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domingo, 16 de diciembre de 2018

«Domingo Gaudete»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Ya estamos en el tercer domingo de Adviento! Un domingo llamado «domingo de gaudete», o de la alegría. Hay dos domingos en el año que se distinguen por el uso del color rosa en la vestimenta y en algunos otros signos, estos son el cuarto domingo de Cuaresma (laetare) y el tercer domingo de Adviento (gaudete) porque en medio de la «espera», recordamos que ya está próxima la alegría de la Pascua o de la Navidad, respectivamente. En la corona de Adviento hoy se suele encender una vela rosada y en la parroquia, gracias a la generosidad de una de las familias de la comunidad, hoy estrenamos ornamento rosa, porque no teníamos. ¡Dios se los pague! El tercer domingo de Adviento nos hace una cordial y sentida invitación para que nadie desespere de su situación, por difícil que ésta sea, dado que la salvación se ha hecho presente en Cristo Jesús y por eso la liturgia, en el Salmo Responsorial, nos remite no a uno de los 150 salmos del salterio sino al capítulo 12 del profeta Isaías que se parece a un salmo, y esto es lo que realmente es. Es como una hermosa joya entre este maravilloso libro profético. Tenemos ante nuestros ojos la alabanza de un pueblo que se expresa en dos breves cánticos de alabanza en los que el autor sagrado nos invita a contemplar la salvación en una persona y no un programa, ni tampoco en un ritual o en una liturgia. La salvación es una persona, y esa «Persona» es el Señor Dios, es decir, el Señor Jesucristo. En ese texto se nos pide responder con alegría y júbilo porque Dios está con nosotros: «El Señor es mi Dios y salvador». 

Estos dos cánticos del capítulo 12 de Isaías son una pura alabanza de corazones que se saben redimidos y se rinden ante Dios por su elección y su salvación. Isaías está convencido de que Dios liberará a los fieles de Israel de sus opositores políticos y de las consecuencias espirituales de sus pecados: «Con él estoy seguro y nada temo. El Señor es mi protección y mi fuerza y ha sido mi salvación». Hoy nosotros, como aquel pueblo —especialmente en este tiempo de Adviento— debemos ser hombres y mujeres llenos de esperanza en el Mesías que viene a liberarnos, de confianza en él, de alegría espiritual. También nosotros como aquellas gentes del Antiguo Testamento, tenemos dificultades materiales, sociales, políticas, espirituales, pero no nos desanimarnos, debemos pedir todos estos días del Adviento a nuestro Mesías que el amor misericordioso del Padre, que lo envía, inunde un día sí y otro también nuestros corazones. Precisamente en esto se basa el gozo de este tercer domingo de Adviento, en la certeza de que nuestro Señor Jesús, nuestro Mesías, ha venido a salvarnos, a liberarnos y a llenarnos de alegría. En medio de la crisis que el mundo vive, saber que Dios tiene la clave de la historia en su mano y sabrá sacar a flote toda esa tremenda situación, nos da paz y nos debe mantener en una alegre espera. No una alegría de, mundo, de placeres pasajeros y falsas alegrías que los hombres llaman felicidad y que no son más que amargura y zozobra. Es la alegría auténtica que produce paz de Dios en el corazón y que se resume en el darse. Alegría que se puede tener aun en medio de las tribulaciones, porque es una alegría que dimana de la redención del que lo dio todo para salvarnos. 

Por eso Juan el Bautista, en el Evangelio de hoy (Lc 3,10-18) dice: «Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo» e iba señalando a todos sus propios deberes según su propia situación pero siempre invitando a la conversión para alcanzar la verdadera alegría. Al hombre que de veras se convertía le llevaba a las aguas del Jordán y le bautizaba. Si alguien no quería dejar sus malos caminos no podía bautizarse. Juan Bautista, daba así un signo de conversión para alegrar el corazón. Esta llamada a la alegría llena la liturgia de este «domingo gaudete». Por eso desde la primea lectura, del profeta Sofonías (Sof 3,14-18), escuchamos una esperanzadora invitación a estar alegres y San Pablo lo repite: «Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡alégrense! (Flp 4,4-7). En este tercer domingo de Adviento, domingo de la alegría, vivamos con María, «Causa de nuestra alegría», por ser la Madre del Salvador, el gozo de la cercanía del Señor que viene a salvarnos. Pero que esta alegría sea no una alegría fugaz y superficial, sino una alegría en el Señor, pues Dios viene a nosotros, a traernos la paz y la confianza en Él. ¿Cómo estamos preparando la fiesta de la Navidad? Preparemos esta venida del Señor dejando atrás todo aquello que es paja en nuestra vida, para sacar a relucir el buen fruto que Dios espera de nosotros. ¡Bendecido domingo! 

Padre Alfredo.

domingo, 25 de noviembre de 2018

«Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo»... Un pequeño pensamiento para hoy


En este, que es el último domingo del año litúrgico, la Iglesia universal celebra la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo. En el capítulo primero del libro del Apocalipsis, el escritor sagrado, inspirado por Dios nos dice que Cristo es «el soberano de los reyes de la tierra y que a él debemos dar la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (Ap 1,5-8). ¡Qué bueno que terminemos el año litúrgico así, reconociendo al Señor como nuestro rey al que sólo podemos darle la gloria y el poder cumpliendo el mandamiento que nos ha dejado de amarnos los unos a los otros como él nos amó! Sólo así, es que se puede celebrar con toda dignidad esta fiesta. Cristo es un Rey eterno que jamás será destronado. Habrá, de momento, quienes lo rechacen, o quienes lo desprecien. Pero por mucho que hagan no podrán menoscabar en lo más mínimo su gloria y su grandeza. «El Señor reina, vestido de majestad, el Señor, vestido y ceñido de poder» canta el salmista (Sal 92,1) y nosotros junto con él. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, como Rey del universo, tiene poder sobre todo cuanto existe, y sólo a él corresponde de modo propio y adecuado esa soberanía. Los demás reyes lo son solamente a medias, de forma relativa y parcial, por muy alto que sea el cargo que ostenten, o por mucho poder y riqueza que posean. Con razón decía Jesús a Pilato que no tendría ningún poder sobre él si no se le hubiera dado de lo alto. 

Toda la gloria y el poder le pertenecen a él como Señor y Rey, a él que es el vencedor por todos los siglos del maligno; a él que nos da la vida que no sabe de muerte. Él nos amó, nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y nos ha hecho sacerdotes de Dios. Somos súbditos del más grande Rey que ha existido, existe y existirá. Pertenecemos al Reinado de Cristo, y como súbditos de tal Rey nos hemos de comportar. Su Reino «no es de este mundo», como le dice a Pilato en el Evangelio de hoy (Jn 18,33-37) es decir, no tiene nada que ver con lo que sea malo, con lo que de alguna manera es indigno. En su Reino no hay odios, ni mentiras, ni egoísmo, ni crápula alguna. Por eso hemos de rechazar con decisión y energía cuanto haya en nosotros de rencor, de amor propio, de lujuria, de falsedad o de hipocresía. «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso» (Ap. 1,8) «¡Miren, él viene entre las nubes» —exclama el vidente de la isla de Patmos como una exclamación que debió resultar un tanto extraña a los hombres del siglo I, que no sabían todavía lo que era atravesar los aires y volar sobre las nubes como lo hacemos hoy nosotros. Y, sin embargo, la fe hizo el prodigio de que aquellos creyeran y esperaran que un día viniera Cristo por los caminos del aire. Nosotros también hay cosas que, por la fe, tenemos que captar, como la visión que hoy nos ofrece la primera lectura en el libro de Daniel (Dn7,13-14), que quiere infundir al pueblo, en plena persecución una esperanza de salvación en aquel que recibe la soberanía, la gloria y el reino. 

Si Cristo es Rey, todos los cristianos pertenecemos entonces a un pueblo de raza real. Se trata, como él mismo nos lo muestra en el diálogo con Pilato, de una realeza que el mundo de aquí no entiende, una realeza de servicio; todo cristiano y la Iglesia entera, como pertenecientes a un Reino privilegiado, no tenemos que gozar de privilegios pasajeros, porque no tenemos otra función que la de dar testimonio de la verdad como mensajeros de una realeza que no pasa y que libera a los hombres de la esclavitud en la que viven los reyes de la tierra y todos los poderes públicos, aunque determinadas épocas de la Iglesia hayan confundido, sin duda, realeza y realeza. La Iglesia que ahora vive en este mundo no tiene que establecer un reino terrestre que se queda instalado aquí en piezas de museo. Este domingo, el último del año litúrgico, en la Eucaristía, después de nuestra acción de gracias en la plegaria eucarística y antes de comulgar, rezaremos juntos el Padrenuestro como cada domingo. Lo diremos juntos nosotros y lo dirá con nosotros nuestro Rey Jesús, que está vivo y presente en nuestra asamblea dominical. Con él y como él, pediremos al Padre que venga su Reino. Y lo pediremos dispuestos a trabajar en ello, con todo empeño, con todo esfuerzo, pero siempre según los métodos y el camino del Rey Jesús: con respeto y comprensión para todos, bajo la mirada de su Madre Santísima, María Reina que ora también con nosotros para celebrar el triunfo del amor sobre el odio; de la humildad sobre el orgullo y del servicio fraterno en el ya, pero todavía no, que llegará a su plenitud en el Reino de los Cielos cuando estemos junto al Rey inmortal de los siglos. ¡Bendecido domingo y que viva Cristo Rey! 

Padre Alfredo.

domingo, 18 de noviembre de 2018

«La II Jornada Mundial de los Pobres»... Un pequeño pensamiento para hoy

Este domingo —XXXIII del Tiempo Ordinario—, la Iglesia celebra la «Jornada Mundial de los Pobres», una celebración que instituyó el Papa Francisco el año pasado y que, deseoso de que se celebra cada año, nos ha dado como lema para este 2018 este: «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34,7). En esta jornada el Papa nos invita a que vivamos esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con los pobres, para que tendiendo recíprocamente las manos, uno hacia otro, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, hace activa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en el camino hacia el Señor que viene y que, como Rey, se sentará en su trono para juzgar nuestro ser y quehacer de acuerdo a las obras de caridad que hayamos ejercido. El Papa, en su mensaje dice: «La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia —que es necesaria y providencial en un primer momento—, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199), que honra al otro como persona y busca su bien». 

