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viernes, 26 de junio de 2026

«LA FORMACIÓN PERMANENTE EN LA VIDA CONSAGRADA»


La vocación, respuesta del hombre a la llamada de Dios, encierra en su misterio, unas realidades que encienden el corazón que quiere entregar su vida por la causa de Cristo.

En medio de una sociedad profundamente materialista, marcada por el egoísmo y que anega las aspiraciones más nobles del corazón, percibimos que la vocación es una respuesta, a la llamada que Dios hace para seguirlo, que no puede ser pasajera. Aceptar la vocación y perseverar en ella, quiere decir «creer en el amor» (Cfr. 1 Jn 4,16.  Cada uno es «amado y escogido providencialmente por el dueño de la viña» (ESQUERDA BIFET Juan, "Ven y verás", Roma 1993, p. 8). Nuestra vocación es ante todo, una vocación de amor. 

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, supo descubrir esto y trazó un programa para su vida, un programa tan sencillo como esto: «Que mi vida sea un programa de amor. Que mi vida sea un acto de continua oblación» (ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, "Recuerdo de mis santos ejercicios", julio 6-17 de 1941).

Viendo nuestra respuesta vocacional en esta clave de amor, encontraremos siempre motivos más que suficientes para perseverar con alegría. Nuestra vida consagrada debe ser una vida impregnada de amor, porque nos sabemos amados por Dios. El Señor nos llama cada día a reestrenar la gracia de la vocación, a «volver al primer amor» (Cfr. Ap 2,2-5), a reavivar la ilusión de vivir pata él, recordando que «salimos de la mano de Dios, como obra y fruto de su amor» (CASTRILLÓN HOYOS Darío, "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 21).

Desde hace algunos años se habla mucho de «formación permanente» y está bastante claro que no se trata de algo nuevo, pero hoy, «en medio de nuestro mundo, en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, en donde el hombre busca desesperadamente en su mayoría, su seguridad existencial en el progreso científico y técnico, en el poder, en el dinero, en la comodidad, esta formación permanente se hace urgente, para que el consagrado no se deje arrastrar por modas o tendencias pasajeras.» (cfr. DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "Cristo, fundamento del sacerdocio; sacerdote, sacramento de Cristo", manuscrito sin fecha).

Jesús llamó a los que él quiso, nos llamó a nosotros también. Él llama siempre para estar con él y para enviar, a los llamados, a predicar la Buena Nueva(Cfr. Mc 3,13-14). La vocación, entonces, es «una llamada a compartir la vida de Cristo en un encuentro permanente y una misión totalizante» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "La miseria al servicio de la misericordia", manuscrito sin fecha). El «sígueme» de Jesús, se sigue repitiendo en cada llamada, en cada vocación, y no sólo eso, sino que se va renovando cada día, de tal manera que el que se sabe llamado, ha sido amado por Cristo y debe ir motivado por una respuesta dinámica a la llamada. 

«El amor de Dios nos persigue» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "El pecado, Un ¡no! al amor de Dios”, manuscrito, 1994). Jesús se encuentra con nosotros, nos arrastra, nos cautiva, nos convence y nos va transformando. Por eso la beata María Inés decía: «Quiero transformarme en tu amor, quiero vivir de amor, quiero morir de amor» (ARIAS ESPINOSA María-Inés-Teresa O.S.C., "Ejercicios espirituales", 1943).

En la mirada de  nuestro Señor Jesucristo, «imagen de Dios invisible» resplandor de la gloria del Padre, se percibe la profundidad de ese amor eterno e infinito que toca las raíces del ser. La persona que se deja seducir por él, abandona todo y lo sigue. Como san Pablo considera que todo lo demás es «pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús», ante el cual no duda en tener todas las cosas «por basura para ganar a Cristo». Su aspiración es identificarse con él, asumiendo sus sentimientos y su forma de vida". (Cfr. Vita Consecrata 18). 

Recordando que «el fin de la vida consagrada consiste en la configuración con el Señor Jesús y con su oblación total, es sobre todo a esto a lo que debe aspirar la formación (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 36-37). Desde esta perspectiva se entiende que la vocación religiosa auténtica, es una vigorosa experiencia de encuentro con el Padre de las Misericordias en Cristo. Es literalmente una «vivencia». El verdadero religioso, como vemos en la beata María Inés, es un enamorado de Cristo que, como san Pablo, pretende alcanzar a Cristo, porque se sabe previamente alcanzado por él. (Cfr. DELGADO RANGEL, Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "La expresión de un único sí", manuscrito, 1994)

La formación permanente, es el esfuerzo integral que hemos de asumir, con la gracia de Dios, para permanecer dinámicamente fieles a la propia identidad espiritual y eclesial y para ser capaces de adaptamos y responder positivamente, en el nombre del Señor, a las exigencias históricas de la vocación (Cfr. MISIONERAS CLARISAS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO, "Guía de formación", Roma, diciembre de 1997). Se trata de una cuestión de «perseverancia» y «fidelidad», como muchas veces lo he repetido y experimentado. «¿Cómo olvidar que el Señor nos llamó?.. nos llamó por el nombre y no nos dejará jamás. Nadie nos puede suplir ni representar en la llamada que nos hace cada día a seguirle pobre, casto y obediente» (DELGADO RANGEL, Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "Me considero feliz", manuscrito, 1996).

«Ninguna fase de la vida puede ser considerada tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad de ser asistida y poder tener mayores garantías de "perseverancia" en la "fidelidad", ni existe edad alguna en la que se pueda dar por concluida la completa madurez de la persona» (Vita Consecrata 69). «La vida del presbítero y de la persona consagrada es formación es formación en sí misma» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 37).

Los sacerdotes y los consagrados, debemos tener muy en claro que vivimos en una constante formación, por se habla de formación permanente, el «sígueme» del primer día, se repite cada día y se reafirma en una respuesta de plenitud de entrega que continúa siempre actual. «Nadie deja nunca de sentirse llamado, hay un llamamiento constante en nuestra vida» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "Dos caminos", manuscrito, 1994). La formación permanente nos lleva a permanecer sumergidos en Cristo, en el misterio dramático de su corazón para que día con día, según las etapas de la vida que vayamos atravesando, aprendamos a vibrar de su pasión por hacer la voluntad del Padre que nos ama (Jn 16,27) y por salvar a la humanidad llenándola de vida (Jn 10,10).

La formación permanente no se funda en racionalismos ni en sentimentalismos ni en estados anímicos como muchos, llevados por modas actuales, se dejan llevar. Quizá por esa realidad que muchos viven en la entrega vocacional de vivir así, el «sí» de un día se convierte fácilmente en un «no» que impide seguir respondiendo. «La formación permanente es ante todo gracia que viene de lo alto, cada día, un don cotidiano, seguro, infalible y providencial» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 38). La formación permanente viene a ser una ayuda para no dejamos guiar por nuestro modo de sentir y pensar, sino por los criterios de Cristo. «Mi vida debe ser un espejo en el que se reproduzcan las virtudes de Nuestro Señor» (ARIAS ESPINOSA, María Inés Teresa, "Ejercicios espirituales", 1933). Por eso es una tarea de toda la vida. «No bastan unos años de rutina, es toda una vida la que se compromete por él». (ESQUERDA BIFET Juan, "Encuentro con Cristo", editorial Sígueme, Salamanca 1987).

En la vida consagrada no basta con ser ya de votos perpetuos para sentirse «formado». Todos necesitamos de los diversos medios de la formación permanente que, de por sí, ya los conocemos: la oración como encuentro con Cristo especialmente en la Eucaristía, la Palabra de Dios, los sacramentos, la profundización en la doctrina sobre vida religiosa, la doctrina sacerdotal para los que somos sacerdotes o nos preparamos a serlo, la dirección espiritual, la vida de sacrificio y entrega, la vida fratena en comunidad, el amor a María, el compromiso misionero, el conocimiento cada vez más profundo y la vivencia del carisma de nuestros fundadores. «Se necesita una formación permanente que abarque los niveles de espiritualidad, cultura teológica y humana, metodología pastoral, convivencia en la comunidad, etc.» (ESQUERDA BIFET Juan, "Te hemos seguido", Biblioteca de autores cristianos, Madrid 1996, p. 52).

Hablamos, entonces, de una formación continua que se lleva a cabo como «un proceso global de renovación que abarca todos los aspectos de la persona del religioso y el conjunto del instituto mismo» (“Orientaciones sobre la formación en los institutos religiosos”, # 68). Esta formación permanente no es cosa fácil, que se pueda realizar en un día, es todo un proceso que requiere de mucho esfuerzo —ascética— y por supuesto, de la gracia de Dios —mística— y que empieza desde las primeras etapas de la formación inicial que prepara a la ordenación sacerdotal o a la profesión perpetua. 

Luego esa formación continúa en el día a día del ministerio, en la vida común, en el servicio desinteresado, en la disponibilidad a la misión, etc. La formación no se puede cerrar en un paréntesis juvenil, sino que tiene que estar abierta a todo el arco existencial, hasta alcanzar el máximo de disponibilidad en la fase final de la existencia. Por eso la muerte forma parte importante del proceso de formación continua, porque hay que prepararse de manera individual y comunitaria al momento de la muerte. La muerte es el punto más elevado del proceso de identificación con la pasión de Cristo por Dios y por los hombres.

Hemos de pensar siempre que nuestra vida, tanto en el ministerio como en la vida consagrada, es larga y dificultosa, porque se trata de responder a una misión muy grande. El éxito de la tarea misionera de nuestra vocación depende, en mucho, de la calidad de formación permanente que tengamos. Porque «no puede darse un solo momento en el que el Padre no se ha movido por aquel gran deseo de formar en cada uno de nosotros, el corazón de su amado Hijo.» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 43)

A mayor formación humana, espiritual, apostólica, intelectual, en el propio carisma, mayor será lo que una diócesis, un instituto o una familia religiosa ofrezcan a la Iglesia y al mundo. «La vida se confía al hombre como un tesoro que no se debe malgastar, como un talento a negociar. El hombre debe rendir cuentas de ella a su Señor» ("Evangelium vitae", # 52).

La falta de la formación permanente no se podrá suplir con nada, ni con el fervor, ni con un gran corazón, ni con talento, ni con amplios planes de conquistas de almas, y ciertamente su ausencia se dejará sentir en una mundanización de los miembros, en una vida seca, áspera, sin frutos. Nadie puede ser santo si no se mantiene en este estado de formación permanente. Dicen que San Francisco de Sales, al llegar a Chablais, infestado de Calvinistas, dijo: «Esto está en manos de los protestantes porque nosotros hemos rezado el breviario pero no hemos aumentado nuestro saber». 

