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domingo, 22 de noviembre de 2020

LETANÍAS A CRISTO REY...

Acerquémonos con profunda reverencia al trono de su Majestad, nuestro divino Rey, Cristo Jesús, y ofrezcámosle el homenaje de nuestra humilde adoración. Adoremos y alabemos a Aquel a quién el eterno Padre dijo: Pídeme y te daré en herencia las naciones en tu reino. (Sal. 2,8)

Veneramos, oh Jesús, tu reino eterno que posees como Hijo de Rey Eterno, igual en todo al Padre en majestad, omnipotencia y gloria. Tuyos son los cielos y tuya es la tierra. Tú creaste al universo y cuanto existe. Todas las cosas fueron hechas por Ti y sin Ti nada se hizo de cuanto se ha creado. El orbe entero es tuyo y tu reinas de mar en mar, hasta los últimos confines de la tierra.

-Señor, ten misericordia de nosotros,

-Cristo, ten misericordia de nosotros,

-Señor, ten misericordia de nosotros,

-Cristo óyenos,

-Cristo escúchanos, Se repite

-Dios, Padre celestial,

-Dios Hijo, Redentor del mundo,

-Dios Espíritu Santo,

-Trinidad santa, un solo Dios, Ten misericordia de nosotros.

-Jesús, Rey, verdadero Dios y verdadero hombre, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de los cielos y de la tierra, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de los ángeles, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de los apóstoles, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de los mártires, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de los confesores, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de los vírgenes, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de todos los santos, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de la santa Iglesia, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de los sacerdotes, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de los reyes, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de las naciones, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de nuestros corazones, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey y esposo de nuestras almas, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey, Salvador y Redentor nuestro, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey, y Dios nuestro, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey y Maestro nuestro, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey y Pontífice nuestro, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey y Juez nuestro, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de gracia y santidad, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de amor y justicia, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de vida y de paz, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de la verdad y de la sabiduría, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey del universo, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de la gloria, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey Altísimo, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey Todopoderoso, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey invencible, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey sapientísimo, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey benevolentísimo, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey pacientísimo, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey flagelado, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey coronado de espinas, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey crucificado, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey gloriosamente resucitado, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey de amor en el Santísimo Sacramento, Ten misericordia de nosotros

-Jesús, Rey nuestro amantísimo, Ten piedad de nosotros. Ten misericordia de nosotros

-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, Perdónanos, Señor.

-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, Escúchanos Señor.

-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, Ten misericordia de nosotros.

Oración. Omnipotente y sempiterno Dios, que en tu amado Hijo, Rey del universo, resolviste renovar todas las cosas, concede benignamente que todos los hombres pecadores se sujeten a su suave yugo y dominio, quien vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 5 de septiembre de 2017

«Como quien tiene autoridad»... Un pequeño pensamiento para hoy

Dice el Evangelio que Jesús asombraba a sus contemporáneos porque «hablaba con autoridad» (Lc 4,36). La experiencia de los años, me ha enseñado que solamente podemos decir que alguien habla con autoridad cuando habla creyéndose a sí mismo lo que dice y viviendo lo que dice. Eso es lo que hace realmente creíble a quien habla «con autoridad». Jesús enseñaba a las gentes con autoridad porque hablaba desde su propia experiencia, de Dios Padre y de la vida. Nosotros, como discípulos–misioneros, hoy estamos llamados a hablar desde nuestra propia experiencia de nuestro encuentro con Jesucristo para poder hablar con autoridad. Jesús habla con autoridad derrotando el mal, lo podemos ver en fragmentos del Evangelio como Lucas 4,31-37, en donde expulsa un demonio. El texto dice que «Jesús lo increpó, diciendo: “Cállate y sal de este hombre”. El demonio salió de él, arrojándolo al suelo en medio de todos, sin hacerle ningún daño» (Mt 4,35). Este milagro del Señor, en el que hace que alguien vuelva a ser él mismo, luego de ser liberado del mal, se continúa repitiendo hoy. No son pocos los que, en este mundo desbocado, han estado poseídos de demonios, han sido esclavizados por el mal, y luego de un encuentro personal con Jesús, se han liberado.

