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domingo, 19 de abril de 2020

Al unísono del Corazón de Cristo*...

Para nosotros y para todo el mundo, una persona con corazón es una persona profunda y a la vez cercana; una persona entrañable y comprensiva, una persona capaz de sentir emociones, a la vez que de ir al fondo de las cosas y los acontecimientos, una persona que sabe el valor de la fraternidad, de la amistad, de la solidaridad.

El corazón, a lo largo de la historia, ha simbolizado para la gran mayoría de las culturas el centro de la persona, el lugar en donde el ser vuelve a la unidad y se fusiona la múltiple complejidad de sus facultades, dimensiones, niveles, estratos: lo espiritual y lo material, lo afectivo y lo racional, lo instintivo y lo intelectual. Una persona con corazón no es dominada por el sentimentalismo sino por una coherencia y un equilibrio de madurez que le permita ser objetiva y cordial, lúcida y apasionada, intensiva y racional; la que nunca es fría, sino siempre cordial, nunca ciega, sino siempre realista.

Tener corazón, hoy y siempre, equivale a ser una personalidad integrada, por eso, el corazón es el símbolo de la profundidad y de la hondura. Sólo quien ha llegado a una armonía consciente con el fondo de su ser y con su Creador, consigue alcanzar la unidad y la madurez personales.

Jesús, el Señor, el Maestro, el Esposo fiel, tiene corazón, porque toda su vida es como un fruto maduro y exuberante, un fruto suculento de sabiduría y santidad. Su corazón no es de piedra sino de carne (cf. Ez 11,19). Su vida es un signo del buena mar, del saber amar. Jesús en su corazón, es la profundidad misma del ser humano. En él está la fuerza del espíritu que brota como agua fecunda hasta la vida eterna (cf. Jn 7,37; 19,34).

El culto al Sagrado Corazón de Jesús es la respuesta de cada uno de nosotros al infinito amor de Cristo que quiso quedarse en la Eucaristía para siempre. Que mientras exista uno de nosotros no vuelva a Jesús a sentir soledad o tristeza: «He aquí el Corazón que tanto ha amado y llama al hombre y en respuesta nos recibe sino olvido e ingratitud» (Palabras de Nuestro Señor, el 16 de junio de 1675 mostrándole su Corazón a Santa Margarita María de Alacoque).

Este culto eucarístico es la respuesta de correspondencia nuestra al amor del corazón de Jesús, pues es el eucaristía donde ese corazón palpita de amor por nosotros.

Cierto que en nuestros tiempos, el mundo ha echado al olvido este sentido del corazón, y no sólo del Sagrado Corazón de Jesús, o del Inmaculado Corazón de María, sino de todo lo que ello encierra y con lleva.

No se había visto, por ejemplo, entre otras cosas, ese particular desencanto y desilusión en lo que se refiere a los partidos y candidatos ante las elecciones de diversas naciones. El narcotráfico, y con ello la violencia, se han apoderado de las calles en muchos lugares, provocando una situación de crisis de seguridad que no tiene medida.

La salud del ser humano se ve mermada con plagas y pandemias como la que estamos viviendo del coronavirus COVID-19.

Asimismo, los cambios sociales y políticos, tantas veces anunciados pero no cumplidos, colaboran a generar cansancio, desconfianza, abstencionismo y hastío en los ciudadanos de muchos países que ya no creen en el corazón de sus gobernantes.

El papa Francisco no se cansa de repetir que la crisis financiera y económica que ha golpeado a los países industrializados, los emergentes, y los que están en vías de desarrollo, demuestra que hay que replantearse algunos paradigmas económicos financieros dominantes en los últimos años, y que hay que darse a la tarea de la búsqueda de los valores y reglas, a los que debería atenerse el mundo de hoy para implementar un modelo de desarrollo más atento a las exigencias de la solidaridad y más respetuoso de la dignidad humana.

Necesitamos encontrarnos con el corazón misericordioso de Jesús, necesitamos entrar al corazón manso y humilde del maestro, necesitamos convencernos profundamente de que solamente ese corazón, y aquellos que laten al unísono de él, serán capaces de transformar un entorno, un ambiente, una sociedad.

Me viene ahora a la mente un corazón que latió siempre al unísono del corazón de Cristo. Es el corazón de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, la fundadora de nuestra Familia Inesiana. ¡Cómo recuerdo aquel día en que escuchamos la noticia de que el Papa Benedicto XVI la había declarado «Venerable».

El corazón misionero y sin fronteras de madre Inés, quiso siempre unirse en un desposo Orio espiritual al corazón traspasado de Jesús como para decirnos que no debemos olvidar que la fiesta del sagrado corazón es fiesta que prolonga un encuentro diario con el mundo sediento de Dios que, al mismo tiempo, ha perdido la capacidad de amar.

La figura de la beata madre Inés, nos deja ver claramente un corazón que fue dócil a la acción de Dios, un corazón que, desde que ella era pequeña, fue descubriendo el valor de amar «al estilo divino» como ella decía. El corazón traspasado de Cristo, fue dejando huella en el suyo y una huella imborrable que le hizo latir sólo para él, salvando «almas, muchas almas, infinitas almas», como ella también afirmaba.

En una de sus cartas, la beata madre María Inés escribe: «El corazón de Dios es para los pequeños y miserables que nada pueden, que nada tienen, pero que reconocen alegremente su necesidad, y... todo, ¿lo oyen? todo, lo esperan de su Padre Dios, tan bueno, tan misericordioso, tan cariñoso, y que está dispuesto a dar sus gracias a sus hijos pequeños que confían ciegamente en él y saben que únicamente cuentan con él... para todo. Dios quiera que seamos siempre así. No dejaré de decírselos ni después de muerta. Por eso: Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío» (Cartas Colectivas, f. 3163).

Madre Inés fue depositaria de un secreto. Tuvo acceso al misterio «escondido desde los siglos en Dios» (Ef 3,9). Jesucristo es el salvador de la humanidad, y salvar almas para él en este mundo, debe ser considerado como el acontecimiento decisivo de la historia humana. Esta afirmación central de la fe, la llevó ella en el corazón de su existencia. Fue, de verdad, la luz que iluminó su camino bajo la viva compañía de María de Guadalupe.

Ella comprendió, desde muy joven, que la condición normal del cristiano es la de «estar dispersos» entre los demás hombres y mujeres, sin perder de vista que el evangelio es ante todo una persona, Alguien, un Corazón que late de amor por la humanidad.

Hoy, que la iglesia está un poco por todas partes en estado de misión, cristianos y no cristianos nos encontramos a diario, si no físicamente, por lo menos a través de las extensas e innumerables redes sociales que existen. El Concilio Vaticano II, en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, entre otras cosas, nos recuerda que todos los hombres, de una manera o de otra, pertenecen al pueblo de Dios. Pero entonces, ¿por qué se necesita la misión y cuáles son las tareas que dicha misión requiere?

En verdad, decía la beata María Inés Teresa, la única realidad propia del cristianismo, tiene un nombre: «Jesucristo». En él y sólo en él tienen consistencia los designios divinos de salvación. El Sagrado Corazón nos invita a profundizar en este dato fundamental para ver lo que se deduce de él para la vida cristiana y el contenido del testimonio de la fe. Desde toda la eternidad, Dios tuvo el designio de crear por amor y de llamar a los hombres y mujeres a ser sus hijos. Madre Inés captó que la iniciativa divina de la salvación, que tiene lugar en la creación, es la misma que se manifiesta en Jesús de Nazareth.

El misterio oculto desde todos los siglos ha sido, por fin, revelado. La historia de la salvación comienza verdaderamente en Cristo nuestro Señor y el amor de su corazón debe ser revelado a todas las naciones. El mundo no cambiará, si no es teniendo un corazón que vaya latiendo al mismo ritmo del corazón de Jesús. El cuerpo resucitado de Cristo vivo y presente en el mundo en la Eucaristía, es ya para siempre el «sacramento» primordial del diálogo de amor entre Dios y la humanidad.

El origen de esta dinámica del banco de las almas —como decía la beata María Inés—, en su corazón misionero, fue el espíritu Santo. Sus dones infinitamente variados se encontraron en el corazón de Manuelita de Jesús —su nombre de pila—, la base firme para la edificación del reino, porque ese corazón, se había arraigado en la caridad de Cristo. Es preciso amar como Cristo ha amado Sin que nos detenga ninguna frontera, amar hasta el don total de sí mismo, como hizo ella, hasta el don de la vida.

Con un acceso muy especial a la revelación del misterio oculto en Dios, desde los siglos, la beata María Inés se vio empujada por el dinamismo irresistible de su fe a anunciar a sus hermanos, la buena nueva de la salvación, que de una vez para siempre, nos ganó Jesucristo. San Pablo expresa el objeto de la Buena Nueva con estas palabras: «la incomparable riqueza de Cristo». (cf. Flp 3,8; Col 2,2; Ef 2,7).

