lunes, 30 de octubre de 2017

Hermana Guadalupe García... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XIV

Hay personas que te acompañan de alguna manera prácticamente toda tu vida. Ese es mi sentir con relación a la hermana Guadalupe García, a quien recuerdo desde que yo era pequeño y me llevaban una que otra vez a Misa al convento de las Misioneras Clarisas en Monterrey en donde ella fue superiora por muchos años.

María Guadalupe García López, nació en Guadalcázar, San Luis Potosí, México, en 1933. A los 20 años de edad ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento e hizo sus votos perpetuos en 1963. Especializándose en Matemáticas en Monterrey, Nuevo León concluyó sus estudios profesionales más adelante en Guadalajara, Jalisco. Todo esto en la República Mexicana.

La hermana Guadalupe, que en sus inicios de vida religiosa estuvo en Puebla, desde 1958 fue destinada al Colegio Isabel la Católica, en Monterrey, como profesora en la primaria y posteriormente fue de las iniciadoras de la sección de Secunadaria en el mismo colegio. Fue ahí, en Monterrey donde pasó la mayor parte de su vida religiosa. Dotada de una inteligencia extraordinaria y de muchos dones y cualidades, la «Madre Guadalupe» como le decían muchos de los alumnos y maestros en aquellos años, supo llegar también al corazón de muchos de los padres de familia y de innumerables personas de la colonia Cuauhtémoc, en donde está enclavado el colegio. En su trato con todas las personas era de exquisita educación y deferencia, fina, respetuosa, atenta con cuantos acudían a ella. Ahí mismo fungió en dos diversos periodos como superiora de la comunidad y directora general de los cuatro sectores del colegio, fomentando al mismo tiempo un apostolado fecundo en la parroquia y en otros lugares cercanos impulsando a las hermanas y a los miembros del grupo de Van-Clar a ser almas apostólicas y contemplativas. Allí en Monterrey le tocó acompañar a las primeras vocaciones de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, estando siempre al pendiente de los primeros hermanos que estudiaban en el Seminario de Monterrey, en donde era apreciada por algunos de los sacerdotes formadores con quienes mantenía una muy buena y respetuosa relación.

Yo la conocí más profundamente en esta etapa, pues desde mi ingreso al seminario, el 17 de junio de 1980 hasta el día que me ordené sacerdote, ella estuvo al pendiente de mi formación y apoyando en todo cuanto era posible, delegada por la madre Teresa Botello y acompañada por la hermana Juanita Oropeza,  para que el carisma de Madre Inés se fuera consolidando y no faltara en nuestros primeros pasos. Cada mes organizaba a la comunidad para que nos acompañaran en las convivencias familiares del Seminario y era común verla en las diversas actividades a las que el Seminario de Monterrey invitaba a las familias. 

Manteniendo una relación estrecha con alumnas del colegio, ex-alumnas y amigos y bienhechores como lo fueron mis padres, se mantenía siempre ecuánime con una serenidad en sencillez que hacia descubrir a una persona llena de Dios. Colaboró en el gobierno regional del instituto como consejera regional por muchos años y desarrolló su vida religiosa y académica también en el colegio Sonora, de Huatabampo allá en el estado de Sonora y en el instituto Scifi de Ciudad de México. Sus últimos años, en el campo de la docencia, los desarrolló con entusiasmo en la escuela María Inés, de la Florecilla, en el estado de Chiapas. Son muchos los testimonios de personas que, con cariño y gratitud hablan sobre su entrega, su testimonio como religiosa, su capacidad de mediadora y conciliadora, consejera y amiga.

Su gran capacidad intelectual y su capacidad organizativa y práctica unidas a una responsabilidad impresionante en el cumplimiento de sus deberes de consagrada, gustaba de la liturgia y el canto. ¡La recuerdo muy bien su empeño en que cantáramos! Apoyada por el profesor y compositor José Hernández Gama, logró que en Monterrey y durante algunos años, tuviéramos un coro integrado por Misioneras Clarisas y Misioneros de Cristo. Allí mismo en Monterrey, como superiora de nuestras hermanas Misioneras Clarisas, impulsó la unidad entre los miembros de la Familia Inesiana, promoviendo diversas actividades como retiros y convivencias en los que participábamos hermanas, hermanos y Vanclaristas. En las reuniones espirituales que organizaba, no faltaba nunca la Eucaristía y la meditación de la Palabra de Dios, además del rezo del Rosario, que nunca dejó, incluso hasta sus últimos momentos antes de ser llamada a la Casa del Padre. Promovía además las veladas literarias y todo lo que impulsara la cultura poner al servicio todos los dones de liderazgo que Dios le regaló. Supo sacar jugo a la firmeza de su carácter tanto como superiora, o como hermana en la vida de comunidad; dentro de su seriedad, sabía convivir fraternalmente con todas. Con mucha entrega generosa, desplegó también actividades apostólicas en otras casas donde ella estuvo: en Puebla, en la casa de La Villa de la ciudad de México, en donde colaboró directamente en las Obras Misionales Pontificio-Episcopales. Estuvo también en Huatabampo, en Casa Madre, en la misión de la Florecilla, Chiapas y por último en la Casa del Tesoro.

En el año 2007, la hermana Guadalupe celebró sus 50 años de vida consagrada, siguiendo con aquella labor escondida y callada que había iniciado desde hacía muchísimos años, de confeccionar corporales, manutergios y purificadores (lienzos sagrados para Misa) para la capilla del convento, para la parroquia y para regalar a los sacerdotes que ejercían su ministerio al servicio de la congregación de las Misioneras Clarisas, entre los cuales me encontraba yo, que siempre me sentí tan favorecido, no solo por esos regalos, sino por el valiosísimo regalo de tener como amiga a una mujer consagrada «de una pieza» a quien había visto desplegar su consagración desde que era prácticamente un chiquillo en Van-Clar. ¡Con qué sencillez me pedía en sus últimos años que la escuchara en confesión! Era yo quien quedaba edificado por su profunda vida espiritual. En mis tiempos de seminarista recuerdo a algunos sacerdotes que gustaban de ir a celebrar la Misa al convento y disfrutaban de la paz que ella hacía reinar en la comunidad. Incluso uno de los obispos de aquellos años decía: «Vengo aquí porque me siento acogido y es para mí como el descanso en un Oasis».

Habiendo sido probada por el dolor de su última enfermedad, que supo sobrellevar con tranquila prudencia y paciencia, fue perdiendo sus facultades y fuerza física, además de la memoria reciente, situación que ella vivía con paciencia y naturalidad, sin perder su característica educación y conservando cel gusto por la lectura, soportando y ofreciendo el dolor y el cansancio con dignidad y abnegación. Siempre pensando en los demás, debido a su serio problema de columna, ya no era capaz de levantarse, sentarse o acostarse por sí misma, cosa que hacía necesario el que alguna hermana la levantara o la acomodara en la silla de ruedas. Ella con mucha deferencia hacia quien hacía de enfermera le preguntaba si no se había lastimado al moverla, o bien le decía: «no te vayas a lastimar, ¿estoy muy pesada verdad?...» De ella aprendí esa frase que a veces me escuchan como respuesta cuando me preguntan que cómo estoy y yo les digo: «¡como Dios quiere!» Conociendo las hermanas enfermeras su estado de sufrimiento por los dolores que tenía por la columna dañada, le procuraban el medicamento necesario, pues ella no lo pedía.

Consciente y devotamente preparada, entregó su alma al Señor, que vino a recogerla en sus brazos amorosos para llevarla a su descanso y gozo eterno del cielo el 11 de marzo de 2017 en la «Casa del Tesoro», en Guadalajara, Jalisco, México.

P. Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

«La mujer encorbada»... Un pequeño pensamiento para hoy

Los discípulos-misioneros de Cristo, no podemos ni debemos vivir de acuerdo a los deseos del hombre sin Cristo, con una vivencia religiosa y pobre que se deja dominar, ofuscar y conducir por el desorden de este mundo (Rm 8,12). Somos hijos de Dios y no podemos estar sujetos al desorden que invade nuestro globalizado mundo por todas partes y en todas las áreas de nuestras vidas. Por la presencia del Espíritu, los hombres y mujeres de fe tenemos la garantía de que hemos sido adoptados por el Padre y tenemos todos los derechos del hijo, incluyendo la herencia para nosotros reservada para compartir con Cristo. Así que, si con Cristo hemos tenido que caminar el sendero angosto de la cruz, también con él viviremos. San Lucas nos cuenta, entre los diversos tipos de milagros que de Jesús nos narra, que un sábado estaba enseñando en una sinagoga y que estaba allí una mujer a la que un espíritu tenía enferma hacía dieciocho años; la mujer estaba encorvada y no podía en modo alguno enderezarse, pero seguía ahí «cumpliendo». Lucas, constatando el milagro, nos dice que, al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». Y que al imponerle las manos la mujer se enderezó y empezó a glorificar a Dios (13,10-17). Y sabemos que, en el evangelio, cuando se habla de una curación de una enfermedad física, se habla de la curación de un desorden interior.

Ciertamente que toda enfermedad física es un desorden en el organismo, pero toda clase de enfermedad espiritual también lo es. La mujer de la escena evangélica llevaba dieciocho años en esta situación. Ella no habla, no tiene nombre, no pide la curación, no toma ninguna iniciativa. La vivencia de su fe era fría, vacía, acomodada. Su pasividad me llama la atención porque me recuerda a tanta gente que hoy, enferma del espíritu y sometida al desorden de este mundo, parece no esperar curación alguna por temor, quizá como aquella mujer, de no estar «a tono» con las costumbres que se siguen. San Lucas nos habla de una reacción autoritaria del jefe de la Sinagoga porque es sábado. El dominio sobre las conciencias a través de la manipulación de la ley de Dios era muy fuerte. Era ésta la manera en que mantenían a la gente sometida y encorvada. Hoy no es de esta manera, pero, esa manipulación sigue existiendo por los grandes gurús de nuestro tiempo que se sienten dueños de la fe y de las vidas de tantas personas. ¡Cuántos falsos profetas, curanderos, chamanes y demás, influyen en las vidas de tanta gente para retenerlos en el desorden de este mundo, dándoles recetas falsas que ni curan ni resuelven situaciones! ¡Cuántas estafas fabricando falsas ilusiones que a la gente la dejan igual, sometida! ¡Cuántos engaños para que la gente siga pague y pague por salud exterior o interior y no salga de su situación!