El Papa habla de «los pobres de todo tipo y de cualquier lugar» y yo pensaría en tantos pobres carentes de amor. Hoy hay, en nuestra sociedad, tan enredada en una nunca antes vista confusión de valores, gente de todas las edades y condiciones que no se quiere, que se autodestruye, que ni siquiera practica lo que el instinto de conservación manda, además de que la pobreza material, en un mundo aparentemente rico, se extiende cada día más. El desamor es una pobreza terrible que produce destrucción. Desde nuestra pobreza —porque a fin de cuentas todos somos siempre pobres, necesitados de Dios— amemos a Dios, a los hermanos, a nosotros mismos, a la tierra, al paisaje, al aire que respiramos. Esa pobreza del desamor, se da por la falta de solidaridad que reina en el mundo egoísta en que vivimos. El Papa dice: «Quisiera que también este año, y en el futuro, esta Jornada se celebrara bajo el signo de la alegría de redescubrir el valor de estar juntos. Orar juntos en comunidad y compartir la comida en el domingo. Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y sencillez: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. [....] Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,42.44-45)». 

Estamos por terminar el año litúrgico y por empezar el Adviento el 2 de diciembre. Hoy cerramos la lectura continuada que hemos venido haciendo varios domingos, como segunda lectura, de la carta a los hebreos (Heb 10,11-14.18) y el escrito sagrado nos recuerda que Cristo ofreció un solo sacrificio para salvarnos de nuestra pobreza, el sacrificio de sí mismo, un sacrificio perfecto capaz de expiar los pecados de todos los hombres. Si nos acercamos a Él, cuando llegue el final de los tiempos, como nos lo recuerda el Evangelio de hoy (Mc 13,24-32), este Sumo y Eterno Sacerdote manifestará en plenitud su victoria y querrá vernos felices, dando de comer al hambriento y de beber al sediento... si hemos cumplido su voluntad, haciendo algo por el pobre y alentándonos unos a otros, viviendo de verdad el amor a su Padre Dios y al prójimo, cumpliendo los mandamientos y viviendo las bienaventuranzas en esas sencillas obras de misericordia que todos conocemos, formaremos parte de los justos, esos que buscan cumplir la voluntad de Dios, para recibir el premio de la vida eterna. Esta es la promesa de Jesús. Nuestra vida, por tanto, entre las luchas de cada día, ha de ser una preparación para este día que Cristo nos anuncia hoy. Que la Eucaristía de este domingo, bajo la mirada de María, la Madre de Jesús siempre compasiva y velando por nuestra pobreza, sea un momento de encuentro con el Señor, que Él nos llene de esperanza en este tiempo final del año litúrgico para descubrir que, aunque pobres nosotros también, siempre tendremos algo para dar. El Papa espera que este día ayude a todos los discípulos–misioneros de Cristo a mirar con ojos nuevos las diversas formas de pobreza que existen en el mundo y a no quedarnos con los brazos cruzados. ¡Bendecido domingo en esta Jornada Mundial de los Pobres! 

Padre Alfredo.

domingo, 11 de noviembre de 2018

«Darlo todo»... Un pequeño pensamiento para hoy

El escritor de la carta a los Hebreos, que seguimos leyendo domingo a domingo para finalizar casi ya el tiempo ordinario de la liturgia, sigue insistiendo en el valor universal del sacerdocio de Cristo (Heb 9,24-28). Cristo es, como decimos antes de comulgar en cada Misa, el que quita los pecados del mundo. Este párrafo, que es el final de la sección absolutamente central de Hebreos, nos recuerda que todos nosotros, por el bautismo, participamos del sacerdocio de Cristo; así que todos nosotros hemos de pedir a Dios que nos perdone a todos nuestros pecados y nos salve, como hizo el mismo Cristo, nuestro único y eterno sacerdote, que ha ofrecido el sacrifico de su propia vida de una vez para siempre, no como los sacerdotes de la Antigua Alianza, que tenían que ofrecer el sacrificio año tras año. Así, Cristo ha entrado en el Templo del Cielo. Ya no sirve el Templo de Jerusalén, imagen del Cielo, sino en el santuario celestial, abriéndonos las puertas para que también nosotros podamos entrar. Así, aquello que sucede en el Templo terrenal de Jerusalén, donde unos ricos —como dice el Evangelio de hoy (Mc 12,38-44)— se aprovechan de los demás viviendo de la hipocresía y de la apariencia, mientras que los pobres dan todo lo que tienen a Dios, tendrá su recompensa en el Templo celestial, donde los que buscan las apariencias aprovechándose de la gente sencilla «recibirán un castigo muy riguroso» (Mc 12,40), mientras que los más pobres que dan todo lo que tienen recibirán su recompensa. 

Pero mientras que lleguemos a la morada del Cielo, aquí en la tierra, la Iglesia es ya imagen de ese Templo celestial. De modo que en la Iglesia hemos de hacer realidad cuanto Jesús nos enseña hoy en el Evangelio: dejar atrás las apariencias, la honra y los aplausos, para darnos del todo a Dios como hicieron las dos viudas que la Escritura nos presenta hoy (1 Re 17,10-16; Mc 12,38-44). Enlazando el Evangelio con las dos lecturas previas en la Misa de hoy, queda claro que el que se ofrece a sí mismo, como Cristo, no puede ofrecerse más que una sola vez, pues lo da todo de una vez por todas. En cambio, el que ofrece «sangre ajena» —lo que le sobra, lo que no es suyo, lo que no le cuesta— no acaba nunca de hacer sacrificios. Por otra parte, el que ofrece «sangre ajena» no compromete su persona en el sacrificio y puede caer con facilidad en un ritualismo vacío. Este fue el caso del sacerdote del Antiguo Testamento, que ofrecía algo externo sin ofrecerse también él. Cristo se ofrece a sí mismo, una sola vez y de verdad. Por eso el sacrificio de Cristo es más que suficiente para acabar con el pecado y constituye el momento culminante de toda la historia. 

Dios ha establecido que el hombre muera una sola vez y que esté preparado para ello, como la viuda de Sarepta y su hijo, o como la viuda del Evangelio que desprendida de todo nada la ata a este mundo. Esto es algo que da seriedad a nuestras vidas y nos carga de responsabilidad. Esto hace que la vida y la historia sea irreversible y esté colmada de esperanza y de riesgo, pues no hay más que un juicio y una sentencia final definitiva. El que hace de su vida una entrega a Dios y a los hijos de Dios, un sacrificio, no puede dar más de sí, porque lo ha dado todo y no se le va a pedir más. Pero el que no entrega su vida la pierde sin que pueda recuperarla. También Cristo murió una sola vez, como todos los hombres. Pero Cristo cumplió de una vez por todas, haciendo de su vida un único sacrificio válido para siempre. Y así alcanzó el perdón para todos los hombres que creen en él. Creer en Jesucristo participando en la Eucaristía de cada domingo, es vivir y morir como Jesucristo esperando su venida. Es aceptar el perdón de Dios y perdonar a los hombres como nosotros hemos sido perdonados. Jesús no volverá para comenzar de nuevo, esto es, para volver a morir y alcanzar otra vez el perdón. Jesús volverá para salvar definitivamente a cuantos han creído en el perdón que ya nos ha sido concedido. Tenemos que ir haciendo presente en nuestra vida la Alianza eterna venciendo todo lo que haya de pecado y egoísmo en nuestro corazón y dejando que Jesús, el más fuerte, venza y ate a Satanás, el tentador (Mc 3, 22-30). Pidámosle a la Santísima Virgen María, Madre de este Cristo que se entrega y lo da todo por nosotros. Ella permanece a nuestro lado y nos acompaña en el diario «darlo todo» en este camino hacia la resurrección y la vida plena en el Templo de la Jerusalén celestial. ¡Bendecido domingo viviendo en plenitud la Santa Misa! 

Padre Alfredo.

domingo, 28 de octubre de 2018

«Como Bartimeo»... Un pequeño pensamiento para hoy

El autor de la carta a los Hebreos, que hemos estado leyendo en la Misa dominical como segunda lectura estas últimas semanas, es un teólogo y estilista absolutamente singular, que pudiera ser Apolo de Alejandría, aquel al que Aquila y Priscila terminaron de formar en la fe (Hch 18,24-19,20) pero no existe ninguna certeza porque aunque hay alusiones al encarcelamiento que sufrió San Pablo en varias ocasiones (Heb 13,18-25), el estilo y la teología de la carta difieren considerablemente de las cartas paulinas. Lo cierto es que estamos leyendo en estos domingos el libro del Nuevo Testamento escrito en el griego más elegante y con un conocimiento de la Biblia admirable. La carta destaca el sacerdocio de Cristo como incomparablemente superior al sacerdocio de la antigua alianza (Heb 4,14-8,13) y en este contexto es donde está el fragmento que leemos hoy (Heb 5,1-6) y en donde el autor se refiere, obviamente, al sumo sacerdote judío, cuando entra en la parte más sagrada del templo —el llamado «Santo de los Santos»— para pedir perdón por sus propios pecados y por los pecados del pueblo. Todos los cristianos —no solo el sacerdote ministro de nuestros días— participamos, por el bautismo, del sacerdocio de Cristo y todos debemos pedir perdón a Dios por nuestros propios pecados y los pecados del pueblo. Lo debemos hacer a todas horas, pero de una manera especial al celebrar la Santa Misa, en el sacrificio de la Eucaristía. 

Toda nuestra vida debe ser una petición al Señor para que nos haga santos, al estilo de su Hijo, sumo y eterno sacerdote, que lo fue por designación de su Padre Misericordioso (Jn 8,54), quien lo hizo Rey y Sumo Sacerdote como lo había prefigurado en Melquisedec, «Rey» de Salém y «Sacerdote» del Dios Altísimo en la antigua alianza en tiempos de Abraham (Gn 14,18-20). Esa santidad a la que aspiramos, no la podemos alcanzar por sí solos, necesitamos a este Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo, que venga en nuestro auxilio y nos alcance la gracia del Padre. Ese anhelo de santidad lo podemos ver hoy reflejado en el alarido del ciego que, en el Evangelio de hoy, tiene un nombre concreto: «Bartimeo», y me hace recordar el hermoso poblado de Jericó, situado a unos 30 km de Jerusalén, y considerado una de las más antiguas ciudades de Palestina y por muchos, la ciudad más antigua del mundo. Aquel ciego, adosado a la orilla del camino, al escuchar salir Jesús del pueblo, que le grita con todas sus fuerzas una y otra vez: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!» (Mc 10, 46-52), reconociendo así su ser de Mesías anunciado desde antiguo. ¡Cuántas veces nuestra vida se parece a la situación de aquel ciego!». Allí está Jesús, el Sumo y Eterno Sacerdote que nos alcanza la santidad, la claridad de la vida, pero no le vemos. Cuántas s veces estamos al borde del camino de la vida, ciegos, sin ser capaces de ver ni de reconocer lo que sucede por la acción misericordiosa de Dios a unos cuantos centímetros de nuestros ojos, ciegos quizá por la tristeza, por el egoísmo, por nuestro afán de tantas cosas que en este mundo nos atraen y nos atrapan, pero sin casi darnos cuenta Jesús pasa por nuestra vida invitándonos a ser santos. 

