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lunes, 6 de mayo de 2019

«Monterrey: allá voy»... Un pequeño pensamiento para hoy


Nos demos cuenta o no, nuestra vida se halla por completo en las manos de Dios y, en su infinita misericordia, en su soberanía, va marcando el camino que hemos de seguir. Esta mañana leo el salmo 118 [119] con una clave muy especial, la clave de la alegría que el salmista pone en cumplir la voluntad de Dios con gusto. El autor de este salmo le pide al Señor nueva luz para meditar sus maravillas y le pide la gracia necesaria para cumplir su voluntad. Hoy, escribiendo esta reflexión desde mi lugarcito aquí en la parroquia de Fátima en donde he pasado los dos últimos dos años y medio de mi vida, garabateo pidiendo esto mismo para mí, puesto que este es el último día que escribo desde mi selva de cemento antes de estar, Dios mediante, en este mismo día, en unas horas más, en mi nuevo destino desde donde seguiré compartiendo mi granito de arena en la reflexión de cada día con mi «pequeño pensamiento». A partir de mañana escribiré mi reflexión desde mi nuevo hogar en este ir y venir de la vida misionera. Hoy se cierra una etapa de mi caminar en esta hermosa vocación y se abre una nueva. El martes pasado, al despedirme de la Morenita en el Tepeyac, le di gracias por permitirme estar junto a ella cada martes dispensando el perdón, la misericordia y la esperanza para muchas vidas sabiendo de vez en vez, no tan seguido como hora, la seguiré —si Dios no dispone otra cosa— viniendo a ver y a confesar en ese bendito lugar que me ha dejado las puertas abiertas. 

«He escogido el camino de la lealtad a tu voluntad y a tus mandamientos» escribe el salmista y sabemos todos que lealtad significa «fidelidad» y también «verdad». El camino de la lealtad es el camino de la verdad, es el de la fidelidad. Lo «he escogido», testifica el autor del salmo. He hecho, como quien dice, una deliberada elección de esta forma por encima de otras. Esto significa «elegir, escoger, desear, preferir, es decir, hacer una selección entre dos o más opciones que la vida nos presenta. Por eso siento muy acertado para mí el día de hoy este salmo en algunos de sus versos, pues encaja perfectamente con lo que estoy viviendo en estos momentos cumpliendo la voluntad del Padre: «Dichoso el que camina con vida intachable; tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros. Te expliqué mi camino y me escuchaste; enséñame tus leyes; instrúyeme en el camino de tus decretos, y meditaré tus maravillas. Apártame del camino falso, y dame la gracia de tu voluntad; escogí el camino verdadero, deseé tus mandamientos» dice otra traducción que tengo a la mano. Junto al salmo, leo el Evangelio de hoy (Jn 6,22-29) y descubro que buscar a Jesús y seguir la voluntad de su Padre como él lo hizo, es buscar la felicidad, la lealtad, la seguridad, la vida y la verdad que,. Volteo a mi alrededor y veo a muchos como la gente de Cafarnaúm, van por la vida bastante desconcertados, buscando y no encontrando respuesta al sentido de su vida y agradezco que, en mi vocación de misionero, le encuentro sentido al cambio y a la certeza de saber que, en todas partes de esta tierra, incluida esta selva de cemento, vamos de paso. 

Vivir la vocación de misionero, implica siempre un venturoso esfuerzo, audacia, obediencia, riesgo, aventura... eso y mucho más en un volver a empezar. No cabe duda. Vivir la gracia de ser misionero es creer en algo más allá de nuestros sentidos como algo venido de Dios, como algo admirable, delicioso, fascinante, aunque sorprendente y arriesgado sin instalarse. Es como tener luz en medio de la niebla. Ahí está el valor de dar para volver a dar y de dejar para volver a empezar. «Creer en Cristo, el enviado del Padre» y creerle a Cristo con un corazón misionero, es un trabajo que implica darlo todo con fe. Sin ese don de la fe, sería imposible ser misionero. Hoy le abro mi corazón nuevamente a Dios y a su voluntad y muy contento y agradecido, después de haberme despedido ayer de esta querida comunidad, emprendo el vuelo a mi nuevo destino: «Monterrey», la cuna de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, la cuna de mi vida y de mi vocación para arrancar allá con nuevas encomiendas que iré compartiendo. Hoy me encomiendo de una manera muy especial a sus oraciones. A los misioneros los cambios tarde o temprano nos llegan y nos sentimos felices de lo vivido y ya desde ahora a lo que vendrá. Sostenido en la gracia de Dios, queriendo cumplir su voluntad y acompañado por las oraciones de todos ustedes, estoy listo y preparado para los retos que se presenten, una nueva etapa en mi vida empezará y buscaré dar lo mejor de mi. ¡Bendecido lunes, inicio de semana laboral y académica para muchos y de una nueva etapa para mí! 

