse algunos paradigmas económicos financieros dominantes en los últimos años, y que hay que darse a la tarea de la búsqueda de los valores y reglas, a los que debería atenerse el mundo de hoy para implementar un modelo de desarrollo más atento a las exigencias de la solidaridad y más respetuoso de la dignidad humana.

Necesitamos encontrarnos con el corazón misericordioso de Jesús, necesitamos entrar al corazón manso y humilde del maestro, necesitamos convencernos profundamente de que solamente ese corazón, y aquellos que laten al unísono de él, serán capaces de transformar un entorno, un ambiente, una sociedad.

Me viene ahora a la mente un corazón que latió siempre al unísono del corazón de Cristo. Es el corazón de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, la fundadora de nuestra Familia Inesiana. ¡Cómo recuerdo aquel día en que escuchamos la noticia de que el Papa Benedicto XVI la había declarado «Venerable».

El corazón misionero y sin fronteras de madre Inés, quiso siempre unirse en un desposo Orio espiritual al corazón traspasado de Jesús como para decirnos que no debemos olvidar que la fiesta del sagrado corazón es fiesta que prolonga un encuentro diario con el mundo sediento de Dios que, al mismo tiempo, ha perdido la capacidad de amar.

La figura de la beata madre Inés, nos deja ver claramente un corazón que fue dócil a la acción de Dios, un corazón que, desde que ella era pequeña, fue descubriendo el valor de amar «al estilo divino» como ella decía. El corazón traspasado de Cristo, fue dejando huella en el suyo y una huella imborrable que le hizo latir sólo para él, salvando «almas, muchas almas, infinitas almas», como ella también afirmaba.

En una de sus cartas, la beata madre María Inés escribe: «El corazón de Dios es para los pequeños y miserables que nada pueden, que nada tienen, pero que reconocen alegremente su necesidad, y... todo, ¿lo oyen? todo, lo esperan de su Padre Dios, tan bueno, tan misericordioso, tan cariñoso, y que está dispuesto a dar sus gracias a sus hijos pequeños que confían ciegamente en él y saben que únicamente cuentan con él... para todo. Dios quiera que seamos siempre así. No dejaré de decírselos ni después de muerta. Por eso: Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío» (Cartas Colectivas, f. 3163).

Madre Inés fue depositaria de un secreto. Tuvo acceso al misterio «escondido desde los siglos en Dios» (Ef 3,9). Jesucristo es el salvador de la humanidad, y salvar almas para él en este mundo, debe ser considerado como el acontecimiento decisivo de la historia humana. Esta afirmación central de la fe, la llevó ella en el corazón de su existencia. Fue, de verdad, la luz que iluminó su camino bajo la viva compañía de María de Guadalupe.

Ella comprendió, desde muy joven, que la condición normal del cristiano es la de «estar dispersos» entre los demás hombres y mujeres, sin perder de vista que el evangelio es ante todo una persona, Alguien, un Corazón que late de amor por la humanidad.

Hoy, que la iglesia está un poco por todas partes en estado de misión, cristianos y no cristianos nos encontramos a diario, si no físicamente, por lo menos a través de las extensas e innumerables redes sociales que existen. El Concilio Vaticano II, en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, entre otras cosas, nos recuerda que todos los hombres, de una manera o de otra, pertenecen al pueblo de Dios. Pero entonces, ¿por qué se necesita la misión y cuáles son las tareas que dicha misión requiere?

En verdad, decía la beata María Inés Teresa, la única realidad propia del cristianismo, tiene un nombre: «Jesucristo». En él y sólo en él tienen consistencia los designios divinos de salvación. El Sagrado Corazón nos invita a profundizar en este dato fundamental para ver lo que se deduce de él para la vida cristiana y el contenido del testimonio de la fe. Desde toda la eternidad, Dios tuvo el designio de crear por amor y de llamar a los hombres y mujeres a ser sus hijos. Madre Inés captó que la iniciativa divina de la salvación, que tiene lugar en la creación, es la misma que se manifiesta en Jesús de Nazareth.

El misterio oculto desde todos los siglos ha sido, por fin, revelado. La historia de la salvación comienza verdaderamente en Cristo nuestro Señor y el amor de su corazón debe ser revelado a todas las naciones. El mundo no cambiará, si no es teniendo un corazón que vaya latiendo al mismo ritmo del corazón de Jesús. El cuerpo resucitado de Cristo vivo y presente en el mundo en la Eucaristía, es ya para siempre el «sacramento» primordial del diálogo de amor entre Dios y la humanidad.

