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domingo, 9 de junio de 2019

«Siempre es Pentecostés»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy es el día de Pentecostés, es decir, la celebración del misterio de la venida del Espíritu Santo en lenguas de fuego sobre la cabeza de los apóstoles. Es el culmen del misterio de nuestra fe: Dios Padre y Jesucristo, que ha ascendido a los cielos, nos envían desde lo alto el don del Espíritu Santo. Con esta celebración, la segunda fiesta más importante del año después de la Pascua, concluimos el tiempo pascual. El acontecimiento es maravilloso e irrumpe en un mundo fraccionado en lenguas y culturas, y, sin suprimir las diferencias, sienta las bases para una fraternidad universal. A la luz de este acontecimiento, vemos cómo necesitamos preparar nuestro interior para recibir al Espíritu Santo. Así lo recuerda el gran San Agustín cuando dice: «Por tanto, si quieren recibir la vida del Espíritu Santo, conserven la caridad, amen la verdad y deseen la unidad para llegar a la eternidad. Amén» (Sermón 267).

Cincuenta días después de la Pascua, los judíos celebraban la fiesta de Pentecostés, o la fiesta de las Tiendas. En esa fiesta celebraban que siete semanas después de salir de Egipto, el pueblo llegó al monte Sinaí, y Dios les entregó allí, por medio de Moisés, las tablas de la Ley haciendo alianza con su pueblo. Ese día de Pentecostés, cincuenta días después de la Resurrección de Jesucristo, los apóstoles estaban reunidos en el Cenáculo, con las puertas cerradas por miedo a los judíos, y allí recibieron, junto con la Madre del Señor, el don del Espíritu Santo. De esta manera, la alianza ya no quedó escrita en tablas de piedra, sino en el corazón de cada hombre, grabada a fuego por el Espíritu Santo. Pentecostés, para cada discípulo–misionero, es la fuerza del Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que impulsa a la Iglesia a salir fuera y a anunciar el Evangelio de Cristo. En la primera lectura de hoy (Hch 2,1-11), escuchamos el relato de este momento. Después de que el Espíritu Santo bajara sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo, ellos salen con fuerza a anunciar la Buena Noticia en todas las lenguas conocidas, para que todos aquellos que los escucharan pudieran entender el Evangelio que predicaban. Podemos decir que con este acontecimiento se puso en marcha la Iglesia, saliendo del miedo para llevar a todos la palabra de Dios. El don de lenguas, don que da el Espíritu Santo, es una señal de la universalidad del Evangelio: todos podían entenderles. 

Junto a esta lectura resuena con gran fuerza el Evangelio de san Juan (Jn 14,15-16. 23-26) que habla de ese Espíritu que vendrá sobre los Apóstoles y claro, sobre María Santísima. El mismo evangelista nos narra en otra escena que en determinado momento, la tarde del día de la Pascua, Jesús «sopló sobre los Apóstoles y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo» (Jn 20,22). Por eso la Iglesia toma hoy, como salmo responsorial, el salmo 103 que hace evocación del «soplo» de Dios que da vida y que ahora desciende en forma de lenguas de fuego. Una misma palabra, «ruah», designa en hebreo el viento, el soplo, el aliento y el espíritu vital —los traductores griegos lo llamarán pneuma, y los latinos spiritus—. Si un hombre, animal o planta muere, el salmista, que contempla la naturaleza, entiende que Dios le ha retirado el ruah, y por eso vuelve al polvo de donde había salido (v. 29). Pero Dios no cesa de enviar su espíritu a la tierra, renovando así la creación y repoblando constantemente la faz de la tierra. Todo aliento de vida de la creación es una participación o reflejo del ruah de Dios. Si sigue habiendo vida sobre la tierra, es porque Dios no cesa de enviar su aliento, su soplo, su Espíritu. El gesto de Jesús exhalando su aliento sobre los discípulos, después de la promesa que ha hecho en el Evangelio que hoy hemos escuchado, sugiere el sentido cristiano de este salmo, uno de los más hermosos del salterio. Desde la tarde de la Resurrección a la mañana de Pentecostés, el efecto de la resurrección de Jesús es permanente: dar, suministrar, comunicar su Espíritu. Por eso podemos en este día en que se cierra el tiempo de Pascua, que siempre es Pascua de Resurrección y siempre es Pentecostés. Con el don del Espíritu de Cristo resucitado, podemos proclamar a todas las naciones, sin importar la lengua, las costumbres, el color, que Dios es definitivamente el «Emmanuel», el Dios–con–nosotros. Y donde está el Espíritu, está también el Padre y el Hijo. ¡Ven Espíritu Santo y enciende el fuego misionero en nuestro corazón! 

Padre Alfredo.

sábado, 8 de junio de 2019

«EN VÍSPERAS DE PENTECOSTÉS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Mañana celebraremos ya la solemnidad de Pentecostés que cierra y sella, con el fuego del Espíritu el tiempo pascual. Papá y yo seguimos aquí en el hospital, el de paciente —¡y vaya que tiene que ser paciente!— y yo de acompañante, pues no llego ni siquiera a aprendiz de enfermero. La ciencia sigue echando manos de sus modernidades y don Alfredo está mucho mejor. No me queda duda alguna que el Espíritu Santo ha guiado las manos, la mente y el corazón de todos los doctores que en estos días, desde hace poco más de una semana, ha n estado involucrados en la búsqueda de darle a mi padre, de 85 años de edad, calidad de vida al trabajar para restablecer su salud. Pero eso no hace que yo me desentienda de estas últimas horas de la Pascua y me viene la idea de hacer una especie de cuestionario para que, al responderlo cada quien, se le presente mañana domingo o desde las vísperas de este sábado, al Espíritu Santo como frutos obtenidos en el tiempo pascual que es un buen tiempo, cincuenta días transcurridos: ¿Cómo ha sido para mí la Pascua de este 2019? ¿He experimentado alguna victoria en medio de «tanta guerra» en este mundo que parece impermeable a Dios y a su Palabra? ¿En qué caminos se me ha hecho más visible la presencia del Resucitado? ¿He metido mis dedos en algunas heridas para comprobar que efectivamente era Él? ¿Con qué animo me dispongo a celebrar la irrupción del Espíritu y a seguir caminando en la vida ordinaria? Estas y muchas otras preguntas, nos podemos hacer ya casi llegando al final del camino pascual. 

Terminando el tiempo pascual, terminamos también de leer el libro de los Hechos de los Apóstoles. Porque la primera consecuencia de la fe en la resurrección de Jesús es el comienzo entusiasta de la misión eclesial para anunciar la Buena Nueva, el Evangelio del amor misericordioso de Dios por todos los seres humanos; amor hasta la muerte, la de Cristo en la cruz, y hasta la vida, la existencia nueva de los bautizados que esperamos confiados el don de la vida eterna por Jesucristo. Esto fue lo que hicieron los apóstoles según hemos leído en este libro bíblico que es apasionante: predicar el evangelio, fundar y congregar las comunidades cristianas, dar testimonio de Jesús por todas partes. Después de este acompañar cada día de la Pascua a la Iglesia primitiva, no podemos vivir nuestra fe de cristianos en el anonimato y en la pasividad. Debemos, al contrario, abrirnos a testimoniar nuestra fe, a difundir el evangelio, la alegre noticia del amor de Dios por todos nosotros como hacían aquellos primeros cristianos impulsados por lo que iban conociendo del Antiguo Testamento y lo que ellos mismos, predicaban y buscaban ponerlo por escrito. 

