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martes, 11 de julio de 2017

«Adoración, fortaleza, amor y gratitud» Hora Santa 32 (para adorar con amor y gratitud pidiendo fortaleza)



Monición inicial:

Dios, que no cabe en el mundo entero, se ha quedado en la Hostia consagrada. Ante este gran sacramento, inclinamos nuestros cuerpos, doblamos nuestras rodillas, cantamos, adoramos... Este Dios inmenso, que en el pesebre se hizo Niño y en la cruz Víctima, en la Hostia Consagrada se hace Pan, sirviendo de antídoto contra los pecados veniales y preventivo de los mortales. Si pudiéramos dudar del amor de Jesucristo a los hombres, no tendríamos que hacer otra cosa que preguntar: —Señor, ¿qué haces aquí, en esta Custodia? Y la respuesta sería: —Estoy aquí por amor.

Canto de entrada:

«A TÍ LEVANTO MIS OJOS»

A ti, levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo; 
a ti levanto mis ojos, porque espero tu misericordia.

1. Como están los ojos de los esclavos, 
fijos en las manos de sus señores, 
así están nuestros ojos en el Señor, 
esperando su misericordia.

2. Como están los ojos de la esclava, 
fijos en las manos de su señora, 
así están nuestros ojos en el Señor 
esperando su misericordia.

3. Misericordia, Señor, Misericordia, 
que estamos saciados de burlas, 
misericordia, Señor, misericordia 
que estamos saciados de desprecios.

4. Nuestra alma está saciada, 
del sarcasmo de los satisfechos, 
nuestra alma está saciada, 
del desprecio de los orgullosos.

Se hace la exposición del Santísimo como de costumbre.

Ministro:  Adoremos y demos gracias en cada instante y momento,
Todos: al Santísimo Sacramento.

Padre Nuestro.
Ave María.
Gloria.

Se hace ahora la siguiente jaculatoria y se repite tres veces:

Ministro: ¡Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo! 
Todos: ¡Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman!

Momentos de silencio para meditar.

Lector 1: ¡Tantos siglos…! Pero el Señor no se ha marchado. El amor le trajo a la Eucaristía y el amor le sostiene. Y si Él late de amor por nosotros, nosotros debemos latir al calor del Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Los amigos tendríamos que tener un corazón con alas para volar a la Eucaristía, amarle y vivir de esta savia. Adoremos, agradezcamos, amemos a Señor en la Eucaristía.

Lector 2: Rindamos nuestro cuerpo y nuestra alma en tributo de adoración por los que no le aman, por los que le odian. «No los dejaré huérfanos», dijo aquel Corazón que sabía, a la hora de entregar su Cuerpo, que se iban a cometer tantos pecados. A pesar de eso, quiso quedarse con nosotros. ¡Gracias!, te agradecemos con nuestro pequeño entendimiento este don. Queremos que nuestro corazón corresponda haciéndose como el tuyo.

Canto para meditar:

«DAME UN NUEVO CORAZÓN»

Dame un nuevo corazón,
que te ame solo a ti, Señor,
que se entregue al amor,
que se consuma en este mismo amor.

Dame un nuevo corazón,
que te busque solo a ti Señor,
que se anegue en tu caridad,
y que a todos quiera dar.

1. Un corazón humilde,
que piense primero en los demás,
que sea generoso, para sin medida dar,
un corazón que sea sencillo,
que no se ufane en lo que tu le das.

2. Que sea puro y casto,
y que a los demás me enseñe a amar,
que solo a ti te busque, atento y dócil para amar
abierto al Espíritu Santo,
que no se canse de alabar.

3. Un corazón dispuesto
hasta el martirio llegar,
y que prefiera la muerte,
antes que volver a pecar.

Momentos de silencio para meditar.

Lector 1: «Resistan firmes en la fe», estén fuertes en la fe. Este es el fallo de la hora presente: el de la fe que, en el mejor de los casos, es una fe floja, superficial, cobarde, una fe a medias a la que le falta fortaleza. Y como es floja, como es cobarde, como no es profunda, como no es de grandes convicciones, de ahí se deriva…todo lo que queramos imaginar.