El origen de esta dinámica del banco de las almas —como decía la beata María Inés—, en su corazón misionero, fue el espíritu Santo. Sus dones infinitamente variados se encontraron en el corazón de Manuelita de Jesús —su nombre de pila—, la base firme para la edificación del reino, porque ese corazón, se había arraigado en la caridad de Cristo. Es preciso amar como Cristo ha amado Sin que nos detenga ninguna frontera, amar hasta el don total de sí mismo, como hizo ella, hasta el don de la vida.

Con un acceso muy especial a la revelación del misterio oculto en Dios, desde los siglos, la beata María Inés se vio empujada por el dinamismo irresistible de su fe a anunciar a sus hermanos, la buena nueva de la salvación, que de una vez para siempre, nos ganó Jesucristo. San Pablo expresa el objeto de la Buena Nueva con estas palabras: «la incomparable riqueza de Cristo». (cf. Flp 3,8; Col 2,2; Ef 2,7).

Misionar fue, para ella, ofrecer en participación, una riqueza que no se posee, y de la que no tenemos ni la exclusividad, ni el monopolio. El misterio de Cristo, trasciende toda expresión particular. Cualquiera que sea la diversidad y la profundidad, los caminos espirituales de todos los hombres y de todas las culturas, encuentran en él, y sólo en él, su punto de cumplimiento y de convergencia. Por tanto, anunciar a Cristo a todos los que no le conocen y no le aman aún, es estar uno mismo esperando, también, un nuevo descubrimiento de su misterio en el corazón de los hombres y de los pueblos, que se han de convertir a él; es hacer posible el que la acción del espíritu, que está obrando en el mundo pagano, fructifica en la iglesia y adquiera una expresión inédita hasta entonces. Misional, para la madre Inés fue vaciarse decir, hacerse más pobre que nunca, acompañar a las almas en su propio camino, participar en su búsqueda y, en esta participación fraterna, hacer aparecer a Cristo como el único, que puede dar sentido a esta búsqueda y llevarla hasta su meta.

El corazón misionero de la beata María Inés, unido al Corazón Sacratísimo de Jesús y sumergido en el Corazón Inmaculado de María, se hacen invitación a poner manos a la obra, a explotar recursos personales, hacer que la tierra sea cada vez más habitable para el hombre, a dar todo su valor a la riqueza de la creación de Dios en un mundo que se desgarra entre el egoísmo y el placer; entre el consumismo y la ceguera espiritual. Madre Inés viene a gritar la corazón del hombre y de la mujer de hoy, a veces mezquino y triste, que el amor que edifica el Reino es inseparable del amor que hace que progresivamente la humanidad acceda a la verdad definitiva, y que esta verdad no se consigue sino más allá de la muerte, pero se va construyendo en este mundo sobre un terreno en el que sin cesar encontramos a la cizaña mezclada con el buen trigo (Mt 13,24-52). La separación no se hace hsata después de haber pasado por la muerte.

En el Evangelio de san Juan, el evangelista concede gran importancia a la lanzada que siguió a la muerte de Cristo en la cruz: «Llegados a Jesús —los soldados—, le encontraron muerto, y no le rompieron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con su lanza, y al instante salió sangre y agua» (Jn 19,33-34). Para el evangelista, toda la economía sacramental de la iglesia ha brotado, en cierta manera, de Cristo, en el momento de su muerte en la cruz, y se funda ante todo en los sacramentos del bautismo y de la Eucaristía.

Por eso madre Inés llevó a plenitud su bautismo, viviendo las virtudes de grado heroico y por eso puso en el centro de su vida a Jesús eucaristía y tanto el significado del bautismo, como el de la eucaristía, hacen referencia al sacrificio de la Cruz.

No sólo los miembros de la Familia Inesiana, sino toda la Iglesia y la humanidad, estamos agradecidos por el don del corazón misionero de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. Estamos contentos por este regalo de su vida, de su testimonio, de su corazón sin fronteras; pero, más que nada, estamos comprometidos con ella misma porque algo tenemos que ver con ella y su amor a Dios, y ella —como afirma Mons. Juan Esquerda Bifet— no tuvo tiempo de teorizar. La Palabra de Dios poco a poco, seguirá labrando nuestro corazón como hizo con el de ella y el de su amada María Santísima, para que también nosotros, nos convirtamos en compañeros de Cristo en el cumplimiento de los designios de la salvación.