Al modo como María y los discípulos se encontraban desde las vísperas de Pentecostés reunidos en ese saloncito que el año pasado conocí y que es conocido como «el Cenáculo», expectantes, ansiosos, necesitados de nueva luz y calor para poder salir a comunicar al mundo la Buena Noticia del Señor, también nosotros podemos hacer del día de hoy, vísperas de Pentecostés, un momento feliz de encuentro con Dios y con los hombres, dejándonos animar por María la Madre del Señor y aquellos primeros cristianos anhelando la llegada del Espíritu. Sabemos muy bien que no hay día ni hay lugar donde no actúe el Santo Espíritu que lo llena todo, y que no hay persona alguna que no sea objeto de su amor y de su gracia. Pero la celebración comunitaria y solemne de los grandes acontecimientos que han dirigido la historia de salvación nos invita a una mayor interiorización de esas verdades en nuestras conciencias. Por eso la liturgia de hoy nos invita a meditar con el salmo 10 en que vemos cómo Dios se deleita en los justos, a quienes ve como a sus hijos amados y en quienes Él se complace. Dios —dice el salmista— no se olvida de nadie, incluidos los pecadores. Él no quiere castigar ni destruir al pecador, sino que se convierta y viva. En su gran amor hacia nosotros nos envió a su propio Hijo, para el perdón de nuestros pecados y para hacernos participar de su Vida y de su Espíritu, haciéndonos así hijos suyos. Aprovechemos este día de gracia del Señor, pues Él ha venido a buscar y a salvar todo lo que se había perdido y nos envía con el Padre misericordioso al Espíritu Santo, el Paráclito, para seamos una continua alabanza del Nombre de nuestro Dios. ¡Bendecido sábado, vísperas de Pentecostés! 

Padre Alfredo.

miércoles, 5 de junio de 2019

«Regalos que Jesús nos deja»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el contexto de un «Año de Gracia», el autor del salmo 67 [68] que hoy tenemos nuevamente como salmo responsorial, nos invita a no ofrecerle al Señor solamente «tributos externos»; sino a ofrecernos nosotros mismos dándole gloria, como pide a los reyes de aquellos tiempos. El Señor quiere que nosotros seamos suyos, y que lo glorifiquemos con una vida intachable. Algún día vendrá, lleno de gloria. Entonces habrá terminado el año de gracia, y el Señor aparecerá como juez de todas las naciones. Pero quienes le hayamos vivido y perseverado fieles hasta el final no tendremos ningún temor, pues permaneceremos de pie en su presencia. Por eso, ya desde ahora, el salmista nos invita a dejar que la Gloria del Señor resplandezca sobre el rostro de su Iglesia, porque nuestras buenas obras son las que manifiestan que, en verdad, Dios permanece en nosotros y nosotros en Él. 

Estamos cerrando ya casi el tiempo de Pascua —faltan unos cuantos días para la fiesta de Pentecostés—. Los discípulos, en sus experiencias pascuales, se fueron dando cuenta de que el Señor lo que pide nosotros para perseverar es el cuidado de la vida interior con todo los valores que ésta tiene, Ellos fueron los primeros en vivir estos esos regalos de la vida del alma, entre ellos el de la alegría por ejemplo, que era tanta, que casi no se lo podían creer, una alegría que no consiste en acunarse en un estado emocional placentero por las cosas del mundo, sino en el encuentro con el Resucitado. También el valor del anuncio de la palabra, pues las experiencias pascuales culminan en el envío. La alegría del encuentro y el envío para anunciar la palabra, son dos momentos inseparables de toda experiencia pascual y de toda dinámica pascual. Si durante este tiempo nos hemos abierto a la acogida de estos regalos, si hemos crecido en ellos y si nos hemos reafirmado una vez más en la dedicación a la misión recibida, no se ha frustrado la Pascua en nosotros sino que ha sido un tiempo valioso que nos ha dejado con una fe más firma y más profunda. 

Con las lecturas de hoy (Hch 20,28-38 y Jn 17,11-19) nos queda claro que la última semana del tiempo pascual es una semana «testamentaria». En el evangelio de hoy Jesús le pide al Padre por sus discípulos, «por los que me has dado»: para que no se pierdan, para que sean uno, para que tengan alegría, para que sean preservados del mal y santificados en la verdad. Fortalecidos por estos regalos del Padre, podrán entonces ser enviados. Por eso, el fragmento testamentario de hoy termina con un envío: «Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo». Jesús nos envía a sus discípulos–misioneros, como el Padre lo envió a él. Somos sus embajadores para transformar el mundo revoltoso en un mundo de hijos obedientes de Dios. Así nos consagraremos en la verdad, es decir, nos habremos puesto incondicionalmente en el camino de cumplir siempre y únicamente la voluntad de Dios, como Jesús. Con María Santísima y los Apóstoles, vayamos preparando nuestros corazones para recibir el don del Espíritu Santo, que nos hará fuertes para el cumplimiento y la realización de la tarea que tenemos encomendada. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

lunes, 3 de junio de 2019

«El Pentecostés judío y el Pentecostés cristiano»... Un pequeño pensamiento para hoy


El salmo 67 [68], del que hoy tenemos para el salmo responsorial unas cuantas líneas, es llamado «El Titán de los salmos». Se trata de un escrito muy complejo, visto por algunos estudiosos como el salmo más difícil y oscuro de todo el salterio. Sin embargo, este cántico, cuyo origen se remonta al siglo X antes de Cristo, constituye una página deslumbrante que atrapa al orante con la misma intención que tenían aquellos hebreos que lo utilizaban para la fiesta judía de «Pentecostés» y los primeros cristianos que lo utilizaban, precisamente, para el tiempo de la ascensión del Señor y después, como preparación a la fiesta cristiana de «Pentecostés». Prácticamente el día de hoy tenemos el preludio del salmo en donde Dios, con su gran poder, dispersa a los malvados, quienes «cual se disipa el humo, se disipan» y perecen «como la cera se derrite al fuego», mostrándonos un Dios que «desde su templo santo, a huérfanos y viudas da su auxilio» y «dio a los desvalidos casa, libertad y riqueza a los cautivos». 