Lector 2: Una vez que se quitan a la fe esas profundas convicciones, esas profundas raíces, esos profundos porqués en que la última razón de ser es la fe, cualquier circunstancia, cualquier criatura, cualquier sacrificio de ideas, cualquier sacrificio de un capricho… cualquier cosa de estas hace tambalearse y se viene todo abajo. Y esos malos testimonios están haciendo polvo la fe de nuestro pueblo. ¡Pobre pueblo cristiano, le faltan misioneros fuertes y firmes en la fe! 

Lector 1: Pero aún con todo lo que haya de miseria humana, que hay que caer en la cuenta de que nuestra fe es verdadera y por eso adoramos al Señor en la Eucaristía. Así, el cristiano, el católico, el misionero, permanece firme, no se viene abajo ni ante los fracasos ni ante los malos testimonios que puedan surgir a su alrededor, porque, esto es lo que falla: la fortaleza. 

Lector 2: Hoy se tiene una voluntad débil. Se evita todo tipo de esfuerzos. Para muchos solo interesan el placer, la comodidad, los caprichos, la superficialidad y el desorden. Se derrotan fácilmente antes las dificultades por falta de madurez. En algunos cristianos no se da el autodominio y no se asumen las responsabilidades de los actos. Todo eso lleva a un apartamiento progresivo de Dios, aún en las almas consagradas que no buscan fortalecerse.

Lector 1: La fortaleza es la virtud mediante la cual nos vamos haciendo capaces de soportar y vencer los obstáculos que se oponen al bien y a nuestro progreso espiritual. Se trata de hacer de las pequeñas cosas de cada día una suma de esfuerzos, de actos generosos, que pueden llegar a ser algo grande.

Momentos de silencio para meditar.

Monitor: Oremos ahora con el salmo 17 en forma resposorial (puede ser semitonado):

Salmista: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.
Todos: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.

Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza,
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, 
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Todos: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.

Invoco al Señor de mi alabanza 
y quedo libre de mis enemigos.
Todos: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca, 
sea ensalzado mi Dios y Salvador. 
Tú diste gran victoria a tu rey, 
tuviste misericordia de tu Ungido.
Todos: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.

Momentos de silencio para meditar.

Lector 2: Si dirigimos nuestra mirada hacia la Custodia, veremos solo un poco de pan. ¡Los ojos ven un poco de pan!... ¡un poco de pan! Y sin embargo, la fe nos dice que aquí está todo Jesucristo, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Claro que esto no se demuestra con matemáticas. Tenemos que hacer un acto de fe.

Lector 1: El argumento fundamental para creer es éste: 1º: Dios es infalible. 2º: Dios lo ha revelado. 3º: Yo lo creo. Y si fallan los dos primeros, es imposible decir: «Yo creo». Los mártires ¿se hubieran dejado matar si no hubieran estado bien seguros de lo que creían? El apoyo es este: una profundidad de fe con fortaleza, un arraigo firme en la fe. Creer con la fe que hace mártires, como decía San Pablo: «Sé perfectamente de quién me he fiado” (2 Tim 1,12). Con esta fe fuerte, ¡hasta el martirio merece la pena!

Lector 2: La fortaleza llena al alma de fuerza interior, de tal modo que aprendemos a reconocer nuestras posibilidades y la situación real que nos rodea, para resistir y acometer todas las acciones que se presentan en nuestro devenir, haciendo de nuestras vidas algo noble, entero y provechoso que se entrega por Dios y por las almas. Debemos tener mucho cuidado en no quedarnos con una fe infantil, sin desarrollar. ¡No! Si tomamos nuestra vida en serio y estamos firmes en la fe, la gracia no nos faltará.

Lector 1: Es necesario desarrollar  la virtud de la fortaleza. Cuando parece que se acumulan dificultades, los cobardes huyen y dejan el campo abandonado; los valientes, en cambio, se crecen en las luchas, resisten. Precisamente cuando surgen contrariedades intrínsecas o extrínsecas, y estamos azotados por vientos, hielos, nieves... que nos impiden caminar o detienen la marcha, entonces ¡sí que hace falta! para que no pasen sobre nosotros como una apisonadora que nos aplasta, sino que, con energía de carácter, con fortaleza, las superemos teniendo a Jesús Eucaristía como centro de nuestras vidas.