Muchos de nuestros contemporáneos han sido librados del Internet mal utilizado, de la influencia de programas televisivos dañinos, de la publicidad malsana, del afán de tener cosas inútiles, del demonio del consumismo, etc. Jesús ha hablado con autoridad a muchos corazones que han dado un vuelco a su vida pasada y se han re-estrenado en el gozo de vivir para Cristo, pero, ¡no es fácil expulsar este poder que hoy aliena a tanta gente, y devolver las personas a ellas mismas!, se necesita gente que les hable «con autoridad», con esa autoridad que brota de un testimonio de vida coherente y atrayente a la vez. Jesús expulsaba el poder del mal y devolvía las personas a ellas mismas. El hombre endemoniado, que aparece en el relato, no es más que un títere en manos del mal, que no hace nada ni tiene voluntad y acaba aventado por el mismo demonio a la tierra, a los pies de Jesús (Lc 4,35). Es precisamente de allí, de la tierra, de donde Dios ha sacado al hombre (según nos narra el Génesis en el capítulo2), y es de allí de donde sólo Dios puede hacer la nueva creación del hombre nuevo. Aquel hombre seguramente se levantó con una mente y un corazón nuevos. Hoy, mucha gente vive alienada de sí misma y de todo. ¿Cómo devolverlas a ellas mismas? Al hablar con autoridad, Jesús suscitaba admiración entre la gente de su tiempo. Habría que preguntarnos si nosotros, como discípulos–misioneros que buscamos hacer presente a Cristo en el mundo, producimos alguna admiración en la gente de nuestro entorno y qué clase de admiración. Hay que levantar a esos, nuestros hermanos y amigos que han sido arrojados al suelo y, desde ahí, desde esa penosa debilidad en la que han quedado, animarlos a encontrarse con el Señor en su Palabra y en su Eucaristía.

Dios lo puede todo y el bien, el amor y la bondad, triunfan siempre sobre el mal. ¡Qué tremenda la autoridad de Cristo y qué tremenda la capacidad que nos transmite para que nosotros también hablemos con autoridad. Este texto, para el hombre y la mujer de fe, es un texto consolador que alienta y anima para enfrentar al mal con autoridad y levantar a los caídos, por con Cristo todo se puede, sobre todo, vencer al mal con su misma autoridad a fuerza de bien. Me quedo en Cristo y su autoridad... y no puedo ver más que está anclada en el amor del Padre que siempre salva. Si queremos hacer vida este evangelio, debemos partir del convencimiento de que nuestra santidad de vida es la única forma de «hablar con autoridad» para renovar nuestro mundo. El católico debe ser el testimonio viviente de la santidad que se opone y destruye la raíz de todo mal. Sólo María Santísima y el resto de los santos –y así se llamaban en los primeros tiempos todos los cristianos– pueden renovar la sociedad desde la raíz. ¿Por qué? Porque en ellas ya se obró la renovación del Espíritu y pueden hablar... con autoridad. ¡Que tengan un martes lleno de bendiciones!

Padre Alfredo.

lunes, 24 de julio de 2017

«Una señal»... Un pequeño pensamiento para hoy

Los fariseos pedían a Cristo una «señal», un «signo extraordinario» para demostrar que Él era el Mesías. El único «signo» que les dará, dice Cristo, es un Mesías escondido durante tres días en el seno de la tierra/ballena: «Jonás». El signo es, entonces, el misterio de la Pascua: dejarse «derrotar» por la muerte para hacerla estallar desde dentro, porque Jesús es más que Jonás (profeta) y es más que Salomón (rey). En él se cumple toda profecía y se realiza todo reinado. No tenemos que esperar a nadie más.

¿Qué esperamos al iniciar una semana laboral y de estudios más? ¿Qué esperar de Dios hoy que es lunes? ¿Signos, señales... qué? Jesús se queja de que a él no le hacen caso, después de todos los milagros acreditativos de su dignidad mesiánica. Y no le hacen caso «los letrados» porque piensan que es Jesús el que tiene que hacerles caso a ellos. Dios es quien lleva el rumbo de nuestras vidas, cada vez que recitamos el Padrenuestro, que Cristo nos enseñó decimos: «Hágase, Señor tu voluntad»... ese es su «signo» más grande. Jesús no hizo otra cosa en su vida pública que «hacer la voluntad del Padre» predicando la Buena Nueva del Reino.

Por la fe, nosotros confiamos ciegamente en el Señor. Nos equivocamos mil veces, las mismas que, con la sinceridad y transparencia que podemos, solicitamos perdón y volvemos a empezar... Hoy es un buen día para volver a empezar sin pedir «signos» más que el de su amor misericordioso que perdona y salva. ¿Soy de los que desean y piden signos extraordinarios que manifiesten la voluntad de Dios, o procuro verla o, al menos, intuirla, en todo lo que hizo, hace y espero que siga haciendo por mí? ¡Feliz y bendecido lunes!