Misionar fue, para ella, ofrecer en participación, una riqueza que no se posee, y de la que no tenemos ni la exclusividad, ni el monopolio. El misterio de Cristo, trasciende toda expresión particular. Cualquiera que sea la diversidad y la profundidad, los caminos espirituales de todos los hombres y de todas las culturas, encuentran en él, y sólo en él, su punto de cumplimiento y de convergencia. Por tanto, anunciar a Cristo a todos los que no le conocen y no le aman aún, es estar uno mismo esperando, también, un nuevo descubrimiento de su misterio en el corazón de los hombres y de los pueblos, que se han de convertir a él; es hacer posible el que la acción del espíritu, que está obrando en el mundo pagano, fructifica en la iglesia y adquiera una expresión inédita hasta entonces. Misional, para la madre Inés fue vaciarse decir, hacerse más pobre que nunca, acompañar a las almas en su propio camino, participar en su búsqueda y, en esta participación fraterna, hacer aparecer a Cristo como el único, que puede dar sentido a esta búsqueda y llevarla hasta su meta.

El corazón misionero de la beata María Inés, unido al Corazón Sacratísimo de Jesús y sumergido en el Corazón Inmaculado de María, se hacen invitación a poner manos a la obra, a explotar recursos personales, hacer que la tierra sea cada vez más habitable para el hombre, a dar todo su valor a la riqueza de la creación de Dios en un mundo que se desgarra entre el egoísmo y el placer; entre el consumismo y la ceguera espiritual. Madre Inés viene a gritar la corazón del hombre y de la mujer de hoy, a veces mezquino y triste, que el amor que edifica el Reino es inseparable del amor que hace que progresivamente la humanidad acceda a la verdad definitiva, y que esta verdad no se consigue sino más allá de la muerte, pero se va construyendo en este mundo sobre un terreno en el que sin cesar encontramos a la cizaña mezclada con el buen trigo (Mt 13,24-52). La separación no se hace hsata después de haber pasado por la muerte.

En el Evangelio de san Juan, el evangelista concede gran importancia a la lanzada que siguió a la muerte de Cristo en la cruz: «Llegados a Jesús —los soldados—, le encontraron muerto, y no le rompieron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con su lanza, y al instante salió sangre y agua» (Jn 19,33-34). Para el evangelista, toda la economía sacramental de la iglesia ha brotado, en cierta manera, de Cristo, en el momento de su muerte en la cruz, y se funda ante todo en los sacramentos del bautismo y de la Eucaristía.

Por eso madre Inés llevó a plenitud su bautismo, viviendo las virtudes de grado heroico y por eso puso en el centro de su vida a Jesús eucaristía y tanto el significado del bautismo, como el de la eucaristía, hacen referencia al sacrificio de la Cruz.

No sólo los miembros de la Familia Inesiana, sino toda la Iglesia y la humanidad, estamos agradecidos por el don del corazón misionero de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. Estamos contentos por este regalo de su vida, de su testimonio, de su corazón sin fronteras; pero, más que nada, estamos comprometidos con ella misma porque algo tenemos que ver con ella y su amor a Dios, y ella —como afirma Mons. Juan Esquerda Bifet— no tuvo tiempo de teorizar. La Palabra de Dios poco a poco, seguirá labrando nuestro corazón como hizo con el de ella y el de su amada María Santísima, para que también nosotros, nos convirtamos en compañeros de Cristo en el cumplimiento de los designios de la salvación.

Termino esta reflexión con unas palabras de la beata madre María Inés en las que dice: «No se fíen mucho en sus propias fuerzas y en su propia habilidad. Confíen, sí, inmensamente que Dios estará con ustedes; que el Sagrado Corazón de Jesús será su fuerza, su sostén, en todo cuanto necesiten, en la seguridad que él obrará por ustedes y en ustedes, por el bien de las almas que se les ha confiado. Necesitan amar mucho a las almas, inmolarse por ellas, aceptando y recibiendo con amor, pequeños y grandes sacrificios que la misericordia divina les depare; de lo contrario, todo se vendrá abajo, y ante todo hay que ver por la propia santificación, que redundará en bien de todas las almas que tienen bajo su cuidado. Oración y más oración por ellas. Y el apostolado que se cumpla íntegro y con sumo cuidado, en las horas prescritas, sin perder un minuto de tiempo (Cartas Colectivas, f. 3185).

Padre Alfredo.

* Adpatación de la homilía que pronuncié en la parroquia de San José Obrero el 20 de junio de 2009, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, en la parroquia de San José Obrero, en Monterrey, poco después de cuando la Sierva de Dios fue declarada Venerable.

viernes, 17 de abril de 2020

LAS 7 CARACTERÍSTICAS DEL ESTILO MISIONERO DE JESÚS...

1. La certeza de ser amado, llamado y enviado

El Señor «llamó a los que Él quiso» (Mc 3,13) y de ellos «hizo Doce». Jesús toma la iniciativa y nos invita a ser sus colaboradores. Esta convicción vocacional nos llena de serenidad en los momentos difíciles. No por nuestros méritos sino por designio divino. Al llamarnos confía en nosotros y espera nuestra respuesta generosa. Luego pone en nuestras manos su propio proyecto.


2. Participar de su Vida

Los llamó «para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar con el poder de destruir el mal» (Mc 3,13-14). Una traducción más exacta sería: «para ser uno con Él» (cf. Jn 17,22). Esta es la esencia de la vocación misionera: estar unidos a Jesucristo como las ramas al árbol. La oración y la escucha cotidiana de su Palabra constituyen la fuerza invencible de la misión. Hablar con Él para hablar de Él. De otra forma lo único que haremos será predicarnos a nosotros mismos y lo que construyamos quedará sobre arena. Los sacramentos, en particular la eucaristía y la reconciliación, como ríos de gracia, nutren nuestra conversión y nos asocian al Amor capaz de aniquilar la acción del maligno.


3. Testigos de Fraternidad

Somos enviados como Iglesia, nunca solos: «de dos en dos». Porque el núcleo del anuncio consiste en mostrar que somos hermanos y hermanas en el único Padre-Amor. Por eso el mundo no nos quiere recibir, ya que testimoniamos y proclamamos la fraternidad ante una sociedad que nos asegura lo contrario. Esto es también el fin que anhelamos: «que viendo cómo nos amamos, glorifiquen al Padre que está en el cielo» (cf. Mt 5,16). La experiencia de la fraternidad es lo que más necesita nuestra presente humanidad herida. De dos en dos para aligerarnos con el bálsamo de la amistad y ayudarnos a cargar la cruz, para que el testimonio sea válido conforme a la ley judía, sobretodo para estar ciertos de la presencia del Maestro que nos prometió «ahí donde dos o más se reúnan en mi Nombre, yo estaré en medio de ellos».


4. Abandono en la Providencia

Si llevamos dinero la gente nos pedirá dinero. Si ponemos, de hecho, la prioridad en cosas materiales o en capacidades humanas, entonces seremos dependientes de lo que hemos puesto como base. En cambio Jesús nos pide como única condición misionera «no lleven oro, ni morral, ni doble túnica» (Lc 10,4). En otro texto solamente nos permite «las sandalias y el bastón» (Lc 9,3) como instrumentos del Buen Pastor: para caminar con el pueblo a través del desierto y para golpear la roca de donde brote el agua o para conducirlos hasta la tierra prometida separando las corrientes marinas. Si ponemos nuestra prioridad en la Providencia, la gente descubrirá a Aquel que nos cuida «más que a las flores del campo o a los pájaros del firmamento» (cf. Mt 6,26). No es cuestión de dar sino de darse. Los bienes materiales son buenos en cuanto nos ayudan a este fin. El testimonio de una Iglesia pobre y servidora llega más lejos que cualquier sermón. La pobreza evangeliza es aquella que nos separa de la lógica mundana, ligada al tener y al poseer —pues todo aquello a lo que nos apegamos luego nos posee— y en cambio nos acerca más a Dios y a los más necesitados.


5. Instrumentos de Paz

«Cuando entren en una casa, digan "Shalom"» (cf. Lc 10,5-6). Lo que más necesitan las personas es el Shalom: la paz que nada ni nadie puede dar sino sólo Dios. La paz que devuelve la dignidad al hombre degradado o a la mujer maltratada, que no juzga ni condena, que devuelve la esperanza y que hace llorar de alegría. El Shalom que retuerce la escala de valores del mundo y coloca en primer lugar a nosotros, hijos e hijas de Dios, encontrados y perdonados.