Termino esta reflexión con unas palabras de la beata madre María Inés en las que dice: «No se fíen mucho en sus propias fuerzas y en su propia habilidad. Confíen, sí, inmensamente que Dios estará con ustedes; que el Sagrado Corazón de Jesús será su fuerza, su sostén, en todo cuanto necesiten, en la seguridad que él obrará por ustedes y en ustedes, por el bien de las almas que se les ha confiado. Necesitan amar mucho a las almas, inmolarse por ellas, aceptando y recibiendo con amor, pequeños y grandes sacrificios que la misericordia divina les depare; de lo contrario, todo se vendrá abajo, y ante todo hay que ver por la propia santificación, que redundará en bien de todas las almas que tienen bajo su cuidado. Oración y más oración por ellas. Y el apostolado que se cumpla íntegro y con sumo cuidado, en las horas prescritas, sin perder un minuto de tiempo (Cartas Colectivas, f. 3185).

Padre Alfredo.

* Adpatación de la homilía que pronuncié en la parroquia de San José Obrero el 20 de junio de 2009, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, en la parroquia de San José Obrero, en Monterrey, poco después de cuando la Sierva de Dios fue declarada Venerable.

jueves, 7 de junio de 2018

ORACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN POR NUESTRA PATRIA...


Oh Sagrado Corazón de Jesús:
a Ti encomendamos nuestra Patria.
Sumérgela en el mar de tu misericordia.
Ayúdanos a edificar en ella
tu Reino de amor y de justicia,
de paz y de perdón.
Y a tu amadísima Madre
Santa María de Guadalupe,
nuestra Señora de la reconciliación,
le rogamos
que nos ampare en el hueco de su manto,
en el cruce de sus brazos,
mantenga nuestra nación en concordia,
y nos recuerde que somos todos hermanos.
Amén.

(CEM)

martes, 8 de agosto de 2017

Hombre de poca fe... Un pequeño pensamiento para hoy

La fe en nuestro Señor Jesucristo no puede ser solo una cuestión racional; la fe —lo sabemos de sobra por nuestra experiencia— es también una cuestión del corazón, de un corazón que se adhiere a Cristo. Así lo fueron aprendiendo los Apóstoles (Mt 14,22ss). El que se arriesga a creer y confiar en Cristo con la razón y con el corazón, es sostenido por ese su Sagrado Corazón. Es por eso que decimos: «Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío». Pedro, cuando con el viento en contra, es invitado por Jesús a caminar con Él sobre las aguas, ve que se hunde y le grita: «!Señor, sálvame!» (Mt 14,30). El que cree en Jesucristo debe confiar en Él aún en medio de los problemas y dificultades de cada día y decirle: «Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío».

La Beata María Inés Teresa Arias, en una de sus meditaciones en torno a esto, escribe: «Aunque el alma esté agitada por todos los vientos; aunque la tempestad parezca inundar la débil barquita; aunque el cielo esté encapotado; aunque la furia de la tempestad haga de la pobre barca un juguete, no puede temer, si la fe sigue iluminando su sendero; si la fe es el faro luminoso que la llevará al puerto; si María, la dulce estrella de los mares, la conduce. Entonces, que no tema nada: Dios es débil, ante el poder de una oración confiada». (Estudios y meditaciones). Jesús —dice el Evangelio— extendió la mano, agarró a Pedro que parecía hundirse al no poder caminar sobre las aguas, y le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» (Mt 14, 31).

Muchas veces nuestra vida se parece a esa barca zarandeada por las olas a causa del viento contrario. La «débil barquita» puede ser la vocación, el propio matrimonio, la salud, los negocios… El viento contrario puede ser la incomprensión, la hostilidad, la dificultad para encontrar casa o trabajo, etc. Ante situaciones angustiosas, parece que el corazón«se apachurra». ¡Hay que tener fe y gritar: «Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío», porque nos falta fe, no tenemos la suficiente fe para confiarnos al corazón misericordioso del Señor que no nos dejará hundirnos. En cada tormenta que puede surgir en el agitado mar de nuestro corazón, Dios siempre viene a nosotros y nos rescata. El puede devolvernos la serenidad, la calma. El es capaz de tranquilizar el viento y las olas de nuestra vida, sin olvidar nosotros que, allí a nuestro lado, aunque no veamos, está siempre María su Madre. ¡Feliz y bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 17 de julio de 2017

Breve oración para consagrarse al Sagrado Corazón...