Padre Alfredo.

sábado, 16 de junio de 2018

«Un "sí" determinante para seguir al Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy

Elías, el profeta defensor del monoteísmo, ha sufrido una dura persecución por la que llega, incluso, a desearse la muerte; pero el Señor no le abandona, incluso le conforta dándole una comida y una bebida milagrosa para que continúe su ruta hasta la montaña de Dios tras un peregrinaje de cuarenta días y cuarenta noches y, tras el encuentro con él, el Señor le ordena volver a su pueblo para continuar la lucha y la historia pueda seguir su curso. Por eso debe ungir a dos reyes (que no alcanzará a realizar esto) y a un sucesor en su oficio: Eliseo (que será quien unja a los reyes). Este es el contexto de la reflexión de hoy, cuando el libro primero de los Reyes (1 Re 19,19-21) nos habla de la vocación de Eliseo acreditándolo como sucesor de Elías. La llamada divina es muy diversa, pero no por eso menos auténtica. La de Elías se asemeja mucho a la de Moisés: los dos se encuentran con el Señor en el monte Horeb, aunque el uno entre rayos y truenos y el otro, como meditábamos ayer, en medio de «un silencio sutil». Los dos dejan un sucesor como continuador de su misión: Moisés a Josué, que recibe el bastón de mando, y Elías a Eliseo, sobre quien se echa un manto como signo de investidura e invocación (1 Re 19,19). 

La llamada de Eliseo parece muy ordinaria, no está envuelta en teofanía alguna, sino que es mucho más prosaica, tal vez como la llamada vocacional de muchos de nosotros y de tantos personajes bíblicos, sin que un ángel se haya aparecido o haya habido grandes manifestaciones de Dios, como el caso de David, Amós, Gedeón, Samuel, Saúl, Simón, Andrés y muchos otros a quienes el Señor llamó mientras guardaban las ovejas o realizaban otras tareas cotidianas. Cuando llega el momento oportuno en que Eliseo se de cuenta que ha sido llamado para una tarea especial, Elías no le unge, sino que le echa encima su manto milagroso (1 Re 19,19; cfr. Zac 13,4). El manto une a maestro y discípulo en la labor ininterrumpida de la misión profética. La llamada implica un cambio munífico de vida, por eso Eliseo antes de irse sacrifica los bueyes con los que araba, con los que obtenía sus ingresos de vida y en una respuesta alegre al llamado divino celebra un banquete despidiéndose de sus padres. Eliseo sigue al Señor con la misma seguridad que luego Cristo nos pedirá (Mt 5,33- 37): «Digan simplemente sí, cuando es sí». Eliseo, con decisión, mató los bueyes, quemó los aparejos y comió con alegría en medio de los suyos. El discípulo–misionero de Jesús deberá —con un sí determinante—renunciar a toda seguridad: cargos, poderes, insignias, influencias, autocomplacencia... Esa es la exigencia de la llamada. 

Eliseo es, pues, un hombre común y corriente que está en su labor. De la misma manera el Señor viene también a nosotros a «llamarnos» en el centro mismo de nuestro trabajo cotidiano. Eliseo sabe que Dios lo ha llamado por la acción de otro hombre en el que se manifiesta la acción de Dios. Por la llamada de un hombre, también en nuestros días, se deja oír la voz de Dios: un sacerdote, un amigo, una religiosa, un padre o una madre de familia, un hermano o un amigo... Entonces Eliseo se fue tras de Elías y entró a su servicio. Imagen viva y penetrante: el labriego que quema su instrumento de trabajo para no volver atrás. Es el mismo gesto que Jesús pidió a aquellos pescadores de la orilla del lago, quienes dejaron sus redes y sus barcas y le siguieron con arrojo e intrepidez para estar con él y ser enviados a predicar (Mc 3,13-14). Esto es lo que ocurre en la vocación sacerdotal y religiosa y, guardadas todas las proporciones, en la vocación a la vida cristiana —ya sea en la vida matrimonial o de soltería—: seguir a Dios implica un «sí» categórico. La decisión de ir tras el Señor no se hace sin ciertas rupturas, sin ciertas renuncias, sin un «sí» que hipoteca la vida... «quien quiera venir en pos de mí, que tome su cruz y que me siga» (Mt 16,24). Seguir al Señor implica un don total. Una entrega como la de María, a quien hoy sábado recordamos: «He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Ella dice «sí» a la voluntad de Dios, una voluntad aparentemente demasiado grande para un ser humano. Ella dice «sí» y entra dentro de esta voluntad divina. Con un gran «sí», decidido y determinante, inserta toda su existencia en la voluntad de Dios, y así abre la puerta del mundo a Dios. María nos invita a decir también nosotros este «sí», y nos dice: «¡Sé valiente!, di también tu «sí», y así, con María, también nosotros este sábado y siempre, atrevámonos a abrir a Dios la puerta de nuestra vida, las puertas de este mundo, diciendo «sí», conscientes de que nuestra respuesta nos guía a la verdadera felicidad. ¡Bendecido sábado a ti que lees esto y a todos! 

