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martes, 26 de agosto de 2025

LA MISERICORDIA, LOS SALMOS, EL TIEMPO... Un tema de retiro con los salmos.


El mensaje de la misericordia divina atraviesa toda la Sagrada Escritura. El Antiguo Testamento utiliza para la compasión y la misericordia un mismo término: «rehamîm» que significa vísceras. Esta palabra deriva de rehem, que denota el seno materno, por eso puede aludirse con ella a las entrañas de la persona En sentido figurado expresa un sentimiento íntimo, profundo y amoroso que liga a dos personas. El segundo término es «hesed» que es sinónimo al anterior. Asimismo, existen las palabras «sonhanan» que manifiesta mostrar gracia, ser clemente, «hamal» que expresa compadecer, perdonar y, por último «hus» que significa conmoverse, sentir piedad. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, las entrañas de la persona, las vísceras, son tenidas por la sede de los sentimientos. Las entrañas simbolizan la misericordia que brota del corazón. El verbo en griego es «splagchnisomai», que significa literalmente sentir lástima, sentir compasión; es un verbo cargado de misericordia y de  ternura (se le conmueven las entra conmueven las entrañas). 

Más tarde, este vocablo se convirtió en traducción del término propiamente hebreo que ya mencioné: «hesed», o también hen, que ha devenido determinante sobre todo para la caracterización de la misericordia. La misericordia únicamente puede ser entendida tomando también en consideración el concepto bíblico de «corazón» (leb, lebab; kardía) que se relaciona particularmente con las entrañas y por lo mismo con los sentimientos de cercanía, de adhesión, de afectividad. 

En la Biblia, el corazón no designa solo un órgano de importancia vital para el ser humano. Desde un punto de vista antropológico denota el centro de la persona, la sede de los sentimientos y del juicio. La Biblia da un paso más aún y habla teológicamente también del corazón de Dios. Afirma que Dios elige personas a su gusto o según el dictado de su corazón (cf. 1 Sm 13,14; Jr 3,15; Hch 13,22). Habla del corazón divino, que se entristece por el ser humano y sus pecados (cf. Gn 6,6), y dice que Dios pastorea a su pueblo con corazón íntegro (cf. Sal 78,72). 

En el Antiguo Testamento, sobre todo en los salmos, está la prueba que refuta concluyentemente la reiterada afirmación de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios celoso, vengativo e iracundo; antes bien, desde el libro del Éxodo a los Salmos, el Dios del Antiguo Testamento es «clemente y compasivo, paciente y misericordioso» (Sal 145,8; cf. Sal 86,15; 103,8; 116,5). 

El libro de los Salmos, siempre ha suscitado una fuerza de atracción extraordinaria, porque en él se encuentra una amplia gama de sentimientos humanos que se entrecruzan con los sentimientos de Dios: alegría y alabanza, tristeza y angustia, fortaleza y debilidad, victoria y derrota, confianza y desaliento. 

Desde los primeros siglos de la Iglesia, se empezaron a leer los salmos en clave cristológica, considerándolos como la voz del Cristo total, cabeza y cuerpo. El mismo Cristo resucitado, en su aparición a los discípulos, había señalado a los salmos como clave para reconocerlo vivo y operante en la Iglesia: «Estas son las palabras que yo les dije cuando estaba todavía con ustedes: que era necesario que se cumplieran todas las cosas escritas acerca de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos». Entonces les abrió la mente para comprender las Escrituras (Lc 24,44).  

La fascinación por los salmos ha llegado a nuestros días en un tesoro: La Liturgia de las Horas. La misericordia, es una de las características divinas que el libro de los Salmos pone en evidencia. La Iglesia, en el rezo de la Liturgia de las Horas, tiene que alabar con los salmos la inagotable misericordia divina y anunciar a Dios como «Padre compasivo y Padre de todo consuelo» (2 Cor 1,3) que, «rico en misericordia, por el gran amor que nos tuvo, estando nosotros muertos por nuestros pecados nos hizo revivir con el Mesías,  nos resucitó y nos sentó en el cielo.» (Ef 2,4-6). “La misericordia del Señor, llena la tierra” (Sal 32,5). La Iglesia, especialmente a través de los consagrados y de laicos muy comprometidos, ha de narrar la concreta historia del Dios compasivo con los seres humanos, tal como es atestiguada en la Antigua y la Nueva Alianza; y debe presentarla del modo en que Jesús lo hizo en sus parábolas, dando testimonio del Dios que ha revelado definitivamente su misericordia en la muerte y resurrección de Jesús. 

Son muchos los salmos que expresan la misericordia de Dios en todo sentido y en toda dirección. Los salmistas nos hacen ver que toda la creación es fruto del amor de Dios; el universo entero es fruto de su amor. Dios no creo el mundo para Él; lo hizo porque quiso compartir la gloria de su amor misericordioso y las bendiciones del cielo con criaturas semejantes a Él. Lo hizo porque Él es amor. Ya lo decía el Papa Francisco en el título de uno de sus libros: «El nombre de Dios es misericordia». En el libro de los Salmos, y no solamente en el salmo 8 sino en muchos otros, los poetas y cantores nos dicen que no solo creó Dios al mundo, sino que, además, lo mantiene para que nosotros veamos ese amor de Dios en esa naturaleza que se desarrolla; cuando contemplamos una planta, un rosal, un atardecer, un río  y vemos la perfección de la creación aún en los insectos más diminutos, es Dios que nos comunica su amor y su misericordia, manifestándome su grandeza y perfección. 

«Como un olivo frondoso en la Casa de Dios, he puesto para siempre mi confianza en la misericordia del Señor» canta el salmista (Sal. 52, 10). «Porque tu misericordia se eleva hasta el cielo y tu fidelidad hasta las nubes» (Sal. 109, 16). Los salmos reflejan claramente la convicción y la vivencia, por parte del creyente, de la misericordia de Dios. En todos ellos, la misericordia es el hilo conductor. Como muestra podemos ver: el salmo 136, en donde el salmista repite con insistencia: «Su misericordia es eterna»; el 103 (Vg 102=), que habla de la ternura del Padre por sus hijos; el más conocido, el 51 (Vg 50), conocido también como «El Miserere» y por último el 130 (Vg 129) en el que el salmista implora la divina misericordia. 

El salmo 136, no hace teoría de la misericordia de Dios, sino un recorrido de hechos de misericordia por parte de Dios para con su pueblo. El salmista recorre maravillado las manifestaciones concretas de la bondad inconcebible de Dios mientras el pueblo repite a cada estrofa: «porque es eterna su misericordia»: El Creador: “hizo sabiamente los cielos”, “afianzó sobre las aguas la tierra”, “hizo lumbreras gigantes”, “el sol que gobierna el día”, “la luna ”... La liberación de Egipto: “Él hirió a Egipto en su primogénitos”, “Y sacó a Israel de aquel país”, “Con mano poderosa, con brazo extendido”, Él dividió en dos el mar Rojo”, “Y condujo por en medio a Israel”, “Arrojó en él al Faraón”. El Éxodo y todos los episodios hasta asentarse en la tierra promisión y los avatares de su historia: “Guió por el desierto a su pueblo”, “Hirió a reyes famosos, dio muerte a reyes poderosos” “Les dio su tierra en heredad”, “En heredad a Israel su siervo”, “Y nos libró de nuestros opresores”. Acaba el salmista reconociendo que la misericordia de Dios sigue actuando: “Él da alimento a todo viviente” y pide un nuevo agradecimiento “Dad gracias al Dios del cielo/ porque es eterna su misericordia”. 

En razón de la misericordia, todas las vicisitudes del Antiguo Testamento están cargadas de un profundo valor salvífico. La misericordia hace de la historia de Dios con Israel una historia de salvación. Repetir continuamente «eterna es su misericordia», como lo hace el salmo, parece un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para introducirlo todo en el misterio eterno del amor. Es como si se quisiera decir que no solo en la historia, sino por toda la eternidad el hombre estará siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre. No es casual que el pueblo de Israel haya querido integrar este Salmo, el grande hallel como es conocido, en las fiestas litúrgicas más importantes. 

Este fue el último salmo que Jesús cantó en unión de sus Apóstoles. Ningún bautizado puede ignorar que la misericordia de Dios está concentrada en Jesucristo. Antes de la creación Dios dispuso darnos su gracia por medio de Jesucristo. Él es nuestra salvación, nuestra gloria para siempre.   

Antes de la Pasión, el Señor oró con este salmo de la misericordia. Lo atestigua San Mateo cuando dice que «después de haber cantado el himno» (26,30), Jesús con sus discípulos salieron hacia el Monte de los Olivos. Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz. Saber que Jesús mismo hizo oración con este salmo, lo hace para nosotros, consagrados, aún más importante y nos compromete a incorporar este estribillo en nuestra oración de alabanza cotidiana: «Eterna es su misericordia». 

Al repasar en nuestra oración de la Liturgia de las Horas las maravillas de Dios en este salmo, le pedimos ser capaces de descubrir en nuestra vida consagrada y en la de nuestros hermanos su infinita misericordia. 

El salmo 103, nos presenta un pecador perdonado que sube al Templo para ofrecer un «sacrificio de acción de gracias», durante el cual hace un relato del favor recibido. Acompañado de una muchedumbre de amigos, a los que invita a tomar parte de su acción de gracias, hace un himno al amor de Dios, al Dios de la Alianza. En este pecador habla todo Israel que ha sido perdonado con «amor» y con «ternura» exquisita.  