Oh amantísimo Jesús,
como expresión de mi gratitud
y en satisfacción de mis pecados,
yo _____________________________,
te doy mi corazón.
Me consagro enteramente a Ti
y me propongo nunca más ofenderte
o despreciar tu santa gracia. Amén.

viernes, 23 de junio de 2017

The fire of the Sacred Heart of Jesus in our hearts…

I am in bed, convalescent of a small surgery, and after receiving the news that our dearest sister, Dolores Delgado, Poor Clare Missionary Sister, has been called to the house of the Father in Santa Ana, California, Remembering my passing through that beautiful region, flourishing in Vanclarists and other people who collaborate with our sisters, I had the idea of writing a little reflection for our brothers and sisters of our Inesian Family in U.S.A. and the other English speaking countries on this day of the Sacred Heart of Jesus.

On the day of our Baptism, we received the light of Christ and were instructed to keep that torch burning brightly until the return of Jesus Christ. Besides, the Holy Spirit was sent into our hearts at Confirmation to help set us on fire. The old proverb should be applicable to all baptized and confirmed Christians: «He /She who is on fire cannot sit on a chair». Our Lord Jesus continues to cast fire on the earth, the fire of his Sacred Heart, through the ministry of Word and sacraments. As Christians, we should have fire to inflame people to care, to serve, to be supportive, and to bless each other with all the gifts of faith.

Where is our fire? Is our fire, the fire of the Sacred Heart of Christ? We need divine fire to inflame our hearts with the love of Jesus and love for His brethren. We Christians should blaze with the same fire with which Jesus wished his disciples to burn: “I came to cast fire upon earth”… upon each one of us.

Brothers and sisters, yesterday we celebrated the memory of blessed Mother Maria Ines Teresa Arias, a woman that always lived with fire in her heart, the same fire of the Sacred Heart of Jesus. She constantly repeated during her life in this world this phrase: "Jesus meek and humble of heart, make my heart like yours. Blessed Maria Ines was a Mexican woman that founded a Missionary Family that evangelizes around the entire world with the fire of Christ. Her foundation has presence in fourteen countries around the world. Her official picture always shows a woman consecrated to God, who lived joyfully, inflaming with the missionary zeal, to all who came to her.

Around the world, we know that many people wait for home, bread, milk, medicine. Many people in different parts of the world live without electricity and drinking water, but specially, we know that many, many people, live without the fire of Christ in their hearts. Some of this people know who is the Lord, and bow and begged him to listen to their cries, but many others do not know who God is, they do not know Him and cannot love Him. They have not experienced the love of the heart of Christ and they need our fire, that is the same fire of Christ… Remember this paragraph of the Holy Scripture: «I have been crucified with Christ; it is no longer I who live, but Christ lives in me; and the life which I now live in the flesh I live by faith in the Son of God, who loved me and gave Himself for me» (Gal 2:20).

In this day of the Sacerd Heart, Jesus himself comes inside us and ignites us with the fire of his heart, because he wants that we are moving swift like his Mother Mary Immaculate who always saw the needs of others. God bless all brothers and sisters of the Inesian Family, that specially live the charism of Mother Maria Ines. Please, keep being the fire that makes everyone know and love Jesus. «Sacred Heart of Jesus, I place all my trust in you!»

Fr. Alfredo Delgado, M.C.I.U.

martes, 23 de mayo de 2017

Una jaculatoria al Sagrado Corazón...


¡Jesús manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo!
(Indulgencia parcial cada vez que se diga y una indulgencia plenaria al mes si se recita todos los días).

domingo, 14 de mayo de 2017

Novena de la confianza al Sagrado Corazón de Jesús...



Oración para cada día:

Bienaventurados todos los que en Ti confían. ¡Oh Jesús!, a tu Divino Corazón confío (tal alma, tal intención, tal pena...). Mírale, después has lo que tu Corazón disponga. ¡Oh Jesús!, yo cuento contigo, yo me fío de Ti, yo me entrego a Ti, yo pongo mi seguridad en Ti.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Se repite nueve veces la jaculatoria y oración siguiente:

¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío!

Oh dulce Jesús, que has dicho: «Si quieres agradarme, confía en Mi; si quieres agradarme más, confía más; si quieres agradarme inmensamente, confía inmensamente» ayuda a mi confianza. Yo confío inmensamente en Ti. En Ti, Señor, espero, no sea yo confundido eternamente. Amén.

(300 días de indulgencia por cada día de la novena; indulgencia plenaria al rezar la novena completa, para todos los que, confesados y habiendo recibido la Sagrada Comunión, visiten una Iglesia y rueguen por las intenciones del Santo Padre. Indulgencia concedida por la Sagrada Penitenciaría Apostólica el 9/05/1923).