Seguramente en el 99% de los casos, cuando se le pregunta a un católico o a un cristiano qué se celebra en Pentecostés, responderá que la venida o efusión del Espíritu Santo. El mismo porcentaje reaccionará con sorpresa y desconcierto cuando se le confronte con el texto de Hechos de los Apóstoles que dice: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar» (Hch 2,1). Todavía no aparece mencionado el Espíritu y ya se habla del día de Pentecostés de lo que se desprende que Pentecostés antes de ser una fiesta cristiana era (y es hasta el día de hoy) una fiesta judía. Y era una inmensa fiesta: una de las tres fiestas anuales de peregrinación a Jerusalén que se celebraban en Israel (ver Ex 23,16). Es decir, el Espíritu Santo, para decirlo de una forma gráfica, se valió de la fiesta de Pentecostés, que estaban celebrando los judíos en Jerusalén, para manifestarse. Pentecostés, para los judíos, era la segunda fiesta del calendario, la fiesta de la cosecha. Se celebraba cincuenta días después de Pascua (Pesaj), que recordaba la salida de Egipto del pueblo de Israel. En Pentecostés, los primeros frutos se ofrecían a Dios en ofrenda y esta fiesta, ponía término a las festividades agrícolas. Lentamente, se fue asociando a esta celebración, el recuerdo de la transmisión de las Tablas de la Ley a Moisés, es decir, la fundación de la religión judía. La fiesta de la cosecha se convirtió, entonces, en la celebración de la Antigua Alianza entre el Señor y su pueblo. 

Estamos viviendo la última semana del tiempo pascual y con ella, concluiremos la lectura continuada de los dos libros que nos han acompañado durante estos cincuenta días: los Hechos de los Apóstoles y el evangelio de Juan. A través de ellos hemos conocido mejor a Jesús y a su comunidad. Hemos aprendido también a encontrar, con ayuda de los salmos utilizados en este tiempo, un «punto de vista» objetivo en medio de nuestras incertidumbres. ¿Cuántas veces hemos discutido sobre la identidad de Jesús o sobre la naturaleza de la Iglesia? Muchas de las cuestiones debatidas hoy tienen que ver con estas dos realidades. ¿No nos hemos abandonado a menudo a nuestras impresiones superficiales, a la fuerza de la opinión pública, sin acercarnos a las fuentes que las iluminan? Nos falta mucho por conocer de nuestros antepasados y del origen de algunas de nuestras fiestas litúrgicas. La liturgia de esta séptima semana, entre la Ascensión —que conmemorábamos ayer, domingo— y Pentecostés —que celebraremos el domingo próximo—, nos ofrece un espacio de altísima espiritualidad eclesial y nos invita a dejar actuar a Dios en nuestras vidas. Unidos a María Santísima y a los Apóstoles, tenemos a Dios con nosotros debemos ser, como discípulos–misioneros, motivo de socorro para huérfanos y viudas —como dice el salmista hoy—, de auxilio para los desvalidos, de libertad para los cautivos y de alegría para los tristes. Sólo así estaremos manifestando, desde nuestra vida, la victoria que Cristo nos ha participado y que hemos hecho nuestra y dejaremos actuar, al Espíritu Santo en nuestras vidas. ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

domingo, 20 de mayo de 2018

«¡Hoy es domingo de Pentecostés!»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Hoy es domingo de Pentecostés!, y en este día se cierran los 50 días de Pascua que hemos dedicado por entero a celebrar el gozo de la resurrección del Señor, la novedad de vida de los primeros bautizados y el comienzo de la Iglesia animada por el Espíritu Santo. Pentecostés es el día 50 después de la resurrección del Señor, pero no una fiesta desligada de los 49 días que le preceden. Hoy, al cerrar este ciclo litúrgico, con el gozo de la fiesta del Espíritu Santo, damos gracias a Dios por la Iglesia, que se renueva y está constantemente preñada por la presencia del Espíritu Santo vivificador. En Él está su fuerza, su potencial, su riqueza y su motor para seguir anunciando que Jesús es el Señor, el principio y el fin de todo. Es el Espíritu Santo quien mantiene la actividad de la Iglesia y nuestros esfuerzos, como discípulos–misioneros de Cristo para alcanzar la santidad evangelizando al mundo entero. En una de sus cartas a la familia misionera por ella fundada, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribe: «Será el Espíritu Santo quien ilumine y guíe nuestros pasos, nuestros corazones, para hacer lo que él quiera». 

Los textos de la Misa del día de hoy nos ayudan a entender esta acción del Espíritu Santo. Tenemos, además, una bellísima «Secuencia del Espíritu Santo», un texto maravilloso, utilizado también como himno en la Liturgia de las Horas y que es, sin duda, una de las composiciones litúrgicas más sublimes que se conocen. El relato de los Hechos de los Apóstoles es de una belleza y plasticidad singulares (Hch 2, 1-11), el viento tenaz, las lenguas como de fuego, la capacidad para hacerse entender en diversas lenguas e, incluso, el comentario asombrado de quienes escuchan. Y es que el prodigio, en la narración, acaba de empezar y este mismo prodigio continúa vivo hasta hoy. La respuesta al salmo responsorial (Sal 103), es también de una gran gallardía y es portadora de esperanza: «Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra. Aleluya». La tierra entera tiene que ser renovada en estos días que a decir verdad no son tan buenos que digamos. San Pablo, en una gran definición Trinitaria enmarcada en la vida de la Iglesia, va a definir de manera magistral que hay muchos dones, muchos servicios muchas funciones, pero un solo Espíritu, un mismo Señor y un mismo Dios (Gal 5,16-25). El Evangelio de San Juan nos completa el relato (Jn 15,26-27;16,12-15). Será Cristo resucitado quien abra a los Apóstoles el camino del Espíritu. El camino de la Iglesia queda abierto. La labor corredentora de los Apóstoles y de sus sucesores está en marcha dejando actuar al Espíritu Santo. 

Desde entonces, el Espíritu está siempre presente en la vida del pueblo elegido, actuando sin descanso, pasando por encima de las miserias de los hombres empujando la barca de Pedro hacia el puerto prefijado por Dios, en medio de las más terribles tempestades, de las más hondas borrascas derramando sus dones: El don de sabiduría, que nos capacita para distinguir la realidad de la fantasía viviendo en consecuencia y encontrando el secreto de la felicidad que es la vida según Cristo. EL don de inteligencia, que nos ayuda a aceptar los cambios que se producen en la sociedad para el bien común cuidando de mantener siempre una mente abierta a las inspiraciones divinas. El don de consejo, que nos lleva a indagar bajo lo visible descubriendo las causas ocultas para poder ayudar al que nos lo pide. EL don de piedad, que nos protege del egoísmo y del materialismo siempre acechantes en este mundo que camina entre la confusión de valores y la pachorra sin pasión. El don de ciencia, que nos marca una dirección consistente en nuestro diario andar y nos ayuda a conocer cómo son realmente las cosas. El don de temor de Dios, que, entendido en el buen sentido, es beneficioso y nos hace realizar obras buenas, como el niño que respeta a su querido padre y no quiere defraudarle. El don de fortaleza, tan necesario para un verdadero amor, pues nos da valor para asumir un compromiso auténtico y maduro. En medio de un mundo agazapado por tantas cosas terribles que suceden día a día; en una sociedad que se divide por la época de elecciones —por lo menos aquí en el país de la tortilla, el chile y el frijol— y en un pueblo que se empobrece o lo empobrecen cada día más, arrebatándole no solo el dinero sino los valores familiares y civiles, necesitamos ese soplo del Espíritu que nos conceda un poco de paz y de calma. Que Él, el Espíritu Santo, nos conceda ese oasis de felicidad y de ternura, de sosiego y de optimismo, de futuro y de bienestar espiritual y material que trajo a María y a los Apóstoles y que tanto necesitamos. ¡Espíritu Santo, que tu presencia espiritual nos asista, que tu fuerza nos sostenga y que tu recuerdo constante nos aliente! Amén. 