Padre Alfredo.

martes, 24 de abril de 2018

«Y recibieron el nombre de cristianos»... Un pequeño pensamiento para hoy


La dispersión causada por la muerte de Esteban hizo que algunos de los creyentes llegaran a Antioquía, en aquel entonces la tercera ciudad más importante del imperio, después de Roma y Alejandría. Con medio millón de habitantes, aquella era una ciudad cosmopolita conocida como «La reina de Oriente» o «La dorada Antioquía». Al expandirse el cristianismo, esta próspera ciudad fue una de las sedes de los cinco patriarcados originales, en los que figuraban también Roma, Constantinopla, Alejandría y Jerusalén. Allí suceden dos hechos memorables: La iglesia comienza a anunciar al Señor Jesús «también a los griegos» (Hch 11,20) y los creyentes comienzan a ser llamados por primera vez «cristianos» (Hch 11,26). En Antioquía surge un tipo de comunidad muy diferente a la inicial de Jerusalén. Como se puede ver en la primera lectura de hoy (Hch 11,19-26) los cristianos se lanzan a anunciar a Jesús a «los otros», tendiendo puentes en medio de la diversidad usando de una gran intensidad ascética y litúrgica, así como de una caridad y fantasía que permeaba el corazón de quienes se adherían a la fe con un espíritu de comunión y de oración. 

La comunidad creyente, Jesús y el Padre, vienen a ser una misma familia desde que él predicaba en el Templo de Salomón (Jn 10,22-30) hasta nuestros días. Los que son de Jesús lo escuchan comprometiéndose con él y como él a entregarse sin reservas a dar vida. El don de Jesús es el Espíritu y con él la vida que supera la muerte; estarán al seguro, pues Jesús es el pastor que defiende a los suyos hasta dar la vida (Jn ,11). El reino espiritual que el Buen Pastor revelaba en sus palabras requería una grande confianza en Dios desde que él mismo predicaba. El párrafo que hoy toma el evangelio nos muestra que en algunas ocasiones había gente —en especial judíos fundamentalistas, escribas y fariseos— que quedaban sorprendidos por los gestos y signos de Jesús, pues llegaban a cuestionarse si Él sería el Mesías, y le preguntaban: ¿por qué nos tienes en vilo y no nos hablas claramente diciéndonos quién eres? Si tú eres el Mesías, dínoslo (Jn 10,24). Un cuestionamiento que parece estar en paralelo con el de los discípulos de Juan que le preguntaban también: ¿Eres tú el Mesías o debemos esperar a otro? (Cf. Mt 11,3; Lc 7,19). La respuesta fue distinta en cada caso, por la diversa actitud de los interlocutores. A los discípulos de Juan les dijo: vengan y juzguen; a los judíos sospechosos y titubeantes les dijo: es inútil complacerlos, porque no están dispuestos a creer. Así, aprendemos la doble lección para el día de hoy: Cristo vino para todos y cuenta con todos; pero es necesario estar abiertos a su gracia para creer en él. 

Tanto el Evangelio como el libro de los Hechos, nos hacen recordar que el Señor no es un personaje que lucha para que progresemos en nuestro estado de «bienestar» Los judíos eran adinerados en general y los de Antioquía también. Cristo nos conoce, y espera por nuestra parte que demos testimonio de Él. Y la prueba la encontramos, cada día, en medio de lo que calificamos: insignificante, aburrido, monótono o cansino, aunque tengamos lo necesario para alcanzar «bienestar». Es bueno que resuene en nuestra memoria, una y otra vez, que la recompensa que esperamos de Dios no es un aumento de sueldo, ni una gratificación extraordinaria, ni una casa más grande, ni un carro del año o un viaje a un paraíso vacacional. Jesús «sólo» nos promete, si le escuchamos y le seguimos, la vida eterna: «Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano» (Jn 10,27-28). Si acudimos a la Virgen, con la confianza de un niño, seguro que al pedirle «bienestar», ella nos centraría y nos daría una sonrisa y una caricia recordándonos que su Hijo Jesús cargó con la Cruz, con esa cruz que ella sostuvo en su corazón. ¿Hay algo más entrañable en la señal del cristiano? ¿Por qué nos vamos a quedar enredados en un mundo material? Que Dios nos conceda, en estos días pascuales, por intercesión de su Madre santísima, la gracia de saber abrir los oídos de nuestro corazón para que aumente en nosotros la alegría de ser reconocidos como «cristianos» dejándonos guiar por Cristo como aquellos de Antioquía para que, fortalecidos por el Espíritu Santo, seamos un signo del amor salvador de Dios para nuestros hermanos en medio de este mundo que parece quererse instalar en el pasajero «bienestar» que algún día tendremos que dejar. ¡Es martes y me toca ir a confesar a la Basílica, los encomiendo a los pies de la Morenita y encomiendo al Papa, que me lo pidió expresamente el Domingo de la Misericordia! 