Padre Alfredo.

viernes, 9 de junio de 2017

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo...

Cada vez, que ya sea solos o en comunidad, pronunciamos las palabras de la Doxología: «Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo», resuena en el interior de nuestro ser, un grito de gratitud inmenso a Dios en sus tres personas, que se nos ha mostrado así de esta manera, en un misterio de amor. San Atanasio, uno de los Santos Padres de la Iglesia, dice en una de sus cartas: «Existe, pues, una Trinidad santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza y su actividad única» (Carta 1 a Serapión, 28-30: PG 26, 594-595. 599).

¿Cómo explicar este misterio a un mundo que casi se puede decir que entiende solamente de realidades terrenas, es decir materiales? ¿Cómo dar a entender este misterio a un mundo que solo quiere creer en lo tangiuble? Esto, en primer lugar, es «un misterio», el misterio de Dios «Uno y Trino» y por eso solo podemos exclamar: «Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo».

¡Qué hermoso testimonio de unidad para nosotros los miembros de la Iglesia que somos familia! ¡Qué grande enseñanza de amor y de solidaridad! Desde que el Padre es padre y el Hijo es hijo, en ese mismo instante, brota el Espíritu Santo, que con ellos existe en unidad desde siempre y para siempre. Cada una de las tres personas divinas con una misión especial que no opaca ni disminuye la de las otras dos. El Padre es amor, el Hijo es gracia y el Espíritu Santo es comunión.

Cada día, en nuestro diario obrar, el único Dios verdadero y todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, hace una fiesta de encuentro con nosotros. Cada día el Padre nos ama y nos da a su Hijo para salvarnos y para que al mismo tiempo nosotros lo amemos también. Cada día infunde su amor en nuestros corazones por medio de su Espíritu Santo, quien tal vez, como lo afirmó el beato Paulo VI, sigue siendo el gran desconocido para muchos.

No podemos sino sentirnos amados por el Padre, alimentados por el Hijo en su Palabra y en su Eucaristía y poseídos por el don del Espíritu. No podemos reconocer cuánto nos ama el Padre en el Hijo, sin esa fuerza que nos viene de lo alto por la acción del Espíritu. No podemos experimentar el gozo de la salvación que nos trae Aquel que ha enviado el Padre si no es por el fuego divino que nos incendia en amor. No podemos cumplir con nuestra tarea de discípulos-misioneros de un Dios que en la Trinidad Santísima se hace Misionero. No podemos ser «familia en la fe», es decir, comunidad, sin el don del Espíritu.

Cada vez que invocamos al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, sellamos un pacto de amor con Dios en el que reavivamos el don recibido en la elección que nos ha hecho en Cristo a ser hijos del Padre Eterno movidos por el Espíritu. ¡Bendito sea el Padre que en un arrebato de amor nos ha llamado a la existencia! ¡Bendito sea el Hijo, que nos ha llamado a ser discípulos─misioneros siguiendo sus huellas! ¡Bendito sea el Espíritu Santo que ha reavivado nuestro diario vivir en perseverancia y fidelidad!

Dice la beata María Inés Teresa: «Que mis obras todas sean un himno de alabanza, de gratitud, de adoración a la Santísima Trinidad" (Ejercicios Espirituales de 1943). Habrá que preguntarnos entonces: ¿Cuáles son mis obras? ¿Qué he dejado de hacer a la Trinidad Santa en mí? ¿Cómo me he dejado conducir por Dios? Que María Santísima, la hija predilecta del Padre, la Madre de Cristo y la esposa fiel del Espíritu Santo, nos ayude a responder como ella.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

jueves, 8 de junio de 2017

Ver al Padre en su Hijo Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote...

La Sagrada Escritura nos refiere que el Señor hablaba a Moisés cara a cara como habla cualquiera con su hermano o con un amigo (Ex 33,11-13). Esa es la forma que Dios tiene para hablarnos a nosotros también: «cara a cara», y nos habla así en su Hijo Jesucristo, cuyo rostro es el reflejo del amor del Padre.

Cada vez que nos acercamos a la Eucaristía, con encontramos con Él así: «cara a cara». En Cristo, el Padre misericordioso nos mira y nos ama. En Cristo, Dios nos lo ha dicho todo. San Juan Pablo II escribió: «En Él, el Padre ha dicho la palabra definitiva sobre el hombre y sobre la historia» (TMA 5). El rostro de Jesús, es una invitación constante a dirigir la mirada hacia el Padre. Lo dice Él mismo: «Felipe, quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). La mirada de Cristo es la del Padre, y por la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas, captamos que Él nos invita a seguirle para hacernos nosotros también reflejo del amor del Padre.