Padre Alfredo.

sábado, 19 de mayo de 2018

«Ven Espíritu Santo»... Un pequeño pensamiento para hoy


La Iglesia, de la que nosotros formamos parte y que está extendida hasta el último rincón de la tierra, tiene la misión de hacer cercano a Cristo a todos. Por medio de la Iglesia el entorno en el que vivimos debe continuar conociendo, escuchando y siguiendo al Maestro que, habiendo ascendido a la derecha del Padre, se ha quedado misteriosamente en la Eucaristía y nos ha enviado, por un designio amoroso del Padre, al Espíritu Santo para que guíe nuestro ser y quehacer en esta ardua y apasionante tarea de la evangelización. El mundo, por esa acción del Espíritu Santo en nuestras vidas, debe seguir conociendo a Cristo, debe seguirlo amando. Nosotros, los discípulos–misioneros del Señor Jesús, tenemos una gravísima responsabilidad de mostrar a Cristo al mundo. Es cierto que nos ha tocado vivir una época muy difícil en la que no pocos tratan de apagar la voz del enviado y acabar con la vida del testigo. Pero no hay que tener miedo porque el Espíritu nos fortalece. No podemos, por querer ganarnos el aprecio de los malvados, que no quieren convertirse, hacer acomodos o relecturas de la Palabra de Dios para caer bien o en pocas palabras «malbaratar» o «rebajar» el mensaje de salvación apagando la acción del Espíritu. El Señor nos quiere como testigos de su amor, de su gracia, de su misericordia para generar una auténtica conversión en aquellos que escuchan a Cristo por medio de nuestro testimonio de vida. Si por dar testimonio de la verdad somos crucificados, no olvidemos que detrás de la cruz está la resurrección y la vida eterna que nos prometió aquel que nos dijo: «sígueme» (Jn. 21,20-25). 

Nuestro seguimiento del Señor debe ser consecuencia de haberlo conocido, de amarlo y de estar totalmente comprometidos con Él y con su Evangelio dejando actuar al Espíritu Santo en nuestras vidas. Nosotros debemos ser los primeros en hacer nuestra la «vida nueva» que Dios nos ha ofrecido en Cristo Jesús para darla. La hemos de proclamar al mundo entero para que a todos llegue la salvación de Dios. A través del tiempo, la Iglesia de Cristo continuará escribiendo esta historia del amor de Dios, no sólo mediante sus palabras, sino también mediante sus obras, sus actitudes y su vida misma desarrollada en cada uno de sus miembros. Esto nos debe llevar a no romper la unidad en la Iglesia, y a saber respetar los carismas que Dios ha derramado a manos llenas por la acción del Espíritu Santo para el bien de la misma y de toda la humanidad. Son Pedro y los apóstoles, al igual que sus sucesores, quienes sabrán discernir los diversos carismas e impulsarlos para que cada uno, a la medida de la gracia recibida, pueda colaborar haciendo que el Reino de Dios llegue cada día con mayor fuerza a todos. Así, unidos en torno a Cristo, caminando tras sus huellas llegaremos, finalmente ahí donde Él, nuestra Cabeza y Principio, nos ha precedido. 

Vamos en camino, siempre en proceso, anunciando a Cristo sin desfallecer, animados por el testimonio de tantos hombres y mujeres que nos han precedido en el camino de la fe, unos famosos y otros muy escondidos, como muchos de aquellos primeros cristianos a quienes hemos acompañado en la primera lectura de esta cincuentena de la Pascua que mañana culmina con la fiesta de Pentecostés. Al final de la Pascua y en vísperas de recibir de nuevo la gracia del Espíritu Santo en esta fiesta de Pentecostés, vale la pena que revisemos si hemos crecido en una mayor generosidad y decisión en nuestra vida de cristianos, en nuestro seguimiento de Jesús el Señor Resucitado y, en la proclamación del Evangelio. Hoy escuchamos el final del Evangelio de san Juan, que parece como si no acabara... ¡Hay tantas y tantas cosas de Cristo que no caben en los libros! Ahí estamos nosotros, los que creemos en Jesús más de dos mil años después, los que no le hemos visto pero le seguimos. Los que estamos desplegando la Pascua en la historia que nos toca vivir. Los que hemos celebrado estas siete semanas, que concluirán con el mejor don del Resucitado, su Espíritu. Nosotros, que queremos anunciar ante el mundo que Cristo Jesús es el que da sentido a toda la historia y a nuestra vida, debemos seguir caminando abrazados de María, la Madre del Señor dejándonos llevar por el Espíritu Santo, con el que ella se desposó caminando siempre bajo su luz. ¡Bendecido sábado, último del tiempo de Pascua de este 2018, vísperas del día de Pentecostés!... ¡Espíritu Santo fuente de luz, ilumínanos! 

Padre Alfredo.

domingo, 15 de mayo de 2016

«LOS SIETE DONDES DEL ESPÍRITU SANTO»... Siete regalos de Dios que hay que valorar


Los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma para recibir y secundar con facilidad las mociones del propio Espíritu Santo al modo divino o sobrehumano. El alma no podría adquirir los dones por sus propias fuerzas ya que transcienden infinitamente todo el orden puramente natural. Los dones los poseen en algún grado todas las almas en gracia, perfeccionan el acto sobrenatural de las las virtudes infusas y son incompatibles con el pecado mortal.

El Espíritu Santo actúa los dones directa e inmediatamente como causa motora y principal, a diferencia de las virtudes infusas que son movidas o actuadas por el mismo hombre como causa motora y principal, aunque siempre bajo la previa moción de una gracia actual. Por la moción divina de los dones, el Espíritu Santo, inhabitante en el alma, rige y gobierna inmediatamente nuestra vida sobrenatural. Ya no es la razón humana la que manda y gobierna; es el Espíritu Santo mismo, que actúa como regla, motor y causa principal única de nuestros actos virtuosos, poniendo en movimiento todo el organismo de nuestra vida sobrenatural hasta llevarlo a su pleno desarrollo.

La tradición espiritual y teológica de la Iglesia nos enseña que los dones del Espíritu Santo son siete, y halla la raíz de su convencimiento en la Sagrada Escritura, especialmente en algunos lugares principales.

