Como si fuera de adrede, celebrando hoy a san Pío de Pietrelcina, me encuentro frente a un evangelio en el que Jesús «envía» a los discípulos (Lc 9,1-6) y en él me doy cuenta de que lo primero que el Señor nos pide tener en cuenta para seguirlo y ser enviados es poner nuestra confianza en el Padre de las Misericordias que es el que acompaña y sostiene nuestra misión. Jesús pide a los suyos una pobreza tal que no es un mero despojo exterior, sino la condición para una auténtica libertad interior. No llevar nada significa no poner la confianza en las propias seguridades, medios o apoyos humanos, sino depender únicamente de la fuerza de la Palabra y de la providencia del Padre. La libertad del misionero nace de esta desnudez: quien nada posee ni a nada se apega, nada tiene que perder y queda enteramente disponible para el servicio del Reino.
Lo segundo que veo es la necesidad de sanar lo herido del corazón humano desde el envío que anuncia la dinámica del Reino. Cuando Cristo nos llama a dejarlo todo y no depender de nada para entrarle de lleno a la tarea misionera, nos lleva a poner nuestra mirada, nuestra palabra y nuestra vida en las personas, porque es entonces cuando comprendemos que la misión nace del kerygma, de la gracia divina y de la cercanía. Pero ciertamente Jesús nos pide que respetemos los tiempos de cada uno. Tal vez por eso hace referencia al gesto de «sacudirse el polvo de los pies» (v. 5) como respuesta a la incomprensión o el rechazo, continuando la marcha sin perder la paz. Mi regreso de la misión en Indonesia me recuerda que el Señor nos sigue convocando y enviando a ponernos en marcha, sin miedo a nuestras debilidades, libres para estar, escuchar, abrazar, curar y comunicar la alegría del Evangelio. Que María, a quien conocemos como la «Estrella de la Evangelización» nos guie para que nos dejemos enviar con libertad. ¡Bendecido miércoles!
Padre Alfredo.
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