Lector 2: Señor, en nuestro diario vivir, cuando vemos esas dificultades grandes, debemos estar seguros de que detrás de todo estás tú, Jesús Eucaristía, ayudándonos a vencerlas. En esta Hora Santa queremos renovar el esfuerzo para ser fuertes y convencernos más y más de que la victoria se conseguirá con la gracia que viene de ti.

Lector 1: Si se desarrolla en nosotros don de la fortaleza del Espíritu Santo, ante graves conflictos del tipo que sean, como por instinto, haremos cosas difíciles con valentía y serenidad. Éste es el que llevó a los mártires, sobre todo a ciertos mártires, con serenidad al martirio; San Lorenzo, por ejemplo, o San Maximiliano Kolbe, san Jesús Méndez Montoya y tantos otros. Esto lo hace el don de fortaleza... ¡Danos, Señor, el don de fortaleza! Las grandes obras cristianas que han emprendido los grandes santos han necesitado, no sólo de la virtud de la fortaleza, sino del don de fortaleza.

Canto para meditar:

«EL SEÑOR ES MI FUERZA, MI ROCA Y SALVACIÓN»

El Señor es mi fuerza, mi roca y salvación;
el Señor es mi fuerza, mi roca y salvación.

1. Tú me guías por sendas de justicia, me enseñas la verdad.
Tú me das el valor para la lucha, sin miedo avanzaré.

2. Iluminas las sombras de mi vida, al mundo das la luz.
Aunque pase por valles de tinieblas, yo nunca temeré.

3. Yo confío el destino de mi vida al Dios de mi salud.
A los pobres enseñas el camino, su escudo eres Tú.

4. El Señor es la fuerza de su pueblo, su gran libertador.
Tú le haces vivir en confianza, seguro en tu poder.

Momentos de silencio para meditar.

Monitor: Oremos ahora a Jesús Eucaristía con estas letanías para fortalecernos en Él. Digamos después de cada súplica: «Quédate, Señor, conmigo».

Te necesito ver presente para no olvidarte, pues ya sabes con cuanta frecuencia te abandono.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Porque soy muy débil y necesito de tus alientos y de tu fortaleza para no caer tantas veces.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Porque Tú eres mi vida y sin Ti con frecuencia decaigo en el fervor.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Porque Tú eres mi luz y sin Ti estoy en tinieblas.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Para que oiga tu voz y la siga.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Para demostrarme todas tus voluntades.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Porque deseo amarte mucho y vivir siempre en tu compañía.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Porque todo mi ser te está consagrado a ti por el bautismo y Tú me perteneces.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Para que hagas de mi corazón una celda de amor de la cual nunca te alejes.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Para que te sea fiel en lo próspero y en lo adverso; en la salud y en la enfermedad.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Para que mi alma que es muy pobre, sea para Ti un lugar de consuelo, un huerto cerrado, un nido de amor.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Para que hagas que tu amor me inflame tanto que me consuman sus amorosas llamas.
Todos: «Quédate, Señor, conmigo».

Lector 1: Quédate, Señor, conmigo, porque se pasa la vida, se acerca la cuenta, la eternidad, y es preciso que redoble mis días, mis esfuerzos, que no me detenga en el camino y por eso te necesito. Se hace tarde y se viene la noche, me amenazan las tinieblas, las obscuridades, las tentaciones, las sequedades, penas, cruces, etc., y Tú me eres preciso, Jesús mío, para alentarme en esta noche de destierro, ¡Cuánta necesidad tengo de Ti!

Lector 2: Quédate, Señor, conmigo, porque en la noche de la vida y de los peligros, deseo ver tu claridad, muéstrateme y haz que te conozca como tus discípulos en el partir del pan, es decir, que la unión Eucarística sea la luz que aclare mis tinieblas, la fuerza que me sostenga y la única dicha que embriague mi corazón.