En Isaías 11, 2-3 se mencionan seis de los dones (falta el don de piedad): "Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh. Concretamente, se asegura en este texto, que en el Mesías esperado habrá una plenitud total de los dones del Espíritu divino. No le serán dados estos dones con medida, como a Salomón se le da la sabiduría o a Sansón la fortaleza, sino que sobre él reposará el Espíritu de Yahvé con absoluta plenitud. No entro aquí acerca de si los dones son seis o son siete, según este texto y la versión de los Setenta y de la Vulgata, pues habríamos de analizar cuestiones exegéticas demasiado especializadas para nuestra reflexión.

Hay que recalcar que este texto es mesiánico. Se refiere propiamente, como dije, al Mesías. No obstante, los Santos Padres lo extienden también a los fieles de Cristo en virtud del principio universal de la economía de la gracia que enuncia San Pablo cuando dice: "Porque a los que de antes conoció, a ésos los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo" Rm 8,29.

San Pablo es quien nos describe el don de Piedad: "No han recibido el espíritu de siervos para recaer en el temor, antes han recibido el espíritu de adopción, por el que clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio de que somos hijos de Dios" Rm 8,14-17

Otros textos que revelan los dones son: En el Antiguo Testamento: Gen 41,38; Ex 31,3; Núm 24,2; Dt 34,9; Sal 31,8; 32,9; 118, 120; 142,10; Sab 7,28; 7,7; 7,22; 9,17; 10,10; Eclo 15,5; Is 11,2; 61,1; Miq 3,8. En el Nuevo Testamento: Lc 12,12; 24,25; Jn 3,8; 14,17; 14,26; Hch 2,2; 2,38; Rm 8,14; 8,26; 1 Cor 2,10; 12,8; Apoc 1,4; 3,1; 4,5; 5,6.

Los Padres de la Iglesia vieron también aludidos los siete dones del Espíritu Santo en aquellos septenarios del Apocalipsis que hablan de siete espíritus de Dios (1,4; 5,6), siete candeleros de oro (1,12), siete estrellas (1,16), siete antorchas (4,5), siete sellos (5, 1.5), siete ojos y siete cuernos del Cordero (5,6).

Éstos y otros lugares de la Biblia fueron estimulando en la historia de la teología y de la espiritualidad una doctrina sistemática de los siete dones del Espíritu Santo, que alcanza su madurez en la teología de Santo Tomás de Aquino, quien enseña que todos los dones del Espíritu Santo están vinculados entre sí, de tal modo que se potencian mutuamente: el don de fortaleza, por ejemplo, ayuda al de consejo, y éste abre camino al don de ciencia, etc. Y a su vez todos los dones están vinculados con la caridad teologal (STh I-II,68,5). A esa doctrina muy firme, añade el Doctor común otras explicaciones más opinables, en las que señala que hay también una especial correspondencia entre cada una de las virtudes y los dones del Espíritu Santo, que vienen a perfeccionarlas en su ejercicio (STh I-II,68-69; II-II, 8. 9. 19. 45. 52. 121. 139.141 ad3m).

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que : La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo (1830) y que estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo (1831). Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11, 1-2). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.

Sabiduría
Nos hace ver todas las cosas a través de Dios y nos impulsa a buscarlo sobre todas las cosas.

«Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el hombre que se cobija en Él» (Salmo 34, 9).

La sabiduría ocupa el primer lugar entre los siete dones del Espíritu Santo. Tener el don de la sabiduría nos permite ver las cosas de acuerdo a como Dios las ve. Podemos adquirirla mediante la búsqueda de la mente y la voluntad del Señor a través de una comunicación regular en la oración, en el estudio de las Escrituras y cultivando una relación íntima con él. La sabiduría nos dirige a la hora de juzgar todo de acuerdo a la perspectiva divina.


Entendimiento
Nos ayuda a comprender la Palabra de Dios y los misterios de la fe.

«Iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús… Y sucedió que mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le reconocieran… Y sucedió que cuando se puso a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición… Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron… Se dijeron uno a otro ¿no estaba ardiendo nuestro corazón cuando nos hablaba…?» (Lucas 24, 13-31).


La comprensión es el regalo que nos da una mejor y más profunda visión de los misterios de la fe cristiana. Este don, también llamado «Inteligencia», nos ayuda a tener un conocimiento más claro de las enseñanzas y las verdades de la iglesia. Da una gran confianza en la palabra revelada de Dios y conduce a los que la tienen para llegar a conclusiones verdaderas a partir de los principios revelados.


Consejo
Nos anima a seguir la solución que más concuerda con la gloria de Dios y el bien de los demás.

«No son mis pensamientos vuestros pensamientos ni vuestros caminos son mis caminos, porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros…» (Isaías 55, 8-9).


El don del consejo nos da la intuición de hacer lo correcto en circunstancias difíciles. Esto nos permite practicar y perfeccionar la virtud de la prudencia, o saber qué hacer y qué evitar en diferentes situaciones.


Fortaleza

Nos alienta continuamente y nos ayuda a superar con fe las dificultades.

«Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: “¡Señor, sálvame!”. Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: “Hombre de poca fe ¿por qué dudaste?”. Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: “Verdaderamente eres hijo de Dios”» (Mateo 14, 29-33).


La fortaleza es el don de la fuerza, la perseverancia y el coraje que nos permite obedecer y seguir la voluntad de Dios en todo momento. Nos ayuda a superar los obstáculos y a perseverar en nuestra fe, siempre confiando en la divina providencia de Dios para equiparnos con la virtud necesaria.


Ciencia
Nos ayuda a conocer rectamente a Dios y a discernir y descubrir su voluntad para seguirla. 

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios…» (Juan 3, 3).

Con el don de ciencia —llamado también don del «Conocimiento»—, somos capaces de discernir y descubrir la voluntad de Dios en todas las cosas y juzgar todo de acuerdo con esta perspectiva divina. Este don de ciencia es a menudo llamado «la ciencia de los santos», ya que permite a los que lo tienen discernir rápidamente entre los impulsos de la tentación y las inspiraciones de la gracia".


Piedad
Nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que un hijo trata a su padre.

«Vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba sobre él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”» (Marcos 1, 10-11).

El don de piedad perfecciona nuestro amor a Dios. Desarrolla este amor instintivo por él como nuestro Padre, lo que nos permite obedecer de forma más natural y confiada, ya que comprendemos plenamente su amor por nosotros.


Temor del Señor
Nos induce a huir de las ocasiones de pecado para elegir siempre agradar a Dios.

«La riqueza y la fuerza realzan el corazón, pero más que las dos, el temor del Señor. En el temor del Señor no existe mengua, con él no hay ya por qué buscar ayuda. El temor del Señor como un paraíso de bendición, protege él más que toda gloria» (Eclesiástico 40, 26-27).


El temor del Señor nos equipa con un temor del pecado y de ofender a Dios. No es por miedo al castigo del Señor, sino que brota naturalmente de nuestro profundo amor y respeto por Dios.