Con este ejemplo sacado de la vida ordinaria, Jesús muestra la incoherencia de lo que ofrecen tantas mentes cerradas, enajenadas, ciegas, opresoras, engañosas. Si está permitido desatar un buey en el día de sábado, sólo para darle de beber, mucho más está permitido desatar a una hija de Abrahán para liberarla del poder del mal. La Ley que agrada a Dios es ésta: liberar a las personas del desorden, del poder del mal y ponerlas en pie, para que puedan glorificar a Dios y rendirle homenaje. Jesús no quiere que nadie se quede en ese desorden. Desatar y liberar a las personas no tiene, para Él, un día marcado; ni sábado, ni lunes, ni ningún otro. Eso es cosa de todos los días. Hoy somos nosotros, los discípulos-misioneros de Jesús, los que tenemos que «imponer las manos» orando y ofreciendo espacios de curación y sanación interior que enderecen el desorden de tantas personas encorvadas, para que puedan glorificar a Dios con dignidad, seguridad y alegría. ¡Qué la Santísima Virgen nos ayude! ¡Ella, la mujer del orden exterior e interior nos quiere sanos! ¡Qué Ella, siempre fiel al Señor, nos fortalezca para continuar la misión que Cristo inició, devolviendo el orden a las almas y cuerpos enfermos! Bendecida semana.

Padre Alfredo.

domingo, 29 de octubre de 2017

«Dos trazos, el vertical y el horizontal»... Un pequeño pensamiento para hoy


El evangelio de este domingo, tomado de san Mateo, en esta lectura continuada que estamos realizando, nos presenta una escena que se produce dentro de los continuos altercados —y preguntas trampa— que los enemigos de Jesús le buscan poner continuamente. Ahora se trata de los fariseos, ante cuyo cuestionamiento Cristo define la esencia de su mensaje: «Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo». Uno de los fariseos, doctor de la ley, le lanzó a Jesús una pregunta a nombre de todos ellos: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande la ley?» (Mt 22,36) y, ante esto, es que Jesús da esta respuesta con «un extra», puesto que aquel hombre solo le había preguntado por «el mandamiento más grande» y, aunque no había sido cuestionado sobre otro más, Cristo añade que el segundo mandamiento es semejante al primero: «Amarás al prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39). Es un modo de aclararnos y recordarnos que no se puede amar a Dios, si no se ama también al prójimo. Decir lo contrario es una mentira. Así lo especifica San Juan cuando afirma que quien dice amar a Dios y no ama a su hermano es un embustero (1 Jn 4,20). 

Es evidente este domingo, la dimensión vertical y trascendente de este mandamiento que es esencial en el mensaje evangélico, hasta el punto de que, si se prescinde del amor a Dios, todo lo demás no sirve para nada (1 Cor 13,1). Amamos a Dios y al mismo tiempo atendemos a la vertiente horizontal, pues la proyección hacia el hermano, complementa el mensaje proclamado por Jesucristo. Cada domingo, cuando llegamos al Templo —y cada vez que vamos— vemos a Cristo en la cruz. Es un signo que nos reta, pues no solo nos recuerda la muerte de Cristo, sino también el modo como ha de vivir el discípulo-misionero. Cristo siempre nos va a invitar a levantar hacia arriba el corazón, el alma y la mente (Mt 22,37), pero también nos va a urgir a tener los brazos extendidos para hacia el hermano. Sólo así la cruz que cargamos cada día está completa, con los dos trazos, el vertical y el horizontal... ¡bien marcados!

Este domingo Jesús ata juntos el amor a Dios y el amor al prójimo, hasta fusionarlos en uno solo, pero sin renunciar a dar la prioridad al primero, al cual subordina estrechamente el segundo. Es más, todas las prescripciones de la ley —que para los judíos de aquel tiempo llegaban a 613— están en relación con este único mandamiento: toda la ley encuentra su significado y fundamento en el mandamiento del amor. Jesús lleva a cabo un proceso de simplificación de todos los preceptos de la ley: el que pone en práctica el único mandamiento del amor no sólo está en sintonía con la ley, sino también con los profetas (Mt 22,40). Sin embargo, la novedad de la respuesta no está tanto en el contenido material como en su realización: el amor a Dios y al prójimo hallan su propio contexto y solidez definitiva en Cristo como centro de nuestras vidas, y plenamente en Jesús Eucaristía, que nos invita a ser «Pan Partido» como Él. Hay que decir que el amor a Dios y al prójimo, mostrado y realizado de cualquier modo en su persona, pone al discípulo-misionero en una situación de amor ante Dios y ante los demás. El doble único mandamiento, el amor a Dios y al prójimo, se convierte en una columna de soporte, no sólo de las Escrituras, sino también de la vida del cristiano. María nos enseña, con su claro testimonio, que el amor a Dios lleva al amor al prójimo. Dejemos que Ella, la «Madre del Amor Hermoso» nos cuestione preguntándonos: «¿El amor a Dios y al prójimo ¿es para ti sólo un mero sentimiento, una emoción pasajera, un pasatiempo, o es una realidad que invade toda tu persona: todo tu corazón, toda tu alma y toda tu mente? ¡Feliz domingo que tenga como centro la participación en la Eucaristía!

Padre Alfredo.

sábado, 28 de octubre de 2017

«Dos santos contrastantes, San Judas Tadeo y San Simón»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy celebramos a dos de los doce Apóstoles cuyos nombres solamente se mencionan en el Evangelio sin decirnos nada de ellos; un par que es contrastante: Simón y Judas. Por un lado Judas Tadeo, un santo hacia el que miles y miles de gentes se desbordan en devoción, y por el otro, Simón, un santo prácticamente desconocido. El único dato cierto respecto de él es que es uno de los Doce Apóstoles elegidos por Jesucristo para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar (Mc 3,13). Es muy probable que perteneciera al grupo de los «zelotes», cuyo fin era trabajar contra la invasión romana. Sin embargo, la escucha de la palabra de Cristo fue para él el descubrimiento a la universalidad del amor de Dios. De san Judas, solo hay un dato en el Evangelio y es san Juan quien lo refiere (Jn 14,22) cuando Cristo, explicando en la noche de la Cena a sus discípulos, que quien guarda sus mandamientos es quien realmente le ama y que él a su vez le amará y se manifestará a él, Judas, en un acto de amor al prójimo, le interrumpe con la pregunta: «¿Cómo es que tienes que manifestarte a nosotros y no al mundo?». Cristo le responde que quien le ama a él, será amado por el Padre y que el Padre y él harán morada en el que le ama. 

La tradición sostiene que estos dos Apóstoles se celebran el mismo día porque iban siempre juntos en fecundo apostolado. El Señor los llamó a formar parte de «Los Doce. Ambos apóstoles recibieron, con los demás, el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego el día de Pentecostés. Habían presenciado los milagros de Jesús en Galilea y Judea y escuchado sus sermones; le vieron resucitado y hablaron con Él después de su muerte, le vieron resucitado y fueron testigos de su ascensión al cielo. Pero, como digo, es indiscutible que san Judas es el más popular de los dos. En Ciudad de México, este día de su fiesta, al templo de «San Hipólito y san Casiano» donde se venera su imagen, asisten entre 80 mil y 100 mil personas, siendo la tercera iglesia más visitada del país, después de la Basílica de Guadalupe y la de San Juan de los Lagos, y conocida también como «La Iglesia de san Juditas». Pero ¿qué clase de devoción es la que se debe tener a san Judas Tadeo?

La devoción a San Judas Tadeo –y a todo santo y beato–debe de tener un fundamento sólido en la persona de Jesucristo para evitar malas interpretaciones. Jesucristo a sus doce discípulos y entre ellos a San Judas Tadeo les dijo: «Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio…» (Mc 16,15).  Lo cual, nos permite hablar con certeza de la persona de San Judas Tadeo como un discípulo elegido por el mismo Jesucristo y continuador de su mandato misionero. Un santo es sólo un intercesor, y quien obra los milagros es Dios a través de él. El beato Pablo VI, en la exhortación «Evangelii Nuntiandi» (no. 48), hace una distinción entre Religiosidad Popular (manifestaciones religiosas bajo la dinámica meramente cultural) y Piedad Popular (manifestaciones religiosas iluminadas por el Evangelio). Cierto que, por lo menos en esta megalópolis donde vivo, muchos de los devotos de san Judas se quedan en la manifestación de Religiosidad Popular venerándolo como «abogado de las causas difíciles y desesperadas». Pero la devoción a San Judas Tadeo, en la Piedad Popular, debe llevar a todo nuestro pueblo más allá, debe conducir a todos a un sólido compromiso con la misión. Por eso hay que aprovechar la fiesta de San Simón y San Judas Tadeo para acercarnos más a Dios, pidamos a san Judas, que, junto con san Simón, interceda por nosotros y nuestras familias, recordando que lo realmente importante de nuestra fe es que vivamos nuestra vida de cara a Dios. Pidamos también a Santa María, Reina de los Apóstoles, que nos ayude a redescubrir siempre y a vivir incansablemente la belleza de la fe cristiana, sabiendo testimoniarla con valentía y al mismo tiempo con serenidad. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 27 de octubre de 2017

«Ver, juzgar, actuar»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy empiezo mi reflexión haciendo mención de dos versículos de la primera lectura de la liturgia de hoy, que está tomada de la carta de san Pablo a los Romanos y que dice: «¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, esclavo de la muerte? ¡La gracia de Dios, por medio de Jesucristo, nuestro Señor!» (Rm 8,24-25). Y es que ayer en la mañana recibí la noticia de que dos personas, de alguna manera cercanas a mí, fueron llamadas a la Casa del Padre. En California murió Alan, uno de nuestros aspirantes a Van-Clar –de 23 años de edad– luego de una ardua lucha contra el cáncer que empezó en la piel y se siguió por otras partes consumiendo su joven vida en pocos meses. Acá en Ciudad de México murió Germán, uno de nuestros valiosos colaboradores en la pastoral parroquial de Fátima –de 83 años–. Dos vidas, dos entregas, dos llamados, dos testigos, dos discípulos-misioneros que experimentaron en plenitud, cada uno en su realidad, el gozo de vivir por Cristo, con Él y en Él hasta alcanzar la gracia de la perseverancia final.