Padre Alfredo.

jueves, 30 de noviembre de 2017

«Palabras que hay que re-estrenar cada día»... Un pequeño pensamiento para hoy

«Invitar» y «venir» son dos verbos sencillos y claros pero que, en el lenguaje de todo discípulo-misionero del Señor Jesús, dicen mucho. Con estas dos palabras Cristo nos pide situarnos en el camino; movernos de la misma forma y a la misma velocidad que Él. ¡Es agradable empezar el día pensando en ellas dos: «invitar» y «venir»! porque cuando dejamos que Cristo las pronuncie, las escuchamos no solo con el oído, sino sobre todo con el corazón y todo se convierte en respuesta de amor. ¡Qué agradable resulta recibir una invitación! Me imagino el gusto de aquellos dos hermanos que, tocados por la mirada de Cristo, recibieron la invitación a seguirle (Mt 4,18-22). Hoy no tenemos para meditar el Evangelio de san Lucas que ordinariamente la Iglesia nos ha estado regalando en estos últimos días del tiempo ordinario, sino que recibimos la visita inesperada de san Andrés el Apóstol hermano de san Pedro, cuya fiesta la Iglesia universal celebra hoy para recordarnos que, al dejar resonar estas sencillas palabras en nuestro interior: «invitar» y «venir», nuestra vida se convierte en un camino por recorrer detrás de Él para conocerle más, amarle más y llevarlo al corazón de muchos más. «Los haré pescadores de hombres» (Mt 4,19), es la promesa de la invitación que hace Cristo. Solo basta asumir la invitación como algo personal y Él nos mostrará el camino para ir detrás de Él.

Y entonces, reflexionando el pasaje evangélico de esta fiesta, resuenan en mi ser otros dos verbos, dos palabras que calan: «dejar» y «seguir». El evangelista dice: «dejaron las redes y lo siguieron» (Mt 4,20). Los dos hermanos, Pedro y Andrés, que fueron los dos primeros llamados, se convierten para nosotros en un ejemplo clarísimo, valiente y convincente de respuesta vocacional. Ellos nos enseñan las cosas que hay que hacer para ir tras las huellas de Cristo, los movimientos que hay que hacer y la elección determinante que hay que tomar: «dejar» y «seguir». Estas dos palabras, junto a las dos anteriores «invitar» y «venir», llegan a ser los verbos claves y las palabras que deben quedar escritas en el corazón de todo cristiano católico que, desde el bautismo, es llamado a ser de Cristo, a vivir en Él y a darlo a todos. estas palabras deben de resonar cada día en lo secreto del alma y en el corazón; allí es donde solo cada uno puede escuchar de manera personal este maravilloso cuarteto integrado por esas sorprendentes palabras del Evangelio, que son tan vivas y fuertes, y que cambian la vida de quien las escucha, medita y hace vida.

A tan sólo dos días para terminar el año litúrgico en la Iglesia católica, estas cuatro palabras de hoy, no suenan a final, sino a principio, al nacimiento de la vocación de todo discípulo-misionero: ser testigos de Cristo anunciando su Evangelio. Gracias a la fiesta de San Andrés, re-estrenamos el anuncio del Evangelio y su fuerza salvadora. María, la Madre de Dios, vivió estas cuatro palabras cada día. María se presenta como una sencilla síntesis de estos verbos vividos a la luz de la voluntad de Dios. Ella es la sierva del Señor y la reina de los apóstoles; es discípula y misionera que se sabe invitada a formar parte de un plan de salvación para venir a cada corazón haciendo que su Hijo Jesús nazca y renazca. Ella deja todos sus planes personales para seguir el plan de Dios equilibrando estos cuatro verbos y haciendo vida con gozo el gran ideal para el desarrollo de su tarea como discípula-misionera y para la eficacia de la misión apostólica de que todos conozcan y amen al Señor Jesús. «Invitar», «venir», «dejar» y «seguir», cuatro verbos que hacen de nuestra vida una acción en una misión que no es a nuestro estilo o a nuestros planes, sino al estilo y conforme al plan de Cristo que, para mí y para todos, es siempre lo mejor, aunque nos sorprenda en medio de nuestra aparente felicidad, bien instalados: «Ellos dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron» (Mt 4,22). ¡Bendecido jueves eucarístico y sacerdotal! Les suplico la limosna de sus oraciones por mí a quienes tendrán hoy la oportunidad de participar en la «Hora Santa» en sus parroquias, capillas, seminarios y conventos.