Los santos y los fundadores, en general, vivieron siempre reconcentrados en la formación permanente. «Imitar a los santos, no es copiar un ideal; no es copiar a los santos. Significa, siguiendo su ejemplo, dejarse conducir, como ellos, por un Otro adonde tú no querrías ir, dejar que el amor te configure desde dentro con la forma en que trasciende toda formas, significa precisamente llegar a ser un original, no una copia» (JACQUES MARITAIN, “Frontiere della poesia”, Brescia 1981, p. 104). De hecho, en mi caso concreto, como Misionero de Cristo, he podido ver algunos de los libros en los que la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, sostuvo su formación permanente y la de nuestra Familia Inesiana. Su Biblia de estudio estaba más que gastada. En algunos de sus escritos deja ver la importancia que la formación permanente y la autoformación tenía para ella: 

«El estudio principal para todo misionero es la Sagrada Escritura. Allí se han forjado los santos; de allí han sacado toda su ciencia, como un santo Tomás y un San Buenaventura». (Carta colectiva de mayo de 1974). «Los cursos intensivos siguen en su apogeo; me van a costar muchísimo, que sólo Dios sabe cómo va a proveer a sus pagos, pero espero en Dios que se aprovechan con ganas y, poco a poco, vayamos ganando cultura y, con ella, almas para Dios». (Carta del 26 de diciembre de 1954). «Cada misionero tome muy en cuenta la autoformación, que se adquiere, ante todo, en la oración recogida y silenciosa, ya sea al pie del Sagrario o en algún otro sitio; y en la lectura de seleccionados libros, empezando por la Sagrada Escritura, decretos conciliares, y de aquellos otros que nos renueven, tanto en lo espiritual y religioso, como en lo humanístico, social y pedagógico». (Carta circular del 8 de diciembre de 1969).

La formación permanente, por tanto abarca todas las áreas de nuestro existir. «Ninguno puede estar exento de aplicarse al propio crecimiento humano y religioso; como nadie puede tampoco presumir de sí mismo y llevar su vida con autosuficiencia» (CASTRILLÓN DE HOYOS Darío, "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 76).

Dentro de este tema de la formación permanente, merece un apartado especial el tiempo que se dedica a la autoformación, porque la formación permanente será, seguramente, llevada a cabo sí, en la vida ordinaria pero ayudándose de diversos medios que estarán al alcance de cada uno en el lugar y circunstancia en donde esté. La autoformación es crucial para el sacerdote y para todo consagrado, porque fomenta la adaptabilidad a cambios rápidos, desarrolla la autonomía, mejora la empleabilidad y el rendimiento al permitir el aprendizaje a su propio ritmo conforme a etapa de la vida que atraviese, y fortalece la confianza y la independencia, siendo un motor de crecimiento personal y profesional continuo en un mundo en constante evolución. 

La autoformación es crucial porque fomenta la adaptabilidad a cambios rápidos, desarrolla la autonomía, mejora la empleabilidad y el rendimiento al permitir el aprendizaje a tu propio ritmo, y fortalece la confianza y la independencia, siendo un motor de crecimiento personal y profesional continuo en un mundo en constante evolución. Termino esta reflexión con la esperanza de que sea útil, o por lo menos no estorbe en este proceso de formación. El Padre Celestial quiere que  seamos santos como él es santo. Ruego a la santísima Virgen María que a cada uno nos de luz, nos haga comprender la necesidad de formamos en todo tiempo y lugar y que viendo a Jesucristo y a tantos santos fundadores, vivamos cada día sin tedio y sin rutina inútil, viviendo y perseverando con sencillez y entrega fiel.

Algunos puntos de reflexión biblica:

Iniciativa de Cristo en la llamada: Jn 15,16.
La vocación es un don de Dios: Mc 3, 13s; Mt 9,38; 6,65.
Consagración y misión: Le 4,18; Jn 10,36.

Padre Alfredo.

lunes, 10 de julio de 2017

EL SEMINARIO... centro formativo de discípulos-misioneros que serán pastores


La Iglesia ha demostrado siempre una especial estima y cuidado materno por la formación de los futuros sacerdotes. Como madre y maestra, es consciente del valor sublime de la vocación de estos jóvenes que han respondido al llamado de Cristo. Y es que la vocación sacerdotal, supone una estima muy especial de Cristo, que los ha invitado a participar de su sacerdocio y de su misión para servir en, y desde una Iglesia particular, en una misión no limitada ni restringida, sino universal y amplísima, de salvación hasta los últimos confines de la tierra (Hch 1,8). Los futuros sacerdotes, son jóvenes que llevan atravesada en el corazón «la solicitud por todas las Iglesias» (PO 10).

La misión sacerdotal, abarca «toda la diócesis y to la Iglesia» (LG 28), así que, en cada comunidad eclesial, los sacerdotes «hacen visible a la Iglesia Universal» (LG 28). Estos sacerdotes, con corazón universal y con el deseo de «instaurar todas las cosas en Cristo» (Ef 1,10) se forman en los seminarios diocesanos y religiosos, en los que donde se va fraguando la fisonomía del que ha sido llamado, esa fisonomía que es propia del apóstol, en la caridad del Buen Pastor. Allí, en los seminarios y casas de formación, se van forjando los verdaderos pastores de almas a ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, y se preparan para el ministerio de enseñar, santificar y regir el pueblo de Dios. Allí, en los seminarios, los alumnos se van llenando de un espíritu universal que los capacita para superar las fronteras de la propia diócesis, nación o rito, disponiéndose a ayudar a las demás diócesis con un corazón magnánimo y poniéndose al corriente de las necesidades de la Iglesia Universal. 

Por eso, la formación de cada joven en cualquier Seminario o casa de formación religiosa, es una obra de trascendencia importantísima, porque ahí se preparan los futuros evangelizadores de tiempo completo de la Iglesia, para el mundo. Las cuatro áreas básicas de formación: espiritual, académica, comunitaria y apostólica, van encaminadas a formar en cada uno al apóstol que es «olor de Cristo» (2 Cor 2,15) para anunciar una Palabra que ya ha sido vivida.

En su formación, los jóvenes aspirantes al sacerdocio, no deben descuidar ninguna de estas áreas, aunque sabemos que merece un cultivo más intenso el campo de la formación espiritual, por ser la más difícil de llevar. Hay que recordar que  los sacerdotes están llamados a ser «Instrumentos vivos de Cristo Sacerdote» (PO 12) y sin Él, nada podrán hacer (cf. Jn 15,5). Los seminaristas deben luchar día a día, por un continuo perfeccionamiento espiritual, porque el anuncio del mensaje evangélico, no es la proclamación de una doctrina o reflexión humana más o menos teórica, sino la proclamación de la Palabra de Dios que ya se ha hecho vida. Por eso los apóstoles son llamados «los amigos del Esposo» (Mt 9,15).

La formación sacerdotal es muy compleja. En primer lugar, porque cada uno tiene su propia historia. En segundo lugar, porque la configuración en Cristo es un movimiento mucho más interior que exterior. En otras palabras, se requiere fuerza de voluntad, convicción, carácter y, sobre todo, fe. La mayor parte de este proceso depende de la disposición candidato para adecuarse al «molde» al que llamamos Cristo. Cristo es el Maestro, el Pastor, el Misionero y el modelo supremo a quien el sacerdote ha de seguir, y esto solamente se puede hacer si se tiene un trato familiar con Él desde el tiempo de la formación. (cf. OT 8). »Ustedes darán testimonio, porque desde el principio están conmigo (Jn 1 5, 27 ) .

Vivir el trato familiar con el Señor, desde el tiempo de la formación, es seguir su ejemplo, profundizar en su persona y misterio, reflexionar sobre los acontecimientos de la vida a la luz del Evangelio, entrar vivencialmente en los planes salvíficos de Dios sobre los hombres.Vivir el trato familiar con Él, es estar siempre al día, unidos al magisterio vivo de la Iglesia, es ponerse en las manos de Dios incondicionalmente, es no tener miedo a Dios que viene e incomoda en la vida sacando al joven aspirante al sacerdocio de su situación de confort, es comprometerse a decir el Padre Nuestro con la fuerza del Espíritu...(cf. PO 13).

Otra área muy importante en el proceso formativo en los seminarios, es la formación académica, que no se debe descuidar. La formación académica es eminentemente apostólica y pastoral. Se orienta hacia la historia de salvación, es decir, hacia los planes de salvación (dimensión teológico-salvífica); hacia el misterio redentor de Cristo (dimensión cristológica); hacia la consagración y misión en el Espíritu (dimensión pneumato1ógica); hacia el misterio de la Iglesia, que es de comunión y participación en la Misión (dimensión eclesial); hacia el hombre concreto y la humanidad entera (dimensión antropológica), hacia la restauración de todas las cosas en Cristo (dimensión escatológica); hacia una actitud contemplativa que prepara para la acción (dimensión espiritual) (cf. PO 4 Y 13; LG 41). 

La formación académica de los futuros pastores de la Iglesia, debe ser,  entonces, muy completa, por eso los jóvenes llamados deben esforzarse por adquirir una cultura sólida, sabia y abierta al mundo de hoy, recordando que se forman para ser Maestros del Pueblo de Dios que «hacen crecer y edifican el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia» (PO 12).

El área de Vida Comunitaria, va haciendo a los jóvenes candidatos «hermanos entre hermanos» en la oración en común, en el deporte y los juegos, en los equipos de trabajo y estudio, en las comidas, etc. La comunión entre los miembros de la comunidad formativa, es un signo de la presencia de Cristo que los invita a ser misioneros allí y siempre. Ya he recordado que la Iglesia Universal se manifiesta en las Iglesias particulares, y que la labor misionera es de toda la Iglesia, pues hay que poner los pies en la tierra y darse cuenta de que en la vida comunitaria también se encuentra una tierra de misión. En la comunidad formativa todos necesitan ser evangelizados y todos deben ser evangelizadores con los medios actuales. «Hoy los jóvenes han nacido digitales... debemos aprender a comunicarnos en forma veloz y breve», comentaba monseñor Jorge Carlos Patrón Wong, arzobispo mexicano y secretario para los Seminarios de la Sagrada Congregación para el Clero en una ocasión. El verdadero reto —continuaba diciendo el obispo— no es cómo usar las redes sociales sino cómo estar en las redes sociales testimoniando el Evangelio (Domingo, 23 de noviembre de 2014).

Hay que aprender a utilizar, en la vida comunitaria, todos los medios y las redes sociales dando un constante testimonio de fidelidad a Aquel que los llamó y son animadores de la vida común con su entrega y generosidad. Sin la participación activa del mayor interesado en la vocación, no hay manera de poder dar el formato deseado. Los contenidos de valores del Evangelio deben ser transmitidos a los jóvenes a través de los medios que los jóvenes de hoy saben manejar, conservando su identidad vocacional. El seminarista tiene que aprender, a través de los medios de comunicación, a tener una experiencia de encuentro con sus hermanos, porque son maneras muy directas de comunicarse.