6. Fieles en la Cruz

Jesús es consciente que nos envía «como ovejas en medio de lobos» (Mt 10,16). Al mal no se le vence engordándolo más por la revancha. Al mal se le vence a fuerza de bien. Jesucristo, nuestro Redentor, ha puesto sobre sus espaldas el pecado del mundo y lo ha derrotado para siempre. Él ha roto el círculo vicioso del odio. El veneno de la serpiente ha quedado ineficaz y ella ha sido ridiculizada. Ya nada puede hacernos daño y la aparente debilidad de la oveja se convierte en energía regeneradora. La persecución y el mismo martirio, como signos identificadores de la misión de los discípulos de Jesucristo, son fuente de fecundidad inigualable y de paz imperecedera. La tentación de escapar del sufrimiento, a veces también por medio de falsas religiosidades, viene superada por la confianza absoluta en el Crucificado que nos ama hasta el extremo.


7. Profetas de Esperanza

«No tengan miedo…Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20). Esta certeza ilumina toda la misión. El Amor tiene la última palabra en la historia humana, a pesar de nuestros fracasos, incoherencias, traiciones… Cuando Dios nos elige nos toma en serio y nos es fiel. A nosotros nos corresponde simplemente dejarnos guiar por su luz Entregar nuestros «cinco panes y dos peces» (cf. Mt 14,13-21; Jn 6,9) para que se realice nuevamente el milagro del amor multiplicado. Lo peor que puede suceder a un misionero es perder la esperanza, si ello acontece entonces será urgente volver a las fuentes de la Vida. Nada puede apagar nuestro gozo porque tiene raíces de eternidad. Dios es nuestra Fuerza, aún si ya nuestro cuerpo flaquea. El ideal cristiano seguirá siendo la aventura de lo imposible, porque tenemos como ejemplo a la Madre Santísima de Dios que nunca perdió la esperanza. Ella nos acompaña en nuestro diario caminar hacia la eternidad.

Padre Alfredo.

sábado, 27 de octubre de 2018

«O vas o envías, o ayudas a enviar»... Un pequeño pensamiento para hoy

La plenitud de la humanidad está en Cristo y la Iglesia nos conduce hacia nuestra propia madurez, en la medida en que construyamos la comunión, nos recuerda hoy San Pablo en la Carta a los Efesios (Ef 4,7.11-16). En la Iglesia, como en un cuerpo o en todo organismo, hay conexiones y una unidad. En esta Iglesia, Cristo, cabeza de esta unidad, da a unos el ser apóstoles, a otros, el ser profetas; a otros el ser evangelizadores; a otros el ser pastores y maestros. Así cada miembro de la Iglesia ocupará su lugar en orden a las funciones de su ministerio y para edificación del Cuerpo de Cristo hasta alcanzar la plena unidad. ¡Cada uno tenemos un papel, en esa construcción de la unidad eclesial! ¿Cuál es mi papel? Podríamos preguntarnos hoy. En la armonía y la cohesión que entre todos vayamos logrando, todo el cuerpo de la iglesia prosigue su crecimiento, gracias a las conexiones internas que lo mantengan según la actividad propia de cada miembro. Así el cuerpo se edifica en el amor y servicio mutuos. La Iglesia conduce poco a poco a la humanidad hacia su «madurez», en la medida, precisamente, en que construye la «unidad», la «cohesión», la «comunión». 

Desde el fragmento de la carta que leíamos ayer (Ef 4,1-6) San Pablo exhortaba a la Iglesia a vivir en la unidad, basándose en que uno solo es el Señor, y la fe, y el Bautismo para todos. Pero San Pablo también sabe que esa unidad no significa uniformidad, porque, entre sus miembros hay una diversidad que es, precisamente, lo que en armonía, construye esa unidad. La Iglesia es un cuerpo, un organismo viviente, que está siempre creciendo y madurando, hasta que todos lleguemos a la estatura de Cristo, «el hombre perfecto», hasta que todos alcancemos «la medida de Cristo en su plenitud». A eso va encaminada la existencia de los diversos ministerios que se entrecruzan, según la vocación específica de cada uno en la Iglesia. Estamos casi por concluir el mes de las misiones, y debemos alegrarnos de la riqueza de dones que hay en esta Iglesia que ha de llegar a abrazar al mundo hasta en los últimos rincones, y valorar a la vez su unidad dinámica que hace posible esa tarea de evangelización: «o vas o envías, o ayudas a enviar». Si bien no todos podemos salir a las misión «Ad Gentes», siempre hay algo que, en concreto, podemos hacer a favor de la misión, porque unidos como Iglesia, es nuestra misión: «o vas o envías, o ayudas a enviar». Cuando escuchamos la expresión: «ir a las misiones» debemos pensar en nuestra presencia y en el don de nosotros mismos en tierras de misión, porque la unidad nos invita a ser parte de esta tarea y horizonte evangelizador específico: «o vas o envías, o ayudas a enviar». «Enviar» a la misión es tarea de los obispos ciertamente, que son quienes, en este mecanismo de unidad, realizan este envío. Sin embargo para «enviar» a la misión hacen falta los que van a ser enviados, requiere su formación y preparación en las cuatro áreas ya conocidas de la formación: humana, espiritual, intelectual y pastoral. Pero este envío ha de estar sustentado también por toda una comunidad de fe que, con su esfuerzo y con su aportación, va siempre haciendo que el envío se cristalice y sea posible: «o vas o envías, o ayudas a enviar». 

En el Evangelio de hoy (Lc 13,1-9), Jesús llama a los creyentes que le siguen a que consoliden su fe para que no se conviertan en una higuera estéril, sino que se transformen en un árbol que dé abundantes frutos de solidaridad, justicia e igualdad al mundo entero. Por eso, advierte al pueblo que tiene un breve tiempo —el tiempo de la Iglesia—, en el que Dios espera que la higuera dé los frutos que le corresponden. Terminado el tiempo, Dios decidirá qué hacer con ella. Así, el Pueblo tiene que entender que el tiempo no es indefinido, sino que debe comenzar aquí y ahora a cambiar su manera de pensar y a transformar su manera de actuar. ¡Qué gran lección en un tiempo en el que se ha «flojeado» un poco en la pasión por la misión! Se dice que la mentalidad postmoderna no cree en el dar de la misma manera que en el recibir. Vive en cálculos y aproximaciones que va haciendo a tientas, para vivir sin comprometerse con los demás. Pero la Carta a los Efesios y el Evangelio de hoy, nos centran en la capacidad de amar que debe surgir de la unidad en la Iglesia. Quien ama piensa siempre en el otro, esté cerca o esté lejos, tenga la misma vocación que yo u otra diversa, ejerza un ministerio como el mío u otro diferente, porque el amor de Cristo no se rebaja o se devalúa, sino que alcanza para todos. Hoy sábado, bajo la mirada amorosa de María, la «Reina de las Misiones», yo me quedo con esto que, desde que lo escuché en el año 2010, resuena siempre en mi corazón: «o vas o envías, o ayudas a enviar». ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

lunes, 1 de octubre de 2018

«Santa Teresita, la doctora de la Iglesia que es patrona de las misiones»... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Ya estamos en octubre! Y esta semana seguramente, si Dios nos presta vida, se irá igual de rápido que las anteriores... ¡como agua! Hemos dicho ayer adiós al mes de la Biblia, al mes de la patria y nos adentramos, con la fiesta del día de hoy, recordando a la doctora de la Iglesia, la santita predilecta de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento y de muchas almas más, la extraordinaria santa Teresita del Niño Jesús, en el mes de las misiones, de las que ella es patrona, en el mes del Santo Rosario y en el mes de la fiesta patronal, que, en esta comunidad parroquial que peregrina bajo el cuidado de Nuestra Señora de Fátima, la celebra el día 13, rememorando el día de su última aparición a los santos pastorcitos Jacinta y Francisco y a su prima Lucía, la sierva de Dios que va camino a los altares, que fue la única de ellos tres que llegó a vivir muchos años y cuyo proceso de canonización va muy avanzado. Octubre es también el mes en que se celebra el día de la Raza, en el que nosotros, como creyentes, hemos de dar gracias por la llegada de la fe a nuestro continente, con aquel pequeño grupo de misioneros de diversas órdenes religiosas que, desde el segundo viaje de Cristóbal Colón (1494-1496) a nuestro continente, participaron con tareas que abarcaban dos campos: la evangelización de los nativos y la prestación de servicios religiosos a la población europea que llegaba. Pero hoy es día de Santa Teresita, que, además, es patrona secundaria de la Familia Inesiana junto con San Francisco —que celebraremos el próximo jueves— y Santa Clara, porque así lo dispuso la beata María Inés quien le suplicaba a Dios: «Quiero hacer mías las palabras de tu virgen santa Teresita; “¡En el corazón de mi Madre la Iglesia, yo seré el amor!”» (Ejercicios Espirituales de 1950, f. 886.) 