Lector 1: Quédate, Señor, conmigo, porque cuando llegue la muerte, quiero estar junto a Ti y si no realmente por medio de la Sagrada Comunión, al menos quiero tener mi alma unida a Ti por la gracia y por un abrasado amor. No te pido sentir tu adorable presencia y tus regalos divinos que no los merezco, pero tu residencia en mi por la gracia ¡oh, sí que te la pido!

Lector 2: Quédate, Señor, conmigo, pues a Ti sólo te busco, tu amor, tu intimidad, tu Corazón, tu espíritu y tu gracia. Te busco por Ti mismo porque te amo; y no te pido más recompensa que amarte con solidez, prácticamente, amarte únicamente, amarte cuanto puedo, amarte con todo mi corazón en la tierra para seguir amándote con perfección por toda la eternidad y dame el regalo de que tu Madre me acompañe para alentarme a ser fuerte y firme en la fe como ella. Amén


Canto para recibir la bendición con el Santísimo Sacramento:

«MI JESÚS SACRAMENTADO»

Mi Jesús sacramentado,
yo te adoro y te bendigo,
porque oculto en el sagrario,
has querido estar conmigo (2).

Jesús Hostia inmaculada,
inmolada por bien mío,
que mi alma sea tu morada,
amantísimo Dios mío (2).

Tú eres mi Jesús amado,
el esposo prometido,
de las almas el deseado,
eres mi Jesús querido (2).

Eres tú la flor del campo,
lirio hermoso de los valles,
y de mi alma dulce encanto,
mi Jesús Tú bien lo sabes (2).

Mientras tanto, arrodillado, el ministro inciensa el Santísimo Sacramento.

Ministro: Les diste pan del cielo. (T.P. Aleluya). 
Todos: Que contiene en sí todo deleite. (T.P. Aleluya).

Ministro: Oremos. Oh Dios, que en este admirable sacramento nos dejaste el memorial de tú Pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Todos: Amén.

Bendición Eucarística.

El sacerdote o el diácono toma el paño de hombros, hace genuflexión, toma la custodia y sin decir nada, traza con el Sacramento la señal de la cruz sobre el pueblo. 

Alabanzas de desagravio:

Bendito sea Dios.
Bendito sea su santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendita sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito.
Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción. 
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el nombre de María Virgen y Madre. 
Bendito sea San José, su castísimo esposo. 
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.

 Canto Final:

«CAMINARÉ»

Caminaré en presencia del Señor, 
Caminaré en presencia del Señor... 

1. Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante, 
Porque inclina su oído hacia mí, 
El día que lo invoco.

2. Me envolvían en redes de la muerte, 
Caí en tristeza y en angustia, 
Invoque el Nombre del Señor: 
¡Señor, Salva Mi Vida! 


Dos lecturas del Evangelio que se pueden intercalar en los momentos de oración: Lc. 4,1-13: «La fortaleza del Señor ante las tentaciones del demonio en el desierto». Jn. 16,33: «En el mundo tendrán tribulaciones, pero ánimo! Yo he vencido al mundo». 


P. Alfredo Delgado, M.C.I.U.

«Yo te amo, Señor, mi fortaleza»... Un canto para meditar con el salmo 18

martes, 3 de marzo de 2015

«QUE NO TAMBALEE NUESTRA FE»... Hora Santa 22 Adoración para levantar el ánimo y seguir

Monitor: “Quédate con nosotros, Señor, porque se  hace tarde y el día ya se acaba” (Lc 24,29). Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Señor Jesús, que, sin darse ellos cuenta, había caminado a su lado a lo largo del trayecto desde que se les había unido. Abrumados por pensamientos tristes, aquel par de discípulos no se imaginaba que aquel caminante desconocido fuera precisamente su Maestro.

Monitor: Nos presentamos ahora ante Jesús Eucaristía sabiendo que nos llama a ser sus discípulos-misioneros y nos invita a levantar el ánimo decaído de tanta gente que camina junto a Él y no lo logra reconocer porque viven sumergidos en la tristeza o la desesperación. Nos ponemos de rodillas para recibir a Jesús Eucaristía.

