La salvación de los hombres no funciona con los criterios de este mundo. ¿Se acuerdan que un día escribí algo sobre la lógica de Dios, que es tan diferente de la nuestra? «Mis caminos no son sus caminos» (Is 55). Todo en esta parábola parece ser desconcertante y a la vez original. La justicia estricta, con sus cargas pesadas y absurdas, queda subordinada a la misericordia o la generosidad. El dueño de la viña es generoso con todos, a nadie le ha pagado mal. No hay rebajas, pero hay caridad. Así funciona el Reino, no el mundo, y así se hace justicia de una forma absolutamente distinta a la de cualquier otra institución. El trabajo «de sol a sol» en aquellos tiempos era de doce horas, que se dividían habitualmente de tres en tres. Supongamos que de 6 de la mañana a 6 de la tarde. Los primeros jornaleros fueron contratados a las 6 de la mañana, y los últimos, a las 5 de la tarde, la undécima hora. Es muy posible que aquellos hombres no merecieran ese jornal desde el punto de vista de la justicia simple o productiva, pero desde la bondad de Dios han recibido gratuitamente lo que necesitaban, porque Dios no llega nunca tarde.
Así es el Dios de Jesús, así es el Dios de la salvación. Todos los jornaleros pudieron llevar a sus casas el pan de cada día, unos por justicia y otros por generosidad. Pero eso no acontece más que en el que por encima de la justicia helada de los hombres, se mueve en la misericordia de la salvación, del perdón y de la solidaridad. Hay una pequeña fábula que quiero compartir: «Una vez, un sembrador tenía dos sacos de trigo; uno grande, lleno desde temprano, y otro pequeño, casi vacío, que encontró al caer la tarde. Cuando llegó la noche, puso semilla en los dos campos. El vecino le dijo: “¿Por qué gastas semilla en ese terreno que llegó tarde?” Y el sembrador respondió: “Porque la tierra no tiene la culpa de haber sido encontrada al final del día; si recibe semilla, también puede dar fruto”». Tal vez así mira Dios nuestra vida: no sólo contando las horas trabajadas, sino mirando el hambre que traemos, la esperanza que nos queda y el fruto que todavía podemos dar. Y bueno... tal vez tampoco fue justo que los novios de Caná quedaran bien con un vino que no habían comprado —¡saludaron con sombrero ajeno!—, pero bastó la voz de María que serenamente dijera: «Hagan lo que él les diga». ¡Bendecido domingo!
Padre Alfredo.
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