Padre Alfredo.

jueves, 5 de octubre de 2017

«Lo que debe ser noticia»... Un pequeño pensamiento para hoy

Pasando las noticias de todo lo que el terrible sismo nos ha dejado, en combinación con la tragedia que el terrorismo ha causado en Las Vegas; seguramente la televisión y la radio volverán a las noticias que ellos consideran «novedosas» y que no nos hablarán precisamente de cosas buenas enfocadas hacia el bien común a consecuencia de lo vivido, o de personas o matrimonios y familias que, a pesar de las dificultades que vivieron entre los escombros siguen compartiendo la vida, o de personas que van consiguiendo ayudar a otros a resurgir a una nueva vida base de esfuerzos y sacrificios. Estos, que sí trabajan por el Reino de Dios, aquí y ahora, aunque no serán seguramente noticia de los medios, que no harán eco de ello. Sí, seguro volveremos a ver y a enterarnos de las noticias, escuchando lo contrario a las virtudes del Reino de Dios: robos, explotación de los demás, políticos que no cumplen, sacerdotes y seglares corruptos, personas que buscan la fama sin importarles el ridiculizar a los demás, divorcios de artistas de moda, guerras entre las naciones, y, cuando aparezcan desastres, el círculo se repetirá. Los primeros versículos del Evangelio de san Lucas (Lc 10,1-12) nos invitan a salir fuera de nosotros, fuera de los templos, fuera de nuestras zonas de confort, para anunciar la Buena Noticia de Jesús a los que aún no la conocen. Cristo nos envía de dos en dos para representar la comunidad de los creyentes que busca hacer el bien y transformar este mundo en uno nuevo, aunque no seamos noticia que aumente el rating.

Los setenta y dos del Evangelio somos nosotros, los discípulos-misioneros que queremos prolongar la tarea de los Doce. Mediante la misión de los discípulos-misioneros, Jesús trata de rescatar los valores y reestablecer su orden. Jesús, hasta nuestros días, y, a través de nosotros (o a pesar de nosotros), trata de renovar y de reorganizar las comunidades para que sean de nuevo una expresión de la Alianza, una muestra del Reino de Dios, aunque no sean noticia para los medios. Por esto, insiste en valores como la hospitalidad, el compartir, la acogida a los excluidos… cosas que en el mundo de hoy no están muy de moda. Esta insistencia de Jesús se percibe en los consejos que da a los discípulos cuando los envía a la misión. En el tiempo de Cristo había diversos otros movimientos que, al igual que Él, trataban de presentar una nueva manera de vivir y convivir; por ejemplo, Juan Bautista, los fariseos y otros. Ellos también formaban comunidades de discípulos (Jn 1,35; Lc 11,1; Hch 19,3) y tenían a sus misioneros que buscaban transformar el mundo (Mt 23,15). 

La primera tarea que los discípulos-misioneros tenemos, es rezar para que Dios siga enviando obreros (Lc 10,2). Todo discípulo-misionero debe sentirse responsable de la tarea evangelizadora de la Iglesia. Por esto se tiene que rezar al Padre para que haya continuidad en la misión. Jesús envía a sus discípulos como corderos en medio de lobos (Lc 10,3). La misión nunca ha sido tarea fácil, sino algo difícil y peligroso. Pues el sistema en que los discípulos vivían y en el que seguimos viviendo, era y sigue siendo contrario a los valores del Reino. El discípulo-misionero que va sin nada (Lc 10,4), llevando apenas la paz, muestra que Jesús nos envía a crear un mundo nuevo. Por medio de esta práctica, llevando la paz, el discípulo-misionero busca rescatar los valores del Reino. El «no saludar a nadie por el camino» (Lc 10,4), significa que no se debe perder tiempo en cosas que no pertenecen a la misión. Anunciar el Reino es llevar a una nueva manera de vivir desde la Buena Noticia que Jesús nos trae: que Dios es Padre y Madre de todos nosotros. Si le pedimos a la Madre de Dios, que nos ayude a cumplir con este encargo –aunque no seamos noticia interesante para los medios– seguro el mundo cambiará, porque por lo menos nosotros… estamos buscando cambiar. ¡Bendecido Jueves de adoración a Jesús en la Eucaristía, rogándole, envíe más y más operarios a su mies!