Que el Espíritu Santo, a través de sus dones, nos conceda el verdadero conocimiento deDios para que seamos uno con Él y «…que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios» (Ef 3, 17-19).

Les dejo una oración para pedir al Espíritu Santo que derrame sus siete dones:

¡Oh Espíritu Santo!, llena de nuevo mi alma con la abundancia de tus dones y frutos. 
Haz que yo sepa, con el don de Sabiduría, 
tener este gusto por las cosas de Dios 
que me haga apartar de las terrenas.

Que sepa, con el don del Entendimiento, 
ver con fe viva la importancia y la belleza de la verdad cristiana.

Que, con el don del Consejo, 
ponga los medios más conducentes para santificarme, 
perseverar y salvarme.

Que el don de Fortaleza me haga vencer 
todos los obstáculos en la confesión de la fe 
y en el camino de la salvación.

Que sepa con el don de Ciencia, 
discernir claramente entre el bien y el mal, lo falso de lo verdadero, 
descubriendo los engaños del demonio, del mundo y del pecado.

Que, con el don de Piedad, ame a Dios como Padre, 
le sirva con fervorosa devoción y sea misericordioso con el prójimo.

Finalmente, que, con el don de Temor de Dios, 
tenga el mayor respeto y veneración por los mandamientos de Dios, 
cuidando de no ofenderle jamás con el pecado.

Lléname, sobre todo, de tu amor divino; 
que sea el móvil de toda mi vida espiritual; 
que, lleno de unción, sepa enseñar y hacer entender, al menos con mi ejemplo, 
la belleza de tu doctrina, la bondad de tus preceptos y la dulzura de tu amor. Amén.

Alfredo Delgado R., M.C.I.U.

miércoles, 8 de abril de 2015

¿Por qué la Pascua cambia de fecha cada año?


Sabemos que el pueblo judío celebraba año con año la fiesta de Pascua en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto. Esto la hacían en la primera luna llena de primavera, debido a que esta fecha la fijaban en base al año lunar que utilizaban y no al año solar de nuestro calendario moderno. Es por esta razón que cada año la celebración de la Pascua cambia de día, pues se le hace coincidir con el calendario lunar. La noche del Viernes Santo siempre será una noche de luna llena y en la noche de la Solemne Vigilia Pascual, la luna se mostrará resplandeciente.

En la fiesta de la Pascua, los judíos se reunían a comer cordero asado y ensaladas de hierbas amargas, recitar bendiciones y cantar salmos. Esto lo hacían la víspera del 15 de Nisan (el primer mes del calendario judío). Jesús celebró la pascua (la última cena) según esa costumbre judía, o sea, el 14 de Nisan, murió en la cruz el 15 de Nisan y resucitó el domingo siguiente, que ese año fue el 17 de Nisan.

Así como los judíos brindaban por la liberación de la esclavitud. Nosotros, luego de los días de ayuno, limosna y oración, celebramos el paso a una vida nueva. Hemos muerto al pecado y hemos renacido a la vida de la gracia.

El calendario tiene 354 días. Para hacer un ajuste, los judíos insertan un mes a su calendario, por orden del Sanedrín (no por algún método definido). Esto dio lugar a numerosas controversias sobre la fecha para la celebración de la pascua. En los primeros tiempos, los cristianos de origen judío continuaron usando el calendario judío para la pascua: El viernes santo lo celebraban el 15 de Nisan y la pascua de resurrección el 17 de Nisan (fuese o no domingo).

En el resto del imperio romano, sin embargo, se tomó en consideración que Jesús históricamente resucitó el domingo y todos los domingos se celebra a la fiesta de la Resurrección. Por eso se optó por celebrar la Pascua el primer domingo después de la primera luna llena después del equinoccio de primavera. El Primer Concilio de Nicea (325) decretó que la práctica romana debe observarse en toda la Iglesia. 

Los ortodoxos celebran la pascua otra fecha porque siguen el calendario Juliano (ortodoxo ruso). La fecha de la fiesta de Pascua católica fluctúa siempre entre el 22 de Marzo y el 25 Abril. En referencia a ella se calculan las otras fiestas movibles del calendario litúrgico.

La fiesta de la Pascua, en la Iglesia Católica, se celebra durante 50 días. Comienza el Domingo de Resurrección y termina en Pentecostés. La cuaresma termina en la tarde del Jueves Santo con la liturgia de la Cena del Señor que da comienzo al Triduo Pascual. El Viernes Santo se hace el “ayuno pascual” que se prolonga, si se quiere —no por obligación, sino por convicción— el sábado santo, preparatorio a la gran celebración pascual . El triduo culmina en la Vigilia Pascual del sábado por la noche.

Los primeros ocho días de la pascua constituyen la octava y se celebran como si fuera una sola solemnidad, es decir, como si fuera un mismo día.

En el día 40 de la Pascua se celebra la ascensión del Señor y los 9 días de la ascensión a Pentecostés son días de intensa preparación para la venida del Espíritu Santo sin que constituyan un tiempo litúrgico diferente. Con la fiesta de Pentecostés culmina la Pascua.

Jesús es el nuevo cordero pascual que nos trae la nueva liberación, del pecado y de la muerte. La Resurrección del Señor nos abre las puertas a la vida eterna, su triunfo sobre la muerte es la victoria definitiva sobre el pecados. Este hecho hace del domingo de Resurrección la celebración más importante de todo el año litúrgico, por eso la celebramos con la Solemne Vigilia Pascual. El misterio pascual es el centro del cristianismo, de la Iglesia, de la acción pastoral y de la vida espiritual cristiana. ¡Gocemos el tiempo de la Pascua celebrando con María la Madre de Dios, que Jesús está vivo!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

lunes, 2 de marzo de 2015

«VEN ESPÍRITU A RENOVAR LA FAZ DE LA TIERRA»... HORA SANTA 11 en torno a Pentecostés


Canto de entrada:


Espíritu Santo ven aquí,
Espíritu Santo ven a mí;
quiero vivir, quiero ser feliz,
con tu poder dentro de mí./ (bis).


Ahora sé lo que es vivir;
puedo reír, puedo cantar.
Ahora sé que yo puedo amar
con tu poder dentro de mí.

Hermano ¿quieres vivir
la gloria del Señor?
escucha pues, esta bendición,
que será tu salvación.

Levanta tus brazos,
cierra ya los ojos;
alégrate, hermano
llénate de gozo.