Jesús no hará otra cosa que tomar las palabras de este salmo: «con la ternura de un padre con sus hijos»… «Padre nuestro, perdona nuestras ofensas». Y el resultado de este amor, ¡es el perdón! Se puede percibir en estas líneas la parábola del «Hijo pródigo». Se escuchan ya estas palabras: “Amen a sus enemigos, entonces serán hijos del Dios Altísimo, porque Él es bondadoso con los malos». 

La alegría estalla en este salmo. Al recitarlo, uno debe dejarse llevar por su impulso alegre, que invita a todos los ángeles y a todo el cosmos a corear su acción de gracias. Cuando oramos, todo el universo ora en nosotros. ¡Sí, el hombre es grande, él es el cantor del universo! Y, sin embargo, ¡qué frágil es el hombre! como la hierba que florece por la mañana y se marchita por la tarde. La maravilla de este salmo, y de toda la revelación bíblica, es precisamente esta debilidad del hombre que atrae el amor de Dios: Un amor misericordioso, un amor eterno, desde siempre y para siempre. Amor fuerte, poderoso, todopoderoso… más fuerte que la muerte. Amor que suscita una respuesta libre y alegre. La sumisión que Dios quiere no es la de un esclavo que tiembla, sino la de un hijo que es feliz de haber sido perdonado. 

El más conocido de todos los salmos, junto con el 23 (Vg 22) del Buen Pastor, es sin duda alguna el número 51 (Vg 50), que está dedicado a David. El pecado del rey (2 Sam 11.12), que hizo matar a Urías para tomar a su mujer Betsabé, y el arrepentimiento admirable de David, son el símbolo del “mal” y del “perdón”. El grito de arrepentimiento que se expresa aquí es de gran pureza; este pecador se siente desgraciado únicamente por su pecado, por la ofensa a Dios. El pecado no está abandonado a sus remordimientos, él está “ante alguien” que lo ama. Todo se origina en el amor. Veinte verbos en imperativo se dirigen hacia Dios en esta alabanza. Y cada uno indica que Dios va a obrar en favor del penitente para “borrar”, “lavar”, “absolver”, “purificar”, “renovar”… 

Para hacer comprender la maravilla del perdón de Dios, Jesús “inventó” la parábola del “Hijo pródigo”, y espontáneamente utilizó expresiones de este Salmo 50: “he pecado contra el cielo y contra ti”… Al instituir el Bautismo: “lávame, quedaré más blanco que la nieve”. 

El salmista sabe dónde están las raíces profundas del mal. Él se sentía aplastado por el peso de los determinismos. Consciente del mal que había hecho, el rey David —a quien se atribuye este Salmo— se sentía incapaz de realizar la reparación tan deseada. Por eso pide la intervención de Dios. Descubre que la raíz del pecado, antes que la culpabilidad personal, está en la misma condición humana: “en la culpa nací, pecador me concibió mi madre”… 

El verdadero arrepentimiento es el que agrada a Dios. No es Dios quien gana al reconocer nuestro mal, el pecado es una autodestrucción. Los que salimos ganando somos nosotros cuando, como David, somos perdonados y recibidos con el amor del Padre en comunión. Lo que Dios quiere, dice el salmo, es que tengamos un corazón nuevo, una vida nueva. Por eso, cuando la vida del hombre vuelve a embellecerse, puede estar feliz y cantar en acción de gracias. El sacramento de la Penitencia nos hace redescubrir la alegría del perdón y la celebración festiva de la misericordia de Dios. 

El salmo 130, es uno de los «salmos penitenciales» de la liturgia. La súplica del autor inspirado, está angustiada de pena y humildad. “Desde lo más profundo te invoco, Señor”. El reconocimiento del propio pecado se une a la confiada seguridad de alcanzar el perdón divino. “En el Señor se encuentra la misericordia”. Por tanto, su rehabilitación espiritual sólo depende de la misericordia infinita de su Dios, y así es como él, confiado en su bondad, implora perdón y protección para él y para su pueblo. 

Los sentimientos de profunda humildad contrastan con la ciega esperanza en la misericordia divina. El salmista, lejos de sentirse abandonado de Dios, se apoya en la conciencia de su propia indignidad, para acercarse al Señor, es decir, él no se siente para nada alejado de su Dios, por esa razón toma fuerzas de su debilidad para acercarse confiadamente al que le puede rehabilitar en su vida espiritual. Los atributos y las promesas divinas le dan pie para fundar su esperanza: «Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su Palabra» exclama. 

El salmista se siente desbordado en un abismo de inquietudes y de pesares; por eso, desde lo profundo de su aflicción se dirige a su Dios para que le preste auxilio, rehabilitándolo en su vida de amistad con Él. En realidad, su esperanza está en su misericordia y su prontitud al perdón, pues si no olvida los pecados y los guarda cuidadosamente en su memoria, reteniendo la culpabilidad de los hombres; “¿quién podrá subsistir?”, ¿quién podrá subsistir o mantenerse incólume ante su tribunal? Nadie puede hacer frente a las exigencias de la justicia divina; “Pero en ti se encuentra el perdón, para que seas temido”.  Pero la medida con que trata a sus siervos no es la de la justicia, sino la de la extrema indulgencia; “Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su palabra. Como el centinela espera la aurora, espere Israel al Señor”, invitándoles así a un temor reverencial basado en el agradecimiento del que ha sido perdonado; “Él redimirá a Israel de todos sus pecados” 

Basado en esta indulgencia del Señor, el consagrado, al recitar este salmo, unido a los sentimientos del salmista, espera en Él con impaciencia y ansiedad más que los centinelas por la aparición de la aurora para ser relevados de su puesto de vigilancia; “Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su palabra”. En esta espera ansiosa, el salmista nos representa a todos como colectividad, vejado por pueblos opresores y ansiosos de redención. La serenidad e indulgencia del Señor dan confianza al pueblo elegido para pedir su plena rehabilitación a pesar de sus numerosas iniquidades. 

Teresa de Ávila, la gran mística de la Iglesia, no teme reconocerse pecadora, pone toda su confianza en la misericordia del Señor y reza; “Ay de mí, Creador mío, que si quiero dar disculpa, ninguna tengo! ¡Ni tiene nadie la culpa sino yo! Porque si os pagara algo del amor que me comenzasteis a demostrar, no habría podido yo amar a nadie más que a Vos, y vuestro amor me hubiera librado de todos mis pecados. Mas ya que no lo merecí ni tuve esta dicha, válgame ahora Señor, vuestra misericordia (Vida 4, 4) y más adelante agrega; Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de Dios y se ha regalado mi alma de ver su gran magnificencia y misericordia (Vida 4, 10). “He contado todo esto para que se vea la gran misericordia de Dios y mi ingratitud” (Vida 8, 4). Consideremos —dice la santa— la gran misericordia y paciencia de Dios (VI Moradas 10, 4), ¡Oh, Dios mío, misericordia mía!, ¿qué haré para que no deshaga yo las grandezas que Vos hacéis conmigo? (Exclamaciones 1).,¡Oh, qué grandísima misericordia y qué favor que no podemos nosotros merecer! ¡Y que los mortales olvidemos todo esto! Acordaos Vos, Dios mío, de tantas miserias y mirad nuestra flaqueza, pues de todo sois sabedor (Exclamaciones 7). Sea su nombre bendito que en todo tiempo tiene misericordia con todas sus criaturas (Cta 440, 1)”. 

Casi al final de su vida en este mundo, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribe dirigiéndose a sus hijas Misioneras Clarisas (y en ellas a todos nosotros) un largo párrafo en una carta que me atrevo a compartir ahora: «Y nosotras, ¿cómo somos misericordiosas? ¿Vemos con amor de madre a las almas pecadoras para que, por nuestro sacrificio, nuestra oración, ellas se acerquen a Dios, y tengan la dicha y la paz, de vivir en su gracia? ¿Aprovechamos todas las circunstancias para hablar a quienes se nos acercan, de esta infinita misericordia? El alma misericordiosa se asemeja un tanto a la luz, que la baña con sus rayos; y no se mancha, al contrario, sale de allí más límpida y radiante, porque ha obrado un acto de misericordia, aun cuando aquella alma a la que se ha acercado sea un lodazal de pecados graves. Qué gloria para Jesús el rescatar una alma para él. ¡Le hemos costado tanto! Es la más grande gloria que le podemos dar en la tierra, ya que él dejó su cielo con el fin de rescatar al hombre caído y abrirle las puertas al cielo. Éste es también, como cooperadoras con Cristo, en su plan de salvación. No seamos tacañas, hijas. El tiempo es corto; la eternidad sin fin. Sólo este tiempo tenemos para darle gloria. Que él nos conceda llegar a la muerte pudiendo decir como san Pablo: “He continuado mi carrera, he conservado la fe etc. etc.,  no me resta sino recibir la corona que el justo Juez me ha de dar, etc.” Con qué seguridad, y a la vez audacia, dice esto el apóstol de los gentiles. Nosotras diríamos, si tenemos la certeza de haber cumplido todo lo que él ha querido de nosotras, no me resta más que recibir la corona que su infinita misericordia me tiene preparada desde la eternidad». (Abril 16, 1980).

“Paciente y misericordioso” es el binomio que a menudo aparece en la recitación de los salmos para describir la naturaleza de Dios que la beata capta totalmente. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción. Los salmos, en modo particular, destacan esta grandeza del proceder divino: «Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia» (103,3-4). De una manera aún más explícita, otro salmo testimonia los signos concretos de su misericordia: «Él Señor libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos y levanta al caído; el Señor protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los malvados» (146,7-9). Por último, he aquí otras expresiones del salmista: «El Señor sana los corazones afligidos y les venda sus heridas. […] El Señor sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el polvo» (147,3.6). Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale la pena recordar que, como dijimos al principio de nuestra reflexión, se trata realmente de un amor “visceral” proveniente desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón. Un amor que se entretiene y “pierde el tiempo en mí” que me ha llamado porque con su infinita misericordia me da nueva vida.  