En el propio seminario y en todo momento, el Señor invita a que como misioneros creen la imagen de la Iglesia Universal con signos permanentes de evangelización. Esto es lo que se llama «Animación misionera», hacer que la comunidad formativa, comunidad en las relaciones fraternas, viva verdaderamente la espiritualidad y responsabilidad misionera universal. Santa Teresita del Niño Jesús, la Doctora de la Iglesia que es patrona de las misiones, jamás salió de su convento, pero resolvió estar siempre al pié de la cruz para recibir el rocío de la salvación y llevarlo a todo el mundo. El seminarista debe tener conciencia de su ser de discípulo-misionero que comparte y re-estrena su vocación con entusiasmo de seguir a Cristo, con los de fuera, pero también con los de dentro de casa. desde aquí. (cf. AG 37). En el seminario o casa de formación ha de vivirse, en comunidad, la dimensión misericordiosa y misionera de la Iglesia como cuerpo, pueblo, reino y sacramento (Cf. LG 11). El tiempo en el seminario es un tiempo esencialmente de prueba. Cada dificultad, cada reto, cada tristeza debe servir de lección para que un día el sacerdote también se identifique con la miseria de los demás. En la memoria del seminarista siempre quedará el abrazo de misericordia que Dios le dio en una situación difícil. Este es el abrazo que el sacerdote tendrá que ofrecer al mundo.

Viene luego el área apostólica. De Jesús misionero el joven en formación aprende a amar y a servir al prójimo a su estilo, al estilo de Cristo. De él busca imitar el ser generoso para con todos. En él se inspira para buscar momentos de solidaridad con quien sufre, con quien tiene necesidad del mismo Dios. 

Al mismo tiempo que los jóvenes seminaristas se van formando, en esta área apostólica prestan un servicio para hacer misionera a toda la comunidad eclesial. El estar con Cristo queda íntimamente relacionado con el «ser enviados a predicar» (Mc 3,14) como «instrumentos vivos» (PO 3 y 12) del Señor.

Nuestra sociedad globalizada, por sus especiales características, necesita ver y encontrar personalmente testigos vivenciales de la presencia de Dios. En sus apostolados, los seminaristas son misioneros, y han de presentar la experiencia de haber encontrado a este «Dios con nosotros» (Emmanuel) en esta época que aparentemente es sólo silencio y ausencia de Dios. Si los futuros sacerdotes no pueden presentar su propia experiencia de Cristo, van a decepcionar a muchas personas de buena voluntad que buscan a Dios, y esa experiencia no es conquista psicológica, ni presentación de un showman de última moda, es encuentro con Cristo resucitado presente que nos hace ser auténticos y transparentes.

En su vida apostólica, los formandos prestan un servicio profético que requiere un testimonio de vida (PO 4), un servicio cultual, haciendo conscientes a los fieles de su sacerdocio bautismal, que es inmolación de Cristo para la vida del mundo (cf. PO 5), y prestan también el servicio de construir la comunidad según el mandato del amor en los diversos grupos apostólicos, comunidades y parroquias, que se convierten en principio activo de unidad y misionariedad (LG 23; PO 6 y 9). Con todo esto, contribuyen a la misión de reunir a la familia de Dios para formarla y edificarla con sentido misional que invite a otros a seguir el camino hacia Cristo y su Iglesia (cf. PO 6). Esto deben vivirlo todos, pero en especial, los que se encuentran en los últimos años de formación y ya han recibido los ministerios del lectorado y el acolitado, como candidatos al sacerdocio, y todos aquellos que ya han sido ordenados diáconos. 

En especial ellos, los diáconos, tienen que dar ejemplo de ser misioneros. Su ministerio diaconal se encuadra analógicamente en el ministerio sacerdotal, precisamente por tratarse del primer grado del sacramento del orden. Su dimensión misionera está en la linea del presbítero y del obispo. Su servicio peculiar de la palabra, de la eucaristía, de la caridad y de la organización eclesial, etc., tiene la característica de la gracia sacramental; en esto se diferencia de los ministros acólitos y lectores, que también están llamados a desempeñar sus funciones con dimensión misionera. Los demás, que no son todavía ministros, deben recordar que la vocación laical es estrictamente misionera y que deben ser pregoneros de la fe.

Como vemos, todo seminarista tiene una tarea misionera muy amplia dentro y fuera del seminario o casa de formación religiosa, construir una Iglesia como Cristo la quiere, y además, tan atrayente, que todos quieran formar parte de ella. La Iglesia confía en los futuros sacerdotes y espera mucho de todos los que habiendo escuchado al Señor, lo han querido seguir de cerca para recibir el don del sacerdocio. 

Pidámosle a la Santísima Virgen María, que todos los jóvenes que se encuentran en etapa de formación como candidatos a ser sacerdotes, sientan la necesidad del compromiso misionero. Que mantengan siempre vivo un intenso espíritu misionero.

Vendría bien leer y meditar el himno de la Caridad y los ministerios para servir que aparecen en la Primera Carta a los Corintios (1 Cor 13,4ss; 1 Cor 12,11-13). 

P. Alfredo L. Delgado, M.C.I.U.

sábado, 1 de julio de 2017

«FORMACIÓN PERMANENTE»... Una respuesta de amor


La vocación a la vida y a ser cristianos, exige una respuesta del hombre a la llamada de Dios. Esta respuesta encierra en su misterio, unas realidades que encienden el corazón que quiere entregar su vida como discípulo-misionero por la causa de Cristo. En medio de una sociedad globalizada y profundamente materialista, marcada por el egoísmo y el relativismo, que anega las aspiraciones más nobles del corazón, percibimos que la vocación a ser cristiano es una respuesta a la llamada que Dios hace para seguirlo; una respuesta que no puede ser pasajera. Aceptar la vocación cristiana y perseverar en ella, quiere decir «creer en el amor» (Cf. 1 Jn 4,16. «Cada uno es amado y escogido providencialmente por el dueño de la viña», Juan Esquerda Bifet, "Ven y verás", Roma 1993, p. 8). Nuestra vocación es ante todo, una vocación de amor. La beata Madre María Inés Teresa Arias, supo descubrir esto y trazó un programa para su vida, un programa tan sencillo como esto: «Que mi vida sea un programa de amor. Que mi vida sea un acto de continua oblación». (Ejercicios Espirituales de 1941).  

Viendo nuestra respuesta vocacional en esta clave de amor desde la perspectiva de nuestro bautismo, que nos hace hijos de Dios y responsables de esa respuesta a la llamada de Dios, encontraremos siempre motivos más que suficientes para perseverar con alegría. Nuestra vida como católicos debe ser una vida impregnada de amor, porque nos sabemos amados por Dios. El Señor nos llama cada día a reestrenar la gracia de la vocación, a «volver al primer amor» (Cf. Ap 2,2-5), a reavivar la ilusión de vivir pata él, recordando que «salimos de la mano de Dios, como obra y fruto de su amor» (Darío Castrillón Hoyos,  "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 21). 

Hoy se habla mucho de «formación permanente» y está bastante claro que no se trata de algo nuevo, pero hoy, en medio de nuestro mundo, en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, en donde el hombre busca desesperadamente en su mayoría, su seguridad existencial en el progreso científico y técnico, en el poder, en el dinero, en la comodidad, esta formación permanente se hace urgente, para que el cristiano de cualquier clase y condición no se deje arrastrar por modas o tendencias pasajeras. Jesús llamó a los que él quiso, nos llamó a nosotros también para formar parte de su Iglesia. Él llama siempre para estar con él y para enviar, a los llamados, a predicar la Buena Nueva (Cf. Mc 3,13-14).

La vocación, entonces, es una llamada a compartir la vida de Cristo en un encuentro permanente y una misión totalizante. El «sígueme» de Jesús, se sigue repitiendo en cada llamada, en cada cristiano, en cada vocación específica, y no sólo eso, sino que se va renovando cada día, de tal manera que el que se sabe llamado, ha sido amado por Cristo y debe ir motivado por una respuesta dinámica a la llamada. «El amor de Dios nos persigue y nos urge» (Cf 2 Cor 15,14). En la Iglesia, como comunidad de llamados que buscan responder a la llamada, Jesús se encuentra con nosotros, nos arrastra, nos cautiva, nos convence y nos va transformando. Por eso la beata María Inés decía: «Quiero transformarme en tu amor, quiero vivir de amor, quiero morir de amor» (Ejercicios Espirituales de 1943). «En la mirada de Cristo, "imagen de Dios invisible" resplandor de la gloria del Padre, se percibe la profundidad de un amor eterno e infinito que toca las raíces del ser. La persona que se deja seducir por él, tiene que abandonar todo y seguirlo. Como san Pablo considera que todo lo demás es "pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús", ante el cual no duda en tener todas las cosas "por basura para ganar a Cristo". Su aspiración es identificarse con él, asumiendo sus sentimientos y su forma de vida» (V.C. 18).  

La vida cristiana en la Iglesia Católica, es una vigorosa experiencia de encuentro con el Padre de las Misericordias en Cristo como familia de Fe. Es literalmente una «vivencia». El auténtico bautizado como nos diría Madre Inés, es un enamorado de Cristo que, como san Pablo, pretende alcanzar a Cristo, porque se sabe previamente alcanzado por él (Cf. Flp 3,12). La formación permanente es el esfuerzo integral que cada bautizado ha de asumir, con la gracia de Dios, para permanecer dinámicamente fieles a la propia identidad espiritual y eclesial y para ser capaces de adaptamos y responder positivamente, en el nombre del Señor, a las exigencias históricas de la vocación cristiana. (Cf. Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, "Guía de formación", Roma, diciembre de 1997). Se trata de una cuestión de «perseverancia y fidelidad», como muchas veces lo he repetido y experimentado a lo largo de mi ministerio sacerdotal. 

¿Cómo olvidar que el Señor nos llamó a tener vida y a ser sus hijos? Él nos llamó por nuestro nombre y no nos dejará jamás. Nadie nos puede suplir ni representar en la llamada que nos hace cada día a seguirle en la Iglesia para conquistar el mundo para Él. «Ninguna fase de la vida puede ser considerada tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad de ser asistida y poder tener mayores garantías de "perseverancia" en la "fidelidad", ni existe edad alguna en la que se pueda dar por concluida la completa madurez de la persona (V.C. 69).

Si vivimos en esta constante formación permanente, el «sígueme» que en nuestro nombre pronunciaron quienes nos llevaron a la pila bautismal, se repite cada día conscientemente desde nuestro uso de razón y se reafirma en una respuesta de plenitud de entrega que continúa siempre actual. Nadie deja nunca de sentirse llamado, hay un llamamiento constante en nuestra vida.