Hoy, en medio de un mundo que ya anuncia la Navidad con ventas de «adornos» innecesarios de brillos alucinantes que nos dejan ciegos y nos cautivan a pesar de eso, debemos gritarle al Sumo y Eterno Sacerdote que todo lo puede, que nos cure, que escuche nuestro grito suplicante: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!». Hemos de gritarle a Dios, no una sola vez sino muchas, porque el mundo nos deja ciegos una y otra ves. Cada vez que celebramos la Santa Misa nos acercamos a este Sumo y Eterno Sacerdote, nos ponemos en Él ante Dios y le gritemos, como aquél ciego, para que nos escuche, con fe, reconociéndole como al Mesías y Señor de la Eucaristía en esa hostia consagrada en donde Él está como Sacerdote y Víctima, y nos reconocemos ante él como el ciego del camino, hombres y mujeres necesitados de su misericordia. Que sepamos vivir nuestra Eucaristía dominical con un corazón sencillo como el de María que dejó entrar la luz a su corazón, que le supliquemos como Bartimeo que nos devuelva la vista, que nos cure de nuestra ceguera, para así poderle reconocer en cada momento de nuestra vida, en cada hermano, en cada acontecimiento y como el ciego del camino le sigamos llenos de alegría sabiendo que el Sumo y Eterno Sacerdote, cada vez que celebramos la Eucaristía nos vuelve a preguntar: «¿Qué quieres que haga por ti?» ¡Bendecido domingo a todos... nos unimos espiritualmente en la Eucaristía en todo el mundo! 

Padre Alfredo.

domingo, 21 de octubre de 2018

«DOMUND 2018»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy la Iglesia del mundo entero celebra el «DOMUND» (Domingo Mundial de las Misiones) y este año, con el lema «Junto a los jóvenes, llevemos el Evangelio a todos», unido a Sínodo que se celebra en Roma, quiere mostrar al mundo que la misión y la acción de los misioneros hacen que el cambio del mundo sea posible. Esta Jornada Mundial de las Misiones 2018, invita especialmente a los jóvenes, de una manera muy especial, a ser protagonistas de este cambio. El Papa Francisco, en su mensaje para este DOMUND 2018, nos recuerda la tarea de llevar el Evangelio a todos, como hacen quienes tienen la vocación específica de ser misioneros. Esto, lo sabemos, no es nada fácil, es una tarea que hoy más que nunca exige paciencia. El DOMUND propone un cambio del mundo, pero este cambio solo es posible si nace de un corazón que previamente ha cambiado. Un corazón cambiado que ha dejado entrar a Cristo sumo y eterno sacerdote compartiendo la vida con Él (Heb 4,14-16). Cada día, los misioneros, alrededor del mundo, se esfuerzan en llevar adelante, con su ejemplo y trabajo, la evangelización de los pueblos que aún no conocen a Dios, convencidos de que el Evangelio es lo que produce el verdadero desarrollo humano y social de las naciones a través de cambios pequeños, como pide el Papa Francisco. El DOMUND pide el compromiso no solamente de estos hombres y mujeres valientes que lo han dejado todo para llevar a Cristo a todos, sino de todos los discípulos–misioneros en la actividad misionera para que el anuncio del Evangelio llegue a aquellos ámbitos geográficos o sociales donde aún no es conocido o, como decía Madre María Inés, la beata del corazón sin fronteras que fundó la Familia Inesiana —hoy en 14 naciones del mundo— «donde la Iglesia, se ha venido a menos». 

Hace muchos años, el 30 de noviembre de 1919, el papa Benedicto XV, cuando apenas había terminado la terrible I Guerra Mundial, publicaba una carta apostólica de nombre «Maximum illud», sobre la urgencia de la actividad misionera de la Iglesia. En ella el Pontífice de aquel entonces, denunciaba proféticamente la necesidad de cambiar el mundo, de cambiar los corazones desde dentro. ¡Qué carta tan profética de verdad! Benedicto XV señalaba que la transformación que necesitaba la humanidad brotaría de las comunidades cristianas que estaban naciendo en distintos puntos del mundo. En el mundo de hoy, podemos ver, gracias a tanta tecnología aplicada en diversas áreas, cambios superficiales que se hacen de la noche a la mañana y que dejan las cosas como estaban, pero disfrazaditas, como fachadas de locales o diseños de aparatos, y otros que igual de rápidos, pero en instituciones y otros campos, dejan las cosas tal vez «peor» que como estaban, porque derivan de acciones injustas y que atentan contra la dignidad del ser humano. La celebración de este DOMUND 2018 nos recuerda que no se trata solo de cambiar. Los misioneros, con tantos ejemplos que vemos —y algunos muy cercanos— nos muestran que es posible un cambio profundo y real para mejorar, pues no se trata e cambiar por cambiar, o de que el cambio nos traiga beneficios personales, como los que buscaban Santiago y Juan en el Evangelio de hoy (Mc 10,35-45) queriéndose sentar «uno a la derecha y otro a la izquierda». Los misioneros queremos ser, para todos, y en especial para los jóvenes, un referente de compromiso y esperanza en primer lugar con el testimonio de nuestras vidas, que pueden constituir la prueba palpable de que un corazón en el que ha entrado Dios, con toda su novedad y creatividad, puede cambiar el mundo... ¡por lo menos así lo siento y lo vivo yo como misionero en esta «Selva de Cemento» en donde estos ahora. 

Volviendo a la carta apostólica de Benedicto XV, que tanto impactó causó en su tiempo y que nos vendría bien a nosotros leerla ahora en este contexto del DOMUND 2018. El papa Pío XI, años después, al comprobar que la Iglesia se había puesto en marcha desde aquel entonces, para orar y colaborar con los que eran enviados a la misión, estableció, el 14 de abril de 1926, una «Jornada Mundial de las Misiones» que se celebraría, a partir de ese mismo año, el penúltimo domingo de octubre. Así, nos situamos hoy en el 92 aniversario de este día que conocemos con el acrónimo «DOMUND». De esta manera, cada año la Iglesia nos recuerda que a la hermosa realidad de ser «discípulos» de Cristo, se suma la de ser «misioneros», que no es un simple adjetivo de operatividad que se añade «discípulos–misioneros», sino la expresión de quien tiene «pasión por el pueblo» (cf. EG 268). Es la dimensión universal del anuncio de la Buena Nueva. Esta es la razón por la que el Papa Francisco insiste en la necesidad de la renovación y conversión del corazón. Como él, yo también y creo que todos, le pedimos a María, Reina de los Apóstoles, a los santos Francisco Javier y Teresa del Niño Jesús y al beato Pablo Manna (fundador de la Pontificia Unión Misional y ardiente promotor de las misiones, defensor de la inculturación. Considerado por Juan XXIII el Cristóbal Colón de la cooperación misionera), les pido que intercedan por todos nosotros y nos acompañen siempre. ¡Bendecido domingo del DOMUND celebrando la Eucaristía! 

Padre Alfredo. 

P.D. Felicito de todo corazón a nuestros hermanos Vanclaristas (Vanguardias Clarisas) que, en diversas naciones del mundo, renuevan, el día de hoy, dentro de nuestra Familia Inesiana, el compromiso misionero por un año más, de «vivir para Cristo» y «dar testimonio de vida cristiana en el lugar donde se encuentren», según los deseos de nuestra fundadora, incansable misionera de cuerpo y alma, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, y les invito, queriendo llegar al corazón de cada uno, a realizar el cambio que el Papa nos pide, haciendo suyos los ideales misioneros de Madre Inés para que «todos conozcan y amen a Cristo».

domingo, 14 de octubre de 2018

«Sueños»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cada domingo, los católicos nos reunimos alrededor del altar para celebrar nuestra fe. Celebramos el amor de Dios, que se nos da en la mesa de la Palabra y en la mesa de la Eucaristía, según nos indica la Instrucción General del Misal Romano. Tanto la Palabra, como la Eucaristía, se hacen, cada ocho días en especial, alimento para nuestras vidas. Cada domingo comulgamos el Cuerpo de Cristo, pero primero, es necesario escuchar la palabra de Dios y dejar que llegue hasta el fondo de nuestra vida. Es la palabra de Dios la que nos cambia, la que nos llama y nos hace capaces de seguir a Jesús. Muchos de ustedes saben que me encanta leer, y leer no solamente la Biblia, sino todo lo referente a ella y muchas otras cosas más. Entre mis lecturas favoritas, por muchos años, han estado los libros del cardenal Carlo María Martini, quien por muchos años fuera arzobispo de Milán, hasta que murió el 31 de agosto de 2012. Un gran hombre, un gran jesuita, eminente biblista y excelente obispo; un gran regalo para la Iglesia y para el mundo del que mucho aprendí y sigo aún aprendiendo al leer sus obras, algunas de las cuales he comentado en el blog —lecturaymusicaparaelalma.blogspot.com—. 

Hace unos años, allá por los 90´s, en el transcurso de uno de los sínodos sobre Europa, tuvieron mucho eco lo que él llamó «mis tres sueños». Uno de sus sueños que se refería a la Palabra de Dios viene ahora a mi mente al leer de nueva cuenta la partecita tan corta de la carta a los Hebreos que la Liturgia de la Palabra nos pone hoy como segunda lectura (Heb 4,12-13): «Sueño que la Biblia se convierta en el libro del futuro para el continente europeo, especialmente para los jóvenes». Junto a esto, me viene también el recordar unas palabras de la teóloga española Dolores Aleixandre, esa religiosa del Sagrado Corazón, teóloga y licenciada en filología bíblica que soñó también algo que tiene que ver con la mesa de la palabra y nos dice: «Sucederá aquel día que en la Iglesia se escucharán con alegría las voces nuevas de los que llevaban tantos siglos de silencio: la voz de los pobres y la voz de los pequeños, la voz de los que saben amar, la voz de las mujeres, la voz de los laicos». En su reflexión, Dolores Aleixandre nos invita, desde la Palabra de Dios, a «soltar lo accesorio» y buscar lo esencial, el Evangelio y la «buena nueva» que, a la luz de la Palabra, la visita de Dios permanente en nuestras vidas, nos trae y dice: «Quiero “místicos en la plaza” o en el café, más “expertos en humanidad” cercanos de la gente». El Papa Francisco, en una de sus audiencias (23 de octubre de 2013) decía a la multitud: «No tengamos miedo a ser santos. Todos estamos llamados a la santidad, que no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en dejar que Dios obre en nuestras vidas con su Espíritu, en confiar en su acción que nos lleva a vivir en la caridad, a realizar todo con alegría y humildad, para mayor gloria de Dios y bien del prójimo». 