Viene a mi mente, una pequeña historia que ilustra claramente lo que quiero decir con este “pierde el tiempo en mí”: «Un día un caballero de edad avanzaba iba paseando por la playa cuando vio a un chico que se dedicaba a levantar estrellas de mar de la arena, para devolverlas al agua. Al notar que había cientos —o miles— de estrellas de mar por levantar, el señor con educación sonrió mientras se acercaba al entusiasta rescatista: —Oye, muchacho —dijo con tono compasivo. —No pierdas tu tiempo. Hay demasiadas. Jamás podrás marcar una diferencia. El muchacho lo miró, sosteniendo una estrella de mar en la palma de su mano, y de repente la arrojó con fuerza de vuelta al océano: Para esta, ¡sí que marqué una diferencia! —exclamó, y luego siguió con su misión.» 

Es muy probable que en ocasiones sintamos que Dios pierde el tiempo con nosotros, que el poco o mucho esfuerzo que hacemos de nada vale. Oiremos algunas vocecillas que parecen gritar en tono burlón: “Déjalo ya. No podrás cambiar las cosas. ¿Qué diferencia habrá, después de todo?”. Cuando lleguen esas voces de duda, escuchemos a los salmistas y recordemos que no podemos hacerlo todo, pero sí podemos hacer algo. Cada estrella de mar, cuenta. 

Al recitar los salmos, resulta impresendible pensar en María, la Madre de Misericordia que nos acompaña en el camino de paz y del perdón. Decía un anciano sacerdote: «Si encontramos cerrada a cal y canto la puerta del cielo por el castigo que merecen nuestros pecados, la Virgen ayudará a sus devotos a saltar por la ventana». Y concluía con gran énfasis: «Sí, hermanos, ¡la Virgen es la ventana del cielo!» 

Sí, en la vida de todo bautizado que va en busca de la misericordia, resulta imprescindible la presencia de María, de su inmensa ternura maternal; porque el Señor, que conoce el corazón de carne que nos ha dado, nos ha dejado a su Madre para que fuese también nuestra Madre. Por eso la ha formado tan cercana, tan hermosa y tan llena de ternura. Y esta criatura excepcional que es María se ha identificado tanto con la misericordia divina que casi no podemos distinguir ambas.  

María se ha impregnado tanto de la misericordia divina que se ha “misericordializado”. No como una puerta de escape ante la justicia divina sino como una ventana para que Dios extienda sus brazos misericordiosos hacia nosotros. Es la misericordia divina que recala en su corazón y lo rebosa para regar y fecundar la aridez del corazón humano. Y así los discípulos de Jesús e hijos de María vemos su rostro tal como nos lo describe Jan Dobraczy-siski en su libro “Encuentros con la Señora” sobre el santo icono de la virgen de Czestochowa: «Esta cara no tenía la altivez del rostro de Juno, ni la soberbia del de Minerva, ni la sensualidad de Venus. Los dioses romanos tenían rasgos muy humanos, llenos de pasiones... No era así la cara de la Señora; en Ella cada cuál podía encontrar un rasgo querido, amable. Tenía algo más que bondad, algo más que una inmensa paz; un elemento que atraía a quien la miraba y hacía que se recordara siempre con nostalgia». 

CUESTIONARIO. 

·         ¿Qué ha sido en tu vida, la Divina Misericordia? 

·         ¿Hasta cuándo el Señor fue para mí un Dios desconocido? 

·         ¿Cómo entiendes la misericordia de Dios en los salmos? 

·         ¿Encuentras diferencias entre amor y misericordia de Dios? 

·         ¿En qué consisten? 

·         ¿Encuentras alguna relación entre misericordia y perdón? 

·         ¿Hay alguna característica sin la cual no hay misericordia? ¿Cuál? 

·         Entre amor y misericordia de Dios ¿Cuál de las dos la sientes más cercana a ti? 

·         ¿Cómo podemos vivir mejor la misericordia de Dios con ayuda de los salmos? 

Padre Alfredo.

viernes, 6 de junio de 2025

MINISTROS SERVIDORES AL ESTILO DE CRISTO... Un tema especialmente para los ministros en la parroquia.


La palabra «Ministerio» significa servicio, por lo tanto todo ministro en la comunidad eclesial es un servidor. He querido preparar este tema para ayudarnos a todos los que somos ministros, es decir «servidores» a asumir nuestro papel.

Quisiera empezar esta reflexión, con esta lectura del Evangelio de San Juan (Jn 10,11-18):

«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre». 

En la Iglesia el servidor cristiano, el que está al frente de algún grupo o ministerio, no puede ser alguien que se pueda conformar con servir a su manera o con dar el tiempo que le sobra.  El servidor da su vida, como lo vemos en tantos santos y beatos que, como la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento viven sirviendo hasta el último momento. 

El «servidor» es un discípulo–misionero de Cristo, obediente en todo a su Padre dejando actuar al Espíritu Santo con sencillez. Su vida debe ser todo servicio, porque lo único que busca es entregar su existencia para el servicio de Dios y de los demás. El ejerce su compromiso bautismal reinando en el servicio. 

Jesús es el maestro que nos enseña a servir y que nos dice: «Yo no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.» (Juan 5,30b) y «de igual modo ustedes, cuando hayan hecho todo lo que les fue mandado, digan: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer.» (Lucas 17,10). 

El servicio no es esclavitud, porque quien ama y quiere dar la vida es feliz de poder servir. El que ejerce algún ministerio en la Iglesia sirve con alegría. Sirviendo ejercemos nuestra identidad mas profunda. Somos hijos de Dios, imagen de su amor. Al servir ejercemos creativamente todos los dones y habilidades que Dios nos dio. Construimos el reino de amor.  

Jesús vivió 30 años de vida anónima en Nazaret como carpintero. Así nos enseñó que los trabajos de la vida diaria, aun los mas pequeños, hechos con amor esmerado, tienen un valor inmenso en los ojos de Dios. Muchos de estos trabajos son los que el servidor tiene que realizar. Algunas de las Misioneras Clarisas que convivieron con la beata María Inés, la recuerdan sirviendo la comida a los peregrinos en la casa de Garampi, en Roma, como una más de las hermanas, sin que nadie notara que ella era la superiora general. 

Jesús no vino para ser servido sino para servir, Él lavó los pies a sus discípulos, lo cual era un servicio reservado para los esclavos mas humildes o los hijos más pequeños. Si somos sus discípulos debemos imitarle. 

Aprendemos a servir contemplando la vida de Jesús y escuchándolo en la oración. No se trata solo de rezar a nuestra manera sino de escuchar a Dios y hablarle de los que servimos.  

Veamos ahora lo que nos dice el Evangelio de San Juan (Jn 17, 6-10):

 «A los que escogiste del mundo para dármelos, les he hecho saber quién eres. Eran tuyos, y tú me los diste, y han hecho caso de tu palabra. Ahora saben que todo lo que me diste viene de ti; pues les he dado el mensaje que me diste, y ellos lo han aceptado. Se han dado cuenta de que en verdad he venido de ti, y han creído que tú me enviaste. Yo te ruego por ellos; no ruego por los que son del mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. Todo lo que es mío es tuyo, y lo que es tuyo es mío; y mi gloria se hace visible en ellos». 

Hay un fenómeno que se repite constantemente en algunos servidores. Cuando oran suelen hablar demasiado y escuchar poco porque están centrados e inmersos en su propia agenda y quieren que Dios la realice. Entonces el trabajo se convierte en un activismo sin frutos duraderos porque no está guiado por Dios sino por el propio interés. El servicio en la Iglesia no es lucimiento. No, el servicio más bien luce, porque se pone en manos de Dios y Él lo guía.   

San Agustín escribió en sus Confesiones: «Optimo servidor tuyo es el que no atiende tanto a oír de ti lo que él quisiera, cuanto a querer aquello que de tí escuchare.» (Libro 10). 

Marta de Betania quería servir al Señor pero no entendía que primero debía escucharle sentada a sus pies. Por eso a su pregunta, le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.» (Lc 10,41-42). 

El mas grande es el que mas sirve —y el que mas escucha—. Jesús sabía que Él era Dios: «sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía,» (Jn 13,3). Sin embargo sirve haciendo el trabajo mas humilde: «se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó....»  (Jn 13,4).

El servidor no trata de impresionar a nadie sino de servir amando. No se trata de activismo sino de ser dócil a la voluntad de Dios. 

Los Apóstoles camino a Jerusalén todavía no sabían escuchar. Así es el corazón del hombre sin la gracia. Busca puestos importantes. No entiende que todo puesto es solo en función de servicio según la voluntad de Dios. 

Veamos Marcos 10: 32-45:

«Iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo. Tomó otra vez a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: "Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará." Se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: "Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos." Él les dijo: «¿Qué quieren que les conceda?" Ellos le respondieron: "Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda." Jesús les dijo: "No saben lo que piden. ¿Podrán beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?" Ellos le dijeron: "Sí, podemos." Jesús les dijo: "La copa que yo voy a beber, sí la beberán y también serán bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado." Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: "Saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre ustedes, sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor,  y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos".» 