La formación permanente del católco, no se funda en racionalismos ni en sentimentalismos, ni en estados anímicos —como muchos, llevados por modas actuales, se dejan llevar—. Quizá por haberse dejado envolver por esta realidad del relativismo que muchos viven en la Iglesia sea cual sea su vocación específica, el «sí» de un día, se convierte fácilmente en un «no», que impide seguir respondiendo. La formación permanente viene a ser una ayuda para no dejamos guiar por nuestro modo de sentir y pensar, por nuestro egoísmo, sino por los criterios de Cristo. «Mi vida debe ser un espejo en el que se reproduzcan las virtudes de Nuestro Señor», decía la beata Madre María Inés (Ejercicios Espirituales de 1933). Por eso es una tarea de toda la vida. «No bastan unos años de rutina, es toda una vida la que se compromete por él» (Juan Esquerda Bifet, "Encuentro con Cristo", editorial Sígueme, Salamanca 2015).  No basta ser bautizado y haber ido al Catecismo para sentirse «formado» en la fe.

Los medios de la formación permanente ya los conocemos: la oración diaria como encuentro con Cristo especialmente en la Eucaristía, la Palabra de Dios, los sacramentos, la profundización en la doctrina sobre vida cristiana, la dirección espiritual, la vida de sacrificio y entrega, la vida fraterna en una comunidad familiar y de amigos en la fe, el amor a María y el compromiso como discípulos-misioneros. Además, siempre las parroquias e instituciones ofrecen el conocimiento cada vez más profundo y la vivencia de nuestra fe. «Se necesita una formación permanente que abarque los niveles de espiritualidad, cultura teológica y humana, metodología pastoral, convivencia en la comunidad, etc.» (Juan Esquerda Bifet, "Te hemos seguido", BAC, Madrid 1996, p. 52).  Es una formación continua que se lleva a cabo como un proceso global de renovación que abarca todos los aspectos de la persona. 

Esta formación permanente no es cosa fácil, algo que se pueda realizar en un día, es todo un proceso que requiere de mucho esfuerzo (ascética) y por supuesto, de la gracia de Dios (mística). Hemos de pensar siempre que nuestra vida de fe es larga y dificultosa, porque se trata de responder a una misión muy grande, el éxito de la tarea misionera de la Iglesia depende, en mucho, de esta formación permanente de cada bautizado y de una mayor formación humana, espiritual, apostólica, intelectual. La vida se confía al hombre como un tesoro que no se debe malgastar, como un talento a negociar. El hombre debe rendir cuentas de ella a su Señor.

La falta de esta formación permanente no se podrá suplir en la Iglesia con nada, ni con el fervor, ni con un gran corazón, ni con talento, ni con amplios planes de conquistas de almas. Nadie puede ser santo si no se mantiene en este estado de formación permanente. San Francisco de Sales, al llegar a Chablais, infestado de Calvinistas, dijo: «Esto está en manos de los protestantes porque nosotros hemos rezado el breviario pero no hemos aumentado nuestro saber»(Darío Castrillón Hoyos, "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 76). Ninguno puede estar exento de aplicarse al propio crecimiento humano y religioso; como nadie puede tampoco presumir de sí mismo y llevar su vida con autosuficiencia.

Termino esta reflexión con la esperanza de que sea útil, o por lo menos, no estorbe en este proceso de formación que todo bautizado debe tener. El Padre Celestial quiere que seamos santos como él es santo (Lv 11,44.45; 19,2; 20.26; 1 Pe 1,15.16).  Ruego a la santísima Virgen María que a cada uno de los miembros de la Iglesia nos de luz, nos haga comprender la necesidad de formamos en todo tiempo y lugar y que viendo a tantos santos que han hecho de nuestra Iglesia una familia en la fe como Cristo lo anheló, vivamos cada día sin tedio y sin rutina inútil, viviendo y perseverando con sencillez y entrega fiel.

Algunos puntos de reflexión biblica:

Iniciativa de Cristo en la llamada: Jn 15,16.
La vocación es un don de Dios: Mc 3, 13s; Mt 9,38; 6,65.
Discipulado y misión: Mc 3,13-14; Lc 4,18; Jn 10,36.

Alftedo L. Delgado Rangel, M.C.I.U.

lunes, 26 de junio de 2017

«LA IMPORTANCIA DE LA AUTOFORMACIÓN EN NUESTROS DÍAS»... Un compromiso de todo bautizado


Los cambios vertiginosos a los cuales esta siendo constantemente sometida nuestra sociedad, la llevan a poseer un rápido tiempo de reacción, que involucra el análisis de los mismos y su posterior adaptación a través de nuevas propuestas. Es por esto que, ante los cambios impuestos por las nuevas tendencias que influye la tecnología, el veloz acceso a la información y a la educación; la expansión incontrolable de la New Age, el amplio sincretismo religioso y la misma como nueva tendencia a hacer un «mix» de todo, incorpora nuevas formas de aprender y crecer para el creyente que forma parte de una Iglesia que está inmersa en medio de esta sociedad. Todos y cada uno de nosotros, participantes en el proceso educativo del mundo globalizado como sujetos sociales, y sobre todo como seres humanos en búsqueda de Dios para pertenecerle por completo. 

Todo bautizado requiere una formación que le permita entender los cambios sociales que actualmente experimentamos y que influyen en la vivencia de nuestra fe y de nuestra vocación específica; proyectar la importancia del aspecto humano en la fe, (es decir unir fe–vida); implementar los medios necesarios en las débiles áreas de formación que el mundo ofrece con una formación que debe ir encaminada a la reflexión de nuestro actuar frente a los demás seres humanos dentro y fuera de casa y de nuestra Iglesia, ya que cada bautizado debe ser capaz de mirarse hacia dentro y responder a sí mismo qué tanto está dispuesto a dar para ser mejor persona y transparentar a Cristo en su vida para contribuir a que la sociedad se impregne del Evangelio respondiendo al llamado de Cristo: «Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura» (Mt 16,15). En este sentido, «la educación es un campo de actividad sin límites, que se da en todos los ámbitos de la acción y de la interacción de la comunidad, y por tanto, en cierto sentido, escogemos ser agentes pasivos o activos de la educación» (cf. Arredondo, 1991).

El tema de la «autoformación» en la fe, nos lleva a considerarla como aquella que se promueve en el bautizado, sea cual sea su condición y vocación en la vida. Es una actividad eminentemente humana por medio de la cual todo hijo de Dios es capaz de recrear la cultura, esto sería conociéndola primero, ya que ¿cómo sería posible analizar y proponer posibles soluciones a los problemas de nuestra sociedad desde la vivencia de fe y lo más importante, sensibilizarme frente a ella, si no la conozco?

Con sorpresa solemos escuchar  a católicos que desconocen lo que ocurre a su alrededor, mucho más nos entristece si dicha manifestación proviene de un sacerdote o religioso, pero esto nos hace esforzarnos por presentar un modelo de creyente, hombre y mujer de fe, que sea íntegro, crítico, que en su formación constante contenga las áreas humana, intelectual, espiritual y apostólica, y además posea condiciones de ser autónomo, capaz de pensar por sí mismo, responsable en asumir la realidad con sus consecuencias y causas; capacidad de  decisión; tomar posturas equilibradas; seres sensibles a los distintos aspectos de la vida; predispuestos a conquistar su  felicidad y la de los demás; encontrando el sentido de su vida como bautizados, solidarios, en fin, lejos de limitarnos a lo que pudiera ser como el campo del profesional en el mundo, que solamente se preocupa de una sola área, la autoformación en el bautizado, invade todos los dominios; uno se forma en múltiples actividades, ya sea como sacerdote, como religioso, como laico, como misionero, como agente de pastoral es decir, en todos los niveles de responsabilidad, y de ser posible en forma permanente.

Tenemos entonces que, la autoformación se va desarrollando en la medida en que uno piensa sobre lo que hace, sobre su significación, sobre los fracasos que vive y los triunfos que alcanza viviendo cada día la fe. Es así como la autoformación nos hace recordar y experimentar que somos diferentes de las máquinas, porque somos hijos de Dios, y eso nos lleva a entrar en nosotros mismos reflexivamente para ser como Cristo. Eso nos lleva a mirar nuestras motivaciones, angustias, deseos, formas de enfrentar temores; esto es lo que nos hace real con respecto a nosotros mismos y de esta forma nos permite ésta reflexión, a su vez, llevarnos a la proyección con los demás, a la búsqueda de soluciones a las problemáticas reales que el mundo de hoy vive. El bautizado, en su autoformación en la fe, deja de centrarse en sí, para salir de sí, hacia los demás.

Si logramos que la autoformación de cada miembro de la Iglesia, vaya encaminada a una proyección positiva del ser humano y su entorno, tendremos entonces que nuestra vivencia bautismal, se hace una respuesta reflexiva y consecuente de la autoformación, y nos ayuda a juzgar las crudas realidades de hoy ante la violencia, el egoísmo, las expectativas amenazantes de la explosión de una guerra, y nos hace descubrir, desde el fondo de nuestro ser, qué es lo que haría Cristo frente a eso.

En este aspecto, hablamos de los bautizados que conscientes de la necesidad de su autoformación, se acercan en sus parroquias o comunidades a las distintas áreas de formación y por supuesto también a la literatura y páginas formativas en la Internet. El bautizado que es consciente de su compromiso por crecer en la vivencia de la fe, maneja una «disciplina interna». 

El proceso de «autoformarse» no puede ser más que un trabajo sobre sí mismo, libremente imaginado, deseado y perseguido, realizado a través de medios que se ofrecen o que uno mismo se procura haciendo uso de la reflexión ética, entendida como la capacidad de esclarecer, valorar, apreciar los hechos, fenómenos, situaciones de la realidad desde perspectivas globales, interdisciplinarias, con el fin de optar, de decidir por lo que se juzgue lo más significativo, lo más valioso para vivir el cristianismo en el mundo de hoy. Como miembro de la Iglesia, el bautizado debe saberse miembro de una comunidad formativa, ante los retos que el mundo le pone y ante los duelos a que está obligado a enfrentar, pues toda elección implica una renuncia y el hecho de haber elegido vivir la fe católica, representa una renuncia a muchas cosas que el mundo globalizado de hoy, relativista, materialista y consumista ofrece de forma barata y constante.

El bautizado que busca «autoformarse»  tiene que reflexionar su entorno en la familia, en la escuela, en el trabajo, y además, decidir su nivel y el tipo de participación que tendrá en su realidad inmediata como miembro de la Iglesia. L «autoformación», para el bautizado, debe ser como «un retorno sobre sí mismo, sobre sus motivaciones, deseos, angustias, maneras de tener miedo de sí mismo, del otro, o no, tratamiento del otro como un hermano, enemigo, u objeto de poder o no; cuando hace, entonces, ese trabajo, está efectuando un trabajo sobre sí mismo, que de alguna manera lo constituye en sujeto real como persona con respecto a sí mismo y no como una máquina.» (Filloux, 1996). La autoformación en todo bautizado, es una tarea que empezó desde que hay uso de razón y que se va desarrollando «en la medida en que uno piensa sobre lo que hace, sobre su significación, sobre los fracasos que uno vive...» (Filloux, 1996). De la autoformación uno espera definitivamente, el dominio de las acciones y situaciones nuevas, en fin, la vivencia plena y comprometida de la fe.