Padre Alfredo.

miércoles, 4 de octubre de 2017

«Te seguiré adonde vayas»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy y siempre, Cristo ha querido necesitar de hombres y mujeres valientes, que, actuando con valor, con ánimo y con decisión le quieran seguir. Cristo quiere discípulos–misioneros preparados para actuar con sabiduría, madurez y discernimiento, bien dispuestos a soportar los sacrificios necesarios para realizar la función de evangelizadores, desempeñándose a la perfección en ese ministerio (cf. 2 Tim 4,5). Pero esta tarea no es fácil, no es tan simple como levantar el dedo y decir aquí estoy Señor, «Te seguiré adonde vayas» (Lc 9,57), ya que el Señor quiere testigos verdaderos que sean signos creíbles, por eso, quien quiera seguirle, debe estar dispuesto a pensar como Él, sentir como Él, actuar como Él, mirar a los demás como los mira Él, pero, además, Cristo pide una firme decisión que rompa con el pasado, mirando hacia el futuro y sin añoranzas y con una libre voluntad para recibir su gracia.

En el Evangelio de san Lucas (Lc 9, 57-62) el escritor sagrado nos presenta un Cristo exigente: «El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios» (Lc 9,62). Son duras las palabras de la elección de Dios, pero al mismo tiempo dejan una paz y una felicidad inmensas dentro del alma de quien le ha querido seguir, porque se sabe que ha sido Dios mismo quien ha hecho la llamada. Claro, no todos aceptan el llamado con generosidad, muchos lo dejan a medio camino, pero aquel que se siente llamado y amado por Él, es capaz de dejar todo y seguirle. San Lucas nos platica de tres casos de personas que quiere seguir a Jesús. El primero se pone a pensar largo, pues Jesús le pone en evidencia que él no le ofrece seguridades de ningún tipo (Lc 9,57-58). Es que el seguidor de Jesús debe aprender a vivir libre de toda clase de ataduras. El segundo se pone a considerar el momento oportuno, y éste no se corresponde con el llamado de Jesús. Ese llamado, que puede ser cualquiera de nosotros, le dice a Jesús que lo seguirá, pero siempre y cuando sus progenitores hayan fallecido. Por lo tanto, el Maestro debe esperar hasta que el padre haya muerto y el candidato a discípulo–misionero haya asegurado la herencia, para que esté disponible y pueda seguirlo (Lc 9,59-60). Jesús le contesta con una frase tajante, porque, si alguien se quiere dedicar a anunciar el Evangelio, debe abandonar las preocupaciones de la herencia y ponerse manos a la obra ahora mismo, que para mañana es tarde. El tercero espera el reconocimiento de sus parientes, su apoyo, para afiliarse al grupo de discípulos (Lc 9,61). Jesús lo confronta poniéndole en evidencia cómo las exigencias y la urgencia del seguimiento no dan para que un ser humano adulto espere la aprobación de los demás con el fin de hacer lo que le corresponde.

Es obvio que en este texto evangélico hay un fuerte llamado a seguir al Señor y Él, –según nos narra san Lucas– deja ver que hay muchas circunstancias que nos lo impiden; pero, el decir «te seguiré» es algo muy determinante y que debe darse sin retardos ni peros. Todos, estoy seguro, hemos sentido de repente el llamado del Señor, tal vez ayudando a alguien en cualquier situación, en el evangelizar, en dar un consejo a quien lo necesita, es decir, un llamado desde lo que Dios nos pide que hagamos a diario o en cualquier momento. Este miércoles estamos celebrando a san Francisco de Asís, ese hombrecillo maravilloso que, cierto día, mientras oraba en la Iglesia de San Damián, sintió que el crucifijo le hablaba y le repetía tres veces la misma frase: «Francisco, repara mi casa, pues ya ves que está en ruinas». Una tarea, una misión, un llamado. San Francisco se ha ganado el cariño y la admiración de muchas generaciones, viviendo el Evangelio y presentando la pobreza, castidad y obediencia con la pureza y la fuerza de un testimonio radical, amoroso y personal. ¡Hasta el Papa ha adoptado su nombre! Pidamos, por intercesión de María Santísima, la mujer intrépida que supo responder al llamado, que nos ayude a estar atentos para seguir con una alegre entrega al Señor, que nos invita a ir tras de Él. ¡Felicidades al Papa Francisco y a todos los que llevan este nombre!

Padre Alfredo.

jueves, 24 de agosto de 2017

«¡SÍGUEME»... UN pequeño pensamiento para hoy

El objetivo del llamado que Dios nos hace, es siempre el mismo: «¡Sígueme!» (Mateo 8,22; 9,9; 19,21; Mc 2,14; 10,21; Lc 5,27; 9,59; 18,22; Jn 1,43; 21,19; 21,22; Hch 12,8). En el Evangelio, hay un pasaje en el que Felipe, que ha sido llamado (Jn 1,43) encuentra más adelante a Bartolomé (Llamado en el Evangelio Natanael) y habla con él sobre Jesús: «Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley y también los profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret» (Jn 1,45-51). De alguna manera podemos decir que lo invita a seguirle. Jesús es aquel hacia quien apuntaba toda la historia del Antiguo Testamento. Natanael preguntó con sencillez: «Es que, ¿puede salir algo bueno de Nazaret?» (Jn 1,46) y Felipe le dice: «¡Ven y verás!» (Jn 1,46). Cada uno de nosotros ha llegado a conocer a Cristo gracias a otra persona. Un sacerdote nos bautizó y nos da los demás sacramentos; en casa o en la parroquia nos enseñaron el catecismo; seguramente algún amigo o amiga en concreto nos ha atraído más hacia la fe... En cada cristiano, a lo largo de los siglos, se repite el evento de Felipe, Natanael y Jesús.