Servir es una forma de ser, antes de convertirse en actividad. El servidor primero aprende a amar. Si ama a su Señor amará también servirle. El servicio desinteresado fluye del corazón que ama. Servimos porque somos servidores no porque hacemos lo que hace un servidor. Tenemos el corazón bien dispuesto por la escucha obediente al Señor. Esto pasa solamente cuando el corazón se asemeja al de Jesús en el amor. Esta es la obra del Espíritu Santo. Es por eso que María Santísima es el mejor ejemplo de servidora. Nadie ama a Jesús como ella. Ella es la mujer del FIAT, «hágase Tu voluntad"».

Leamos ahora Lucas 1,39-56 : 

«A los pocos días María se encaminó presurosa a un pueblo en la región montañosa de Judea. Al llegar, entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Tan pronto como Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre. Entonces Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: —¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el hijo que darás a luz! Pero, ¿cómo es esto, que la madre de mi Señor venga a verme? 44 Te digo que tan pronto como llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de alegría la criatura que llevo en el vientre. 45 ¡Dichosa tú que has creído, porque lo que el Señor te ha dicho se cumplirá!».

El amor y el servicio requieren esfuerzo y disciplina para ejercer dominio de si y usar las energías en obediencia a Cristo. Es vivir como María, que no pensó en ella primero, sino en llevar a Cristo a los demás. 

Solo así crecen las virtudes. Igual que un instrumento roto tiene poco uso, el hombre roto por el pecado sirve poco porque tiene poca virtud. La mala salud no es obstáculo para ser servidor. Jesús pide a cada uno un servicio perfectamente ajustado a su estado de vida y sus capacidades. Un paralítico sirve tremendamente a la Iglesia ofreciendo su vida en oración. Es el pecado el que nos rompe por dentro. La buena noticia es que Jesús vino a "repararnos", para que todos podamos amar y servir. 

 Iluminados por todos estos pasajes del Evangelio, quiero ahora compartirles diez consejos que considero son básicos para todo servidor: 

1. Esfuérzate como discípulo-misionero, por tener a Dios siempre en el primer lugar. Aliméntate siempre de una oración sincera para poder tener un autentico interés en los demás. Nuestra tendencia natural es la de pensar en nosotros mismos y lo que queremos. Si ponemos a Dios en primer lugar, Él nos guía. Recuerda siempre lo que dice la Escritura: «Subió Jesús a una montaña y llamó a los que quiso, los cuales se reunieron con él. Designó a doce, a quienes nombró apóstoles, para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13-14). 

2. Hazte amigo de la Palabra. El amor es incondicional. Si no es incondicional no es amor, sino una manipulación egoísta. Lamentablemente la manipulación entre los llamados líderes es mas común que el verdadero amor. El servidor es un líder, pero un líder enamorado de la Palabra de Dios, recordando siempre que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14) y esa Palabra se llama Jesús.   

3. Confía en el Señor mucho más que en ti mismo. Siempre nos llevará tiempo, a veces bastante tiempo, comprendernos a nosotros mismos y comprendernos unos a otros. Los servidores son generalmente personas muy ocupadas y por eso deben confiar en el Señor y hacer mucha oración, no hay nada que sustituya esos momentos de intimidad con el Señor en donde se crece en la confianza. «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). 

4. Comprométete a seguir aprendiendo siempre. El que está al servicio en un ministerio es alguien que siempre debe estar aprendiendo. Debe escuchar a Dios para poder acompañar, tratando de comprender lo que los demás están pidiendo. A veces Dios habla por medio de los más pequeños. La beata María Inés Teresa decía: «Acuérdense que el Espíritu Santo se puede manifestar en los más pequeños». La persona que ama a Dios es humilde y sabe que tiene mucho que aprender y que no enseña lo suyo, ni habla de lo suyo, sino de lo de Jesús, como hizo Juan el bautista: (Jn 1,29ss). ¡Deja actuar al Espíritu Santo!

5. Se el primero en llegar a servir amando. Amar a nuestro prójimo involucra llenar de manera visible, la promesa de Cristo: «No los dejare huérfanos: vendré a ustedes» (Jn. 14,18). El servidor debe estar siempre disponible. «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré» (Mt 11,28). 

6. Trata siempre a los miembros de tu comunidad como a iguales. El que Dios te haya puesto en un lugar de liderazgo no significa que tú seas «mejor» que otros. Precisamente el servidor que es líder es el que mas necesidad tiene de tener en cuenta las palabras de san Pablo: «Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre ustedes, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.» (Rm 12,3). 

7. Se generoso en el elogio y en el estimulo legítimos a los demás. Las palabras de aliento y de ánimo edifican la estima propias de otros, levantan su autoestima. Sin embargo, las palabras de critica y de desaliento, así como las murmuraciones, matan el entusiasmo y el amor en los demás. Reconoce siempre las gracias, los dones, los carismas que Dios ha dado a cada uno. «Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Mt 12,46-50). 

8. Haz que los miembros de tu comunidad eclesial sean el «numero uno», prefiriéndolos a ellos por encima de ti. Este es otro punto en el cual vemos una clara diferencia entre el servidor como líder que ama y el que quiere ser un poderoso, que manipula a otros. El líder debe ser humilde y pensar en dar el primer lugar a los demás antes que a si mismo. Pero el que quiere ser poderoso busca ser el «number one» él mismo, «ejerciendo su propia influencia» y «ganando por intimidación». María santísima, en las bodas de Caná, es ejemplo de este valioso liderazgo, ella actúa calladamente. «Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo: —Ya no tienen vino.» (Jn 2,3). 

9. Trabaja siempre unido a tu párroco y a los demás servidores, haciendo Iglesia y compartiendo el amor a la Iglesia. Un servidor es un «miembro de la Iglesia» que no realiza su misión en paralelo sino en unidad. «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado». (Jn 17,11ss). «Perseveraban unánimes cada día en el Templo, y partiendo el pan en las casas comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvados» (Hch 2,47). 

10. Por último, se un enamorado de María, la humilde sierva del Señor. El amor a María enseña a todo servidor a amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente y con toda su fuerza y a su prójimo como a sí mismo. (cf. Lc 10,27). María es la «Sierva del Señor» (Lc 1,38). 

Lo que sucedió en la Iglesia primitiva, donde claramente vemos que todo don recibido es para el bien común, ha de seguir aconteciendo en la entrega desinteresada de uno mismo por los demás (1 Co 12:6-7). En el libro de los Hechos, San Lucas incluye relatos de hombres y mujeres que escuchan el evangelio, responden y sirven a sus comunidades eclesiales, siguiendo el ritmo del arrollador movimiento del Evangelio hacia el exterior (Hch 1,8). Muchos de ellos no dirigieron grandes ministerios, no escribieron libros de la Biblia ni predicaron a multitudes. La mayoría permaneció en el anonimato. Dios quiso utilizar a estos ministros, a estos servidores allí donde estaban, con los dones que tenían, para edificar y animar a su Iglesia. 

Dios sigue obrando a través de tales servidores en nuestras comunidades hoy, y todos necesitamos caminar en la unidad, recordando que somos «peregrinos de esperanza»,  y que, como dice la Bula para el jubileo del 2025, citando a la carta a los Romanos «la esperanza no defrauda» (Rm 5,5) y hemos de ser animados y equipados al igual que aquellos que tienen dones más visibles.

Nuestra comunidad eclesial, necesita de todos sus servidores y de todos sus dones (1 Co 12,14-20). Cuando animamos a todos los ministros a usar sus dones para la gloria del Dador, el Espíritu Santo los usa para edificar su Iglesia.

¡No dejen solos a sus párrocos!

 Padre Alfredo.

viernes, 24 de abril de 2020

Servir al estilo de Jesús... Un tema para reflexionar


Empiezo esta reflexión con un texto del Evangelio de San Juan (Jn 10,11-18): «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre.»

En la Iglesia, el servidor cristiano, el que está al frente de algún grupo o ministerio, no puede ser alguien que se pueda conformar con servir a su manera o con dar el tiempo que le sobra.  El servidor da su vida, como vemos en cualquiera de las vidas de los santos, sea cual sea su condición y su vocación específica.

El «servidor» es un discípulo–misionero de Cristo, obediente en todo a su Padre y dejando actuar al Espíritu Santo con sencillez. Su vida debe ser todo servicio, porque lo único que busca es entregar su vida para el servicio de Dios y de los demás. El ejerce su compromiso bautismal reinando en el servicio.

Jesús es el maestro que nos enseña a servir y que nos dice: «Yo no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.» (Jn 5,30b) y «de igual modo ustedes, cuando hayan hecho todo lo que les fue mandado, digan: somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer.» (Lc 17,10).

El servicio no es esclavitud, porque quien ama y quiere dar la vida es feliz de poder servir. El que ejerce algún ministerio en la Iglesia sirve con alegría. Sirviendo ejercemos nuestra identidad más profunda. Somos hijos de Dios, imagen de su amor. Al servir ejercemos creativamente todos los dones y habilidades que Dios nos dio. Construimos el reino de amor.

Jesús vivió 30 años de vida anónima en Nazaret como carpintero. Así nos enseñó que los trabajos de la vida diaria, aun los mas pequeños, hechos con amor esmerado, tienen un valor inmenso en los ojos de Dios. Muchos de estos trabajos son los que el servidor tiene que realizar. 

Me viene a la mente como algunas de las hermanas Misioneras Clarisas que convivieron con la beata María Inés Teresa en la Casa para Peregrinos —Garampi— en Roma, platican de la sencillez con la que la beata, siendo la fundadora y la superiora general de la congregación, servía las mesas en el comedor como una hermana más. Y es que Jesús nos enseña que él no vino para ser servido, sino para servir, Él lavó los pies a sus discípulos, lo cual era un servicio reservado para los esclavos mas humildes o los hijos más pequeños. Si somos sus discípulos debemos imitarle.