I. FORMACION ESPIRITUAL DEL BAUTIZADO.

Como hijo de Dios, cada bautizado bien haría en preguntarte: ¿Qué cimientos estoy poniendo en mi vida para poder vivir la fe que a veces me lleva a remar contra corriente? Todo bautizado debe buscar una formación espiritual recia, profunda, afincada en Dios, único fundamento que da consistencia a una vida plena, para que cuando vengan los huracanes de las dudas, las tempestades de las crisis no se derrumbe la vida. La formación espiritual debe estar centrada en Cristo, es decir, debe ser cristocéntrica, de manera que el bautizado adquiera «un conocimiento amoroso de la persona de Cristo» (CEC 429) de quiene s discípulo–misionero. De tal manera que Cristo, debe ser el criterio para juzgar todas las cosas en casa, en el estudio, en el trabajo y así ser espacio de santificación para para el mundo que le rodea. Cristo debe ser el centro, para que nadie ni nada arrebate el corazón que quiere vivir con Cristo, por él y en él —como decimos en cada Misa—. Cristo ha de ser el Modelo a quien debemos imitar en todo independientemente de la vocación que tengamos en la Iglesia y en el mundo. 

La formación espiritual, en la Iglesia Católica, se ve consolidada en las virtudes teologales que se recibieron en el bautismo y debe estar nutrida en la Sagrada Escritura, que será siempre el alimento que debemos tomar y dar a los hombres en la misión como católicos en el mundo. Hay muchas maneras de cuidar y crecer en esta área. Numerosos autores nos ofrecen sus libros con lenguaje accesible y profundo a la vez, las vidas de los santos, los cursos y talleres en las universidades católicas, instituciones, parroquias y comunidades religiosas ofrecen espacios para una formación rica, variada, sana, tan asequible en espacios y horarios que no hay excusa. 

II. FORMACION INTELECTUAL DEL BAUTIZADO. 

En un miembro de la Iglesia que quiera vivir auténticamente su cristianismo, la formación intelectual debe ser sólida, de manera que no se forme como una persona endeble en conocimientos de Dios y del mundo que solamente tiene lo que estudió en el catecismo para su Primera Comunión. El mundo no necesita católicos que se caen y se desmoronan ante la primera pregunta o duda que te expongan los miembros de otras religiones, sectas, diversas creencias o los enemigos de la Iglesia. La autoformación intelectual de todo miembro de la Iglesia, en especial de los agentes de pastoral, debe ser profunda, es decir, que no se conforme con tres o cuatro cosillas mal aprendidas y atadas de un hilo en un cursillo anual de algo. 

La formación intelectual debe ser selecta y por eso hay que saber autoformarse y elegir bien. Hoy mucha gente sabe de todo nada o casi nada. Tenemos que seleccionar todo aquello que vaya conforme a nuestra fe y a nuestro compromiso como discípulos–misioneros. ¿En qué Universidad estudió por citar a algunos, Santa Teresita del Niño Jesús o la beata María Inés Teresa para saber tantas cosas? Esa es autoformación. Debemos recordar que cada bautizado es un misionero, un mensajero del Evangelio, un maestro de la fe, un  hijo de la luz, una antorcha en el mundo. Hay que luchar contra los enemigos de la formación intelectual como son la i inconsciencia, la inconstancia, la pereza, la cerrazón, la derrota anticipada, la falta de visión que no pone esfuerzo y quiere dejar todo a los padrecitos y las monjitas. 

III. FORMACION HUMANA DEL BAUTIZADO. 

La formación humana se relaciona con el desarrollo de actitudes y valores que impactan en el crecimiento personal y social del individuo. De esta manera, un sujeto formado desde la dimensión humana, actúa con esquemas valórales, coherentes, propositivos y propios. Es un ser que reconoce su papel en la sociedad, en la institución para la que trabaja y en la familia; que quiere su cuerpo, sus espacios concretos de acción y comprende la diversidad cultural en la que está inmerso; es en consecuencia un sujeto en crecimiento.

En este campo se ha de trabajar en la autoformación de la conciencia, que puede pervertirse si no la iluminamos con los criterios del evangelio, de la doctrina de la Iglesia, de nuestras propias convicciones y compromisos adoptados por el bautismo. La autoformación humana es formación de la voluntad y del carácter, formación de la educación que, como decía la beata María Inés Teresa, «sobrenaturalizada, la educación es la santidad». 

La autoformación humana lleva al cristiano a ser él mismo una escuela de valores y virtudes, una invitación al mundo de vivir plenamente el compromiso bautismal con orden y concierto en relación con los compromisos civiles y sociales. Un bautizado que se autoforma en el campo humano es limpio, ordenado, acogedor, educado, leal, cortés, jovial, etc.

IV. FORMACION APOSTOLICA DEL BAUTIZADO.

El bautizado, discípulo–misionero de Cristo, ha de formarse en el celo por la salvación de las almas al estilo de Madre Inés y tantos santos de toda clase y condición, como san José Sánchez del Río, que dio su vida por Cristo a los 14 años de edad en el martirio en medio de la persecución religiosa de México por ser un apóstol consciente del riesgo de su condición de discípulo–misionero. La autoformación apostólica despierta y alimenta en el bautizado el anhelos de que todos los hombres y mujeres del mundo conozcan y amen a Dios, que cumplan la ley de Dios, que vivan unidos en el amor y amen a María Santísima como modelo a seguir para ser trasparencia de Cristo.

La formación apostólica es oración proyectada, apostólica, comprometida lanzada a todos los espacios, situaciones y condiciones... ¡No hay tiempo para teorizar en esto! Hacer nuestro apostolado callado, silencioso y eficaz, empezando por la propia comunidad y recordando que como decía san Juan Pablo II: «El primer lugar de misión es el propio corazón». Siempre hay un lugar para el quiere ejercer su apostolado.

A MANERA DE CONCLUSIÓN.

En tus manos como bautizado, discípulo–misionero, está tu formación. Sólo tú te formas o te deformas. Hay formadores, ayudas, facilitadores, libros, páginas web y demás, pero sólo uno mismo es el responsable de autoformarse. 

Toma con mucha seriedad tu compromiso bautismal, empieza tal vez buscando tu acta de bautismo para grabarte en el corazón el regalo inmenso que Dios te dio al hacerte su hijo o su hija de quien tanto espera. Está en juego la misión y el apostolado de la Iglesia en el día de mañana. No se puede ser creyente sin una profunda formación espiritual, haríamos el payaso; y si nuestra formación intelectual está floja, tal vez desorientemos a los hombres que nos pidan consejo porque nos ven que vamos a la Iglesia o formamos parte de algún grupo. Y sin una esmerada formación humana, el mensaje quedará rebajado y diezmado, pues la formación social y humana abre las puertas allá por donde pasas la mayor parte del tiempo de tu vida, que no es precisamente el Templo al que asistes.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

jueves, 23 de junio de 2016

LA VALIOSA LABOR DE LA ENSEÑANZA... Los maestros católicos bajo el amparo de María de Guadalupe

El trabajo de los laicos católicos, hombres y mujeres, en la tarea de la enseñanza, ha sido siempre una cuestión muy valiosa e importantísima para la Iglesia y para el mundo. El rol y la responsabilidad de quienes trabajan en la educación, han sido reconocidos de manera considerable por el Concilio Vaticano II en el documento sobre la Educación Cristiana, que habla de la participación de los laicos católicos en el campo de la educación. En los últimos tiempos se ha visto, como todos sabemos, una notable disminución de sacerdotes y religiosos dedicados a la enseñanza. Es por eso que los laicos tienen que ser, en nuestros días, verdaderos testigos de la fe en nuestros colegios y escuelas.

Podemos decir que el laico que trabaja en la enseñanza, ejercita su misión en la Iglesia, viviendo en la fe su vocación secular en la estructura de la escuela buscando dar gloria a Dios con la mayor calificación profesional posible y con un proyecto apostólico inspirado en la formación integral del hombre, en la práctica de una pedagogía de contacto directo y personal con el alumno. El maestro laico, el auxiliar, el conserje... transmite, día a día, la alegría del evangelio a los alumnos de todo plantel educativo en donde la Iglesia está presente.

La fe que un maestro católico puede y debe transmitir, es un don de una riqueza enorme que se ha ido reforzando a lo largo de los siglos y representa un medio valioso del mundo de la cultura de acercamiento a Dios. En la fe de nuestro pueblo, por ejemplo, la figura de María, la Madre del Señor como educadora, invocada en México y en general en América —además de muchas naciones evangelizadas por misioneros mexicanos como la Beata María Inés Teresa—ocupa un lugar preponderante. Es el maestro católico quien centra la fe y la devoción a María para llevar a los alumnos al encuentro con Dios. Es ella, la Madre de Dios, quien va formando a Cristo tanto en los maestros como en los alumnos. Podrá haber muchas cosas que los niños, adolescentes y jóvenes no comprendan, pero la maternidad de Santa María de Guadalupe es clara para la mayoría. Aún en algunos alumnos procedentes de familias protestantes, reconocen, en el fondo, la presencia de la Virgen de Guadalupe en la sociedad.

¿Cómo es posible transmitir un amor que no se vive? Imposible pensar en esto, por eso el laico católico que trabaja en la enseñanza tiene que tener un amor entrañable a María de Guadalupe y saberse cobijado por su manto para transmitir la fe en su Hijo Jesús. 

La Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, tuvo siempre un gran amor a María de Guadalupe. Ella la llamaba «Mi dulce Morenita del Tepeyac» y en muchos de sus escritos invita a todos a amarla entrañablemente. La Beata María Inés nos enseña a amar a María como aquella Madre del Redentor que coopera de un modo muy singular —como Madre y Maestra— a la obra de salvación con la obediencia, con la fe, con la esperanza y con una ardiente caridad que todo maestro debería imitar. Ella, además, nos presenta a María como la discípula, la alumna que durante la predicación de Jesús «acogió sus palabras y las puso en práctica» (Lc 8,21). Un modelo para todos los alumnos. Dice la Beata en uno de sus escritos: «Los educadores cristianos inculquen en sus niños este tierno amor a María. Ella será quien restaure para Cristo, la maleada sociedad» (A mis queridas compañeras de la Acción Católica).

Yo creo que todo maestro católico debería caminar bajo el amparo de María y llevarla al corazón de los alumnos, de manera que mostrando los valores humanos de María, los niños, adolescentes y jóvenes se vayan formando en el amor a Cristo y puedan ser constructores de una nueva civilización que haga a un lado tantas luchas y divisiones que impiden a la educación seguir su verdadero y auténtico rumbo. En María de Guadalupe todo es relacionable con los formandos y la sociedad en que vivimos. Ella tiene un gran valor para toda familia católica. Ella es verdadera hermana nuestra, ha contemplado nuestra necesidad de salvación y nos muestra al verdadero Dios por quien se vive. Ella, María de Guadalupe, titular de todos los colegios de la Familia Inesiana al rededor del mundo, por su condición de perfecta seguidora de Cristo y mujer que se ha realizado completamente en su misión de Madre y Maestra, es modelo de alumnos y maestros.

