Como bautizados, hemos de reconocer que la pobreza y el hambre también atraviesan la vida ordinaria de todo cristiano. Todos necesitamos de Dios y acudimos a su misericordia desde nuestra propia fragilidad. Por eso, las bienaventuranzas no pueden quedarse en una hermosa enseñanza: han de convertirse en una propuesta concreta de vida. Su lectura y meditación nos plantean, como discípulos–misioneros de Cristo en el siglo XXI, llamados a continuar la obra de Madre Inés, preguntas profundas: ¿cuáles son nuestros valores?, ¿qué actitudes apreciamos de verdad?, ¿qué criterios orientan nuestras decisiones? ¿Creemos realmente que los criterios de Jesús son aquellos desde los cuales hemos de optar y decidir?
No se trata simplemente de preguntarnos si somos buenos o malos; el discernimiento cristiano es más fino y exigente: ¿cómo miramos a nuestros hermanos de comunidad? ¿Es nuestra mirada la de Jesús, capaz de descubrir en el otro su hambre y su sed? Solo desde ahí podremos releer las bienaventuranzas en nuestra vida diaria. Ya casi al final de su vida, el 16 de abril de 1980, en una carta colectiva, Madre María Inés destacaba que «para entrelazar bien los eslabones de las bienaventuranzas, debemos dejar que el Espíritu Santo suelde, por decir así, un eslabón con el otro, para poder vivir a lo divino, sobrepasando todo lo terrestre, todo lo mundano para llegar a las alturas donde se encuentra Dios». Pongamos todo en manos de María: ella, sabiéndose pobre y hambrienta del amor de Dios, puede ayudarnos a imitar a Jesús y a ser verdaderamente bienaventurados. ¡Bendecido miércoles!
Padre Alfredo.
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