Ministro: Adoremos y demos gracias en cada momento
Todos: al Santísimo Sacramento

Ministro: Dios nuestro que por el Misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia extendida por todas las naciones. Concede al mundo entero los dones del Espíritu Santo y continua realizando entre los fieles la unidad y el amor al que nos invita tu Hijo Jesús presente en esta Hosta Santa. Por Nuestro Señor Jesucristo…

Lector 1: Ante Jesús Eucaristía Honremos al Espíritu Santo y adoremos al amor sustancial que procede del Padre y del Hijo y los une en una Caridad infinita y eterna. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles.
Todos: Y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Lector 2: Ante Jesús Eucaristía Honremos la operación del Espíritu Santo y adorémosle, porque hizo Inmaculada a María en su Concepción y la santificó con la plenitud de su gracia. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles.
Todos: Y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Lector 1: Ante Jesús EucaristíaHonremos la operación del Espíritu Santo y adorémosle, porque hizo a la Santísima Virgen, Madre del Verbo divino en el Misterio de la Encarnación. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles.
Todos: Y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Lector 2: Ante Jesús Eucaristía Honremos la operación del Espíritu Santo y adorémosle, porque dio la vida a la Iglesia en el día glorioso de Pentecostés.  Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles.
Todos: Y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Lector 1: Ante Jesús EucaristíaHonremos la operación del Espíritu Santo y adorémosle, porque reside de una manera permanente en la Iglesia y la asiste, según la promesa divina, hasta la consumación de los siglos. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles.
Todos: Y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Lector 2: Ante Jesús EucaristíaHonremos la operación del Espíritu Santo y adorémosle, porque creó en la Iglesia al nuevo Cristo, que es el sacerdote, y confirió la plenitud del sacerdocio a los Obispos.  Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles.
Todos: Y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Lector 3: Honremos la operación del Espíritu Santo y adorémosle en la virtud heroica de los santos en la Iglesia, obra secreta y maravillosa del “Santificador Omnipotente”. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles.
Todos: Y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Ministro: Envía Señor tu Espíritu y todo será creado.
Todos: Y se renovará la faz de la tierra.

Canto de meditación:

El espíritu del Señor llenó la faz de la tierra
Aleluya aleluya aleluya.

Envíaste Señor tu espíritu y todo ha sido creado 
y se ha renovado la faz de la tierra; 
y se ha renovado la faz de la tierra.

El viene a dar testimonio de lo que hizo Jesús 
y a confirmar toda su doctrina;
y a confirmar toda su doctrina.

Momentos de silencio.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los romanos                                 8, 22-27 

Hermanos: Sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto; y no sólo ella, sino también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, anhelando que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo. Porque ya es nuestra la salvación, pero su plenitud es todavía objeto de esperanza. Esperar lo que ya se posee no es tener esperanza, porque, ¿cómo se puede esperar lo que ya se posee? En cambio, si esperamos algo que todavía no poseemos, tenemos que esperarlo con paciencia.
El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y Dios, que conoce profundamente los corazones, sabe lo que el Espíritu quiere decir, porque el Espíritu ruega conforme a la voluntad de Dios, por los que le pertenecen. Palabra de Dios.
Todos: Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial (Del Salmo 103)

Salmista: Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra.
Todos: Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra.

Salmista: Bendice al Señor, alma mía;
Señor y Dios mío, inmensa es tu grandeza.
¡Que numerosas son tus obras, Señor!
La tierra está llena de tus criaturas.
Todos: Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra.

Salmista: Si retiras tu aliento,
toda criatura muere y vuelve al polvo;
pero envías tu espíritu, que da vida,
y renuevas el aspecto de la tierra.
Todos: Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra.

Salmista: Que Dios sea glorificado para siempre
y se goce en sus criaturas.
Ojalá que le agraden mis palabras
y yo me alegraré en el Señor.
Todos: Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra.

Canto del Aleluya:

Canta aleluya al Señor, 
canta aleluya al Señor. 
Canta aleluya, 
canta aleluya 
canta aleluya al Señor. (2)

Lectura del santo Evangelio según san Juan:                                                7, 37-39

El último día de la fiesta, que era el más solemne, exclamó Jesús en voz alta: “El que tenga sed, que venga a mí; y beba, aquel que cree en mí. Como dice la Escritura: Del corazón del que cree en mí brotarán ríos de agua viva”.

Al decir esto, se refería al Espíritu Santo que habían de recibir los que creyeran en él, pues aún no había venido el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado.
Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.

Momentos de silencio.

Oración de súplica:

Ministro: Oremos ahora a Dios Padre que envío al Espíritu Santo para que llegáramos al conocimiento de la verdad plena y para que en su nombre condujera a la Iglesia que Cristo fundó y digámosle:

R. Ante Jesús Eucaristía, te pedimos, Padre, el Don del Espíritu Santo.

Lector: Para que se renueve la faz de la tierra, oremos. R.

Lector: Para que en Cristo alcancemos la verdad plena, oremos. R.

Lector: Para que lleguemos a la unidad tan querida por Cristo, oremos. R.

Lector: Para que seamos movidos a una auténtica y decidida acción evangélica, oremos. R.

Lector: Para que nuestras eucaristías sean fuente, cumbre y misión de toda nuestra vida, oremos. R.

Lector: Para que no pongamos resistencia a la gracia de Dios, oremos. R.

Lector: Para que podamos cumplir con la voluntad del Padre, oremos. R.

Lector: Para que un día todos lleguemos a gozar de la presencia de Dios en el cielo, oremos. R.

Ministro: Padre, tú lo sabes todo, tu sabes que te amamos, pero que necesitamos de tu gracia, como necesitamos del aire para poder vivir, concédenos lo mismo que amas en tu Hijo Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Momentos de silencio.

Canto de meditación:

Espíritu de Dios llena mi vida,
llena mi alma, llena mi ser. (Bis)


Ven lléname
con tu presencia lléname,
con tu poder lléname,
con tu bondad. (Bis)

Hoy Dios ya vive en mi,
Vivo con calma,
vivo con rumbo vivo con luz. (Bis)

Oh Cristo acéptame,
como un apóstol
Yo viviré con tu amor.  (Bis)

Lector 1: Las palabras de Cristo a lo largo de todos los siglos han suscitado en muchos de quienes las escuchan y las practican grandes e innumerables convicciones de seguirle. Ellos han sido y son ‘ejemplos’ de la acción del Espíritu Santo a quien han dejado actuar en sus vidas que incluso hoy nos interpelan y nos fascinan: el beato Miguel Agustín Pro, el beato Juan Pablo II, el beato Anacleto González, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, la beata Teresa de Calcuta y tantos otros. Sus vidas y sus obras nos han demostrado según su época, que han dejado actuar al Espíritu prometido por Jesús: ¿Cómo dejaron actual al Espíritu? Cada uno creyó y vivió cuanto Jesús predicó, porque en sus palabras, movidos por el Espíritu Santo, encontraron la verdad, la luz y la valentía.

Lector 2: La vocación a la santidad es tarea de todos, especialmente de cada uno de nosotros los bautizados. Todos nosotros en nuestra vida si estamos atentos a la voz del Espíritu y al clamor de nuestros hermanos, especialmente los más pobres, podremos realizar incluso actos heroicos que pueden provocar en otros la conversión al Evangelio de Jesús.