Cuando Jesús ve a Natanael dice: «¡Ahí tienes un verdadero israelita, sin falsedad!» (Jn 1,47) Israelita auténtico era aquel que sabe deshacerse de sus propias ideas cuando percibe que no concuerdan con el proyecto de Dios. El israelita que no está dispuesto a esta conversión no es ni auténtico, ni honesto. El esperaba al Mesías según la enseñanza oficial de la época (Jn 7,41-42.52). Por esto, inicialmente, no aceptaba a un mesías venido de Nazaret. Pero el encuentro con Jesús le ayudó a percibir que el proyecto de Dios no siempre es como la gente se lo imagina o desea que sea. Aquel hombre permaneció vacilante hasta que escuchó las palabras de Jesús, alabándole. Cristo demuestra que conoce perfectamente el interior del hombre, y por eso se permite elogiarle en público. ¿Y qué diría Jesús de nosotros? ¿Podría repetir las palabras que dirigió al santo que hoy contemplamos? Y tú, ¿qué opinión tienes de ti mismo? Natanael reconoce su engaño, cambia idea, acepta a Jesús como mesías y confiesa: «¡Maestro, tu eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel!» (Jn 1,49). La confesión que hace este Apóstol no es más que el comienzo. Quien sea fiel, verá el cielo abierto y los ángeles que suben y bajan sobre el Hijo del Hombre (Jn 1,51) y experimentará que Jesús es la nueva alianza entre Dios y nosotros, los seres humanos. 

Quien ha conocido a Cristo, ha recibido el mayor don de esta vida. Pero con el don viene una responsabilidad. ¡Cuánta gente no ha escuchado hablar de Cristo! ¡Cuántos saben de Él, pero no lo conocen en realidad, y por eso no lo aman! ¡Cuántos saben que está vivo y presente en la Eucaristía y no le visitan! Y cuántos de ellos viven a nuestro lado, trabajan junto a nosotros, pasan por nuestras mismas calles. No podemos guardarnos el mayor tesoro de la humanidad para nosotros mismos. Tenemos que compartirlo, transmitir la gran noticia: ¡hemos encontrado a Aquél que tanto anhela el corazón humano! Al igual que estos dos discípulos, nosotros hemos sido invitados a ir en busca de ese Mesías que viene como Salvador, nos ama y nos llama. Ahora jueves es un hermoso día para hacer una visita al Santísimo Sacramento y con María y los Apóstoles, meditar esta palabra de Jesús que ha cambiado la vida de tantas personas: «Sígueme»

Padre Alfredo.

miércoles, 8 de junio de 2016

Santos y misericordiosos como el Padre Celestial... Un tema de reflexión para seguir a Cristo más de cerca

Cómo deben resonar en nuestros corazones misioneros aquellas palabras tan claramente pronunciadas por San Juan en su primera carta: «No dejen que nadie los engañe. Quien practica la santidad es santo, como Cristo es santo... En esto se distinguen los hijos de Dios de los hijos del diablo: todo aquel que no practica la santidad, no es de Dios; tampoco es de Dios el que no ama a su hermano» (Cf 1 Jn 3,7-10)

Todos los hijos de Dios, hemos sido llamados a vivir esta vocación a la santidad. La Iglesia ha recibido como herencia de Cristo la santidad. A estas palabras de San Juan pudiéramos unir nosotros ahora aquellas otras que resuenan en la carta de San Pablo a los Efesios y que dicen: «Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la pa-labra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada» (Ef 5, 26).

El Señor Jesús, ha podido comunicar a la Iglesia su santidad, porque Él es el Hijo de Dios, el Cordero de Dios en quien no hay pecado. Él posee la plenitud de la santidad. Y por su santidad ha surgido la Iglesia Santa.

«En aquel tiempo —nos narra el Evangelio— estaban Juan el Bautista con dos de sus discípulos y, fijando los ojos en Jesús que pasaba, dijo: "Éste es el Cordero de Dios"» (Jn 1,35). Los dos discípulos, al oír estas palabras siguieron a Jesús. Él, con su presencia, predicaba la santidad de vida a todos los discípulos, y esto es lo que la Iglesia quiere seguir predicando a los hombres en nuestros tiempos. Cristo nos ganó la gracia necesaria para vencer el pecado y vivir como hijos de Dios y esta es la misión que la Iglesia cumple en el mundo. La Iglesia sigue haciendo la invitación que Cristo hacía a aquellos discípulos: «Vengan a ver» (Jn 1,39). De esta manera la Iglesia es santa porque con su Palabra, con sus sacramentos y con el testimonio de vida de los fieles comunica a los hombres la santidad que ella ha recibido de Cristo.