CANTO PARA RECIBIR A JESÚS SACRAMENTADO:

"QUÉDATE JUNTO A NOSOTROS"

Quédate junto a nosotros

que la tarde está cayendo,
pues sin ti a nuestro lado
nada hay justo, nada hay bueno.

Avanzamos solos por nuestro camino
cuando vimos a la vera un peregrino
nuestros ojos ciegos de tanto penar
se llenaron de vida, se llenaron de paz.

Quédate junto a nosotros…

Buen amigo quédate a nuestro lado,
pues el día ya sin luces se ha quedado
con nosotros quédate para cenar
y comparte mi mesa y comparte mi pan.

Quédate junto a nosotros…

Tus palabras fueron la luz de mi espera
y nos diste una fe más verdadera
al sentarnos junto a ti para cenar
conocimos quién eras, al partirnos el pan.

Quédate junto a nosotros…

Ministro: Adoremos y demos gracias en cada momento
Todos: Al Santísimo Sacramento.

Padre Nuestro.
Ave María.
Gloria. (Se repite todo esto tres veces, según la tradición).

Lector 1: Los dos discípulos de Emaús experimentaron que sus corazones «ardían» (Lc 24, 32) mientras escuchaban con atención la explicación de las Escrituras. La luz de la Palabra animaba la tristeza de su corazón y «se les abrieron los ojos» (Lc 24,31). Entre la opacidad del crepúsculo y el ánimo sombrío que les abrumaba, aquel Caminante fue un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz.

Lector 2: «Quédate con nosotros», suplicaron, y el Caminante aceptó. Poco después tu rostro Jesús amado, desaparecía de su vista, pero te quedaste veladamente en este “pan partido”, ante el cual se les habían abierto sus ojos reconociéndote. Tú, Jesús Eucaristía, eres ese mismo Caminante que vas a nuestro lado.

Momentos de silencio para orar.

(En seguida a manera de salmo responsorial se tiene un momento de oración con el Salmo 138).

Monitor: Oremos ahora ante Jesús Eucaristía, el Dios que nos acompaña día y noche diciendo después de cada estrofa: Tú me sondeas y me conoces, caminas siempre junto a mí.

Lector 1: Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares.

Todos: Tú me sondeas y me conoces, caminas siempre junto a mí.

Lector 2: No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda. Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma. Tanto saber me sobrepasa, es sublime, y no lo abarco.

Todos: Tú me sondeas y me conoces, caminas siempre junto a mí.

Lector 1: ¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro.

Todos: Tú me sondeas y me conoces, caminas siempre junto a mí.

Lector 2: Si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha.

Todos: Tú me sondeas y me conoces, caminas siempre junto a mí.

Lector 1: Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra, que la luz se haga noche en torno a mí», ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día.

Todos: Tú me sondeas y me conoces, caminas siempre junto a mí.

Lector 2: Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras; conocías hasta el fondo de mi alma, no desconocías mis huesos.

Todos: Tú me sondeas y me conoces, caminas siempre junto a mí.

Lector 1: Cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra, tus ojos veían mis acciones, se escribían todas en tu libro; calculados estaban mis días antes que llegase el primero.

Todos: Tú me sondeas y me conoces, caminas siempre junto a mí.

Lector 2: ¡Qué incomparables encuentro tus designios, Dios mío, qué inmenso es su conjunto! Si me pongo a contarlos, son más que arena; si los doy por terminados, aún me quedas tú.

Lector 1: Dios mío, ¡si matases al malvado, si se apartasen de mí los asesinos que hablan de ti pérfidamente, y se rebelan en vano contra ti!

Todos: Tú me sondeas y me conoces, caminas siempre junto a mí.

Lector 2: ¿No aborreceré a los que te aborrecen, no me repugnarán los que se te rebelan? Los hago a un lado con fuerza implacable, los tengo por enemigos.

Todos: Tú me sondeas y me conoces, caminas siempre junto a mí.

Lector 1: Señor, sondéame y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino eterno.

Todos: Tú me sondeas y me conoces, caminas siempre junto a mí.