Estos días, en Roma, se celebra el «Sínodo sobre los jóvenes». En la homilía de la Misa de apertura, el Papa Francisco, pidió poner este tiempo de gracia bajo la materna protección de la Virgen María y exclamó: «Que ella, mujer de la escucha y la memoria, nos acompañe a reconocer las huellas del Espíritu para que, “sin demora” (cf. Lc 1,39), entre los sueños y esperanzas, acompañemos y estimulemos a nuestros jóvenes para que no dejen de profetizar. Y es que, como dice esta lectura de hoy que junto al libro de la Sabiduría (Sap 7,7-11) y al Evangelio de Marcos (Mc 10,17-30) constituyen el alimento de la Palabra que hoy domingo recibimos: «La Palabra de Dios es viva, eficaz y más penetrante que una espada de dos filos. Llega hasta lo más íntimo del alma, hasta la médula de los huesos y descubre los pensamientos e intenciones del corazón» (Heb 4,12). Esta afirmación del autor de la carta a los Hebreos es una buena síntesis del papel de la Palabra en la vida del discípulo–misionero de Cristo y, por tanto, en la vida de la comunidad (en la liturgia). A nosotros, como también a la comunidad a la que iba dirigida la carta, la Palabra debe estimularnos a tener una existencia cristiana según Jesús nos a tantos jóvenes «amodorraos» que fueron bautizados, que de pequeñitos fueron al cetcismo, que hicieron su Primera Comunión y que se han esfumado de la escena eclesial. El Papa Francisco sueña con que esa Palabra, que siempre la tenemos a nuestro alcance (en la lectura pública y particular de la Biblia que los jóvenes ahora pueden traer en su Smartphone). Me quedo con unas palabras suyas que pronunció en el 2014 y que me invitan a soñar a mí también y a seguir orando por el éxito de este Sínodo y por tantos y tantos jóvenes que «un poco adormilados» en la vivencia de su fe, son esperanza del futuro de la Iglesia: «No es posible oír esta Palabra y permanecer en el propio lugar, quedarse bloqueados en las propias costumbres. Ella nos empuja a vencer el egoísmo que tenemos en el corazón para seguir con decisión aquel Maestro que ha dado la vida por sus amigos». ¡Bendecido domingo celebrando a siete nuevos santos en la Iglesia: San Pablo VI, San Óscar Romero, San Francesco Spinelli, San Nunzio Sulprizio, Vincenzo Romano, Santa María Katharina Kasper y Santa Nazaria Ignacia March Mesa! 

Padre Alfredo.

domingo, 7 de octubre de 2018

«Desposorio»... Un pequeño pensamiento para hoy

Este domingo empezamos a leer como segunda lectura de Misa la carta a los Hebreos. Leeremos durante siete domingos, hasta el final del Tiempo Ordinario —ya en las puertas del Adviento—fragmentos de esta carta atribuida durante muchos años a San Pablo y hoy considerada como anónima. Se trata de un mensaje dirigido —según se lee— a cristianos procedentes del judaísmo y que tiene como contenido fundamental la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre los otros sacerdocios del rito de la antigua alianza. Ese sacerdocio sublime de Cristo que en su Sacrificio se desposa con la Iglesia y libera al género humano de la esclavitud del pecado. El fragmento del capítulo segundo que se lee hoy (Heb 2,8-11) pone de manifiesto la realidad salvadora del sacrificio de la Cruz, porque allí, crucificado, es donde Jesucristo consuma su unión esponsal. Es un texto muy bello, muy expresivo, el cual merece la pena leerlo no una sola vez sino varias, para que sirva de motivo de meditación. El estilo de esta carta es muy místico, muy espiritual. El autor sagrado no trata de cosas concretas, pero quiere dar respuesta a un «estado» de vida de la comunidad cristiana. Este «estado» consiste en que los cristianos se han adormecido, han perdido el dinamismo inicial, la ilusión que tenía la primera generación de la Iglesia como «esposa» de Cristo. Parece que los destinatarios de esta sublime epístola, se han habituado a ser cristianos de nombre, pero han empezado a perder el sentido que ello tenía para sus inmediatos antepasados; con ello se les ha desdibujado también la figura de Cristo: no recuerdan tanto la cruz como la gloria y como desposorio y, por tanto, viven una existencia cristiana en la que el sacrificio, la entrega, el compromiso... se han relajando. El estilo de vida del Hijo de Dios encarnado, hecho hombre, puede dejar de revivir en aquellos que se llaman cristianos y que olvidan que el ser discípulos–misioneros implica un amor como el de Cristo Esposo. 

Por eso, apenas iniciada la lectura de ésta hoy, se nos dice: «Al que Dios había hecho poco inferior a los ángeles, a Jesús...»; y recuerda «su pasión y muerte» sin olvidar la «gloria» y que el camino hacia la «salvación» pasa por los «sufrimientos». La Carta a los Hebreos nos recuerda que el amor hay que cuidarlo, como cuidamos una planta para que no se seque, como un esposo debe cuidar a su esposa y viceversa. Y sólo se cuida el amor cuando se dedica el tiempo necesario al otro, cuando se cultiva y, a esos destinatarios de la Carta a los Hebreos, que bien pudiéramos ser nosotros, les falta mucho por entender. El Amor —dicen por ahí— es un ejercicio de jardinería, hay que arrancar lo que puede dañar al jardín, hay que preparar el terreno, sembrar, abonar pacientemente la tierra, regar y no descuidar nada. Y hay que estar preparado porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvias, mas no por eso se abandona el jardín... ¡Y que lo digan los casados! Esos matrimonios de 30, 40, 50 o más años que siguen cultivando ese hermoso jardín de su vocación, en donde la vid se mantiene fecunda y el olivo sigue dando sus frutos (cf. Sal 127). Por cierto que el tema del amor tocando la relación de pareja y del valor y el sentido del matrimonio para los cristianos no es que aparezca muy a menudo en la Escritura y por tanto no aflora mucho tampoco en nuestras lecturas de Misa y reflexiones diarias. Pero hoy sí que emerge tanto en la primera lectura como en el salmo y el Evangelio (Gén 2,18.24; Sal 127; Mc 10,2-16). Y, por tanto, hoy será un buen día para reflexionar sobre esta vocación, como reflejo del amor «esponsal» de Cristo y la Iglesia. 

En el matrimonio, como en cualquiera de las otras vocaciones en la Iglesia, conviene recuperar de vez en cuando la ilusión de los orígenes, recordar que el amor sigue siendo bendecido por Dios y sigue siendo «sacramento» para la Iglesia. Para mantener y afirmar el amor, se precisa volver a la figura del jardín de la que he hablado y pensar en el esfuerzo que hay que invertir, un esfuerzo que merece la pena hacer: si se alimenta el fuego del amor, este fuego podrá mantenerse siempre, intenso y vivo en el matrimonio, en el sacerdocio, en la vida consagrada, en la soltería y así, en la comunidad, sea la familiar o la eclesial. Y realizar ese esfuerzo es seguir el camino de Dios, y ser testigos del amor de Dios. Y ser testigos de que realmente, el proyecto de Jesucristo es un proyecto que merece la pena y se vive día a día en lo concreto, hasta llegar como María, amando al pie de la cruz, «cuando llegue la hora», expresión que en el evangelio de Juan expresa la hora del sacrificio. Jesús, una y otra vez —Caná y la Cruz— no la llamará «madre», sino «mujer», como la nueva Eva que está al lado del nuevo Adán, engendrando a los hombres y mujeres nuevos. Pienso en tantos esposos ejemplares que conozco, y les recuerdo aquella indulgencia parcial de 300 días que san Juan XXIII concede a los matrimonios en el día de su aniversario, para favorecer el amor y la fidelidad conyugal: «Su Santidad Juan XXIII concede a los cónyuges que piadosamente besaren, individualmente o en común, el anillo nupcial y recitaren con devoción y contrición la invocación "concédenos, Señor, que amándote, nos amemos, el uno al otro y vivamos según tu santa ley", u otra semejante, el poder beneficiarse una vez en el día del aniversario de la boda de una indulgencia parcial de 300 días. Sin que obste nada en contrario» (Roma 23 de noviembre de 1959). ¡Bendecido domingo a todos y en especial, mi bendición a todos los matrimonios! 

Padre Alfredo.

domingo, 30 de septiembre de 2018

«No podemos aliarnos ni aislarnos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Un cristiano que no se duela ante la corrupción y los abusos de quienes se aprovechan de los demás no puede llamarse discípulo–misionero de Cristo. Y las fuertes y duras palabras del mismo Jesús, en el apóstol Santiago y en muchos otros profetas bíblicos, son para aplicárnoslas también cada uno de nosotros, aunque no seamos económicamente millonarios. Cualquiera de nosotros que abuse de su superioridad, en el trato con los que son inferiores a él, es corrupto y está explícitamente condenado por las palabras bíblicas contra los ricos corruptos (St 5,1-6). El Apóstol Santiago nos sigue insistiendo, a lo largo de su carta, que no se puede vivir la fe sin obras. Hemos estado leyendo esta carta en las últimas semanas y en los últimos párrafos de su Carta —que son los de este domingo— y vemos cómo condena toda clase de opresión y corrupción. La acumulación de riquezas lleva al abuso, nos hace ver el apóstol y escritor sagrado. Es el amor a Cristo y al hermano en él, lo que tiene que dirigir nuestro corazón y no el amor al dinero ni al lugar privilegiado que en la sociedad se pueda ocupar. El amor profundo y sincero a Dios y al prójimo impide la injusticia, pero también el engaño, la mentira y el escándalo. La dureza de las palabras de Santiago, responden a la crueldad y dureza de los delitos de quienes al tener el poder abusan de los más débiles. 

Probablemente las palabras de Santiago que hoy leemos en la segunda lectura de Misa, son las líneas más fuertes contra la riqueza en el Nuevo Testamento, pues no es solamente una simple exhortación, sino una imprecación o escarnio, con un acento extremadamente duro al denunciar esta situación que, tristemente, subsiste hasta nuestros días en aquellos que se aferran de un modo culpable a sus bienes (St 5,2-3) hasta el extremo de no pagar debidamente a sus obreros (St 5,4) y de oprimir, por añadidura, a las personas menos afortunadas. Santiago adopta contra estos ricos el estilo de las invectivas empleado por los profetas en el Antiguo Testamento (cf. Mal 3,5; Eclo 31,4; 34,21-27. Ver también el pasaje de la viña de Nabot, 1 Re 21). Muchos de los pocos que viven bien, deben su bienestar a que más de dos mil millones de personas viven en la miseria alrededor del mundo. La defensa de los privilegios de ese pequeño porcentaje de gente bien, trae cada año como consecuencia inevitable la muerte injusta de millones de personas por hambre, represión y guerras. Alrededor de 795​ millones de personas en el mundo no tienen suficientes alimentos para llevar una vida saludable y activa. Eso es casi uno de cada nueve personas en la tierra. 66 millones de niños en edad escolar primaria asisten a clases con hambre en los países en desarrollo. Sólo en África —en donde está nuestra querida misión de Mange Bureh en Sierra Leona— hay 23 millones (fuente es.wfp.org). Muchos defensores, según ellos de los derechos de Dios, se defienden y tratan de sostener en realidad defendiendo su propio recinto. Y todo lo que tienen basándose en la premisa de que nadie escogimos dónde ni en que condiciones nacer. 