Santa María de Guadalupe, contemplada en el cerrillo del Tepeyac con su porte y dulzura, ofrece una visión serena y de seguridad a los maestros en tiempos de calma y sobre en tiempos difíciles como los que se viven en estos días: «¿NO ESTOY YO AQUÍ, QUE SOY TU MADRE?»... Victoria de la esperanza sobre la angustia, comunión sobre la soledad, paz sobre la agitación, alegría sobre el tedio, belleza sobre la fealdad y vida sobre la muerte. Ella es el espejo en donde se pueden reflejar los sencillos, los humildes, los que dan la vida por su Hijo Jesús con entrega y generosidad en las grandes obras de Dios, como es la tarea de la educación.

Hay tanto que decir de María en relación con los educadores y los alumnos, los formadores y los formandos que, como dice la Beata María Inés: «Si me pusiera a escribir todo lo que quisiera sobre la Santísima Virgen, no acabaría nunca». Por lo pronto, invito a todos los maestros y formadores a pedirle a Dios que les conceda adquirir un mayor conocimiento completo y exacto de María para recurrir más a Ella y llevarla a los alumnos y formandos. Que los haga tener una devoción verdadera y comprendan la suma belleza de la Morenita del Tepeyac. Que alimenten un amor auténtico hacia la Madre del Salvador y Madre Nuestra que se traduzca en imitación e sus virtudes y en un decidido empeño en vivir los mandamientos y hacer la voluntad de Dios. Que desarrollen, como maestros y formadores, cada quien en su área, la capacidad de comunicar a los alumnos y formandos ese amor con la palabra y con el testimonio de vida y digan, con san Juan Diego: «SEÑORA Y NIÑA MÍA, YA VOY A CUMPLIR TU MANDATO».

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

lunes, 8 de febrero de 2016

Los estatutos de la amabilidad...


Hace pocos días, Mons. José Rodríguez Carballo, secretario del dicasterio de la Vida Consagrada, nos recordó en el Congreso Internacional para clausurar el Año de la Vida Consagrada, que antiguamente, en los noviciados y en general en las casas de formación, se trataba mucho el tema de la urbanidad y las buenas costumbres. Se enseñaba y se insistía en formar en la amabilidad.

La amabilidad es una virtud, una cualidad definitoria de las personas y es una virtud que nace de esos buenos sentimientos que el hombre alberga por el simple hecho de ser imagen misma de Dios. “Los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo”. (Gál 5, 22-23)

Se es amable, principalmente, por el amor que se tiene a toda criatura por ser obra de Dios.
Si quien se encuentra en la etapa e la formación  inicial —en cualesquiera de las vocaciones que hay en la Iglesia— aprende desde pequeño a ser amable con los demás, se convierte en alguien digno de dar y recibir amor, que de hecho, es la traducción exacta del latín «amabilis» del cual proviene nuestra palabra en español. Si quienes ya vamos entrados en años de vida y de esa formación que nunca termina, nos re-estrenamos en la amabilidad... ¡el mundo a nuestro alrededor se hace nuevo! Porque hay que recordar a Cristo con la Samaritana (Jn 4) o con Zaqueo (Lc 19) o con los dos de Emaús (Lc 24) y muchos otros más que, en el Evangelio, recibieron un gesto amable de nuestro Redentor.

Hace poco  me encontré por allí estos«Estatutos de la amabilidad» que me vienen bien:

 Sonreír siempre a las personas con las que convives
 Ofrecerte siempre para ayudar
 Evitar o suavizar las penas a los demás
 Contener todo gesto de impaciencia o mal humor
 Cuidar especialmente a las personas difíciles
 Mandar siempre con benevolencia
 Ser comprensivo con los defectos y miserias del prójimo
 Excusar y defender a los que han fallado
 Corregir con delicadeza y sintiendo dolor por ello
 Ser respetuoso y cortés sin ser empalagoso
 Hablar siempre bien de los demás o mejor callar

No están mal ¿verdad? 

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

domingo, 3 de enero de 2016

«EL GRUPO ES UNA COMUNIDAD VIVA»... Un tema de formación especialmente para grupos de jóvenes.

Oración inicial:

¡Señor! Que yo sea puente entre los hombres para unir a los jóvenes y a los adultos en el diálogo de la vida; que yo sea el cemento armado que une ambos lados del río y a las vidas que por él pasan. Que yo sea más grande cuando mayores son las distancias. Que yo sea tan coherente que no quiera no necesitar ser más puente. Que yo sea el puente entre los hombres y el infinito para que, al pasar por mí, mis hermanos se detengan para contemplar tu obra majestuosa. Que yo sea un Padrenuestro vivo: la oración que une el cielo y la tierra. Señor, que yo sea puente, hermano y amigo, para que el mundo sepa que, para conseguir amar, necesitó hacer uso de un puente como yo que uniera a los hombres. Que yo sepa afirmar mis pies en el lodo que las aguas cubren, para poder tender las manos a los que no saben caminar limpios ni pisar donde se hunde el pie. Que nadie se preocupe de mis pies que pisan el barro, para percibir que mis hombros son pisados por aquellos que buscan el otro lado de las cosas donde se encuentra el amor. Amén. 

1. Introducción.

Es claro que las buenas relaciones y de grupo infunden estabilidad, alegría y esperanza en las personas y en toda colectividad. La relación es vida, mientras que el aislamiento es muerte. La felicidad y realización de una persona está en el amor y el amor es un asunto de «buenas relaciones» con uno mismo, con Dios y con los demás.

La búsqueda de la vivencia de una fe cimentada en el amor, lleva al joven y al adulto creyente  a la búsqueda de un grupo o comunidad cristiana que le ayude a crecer. El «grupo», como llamamos generalmente a nuestras comunidades formativos y de encuentro en la Iglesia, se vive como una realidad comunitaria al nivel de fe y de maduración humana, en donde el joven y el adulto, deben encontrar elementos que le ayuden a ser, como discípulo-misionero, puente entre Dios y los hombres, puente entre los adultos y los niños, puente entre los hermanos y hermanas de una sociedad que cambia constantemente y que necesita ver vida que aliente, que anime, que invite a seguir.

2. Nuestra experiencia.

En nuestro mundo actual, sobre todo entre la gente joven, hay una tendencia muy marcada a hacer las cosas y a vivir en comunidad, en equipo, en grupo, «en pandilla»… en familia.

Hay, entre los jóvenes, por ejemplo, algunos grupos que enriquecen a la comunidad; aunque son más bien escasos; la mayoría de los grupos que encontramos entre los jóvenes son «pandillas» que atacan, que rayan paredes o que cometen actos de vandalismo en pueblos y ciudades. Entre los adultos se ven muchos grupos para vivir el «socialito». Por su parte, muchos adolescentes buscan, y se acostumbran ya de jóvenes, a formar parte de esas pandillas que no son grupos oficiales para nada, sino que simplemente dan un sentido de pertenencia. Cuando a algunos de ellos les preguntamos si quisieran formar parte de un grupo de Iglesia nos dicen que no, que ellos quieren ser libres y no estar atados a nada. ¿Cuál es tu experiencia al respecto? ¿Cómo te va sobre todo  con los adolescentes y jóvenes que te rodean?

En la educación, en general, el grupo se utiliza para «aprender» cosas, no para «aprender» a vivir y madurar, siendo esto tan importante. En nuestra Iglesia Católica, el grupo es una comunidad viva que debe ayudar a madurar. La mayor parte de gente adulta responsable en todos los campos, formó par-te de algún grupo en su juventud, se educó allí aprendiendo a vivir y a trabajar en equipo. ¿Conoces algunos casos?

La fe se hace fuerte en el grupo, porque como decía San Juan Pablo II: «La fe se fortalece dándola» y es en el grupo en donde esta fe se mantiene viva. Este santo Papa decía en una ocasión: «El hombre no está destinado a vivir solo. No subsiste solitario sobre la tierra. Está llamado a vivir su vida en comunidad. Por eso nacen las comunidades, de las que la primera y más fundamental es precisamente la familia. Y mediante las comunidades, primeramente la familia, el hombre se va formando y madurando como hombre». 

Hoy, con tristeza, vemos que muchos de nuestros adolescentes y jóvenes no proceden de una familia, porque hay cada día más desunión en los hogares. El padre ha emigrado «al norte» en busca de trabajo y la mujer se ha quedado sola; en algunos ambientes los padres han de trabajar los dos todo el día  para tener el sustento necesario; la violencia, en algunas partes, ha destrozado algunos hogares... ¿Qué podrá ofrecer el grupo eclesial para ayudar al adolescente, al joven y al adulto creyente a vivir la fe que en la asistencia al catecismo infantil ha sido más fácil asumir, vivir y expresar?

3. Iluminación de la Palabra de Dios.


Conviene leer y analizar estos textos:

Mt 18,19-20.
He 4,32-35.
He 2,42-47.



4. Una experiencia de vida.

Escucha y profundiza en este relato:

«Mi experiencia comenzó cuando en la Universidad el profesor de filosofía animó a unas cuantas personas inquietas y revoltosas a preparar una convivencia con la gente del mismo grupo escolar. Se quería plantear la necesidad de vernos fuera de clase, de conocernos más y de ver qué cosas podríamos hacer juntos, de darle salida a nuestras inquietudes. De aquella convivencia salimos dispuestos a analizar juntos qué estaba pasando en clase, en la Universidad, y empezamos a reunirnos en grupos. Hubo de pasar un buen tiempo hasta empezar.

Yo era entonces una de esas personas revoltosas, que en clase me preocupaba de estar con la gente, de hablar mucho, de protestar de vez en cuando, etc. Hijo de gente del campo, la verdad es que interesaba poco la vida de mi familia, los problemas de mi pueblo. Más bien, la Uni era para mí un refugio, un lugar que me servía de escape. El resto del grupo eran también personas sencillas que no teníamos muy claro lo que queríamos, pero que buscábamos algo distinto; aquella enseñanza no nos convencía.

Cuando el grupo comenzó a caminar, dos cosas me llamaron mucho la atención: 

4.1 El descubrir en comunidad las necesidades de la gente, y contar con ellas a la hora de ver lo que hacíamos, por poquito que fuera, para cambiar algo de la vida de la Universidad. 

4.2 Y el empezar a plantearnos la fe en grupo. Hasta esos momentos, yo sólo había creído en Dios cuando me veía en apuros, y en un Dios de domingo, que sólo servía para saludar a la gente en la puerta de la Iglesia. 