Aprendemos a servir contemplando la vida de Jesús y escuchándolo en la oración. No se trata solo de rezar a nuestra manera sino de escuchar a Dios y hablarle de los que servimos. Pienso ahora en el texto evangélico de Juan que dice: «A los que escogiste del mundo para dármelos, les he hecho saber quién eres. Eran tuyos, y tú me los diste, y han hecho caso de tu palabra. Ahora saben que todo lo que me diste viene de ti; pues les he dado el mensaje que me diste, y ellos lo han aceptado. Se han dado cuenta de que en verdad he venido de ti, y han creído que tú me enviaste. Yo te ruego por ellos; no ruego por los que son del mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. Todo lo que es mío es tuyo, y lo que es tuyo es mío; y mi gloria se hace visible en ellos». (Jn 17,6-10).

Hay un fenómeno que se repite constantemente en algunos servidores. Cuando oran, suelen hablar demasiado y escuchar poco, porque están centrados e inmersos en su propia agenda y quieren que Dios la realice. Entonces el trabajo se convierte en un activismo sin frutos duraderos, porque no está guiado por Dios, sino por el propio interés. El servicio en la Iglesia no es lucimiento. No, el servicio más bien luce, porque se pone en manos de Dios y Él lo guía. 

San Agustín escribió en sus Confesiones: «Óptimo servidor tuyo es el que no atiende tanto a oír de ti lo que él quisiera, cuanto a querer aquello que de tí escuchare.» (Libro 10).

Marta la de Betania, la hermana de Lázaro y María, quería servir al Señor pero no entendía que primero debía escucharle sentada a sus pies. Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.» (Lc 10,41-42).

El mas grande es el que mas sirve —y el que mas escucha—. Jesús sabía que Él era Dios: «sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía» (Jn 13,3). Sin embargo sirve haciendo el trabajo mas humilde: «se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó....»  (Jn 13,4).

El servidor no trata de impresionar a nadie sino de servir amando. No se trata de activismo sino de ser dócil a la voluntad de Dios.

Los Apóstoles camino a Jerusalén todavía no sabían escuchar. Así es el corazón del hombre sin la gracia. Busca puestos importantes. No entiende que todo puesto es solo en función de servicio según la voluntad de Dios.

Veamos lo que el Evangelio dice en Marcos 10,32–45: «Iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo. Tomó otra vez a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: "Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará." Se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: "Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos." Él les dijo: "¿Qué queréis que os conceda?" Ellos le respondieron: "Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda." Jesús les dijo: "No saben lo que piden. ¿Pueden beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?" Ellos le dijeron: "Sí, podemos." Jesús les dijo: "La copa que yo voy a beber, sí la beberán y también serán bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado." Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: "Saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre ustedes, sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos".»

Servir es una forma de ser, antes de convertirse en actividad. El servidor primero aprende a amar. Si ama a su Señor amará también servirle. El servicio desinteresado fluye del corazón que ama. Servimos porque somos servidores no porque hacemos lo que hace un servidor. Tenemos el corazón bien dispuesto por la escucha obediente al Señor. Esto pasa solamente cuando el corazón se asemeja al de Jesús en el amor. Esta es la obra del Espíritu Santo. Es por eso que María Santísima es el mejor ejemplo de servidora. Nadie ama a Jesús como ella. Ella es la mujer del Fiat: «Hágase Tu voluntad».

Ahora veamos lo que dice san Lucas 1,39-56: «A los pocos días María se encaminó presurosa a un pueblo en la región montañosa de Judea. Al llegar, entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Tan pronto como Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre. Entonces Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: —¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el hijo que darás a luz! Pero, ¿cómo es esto, que la madre de mi Señor venga a verme? Te digo que tan pronto como llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de alegría la criatura que llevo en el vientre. ¡Dichosa tú que has creído, porque lo que el Señor te ha dicho se cumplirá!»

El amor y el servicio requieren esfuerzo y disciplina para ejercer dominio de sí y usar las energías en obediencia a Cristo. Es vivir como María, que no pensó en ella primero, sino en llevar a Cristo a los demás.

Solo así crecen las virtudes. Igual que un instrumento roto tiene poco uso, el hombre roto por el pecado sirve poco porque tiene poca virtud. La mala salud no es obstáculo para ser servidor. Jesús pide a cada uno un servicio perfectamente ajustado a su estado de vida y sus capacidades. Un paralítico sirve tremendamente a la Iglesia ofreciendo su vida en oración. Es el pecado el que nos rompe por dentro. La buena noticia es que Jesús vino a «repararnos», para que todos podamos amar y servir.

Diez consejos para los servidores:

1. Esfuérzate como discípulo–misionero, por tener a Dios siempre en el primer lugar. Aliméntate siempre de una oración sincera para poder tener un autentico interés en los demás. Nuestra tendencia natural es la de pensar en nosotros mismos y lo que queremos. Si ponemos a Dios en primer lugar, Él nos guía. Recuerda siempre lo que dice la Escritura: «Subió Jesús a una montaña y llamó a los que quiso, los cuales se reunieron con él. Designó a doce, a quienes nombró apóstoles, para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13-14).

2. Hazte amigo de la Palabra. El amor es incondicional. Si no es incondicional no es amor, si no una manipulación egoísta. Lamentablemente la manipulación entre los llamados lideres es más común que el verdadero amor. El servidor es un líder, pero un líder enamorado de la Palabra de Dios, recordando siempre que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14) y esa Palabra se llama Jesús.

3. Confía en el Señor mucho más que en ti mismo. Siempre nos llevará tiempo, a veces bastante tiempo, comprendernos a nosotros mismos y comprendernos unos a otros. Los servidores son generalmente personas muy ocupadas y por eso deben confiar en el Señor y hacer mucha oración, no hay nada que sustituya esos momentos de intimidad con el Señor en donde se crece en la confianza. «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5).

4. Comprométete a seguir aprendiendo siempre. El que está al servicio en un ministerio es alguien que siempre debe estar aprendiendo. Debe escuchar a Dios para poder acompañar, tratando de comprender lo que los demás están pidiendo. A veces Dios habla por medio de los más pequeños. Recuerdo otro hecho el la vida de la beata María Inés Teresa, cuentan las hermanas que la conocieron que siempre solía escuchar a las más pequeñas, no solamente a quienes tenían autoridad por sus años. Así hacía participar a toda la comunidad, tomando el parecer de todos. La persona que ama a Dios es humilde y sabe que tiene mucho que aprender y que no enseña lo suyo, ni habla de lo suyo, sino de lo de Jesús, como hizo Juan el bautista. (cf. Jn 1,29ss).

5. Sé el primero en llegar a servir amando. Amar a nuestro prójimo involucra llenar de manera visible, la promesa de Cristo: «No los dejare huérfanos: vendré a ustedes» (Jn. 14,18). El servidor debe estar siempre disponible. «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré» (Mt 11,28).

6. Trata siempre a los miembros de tu comunidad como a iguales. El que Dios te haya puesto en un lugar de liderazgo no significa que tú seas «mejor» que otros. Precisamente el servidor que es líder es el que mas necesidad tiene de tener en cuenta las palabras de san Pablo: Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno. (Rm 12,3).

7. Sé generoso en el elogio y en el estimulo legítimos a los demás. Las palabras de aliento y de ánimo edifican la estima propias de otros, levantan su autoestima. Sin embargo, las palabras de crítica y de desaliento matan el entusiasmo y el amor en los demás. Reconoce siempre las gracias, los dones, los carismas que Dios ha dado a cada uno. «Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Mt 12,46-50).

8. Haz que los miembros de tu comunidad sean el «numero uno», prefiriéndolos a ellos por encima de ti. Este es otro punto en el cual vemos una clara diferencia entre el servidor como líder que ama y el que quiere ser un poderoso, que manipula a otros. El líder debe ser humilde y pensar en dar el primer lugar a los demás antes que a sí mismo. Pero el que quiere ser poderoso busca ser el «numero uno» él mismo, «ejerciendo su propia influencia» y «ganando por intimidación». María, en las bodas de Caná, es ejemplo de este valioso liderazgo, ella actúa calladamente. «Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo: —Ya no tienen vino. (Jn 2,3).

9.- Trabaja siempre unido a tu párroco y a los demás servidores, haciendo Iglesia y compartiendo el amor a la Iglesia. Un servidor es un «miembro de la Iglesia» que no realiza su misión en paralelo sino en unidad. «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado». (Jn 17,11ss). «Perseveraban unánimes cada día en el Templo, y partiendo el pan en las casas comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvados» (Hch 2,47).

10. Se un enamorado de María, la Sierva del Señor. El amor a María enseña al servidor a amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente y con toda su fuerza y a su prójimo como a sí mismo. (Lc 10,27). María es la «Sierva del Señor» (Lc 1,38).

Padre Alfredo.

martes, 9 de abril de 2019

«EL SERVICIO COMO FUENTE DE SANTIFICACIÓN»... Tema para retiro


Esta es la tercera conferencia de una serie de tres:
(Haz click al tema que quieras ser direccionado)

1. UNA IGLESIA UNIDA Y DE PUERTAS ABIERTAS AL SERVICIO DEL PUEBLO DE DIOS.
2. ALEGRARSE EN EL SEÑOR.
3. EL SERVICIO COMO FUENTE DE SANTIFICACIÓN.