Algo de lo que más admiro en la santita de Lisieux, a la que le agradezco su asistencia diaria —en especial desde el día en que me ordené— y de quien el doctor al nacer dijo: «¡será misionera!», es que, en medio de los infortunios que se abatían sobre ella por la dura enfermedad de la tuberculosis que la hizo volar al cielo a los escasos 24 años de edad desde su húmeda celda en el monasterio del que nunca salió, mantuvo una entereza y serenidad impresionantes. A pensar en eso me lleva hoy la primera lectura de la Misa, tomada del libro de Job (Job 1,6-22): «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; ésa fue su voluntad: ¡Bendito sea el nombre del Señor!» Job es el prototipo no solo de santa Teresita, sino de todo aquel que abrace, en la condición que sea, la voluntad de Dios. Amante de leer la Escritura, este libro inspirado del Antiguo Testamento que hoy empezamos a leer en la Misa diaria, le inspiraba sobre todo en los últimos momentos de su vida, cuando se entregó con más fuerza al amor divino del que la había llamado a consagrarse por entero a él y decía como Job: «Aunque Dios me matara confiaría siempre en él» (Job 13,15). El libro de Job, la vida de Santa Teresita y la de la beata María Inés, nos dejarán ver en la vida sencilla y ordinaria de cada día el debate de todos los tiempos, un proceso que se da entre Dios; el hostigador Satanás, que busca siempre sembrar la división entre Dios y el hombre diciéndole al Creador: «¡Los hombres te olvidarán!», y al hombre: «¡Dios te ha olvidado!», y Job, Teresita o cualquiera de nosotros que, sin sospecharlo, nos convertimos a la vez en árbitros de este debate y después en vencedores con Dios de la batalla. 

En el Evangelio de hoy (Lc 9,46-50), Jesús, que manifiesta una vez más el conocimiento profundo del corazón del hombre y la mujer de fe, nos lleva a darnos cuenta de lo importante que es «hacerse pequeño» para actuar y decidir, para ofrecer y buscar los bienes del Reino y para servir a los demás llevándolos a Dios. A la «santita» que celebramos hoy, no le llamaban la atención las acciones deslumbrantes, sino el encontrar la verdadera alegría en lo «cotidiano y lo sencillo» de las pequeñas cosas ordinarias y por eso nos deja un «caminito», ese, que los grandes teólogos llaman «el caminito de la infancia espiritual». Nueve años en el Carmelo de Lisieux le bastaron a esta joven santita —Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz— hija de los también santos Luis Martin y Celia Guérin —el primer matrimonio en ser canonizado en una misma ceremonia en la historia de la Iglesia— para observar perfecta y amorosamente las reglas y constituciones de la Orden viviendo con generosidad y entrega heroicas hasta en los más mínimos detalles en la caridad con sus hermanas religiosas. Pobreza delicada y minuciosa. Sonrisa en los labios siempre. Alegría en la recreación. Igualdad de trato con todas y un corazón misionero sin fronteras que la hizo volar espiritualmente hasta los últimos rincones de la tierra para acompañar, hasta el día de hoy, a los misioneros más solos y alejados de la faz de la tierra. El 29 de septiembre, antes de morir, teresita pudo exclamar: «Lo he dicho todo... Todo está cumplido. ¡Sólo cuenta el amor!». El 30 fue para ella una larga agonía. «No me explico cómo puedo sufrir tanto si no fuese por mi ardiente deseo de salvar almas...» «No, yo no me arrepiento de haberme entregado al Amor...». La Virgen de la sonrisa —Nuestra Señora de las Victorias— velaba junto a su hijita. ¡Cuánto y qué delicadamente había ella amado a María! Ahora la miraba con un ansia especial... A las siete y minutos de la tarde vino el postrer grito: «¡Oh..., le amo! ¡Dios mío..., te amo!» Luego un éxtasis maravilloso, celestial que duró poco más de un credo. El último golpe ¡lo daba el Amor! Bendecido lunes y bendecido mes de octubre, rezando, como el Santo Padre lo ha pedido, el Santo Rosario cada día con la oración de «Bajo tu amparo» y la oración a «San Miguel Arcángel». 

Padre Alfredo.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

«Tiempo para orar y evangelizar»... Un pequeño pensamiento para hoy

El Señor es la Palabra llena de autoridad, verdad y fe, que hace verdaderos milagros. El Evangelio nos narra uno muy particular, el de la curación de la suegra de Pedro: «Al salir de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella. Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y esta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirles» (Lc 4,38-39) y luego nos narra de cómo llevaban a Jesús a muchos otros enfermos para ser curados (Lc 4,40).

Me detengo primero en mi reflexión en la casa de la suegra de Pedro. Me parece interesante ver cómo esa fiebre es motivo de preocupación para los demás, hasta el punto de ser ellos quienes piden a Jesús que haga algo por ella. La tradición dice que esa era la casa de Pedro, que suponen algunos, ya era viudo, y que además ese espacio funcionaba como una especie de centro de operaciones de Jesús y sus amigos en aquel entonces. La suegra de Pedro tenía un papel preponderante de servicio a los apóstoles. ¡Qué bonito gesto de velar por ella! ¡Alguien de casa que necesita recobrar la salud! Esa es una invitación a pensar en la sensibilidad que tenemos con los más cercanos, con el mal que sufren «los de casa» que nos prestan los pequeños y grandes servicios de cada día. Ojalá el dolor y el sufrimiento de toda persona sea preocupación de la casa, de la familia, de la comunidad, de la Iglesia y nos sea tan importante que no dudemos en suplicar la acción sanadora de Cristo. Quizá sólo entonces, la sanación de los demás revierta en mayor servicio a la comunidad, como de inmediato hace esta buena mujer, a quien imagino horneando pan para dar de comer a Cristo y los suyos. ¡Me imagino así también a María, la Madre del Señor!, al servicio de su Hijo y de los amigos de su hijo: «Tu Madre y tus hermanos te buscan» (Mc 3,32). Pero veamos algo más, Jesús no solamente cura, sino que cura para que la persona se ponga al servicio de la vida. Si hacemos nuestros los dolores de los demás, ¿cómo no haremos también comunes nuestros talentos, nuestra disponibilidad, nuestro deseo de servicio?

Jesús sigue atendiendo a todos los necesitados de curación, uno a uno sin importar el tiempo que se tenga que invertir en ello, «al meterse el sol, todos los que tenían enfermos se los llevaron» (Lc 4,40). Aquí aparece de inmediato en qué consiste la Buena Nueva de Dios y lo que quiere hacer en la vida de la gente: acoger a los marginados y a los excluidos y reintegrarlos en la convivencia. «Salían también demonios de muchos, gritando y diciendo: “Tú eres el Hijo de Dios”. Pero él les conminaba y no les permitía hablar, porque sabían que él era el Cristo» (Lc 4,41). La gente reconocía en Jesús una presencia toda especial de Dios, pero Él, con su autoridad, no dejaba hablar a los demonios, porque no quería una propaganda fácil por medio del impacto de expulsiones espectaculares. Después, el Señor busca la soledad (Lc 4,42) pero no por ello deja de atender a quienes le andan buscando, porque Él insiste en la misión (Lc 4,43-44. Cristo no se ata a nada ni a nadie y no deja que nada ni nadie le retenga. Jesús sabe que la misión recibida es más grande y no es suya. No le pertenece. Tampoco a nosotros, pero ¡qué difícil a veces servir una y otra vez conservando el anhelo de estar a solas con Dios! Es la vida activa y contemplativa que saben vivir los hombres y las mujeres de Dios, como la beata María Inés Teresa. Jesús sacaba tiempo para poder rezar y estar a solas con el Padre. ¿Yo hago lo mismo para rezar y estar a solas con Dios? Jesús mantenía viva la conciencia de su misión. Como discípulo–misionero que soy, ¿tengo conciencia de alguna misión o vivo sin misión? Estamos a mitad de semana… buen tiempo para seguir sirviendo o empezar a servir sin dejar de orar. ¡Feliz miércoles!

Padre Alfredo.

lunes, 31 de julio de 2017

Aprender de todo y para todo, aprender de Dios, aprender del Papa...

El ser humano, cuando nace, llega a este mundo como el más indefenso de todos los seres vivientes. Muchos de nosotros sabemos que, por ejemplo, un potrillo, cuando nace, casi de inmediato se pone en pie; o hemos visto cómo los pollos rompen por sí solos su cascarón y así, la mayoría de los seres, empiezan a valerse por sí mismos desde muy pequeños. No así el hombre, a quien, cuando nace, hay que enseñarle a todo y de todo. Si algún papá o mamá está leyendo esto, recordarán la experiencia de los primeros días de sus criaturas... ¡El ser humano debe ser enseñado incluso a conocer y a amar a Dios!