CANTO DE MEDITACIÓN:

"TÚ ME SONDEAS"

Tú me sondeas y me conoces,
tu me hablas a mi, Señor.
Tú me sondeas y me conoces.
tú me hablas a mi, Señor.

A dónde iré yo sin tu espíritu
¿dónde huir de tú rostro, Yahvé?.

Tú me sondeas y me conoces...

Tú me proteges y me defiendes
y mi. alma está viva por ti.

Tú me sondeas y me conoces...

Tú me creaste para alabarte;
te doy gracias por siempre Señor.

Tú me sondeas y me conoces...

Momentos de silencio para orar.

Monitor: Señor, creemos en ti. Creemos que por amor te has quedado en la Eucaristía para darnos el Pan que nos da la vida. Confiamos en tu planes divinos y te pedimos en estos momentos de oración una fe que nos haga ver mucho más allá de las preocupaciones y de las tristezas de cada día para poder caminar siempre junto a Ti.

Lector 1: «Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Hijo de Dios" (Jn. 6,69). Tu presencia en la Eucaristía es para nosotros donación de todo lo que eres. Estando contigo, "Camino, Verdad y Vida", queremos penetrar en el aparente «silencio» y «ausencia» de tu presencia, que muchas veces se experimenta, rasgando la nube del Tabor para escuchar la voz del Padre que nos dice: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo puestas mis complacencias: Escúchenlo» (Mt. 17,5).

Lector 2: Aumenta Señor nuestra fe, para que sepamos iluminar nuestra vida, así como los diversos sectores de la vida familiar y social a nuestro entorno.

Lector 1: Aumenta Señor nuestra esperanza, para saber descubrir siempre que tú vives «siempre intercediendo por nosotros» (Heb. 7,25).

Lector 2: Aumenta Señor nuestro amor para amar como tú lo haces, aún en los momentos más oscuros que podamos atravesar. Ayúdanos a amarte hasta decir como san Pablo: «Para mí la vida es Cristo» (Flp. 1,21).

Monitor: Nuestra vida no tiene sentido sin Ti. Queremos aprender a "estar con quien sabemos nos ama", porque "con tan buen amigo presente todo se puede sufrir". En ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque en la oración "el amor es el que habla" (Sta. Teresa). Habla Señor ahora en el silencio de nuestro corazón y hazlo arder como el corazón de los dos de Emaús.

Momentos de silencio para orar.

CANTO DE MEDITACIÓN:

"CAMINARÉ EN PRESENCIA DEL SEÑOR"

Caminaré en presencia del Señor, 
Caminaré en presencia del Señor... 

Amo al señor porque escucha mi voz suplicante, 
porque inclina su oído hacia mí el día en que lo invoco. 

Caminaré en presencia del Señor...

Me envolvían redes de muerte, caí en tristeza y en angustia, 
invoqué el nombre del Señor, ¡Señor, salva mi vida! 

Caminaré en presencia del Señor...

El señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo, 
el Señor guarda a los sencillos, estando yo sin fuerza me salvó. 

Caminaré en presencia del Señor...

Alma mía, recobra tú calma que el señor fue bueno contigo, 
arrancó ni alma de la muerte, mis ojos de las lagrimas, mis pies de la caída.

Caminaré en presencia del Señor...

Monitor:  Señor Jesús, te adoramos con una actitud sencilla de presencia, de silencio y de espera. Tú superas la pobreza de nuestros pensamientos, sentimientos y palabras. En nuestras noches físicas y morales, si Tú estás presente, eso nos basta, aunque muchas veces no sintamos la consolación de tu presencia. Ayúdanos siempre para que, sobre todo en esos momentos de dolor, de soledad, de sensación de fracaso, no lleguemos a desfallecer. A cada súplica responderemos: "Que no tambalee nuestra fe".