«EL SERVICIO COMO FUENTE DE SANTIFICACIÓN»

Nuestra investidura de cristianos no debe ser nunca un motivo de alimentar nuestro ego, ni un motivo para creernos mejores y más importantes que los demás, sino la fuerza que nos impulsa a sudar la gota gorda del esfuerzo por servir a los demás. Nuestra dignidad de cristianos nos impulsa a salir al mundo y a trabajar incansablemente por los demás. El día en que hayamos amado, el día en que hayamos puesto las necesidades de los demás por encima de las propias, podremos poner la cabeza en la almohada y rezar con toda tranquilidad el Padre nuestro, sabiendo que cuando digamos «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielO», habremos trabajado por ello.

Hoy el tema de esta conferencia es acerca de cómo debemos asumir nuestro servicio apostólico en nuestra vida de discípulos–misioneros. En la Iglesia el más grande y el más importante es el servidor de todos, de allí el título del Papa: «Siervo de los siervos». Los puestos que se puedan ocupar, no son para alimentar nuestro ego, sino servicios grandes y pequeños, un compromiso para trabajar por los demás. La más alta jerarquía de nuestra Iglesia, el Papa Francisco, nos demuestra que él vino a servir y no a ser servido… ¡como Jesús lo haría! 

En una de las ocasiones que los discípulos vinieron a Jesús, le preguntaron quién podría ser el primero de entre todos ellos, y Él les respondió con el texto que les invito ahora a leer: «El de ustedes que quiera ser grande, que se haga el servidor de ustedes, y si alguno de ustedes quiere ser el primero entre ustedes, que se haga el esclavo de todos; hagan como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por una muchedumbre». (Mt 20,26-28).

Los santos son los hombres y mujeres más inteligentes en este tema, o los que han usado mejor la inteligencia para servir; los que han realizado un negocio redondo, los que han logrado lo único necesario. Recordemos las palabras de Jesús: «¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?» (Mt 16,26; Mc 8,36) O estas otras: «Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura» (Mt 6,33). Los santos, los beatos, los venerables, los siervos de Dios, son los que han obtenido el ciento por uno y la vida eterna en grado perfecto precisamente por haber sido servidores; servidores del Dios Altísimo y servidores de los demás, especialmente los más necesitados, los pobres, los descartados.

El servicio fue una de las mayores manifestaciones del amor de Cristo hacia nosotros. Desde que inició su ministerio en la tierra, tras ser bautizado por Juan el Bautista, nuestro Señor dedicó su tiempo a enseñar sobre el reino de los cielos, a sanar a los enfermos, a auxiliar a los necesitados, a formar a sus discípulos, a resucitar a los muertos, etcétera.

Debió ser abrumador, día tras día, permanecer en esa actitud de servicio, ver a las multitudes venir en pos de Él en busca de ayuda, y ofrecer siempre compasión y misericordia a aquellos que lo necesitaban. Sin embargo, es obvio que su servicio era una respuesta natural de su amor hacia el Padre y hacia la humanidad. Era esto lo que lo impulsaba a continuar haciendo el bien a los demás, y a seguir obedeciendo la voluntad de su Padre.

El servicio de Jesús era parte de su naturaleza humilde. Y dicho servicio fue tan legítimo, tan constante y tan extremo, que pronto se convirtió en sacrificio. El Padre lo envió, pero Jesús decidió entregar su vida voluntariamente por todos nosotros, a pesar de que sabía que al final el precio sería la muerte: «A mí nadie me quita la vida, yo la doy porque quiero» (Jn 10,18). Su tiempo, su dedicación, su vida entera fueron dedicados a un propósito específico, a una misión única: la salvación de la humanidad, y no se detuvo sino hasta llegar al final, hasta llegar a la cruz.

Sí, lo sabemos y hoy nos queda bastante claro, Jesús de Nazaret nunca perdió una oportunidad de servir a los demás. Él nos cuenta la parábola del buen samaritano que ayudó a un  judío, enemigos naturales en aquel tiempo; para ilustrar cómo debemos amar a nuestro prójimo. Enseñándonos que la actitud de servicio es hacia todos, amigos y enemigos siendo a éstos últimos los que más cuesta por lo que el servicio se hace más meritorio (cf. Lc 10,25-37).

Lo que debe inspirarnos a buscar la santidad como discípulos–misioneros es servir con amor. El amor a Dios y el amor a los demás va marcando la pauta del himno de alabanza que podemos elevar a Dios y ofrecer a nuestros hermanos. Dice san Pablo: «Cualquier trabajo que hagan, háganlo de buena gana, pensando que trabajan para el Señor y no para los hombres». (Col 3,23). Sin embargo, sabemos que también el amor a los demás nos inspira a servirlos cuando tienen alguna necesidad. No para obtener alabanza y mérito, sino por un amor puro, no sólo incondicional sino sacrificial.

Los primeros depositarios o receptores de nuestro amor servicial deben ser los integrantes de nuestra propia familia, pues ¿cómo podemos ir y amar y servir a otros a otros si no amamos y servimos antes a nuestra familia y hacemos nuestro hogar el lugar óptimo para el servicio? A veces en algunas casas, el desorden existente, el encontrar las cosas regadas por aquí y por allá, el andar siempre en fachas, lo sucio, lo desaliñado hablan no de la pobreza material, sino de una mala o pobre calidad en el servicio amoroso en la familia. De igual manera muchas veces, un templo sucio, descuidado, dejado, es una muestra de que en esa comunidad falta o falla el servicio. 

En este siglo, se habla mucho del amor propio, de la autoestima, de los derechos civiles, de la equidad, de la inclusión y todo parece relativo. Pero lo que Cristo quería es que, cuando una persona decide servir a los demás, sin límites, aprovechando cada oportunidad, o incluso buscando la oportunidad, su dedicación y entrega pueden ser comparables a las de un siervo en la cultura hebrea o a las de un esclavo entre los romanos de aquellos tiempos. Quien elige ser servidor de otros lo hace por deseo propio, y lo hace gozoso, sin ningún dejo de amargura. Dios ama a los que sirven, a los que se humillan y los exalta, les da un lugar especial y los recompensa abundantemente con la santidad.

Yo creo que todos recordamos el texto del Evangelio de San Mateo que habla de las obras de misericordia (Mt 25, 34-40): «Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era un extraño, y me hospedaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y fueron a verme. Entonces le responderán los justos: Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento y te alimentamos; sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo fuiste un extraño y te hospedamos, o estuviste desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les responderá: Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron».

Jesús se identifica con las personas en desventaja, con los más necesitados, los descartados —dice el Papa Francisco— los que no tienen las mismas oportunidades que nosotros. El acoger a los miembros más abandonados en una comunidad, a los despreciados, a los que no tienen a nadie, los que no son bien vistos, es reconocer a Jesús en el otro y hacerse servidores como él.

El camino de fe no consiste sólo en rezos, sacrificios aislados y posturas piadosas. Esto, indudablemente, tiene su valor y es un medio válido para vivir la fe, sobre todo en el tiempo de la Cuaresma, pero no es lo único, ni lo más esencial de este tiempo litúrgico ni de toda la vida eclesial. Vamos en camino hacia la Pascua actuando en el servicio como Jesús nos enseñó. Viendo a Jesús en el otro. Celebrando a Jesús vivo, proclamamos un humanismo cristiano activo, reconociendo que nuestra labor en la familia, en la escuela, en la comunidad, en la parroquia, se cumple solamente en la formación de hombres y mujeres con actitud de auténtico servicio para llegar así a la santidad. 

El servicio, actitud del espíritu para ayudar ante cualquier necesidad que puedan tener los demás, nos facilita salir de nuestro estado de comodidad, de pasividad, nos ayuda a abandonar la zona de confort donde nos encontramos, abriéndonos a un mundo rico en experiencias donde podemos sacar lo mejor de nosotros mismos para dar algo a los demás y a su vez enriquecernos con los demás.

El servicio es un estado interno que nos predispone a estar pendientes de las necesidades ajenas; lo cual nos lleva a aprender a ser humildes. Se desarrolla el amor hacia los demás, aprendemos a renunciar a nuestro tiempo, a nuestras necesidades, nos ayuda a comprender al prójimo por lo que nos resulta más fácil perdonar. El ponernos al servicio de los demás, nos engrandece como personas, nos hace mejores, dándole un pleno sentido a la vida. Siendo una de las primeras consecuencias de esta predisposición la alegría interna que sentimos

Los tiempos actuales marcan una época que nos lleva a vivir con rapidez, estresados, pensando en todo lo que tenemos que hacer a lo largo del día, encerrándonos en nuestro pequeño mundo que nubla nuestras vistas y no nos deja ver más allá de nuestras necesidades y deseos, sin poder ver lo que sucede a nuestro alrededor y sin voluntad de hacerlo. Viviendo hacia dentro, la cultura de la relatividad en la que nos desenvolvemos como sociedad, nos hace más egoístas; cediendo el paso, en ocasiones, a estados de soledad, de tristeza, de desánimo e incluso de depresión. Malgastar las ocasiones de servicio que nos ofrece la vida, es perder oportunidades de crecer interiormente, de ir pasito a pasito, consiguiendo que vaya germinando el amor que tenemos todos en el fondo del corazón, desarrollando sentimientos sinceros y momentos de alegría que nos ayuda a transitar el camino que hacemos. Teresa de Calcuta decía: «El que no vive para servir, no sirve para vivir». Así, en el servicio ella y muchos más, pasaron su vida como Cristo haciendo el bien (cf. Hc 10,38).

En la Exhortación Apostólica del Papa Francisco, llamada «Gaudete et exultate», que toca el tema de la santidad. El Santo Padre dice: «Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí́ donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales» (GE 14).