¿Cómo van a invocar al Señor —dice san Pablo en la carta a los romanos— si no creen en él? ¿Y cómo van a creer en él —continúa cuestionando el Apóstol— si no han oído hablar de él? ¿Y cómo van a oír hablar de él —dice más adelante— si no hay nadie que lo anuncie? ¿Y como va ha haber quienes lo anuncien —remata san Pablo— si no son enviados? (Rm 10,14-15). Preguntaría yo hoy: ¿Cómo es que nuestro mundo va a creer en Cristo si no hay que enseñe quién es él desde que el ser humano llega a este mundo?

Desde que Jesús resucitó, envió a los Apóstoles a predicar, a enseñar, a dar la Buena Nueva, el Evangelio como anuncio y fuente de gozo y salvación: «Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). Los Apóstoles obedecieron el mandato y se comprometieron a predicar. La Escritura nos dice que arrojaban demonios en nombre del Señor, hablaban en lenguas nuevas, curaban a los enfermos y ponían su confianza en el Señor (cf. Mc 16,17) confirmando así, con los milagros que hacían, que lo hacían todo en nombre de Jesús. Este mandato misionero, de ir y enseñar el Evangelio a todas las gentes, es siempre válido y actual, porque este fragmento evangélico nos deja en claro que la Iglesia es misionera por naturaleza (cf. Ad gentes 1).

Hoy en día, el hombre aprende muchas cosas desde pequeño, además de lo que es esencial. Hay cursos de natación para bebés, y antes de el primer año de vida, ya nadan; se dan clases de todo lo que se pueda imaginar para pequeñitos en los primeros años de su vida. Se estudia para todo y de todo con muchísima facilidad. El hombre ha enseñado al mismo hombre infinidad de cosas que lo han llevado a un sorprendente desarrollo técnico y científico. Desde muy pequeños, muchos saben manejar la computadora, las tabletas y los teléfonos inteligentes, porque hay quien les vaya enseñando. Desde pequeños, muchos aprendimos a tocar algún instrumento, porque hubo quien nos enseñara y por desgracia, desde pequeño también, el ser humano va aprendiendo un sin fin de cosas que no debería aprender: «Dile al cobrador que no estoy», le enseña la mamá al pequeñito, y luego el aprenderá y dirá: «No te doy de mi dulce, porque pica»... ¡La mamá le enseñó a mentir!

La Buena Nueva también es algo que se tiene que enseñar. El niño desde pequeñito le enseñan: «pídale pan a Diosito», luego lo enseñarán a ir al catecismo y, como los papás no van a la Iglesia, no aprenderá más y regresará al templo el día de su boda. Bueno, si es mujer tendrá más suerte, pues irá el día de sus XV años. ¿Cuánto tiempo invierte una persona en aprender asuntos académicos? ¿Cuánto tiempo en cursos de natación, karate, arreglo de flores, costura, tenis o buceo? ¿Cuánto tiempo se necesita para enseñar a alguien a hablar inglés o a tocar el arpa? ¿Cuánto tiempo se invierte en enseñar el Evangelio a los hijos? El niño va uno o dos años al catecismo y basta; se siente titulado en Evangelio y con eso habrá de sobrevivir toda su existencia en el campo de la fe.

Cada bautizado es un misionero, un apóstol, un enviado; cada bautizado está comprometido a enseñar a otros, a dar un gozoso testimonio de la Buena Nueva compartiendo la fe. «La fe se fortalece dándola» decía san Juan Pablo II. ¿No hemos aprendido que contamos con la presencia de Jesús como discípulos-misioneros y con la fuerza del Espíritu Santo para enseñar al que no sabe? ¿Acaso se toma un curso de cómo alimentar a un bebé para que la madre enseñe a su hijo a comer? ¿Se estudia un curso de administración doméstica para poder administrar una casa de familia? Hay capacidades que llegan con la vocación y se desarrollan con la práctica. ¿Por qué para ejercer nuestro ser misionero y enseñar, no somos audaces y no queremos vencer dificultades e indiferencia venciendo los posibles fracasos que se puedan presentar?

Cada vez que estamos frente al Señor, en la Eucaristía o en un  momento de oración a solas, tenemos la ocasión especialísima de pedirle al Señor enamorarnos de enseñar el Evangelio. El Papa Francisco, con su testimonio de vida nos enseña que, enseñar al que no sabe es el primer y mayor servicio que un discípulo-misionero puede prestar a los hombres de nuestro tiempo, maduros en conocimientos técnicos y científicos y pequeños aprendices en el campo de la fe.

«¡Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que trae buenas noticias!» (Is 52,7). La Iglesia es misionera por naturaleza y cada bautizado es un discípulo-misionero. ¿Qué hemos hecho con el mandato misionero, que, ahora la Iglesia, en lugar de crecer, viene a menos? En lugar de enseñar y anunciar la Buena Nueva, quizá haya sido más fácil encerrarnos en nuestro confort y no hemos querido «batallar» dando de nuestra pobreza. La crisis económica se ha convertido en un escudo maravilloso y efectivo para cerrarnos a la caridad y al compartir no solo material, sino espiritual. Ha faltado entender que lo que no hay es dinero; pero sí hay tiempo para compartir y enseñar.

El Papa en varias ocasiones ha cuestionado a los fieles diciendo que una Iglesia en la que sus miembros se atacan unos a otros, una Iglesia en la que se difama en chismes a sus elementos,  una Iglesia que no camina unida, nunca llegará a ser una Iglesia misionera. El Papa Francisco afirma: «La Iglesia no crece por proselitismo sino “por atracción”»; y, en una nota, remite a una homilía de Benedicto XVI: «La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por "atracción": como Cristo "atrae a todos a sí" con la fuerza de su amor, que culminó en el sacrificio de la cruz, así la Iglesia cumple su misión en la medida en que, asociada a Cristo, realiza  su obra conformándose en espíritu y concretamente con la caridad de su Señor» (Benedicto XVI, Homilía, 13-V-2007). Una Iglesia en donde no se diera la vida por Cristo, una iglesia que se convirtiera en pasatiempo o en donde los miembros tuvieran habitualmente cara de funeral, no sería misionera y por lo tanto, no sería nada.

El Papa Francisco nos enseña con su propia vida a anunciar a Cristo con la palabra, con manifestaciones concretas de solidaridad haciendo visible al hombre la misericordia infinita de Dios, con la Iglesia y en la Iglesia en la primera línea de la caridad. El Papa nos enseña que necesitamos cristianos que no se queden encerrados sino que sean conscientes de que forman parte de una Iglesia de puertas abiertas.

Entre la gente de nuestro tiempo, hay grandes misioneros, cuya tarea apostólica no roba la atención de ningún noticiero, periódico o página informativa de Internet, porque ciertamente no podemos resaltar solamente el aspecto negativo de situaciones dolorosas en la Iglesia. Me consta que hay quienes donan su tiempo, ofrecen sus sacrificios, elevan sus oraciones, entregan su enfermedad, su dinero, sus bienes  materiales y se ponen al servicio de la Iglesia misionera.

No hay que dejarnos atemorizar por dudas, dificultades, rechazos y persecuciones que nos impidan ser transmisores de fe y esperanza amando a quienes nos rodean y enseñando al que no sabe confiando que, el manto de María, «Trono de la Sabiduría» cubrirá al mundo entero en donde reinará su Hijo Jesús.

P. Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

sábado, 29 de julio de 2017

Renovarse en el amor... Un pequeño pensamiento para hoy

«El amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (cf. 1 Jn 4,7-16). ¡Cómo deben resonar estas palabras de la Escritura en el corazón de los discípulos-misioneros que anhelamos la instauración del Reino de Dios! Hoy termina la etapa los Ejercicios Espirituales dentro del llamado «Mes Inesiano» que se clausura el lunes. Una experiencia para las misioneras que han venido de diversas partes del mundo a renovar su «Sí» al Señor para hacerlo firme y perpetuo como el de María. «Para vino nuevo odres nuevos» (Mc 2,22) ha sido el lema.

Hoy todo mundo y en todo el mundo se habla del amor. Es una palabra tan frecuente que corre el peligro de devaluarse. El amor es un don de sí, algo que no sólo se puede quedar en palabras, dice san Ignacio en sus Ejercicios Espirituales, sino que se demuestra con las obras, porque es una deci­sión libre. ¡Así amó Dios al mundo! Le dio a su Hijo Único, «para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3, 16). Para el discípulo-misionero, el amor no es otra cosa sino darse, y darse totalmente, hasta el punto de dar la propia vida por sus amigos, como el Maestro (cf. Jn 15, 13). Él nos amó hasta el extremo (Jn 13, 1). 