En estos dos aspectos, el grupo me cambió, porque además de pensar en la gente, estábamos aprendiendo a ver qué nos decía, en medio de todo aquello, el Evangelio. Y eso significó en algunos momentos cambiar lo que planificábamos, porque nos ayudaba a ver con más claridad lo que queríamos. A mí, en un momento determinado, me ayudó a ver, por ejemplo, la poca importancia que yo le daba a mi familia, lo lejos que vivía de sus problemas. Y esto, planteado en grupo, iba ayudando a confiar en las personas, y a creer, gracias a ello, en un Dios nuevo, vivo, que tenía que ver con lo que pasaba. 

5. Comunidad viva.

En el grupo, el joven y el adulto afirman su propia personalidad, porque ahí se siente conocido, aceptado, estimado y valorado. En el grupo la persona creyente se relaciona con otras personas de su misma edad e ideología y ahí aprende a comunicarse, a convivir, a participar y a comprometerse en actividades grupales y comunitarias. El grupo eclesial, en definitiva, satisface las necesidades básicas de toda persona: afecto, aprobación, seguridad, comunicación, participación, solidaridad, espacio para vivir y compartir la fe, etc.

En el grupo se experimenta vitalmente a la Iglesia como una comunidad viva que cree en Jesucristo, que celebra su fe y que vive el amor fraterno y solidario. En el grupo el creyente va creciendo y madurando su fe cristiana. Más que un simple instrumento metodológico, el grupo, en la Iglesia, es un lugar de evangelización y de catequesis de la vida.

6. Dos objetivos para lograr que el grupo sea una comunidad viva.

6.1 Que los que forman parte del mismo se conozcan. Lo primero que hacen las personas que se encuentran en un grupo es presentarse y darse a conocer. En el grupo hay que pasar de un «estar juntos» al conocimiento recíproco y a la aceptación de los otros. Para vivir hay que intercambiar la fe.

6.2 Que los jóvenes  y adultos aprendan a comunicarse y a compartir la experiencia de la fe. El segundo aspecto de una comunidad viva en la Iglesia, consiste en ayudar a la persona a que tenga una comunicación interpersonal positiva, que le permita compartir con los demás espontáneamente sus necesidades, sus inquietudes, sus intereses, expectativas y aspiraciones. ¿Qué conoces tú de tus compañeros de grupo? ¿Qué sabes de la vida de cada uno? ¿De sus familias? ¿De sus problemas? ¿De sus alegrías?

Oración final:

Jesús, tú quisiste nacer en un grupo humano, en el mejor grupo humano: la familia. Y quisiste venir a nuestros grupos, estar entre nosotros, hombres reunidos, muchas veces también unidos.

Estás entre los que nos reunimos para aprender, para ayudarnos, para emprender algo, para descubrir, investigar, hacer una canción, jugar un partido, escalar una montaña, hacer una revista, organizar una fiesta, reunirnos en familia, celebrar un cumpleaños... y vivir la fe.

Estás de manera particular entre los que nos reunimos en tu nombre, los que tu presencia viva une... y es que tú quieres, porque es bueno para nosotros, que buscamos a los demás y que necesitemos de los demás, que nos sintamos útiles a los demás, que seamos felices con los demás y que nos demos a los demás. Y no sólo lo quieres, sino que depositas en cada uno la necesidad de dar y de recibir; sin los demás no podemos existir, subsistir, realizarnos, ser felices. Sin nosotros, otros quizá no vivirían, no serían felices o, al menos, no serían tan felices... esto merece nuestro enorme agradecimiento, Señor Jesús, hermano y amigo nuestro en comunidad.

Pero hay todavía más motivos. ¡Te lo queremos decir para agradecértelo! Y es que a muchos nos has revelado, hecho comprender y experimentar, que tú , en nuestros grupos, nos das más unión, fuerza, calor y felicidad, y nos ayudas a superar las dificultades y lograr metas que sin ti ni siquiera soñaríamos. El día en que logremos sentirte plenamente y lograr metas en nuestro grupo, no como un miembro marginado, sino como uno de nosotros, como el líder del grupo, ese día nuestro grupo se convertirá en familia, en una comunidad viva. Ese día has logrado lo que quieres, te sientes feliz, nos haces felices y nos lanzas a sembrar felicidad en las construcciones de la fraternidad. Gracias, Jesús. Quédate con nosotros, entre nosotros, en nuestros grupos... ¡para siempre! Amén.

Canto Final:

MI AMIGO

Ven construiremos, mil caminos al andar,
Pon tus manos en mis manos,
Somos puente sobre el mar.
Ven sembraremos, la semilla de la paz,
Y que nada nos detenga, somos uno y algo mas.

Porque tu amigo aquí estas conmigo, hoy como ayer;
Porque tu amigo eres el motivo y he vuelto a creer
Por que tu amigo eres el espacio en el que vivo yo,
Porque tu amigo me amas tanto, que dejas todo por mi

Se que ahora;
Muchos hombres te buscaran,
Van siguiendo las estrellas,
Vienen de cualquier lugar. 
Se que tampoco,
Otros te dejan pasar
Abre las puertas del mundo,
Aquí estoy, soy tu lugar

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

PARA UNA BUENA CONFESIÓN...





“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso y su palabra no está en nosotros”, 1 Juan 1,9-10.





1. La Misericordia de Dios y el perdón de los pecados.

La misericordia de Dios, llega a ser algo casi incomprensible para el ser humano, porque todos pecamos una y otra vez, nos arrepentimos y luego volvemos a cometer las mismas faltas, provocamos el enojo de Dios y sin embargo él no deja de ser misericordioso con nosotros. La misericordia divina, es la perfección del Amor, tanto así, que Él envió a su propio Hijo al mundo, permitiendo su muerte en la cruz y de este modo expiar nuestros pecados. En su justicia Dios nos condena, pero en su misericordia Él mismo nos salva.

Para muchos de los católicos no es fácil ni agradable confesarse, porque reconocerse pecador frente a un sacerdote que es igual, un pecador, parece ser algo muy humillante. Sin embargo, después de la confesión todo mundo habla de una gran paz espiritual que  restituye la amistad con Dios, aumenta la gracia santificante, refuerza la fe, aumenta la fuerza para evitar cometer mas faltas, llena de vigor el alma para no caer en la tentación y compromete al hombre y a la mujer de fe a no ofender más a Dios.

Sin embargo, después de confesarse, muchas veces sucede que la persona no se siente segura si ha hecho una buena confesión, porque ocurre que cuando está frente al confesor, los nervios o el hecho de buscar reconocer las propias faltas sin olvidar ninguna, le traicionan, y se crea un estado de confusión o temor. Más de alguna vez pasa que hay gente que piensa que ciertas cosas no son faltas y no la dice o se justifica para luego quedarse con la duda. Confesarse, entonces, no es algo agradable para la mayoría, ya que hay que desnudar el alma, manifestando lo que, ordinariamente causa vergüenza.

Con todo, ese echar hacia afuera los motivos de los propios pesares resulta, una buena ayuda para sentirse liberado y perdonado, reconociendo que no se es nunca mejor que los demás. «Todos somos pecadores» ha dicho el Papa Francisco recientemente.

Para poder recibir el sacramento de la Reconciliación, se requiere una experiencia similar a la del Hijo Pródigo (Lc 15, 11-32), de manera que se experimente internamente el vacío que supone el verse alejado de Dios. Entendemos y sabemos, a través de la Sagrada Escritura, que es la confesión de cada pecado lo que hace posible y accesible el perdón de Dios. Pero sabemos que no es la confesión de pecados concretamente lo que hace que seamos perdonados. La confesión de pecados contiene en si misma un misterio, que sobrepasa todo aquello que suponemos. La confesión expone el pecado y su raíz, de esta forma recibe su sentencia de muerte cuando es confesado. Pero es la luz, la que elimina la culpa y la fuerza del pecado y no la confesión. La confesión la coloca en la luz.

La confesión expone al pecador junto con su pecado a la Luz de Dios para que los hombres vean, también muestra cómo es el hombre en su condición de pecador y cómo es Cristo en su condición de Salvador, pues confesando y viviendo de la paz que inmediatamente se experimenta al salir de la confesión, hace que las demás personas vean en el penitente la realidad de Dios, sin que la propia persona se de cuenta de eso. 

2. Condiciones para una buena confesión.

Desde hace muchísimo siglos, la Iglesia ha enseñado que para hacer una buena confesión se
requieren cinco condiciones:

2.1 Examen de conciencia. 
2.2 Dolor de los pecados. 
2.3 Confesión verbal. 
2.4 Propósito de enmienda. 
2.5 Cumplir la penitencia.

Veamos ahora cada una de ellas:

2.1 Examen de conciencia.

Así como un buen comerciante hace inventarios con frecuencia para saber cómo va el negocio, así el buen católico que piensa en su salvación, hace un «inventario» de su vida diaria, de su ser y quehacer, para ver hacia dónde se está dirigiendo su compromiso como cristiano. Esa es la razón por la que es tan importante examinar la conciencia, para así poder acusarnos de todos los pecados que realmente hayamos cometido. Claro que a la confesión sólo se llevan los pecados, pero es conveniente que reconozcamos no sólo lo malo, sino también las cosas positivas y buenas que hemos logrado en el Señor. Se deben emplear algunos minutos previos a la confesión para este punto, tratando de repasar tanto los mandamientos de Dios como los de la Iglesia, para descubrir aquello en lo que se ha fallado.

La beata madre María Inés, examinaba su conciencia de ordinario dos veces cada día. Ella escribe: “Estoy sí, grandemente arrepentida de todos mis pecados, porque con ellos he causado mucho pesar a nuestro Señor. Los borraré todos con la sangre de Jesús en el sacramento de la penitencia, y con su gracia y de la mano de María me propongo emprender en los caminos de la santificación, una carrera de gigante.” (Ejercicios Espirituales de 1936, f. 786).

2.2 Dolor de los pecados.

Si la misericordia de Dios es lo más importante, al acercarnos al confesor —pues sin ella no podríamos conseguir jamás la justificación de nuestras culpas— hay que buscarla con sincero arrepentimiento. A esto se le llama también "dolor de corazón", pues se supone que uno tiene que experimentar un vivo sentimiento de pena por haber ofendido al Señor, nuestro Dios, que sólo quiere lo bueno para nosotros. Este sentimiento no lo podemos confundir, en forma alguna, con lo que los sicólogos llaman «complejo de culpa», que es algo enfermizo, producto de una mente perturbada, y no la consecuencia de la confrontación entre nuestra miseria y la bondad y el amor de nuestro Padre.

Algunos, por querer curar esos complejos de culpa, han tratado de arrancar los legítimos sentimientos de dolor que debe experimentar un ser humano, cuando se da cuenta de que sus pecados ofenden a Dios y le ocasionan la pérdida de la eterna felicidad. Por eso nuestra sociedad adolece —como un grave mal— de falta de lo que llamaríamos «conciencia de pecado», que es mucho peor que los complejos de culpa, porque éstos últimos pueden causar muchos problemas durante la vida presente, pero lo otro nos conducen a una ruina total y definitiva.