Nuestra existencia es prestada y cada vida se va entretejiendo, al menos, con tres actitudes básicas y constantes: ver, juzgar y actuar. El evangelio de la liturgia de hoy nos lo recuerda (Lc 12,54-59) y nos muestra que es importante ver y saber lo que vemos mientras estamos en este mundo: «¿Por qué no interpretan entonces los signos del tiempo presente? ¿Por qué, pues, nos juzgan por ustedes lo que les conviene hacer ahora?» (Lc 12,56-57). No todo lo visible llegamos a verlo y casi nada es evidente e inequívoco en esta vida, porque el dato puro no mueve la historia ni los sueños ni las decisiones. Vamos viviendo a la sorpresa de Dios y siendo lo que interpretamos viendo, juzgando y actuando. La vida pasa tan de prisa como para Alan en sus 23 o para Germán en sus 83... «Se hace camino al andar» dice el poeta y el cantante, y ese camino se construye decidiendo momento a momento. De nada sirven 10, 15, 70 o 100 años de ver e interpretar si no hay arrojo para llevar el Evangelio a la práctica. A Germán lo vi por penúltima vez en una reunión de consejo de pastoral parroquial, lleno de entusiasmo y dando sus sabios consejos de una persona entrada en años; nuestro último encuentro fue en el hospital y él ya sin hablar, días antes de morir. Alan, por su parte, estaba preparando su viaje a África, colaborando en las ventas para recaudar fondos en la parroquia de Santa Rosa de Lima, en donde el grupo de Van-Clar de Maywood se reúne; por aquí y por allá han quedado algunas fotos como muestra de su entusiasmo por la misión.

Cuantos proyectos de tanta gente se quedan en nada porque al final no se atreven a dar un paso, tomar una decisión, decir sí o no en lugar de dejarse llevar por la vida. Germán y Alan han concluido su andar en esta tierra y «la gracia» los ha llamado a la vida eterna. Sabemos que, como dice san Pablo, Cristo es el único que libera de las ataduras de la muerte, el único que nos saca de las tinieblas y del sufrimiento y nos lleva a la luz y a la alegría de la vida eterna. Así que ante este testimonio tan grande y valioso de Alan y Germán sólo podemos decir: «Te damos gracias, Señor, por tantos beneficios concedidos a nuestros hermanos Alan y Germán y por otros tantos beneficios que, a través de ellos, has dejado a muchos». Si sabemos distinguir y aceptar la voluntad de Dios como ellos, alcanzaremos el fin último del cristiano que es la santidad. Descansen en paz estos hermanos nuestros y que el Espíritu de Cristo invada nuestro corazón para que libres de toda inclinación al pecado, podamos experimentar la Vida Eterna desde aquí y ahora como María, como los santos, como muchos hermanos en la fe que se nos han adelantado. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 26 de octubre de 2017

«El fuego del Espíritu»... Un pequeño pensamiento para hoy

El Evangelio de san Lucas es muy explícito, utiliza muchas expresiones, pudiéramos decir «espectaculares», que sirven como signos para referirse a realidades que no podemos definir de otra forma. En la perícopa que la liturgia de hoy propone (Lc 12,49-53), Cristo ha venido a traer «fuego a la tierra». Esta expresión, que el evangelista pone en boca de Cristo, hemos de entenderla referida al Espíritu Santo. Jesús habla del fuego del Espíritu, ese fuego que lleva en su interior –en su corazón–, ese deseo ardiente y apasionado para anunciar y extender el Reino de Dios y prender, también, en los que le escuchan, ese fuego que debe arder. El Señor está totalmente comprometido con el Reino, pero sabe que su predicación le va a llevar a la muerte, por eso advierte que «no ha venido al mundo para traer paz, sino división» (Lc 12,51). Y es que, si nos ponemos a pensar, nos damos cuenta de que, si vivimos la fe de manera apasionada y radical, aparecen, «de cajón», los conflictos y divisiones, incluso con los más allegados a nosotros, que no entienden nada de la clase de «fuego» que traemos.

Seguir a Jesús y a su Evangelio conlleva tomar decisiones fuertes, tomar opciones preferenciales y determinantes y, por consecuencia, eso causa divisiones. ¿Quién de nosotros no ha tenido dificultades por seguir a Jesús, por querer ser fiel a la verdad, por sobreponerse a las «malas vibras» –como dice hoy mucha gente en el lenguaje moderno– y a tantos obstáculos para conservar la fe? En este sentido la Buena Noticia de Jesús es realmente siempre una fuente de división, un «signo de contradicción» (Lc 2,34). Muchas veces, donde la Iglesia anuncia la Buena Noticia, esta se vuelve un «signo de contradicción» y de división. Personas que durante años vivieron acomodadas en la rutina de su vida cristiana, y que ya no quieren ser incomodadas por las «exigencias» del Evangelio. Personas incomodadas por los cambios que la conversión plena exige, y que usan toda su inteligencia para encontrar argumentos en defensa de sus opiniones condenando esas exigencias como contrarias a lo que ellas piensan ser la verdadera fe. Así, vemos que no es que Jesús pretenda sembrar la división en los vínculos familiares, sino que quiere resaltar que lo primero en nuestras vidas es el Reino de Dios, el proyecto de salvación, su propuesta y entrega total.

¡Qué maravillosa invitación la que Cristo nos hace este jueves para vivir nuestro Bautismo de forma radical sin miedo! Él exige al discípulo-misionero una determinación sincera, tajante y total. A Jesús no le agradan las cosas a medias. Ante Él, con Él y por Él hay que decidirse. El Reino de Dios, el proyecto de Dios es lo más importante para el hombre y la mujer que quieren vivir del Evangelio. ¡O se le toma o se le deja!... no hay medias tintas, aunque esa determinación cause conflictos. En una sociedad que favorece la muerte de los no-nacidos y de los ancianos, que aplaude el crecimiento desmedido de unos pocos ricos frente a la miseria de la mayoría, los discípulos-misioneros estamos llamado a ser «signo de contradicción» como Jesús. Hombres y mujeres de Iglesia, fieles y coherentes, dispuestos a sufrir la contradicción constante de una vida entregada a la causa del Evangelio. Ese es el ardor con que Cristo propone a sus seguidores asumir su vocación de entrega, de «quemar las naves», de aceptar como lo más importante, con santa obsesión y entrega, el proyecto de Dios. Pidámosle a María Santísima, que se dejó cubrir por el fuego del Espíritu, que nos ayude a que ese fuego, que nosotros también hemos recibido y que se ha fortalecido con el sacramento de la confirmación, arda en una vida de gracia, para ser auténticos discípulos-misioneros, que contagien esta manera de vivir y así seamos sembradores de paz. Este es el cumplimiento de la bienaventuranza proclamada por el mismo Jesús: Dichosos serán ustedes cuando los injurien y los persigan, y digan contra ustedes toda clase de calumnias por causa mía (Mt 5, 11). ¡Bendecido jueves!

Padre Alfredo.

miércoles, 25 de octubre de 2017

«Dar para volver a dar»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hace 14 años un día como hoy andaba en Acapulco disfrutando de esa vista hermosísima que ofrece este bello puerto y esperando que llegara la hora de la Ordenación Sacerdotal de quien muchos conocemos como el padre «Pepe», ese padrecito incansable que está en África. El tiempo pasa tan de prisa, como estos 14 años de ministerio sacerdotal del padre José Radilla Torres, muchos de los cuales ha pasado en ese verde continente lleno de esperanza. ¡Me encanta recordar estos momentos de gracia meditando el pasaje evangélico que la liturgia de este día la Iglesia nos propone meditar!, porque el evangelio, entiende que una actitud propia del discípulo que sigue a Jesús de Nazaret es vivir con esmero y dedicación –vigilante, dice el texto de hoy– la venida del Señor. Leyendo a San Lucas (Lc 12,39-48) nos queda claro que, para esperar la venida del Señor, no basta con cuidar la propia vida sin darla. ¡No, no basta! El Señor nos exige que nos reconozcamos como administradores y no dueños de la vocación que Él nos ha dado, cuya principal tarea es, según cada vocación específica, cuidar de la gracia en los demás y vivir con equilibrio y dignidad el compromiso que hemos hecho.

Para vivir plenamente la vocación que Dios nos ha dado, no basta con irla pasando. Hemos de reestrenar el «Sí» que dimos a Dios y a nosotros mismos en la entrega y servicio a los que nos rodean, especialmente a quienes Dios ha puesto a nuestro cuidado en la vida sacerdotal, en la vida consagrada, en el matrimonio, en la soltería, según la vocación que Dios nos haya dado. ¿Cómo hacer esto? Mirando al Señor siempre. Él es nuestro escudo en la batalla, es el sostén en nuestras penas, es nuestro auxilio que nos salva cuando el agua nos llega al cuello; Él es nuestra alegría, nuestra esperanza, nuestro gozo en el diario vivir. Estamos llamados a ponernos de su lado en todo momento dejando que los años desgasten nuestras vidas dándolo todo y cuidando de los demás sin buscar ningún interés a cambio, como dice Neruda en su poema El Estribillo del Turco: «Darse a las gentes
como a la tierra las vertientes. Y no temer. Y no pensar. Dar para volver a dar. Que quien se da no se termina porque hay en él pulpa divina». 

Que Dios nos ayude a «dar para volver a dar» y que María, su Madre Santísima, nos ayude con su intercesión a ser servidores fieles, generosos y libres, según la vocación que hemos recibido. «Dichoso ese siervo, si el amo, a su llegada, lo encuentra cumpliendo con su deber» (Lc 12,43). Al ver este pasaje en el evangelio puedo decir: ¡Padre Pepe, esta parábola es un regalo para ti en el día de tu aniversario de ordenación! A ti, como sacerdote misionero te ha llamado el Señor a administrar la misión que Dios te ha dado como buen pastor. Pero es claro, que también puedo decir: ¡Armando, Idalia, Mirna, Isaías, Lydia, Hugo... la parábola también es para ti, para cada uno de nosotros con nuestra propia vocación. Y entonces toma mucho sentido la advertencia final de este trocito del escrito de san Lucas: «Al que mucho se le da, se le exigirá mucho; y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más» (Lc 12,48). ¡Feliz aniversario padre Pepe y déjanos a muchos, seguir reviviendo el gozo de aquel día caluroso en que la gracia del Espíritu Santo se desbordó en ti para salvar muchas almas, en ese hermoso puerto de Acapulco! Bendecido miércoles a todos.

Padre Alfredo.

martes, 24 de octubre de 2017

«San Rafael Guizar y Valencia, el buen pastor»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este martes la Iglesia celebra la fiesta de san Rafael Guízar y Valencia, obispo de Veracruz en los tiempos de la persecución, cuya vida nos ayuda a entender de manera más clara y cercana la figura de Jesús, el Buen Pastor. Este santo mexicano fue un hombre fiel al Evangelio, a quien, imitando a Cristo que dio la vida por sus ovejas, no le faltaron sufrimientos, persecuciones sin tregua y calumnias ante los que no se rindió nunca (cf. Mc 10,30). Imitando a Cristo pobre, san Rafael se desprendió de su tiempo, de sus bienes y de su vida, que gastó como incansable misionero. Su caridad vivida en grado heroico hizo que le llamara «El Obispo de los pobres». En su ministerio sacerdotal y después episcopal, Rafael fue un incansable predicador de misiones populares, el modo más adecuado en aquellos años para evangelizar a las gentes, usando su Catecismo de la doctrina cristiana, a la vez que cuidaba de la formación de los futuros pastores, cuando los seminarios tenían que subsistir de forma clandestina en locales disfrazados de cines o mercados.