¿Cómo sería ese divino rostro de Jesús que los doce sienten la confianza de hablarle con sencillez y preguntarle, por ejemplo: ¿Nos podrías explicar la parábola de la cizaña sembrada en el campo? (Mt 13,36). Ellos se confiaban en ese rostro al que veían cara a cara, ellos se sentían amados en esa mirada de amigo. Como Moisés estuvo cuarenta días y cuarenta noches en el desierto, Cristo también fue conducido por el Espíritu al desierto (Mt 4,1), a ese lugar especialísimo de encuentro con el Padre. Luego, el mismo Cristo invita a sus amigos más íntimos, a sus apóstoles y a sus discípulos a ir al encuentro del Padre mirándolo a Él «cara a cara».

Los que quieran estar con Él y contemplar en su rostro el rostro del Padre, necesitarán una «sencilla mirada del corazón» ─como decía santa Teresita del Niño Jesús─ que lo haga cercano, cara a cara, enviado del Padre para salvarnos.

Cuando los apóstoles le piden a Jesús que les explique la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13,24-52), Él les dice que el trigo y la cizaña crecen juntos, que el azadón y el abono harán brotar a los dos juntos, y luego se verá la diferencia. El rostro del sembrador, su mirada serena y fija en cada uno de éstos, sabrá distinguir el trigo, que al igual que la cizaña habrá de morir, pero no quemado en el fuego eterno, sino molido, para convertirse en pan y prolongar a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, gracias a la consagración en cada Eucaristía de manos de quienes Él ha dejado como sus sacerdotes para que lo sigamos viendo «cara a cara» y nos muestre el rostro del Padre. El trigo y la cizaña crecen juntos como juntos crecieron Juan, Andrés, Poncio Pilato, Herodes, Zaqueo, la samaritana, María Magdalena, Barrabás y muchos otros a la par de Jesús. El trigo creció y dio fruto y ese fruto permanece (Jn 15,16) hasta hoy. La cizaña, esa, pasó a la historia.

Jesús mira a sus amigos de un modo especial. Con sencillez explica lo que el discípulo le pregunta y necesita saber… ¡no más!, como sucede en el caso en que le preguntan aquello de sentarse «uno a su derecha y otro a su izquierda en el trono del reino» y Él les responde: «Eso le toca a mi Padre decidirlo» (Mt 20,21-22).

En cada Misa que el sacerdote celebra, Dios nos mira y disipa nuestras dudas. Allí nos regala a su Hijo Sumo y Eterno Sacerdote hecho alimento que fortalece, pan amasado en el vientre de María, trigo molido que nos invita a seguirlo y a imitarlo. Pero, el Evangelio nos dice claramente que «vino a los suyos y que no lo recibieron» (Jn 1,11)… Él ahora, cada vez que nos acercamos a comulgar, viene a nosotros con su mirada Eucarística, la misma mirada que dirigió a sus apóstoles en aquella última cena y en todo el tiempo en el que Él «pasó por el mundo haciendo el bien» (Hch 10,38).

Imaginemos al Padre Dios, así como lo vio Moisés, con esa confianza de ver su rostro, y digámosle también nosotros: «Si de veras gozo de tu favor, te suplico, Señor, que vengas con nosotros, aunque seamos un pueblo de cabeza dura. Perdona nuestras maldades y pecados y recíbenos como herencia tuya» (Ex 34,9).

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

CRISTO SUMO Y ETERNO SACERDOTE... Oración

martes, 3 de marzo de 2015

«JESÚS, ESTOY AQUÍ»... Un canto para meditar

Jesús estoy aqui,
Jesús que esperas de mi,
mis manos están vacias,
que puedo ofrecerte,
solo se que quiero ser diferente,
Jesús estoy aqui,
Jesús que esperas de mi,
mis ojos temen al mirarte, 
quisiera poder enfrentarte.

Amar como tu amas,
sentir como tu sientes,
mirar a través de tus ojos
Jesús.

Contigo mi camino es difícil,
me exiges abrir un nuevo horizonte,
en la soledad de mi noche, Jesús,
no, no puedo abandonarte, 
Jesús en mi penetraste,
me habitaste, 
triunfaste y hoy vives en mi.

Amar como tú amas,
sentir como tú sientes,
mirar a través de tus ojos
Jesús.