Dios es amor y todo cuanto ha hecho y sigue haciendo en nuestras vidas, ha sido por amor y para el amor. Un día, intempestivamente nuestra vida terminará en este mundo y empezaremos a vivir en la eternidad donde solamente el amor permanecerá... ¿Por qué no nos decidimos a amar ya, como amó María, como amaron los santos, como nos ama el mismo Dios? Feliz y bendecido sábado.

Padre Alfredo.

lunes, 24 de julio de 2017

Unas vacaciones de verano bien empleadas...


En un mundo globalizado y a la vez, paradójicamente tan dividido, preocupado por tantas y tantas cosas y que vive una especie de ausencia de Dios, es reconfortante saber de misioneros que quieran emplear sus «vacaciones de verano» en llevar a Cristo a quienes no le conocen aún.

«Yo les aseguro —dice Jesús en el Evangelio— que todo aquel que me reconozca abiertamente ante los hombres, lo reconocerá abiertamente el Hijo del hombre ante los ángeles de Dios» (cf. Lc 12,8-12). ¡Qué bien que el Señor nos dice esto en su Palabra! Es la tarea de nuestros Vanclaristas y misioneros voluntarios... ¡Ésta debería ser la vida de cada uno de los bautizados! Reconocer abiertamente en la familia, en el trabajo, en donde sea, que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, el Salvador. Reconocer abiertamente que Dios nos ama y que nuestra respuesta de amor se debe concretizar en un «vivir para el Señor» dando testimonio de vida en todas partes. Por eso es tan importante que seamos conscientes de que, desde nuestro bautismo, hemos recibido la fuerza del Espíritu, a quien podemos pedir su gracia porque está claro que, como dice Jesús en la Escritura: «Él les enseñará en aquel momento lo que tengan que decir» (Lc 12,12).

Cuando la beata María Inés Tersa del Santísimo Sacramento, pensó en la tarea de los seglares en la Iglesia y, sobre todo en Van-Clar, pensó en laicos que se apasionaran por Cristo, que quisieran vivir para Él, que quisieran reconocerlo en todas partes y lo llevaran, ellos mismos, a todas partes. Por la gracia y la acción del Espíritu Santo, los Vanclaristas, los miembros de Familia Eucarística y los voluntarios misioneros de la Familia Inesiana, en su condición de laicos cumplen su misión en medio del mundo caminando como Abraham, nuestro padre en la fe «esperando contra toda esperanza» (Rm 4,18) y creyendo que el plan de Dios, de que todos le conozcan y le amen se cumplirá porque, como dice el salmista (Salmo 104): «El Señor nunca olvida sus promesas».

¡Qué reconfortante es ver a nuestros misioneros laicos llevar la Buena Nueva con audacia a todos los rincones del mundo! San Juan Pablo II, ese misionero incansable que dio la vuelta al mundo varias veces llevando el mensaje de salvación, decía que «todo creyente está llamado a cooperar en la difusión del Evangelio y a vivir el espíritu y los gestos de la misión entregándose con generosidad a los hermanos» (Mensaje para el Domund de 1995). ¿Qué significa la herencia maravillosa de este santo misionero sino una invitación a reconocer a Cristo en todas partes y a llevarlo a donde aún no lo conocen y lo aman?

¡Qué hermoso y comprometedor el lema que Madre Inés dejó a los Vanclaristas: «Vivir para Cristo» y que hermosa también la tarea encomendada a los seglares de la Familia Inesiana: «Dar testimonio de vida cristiana en el lugar en que te encuentres». La beata, que leía, meditaba el Evangelio cada día, sabía que lo que pedía a los laicos era lo que Dios quiere de todo bautizado. Los seglares de la Familia Inesiana: Vanclaristas, miembros de Familia Eucarística, misioneros voluntarios, amigos de Madre Inés, maestros y evangelizadores, etc. no pueden dudar de su vocación misionera, no pueden dudar de que el Señor los ha elegido desde su bautismo de una manera muy especial para llevarlos a todo el mundo. No pueden dudar de que Dios les pide su presencia, su palabra, su sonrisa, su oración, su trabajo, su dolor, su enfermedad... para que el mundo lo conozca y lo ame.

Estoy convencido, con ustedes, de que la tarea no es nada fácil... ¡Que no lo ha sido hasta ahora, que es difícil caminar evangelizando contra toda esperanza (cf. Rm 4,18). Les invito a ir conmigo a unas bodas, las bodas de Caná de las que nos habla el evangelista san Juan: «Hubo unas bodas en Caná de Galilea a las que asistió la Madre de Jesús...» En esa ocasión, Jesús dio principio a sus milagros, manifestó su poder «y sus discípulos creyeron en Él» (cf Jn 2,1.11). La Virgen María, en aquella ocasión, solamente dijo unas cuantas palabras que siguen resonando hoy en corazón de todo discípulo-misionero de Jesucristo: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,25). Sí, esta es la clave del laico discípulo-misionero que vive en medio del mundo. Sí, hay que hacer «lo que Él les diga», dejándose guiar por la fuerza del Espíritu Santo. «Hagan lo que Él les diga» como dijo María y como ella misma siempre lo hizo; así como lo hizo Abraham, así como lo hizo Madre Inés y esto bastará. 

Volviendo a san Juan Pablo II, quiero recordar ahora algo más de lo que Él, en tan bastos mensajes y escritos nos dejó en herencia: «El Espíritu del Señor anima y lleva a su realización todo proyecto misionero»... Hagan, hermanos laicos, lo que el Señor Jesús les diga como personas, como familia, como Iglesia doméstica, como misioneros de todo tiempo y lugar.  hagan lo que Él les diga y no se queden instalados. Hagan lo que Él les diga como estudiantes, como hombres y mujeres de oficina, como obreros, como empresarios, como choferes, como casados, como solteros, como gente de la tercera edad, como adolescentes, como enfermos, como hijos, como hermanos y amigos... Él siempre nos va a decir a todos los bautizados: «Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio» (Mc 16,15).

Gracias a todos nuestros misioneros seglares por enseñarnos a vivir unas vacaciones bien empleadas.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

jueves, 6 de julio de 2017

«LA FUERZA DEL MISIONERO ESTÁ EN SABER VIVIR A LA ESPERA»... Enfermedad, ancianidad y misión X.


¡Cómo agradezco al Señor que me haya concedido esta gracia de compartir esta serie de reflexiones! ¡Cómo agradezco también el regalo de compartir la fe con quienes llevan la cruz de la enfermedad, de la ancianidad u otra clase de debilidad para que esa fe se haga más fuerte y más firme en mi corazón de padre, de hermano, de amigo y en la de cada uno de ustedes! 

En la reflexión anterior hablé de la Eucaristía, que es la Acción de Gracias por excelencia. Es deber nuestro, ser agradecidos. Gracias por su paciencia al leer estas reflexiones. Gracias a quienes me facilitaron el material necesité. Gracias a tanta gente que ora por todos los enfermos, incluido yo por supuesto, en diversas partes del mundo.

Con esta reflexión, más breve que las anteriores, cierro este ciclo de reflexiones en torno a la enfermedad, la ancianidad y la misión que tenemos como bautizados. Ahora, creo yo, después de leer estas reflexiones, nos damos cuenta de que el Señor ilumina nuestro propósito de re-estrenar cada día la vida, con su Palabra, aceite que mantendrá encendido en nuestros corazones el deseo de mantenernos despiertos para esperar al Esposo de nuestras almas, viviendo día a día a la sorpresa de Dios.

Nada es casualidad en este mundo, todo es «dioscidencia» como dice Dennis, una buena amiga y excelente comadre, mamá de un sacerdote que es mi ahijado. ¡Que hermoso nos ha hablado san Pablo en estos días. ÉL ahora nos dice: «Lo que Dios quiere de ustedes es que se santifiquen» (1 Tes 4,3).

Pienso ahora en aquel Evangelio de las Vírgenes Prudentes (Mt 25,1-13). Esas damas de honor de la novia, jóvenes no casadas, vírgenes que esperaban a la entrada de la casa de la novia la llegada del esposo. El evangelista nos dice que eran diez, cinco eran necias, pues no traían aceite suficiente, y cinco eran prudentes, pues fueron previsoras y cautas. Unas y otras se durmieron, pues no sabían cuanto podría durar la espera. Pero, cuando a medianoche se oyó la voz: «Ya llega el esposo» (Mt 25,6), sólo las que habían llevado el aceite de reserva estaban preparadas para salir a su encuentro.

Dios habla al corazón, y nos enseña que no basta haber iniciado el camino que nos lleva a Cristo Esposo: es preciso mantenernos en él. con un alerta continuo, porque la tendencia del que sufre, del que está enfermo, del que experimenta el dolor o la ancianidad, es la de suavizar la entrega que lleva consigo la vocación cristiana específica que vive.