«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas» dice Cristo (Jn 10,11). Cristo dice, en este trocito del Evangelio que él es el pastor de las ovejas. Y no un pastor cualquiera... sino: «¡El buen pastor!». Tomando esta imagen que viene del Antiguo Testamento, él sabe que todo comprendían qué era un pastor y cómo vivía y trabajaba. Era normal usar la imagen del pastor para indicar la función de quien gobernaba y conducía al pueblo. Los profetas criticaban a los reyes porque eran pastores que no se ocupaban de su grey y no la conducían a pastar (Jr 2,8; 10,21; 23, 1-2). Indicando que es un «Buen Pastor», Jesús se presenta como aquél que viene a cumplir las promesas de los profetas y las esperanzas de la gente. Insiste sobre dos puntos que san Rafael Guizar captó muy bien: Primero, la defensa de la vida de las ovejas; el buen pastor da su vida (Jn 10,11.15.17.18); y segundo, la recíproca comprensión que debe haber entre las ovejas y el pastor; el pastor conoce a sus ovejas y ellas conocen al pastor. (Jn 10,4.14.16). Inmediatamente después Jesús delinea la conducta del mercenario que no es pastor (Jn 10,12-13) aunque lo parece, pues mirando desde fuera, no se percibe la diferencia entre un mercenario y un pastor. Los dos se ocupan de las ovejas, pero de forma diferente. 

¡Cuánto tenemos que aprender de Cristo y de los que buscan ser como él: «un buen pastor»! Hoy nos faltan quienes se ocupen de las ovejas en los hospitales, en las comunidades, en los asilos, en los colegios, en los servicios públicos, en las parroquias... Algunos lo hacen por amor, como buenos pastores; otros, apenas como mercenarios por un salario o un premio de otra clase. Hoy, como ayer, se distingue el pastor del mercenario en el momento del peligro, unos dan la vida, los otros no se interesan, «porque las ovejas no son de ellos»: los niños no son de ellos, los alumnos no son de ellos, los vecinos no son de ellos, los fieles no son de ellos...
Al ver el rostro sonriente de san Rafael Guizar y Valencia, en vez de juzgar la conducta de los otros, uno siente la necesidad de ponerse delante de la propia conciencia y preguntarse: ¿En mi relación con los otros… soy mercenario o pastor? Yo se que Jesús no condena al mercenario, porque dice que el trabajador tiene derecho a su salario (Lc 10,7), pero pensando en este santo y en María Santísima a quién él tanto amaba, siento que Jesús pide que demos un paso adelante y nos convirtamos en pastores. Finalmente, en este relato, Jesús mira al horizonte y dice que «hay otras ovejas que no son de este redil» (Jn 10,16). Todavía hay muchos que no han escuchado la voz de Cristo, pero cuando la oigan, se darán cuenta que Él es el pastor y lo seguirán. ¿Quién hará esto o cuándo sucederá? ¡Somos nosotros, que, imitando en todo el comportamiento de Jesús, como san Rafael, podemos encarnar al Buen Pastor! Que tengas un bendecido martes.

Padre Alfredo.

lunes, 23 de octubre de 2017

«El dinero no lo es todo»... Un pequeño pensamiento para hoy

El pasaje del evangelio que la liturgia de la Iglesia nos ofrece el día de hoy para reflexionar (Lc 12,13-21), está solamente en el evangelio de San Lucas. Es decir, no tiene paralelo en otros evangelios. Este pasaje forma parte de la descripción del camino de Jesús, desde Galilea hasta Jerusalén, que ya he comentado que abarca una gran parte del Evangelio (Lc 9,51 a 19,28), en el que Lucas nos comparte la mayor parte de las enseñanzas de Jesús y que, como este caso, no se encuentran en los otros tres evangelios (cf. Lc 1,2-3). El evangelio de hoy nos trae la respuesta de Jesús a una persona que en medio de la multitud le pide que medie en el reparto de una herencia (Lc 12,13). Como mucha gente de hoy, aquel personaje quería poner a Dios de árbitro de un asunto que a él le tocaba resolver. Y claro, como es de suponer, recurrió a Jesús para obtener votos a su favor, diciéndole qué es lo exactamente tiene que hacer: «¡dile a mi hermano!». Pero Jesús no cae en su jueguito. Le llama «amigo» (Lc 12,14) pero lo ubica en su situación: «¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?». Jesús tenía, y sigue teniendo hasta el día de hoy «amigos», amigos pobres y amigos ricos. En aquel tiempo acudía a sus casas y aceptaba sus invitaciones y les hablaba con la verdad. La cuestión importante para Jesús no era que sus amigos fueran ricos o pobres, sino que organizaran y programaran sus vidas en torno Dios, y no a las cosas del mundo. Por eso nos pone esta parábola del hombre que hace cálculos meramente terrenales y en torno a los bienes materiales. 

Vivimos en una sociedad que se sumerge cada día con más entusiasmo y fervor... ¡en las cosas materiales! Una sociedad interesada en ganar y gastar más dinero, el mejor carro, la mejor casa, la mejor ropa, aunque para ello se tenga que dejar a un lado convicciones tanto sociales como religiosas. Los valores económicos, el poder, el éxito, el prestigio, la buena vida, son cosas que atraen poderosamente a la gente de nuestro tiempo. Pero, es una lástima que como sociedad, no pongamos el mismo cuidado y dedicación en la adquisición de los valores éticos, religiosos y culturales; en el compartir, en la amistad, en la familia, en el trabajo en equipo, en el estudio, etc. ¿Para que servirán todas las cosas materiales cuando nos presentemos ante el Señor? Yo no quiero decir con esto que no busquemos mejorar nuestra vida y la de toda nuestra sociedad, pero el auténtico discípulo-misionero, el que realmente sigue al Señor, debe tener la Fe y la confianza en que, si seguimos sus pasos, nunca nos va a dejar en la calle y siempre tendremos lo que realmente necesitamos para vivir. Dios nunca abandona y, es más, hasta puede que nos dé, por su gracia y su infinita misericordia, más de lo que necesitamos. «Busquen los bienes de allá arriba» –dice San Pablo (Col 3,1-4)–, esos bienes que son bienes aquí y ahora y lo van a seguir siendo después. 

Esta es la sagacidad que nos pide Jesús: «Armonía y equilibrio entre esta vida y la otra». Y hacerlo, muy en particular, con lo que nos puede enriquecer aquí y allí. Lo que hizo él; lo que hizo su Madre santísima, lo que hicieron y hacen los santos. Vivir en una dependencia constante a Dios, como decía la beata María Inés: «Depender más que nada de la divina Providencia. Estar siempre seguros, como lo hemos estado, que jamás nos faltará si, ante todo buscamos primero su reino, entonces todo lo demás, nos llegará por añadidura» (Consejos, Doc. 00486, f. 1360. El valor de una vida no consiste en tener muchas cosas, sino en ser rico para Dios (Lc 12,21). Pues, cuando la ganancia ocupa el corazón, no se llega a repartir la herencia con equidad y con paz. El Papa Francisco decía un día: «Nunca he visto un camión de mudanzas detrás de un cortejo fúnebre», indicando que lo que se nos va a pedir en aquel momento es la vida, no son nuestros bienes y dineros. Pidamos el sano equilibrio: no podemos despreciar el dinero que necesitamos, pero tampoco debemos poner nuestro corazón y depositar nuestra confianza en él como centro de nuestras vidas. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 22 de octubre de 2017

«DOMUND»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡HOY ES DÍA DEL DOMUND! Celebramos alrededor del mundo el DOMingo MUNDial de las misiones. Recuerdo cuando desde adolescente renovaba en este día, con otros jóvenes allá en la colonia Cuauhtémoc de mi natal Monterrey, mi compromiso como misionero del grupo Van-Clar, fundado por la beata María Inés Teresa. Hoy el mundo es diferente, mientras en algunos países o algunos lugares de los países católicos, la fe católica sigue sosteniendo y sigue siendo referencia en el modo de vivir, pensar y regir de muchos, nos encontramos con un severo contraste aún en los países que se suponía estaban evangelizados, un contraste serio e incomprensible de una sociedad globalizada y envolvente que intenta arrinconar a Dios en el santuario de la privacidad de cada persona. El mundo, la tierra, sus habitantes…todo es de Dios y, por lo tanto, con el Evangelio en la mano —como discípulos-misioneros que somos— hoy todos, no solo los miembros de grupos misioneros, debemos renovar nuestro compromiso misionero recibido en el bautismo para ofrecer y dar a Dios lo que es de Dios (Mt 22,12), lo que es creación suya. No nos puede dejar indiferentes a los bautizados el saber que millones de hombres, redimidos, como nosotros, por la sangre de Cristo, viven todavía sin conocer a fondo el amor de Dios, o que conociéndolo no pueden estar suficientemente atendidos en su fe. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir el deber supremo de anunciar a Cristo a todos los pueblos.

El Papa Francisco, en su mensaje para el DOMUND de este año, nos recuerda que «la Iglesia es misionera por naturaleza; y que, si no lo fuera, no sería la Iglesia de Cristo, sino sólo una asociación entre muchas otras, que terminaría rápidamente agotando su propósito y desapareciendo» (cf. Mensaje del DOMUND 2017). En el mismo mensaje el Santo Padre nos deja una serie de preguntas que tocan nuestra identidad cristiana y nuestras responsabilidades como creyentes, en un mundo confundido por tantas ilusiones, herido por grandes frustraciones y desgarrado por numerosas guerras fratricidas, que afectan de forma injusta sobre todo a los inocentes. ¿Cuál es el fundamento de la misión? ¿Cuál es el corazón de la misión? ¿Cuáles son las actitudes vitales de la misión? y va él mismo dando respuesta. El Papa Francisco nos invita a tener el valor de asumir la audacia del Evangelio; además el coraje y la valentía para salir de nosotros mismos, para resistir la tentación de la incredulidad, para gastarnos por los demás y por el Reino, para atrevernos a soñar con llegar al más apartado rincón de la Tierra. Es tremendo pensar que, después de dos mil años, dos terceras partes de la humanidad no conocen todavía a Cristo, y tienen necesidad de Él y de su mensaje de salvación. «¡Qué todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero!» le gritaba desde el fondo de su corazón la beata María Inés en una intensa vida de acción misionera sostenida por una profunda oración ante Jesús Eucaristía.