El hombre, si quiere de veras amar a Dios y a sus hermanos siguiendo los caminos por el trazados, necesita de vez en cuando advertencias distintas que parece que son contradictorias pero que vienen de Dios y abren el corazón. La sentencia con la que Jesús cierra la enseñanza del Evangelio del día de hoy (Mc 9,38-43.45.47-48) es sorprendente: «El que no está contra nosotros, está con nosotros». Y es exactamente lo contrario de otra sentencia de lo que él enseña (Mt 12, 30; Lc 11, 23): «El que no está conmigo, está contra mí». En la guerra de César contra Pompeyo, éste último consideraba enemigos a cuantos no estaban abiertamente con él; pero César, mucho más generoso e inteligente, consideró aliados suyos a cuantos no luchaban en contra suya. Jesús, como digo, adopta en sus enseñanzas una u otra actitud de acuerdo a las circunstancias. En los tiempos de César, de Cristo y en los tiempos de todos habrá siempre quienes, con el peso de su autoridad y con la fascinación de su prestigio, se llenen de vacilaciones y de excusas demasiado fáciles para no hacer nada por cambiar la realidad. Para nosotros, que somos hombres y mujeres de fe, queda claro que el seguimiento de Cristo prohíbe toda cerrazón ortodoxa que nos acomode o nos instale sin pensar en el otro. La Palabra de Dios que vamos escuchamos en cada celebración de la Eucaristía nos va educando, nos ayuda a abrir los ojos para confrontar nuestra escala de valores con la mentalidad de Cristo. A veces esta Palabra es incómoda, pero es necesaria, para que no conformemos nuestra vida según este mundo, sino según la voluntad de Dios que nos enseña Jesús. Hoy cerramos septiembre recordando a San Jerónimo, un hombre nacido en Dalmacia —hoy Yugoslavia— en el año 342. Un hombre rico, cuyos padres de muy buena posición económica, pudieron enviarlo a estudiar a Roma. Un hombre lleno de Dios y amante incansable de María que escuchaba la Palabra y la ponía en práctica. Un hombre que nos dejó una sencilla frase que lo doce todo: «Ignorar la Escritura, es ignorar a Cristo». ¡Bendecido domingo, fin de mes y día de nuestra kermés parroquial en Fátima de la colonia Prohogar! 

Padre Alfredo.

domingo, 23 de septiembre de 2018

«Un corazón puro»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Cómo me consuela y me llena de firme esperanza el apóstol Santiago en la segunda lectura de la Misa del día de hoy! En medio de un mundo en donde lo que parece brillar más es la violencia, la corrupción, los fraudes, los secuestros, las envidias y las rivalidades, en muchos corazones de hombres y mujeres de fe, está arraigada esa semillita que ha sido depositada por Dios en el corazón desde el bautismo como una luz esperanzadora que puede transformarlo todo. Santiago en el cachito de su carta que hoy escuchamos (St 3,16-4,3) nos dice que «los que tienen la sabiduría que viene de Dios son puros, ante todo. Además son amantes de la paz, comprensivos, dóciles, están llenos de misericordia y buenos frutos, son imparciales y sinceros (St 3,17)... ¡Cuánto se puede transformar el mundo con corazones de este calibre! 

Definitivamente eso es lo que está necesitando el mundo. Lo demás no sirve para gran cosa. Las palabras de tantos discursos de hoy que llegan a través de todos los medios de comunicación y en las redes sociales, están perdiendo su fuerza, nos están acostumbrando a oír palabras y más palabras, cosas y más cosas, promesas y más pro esas sin que a quienes pronuncia todo eso les cale más allá de la dura corteza de sus achatados entendimientos. Vidas, obras, autenticidad. El mundo necesita corazones puros de los cuales se desprenda todo lo demás que hoy dice Santiago. Si pedimos al Señor el regalo de un corazón puro podremos vivir de tal modo el compromiso de nuestro bautismo a cada momento, sin llamar la atención con discursos interminables y prometedores, sino como testigos del mensaje que Cristo trajo a la tierra para salvar a los hombres. El mundo necesita esa «pureza de corazón» que nos han enseñado a vivir los santos, esos santos de verdad cuyos nombres no están todos escritos en los libros oficiales de las canonizaciones, santos de esos que, como dice el Papa Francisco, visten de mezclilla y andan por las calles, santos que vengan a ser como banderas al viento, como símbolos eficaces que llaman, que atraen, que revelan, que transmiten la verdad, el amor y la paz que solamente pueden brotar de un corazón puro. 

Pero al mundo, en general, le encanta discutir de cosas que no vale la pena, como hoy sucede con el grupo de discípulos de Cristo en el Evangelio (Mc 9,30-37). En esta ocasión los «fieles seguidores» discuten sobre quién de ellos ha de ser el primero. Una cuestión en la que no ellos ni el mundo globalizado y materialista de hoy se ponen de acuerdo. Cada uno llega con su propio candidato, o sueña en secreto con ser uno de esos primeros, aunque sea por tres, cuatro o seis años. Esta cuestión puede contagiar hasta a los más sencillos coordinadores de algún grupito parroquial que quieran ser una especie de primer ministro cuyo poder no quieren soltar. La Biblia nos recuerda que Juan y Santiago se atrevieron a pedir, directamente y también a través de su madre, los primeros puestos en ese Reino (Mt 20,21). Es evidente que la ambición y el afán de figurar, dominan fácilmente el horizonte de cualquiera que se haga de vista corta y vea solamente este mundo y la vida desde una lógica tangible. Lo que necesitamos es, como dice Santiago, «un corazón puro» que, además, si está contrito y humillado porque ha fallado y se quiere renovar, será muy del agrado de Dios (Salmo 50). Solo el que viva así, con un corazón puro, podrá decir que en verdad reina, pues en el servicio, en la atención, en los pequeños detalles con el hermano, se podrá realizar auténticamente como persona y estará en disposición de sentarse junto a Cristo en el Reino, como un niño que puede ser abrazado por Él. Qué María Santísima interceda por nosotros, por nuestra vida, por la de cada cristiano, la vea o no a ella como Madre de Dios, para que con este nuevo corazón seamos como una protesta enérgica, un reproche contundente para tanto paganismo como hay en nuestra globalizada sociedad. ¡Feliz domingo! 

Padre Alfredo.

domingo, 16 de septiembre de 2018

«En un aniversario más de la Independencia de México»... Un pequeño pensamiento para hoy

La fe que los discípulos–misioneros de Cristo hemos recibido como don desde nuestro bautismo, supone fidelidad y compromiso con lo que creemos y sobre todo confianza en Aquel en quien creemos. Nadie debería decir nunca de un buen cristiano que tiene fe cristiana, pero que esa fe no se proyecta en obras cristianas, en concreto en las llamadas «obras de misericordia» (Mt 25, 31-46). Ni tampoco nadie tendría que decir de cualquiera de nosotros que tenemos fe, pero que nuestras obras contradicen nuestra fe. Si no vivimos en el dinamismo que implica la fe y que gira en torno en el amor de Dios en nuestra propia vida, no podemos decir que tenemos fe. Cuántas veces podemos encontrarnos con gente que presume de que tiene mucha fe, pero las evidencias —sin criticar o juzgar— muestran que esa fe no se nota en la vida de cada día. Leyendo la segunda lectura de hoy (St 2,14-18), nos damos cuenta de que la fe verdadera es confesar a Jesús, reconocerle como Mesías, y a la vez seguirle, haciendo como Él, que «pasó por el mundo haciendo el bien» (Hch 10,38) y dando la vida por amor hasta la entrega total (cf. (Ga 2,16.19-21). Esto es lo que Padre quiere de todo aquel que se considere discípulo–misionero de su Hijo. Que no pensemos ni vivamos al estilo del mundo, huyendo del sufrimiento y buscando el confort, sino que vivamos nuestra fe expresada en una entrega hasta el extremo. 

La Sagrada Escritura nos habla de hombres y mujeres de fe que marcaron la historia bíblica y a la vez la historia del mundo, como el caso de Isaías, que lleno de fe logra superar tantas y tantas adversidades de parte de sus adversarios (Is 50,5-9). Isaías nos muestra, no solamente en el segmento que la liturgia nos presenta hoy, sino en todo él, que una de las características que marcan la vida de los hombres que transforman y marcan la historia es que, por la fe, tienen una visión más amplia de lo que hoy su presente les muestra a pesar de ver un cúmulo de calamidades, desventuras y ataques que se atraviesan en su vida. Hoy en México celebramos un aniversario más de la Independencia, así que pienso en mi patria chica —porque mi casa es el mundo— y voy a la historia de la independencia para recordar que a la cabeza de aquellos acontecimientos iba un estandarte de la Virgen de Guadalupe, un estandarte de la Madre de Dios que a aquellos hombres y mujeres valientes les recordaba la fe inquebrantable de María que les hacía ver un futuro, una independencia, un camino de libertad hacia la paz duradera. Y ese caminar no fue fácil ni estuvo libre de adversidades. Basta pensar en los Domínguez (Miguel y su famosa esposa doña Josefa Ortiz de Domínguez), que prestaban su casa para las juntas donde se iniciaba la estrategia para alcanzar aquella libertad tan ansiada. Este matrimonio tuvo que creer mirando un México libre y dueño de su propia tierra esperando poco más de 11 años para que aquel sueño se hiciera realidad. 