Lector 1: Aunque miremos el sol oscurecerse... que no tambalee nuestra fe.
Lector 2: Aunque miremos la luna teñirse de sangre... que no tambalee nuestra fe.
Lector 1: Aunque miremos opacarse las estrellas, que no tambalee nuestra fe.
Lector 2: Aunque miremos las aguas levantarse sobre las tierras, que no tambalee nuestra fe.
Lector 1: Aunque veamos que aparezca una nueva geografía, que no tambalee nuestra fe.
Lector 2: Aunque miremos venir la peste con enfermedades desconocidas, que no tambalee nuestra fe.
Lector 1: Aunque vivamos en medio de la guerra, que no tambalee nuestra fe.
Lector 2: Aunque sintamos hambre en carne propia, que no tambalee nuestra fe.
Lector 1: Aunque seamos perseguidos por el enemigo de la Iglesia, que no tambalee nuestra fe.
Lector 2: Aunque seamos víctimas de aquellos que van a apostatar, que no tambalee nuestra fe.
Lector 1: Aunque miremos los cerros abrirse, que no tambalee nuestra fe.
Lector 2: Aunque las montañas y la cordillera se estremezcan y caigan y prevalezcan las llanuras, que no tambalee nuestra fe.
Lector 1: Aunque miremos estremecerse la Iglesia, que no tambalee nuestra fe.
Lector 2: Aunque veamos que no hay ningún pueblo sin dolor y sin llanto, que no tambalee nuestra fe.
Lector 1: Aunque veamos un fuego venir sobre la tierra, que no tambalee nuestra fe.
Lectores 1 y 2: Que no tambalee nuestra fe, que no tambalee nuestra fe, que no tambalee nuestra fe.

Momentos de silencio para orar.


BENDICIÓN CON EL SANTÍSIMO SACRAMENTO:

Canto antes de la bendición:


"QUE BELLO ES"

Que bello es
saber que tú estás

siempre tan cerca de mi,
y estás aqui presente en el altar,
llamándome a ir a ti,
para beber el vino de tu amor,
beber tu sangre Señor,
y darme de tu divino manjar, tu cuerpo vivo en el pan,
Oh Jesús.

Que bello es
saber que estás aqui,
que vives dentro de mi,
tu corazón el mío cambiará,
para vivir la caridad, que es entregar la vida por amor como lo hiciste
tú Señor, este es el fruto
de la comunión, el fruto
de nuestra unión,
Oh Jesús.

Ministro: Nos diste, Señor, el Pan del cielo,
Todos: Que en sí contiene todas las delicias.

Ministro: Señor nuestro Jesucristo, que en este admirable Sacramento nos dejaste el memorial de tu pasión concédenos, venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente los frutos de tu Redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén

(Si está presente un sacerdote o diácono, se dará la bendición del forma acostumbrada, de otra manera, se hace la reserva).

Bendito sea Dios
Bendito sea su santo Nombre
Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre
Bendito sea el nombre de Jesús
Bendito sea su sacratísimo Corazón
Bendita sea su preciosísima Sangre
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar
Bendito sea el Espíritu Santo Consolador
Bendita sea la excelsa Madre de Dios: María santísima
Bendita sea su santa e inmaculada concepción
Bendita sea su gloriosa asunción
Bendito sea el dulce nombre de María, Virgen y Madre
Bendito sea San José, su castísimo esposo
Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos. Amén

miércoles, 15 de junio de 2011

El don de Fortaleza en Madre Inés...

La fortaleza es la virtud que nos asegura contra el temor de las dificultades, de los peligros y de los trabajos que se presentan en la ejecución, de nuestras empresas.

Todo esto lo hace admirablemente el don de Fortaleza; pues es una disposición habitual que el Espíritu Santo pone, en el alma y en el cuerpo para hacer y sufrir cosas extraordinarias, para acometer las obras más difíciles, para exponerse a los más espantosos peligros y para soportar los trabajos más rudos y las penas más amargas. Y todo ello constantemente y de una manera heroica.

Este don es muy necesario en determinadas ocasiones: cuando se es combatido por grandes tentaciones, para resistir a las cuales es preciso estar dispuesto a perder las bienes, el honor o la vida. Entonces el Espíritu Santo asiste poderosamente al alma fiel con el don de, consejo y de fortaleza; porque no fiándose de ella misma y convencida de su debilidad y de su nada, implora su socorro y pone en El toda su confianza. No bastan en estas ocasiones las gracias comunes; hacen falta luces y fuerzas extraordinarias; por eso une el Profeta el don de consejo y el de fortaleza: el uno ilumina el espíritu y el otro fortalece el corazón.