En ese mismo documento, en el número 30 el Papa, haciendo referencia la época que vivimos afirma: «Los mismos recursos de distracción que invaden la vida actual nos llevan también a absolutizar el tiempo libre, en el cual podemos utilizar sin límites esos dispositivos que nos brindan entretenimiento o placeres efímeros. Como consecuencia, es la propia misión la que se resiente, es el compromiso el que se debilita, es el servicio generoso y disponible el que comienza a retacearse. Eso desnaturaliza la experiencia espiritual. ¿Puede ser sano un fervor espiritual que conviva con una acedia en la acción evangelizadora o en el servicio a los otros? ¡Y vaya que Francisco tiene razón! Cuánto tiempo desperdicia mucha gente viendo tontera y media en Internet y enviando cosas inútiles a través de las redes sociales. La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento decía que «si no es para salvar almas, no vale la pena vivir». ¿Cuántas almas podremos salvar siendo servidores de los demás?

Tenemos que pensar que somos seres sociables, interrelacionándonos continuamente con las personas que tenemos alrededor. Si en vez de centrarnos solo en nosotros y en nuestro pequeño mundo, aprendemos a meternos en los zapatos del familiar, del amigo, del compañero de trabajo o de la escuela, seremos capaces de percibir las necesidades que tienen las almas que nos rodean, para poder ayudar en la medida de nuestras posibilidades. Unas veces nuestros actos serán visibles, pero habrá ocasiones que no tienen por qué darse cuenta, incluso los beneficiados, de que les hemos brindado alguna ayuda especial. Es entonces cuando empezamos a vivir la virtud del servicio que acrecentaremos otras virtudes como la humildad, la prudencia, la dulzura, la paciencia, la caridad, asumiendo nuestros roles con humildad, pues somos instrumentos de Dios y es Él quien actúa. Pensemos que, al final de la vida, lo único que se queda es lo que hayamos hecho por Dios y por los hermanos; lo que tengamos de santos. Todo lo demás desaparece.

Hoy quiero presentarles la figura de una extraordinaria mujer que seguramente no conocen y que va camino a los altares. Se trata de la Sierva de Dios Gloria María Elizondo García, una mujer que entre otras cosas, se distinguió por su amor al servicio en las diversas etapas de su vida y cuyo testimonio nos puede alentar a eso, a servir a Dios y a nuestros hermanos.

Gloria Esperanza Elizondo García nació en Durango el 26 de agosto de 1908 y recibió su bautismo el 4 de octubre de ese mismo año. Al contar con un año de vida enfermó gravemente de una fiebre maligna y los médicos le daban poca probabilidad de vida, sin embargo, Dios tenía otros planes y la pequeña se recuperó. A la edad de 4 años empezó a ir al colegio para acompañar a su hermano mayor, Alberto. Las maestras quedaban sorprendidas por la inteligencia de la niña tan pequeña. Debido a la revolución de 1910, la familia se vio obligada a emigrar a Monterrey donde se forjó el carácter y el espíritu de lucha de Gloria. Allí recibió el sacramento de la confirmación el 5 de enero de 1913 e hizo su Primera Comunión el 8 de mayo de 1919. Ya más grande, estudió la Carrera Comercial y se graduó en Teneduría de Libros a los 12 años. 

El 8 de septiembre de 1933 murió don Alberto su padre, y desde entonces se convirtió en un fuerte apoyo para su madre, la señora Otila García ayudándola tanto en la cuestión económica como en la formación de sus hermanos más pequeños confiando siempre en la devoción que su madre le había enseñado al Santo Niño de Praga.

Entre sus grandes dotes estaba el dibujo y la pintura, al grado de que llegó a dar clases de estas disciplinas. En piedras pequeñas, dibujaba admirables paisajes, algunos de los cuales aún se conservan.

Desde muy joven demostró su amor al servicio y una gran caridad hacia todos. Tenía como apostolado, por aquellos años, el visitar a los enfermos mentales en el Hospital Universitario donde cada domingo les llevaba dulces, galletas y ropa. En Navidad les organizaba una comida y les llevaba regalos especiales como cobertores y otros artículos de uso personal. Desde aquellos años se veía cómo el servicio y la caridad de esta extraordinaria mujer convertía el corazón de algunos de estos enfermos que se serenaban, lloraban y hasta le besaban las manos, agradecidos. Su apostolado tuvo también como campo de acción la Penitenciaría del Estado, a donde hacía frecuentes visitas llevando consuelo y palabras de aliento, especialmente a la sección de mujeres, por quienes sentía una gran preocupación.

El servicio en el amor al prójimo estuvo presente de manera muy especial toda su vida ayudando de cuanta manera podía a quienes de una u otra forma necesitaban que alguien les echara una manita.

Su primer trabajo lo desempeñó en una casa comercial en donde destacó de inmediato y fue ascendida de puesto, llegando rápidamente a ocupar un cargo de mucha importancia en la compañía. El dueño de ésta abrió una nueva empresa, una empacadora y de inmediato la trasladó allá para que le ayudara a establecer lo misma. Lo mismo sucedió poco después al crearse una nueva empresa en donde se le pidió a Gloria organizar y dirigir la empresa.

En 1940, y llena de experiencia laboral, esta comprometida mujer abrió su propia compañía empacadora de pescado y de otros productos en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Allí cuido de dar trabajo a la mayor cantidad de empleados que pudo, sin saber que en aquel lugar encontraría un campo muy amplio para realizar una extraordinaria tarea apostólica. A su empresa le dio el nombre de «Productos Cruz de Oro» y propició un ambiente familiar entre todos los trabajadores infundiéndoles a través del servicio, el amor a Cristo. En 1946 recibió en esa entidad la medalla de Hija de María.

Gloria aderezaba sus compromisos de empresaria con una gran labor social y de servicio apostólico, motivando a las mujeres a inscribirse en la Acción Católica Femenina y organizando en Ciudad Victoria algo nunca visto antes: una serie de conferencias para profesionistas y maestros por una parte y reuniones para matrimonios por otra, además de dar un gran impulso al catecismo de los niños, por los que siempre tuvo una especial predilección. Para lograr catequizar a tantos niños, involucró a sus mismas trabajadoras, a quienes las impulsaba a ir como parte de sus horas de trabajo sin descontarles alguna parte del sueldo.

Cada sábado alquilaba un camión para llevar a los niños a Misa por la mañana y al parque por la tarde para que disfrutaran jugando. Los domingos y los días de fiesta de precepto, rentaba también algún camión para que la gente pudiera ir a Misa hasta que tuvo la oportunidad, con ayuda de otros empresarios de construir una Iglesia cercana dedicada a la Madre de Dios bajo el título de «Nuestra Señora del Sagrado Corazón». En fin, con un incansable espíritu de servicio veló incluso por las jovencitas que se dedicaban a la prostitución para sacarlas de esa condición y por los pobladores de «La Pesca» el pequeño poblado de donde le enviaban el pescado. Logró que las Madres del Buen Pastor se establecieran en Cd. Victoria en donde hasta la fecha hacen mucho bien a muchas jovencitas de la región salvándolas de la mala vida. Instaló un taller de oficios para mujeres de cualquier edad para que tuvieran un trabajo digno como modistas, mecanógrafas, estilistas y demás.

Para ella no había ningún obstáculo invencible tratándose de acercar las almas a Dios. Gracias a su dedicación —por poner un ejemplo—en el año de 1942, preparó a 80 parejas que regularizaron su matrimonio en una sola celebración. Visitaba frecuentemente el Hospital Civil de Cd. Victoria llevando fruta, ropa, medicinas, ayuda espiritual y recursos para ayudar a pagar cuentas de gente pobre. Ella misma aseaba y curaba a los más necesitados y abandonados. Siempre humilde, rehuía a toda clase de homenajes pensando en aquello de «Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha» (Mt 6,3). Aunque por su destacada labor de servicio no pudiendo escapar a todos.

En 1950, no desando estar más tiempo separada de su familia, regresó a Monterrey a trabajar en la empresa familiar como directora del departamento de Instalaciones. Allí buscó la forma de entrar en contacto con los trabajadores de la planta organizando con ellos y para ellos reuniones, misas y convivencias para acercarlos más a Dios. Para los más pobres y desamparados reservaba siempre lo más exquisito de su bondad atrayente y persuasiva.

En medio de todo aquello, en el año de 1954, Gloria respondió al llamado vocacional que Dios le hacía e ingresó a la Congregación Religiosa de las Catequistas de los Pobres, instituto fundado por la R.M. Angelina Rusconi y el Sr. Ob. José Juan de Jesús Herrera y Piña. Allí, desde postulante, llevó una vida ejemplar unida siempre a Dios.

Allí, ya en el convento, escribió un libro de la vida de Nuestro Señor Jesucristo que alcanzó más de 90,000 ejemplares, sabiendo que este era un medio sencillo para que la gente pudiera conocer a Jesucristo más de cerca. Hizo su profesión religiosa el 16 de abril de 1957 y tomó el nombre de «Gloria María de Jesús» y recién profesa fue nombrada Delegada ante la Pontificia Unión Misional del Clero debido a su gran espíritu misionero y además era maestra de postulantes.

En 1961, aún siendo religiosa de votos temporales, fue elegida superiora general de este instituto. Ella sabiendo que no era una candidata factible, pues no era de votos perpetuos, estaba en la Capilla rogándole a Dios, con los brazos en cruz, que eligieran a la religiosa que el instituto necesitara. Sor Gloria María se sorprendió cuando supo la noticia y preguntó: ¿Yo? ¿No se habrán equivocado? A los dos días de la elección hizo su profesión perpetua. 