La vivencia de un aniversario más de este hecho histórico que marca un antes y después, debe llevar a los católicos de México a seguir caminando en la fe abriendo los corazones al presente para sentirse interpelados hacia el futuro de esta nación, cada vez más y más descristianizada debido a la influencia del vertiginoso consumismo que hace que se quede todo para la mayoría, en una fiesta del exterior celebrada con banderitas y adornitos «made in China» y cervezas y otras viandas importadas de Europa sin acordarse de agradecer a Dios el don precioso de la libertad. ¡Anoche ni una cuarta parte del Templo estaba ocupada en la Misa por la Patria! Los ideales propuestos por la Independencia se nos presentan hoy con un nuevo rostro, en situaciones mucho más complejas que en quellos días. Así como Jesús, en el Evangelio de hoy (Mc 8,27-35) le pregunta a sus Apóstoles «quién dice la gente que es Él» (cf. Mc 8,27) y los escucha; a nosotros nos pregunta también como a ellos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?» (Mc 8,29). En medio de un México conformado hoy por una sociedad bastante diversa y plural, ¿que podemos decir de Cristo los hombres y mujeres de fe? ¿Qué podemos aportar, desde nuestra mirada de fe, en la reconstrucción de un futuro común al que nos acaban de invitar nuestros obispos en el «Plan de la Iglesia Católica para la Construcción de la Paz»? Cristo pide, al que quiera ir detrás de Él, que cargue su cruz y le siga y nos dice hoy claramente que, si verdaderamente tenemos fe, podemos comprender, desde la lógica de Dios lo que significa seguirle hoy mismo: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,35). Pidamos este domingo al Señor, con el estandarte de Santa María de Guadalupe, que nos dé la valentía de confesarle como el Señor, el Mesías y que no nos escandalicemos de Él como hizo Pedro, para vivir en nuestra propia vida, en la Patria chica o la Patria inmensa de nuestra casa común, ese amor de Dios, para que nuestra fe no sea una fe muerta, sino una fe auténtica que nos conduzca hacia la Patria eterna, nuestra casa de verdad. ¡Feliz domingo y felices fiestas patrias a los mexicanos de nacimiento y de corazón! 

Padre Alfredo.

domingo, 9 de septiembre de 2018

«Sesenta y cinco pesos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hay gente que piensa que los cuerpos humanos son verdaderamente valiosos por su composición material y deberían tasarse a precios astronómicos, pero hay una realidad mucho menos halagadora para nuestra especie, a pesar de los altísimos precios en que se venden los órganos humanos en el mercado negro. Un grupo de especialistas emplearon grandes recursos humanos y financieros calculando la composición de nuestro cuerpo humano según sus elementos. Estos llegaron a la conclusión de que si calculamos el valor monetario de los elementos que conciertan nuestro cuerpo, en un promedio llegamos a sumar la nada despreciable cifra de… ¡2,90 euros!, es decir 3 dólares y 36 centavos, más o menos —con nuestra devaluación y cambio súper inestable—: ¡Unos 65 pesos! Y como dice aquella famosa frase que canturreaba el célebre Pedro Infante —a quien por cierto nunca o casi nunca escuché— en una canción titulada «Fallaste Corazón»: «Y tú que te creíste el rey de todo el mundo...» ¡Qué poco valemos sin la gracia de Dios! ¿Qué se puede comprar con 65 pesos? ¿En qué los podemos invertir? Y sigo con la canción: «adonde esta tu orgullo, a donde esta el coraje»... 

Nosotros valemos mucho, no por los elementos químicos y biológicos de que estamos hechos, sino porque Dios está con nosotros. Porque el Dios de Jesús es Padre y no quiere que ninguno de sus hijos se quede convertido en un trasto inútil e inservible, que se arrincona, que se deja a un lado por su poco valor. Dios quiere a sus hijos sentados todos a la misma mesa, al mismo nivel, compartiendo juntos el pan de las alegrías y las penas, de los gozos y las penalidades que conlleva siempre la vida humana. Dios quiere a sus hijos viviendo juntos en el amor y en la esperanza. Porque él es padre y madre que cuida siempre de sus hijos. Y sus hijos, lo último que pueden hacer es perder la esperanza y la confianza en su Padre. Por eso, no debemos de temer. Dios viene en persona a salvarnos a todos los que queramos aceptar esa redención, ricos y pobres, chaparros y gordos, flacos y altos, flemáticos y coléricos, sanguíneos y melancólicos... todos hijos e hijas de un solo Padre. Y es que hoy me viene pensar todo esto por prestar especial atención a la página que leemos de Santiago en la segunda lectura (St 2,1-5). Él dice que no tengamos «favoritismos», o sea, que no tratemos de un modo privilegiado a los ricos y simpáticos, despreciando a los pobres o a los que no son de nuestro agrado, si al fin, a los ojos de Dios, todos somos iguales y valemos por lo que somos, no por el montón de arreos que nos podamos colgar o los costosos «perjúmenes» que nos podamos dosificar. La vida es hermosa no por lo que podamos llevar por fuera, sino por un corazón sanado y libre con el que podamos amar. 

Somos poca cosa humanamente, hay que reconocerlo: «¡65 pesos!» Pero, a la miseria humana, Dios la ha engalanado con algo que vale más que cualquier adorno, su inmensa misericordia, que se nos ha manifestado sobre todo en Cristo, que tiende su mano a todos por igual para curarnos y darnos esperanza. Jesús, que hoy en el Evangelio cura a un sordo y medio tartamudo (Mc 7,31-37), nos tendría que curar también a nosotros, porque a veces estamos así, ensordecidos por las vanidades el mundo que son solamente falsas riquezas que nos cautivan y nos dejan medio tartamudos. Atrapados por las apariencias de esta sociedad empeñada en empobrecer a unos más y más para que unos cuantos sean ricos, no escuchamos a lo que tendríamos que atender: la Palabra de Dios, o también las palabras de nuestros hermanos. Y por si fuera poco, no hablamos lo que tendríamos que hablar, alabando a Dios y brindando palabras de ayuda a los hermanos. Hay que abrirnos al Señor que viene a sanar, a «abrir los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos» (Is 35,4-7). Cada domingo vamos a Misa, vamos a pedirle a Jesucristo que repita su milagro, que «nos aparte de la gente a un lado», que toque los oídos y las lenguas de nuestras almas, que realice el milagro de cambiar nuestros corazones y de superar nuestros egoísmos y que nos lleve a escucharle a él y a escuchar al Padre para alcanzar, como consecuencia, el vivir nuestra vocación de profetas en plenitud y anunciar al mundo la Salvación caminando de la mano de María su Madre. ¡Bendecido domingo viviendo la Eucaristía dominical! 

Padre Alfredo.

domingo, 2 de septiembre de 2018

«Docilidad a la Palabra»... Un pequeño pensamiento para hoy


Santiago nos dice en la segunda lectura de hoy (St 1,17-18.21-22.27) algo que es vital para todo discípulo–misionero de Cristo: «Acepten dócilmente la palabra que ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos. Pongan en práctica esa palabra y no se limiten a escucharla, engañándose a ustedes mismos». Ese «acepten dócilmente» debería calarnos hasta lo más profundo y llevarnos a hacer este domingo un examen de conciencia en torno a todo lo relacionado con la palabra de Dios en nuestras vidas. Si algo falta en el mundo de hoy es «docilidad» y falta en todos los ambientes, por desgracia hasta dentro de la Iglesia. La docilidad es la virtud que nos lleva a hacer lo que se nos manda o aconseja tranquilamente sin violentarnos, ni oponerle resistencia, y la que hace fácil que se nos enseñe y podamos aprender. Es la predisposición para aceptar las indicaciones que recibimos para encaminarnos hacia el bien. Para el cristiano la docilidad debe ser una palabra clave. El Papa Francisco dice que «recibiendo con docilidad la Palabra de Dios se llega a la bondad, a la paz y a la mansedumbre» (9 de mayo de 2017). Para el discípulo–misionero ser dócil no es ser una especia de marioneta o títere caprichosamente movido por el querer de un extraño; es, en primer lugar, saberse amado y guiado por Dios. 

El hombre y mujer de fe saben que no son el Señor del mundo y no les corresponde plasmar sus decisiones en el acontecer de la historia al margen de Dios, sino que someten tranquilos su inteligencia y su voluntad a Dios. Somos dóciles cuando aceptamos el querer divino con paz gozosa, cuando no nos sentimos forzado o abrumados ante una voluntad inapelable a la que debemos someternos. Los planes de Dios para cada uno de nosotros marcan un ideal. Por la fe vamos descubriendo con docilidad la divina Voluntad en el acontecer cotidiano y decidimos cumplirla, esperando siempre lo mejor, a impulsos de la caridad. La docilidad a la palabra de la que nos habla hoy Santiago, nos lleva necesariamente a la práctica de la prudencia y de la humildad, porque la actitud dócil es la que está abierta al aprendizaje a la corrección, al consejo, a aceptar que otros saben más que nosotros y que pueden y deben enseñarnos y nosotros debemos dejarnos enseñar sin resistirnos como fieras. La liturgia de hoy nos dice que hay que ser dóciles a la Palabra y estar abiertos, para saber discernir y no «ser rígidos» sin sentido, como lo eran esos fariseos y escribas que se acercan a Jesús para discutir de algo totalmente baladí (Marcos: 7,1-8.14-15.21-23). Para nosotros el primer paso en el camino de la docilidad es acoger la Palabra para luego abrir el corazón y conocer la Palabra y lo que en ella el Señor nos quiere decir sin quedarnos en la superficie y, para eso, como hombres y mujeres de fe, es muy importante captar lo que los mandamientos de la ley de Dios nos marcan para vivir en docilidad al Señor. 

Moisés, desde el Antiguo Testamento, invitaba al pueblo a vivir esa docilidad al Señor. Así nos lo enseña la primera lectura de hoy: «Ahora, Israel, escucha los mandatos y preceptos que te enseño, para que los pongas en práctica y puedas así vivir y entrar a tomar posesión de la tierra que el Señor. Dios de tus padres, te va a dar» (Dt 4,1-2.6-8). María santísima, por su docilidad al Señor, a su palabra, a su voluntad, contribuyó eficazmente a la misión de Jesucristo sin hacer mucho ruido. No destacó ante la gente de su tiempo haciendo cosas llamativas o extraordinarias a la vista de todos ni se opuso al plan de salvación. Fue sencillamente la madre del Maestro, autor de tantos prodigios. Su vida discurrió entre la vida ordinaria de cada, en una de tantas aldeas de Israel, inadvertida junto a su esposo y luego viuda, aceptando la voluntad de Dios como él esperaba, su vida de esposa y Madre fue dócil. Su fidelidad a Dios, desde que recibió el anuncio del ángel la concepción del Hijo de Dios, se apoyó en la fe y en la docilidad, y por eso nos ha quedado como modelo nítido para siempre. Por intercesión de la Madre de Dios pidamos este domingo ser dóciles a esa Palabra leyendo la Biblia cada día y reflexionando juntos en ella cada domingo que nos reunimos para celebrar la Eucaristía. Me encomiendo a sus oraciones porque esta noche entro a Ejercicios Espirituales en la Trapa de Ciudad Hidalgo, Michoacán. No se si la entrega de mis reflexiones —que de todas maneras haré cada día como siempre— será regular o no, hasta el sábado 7 que regrese, porque no tengo idea de si en ese bellísimo monasterio haya señal de Internet. Pero eso sí, les puedo asegurar, queridos lectores, que los llevo conmigo en el corazón ¡Feliz domingo! 