El dolor de los pecados debe brotar cuando descubrimos cómo Dios nos ama y lo que ha hecho para nuestra eterna salvación: enviar a su propio Hijo, para que cargando sobre sus hombros nuestros pecados, pagara la deuda que a nosotros correspondía y que, de ninguna manera, podíamos saldar.

Sobre este tema del dolor de los pecados, la beata madre María Inés Teresa nos dice: “Pongamos mucho empeño en evitar la menor falta deliberada, pero aun cuando hayamos cometido alguna falta, corramos a sus brazos, confesémosle nuestra miseria llenos de paz, pidámosle perdón y esperemos su beso de reconciliación”. (Carta colectiva del 24 de abril de 1953 en altamar).

2.3 Confesión verbal.

Esto es, quizás, lo que mucha gente encuentra más difícil, por cuanto supone manifestar lo que hemos hecho de malo. Pero, ¡qué bien nos sentimos cuando, habiendo limpiado nuestra alma, sabemos que Dios nos ha perdonado! El sacerdote, ciertamente, es un ser humano igual que todos, con la misma condición pecadora, lo que, en realidad, es una ventaja, ya que puede comprender nuestros errores y entender nuestros fallos. El sacerdote es un hombre que vive en el mundo sin ser del mundo, y él nos puede ayudar a vencer la «mundanidad» que quiere adueñarse del corazón.

Por otro lado, la Iglesia ha rodeado de tanto respeto este sacramento, que la persona que va a confesarse puede estar segura de que, en todo momento, su privacidad quedará a salvo, ya que uno puede escoger entre confesarse cara a cara o en el anonimato detrás de una rejilla. En todos los casos el sacerdote está obligado, bajo severísimas penas espirituales, a guardar absoluto sigilo de lo que ha oído. Se ha sabido de algunos sacerdotes, como san Juan Nepomuceno, que han padecido incluso la muerte por guardar el secreto sacramental.

El sacerdote, en el sacramento de la Reconciliación, no es un juez, sino un representante de Jesucristo, que mostró siempre una gran misericordia para con los pecadores. Por eso nadie puede temer que el confesor vaya a condenarlo, ni tan siquiera abochornarlo por los pecados, sino animarlo a que no vuelva a cometerlos.

Una buena confesión exige que uno diga todos los pecados cometidos desde la última vez que recibió este sacramento, a ser posible señalando el número de veces y las circunstancias que cambian su gravedad. Por ejemplo, una persona casada tendrá que aclarar su condición, pues esto cambiaría un pecado carnal en adulterio. Un sacerdote deberá decir que lo es y un religioso deberá presentarse como tal.

A nadie se le pide, desde luego, que haga una descripción detallada de sus pecados, ya que esto no es necesario, a no ser que el confesor, en algún caso especial, lo crea conveniente para aconsejar mejor al penitente. Aquel que, conscientemente, omitiera algún pecado grave, no sólo no quedaría perdonado, sino que cometería un sacrilegio.

Dice la beata madre María Inés: “Nuestro Señor olvida para siempre, como si jamás se hubiesen cometido, todas las faltas de las que nos hemos arrepentido”. (Ejercicios Espirituales de 1962).

2.4 Propósito de enmienda.

Es consecuencia lógica de un arrepentimiento sincero el que uno se proponga no volver a pecar. Sabemos, sin embargo, que ningún sacramento nos hace impecables, y que, pese a todo, seguiremos conservando nuestra condición pecadora durante toda nuestra vida. El propósito de enmienda supone un sincero deseo de no pecar, pero no la seguridad de que uno nunca más va a recaer en el pecado, ya que hemos de contar con nuestras limitaciones.

El propósito de enmienda supone la intención de luchar por vencer el mal, incluyendo la huida de las ocasiones de pecado. También conlleva poner todos los medios para ir superando las caídas, sobre todo los espirituales, como la oración, la práctica de los sacramente, los actos de penitencia y las acciones de amor y servicio al prójimo.

Hay pecados que logran arraigarse en uno, produciendo un hábito vicioso. Estos son muchas veces el producto de una compulsión, lo que hace más difícil vencerlos. Cuando esto ocurre no hay por qué alejarse de los sacramentos ni sentirse avergonzado de confesar siempre lo mismo. Lo que no puede faltar es el deseo de lucha, contando siempre con la ayuda del Señor.

La beata madre María Inés Teresa, en sus meditaciones escribe esto que mucho nos puede ayudar: “¡Oh belleza de la nieve blanca y pura, cómo te pareces a la belleza del alma en gracia; a la belleza del alma, rehabilitada por la sincera confesión, adquiere nuevamente su blancura perdida! Y si tanto nos encanta ese sublime espectáculo de la naturaleza, ¿qué no será el de un alma pura hecha a imagen y semejanza de Dios, y destinada a amarles eternamente en el cielo?” (Blancura de nieve).

2.5 Cumplir la penitencia. 

Hace muchos años la penitencia que se imponía a los pecadores públicos era sumamente severa. Esto fue cambiando poco a poco. Hoy en día, aunque la penitencia es más suave, el sentido es el mismo: demostrar nuestro sincero arrepentimiento mientras se ofrece una satisfacción por las culpas cometidas. Sabemos que el perdón es un don generoso y gratuito de Dios, pero con la penitencia tratamos de agradar a Dios, ofreciéndole el pequeño regalo de lo que hacemos, mostrándole así nuestro agradecimiento. Por eso todos debemos hacer penitencia, no solamente la que vaya marcando el confesor. Esta penitencia queda a juicio del confesor, que es quien la impone. Unos sacerdotes prefieren oraciones u obras buenas y otros dejan al criterio del penitente aquello que puedan hacer para cumplir esta obligación.

La beata madre María Inés apunta algo importante al respecto cuando dice: “Procuraré no dejar sin confesar ningún pecado venial, haciendo de él verdaderos actos de penitencia, para que quede todo saldado”. (Ejercicios Espirituales de 1943).

3. Cuestiones importantes en torno al sacramento de la Reconciliación.

Hemos visto, hasta ahora, las condiciones que, tradicionalmente, se han requerido para hacer una buena confesión, sin embargo, no podemos olvidar una que es, posiblemente, de las más importantes, puesto que fue impuesta por el propio Jesús.

Cristo nos enseña a orar de esta manera: "Padre... perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden..." (Mt 6,12), y a continuación añade: "Porque si ustedes perdonan a los demás sus culpas, también su Padre celestial los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco su Padre perdonará las culpas de ustedes" (Mt 6, 14-15). No dudemos, pues, que ésta es una condición indispensable si queremos ser perdonados.

Por eso, si vamos a la confesión con espíritu de venganza o negando el perdón a otros que nos han ofendido, tendríamos que posponer la búsqueda de la absolución hasta que estemos dispuestos a perdonar de corazón a las personas a las que guardamos rencor por lo que nos han hecho. Esto es, sin lugar a dudas, la condición más difícil. Por eso debemos pedir la fuerza del Espíritu Santo para entender que lo que otros nos deben no es nada en comparación a la deuda que tenemos con Dios. (Ver Mt 18, 21-35). Perdonemos, pues, de corazón, y seremos perdonados.

4. Hacer un buen examen de conciencia

Para hacer un examen de conciencia profundo y completo, debemos analizar nuestra vida y abrir nuestro corazón sin engaños. Se pueden seguir estos pasos que algunos recomiendan:

4.1 Invocación al Espíritu Santo. Llamar al Espíritu Santo para que nos ilumine y nos haga ver nuestra vida desde los ojos de Dios.

4.2 Acto de presencia de Dios. Hacer un esfuerzo para darnos cuenta de que Dios está presente en nuestra vida atento a nuestras intenciones, a nuestros deseos, a nuestras necesidades.

4.3 Acción de gracias. Recordar todos los beneficios que hemos recibido de Dios, especialmente los más cercanos y los más íntimos. Al recordar estos beneficios, brotará naturalmente dentro de nosotros el agradecimiento a Dios.

4.4 Análisis del cumplimiento de la voluntad de Dios. Llevar a cabo un examen de cómo hemos vivido desde la última confesión la voluntad de Dios. Debemos ver los aspectos positivos y negativos, examinar actitudes internas y poner mucha atención a las relaciones con Dios y con los demás. Para esto, puede resultar útil tener un cuestionario, que nos ayude a llegar a esos rincones íntimos de la conciencia que nos pueden pasar desapercibidos:

4.4.1 Analizar nuestras actitudes, acciones u omisiones hacia Dios:

¿Creo verdaderamente en Dios o confío más en brujerías, amuletos, supersticiones, horóscopos o “energías”?
¿Amo a Dios sobre todas las cosas o amo más a las cosas materiales?
¿Voy a Misa los domingos y fiestas de guardar y trato de descansar ese día para dedicarlo a Dios?
¿Me confieso y comulgo con frecuencia?
¿Hago oración, entendida como un diálogo de amistad con Dios?
¿He usado el nombre de Dios sin respeto? ¿Pido ayuda a la Virgen y al Espíritu Santo? ¿Defiendo a la Iglesia y a sus representantes?

4.4.2 Analizar mi actitud y mis acciones u omisiones hacia los demás:

¿Trato bien a mi familia?
¿Busco hacerlos felices o que se haga lo que yo digo?
¿Los respeto o los maltrato?
¿Trato bien a los demás?
¿Soy justo con todos?
¿Ayudo a los necesitados?
¿He matado, robado o mentido?
¿He hecho daño a alguien?
¿Acostumbro hablar mal o pensar mal de los demás?

4.4.3 Analizar mi actitud y mis acciones u omisiones hacia mí mismo:

¿Lucho por ser mejor cada día de acuerdo a mi vocación y condición de vida?
¿He controlado mi carácter?
¿He respetado mi cuerpo y el de los demás? ¿He alejado de mi mente los malos pensamientos?
¿He sido fiel en mi matrimonio?
¿Siento envidia de los demás, por lo que son o lo que tienen?

4.5 Petición de perdón: Ya que revisamos nuestra vida, hay que comparar la propia conducta y nuestras actitudes con los beneficios que hemos recibido de Dios. Entonces caemos en la cuenta de que nuestra respuesta al amor de Dios es muy pobre y que no hemos llegado a lo que Dios nos pide. Por eso, le pedimos perdón llenos de confianza, pues sabemos que Él nos perdonará. Dios siempre acoge gustoso nuestras buenas intenciones.

4.6 Propósito de enmienda: Debemos poner los medios para mejorar y acercarnos más al plan de Dios sobre nuestra vida. El propósito es algo concreto que nos ayuda a mejorar en aquello donde hemos visto que fallamos más.

4.7 Petición de fuerzas: Ya que formulamos un propósito de enmienda, debemos volver nuestra mirada a Dios y con mucha confianza pedirle que nos ayude a mejorar pues somos débiles, no podremos avanzar en el camino hacia Dios, hacia la santidad, si Él no nos ayuda.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.