Como religiosa su espíritu de servicio se acrecentó. Siempre tenía tiempo para «consultarlo todo con Nuestro Señor» y para escuchar a todos dentro y fuera del instituto. A iniciativa suya se inició en Monterrey el Movimiento de «Cursillos de Cristiandad» para mujeres, apoyada por la célebre escritora Ana María Rabatté y Cervi como rectora del primer cursillo para damas.

Entre otras cosas y en medio de todas las ocupaciones que una superiora general puede tener, todos los días, después de la oración, visitaba a las religiosas que estaban enfermas, llevándoles una palabra de consuelo, por la noche hacía lo mismo y les daba su bendición.

Al cabo de algún tiempo, ella también, la Madre Gloria María fue visitada por la enfermedad, un cáncer que aceptó con paciencia, resignación y una gran paz ofreciéndose por entero al Señor por la santidad de las religiosas de su comunidad, por los sacerdotes, por las familias de todas las hermanas y por las almas del purgatorio. El 12 de noviembre de 1966 se le administró la Unción de los Enfermos y con gran sencillez, para prepararse a tal acontecimiento al que pidió asistieran todas las religiosas dijo: «Pónganme guapa, así como a los niños cuando se preparan para la Primera Comunión» y cuando le dijeron que tenían la esperanza de que Nuestro Señor le hiciera el regalo de devolverle la salud, ella dijo: «Sería lamentable que me la devolviera después de que estoy tan alborotada; sería una desilusión muy grande para mí, pero lo que Dios disponga, yo acepto gustosa su voluntad. Si Él cree que mi vida todavía puede servir para algo, acepto lo que el disponga y será lo mejor». Murió en olor de santidad el 8 de diciembre de 1966, fiesta de la Inmaculada Concepción.

El Papa Francisco, hablando a los jóvenes en su Exhortación «Christus Vivit» les dice algo que me parece importante para terminar esta reflexión: «Por favor, no balconeen la vida, métanse en ella. Jesús no se quedó en el balcón, se metió; no balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús. Pero sobre todo, de una manera o de otra, sean luchadores por el bien común, sean servidores de los pobres, sean protagonistas de la revolución de la caridad y del servicio, capaces de resistir las patologías del individualismo consumista y superficial.

Es fácil, hablar de amor y de caridad, pero resulta muy difícil vivirlos, porque amar significa «servir», y «servir» exige renunciar a sí mismo. Amar cuesta, porque servir cuesta. Sirve la mujer que plancha hasta tarde la camisa que su marido necesita; o que pasa la noche junto al hijo enfermo. Sirve quien apaga la televisión para recibir al vecino y escuchar sus problemas. Sirve quien renuncia a unas horas de descanso para ir a pasear con sus hijos, para participar en una reunión parroquial o para auxiliar a alguien. Sirve quien como la Sierva de Dios Gloria María, responde al compromiso bautismal como seglar o como consagrado.

Vamos al Evangelio, para terminar esta larga conferencia y topémonos en el pasaje de la Anunciación (Lc 1,26-38) para ver a la santísima Virgen llena de disponibilidad servicial. Ella se proclama la esclava del Señor. Nosotros muchas veces creemos que estamos sirviendo a Dios porque le rezamos una oración o cumplimos una promesa. Miremos a María a quien en nuestra parroquia la tenemos en esta hermosa advocación de Fátima: Ella entrega toda su vida, para cumplir la tarea que Dios le encomienda por el ángel. Ella cambia en el acto todos los planes y proyectos que tenía, se olvida completamente de sus propios intereses y nos ayuda a nosotros. Digamos juntos Esa bella oración con la que siempre pedimos la bendición de la Madre de Dios:

«Dulce Madre no te alejes,
tu vista de mí no apartes,
ven conmigo a todas partes y nunca solo me dejes.
Ya que me proteges tanto, como verdadera Madre,
haz que me bendiga el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo. Amén.

Padre Alfredo. 

martes, 14 de noviembre de 2017

«EL VERDADERO SERVICIO»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el Evangelio de San Lucas, hay veces que uno se topa con textos contrastantes, como el de hoy que habla del siervo que sirve a su señor (Lc 17,7-10) y que contrasta con aquel otro que dice: «Dichosos los siervos que el señor encuentra en vela cuando llega; en verdad les digo que se ceñirá, y los sentará a la mesa, y se prestará a servirlos» (Lc 12,37). ¿Es el siervo el que sirve al señor o es que el señor debe atender al siervo? En todo caso el que sirve y el que es servido... es siempre Cristo. En el primer texto, Jesús está hablando del presente. En el segundo, Él nos habla del futuro. Este contraste es una manera muy especial de enseñarnos que se gana la vida aquel eterna aquel que está dispuesto a perder su vida terrenal por amor a Jesús y al Evangelio (Mt 10,39; 16,25). Todo aquel que sirve a Dios en esta vida, será servido por Dios en la vida futura. La parábola quiere enseñarnos que nuestra vida debe caracterizarse por la actitud de servicio de la que el máximo exponente es el mismo Dios.

Jesús mismo nos pone el ejemplo de hacer vida este tema cuando dice: «El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir» (Mc 10,45). El servicio es un tema que le gusta mucho a San Lucas. El servicio representa la forma como los pobres del tiempo de Jesús, los «anawin», esperaban al Mesías, no como un Mesías glorioso, rey, sumo sacerdote, guerrillero o juez; sino como el Siervo de Yahvé, anunciado por Isaías (Is 42,1-9). A María, la madre de Jesús, se le presenta el ángel y ella le dice para dar su «sí»: «He aquí la sierva del Señor. ¡Hágase en mí según tu palabra!» (Lc 1,38). En Nazaret, Jesús se presenta como el Siervo descrito por Isaías (Lc 4,18-19; Is 61,1-2). En el bautismo y en la transfiguración, Cristo fue confirmado por el Padre que cita las palabras dirigidas por Dios al Siervo (Lc 3,22; 9,35; Is 42,1). Jesús, el Dios servidor de todos nos enseña que el servicio es requisito esencial para todo aquel que quiera ser el primero: «Quien quiere ser el primero, que se haga siervo de todos» (Mt 20,27). «¡Siervos inútiles!» (Lc 17,10) es, definitivamente, la definición del discípulo-misionero. San Pablo habla de esto a los miembros de la comunidad de Corinto cuando escribe: «Yo planté, Apolo regó; pero quien dio el crecimiento fue Dios. Ni el que planta, ni el que riega es algo, sino Dios que da el crecimiento» (1Cor 3,6-7). Pablo y Apolo no son que instrumentos, «servidores». Lo que vale es Dios, ¡y sólo El! (1Cor 3,7).

Es curioso que en las cosas que «tenemos que hacer porque es lo que nos toca» tendemos a sentirnos héroes porque las hemos cumplido. Hay quien se siente «héroe de la Liga de la Justicia» porque llega puntual al trabajo o porque respeta las reglas del gimnasio en el que está. Los niños creen que se merecen un premio por cumplir con sus deberes escolares... ¡Sólo estamos haciendo lo que debíamos hacer! También como discípulos-misioneros se nos presenta esta tentación. Aunque no lo expresamos, llegamos a creer que nosotros le hacemos un favor a Dios cuando rezamos, cuando ayudamos en la Misa dominical, o cuando cumplimos los Mandamientos. Cristo nos ofrece este mensaje para prevenirnos de esta actitud, con la que nos olvidamos de que Él nos ha dado infinitamente más de lo que nosotros podemos ofrecerle. Si hacemos lo que tenemos que hacer, al final de nuestro servicio de amor a Dios y a los hermanos en esta tierra, el Buen Jesús saldrá a nuestro encuentro y nos dirá: «Vengan, benditos de mi Padre...» (Mt 25,34). Y nos sentaremos con Él a gozar del banquete eterno. ¡Que tengas un martes lleno de la bendición del Señor, con la mirada puesta en la humilde sierva del Señor y buscando la oportunidad valiosa de servir a Dios y a los hermanos!

Padre Alfredo.

miércoles, 19 de julio de 2017

El Señor nos llama... Un pequeño pensamiento para hoy

Cada nuevo día es una oportunidad que el Señor nos da para ser nuevos, estar atentos y escuchar su voz. ¡Cómo Moisés en el libro del Éxodo, cuya misión la liturgia de la palabra nos está presentando en estos días en la primera lectura tomada del libro del Éxodo.

La Biblia nos presenta, en Moisés, a un hombre que se sabe pecador (había matado a un hombre en Egipto) y perdonado por Dios. ¿Es posible que el Señor de una tarea tan importante a una persona que se ha dejado llevar por su carácter y ha reaccionado de una forma tan primaria? Cuando Dios habla a Moisés, en la zarza ardiente, él «se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios» (Ex, 3,6), como Adán, que se le quiso esconder a Dios (Gn 3,9). ¡Qué difícil es entender que Dios nos ama tal cual somos por espera siempre que «seamos nuevos».

Hoy es miércoles y el Señor, en su infinita misericordia, nos llama a vivir. Tiene una misión para la realicemos el día de hoy amando y sirviendo en su nombre. La actitud del hombre y de la mujer de fe es mirar la vida desde una perspectiva nueva con la encomienda que nos da Dios y lanzarse a responder, como María (Lc 1,38). ¡Que valiosa oportunidad para comprometerse con Dios a vivir con una misión que bien sabemos cuál es! Como dice san Pablo: «Olvido el pasado y fijo la mirada en lo que tengo por delante» (Flp 3,13). ¡Feliz y bendecido día!

Padre Alfredo.