Padre Alfredo.

domingo, 19 de agosto de 2018

«El Pan de Vida»... Un pequeño pensamiento para hoy


Qué importante es saber aprovechar las ocasiones que la vida nos va ofreciendo a cada momento. Ocasiones que hay que saber valorar, conscientes de que cada momento no se repite nunca más. Ayer, invitado por el padre Esquerda, vino a cenar Mons. Jorge Patrón Wong, secretario de la Congregación para el Clero aquí en el Vaticano. La amena reunión, gracias a que monseñor Jorge preguntó a las hermanas misioneras: «¿Y qué les atrajo para venir a esta Familia Misionera y donar su vida?» giró en torno a Jesús Eucaristía y todo lo suyo, sus intereses que, a fin de cuentas, son los de quienes hemos querido consagrar nuestra vida para ir tras de Él y luego, a la misión, delante de Él para que todos le conozcan y le amen. La alegría de la vocación se dejó sentir en cada momento, en cada palabra de la conversación, en cada respuesta, en cada anécdota de las hermanas, de los dos monseñores y de un servidor. Son hermosos momentos estos de compartir el gozo de haber sido atraídos por Cristo, instantes tal vez, pero de los cuales pende en mucho nuestra felicidad durante el andar por la vida terrena y, sobre todo, marcan la pauta para seguir avanzando hacia la felicidad eterna después de la muerte. Es el mismo Cristo «Pan de Vida» el que nos hizo que, en un sencillo banquete, reestrenáramos el gozo de la vocación llegando a la conclusión de que es Él mismo quien alimenta el «sí» que con alegría vivimos desde aquel día inicial. 

El apóstol San Pablo, en la segunda lectura del día de hoy, recuerda en esta carta a los efesios (Ef 5,15-20) cómo entre los paganos, los banquetes no dejaban nada bueno y que ellos, —los efesios como buenos cristianos— no debían beber del mismo vino del mundo, que no deja más que vacío en el corazón, sino del vino del Espíritu de Cristo que nos hace familia reunida en torno a Él. En los tiempos de san Pablo los primeros cristianos sentían frecuentemente la tentación de participar en los cultos paganos, en sus fiestas, en sus rituales y banquetes tal como lo habían hecho antes de convertirse a Cristo. Ahora debían abandonar definitivamente las costumbres paganas, comportándose como auténticos discípulos de Cristo recordando que habían sido llamados para estar con Él y para ser enviados como discípulos–misioneros (Mc 3,13-14). No nos viene mal también a nosotros, los cristianos del siglo XXI, recordar estas palabras de san Pablo y nosotros, aquí en la casa de Garampi, lo hemos experimentado en la cena de anoche. También nosotros, los hombres y mujeres de este siglo, nos vemos todos los días tentados a participar de las ideas y costumbres de una sociedad cada día más paganizada; entonces es bueno que también nosotros renovemos todos los días nuestro propósito cristiano de dejarnos guiar y conducir por el Espíritu de Cristo que es el «Pan de Vida» como nos recuerda el Evangelio de hoy (Jn 6,51-58). Es preciso que no olvidemos que vivimos inmersos en la vida temporal, y que es sólo sostenidos por el «Pan de Vida» que podemos conservar la alegría del Evangelio para darla a los demás. 

Acercarse a comulgar es para los que somos católicos, acercarnos a la eternidad, es pasar de un nivel terreno a otro muy distinto, trasladarnos a una atmósfera de luminosidad y de gozo. Comulgar el «Pan de Vida» es, en definitiva, para nosotros discípulos–misioneros, unirse íntimamente con Dios, penetrar en el misterio de su vida gloriosa y disfrutar, en cierto modo, de la alegría singular de los bienaventurados en el Cielo. El Señor lo dice explícitamente hoy: «El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí». Así, pues, lo mismo que Jesús está unido al Padre, así el que participa en la Eucaristía vive unido al Señor. El que comulga con las debidas condiciones, limpio de pecado mortal, comprende, por la sabiduría que viene de Dios, que de esta manera llega a la unión mística y grandiosa del alma con Dios, se remonta hasta la cumbre del más grande Amor; ese estado dichoso en que el hombre se identifica, sin confundirse, con el mismo Dios y Señor. La Sabiduría, que es Dios mismo, edifica su casa entre los hombres y prepara un banquete para todos los que lo desean (Prov 9,1-6). Jesucristo es en realidad aquella Sabiduría (o Palabra) de Dios que «era ya en el principio de todas las cosas, por quien todas éstas fueron creadas», «que habitó entre nosotros», «en quien puso el Padre todas sus complacencias», que vino al mundo «para que tengamos vida y la tengamos en abundancia» y que invita a todos los hombres a sentarnos a su mesa: la mesa de la «palabra que da la vida» y del «pan bajado del cielo». ¡Bendecido domingo, alimentados con María, por el Pan de Vida» que da calidad a nuestras vidas! 

Padre Alfredo.

domingo, 12 de agosto de 2018

«No causarle a Dios tristezas»... Un pequeño pensamiento para hoy



¡Cuántas cosas debe desterrar de la vida quien quiere seguir a Cristo! ¡Cuánto por sacra, como cuando se limpia el closet o un ropero con la intención de no volver a llenarlo con lo mismo! Siguiendo con la lectura de la carta a los Efesios, que varios domingos ha ocupado el espacio de la segunda lectura en Misa, san Pablo, el misionero siempre alegre —«¡Estén siempre alegres en el Señor, se lo repito, estén siempre alegres!» (Flp 4,4)— nos invita a no causarle tristeza al Espíritu Santo (Ef 4,30-5,2) oponiéndose a su acción, dejando que los vicios opaquen la alegría que nos viene del mismo Dios. Viniendo de san Pablo, no sorprende esta especie de reprensión que va dirigida a los cristianos que, en medio de un mundo que parece que rinde culto a la tristeza, deben comportarse según la nueva moral que ha traído Cristo a los creyentes. Pero, ¿puede el hombre entristecer a Dios? No es difícil imaginar —recurriendo al lenguaje humano— que un simple mortal pueda entristecer a Dios, porque hay que tener siempre presente que si Dios nos ama ilimitadamente, su corazón —nuevamente recurriendo al lenguaje humano— se llena de pesar por la poca respuesta de nuestro pobre y mezquino corazón. Esta tristeza es a la que se refiere el Apóstol, la tristeza que puede causar a un padre los hijos que se pelean entre sí, que no se respetan y que le vuelven la espalda cambiando su amor paternal por amores callejeros que siempre tienen fecha de caducidad. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, por lo tanto, necesariamente, tiene que parecerse a quien le dio vida. La bondad, la comprensión, el perdón y las otras virtudes que posee, vienen de Dios y deben permear la comunidad de creyentes. Una comunidad cristiana que no alegre el corazón de Dios con la práctica de las virtudes entre sí sería una comunidad sin vida, porque no estaría poseída por el Espíritu de Cristo, que es Espíritu de alegría, de paz y de amor (Gal 5,22).

Los consejos que san Pablo da a los Efesios para alegrar a Dios siguen siendo válidos para el creyente de hoy. Vale la pena que este domingo las recordemos literalmente: «Destierren de ustedes la aspereza, la ira, la indignación, los insultos, la maledicencia y toda clase de maldad. Sean buenos y comprensivos, y perdónense unos a los otros, como Dios los perdonó, por medio de Cristo» (Ef 4,31-32). Sin duda de que si dirigimos nuestra mirada a la primera lectura de hoy (1 Re 19,4-8), nos daremos cuenta de que Elías manifestaba esos malos sentimientos de los que habla san Pablo: «aspereza, ira, indignación...» y que el profeta viene a reflejarnos la condición en la que cualquiera de nosotros puede caer por el cansancio o la rutina de la vida. Elías, sintiéndose así, «se recostó y se quedó dormido» y un ángel del Señor lo despertó y lo alentó, le dio pan y un jarro de agua que acabó con la tristeza de su situación. A nosotros es el mismo Dios quien viene y nos alimenta para quitar de nuestro ser aquello que le pudiera causar tristeza incluso a Él mismo. 

El pasaje evangélico de hoy (Jn 6,41-52) enriquece nuestra reflexión y nos enseña que Jesús, él mismo y no otra cosa, es «el pan de la vida» que nos alimenta y en cada una de sus palabras y de sus obras al darse como comida para nuestras almas, nos llena de alegría, porque recibimos al mismo Jesús y no sólo las palabras de Jesús. Parafraseando una célebre frase de Pascal, diremos que la fe tiene razones que la razón no conoce. Para entender a Jesús y en Él a Dios Padre y Espíritu Santo, hay que descubrir la verdad de su persona y su afirmación de hoy, encariñándose con Dios llenándolo de alegría con lo que somos y hacemos cada día. Sólo entonces sabremos de verdad quién es Dios y viviremos en plena felicidad sin contristarle. Tal vez atravesamos a veces por momentos —como Elías— en los que nos sentimos como cansados de hacer el bien, o no encontramos sentido a la vida, o nos desanimamos ante la poca eficacia de nuestros esfuerzos, o desconfiamos de que este mundo tenga remedio. Tal vez no llegamos a desearnos la muerte, pero sí sentimos la tentación de «renunciar», de tirar la toalla, porque nos parece insuperable nuestra debilidad, pero en el fondo sabemos que eso entristecería a Dios y no es lo que queremos. Hoy domingo nos alimentamos con el Pan de Vida en la Eucaristía y recobramos lo perdido, por que Jesús, el Hijo de Dios, que además de ser nuestro Maestro, quiere ser también nuestro alimento para el camino. «Yo soy el pan bajado del cielo... el que crea en mí vivirá». No un ángel como a Elías, pero sí el Evangelio de hoy, nos ha dicho en boca de Cristo: «Levántate, toma y come». Si andamos apachurrados por algún desierto particular, buscando sentido a la vida, si nos sentimos sacudidos por la ventolera de tantas ideologías como la de género y muchas otras de moda, si buscamos un maestro que dé respuesta a tantas dudas: ahí tenemos la respuesta de Dios. Cristo Jesús es nuestro Maestro. Escucharle, creer en él, aceptarle como nuestro Guía y Pastor, es el camino para la verdadera felicidad y alegrar el corazón de Dios y de los hermanos. Miremos a María, siempre alegre y dispuesta a contagiar al mundo entero de esa felicidad que agrada a Dios. Ella es la humilde mujer de la sonrisa eterna que nos puede contagiar, en Ella el Señor puso sus complacencias: «Se fijó en la humildad de su sierva». ¡Bendiciones para este domingo XIX del Tiempo Ordinario!