Es la hora de contagiarnos de ese entusiasmo misionero y del de tantos santos y beatos que, con la actividad misionera unida a la oración, buscaron con su vida dar a Dios lo que es de Dios... La mayoría de nosotros vivimos la misión en el lugar donde estamos, algunos son enviados por la Iglesia a otros ámbitos geográficos; pero todos hemos de sentir la necesidad de transformar nuestra existencia en un compromiso misionero. Vale la pena, entonces, recordar aquellas palabras de San Juan Pablo II: «La Misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da muevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola!» (cf. Redemptoris missio, 2). Este día del DOMUND, dirijamos nuestra mirada a la Virgen María, icono sublime de la acción misionera. Ella se dirige presurosa, portadora de la Buena Nueva, a servir a su partienta Isabel (Lc 1,39), ella es modelo misionero para la Iglesia. Pidámosle que ella nos enseñe a todos los discípulos-misioneros a generar y custodiar la presencia viva y misteriosa del Señor Resucitado, que renueva y colma de gozosa misericordia las relaciones entre las personas, las culturas y los pueblos, dando a Dios, lo que es de Dios. ¡Feliz día del DOMUND y felicidades a todos nuestros hermanos Vanclaristas que renuevan su compromiso misionero en las diversas naciones en donde el grupo está presente!
Padre Alfredo.

sábado, 21 de octubre de 2017

«Ser valientes»... Un pequeño pensamiento para hoy

Cada sábado la Iglesia, tradicionalmente, desde hace muchísimo tiempo, tiene un recuerdo especial de la Virgen María. Esta Mujer maravillosa de pocas palabras y de grandes obras tiene mucho que enseñarnos, porque en nuestra época nosotros hablamos y hablamos, nos faltan las grandes obras y, además, en un medio en donde no se reconoce abiertamente a Dios y en donde muchos cristianos, poco hablan de Él porque no dejan actuar al Espíritu Santo en sus vidas. San Lucas nos recuerda que Jesús dijo a sus discípulos que «a aquel que lo niegue ante los hombres, Él lo negará ante los ángeles de Dios» (Lc 12,9). María es una persona llena de gracia de Dios, como lo dice el Ángel. Ella no temerá acompañar al Hijo hasta la Cruz y, con su sola presencia en el camino de la Cruz, será la Madre Mártir que, instruida en las Escrituras, como se desprende del lenguaje bíblico del Magnificat, será reconocida por no negar nunca la divina misericordia de nuestro Dios.

El que niega a Jesús, el que tiene miedo de confesar y reconocer públicamente a Jesús, él mismo se condena. Es necesario decidirse, o con Jesús o contra Él y contra su Palabra de gracia; de esta decisión, reconocer o negar a Jesús, depende nuestra salvación. Es indispensable que el testimonio valiente de Jesús y de la comunión con Él no disminuya en estos tiempos tan difíciles que atravesamos, es decir, no podemos avergonzarnos de ser y de manifestarnos como discípulos-misioneros de Cristo. Dar testimonio de Cristo es para el hombre y la mujer de hoy, que cree firmemente en Él, algo arriesgado y lleva muchas veces al martirio, como Cristo anuncia en el evangelio y como sucede en algunas naciones, pero no hay que olvidar la otra cara de la moneda; que si Cristo nos invita a dar testimonio de Él ante los hombres, es porque sabe que el mundo está deseando que alguien le anuncie la Palabra de Salvación. En el mundo actual, que tanto alardea de comprensión y tolerancia y que tanto habla y habla de acuerdos y de inclusiones, la Iglesia sigue ofreciendo a Cristo la sangre derramada de quienes no temen dar la vida por él dejando actuar al Espíritu Santo. El Espíritu Santo es quien nos permite abrir nuestro corazón para ser valientes y dar la vida. Pero si rechazamos al Espíritu Santo y no lo dejamos actuar, si evitamos su actuar y nos mantenemos tercamente en nuestras actitudes cerradas, ¿cómo podría orientar nuestro corazón en la dirección adecuada para el crecimiento? Por eso la actitud autosuficiente y soberbia, tan habitual en los fariseos de aquel entonces, sigue siendo muy peligrosa para nuestra vida espiritual. Jesús nos lo advierte: «a aquel que blasfeme contra el Espíritu Santo —aquel que no lo deje actuar o niegue su acción—, no se le perdonará» (Lc 12,10).

Puede que a nosotros no se nos presente la oportunidad de ser mártires de sangre, aunque todo puede suceder, incluso una nueva persecución religiosa en nuestra patria. Pero ciertamente Cristo nos pide, cada día, dejar actuar al Espíritu Santo en nuestro ser y quehacer para vivir el martirio que puede suponer ofrecer tantos pequeños y grandes sacrificios que se nos van presentando en el devenir de la vida. Cosas tan sencillas como levantarse temprano, llegar a tiempo al trabajo, hacer un cúmulo de pequeños favores, callarnos cuando nadie nos pide nuestra opinión, dar hasta que duela, aunque no recibamos nada a cambio y tantas cosas más que, por insignificantes que sean, se convierten en pequeñas espinas que podemos ofrecer a Dios, pequeños martirios que hacen de nosotros «otros cristos». El Espíritu Santo trabaja para incitarnos gentilmente a vivir y actuar como Jesús lo hizo: dando vida y vida en abundancia (Jn 10,10). El tiempo que yo le doy a la oración y al servicio a los hermanos, le agrada al Espíritu. El Espíritu entonces nos invita a poner en acción lo que hemos aprendido en la plegaria. ¿Somos conscientes de que ser cristiano reclama afrontar dificultades, insidias y peligros, hasta el punto de arriesgar la propia vida para dar testimonio de la amistad personal con Jesús? ¿Nos avergonzamos o escondemos nuestro ser de cristianos porque a veces no conviene manifestarlo? ¿Estamos dispuestos a dar la vida por Cristo y seguirlo hasta la Cruz como María? ¿Preferimos el juicio de los hombres, su aprobación, o el hecho de no perder la amistad con Cristo? ¿Es un sentimiento liberador saber que siempre podremos pedir la ayuda del Espíritu Santo? Creo que este es un sábado para ponerse a pensar... 

Padre Alfredo.

viernes, 20 de octubre de 2017

«No tengan miedo»... Un pequeño pensamiento para hoy


«No teman a aquellos que matan el cuerpo y después ya no pueden hacer nada más. Les voy a decir a quién han de temer. Teman a aquel que, después de darles muerte, los puede arrojar al lugar de castigo. A él sí tienen que temerlo» (Lc 12, 4-5). La existencia del demonio es un dogma de fe definido por el Concilio Lateranense IV, en el año de 1215. Este Concilio define que el demonio no es un principio absoluto, sino una criatura limitada creada por Dios, que, por su mala voluntad, se rebeló contra Él. Esta verdad es que se encuentra en la Sagrada Escritura y en la Tradición, y hay en ella una verdad de fe divina y, por lo tanto, negar que existe el demonio es contradecir lo que dice la Biblia. El Concilio Vaticano II habla 18 veces del demonio, en unos textos que realmente estremecen, como cuando dice, por ejemplo, que en el bautismo hemos sido arrancados de la esclavitud del Maligno para vivir en la libertad de los hijos de Dios. La existencia del demonio nos recuerda que tanto los seres espirituales, como nosotros mismos, podemos cometer el grave error de decirle no al Amor gratuito de Dios. El beato Pablo VI decía que el gran triunfo del demonio en nuestros tiempos, era hacer creer que no existe y así hacer de las suyas.

Dios nos quiere y cuida de nosotros librándonos del Maligno —lo pedimos al rezar el Padrenuestro—. Esa súplica «Líbranos del mal», para los que —aun siendo pecadores—, nos sabemos discípulos–misioneros de Cristo, es fuerza y ánimo irrefrenable para no tener miedo de vivir plenamente nuestra fe. Somos hermanos en Cristo, hijos de un mismo Padre que no nos deja nunca solos. Nuestra seguridad está puesta en Dios, el único Absoluto, nuestra roca firme. Podrán matarnos el cuerpo (Lc 12,4), pero hay valores más altos por los que hasta vale la pena entregar la vida (Jn 10,18). Incluso creemos en un final feliz que ni siquiera la muerte lo arrebata, porque está más allá de la muerte. Todo esto, tan sublime y tan sencillo, que Jesús lo dibuja en la imagen de los pajaritos, que se venden por dos monedas y que Dios cuida de ellos (Lc 12,6). ¿Por qué temer? Hay un temor de Dios que es un don del Espíritu santo. No se trata de un miedo morboso, un miedo a la persecución, a perder el prestigio social, al quebranto económico, a la enfermedad, a la traición, a la muerte, sino estar pendientes del amor de Dios y de su providencia; es decir, es confianza, paz, esperanza. Este temor queda sepultado cuando Alguien —Dios compasivo y misericordioso—, nunca falla y siempre está a nuestro lado.

Muchas veces hemos escuchado que se nos dice: «No teman» (Lc 12,7). Es preciso vivir desde esta ausencia de miedo a lo que mata el cuerpo, como la levadura de la hipocresía, la falsedad de vivir de apariencias, y el padre de la mentira que es el que con engaños puede llevarnos al infierno. Este temor es temor de valientes, de los que saben que con el príncipe de este mundo no hay que negociar. Y de los que, si llegan a caer en sus trampas, reconocen su falta y confiesan su pecado. Vivir la intimidad con Dios en la escucha de su Palabra, como María, para guardarla en el corazón y ponerla en práctica, es lo que nos hace vivir confiando en Él y aleja de nosotros el verdadero mal y al maligno. Su amistad es la causa de la más honda felicidad que puede alcanzar el ser humano. ¡Y que va, ya es viernes! ¡Bendecido fin de semana!

Padre Alfredo.

jueves, 19 de octubre de 2017

«En las redes sociales»... Un pequeño pensamiento para hoy

El evangelio de san Lucas, un evangelio que resalta el aspecto misericordioso y misionero de Cristo, habla también mucho de los conflictos que se daban entre Jesús y las autoridades religiosas de la época constituidas por los fariseos y saduceos (Mt 23,19), hombres que se sentían con tal grado de autoridad que de alguna manera se puede decir que se adueñaban o que secuestraban la Palabra de Dios y su mensaje, haciendo y deshaciendo con ella –según la interpretaban a su beneficio– leyes a su antojo, sin buscar que fuera conocida y vivida por todos para experimentar su misericordia y su amor. San Lucas nos dice que Jesús hablaba fuerte a estas gentes (Lc 11,52): «¡Ay de ustedes, doctores de la ley, porque han guardado la llave de la puerta del saber! Ustedes no han entrado, y a los que iban a entrar les han cerrado el paso». ¿El paso a dónde?, podríamos preguntarnos. El paso al Reino. ¿Y cómo lo hacían? Querían tener el monopolio de la ciencia respecto de Dios y de la ley de Dios e imponían su manera de ver a los demás, sin dejar margen a otra idea, a un pensamiento diferente, «d puertas abiertas» como diría el Papa Francisco. Presentaban a Dios como a un juez severo y en nombre de Dios imponían leyes y normas que no tenían nada que ver con los mandamientos de Dios, falsificaban la imagen del Reino y mataban en los demás el deseo de servir a Dios y al Reino. 