Casi sin darnos cuenta, al menor descuido se introduce en el alma el deseo de hacer compatible el seguir de cerca de Cristo con un ambiente flojo, despreocupado en el campo espiritual. Cuantos cristianos de nuestros tiempos, incluso sanos y gozando de sus plenas facultades, se han volcado al confort y a la comodidad, perdiendo el espíritu de sacrificio; muchos de los consagrados incluso, al iniciar el camino vocacional, están llenos de buen espíritu, pero se cansan pronto, y no llegan despiertos y con aceite suficiente para recibir al Esposo.

¡Qué pena! Si no estamos atentos en la espera, el Señor nos encontrará sin el brillo de las buenas obras, dormidos y con la lámpara apagada, sin aceite de reserva. El aceite que puede mantener nuestras lámparas encendidas es la Palabra de Dios, Palabra que alienta y conforta, Palabra que cuestiona y corrige, Palabra que abre los ojos y el corazón para despertar y contemplar a Jesús. Ese aceite es La Eucaristía, centro de la vida del Cristiano. Ese aceite es el amor a María, la primera en creer. Ese aceite es la oración.

Al concluir estas reflexiones, cada uno habremos de ser muy sinceros con Dios y con sí mismos, para estar abiertos a sus requerimientos, combatiendo toda tentación. Quien le quiera sacar la vuelta al sacrificio, a la abnegación, a la abyección; quien se deje llevar solamente por ansias de satisfacciones personales; quien sucumba ante la tentación de hacer a una lado la cruz, no encontrará las fuerzas necesarias para darse todo a Dios y salvar almas, muchas almas, infinitas almas.

El Señor, al terminar esta serie de reflexiones, nos pide perseverancia y fidelidad en el amor, en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad; porque Él es el Esposo de cada alma. Hay que empezar una nueva vida, sin desánimos, sin desaliento. Cuando el discípulo-misionero pierde la actitud de espera, cede al pecado venial y deja que se enfríe la esperanza de la llegada del Esposo, se queda a oscuras; sin luz para sí mismo y para los demás. Cuando se va dejando a un lado el espíritu de mortificación y se descuida la oración…, la luz se debilita y termina por apagarse. 

No está el gozo de la vocación cristiana en haber comenzado –incluso con mucho fervor– a vivir la fe, sino en perseverar, en recomenzar una y otra vez. El deseo de amar siempre más a Cristo, la lucha contra los defectos y flaquezas recomenzando una y otra vez, mantendrá la lámpara encendida aunque sea tiempo de dormir. El aceite de la vasija, Palabra, Eucaristía, María, oración, etc., no permitirá que se apague el brillo de la vocación de hijos de Dios y hermanos en Cristo, que debe lucir siempre en nuestras vidas, hasta el último momento.

Hay un dicho en latín que dice: «Frater qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma», es decir: «El hermano ayudado por su hermano es tan fuerte como una ciudad amurallada». No olvidemos que los cristianos bautizados somos familia en la fe, una comunidad que atiende a san Pablo que hoy nos dice: «Vivan como conviene, para agradar a Dios» (1 Tes 4,1).

Amemos y protejamos nuestra comunidad eclesial con nuestra ofrenda de la enfermedad, con nuestro testimonio en la ancianidad, con nuestra firmeza en medio de la debilidad. Cada bautizado es muy valioso, cada uno, sano o enfermo, joven o anciano, fuerte o débil, tiene su lamparita, cada uno trae su aceite de reserva. Tal vez los discípulos-misioneros enfermos, ancianos y débiles son quienes traen más aceite, porque ayudan diariamente con su oración a todos los miembros de la Iglesia a mantenerse firmes en la espera; porque el Esposo llegará sin avisar.

Si la comunidad de creyentes vive así, viene también María, la Virgen que iluminando el andar, con la lámpara más potente que todas las que podamos imaginar, nos introducirá en el banquete de bodas, en el Amor sin medida y sin fin, cuando llegue el momento justo. Estemos pues preparados… porque no sabemos ni el día, ni la hora (Mt 25,13).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

ALGO DE BIBLIOGRAFÍA QUE PUEDE SER ÚTIL

Fernando Urbina de la Quintana,
“Misión, Vocaciones para una comunidad Misionera”,
Editorial EDICEP,
Valencia, 1974.

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Editorial Javier Vergara Editor,
México, 1995.

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“Mi Corazón se fue tras Él, Diccionario Doctrinal de M. María Inés Teresa Arias”,
Editorial Atlántida,
Acapulco, 2004.

A.M. Besnard,
“Horizontes para la Tercera Edad”,
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Miguel Rizzo Jr.,
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“En nombre del amor, Juan Pablo II, memoria de un hombre santo”, 
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Stanislaw Dziwisz – Czeslaw Drazek – Renato Buzzonetti – Angelo Comastri,
“Dejadme ir a la Casa del Padre, (La fuerza en la debilidad de Juan Pablo II”,
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lunes, 3 de julio de 2017

«Sister (Sista) Angelina»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo VI.

Hay misioneras incansables en el apostolado, pero hay también misioneras que están al pie del cañón en las tareas ocultas de la vida de nzareth. La hermana Angelina Ávila Herrera, fue una de estas infatigables misioneras de «Nazareth» como decía Madre Inés... Así la recuerdo las pocas veces que la vi en México y las otras tantas que conviví con ella en la misión de Sierra Leona la primera vez que estuve por allá unos cuatro meses.

«Sister (pronuncian sista en África) Angelina», como comúnmente fue conocida luego por todos en la misión, nació en 1939 en La Piedad, Michoacán de donde siempre tenía anécdotas que recordar y que coincidían con las que su prima, también Misionera Clarisa, María Elena Solorio, me compartía. Angelina fue  la mayor de 10 hermanos por lo cual desde pequeña se hizo amante de las tareas de casa en un ambiente familiar. Ella vivía en un pequeño poblado llamado «El Tanque» y ahí llegaron un día las Misioneras Clarisas en promoción vocacional allá por los años 56 -57 y Angelina junto con María Elena, ni tarda ni perezosa pidió permiso a sus papás y se fue junto con su prima con las hermanas promotoras a Cuernavaca, ingresando el 6 de enero de 1957. Angelina siempre contaba con cuánta alegría se encontró con la beata María Inés y como encontró en su rostro, la mirada de una Madre llena de alegría a quien siempre sintió cercana. Allí en convento recibió el nombre de Angelina de Santa Teresita.

Destinada a la Casa de Puebla cinco años  con un intermedio de dos años en la Casa de San Antonio Texas, se fue enamorando más y más de la vida oculta de Nazareth en las tareas de casa que, en toda misión, son del todo necesarias para que el resto del personal, bien alimentado y con lo necesario en casa, pueda desempeñarse en la misión rindiendo el cien por ciento. Desde 1966 fue destinada a Lunsar, en Sierra Leona, misión que amó entrañablemente y que llenó una grandísima parte de su corazón. En 1972, cuando santa Teresa de Calcuta escribió a la beata María Inés pidiendo apoyo para la obra que iniciaba, fue a India con otra extraordinaria misionera —incalsable como ella—, la hermana Graciela Patrón viviendo una experiencia  de trabajo con la Madre Teresa de Calcuta que mucho impresionó a las dos. Angelina guardará siempre el recuerdo de aquellos días en India en medio del dolor y la miseria humana junto a la santa de Calcuta. Estuvo después un año en California, sin que los contrastes entre las dos realidades minaran su amor a la vida de pobreza y abnegación.

Siempre con un carácter firme y viviendo una obediencia alegre, enfrentó los estragos de la guerrilla en su amada misión, de la que salió del 91 al 2003 permaneciendo en las distintas casas de Roma e impulsando a las hermanas a vivir con espíritu misionero la pobreza de cada día en la entrega generosa por los que sufrían los estragos de la guerra. No había día en que Angelina no sacara a la luz algún testimonio o recuerdo de la misión, entre la pobreza y la persecución que la hicieron una profesional en la confianza en la Divina Providencia. La recuerdo en varias ocasiones en aquel periodo en Roma cuando me decía: —¡En cuanto termine la guerra, vayan también ustedes a la misión allá en Sierra Leona! ¡Hay mucha necesidad de sacerdotes! ¡Vayan, no tengan miedo! 