Padre Alfredo.

domingo, 5 de agosto de 2018

«El hombre nuevo»... Un pequeño pensamiento para hoy


Ya tenemos varios domingos en los cuales la segunda lectura está siendo tomada de la carta de San Pablo a los Efesios. Hoy él se dirige a los miembros de esta comunidad que están recién convertidos del paganismo al cristianismo con algunas expresiones que bien nos viene a nosotros aplicar a nuestra condición personal y comunitaria como discípulos­–misioneros de Jesús (Ef 4,17,20-24) y en esto centraré mi «pequeño pensamiento» para hoy. Dirigiéndose con toda franqueza hacia estos hermanos, San Pablo les dice que eran como hombres viejos, corrompidos por deseos seductores, que ahora, al haber abrazado la fe, deben vivir como «hombres nuevos», conscientes de que han sido creados a imagen de Dios, y que su único vestido debe ser la justicia y la santidad verdadera. Este programa de vida que propone san Pablo a los nuevos cristianos de Éfeso es un programa que sigue siendo válido para todos nosotros discípulos–misioneros de Jesús en esta época que nos ha tocado vivir. Justicia y santidad tiene que ser un distintivo de los seguidores de Cristo, justicia y santidad que se traducen en un corazón recto y puro. Los cristianos de ahora debemos aspirar a ser lo que siempre han debido ser los seres humanos: rectos y santos. Justos, es decir rectos en nuestras relaciones sociales y laborales con las demás personas, y santos, amando a Dios y al prójimo sobre todas las cosas. A este «hombre nuevo», revestido de justicia y santidad, es al que debemos aspirar en el día a día, intentando dar muerte en nosotros a tantos deseos seductores que todavía siguen vivos en nuestro hombre viejo y buscando crecer en santidad de vida. «Él les ha enseñado —dice San Pablo— a abandonar su antiguo modo de vivir, ese viejo yo, corrompido por deseos de placer.» (Ef 4, 21-22). Estas palabras del Apóstol de las gentes nos invitan —creo yo— a reconsiderar nuestra conducta, recordando que Jesús nos ha enseñado el camino que hemos de recorrer, nos ha mostrado cuál ha de ser la manera de vivir honestamente en medio de un mundo que pone trampas, que mete zancadillas, que se aprovecha de la bondad de unos y se acomoda a los criterios del menos esfuerzo para sacar el mayor provecho. 

Las palabras de Cristo Jesús han perdurado a través de los siglos, han atravesado el espacio y el tiempo hasta llegar a cada uno de nosotros porque Él es el «Pan de vida» que nos invita a creer en Él, como nos recuerda el Evangelio de este domingo (Jn 6,24-35). Hoy, difícilmente habrá un católico practicante que no sepa lo qué es eso de vivir según el mensaje y la doctrina de Cristo. Sin embargo, puede ocurrir que —como se dice vulgarmente— nos entre por un oído y nos salga por el otro y aunque nos digamos —católicos» no lo pongamos en práctica, o que no expresemos con claridad y en cada momento lo que supone ser seguidor de Cristo. Aunque, en el fondo, existe siempre un sentimiento que nos mueve a comportarnos correctamente, quizá de forma casi imperceptible... Lo malo es que muchas veces ese sentimiento, esa intuición, esa voz de nuestra conciencia la ahogamos con otros sentimientos e inclinaciones contaminados por las ideas mundanas de las que ya he hablado y, en lugar de dar paso al «hombre nuevo» hecho según Dios, dejamos que se siga manifestando el hombre viejo y corrompido por las pasiones y el egoísmo. Que bueno que hoy la lectura de San Pablo a los Efesios nos recuerda que debemos comportarnos de manera diferente. Cada uno de nosotros, empezando por mí, debe preguntarse si se nota que somos de Cristo, si se percibe por nuestro modo de ser y obrar que somos alimentados por el «Pan de Vida» y la gente distingue que hay algo diferente en nuestro ser y obrar. Porque algunos, a pesar de haber sido bautizados y de ir a misa, tienen aficiones, pretensiones y conductas que son semejantes a las de quienes nada tienen que ver con Cristo. «Dejen que el Espíritu renueve su mente y revístanse del nuevo yo, creado a imagen de Dios, en la justicia y en la santidad de la verdad» (Ef 4, 23-24), nos sigue diciendo a nosotros el Apóstol, es decir, dejen que Dios actúe en sus vidas, dejen que su bondad los inunde, dejen las manos libres a Dios. 

Yo creo que es poco lo que Cristo nos pide para seguirle y hacerlem presente en el mundo. Él sólo quiere, para actuar en nosotros y a través de nosotros, que le secundemos con nuestro «sí» incondicional, con nuestro esfuerzo de cada día. Y si dejamos el paso libre a Dios, el hombre viejo se oscurecerá para que resurja el «hombre nuevo», creado a imagen de Dios, en justicia y santidad verdaderas. La participación plena, consciente y activa en la celebración de la Eucaristía dominical nos ayuda a ello. Es una primicia de eternidad. Es la Comunión —la común unión— con Cristo y con los que creen en Cristo. Es camino seguro de vida eterna. Por eso debemos meditar hoy en el «Pan de Vida», el sacramento del Altar. Sinceramente, merece la pena, porque es el Pan que sostiene nuestro diario vivir. Yo hoy celebro 29 años de que presidí la celebración de la Eucaristía por primera vez al celebrar mi cantamisa. ¡Cómo recuerdo las palabras de monseñor Juan Esquerda aquel día en la ahora parroquia de Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás, que en aquel entonces era una capilla a medio terminar! Que Ella, la Madre de Dios, cuya vida transcurre entre el gozo y la gloria; entre el dolor y la luz, cuide de mi sacerdocio y de la vida de todos. Como ayer y siempre, les suplico un Avemaría por mí para que me convierta y tenga un corazón justo y santo. Les agradezco que se unan espiritual o presencialmente conmigo en este día en la Eucaristía para escuchar y recibir a Jesús, el «Pan de Vida». ¡Bendecido domingo! 

Padre Alfredo.

domingo, 22 de julio de 2018

«Como ovejas sin pastor»... Un pequeño pensamiento para hoy


No hay muchos sacerdocios ni muchos sacerdotes, sino uno solo: el Sacerdocio de Jesucristo, el Buen Pastor, el Sumo y Eterno Sacerdote. El Concilio Vaticano II, en la Lumen Gentium nos dice: «Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (cf. Hb 5,1-5), de su nuevo pueblo «hizo... un reino y sacerdotes para Dios, su Padre» (Ap 1,6; cf. 5,910). Los bautizados son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (cf. 1 P 2,410)» (LG 10). De tal manera que si Él, el Sumo y Eterno Sacerdote es «Pastor» y un «Buen Pastor», cada uno de los bautizados debemos serlo. La imagen del Buen Pastor fue muy familiar a los bautizados de los primeros tiempos, y es la imagen por excelencia de Jesucristo, en la Iglesia naciente. En las figuras con las que aquellos primeros artistas del cristianismo querían representar a Jesús, en las catacumbas romanas, más de 88 veces está la imagen del Buen Pastor con sus ovejas. Esas ovejas por las cuales Jesucristo siente compasión, como nos lo recuerda el Evangelio de hoy (Mc 6,30-34). 

La Palabra de Dios ofrece este domingo XVI del Tiempo Ordinario, una larga y profunda enseñanza, no sólo para los obispos, sacerdotes y diáconos poseedores del sacerdocio ministerial que se equipara, en la Iglesia con esta figura del Buen Pastor, sino para todos los bautizados. El principio de la narración es el retorno feliz de los 12 discípulos, contentos, comunicativos, después de haber sido agentes de la misión de anunciar que Jesús era el Mesías esperado por los siglos. Esa fue la Buena Nueva que ellos proclamaron y con la cual alentaban a un pueblo que por años había sido maltratado y abusado por presuntos guías —pastores que solo sangraban a sus ovejas— y anhelaba la liberación: «Les daré pastores que las apacienten... y ninguna se perderá» (Jer 23,1-6) había prometido el Señor a las ovejas de su rebaño. Así llega Jesús y los que son de Jesús, entre los que había hombres y mujeres cercanos (Lc 8,1-3) que, como Él, pastoreaban el rebaño del Señor. Y es que la figura de Pastor, como digo, ha de ser referida a todo bautizado, cada uno en su condición. 

Muchos recordamos, por ejemplo, la incansable actitud de pastor de San Juan Pablo II, quien tenía tiempo para los jóvenes, los adultos, los niños, los enfermos, los presos; en fin, para todos. Y esta es la misma figura que hemos visto en Benedicto XVI, en Francisco y en tantos obispos y sacerdotes tan pastores como nuestros hermanos Nicaragüenses que, en medio del dolor y de la persecución acompañan al pueblo, recordando que el pastor es siempre guía, pero también compañero. Entre los religiosos y los laicos, destacan también innumerables figuras de bautizados que han sabido desarrollar su condición de pastores, pues todos, como afirma hoy San Pablo (Ef 2,13-18), estamos «unidos a Cristo Jesús». Hoy quisiera destacar la figura pastoril de dos mujeres extraordinarias: María Magdalena, «Apóstol de los Apóstoles» y María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, «Misionera mexicana sin fronteras». La Magdalena, como una pastora responsable, fue quien anunció el gozo e la resurrección a los seguidores más cercanos del Señor, aquel primer rebañito; María Inés Teresa, como humilde pastorcita fundó una familia misionera y con ella se presentaba ante nuestro Señor diciéndole: «Aquí estamos, pastora y rebaño para ser enviados» y se lanzó a la conquista de muchas almas. Hoy es la fiesta de María Magdalena y en un día como hoy, pero de 1981, la beata María Inés fue llamada por el Dios Misericordioso a regresar a la Casa Paterna. Ninguna de las dos llegó al cielo con las manos vacías... ¡Llegaron con un rebañito de almas! Sí, almas, ovejitas como las que se nos encomiendan a nosotros en cualquier condición y vocación: Los feligreses, los hijos, los alumnos, los sobrinos, los compañeros de escuela y de trabajo... «¡almas, muchas almas, infinitas almas!» como decía María Inés. ¡Que María Santísima, a quien se le venera como «Divina Pastora de las Almas» —según una imagen venerada en el convento capuchino de Nuestra Señora de los Ángeles de El Pardo, en Madrid y cuya imagen surgió en Sevilla, España, a comienzos del siglo XVIII, y está presente en varios países— interceda para que todos los bautizados experimentemos esa misma compasión de Cristo por tantas almas que vagan por aquí y por allá como ovejas sin pastor! Les deseo un bendecido domingo a todos. 

Padre Alfredo.