Una comunidad que se organiza alrededor de un falso dios como el que se hacían los fariseos y saduceos «no puede entrar en la dinámica del Reino», ni tampoco puede ser «expresión del Reino», porque impide, como comunidad cerrada, que sus miembros entren en el Reino. La expresión «entrar en el Reino de los Cielos» puede significar para muchos entrar en el cielo después de la muerte, pero es más probable que en san Lucas se trate de la entrada en la comunidad alrededor de Jesús y en las comunidades de los primeros cristianos. San Lucas habla de «la llave de la puerta del saber» y la frase está redactada con el verbo en pasado: «han guardado». San Lucas simplemente constata que la pretensión de los escribas y fariseos de poseer la llave de la puerta del saber respecto de Dios y de la ley de Dios les impedía reconocer a Jesús como Mesías y cerraba las puertas al pueblo para reconocer a Jesús como Mesías compasivo y misericordioso. Todo para ellos era un culto externo que no tenía fecundidad espiritual, sino que mataba el alma.

En este mundo globalizado, donde crece la ausencia de lo transcendente y de lo divino cada vez más; en un tiempo donde tantos hijos de Dios están crucificados por el hambre, la explotación, la injusticia, la pena, la soledad, la persecución y la desesperanza; sólo las voces proféticas pueden decir algo transparente, creíble, que deje huella en el corazón de la gente. Si nos faltaran los profetas, nuestro testimonio de católicos estaría «nejo» como dicen en mi tierra, es decir lejos de la blancura, opaco digamos. La voz de los católicos sería como la de los fariseos y saduceos, rutinaria e inexpresiva; sus actividades, infecundas y frustrantes como la de los doctores de la ley. Al asomamos hoy al Whatsapp, al Facebook y a las demás redes sociales, sería bueno preguntarnos: ¿Cuáles son las voces y los rostros de hombres y mujeres de Iglesia que suscitan interés en estos medios como profetas? ¿Quiénes son escuchados y suscitan preguntas y respuestas de fe en quienes los siguen? ¿Qué clase de comunidad de discípulos–misioneros hemos formado a nuestro alrededor en estas redes? ¿Gira nuestra vida de fe con María, en torno a Jesús o en torno solamente al cumplimiento de leyes externas? ¿Qué ponemos en el muro de Facebook y que clase de «memes» enviamos en Whatsapp? ¿Qué fotos compartimos en Instagram y en Pinterest? ¿Qué videos compartimos de YouTube? Que Ella, la Madre de Dios, la que no tuvo tiempo de quedarse en lo de afuera nos ayude, porque, como dice san Pablo: «Por medio de la fe en Jesucristo, la actividad salvadora de Dios ha de llegar, sin distinción alguna, a todos los que creen en Él» (cf. Rm 3,21-22). ¡Que tengas un bendecido jueves eucarístico y sacerdotal en torno a Jesús y disculpa lo largo de la reflexión de hoy!

Padre Alfredo.

miércoles, 18 de octubre de 2017

«ENVIADOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


La Iglesia celebra hoy a san Lucas, el insigne evangelista que nos ha dejado en su evangelio las páginas que más y mejor nos hablan de la ternura cercana de un Dios misericordioso. La tradición nos ha dejado en herencia que era un médico y que acompañó a san Pablo en muchos de sus viajes apostólicos, incluso en su última etapa de encarcelamiento. San Lucas, obviamente contagiado por san Pablo, nos presenta en todo su evangelio una intención misionera y universal que permea todos los acontecimientos que narra. De hecho, una tercera parte de sus escritos lo constituye un largo viaje de Jesús a Jerusalén. En concreto, la perícopa para la reflexión de hoy, alude a la misión de los Doce, y completa la acción apostólica con el envío de los setenta y dos que, de dos en dos, Jesús ordena que vayan cual mensajeros o precursores (Lc 10,1-9), recordándonos que el que anuncia, no necesita nada más… «¡solo Dios basta!» decía santa Teresa. De allí que no sea necesario llevar nada sino el corazón libre y sin fronteras en una misión permanente, que no se puede dejar de ejercer, mientras el anuncio del Reino no haya llegado a todos. 

El propósito del envío, que el evangelista homenajeado hoy nos presenta, es que los discípulos-misioneros preparen los caminos que después recorrerá el Maestro; la estrategia no puede ser otra que la austeridad y sencillez propias de Cristo, para que quede siempre patente que la fuerza está en Dios Padre y nunca en la persona que presta su voz a la Palabra; los procedimientos a desarrollar están indicados con claridad: dar la vida, buscar la salvación integral de la gente, ayudar a vivir como Dios manda, anunciar contra viento y marea la cercanía de la misericordia de Dios Padre con todos, en especial con los pequeños y sufrientes. En una palabra, los discípulos-misioneros deben adelantar la presencia de Jesús de Nazaret con todos los que esperan y necesitan la venida del Dios-con-nosotros, teniendo bien claro que en el salario del apóstol está o puede estar también el rechazo y la incomprensión. 

Leyendo y meditando este evangelio, podemos re-estrenar la confianza en aquel que nos ha enviado también a nosotros con todos los demás apóstoles y discípulos-misioneros para anunciar la alegría que viene de lo alto y que transforma nuestro mundo. Pero Dios nos advierte que nos manda a evangelizar en medio de lobos, porque este mundo globalizado, en el que nos ha tocado vivir y predicar la palabra de Dios, muchas veces se cierra al mensaje cristiano de la verdad y del amor. Anunciemos la paz que Dios ha venido a traernos hace más de 2000 años, pero que nosotros hemos de renovar todos los días; consiguiendo que quienes nos rodean, sientan en sí la redención que nos ha traído Cristo en el misterio de la Encarnación. Que san Lucas, modelo de entrega a la predicación del Evangelio hasta la muerte, sea quien nos ayude, a llevar a todas las almas al conocimiento de Cristo, para conseguir la paz de nuestras almas. Creo que podemos hoy hacerle un sentido homenaje a san Lucas mirándonos en un especial espejo en el cual él se miró: «María, la Madre de Dios, la primera y más grande misionera». Además de escribir un evangelio y el libro de los Hechos de los Apóstoles, a él se le atribuye la primera pintura de la Virgen. ¿Qué vería en ella san Lucas? ¿Por qué la quiso pintar? A san Lucas debemos una serie de rasgos de María, un enriquecimiento de detalles de su figura, que proviene precisamente de un interés por ella como testigo privilegiado no solo de la vida de Jesús, sino también del significado teológico de esa vida que, en ella, nos deja un modelo del discípulo-misionero llamado a continuar la tarea de aquellos 72. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

San Lucas... el escriba de la misericordia de Cristo

Cuando clausuraba el «Año de la Misericordia», el Papa Francisco decía: «Concluido este Jubileo, es tiempo de mirar hacia adelante y de comprender cómo seguir viviendo con fidelidad, alegría y entusiasmo la riqueza de la misericordia divina. Nuestras comunidades continuarán con vitalidad y dinamismo la obra de la nueva evangelización en la medida en que la «conversión pastoral» (Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 noviembre 2013, 27: AAS 105, 2013, 1031), que estamos llamados a vivir, se plasme cada día, gracias a la fuerza renovadora de la misericordia. No limitemos su acción; no hagamos entristecer al Espíritu, que siempre indica nuevos senderos para recorrer y llevar a todos el Evangelio que salva (Misericordia et misera n. 5).

La herencia que ha dejado este Año Jubilar es bellísima, en este ambiente impregnado de la misericordia del Señor, contemplamos a nuestra Iglesia en constante acción generosa con María, la Madre de Dios y Madre de la Iglesia que quiere que el amor misericordioso de su Hijo llegue a todos los rincones de la tierra.

En este campo de la misericordia, siempre es hermoso hablar de los santos, contemplar su vida, sus ejemplos, su testimonio de amor a Dios en el servicio a los hermanos, pero, al mismo tiempo, hay que reconocer que es un poco difícil, porque no se sabe por donde empezar al querer descifrar la obra que Dios ha realizado en ellos. Siempre será más lo que ignoramos de los santos que lo que sabemos de ellos.

Algunos de estos grande hombres y mujeres, tocados por la misericordia divina, han dejado su vida por escrito, sus vivencias sobrenaturales, su vida de unión con Dios, sus dolores y dramas interiores, su alegría de cumplir la voluntad de Dios. Es, por poner un ejemplo, muy conocida por mucha gente la autobiografía de Santa Teresita del Niño Jesús, de San Ignacio de Loyola y últimamente la de santa Faustina Kowalska. 

Hay santos con los que nos topamos más profundamente por alguna razón que no teníamos prevista, como me ha sucedido a mí con san Lucas. Fui invitado a compartir un tema sobre el Evangelista y me encontré con un santo del que casi no sabemos nada porque nada dijo de sí mismo. Debo confesar que cuando me pidieron que hablara de él me pregunté: ¿Por qué él y no otro del que se pueda saber más? Luego me di cuenta de que me pedían ese tema porque iba a ser precisamente el día en que la Iglesia celebra a San Lucas.

Ciertamente san Lucas es un personaje muy importante en la Iglesia por su obra. No importa saber tan poco de su vida, si lo que nos ha dejado es muestra de que su vida quedó impregnada por el encuentro con Cristo. Él mismo escribió por inspiración divina y el amor tan grande y viva a la iglesia naciente, cuyo desarrollo en su primer etapa nos presenta el libro de los Hechos de los Apóstoles. San Lucas, con su evangelio y el libro de los hechos, no es un adorno en la iglesia. Nacido de familia pagana, este hombre se convirtió a la fe —no sabemos cómo— y acompañó a San Pablo en sus viajes misioneros, de quien aprendió todo lo que nos transmite en su relato evangélico y cuya experiencia de vida junto a San Pablo, queda reflejada en el libro de los Hechos.