Y el Señor le concedió el regalo de volver. En el año 2004, llena de alegría porque había cesando la guerra partió con la bendición de su superiora general y con quienes le acompañaban en esta aventura que había inciado desde hacía muchos años. Allá volvió a ser la misma Angelina de siempre cocinando y atendiendo las labores de casa con un cariño impresionante para sus hermanas y, años después, para quienes como sacerdotes fuimos llegando a la misión. Se sentía feliz, porque decía que allá siempre estaba completa la Familia Inesiana, pues por con la llegada de los Misioneros de Cristo, se completaba la familia y la misión se extendía en el ministerio de la Palabra, de los sacramentos y de la Eucaristía. Me acuerdo que salía de la despensa de Lunsar con algunas cosas de comida y me decía: —Llévate esto para que se alimenten bien, estás flacucho, y aquí tienes que estar fuerte para servir en la misión. Estuvo un tiempo en nuestra misión de Mange, llenado de alegría el lugar y rodeándose del cariño de nuestra gente que acudía al campamento misionero por ayuda o a realizar algún trabajo. 

Sister (sista) Angelina era un alma misericordiosa en la misión, sobre todo con los pequeñitos que merodeaban la misión y que no tenían padres. Ella daba de comer al hambriento, educaba al ignorante, catequizaba entre las tareas domésticas a quienes le ayudaban y les iba enseñando a trabajar. Alex, uno de aquellos chiquillos, llegó  a ser un experto cocinero, encargado después de la comida de las alumnas y maestros en la escuela de Santa María De Guadalupe en Lunsar. En gratitud a sister Angelina a su hija le puso ese mismo nombre, Angelina, pues realmente la hermana fue una madre para él y para otros niños y pobres que la visitaban mientras permanecía en casa cocinando. 

Esta hermana imparable, no perdía ninguna oportunidad de misionar con toda la gente que le rodeaba. Tenía estos apostolados «escondidos», pero lo heroico de su vida fue el servir siempre a las hermanas de comunidad y a los demás misioneros con el trabajo de casa y sobre todo, la cocina, que bien han de imaginar lo pesada que es esta labor en una misión, sobre todo, porque no se tienen todos los medios y hay que quedarse sola en casa, tratando de echar un vistazo a las demás partes, porque la atención de tantas alumnas, asuntos, voluntarios y compromisos de la misión, requería tiempo y disposición del resto de la comunidad de tiempo completo. En el año de 2009 celebró, en Cuernavaca, sus Bodas de Oro en una ceremonia en la que me tocó acompañarla... ¡Qué regalazo! Ver el testimonio de sencillez y entrega de esta misionera rodeada de quienes compartían con ella el gozo del jubielo de los 50 años de vida consagrada. Llena de gozo me dijo: —Ya nada más que termine esto y me regreso a la misión.

En el año 2015 pasó a la casa de Mile 91, allá mismo en Sierra Leona. Su salud, con los años y el desgaste de una vida de tanta entrega, estaba alterada. Sus superioras pensaron que ahí, donde las hermanas tienen una clínica, la podían atender mejor y así fue. Angelina, a pesar de los años y el cansancio, seguía siendo la persona llena de vida, comunicativa y activa... ¡imparable, diría yo! Estuvo, como siempre, siempre dedicada a los quehaceres de la casa y guisando sabroso, especialmente los pescados y las carnes como antaño y ¡preocupándose por las hermanas y hermanos en la misión. Ya cuidaba y regañaba sus gallinas para tener huevos y carne para la comunidad, ya cultivaba lo que podía en un pequeñito huerto, aunque más de una vez le sacaban buen susto las víboras que venían al gallinero o al pequeño huerto a comerse lo que ella con tanto empeño cuidaba.

De allá, de su amada misión de Sierra Leona, Angelina viajó a México la primera semana de agosto para hacer la visita familiar, pero, estando delicada de salud, nuestras hermanas vieron conveniente que llegara a la Casa de Guadalajara para un chequeo médico. Sus niveles de azúcar y alta presión, venían preocupando a las hermanas y a los médicos de África desde algún tiempo, y la hermana Angelina misma, tenía muchos deseos de estar bien para regresar a trabajar a la misión donde quería morir.

Una vez iniciado el chequeo médico, empezó a sentir dificultad para moverse y caminar. Llegó la fecha del regreso de las hermanas con las que había viajado desde África y no pudo irse, pues necesitaba continuar la atención médica, lo cual le costó inmensamente y lo entregó al Señor como una ofrenda muy especial. Al hacerle más estudios, los médicos descubrieron que había sido atacada por un virus, que, debido a la baja de sus defensas a causa de la diabetes, se desarrolló con mucha fuerza y, aunque se hizo todo lo necesario en especialidades, ya no fue posible salvarla de la parálisis que fue invadiendo rápidamente todo su cuerpo. Todo, cansancio, dolores, estudios y molestias, todo lo ofreció por la misión.

Dios le pidió todo, porque ella todo se lo había prometido desde aquel paso de las Misioneras Clarisas por «El Tanque». Ella había dado ¡un «Sí» incondicional al que le susurraba al oído: «Deja tu casa, deja tu patria y ven tras de mí, sigue mis huellas...» y, en la Casa del Tesoro, en Guadalajara, el 15 de octubre, mientras la Iglesia celebraba a la «andariega» Santa Teresa de Ávila, Angelina fue llamada la Casa del Padre. ¡Descansa en paz sister Angelina y que tu testimonio mueva nuestros corazones para darlo todo, hasta la última gota, haciendo la Voluntad del Padre misericordioso!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 30 de junio de 2017

«Sor Rosario Salazar»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo IV.

Mi primer contacto con sor Rosario Salazar, fue en Roma en 1984, cuando llegué a la Casita (Casa General de las Misioneras Clarisas) para iniciar mi etapa de Noviciado. La hermana Rosario tenía una voz privilegiada que sacaba la voz hasta a las piedras...  La hermana María del Rosario Salazar Hernández fue llamada a la Casa del Padre para celebrar con júbilo gozoso, las nupcias eternas en el año de la misericordia, el 11 de julio de 2016.

Mis recuerdos de la hermana Rosario van en dos etapas en que conviví con ella, primero, como digo, en aquel 1984 en Roma, como maestra de canto que nos llevaba a cantar a las Misas que, en la Basílica de San Pedro, celebraba en aquel entonces San Juan Pablo II, pues nos inscribió como parte del «Coro Guida» (El coro que guía las respuestas de la gente a los cantos del coro de la Capilla Sixtina) y gracias a lo cual participamos en muchas Misas presididas por este Santo Papa. Cantaba con el corazón y con el alma, haciendo vida aquello que decía San Agustín: «El que canta, ora dos veces». Era una maestra muy exigente y, como mujer de carácter fuerte, nos hacía cantar porque nos hacía... Era un gozo escucharla cantar el«Magnificat» con un sentimiento de amor a María que contagiaba. ¡Tengo muchos recuerdos de aquella etapa y cómo le agradecía años más tarde cuando ella ya era más mayor!

Vivió años antes como misionera en Costa Rica y en Irlanda, de donde no se cansaba de contarnos anécdotas misioneras que dejaban ver la entrega y ese carácter firme que la caracterizaba y que se necesita en la misión. Siempre preocupada de la formación, parecía a veces que le ponía a uno un examen a ver cómo andaba en varios aspectos.

Dios, que es siempre un Padre bueno y misericordioso, le dio a la hermana  Rosario, una larga y fructífera vida que supo gastar y desgastar por el Reino de Dios, así que después de tiempo, nos volvimos a encontrar en la Casa Madre durante el proceso de Canonización de Madre Inés y en donde sus aportaciones, para quienes en ese entonces formábamos la Comisión Histórica, fueron valiosísimas. Por un buen tiempo se dio a la tarea de recolectar escritos y testimonios de nuestra beata Madre Fundadora y los fue recopilando en diversos archivos fruto de ese ir escarbando en cuanto rincón había que hablara de Madre Inés. Poniéndose al día en computación, digitalizando mucho y transcribiendo material que, hasta la fecha, ha sido para mí un tesoro que utilizo en Conferencias, Ejercicios Espirituales, artículos para blogs y por supuesto, para mi meditación personal. Ella combinaba todo esto con la dirección de coro, composiciones, revisiones de música y demás.

Sumamente platicadora, la hermana «Chayo» no paraba de hablar cuando se trataba de la vida y obra de Madre Inés, pues descendía siempre a momentos y detalles que hacían una delicia el escucharla allá en la Casa Madre, pues cada momento pasado con la beata, estaba clavado en su corazón como una gracia muy especial de Nuestro Señor. Además, conservo muchos «consejitos» que me dio para vivir el sacerdocio como Dios manda.

Sus últimos días los pasó en la Casa del Tesoro de nuestras hermanas Misioneras Clarisas, en Guadalajara, Jalisco, México. Fueron dos años, en los que la hermana Rosario fue tocada por el Esposo de las almas quien le compartió la cruz de una larga y dolorosa enfermedad que supo acoger y ofrecer con amor por la salvación de las almas, como lo había aprendido de Madre Inés. Cuando yo visité la Casa, como Misionero de la Misericordia antes de que el Año Santo terminara, ella, ya había sido llamada a las nupcias eternas.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.