Lector 1: En esta Hora Santa el gran protagonista de nuestras vidas: el Espíritu Santo, se ha ido abriendo camino en nuestros corazones, ha ido tomando lugar en esta hora de gozo y alegría. Hemos sido mirados por Dios desde la eternidad: Él nos amó primero, se hizo Hombre y su Espíritu nos acompaña cada día. ¡Somos un pensamiento de Dios, un latido de su corazón! Digámosle sí a su presencia, vivamos como hermanos, correspondamos a ese amor viviendo por la Iglesia y en la Iglesia. Hermanos, los dones del Espíritu Santo nos deben impulsar a creer en la fuerza transformadora que realiza Dios en nosotros si somos fieles a su Palabra.

Lector 1: Concédenos el Don de Sabiduría, que nos libre del tedio y de la insensatez.

Lector 2: Danos el Don de Entendimiento, que ahuyente de nuestras vidas las tibiezas, las dudas, las nieblas y las desconfianzas.

Lector 1: Derrama el Don de Consejo, que nos libre de las indiscreciones e imprudencias.

Lector 2: Bendícenos con el Don de Ciencia, que nos libre de los engaños del mundo, demonio y carne, reduciendo las cosas a su verdadero valor.

Lector 1: Danos el Don de Fortaleza, que nos libre de la debilidad y cobardía en todo caso de conflicto.

Lector 2: Envíanos el Don de Piedad, que nos libre de la ira, del rencor, de la injusticia, de la crueldad y de la venganza.

Lector 1: Concédenos el Don de Temor de Dios, que me libre del orgullo, vanidad, ambición y presunción.

Canto de Meditación:

VEN A REINAR, ESPÍRITU DE AMOR,
VEN A INFLAMAR AL MUNDO PECADOR.
VEN A REINAR, ESPÍRITU DE AMOR,
¡VEN AMOR, DULCE AMOR!
A ENSEÑAR AL MUNDO EL PRECIO DEL DOLOR.


Ser de Jesús es toda mi ambición.
Úneme a Él, Espíritu Divino.
Quiero ser Cruz para atraerte a mí
y con Jesús vivir crucificado.
Quiero ser Cruz para atraerte a mí.

Padre y Señor del mísero mortal,
Consolador del alma en la aflicción.
Ven a alumbrar con dulce claridad.
Ven a reinar en este corazón (Bis).

Dulce dador de gracia divinal,
de todo bien el más hermoso Don,
llama voraz de ardiente caridad,
tengo hambre y sed de tu amorosa unión (Bis).

Canto de preparación para recibir la bendición con el Santísimo o hacer la reserva:

Bendito, bendito, bendito sea Dios
Los ángeles cantan y alaban a Dios
Los ángeles cantan y alaban a Dios

Yo creo Jesús mío que estás en el altar,
oculto en la Hostia te vengo a adorar,
oculto en la Hostia te vengo a adorar.

Por amor al hombre moriste en una cruz,
y al cáliz desciendes por nuestra salud,
y al cáliz desciendes por nuestra salud.

Ministro: Nos diste Señor, el Pan del Cielo
Todos: Que en sí contiene todas las delicias.

Oremos: Oh Dios, que bajo este admirable sacramento nos has dejado el memorial de tu pasión, concédenos, venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre, que experimentemos constantemente en nosotros los frutos de tu redención. Te lo pedimos a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 (Si está presente el Sacerdote o el Diácono dará la bendición con el Santísimo):

LETANÍA DEL ESPÍRITU SANTO

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Padre omnipotente, ten piedad de nosotros.
Jesús, Hijo eterno del Padre y Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.
Espíritu Santo, santifícanos.
Trinidad santísima, óyenos.

Espíritu Santo que procedes del Padre y del Hijo. Ven a nosotros.
Promesa del Padre. Ven a nosotros.
Don de Dios Altísimo. Ven a nosotros.
Rayo de luz celeste. Ven a nosotros.
Fuente de agua viva. Ven a nosotros.
Autor de todo bien. Ven a nosotros.
Unción espiritual. Ven a nosotros.
Caridad ardiente. Ven a nosotros.
Fuego que consume. Ven a nosotros.
Espíritu de amor y de verdad. Ven a nosotros.
Espíritu de sabiduría y de entendimiento. Ven a nosotros.
Espíritu de consejo y de fortaleza. Ven a nosotros.
Espíritu de ciencia y de piedad. Ven a nosotros.
Espíritu de temor de Dios. Ven a nosotros.
Espíritu de gracia y de oración. Ven a nosotros.
Espíritu de paz y de dulzura. Ven a nosotros.
Espíritu de modestia y de inocencia. Ven a nosotros.
Espíritu consolador. Ven a nosotros.
Espíritu santificador. Ven a nosotros.
Espíritu que gobiernas la Iglesia. Ven a nosotros.
Espíritu que llenas el universo. Ven a nosotros.
Espíritu de adopción de los hijos de Dios. Ven a nosotros.
Unción espiritual. Ven a nosotros.
Caridad ardiente. Ven a nosotros.

Espíritu Santo, ven a renovar la tierra. Te rogamos, óyenos.
Espíritu Santo, inflámanos con el fuego de tu amor. Te rogamos, óyenos.
Espíritu Santo, danos el tesoro de tus gracias. Te rogamos, óyenos.
Espíritu Santo, enséñanos a orar. Te rogamos, óyenos.
Espíritu Santo, ilumínanos con tus inspiraciones. Te rogamos, óyenos.
Espíritu Santo, imprime tu ley en nuestros corazones. Te rogamos, óyenos.
Espíritu Santo, condúcenos por la vía de la salvación. Te rogamos, óyenos.
Espíritu Santo, inspíranos la práctica del bien. Te rogamos, óyenos.
Espíritu Santo, concédenos la única ciencia necesaria. Te rogamos, óyenos.
Espíritu Santo, haz que perseveremos en tu justicia. Te rogamos, óyenos.
Espíritu Santo, imprime en nosotros el horror al pecado. Te rogamos, óyenos.
Esp´ritu Santo, concédenos el mérito de todas las virtudes. Te rogamos, óyenos.
Espíritu Santo, sé Tú nuestra eterna recompensa. Te rogamos, óyenos.

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo,
R. Envía a nosotros tu Espíritu.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo,
R. Llena nuestras almas con los dones del Espíritu Santo.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo,
R. Haz que el Espíritu Santo produzca en nosotros sus frutos.
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles
R. Y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Canto final:

Espíritu Santo, ven, ven,
Espíritu Santo, ven, ven,
Espíritu Santo, ven, ven
en el nombre del Señor.

Acompáñame, ilumíname,
toda mi vida.
Acompáñame, ilumíname,
¡Espíritu Santo ven!

Santifícame, transfórmame,
Tú cada día.
Santifícame, transfórmame,
¡Espíritu Santo, ven!

Resucítame, conviérteme,
todos los días.
Glorifícame, renuévame,
¡Espíritu Santo, ven!

Acompáñame, transfórmame,
toma mi vida.
Ilumíname, condúceme,
¡Espíritu Santo ven!

ALGDR2014