Ciertamente San Lucas vivió en una época muy distinta a la nuestra. Sabemos —cómo he dicho— que de nacimiento era pagano y parece, según se sabe, que nació en Antioquía (Siria). Conocemos también, por diversos testimonios, el hecho de que era médico y que fue compañero de San Pablo en sus viajes. (El canon de Muratori de fines del siglo II, contiene esta noticia: «Tercero es el libro del Evangelio según Lucas. Este Lucas es un médico a quien, después de la ascensión de Jesús, san Pablo toma como compañero de viaje). Probablemente ejerció su profesión de médico en su ciudad natal. Hay una novela inspirada en él —muy interesante por cierto— llamada «Médico de cuerpos y almas», de la conocida escritora Taylor Cadwell.

Casi con toda seguridad, podemos afirmar que cuando pasó por allí San Pablo (Hch 49), Lucas abandonó su carrera y a los suyos, para responder a la llamada de Cristo acompañando a Pablo. Nunca más se separaron en la tarea de la evangelización; ahí donde esta Pablo, ahí se encuentra Lucas. Exceptuando unos años en que permaneció en Filipos, sin duda para velar sobre la Iglesia que acababa de fundarse. Es necesario leer en el libro de los Hechos (cc. 15-28) el relato de sus viajes, sus misiones, su naufragio ante la isla de Malta, los años que pasaron juntos en Roma mientras san Pablo vivía (+ 67). Algunos creen que fue en Beocia (Grecia) en donde vivió después y que allí redactó los Hechos y el tercer Evangelio.

Si observamos a San Lucas, confrontándolo con los otros evangelistas, todos tres, judíos que ante todo describen la obra de salvación de Jesús a la luz de sus propias vivencias, es fácil descubrir el reflejo del espíritu helénico en la revelación del suceso más conmovedor del mundo. No se hizo propaganda a sí mismo, pues de él solamente se nos habla unas cuantas veces en el libro de los Hechos —que él mismo escribió— y en las cartas de San Pablo (Cf Hch 16,10-17; 20,5-21;18; 27,1-28,16).

Se ve que San Lucas era modesto, compasivo; que amaba a todos y que era feliz consigo mismo por haber alcanzado la salvación. Su Evangelio difiere en algunos puntos de los otros tres. Primero que nada en que está dirigido a los paganos y no a los judíos. Después en que está muy bien escrito. Finalmente, es diferente porque contiene, en lo que respecta a la bondad de nuestro Salvador, parábolas y gestos que ninguno de los otros han señalado, por ejemplo la parábola del hijo pródigo, la oveja perdida, el publicano que vuelve a casa justificado; el relato de la mujer pecadora que se retira perdonada y el momento en que nos presenta al divino crucificado prometiendo, para ese mismo día, el Cielo, al ladrón arrepentido. Dante Alighieri lo llamó: «El escriba de la misericordia de Cristo» y es lo que lo hace particularmente amado por cada uno de los pecadores, es decir, por cada uno de nosotros. Por eso elegí este título para la reflexión que comparto.

Su vida debe haber sido una vida entregada por completo a Cristo. Sus días no deben haber sido fáciles. Un seguidor de Cristo ha de pasar por la prueba de la conciencia, del carácter, del corazón. Un autor del siglo II escribe que San Lucas servía al señor, sin mujer y sin hijos, entregado de lleno a la predicación y a una vida santa. Pero sin duda que lo más grande que San Lucas nos ha dejado son sus escritos: el primero, el tercer Evangelio, consagrado al Verbo hecho carne y viviendo entre nosotros; el segundo, el libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos habla de la formación y de los rápidos progresos y crecimiento de la Iglesia en sus orígenes.

Sus dos grandes escritos, dedicados los dos a «Teófilo» (Lc 1,1-4) hacen un total de 2,157 versículos, de tal manera que San Lucas escribe más que San Mateo y que San Marcos (Mateo tiene 1,068 y Marcos 661). Es difícil entender una de sus obras sin la otra. El tercer Evangelio y los Hechos, en realidad no forman mas que una sola obra en dos volúmenes. Él es único de los evangelistas que muestra la obra de Jesucristo luego de la ascensión. 

No está aclarado si Lucas conoció personalmente a Nuestro Señor, pero se cree más bien que no, por lo que dice en el prólogo de su Evangelio (ver Lc, 12: «Tal como nos han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra»). Más bien se mantiene la creencia de que su Evangelio, como mencioné antes, está escrito por la experiencia de compartir la vida con San Pablo. Fueron diecisiete años en los que fue su colaborador más cercano, y gracias a él interiorizó seguramente más en la doctrina de Cristo y en la esencia de la salvación, que es la «Misericordia» de Dios por sus hijos.

Hay quienes dicen también, que es muy probable que San Lucas conociera a la Santísima Virgen María, y que fuera de ella de quien recibiera muchos datos de la vida de Cristo. Que María le platicaría del nacimiento y de la infancia de Cristo.  Lucas es el único que nos ofrece el relato del nacimiento y de la infancia de Cristo y lo hace con una belleza extraordinaria, que nos hace vibrar siempre con emoción en la Navidad (Lc 2,41-52). Es también interesante ver que San Lucas es el único que nos cuenta del niño perdido y hallado en el templo (Cf. Introducción a los Evangelios Sinópticos en la Biblia de Jerusalén). A diario se reza en la Iglesia, dentro de la Liturgia de las Horas, el «Benedictus» (Lc 1,68-79) por la mañana y el «Magnificat» (Lc 1,46-55) por la tarde; oraciones entresacadas de su Evangelio en los primeros capítulos y en los cuales saboreamos la belleza litararia de sus escritos con razón la Introducción a los Evangelios, en la Biblia de Jerusalén, dice que San Lucas es un escritor de gran talento y un alma delicada, que ha elaborado su obra de una manera original, con afán de información y de orden. 

Lugo de aquí, Lucas nos narra unas cuantas cosas de su vida oculta en Nazareth. De hecho, se dice también que San Lucas tenía ciertas dotes artísticas, que era pintor —y no de brocha gorda—. A él se le atribuye el icono «Sancta Maria ad Nives, salus populi romani» que se encuentra en la Basílica de Santa María la Mayor en Roma. Se afirma que esta es la pintura más antigua, la primera, que se hizo de la Virgen María.

A San Lucas le impresionó el Hijo del Hombre como «Salvador» de enfermos y pecadores, Todo esto nos hace tener clara la profesión de San Lucas como médico, aunque no sólo siguió a su maestro para cuidar a los enfermos, sino que cooperó activamente cuando se trataba de conquistar para el único señor, muerto y resucitado, a las comunidades reacias de judíos de la diáspora o dispersados y como expresión de la «Misericordia» del Padre,  que ama lo mismo a los de cerca que a los paganos de las grandes ciudades, asiduos devotos de los dioses. Lucas compartió con el Apóstol de los Gentiles las fatigas, los peligros, los malos tratos; Sanó, como Pablo, a los enfermos, invocando al espíritu Santo; recibió honrosos regalos o fue expulsado con afrentas y oprobio. Escribió su obra con especial cariño a los gentiles para que quedara claro que la salvación, como la más grande obra de misericordia, llegaba a todos los hombres. 

Cuando Lucas escribe, no se detiene mucho en fijar exactamente fechas, se ve que era una persona de ideas muy claras y nada repetitivas. Su evangelio contiene un solo relato de los que los otros presentan dos, por ejemplo la multiplicación de los panes. Él quiso ofrecer, con sus escritos, un cuadro lo más impresionantemente posible del espíritu y del sacerdocio de Jesús. Puso su persona al servicio de Dios y su lengua culta de griego, como herramienta de su entusiasta convicción.

Si San Pablo lo considero digno de participar en su agotadora labor misionera, tuvo necesariamente que sobresalir en muchas cualidades, pues el Apóstol de las gentes era exigente y elegía muy bien a sus colaboradores. Seguramente San Lucas fue una persona que ejerció mucho la paciencia, pues se sabe que también acompañó a San Pablo en la prisión. El único de todos los amigos y discípulos que se quedó con él hasta su muerte fue Lucas. Con agradecimiento melancólico, el gran Apóstol misionero recortó su lealtad y su espíritu de sacrificio.

Se puede decir que toda la vida de San Lucas, desde su conversión, fue hablar con Dios o hablar de Dios, por eso puede escribir también su obra. Habla de un Jesús muy cercano, se le puede ver, oír y tocar. Él mismo escribió en su Evangelio aquellas palabras del señor: «Dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,28). Este hombre se dejó invadir por el Espíritu Santo, que lo llevó a escribir una obra maravillosa.

Nuestra gratitud a San Lucas debes ser grande, porque es el único que nos narra con una belleza excepcional el crecimiento de la iglesia. Humildemente calla lo suyo para hablar del pueblo, de la muchedumbre de los creyentes, de los diversos personajes que van encontrando la fe. Él no quiso dar la impresión de contarse entre los elegidos. Y es que los santos nunca creyeron que fueran ni siquiera buenas personas; ellos e creyeron grandes pecadores, es decir todos, entre ellos San Lucas, son catalogados en la iglesia como «humildes». 

La tradición nos dice que luego de la ejecución de San Pablo y de haber escrito sus dos obras, Lucas predicó en Acaya. Su vida debe haber sido una vida ordinaria en la tarea de la santificación personal, él sabía que la evangelización es obra de Dios, que exige sobretodo un empeño de santidad. Es seguro que viviría todavía en el año 70, cuando se esperaba el fin del mundo y la venida de Cristo para el juicio final. San Lucas sabía que el maestro llegaría al ahora que el quisiera y no cuando los hombres dispusieran. Él seguía predicando conforme a aquello que había escrito en los hechos en boca de Pedro y Juan: «No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20).

San Lucas, según se cree, murió a los ochenta y cuatro años de edad y lleno del Espíritu Santo. De su muerte se desconoce todo, sólo podemos decir que debe haber muerto en olor de santidad y haciendo el bien hasta el último momento. De él no se sabe más. Si quisiéramos profundizar más en su vida, habría que leer más y más el tercer Evangelio y el libro de los Hechos de los Apóstoles, allí podemos averiguar muchas cosas de San Lucas sin que nos dé su nombre, y sin escucharle hablar en primera persona. San Lucas no hizo mucho ruido, hizo Evangelio y vida; hizo pasión por hablar de Jesús y su Iglesia. Aquella semilla echada en la tierra había actuado con la fuerza de Dios. Dios sembró y cosechó, él realizó el imprevisible desarrollo de la semilla. El ejemplo de San Lucas, con su vida desconocida que fue «una vida oculta con Cristo en Dios» (Col 3,3), nos recuerda que la vida de todos y toda la vida de uno, debe estar a disposición de Dios, para que él haga de nosotros lo que quiera, porque una cosa es cierta: Tenemos que ser santos e impregnar nuestro ambiente de la doctrina de Cristo; tenemos que ser testigos del amor misericordioso de Dios.