Tenemos mucha necesidad de este don por la dificultad de ciertos espacios en que la obediencia puede colocarnos. Hay que convencerse de que por un solo acto de generosidad cristiana, merece uno mucho más delante de Dios que por todo el resto de su vida aunque sea muy larga. Lo mismo que si una persona, al ingresar a la vida religiosa o a un seminario, diera de un golpe todos sus bienes a los pobres, merece tanto como si, permaneciendo en el mundo, hiciera varias limosnas en diversos tiempos. ¿Y qué sabemos nosotros el tiempo que viviremos después y el estado en que estaremos para morir? ¿Qué seria ahora de Orígenes y Tertuliano si antes de su caída, permaneciendo fieles a Jesucristo hubiesen tenido la ocasión de morir por Él?

Según la promesa de Jesús, el Espíritu Santo es un Espíritu que fortalece. En la Venerable María Inés Teresa Arias se encuentran las que son, por así decir, las dos formas clásicas del don de fortaleza: El espíritu de conquista al servicio del Reino de Dios y el espíritu de sacrificio hasta la muerte.

El espíritu de conquista resplandece en ella como apóstol, no sólo en el plano externo, sino partiendo desde las dimensiones internas del amor a Dios. “Quisiera hacer a mi Dios una ofrenda de todas las naciones y para su conquista no tengo más que mi miseria puesta al servicio de su misericordia, pero se la doy de corazón, con la convicción de que Él es poderoso para obrar maravillas”  (María-Inés-Teresa Arias, “Notas Íntimas”, p. 96.) –decía en su oración–.

Parece que Santa Teresita la contagió del celo por las almas y de la valentía espiritual que se apoya en la fuerza de Dios. Santa Teresita decía: “Una sola misión no me bastaría: quería, al mismo tiempo, anunciar el Evangelio por las cinco partes del mundo y hasta en las islas más remotas...” y la Venerable Sierva de Dios, como decimos, se contagió. “El martirio -decía Santa Teresita-: he aquí el sueño de mi juventud...” y la Venerable quería ser mártir como ella e hizo voto de vivir como “Víctima de Holocausto de amor”. “Me he ofrecido víctima a tu amor. Que sea una verdadera víctima, dulce y afable, que te encante y te deleite. Que ya para mi próxima profesión Perpetua quiero ser una verdadera esposa fiel, viviendo vida oculta en mi corazón Contigo y en la Cruz; bien se Dios mío, que no bastan mis propósitos por sinceros y fuertes que sean, si tu gracia no los fecundiza y para que ésta no me falte, que mi oración sea sin interrupción”. (María-Inés-Teresa Arias, “Ejercicios Espirituales”, 1933.)

El espíritu de fortaleza se manifestó en la vida de Madre Inés en el espíritu de sacrificio llevado hasta el heroísmo, aún y sobre todo, en los sacrificios ocultos que pasaban inadvertidos a los ojos de los demás. Por eso amaba la vida de Nazareth.

Su fidelidad en las cosas más pequeñas y aparentemente más insignificantes, no se explica sino por presencia de la misma Fuerza de Dios. Cumplía perfectamente todos los deberes cotidianos y había hecho voto de perfección.

La Cruz marcó su vida de muchas formas y ella fue siempre fiel. Vivió los votos religiosos en todo su esplendor y dinamismo, con una fidelidad impresionante. “Tenemos un esposo de Cruz” solía decir. Sufrió la persecución de muchas formas y se manifestó siempre serena y llena de Dios. En ella, con una extraordinaria sencillez de vida, se desarrollaron en pleno todas las virtudes con la fuerza del Espíritu. “Mi vida -decía- debe ser un espejo en el que se reproduzcan las virtudes de Nuestro Señor”  (María-Inés-Teresa Arias, “Ejercicios Espirituales”, 1933).

Alfredo Delgado, M.C.I.U.