Con el bautismo, todos hemos recibido la vida nueva de los hijos de Dios, germen de santidad que debemos desarrollar durante toda la vida. Nuestra vocación a la santidad consiste, por lo tanto, en la exigencia de cumplir con la máxima fidelidad posible los compromisos bautismales en la vocación específica a la que hemos sido llamados pero recordando que todos somos discípulos misioneros.

Todos los bautizados estamos llamados a la santidad y Dios da a cada uno una vocación concreta, una vocación específica diversa: unos son llamados al sacerdocio, otros a consagrarse en la vida religiosa o en un instituto secular; algunos otros como seglares, son llamados a formar una familia o a quedarse solteros en el mundo, en fin. Cada uno lleva un estilo diferente, pero todos estamos llamados a llegar a la santidad unidos a Cristo.

En cualquiera de estas vocaciones específicas, la santidad consiste en vivir el espíritu evangélico de amor al prójimo. «Tampoco es de Dios el que no ama a su hermano» dice San Juan (1 Jn 4,20), por eso, la santidad no se puede entender si no tiene una proyección de amor hacia los demás ejerciendo las obras de misericordia. Quien se santifica no se santifica sólo a sí mismo y desde sí mismo, sino también al entorno social en el que se desenvuelve su vida. «Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él ese día. Eran como las cuatro de la tarde» (Cf Jn 1,35-39). «Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús. El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano Simón, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías. Lo llevó a don-de estaba Jesús."» (Cf Jn 1,40-42).

El mundo de hoy necesita santos así, auténticos. Santos que lleven a plenitud la vida cristiana y la perfección en la caridad ejerciendo las obras de misericordia. Santos que más que cautiven por sus milagros extraordinarios, conmuevan por su amor a Dios y a los hermanos en la vida ordinaria en las pequeñas cosas de cada día. La beata María Inés teresa del Santísimo Sacramento es un claro ejemplo de estos santos que se necesitan en la época actual. Una mujer, gran mujer; sencilla, humilde, serena, alegre, llena de paz y de amor que reflejaba a Dios en una constante sonrisa; una mujer valiente y audaz en la caridad con un corazón misericordioso sin fronteras.

Ella misma nos ha dejado en sus escritos esos anhelos de santidad que todos deberíamos de sentir: «Heme aquí, pues me has llamado.- Me doy a Ti con toda la intensidad de mi alma. ¡Ah Señor!, quiero llegar a la santidad de Santa Teresa, a la de San Francisco y Santa Clara, no en cuanto a las revelaciones, ni a las obras ostentosas y exteriores; las primeras no me atraen, las segundas no son para una miserable chiquilla como yo. El amor, ­¡ah! ese sí me atrae inmensamente, y es tu deseo que todos te amemos con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente...» (Escritos).

Sin duda alguna, al fundar la Familia Inesiana, Nuestra Madre —como cariñosamente llamamos muchos a la beata María Inés— sabía lo que hacía como respuesta a lo que Dios le pedía. Sin duda alguna ella quería entregar santos a la Iglesia y al mundo. Hombres y mujeres, sacerdotes, consagrados, casados y solteros que apoyándose en la fuerza de Dios fueran auténticos hombres y mujeres realizados en su vocación de hijos de Dios.

Bien sabemos, que a diario estamos sometidos a la tentación, bien sabemos que la vida en un mundo atrapado por el consumismo y envuelto en el egoísmo, es difícil, ¡muy difícil! Bien sabemos que el ambiente entre los adolescentes, jóvenes y adultos en nuestra sociedad hedonista es en general adverso a las cosas de Dios. ¡­Ánimo hermanos y hermanas! No nos podemos considerar ahora confirmados en la santidad pero vamos en camino, Cristo nos santifica sin cesar y quiere hacer de cada uno de nosotros una roca firme en la fe capaz de sostener a nuestros demás hermanos que vagan buscando sentido en esta vida. Una roca firme como María, que nos mostró a Cristo al darlo a Luz, una roca firme como José, que en el silencio del pesebre hace un discurso elocuente que invita a la santidad, una roca firme como Pedro, como Juan, como Andrés, como la beata María Inés Teresa.

Lo que necesitamos, lo sabemos, es la misericordia de Dios y confianza y más confianza en Él para todos los días implorar la santidad hasta que llegue el día en que justicia y rectitud sean las normas con las que rija a todas las naciones y se cumpla lo que dice el salmista: Toda la tierra ha visto al Salvador (Sal 97).

Alfredo L. Delgado, M.C.I.U.