En el año 357, las reliquias del evangelista San Lucas fueron llevadas de Tebas en Boecia, a Constantinopla. Desde tiempos inmemoriales los médicos lo eligieron como su patrono especial y hasta la fecha se encomiendan a él. El testimonio de San Lucas perdura en sus escritos, nos sigue hablando de Dios y de su Iglesia. Sigue junto a María, para alentarnos a vivir para Jesús, como queriendo repetirnos las palabras que seguramente escuchó de San Pablo alguna vez: «Si vivimos, para el Señor vivimos; y Si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos» (Rm 14,8).

Al llegar al final de esta reflexión, quiero invitarles a que nos dirijamos a María Santísima, para que ella nos ayude a vivir así, a ser humildes, a alcanzar la santidad. Si San Lucas convivió con ella y de ella recibió muchas vivencias de Jesús... ¡todo se explica!

Quisiera terminar esta reflexión con unas palabras entresacadas del libro «Ilustrísimos Señores», del Siervo de Dios Juan Pablo I (Albino Luciani) en donde él le escribe a San Lucas y lo hace así:

«Querido San Lucas: 

Me has sido siempre muy grato, por ser tan dulce y conciliador. En tu evangelio subrayas que Cristo es infinitamente bueno; que los pecadores son objeto de un amor particular por parte de Dios, y que Jesús, casi ostentosamente, se relacionó con aquellos que no gozaban en el mundo de consideración alguna. Eres el único que nos ofrece el relato del nacimiento e infancia de Cristo, cuya lectura escuchamos siempre con renovada emoción en Navidad. Hay, sobre todo, una frase tuya que me llama la atención: «Envuelto en pañales fue reclinado en un pesebre». Esta frase ha dado origen a todos los belenes del mundo y a miles de cuadros preciosos. Y a ella añado yo esta estrofa del Breviario: Ha aceptado yacer sobre el heno, no ha tenido miedo del pesebre, se alimentó con poca leche Aquel que sacia el hambre del último pajarillo. Hecho esto, me pregunto: «Si Cristo se ha colocado en ese puesto tan humilde, ¿qué lugar debemos escoger nosotros?» (Juan Pablo I "Ilustrísimos Señores", Ed. BAC, 6 edición, Madrid 1978, p. 234s).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

martes, 17 de octubre de 2017

«La letra de la Ley»... Un pequeño pensamiento para hoy


Los estudiosos de la religión judía de tiempos de Cristo, calculan que había hasta 613 mandatos que regulaban minuciosamente la vida del judío practicante. Muchos de estos mandamientos eran prescripciones externas, prácticas automatizadas que corrían el riesgo de quedarse en lo externo y olvidarse de la vida interior, la vida el alma. Jesús se presenta como el Hijo de Dios que viene a dar mucha más importancia al interior de la persona que a lo exterior, a lo que regía la mayoría de los preceptos. Jesús tocó este tema de muchas maneras diversas y ante la cerrazón farisaica llega a decirles: «¡Insensatos! ¿Acaso el que hizo lo exterior no hizo también lo interior?» (Lc 11,40). Y es que cumplir las prácticas «externas», resulta en cualquier religión algo relativamente fácil. El problema empieza cuando las exigencias o mandatos del Señor calan en el corazón porque lo llevan a interiorizar y comprometerse, no solamente a cumplir con algo esporádico.

En tiempos de Cristo, lavarse las manos antes de las comidas era un mandato impuesto en nombre de la pureza que exigía la ley de Dios. Los fariseos se extrañaban viendo que Jesús no observaba esta norma religiosa. Y, a pesar de ser totalmente diferentes, los fariseos y Jesús tenían algo en común: la seriedad y el compromiso de vida. Cada día, los fariseos dedicaban por lo menos ocho horas al estudio y a la meditación de la ley de Dios, otras ocho horas al trabajo, para poder dar de comer a la familia, y finalmente otras ocho horas al descanso. Este testimonio serio de su vida les daba un gran sentido de liderazgo popular. Sin embargo, la gran mayoría de su vivencia religiosa, era el cumplimiento de muchos ritos, a ratos. Jesús les habla fuerte: «Ustedes, los fariseos, limpian el exterior del vaso y del plato; en cambio, el interior de ustedes está lleno de robos y maldad. ¡Insensatos! ¿Acaso el que hizo lo exterior no hizo también lo interior? Den más bien limosna de lo que tienen y todo lo de ustedes quedará limpio» (Lc 11,39-41). Los fariseos observaban la ley al pie de la letra. Pero miraban sólo la letra y, por esto, eran incapaces de percibir el espíritu de la ley, el objetivo que la observancia de la ley quería alcanzar en la vida de las personas. Por ejemplo, en la ley está escrito: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18). Y ellos comentaban: «Debemos amar al prójimo, pero sólo al prójimo, a los otros ¡no!» Y de allí nacía la discusión sobre la cuestión: «¿Quién es mi prójimo?» (Lc 10,29) San Pablo escribe en la segunda carta a los Corintios: «La ley escrita da muerte, mientras que el Espíritu da vida» (2Cor 3,6). 

En el Sermón de la Montaña, Jesús crítica a los que observan la letra de la ley, pero que no acatan el espíritu de la Ley (Mt 5,20). Para ser fiel a lo que Dios pide de nosotros no basta observar sólo la letra de la ley, como hacían muchos de los fariseos. Esto sería lo mismo que limpiar el vaso o el plato por fuera y dejar el interior lleno de suciedad: robo y maldad. No basta no matar, no basta no robar, no basta no cometer adulterio, no basta no jurar. Sólo observa plenamente la ley de Dios aquel discípulo-misionero que, más allá de la letra, llegue hasta la raíz y arranque desde dentro de sí los deseos de «robo y de maldad» que pueden llevar al asesinato, al adulterio, al fraude, etc. La plenitud de la ley se realiza en la práctica del amor (cf. Mt 5,21-48). Así hizo María, ella «amó» y de esta manera dio cumplimiento a la Ley de su Hijo muy amado. La lectura y meditación de este pasaje del Evangelio de san Lucas, me invita a buscar actuar desde el amor de Dios, con una moral sólida y no desde nuestra enclenque cultura que se queda en ritos de a ratos. Quiero realizar cada una de mis acciones desde el amor que Dios nos ha dejado en nuestro interior, de manera que lo que haga, muestre el gozo interior que hay en mí, agradecido del ser un discípulo-misionero que sabe que ... ¡Todo es por Jesús, María y las almas! Feliz y bendecido martes para todos.

Padre Alfredo.

lunes, 16 de octubre de 2017

«SEÑALES»... Un pequeño pensamiento para hoy

Los discípulos-misioneros de nuestra generación vivimos en un mundo que constantemente pide señales; signos y prodigios que, entre más llamativos o «portentosos» sean, mejor. Jesús llama «mala» a la generación que en su tiempo pide una señal, porque en el fondo sabe que son gentes que no creen en Él y por eso viven pidiendo señales que puedan legitimarle como enviado de Dios. Jesús no les quiso dar una señal, pues, en el fondo sabía que, si ellos pedían una señal, es porque no querían creer. La única señal que se les dará es la señal de Jonás, dice Jesús (Lc 11,29-32). En este contexto de san Lucas, la señal de Jonás tiene dos aspectos: El primero es lo que afirma el texto. Es decir, Jonás fue una señal para la gente de Nínive a través da su predicación. Al oír a Jonás, el pueblo aquel se convirtió. Así, la predicación era una señal para su gente, pero el pueblo no daba señales de conversión. El otro aspecto es lo que afirma el evangelio de san Mateo, hablando del mismo episodio: «Porque si tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre de la ballena, también tres días y tres noches estará este Hombre en el seno de la tierra» (Mt 12,40). Cuando Jonás fue escupido por la ballena sobre la playa, fue a anunciar la palabra de Dios a la gente de Nínive. Asimismo, después de la muerte y de la resurrección en el tercer día, la Buena Nueva será anunciada a la humanidad entera invitando a la conversión para contruir la civilización del amor.

El libro de Jonás es una gran parábola muy interesante que creo que todos conocemos o debemos conocer (vale la pena leer el libro, que es muy corto). En la historia de Jonás, los paganos se convirtieron ante la predicación de este hombre y Dios los acogió en su bondad absteniéndose de destruir la ciudad. Tanto Jónas como Cristo, han sido signos de nuestro Padre compasivo y misericordioso, y trajeron consigo un mensaje, el cual pedía «Escuchar la Palabra del Señor y practicarla amando». El texto evangélico de hoy nos recuerda que siempre andamos buscando signos a diestra y siniestra, pero que solo Dios, es más que todo lo que buscamos por todos lados ante nuestros problemas u otras situaciones, es decir, solo debemos buscar y poner todos nuestros sentidos y nuestra confianza en Dios. Cristo, clavado en la cruz, es la gran señal que anhelamos. La prueba de un amor incondicional y desinteresado; un amor que se entrega hasta el extremo de dar la vida. El crucificado nos hace ver un milagro más extraordinario que cualquier otro que pueda suceder: «el milagro del amor», que se demuestra en el dolor y en la entrega total hasta darlo todo. Basta que le contemplemos detenidamente allí, clavado en la cruz, para que obtengamos una plena seguridad sobre la cual podamos construir o reconstruir nuestra vida: la de sabernos y sentirnos profundamente amados e invitados a amar.

Así, esta señal constituye también una invitación. Jesús Crucificado nos invita a convertirnos en «señales» para quienes rodean nuestra vida diaria. ¡Qué bonito sería que, cuando los que viven a nuestro lado nos vean actuar, trabajar... dar la vida en lo que nos toque hacer, sepan y crean que existe el amor! ¡Qué, por nuestro modo de vivir, tengan los que conviven con nosotros la seguridad de que vale la pena ser discípulos-misioneros del hombre que aparentemente fue derrotado en la cruz! Pero, no debemos olvidar que, para ser «señales» —pruebas vivas—, hay que aprender como Cristo, a subir a la cruz: ahí está la señal del amor. A la Virgen María se le profetizó que «una espada de dolor atravesaría su alma» (Lc 2,35). Es la cruz, la «señal» de amor que la hace «corredentora» con Cristo. ¿Soy señal de amor para mi familia, en mi trabajo, con mis amigos? Me parece ésta una buena pregunta para iniciar la semana laborar y estudiantil, después de haber iniciado nuestra Semana ayer, celebrando el «Día del Señor». ¡Bendecido lunes mis hermanos y hermanas!

Padre Alfredo.